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31 de octubre de 2019

Teatro social en Mali.

Por: Laia Pedrola / Wiriko.

“Ya no se trata de conocer el mundo, sino de transformarlo.”
Franz Fanon.
 

Son la una del mediodía en el Hippodrome, barrio de clase media alta de Bamako. Es un febrero inusualmente benévolo en la capital maliense en el que se disfrutan los moderados 30 grados durante el día, regalo que ha dejado el Harmattan, el viento del Norte, que refresca el Sahel los meses de diciembre y enero.

Entro en casa de Assitan Tangara, miembro del colectivo artístico Anw Jigi Art. La estancia es oscura, fresca,  y el woussoulan(1) flota en el aire. Assitan acaba de casarse y guarda los 15 días de rigor sin salir de casa. Tiene una voz suave y pausada que contrasta con su físico rotundo, y su sonrisa nos acomoda en la conversación como si nos conociéramos desde siempre. Me acerca un vaso lleno de agua fresca del canari(2) como dictan los códigos de bienvenida del oeste africano, y empieza a contar.

2013. Un grupo de estudiantes que salen del Conservatoire des Arts et Métiers Multimédia de Bamako se juntan para poner sus conocimientos teatrales hasta entonces académicos al servicio de un teatro de y para la gente. Su objetivo es recuperar las técnicas del “koteba”, el teatro tradicional bambara maliense, y mezclarlo con dinámicas y recursos académicos para acercar el teatro a la sociedad, utilizarlo como herramienta de sensibilización, y mostrar cómo a través de él se pueden vehicular dinámicas con las que trabajar opresiones y empoderarse. En 2015 oficializan la asociación y la nombran Anw Jigi Art —“Nuestra base es el Arte” en bambara—.


Localizan dinamizadores teatrales en Burkina Faso y otros países colindantes con larga tradición teatral con los que hacer intercambios y seguir formándose;  dinamizan talleres en colectivos en riesgo social (grupos con diversidad funcional psíquica y física…) y escuelas (talleres para niñas y niños y formación al profesorado). Buscan financiación para hacer real un teatro social cercano y gratuito para todos,  y la encuentran en la cooperación suiza, la embajada de Francia, el Centre Culturel Français de Bamako, etc.

Son las ocho de la noche en el amplio patio de una casa particular en Faladié Sokoro, un barrio tranquilo lejos del bullicio del centro de la capital maliense. Hoy empieza la gira ”Théatre des Maisons”, en la que Anw Jigi Art llevará durante el mes de marzo y de manera gratuita su obra “Filles de la Honte”(3) a seis casas particulares de diferentes barrios de Bamako. En la pieza narran una dramática situación familiar de secretos, violencia sexual y muerte. Objetivo:  mostrar la vulnerable situación de las “bonne” (4) en la escala social maliense y su exposición permanente a violencias de diferente tipo.

Al cabo de un par de horas de la cita fijada, empieza la obra. En el patio no cabe un alfiler, y sigue llegando gente del barrio que se apiña como puede para lograr percibir alguna cosa. A partir de ahí, las risas, los gritos y los comentarios en voz alta entre el público se sucederán durante toda la obra, y en algún momento de clímax hasta se verá a algún niño salir corriendo asustado por creer que lo que está viendo es real.

Al acabar, Gaussou, miembro de la compañía que hace las veces de dinamizador, invitará al público a compartir su opinión sobre lo que han visto; no costará nada que varios, uno por uno, vayan saliendo a coger el micrófono,  haciendo gala de esa desinhibición maliense y el gusto por la palabra y el discurso.


Tras el debate, y mientras el patio se va quedando vacío, algunas mujeres se acercarán a miembros de Anw Jigi Art para contarles en privado sus propios relatos vitales y la manera como se han sentido representadas en la obra. Se atreverán cuando las luces ya se hayan apagado, y sus historias entrarán a formar parte del tesoro privado e intangible de la compañía.

Cada sesión en cada casa, cada noche de “Filles de la Honte”, estará plagada de anécdotas y matices distintos que irán nutriendo la gira. El público, siempre abarrotado. En una de ellas, en casa de los Samanké, en el barrio de Badialan, Awa, una de las actrices principales, coge el micrófono en el debate posterior a la obra y expone su malestar ante las risas que oye desde el escenario en escenas que, según ella, muestran situaciones de opresión y sufrimiento. Se dice incómoda e invita al público a intentar leer un mensaje más allá del mero entretenimiento.

En casa de Assitan , a nuestra charla se ha añadido un bebé que andurrea por el salón pidiendo atención. Mientras lo distraemos entre las dos, Assitan me avanzará que hay una segunda fase prevista dentro del ciclo del “Théatre des Maisons”. La idea es ir al mercado en hora punta y hacer una especie de teatro invisible, mostrar una situación  y observar la reacción de las mujeres para luego interactuar con ellas ya fuera del plano teatral, y así poder extraer embriones para futuras obras de teatro en las casas donde se muestren las inquietudes reales de esas mujeres.

Y tantos otros proyectos que llenan la agenda de Anw Jigi Art.. albergan un objetivo a medio plazo de trabajar en red con otra gente del plano escénico maliense, flexibilizando el funcionamiento interno de la compañía de manera que en las obras puedan participar actores y actrices de otros colectivos, y a la inversa…

Llegado el momento Assitan me acompañará a la parada de sotrama, los minibuses de transporte público, para seguir mi ruta. En breve llegará a Bamako el gran calor de abril que espesará cada brizna de aire, pero no parece que ni eso, ni nada, vaya a aminorar la determinación, el empeño y la capacidad de trabajo de Anw Jigi Art.

  1. Incienso tradicional de los países del Oeste africanos.
  2. Vasija grande de barro donde se almacena agua para beber, habitualmente ubicada en el rincón más fresco de la casa
  3. “Hijas de la vergüenza”
  4. En el contexto maliense, muchas chicas jóvenes emigran del pueblo a la ciudad empleándose como “bonnes” a cambio de alojamiento y un salario mínimo (o a veces, inexistente).

10 de octubre de 2019

Sahel, la tormenta infinita.

Por: Guadi Calvo / ALAI.

Desde el complejo proceso de violencia que se inició en 2012 en el norte de Mali, tras un nuevo intento del pueblo Tuareg, por lograr la independencia de Azawad, su ancestral territorio, hoy ocupada por Argelia, Burkina Faso, Libia, Mali, Mauritania y Níger, extraordinariamente rico en minerales fundamentalmente uranio, todo el Sahel central se ha convertido en escenario de operaciones de múltiples organizaciones terroristas, que no alcanzan a ser contenidas a pesar de la presencia de ejércitos africanos y de varias naciones occidentales, particularmente Francia que en 2012 desplegó una importante dotación militar para asistir, al entonces gobierno militar de Mali, que acaba de dar un confuso golpe contra el presidente Amadou Touré.

Mientras la insurgencia tuareg se replegaba, y se instalaban las fuerzas enviadas por París, para vigilar los yacimientos de uranio explotados por empresas francesa, surgieron algunas bandas militarizadas, que del contrabando había pasado a conformarse como organizaciones fundamentalistas, vinculadas a al-Qaeda y en la actualidad también al Daesh, generando el fenómeno que ya se estudia comoyihadización del bandolerismo”.

Aquellas bandas desde entonces no han dejado de crecer y expandirse por el Sahel (borde o costa en árabe) una franja de 5 mil kilómetros de largo que corre al sur del Sahara, desde el Mar Rojo al Océano Atlántico y en cuyo sector central, se han derramado desde el norte de Malí a Burkina Faso, Níger, Togo, Benin, Costa de Marfil y Ghana. Lo que obligó al Secretario General de Naciones Unidas, el portugués Antonio Guterres, durante la última Asamblea General a referirse a este fenómeno de violencia instalado en las entrañas de África: “Sé que todos estamos muy preocupados por la continua escalada de violencia en el Sahel y su expansión a los países del Golfo de Guinea”.

Los ataques de las organizaciones fundamentalistas se han duplicado cada año desde 2016, llegando en 2018 a causar 465 muertos, a pesar de los miles de efectivos militares que combaten en el terreno, por lo que en septiembre, varias naciones de África Occidental, implementaron un plan de mil millones de dólares, para los próximos cuatros años, para impedir que el terrorismo continúe filtrándose hacia el sur.

Desde 2017, el grupo conocido como S-5 (Sahel5), compuesto por Burkina Faso, Níger, Chad, Malí y Mauritania, fue creado con la intención de reemplazar a la operación francesa Barkhane, pero hasta ahora los resultados han sido muy pobres.  Pero sus resultados son muy escasos. Sahel5 ha aportado 5 mil hombres, a los 4500, de la Barkhane establecida por Francia, 2013, junto a un número desconocido de tropas norteamericanas y los 15 mil efectivos aportados por Naciones Unidas, no han conseguido estabilizar la región, mientras los insurgentes continúan sirviéndose de la porosidad de las fronteras, para pasar de un país a otro y operar sin consecuencias, esa misma porosidad fue la condición por lo que la que múltiples bandas de traficantes han operado por décadas en ese sector, convirtiéndolo en el sitio donde más rutas de tráfico ilegal existen en el mundo.

Este último domingo, un vehículo de MINUSMA (Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de Naciones Unidas en Malí) que circulaba cerca de la ciudad de Aguelhok, en Kidal, al este de país, pisó un dispositivo explosivo improvisado (IED), provocando la muerte de un Casco Azul y dejando otros cuatro heridos. En la misma área, en enero último, once soldados del Chad fueron asesinados tras un ataque que se adjudicó la organización más poderosa que opera en el Sahel, Jama'at Nasr al-Islam wal Muslimin (Grupo Apoyo al Islam y los musulmanes o GSIM) tributaria de al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI).

Diferentes campamentos han sido objetivos de los terroristas desde el mes de marzo pasado, el más importante de esos ataques fue en Dioura (Ver: Mali, un nuevo Vietnam para occidente) que dejó un saldo de treinta soldados muertos.

En la última semana de septiembre y los primeros días de octubre, en diferentes acciones fueron asesinadas 17 personas en Burkina, mientras que en Mali el ejército tuvo veinticinco bajas, al tiempo que otros sesenta soldados se encuentran desaparecidos, después de los intensos combates que se produjeron en dos campamentos malienses cercanos a la frontera con Burkina Faso.

En la noche del 30 de septiembre al primero de octubre, fue atacado el destacamento militar de Mondoro por un grupo indeterminado de terroristas, que, tras ser rechazados, volvieron atacar el martes por la mañana, provocando que los combates se extendieran durante el resto del día. En el campamento de Boulkessy, a cien kilómetros de distancia de Mondoro, los ataques de los muyahidines, quienes perdieron a 15 hombres, provocaron la mayor cantidad de bajas en las tropas del ejército y la desaparición de sesenta efectivos. Durante la mañana del lunes fuerzas especiales malienses fueron desplegadas hacia el Boulkessy, apoyadas por ataques aéreos de la operación Barkhane.

En Mondoro, los terroristas secuestraron una gran cantidad de equipo militar y unos veinte vehículos militares, algunos equipados con ametralladoras. Mientras que en Boulkessy, dos helicópteros del ejército y una docena de vehículos fueron destruidos.

Este nuevo ataque contra el batallón de Boulkessy, que se ubica en una zona estratégica de tráfico e influencia de los grupos fundamentalistas por su proximidad a las fronteras de Malí, Níger y Burkina es la evidencia de la incapacidad de Bamako y sus aliados para controlar el centro y norte del país. La dotación militar instalada en Boulkessy integra la Fuerza Conjunta G5 Sahel y este ataque ha sido hasta ahora el más letal sufrido por esta fuerza desde su creación en 2017.  Ninguna de las organizaciones terroristas que operan en ese sector se ha adjudicado esos ataques.

Burkina Faso fuera de control

Burkina Faso, desde 2015, más de 500 personas fueron asesinadas en más de 450 ataques especialmente en el norte y el este del país, aunque también en la capital, Uagadugú, se han producido dos atentados y un ataque contra el cuartel general del ejército que dejó ocho muertos en marzo de 2018.

El gobierno burkinés, que durante años negó la presencia de extremistas en su país, sin observar tampoco las actividades del predicador radical Ibrahim Malam Dicko, propalador del mensaje wahabita a los sectores más desamparados por el poder central. Hoy el presidente Roch Kaboré, ha perdido el control de un tercio del territorio. De oeste a este, ha perdido la mitad de la región administrativa de Boucle du Mouhoun, dos tercios del centro-norte, toda el área del Sahel y la mitad de las regiones del este. Mientras que las fronteras con Mali, Níger, Benin y Togo y Costa de Marfil, están en disputa.

Prácticamente desde fines de agosto, cuando se produjo el ataque contra una base militar en la provincia de Soum, en el norte del país, cerca de la frontera con Malí, donde al menos murieron veinticuatro soldados, tras lo que se conoció que los oficiales habían abandonado el lugar días antes, no ha pasado un solo día en el que, en algún sector del país, se haya producido un acto de violencia fundamentalista.

En el norte del país operan cerca de nueve organizaciones terroristas, que a veces pueden actuar orgánicamente, entre las más poderosas se encuentran Jama'at Nasr al-Islam y el Daesh del Gran Sahara (EIGS), mientras los militares, desmoralizados, permanentemente acosados y mal equipados, hace meses que dejaron de patrullar por temor a las emboscadas y los IED y han comenzado a desertar en las regiones más conflictivas. Mientras los caminos están en manos de las organizaciones armadas, controlan las áreas rurales y se infiltran cada vez con más frecuencia en las zonas urbanas. A ello se suma la violencia ejercida por el ejército y la policía contra la población civil en las regiones en conflicto, que precipitó los desplazamientos internos que en febrero se estimaban en cerca de 90 mil, mientras que en la última medición de septiembre la cifra alcanza casi a los 300 mil.

Mientras la imprevisión gubernamental y de los organismos internacionales no supieron evaluar la peligrosidad de los grupos terroristas, a millones de personas le es negada la posibilidad de desarrollo mínimo, la tormenta sobre el Sahel será infinita.
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