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2 de octubre de 2019

2 de octubre no se… ¿qué?

Por: Sebastián Liera / Tlatulteketke.

No es lo que pasó, pasó,
o lo que pasó, pasa hoy.
No es dizque de donde vengo,
ni quesque pa’ donde voy.
Soy un sesentayochero,
Sesentayochero soy.

Desde el reproductor, la voz de Lalo "El Guajolote" se escapa por entre las rendijas de las pequeñas bocinas que custodian la pantalla del ordenador; no lo hace sola, la acompaña una su carnalita que suele habitar la garganta de Enrique Ballesté, aquél que escribiera que "eso de jugar a la vida, es algo que a veces duele".

Con las manos encima del teclado y la mirada sobre el monitor, leo y releo la que hubiera sido la última entrega de un artículo que había escrito sobre el noveno aniversario de La Jornada Morelos, hace poco más de 10 años, cuando la autocensura ocupaba en la que fuera mi casa un lugar privilegiado, como la intimidación y el asesinato de periodistas en manos del narcotráfico lo hacía y aún lo hace en otros medios, o la cancelación de propaganda gubernamental para golpear la economía de algún medio incómodo, o el cierre de ediciones radiofónicas, o, de plano, el despido de sus conductoras cuando la dignidad anida en su palabra, y el secuestro con patente de corso expedida por una Corte, que dice ser Suprema y dice ser de Justicia, de periodistas honestas.

No tenía sentido --pensaba-- ocupar un espacio, privilegiado sin duda, para quejarme por enésima vez de algún formador o formadora que cambiaba impunemente los títulos de mis artículos, los pasaba por la guillotina de su ignorancia o prefería guardarlos en el cajón de su ineptitud y falta de oficio periodístico que publicarlos, solo porque mi pluma señalaba la mentira, la hipocresía y la contradicción sistemática de un movimiento y un su líder que se dicen de izquierdas mientras callan ante la militarización, el despojo, la calumnia, la represión, el hostigamiento, las sentencias a cadena perpetua y el asesinato de hombres y mujeres cercanos a los pueblos indígenas zapatistas; no tenía sentido --pensaba.

Mejor --me dije-- aprovechar que el patetismo y esa pulsión de muerte que se destila hasta en nuestras canciones rancheras ha hecho del 2 de octubre el día nacional del derrotismo nuestro. ¡Qué viva el culto a la pesadilla y la vocación de fracaso! No vaya a ser que la memoria se sacuda el melodrama con que Televisa y TV Azteca nos estupidizan y recordemos que hace más de 50 años en este país asomó la posibilidad de construir un mundo nuevo y mejor en asambleas multitudinarias de estudiantes, maestros, padres de familia y trabajadores; en brigadas de información que hacían del volanteo, la canción y el teatro armas más peligrosas que las bazucas y las bayonetas, porque sembraban conciencia; en manifestaciones que protagonizaban lo mismo mujeres gigantas con niños a cuestas que burócratas insumisos.

Mejor --insití-- el llanto, las veladoras en las plazas, los poemas lúgubres y el performance sanguinolento, que la alegría, la fiesta y la reflexión de lo que se hizo bien entonces para repetir la experiencia. Mejor el terror, el miedo soplando en la nuca diciendo: “no hables, no cantes, no bailes, no escribas, no te quejes, no protestes, no te organices, no salgas a la calle, no tomes la plaza”, que descubrir que el preso político de hace cinco décadas se convirtió en funcionario de gobiernos priístas (es decir, criminales), asesor de administraciones panistas (léase, fascistas), legislador perredista (entiéndase, cómplice) que cuando no comete “errores tácticos” vota por leyes que ni siquiera ha leído o todos los anteriores en su versión morenista, es decir: lopezobradorista, es decir: amnésica.

¿Y si mejor no? ¿Qué si opto por pensar en “El Sebas” llegando la tarde del 27 de agosto de 1968 al zócalo capitalino con el corazón latiéndole tan fuerte que pareciera que no le cupiera en el pecho, y no en las tanquetas que unas horas más tarde saldrían de Palacio Nacional para arrasar con él y todos sus compañeros? ¿Qué si decido recordar a Alfonso gritando al día siguiente: “no vamos, nos llevan”, cuando el otrora DDF lo obligó a dizque desagraviar una bandera que se atoró en el asta poniéndose de luto, y no a los trabajadores de limpia intentando lavar la sangre que el 3 de octubre servía de alfombra en la Plaza de las Tres Culturas?

Prefiero, mil veces, imaginar a Lucía, hermana de lucha de Olivia “La Güera” Ledesma, marchando en silencio la tarde del 13 de septiembre asida a su inseparable bastón, que a los curas que cerraron a piedra y lodo la iglesia de Santiago Tlatelolco para que no entraran quienes buscaban guarecerse de las balas el 2 de octubre; traer a la memoria a Nicolás gritando ¡Viva México! en Ciudad Universitaria junto con Heberto Castillo, que mirarlo de nuevo secuestrado en Lecumberri como vi después a Nacho del Valle en el penal del Altiplano, o escuchar al Edupoz y al Churro guitarra en ristre y canto en astillero, que verlos perseguidos por los soldados de un ejército que se dice mexicano a tan sólo diez días de que comenzaran las Olimpiadas.

Eso prefiero…

Cada vez menos pequeños,
cada quien su cada cual;
de utopías y de sueños
vamos cargando un morral:
somos tzotiles-defeños
en Tlatelolco y Acteal.

29 de septiembre de 2018

JOSÉ REVUELTAS :: ¿Podrán detener el tiempo de la historia?


La siguiente es una versión resumida de la transcripción literal, hecha por el propio autor, de los apuntes que le sirvieron para pronunciar un discurso en la audiencia celebrada en la cárcel preventiva de la Ciudad de México, entre el 17 y el 18 de septiembre de 1970, previa a la sentencia dictada contra los dirigentes del movimiento estudiantil de 1968, publicada por la revista Proceso en su número 1665. Cualquier parecido con la actualidad, algún ligero aire de que estas mismas palabras podrían ser usadas por los cientos de pres@s polític@s que hay en todo el país, NO es mera coincidencia.

Han de excusarme porque me dirija a ustedes sin darles el trato que corresponda a su investidura. Por más esfuerzos que he hecho para encontrar la definición, no he podido dar con ella racionalmente, ni me puedo explicar nada de cuanto sucede, qué es y a qué obedece.

Creo que el derecho a la duda lo he conquistado en el lapso de casi dos años que llevo preso y en que, después del acto de formal prisión, no se me ha llamado a ninguna audiencia, a ninguna diligencia y hasta ahora he tenido el honor de conocer en persona al licenciado Ferrer MacGregor, nuestro juez o que aparece como juez de algo o de alguien.

Estamos ante una ficción incomprensible, que no se puede calificar con exactitud. El Código Penal, el Código de Procedimientos, los conceptos del Derecho, su filosofía, nada de todo esto nos proporciona la respuesta que intentamos obtener acerca de lo que significa, lo que contiene y la razón en que se funda el acto, a todas luces, extraordinario, que aquí nos reúne.

¡Vaya! Ni la imaginación ni la fantasía del Ministerio Público podrían sernos útiles, pese a que nos ha demostrado que las posee en alto grado, durante su intervención en esta Audiencia. Y aun su lógica, que corre pareja con aquéllas.

Es una lógica basada en un sistema de extrapolaciones de las cuales deriva, entonces, un encadenamiento causal que le resulta así muy fácil. Nos acusa, en el capítulo del delito de "daño en propiedad ajena", de todos los perjuicios y destrozos ocasionados por las demostraciones callejeras.

"Ver para creer" eran las palabras con las que designaba a este método uno de los testigos de la Pasión, Santo Tomás, a quien se le conoce como El Tonto, para distinguirlo de Tomás de Aquino, el teólogo, que no tenía nada de tonto.

Estamos aquí, en este lugar al que se nos ha traído, para asistir a una extraña función, cuyos fines verdaderos es precisamente lo que tratamos de poner al descubierto. Como vemos, el método de Santo Tomás el Tonto, nos conduce a bien poca cosa.

Sin embargo, no ha de ser tan malo, por cuanto que es el método que aplicó el Ministerio Público para hacernos llegar hasta aquí... en este acto, reunión, concurso, entrega de premios o lo que sea -pues puede serlo todo, hasta campeonato de insomnio, en que, a fuerza de ser justos, el señor juez se llevaría el primer premio, ya que es el único a quien la ley obliga a no dormirse-, campeonato o concurso al que nos hemos visto en la necesidad de asistir al margen de nuestra voluntad.

El Ministerio Público está obligado a creer en lo que dice. La ley exige que sus acusaciones se funden en pruebas, puesto que nadie puede creer en nada si no se le ofrecen las pruebas de aquello que se le dice, o si las pruebas salen de la nada. De otro modo el Ministerio Público no sabría ni conocería las causas por las que cree que nosotros somos esos mismos delincuentes comunes sobre quienes pide que recaigan determinadas sentencias.

El Ministerio Público... para obtener las pruebas que necesita, debe entonces ver, oler, gustar, oír y tocar los hechos. Ahora bien, como una sola persona no puede hacer todo esto respecto a todos los hechos, y ni siquiera por lo que respecta a un solo hecho aislado, el Ministerio Público dispone de un órgano de los sentidos con el cual olfatea, acecha, vigila, espía, escucha, y establece los hechos (esto por cuanto hace a los sentidos de la vista y el oído); y toca, palpa, estruja, hiere, tuerce, lastima a las personas (esto por lo que se refiere al sentido del tacto), para finalmente, saborearlo todo (esto por lo que se refiere al sentido del gusto). Dicho órgano de los sentidos tiene su nombre: Dirección General de Averiguaciones Previas.

Pero aquí parecería que omitimos un sentido: el del gusto. En efecto, porque tal órgano de los sentidos no tiene gusto propio. La Dirección de Averiguaciones Previas no huele, no oye, no ve, no hace nada que no sea de acuerdo con el gusto del Procurador. Y de éste ya se sabe a qué gusto obedece.

El Ministerio Público cree, desde el principio, en la culpabilidad que se desprende de las pruebas, con la creencia inmediata de Santo Tomás el Tonto. El juez se tarda un poco más en creer, con la cautela reflexiva y más conservadora de Santo Tomás el teólogo. Pero el agnosticismo teológico del juez resulta de muy corta duración. No dura sino el plazo de las 72 horas en que debe dictar el auto de formal prisión.

El juez cree en el delito del acusado como una presunción, como una probabilidad. En cambio el Ministerio Público cree en el delito como una certeza.

En el caso nuestro, no obstante, se produce un fenómeno curioso enormemente revelador. La diferencia entre presunción y certeza se disuelve, desaparece, y unifica los dos conceptos de las diferentes atribuciones del juez y del Ministerio Público en una sola e indivisible relación conceptual: la evidencia, para ellos, de que no somos procesados políticos, sino delincuentes comunes.

¿Qué significa esto? Significa precisamente que la distinción que obra a favor de los presos comunes al considerarlos presuntos responsables de la comisión de un delito, en nuestro caso es nula, no obra, no existe y nos condena de antemano, puesto que ya se nos considera autores de robos, depredaciones y homicidios, desde que el juez dictó la formal prisión, y no se trata sino de establecer el grado en que cometimos dichos delitos, por lo que el juez ya tiene listas las sentencias.

¿Cómo calificar esta actitud, ya no de este señor juez y los representantes del Ministerio Público, aquí presentes, sino del Poder Judicial que la tolera y la aprueba sin que a sus integrantes se les caiga la cara de vergüenza?

La unilateralidad, la parcialidad, el carácter dogmático, excluyente, autoritario e impositivo del concepto con que se nos impide el acceso a la definición de procesados políticos, en virtud de su propia naturaleza, deviene, en la realidad práctica de los hechos, como parcialidad amañada, facciosa, partidista, de la conducta misma del Poder Judicial.

Por cuanto el Ministerio Público (o sea la Procuraduría de Justicia), y el juez (o sea, la interpretación de la ley), funden sus atribuciones en una sola y unificada actitud, quiere decir que este expediente puede funcionar, a voluntad y de modo idéntico, en cualesquiera circunstancias y al margen de la ley, cuando así lo requieran los intereses políticos de la persona encargada del mando supremo de la República.

Cuantas veces se ha requerido al señor presidente de la República por nuestra libertad, mantiene invariablemente una rígida y lacónica respuesta: "Están en manos de sus jueces", dice el Jefe del Poder Ejecutivo.

¿Quiere decir esto, entonces, que el ejecutivo considera jueces a estas personas, a estos señores, ante quienes comparecemos para que nos sentencien a seis, siete, trece, dieciocho, veinte, veinticuatro, treinta, cuarenta y hasta cincuenta y nueve años de prisión, como lo reclaman los representantes del Ministerio Público? ¿Penas que exceden los años de vida que tiene la mayor parte de los jóvenes acusados, algunos de los cuales son adolescentes que yo mismo he visto crecer aquí, que han aumentado de estatura aquí, durante los casi dos años de prisión que llevamos?

Estos representantes de los poderes políticos de la nación -los del Ejecutivo y del Judicial- se asocian como personas para desdecir de la representación que ostentan para mistificar y falsear sus funciones; para convertir en espurios tales poderes, alterar el sentido de la misión que tienen, conculcar la ley y subvertir, con ello, el régimen de derecho que debiera normar la existencia de la República. Se asocian, entonces, para delinquir: constituyen en suma, una asociación delictuosa.

¿Pero es acaso ésta toda la realidad institucional, es decir, anticonstitucional, que impera en el país? No, ni con mucho. No es necesario mucho ni ir demasiado lejos para considerar, en sus términos reales, lo que es, en México, el Poder Legislativo.

Por poco que se mire a través del prisma de los bajos intereses y las ruines pasioncillas en que se descomponen los elementos que integran el Poder Legislativo; por poco que se mire a través del prisma político con el que se revelan los colores miméticos que adoptan estos corpúsculos legislativos, en seguida aparece la banda presidencial.

Por supuesto no nos referimos a la banda simbólica con que se significa, en el pecho de un presidente de la República, el ejercicio del Poder Ejecutivo. No. Nos referimos a la banda de turiferarios y maleantes políticos que aparecen a cada nuevo cambio de representantes de ambas cámaras ya bajo un nombre u otro. Banda que se organiza para servir los designios y mandatos de la Presidencia de la República, cualquiera que sea el presidente en turno.

Hay que repetirlo. La no existencia de presos políticos ha terminado por convertirse, para el régimen, en un punto neurálgico, donde hace crisis toda la demagogia de su estructura. En México no hay presos políticos porque le disgusta mucho al presidente que se lo digan. ¿Le irá a disgustar del mismo modo al futuro presidente de la República?

En su IV Informe de Gobierno, el primero de septiembre de 1968, el presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz, declaró ante la representación nacional, solemnemente reunida para escucharlo: "No admito que existan 'presos políticos'; preso político es quien está privado de su libertad exclusivamente por sus ideas políticas, sin haber cometido delito alguno".

¿Quién es, constitucionalmente hablando, el C. Presidente de la República para afirmar ante el Congreso reunido en pleno, ante la Suprema Corte, sus ministros y sus magistrados, también ahí presentes; quién es -repetimos- el C. Presidente para decir y afirmar en forma categórica, ante los otros dos poderes de la Unión: no admito que existan presos políticos?

No es el Poder Ejecutivo el órgano que tenga facultad alguna para admitir o no la condición jurídica, real o supuesta, en que se encuentren las personas que han perdido su libertad en el país. No es el presidente de la República el que puede calificar a su antojo -o fuera de su antojo- la naturaleza de unos delitos u otros; de ninguno, para decirlo con toda claridad. No es el presidente de la República la persona con autoridad alguna para decidir qué son y qué no son las ideas políticas, ni siquiera qué son las simples ideas, políticas o no.

No hubo un solo diputado, un solo senador, un solo magistrado que elevara su voz de protesta contra aquel delito de Estado que se perpetraba delante de ellos, delante de sus propias y respetabilísimas narices.

No hubo entre esa gente ningún Serapio Rendón, ningún Belisario Domínguez, ningún Fidel Jurado. ¿Y cómo iba a haberlos?, hace muchos, muchísimos años que el Poder Legislativo no da hombres de esa calidad.

Esta historia real en la que se enuncia el México nuevo, se hace visible, después de años enteros de silencio y sumisión, en las grandes manifestaciones democráticas de la juventud del año 1968.

El reverso de esta historia, su negociación, la antihistoria de México, se objetiva y se expresa a partir de las palabras del presidente Díaz Ordaz, vertidas en su IV Informe de Gobierno.

De esas palabras se produjo, inmediatamente después -a los 18 días y cuando el día 13 había desfilado por las calles de la capital una manifestación, la más ordenada, la más disciplinada, de cuantas había habido hasta entonces, la Manifestación Silenciosa de la Universidad entera y de todos los estudiantes de educación superior-, la ocupación militar de la Ciudad Universitaria, y luego, el 2 de octubre, la matanza de Tlatelolco. El presidente anunció esto desde el primero de septiembre y advirtió claramente que dispondría del Ejército, apoyado en el Artículo 89 de la Constitución. Ya veremos más adelante cómo el presidente se apoyó de un modo falso, espurio, mañoso, tramposo, en este artículo constitucional.

Del Informe Presidencial de septiembre de 1968 hasta los procesos de 1970 contra los presos políticos, hay un lapso cargado de enormes significaciones históricas. Es comprensible que el Ministerio Público y el juez que habrá de sentenciarnos estén negados para comprender estas significaciones.

Cuando menos esto expresa, sin ninguna duda, la razón que lo mueve a inventar delincuentes comunes donde sólo existen, real y verdaderamente, procesados políticos.

Ahora quiero decir unas cuantas palabras respecto a las acusaciones personales que formula contra mí el Ministerio Público. No me voy a ocupar sino de una sola de ellas. Son tan banales y tontas las acusaciones que lanza el Ministerio Público, que resultaría ocioso repetirlas aquí. En algunas de ellas, por ejemplo, se me acusa de usar barba. Se dice "alguien al que llamaban maestro Revueltas, que en la Facultad de Filosofía dio una conferencia sobre la autosugestión (así literalmente, en lugar de autogestión) usa barbas y además habló de un personaje legendario, el Tlacatecuhtli, al que comparó con el presidente de la República...". Se comprenderá que no quiera ocuparme de estas tonterías.

Pero me interesa una de las acusaciones del Ministerio Público, no porque no esté de acuerdo con ella, sino porque no sabe formularla. Me acusa de ser partidario de la dictadura del proletariado. ¡Por supuesto que soy partidario de la dictadura del proletariado! Pero no de la que inventa el Ministerio Público y que pretende que sea aquella por la que luchamos. Dice el Ministerio Público que intentamos cambiar la esencia de México o de su Estado. ¿Cambiar su esencia? ¡No, señores del Ministerio Público! ¡Encontrarla, descubrirla!

Pero no sólo por cuanto a México, sino por cuanto al mundo. Tal fue, tal es el sentido del año de 1968. ¿Qué representa 1968 si no es la búsqueda de esta esencia, la desmitificación de la realidad enajenada? Lo estamos demostrando hoy, en 1970, al desmitificar este proceso, al demostrar su irrealidad y demostrar la irrealidad histórica del régimen que nos gobierna. 1968 es el inicio, por la juventud de México, del proceso desenajenante que dará al país una historia real, por primera vez. Porque no tenemos esa historia. Se ha falseado esa historia, como historia escrita y como historia política y social. No que el movimiento de 1968 se propusiera instaurar la dictadura proletaria. Muy lejos de ello.

El movimiento de 1968 habla de un lenguaje proletario en virtud de una razón histórica. Porque diez años antes había sido aplastada la huelga ferrocarrilera, y en esta huelga, todos los sectores de la sociedad veían la perspectiva de su propia independencia política, aplastada a su vez por el totalitarismo del monopolio, que no deja respirar a la nación, que la asfixia, que no la deja vivir.

En México no es una clase determinada la que tiene el mando. Es un "club del Poder", por encima de la sociedad, que disgusta y oprime a los más vastos sectores sociales, entre los que se encuentran ante todo, la clase obrera y las clases medias.

Se trata de desmitificar al país de su raíz. Y aquí volveremos a la naturaleza de nuestro proceso. El presidente pudo asumir la responsabilidad de lo ocurrido en 1968, la responsabilidad "moral, histórica, jurídica" y todo lo demás, porque ya contaba con la complicidad previa del Congreso y del Poder Judicial desde su IV Informe de Gobierno. El presidente se sirvió mañosa, arteramente, tramposamente del Artículo 89, fracción VI de la Constitución, en el cual pretendió apoyarse para llamar al Ejército y arrojarlo contra el pueblo.

El presidente Díaz Ordaz se apoyó, pues, mentirosamente, en este artículo de la Constitución, pues para decretar la movilización general del Ejército, se requiere la autorización del Congreso.

Terminaré con una evocación que no puedo llamar de otro modo, por su cursilería, que como una evocación patriótico-sentimental. La ha suscitado en mí, la naturaleza de nuestras próximas sentencias. Nuestra sentencia ya está decidida de antemano. No depende de nuestros supuestos delitos. Nada tiene que ver con los principios constitucionales, con el respeto a la democracia, ni con la Ley, ni con el Derecho. Nada tiene que ver con la realidad, aunque sus efectos serán muy reales, en los años de cárcel que a cada uno de nosotros le correspondan. Está decidida porque "en el cielo de nuestro destino (político) con el dedo de Dios se escribió".

Y todos sabemos quién es ese Dios, quién es ese Tlacatecuhtli sexenal, que ata los vientos y desata las tempestades. Pero, ¿podrá detener el tiempo de la historia?

8 de septiembre de 2018

Allende, Chile en su corazón.

Por: Marcos Roitman Rosenmann / La Jornada.

Salvador Allende ha marcado la historia mundial. Su figura queda asociada a la dignidad, los principios y la entrega a un proyecto vital de superación de las injusticias sociales y, sobre todo, a una vida ejemplar, sin dobleces. Amaba Chile, a su gente. Fue el único político que recorrió el país de norte a sur, pueblo a pueblo. Conocedor de esperanzas, luchas, temores, desafecciones. Escuchaba, atento a todo. No se le escapaba nada. Era refractario a los largos discursos demagógicos, a la adulación y a la palabrería. Sus enemigos le temían, pero sobre todo lo respetaban. Por ello la traición es más canalla. Respetuoso de sus adversarios, creía en el diálogo y la negociación. No cejó de intentarlo, incluso mientras bombardeaban La Moneda. Por su casa pasaron dirigentes de derecha, militares golpistas y generales constitucionalistas. Fue un estratega. Calculaba el riesgo, no era temerario. Valiente, se le reconocía capacidad de liderazgo.

Su gobierno fue: mil días de esperanzas, tiempo de propuestas, voluntad política. La palabra desánimo no estaba en su léxico. A pesar del proceso desestabilizador de la derecha, Allende confió en el constitucionalismo de la oposición. La dotó de dignidad, la que no tuvieron los Aylwin, ni los Frei, ni su partido: la Democracia Cristiana. Tampoco la derecha cerril, que no perdió el tiempo para abrazar el golpismo militante. Allende tendió puentes, pero la derecha los dinamitó. No dieron tregua. Aun así, el proyecto de la Unidad Popular salió indemne del golpe de Estado. ¿La prueba? Hoy se reivindica sin nostalgia ni triunfalismo.

Allende llevaba Chile en el corazón. Los políticos de hoy no pueden decir lo mismo. En su lugar llevan vísceras malolientes y corrupción. Mientras ejerció de ministro de sanidad, en el gobierno de Pedro Aguirre Cerda (1938-42), comprobó los límites del sistema sanitario e hizo lo indecible por mejorar las condiciones de salud de las clases trabajadoras, ampliar los derechos, la cobertura hospitalaria. Su libro: La realidad médico-social de Chile (1939) es un llamado a la reforma sanitaria.

Realizar un sueño. Allende unificaba. Sobre su liderazgo confluían comunistas, socialistas, cristianos, laicos, progresistas, socialdemócratas. Todos tenían cabida y, desde luego, trabajo. Mucho que hacer para transformar las estructuras sociales de poder fundadas en el caciquismo y el paternalismo. El poder cuasi feudal de los terratenientes y las plutocracias. Había que abrir las alamedas, respirar nuevos aires. La reforma agraria, las nacionalizaciones, la incorporación de la mujer, más derechos, más conciencia. Una visión de género en pañales, sí, pero presente. Un cambio en las conductas machistas, sí, también en ciernes. Mujeres en el gobierno, con cargos de responsabilidad, una verdadera revolución.

Una juventud comprometida, entrega desinteresada, trabajo voluntario. Miles de estudiantes participando en la construcción de viviendas populares, campañas de alfabetización, educación popular. También frenando el golpismo. El valor del compromiso político y ético realizado en el bien común, el interés general. Una ciudadanía que bregaba por ampliar sus espacios de participación, negociación y mediación. Profesionales, académicos, intelectuales. Fue un reverdecer de la cultura. En un Chile elitista, oligárquico, se levantó una propuesta cultural. En 1971 se puso en marcha el tren popular de la cultura. Concertistas, poetas, cantantes de ópera, literatos, periodistas, actrices, cantautores, 60 artistas, recorrieron el sur dando conciertos en plazas, recitando poesía, música clásica. Por vez primera campesinos, trabajadores y amas de casa escucharon a divas de la ópera en solos de Verdi con vestidos de gala, trajes de cola. Fue un instante de felicidad que perduró en quienes bregaron por hacer de Chile un país sin tutelas, soberano.

Los asesinos de Salvador Allende, de miles de chilenos, de decenas de miles de torturados y detenidos pasaron a la historia como traidores. No hay otro nombre para ellos. Tampoco para sus cómplices necesarios, reivindicados por gobiernos desmemoriados y acomodaticios. La dictadura cívico-militar sigue teniendo representantes en el Senado, la Cámara de Diputados y las municipalidades. Los partidos Renovación Nacional, Democracia Cristiana y Unión Demócrata Independiente son sus herederos naturales. No menos quienes prefieren dizque de izquierda hacer borrón y cuenta nueva. Soltar amarras, deshacerse de la nobleza que inculcó un comportamiento recto y sin ambages como el de Salvador Allende. Muchos lo reivindican cada 11 de septiembre, pocos siguen sus pasos. Es la hipocresía de las meretrices de la política adictas al neoliberalismo.

9 de octubre de 2017

Palabras de María de Jesús Patricio Martínez (Marichuy) al entregar su carta de intención al INE para registrarse como candidata independiente a la presidencia de México.


Buenas tardes, compañeros, compañeras, hermanos indígenas, medios libres y medios de paga.

Estamos dando uno de los primeros pasos que vamos a llevar hacia adelante. Gracias porque están aquí presentes, apoyando, ya que esto es una propuesta colectiva, de muchos.

Y lo que quiero iniciar diciendo, que para lograr este primer paso, nos pusieron muchas trabas. Nos quisieron tratar como de la alta, de los que se rigen allá arriba. Que solamente esta estructura está diseñada para ellos, no para la gente de abajo, no para la gente trabajadora. Mucho menos para las comunidades indígenas. Pero aun así hemos logrado dar este primer paso. Y les quiero decir que no nos quisieron abrir una cuenta en un banco, que era uno de los requisitos, que teníamos que tener una cuenta, y nos bloquearon el banco HSBC, no nos quisieron abrir, y tuvimos que buscar otro.

Entonces desde ahí se ve cómo está amañado este poder, ¿verdad? Pero aun así lo hemos logrado y ya dimos un primer paso. Y claro, con el apoyo de todos ustedes. También queremos dejar claro que esto es diferente, nuestra propuesta es diferente, es una propuesta colectiva, que no es como ellos lo tienen diseñado, que es una persona la que dice, es una persona la que decide, y se hace lo que la persona dice. Aquí no.

Somos en colectivo, ¿verdad? Por eso es el Concejo Indígena de Gobierno, que es la presencia de los pueblos indígenas aglutinados en este gran Concejo, y que son concejales propuestos desde sus mismas comunidades, vistos desde sus comunidades, respaldados, y que van a estar al pendiente. Ése es el principal. Concejo Indígena de Gobierno, que es el que va a caminar. Entonces no es una persona, que quede claro, ¿verdad? Somos un grupo. También ¿cómo vamos a caminar? Vamos a caminar al estilo de los pueblos indígenas, con apoyo de las gentes, con el apoyo de nuestras comunidades. Así como se hacen las fiestas en las comunidades, como nos organizamos para recibir a alguien de otras comunidades, para recibir el cargo, así lo vamos a hacer. Que quede claro que no vamos a recibir ningún peso del Instituto Nacional Electoral.

Y esto que vamos a emprender va a ser con el apoyo de todos, ¿verdad? Vamos a ir caminando de esa manera. ¿También por qué? Porque nos queda claro, sobre todo ahorita en este tiempo que acabamos de pasar de catástrofe, se vio clarito que no les interesa la gente de abajo, que no están con la gente de abajo. Que lo que quieren es exterminarlos y quitarlos. Así como nos han venido acabando a los pueblos indígenas, como nos han impuesto los planes, programas para asegurar ese despojo, esa división. Entonces queda claro que para ellos la gente de abajo no existe.

¿Y qué tenemos que hacer nosotros? Organizarnos. Ésa es nuestra propuesta. Nos tenemos que organizar y darnos la mano entre todos, y acabar con este sistema capitalista, este sistema patriarcal, este sistema racista, clasista. Porque lo estamos viviendo en carne propia, pues. Entonces tenemos solamente que dar ese paso, organizarnos, para poder salir adelante con esta propuesta que surge desde los pueblos indígenas y que no es un invento, es algo que se vive por años y por eso han estado y siguen existiendo a través de todos estos años.

¿Por qué no los han acabado? Por la organización que tienen y que han heredado año tras año, década a década, ¿verdad? Entonces esa organización que se tiene en las comunidades y que es heredada, ahora se quiere plantear para todos los mexicanos, ¿verdad? Entonces es algo que ya se vive en las comunidades que no, como les decía, no es un invento. Es algo que ya está y que tenemos, los pueblos están planteando esta propuesta, y por eso queremos caminar como los pueblos indígenas, junto con todos ustedes, con esta propuesta. Solamente así vamos a salir adelante. También los pueblos indígenas no pueden solos, por eso se pide el apoyo de los trabajadores del campo y la ciudad. Juntos tenemos que hacer ese esfuerzo para poder salir adelante y sacar a nuestras comunidades, barrios, colonias, pueblos, todo.

Tenemos que unir esos esfuerzos, junto con los pueblos indígenas. Ellos nos van a poner la muestra de cómo tenemos que caminar. Y también como mujer, como madre, como trabajadora, les digo y les hablo, que tenemos que luchar contra este machismo, contra este clasismo, contra este sistema patriarcal que quiere a toda costa acabarnos, separarnos y diciendo que solamente los hombres pueden. Y tenemos que organizarnos. Si nuestros pueblos viven esa discriminación, mucho más las mujeres. Y yo creo que no solamente las mujeres de las comunidades indígenas, pienso que a nivel nacional. Por eso esta lucha va para todo el mundo.

Esta lucha va mucho más allá de México, que quede claro que es para el mundo. Por eso tenemos que organizar todos esos dolores que están pasando en nuestras comunidades, en nuestros pueblos, tenemos que organizar todas esas rabias. Entonces ese mensaje queda de nuestra parte: que hay que organizar esos dolores y esas rabias. Solamente así vamos a poder salir adelante, compañeros.

Gracias.

18 de diciembre de 2014

Sin permiso para serlo.

Por: Sergio Rodríguez Lascano / Colectivo Pozol.
El texto que acaba de publicar el Subcomandante Insurgente Moisés (De Ayotzinapa, del Festival y de la histeria como método de análisis y guía para la acción) tiene una gran importancia. Estamos frente a una visión del quehacer político de la que, a pesar del paso de los años, podremos seguir extrayendo una serie de aportes y enfoques que, sin duda, marcarán a una nueva generación de militantes de abajo y a la izquierda.
Desde la reunión con los familiares y los condiscípulos de los desaparecidos de Ayotzinapa, del 15 de noviembre de 2014 en el Caracol de Oventic, en el discurso pronunciado por el SCI Moisés (Palabras de la Comandancia General del EZLN, en voz del Subcomandante Insurgente Moisés, al terminar el acto con la caravana de familiares de desaparecidos y estudiantes de Ayotzinapa) se había señalado explícitamente el peligro que corría esta movilización.
Esto después de que, al inicio del movimiento, muchos no habían vuelto la cabeza para mirarlo y otros habían tratado de desprestigiar a los compas desaparecidos.
El desprecio y la calumnia chocaron con la firmeza y necedad de los familiares y compañeros. Y con el espejo en que se convirtió esta tragedia, de todas las tragedias que en México se han vivido en los últimos años. Después, ya se vuelve moda y entonces sí “Todos son Ayotzinapa” (hasta Enrique Peña Nieto) o Ya me cansé, o lo que sea la ocurrencia del día.
A partir de ese momento, el objetivo y la estrategia de la izquierda bien portada ha sido apagar la justa y legítima voz de los familiares y los compañeros de los desaparecidos.
En esa ocasión, el SCI Moisés les dijo:
“Y nosotros leemos, escuchamos y vemos que allá afuera se discuten tácticas y estrategias, los métodos, el programa, el qué hacer, quién dirige a quién, quién manda, a dónde se orienta.Y se olvida que las demandas son simples y claras: tienen que aparecer con vida todos y todas, no sólo los de Ayotzinapa; tiene que haber castigo a los culpables de todo el espectro político y de todos los niveles; y tiene que hacerse lo necesario para que nunca más se vuelva a repetir el horror en contra de cualquiera de este mundo, aunque no sea una personalidad o alguien de prestigio.A nosotros nos importan sus palabras de ustedes.Su rabia, su rebeldía, su resistencia.Porque en sus palabras de ustedes también nos escuchamos a nosotros mismos”.
Ahora, los compañeros zapatistas explican el cómo se pretende realizar esa labor devastadora de ocultar la voz de los agraviados: “secuestrando la verdad”, “desapareciendo la justicia”.
Y, entonces, se reafirma: ¿qué es lo fundamental? Escuchar a los familiares y a los compañeros de los desparecidos.
Y eso tiene que ver con algo que está presente en los últimos textos que han escrito sea el finado Subcomandante Marcos o el Sup Galeano o el SCI Moisés: “Escuchar a los actores de la lucha, a los que resisten y se rebelan”.
Cuando los interpretadores quieren traducir la lucha (hace tiempo un filósofo francés dijo: Toda traducción es una traición), lo que hacen es acomodarla a su agenda preestablecida, aplastarla con el ruido estentóreo de sus sesudos análisis. Domar y socavar la resistencia y la rebeldía.
Pero, no se trata simplemente de tratar de controlar, lo que realmente se busca es decirles: “no, así no; sin nosotros, no; con nosotros todo… lo que queramos”. Porque para esos buitres la política es, antes que nada:
a) Campo exclusivo de los “pensadores”, de los miembros de la clase política. Y no puede ser que unos pobres y despreciables indígenas modifiquen sus tiempos y sus espacios en su quehacer político.Educados en la necesidad de luchar en contra de la separación entre trabajo manual y trabajo intelectual, cada vez que un trabajador manual o un hijo de un trabajador manual se decide a ser el sujeto de su propio destino, al político profesional o al “pensador” le tiemblan las corvas y quiere explicarles —a veces con paciencia y veces de manera histérica— que para eso existen los intelectuales, las vanguardias, los especialistas, los que han leído a Marx o a Weber.
b) Espacio de las oportunidades. La peor de las plagas que ha sufrido la política, ya no es tan sólo separar lo que yo he leído de lo que tú, pobre ignorante, has leído. Desde hace ya muchos años, la política es parte de las mercancías que se ofrecen en el mercado. Tiene valor de uso y valor de cambio. Bueno, para ser más preciso, su valor de uso es casi nulo y su valor de cambio cada vez es más grande. Acostumbrados a ofrecer en el mercado de la ignominia a los movimientos, todo lo deciden a partir de las siguientes preguntas: “¿Cuánto pido por tu lucha? ¿Qué gano yo? ¿Cuántos votos me vas a dar? En ese bazar de oportunidades lo único que no existe es la ética. La ética está arrumbada en el rincón más obscuro del desván de los recuerdos. Y, cuando alguien la recuerda, inmediatamente le asignan el papel de “slogan moral”, de “impotencia política”, de “no entender que el arte de la política es encontrar oportunidades para negociar”. Se insiste en que no hay conflictos, sino desavenencias. Que todo se puede arreglar con una buena comisión de mediación. Hoy, en algunas universidades se dan diplomados y se discute el crear doctorados con el título: “Solución de conflictos”. Claro que no es fácil resolver un conflicto como la desaparición de seres humanos. Los familiares han dicho correctamente: ¡Vivos se los llevaron, vimos los queremos!
c) Espacio para ejercer la hegemonía y, por lo tanto, para practicar la homogeneización. La lucha por la hegemonía fue una obsesión para la izquierda que, cansada de la lucha por tomar el palacio de invierno, decidió que era fundamental conquistar la hegemonía en la sociedad, en especial entre los trabajadores. El problema, lo que no se percibió, es que nadie puede hegemonizar sin homogeneizar. Y, como está demostrado en todas las facetas de la vida, la homogeneización es sinónimo de pobreza, de carencia. Y en el terreno de lo político es sinónimo de ausencia total de democracia.
d) La búsqueda del Sinsajo. Los compañeros zapatistas señalan: “Basta de buscar su Sinsajo. En el tren de la desilusión, las próximas estaciones son ‘apatía’ y ‘cinismo’. Su destino final: ‘derrota’” (op.cit). En la teoría política de arriba y la historia de arriba, e incluso algunas veces en la historia que se piensa de abajo, se explican las cosas de manera “científica”. El pueblo mexicano siempre ha necesitado su Tlatoani, su caudillo, su líder, su jefe, su salvador, su personaje providencial. Su Sinsajo, para estar a la moda. Atrás de todo esto hay una pereza intelectual y una coartada de dominación. El hombre, la mujer providencial, desprecia siempre a los de abajo (yo creo que hay un problema con lo del Sinsajo, porque la gente que habla así ha visto la película Los Juegos del Hambre, pero no ha leído los tres tomos).
En México, tenemos ejemplos cúspide en este entramado político. Las declaraciones de “si no votan lo que estoy proponiendo es porque son agentes de Peña Nieto”, o “si no aceptan mis candidaturas, decididas por mí, es que son agentes de gobernación”, ponen en evidencia la catadura de esos personajes. Ahora algunos ponen en sus tuits: “Denise, sé nuestro Sinsajo” (refiriéndose a Denise Dresser). Se podrían hacer miles de chistes crueles al respecto, pero lo que queremos destacar es que una de las características de la política actual es expropiarle al ser común, a los de abajo, su capacidad de decidir, de pensar, de actuar.
El temor a la libertad existe en función de que desde afuera siempre se le dice a la gente: necesitas a un líder, a un jefe. El zapatismo ha enseñado que no se requiere ni de unos comandantes, ni de dos subcomandantes, mucho menos de un rayito de esperanza, ni de un Sinsajo. Que lo único que es indispensable es perder el temor y el terror a tomar nuestro destino en nuestras propias manos.
La política ha sufrido una conversión. Si antes la guerra era la continuación de la política por otros medios (Clausewitz dixit), ahora, estamos frente a un nuevo concepto que los compañeros zapatistas han denominado la guerra total hecha totalmente.
De ésta no se encargan los políticos, auténticos monitos cilindreros, sino los dueños del dinero, los que controlan México y no se ven. En la guerra total conviven el ejército, la marina, la policía —en todas sus variantes, desde los federales hasta los rurales —, los miembros del crimen organizado, los paramilitares, los policías gringos, los asesores del Departamento de Estado norteamericano.
Y, desgraciadamente, parece que los “analistas” y los “creadores” de opinión, no se han dado cuenta. La razón es sencilla: se sigue teniendo una visión decimonónica de la guerra.
***
Pero no está dicha la última palabra en esta movilización.
El compañero SCI Moisés lo explica claramente, cuando dice:
“Esas voces tienen juicio, saben de lo que hablan, y es su corazón como el nuestro cuando se hace dolor y rabia. Saben su camino y lo andan.Se saben ell@s. Nos saben a nosotr@s en rabias y dolores. Nada tenemos qué enseñarles nosotros, nosotras. Todo tenemos que aprenderles.Por eso ahora, cuando su voz pretende ser tapada, silenciada, olvidada o torcida, les mandamos nuestra palabra para abrazarlos.Por eso decimos que lo primero, más importante y urgente es escuchar a los familiares y compañeros de los desaparecidos y asesinados de Ayotzinapa. Son esas voces las que han tocado el corazón de millones de personas en México y en el Mundo.Son esas voces las que han señalado el dolor y la rabia, las que han denunciado el crimen y han señalado al criminal.La importancia de esas voces la reconocen, tanto el gobierno, que trata de deslegitimarlas; como los buitres, que tratan de torcerlas.Busquemos que esas voces retomen su lugar y rumbo.Esas voces resistieron a la calumnia, resistieron al chantaje, resistieron al soborno. Esas voces no se vendieron, no se rindieron, no claudicaron”. (Ídem)
A pesar de la impresionante presión que genera la ficticia unanimidad —Carlos Loret de Mola tan indignado como Carmen Aristegui, aunque ambos sean policías del conocimiento. Enrique Krauze tan violento en sus críticas a Peña Nieto como Derbez. Cárdenas renunciando al PRD porque su “conciencia” ética no le permite soportar más tiempo la inmundicia (claro, la realidad es que se está preparando para aplicarle a AMLO la misma política que le aplicó AMLO a él en el 2005-2006). Y AMLO indignado pide la renuncia de EPN, pero no dice nada sobre su candidato a gobernador de Guerrero en el 2015, jefe del chacal alcalde de Iguala—, los familiares y sus compañeros de los desaparecidos se han mantenido distantes y muchas veces críticos de esa unanimidad.
Al final, saben de dónde viene su fuerza. Ésta no viene de “un plan de acción” o de que los “líderes proletarios” de Teléfonos o del STUNAM digan que los apoyan. Su fuerza viene de algo más profundo: de su dolor y de su rabia.
Frente a ese dolor y a esa rabia se han encontrado los buitres que buscan generar un ruido avasallador y han chocado frente a ellos como frente a un muro. El muro de la dignidad y la rabia.
Y eso traducido en palabras, gestos, caras, miradas, es lo que ha permitido que, a diferencia de otras tragedias que hemos vivido en México, lo de Ayotzinapa se cuele por todas las grietas y poros del sistema capitalista, nacional e internacional. Y que se logre lo que siempre es esencial para que las cosas se modifiquen: el levantamiento de un gran espejo donde todos nos miramos, pero, sobre todo, donde las víctimas de tragedias similares se pueden ver, reconocer y recuperar su fuerza.
Y es eso lo que ha puesto en jaque al Estado, pero no al cascarón de estado con minúsculas que queda, sino al sistema de dominación como tal: a sus instituciones, sus partidos, sus leyes, sus legisladores, su justicia, su lenguaje, sus códigos, su forma de ser, su vida. Ellos segaron la vida de varios estudiantes y desaparecieron a 43 compañeros. Ahora éstos, con su imagen, sus rostros, sus historias… han desnudado todo el sistema de dominación.
Y lo que les urge a los medios de paga (tanto a los reaccionarios como a los progresistas, tan reaccionarios como los otros) es volver a vestir a los dominadores.
¿Cómo? Llevando a cabo una política tan vieja como el sistema capitalista mismo: lo que alguien llamó política Vudú.
En 1958-59, cuando los ferrocarrileros estallaron su huelga, el comunismo fue utilizado como tal. A Demetrio Vallejo y a Valentín Campa se les clavaron los alfileres de la política Vudú. En 1968, Díaz Ordaz se aventó el puntacho de echarle la culpa de esa gran movilización social a los “filósofos de la destrucción”: “Marcuse” (no pudo mencionar otro nombre, su asesor no sabía otro).
Luego, en 1994, se buscó en los primeros días ubicar a los guerrilleros guatemaltecos como los que dirigían la insurrección indígena en el estado de Chiapas. En 1999-2000, se ubicó al Mosh como el muñeco al que había que clavarle los alfileres.
Desde el 2012, pero más ahora, los anarquistas son las víctimas de esa política Vudú. Ahora son ellos a los que se les clavan los alfileres. Feos, sucios y vestidos de negro, por lo tanto: halcones. La lógica es abrumadora, pero, quien la emplea, en su vida se ha enfrentado a los halcones ni tiene la menor idea de lo que fue eso.
Lo que se busca es que los actores del conflicto (los padres, las madres y los compañeros de los desparecidos) tengan una alternativa frente a ellos: o se deslindan o se asimilan a la izquierda bien portada y entonces se deslegitiman.
Pero la gran experiencia de movimientos profundos nos enseña que nunca hay solamente dos posibilidades en la política, que siempre hay una tercera o cuarta o quinta, si se parte de una posición ética. Y entonces, se puede voltear todo el entramado de la política tradicional y generar en proceso otra política.
A partir de lo anterior es que en este texto los compañeros del EZLN nos explican de manera clara y precisa que esa disyuntiva es falsa y que es una trampa.
Ya lo habían dicho en el discurso de Oventik, pero ahora le dedican más espacio: el problema no es quemar o no la puerta de palacio, sino el hecho de defenderla a ultranza y de odiarla a ultranza.
Al final, ambas visiones parten de lo mismo: “ahí se ubica el poder”, por eso unos la defienden y otros la quieren quemar. Y los dos se equivocan: no sólo porque el poder no se encuentra ahí (¡pequeña cosa!) sino también porque ambas son visiones que no tienen nada que ver con las causas, las palabras, el discurso, las miradas, las caras, los gestos de los que iniciaron y han mantenido esta movilización.
Una propuesta cargada de futuro.
Ante esto los compañeros zapatistas deciden que el tiempo y el espacio es de los familiares de Ayotzinapa, y generosa y sabiamente se hacen a un lado y les dicen: aquí está, ésta es la tribuna de los meros de abajo.
Aquí van a hablar con los hombres y las mujeres del color de la tierra (con los yaquis que llevan luchando desde la invasión de los españoles; con los otomís de Xochicuautla que defienden su territorio, no por un fin particular sino pensando en que es uno de los grandes surtidores de agua de los chilangos; con los comuneros de Ostula que, a pesar de la marina y sus aliados los narcos y el ejército, han recuperado su territorio y ahora han construido una verdadera policía comunitaria; o con los comuneros de Cherán que un buen día se cansaron de que los talabosques destruyeran su territorio y decidieron que ahí no iba a funcionar el sistema de partidos políticos y nombraron ellos mismos a su gobierno y con tantas otras historias que no aparecen en los diarios de paga ni en la televisión).
Con los padres y madres de l@s niñ@s de la guardería ABC, que igual que los compas de Ayotzinapa decidieron que la vida no tiene precio y no aceptaron tasar a sus hijos; con las madres de los desaparecidos de Coahuila; con los familiares de los mineros de Pasta de Conchos, con los colectivos de joven@s y viej@s de la Sexta.
Y con los colectivos de la Sexta Internacional (ya tenemos inscritos que vienen de Rusia, Italia, el Estado Español, Grecia, Colombia, Argentina, etcétera) que en muchas ocasiones han sido el alma de las movilizaciones que se han realizado por todo el mundo por la presentación con vida de los desaparecidos de la normal de Ayotzinapa.
A los familiares y compañeros de Ayotzinapa el SCI Moisés, en nombre de los pueblos zapatistas, les dice eso.
Y a los miembros del CNI, de la Sexta Nacional y de la Sexta Internacional nos dice: miren, eso sucede cuando la política se hace desde otro espacio, desde la geografía de los de abajo y a la izquierda, desde el calendario de los que resisten y se rebelan.
Nos enseña que si la política no es buscar la hegemonía y la homogeneización (una no puede ir sin la otra), entonces, de lo que se trata es de crear espacios de compartición. Donde nos hablemos como lo que somos: iguales, porque somos diferentes, porque somos los Otros. Los que no tenemos lugar en este sistema de depredación y muerte.
Y, creo, el sentido profundo del texto al que nos referimos es: en este momento existe una movilización que no se puede opacar ni desplazar. Es a ellos a quienes tenemos que escuchar, sin que la gente persiga a los encapuchados zapatistas para tomarse una foto o saque el lápiz y el cuaderno sólo cuando ellos hablen.
Al dar un paso al costado los zapatistas nos enseñan que la Otra política se construye no solamente dando pasos al frente, se construye con generosidad, señas claras de compañerismo. Y que, en este momento, la mejor manera de hacerlo es no “robándole” cámara a los familiares y condiscípulos de los desaparecidos de Ayotzinapa. Y, como dicen ellos, pasar a la sombra.
Pienso: ¿cuántos estarían dispuestos a hacerse a un lado, a apoyar sin condiciones ni remilgos, sin imponer una línea o una visión del mundo, de la vida?
Antes de pasar a la conclusión, una pocas palabras que impiden la política de tabla rasa.
En última instancia lo que asimila a los que rompen vidrios con los bien portados es que ambos quieren “robarle” cámara a los familiares y alumnos de Ayotzinapa. Y más importante, a los muertos y desaparecidos de Ayotzinapa.
Ambos quieren marcar el rumbo de la movilización. Ambos actúan como vanguardias autoproclamadas, ambos son profundamente hostiles a una forma de construcción desde abajo de los movimientos.
Pero, en algo no son equivalentes, a pesar de sus gestos grandilocuentes: los preocupados de generar empleos en las vidrieras, son menos peligrosos que los bien portados.
Éstos son la izquierda sifilítica que todo lo corrompe y lo pudre. Son los encargados de causar las derrotas de las movilizaciones. Son los que se “preparan” para ser nuestros mandones.
Sabemos que nunca lo van a lograr pero que no cejarán en su empeño.
Los otros van a ser los presos políticos que, sin condiciones ni reclamos, defenderemos y apoyaremos porque, más allá de no estar de acuerdo con su visión, no son parte de la clase política ni de los que quieren dominar desde la lógica del capital.
Conclusión.
Lo fundamental es saber si entendemos que desde el poder se está llevando a cabo una guerra contra el pueblo de México. Que la miseria se enseñorea ya no sólo en el sur del país, sino que se manifiesta en todo el territorio nacional. Que este nivel de ataque no respeta nada.
Que alguien puede ser piloto aviador o trabajador metalúrgico, con formación profesional, o azafata joven o estudiante recién egresado de las universidades públicas, o de las normales y, de la noche a la mañana, se topan con una realidad lacerante: no tienen empleo o, peor, son asesinados o desaparecidos.
Ya no es simplemente un problema de exclusión contra los pueblos indios (la cual sigue, desde luego), sino que ahora toca a sectores que se pensaban a sí mismos como intocables.
Esto se combina con una guerra que se desarrolla en contra del conjunto de la sociedad. El proceso de militarización del país es alarmante y se ubica como uno de los problemas principales.
Esa combinación perversa entre deterioro de los niveles socioeconómicos de la población y la militarización abre una fase mórbida que plantea nuevos problemas a resolver.
La mayoría de los mexicanos viven en la zozobra de dejar de tener ingresos de un día para otro o de ser asesinados o desaparecidos en un retén militar o en una fiesta particular o en una carretera o en una esquina a 300 metros de un cuartel militar. La gente vive en el límite. En la frontera donde cohabitan el dolor y la rabia.
Dolor ante el tamaño de la agresión. Ante el tamaño de la embestida. Ante el sentimiento de indefensión.
Rabia contra los que han sumido en la peor crisis de su historia al país. Y ésta es la peor crisis de su historia no únicamente por la terrible situación económica, sino porque todo ha sido descoyuntado.
El “desierto de lo real”. De esa realidad construida a partir de eliminar una serie de conquistas de derechos sociales. De acabar con los elementos de la economía moral agraria, al echar abajo el significado profundo de la base ejidal de este país.
Hoy, la destrucción del tejido social hace de la familia su principal objetivo. Familias destrozadas y partidas por el constante flujo migratorio hacia la frontera del norte.
Familias destrozadas a partir de la política de división que el gobierno impulsa con sus programas sociales, que enfrentan a esposas contra maridos e hijos contra padres.
Familias peleadas por el fin del reparto agrario (los hijos esperan con ansiedad que el padre muera para repartirse la poca tierra que poseía), reparto que ha dejado a más de 20 millones de mexicanos literalmente sin nada.
Familias destrozadas por la violencia desatada por el poder. Que ha llevado a que más de 60 mil hogares tengan un muerto, por lo menos .O 20 mil, según cifras oficiales, que tienen un desaparecido; o decenas de miles de desplazados que han sido aventados por la espiral de la violencia.
Pueblos indios bajo ataque permanente con el objetivo de quitarles lo último que les pertenece: su tierra. Y a partir de ahí, su cultura y sus tradiciones. Pueblos indios orillados a la autodefensa frente a la utilización del narcotráfico por parte de las autoridades, para que luego lleguen las mineras o los emporios turísticos, ambos de capital trasnacional.
Pueblos indios que buscan ser divididos por los partidos políticos que trafican con la posibilidad de ofrecer materiales de construcción de casas o de drenaje y entubado, aunque nunca se sepa de dónde van a traer el agua (en muchos poblados en Chiapas se busca dividir a los pueblos instalando tubería sin que haya agua).
Poblados indígenas bajo ataque para construir proyectos soberbios e insultantes de turismo de aventura.
Mujeres asesinadas masivamente por el único “delito” de ser mujeres. Asesinadas a mansalva, saliendo de su trabajo (la maquiladora), con la complicidad o participación directa de los cuerpos policíacos y militares.
Jóven@s que, si bien les va, en la vida serán un número (en la escuela, no el número de matrícula, sino aquél que engrosará las filas del desempleo, o el joven número tal asesinado o desaparecido, o el joven número equis encarcelado) o el que ni a número llegó, simplemente es inexistente, invisible para la sociedad del Poder. Está ahí pero como si no estuviera. Como si no existiera.
Los niños, que cada vez en mayor número viven en la calle, que en las esquinas buscan quién les dé una moneda, que no van a la escuela o que van, pero eso no significa nada, no tienen futuro. Que no saben lo que es un juguete y ya saben cómo jugarse la vida.
Los 25 millones que viven bajo pobreza absoluta y que no tienen nada. Los que son considerados como prescindibles para las estadísticas de la sociedad del Poder. Los que si un día mueren todos, en nada afectarán el desarrollo de la bolsa de valores. Los que si un día mueren todos en nada afectarán “la sana evolución de los procesos electorales”, al fin que son los jodidos que no votan, o más, a los que se victimiza echándoles la culpa de que gane el PRI porque “no tienen conciencia”.
Los 70 millones de mexicanos que vivimos en la esquina, en el borde, en el rincón, en la frontera de la desesperación. Los indocumentados internos. Los migrantes en nuestro propio país. Los permanentemente ofendidos. Los condenados de México.
Frente a todo eso, una gran movilización social se ha levantado.
Los familiares y los condiscípulos de los desaparecidos y asesinados de Ayotzinapa, con el espejo gigantesco que han construido, nos han permitido ver que del dolor y la rabia sale la dignidad. Y que la dignidad es algo que genera pánico al poder, al verdadero poder, a los mandones de este país y del mundo (son los mismos). Que Ayotzinapa es ahora una palabra grande, que ni siquiera los zopilotes pueden manchar.
Y que, el otro gran movimiento que ha levantado una gran construcción de dignidad, el EZLN, hoy lo invita a ocupar el lugar que le corresponde como el sujeto que debe ser escuchado, apoyado con humildad, abrazado, como se abraza abajo, sin dobleces ni hipocresías.
Por último, un mensaje a nuestros compañeros y compañeras que todavía somos aprendices de una política ética: si eso (la necesidad de muchas veces hacerse a un lado, de no buscar vanguardizar o hegemonizar) lo entendemos, lo asimilamos, lo aplicamos, lo integramos en nuestro quehacer político, a nuestra noción de vida, a nuestro proceso de aprendizaje militante, entonces todo será más diáfano, más claro.
Ya sabremos que de ahí, de todos esos hombres y mujeres, ancianos y ancianas, jóvenes y jóvenas, niños y niñas, saldrá el martillo que nos libere de esta condena, parafraseando al poeta Miguel Hernández.
De la profundidad de los hombres y mujeres invisibles para la sociedad del Poder. De ese gran Nadie que somos o para ser más precisos, que queremos ser. De ese gran Nosotr@s que está en construcción.
Y entonces comprenderemos qué quieren decir las palabras finales del comunicado del SCI Moisés:
“Sí, ya sabemos que somos incómod@s para unos y otros. Para unos somos radicales, para otros somos reformistas.Tod@s, arriba y abajo, tendrán que tragarse esto:Acá abajo, cada vez somos más quienes nos empeñamos en lucharsin suplicar perdón por ser lo que somos y sin pedir permiso para serlo”. (Ídem)
Ni más, ni menos.

26 de septiembre de 2013

Maíz transgénico en México: mucho que arriesgar, poco que ganar.

Por: Mariela Fuentes Ponce, Iván P. Moreno Espíndola, Luis M. Rodríguez Sánchez y Juan Macedas Jiménez* / La Jornada Michoacán.
Desde los últimos meses del gobierno de Felipe Calderón se ha difundido con mayor intensidad la discusión en torno a la posibilidad de aceptar la liberalización de maíz transgénico a campo abierto con fines comerciales en nuestro país, centro de origen y diversificación de dicha planta. Esta discusión no es nueva. Desde anteriores administraciones panistas y priístas se había intentado minimizar o banalizar el tema de la introducción de plantas de maíz transgénico, como si se tratara de una tecnología totalmente probada e inocua para el consumo animal, humano y, aún para el ambiente. En la actual administración el gobierno se ha rehusado a tomar una postura pública al respecto.
Por su parte, organizaciones campesinas, sociales y de académicos han planteado el debate del uso de semillas de maíz transgénico desde la entrada en vigor del Tratado del Libre Comercio de América del Norte (TLC), en 1994. En una lista presentada por la propia Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa), por medio de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), se menciona que el 14 de febrero de 1995 se autorizó la venta comercial de un jitomate genéticamente modificado (FlavrSavr™), de la empresa Calgene SA de CV. ¿Con qué elementos contamos los ciudadanos para ser partícipes del debate y hacernos una opinión al respecto para exigir a quienes, en teoría, nos representan, la mejor política pública? Es urgente la revalorización y priorización de la actividad agrícola en el país desde la perspectiva de seguridad y soberanía alimentaria, y desde el propio contexto cultural.
Un modelo privatizador.
Desde hace algunas décadas, las políticas públicas que se han implementado para el campo mexicano han fomentado sistemas de producción uniformes mediante la oferta de paquetes tecnológicos que se desarrollan bajo el esquema de un modelo económico y político privatizador. Muchos de estos modelos son ofertados por la agroindustria, lo que ha provocado la pérdida de saberes y tecnologías locales, los cuales implican perspectivas de adaptación y resiliencia ante los cambios ambientales, económicos y sociales actuales. La inserción del maíz transgénico en la producción y comercialización en México no es un hecho aislado, sino que responde a esta visión de seguir ofertando soluciones aparentemente inmediatas en un contexto de “agricultura moderna”, modelos arrastrados desde la revolución verde que asumen la posibilidad de solucionar todos los problemas de la producción agropecuaria. Sin embargo, omiten la complejidad de los agroecosistemas, además de permitir la injerencia de empresas privadas en las decisiones prioritarias nacionales, como lo es el modelo de producción de alimentos, el cual se interpreta como un modelo privatizador en un área prioritaria de nuestro país, la producción de comida para la población. Todo ello restringe nuestra soberanía y autonomía alimentaria, aumentando nuestra dependencia respecto a otros países productores de alimentos, y a las empresas privadas del agronegocio y afines. Las empresas productoras de semillas y de agroquímicos pugnan por una agricultura dependiente de insumos, lo cual generará una concentración del capital por parte de dichas empresas.
Según un reporte de Reuters, la mayor empresa vendedora de semillas modificadas, Monsanto, en el trimestre agosto-octubre del 2012 obtuvo por ventas 2 110 millones de dólares. Mientras, Syngenta, empresa generadora de herbicidas, plaguicidas y semillas modificadas, aumentó sus ganancias este año en un 13 por ciento; el presidente ejecutivo de dicha firma, Mike Mack, aseveró que en 2012 sus ventas fueron de 14 mil 200 millones de dólares. Las diferentes compañías, al ofertar el maíz transgénico enfatizan dos características agronómicas: resistencia a insectos y tolerancia a herbicidas con el fin último de incrementar el rendimiento de grano por hectárea. Esta perspectiva es totalmente antagónica a la concepción de las culturas diversas de México, donde se cultiva el maíz con una visión holística, respondiendo a necesidades de vida; se siembra junto con frijol, calabaza y otras plantas, acordes a los diferentes ecosistemas y tecnologías locales, adaptándose a las condiciones culturales y climáticas de las diferentes regiones de nuestro país. En la visión de los campesinos, en una parcela no solo se busca obtener la mayor producción de un solo tipo de grano, se busca también enriquecer la alimentación con hierbas comestibles (quelites), condimentos (chile y epazote), colectar diferentes hongos e insectos.
Un modelo reduccionista.
Por otra parte, en esa concepción de la agricultura se generan espacios de conservación in situ de una amplia diversidad de plantas medicinales y de ornato, como el cempasúchil. En este contexto, lo que estamos discutiendo no es sólo la entrada o no del maíz transgénico al campo y al mercado nacional, sino de diferentes concepciones del quehacer agrícola en México, tanto a nivel de política pública, extensionismo, el apoyo al campo y pequeños productores, la generación de conocimiento, así como el modelo económico y de soberanía nacional. El modelo reduccionista de paquetes tecnológicos y aparentes soluciones inmediatas introduce en la agricultura lo que se denominan organismos transgénicos o genéticamente modificados (OGM). El maíz que comúnmente se ha introducido se denomina Bt (por la bacteria Bacillusthuringiensis), es una planta que ha sido modificada artificialmente para que produzca una toxina que de manera natural sería producida sólo por dicha bacteria. Esta modificación implica que al menos un gen de la bacteria fue introducido mediante técnicas de biología molecular en el genoma del maíz. En el caso del maíz Bt, se introdujo una instrucción para que produzca una proteína tóxica denominada Cry, que en teoría ayudaría al maíz a tener su propio insecticida. Bajo esta idea simplista se han creado diferentes organismos en los que se combinan genes de bacterias, virus y plantas, suponiendo un efecto aditivo simple.
Un transgénico es aquel organismo al que se le han introducido una combinación artificial de genes, en el cual se supone que únicamente se expresará el transgen de interés, sin afectar el resto de las instrucciones y funciones que de manera natural realizarían las células del organismo modificado y sin interactuar con el medio en el que dicho organismo se desarrolla. Sin embargo, la complejidad de los sistemas biológicos rebasa estos supuestos ya que la naturaleza es mucho más compleja que la idea simplificada de la doble hélice del ADN que aprendemos en la escuela. Diversas investigaciones, como las del grupo de Elena Alvárez-Buylla, del Instituto de Ecología de la UNAM, han demostrado impactos ecológicos y productivos al cultivar comercialmente variedades transgénicas, como la pérdida de diversidad genética del maíz, siendo centro de origen nuestro país. El maíz es una planta de polinización libre, por lo cual no hay control entre las cruzas, lo que ha generado que variedades nativas hayan presentado ya flujo génico de variedades modificadas (demostrado por Ignacio Chapela y corroborado por Elena Alvárez-Buylla, en Oaxaca). La diversidad coadyuva a las diferentes variedades nativas a adaptarse a las variaciones climáticas y geobiofísicas, mientras que  los transgénicos no son flexibles en este sentido.
Un modelo incierto.
La concepción de la agricultura moderna y la dependencia que se ha generado hacia los insumos agrícolas en manos de empresas privadas apoyadas por los diferentes gobiernos federales, ha provocado la desaparición de modelos de producción agrícolas acordes con el contexto nacional. Los insumos promovidos por estas empresas incluyen las plantas genéticamente modificadas (transgénicos), lo que implica la perdida de diversidad de una planta nativa como es el maíz en México. Otro problema ecológico es la transferencia horizontal de los transgenes, esto significa que las secuencias de ADN, o parte de ellas, transferidas artificialmente de un organismo a otro, pueden pasar de la planta transgénica a una planta normal por medio del polen. Esta transferencia o flujo génico implica el riesgo de que las secuencias artificiales de una planta transgénica afecten detrimentalmente a variedades nativas de maíz, provocando, cuando menos, anomalías en el desarrollo de las plantas con “flujo génico”. No sabemos realmente cómo se puede expresar el transgén en otras plantas a mediano y largo plazo, sean comestibles o no, ni qué implicaciones ambientales y a la salud podrían tener.
La propuesta de introducción de maíz transgénico en México está enfocada en el norte del país, zonas con agricultura extensiva e industrializada. Entonces la pregunta es: ¿cómo afectaría la liberación de transgénicos a la producción local que se realiza en la milpa?
Como se explicó anteriormente, el flujo de los trangenes por medio de la polinización libre, especialmente en plantas como el maíz, implica el riesgo de que las secuencias de ADN patentadas pasen a las variedades nativas, lo que implicaría, según las leyes de propiedad intelectual, que ese maíz que antes era propiedad social podría pasar a ser propiedad de una empresa, con lo cual los campesinos ya no serían dueños de su semilla y cada año tendrían que comprarla a alguno de los fabricantes trasnacionales que las ofertan. Pensando con un poco de malicia, diríamos que la producción intensiva del norte del país destinada a las empresas procesadoras de forraje y alimento humano estaría dominada por las semillas transgénicas, y que a la par se generaría un mercado de semillas “orgánicas” o “libres de transgénicos” a precios elevados, a los cuales sólo un sector privilegiado de la población tendrá acceso, generándose un nuevo mecanismo de mercado en el que seguramente se incorporarían las mismas empresas productoras semillas, quienes nunca dejarían de ganar.
Un modelo tóxico.
Otro problema es que se ha demostrado que el uso de plantas transgénicas, como las resistentes al glifosato, estimula el surgimiento de insectos y arvenses resistentes a dicho herbicida, debido principalmente a la repetida exposición al agrotóxico. Evidencias encontradas en Argentina sobre el surgimiento de “super malezas” demuestran que el uso de líneas transgénicas resistentes a herbicidas no disminuye su uso, por el contrario, los agricultores tienden a aumentar las cantidades del agrotóxico aplicadas al suelo para intentar controlar el aumento en el número de arvenses e insectos resistentes.
¿Cómo nos afecta todo esto como consumidores de alimentos?
El uso excesivo de herbicidas, según la Union of Concerned Scientists, en sembradíos de maíz transgénico de 1996 a 2008 (específicamente uso de glifosato) aumentó 173 millones de kilogramos; esto conlleva efectos colaterales como la acumulación de residuos tóxicos en la cadena alimenticia (tanto en legumbres, hortalizas, granos como en diferentes tipos de carne, incluyendo pescado), el deterioro de la calidad del agua superficial y subterránea (el agua que extraemos para tomar y asumimos como potable), la reducción de la biodiversidad y la acumulación en el suelo donde se volverá a sembrar, entre otros. Todo lo anterior implica una amenaza a la salud pública.
Actualmente no se sabe a ciencia cierta los daños directos que podría implicar el consumo de transgénicos en la salud de los seres humanos, sin embargo, ya se ha demostrado que los transgenes son bioacumulables en los tejidos de plantas y animales, pueden llegar finalmente por medio del alimento a las personas. Lo anterior nos remite a la reciente y polémica publicación del investigador francés Gilles-Eric Séralini y colaboradores, quienes mostraron el surgimiento de tumores en ratones que consumieron maíz transgénico. De igual manera, Pusztai y colaboradores alimentaron ratas jóvenes con dietas balanceadas que contenían papas genéticamente modificadas y no modificadas; los resultados mostraron un aumento significativo en el grosor de las mucosas del estómago y un alargamiento de las criptas de los intestinos de las ratas alimentadas con las papas modificadas. A pesar de que los exámenes aplicados podrían ser controversiales, la mayoría de los comentarios negativos a este artículo publicado en la revista médica Lancet fueron personales, opiniones no arbitradas y, por ende, con un valor científico muy limitado.
Un modelo no sustentable.
Considerar el cultivo de maíz genéticamente modificado como una alternativa de innovación tecnológica implica la destrucción de modelos sustentables de producción de alimentos en un contexto de escasez, desnutrición y hambre a nivel mundial. Específicamente en México, donde los productores han realizado mejoramiento genético del maíz (50 razas), generando sus propias semillas de variedades adaptadas a las nuevas condiciones agroecológicas, la entrada de transgénicos, los cuales no se distinguen a simplemente vista del resto de las variedades, generaría pérdida de diversidad y de las semillas nativas, lo que implicaría que los agricultores tendrían que comprar cada año la semilla a las empresas privadas, además de que si los maíces nativos presentan flujo génico de material generado por las empresas, el agricultor es perseguido por tener un material que esta registrado por la compañía en cuestión (Monsanto, Syngenta, Aventis, Dupont, BASF).
Todo lo anterior, además de ponernos en riesgo como consumidores, aumenta nuestra dependencia, disminuyendo la soberanía y autosuficiencia alimentaría del país, la cual ya está en serio peligro.
Según Antonio Turrent-investigador de INIFAP-, para el 2012 México importó un tercio del maíz requerido. Es urgente una discusión amplia sobre las perspectivas y planes para el desarrollo de la agricultura en México que incluya a campesinos, asociaciones de productores, diferentes instancias gubernamentales e instituciones de investigación y formación para generar mecanismos de regulación y control para los organismos genéticamente modificados, especialmentede aquellos que, como el maíz, tienen al territorio de México como centro de origen y diversificación.
Algunas propuestas.
Aunque la discusión de la introducción de maíz transgénico a campo abierto no se ha agotado, planteamos algunas propuestas. El Estado mexicano debe tener una postura clara que no responda a los intereses de las empresas productoras de semillas, sino a un modelo de desarrollo del campo mexicano, con base en las características bioclimáticas y socio-culturales del país. El Estado debe generar un programa de inventario y monitoreo constante que apoye a los productores para generar bancos de semillas de maíz nativo, asegurando que estén libres de transgenes.
Por otra parte, debe obligarse al etiquetado de los productos que contengan transgénicos o derivados de éstos, salvaguardando el derecho del ciudadano de elegir, de manera informada, el producto que está consumiendo. Si fuera imperante importar maíz transgénico, debe repartirse como harina y no como grano para evitar que se use como semilla. Finalmente, el Estado debe subsidiar y fomentar la selección masal para no perder la riqueza genética del maíz nativo y generar independencia de los productores y del propio país. Todo esto implica una política agrícola de apoyo al pequeño y mediano productor en pos de una autosuficiencia y soberanía alimentaria. Implica un cambio en la política económica y social del país.
Hasta el momento, el Estado no ha asumido una política social y económicamente responsable exponiendo a los sectores socialmente más vulnerables: en el campo a los pequeños productores, los cuales pierden el control sobre la producción de sus propias semillas volviéndose dependientes del gobierno y las empresas, lo que acentuará el abandono de la actividad agrícola; en las ciudades los consumidores con menos recursos no tendrán acceso a alimentos biológicamente seguros. Es urgente que como sociedad nos vinculemos y organicemos para obligar al Estado a garantizar del derecho a la alimentación de buena calidad y a la no privatización y contaminación génica de las semillas.

*Profesores-investigadores del área de Agronomía de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco, que participan en el Programa de Investigación Sierra Nevada-Centli de la UAM, conjuntamente con productores del Valle de México.
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