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10 de septiembre de 2019

Caso Lesvy Berlín, "prueba" para el Poder Judicial.

Por: SIDIDH.

Ciudad de México, 09 de septiembre de 2019. Ante el inicio del juicio oral por el feminicidio de Lesvy Berlín, familiares y organizaciones anunciaron que vigilarán de cerca el proceso para garantizar que se juzgue con perspectiva de género.

Hace 2 años y 4 meses, fue hallado el cuerpo de Lesvy Berlín Rivera Osorio en Ciudad Universitaria de la Ciudad de México. Las autoridades capitalinas argumentaron que había sido un suicidio, pero la lucha de su familia y personas solidarias logró la reclasificación del caso para que éste se investigara y judicializara como feminicidio.

Las organizaciones advirtieron que la reproducción de prejuicios y estereotipos de género imperan y que las descalificaciones, falta de credibilidad, prejuicios, la culpabilización de víctimas, la minimización o justificación de las violencias, así como el investigar o juzgar los delitos de género como supuestos suicidios u homicidios dolosos -en los casos de los feminicidio-, demuestran la ausencia de perspectiva de género entre los órganos de procuración e impartición de justicia.

“A pesar de que en la sentencia Mariana Lima de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) estableció el criterio de que toda muerte violenta de mujeres sea investigado como feminicidio, la realidad nos evidencia que no es un criterio cumplido, y el problema continúa, al reconocer que solo un porcentaje mínimo de los casos investigados como feminicidio concluye con una sentencia”, lamentaron. “La inacción de las Fiscalías y de los Poderes Judiciales Federales y estatales, su actuar sin perspectiva de género y la impunidad que ello conlleva, ha derivado en la existencia de una ciudad y un país feminicida y sin justicia para las mujeres”.

Señalaron que el Poder Judicial Federal y de los estados deben asumir su obligación de juzgar con debida diligencia y perspectiva de género, y garantizar mediante sus resoluciones y sentencias, la sanción de la violencia contra las mujeres, particularmente en los casos de violencia feminicida.

14 de septiembre de 2018

Lejos.

Por: Miguel Lorente Acosta / Autopsia.



Los machistas no se dan cuenta (o no quieren darse cuenta), de que la sociedad quiere estar lejos de ellos, que no quiere la proximidad de quienes por su condición de hombres se creen superiores y con la legitimidad de decidir sobre lo que les conviene a las mujeres, y de establecer lo que es bueno y lo que es malo, y a partir de ahí lo que está bien y lo que está mal. El último ejemplo de ese rechazo lo hemos visto en la decisión del Tribual Supremo para aplicar la pena de alejamiento a todos los casos de violencia de género.

La omnipresencia del machismo en la cultura y de la cultura en cada hombre que la reproduce en su masculinidad, es lo que ahoga la convivencia y lo que ha cubierto con sus referencias todo el espacio de las relaciones en el ámbito público y privado a través de la normalidad. Y claro, la defensa de lo normal desde su condición y posición les ha dado a los hombres una superioridad moral que no poseen, y la posibilidad de utilizar los instrumentos de corrección necesarios para mantener lo que consideran que es el “orden social”, desde el Derecho a la violencia normalizada.

Ya lo dijeron Walters y Clarke en sus clásicos estudios sobre  la violencia en la sociedad cuando concluyeron que “la cultura determina la violencia”. Y lo hace a nivel dinámico, según los elementos e interacciones que forman parte de esa sociedad, y a nivel estructural a la hora de aplicar criterios y razones que justifiquen el uso de la violencia en nombre de los valores que la definen, como por ejemplo ha ocurrido con argumentos como el de “la letra con sangre entra”, “te pego porque te quiero”, “mi marido me pega lo normal”… Todas son expresiones que revelan una forma de entender la violencia como “mal menor”, una especie de “mal necesario” para corregir algo negativo para la sociedad y la convivencia cuya solución produce un beneficio superior a ese daño puntual.

El cuestionamiento que se hace de esa violencia estructural no parte tanto de una reflexión interna desde las referencias de la propia cultura, como de personas y posiciones críticas con ella, las cuales, después de un tiempo de acciones, campañas, debate social… logran influir sobre un grupo suficiente de la sociedad para modificar los elementos que hacen posibles esas referencias, desde la normalidad de la conducta en cuestión, que pasa a ser criticada, hasta el Derecho, que se modifica para sancionar comportamientos que antes no eran reprobados. Por eso, conductas que antes formaban parte de la“capacidad correctora“ de un padre de familia o del maestro ahora son delitos, y agresiones que hoy son consideradas como violencia de género antes eran aceptadas como parte de ese ejercicio de control que debía desarrollar el “buen marido”, bien para corregir a su mujer o para castigarla. Y aunque todo ello ha cambiado en su expresión más visible, las raíces de la cultura aún beben en las mismas ideas y valores, por eso aún se normaliza o justifica la violencia de género y el resto de las violencias estructurales, y se duda más de las mujeres que denuncian que de los agresores.

Es este cuestionamiento externo, es decir, ajeno a las referencias de la cultura, el que hace avanzar a la sociedad hacia la Igualdad a pesar de todos los obstáculos, resistencias e intentos frustrados de impedirlo, y el que logra que cada día se esté más cerca de alcanzarla. Y quien impulsa iniciativas, forma en conocimiento, agita conciencias y mueve acciones para lograr ese avance es el feminismo, esa es la razón por la que el machismo demoniza todas sus propuestas y pensamiento en una actitud que revela el temor de quien se sabe descubierto, y ya sólo espera que lo detengan.

La realidad es objetiva, y hoy, si se mira con perspectiva la evolución histórica, claramente se aprecia que estamos más lejos del núcleo del machismo, y que lo estamos porque gracias al feminismo hay conciencia sobre la injusticia que representa y de todo el abuso y violencia que lo acompaña, dentro y fuera de la normalidad.

Por más que se resistan y reaccionen los machistas intentando confundirlo todo, mezclar resultados y destinos sin tener en cuenta el origen de las conductas, sus motivaciones y objetivos perseguidos a través de ellas, ni tampoco las circunstancias que las acompañan ni las consecuencias que se derivan, el viaje hacia la Igualdad ya no tiene vuelta atrás ni destino alternativo.

Es lo que hemos visto en el nuevo paso dado por al Tribunal Supremo en su Jurisprudencia, para que se aplique la pena de alejamiento en todos los casos de violencia de género, una medida necesaria para que la normalidad que atrapa a las mujeres que sufren la violencia de género no las haga caer en la trampa de las “segundas oportunidades”, ni quedarse en las razones dadas por los mitos del amor romántico a la hora de interpretar lo ocurrido, y que todo parezca un episodio pasajero en un hombre que ya ha prometido, una vez más, que nunca le volverá a pegar. Son estos mitos los que hacen que sólo se denuncie alrededor de un 25% de los casos, y que incluso el 70% de las mujeres asesinadas nunca hayan denunciado.

Pero no todo el mundo ve esta decisión como un avance, y de nuevo salen voces que, curiosamente, recurren a la víctima para cuestionar la medida porque “no cuenta con el consentimiento de ella”, o directamente hablan de que va en contra de los hombres. Y no deja de ser curiosa esta posición, porque parte del mismo sector de la sociedad que no cree a las víctimas cuando denuncian, y que presenta cualquier iniciativa sobre violencia de género como dirigida “contra los hombres”, en lugar de contra los “hombres maltratadores”. Es tan absurdo como decir que la pena de prisión por robo va contra todas las personas, y no contra las personas que roban. Pero no es un error, sólo la expresión de ese machismo conservador en las ideas y en los valores para confundir y defender los privilegios y status de los hombres.

La sociedad quiere al machismo lejos y a los machistas en la distancia, y quiere cerca al feminismo y a la Igualdad para continuar el camino hacia la convivencia en Paz.

11 de septiembre de 2018

Las caras de La Moneda.

Alejandro Fernández Allende es nieto de Salvador Allende e hijo de Tati Allende, revolucionaria chilena y aliada del Che. La presentación de la biografía que rescata la figura insurrecta y olvidada de su madre fue el disparador para conversar sobre su niñez marica en la opresiva Cuba de los 80, su presente como loca suelta en Nueva Zelanda y el entramado de la historia de su familia, con el que mantiene una relación de develamiento lleno de espectros, legados y secretos.
Cuando llegó al Hospital de La Habana a saludar a la parturienta, Fidel Castro miró al bebé en su cuna y exclamó: “Este niño ha conocido las balas antes de nacer”. El hablar galante, ingenioso y florido del líder, y el Caribe entero, se colaron ese día en el cuarto que imagino ascético, donde se recuperaba de los pujos la chilena exiliada Beatriz “Tati” Allende, la hija de don Salvador Allende y Hortensia Bussi. Un vientre lleno en viaje entre dos latitudes, entre dos destellos de la historia de Occidente. No hubo hipérbole ni metáfora en la observación de Fidel, sino revista de un acontecimiento de fama mundial, porque el bebé, Alejandro, que fue arrojado al mundo ese 5 de noviembre de 1973 en Cuba, había estado a punto de no nacer el 11 de septiembre previo en Santiago de Chile, cuando el dictador Pinochet ordenó el bombardeó de La Moneda y Allende obligó a su hija y secretaria, la Tati, a huir de ahí por donde fuera. La panza casi estallada de bronca más que de preñez. La historia le deba la razón a la revolucionaria que, como el Che Guevara, estaba convencida de que la oligarquía latinoamericana no se rendiría jamás ante las instituciones en una democracia sin su tutela, como pretendió sin éxito Salvador en Chile (el Che se lo advirtió en el único encuentro), sino mediante la violencia planificada.

Así es que la Tati salió de La Moneda pistola en mano, confundiendo el territorio con el cuerpo del enemigo, que estaba ya por el cielo con sus bombas. Salió con idéntica desesperación que cinco años antes, cuando supo de la muerte en Bolivia de su compañero de lucha el Che, y tuvo enseguida que ayudar a toda la avanzada guerrillera a escapar del sur del continente por el Pacífico. Cuando 1977 se suicidó en La Habana dejó una carta a Fidel, en la que explicaba que su espíritu insurrecto había quedado echado en las calles de Santiago de Chile, y que el exilio cubano le impedía rescatarlo. Como en el samurai, la vida encontraba en ella su sentido ético y estético en la muerte bajo la acción. Es por eso que el suicidio meditado, en el universo revolucionario, está visto como una decisión mezquina. Se muere en combate y antes de ser capturado por el enemigo. En Cuba nunca se admitió que Salvador Allende se disparó en La Moneda antes de ser rematado por la horda militar (la segunda exhumación del cadáver, en 2011, reveló la verdad de esa secuencia a forenses de varios países: “Fue la única vez que vi a mi abuelo”, dice Alejandro).

Hace unas semanas se presentó en Santiago, a través de editorial Pehuén, la biografía Beatriz “Tati” Allende, la revolucionaria olvidada, escrita por el historiador Marco Álvarez. Alejandro colaboró con fervor a través de su testimonio y las lecturas, y estuvo como presentador del libro en Santiago. De por sí el atributo “olvidada” del título asigna a la segunda hija del expresidente socialista una categoría subalterna, que la separa del resto de la familia superviviente, desde hace tiempo incorporada a la clase política chilena (la hija menor, Isabel, es Senadora y la hermana de Alejandro, Maya, preside la Cámara de Diputados). Alejandro Fernández Allende, el hijo varón que viene conversando con el espectro materno desde el suicidio –un espectro que pudo ver en vivo bajo el efecto de la ayahuasca– mantiene con su propia historia una relación de develamiento. Debió interpretar el legado del abuelo y de la hija inseparable, su madre, bajo sus propias condiciones de existencia: ser homosexual en Cuba en los años ochenta y noventa –y a la vez nieto de un héroe socialista– era un calvario, en Chile una sobreexposición permanente, y en Nueva Zelanda, donde vive desde hace casi veinte años, trabajando en una empresa de seguros de viaje, con el alivio de pareja incluida. Ramón Carney (Ramón por un actor mexicano que su madre, neozelandesa, admiraba), su compañero en ese país desde hace quince años, nos observa sin entender la lengua de nuestra tertulia en la casa de Don Salvador.

Sos como un Hamlet en desvío, debatís con el fantasma de tu madre en lugar del paterno, y tu Ofelia tiene nombre de varón.

Cuando mamá se suicida yo tenía poco menos de cuatro años. Y recién a los quince pude leer la carta en la que explicaba su decisión. Nos había dejado a mi hermana Maya y a mí porque ya no podía soportar la tristeza de estar lejos de su país para liberarlo de Pinochet. Jamás se perdonó haberle hecho caso a Allende en La Moneda y escapar. Y creo que, además de liberarlo, quería volver a su país para vengar al padre. Siempre digo que era una Electra en ese vínculo tan intenso. Como estricta revolucionaria, la muerte para ella era un don si uno muere en el campo de batalla. Imaginate lo que había sido su convencimiento guerrillero, ya a los veinte: fue una de las fundadoras del Ejército de Liberación Nacional, recibió entrenamiento militar en Cuba, donde conoció al Che, con quien tuvo un amor platónico, y se intercambiaban más tarde información de Chile a Bolivia en código morse. El Che era el sentido de la revolución, su héroe. Cuando llega la noticia del asesinato se encierra en el baño a llorar y gritar. Pero de inmediato se pone a planificar la huida de los compañeros que estaban en Bolivia, ella misma desde la frontera. Mi padre, que fue servicio de inteligencia cubano en Chile, me dijo una vez “tu madre era demasiado radical, no he visto nadie tan apasionado por la revolución”. Creo que en cierta manera lo asustaba.

¿Qué reacción tuvo tu padre cuando le dijiste a los dieciséis que eras homosexual? 

Me dijo “si en este país no te gustan las mujeres estás jodido”. En Cuba la homosexualidad era tabú, perseguida, aunque se cogiera a diestra y siniestra, y entre locas y padres de familia. Como suele pasar en las sociedades latinoamericanas represivas. Pero guay de que pretendieras llevar una vida como maricón. De todos modos, mi padre era un actor secundario en mi vida. Cuando Fidel lee en la carta de mi madre el pedido de que mi hermana y yo no quedásemos bajo custodia suya, porque era un hombre alcohólico y mujeriego, enseguida cumple. Así, nos cría Mizti, la hermana de la Payita (Miria Contreras), la secretaria y pareja real de mi abuelo, también exiliada en Cuba. Porque la abuela Tencha (Hortensia Bussi de Allende), que se refugió en México con sus otras dos hijas, en realidad había mantenido a lo último con el Chicho (Allende) solo un vínculo institucional. Nunca dejaron de vivir juntos, se tenían cariño, pero el matrimonio había terminado.

¿Sentís que Cuba te escamoteó la revolución, al no admitir tu diferencia, como le pasó a Pedro Lemebel?

En ese entonces era imposible estar en paz con uno mismo siendo homosexual en Cuba. Mantenerse en el secreto era la manera de subsistir. Pero en esas sociedades de vigilancia extrema, el ojo omnipresente, aunque no nos mire, nos mira. Cuando era muy niño me gustaba vestirme con ropa de mi mamá y de Mitzi –me gusta decir que tuve una niñez de cross dresser– pero a medida que crecía se me hizo intolerable ir descubriendo que era marica, y que eso era permanente. De adolescente probé con novias, pero el deseo original seguía. Además, con la conciencia del legado de Allende; todo se complicaba. A los doce pensé en matarme. Pero sentí que Tati, muerta, me detenía. La última vez que vi a Mitzi, cuando ella decide regresar a Chile porque estaba muriendo de cáncer, me preguntó si me gustaban los hombres. Y yo le respondí que no. Ella insistió en que me iba a querer de todas maneras. Me estaba dando permiso, y yo no lo tomaba. Tanto era mi terror.

Hubo una alianza entre tu madre y vos, entre una mujer indomable y un chico que se enojaba por tener que crecer en el secreto...

Veo hoy a mi madre como una feminista que no supo que lo era. Que, como yo, tuvo que lidiar con el machismo cubano. En Chile había cargado sobre su espalda una misión histórica que no era precisamente común en una mujer, y tan joven. Cuando llegó a Cuba los líderes la nombraban como “la hija de Allende”. Y ella se ponía de culo: “Perdonen, pero yo soy Beatriz”. Y sí, entre padre e hija había un amor inmenso pero también autonomía y desacuerdo. No veían el proceso histórico de la misma manera. Chicho creía en cambios radicales pero dentro de las instituciones de la democracia tradicional, y Tati era una profeta de la revolución armada. Cuando salió el proyecto de la biografía, y conversamos con Marco Álvarez sobre su vida, fui tomando junto con él conciencia de la verdadera magnitud de mi madre. Cómo había sido dejada de lado en el relato de la historia, un silencio saturado de ideología e intencionalidad porque fue una personalidad demasiado radical y además suicida, y asumí su rescate como deber amoroso. Ahí ves como la alianza simbólica se devela en lo concreto. Como cuando en Cuba el gobierno decidió que Maya y yo nos llamaríamos Allende Fernández, invirtiendo el orden de los apellidos, y nosotros volvimos a darlo vuelta en 1992,  ya en Chile. ¿Qué pretendían? ¿Crear una dinastía patriarcal revolucionaria a partir del apellido de mi abuelo? Además el apellido Fernández tiene un origen falso. Como mi padre era servicio de inteligencia, le cambiaron el nombre. El de nacimiento era Gallart Grau, pero un servicio tiene que asumir de por vida otra identidad. Mi vida también fue una fuga de identidades y de territorios. Un exilio permanente, en etapas.

En ese diálogo continuo que entablaste con tu madre, ¿le reprochás la obcecación en quedarse en La Moneda durante el ataque, con vos en la panza, y después el suicidio? Es una pregunta jodida, ya lo sé. 

Mirá, no tengo nada que demandarle a mi madre. Su corazón era revolucionario. Para mí es un orgullo su manera de entregarse a lo que creía una misión histórica, por la que valía la pena el sacrificio. Ella era muy extrema, y a la vez muy sensible y humana. No soportó el exilio. Si el Che habló del Hombre Nuevo, hay que decir que la Tati era la Mujer Nueva, en una Cuba que era misógina y homofóbica. Yo amo a mi madre con desacuerdo en su visión del mundo. No soy un revolucionario, me siento cómodo en Auckland. Quizá porque crecí en una Cuba tan rígida, donde la felicidad para el que no encuadra es un trabajo demasiado duro. Buena parte de mi generación tiene hoy una mirada crítica y muchos reclamos. Sé que las cosas se han modificado, que las locas viven con mucha más libertad –vi a chicos besándose en el malecón de La Habana– sobre todo gracias a la militancia lgtbi de Mariela Castro, la hija de Raúl. La Tati hoy estaría contenta de que, a pesar de no coincidir en lo ideológico, volví a Santiago a presentar su biografía de revolucionaria. Su vida sale por fin del confinamiento y del olvido. Y me imagino que debe ver huellas de sus rebeldías en todo el proceso que me llevó a asumir mi sexualidad y hacerla pública, siendo el nieto de Salvador Allende, y nacido en Cuba.

¿Cómo fue tu proceso de coming out cuando regresaste a Chile, en una década menos favorable a ese gesto como los noventa?

Con Tencha, mi abuela, teníamos unan relación muy cercana cuando volví a Chile. De hecho me fui a vivir con ella cuando me puse a estudiar periodismo. Cuando estaba terminando la carrera y ya le había contado a muchos de mis compañeros y a todos mis amigos, entré a la casa y fui directo a ver a mi abuela: “Tencha, tengo que hablar contigo”. Mi abuela estaba viendo una película y me dijo que si no era importante habláramos más tarde. “Tencha, soy homosexual”. Ella ni se pasmó, se quedó unos segundos en silencio y me dijo “Ya lo sabía”. Entonces me hizo gracia y le pregunté si le parecía yo muy maricón: “Es que solo te veo con amigos varones, y ni una novia”. En fin, si eso fue por primera vez en el ámbito de la familia, más tarde se hizo público cuando el diario La Tercera publicó una entrevista de varias páginas que tituló algo así como el nieto gay de Salvador Allende. El autor me persiguió meses online cuando yo ya vivía en Auckland. Finalmente acepté. Las cartas al director publicadas luego, y la reacción de la derecha fueron tremendas, pero me dieron la posibilidad de defenderme en el diario, respondiendo los ataques. Además, el Movilh (Movimiento de Integración  y Liberación Homosexual) y otras organizaciones fuera de Chile. El escándalo duró como un mes, y por suerte yo estaba viviendo ya en Nueva Zelanda. Creo que fue un gran aporte al movimiento lgtbi.

¿Pensaste en contraer matrimonio con Ramón? ¿Cómo te llevás con los nuevos derechos lgtbi?

Con Ramón tenemos una pareja abierta desde hace mucho. Lo conocí en un website, y después de mucho sexo nos fuimos a vivir juntos. Y sí, ya te imaginarás que tengo muchos amantes, en una sociedad tan diversa como la de Auckland. Maoríes, árabes kiwis. Realmente nunca he creído en el matrimonio y menos en la monogamia, pues me parecen construcciones sociales añejas, alejadas de la naturaleza humana. Pero celebro que las personas lgtbi puedan casarse, si es que lo desean.

En Alejandro, como en todas las locas, la solemnidad es un vestido fino de ocasión. Nuestras vidas están hechas de identidades aéreas, y tuvimos que aprender a bailar hasta sobre un volcán. Como nadie, sabemos que los roles a los que uno se apega por momentos son máscaras. Esa tarde en la casa de Salvador Allende, donde a la mesa del almuerzo está todavía sentada la familia del prócer socialista, mi entrevistado y amigo  me hace levantar de la silla para llevarme a  recorrer los espacios preferidos del abuelo: la biblioteca, donde me hace sentar para el mariconeo (“mi abuelo, de haber sido un tema de debate público en la época en que vivió, hubiera apoyado el movimiento de liberación nuestro. Era muy progresista en todos los aspectos, y muy sensible. Tenía excelente buen vínculo con artistas que sabía que eran gays”); el jardín trasero, en cuya medianera había una puerta secreta por donde– me cuenta en registro de chisme– entraba la Payita a encontrarse con el presidente; el pequeño balcón del segundo piso donde saludaba a los vecinos o militantes cuando se despertaba, y donde ahora yo saludo a la nada. Lo único verdadero en este instante es el espectro de Salvador Allende y el de la Tati subiendo y bajando las escaleras.


Tati Allende en Cuba con Fidel Castro


Tati, la revolucionaria , con su padre, Salvador Allende

25 de agosto de 2018

México, segundo lugar mundial en asesinatos de mujeres trans.

Por: Aseneth Hernández / Contralínea.

Cuatrocientas cincuenta y seis mujeres transgénero fueron asesinadas en México por razones de odio, entre enero de 2007 y lo que va de 2018. Estos homicidios colocan al país en el segundo lugar a nivel internacional.


Tan sólo entre 2007 y 2017 se cometieron 422 homicidios contra esta población vulnerable; y la mayoría ocurrió en los 2 últimos años: en 2016 fueron 80 asesinatos y en 2017, 59.

Además, en lo que va de 2018 se tiene registro ya de 34 homicidios, indica un pronunciamiento del Centro de Apoyo a las Identidades Trans (CAIT) firmado por más de 500 grupos y activistas a nivel nacional.

En ese documento se identificó que Veracruz es el estado en el que han ocurrido mayor número de casos, con 39; le sigue Guerrero con 37, el Estado de México y Chihuahua con 34, Baja California con 26, Puebla con 23 y la Ciudad de México con 22. Además, la tendencia sugiere que 2018 será uno de los 3 años con mayor cantidad de asesinatos de personas trans.

La impunidad es una constante. Rocío Suárez, coordinadora del CAIT, señala en entrevista con Contralínea que un ejemplo de esto son los asesinatos de Paola Ledezma, Itzel Durán y Alexa Flores cometidos en 2016, ya que hasta la fecha no han sido resueltos y sus homicidas siguen libres.

Para la activista, los ministerios públicos y la policía han utilizado el establecimiento del nuevo Sistema Penal Acusatorio para excusarse por sus fallas e ineficiencias. Suárez advierte que muchas veces las autoridades estigmatizan y discriminan a las víctimas por su identidad de género.

Agrega que son pocos los estados los que tienen tipificados los crímenes de odio por orientación o preferencia sexual, lo que deriva en la falta de estadísticas a nivel institucional que permitan contabilizar cuántas personas de la diversidad sexual han sido asesinadas.

Por esta razón, el CAIT en conjunto con activistas y organizaciones exigieron al Estado Mexicano implementar acciones y políticas públicas para atender y eliminar la violencia y discriminación que se comete en contra de la población de la diversidad sexual y de género.

Amelia.

Tomado de: Mujeres y La Sexta.


3 de enero de 2018

DEPENDE… (Participación de la Comisión Sexta del día 27 de diciembre de 2017 en el ConCiencias por la Humanidad).

  Buenos días, tardes, noches, madrugadas.

  Queremos agradecerles a quienes asisten, sea aquí en el CIDECI, sea a la distancia en geografía y calendario, a este segundo Encuentro de ConCiencias por la Humanidad, cuyo tema central, se supone, es “las ciencias frente al muro”.

  Celebramos que hayan decidido participar, sea como ponentes o como escuchas y videntes,

  Mi nombre es SupGaleano y ahora no voy a hablarles de ciencia, ni de arte, ni de política, ni les voy a contar un cuento.

  En cambio, quiero hablarles de un crimen y de sus posibles análisis o explicaciones.

  Y no un crimen cualquiera, sino un crimen que rompe los calendarios y redefine el tiempo; que amalgama al criminal y a la víctima con la escena del crimen.

  Un crimen, digo.  Pero… ¿Un crimen en curso?  ¿Uno ya perpetrado?  ¿Uno por cometerse?  ¿Y quién es la víctima?  ¿Quién el criminal?  ¿Cuál es la escena del crimen?

  Tal vez alguna, alguno, algunoa, esté de acuerdo conmigo que los crímenes son ya parte de la realidad que se padece en México, y en cualquier parte del mundo.

  Crímenes de género o feminicidios, de homofobia, racistas, laborales, ideológicos, religiosos, por la edad, por la apariencia, por negocios, por omisión, por el color, y así.

  En resumen: un territorio anegado en sangre.  Tanta, que las víctimas ya no tienen nombre, son sólo números, índices estadísticos, notas de interiores o de relleno en los medios de comunicación.
Incluso cuando la sangre es de quienes, como ell@s, trabajan de comunicadores,

  Miles de crímenes con minúsculas, que se alimentan de un crimen mayor,

  La aberración es tan grande, que los deudos de las víctimas tienen que luchar ya no por la vida de sus ausentes, sino porque no mueran dos veces: una de muerte mortal y la otra de muerte de memoria.

  Para no ir muy lejos, en México, ya se puede decir que alguien “murió de muerte natural” cuando es víctima de la violencia.

  Cada actividad, cada paso, cada instante de una vida otrora normal, ahora transcurre en la incertidumbre…

  ¿Llegaré con vida al trabajo, a la casa, a la escuela, al día siguiente?  ¿Encontrarán mi cuerpo?  ¿Estará completo?  ¿Dirán que yo lo provoqué y me harán responsable de mi ausencia?  ¿Tendrán mis cercanos que luchar por encontrarme, por recordarme?  Mi familia, mis amistades, la gente que me conoce, quien no me conoce, ¿dedicarán un pensamiento a mi muerte, un tuit, un comentario en voz baja, una lágrima?  ¿Y después?  ¿Seguirán adelante?  ¿Guardarán silencio?  ¿Cómo reaccionarán cuando no se diga que asesinaron una mujer, sino que una mujer murió?  ¿Cuál su valoración cuando la nota roja detalle mi ropa, la hora, el lugar?  ¿Alcanzará mi muerte al mínimo necesario para que los gobernantes decreten una alerta de género?  ¿Mi asesino, sí, en masculino, será castigado?  ¿Quién explicará qué del crimen que me atacó por ser mujer?  Sí, joven, niña, adulta, madura, anciana, bonita, fea, flaca, gorda, alta, baja, siempre mujer.

  ¿Por qué no me advirtieron que nacer y crecer mujer en este calendario, en cualquier geografía, reducía mi esperanza de vida y que cada maldito minuto iba a tener que luchar, ya no sólo para ser valorada y respetada por mis méritos, grandes o pequeños, para tener una retribución justa por mi trabajo, para tener oportunidades de estudio, de trabajo, de relación, para ser feliz o infeliz, según fuera arrastrándome o caminando o corriendo por los calendarios, para ir tirando pues, o como cada quien le diga a vivir; no, resulta que también tengo que luchar para que no me maten, no una, dos, tres, cien, miles de veces?

  Porque me mata el hombre que me mata, y me mata quien ignora mi muerte, la matiza, la maquilla, la enmascara, la ensucia con su maledicencia (“se vistió provocativamente”, “estaba tomando”, “estaba en un antro”, “andaba de noche”, “andaba sola”) ocultando que mi delito es vivir.  Así nomás, vivir.  Sin importar mi edad, mi credo, mi color, mi posición política, mis ideas, mis sueños y mis pesadillas.  Mi asesino no se decidió porque fuera yo a votar o abstenerme, porque votara rojo o verde o azul o café o amarillo o independiente o la verdad es que ni credencial de electora tengo.  Tampoco fue la edad su móvil: soy niña, joven, adulta, madura, anciana.  Me asesinó porque soy mujer.

  Así estamos, oiga.  Aceptamos que la explicación de un crimen de género, del asesinato de una mujer, del feminicidio, sea esa: es que era mujer, quién le manda, ella se lo buscó, y que siga la cacería.  Porque el silencio es complicidad, y la complicidad es la celebración del crimen.  Sólo un cambio de casilla: del crimen a la normalidad.  Brindemos porque es éste el sistema que culmina la historia, donde la humanidad alcanza su máximo desarrollo, donde el progreso y el bienestar pueden ser disfrutados por todo aquel que trabaje y se esfuerce.

  Eso es el sistema capitalista, oiga, el sistema en donde asesinar a una mujer es parte de la vida diaria, de la muerte cotidiana, del terror asumiendo su identidad de género.

  ¿O no?  ¿O todo depende de quién explique mi muerte?  ¿O ya no importa?  ¿Ya ni siquiera merece una explicación?  Mi muerte es como la lluvia que hace más lento el tráfico y que uno, una, unoa, padece con el fastidio de quien llegará tarde al siguiente asesinato como se llega tarde al siguiente semáforo?  ¡Chin! Otra vez rojo, otra muerta, otra asesinada, otro retraso.

  Decía el finado SupMarcos que, para ser tomados en cuenta, los indígenas tenían que morirse por miles.  Que si eran unos cuantos, normal.  Que si eran unas decenas, “es parte su naturaleza bárbara”, “síntoma de retraso cultural”, “el gobierno debe cumplir con la deuda histórica con las más desprotegidos”.  Que si eran cientos, “¡ah, las desgracias naturales, pobrecillos!”.  Si ya eran miles, entonces sí alguien preguntaba “¿qué está pasando?, ¿por qué?”

  Así que cabría preguntarse: ¿Cuántas mujeres asesinadas se necesitan para que nos preguntemos qué está pasando y por qué?  ¿Quién es el responsable del crimen?  ¿Quién es la víctima?  ¿Cuál es el móvil?

  ¿O vamos a esperar el siguiente escándalo en las redes sociales?  ¿En serio?  ¿Dónde antes había la limosna del lamento o una moneda, ahora un tuit, un hilo si me apuran?

  Hace poco tiempo, en esa fuente perene de sabiduría, tolerancia y preocupación por el bien común que es la red social “twiter”, un usuario reprendía a una usuaria que condenaba el asesinato de una mujer (otra más) como feminicidio.  El usuario en cuestión le decía, palabras más, palabras menos: “No es feminicidio porque ella no era feminista, era sólo una mujer”,  Y remataba así “ustedes las feminazis no respetan a las demás mujeres y quieren extender su odio a todas”.  Mi imagino que la réplica que recibió el usuario fue del tipo “no puedes acceder a esta cuenta, porque has sido bloqueado porque la usuaria es alérgica a la estupidez”.
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  Un crimen de género.  Podríamos intentar una explicación, una hipótesis.  Podríamos, por ejemplo, preguntarle al asesino por qué cometió ese crimen.

  Les adelanto que las justificaciones serán muchas pero siempre la misma.  La respuesta inconfesable del varón siempre será: “porque puedo hacerlo, ya vendrán otros, otras, a darme la razón, el móvil”.

  Y sí, aunque todo depende.

  Por ejemplo:

  Hace unos días, la agencia de noticias Apro, informó: “Al deplorar los feminicidios en el país, el cardenal Juan Sandoval Íñiguez hizo referencia a un presunto experimento en Juárez, Chihuahua, donde un policía vestido de civil a bordo de un auto de lujo “conquistaba” a mujeres para llevarlas a la presidencia municipal, donde las reprendían por su comportamiento diciéndoles “con cualquiera se suben, por eso las matan”.

  En entrevista para Canal 44, tras asistir a una plática de la Coparmex, el también obispo emérito de Guadalajara dijo hoy que el alarmante incremento de los feminicidios en el país se atribuye a la “imprudencia de las mujeres”.

“De parte de la mujer puede haber cuando menos imprudencia. Con cualquiera que sale por ahí bien vestido, se comprometen, se enganchan”, soltó Sandoval Iñiguez para enseguida hacer referencia al supuesto experimento realizado en Ciudad Juárez.

  Como pueden apreciar, aquí ni siquiera se menciona a los asesinos.  La responsable de su asesinato es la mujer y su “natural” imprudencia.

  Oh, lo sé.  Ustedes se preguntan a qué viene toda esta perorata sobre los feminicidios, si aquí estamos para hablar de las ciencias y el muro.

  Bueno, en mi defensa alego que estoy describiendo una parte de ese muro.  Y lo primero que resalta en él, es un extendido grafiti, que abarca los 5 continentes, donde la sangre ocre de las mujeres víctimas de la violencia colorea la palabra “CULPABLE”.

  Claro, depende.  Hay quien ve los grandes avances científicos y tecnológicos, las urbes soberbias, las doradas luces reflejadas en los rascacielos.

  Y nosotros aquí de necios e irresponsables, escuchando que estamos frente a un crimen.  El más grande, profundo, extendido y terrible en la historia de la humanidad.  Un crimen hecho sistema.

  Pero yo aclaré, al inicio, que no iba a hablar de ciencia, ni de arte, ni de política, ni iba a contar un cuento.  Dije puntualmente que iba a hablar de un crimen.  Así que va en su cuenta de usted si sigue escuchando, leyendo o dándole click al ícono de recarga porque la transmisión en stream ya se cayó y la pantalla de la compu, la tableta, el celular, se congeló en esa palabra que bien puede resumir la explicación que el sistema da a los asesinatos de mujeres: “CULPABLE”.

  Y mientras la transmisión se reanuda, volteo a mirar hacia arriba para ver y escuchar si alguien está hablando de eso, de esos crímenes.  Pero nada. Tal vez falla mi conexión y en realidad sí se está hablando de eso y se están proponiendo planes, estrategias, tácticas para acabar con esa pesadilla.

  Y entonces, mientras la transmisión se reanuda, usted, nosotras, nosotros, escuchamos las palabras del poeta Juan Bañuelos.  Es apenas un eco el sonido de su voz, porque es de hace diez años, en ocasión del homenaje que recibió en el Encuentro de poetas del mundo latino, en el 2007.  En su voz no hay celebración por el premio.  Hay, en cambio, un ligero temblor de dolor, de indignación, de rabia.  Ahora se escucha:

  “Pero a lo que voy, concretamente, es a lo siguiente: el 22 de diciembre de 1997 se perpetró el asesinato de 45 indígenas en la comunidad de Acteal, que está en el municipio de San Pedro Chenalhó, en el estado de Chiapas. La más sangrienta de muchas agresiones que han sufrido: la saña con que mujeres, niños y hombres fueron asesinados por grupos paramilitares.  El gobierno quiso explicar que se trataba de “luchas intertribales”.  No es casual, también, que la mayoría de los muertos hayan sido mujeres ni que la violación sexual hecha por los grupos paramilitares fuera para sembrar el terror en las comunidades y para atacar los proyectos autonómicos.

  Desde la fundación del grupo indígena Las Abejas la respuesta fue la violación tumultuaria, en diciembre de 1992, contra las esposas de los fundadores, una de ellas con siete meses de embarazo.  La masacre de Acteal significa que matando a las mujeres se destruye un símbolo de la resistencia: el fin es “matar la semilla”, ése fue el grito de los paramilitares ese 22 de diciembre: que no se multipliquen más los indios. El asesinato en Acteal no es la hechura de una violencia loca ni de venganzas tribales o personales. El que no se haya investigado a fondo y se identifique a los culpables en estos 10 años de los hechos es responsabilidad sólo de los grupos de poder estatales y de los presidentes de México que hemos tenido. No se ha resuelto nada.”

  Imagino que hay una pausa, tal vez para aclarar la voz, tal vez para tratar de controlar la rabia:

  “Al día siguiente del 22 de diciembre de 1997 fui enviado a Acteal como miembro de la Conai (Comisión Nacional de Intermediación por la Paz) para investigar lo que había sucedido. La impresión fue espantosa: hallamos ropas ensangrentadas de niños y mujeres en las ramas de los arbustos, y en una cuevita donde trataron de esconderse. Algunos de los sobrevivientes dieron su testimonio contando pormenores sobre cómo fueron masacradas algunas mujeres al abrir su vientre (cuatro estaban embarazadas) y extraerles a sus nonatos, con tal saña que sintetiza una política de exterminio.

Micaela, una niña de 11 años, tiene mucho miedo. Ella nos cuenta que desde temprano está con su mamá rezando y jugando con sus hermanitos para que no den lata. Hay varias mujeres en la ermita.
A las 11 de la mañana empezó la balacera, los niños empezaron a llorar, hombres y mujeres empezaron a correr, y a otros los alcanzó la bala ahí mismo; un disparo le llegó por la espalda a la mamá de Micaela. La encontraron por el llanto de los dos niños que luego fueron asesinados. Micaela se salvó porque la creyeron muerta. Tenía mucho miedo y fue a esconderse a la orilla del arroyo. Ahí vio cómo los paramilitares regresaron con machetes en la mano; se reían, hacían bulla, desvistieron a las mujeres muertas y les cortaron los pechos. A una le metieron un palo entre las piernas y a las embarazadas les abrieron el vientre y sacaron a sus hijitos y juguetearon con ellos: los aventaban de machete a machete. Después se fueron los tipos gritando, gritando y gritando. A Micaela la tomó de la mano su tío Antonio para ir a buscar a sus primos o a gente conocida que pudiera estar viva entre los muertos. Ella sigue relatando: “rescatamos a dos chiquitos que estaban junto a su madre muerta; el niño tenía la pierna destrozada, otra niña tenía el cráneo desbaratado y se revolvía tratando de aferrarse a la vida. Después del genocidio muchos no pudieron combatir la tristeza: Marcela y Juana han perdido la razón, ya no hablan, sólo emiten monosílabos ante el ruido de helicópteros militares que sobrevuelan la comunidad”.

  Juan Bañuelos se disculpa.  Sabe que su palabra sonará anacrónica para algunos de los asistentes (de entonces y de ahora):

  “Que el público de esta noche me perdone si en esta fiesta de la palabra con poetas de diferentes países he tenido que abordar la matanza espantosa de Acteal, de hace 10 años, aún sin ninguna solución, pero es que yo nací en Chiapas y fui miembro de la ex Conai y no puedo mantenerme callado.

  A algunos les pareceré radical por exigir cambios profundos en mi país; sin embargo, les respondo con el pensamiento de José Martí, el gran poeta de América: “Radical no es más que eso: el que va a las raíces. No se llame radical a quien no ve las cosas en su fondo. Ni se llame hombre quien no ayude a la seguridad y dicha de los demás hombres”, porque hay que sostener que “patria es humanidad”. Por lo mismo, y por lo tanto, este homenaje a mi persona lo trasfondo, lo cambio y lo transfiero a la memoria de los masacrados en Acteal.”

  Juan Bañuelos, poeta al fin, lee el poema de la poetiza Xuaka´ Utz´utz´Ni´, titulado “Para que no venga el Ejército”:

Escucha, sagrado relámpago,
escucha, santo cerro,
escucha, sagrado trueno,
escucha, sagrada cueva:
Venimos a despertar tu conciencia.
Venimos a despertar tu corazón,
para que hagas disparar tu rifle,
para que dispares tu cañón,
para que cierres el camino a esos hombres.
Aunque vengan en la noche.
Aunque vengan al amanecer.
Aunque vengan trayendo armas.
Que no nos lleguen a pegar.
Que no nos lleguen a torturar.
Que no nos lleguen a violar
en nuestras casas, en nuestros hogares.
Padre del cerro Huitepec, madre del cerro Huitepec,
Padre de la cueva blanca, madre de la cueva blanca,
Padre del cerro San Cristóbal, madre del cerro San Cristóbal:
Que no entren en tus tierras, gran patrón.
Que se enfríen sus rifles, que se enfríen sus pistolas.
Kajval, acepta este ramillete de flores.
Acepta esta ofrenda de hojas, acepta esta ofrenda de humo,
Sagrado padre de Chaklajún, sagrada madre de Chaklajún.

  Juan Bañuelos termina su intervención diciendo:

  “Exigimos juicio sumario para el norteamericano ex presidente Zedillo y sus cómplices.”

  ¿Le aplauden o no?  No lo sabemos.  La grabación se corta abruptamente con la palabra “cómplices”.  En una reunión de poesía, un artista de la palabra ha decidido hablar de un crimen y, en lugar de agradecer el homenaje, ha demandado verdad y justicia.  Juan Bañuelos no lo sabe, porque la muerte natural lo dejó sin palabras hace algunas lunas, pero los asesinos materiales e intelectuales de ese crimen están libres con la complicidad, entonces y ahora, de los líderes del mexicano Partido Encuentro Social.

  Y hace unas horas acaba de fallecer, en paz y “con los auxilios espirituales de la santa madre iglesia”, uno de los autores intelectuales de esa matanza: el general Mario Renán Castillo Fernández.

  Y donde digo Acteal, pueden ustedes, ajustando su calendario, decir ahora “Chalchihuitán” o “Chenalhó”.  Y agregar la variable de la disputa por la próxima gubernatura de Chiapas entre el PRI-rojo y el PRI-verde.  Ellos pondrán los candidatos, sus militantes indígenas ponen ya los desplazados y los muertos.

  Dije antes que nadie estaba hablando de los crímenes contra las mujeres.  Bueno, depende de a dónde se dirijan el oído y la mirada.  Porque hay una mujer que se llama Guadalupe y le dicen “Lupita”.  Tenía 10 años cuando la matanza de Acteal y le tocó vivir ese horror y morirlo también con sus seres cercanos.  Ahora Lupita es concejala del Concejo Indígena de Gobierno y, junto a la vocera de ese Concejo, Marichuy, anda los caminos de este país y cuenta esa historia.

  Lupita habla con otras mujeres.  Algunas son como ella, otras no.  A unas y a otras, les habla y no sólo les dice: “mírate en esta historia porque ya es también la tuya”.  También les dice: “organízate, resiste, no te rindas, no te vendas, no claudiques.  No esperes a que el terror entre a tu casa, tu calle, tu escuela, tu trabajo.”

  Ni Lupita ni la vocera caminan solas.  Otras concejalas, indígenas como ellas, mujeres como ellas, trabajadoras como ellas, pobres como ellas, madres como ellas, esposas como ellas, hijas como ellas, abuelas como ellas, hermanas como ellas, organizadas como ellas, rebeldes como ellas, caminan y hablan en otras partes de este crimen llamado “México”.

  No hay lujos para ellas, ni aviones privados, ni reporteros de la fuente asignados.  Dicen algunos que están juntando firmas para que la vocera Marichuy sea candidata independiente a la presidencia de la república.  No sé si están juntando firmas. Ellas dicen que están juntando dolores, rabias, indignaciones, y que no hay una aplicación cibernética para recabar eso, ni celular de gama baja, media, alta o venti que soporte esos terabytes.  Sólo tienen su oído, su corazón.  Su palabra es invariablemente la misma: “organización”, “resistencia”, “rebeldía”.

  No lo dicen, pero así dicen: “no me tengas lástima, no te pido limosna, sólo te digo: mírate al mirarme, y al escucharme, escúchate”.

  Entonces yo les pregunto a ustedes, a quienes asisten, escuchan, leen, miran: “¿merece el Concejo Indígena de Gobierno la oportunidad de recorrer más lugares, de hablar con más personas, de escuchar más dolores y, en lugar de ofrecer promesas, programas de gobierno y gabinetes, también denunciar un crimen, compartir su explicación de él e invitar a acabar con el criminal?  No acomodarlo, no matizarlo, no maquillarlo, no reciclarlo, no perdonarlo, no olvidarlo.  No, acabarlo, destruirlo, desaparecerlo.

  La respuesta a esa pregunta, ya lo sabemos, depende de quién, de dónde, de cómo.
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  He hablado de una parte del crimen.  Porque, como dije al principio, no voy a hablar de ciencia, ni de arte, ni de política, ni voy a contar un cuento.  Sin embargo, al hablar del crimen hablo también de las explicaciones que de él se dan,  Y la explicación de este horror cotidiano varía.  Depende desde dónde se explica y depende de quién da cuenta de él.

  Fiel a su esquema a modo, el Partido Revolucionario Institucional de Acteal, renovó su persistencia delictiva en este sexenio.  No le basta la corrupción rampante, la ineficacia administrativa, la torpeza diplomática, la frivolidad como estilo de gobierno.

  No, el PRI necesita siempre un crimen aterrador que lo mantenga en los parámetros que le dan identidad, color, vocación y proyecto.

  Y, como en Acteal, las mismas plumas que archivaron en “conflicto intertribal” el asesinato de mujeres, niños y hombres desarmados, para Ayotzinapa construyeron la tesis del “enfrentamiento internarcos”.

  Curiosa esa definición de “enfrentamiento” que puebla los tribunales jurídicos y mediáticos del Poder: una de las partes está armada y la otra indefensa, pero se trata de un “enfrentamiento”.

  En el esquema gubernamental, un agotado procurador general de justicia declaró que los quemaron y ya, a rezar para que no ocurra de nuevo.

  En ese tiempo de la llamada “verdad histórica”, un grupo de científicos demostró que no era posible esa explicación.  Pero el supremo gobierno se mantuvo en su esquema validado por los grandes medios de comunicación.

  La desaparición forzada de los jóvenes estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa, en el estado de Guerrero, sigue siendo atribuida a una banda narcotraficante rival.  Y en torno a ella, se construye un esquema de entendimiento de la realidad.

  El PRI hecho gobierno sostiene, con un cinismo escalofriante, que todo lo que lo exhibe como lo que es, es decir, un sicario con gabinete graduado en el extranjero, es siempre atribuible al Satán en turno: el crimen organizado en contubernio con un grupo de científicos perversos.

  El gobierno tricolor confiesa así, con una imbecilidad blindada, que no es responsable de nada porque él es, en esencia, el crimen desorganizado.

  Pero, como en Acteal, en Ayotzinapa hay quien no se resigna, quien no se rinde, quien no se vende, quien no claudica, y, con tierno empeño, persiste en la demanda de verdad y justicia.
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  Creo que hay una cosa en neurobiología que se llama “el síndrome del miembro fantasma”.  No me hagan mucho caso, mejor acudan a quien le sabe a eso de la neurociencia, pero creo consiste en que hay percepción de sensaciones de que, un miembro del cuerpo humano que ha sido amputado, todavía está conectado al cuerpo.  Es decir, ya no se tiene la mano, o el brazo, o la pierna, o el ojo, pero se “siente” que sí se tiene.

  Y, tal vez, es un supositorio, cuando decimos “fue el Estado”, “Estado Fallido” o “Narco Estado”, nos estamos refiriendo a una ausencia.  Y que lo que contemplamos y de lo que nos quejamos no es sino una muestra del “síndrome del miembro fantasma”.  El Estado Nacional ha sido amputado en la etapa actual del capitalismo y lo que percibimos es el eco de su existencia.  Ya no hay Estado, lo que hay es una banda de criminales sostenida por un grupo armado que se amparará en la Ley de Seguridad Interior para que el dolor y la rabia no falten en las mesas cotidianas de México.

  Hace unos días, el señor Enrique Peña Nieto ha declarado, palabras más, palabras menos, que este del 2017 fue un buen año para México.  Al escucharlo decir esto, uno se pregunta si no es alguien a quien le han amputado no sólo la vergüenza y la decencia, también el cerebro, y refleje el síndrome del miembro fantasma: ya no tiene cerebro, pero actúa como si lo tuviera.
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  “Todo depende de un punto de vista”, nos dicen las mil lenguas del Poder, “no hay una realidad conocible, sino múltiples realidades que dependen de esquemas diferentes”.

  Entonces yo vengo a preguntarles:

  Si hay un crimen, ¿su explicación depende de un punto de vista o podemos analizarlo con el apoyo de las ciencias?

  Gracias por el oído, gracias por la mirada, y gracias, sobre todo, por su impopular práctica científica.

Desde el CIDECI-UniTierra, Chiapas.

SupGaleano.

México, diciembre del 2017.

DEL CUADERNO DE APUNTES DEL GATO-PERRO:

DEPENDE.

  En una comunidad zapatista, en el salón de clases, la promotora de educación le pregunta a la niña autodenominada “Defensa Zapatista”, si hizo la tarea.

  En la morraleta de la niña se alcanza a ver la cola del gato-perro, seguramente resguardado del frío que viste esa mañana.

  Defensa Zapatista se pone de pie y dice:

  “Eso depende maestra

  “¿Cómo que “eso depende”?, no entiendo”, pregunta la maestra casi como un reflejo.

  Defensa Zapatista suspira resignada, pensando hacia sus adentros “pues ni modos, le tengo que dar su clase política otra vuelta a la maestra

  “Sí, por ejemplo”, dice la niña mientras mira de reojo si la sombra de la ceiba le indica la hora de la salida, “ahí tiene usted que hay una compañera que se llama doctora y se “apedilla” margarita.

  “Apellida”, trata de corregir inútilmente la promotora, “Se dice “apellida”

  “Eso pues”, replica Defensa Zapatista que no está para nimiedades, “entonces se llama doctora, pero hay muchas que son doctoras, o doctores, según.  Porque por ejemplo está el Doc, que una vez el SupMoy le preguntó si sabía curar y el Doc dijo que no y entonces el SupMoy puso su ojo así, o sea que así pone su ojo el supMoy cuando se embravece.  Y entonces el SupMoy le dijo “pero entonces no eres doctor”.  Y entonces el Doc lo volteó a mirar al SupGaleano como pidiendo apoyo, pero el SupGaleano se puso a fumar en su pipa o sea que se hizo pato.  Y entonces yo le expliqué al SupMoy que es Doc pero le falta el apedillo, o sea que es el Doc Raymundo, o sea que no sabe curar con medicina, sino que dice “ánimo” cada tanto aunque esté muy triste la situación, aunque viera que lo inyectan ya va ser que dice “ánimo”.

  Bueno, de ahí que una día vino la Doctora Margarita, que no se siempre se apedilla “margarita”, porque a veces es “margara”, según si te da pastilla o jarabe o inyección.

  Bueno, de ahí que yo me llevaron con la doctora, que para que me checa, así dijo mis mamaces.  Y entonces, pues ahí estoy y entonces lo miro que ahí está como quien dice el arma criminal, que sea unas inyecciones que tenía la doctora en su mesa, y que llega en mi pensamiento que le voy a echar clase política a la doctora, para que entienda pues la lucha.

  Y entonces le dije a la doctora que tenemos que apoyarnos como mujeres que somos y que no debemos hacernos mal entre mujeres.  Y la doctora nomás puso cara de que sí entendía pero yo claro lo vi en su ojo que no entendió nada.  Y entonces le dije que por ejemplo las inyecciones son un mal o un bien, depende.  Por ejemplo, son un mal si le pones una inyección a una niña, porque, a ver, ¿usted cree que voy a poder patear el balón si me duele la pierna porque me inyectaron?, no, ¿verdad?

  Pero por ejemplo las inyecciones son un bien si lo inyectan por ejemplo al Pedrito, que el muy maldito siempre me está burlando que las mujeres no sabemos fútbol y que somos “endebles”.

  Yo no sé qué cosa es “endebles” pero rápido lo miré que el Pedrito no está respetando como mujeres que somos y ahí nomás le di un zape de endeble para que no ande mal hablando.

  Bueno, de ahí que la doctora me quiso echar la plática política de que sí sirven las inyecciones, pero depende, le dije.  Y entonces le dije que como mujeres que somos nos tenemos que apoyar y que nada de inyecciones a las niñas, nomás a los niños y si chillan pues un su zape para que tengan por qué y no porque les están haciendo un bien con la inyección.  Y entonces le expliqué a la doctora que a las niñas, sólo pastillas y jarabe, pero sólo si el jarabe no está amargo.  Si está amargo debe tener un su letrero que diga “sólo para niños”.

  La doctora nomás se reía, o sea que creo que no entendió bien la clase política porque luego le dijo a mis mamaces que me toca la vacuna de no sé qué.  ¿Usted cree que va a avanzar la lucha de cómo mujeres que somos si no entiende la doctora?  Pero, nada, que me inyectan, y me dolió mucho y anduve renca un buen de tiempo pero no lloré… bueno, sí lloré un poco, pero fue porque me dio coraje que nos falta de la política para la lucha.  Y ya no fui a entrenar, así que si luego sale que no se completa el equipo rápido, pues ahí está que es su culpa de no entender la política.

  Bueno, de ahí que pues me fui a platicar con el señor ése que se llama “cherloc” y se apedilla “Jol-mes” (nota: en tzeltal, “jol-mes” quiere decir cabeza de escoba y es una planta que luego la usan para hacer escoba y barrer las champas), que es un poco raro que así se puso de apedillo, pero creo que es porque tiene cabeza de escoba de por sí.  Bueno, ese Jol-mes tiene de compañía uno que se llama Doctor y se apedilla Waj-tson, o sea pelo de tortilla, y pobrecito siempre tiene cara como de que no entiende y rápido se ve que no lo quiere al gato-perro porque le da la vuelta.  Bueno, de ahí que en otra vuelta te cuento de eso maestra, porque si no se me va a ir el día en la explicación política.

  Entonces, maestra, si usted pregunta si hice la tarea es que no está cabal la pregunta porque, como ya expliqué, depende.  Por ejemplo, “Sup” es un nombre, pero falta el apedillo.

  Porque ahí está que si el apedillo es Moy, pues ahora sí que ya la amolamos porque el SupMoy no apoya y me dice que tengo que obedecer a mis mamaces.

  Pero por ejemplo si el apedillo es “Galeano”, pues ya es diferente porque el SupGaleano sí apoya de resistencia y rebeldía, y deja que el gato-perro se duerma en su computadora y nos comamos las mantecadas que se roba de la cooperativa.

  Claro el SupGaleano dice que no las roba, sino que las toma prestadas, pero yo lo sé que no las regresa.  ¿Cómo las va a devolver si ya nos las zampamos con el gato-perro aquí presente? (el gato-perro mueve la cola).

  Bueno, de ahí que yo le pregunté al SupGaleano si a él le han puesto inyecciones y el SupGaleano me dijo que en la comandancia no se pueden decir malas palabras.

  O sea que yo entendí que “inyecciones” es una mala palabra para el SupGaleano, pero la doctora Margarita dice que no es mala palabra.  Ahí se ve claro que las inyecciones son malas palabras depende si te inyectan a ti o al Pedrito, que el muy maldito me vino a acusar que le di un zape y que era violencia de género, ¿va usted a creer que así dijo?  Yo le expliqué a mis mamaces que sólo me defendí porque el Pedrito me insultó o sea que como quien dice le apliqué la equidad de género.  Y mis mamaces, pues, ¿cómo le diré?, le falta pues para entender la lucha de cómo mujeres que somos y me castigó que no voy a ir a entrenar y entonces yo le dije que iba en su cuenta si no completábamos el equipo, pero ella nada que qué equipo ni qué nada, que tengo que hacer la tarea.

  Entonces yo me salí a hacer la tarea y lo llevé un mi cuaderno de apuntes y entonces ahí tiene usted que el gato-perro, aquí presente, se acostó en el cuaderno y anda vete, ¿tú lo crees que vas a poder moverlo al gato-perro si ya se echó a dormir?  Nuncamente.  Si nomás te acercas un poco y hace su gruñido ése que en lenguaje de gato-perro quiere decir “si me quitas, vas a morir”.  Entonces pues yo pensé que para qué me voy a morir si todavía estoy niña y falta que críe.  Y el SupGaleano me contó un día que no sirve morirse, que es muy aburrido estar muerto, que nomás no pasa el día.

  Y un día el SupGaleano estaba viendo unos videos de unas personas que no se mira bien qué son, pero están explicando que luchan porque se respete su modo.  Y yo le pregunté al Sup si son hombres o son mujeres, y el Sup me respondió: “Depende”.  O sea que el caso o cosa, según, es que no basta con lo que se mira o se oye, sino que hay que tomar en cuenta muchas cosas y que hay que escuchar, así dijo el Sup.  Porque, por ejemplo, si a mí me miran, piensan que soy una niña que estoy así nomás, que acaso estoy pensando nada.  Pero viera que me preguntan, pues primero les digo que me llamo “Defensa” y me apedillo “Zapatista”, y pienso muchas cosas.  O sea que depende.”

  Durante toda la perorata de la niña, la promotora de educación ha puesto cara de resignación.  Pero respira aliviada cuando ve que el Pedrito, sentado adelante, levanta la mano con insistencia.

  La maestra aprovecha un respiro de la niña, y dice:

  “A ver Pedrito, qué tienes que decir”

  El Pedrito se levanta y alega:

  “Creo que Defensa Zapatista no entendió lo que quise decir, porque cuando alguien dice “endeble”, depende del contexto…”

  La niña miró al Pedrito con cara de “me las vas a pagar maldito”.

  La maestra ya se resignaba a escuchar uno de los derroches de erudición del Pedrito, cuando sonó la campana de salida.

  Todos salieron corriendo, con Defensa Zapatista delante de todos.

  Ya afuera, la niña sacó al gato-perro de la morraleta y le dijo al oído: “parece que nos salvamos

  Entonces vio a la promotora hablando con sus mamaces, y agregó: “bueno, depende”.

  Y se fue corriendo a buscar el balón de reserva que el SupGaleano le guardaba en la comandancia a cambio de que no se supiera nada del misterioso caso de las mantecadas desaparecidas, que ya investigaba, sin mayor trascendencia aparente, Elías Contreras, comisión de investigación del ezetaelene.

Doy fe:

El gato-perro.
-*-
Al inicio de mi intervención les dije que no iba a hablar de política, ni de ciencia, ni de arte, y que no iba a contarles un cuento.

¿Mentí?, bueno, depende…

Gracias de nuez.

El SupGaleano buscando las mantecadas en la tienda cooperativa.

Hombres en el feminismo. ¿Qué hago yo aquí?

Por: Javier García Pedraz (@JavierPedraz) / ctxt.


Hace unos días escribí un análisis sobre la violación de la intimidad en forma de espionaje que ha sufrido la superviviente de 'la manada' después de ser presunta y brutalmente violada. Pretendía exponer que esa prueba era un disparate y que no podía ser considerada para elaborar un juicio de veracidad. No quería ocupar un espacio, el del feminismo, que no me corresponde por no ser ni experto ni activista. Por ese motivo omití las palabras 'feminismo', 'machismo', 'patriarcado', 'violencia de género', 'cultura de la violación' y una serie de conceptos que hoy arrojan luz sobre quiénes somos y cómo vivimos. Recibí alguna crítica por esta omisión o por publicar un texto bajo el antetítulo 'Feminismos' –que son cuestiones de edición y del medio, ajenas al autor– al tiempo que recibí algún aplauso feminista por "implicarme" como hombre en la causa. En realidad, no escribí como hombre, sino como psicólogo. Y lo hice porque creí que tenía algo relevante que contar. Pero este contraste sobre lo que se espera de los hombres en este asunto invita a exponer qué me ha llevado a tomar una posición de segundo plano que contrasta con la respetable militancia activa de otros hombres.

(Si quieres leer al artículo completo, puedes cliquear aquí).

2 de enero de 2018

Apuntes sobre el Feminicidio.

Por: Cecilia Zamudio / Pensamiento crítico. 

El patriarcado está sólidamente promovido por la superestructura del capitalismo: legitimando y normalizando siempre al machismo y sus aberrantes crímenes, porque forma parte de la jerarquización necesaria para el mantenimiento de un sistema de privilegios y exclusiones concatenadas. La degradación y cosificación de la mujer, promovida por los medios de alienación masiva, encuentra su más horrible expresión en el Feminicidio que no cesa, se incrementa. 

La Dictadura del Capital es la causa de este Feminicidio: es una cuestión sistémica, no de "locos" aislados.La permanente agresión contra las mujeres, en todas sus expresiones, encuentra su raíz en la podredumbre de este sistema. Los grandes medios, propiedad de grandes capitalistas, no cesan en su labor de alienación masiva, promoviendo la violencia y el machismo de manera incesante. 

Hay que señalar todas las responsabilidades del feminicidio: los futuros asesinos feminicidas están siendo cada día aleccionados en el irrespeto a la mujer, en la cosificación de la mujer.
Sin duda, entre las promociones más aberrantes de la violencia contra las mujeres, encontramos al porno y a la prostitución, que es la cosificación absoluta de un ser humano.
Los medios de alienación masiva buscan normalizar las explotaciones más aberrantes, usando incluso, para defender las prácticas cosificadoras, los discursillos más cínicos plastificando palabras como "libertad"... Cuando está claro que es la Dictadura del Capital la que dicta las seudo " libertades" o " elecciones" de las mayorías empobrecidas. Por ello es que la mayoría de mujeres prostituídas procede de países empobrecidos (países empobrecidos por el saqueo que perpetran las multinacionales que capitalizan sobre la destrucción de montañas y ríos, y sobre la explotación de los seres humanos).
A esas mujeres muchas veces no les queda otra "elección" que dejar a sus hijos morir de física hambre, o prostituirse.
Los capitalistas se aprovechan de la precarización de las condiciones de vida (que ellos mismos precarizan) para ampliar su cantera de esclavizables.
Cada día, los grandes capitalistas degradan más el planeta, y esclavizan y cosifican a más seres vivos.
Es urgente luchar contra este sistema perverso en el que los hombres-caja-fuerte capitalizan sobre la sangre, sudor y lágrimas de las mayorías.

#NiUnaMenos

19 de febrero de 2014

“Hoy estoy aquí porque soy gay”

Por: Sebastián Liera.

El pasado 5 de febrero, Patricia Guadalupe Poot May se estaba duchando cuando su padre, el agente de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) José Abelardo Poot Keb, entró ebrio al cuarto de baño y al grito de “Te voy a enseñar a ser mujer” le dio un puñetazo en el rostro que le fracturó el tabique de la nariz; el gesto pedagógico del oficial de la SSP se debió a que su hija de 22 años sostenía, al parecer, un romance con alguien de su mismo sexo.

Nueve días después, el 14 de febrero, la actriz canadiense Ellen Page diría en su discurso inaugural de Time to Thrive, para la Fundación Human Rights Campaign, algo así como que “este mundo sería mejor si tomáramos 5 minutos en reconocer la belleza del otro en vez de atacarnos por nuestras diferencias; es una mejor manera de vivir y, a la larga, salva vidas… pero –agregaría–, puede ser de lo más difícil, porque amar a los demás comienza con amarse a uno mismo, con aceptarse a uno mismo”.

No sabremos exactamente a qué se refería Abelardo Poot con eso de enseñarle a su hija a “ser mujer”, aunque podemos inferirlo del hecho de haberla golpeado y de haber entrado al baño cuando ella se duchaba; no lo sabremos, porque Guadalupe se defendió de la agresión empujándolo y, tras hacerlo perder el equilibrio, dándole una nutrida dotación de puntapiés que, según la necropsia, le causaron la muerte por estallarle un hígado seguramente dañado por cirrosis.

José Abelardo está muerto, precisamente, por lo que la protagonista de Hard Candy y Juno expresaría el día de san Valentín: por atacar la diferencia del otro; al papá de Guadalupe lo mataron el machismo y la lesbofobia, antes que las supuestas patadas de su hija. Claro, eso no importa: la prensa local prefirió enfatizar que Abelardo tenía alrededor de 60 años de edad, dar coba a la burla y el desprecio de quienes tachan a Guadalupe de “nini” y casquivana y sostener como verdadera una versión de hechos difícil de comprobar.

Un día antes de que Page dijera: "I'm here today because I' am gay" y con ello diera una nueva frase-bandera a la comunidad LGBTTTI, el juez Luis Edwin Mugarte Guerrero, titular del Juzgado de Control con sede en Kanasín donde se dictamina el caso de Guadalupe, determinó la no vinculación a proceso y ordenó su inmediata liberación, luego de que su principal acusadora: su propia madre, se retractara de las imputaciones iniciales tras reconocer que nunca vio a su hija golpear a Abelardo; sin embargo, la liberación dictada por el juez se hizo bajo las reservas de Ley.

Así, en Tehmak, Yucatán, una muchacha para quien la Fiscalía General del Estado está pidiendo 40 años de prisión por homicidio en razón de parentesco, está en espera de que transcurran los seis meses que tiene de plazo el Ministerio Público para comprobar su culpabilidad en la muerte de su padre, un policía que en su día libre bebió hasta alcanzar los 480 grados de intoxicación etílica aflorándole lo machín y, por ende, lo homófobo, provocando que su hija pueda darle un nuevo significado a la frase central del discurso de Ellen Page y, tras las rejas, decir: “hoy estoy aquí porque soy gay”.

25 de junio de 2013

Otras masculinidades, sin violencia de género, son posibles.

(Publicado en ALAI, América Latina en Movimiento, el 25 de junio de 2013).

Por: Sebastián Liera.

Hace unos días, con motivo de las celebraciones del «Día del Padre» y en vísperas del «Día Mundial contra el Trabajo Infantil», escribía que tres integrantes de Teatro Hacia el Margen y un ex alumno de la Licenciatura en Teatro de la Escuela Superior de Artes de Yucatán participamos en la grabación de un video que, si no mal recuerdo, serviría para promover el trabajo de asesoría legal y psicológica que una fundación de carácter nacional llamada Paterna realiza, acompañando a hombres que en medio de sus divorcios ven amenazados los vínculos afectivos que tienen con sus hijas e hijos.

En lo que a mí toca, la experiencia grabando para Paterna, cuyo lema, dicho sea de paso, es «Proveer, Proteger, Procurar», resultó gratificante porque me sirvió para reflexionar en voz alta y ante la cámara de mi propia paternidad, sintiendo, inclusive, que me miraba en el espejo distorsionado de esos otros papás para los cuales Paterna fue creada cuando asegura que «la cultura y la sociedad excluyen a la figura del padre [durante el proceso de separación], dejándolo como un ser insensible [y condenándolo] a no tener una presencia efectiva en la vida y educación de sus hijos.»

Espejo distorsionado, sí; porque, creo, decir lo anterior sin el rigor que su complejidad merece puede hacernos caer en reduccionismos que, además de enfrascarnos en una espiral interminable de desencuentros legales, económicos y emocionales de los que nadie, ni nuestr@s hij@s, ni nuestra ex pareja, ni nosotros mismos, saldrá iles@, nos hagan olvidar que la tasa de crecimiento de hogares monoparentales en nuestro país es cuatro y media veces mayor a la del resto de las familias y que, en 7 de cada 10 hogares así, son las mujeres quienes se hacen cargo de la manutención y el cuidado de los hijos, donde, por si fuera poco, sólo el 32.5 por ciento de los padres que no viven con sus hijos da pensión alimenticia y de estos nada más el 15 por ciento participa en su educación.

¿Qué quiero decir con todo esto? Que si bien entiendo la razón de ser de Paterna, acompañando a aquellos papás que se enfrentan prácticamente en la soledad a un sistema jurídico cuya moral nos cataloga como los grandes villanos de la película, perder de vista que dicha carga legal pretende equilibrar un orden de cosas donde son las mujeres y no nosotros, los hombres, quienes generalmente han sufrido más violencia de género (las cifras de mujeres golpeadas, violadas y asesinadas por el simple "delito" de ser mujeres son cada vez más inverosímiles de tan aberrantes) nos hace ver como nuestras enemigas a quienes alguna vez quisieron ser nuestras compañeras de vida, sin alcanzar a distinguir que nuestro verdadero enemigo es un sistema-mundo que nos ha educado en la división y la confrontación de tod@s contra tod@s.

El sistema-mundo del que hablo ha propiciado que, sólo en México, 3.2 millones de niñas y niños sobrevivan explotados laboralmente en medio de la trata de personas, la prostitución, el esclavismo, los trabajos forzados, el crimen organizado y demás etcéteras propios no sólo del abandono de quienes salieron huyendo de sus responsabilidades como padres, sino de la explotación, el despojo, el desprecio y la represión que los arrancó de sus hogares. Dicho de otra manera, además de la irresponsabilidad de los hombres que después de embarazar a una mujer la dejan a ella y al hijo de ambos a su suerte, la miseria ha hecho de muchos hombres que sí desearon ser papás: ilegales en el extranjero, carne de cañón para el narcotráfico y, posteriormente, cadáveres si nombre en fosas clandestinas o luchadores sociales ensanchando las listas de desaparecidos políticos.

En su infinita cauda de contradicciones, el capitalismo, cuya escala de desvalores nos cancela como papás, nos ha dotado de un paternalismo que no nada más resta mayoría de edad al ejercicio de nuestros derechos ciudadanos, derechos conculcados por caciques enquistados en todos los niveles de gobierno y disfrazados de todos los colores partidistas, también nos ha revestido de un machismo donde la violencia de género y la ignorancia de quiénes somos en verdad van de la mano: «Nos incrustaron desde la más tierna infancia –dice el sexólogo Francisco Delfín Lara en entrevista con Alfonso Castañeda para SinEmbargo (19/09/2013)– el chip de la competencia [y] nunca diremos que algo nos falla o nos acongoja, porque eso demuestra debilidad: somos analfabetas emocionales».

Nuestra tarea es, pues, bastante ardua, ya que la exigencia implica trabajar con nosotros mismos volviéndonos protagonistas de un proceso íntimo donde nos convirtamos en sujetos microhistóricos de cambio y renunciemos a seguir siendo cómplices de nosotros mismos ante cada invitación que la costumbre y la inercia nos hagan para echar mano de la violencia. Otro mundo puede ser posible si, de la mano de quienes han caminado desde los feminismos hasta el ecosocialismo, pasando por la crítica al heteropatriarcado falocéntrico que se hace desde la diversidad sexogenérica, aprendemos a hacer que también otras masculinidades y, por ende, otras paternidades sean posibles.
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