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23 de octubre de 2019

Sobre la violencia.

Por: Hibai Arbide / El Crític.
Traducción: VientoSur.

Inventar-te lleis pa que te quadren és VIOLÈNCIA
--Orxata Soud System.

Foto: Xavi Herrero.

Este artículo no es un alegato a favor de la violencia. Repito, por si no queda claro: no pretendo animar a nadie a que utilice medios violentos para lograr sus reivindicaciones políticas. Solamente es una arenga a favor del rigor y en contra del alarmismo.

Si no tienes ganas de leerlo entero te lo resumo en una frase (larga): el estallido de rabia que estos días vive Catalunya no es único, ni imprevisible, ni especialmente intenso si lo comparamos con movilizaciones recientes en países de nuestro entorno y la sobreactuación de políticos, tertulianos y policías sólo es fruto de intereses obscenos.

Me veo tentado a repetir en cada párrafo que este texto no tiene por objetivo justificar nada. Sólo mostrar lo que pasa en otros países europeos para relativizar unos hechos que los medios españoles presentan sin contexto, sin mesura y sin rigor.

La violencia es mala. La violencia es un fracaso colectivo. Pero no es excepcional en la historia de los movimientos políticos. De casi todos los movimientos, en un momento u otro. Es absurdo gesticular como si nunca antes hubiera habido barricadas ardiendo, en Barcelona y en todas las ciudades europeas.

La violencia es, también, un gran tabú. Los debates públicos sobre la misma son hipócritas por varias razones. No hay debate posible si no se puede defender abiertamente el uso de la violencia como herramienta política sin miedo a las consecuencias penales. Además, en la práctica resulta imposible definir qué es violencia.

La legitimidad de la acción de un movimiento social varía en función de muchos factores: el consenso interno que genera, el enemigo contra el que lucha, la percepción de si es útil o contraproducente, la represión que provoca, lo que dice la ley, etc. Hay múltiples variables que determinan si el repertorio de acción empleado se percibe como “violencia” o como legítimo.

No hay una regla universal que defina qué es violencia en una movilización. Violencia es siempre lo de los otros. Hace dos días, los pensionistas en Madrid rompieron a empujones un cordón policial, pero nadie lo considera violencia porque el grado de fuerza utilizado se percibe como proporcional frente a la gran legitimidad de luchar por el futuro de las jubilaciones. En Hong Kong hace meses que el movimiento lanza cócteles molotov, bloquea aeropuertos, da patadas voladoras a los antidisturbios y utiliza catapultas en las barricadas, pero sigue siendo multitudinario y ampliamente percibido como democrático por la mayoría de los medios europeos. Sólo los muy fachas consideran hoy que parar un desahucio es violencia, aunque en ocasiones los activistas emplean empujones contra los policías. Los mineros de Asturies lanzan cohetes a la Guardia Civil. En 2009 trabajadores de la fábrica de tractores Caterpillar, en Francia, mantuvieron como rehenes a cuatro de sus jefes en protesta por el recorte de empleos y, a pesar de eso, los diarios publicaron que “no se ha informado de hechos de violencia”. Los ejemplos son infinitos.

Un breve repaso alrededor

En Grecia, donde vivo, la percepción de lo que es violencia o “fuerza legítima” es muy diferente a la que se tiene en el Estado Español. Aquí nadie se escandaliza porque las manifestaciones se auto-protejan con varias líneas de activistas pertrechados con cascos y bastones. Lo hacen desde los anarquistas hasta el Partido Comunista, pasando por los sindicatos o el movimiento estudiantil. No se percibe como un gesto violento. A menudo, sindicalistas se enfrentan cuerpo a cuerpo a policías. El uso de ‘molotovs’ es tan habitual que cuando “sólo son unos pocos ‘molotov’ como cualquier sábado” ni siquiera es noticia. En 2013, monjes ortodoxos del Monte Athos respondieron lanzando ‘molotovs’ al intento de desalojo de su monasterio en un conflicto eclesiástico interno. En 2008, tras el asesinato de un adolescente a manos de un policía, se quemaron todos los bancos de Atenas y hubo disturbios ininterrumpidos durante un mes. Vuelvo a repetir: ¿estoy diciendo que porque en Grecia se tiren ‘molotovs’ está bien lanzarlos? No; lo que digo es que en cada lugar y cada momento varía lo que se percibe como violencia o autodefensa.

En una entrevista al colectivo anarquista Rouvikonas de la que ya hablé en CRÍTIC anteriormente, les pregunté si aceptan la acusación de ser violentos que les lanza la prensa conservadora. No eludieron la pregunta y creo que plantearon una respuesta llena de matices y aspectos interesantes:

“Antes que nada, quiero decir que la violencia es algo malo. Nadie que está en su sano juicio quiere resolver sus conflictos con violencia. Por otro lado, la violencia es parte de la política desde que existe la violencia. Es parte de la sociedad, es una arma de doble filo. Lo diré de otra forma, por un lado está la violencia del poder, la violencia del Estado y el capital, y la más directa represión del ejército, así como la indirecta que se ejerce a través de la explotación, y por el otro lado está la violencia de los oprimidos, la lucha de clases y la violencia desde la base. Hasta dónde llega cada una de estas violencias en cada uno de los lados tiene que ver con la relación de fuerzas, dentro del poder y en contra del poder. En lo que respecta a Grecia y al grupo Rouvikonas, hemos elegido el nivel de violencia, hasta qué punto llegamos, en base a diferentes razones. Una razón es nuestra seguridad, otra es cuánto somos capaces y un tercera variante es cuánto puede asumir la gente de nuestra base social. Nosotros somos un movimiento con base social, y así actuamos. Usamos un cierto nivel de violencia y no pasamos de ahí. Y esto es una decisión política a largo plazo, siempre coherente con las circunstancias. Las acciones de Rouvikonas, en estas circunstancias, van desde lo simbólico, cuando tiramos octavillas irrumpiendo en un edificio público, hasta romper algunos cristales con un determinado objetivo. Hasta aquí hemos llegado por el momento. Así que sí, aceptamos la violencia como instrumento político y creemos que todos los espacios políticos aceptan violencia, institucional o no, como instrumento político y actúan como si no lo hicieran. Nosotros decidimos qué nivel de violencia usamos”.
Los Chalecos Amarillos llevan más de 50 fines de semana movilizados en Francia. Hemos visto imágenes de ‘molotovs’, pirotecnia y adoquines lanzados a la policía, que en muchas ocasiones se ha visto obligada a retroceder ante la dureza de los manifestantes. Es un movimiento multitudinario y complejo. Sus portavoces nacionales tienen cuatro temas sobre los que tienen prohibido pronunciarse; uno de ellos es la violencia. Han acordado no contestar preguntas sobre ella porque en el movimiento no hay consenso y no quieren hacer ni apología ni condena.

En 2018, las movilizaciones en Hamburgo (Alemania) contra el G8 fueron muchísimo más duras que las manifestaciones de estos días en Barcelona. No se acabó el mundo.La idílica Dinamarca vivió varias noches seguidas de disturbios en 2007 tras el desalojo de Ungdomshuset. Entre el 6 y el 10 de agosto de 2011, en Londres se quemaron mucho más que papeleras; decenas de edificios ardieron tras el asesinato policial de Mark Duggan. Los daños materiales se cifraron en 240 millones de euros y hubo 3.100 detenidos. Durante las últimas dos décadas ha habido tantos disturbios en Italia que no he sabido cuál seleccionar para poner de ejemplo. En Val di Susa se resiste al TAV desde los años 90 con toda clase de métodos. A pesar de los intentos de criminalización, que incluyen encarcelamientos con cargos de terrorismo, el apoyo popular sigue siendo multitudinario. ¿Hacen falta más ejemplos?

¿Violencia organizada?

¿De verdad alguien se cree que cada noche “grupos perfectamente organizados y entrenados” se dan cita para arrasar Barcelona como soldaditos enviados por Torra? Ese tipo de mensajes produce una distancia insalvable entre quien se arroga la exclusividad de dictar qué es legítimo y quien enciende papeleras. El tertuliano está tan aislado como “los violentos” (sic); a los chavales que se hacen selfies en las barricadas se la suda lo que digan en la tele. Su rabia no tiene por objetivo convencer a quien nunca les preguntó ni les quiso escuchar.

Un movimiento no gana, ni pierde, “por ser violento”. Gana y pierde en función del consenso que consigue suscitar y la violencia es sólo uno de los muchos factores que operan al respecto. Provoca sonrojo escuchar la repetición machacona de que lo de Barcelona está perfectamente planificado. Cualquiera que haya presenciado disturbios organizados de verdad percibe las diferencias a simple vista. Me gustaría que el mosso Toni Castejón pasara una noche de disturbios en Estambul, París o Atenas para que pudiera comparar. Tal vez se le quitaría la tendencia a la hipérbole que demuestra cada vez que va a la tele.

Piensa en un chaval de 20 años que lleva media vida escuchando que no hay que usar la violencia “porque es lo que ellos quieren”, que aguantó estoicamente el 1 de octubre y que ve que pacifistas recalcitrantes como Jordi Cuixart son condenados a 9 años de prisión por convocar movilizaciones pacíficas. Explícale que por desórdenes públicos la pena máxima son 3 años. Piensa en este chaval cuando el gobierno autonómico de Torra envía a los Mossos para hostiarle porque sólo está preocupado de mantener el cargo y controlar un movimiento que se ha independizado del ‘processisme’.

16 de octubre de 2019

Corte Suprema condena por sedición a líderes independentistas catalanes.

Por: Izquierda Web.

El pasado 14 de octubre, la Corte Suprema finalmente ha emitido el fallo contra “el proceso”. Los acusados han sido condenados a un total de 100 años de prisión. Oriol Junqueras, 13 años. Raül Romeva, Jordi Turull y Dolors Bassa, 12 años. Carme Forcadell, 11 años y medio. Joaquim Forn y Josep Rull, 10 años y seis meses. Jordi Sànchez y Jordi Cuixart, 9 años. Carles Mundó, Santi Vila y Meritxell Borràs fueron condenados a un año y ocho meses y no irán a prisión.



La sentencia sobre el derecho de autodeterminación de Cataluña ha finalizado con una sentencia –que aunque se esperaba fuera así– es un verdadero escándalo y una barbaridad.

A primera hora de la mañana se dio a conocer el fallo y la respuesta en la calle no se hizo esperar. Miles de personas han venido a cortar las arterias principales de Barcelona, ​​como la Avenida Diagonal, La Meridiana, Vía Laietana, mientras que también cortan carreteras en otras partes del territorio como Girona, Valls o Mataró. En Barcelona a las 12h, diferentes columnas estudiantiles de varios colegios y universidades se han reunido en Plaça Catalunya.



La brutal sentencia del juicio no solo condena el derecho a decidir del pueblo catalán, sino que envía una advertencia a toda la clase trabajadora del Estado. El fallo nuevamente deja en claro que el régimen 78 no permitirá bajo ninguna circunstancia que se rompa ninguno de sus pilares, como la unidad del reino de España y la monarquía. Y nuevamente, como el 1-O, pondrá en marcha la maquinaria que necesita para detenerlo.

¡Todos en las calles contra la sentencia al derecho de autodeterminación del pueblo catalán!

¡Libertad a de presos políticos!

¡Vamos a romper el régimen 78!

11 de octubre de 2019

"Esta noche juntos..." | Dramaturgismo entre Samir Flores y Ayotzinapa | Siete.

Por: Sebastián Liera / Tlatulteketke.

En 1932, nos dice Alicia Civera, siendo Narciso Bassols secretario de Educación Pública en la administración de Abelardo L. Rodríguez, las escuelas normales rurales pasaron a depender del entonces recién creado Departamento de Enseñanza Agrícola y Normal Rural, cuyo encargado fue el ingeniero Manuel Mesa Andraca. Ambos, Bassols y Mesa, decidieron crear las escuelas regionales campesinas, uniendo las normales rurales con las escuelas centrales agrícolas fundadas durante el callismo, las cuales al depender de la Secretaría de Agricultura y Fomento tenían como objetivo principal la formación de técnicos agrícolas. La fusión, apunta Civera, no fue inmediata y algunas normales permanecieron como tales hasta ya entrada la administración cardenista. Era evidente que a la administración rodriguista le interesaba que el papel de las escuelas regionales campesinas se decantara más por la producción y la dotación de medios de sobrevivencia a la misma clase trabajadora del campo, que al proceso civilizatorio vasconcelista; en virtud de ello, afirma Civera, las normales rurales no fueron prioritarias frente a las innovaciones planteadas para las escuelas regionales campesinas.

Este es justo el momento en el que la Normal Rural “Conrado Abúndez”, con sede en Tixtla, Guerrero, se mudaría a la ex hacienda de Ayotzinapa; cuyo director, el maestro Raúl Isidro Burgos, había solicitado un préstamo personal a la Dirección de Pensiones Civiles de Retiro para iniciar la construcción de la misma en las siete hectáreas que su antecesor, el maestro Rodolfo A. Bonilla, había conseguido de la Junta de Beneficencia de Tixtla. Además de la pensión del maestro Burgos, maestros y alumnos aportaron parte de sus sueldos y becas y el 14 de marzo de 1932, campesinos, estudiantes y profesores colocaron las primeras piedras de la escuela normal rural que más tarde (y hasta la fecha) llevaría su nombre.

Unos meses más tarde, el 28 de septiembre, nacería en Barcelona la hija de Maria Soteras i Maurí y Antoni Vilalta i Vidal, juristas integrantes de la Junta del Colegio de Abogados de Barcelona y, para esas fechas, militantes de la izquierda catalana. El mismo Vilalta había participado el año anterior en la Conferencia de Izquierdas Catalanas que dio paso a la fundación, en marzo de 1931, del partido Izquierda Republicana de Cataluña, y había sido elegido concejal del ayuntamiento de Barcelona. Así que mientras en México el gobierno rodriguista intentaba marcar una nueva hoja de ruta para el normalismo rural un poco más independiente de la trazada por la que el vasconcelismo había heredado al callismo; en la Cataluña de la Segunda República Española, proclamada el 14 de abril de ese 1931, el padre de Maria Vilalta Soteras, mejor conocida como Maruxa, presidía las comisiones de Fomento, de Cultura y de Hacienda como concejal. No sería extraño que durante la Segunda República fuera quien elaborara el primer presupuesto del Ayuntamiento de Barcelona.

Resultaría un dato curioso, acaso forzado, imaginar que las vidas de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa y de la dramaturga Maruxa Vilalta Soteras tuvieran un lazo que las uniera; y, con todo ello, este ejercicio dramaturgista no tendría sentido si así no fuera. Ese hilo, ese espacio-tiempo, se está dando en la puesta en escena que la maestra y actriz Jessica Cortés está llevando a cabo con sus compañeras y compañeros estudiantes del Colegio de Bachilleres Plantel 17 Huayamilpas-Pedregal, de la obra Esta noche juntos, amándonos tanto, de Maruxa Vilalta; misma que se presentará en el Teatro José Vasconcelos de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón de la UNAM, el próximo 24 de octubre, en punto de las 17 horas.

En su puesta en escena, como hemos apuntado en entregas anteriores, la maestra Cortés ha decidido sustituir las proyecciones de personajes como Hitler, Franco o Mussolini (entre otros fascistas de igual o menor monta) que propone Vilalta, por vídeos que pongan la mirada de las y los espectadores en tres temas sustanciales para Cortés: la desaparición forzada, en septiembre de 2014, de 43 estudiantes de Ayotzinapa; el asesinato, en febrero de 2019, de Samir Flores Soberanes (cuyo ejemplo de lucha da nombre a la Jornada Global de Defensa por Nuestra y Nuestros Territorios, convocada por el Congreso Nacional Indígena y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, este 12 de octubre) y los casos en aumento de feminicidios en todo el país.

La función está programada en el marco de la edición más reciente del Festival Internacional de Teatro Universitario de la UNAM, y el lugar será idóneo; no solo porque se trate de un espacio teatral con el nombre de quien se considera creador del normalismo en México, sino porque las y los estudiantes de la FES Aragón serán un público sensible a la propuesta escénica de Jessica Cortes: es la sede de la Colectiva Violetas, que en octubre del año pasado denunciaron fuertemente el acoso, hostigamiento sexual y violencia de género que sufren las mujeres de su escuela; su comunidad estudiantil, a principios del mismo año, ya había puesto el nombre de su institución en alto al exigir castigo a los responsables de la muerte de su compañera Maurithania Samantha Pérez Ahumada a causa de un accidente que terminó convirtiéndose en homicidio doloso, y son de esas y esos jóvenes solidarios sin cortapisas que han ido a paro para exigir justicia ante el homicidio de estudiantes de otras escuelas, como lo hicieron cuando fueron asesinadas María del Rosario Pérez García, de la FES Cuatitlán, o Aideé Mendoza Jerónimo, del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Oriente.

Pero, regresemos a los otros hilos de nuestra investigación. Estábamos en 1933... 1934... Antoni Vilalta ha abandonado Izquierda Republicana de Cataluña (ERC, por sus siglas en catalán) para formar el Partido Nacionalista Republicano de Izquierda. Ése año: 1934, Antoni fue nombrado presidente del Consejo Directivo de la Unión de Municipios Españoles; sin embargo, ante el asalto al poder de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) tras los llamados fets del sis d’Octubre, la familia Vilalta Soteras se autoexilia en Paris, Francia, para volver a Cataluña un año más tarde. Maruxa, nuestra autora, vivía sus primeros dos... tres años de edad.

Mientras tanto, en México, Manuel Mesa Andraca había firmado (en abril de 1934) un nuevo reglamento para las escuelas normales rurales; en éste, nos dice Alicia Civera, se estipulaba que el gobierno y la dirección de las escuelas estarían a cargo del director, quien tendría como inmediato superior al director federal de Educación. Con ello, la vida democrática que se vivía en las normales rurales se trastocaba fuertemente, al menos en términos legales, pues, rompía con el autogobierno de las y los estudiantes y el estilo de “vida familiar” que les distinguía. No obstante, muchas de sus bases permanecieron presentes.

A principios de los años treinta los estudiantes, según la investigación de Civera, debían presentar una prueba práctica, un informe de las actividades que habían realizado ya como maestros en una escuela rural y una prueba escrita (que solía ser de tres a diez cuartillas) para poder obtener su título. Cito, amén de todo lo que ya le he tomado prestado, lo que Civera apunta sobre los egresados de Ayotzinapa:
En los exámenes de los egresados de Ayotzinapa, Guerrero, los alumnos daban una gran importancia a la observación de la comunidad y de los niños para enfocar sus trabajos a los intereses de la gente. Declaraban que acudían a las autoridades morales de las comunidades para convencerlos, sin enfrentamientos, de las virtudes del programa de la escuela rural y visitaban los hogares para levantar el censo escolar, pues la escuela debía ser para todos y no para unos cuantos. Ganándose la confianza de la gente, pedían apoyo para la escuela, misma que debía ser, decían, un espacio alegre, en donde los niños aprenderían por medio del juego, del método de proyectos, obras de teatro y excursiones. Más que conocimientos, los egresados querían formar un nuevo tipo de hombres y mujeres que tuviesen carácter y fueran trabajadores, ahorradores, patrióticos, capaces de seguir preparándose al salir de la escuela, de bastarse por sí mismos y de enfrentarse con optimismo a cualquier situación que les planteara la vida. Por ello, decían, los conocimientos en la escuela debían ser prácticos, y en vez de la memorización, los premios y castigos, proponían una participación activa y colectiva de los estudiantes, en la cual el maestro no fuera sino un estudiante más aventajado, que con su comportamiento intachable pondría el ejemplo y se ganaría el respeto de los niños, quienes aprenderían a disciplinarse por sí mismos. Incluso, varios estudiantes hablaban del gobierno de los niños.
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