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10 de marzo de 2017

Eólicos: entre la extinción y el despojo.

Por: Raúl Lugo.
 
(Artículo publicado también en El Varejón 150, revista de derechos humanos del Equipo Indignación AC)

Leonardo Boff, estudioso y profeta del deterioro del ecosistema, ha señalado que nunca antes el mundo había enfrentado, al mismo tiempo, tres posibilidades de destrucción masiva: el sobrepasamiento de los límites del planeta, el armamento nuclear de las grandes potencias y el cambio climático.

La primera posibilidad describe el momento, alcanzado en abril de 2016, en que el planeta, con todos sus recursos disponibles, ya no es suficiente para satisfacer las necesidades de la humanidad, entendidas bajo el esquema de producción del capitalismo extractivista y el modelo de consumo dominante.

La segunda posibilidad hace referencia a la cantidad de armamento nuclear que alberga las entrañas de la tierra: armas que, de ponerse en acción, serían capaces –con solo activar la tercera parte de ellas– de destruir totalmente a la humanidad dejando atrás solamente los escombros de nuestras civilizaciones.

Finalmente, la tercera posibilidad, es el cambio climático, producido por la altísima cantidad de emisiones de gas invernadero producto de la quema de combustibles fósiles, principalmente el petróleo.

Contra cada una de estas amenazas se yergue una posibilidad de solución. Para el sobrepasamiento, la promoción de la cultura de la austeridad, del consumo responsable, del cuidado del medio ambiente. Para el armamento nuclear, los acuerdos multilaterales de paz y la promoción del diálogo entre las naciones. Para el calentamiento global, el abandono de las energías fósiles y la opción por las energías limpias, renovables. Las tres amenazas en su conjunto, sin embargo, solamente serán conjuradas con la derrota del sistema capitalista que, no contento con la explotación de las personas y los pueblos, dirige su ambición y ansia de lucro a los recursos naturales, los bienes de la naturaleza, para convertirlos en mercancías, privatizarlos y no parar sino hasta dejar tras de sí un gigantesco desierto árido.

La energía eólica es, pues, una de las respuestas al problema del cambio climático, junto con la energía solar y otras energías limpias. Quedan muy pocas personas (aunque algunas de ellas con mucho poder) que nieguen el cambio climático y nos sonaría estúpido a estas alturas que alguien se opusiera a las energías limpias. ¿Por qué entonces hay resistencia en las comunidades mayas y en muchas organizaciones civiles que las acompañan, a los proyectos de producción de energía eólica recientemente aprobados en nuestro país?

El problema estriba, me parece, en el modelo de producción que se presenta como el único posible: compañías internacionales, sin rostro ni nombre, que tomarán rentados los territorios mayas para sembrarlos de abanicos grandotes. La producción dejará para las compañías pingües ganancias y una pocas migajas serán repartidas entre los dueños de los territorios, que no podrán usarlos más en un arco de 50 o 100 años. Producción de energías limpias, pues, pero por un método de explotación bastante sucio. Lo malo es que de historias de explotación y despojo los pueblos indígenas tienen para llenar muchas enciclopedias. No es que no quieran la producción de energías limpias: solamente se preguntan si la única manera de hacerlo es a través de políticas de despojo.

Así que las grandes compañías transnacionales, acostumbradas a manejarse como dueñas de vidas y territorios y frotándose ya las manos por las ganancias que obtendrán, chocan ahora con la resistencia de las comunidades indígenas que no quieren verse sometidas a nuevos actos de despojo. Y acusan a los pueblos de retrógradas, de ignorantes, de opuestos al progreso y a la salvación del ecosistema.

Pero los grandes capitales, como siempre, mienten. Su afán de lucro silencia la verdad. Son las mismas compañías las que construyen abanicos gigantes, pero siguen produciendo agrotóxicos; hacen y venden paneles solares, pero siguen practicando el fracking. El medio ambiente para ellos sólo tiene importancia en cuanto les reporta nuevas ganancias. Sólo les interesa el dinero, y por él están dispuestos a arrasar con pueblos y recursos naturales.

Pero su mentira mayor no es solamente su doble discurso. Su mentira mayor es presentar ESTE esquema de producción de energía limpia como el único posible. La alternativa planteada por el título de este artículo es falsa, engañosa, perversa. Hay otra posibilidad: el manejo comunitario de las energías limpias.

¿Por qué no puede una comunidad maya recibir el apoyo necesario para colocar en su territorio un abanicote, que provea de corriente a toda la región, cuidar esa producción y administrarla autónomamente? ¿Por qué tienen que ser parques gigantescos, con cientos de abanicos? ¿No es ese un modelo que lo único que persigue es el lucro? ¿No ocurre lo mismo con los monocultivos de producción masiva, interesados, no en mitigar el hambre de los pueblos, sino en aumentar la cuenta bancaria de los productores?

Pero la producción autónoma comunitaria de energías limpias requeriría que empresas y gobiernos renunciasen a ver dicha producción como negocio, y al aire como mercancía. Y no están dispuestos, desde luego, a hacerlo. Ellos solo viven para despojar y acumular. Pero los pueblos han aprendido ya a no creer en sus cantos de sirenas. Por eso se preparan para resistir a este nuevo despojo. Quieren, sí, energías limpias, pero manejadas de manera autónoma por las comunidades, para que los beneficios lleguen a todos y no solamente a los poderosos de este mundo.

(Puede verse los otros artículos de El Varejón 150, dedicados a los proyectos de energía eólicas en territorios mayas, en www.indignacion.org)

22 de junio de 2015

Madres y padres de Ayotzinapa comparten su dolor y la búsqueda justicia en Mérida.

Por: Lorena Aguilar Aguilar / Kaosenlared.

Foto: Lorena Aguilar Aguilar.
El clamor de las familias de los 43 normalistas de Ayotzinapa, desaparecidos por el Estado Mexicano el pasado 26 de septiembre de 2014, llegó a tierras mayas con la caravana de madres y padres que desde el 19 de junio de 2015 está recorriendo la Península de Yucatán.

Esta caravana la convocó el Congreso Nacional Indígena (CNI) región península. Después de recorrer algunos pueblos de Quintana Roo, llegaron a Yucatán.

La primera actividad del domingo 21 de junio fue una misa por la aparición con vida de los 43 normalistas desaparecidos, por la recuperación de los que quedaron heridos y por el descanso de los tres compañeros que fueron ejecutados extrajudicialmente la noche que fueron agredidos por la policía de Iguala. La misa se llevó a cabo en la capilla de San José Obrero de la colonia Sambulá, oficiaron los presbíteros Raúl Lugo y Atilano Ceballos, quienes se solidarizaron con Ayotzinapa desde el día de los hechos.

Posteriormente se realizó un diálogo con las madres y los padres de Ayotzinapa. En la mesa panel estuvieron Rusell Peba del CNI, Cristina Bautista Salvador, madres de Benjamín Ascencio Bautista; Tomás Ramírez, padre César Ramírez Nava; Berta Nava, madre de César Ramírez Nava y Omar García, sobreviviente de los ataques la noche del 26 de septiembre.

Russell Peba explicó que el CNI, es la casa de los pueblos indígenas de México y de las expresiones de lucha del país. Surge para reivindicar y hacer válidos los Acuerdos de San Andrés Sakamchen de los pobres, que fueron traicionados por el gobierno.

La señora Cristina Bautista compartió con las personas que asistieron al diálogo que desde el día en que supo que su hijo estaba entre los normalistas desaparecidos, ella se fue a la Normal Rural de Ayotzinapa y ahi ha vivido durante estos últimos 9 meses. Platicó que ella no quiere irse regresar a su pueblo sin su hijo Benjamín. Comentó que gracias al Equipo Argentino de Antropología Forense es que no los ha podido engañar el gobierno, ya que no han permitido que les entreguen cuerpos que no corresponden a los normalistas. En su intervención recordó al joven profesor Antonio Vivar Díaz quien se solidarizó con los normalistas desaparecidos y fue asesinado en Tlapa de Comonfort el día 7 de junio de 2015

Tomás Ramírez y Berta Nava son los padres de Julio César Ramírez Nava, quien fue uno de los tres normalistas asesinados por la policía de Iguala la noche del 26 de septiembre. Don Tomás comentó que la caravana busca justicia para los normalistas asesinados y la aparición de los 43 desaparecidos, aunque dijo que para la gente pobre nunca hay justicia. Denunció que de las personas detenidas por este crimen, nadie ha sido acusado por el delito de desaparición forzada, ni siquiera el ex alcalde de Iguala, José Luis Abarca, quien es el autor intelectual.

Por su parte doña Berta agredeció al CNI y al EZLN por el trabajo que han hecho. Mencionó que esta es la segunda caravana que han realizado. Comentó que están aquí para compartir su rabia y su dolor. Señaló que la noche que fueron agredidos los normalistas viajaron para conseguir apoyos para poder participar en las actividades del 2 de octubre en la Ciudad de México. Ella mencionó que su hijo le habló aquella noche para avisarle que iba a Iguala a buscar a sus compañeros porque ya habían matado a uno. Denunció que las autoridades les tienen vigilados como si fueran delicuentes.

Doña Berta compartió con las y los asistentes el dolor que representa perder a un hijo de esa manera, pero también dijo que ella quiere a los otros estudiantes de Ayotzinapa como si fueran sus hijos.

Por su parte, el estudiante Omar García, sobreviviente de la masacre en la que perdieron la vida 3 de sus compañeros, dos resultaron gravemente heridos y 43 fueron desaparecidos, habló sobre las investigaciones que se han llevado a cabo desde la noche de los hechos. Denunció que el gobierno federal siempre ha buscado una “solución mediática y política” para este crimen, aunque no sea real.

Comentó que las y los maestros, más allá del aula deben enseñar a leer la realidad, que eso es lo que aprenden en la normal rural de Ayotzinapa.

Recalcó que los normalistas no son delincuentes y dejó muy en claro que el movimiento de los familiares de Ayotzinapa no persigue intereses políticos ni económicos, el fin que persiguen es la justicia.

Las actividades de la caravana continuarán en otros poblados de Yucatán.

11 de septiembre de 2013

De ciencia económica y economistas.

Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx



Durante una buena parte de mi infancia deseé entrar al seminario. El ejemplo de mi párroco me inspiró tal deseo. Llegó, sin embargo, la adolescencia, con todas sus dudas y quebrantos. La preparatoria me inició, en tiempos del movimiento estudiantil y popular surgido a partir del secuestro y asesinato de Efraín Calderón Lara, el Charras, en el interés por la política. Después de esa vorágine que me llevó a ser testigo presencial del ataque armado de las fuerzas de la policía contra el edificio central de la Universidad de Yucatán, pensé que era mejor dedicar mi vida a la lucha social. Por un momento, el seminario dejó de ser mi primera opción. El curso 74-75 era mi último año en la preparatoria, por lo que debía decidir qué carrera me permitiría dedicarme a cambiar la sociedad.

Enseguida pensé en la facultad de economía. No obstante mi falta de afición por los números, el plan de estudios y la vida interna de esa facultad universitaria era lo que más se acercaba a lo que yo quería… Ha llovido mucho desde entonces. El estudio de la economía, poco tiempo después, se transformó de manera radical. Los vientos de Harvard y Yale comenzaron a encumbrar en los puestos públicos a economistas ligados a la llamada línea neoclásica en su derivación neoliberal. Yo decidí, finalmente, entrar al seminario y la vida me ahorró la posibilidad de ingresar al selecto grupo de los Chicago Boys que han construido altares a lo que llaman el libre mercado.

Los economistas de hoy, salvo raras excepciones, se enojan cuando se les habla de ética económica. Dicen que lo científico de su disciplina consiste, justamente, en moverse por los hechos y la fuerza del análisis y no por la imposición de afirmaciones morales que se erigen como argumentos de autoridad. Objetivizan de tal manera a las fuerzas económicas que se refieren, como si fueran entes independientes de la voluntad humana, a las fuerzas del mercado: los mercados “se ponen nerviosos”, afirman de manera que raya en la ridiculez.

Jorge Arturo Chaves (así, con ese), economista de Heredia, Costa Rica, ha llamado a la refundación de la economía (Agenda Latinoamericana 2013, pp. 154-155). Su razonamiento pone bajo juicio la manera actual de abordar los problemas económicos. Reconoce la razón que tienen los economistas al rechazar la injerencia de discursos ideológicos para determinar las decisiones económicas, como si se pudiera determinar qué es lo que hay que producir, establecer los precios de los productos o determinar el tipo de puestos de trabajo que habría que crear. En esto, sostiene Chaves, los economistas tienen razón porque la economía, como ciencia, ha de regularse por un método propio en un esfuerzo por conocer las realidades con las que trata.

Sin embargo, afirma el costarricense, hay dimensiones de la economía que los profesionales no alcanzan a ver por el rígido esquema en que han sido formados. La economía no fue concebida como una ciencia únicamente para resolver los problemas técnicos que puedan surgir del funcionamiento económico, sino que su estatuto científico surgió de la preocupación por definir dos preguntas claves: para qué y para quiénes funciona la economía, y para qué y para quiénes se resuelven sus problemas de una manera o de otra. Al decir de Chaves “la primera pregunta define la dimensión técnica o ingenieril de la economía, mientras que los otros dos interrogantes expresan el carácter ético y político que tiene toda actividad económica”.

La actual funcionalidad de la ciencia económica al dictado de los poderosos de este mundo (eficiencia monetaria, recortes presupuestales, desprecio a las necesidades de la población, consagración de los procesos de acumulación de capitales y del despojo) surge precisamente del abandono de una de las dimensiones fundamentales de la economía en cuanto ciencia: el reconocimiento de que todas las políticas económicas, las medidas gubernamentales o empresariales siempre llevan a construir un determinado tipo de economía y a favorecer a determinados grupos, aunque no se diga o se trate de ocultar bajo razonamientos de aparente cientificidad.

Los ejemplos del abandono de esta dimensión, que brota de la misma racionalidad de la ciencia económica y no de dictados externos, los podemos ver en la crisis europea, reflejo de la crisis norteamericana y mundial: se pospone el apoyo a los desempleados y a las familias que perdieron sus viviendas, por fortalecer, en cambio, a los grupos financieros que fueron, paradójicamente, los responsables principales de la crisis. Es como si a todos los países les estuviera llegando la hora de su Fobaproa y su rescate de carreteras. Soluciones económicas que huelen más a latrocinio que a ciencia objetiva.

La propuesta de Jorge Arturo Chaves es desafiante: en una sociedad marcada por la desigualdad y a exclusión, la ciencia económica ha de recuperar su vocación original de ciencia de la producción y distribución de bienes y servicios para responder a las necesidades de las personas en convivencia y en razonable relación con el resto del planeta, entendiendo por planeta no solo los países y la especie humana, sino las posibilidades limitadas del entorno medioambiental.

Democracia económica, le llaman algunos, aludiendo al control social que los ciudadanos y ciudadanas tendrían que ejercer en torno al cumplimiento de la vocación original de la economía. Chaves prefiere llamarla “refundación de la economía” porque implica la recuperación del carácter humano de la vocación originaria de la ciencia económica, la única manera de garantizar la supervivencia de la sociedad actual y la vida en el planeta.

Esta refundación, advertimos, tendrá que hacerse a contrapelo de los teóricos que legitiman una dinámica económica que beneficia de manera desproporcionada a pequeños grupos de gran poder. Los poderosos y sus legitimadores van a oponerse con todas sus fuerzas a que la economía cambie y regrese a lo que estaba llamada a ser desde sus mismos orígenes. Ese es uno de los campos de batalla en que se juega la construcción del otro mundo posible o la inviabilidad de la convivencia pacífica en este planeta, según la posición que se tome.

5 de septiembre de 2013

Día del campesino y la campesina

Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx



No sabemos cómo será la alimentación del futuro. Un buena parte de los niños y niñas que han nacido y viven en las ciudades, no saben de dónde vienen las cosas que comen. Probablemente llegará un momento en el que ya no sea necesario saber de dónde vengan los alimentos porque los comprimidos de vitaminas producidas en laboratorio habrán terminado por sustituirlos completamente. No me gusta ese futuro y doy gracias a la vida (¿o habrá que decir a la muerte?) que me lo va ahorrar. Pero quizá ese sombrío panorama esté dando como resultado la revaloración de los alimentos naturales. El crecimiento de propuestas de comida sana, de regreso a lo orgánico, es cada vez mayor y atraviesa todos los estratos sociales y las localizaciones geográficas.

Pero, a pesar de este movimiento mundial, el panorama no deja de ser desalentador. En los Estados Unidos y en la Unión Europea sólo el 5% de la gente vive del campo. Y de ellos solo el 1% son campesinos. En México el 22% de la gente vive en el campo y de éstos el 80% son campesinos y ocupan el 58% del territorio nacional. Nuestras cifras son, desde luego, menos alarmantes que las europeas. Sin embargo, muestran una tendencia creciente a la baja. Hay quienes hablan, basados en datos del INEGI, de la primera entidad federativa sin campesinos: Tamaulipas. La industrialización parece haber terminado por desplazar al campesinado en aquél estado federativo.

Aquí resalta una diferencia que quiero enfatizar: no es lo mismo vivir del campo o en el campo que ser campesino/a. El monocultivo industrializado, concebido para responder más a la voracidad de los mercados y al afán de lucro que a las necesidades de la población, quisiera un campo sin campesinos. Para los detentadores del poder económico, un campo descampesinado es mucho más rentable. Los campesinos y campesinas resultan un estorbo en este modelo de crecimiento desenfrenado en que se ha convertido el sistema económico neoliberal. Me temo que bajo la retórica de la modernización del campo y la producción alimentaria, se esconde no pocas veces un proyecto de desaparición del sistema de vida de los campesinos/as.

Armando Bartra, con su lucidez acostumbrada, ha publicado un hermoso texto titulado “La Milpa”. Cualquiera puede consultarlo en el portal electrónico www.uyitskaan.org. Bartra sostiene que los mesoamericanos no sembramos maíz: hacemos milpa, que no es lo mismo. La milpa es, desde la perspectiva del artículo, un símbolo de la riqueza de la vida campesina, que no consiste solamente en sembrar, sino que involucra un mundo de sentido, una visión del universo, un paradigma relacional entre los seres humanos y la naturaleza y los seres humanos entre sí.

El establecimiento de un modelo económico que ha terminado por convertir la agricultura en agronegocio, que favorece la producción a gran escala para desplazar la producción familiar y de autoconsumo, que mira a la tierra como mercancía y no como madre nutriente, busca, persigue la destrucción del modelo de vida campesino. El capitalismo es, por eso, esencialmente anti ecológico y depredador del campo.

Es por eso que más de setenta centros de educación alternativa reunidos en el Encuentro Nacional de Escuelas Campesinas, entre los cuales se encuentra la Escuela de Agricultura Ecológica U Yits Ka’an de Maní, decidieron, en la asamblea de 2012, lanzar la iniciativa de celebrar el Día del Campesino y la Campesina. Este año, por primera vez, U Yits Ka’an pone en práctica ese acuerdo celebrando dicha efeméride el próximo sábado 7 de septiembre.

Confluirán en Maní todos los grupos de campesinos y campesinas asociados al trabajo de la escuela: los alumnos y alumnas de las subsedes donde semana a semana se imparte instrucción agroecológica, las comunidades que trabajan en el rescate del cerdo criollo y la abeja melipona, la medicina tradicional y las artesanías, las y los campesinos que producen hortaliza orgánica en granjas ecológicas, maestros y maestras de las instituciones asociadas a U Yits Ka’an, como la UADY y el CRUPY de Chapingo, todos reunidos para reflexionar en la situación del campo yucateco y de las y los campesinos mayas que trabajan y viven en estas tierras peninsulares.

Al conversar sobre sus fortalezas y debilidades, sobre sus dolores y las amenazas que se ciernen sobre ellos, al compartir sus logros y sus experiencias exitosas, las y los campesinos que participarán en Maní este sábado 7 de septiembre, podrán ofrecer un diagnóstico actualizado de la situación de los campesinos y campesinas en la península, harán escuchar sus voces de advertencia y compartirán sus estrategias de supervivencia. Tenemos mucho que aprender de ellos/as.

12 de agosto de 2013

Las cárceles y el dolor infligido.

Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx



Nils Christie es un sabio. Noruego, de 85 años, ha dedicado su vida al estudio del crimen, sus efectos y su combate. Sociólogo de profesión, sacudió al mundo con la publicación de su obra clásica Los límites del dolor (traducida y publicada por el Fondo de Cultura Económica en 1984). Su experiencia, combinada con su origen nórdico, ha dado a luz una de las más brillantes reflexiones acerca del dolor infligido en el sistema carcelario y le han permitido hacer comparaciones entre los sistemas penitenciarios de diversas regiones del mundo.

Un reciente número de Letras Libres (171, marzo de 2013) contiene un artículo suyo titulado “El umbral del dolor” y traducido por Ramón González Férriz. En esa entrega, Christie reflexiona acerca del sistema penitenciario noruego, la fallida guerra contra las drogas y la contradicción que existe entre la búsqueda de un estado de bienestar, característica de los países nórdicos, y un instrumento de sanción, la cárcel, cuyo objetivo es infligir dolor a las personas sancionadas. No voy aquí a reseñarles el artículo (se puede tener acceso al texto en www.letraslibres.com) que, además, viene acompañado en la revista por una serie de interesantísimos artículos breves sobre escritores que estuvieron en prisión. Quiero solamente hacer referencia a dos elementos de la reflexión de Nils Christie que me han sacudido y me han hecho pensar.

En la lista de países que más encarcelan, México se encuentra en cuarto lugar, solamente debajo de Estados Unidos, Rusia y Brasil, con 239,941 personas presas, lo que significa 20.7 presos por millón de habitantes. De esa cantidad extraordinaria de personas encarceladas (sobre todo si la comparamos con Noruega, el país con menos gente en la cárcel: 3,575 en todo el país), el 40.3 % se encuentra en prisión preventiva, es decir, que se trata de personas cuya culpabilidad no ha sido todavía probada. En esto último somos campeones absolutos a nivel mundial. Y no obstante estas alarmantes cifras, el drama de la impunidad sigue siendo uno de los más acuciantes en nuestro país. Lo que, en materia de lógica elemental, confirma el refrán –en las cárceles mexicanas más apropiado que nunca– “ni están todos los que son, ni son todos los que están”.

El primer impacto que registro en la lectura del artículo de Christie es la mirada echada a la cárcel como un lugar cuyo objetivo es infligir dolor. No puede esperarse otra cosa de la cárcel, dado que su objetivo es punir, es decir, castigar. Interrogados los presos de la cárcel más avanzada de Noruega, una pequeña isla del fiordo de Oslo, sobre si una vez cumplida su sentencia, cuando estuvieran a punto de ser liberados, se les ofreciera quedarse unas semanas más como en una especie de vacaciones normales de verano y, además, gratis, qué responderían, se oyó un murmullo que se convirtió en clamor: ¡no, nunca! A partir de su larga experiencia Nils Christie concluye que “incluso fragmentos del paraíso se convierten en el infierno si se utilizan como parte de una ceremonia de degradación, si quienes son enviados ahí saben que su estancia tiene como objetivo herirles y avergonzarles… las cárceles están hechas para el dolor , independientemente de las condiciones materiales en nuestros Estados. Ser condenado a ingresar a la cárcel es ser condenado a la mayor degradación”.

Esta situación plantea una disyuntiva no fácil de resolver, sobre todo para quienes se dedican a la promoción y defensa de los derechos humanos. Sabemos que la impunidad favorece la comisión de delitos y la violación de derechos humanos. Estamos en la línea, pues, del combate contra la impunidad. Pero somos conscientes de que en las cárceles, no sé si en todas partes, pero sí en nuestro país, se castiga más la pobreza que el delito. Los principales violadores de derechos humanos y los delincuentes que mayor daño han causado a este país, andan libres por las calles, mientras que en nuestras prisiones se hacinan quienes tienen problemas de adicciones o han robado un teléfono celular. El sistema carcelario no roza, ni con el pétalo de una rosa, el misterio de iniquidad en que se ha convertido el mundo gracias a un sistema socioeconómico y político deshumanizante y productor de desigualdades.

Además, la utopía que sirve de brújula a las y los activistas de derechos humanos es la construcción de una civilización de respeto a la dignidad de cada persona, lo que implica la búsqueda del mayor nivel de felicidad posible para cada ser humano que habita este planeta. Para muchas organizaciones de derechos humanos, particularmente las de inspiración cristiana, la reducción del dolor es uno de sus referentes fundamentales. Si algo constata una lectura crítica de los evangelios es que Jesús de Nazaret dedicó una buena parte de su vida y su actividad a paliar dolores y combatir sufrimientos… ¿cómo conjugar esto con la búsqueda de castigo y la prolongación de un sistema carcelario cuyo objetivo prioritario es degradar y hacer sufrir?

Una segunda inquietud que me despierta la lectura del artículo de Nils Christie parte de una reflexión que me sacude. Sostiene Christie que hay una reciente tendencia a civilizar muchos conflictos: “cuando alguien se porta mal, puede considerarse un delito, un acto que exige castigo. Pero también es posible verlo como un conflicto, un acontecimiento que hay que describir, comprender y por el que finalmente hay que resarcir… muchos implicados en Noruega (en esta nueva aproximación al combate al delito) comienzan a estar más interesados en saber, en comprender, que en infligir dolor a la otra parte. Infligir dolor debería ser la última alternativa posible a la hora de crear sociedades en las que valga la pena vivir…”

Digo que me sacude porque, justo ahora que comienza el tiempo de la escuelita zapatista, alcanzo a intuir que los noruegos están llegando a la mismísima conclusión a la que llegaron, ya desde hace varios siglos, muchos de los pueblos originarios, que han tenido la sabiduría de construir mecánicas de sanción que persiguen comprender y solucionar el conflicto más que simplemente hacer sufrir. Ahí está la tarea aún por hacer de valorar los sistemas normativos de justicia de las comunidades mayas, tan amenazados en su supervivencia por el sistema judicial y penal que nos rige, y de replantearnos si no sería una puerta de salida a este hoyo perverso en el que se ha convertido nuestro sistema penitenciario mexicano.

5 de agosto de 2013

La parábola del rico insensato.

Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx



Me encanta la sensatez de Jesús. La parábola leída este domingo en todas las iglesias católicas del mundo me parece sobria, inteligente, cuestionante (Lc 12,32-48). Puesta por el evangelista en el contexto de una solicitud, rechazada por Jesús, de constituirse en mediador en asuntos de herencia, la parábola tiene una resonancia especial. Es una experiencia común, no sólo en la época de Jesús sino también en la nuestra, que la herencia pueda dar al traste con la armonía familiar. Familias antes unidas se desmoronan ante los pleitos que las herencias suelen suscitar. Jesús no quiere ser administrador de herencias. Prefiere concentrarse en lo esencial: recomendar a sus discípulos tener un corazón libre ante los bienes de este mundo.

La parábola de Jesús se comprende mejor si conocemos cuál era la situación de desigualdad social que campeaba en su tiempo en Israel, de manera particular en la zona de Galilea. Menciona Antonio Pagola en su reflexión dominical que, mientras en las ciudades de Séforis y Tiberíades crecía la riqueza, en las aldeas aumentaba el hambre y la miseria. Los campesinos se quedaban sin tierras y los terratenientes construían silos y graneros cada vez más grandes. El texto de la parábola a la que hacemos alusión no es la única ocasión en que Jesús se refiere a esta dolorosa situación: también lo hace en la parábola conocida como de los “empleados de última hora”, ésta de tradición mateana (Mt 20,1-15), en la que se ve a un propietario que sale a buscar trabajadores en ¡cinco ocasiones! Y siempre encontró a gente esperando empleo. La dura realidad era que los propietarios, unos pocos latifundistas, acumulaban la tierra que, según una vieja tradición israelita, debería estar repartida entre todas las familias.

La situación de desigualdad que se trasparenta en el evangelio era producto de uno de los azotes más grandes de la época de Jesús (y también de la nuestra): las deudas. Familias enteras perdían su patrimonio ahogados por la implacable falta de piedad de los prestamistas. Cuando una familia terminaba perdiendo todas sus propiedades, no había más remedio que vender la propia fuerza de trabajo e, incluso, vender la libertad de la propia familia, como lo muestra la parábola de Mt 18,21-37, que señala cómo el acreedor determina que “como (el deudor) no tenía con qué pagar, el señor (acreedor) mandó que lo vendieran a él, con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara con eso”.

A esta luz, la actitud del hombre que tiene una cosecha sobreabundante y que solamente piensa en cómo agrandar sus graneros, resulta profundamente insensible. Volvamos a Pagola: “Un rico terrateniente se ve sorprendido por una gran cosecha. No sabe cómo gestionar tanta abundancia. ‘¿Qué haré?’. Su monólogo nos descubre la lógica insensata de los poderosos que solo viven para acaparar riqueza y bienestar, excluyendo de su horizonte a los necesitados. El rico de la parábola planifica su vida y toma decisiones. Destruirá los viejos graneros y construirá otros más grandes. Almacenará allí toda su cosecha. Puede acumular bienes para muchos años. En adelante, solo vivirá para disfrutar: ‘túmbate, come, bebe y date buena vida’… Este hombre reduce su existencia a disfrutar de la abundancia de sus bienes. En el centro de su vida está solo él y su bienestar. Dios está ausente. Los jornaleros que trabajan sus tierras no existen. Las familias de las aldeas que luchan contra el hambre no cuentan. El juicio de Dios es rotundo: esta vida solo es necedad e insensatez… La desigualdad es, sencillamente, la última consecuencia de la insensatez más grave que estamos cometiendo los humanos: sustituir la cooperación amistosa, la solidaridad y la búsqueda del bien común de la Humanidad por la competición, la rivalidad y el acaparamiento de bienes en manos de los más poderosos del Planeta”.

A la atinada reflexión de José Antonio Pagola quisiera añadir un dato que no emerge de los evangelios, sino del conocimiento actual de lo que conocemos como “crisis ecológica”. Una lectura de la parábola del rico insensato hecha desde la situación actual de catástrofe del ecosistema en la que nos encontramos, podría darle a la parábola una nueva óptica.

En efecto, los cambios monumentales que tendrían que hacerse por los países para frenar el deterioro del ecosistema se antojan imposibles en el marco del sistema económico neoliberal en el que vivimos. Ya Antonio Turiel lo señala con acierto: “Es evidente que en el marco de un sistema de economía de mercado, el capital privado no acometerá una inversión tan grandiosa y de tan dudosa o nula rentabilidad”. Jorge Reichmann (Agenda Latinoamericana 2013, pp. 142-143) expone con lucidez que las exigencias de rentabilidad propias de un sistema socioeconómico basado en el lucro y la acumulación terminan siendo incompatibles con la preservación de una biósfera habitable. Y esto por un dato muy sencillo: la naturaleza intrínsecamente expansiva del capitalismo choca con los límites de una biósfera finita. El capitalismo es, en palabras de Reichmann, “una máquina infernal… con su sueño de crecimiento indefinido de la producción y del consumo, es una revuelta contra los principios de la realidad… nos ha situado ya a un paso del colapso civilizatorio”.

Hace algún tiempo, los que trabajamos en la Escuela de Agricultura Ecológica “U Yits Ka’an”, de Maní, Yucatán, fuimos acusados de encubrir nuestra filiación socialista bajo el ropaje ecológico. Nos llamaban sandías: verdes por fuera y rojos por dentro. Me temo que no andaban tan desencaminados, ellos en sus críticas y nosotros en el camino que desde hace muchos años decidimos seguir. La realidad va demostrando cada vez más que para hacer frente a la grave crisis ecológica a la que hemos empujado al planeta se necesita, de manera indispensable, poner límites al libre mercado, reducir el poder del capital, desterrar la mercantilización de la naturaleza. La economía no puede estar exenta de criterios de sustentabilidad y de justicia. Y el sistema neoliberal en el que vivimos es intrínsecamente depredador.

Ha llegado la hora de reconocer, junto con el investigador belga Daniel Tanuro, que el calentamiento climático y, más en general, la crisis socio-ecológica en la que estamos metidos, pone inevitablemente sobre la mesa la cuestión del cambio del sistema socioeconómico. Es indispensable comenzar a hablar claramente de un necesario ecosocialismo o “civilización de la sobriedad compartida”.

Una primera consecuencia de esto sería el ensayo de nuevas prácticas de consumo, personales y colectivas. Consumo responsable, le llaman los especialistas. No soluciona el problema, pero nos coloca en la vía correcta. Y de nuevo los clásicos revelan su profundidad. San Juan Crisóstomo subrayaba con énfasis: esos zapatos que tienes en tu armario y que te sobran, se los estás robando a un pobre. Sí, aunque los hayas comprado con un dinero legítimamente obtenido. Porque Dios hizo todas las cosas para todas las personas y tú posees de sobra algo que a alguna persona le está haciendo falta. Un principio que, de aplicarse, haría que desaparecieran tantos ricos insensatos como los de la parábola de este domingo pasado.

P.D. Desde este rincón del Mayab, este oscuro y mínimo espacio de opinión perdido en la selva cibernética, saluda a la escuelita zapatista. Una oportunidad más para que todas y todos aprendamos de la lucha indeclinable de los pueblos por la libertad.
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