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24 de octubre de 2019

Análisis de Coyuntura Latinoamericana – FAU, CAB, FAR, FAS, Vía Libre.

Tomado de: Antihistoria.

América latina, tierra indómita y rebelde, heredera de siglos de luchas y resistencias, en donde la magia invade el realismo, lugar en donde estamos pasando por una situación crítica en términos ecológicos, humanitarios y sociales. Hoy asistimos a un punto de inflexión, en donde las amenazas sobre nuestros cuerpos y territorios son cada vez más concretas, es por eso que la indecisión y las medias tintas deben ser combatidas con posiciones y propuestas. Es nuestro deber histórico, como anarquistas, el generar espacios de debate y crítica, en donde prefiguremos los días de lucha que se nos avecinan. A su vez, se hace necesario plantear nuevas categorías de análisis para así apuntar de manera mucho más certera a quienes hoy nos someten.

Durante las últimas décadas, nuestros territorios han servido de espacio para las luchas geopolíticas de los imperialismos; China, Estados Unidos, Rusia, Turquía, entre otros, trazan sus intereses sobres los espacios que habitamos, debido a esto, es necesario romper con el análisis añejo en clave de guerra fría, en donde los intereses de EEUU se desplegaban sobre el continente sin ningún contrapeso. Hoy son muchos los actores en esta lucha geopolítica. No podemos caer en la miopía y dirigir todas nuestras críticas solo a EEUU, que claro está, hoy en esa lucha geopolítica trata de asegurar esta área como su «patio trasero» que siempre pretendió que fuera, pero pese a que tiene altos niveles de responsabilidad en la miseria en vastos territorios, no son los únicos que llevan adelante una política imperial.

Nos encontramos ante un fuerte avance de la derecha y extrema derecha a lo largo y ancho de América Latina. Fenómeno de escala mundial, ya que diversos partidos de estas orientaciones vienen creciendo electoralmente en Europa desde hace ya tres décadas, en países del ex bloque del Este ha renacido con inusitado vigor, y en el resto del continente diversas expresiones de este signo ganan espacio. En EEUU, Donald Trump es una muestra del mismo fenómeno, con la particularidad que tiene ello efectos en su política imperial para el área latinoamericana y el mundo.

Ya bajo el gobierno de Obama, EEUU apoyó y organizó el golpe de Estado en Honduras en 2009, iniciando este giro paulatino a un mayor control sobre lo que ellos llaman su «patio trasero». Este golpe tuvo su continuidad en el golpe en Paraguay en 2012 y el «golpe blando» en Brasil en 2016. Este ambiente facilitó el ascenso electoral en Argentina de Macri en 2015 y de Duque en Colombia en 2017. En el único país donde avanzó el «progresismo» fue en México, y ello es muy relativo.

La derecha ha organizado su «retorno» al frente de los gobiernos. En cada país han desarrollado campaña fuerte contra los «progresismos», han hecho eje en la corrupción -en la cual están metidos todos los sectores políticos como ha quedado claro en Brasil con el Lava Jato-, pero además se han organizado a nivel latinoamericano, siempre contando con el apoyo imperial.

Estos gobiernos -Macri y Bolsonaro- han sumado apoyos al Grupo de Lima, a ese conjunto de gobiernos recalcitrantes que vociferan «democracia» hacia afuera pero aplican políticas antipopulares y represivas puertas adentro. Y particularmente en el caso de Bolsonaro ya hablando directamente contra la democracia burguesa, instalando la idea de gobiernos de corte dictatorial directamente. Es este grupo de países el que ha servido de cobertura latinoamericana a los intentos golpistas de la derecha venezolana apoyada por EEUU. Manejan abiertamente la posibilidad de una invasión norteamericana sin tapujos, como en vieja época, recurriendo los mecanismos de la OEA y el TIAR.

Este giro continental a la derecha no es menor. El sistema capitalista, luego de una feroz aplicación del neoliberalismo, permitió ante embates populares ciertos «cambios», algunas mejoras, cierto «afloje» para perfeccionar la dominación y el saqueo constante a los de abajo. En el período llamado «progresista» hubo ciertas políticas sociales de contención de la pobreza, de distinto grado según cada país. Tenían como común denominador permitir cierta mejoría en la vida de los sectores más pobres de la sociedad, pero gestionando la pobreza, no se generaron políticas de trabajo real, se dejó a los pobres en el lugar del asistencialismo, o a lo sumo, de mano de obra tercerizada y precaria, donde es el propio Estado el que terceriza tareas, enriqueciendo empresas  u Ong’s y generando una clase trabajadora mucho más precaria y sin derechos, amputada en sus instituciones y procesos de lucha.

El Extractivismo, tanto de los gobiernos progresistas de diverso signo como de los liberales, como régimen y dinámica neocolonial imperante en toda América Latina, sólo ha profundizado el intercambio desigual entre territorios y la división internacional del trabajo como expresiones históricas de la lucha de clases, intensificando la explotación de grandes volúmenes de naturaleza (commodities) hacia la exportación. Los reacomodos geopolíticos, han trazado nuevas estrategias para aumentar la circulación de mercancías hacia los centros industriales, abriendo rutas en lugares nunca antes pensados, como lo es la serie de proyectos de IIRSA-COSIPLAN; nuevos diseños de tratados de libre comercio como el TPP-11 (que incluye a México, Perú y Chile como países latinoamericanos); disputando los últimos bienes naturales-comunitarios del planeta. Sus consecuencias, han traído cuestiones inherentes a esta dinámica de explotación de la naturaleza, abriendo importantes procesos de desterritorialización a través de migraciones locales y globales; la pérdida de biodiversidad; el aumento de la violencia contra los cuerpos feminizados y racializados (mujeres y otras sexualidades -no binarias y trans-), incluyendo el sicariato, y finalmente los casos de corrupción que hemos visto con el Caso Odebrecht, que involucra una red entre distintos Estados.

Cabe mencionar, que la hegemonía de los progresismos en la década de los 2000, intensificó el saqueo y expoliación de nuestros territorios, ya que sus programas «con énfasis social» se basaba en la extracción de bienes naturales y su venta hacia los países industrializados, en este sentido los gobiernos progresistas redistribuyeron migajas de una época de bonanza, de crecimiento del precio internacional de los commodities. Gestaron algunas mejoras salariales y políticas sociales, pero no se tocó lo fundamental del sistema. Estas políticas tenían como común denominador elevar las condiciones de vida de los sectores más pobres de la sociedad, que jugaba simultáneamente como elemento de contención social, a la vez que se construyeron aparatajes estatales plagados de una casta política acomodada y parasitaria, y sin cuestionar la renta de la tierra y el extractivismo como pilares económicos del mal llamado «Progreso».

Al mismo tiempo, las clases dominantes latinoamericanas multiplicaron sus ganancias y la brecha entre ricos y pobres aumentó. Pero los ricos, no querían perder el control administrativo del Estado. Es su Estado, parte de su poder de clase radica allí y se condensa en sus instituciones. No estaban dispuestos a permitir que por mucho tiempo unos «advenedizos» les quitaran el control del mismo. Unos años podían soportar, mientas arreglaban la casa luego del saqueo de los ’90. Pero ya se estaban impacientando.

¿Ello significa que los gobiernos «progresistas» son la salida necesaria y que son la antítesis de la derecha? NO. En primer lugar, además de permitir un enriquecimiento histórico de la burguesías locales y multinacional, los gobiernos progresistas redistribuyeron pocos recursos en un momento de crecimiento del precio internacional de las materias primas. Terminado ese «boom» volvieron las dificultades económicas y la crisis. Pero no utilizaron ese «período de bonanza» para invertir en generación de trabajo a nivel industrial, tampoco se desarrolló ninguna Reforma Agraria ni transformación radical de los servicios a la población, etc. Los gobiernos progresistas permitieron un desembarco de proyectos de extracción de bienes naturales en el continente a gran escala: grandes proyectos mineros, petroleros, de plantaciones de soja y forestales, hidroeléctricas… todo en beneficio del capital multinacional, especialmente chino en el último tiempo. Todo ello en el marco del Plan IIRSA, plan de saqueo diseñado desde EEUU. Las líneas generales del sistema no se modificaron, simplemente se adecuaron a la nueva etapa, que ahora contando con cierto consenso popular, era más fácil de implementar a fondo la política de saqueo.

La redistribución de la riqueza fue escueta. Pero como decíamos, no se tocó lo fundamental del sistema: la propiedad privada, ni la redistribución de la riqueza ni las relaciones de poder. Así y todo, la burguesía y los sectores más conservadores, no estaban dispuestos a tolerar más a Lula, los Kirchner o quien sea que no venga de su riñón. Un claro odio de clase recorre el continente y destila su veneno sobre los pueblos.

Pero también en este período se han producido dos procesos que tienen sus peculiaridades en este marco: el venezolano y el boliviano. En Venezuela, impulsadas en su momento por Chávez, se han desarrollado múltiples «comunas», que según dicen algunas notas de prensa, tienen hoy en día un volumen nada desdeñable de pueblo involucrado y cierto desarrollo en actividades económicas, culturales y sociales, sin vinculación alguna con el Estado. Se ha dado una ruptura allí comparando con el período anterior, donde incluso los militares, burócratas y bolirricos querían controlar este proceso y tomar a manos llenas el dinero que se había invertido en esta experiencia.

En Bolivia, un «Estado plurinacional» a medias pero donde cuenta con influencia el movimiento indígena y campesino, ese mismo que protagonizó en 2000 y 2003 las insurrecciones de la «guerra del gas» y «la guerra del agua», tirando abajo gobiernos y poniendo freno al neoliberalismo. Es esa movilización la que imprime un carácter diferente a los procesos históricos que viven los pueblos. Recordemos que en el período anterior, el continente estuvo sacudido por amplias movilizaciones populares que hicieron caer a más de un gobierno.

Merecería un especial capítulo la situación de Colombia, donde luego de firmados los «acuerdos de paz» han sido asesinados más de 570 militantes sociales. Un sector de las FARC ha vuelto a la lucha armada, lo cual demuestra que no hay garantías ni posibilidad de pacificación en el país. Los paramilitares, grupos de narcotraficantes y el Ejército continúan articulados incrementando la violencia hacia los de abajo. Colombia vive en guerra constante; sin embargo, los medios muestran a su gobierno como «democrático», siendo el país latinoamericano que más apoyo militar recibe de EEUU, y que es vital para sus intereses. Incluso en la posibilidad de una escalada o conflicto en la frontera con Venezuela.

En los últimos años el movimiento popular colombiano ha venido protagonizando importantes luchas, especialmente las organizaciones campesinas e indígenas, donde los procesos de tomas y recuperación de tierras han sido más que relevantes junto a los paros agrarios.

Hoy la derecha arremete con todo directamente contra la vida. Prueba de ello, son los incendios en la Amazonia, donde gobiernos como el de Bolsonaro dan «carta blanca» para depredar la naturaleza y promover el genocidio indígena en beneficio del gran capital agrario. Es una expresión de un proto-fascismo agresivo en grado extremo, que no repara en medios para ampliar el despliegue del sistema capitalista. Es el neoliberalismo impuesto con total agresividad y  aplicando la máxima del imperio Británico ,»cagándose en todas las consecuencias».

Un ajuste de tuercas fuerte

La burguesía latinoamericana necesita retomar el timón del gobierno en todo el continente. Lo necesita para imponer un ajuste mayor, un ajuste duro como el que ha impuesto Macri desde 2015. Pero pensemos que esa derecha ya contaba con fuertes bases de apoyo: en Perú no han perdido el gobierno en ningún momento, incluyendo todos los escándalos de corrupción posibles; en Colombia la ultra derecha controla el gobierno con Iván Duque (gobierna el uribismo) y en Chile la ya disuelta «Concertación» ha gobernado bajo la lógica pinochetista y neoliberal. Plataforma de lanzamiento nada desdeñable.

Muchos de los giros vinieron desde el propio progresismo o sus aliados. Lenin Moreno en Ecuador era el sucesor de Rafael Correa y dio un giro importante a nivel político tanto interno como en la región. Michel Temer dio un «golpe blando» parlamentario siendo el Vicepresidente del gobierno de Dilma Roussef.

En Uruguay diversos referentes del Frente Amplio se desmarcan ahora de Venezuela y califican al gobierno de ese país de «dictadura», en sintonía con el Grupo de Lima y con la OEA. Algunos de ellos como José Mujica, que hasta ayer recibía dinero a manos llenas de Venezuela, hoy se muestra como lo que es: un oportunista que cambia de posición según como venga el viento. Ahora Venezuela no envía más dinero debido al bloqueo económico y la crisis que vive el país, generada y profundizada entre otros organismos por la OEA, cuyo Secretario General Luis Almagro, fue colocado allí con gran ayuda del propio Mujica. Se puede decir que entre los «progresismos» se encuentran personajes de toda laya, dignos de una crónica de las mayores infamias de la humanidad.

En Uruguay hay elecciones en octubre-noviembre, como en Argentina. La disputa es el grado de ajuste y garrote: si el Frente Amplio logra su cuarto gobierno habrá un ajuste y giro a la derecha de menor grado que si gana la oposición, pero la discusión es el grado del ajuste. Y va a ir acompañado de represión; ello ya se está viendo en las movilizaciones contra la instalación de la tercer pastera en el país, donde la policía sale a defender los intereses del capital multinacional bajo un gobierno progresista. La derecha lisa y llanamente, viene con el libreto neoliberal duro y puro.

Las alianzas tejidas en muchos casos por dichos «partidos progresistas» son propias de una película de terror: el PT se alió hasta con la derecha más rancia y reaccionaria con tal de tener los votos en el parlamento… comprando los mismos con dinero también, como se ha demostrado en las dos tramas tanto del Mensalao como del Lava Jato.

Pero es aquí donde la derecha pone a funcionar a pleno mecanismos del sistema que en otros momentos no cobraban esta relevancia: el sistema judicial ha sido utilizado como un dispositivo de poder señalador per se de corruptos, y varios jueces son los nuevos «cruzados» por la austeridad y la justicia. Justo en estos momentos se viene demostrando que la trama de corrupción es más amplia de lo que podemos imaginar y que el juego de la derecha para quitar a cualquiera del camino no repara en los mecanismos a utilizar.

La derecha quiere el control político total. Y retomar los negociados que permite la conducción del Estado: licitaciones, coimas, compras, negocios varios, de los cuales nunca estuvo ausente, pero su voracidad no tiene límites. Hay una especie de «genética» que le indica que por más que los «gobiernos progresistas» gobiernen para ellos, protejan sus negocios y sus intereses de clase, que le contengan al pobrerío y refuercen el aparato represivo, esos «progres» no provienen de su cuna, no son burgueses de pura cepa. Para la burguesía, no son confiables en el fondo, aunque hayan hecho muy bien los deberes. Hay un instinto de clase que esta burguesía industrial- rural – financiera- comercial latinoamericana expresa allí; un claro odio de clase han lanzado en las calles con inusitada fuerza.  No quieren perder ni pizca de su poder. No están dispuestas siquiera a tolerar medidas paliativas, ya ni hablemos de reformas de cierto calado como ocurrió en décadas pasadas con los populismos o los gobiernos desarrollistas o liberal – reformistas. Son neoliberales de pura cepa; en su sangre circula el odio a los de abajo y la constante sed de convertir al mundo en un negocio.

Y para que ese negocio funcione para ellos, es necesario más y más terror de Estado. Los ataques vienen de todos lados, con reformas laborales y de pensiones, cortes de presupuestos en educación, vista gorda para quemadas, deforestación y asesinatos de indígenas y pobres. De otra parte, la izquierda electoral sigue con su discurso institucionalista y desmovilizador de las bases. En Brasil, las centrales sindicales llaman paros de un día de «huelga general» y no parecen conseguir disociarse del llamado «Lula libre». Sin embargo, nuestros esfuerzos siguen siendo fomentar la organización desde la base y apoyar luchas con acción directa, como las sentadas de indígenas en la Secretaría Especial de Salud Indígena (SESAI), contra los despidos en masa en ese órgano de salud pública y las sentadas en universidades, como el ejemplo de la Universidad Federal de la Frontera Sur (UFFS) contra la intervención federal que colocó ahí a un rector bolsonarista en vez del rector electo por la comunidad académica.

Mientras los palacios están formulando leyes y proyectos de crisis, más liberalización económica, menos derechos para la gente y más ganancias para los explotadores, la represión en las calles de las ciudades reprime a los descontentos y trata de mantener a la gente en el silencio de la bala.

En el campo y los bosques, la raíz de una América Latina que no ha disfrutado de la bonanza de la «izquierda» en el gobierno, no solo la quema y el avance ecocida de los terratenientes hacen víctimas, sino también el genocidio sistemático de los pueblos rurales y poblaciones nativas, cuyos cuerpos continúan acumulándose como resultado directo del avance de la ultraderecha en el continente.

Argentina: Cuidarles la gobernabilidad o defender nuestro salario

Los números arrojados en las últimas elecciones no evidenciaron otra cosa que lo que se viene viviendo en la calle, en los barrios, en los lugares de trabajo. Hasta en esta instancia legitimadora del sistema –como es la democracia representativa- se ha expresado la desesperación de las masas populares ante el desguace del país. Podemos comenzar argumentando que el mal cálculo –tanto de las consultoras como de la clase política- del resultado electoral, guarda relación con el poco nivel de conocimiento de éstos de lo que se vive en el abajo, del rechazo de los sectores populares a las escalofriantes políticas de hambre, desocupación y exclusión de Macri y el FMI. El panorama social, económico y político, que venimos viviendo los oprimidos, es cada vez más complejo y acuciante. En un contexto recesivo, en medio de una espiral inflacionaria y un endeudamiento sin precedentes, el peso se devaluó inmediatamente después de los comicios en un 25%. Esto se trasladó inmediatamente al precio de la canasta básica y los combustibles, en un deliberado lapso de tiempo otorgado por el Gobierno nacional, antes de lanzar 10 medidas como aliciente, en un intento de engrupir nuevamente a las clases populares. El resultado: una estrepitosa reducción salarial. Pero, no es nuestra intención extendernos demasiado en los números, para describir la proporción del daño hecho en la última jugada especulativa de los sectores financieros y el Gobierno.

Pero este período de ajuste que ya lleva casi una década, profundizado por el macrismo a niveles descomunales, sabemos va a exceder al propio “fin de ciclo” de Cambiemos. Entre los candidatos, en el fondo, se discuten modalidades de ajuste. Es por esto que es coherente el aval de Alberto Fernández a llevar el dólar a $60. Tampoco debemos desconocer que nos encontramos ya en un contexto de cruda avanzada neoliberal en toda la región, en un continente donde el imperialismo norteamericano intenta retomar el control hegemónico.

En este dramático escenario, debemos analizar que a las claras se explicitan dos salidas institucionales concretas en lo inmediato. Una es la que proponen los dirigentes del Frente de Todos, que consiste concretamente en no hacer nada, esperar sentados hasta diciembre, cuidar el caudal de votos y resguardar la gobernabilidad (así implique esto bancar las medidas antipopulares de Macri). Como venimos sosteniendo, la crisis social provocada por la avanzada neoliberal, fue directamente proporcional a la crisis de falta de participación política de la clase oprimida durante un largo período. Recordemos que venimos de décadas de restricción por arriba a la participación popular, a través de mecanismos de cooptación, clientelismo y burocratización, cuando no deslegitimación y represión de la protesta social. Este “paradigma de la No participación”, pudo evidenciarse allá a inicios de 2016, cuando en pleno conflicto por despidos en el sector público y en Cresta Roja, la cúpula kirchnerista llamaba a matear en las plazas (el “resistiendo con aguante”). En definitiva, este exacerbado llamado a “no cacerolear” –intentando incluso el freno de medidas de fuerza desde los gremios- no esconde otra cosa que el cuidado del porcentaje electoral, en detrimento de impedir mayores niveles de pobreza y desocupación para el pueblo.

La otra salida a este golpe contra el bolsillo de los de abajo, tiene que ver con lo que se propone desde los sectores combativos del movimiento obrero y las organizaciones populares, como la posibilidad de una resistencia organizada desde la calle. Apenas sucedida la devaluación, pudimos ver la respuesta de algunos de estos sectores, como fue la movilización de ATE Capital y el paro de los Metrodelegados en CABA, así como los cortes de Empleados de Comercio en Rosario. El plan de lucha extendido de los estatales en Chubut, sin dudas, es un ejemplo de resistencia organizada al guadañazo del Gobierno. Los movimientos sociales, urgidos por el hambre en los barrios, también salieron con ollas populares en todo el país, en el marco de un operativo policial de gran envergadura.

Desde el anarquismo organizado somos conscientes que no hay un clima generalizado de efervescencia popular, y mucho menos de rebeldía profunda. Hay lucha, descontento y expresiones altas de rechazo a la situación social, pero sabemos bien que estamos lejos de un “que se vayan todos”, y que los sindicatos y movimientos sociales carecemos de un programa de clase representativo. Sin embargo, se hace evidente que el humor social no tiene los mismos tiempos que el calendario electoral. Está claro que a la clase política en su conjunto, le asusta más la idea de un estallido social que la de un 10% más de pobres. Incluso, ante el inminente triunfo de Alberto Fernández, la dirigencia kirchnerista prefiere un triunfo con poco margen y descreimiento social a un desborde popular con la presión en las calles. En este punto debemos ser cautelosos. Sabiendo que hay sectores populares que han depositado esperanzas en el voto y en propuestas electorales progresistas–y que anhelan al igual que nosotros una sociedad sin explotación- es necesario interpelarlos e instar a la resistencia inmediata a través de la movilización popular. Desbordar y trascender el planteo de «solución por arriba», es una cuestión vital para devolver la confianza en la propia fuerza y organización de los/as de abajo, para que se exprese con vigor esa resistencia que da muestra de estar allí. La respuesta popular al saqueo del Gobierno y el capital financiero no puede hacerse esperar. Ante la disyuntiva de cuidarles la gobernabilidad o defender nuestro salario siempre iremos por la segunda y procurando que estén presentes los métodos que fortalecen a los de abajo.

Chile: el «modelo» neoliberal funciona… para los de arriba

En la región chilena el sistema de dominación gestionado por el bloque dominante  ha recrudecido y profundizado su política neoliberal. En estos dos años de gobierno de Piñera se ha desmantelado lo poco y nada de derechos sociales que poseía la clase dominada, y a su vez ha recrudecido su represión en contra de los sectores en lucha.

En el mundo del trabajo asalariado, los instrumentos de flexibilización laboral se han fortalecido, expresión de ello: el Estatuto Laboral Juvenil, y la Iniciativa de Ley que ha buscado aumentar la precarización del trabajo bajo el falso discurso de reducción de horas de explotación, anulando la posibilidad de negociación colectiva con la patronal y flexibilizando aún más las condiciones del trabajo. Por otro lado, la Reforma Tributaria, asegura el resguardo de las tasas de ganancias para el empresariado local y las transnacionales, en un contexto de crisis y desaceleración de la economía, perjudicando considerablemente a las clases dominadas.

En los territorios, la Ley de Integración Social ha consolidado el monopolio de acceso del suelo al mundo inmobiliario, erradicando a las comunidades de la producción y gestión de la ciudad y sus territorios, imposibilitando la concreción de proyectos autogestionados y participativos. El extractivismo y la mercantilización de la tierra y el agua, hoy tienen nuestros territorios con una grave situación ecológica, con una crisis hídrica cada día más compleja, expandiendo las zonas de sacrificio y la alteración de los ecosistemas, como lo acontecido con la contaminación del agua potable en Osorno, donde se visibiliza la mercantilización de las fuentes hídricas a través de las empresas sanitarias; la situación de Puchuncaví-Quintero que no ha sido resuelta; la muerte de la vida campesina, la flora y la fauna en las zonas devastadas por la sequía, y las falsas salidas que plantea el bloque dominante a través de la COP 25, y los tratados económicos como el TPP-11 y la APEC, que vienen a reforzar el saqueo de los cuerpos y territorios.

Actualmente asistimos a un recrudecimiento del aparato represivo y la criminalización de la protesta social. Ley aula segura, Agenda Corta Antiterrorista, Ley Migrante, son muestras claras de que el aparato estatal actualiza y profundiza su herramienta de control y disciplinamiento. Golpeando fuertemente a la clase oprimida: ambulantes, hortaliceras, migrantes, comunidades mapuche en resistencia y estudiantes secundarios. Sumado a lo anterior, el asesinato de luchadoras y luchadores sociales tales como: Macarena Valdés, Camilo Catrillanca, Alejandro Castro, y los feminicidios cada día más frecuentes en espacios públicos, la homo-lesbo-transfobia y el racismo,  nos evidencia el Estado de Excepción permanente en el que habitamos.

Se abre un nuevo período de lucha y resistencia

A los pueblos nadie les ha regalado nada. Todos los tiempos son de lucha, todos los períodos revisten sus complejidades. Ahora que la derecha y ultraderecha viene retomando el control de los gobiernos y los «progresismos» giren en esa dirección en mayor o menor grado (caso de la rearticulación peronista en Argentina o un eventual triunfo del FA con minoría parlamentaria en Uruguay, por ejemplo), se abre una nueva etapa de luchas, de Resistencias variadas y complejas. Porque todos los gobiernos vendrán por el recorte de derechos, por algún grado o plan de ajuste. Ya no hay crecimiento para repartir, solo miseria y garrote. Por lo tanto, los gobiernos y las clases dominantes graduarán los niveles de ajuste y represión: los habrá más intensos, otros más suaves, y otros descaradamente de extrema violencia de clase.  Todos estos regímenes tienen y tendrán en común la defensa del interés de las clases dominantes latinoamericanas y extranjeras.

Es por eso mismo que se intensificarán los niveles de lucha popular. El neoliberalismo trae resistencia. Lo saben, por ello apuestan con fuerza a la milicada. Pero los pueblos también saben, intuyen y anhelan una sociedad diferente. Los pueblos saben que un freno debe tener tanto despojo, que hay frenar tanta arbitrariedad. Ahí está toda una historia de luchas de nuestros pueblos indígenas, negros quilombolas, los trabajadores de la ciudad y el campo, los estudiantes, las diferentes expresiones y niveles de acción directa que se han dado en el continente. Gestas heroicas que marcan un camino; luchas actuales, recientes, que convocan a amplios sectores de pueblo, a seguir bajando a las calles, a ocupar y recuperar tierras, a defender la vida.

Estos tiempos que vienen nos exigen a los militantes anarquistas organizados políticamente intensificar el esfuerzo militante y tratar de brindar las herramientas necesarias al campo popular para resistir y avanzar en una perspectiva de largo plazo.

Un largo proceso de lucha nos convoca. Un largo camino de anhelos y esperanzas, de experiencias compartidas, de dolores pero también de victorias, de avances. El Anarquismo Especifista tiene mucho para decir y un papel que jugar en la construcción de esa sociedad diferente. En nuestras organizaciones y espacios militantes hay lugar y espacio para todos aquellos que busquen mayores niveles de militancia y compromiso, para todos aquellos que pongan lo mejor de sí al servicio de la causa de los de abajo.

Es en ese abajo que el Socialismo encontrará sus militantes y constructores. Podemos decir que la única alternativa a este mundo de barbarie es el Socialismo, y que el Socialismo será Libertario o no será!!!

POR LA CONSTRUCCIÓN DE PODER POPULAR!!!
FORTALECER LA RESISTENCIA!!
ARRIBA LOS QUE LUCHAN!!
FEDERACIÓN ANARQUISTA URUGUAYA (FAU)
COORDINACIÓN ANARQUISTA BRASILERA (CAB)
FEDERACIÓN ANARQUISTA DE ROSARIO (FAR) -ARGENTINA
FEDERACIÓN ANARQUISTA DE SANTIAGO (FAS)- CHILE
GRUPO LIBERTARIO VÍA LIBRE -COLOMBIA   
ROJA Y NEGRA ORGANIZACIÓN POLÍTICA ANARQUISTA (RYN OPA) -BUENOS AIRES, ARGENTINA

16 de octubre de 2019

Cachemira: silencio ensordecedor.

Por: Arundhati Roy / Plateforme Altermondialiste.
Traducción: VientoSur.

El ministro indio de Interior ha propuesto al Parlamento la abolición del artículo 370 de la Constitución india (que establece las obligaciones legales derivadas del tratado de adhesión). Con el voto en contra de los partidos de oposición, tanto la cámara alta como la cámara baja han aprobado la nueva ley, que anula el estatuto particular, junto con la constitución y la bandera propias de Cachemira. Asimismo, divide el territorio en dos partes: Jammu y Cachemira, que será administrada directamente por el Gobierno central de Nueva Delhi (aunque manteniendo una asamblea legislativa electa, cuyos poderes han quedado notablemente mermados), y Ladaj, que también será administrado directamente por Nueva Delhi, pero no tendrá ninguna asamblea legislativa.

En la práctica, los ciudadanos indios ahora pueden comprar tierras e instalarse en Cachemira sin ninguna traba. Inversores indios, como el industrial más rico del país Mukesh Ambani, ya sueñan con poseer esta tierra rica en vastos glaciares, lagos de alta montaña y cinco grandes ríos. La disolución de la entidad jurídica del Estado comporta asimismo la abolición del artículo 35A, que otorgaba a los residentes derechos y privilegios que les permitían controlar su propio territorio. Desde hace tiempo, los cachemiríes temen esta eventualidad. Es una pesadilla recurrente en que se ven arrastrados por una avalancha de indios y convertidos en una especie de palestinos de los territorios ocupados y repoblados con colonos.

Lo más chocante en estos momentos es el silencio mortal de las calles de Cachemira patrulladas y cortadas por barricadas y de sus casi siete millones de personas encerradas, humilladas, espiadas por drones, aisladas del mundo. Esta situación es fruto de una lenta destrucción. Un momento decisivo se produjo en 1987, cuando Nueva Delhi falseó de modo flagrante el resultado de las elecciones en este Estado. En 1989, la reivindicación del derecho de autodeterminación, hasta entonces defendida de manera no violenta, se transformó en una lucha por la libertad. Cientos de miles de personas salieron a la calle para ser abatidas en una masacre tras otra.

El valle de Cachemira fue invadido rápidamente por militantes cachemiríes de ambos lados de la frontera, así como por combatientes extranjeros, entrenados, armados y adoctrinados por Pakistán. De este modo, Cachemira se metió en la tormenta: por un lado, un islam cada vez más radicalizado en Pakistán y Afganistán, completamente extraño a la cultura cachemirí, y por otro, el nacionalismo hindú fanático que se hallaba en pleno ascenso en India.

La primera víctima del levantamiento fue el vínculo secular entre los musulmanes de Cachemira y su pequeña minoría de hindús, conocida localmente con el nombre de pandits. Poco a poco surgió la violencia. Varios pandits fueron asesinados y más de 25.000 se fueron de Cachemira. Veinte años más tarde, miles de ellos malviven en campos de refugiados miserables en la ciudad de Jammu, que los gobiernos de Nueva Delhi perpetúan para mantener a esta población en el limbo y atizar su enfado y la amargura con el fin de alimentar el peligroso relato nacionalista de India con respecto a Cachemira. Hoy, Cachemira es una de las zonas más militarizadas del mundo: allí se han desplegado más de medio millón de soldados. Se calcula que a causa del conflicto han muerto 70.000 personas, entre civiles, militantes y fuerzas de seguridad. Miles de personas están desaparecidas y decenas de miles han sufrido tortura en tugurios instalados por todo el valle como pequeños Abu Ghraib.

En el transcurso de los últimos años, cientos de adolescentes se han quedado ciegos al ser atacados con escopetas de perdigones, la nueva arma de elección de las fuerzas de seguridad. La mayor parte de los militantes que operan hoy en el valle son jóvenes cachemiríes, armados y formados localmente. Actúan a sabiendas de que desde el momento en que toman un arma de fuego, su esperanza de vida se reduce a menos de seis meses. Cada vez que muere un terrorista, los cachemiríes se presentan por decenas de millares para enterrar a un joven, al que veneran como un shaheed, un mártir.

Durante el primer mandato de Narendra Modi como primer ministro de India, esta violencia se exacerbó. En febrero, después de que un kamikaze cachemirí matara a 40 miembros de las fuerzas de seguridad indias, el Gobierno indio lanzó una incursión aérea contra Pakistán, que respondió. Estos dos países son las primeras potencias nucleares del mundo que se han atacado mutuamente con aviones de guerra. Ahora, dos meses después de su reelección, Narendra Modi ha echado una cerilla encendida en un barril de pólvora.

El 15 de agosto, en su discurso del Día de la Independencia, Narendra Modi alardeó desde las murallas del Fuerte Rojo de Delhi de que su Gobierno había hecho realidad finalmente el sueño de hacer de India “una nación, una Constitución”. Pero la misma víspera, grupos rebeldes que operan en varios Estados que se hallan en condiciones precarias en el noreste de India, entre ellos algunos que gozan de un estatuto especial como el antiguo Estado de Jammu y Cachemira, anunciaron un boicot a la fiesta de la Independencia.

Es muy probable que la violencia en Cachemira se extienda a otras partes de India. La utilizarán para inflamar la hostilidad hacia los musulmanes indios, que ya están siendo demonizados, guetizados , empujados hacia lo más bajo de la escala económica y, cada vez más, simplemente linchados. El Estado también aprovechará para atacar a otras personas –militantes, abogados, artistas, estudiantes, intelectuales, periodistas– que han protestado abierta y valerosamente.

La poderosa organización de extrema derecha Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS) cuenta con más de 600.000 miembros, entre ellos Narendra Modi y varios de sus ministros. Dispone de una milicia voluntaria, inspirada en la Camisas Negras. Todos los días, la RSS refuerza su control de las instituciones del Estado indio. Se dedica a atacar a intelectuales y universitarios que, según Ram Madhav, secretario general de RSS, deben ser apartados del paisaje académico, cultural e intelectual del país. Con este propósito se ha modificado la Ley de prevención de actividades ilegales, que de por sí ya era draconiana, para incluir en la definición de terrorista a los individuos, y no únicamente a organizaciones. La modificación permite al Gobierno calificar a una persona de terrorista sin seguir el procedimiento regular y sin juicio.

Cuando el mundo observa pasivamente, la arquitectura del fascismo indio se instala a marchas forzadas.

26 de enero de 2015

Violencia y poder.




Babel

Violencia y poder

Javier Hernández Alpízar

La discusión sobre la coyuntura actual, especialmente después de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa y el movimiento masivo por su presentación con vida, merece una revisión que trate de acercarse a las heladas aguas de la teoría. Un amigo me dice que hasta ahora se han hecho sólo consignas tuiteras, tipo #FueElEstado, que son verdaderas pero muy abstractas, hace falta detallar muchas cosas. Los zapatistas han anunciado que sacarán comunicados, algunos de ellos con consideraciones teóricas, así que, dejando de lado el epistemicidio y el pensar colonizado que es incapaz de reconocer elementos teóricos en el zapatismo actual, habrá que leer esos apuntes para todos, pero también hay que esforzarnos por pensar qué es lo que parte las aguas en una coyuntura de rispideces y personalización al grado del insulto: qué entendemos por política, por Estado, por participación, por acción política, por violencia, por no- violencia, por acción directa, por consenso, por gobierno, por anarquía, por ideología, por cambio social o revolución o reforma o qué estamos pensando y queriendo construir.

Es un momento en que debería a estar a debate en México todo, o casi todo, para comenzar: qué es ser de izquierda, qué es la dominación, cómo oponernos a ella, la posibilidad de acabar con ella antes de que sea ella la que acabe con nosotros.

Deliberadamente elijo para una reflexión inicial los conceptos de violencia y poder porque han sido elementos no reflexionados pero dados por supuesto, como si fueran obvios, en discusiones sobre las marchas, la acción directa, los compas encapuchados, la obsesión de la izquierda clasemediera progre por controlar al movimiento social, normarlo, disciplinarlo y encauzarlo al voto, etcétera.

La falacia con la que asustan a quien se deja es que solamente existen dos vías políticas: la pacífica, que equivale a las urnas, y la violenta, que equivale a la sangre y muerte. O nosotros o el caos. Este argumento es de derecha: con él obligaron a votar a los nicaragüenses contra su revolución y elegir a Violeta Chamorro. Ahí, además de la corrupción del FSLN que estaba convertido en el PRI centroamericano, como dijera un cronista de los noventas, contó el hecho de que los USA prometían guerra si perdía su candidata, y la guerra ya llevaba años, muchas muertes, lisiados, hambre, destrucción. En México ha sido caballito de batalla de los hipócritas panistas, le reprocharon al EZLN alzarse en armas y usar capucha y se negaron a escucharlos en el Congreso de la Unión en 2001, alegando que no escucharían a gente encapuchada y violenta, pero eso sí, desde que llegaron al poder con Fox siguieron el modelo de “justicia penal”, de investigación policiaca y luego de militarización del país impuesto por los Estados Unidos, este proceso inició con Zedillo y sus planes y programas de contrainsurgencia, la modificación de la policía y su militarización, pero Fox y luego sobre todo Calderón lo llevaron al extremo: más de 80 mil muertos, cientos, quizá miles de desaparecidos, desplazados, feminicidios, agresiones sistemáticas a migrantes, trabajadores, jóvenes, niñas y niños, viudas, huérfanos, saldos de guerra en tiempos formalmente de paz y supuestamente bajo una democracia normalizada y con alternancia de partidos en el poder a todo nivel.

Bastaría la reflexión sobre esa experiencia para mostrar la mentira de que las urnas son la alternativa pacífica a las armas. Como señala un compa marxista: la dictadura es parte de la arquitectura constitucional de cualquier república o democracia capitalista, está ahí en los artículos que hablan de suspensión de garantías y estado de excepción. Esa suspensión de garantías comenzó, si no es que antes, en Atenco, en mayo de 2006, pero a muchos no les importó porque tenían el triunfo asegurado en las urnas (sonríe, ya ganamos). Sin embargo, desde entonces este país es gobernado más por las armas y el poder del dinero y el crimen que por el poder civil y “pacífico”, sin embargo, la izquierda hace como si nada pasara e insiste en ir a las urnas, donde imperan el fraude y la trampa, y como candidatos, políticos extraídos de las fuerzas reaccionarias, pero además han comprado modelos, conceptos, prejuicios y teorías del compló de la derecha. Citaremos a un escritor que no es santo de nuestra devoción pero a quien tenemos que mencionar precisamente para no incurrir, como él no desdeña hacer, en el plagio: Eduardo Galeano ha señalado que cada vez que la izquierda se corre hacia el centro se aproxima a la derecha. Ese corrimiento a la derecha de la izquierda electoral mexicana es sintomático en muchas formas, una de ellas es la importación de sus retóricas e ideología o al menos su fraseología:

Se proponen como alternativa moral, como si el sistema capitalista (“capitalismo de compadres”, lo llaman algunos desarrapados teóricos) pudiera funcionar solamente con poner gobernantes honestos. Ese fue el discurso del PAN por sexenios, es el discurso de la derecha empresarial y cuando De la Madrid lo compró desde Los Pinos, Carlos Pereyra se lo criticó: la derecha pretende hacernos creer que sólo el Estado es corrupto, que ella (los empresarios de la oligarquía) es moral por definición y que un cambio de siglas y de personal hará la diferencia: ese discurso panista lo asumió AMLO y se puso el apodo de “Honestidad valiente”, tratando de vender el cuento de que con sólo quitar la corrupción el capitalismo será ahora en México por el bien de todos. Es mentira vil, además de que no son honestos ni los gobiernos de derecha ni de izquierda que ganaron al PRI diversos niveles de gobierno para repetir sus saqueos de los bienes nacionales, latrocinios, corruptelas y acomodo con las oligarquías y el crimen.

El otro argumento de la derecha que la izquierda ahora usa como petate del muerto es que si no vamos religiosamente a las urnas, solamente queda como alternativa la violencia, las armas, la guerrilla y la montaña. Como si las urnas en México no hubieran sido hasta ahora una de las armas del poder para seguir imponiendo un modelo predador del medio ambiente, colonizador de mentes, territorios y del “mundo de la vida” y además, perfectamente compatible con la violencia de muchos tratados de libre comercio, terapia de shock para la reforma neoliberal, la acumulación por desposesión (como llaman elegantemente los teóricos al despojo), y la violencia tanto de Estado como la semiprivada del crimen, densa, promiscua y complejamente entrelazada con el Estado.

No obstante, pretenden hacernos creer que si no votamos por ellos habrá caos, habrá anarquía, habrá ingobernabilidad y violencia, como si no fueran gobiernos de todo el espectro ideológico electoral (por los que unos u otros votaron) los que han mal gobernado a nuestros pueblos, territorios, ciudades y comunidades mediante la violencia y han traído sobre nosotros la desgracia y las miles de víctimas, de las cuales los 43 desparecidos en Iguala son solamente el botón de muestra hologramático.

Además, como antes hacía el PAN, ahora los comisarios del pensamiento, ligados a Morena y a la clase media lópezobradorista, pretenden condenar la acción directa y hasta el encapucharse. Me recuerdan a los embajadores en México de Guatemala, que se negaron a recibir de Superbarrio una carta porque “no hablaban con encapuchados”. Eso que antes solamente podía escucharse de Fernández de Cevallos es ahora diatriba de personajes sedicentes de izquierda como las Poniatowskas y Aristeguis: con esa “izquierda” ya para qué queremos a los panistas, pueden jubilarse y dejarles a ellas el changarro.

Detrás de toda esa confusión, agravada por la pereza mental y el temor, así como el autoritarismo contra toda crítica, está un prejuicio acerca de lo que es el poder, definido por la violencia. Max Weber define el poder político como el “monopolio de la violencia legítima”, es lo que el imbécil de Calderón defendía cuando decía que al Estado mexicano le corresponde el “monopolio del poder” (sic, y hip) o lo que Fidel Herrera decía en una conversación telefónica filtrada por panistas a Aristegui: “estoy en la plenitud del pinche poder”. Esa definición es correcta, pero no es toda la verdad. Una mujer formada en la izquierda y que desde ella retoma a Heidegger, Hannah Arendt, en una reflexión Sobre la violencia[1], invita a ir más allá de esa definición del poder (que viene de una tradición que se remonta a muchos clásicos, Maquiavelo y Hobbes nomás por poner los más conocidos), pero es insuficiente.

Luego ella misma propone una definición más profunda del poder: el poder es lo que podemos hacer todos juntos, la capacidad de producción, de acción, de praxis de un colectivo que puede ser desde una comunidad local hasta una nación.

Si el poder es lo que podemos hacer todos juntos, la violencia, las funciones represivas y el poder de declarar la guerra son apenas un poco de lo mucho que un colectivo puede hacer: Así como la guerra podemos hacer la paz, que es quizá más difícil, podemos tratar de producir la justicia, de ejercer radicalmente la democracia. (El uso de “radical” como una mala palabra me ha parecido siempre un claudicar del pensamiento crítico ante la derecha, algo como el querer ser “centro izquierda”.)

Por ende, decir que la política es una moneda de dos caras “urnas o violencia” es más que una falacia una suerte de idiotismo político. (Cf. Qué significaba para los griegos “idiota”, por ejemplo en un texto sencillito de Savater: Política para Amador.) Y una consigna de las teorías de contrainsurgencia estadunidenses, que usan sin empacho ambos recursos: armas y urnas, como instrumentos de contrainsurgencia y de dominación. Vean la experiencia de Guatemala, de todo Centroamérica de los ochentas a la fecha.

Esa suerte de primitivismo teórico político está detrás de “la histeria como método de análisis” que han criticado los zapatistas: se trata de controlar al movimiento social y ponerlo siempre detrás, debajo, subordinado y obediente al líder fetiche y santo patrono abogado de que no se rompa un solo cristal. Frente a ese simplismo político, los jóvenes que defienden la acción directa (violenta o no) hacen uso de su derecho a decidir y ejecutar ellos mismos sus acciones políticas (eso es lo que hace “directa” a la acción: que no hay una división entre los sujetos que deciden y quienes ejecutan; no hay una elite que elabora el programa, un candidato que convoca a una asamblea informativa ni una estructura burocrática que reparte los afiches, los volantes, las tortas, las playeras y los refrescos). Y es precisamente la irritación contra la gente que se organiza por su cuenta la que lleva a esa izquierda a pedir la represión contra esos jóvenes. Es un discurso altamente hipócrita, por un lado los llama “idiotas útiles” (cuando su mayor dolor es que no sean zombis útiles a sus candidatos) y los acusa de ser culpables (causantes) de la represión, desviando la crítica que debería recaer sobre la policía (de paso le hacen el favor de quitarle el reflector a Mancera, el brazo armado represor de EPN) y por otro lado, al acusarlos de “infiltrados”, “vándalos”, “violentos”, pide la represión policiaca para ellos.

Además de la hipocresía criminal de esa izquierda autoritaria y represiva, está su pobreza teórica: piensan el poder como “monopolio de la violencia legítima” y piensan que ese monopolio es como un objeto, por ejemplo un edificio con mobiliario todo inventariado, que se puede ganar por las urnas. Luego, cuando un héroe moral lo detente, el poder servirá para joder a los malvados. Es decir, la represión se justifica cuando viene de la izquierda porque es legítima y sólo es reprochable cuando viene de la derecha espuria. Barrabasadas, así han escrito palabras más palabras menos, o las han filtrado entre líneas, algunos de sus sinsajos.

Contra toda esa telaraña mental de la derecha y la izquierda podemos distinguir:

El poder no es lo mismo que la violencia: el poder como lo que todos juntos podemos hacer (consenso, autonomía, soberanía, poder popular, democracia directa, participación, asambleas, palabras más o menos, pero, ojo, no todas llevan al mismo modelo de acción política) incluye, como una de las muchas cosas que podemos hacer el uso de la violencia para defender los intereses del colectivo, de la legítima defensa a la guerra, pero no es lo único, y siempre se trata de ella cuando no queda otro recurso.

Además no todos los poderes son el mismo poder. Podemos distinguir el poder del pueblo como lo que todos podemos hacer juntos (construir el socialismo, tomar el cielo por asalto, intentar la anarquía, o decidir otra forma de vivir juntos como sujeto político) del “poder- sobre” que es siempre una dominación, como diría Enrique Dussel nunca puede ser legítimo, y se debe llamar siempre por su nombre: “dominación”. Dice Luis Villoro que izquierda es por definición estar “contra la dominación”, claro, como diría Dussel la dominación nunca es legítima, porque está contra mí (diría el individualista) o está contra nosotros (dirían los comunitaristas, por ejemplo los pueblos indios). Además, como toda dominación siempre genera resistencias y rebeldías (lucha de clases, para que se asusten los macartistas) necesita siempre de lo que sus teólogos, perdón, sus teóricos, llaman “monopolio de la violencia legítima”, es decir la represión.

El poder como lo que podemos hacer todos juntos es la fuente de legitimidad de un poder popular, diluido en el cuerpo social; y por otro lado, su alienación es la concentración de ese poder en uno solo (monarca o presidente) o en unos pocos, oligarquía, elite, especialistas en mandar. Una grave falla de muchas organizaciones sociales, de derechas e izquierdas, que pretendieron alguna suerte de democratización es que nunca han tenido un control de los delegados o representantes por medio de mecanismos como la revocación de mandato y otros controles de los líderes, que debieran ser meros delegados provisionales y rotativos, mandados por las bases, los verdaderos soberanos. En un país de caudillos, líderes “morales”, gurúes y candidatos vitalicios (y hasta hereditarios) todo eso suena a herejía extrema, pero sin ese control de los delegados por las bases no hay democracia posible, dejarlo todo a la “moralidad” (a cual más dudosa) de un líder es algo más que ingenuidad (en mi pueblo lo llaman con palabras un poco más fuertes).

Oponerse a la dominación implica cuestionar la legitimidad del poder, cuestionar la legitimidad del “monopolio de la violencia” que ¿por qué es legítima?, y eso se puede hacer de muchas formas, violentas y no violentas. La raya que divide las aguas no es entre violentos y pacíficos, sino entre quienes se oponen a la dominación y quienes la apoyan abierta o hipócritamente. El mayor cuestionamiento al poder que existe hoy en México son las autonomías indígenas, dentro de ellas están las más organizadas, y otras menos organizadas, pero la más preocupante para el poder, y por ello ha mantenido la militarización de su territorio bajo gobiernos panistas, priistas, perredistas, verdes, lópezbradoristas, los que quieran, es la de los territorios autónomos zapatistas en Chiapas.

Pero no es un modelo que se proponga a seguir como mero copiar: lo que nos invita a hacer es a revisar, cuestionar a fondo lo que entendemos por poder, por Estado, por ser de izquierda, por autonomía, por libertad, por desarrollo (si es que seguiremos usando ese concepto, con o sin adjetivos como el hipócrita y alcahuete “sustentable”).

Una propuesta para revisar críticamente todo eso y para construir una izquierda que asuma esos conceptos críticos es lo que está detrás de las críticas mordaces a sus líderes y sinsajos de la izquierda electorera. No los criticamos por “envidia del Peje” como dijera la mensa de Poniatowska. La crítica iconoclasta cumple la función de ir quitando obstáculos, si quitan del escenario a esa basura ideológica y a sus personeros, probablemente vean un vacío. Pero si ven ese vacío ya adelantaron mucho: entonces, podrán llegar a la conclusión de que la izquierda está por construirse. Ya en ese camino, puede que se encuentren a otros que caminan en esa dirección: los pueblos indios por ejemplo.

Será casi imposible evitar un lenguaje irónico, pero si tratan de ver más allá de él tal vez vean una discusión de ideas. Y si el lenguaje irónico y hasta satírico les molesta, recuerden las caricaturas mercenarias contra los zapatistas que algunos de ustedes circularon como el colmo de la agudeza, o las caricaturas verbales como otra campaña en Baja California Sur constituida solamente por leones marinos (irónicamente cuando el gobierno lópezobradorista que ustedes llamaban de izquierda privatizaba y extranjerizaba playas y maravillas naturales). Comparada con esas caricaturas contra nosotros, nuestras caricaturas contra sus líderes son bastante respetuosas, de ustedes y de los hechos, es decir: las nuestras sí están basadas en hechos públicamente constatables y no sólo en las calumnias de plumíferos despreciables como Rodríguez Araujo, Jaime Avilés o Julio Hernández Astillero. Hasta en eso podemos decirles con Cri Cri: “nosotros no somos así”.

Finalmente, esta vez promoverá un boicot electoral un actor central en el movimiento social hoy, los padres y familiares de los 43 normalistas de Ayoztinapa desaparecidos en Iguala, por cuerpos armados del Estado, bajo gobiernos perredistas (y el apoyo de un AMLO que ya estrenaba playeras de Morena) y el federal priista. Si los mercenarios que antes han calumniado a los zapatistas y luego a Javier Sicilia se dedican a calumniar a los guerrerenses abstencionistas, esperen de nuestra parte críticas mordaces contra todos esos plumíferos, de La Jornada o de donde sea, y chistes de tonos subidos contra toda esa izquierda momificada. Como decían los niños de mi época: no respondemos chipote con sangre.

22 de enero de 2015

De Bimbo, boicots e ideología neoliberal.




Babel

De Bimbo, boicots e ideología neoliberal

Javier Hernández Alpízar

Recientemente Lorenzo Servitje, dueño de Bimbo, se sumó a la ola de manifestaciones de la derecha más recalcitrante que ha pasado a la ofensiva contra las víctimas de violaciones a los derechos humanos en México: declaró contra los padres y familiares de los 43 normalistas y desaparecidos de Ayotzinapa tratando de minimizar el hecho y de negar legitimidad a su movimiento. Esta intervención pública se inscribe en el contexto de declaraciones de militares, políticos, cámaras empresariales, “líderes de opinión” y el nuevo presidente del PAN contra las movilizaciones de familiares de los desaparecidos y ciudadanos y organizaciones que los apoyan, así como las perversas declaraciones de supuestos defensores de derechos humanos, en este caso centrados solamente en el delito de secuestro, preocupados solamente por los empresarios y sus familias, como Alejandro Martí e Isabel Miranda de Wallace contra Nestora Salgado, integrante de la policía comunitaria en Guerrero, quien actualmente es presa política.

Como parte de las propuestas de medidas de presión contra esta clase de políticas reaccionarias contra los derechos humanos y contra el movimiento social, así como criminalizadoras de la protesta, algunas personas en las redes sociales llamaron a realizar un hacer un boicot a Bimbo. Antes ha habido otras iniciativas de boicot, por ejemplo a la campaña promotora del consumismo que heredó este sexenio del calderonismo: Buen Fin. Recordemos que un llamado a boicotear el Teletón tuvo tal repercusión que incluso Televisa tuvo que reconocer que no alcanzaba su meta de recaudación, tratar de deslindarse de Los Pinos y defender su campaña.

Ante la promoción de una campaña de boicot contra Bimbo, algunas voces, aparentemente ciudadanas y espontáneas, salieron en su defensa porque supuestamente es una empresa que da “una imagen de prosperidad mexicana” en el mundo o porque tiene mejores prestaciones que otras. La preocupación de este tipo de personas (alguna de ellas intentó deslegitimar la convocatoria al boicot atribuyéndoselo a “la competencia”) es sintomática de la penetración ideológica del neoliberalismo y de las campañas pro logo que las empresas privadas más ricas han defendido hace años en México. (Uno de los defensores de Bimbo mencionó elogiosamente a CFE, beneficiaria de la disolución del SME, predadora del medio ambiente y promotora del desplazamiento de comunidades en diversos estados, promotora de la represión contra la resistencia a sus altas tarifas, represión que ha incluido prisiones políticas, y perpetradora de cortes de energía a quienes no pagan tarifas altas y cobros excesivos hasta el absurdo.) Ello nos motiva a hacer unas consideraciones sobre Bimbo en particular y sobre los boicots y su legitimidad en general.

Acerca de Bimbo, lo que podemos comentar es que Lorenzo Servitje es uno de los empresarios más a la derecha y más activos en su línea reaccionaria en México. Para ello los lectores se pueden referir al libro de Edgar González Ruiz Cómo propagar el sida, conservadurismo y sexualidad (Ediciones Rayuela, México, 1994), en el cual el especialista explica cómo empresarios como el dueño de Bimbo financian campañas y organizaciones de derecha que se dedican a tratar de impedir las campañas de prevención del sida, la promoción del uso del condón, la despenalización de la interrupción legal del embarazo y, en general, los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres y los hombres, así como la diversidad sexual. Empresarios como Servitje no solamente participan en el debate público con declaraciones, como la que hizo contra las víctimas de desaparición forzada en Iguala, sino que financian grupos ultraconservadores que cabildean para que los legisladores nieguen los derechos humanos de mujeres y hombres, de jóvenes, de personas con preferencias amorosas y sexuales diversas… ahora amplía su radio de acción contra Ayotzinapa.

Por otra parte, el boicot es el ejercicio de un derecho ciudadano de los consumidores a negarse a consumir productos o servicios por motivos éticos y políticos, y aun de salud: los panes Bimbo hechos de harina y azúcar refinados, aun los mal llamados “integrales” que fraudulentamente incluyen más harina refinada que integral, más que ser nutritivos pueden fomentar la desnutrición y la obesidad. Un boicot no destruye empresas ni empleos. La derecha misma ha usado con eficacia el boicot. Por ejemplo el PAN hizo en 1988 o 1989 un exitoso llamado a no comprar los productos que se anunciaban en 24 Horas de Televisa, conducido por Jacobo Zabludovsky, porque solamente daba cobertura a las posturas del PRI- gobierno y no a las de la oposición PAN- Frente Democrático Nacional- PRT, que denunciaban el fraude electoral con el que Salinas llegó a la presidencia. Apenas comenzaban a pegar las calcomanías que llamaban a ese boicot en parabrisas de autos en el DF cuando las empresas anunciantes decidieron hablar con los directivos de Televisa y presionarlos para que 24 Horas hiciera modificaciones. Zabludovsky tuvo que comenzar a incluir las declaraciones de la oposición en sus noticieros. La derecha no se proponía destruir empresas ni empleos ni atacar lo que para ellos es sagrado: la propiedad privada de las grandes empresas, solamente llamaba a una medida de presión para lograr un fin y lo consiguió.

Lo preocupante es cómo las campañas de las empresas transnacionales han logrado ir penetrando ideológicamente en la mente de los consumidores para ir estableciendo en su imaginario sus logos y símbolos (como el Osito famoso) y la ideología empresarial de que son ellas, las empresas y marcas, las que “crean empleos”, dan generosamente prestaciones (ahora dádivas patronales y no derechos laborales) y defienden “la imagen de prosperidad” de México en el mundo: una mentira, por cierto, ya que la prosperidad en México no existe, en lugar de ella hay violencia masiva, miles de muertos, desaparecidos, desplazados, decenas de presos de conciencia, represión a las organizaciones sociales, a la prensa, feminicidios, negación de los derechos de migrantes, trabajadores, jóvenes, estudiantes, etc., y ello en gran medida debido a las políticas reaccionarias que el Estado mexicano ha tomado para complacer a una derecha empresarial con agresivos voceros como Lorenzo Servitje e Isabel Miranda de Wallace.

Es una falacia que boicotear un producto o marca o empresa destruya empleos porque los boicots son temporales, no duran por siempre, además, el dinero que ahorren no comprando panes Bimbo lo gastarán en panes de panadería o de otras marcas o comprando tortillas u otros productos o mercancías, que también hacen circular dinero y son producidos por trabajador@s asalariad@s.

Los boicots educan a los ciudadanos en su capacidad de reflexión y decisión para comprar. Antes de las invasiones de Estados Unidos a Afganistán e Irak, bajo el pretexto de la destrucción de las torres gemelas del 11 de septiembre de 2001, hubo llamados a boicotear empresas transnacionales que estaban involucradas en financiar o apoyar y beneficiarse de la guerra. Quienes participaron pudieron entender lo difícil que es boicotear demasiadas marcas al mismo tiempo o intentar boicotear todas las marcas de origen estadunidense. Pudieron reflexionar sobre cómo el consumo de ciertos productos hace prósperos a aquellos que fomentan las guerras e invasiones.

Y ya desde entonces había voces que decían que no había que boicotear esas marcas, incluso de gente que no las compraba por falta de poder adquisitivo, pero que “algún día las podría comprar”.

Los comentarios en redes sociales defendiendo a Bimbo son síntoma del éxito de la ideología neoliberal capitalista de las empresas: las campañas pro logo, y pro marcas, que cada cierto tiempo manejan las televisoras por iniciativa de los empresarios y sus cámaras patronales, llegan a obnubilar a muchos consumidores. Irreflexivamente olvidan que es el trabajo humano, i. e. las trabajadoras y los trabajadores, el que produce las riquezas, los bienes y servicios, y no los logos empresariales, que solamente representan la apropiación privada de riqueza socialmente producida Olvidan además que esa riqueza da a los empresarios un poder político que algunos, como Lorenzo Servitje, usan para promover el autoritarismo y la negación de los derechos humanos de muchas y muchos mexicanos.
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