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8 de mayo de 2015

El largo y difícil camino del yo al nosotros.

Por: Javier Hernández Alpízar, de Zapateando Medios Libres.

Hasta ahora habíamos entendido al capitalismo como un 
Envío un abrazo y pido disculpas a los compas zapatistas y los compas de La Sexta por no poder estar físicamente presente en el Seminario, pero saben que incluso quienes no pudimos hacer el viaje hasta la sede estamos con ustedes desde nuestros lugares de residencia y de lucha.
Comienzo a teclear este texto solamente con la mano derecha porque me fracturé el meñique de la mano izquierda. Es un dedo pequeño, pero su fractura inutiliza mi mano y reduce mi capacidad de hacer muchas cosas, casi todo en más del 50%, es decir, si normalmente soy medio inútil, estoy hecho inútil y medio. Espero que cuando lea esto para los compas ya habré recuperado la movilidad de mi dedo y mi mano izquierda, la del lado del corazón, y seré no ya inútil y medio sino sólo medio inútil, como siempre. La mano, junto con su mano hermana, y el cerebro y todas las partes de mi cuerpo son una unidad orgánica, un nosotros que es más complejo que la suma de las partes. Por eso la metáfora del cuerpo es adecuada para hablar del nosotros, al menos desde San Pablo al referirse a la iglesia, la asamblea de los cristianos. Y aun ahora usamos la analogía del cuerpo o del tejido social para hablar de colectivo, del nosotros. Como dijera el emperador y filósofo Marco Aurelio, necesitamos a los otros seres humanos como una mandíbula necesita a la otra y, puedo atestiguar yo desde mi plebeyo ser, como una mano necesita a la otra. Sin embargo en ocasiones no nos lo parece, como la paloma que –decía el filósofo de la razón pura– podría imaginarse que volaría mejor sin el aire que la limita, en el vacío, así, en ocasiones quienes hemos sido educados en el mundo moderno individualista imaginamos que haríamos mejor las cosas sin colectivo, sin equipo y sobre todo sin asambleas que nomás nos ralentan y atrasan: queremos aplaudir con una sola mano o comer con una sola mandíbula, ser como la sonrisa sin gato del País de las Maravillas. Pero no podemos prescindir ni de un meñique, y menos del izquierdo: pensamos—vivimos con todo el cuerpo y en el nosotros en el cual y del cual participamos, somos el yo que quiere jugar a las robinsonadas, pero necesita siempre al menos un Viernes y, aunque no lo reconozca, necesita y no puede sobrevivir sin toda una lengua—cultura heredada: el nosotros precede al yo y la comunidad es una condición indispensable para su vida y desarrollo, su bien y hasta su mal, porque fuera de nuestra relación con un nosotros somos más un fantasma que un ser humano: así que más vale ser un pensador y participante activo de un nosotros vivo y actuante que soñar con ser librepensadores independientes de nuestra condición social y, al mismo tiempo no ser otra cosa que intelectuales orgánicos, y de clóset, del neoliberalismo: donde el yo cree independizarse y saltar sobre su condición social como quien brinca sobre su sombra mientras en realidad se convierte en el muñeco de ventrílocuo del capital que dice, como el poema de Nicanor Parra: “Yo soy el individuo”.
Por eso aunque hoy les hable en primera persona les hablo del nosotros y del largo y difícil camino del yo al nosotros: Como mi mano derecha que sabe que sin su mano izquierda no es nada, o casi nada, que no es lo mismo, pero… habla un yo que se confiesa deudor de un nosotros, y aun necesitado de un nosotros más fuerte. Que se sabe condicionado y por suerte acompañado de un nosotros, sabe que es a lo mejor un meñique o la uña de un meñique o del dedo más pequeño del pie izquierdo, pero que se sabe parte, partícipe de un nosotros más fuerte, sabio y aun más audaz que el puro yo solo con su cuerda y sus trucos. Mi nosotros es no solamente el colectivo Zapateando, del cual formo parte, sino La Sexta nacional e internacional y la izquierda, la de abajo primeramente y ante todo.
Los seres humanos, desde esa historia antigua y profunda que los académicos llaman “prehistoria”, hemos vivido en familias, tribus, clanes, pueblos. Sin embargo, la modernidad, nombre prestigiado para llamar a la era burguesa y capitalista, nos pretende seducir con el canto de sirena del individualismo: yo pienso, yo existo, yo conquisto, yo protagonizo. Como ya nos mostró la película Los Picapiedra, incluso en la edad de piedra el neoliberalismo, quintaesencia y quintacolumna del capitalismo, es retrógrado: es el camino de disolución social, del nosotros a la soledad egoísta, solipisista e idiota del yo. Y no es que ahora pretenda demonizar al yo, pues como decía un viejo profesor: “el individualismo es una ideología, pero el individuo no es una ideología”, sin embargo: el lugar natural—social del yo, del individuo, es la comunidad, el colectivo, el nosotros. Fuera, claro fuera imaginariamente como la paloma que imagina volar en el vacío, el yo es solamente una marioneta del capital, capital cuyo proyecto social y político, o mejor dicho antisocial y antipolítico, es disolver todos nuestros nexos, vínculos o relaciones humanas, intersubjetivas, interpersonales para hacer que nuestro único vínculo posible sea el dinero, vía asalariamiento, vía compra venta, contrato social mercantil, vía economía criminal, que no es más que capitalismo sin ambages ni cortapisas, químicamente puro. Así ya no somos un nosotros sino la masa anónima de los explotados o el ejército industrial de reserva, en competencia por ver quién alcanza a ganar un salario para sobrevivir y alimentar a la prole. Para el proyecto del dinero de ser el único vinculo social, toda relación humana no regulada por el mercado, la ley de la oferta y la demanda o de la ley a secas, guardiana de inversiones y ganancias, es un plan subversivo, o al menos potencialmente subversivo: vagancia, errancia, vicio de las clases peligrosas, estigma de los que Etore Scola llevó al buen cine neorrealista italiano como los sucios, feos y malos; en una palabra, los condenados y excomulgados por el Señor Dinero. Creo que no es una exageración de teólogos y filósofos decir que el dinero es el verdadero dios de los modernos, los individuos: ponen en él todas las esperanzas que antes del capitalismo se ponían en dios o en los dioses. Si como dijo Marx, todo lo sólido se desvanece en el aire y todo lo sagrado es profanado: en lugar de todo lo que antes era sólido, sagrado y orientador, jerarquizador, axiomático y axial, es decir madre (como cuando decimos que un río “se salió de madre”), hoy es sustituido por el dinero y por el orden social que pone al dinero, la propiedad privada, las megaempresas, como el sujeto social: la corporación (especialmente la transnacional) es la persona, en tanto que los humanos, salvo prueba monetaria solvente en contra, somos delincuentes en acto o en potencia, insurgentes en activo o latentes, terroristas o conatos de ello. Solo el dinero hace algunos seres de excepción: limpios, bellos y buenos. Todos los demás somos objeto de sospecha para la policía, los militares o los cuerpos armados privados: “si no tienen dinero para qué existen, su pobreza es prueba de su maldad y peligrosidad”. En la predestinación divina, lenguaje neoliberal en clave teológica, el dinero es prueba de quién ha sido elegido por dios. Los demás estamos condenados, ni siquiera el voto (alquimia que suma individuos en un nosotros abstracto e impotente) puede salvarnos. El dinero es el Amo del Calabozo del sistema y establecer relaciones sin su mediación es la mayor herejía, el mayor delito y el peor pecado. El pecado nefando de hoy es no adorar y sacrificarse al dios dinero: in dollar we trust.
Como nos mostró la película Los Picapiedra
El enfoque de criticar a la modernidad es fructífero, pero es aún muy abstracto; paradójicamente es fiel a la pasión moderna por abstraer. Pero ver la modernidad en clave de capitalismo burgués ayuda a concretar el escenario. Las relaciones entre mercancías, dinero y capitales operan preponderando, fagocitando, colonizando, parasitando, refuncionalizando, subordinando y subsumiendo todo: pueblos, territorios, ciudades, países, culturas, personas y, en todas partes, alterando y colonizando el “mundo de la vida” que dicen los filósofos alemanes, y miren que ellos vieron al fascismo crecer desde el huevo. Nuestras relaciones interpersonales cotidianas, ordinarias, las de todos los días están colonizadas, parasitadas y alteradas por el dinero y su prestigio, su sistema y métodos. El individualismo (repetimos: el individualismo como dispositivo ideológico, no el individuo como ser humano o persona de carne y hueso) es una de las estrategias de control. No es solamente el socorrido “divide y vencerás” entre personas, por el cual no se puede (y si se intenta es a contra corriente) formar colectivo, sino que, a contrasentido de su etimología, según la cual el individuo es átomo, indivisible, por dentro el individuo se encuentra dividido, desgarrado y vertido, volcado y avocado, hacia lo que lo domina (alienado). Su ser necesitado de nosotros es mediado por su determinación social, el individualismo, la ideología burguesa, el consumismo, la exaltación de valores que parecerían poder liberarlo, pero lo atan más. Como se atribuye al objeto del deseo (desde el genio del cuento hasta el psicoanálisis), nunca sacia su fuente. Como el Rey Midas, el perseguidor del dinero se ve rodeado de cosas, pero no puede saciar su hambre ni su sed. Lo que solamente podría humanizar el trato con otros humanos se vuelve un afán incurable que el dinero no sacia. Al contrario, aumenta esa fiebre del oro, esa ambición que ya no sabe su nombre y ese malestar que, con vidas afectivas cada vez más pobres, halla salida solamente en pasiones tristes: resentimiento, envidia, miedo, celos, odio y acorazamiento en el yo.
Todo esto tiene que ser así para que el dinero y el poder de la violencia y el dinero manden, dominen, imperen, gobiernen, opriman, exploten, destruyan. Por eso lo que dijo medio en broma en anterior seminario Jean Robert es cierto: “nos habían enseñado a pensar el capitalismo como un modo de producción, pero ahora tenemos que pensarlo como modo de destrucción”. La cuarta guerra mundial contra la humanidad, pero también contra el planeta: personas, pueblos, territorios, naturaleza, historia, dignidad, memoria: todo está bajo ataque.
Paralelamente al endiosamiento alienado del yo está la atracción por las masas, el kitsch de la gran marcha que dijo Milán Kundera o el fenómeno de las masas que en la multitud buscan calor ante el gélido clima del individualismo, pero más que organizarse se aglomeran alrededor de un símbolo que saca su poder del carisma, la fascinación que ejerce sobre ellas, y que sin embargo parece tenerlo por sí mismo: el líder fetiche. Son las masas que preocuparon y ocuparon a Elías Canetti en Masa y poder, a Erich Fromm en El miedo a la libertad y a Serge Moscovisci en La era de las multitudes. Se trata de dos caras de la misma moneda: la afirmación del yo que se siente por encima de sus determinaciones sociales y la atracción por las masas, porque son el sucedáneo del poder como mecanismo, como correa de transmisión de arriba abajo, de elite a base. Pero es también una relación incierta, como la que se da entre el deseo y el genio de los cuentos. Ante esas dos salidas en falso del yo al nosotros tenemos que buscar un nosotros que no se ordene vertical y autoritariamente desde un liderazgo carismático o una elite de mandarines y personalidades selectas. Una organización de vocación y fuerza e inteligencia nosótrica, en la cual el individuo, o mejor: la persona, el ser humano de carne y hueso, no sea sacrificado ni anulado sino arropado, potenciado como parte no alienada sino participante, pensante y crítica del nosotros. De ahí la importancia de que el EZLN invitara a adherir la Sexta no solamente a organizaciones y colectivos sino a personas a título individual. Falta encontrar la proporción, el respeto, la transversalidad del sujeto donde la voz de unos y otros se escuche y cuente. Ese camino no es fácil, pero sin él no hay paso a un nosotros sano, de personas y no de masas fascinadas. Un nosotros que no nos obligue al anonimato y la impersonalidad sino que nos haga seres libres en participando de un nosotros: un colectivo autocrítico, no la Gran Bestia que criticó Simone Weil.
Para ellos, nuestras historias son mitos,
Recientemente pude leer Filosofar en clave tojolabal, del maestro ya difunto Carlos Lenkersdorf (¡cuántos maestros han muerto!, acabamos de tener el homenaje a Luis Villoro y al maestro Galeano, pero la lista es larga y sin ser exhaustivos incluye Andrés Aubry, Carlos Montemayor, Jan de Vos, Raúl Jardón, la Comandanta Ramona, entre otros) y entendí que el nosotros de los tojolabales y de los pueblos mayas y los pueblos indios de México es abierto, ni siquiera solamente a la humanidad sino incluso a los otros en la naturaleza: plantas, animales, fuerzas naturales; por cierto el religarse con lo otro cósmico es una forma de religiosidad, y no necesariamente pasa por iglesias o cleros. Me parece claro que pensar sin incluir a ese nosotros humano-natural, como horizonte de sentido y comprensión, pero también de acción y de respeto, nos empobrece y debilita. Sin embargo, la dificultad está en que fuera de los pueblos indios y de grupos colectivos organizados que han construido ese nosotros, siempre en proceso de afirmación y de perfeccionamiento o debilitamiento (la dignidad humana no es un estado que se alcanza de una vez para siempre, sino una permanente actividad de humanizarse), al resto de los mexicanos nos divide la ideología liberal positivista reeditada por el neoliberalismo. El nosotros es visto con desconfianza, porque la ideología imperante cierra nuestro horizonte al individualismo, a la familia nuclear o al reducido grupo de los muy cercanos. Y el nosotros indígena es visto con desconfianza y miedo por un sector de la sociedad mexicana que arrastra la tara del racismo colonial. La política de terror de estado, capitalismo sin cortapisas, va generando deliberada y sistemáticamente mayores miedos y desconfianzas, aislamiento y debilitamiento del nosotros. Incluso en algunos de nuestros colectivos tiende a reproducirse el patronazgo capitalista bajo la retórica de la democracia: como el Rey Julien de Los Pingüinos de Madagascar no falta quienes dicen: “para esta importante misión trabajaremos en equipo, yo seré el equipo”.
Para esta importante misión trabajaremos en equipo
De manera que hoy día emitir o mejor dicho reproducir la voz: “Yo soy el individuo”, más allá de ser susceptible a una reducción al absurdo como la que escribiera una popular usuaria de redes sociales: “Si te crees original perteneces a la clase de los millones que se creen originales”, es producir un insumo invaluable para la reproducción del capitalismo imperante. Por el contrario, producirnos como seres de carne y hueso en resistencia pasa, sin negar la importancia de la persona, de cada persona concreta, por construir el nosotros o mejor los muchos nosotros anticapitalistas, antisistémicos. Sin este referente colectivo, plural, tan abierto como el nosotros que nos ha mostrado Lenkersdorf en los compas tojolabales, no pasaremos de resistencias espirituales que sólo sirven para un falso alivio de la conciencia individualista. Y no es que menospreciemos las resistencias espirituales, de conciencia o simbólicas, sino que pensamos como Simone Weil y como Marx que si las ideas no se encarnan en fuerzas materiales, fuerzas que actúan en el mundo, por libertarias que se quieran, simplemente no salen del limbo de las buenas intenciones. La conciencia se libera con todo el cuerpo, el personal y el del nosotros, o no se libera.
Vivimos un momento en el cual es clave el pensamiento del profesor normalista rural Lucio Cabañas, muy citado pero poco atendido: “ser pueblo, hacer pueblo, estar con el pueblo”, donde el verbo ser y los otros también nos debieran preservar de todo vanguardismo. No somos la elite que va a redimir al pueblo, somos parte de un pueblo que tiene tradición y memoria de lucha. Sin ese nosotros que incluye historia, memoria, saber, dignidad y formas de lucha colectiva, los afanes de educar al pueblo (tan parecidos a la ideología liberal hegemónica) simplemente nos llevarán al ridículo del lenguaje falsamente popular, plagado de refranes y símbolos pseudoreligiosos o fusiles de la tradición pero sin sustancia, y ya saben a quienes me refiero, los encuentran en la boleta electoral, hasta abajo y con letra chiquita.
Los compas zapatistas han dado pasos en el sentido del construir un nosotros nuestro, es decir autónomo, no subordinado a la elite mesiánica liberal. De ahí el cambio de interlocutor para ir más abajo hacia quienes la elite ilustrada ha visto solamente como carne de cañón de la revuelta o de los comicios. Hacia allá, hacia el nosotros autónomo, ha apuntado y debe apuntar el sentido de trabajo desde la Sexta Declaración de la Selva Lacandona hasta la Escuelita Zapatista y estos seminarios. Es la invitación a no reducirnos al activismo, y claro menos a la inacción o a ser una izquierda de consumo que solamente reproduzca lo que se acuña como eslogan arriba y en la centro-izquierda, sino un sujeto histórico autónomo, que tenga su propio análisis de la realidad (no digamos solamente la acción directa sino el pensamiento directo) e incluso su análisis de las tendencias. Y aquí nos ha faltado a los adherentes y simpatizantes de la Sexta más debate, y éste, más fraterno y menos caníbal, e incluso dialogar críticamente con el zapatismo, porque la invitación no es a formar una parroquia y ortodoxias adjuntas, un pensamiento de sacristía de abajo y a la izquierda equivalente al de marquetin del arriba y a la centro izquierda, sino un pensamiento crítico. Sin embargo, en general, nos ha faltado madurez; además de la inhibición de que cualquier crítica, por fraterna que sea, pudiera ser aprovechada por la contrainsurgencia, digamos como una entrevista a John Berger fue usada alguna vez por Poniatowska y La Jornada, traicionado a su entrevistado. La crítica, donde quiera invocada pero por nadie soportada, es tan sucia, fea y mala como nosotros, creo que La Crítica debe ser adherente a la Sexta. Por ello estos espacios son para el diálogo crítico entre pares, espacios propios, nuestros, para escucharnos con la paciencia que el asunto requiere.
BB King es precursor de La Sexta (
Me parece que los zapatistas hoy a esto nos invitan: a decir claramente cómo vemos el panorama: si también percibimos la tormenta que ellos ven, el diluvio que decía Karel Kosík que venía, y qué pensamos acerca de todo eso. Así que trataré, estoy tratando, de articular mi voz con los pensamientos de compas que han participado junto a los zapatistas desde la Sexta y aún antes y han visto tanto la fuerza como las fallas de las iniciativas zapatistas, y sobre todo porque desde la Sexta no solamente son fallas de los zapatistas sino de todos nosotros. Junto a la mayor virtud que hemos mostrado, que es sobrevivir y perseverar, lo cual no es poco con el país bajo ataque, con los pueblos zapatistas resistiendo el cerco contrainsurgente, percibimos la insuficiencia para construir un nosotros más amplio, más fuerte, más articulado. Entre otros síntomas vemos la asimetría entre pueblos indios, algunas pocas organizaciones y el resto que nos hemos debatido en la falsa disyuntiva entre el miedo al verticalismo y el espontaneísmo más frágil. Configurarnos como un nosotros antisistémico es tarea necesariamente de organización; hay riesgos, pero el peor de todos es no organizarnos y dejar que nos barra el diluvio. Los zapatistas están mostrando un afán de llamar incluso a quienes no hemos sido campeones de la ortodoxia. Están buscando propiciar un diálogo plural, porque antes ha sido insuficiente. El dialogo y el escucharse mutuos se han visto interrumpidos por la violencia y el tener que resistir en lo inmediato. Hoy México es un pueblo herido, una gran parte de él es víctima directa o indirecta de la violencia del poder y el dinero organizados criminalmente, pero nuestra fuerza, pensamiento, acción y organización no son aún visibles para muchos, y en muchos casos se ha percibido el ruido del teléfono descompuesto y no lo que realmente dicen los compas y decimos todos; sin olvidar a los sinvergüenzas como Guillermo Almeyra que han mentido y puesto en boca de los zapatistas cosas que jamás dijeron. Habría que pensar en un medio impreso o una serie de medios impresos que puedan llevar más allá de las publicaciones virtuales la palabra, la pluralidad y diversidad de los que somos, el debate abierto y esclarecedor. La Sexta nacional e internacional tiene que embarnecer y constituir una presencia que pueda retar al sistema y ser un referente de lucha para los muchos inconformes. Lo decía el difunto Bolívar Echeverría: la Sexta está señalando el monocultivo de una forma hegemónica de hacer política y pugnando por las otras formas de hacerla. Rebasando la perspectiva de las anteojeras liberales que no ven más allá de las urnas, desde La Sexta tenemos que abrir la política, abrirla al pensamiento, la voz, la palabra, la presencia y la lucha de quienes nos habíamos negado a ver o que simplemente no habíamos sido capaces de ver: no sólo quienes ya están organizados, sino aquellos cuya digna rabia busca el nosotros con el cual arriesgarse y compartir objetivos de lucha. Los familiares de nuestros compas desaparecidos de Ayotzinapa son el claro ejemplo, de su dolor han sacado el coraje y la dignidad de luchar. Como ellos hay muchas víctimas, tantas como esa masa de agraviados que mucho temor inspiraban al difunto Julio Scherer en la entrevista que hizo al finado Marcos en Xochimilco en 2001. El escenario que dibujaron en esa entrevista l@s zapatistas ya está aquí; hoy nos dicen que en el horizonte otean una tormenta y nos preguntan cómo lo vemos nosotros. Sin hacer una consulta, me parece que muchos contestaremos: “está cabrón”. En ese escenario, lo que vemos menos dibujado y perfilado es un nosotros a la altura del reto. En esto espero equivocarme, pero si no crecemos, en fuerza, en sabiduría y en organización, vamos en desventaja. Así que es urgente tejer e incluso reconstruir o remendar, para seguir la metáfora del tejido. Comenzando por hacerlo entre los propios adherentes. Un claro pase de lista: ¿quiénes se reclaman aún de la Sexta y reconocen su compromiso y a nosotros como compañeros? Y una política de reagrupamiento, de buscar las coincidencias que nos permiten ser uno y diversos: incluso con aquellos que diferencias no graves nos hayan distanciado. No es una tarea de coyuntura, es nuestra manera de prepararnos para lo que viene, para que podamos decir, ser y luchar como un nosotros; “firmes y dignos”, como decía un personaje de una película que mucho le gustaba a la compañera Marta de los Ríos, otra de nuestras muertas y nuestros muertos cuya memoria nos compromete.Lo llamamos FILOSOFAR, porque Grecia no ha

La asimetría entre las organizaciones indias y comunitarias y los colectivos adherentes y simpatizantes que tratamos de no despegarnos de las y los compas, pero que estamos lejos de alcanzar a embarnecer para ser cuerpos más sólidos y nosótricos (usando el neologismo de Lenkersdorf), no se debe a que unos sean mejores y otros seamos peores: es el resultado de nuestras historias, nuestra herencia del colonialismo y la resistencia. El desprecio colonial hacia los indígenas los separó, los excluyó y de esa manera también les dejó cierta distancia, una asimilación menor, casos de excepción, al estilo Benito Juárez, son la confirmación de la regla, donde la inclusión y asimilación significó aculturación. A los pueblos indios esa exclusión les permitió en mayor o menor medida conservar su cultura comunitaria; en cambio, a los sectores oprimidos, humillados, también colonizados pero incluidos de modo subordinado en el proceso asimilador del mestizaje (un hecho sobre todo cultural, encabezado por la lengua castellana y emblemático de la construcción artificial de un modelo de nación “moderno”, con rasgos conservadores y liberales) no fuimos tratados con las distancias que permitieran un mayor resguardo de nuestra cultura indígena; sino que nos pasaron por el proceso castellanizador y luego mexicanizador desde el modelo criollo. Pero tenemos el ejemplo de los compas tojolabales (seguimos basándonos en el libro mencionado de Lenkersdorf), quienes fueron peones acasillados durante el periodo que ellos llaman el baldío, y ahora han ido reconstruyendo su tejido comunitario y depurando los elementos de autoritarismo del acasillamiento, en el capitalismo real colonialista. Así tenemos que proponernos rehacer comunidad, con una revisión crítica de nuestros usos y costumbres, propios o asimilados, pero depurándolos del patriarcalismo, la guerra contra el mundo natural y los elementos funcionales al capitalismo que se han instalado y operan en muchos de nuestros modos de hacer.
No podemos depender solamente de las convocatorias zapatistas: en el marco de la Sexta podemos y debemos fortalecer lazos locales, regionales, nacionales e internacionales. Así que sin suplantar a los compas, cuya iniciativa nos convoca hoy, tenemos que organizarnos local, regionalmente, y ser presencia antisistémica en todo el país, y eso incluye todas las iniciativas que formen, construyan, sujeto social colectivo, nosótrico. Reiteramos: los compas, creo ver, nos necesitan más cómo compañeros maduros en diálogo que como perennes discípulos. Los zapatistas han emprendido un proceso formativo, de construcción, con la Escuelita Zapatista, y otras organizaciones del país parecen también voltear hacia la importancia de los proceso formativos, cada cual según su modo y su tradición, pero tienen que ser procesos no meramente informativos y organizadores en la coyuntura, sino constructores de un sujeto colectivo democrático capaz de sobrevivir, luchar y proponerse objetivos a largo plazo. Sin embargo, en el plazo mediano y el inmediato, el agravio contra el pueblo, los pueblos, las comunidades, los barrios, las organizaciones, las distintas generaciones de mexicanos y mexicanas, es un agravio que nos reta y exige respuesta. Trabajar con miras tanto al plazo largo, en el cual los pueblos indios son expertos, y en los plazos más inmediatos, en el cual los integrantes de la llamada sociedad civil hemos venido enfangándonos, requiere poner al día nuestras herramientas y aún nuestros entendimientos teóricos. Además de rebasar el kit de pensamiento del Instituto Nacional Electoral, que los analistas más convencionales acostumbran, tenemos que elaborar un claro retrato del enemigo. No es únicamente lo que el andamiaje teórico liberal (y cierta perspectiva anarquista) ve: el Estado, sino también el capitalismo, pero no solamente el capital leído en la perspectiva marxiana más ortodoxa, sino el patriarcado, y además, como lo saben los compas indígenas, el colonialismo de una manera de leer y manipular el mundo (llamada “occidental”) que está en perpetua guerra de conquista y exterminio contra los pueblos y contra la naturaleza. Estas aristas han sido tocadas en la Sexta, y no representan meramente un trabajo intelectual para abordarse en un curso, o un taller, o una temporada de intenso estudio: son la tarea que nos reta, que nos obliga a ser un sujeto colectivo, plural, amplio, diverso, que integre en su entender y en su estrategia de acción una manera de enfrentar todos esos factores que se suman, más por simultaneidad y retroalimentación que por complot, en esa suerte de tormenta perfecta que los compas zapatistas divisan en el horizonte. Tenemos que ser mucho más que un Arca de Noé para defender y salvar al sujeto social hoy mascarado, torturado, desarticulado, porque también estamos obligados a preservar los elementos vitales, históricos y culturales para que el mundo que sigue no sea más pobre y brutal, como parece dibujar la tendencia de la guerra y el desprecio por lo viviente, sino el mundo de la oportunidad para nuestros mejores sueños y valores, los de la música de la lucha, como decía el finado relator de los cuentos de Viejo Antonio.
Los compas zapatistas han seguido convocando en el marco de la Sexta Declaración y no han propuesto una declaración nueva; así que a menos que nos dieran la sorpresa con un documento de convocatoria nuevo, en el marco de La Sexta que nos compromete, tenemos que convocarnos a transitar del yo (o del colectivo y organización donde estamos) al nosotros que encare la tormenta, el diluvio, para que juntos logremos derrotar a lo que sea que salga de ahí.
Con la Hidra Capitalista nos tardaremos un poco
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14 de febrero de 2015

Lenkersdorf en clave tojolabal




Babel

Lenkersdorf en clave tojolabal

Javier Hernández Alpízar

En las Crónicas marcianas de Ray Bradbury hay una que se llama “El marciano”. Un grupo de terrícolas llegan a las ruinas de una civilización marciana, uno de esos exploradores- invasores se enamora de esa civilización porque le parece que en ella el arte no estuvo separado de la vida diaria de los marcianos. Uno de los terrícolas se pierde. Todos se ponen alerta. De vez en vez son hostilizados por los disparos de alguien oculto. Cuando logran cercarlo y descubren quién es, se dan cuenta de que es el terrícola enamorado de la civilización marciana. Era para él tan hermosa, tan superior a la terrícola, que decidió ser un marciano y resistir. Todas las crónicas están llenas de ese tipo de melancólico lamento, de esa incurable otredad que padece lo uno, como diría por boca de Juan de Mairena Antonio Machado.

Carlos Lenkersdorf daba una conferencia inmediatamente después de que acababa una mesa redonda en la cual habían debatido varios académicos marxistas, entre ellos solamente recuerdo el nombre de Atilio Borón. Habían discutido sobre la gran conveniencia para las organizaciones revolucionarias de que gobernaran las izquierdas reformistas, porque, según ellos, bajo esos gobiernos reformistas las organizaciones revolucionarias podrían crecer más, ya se sabe que la revolución está siempre en el largo plazo. Lenkersdorf, antes de abordar su tema: la antropología lingüística y especialmente cómo le ha servido para poder ser alumno de los indios mayas chiapanecos tojolabales, quienes lo han educado en su lengua, cultura, cosmovisión y filosofía, en su sabiduría pues, comentó: Estuve escuchando la discusión de la mesa anterior y sí, entendí: “queremos la revolución, pero no la queremos ahora”. Con solamente un comentario barrió con esos discursos académicos que elaboran un análisis nacional, internacional, mundial, diacrónico, sincrónico, y luego de hacer temblar la montaña, como en el parto de los montes, dan a luz a un ratoncito: “vamos a votar por el centro izquierda, porque el verdadero cambio social no tiene hoy una correlación de fuerzas favorable”.

Yo solamente había visto el video una conferencia de Lenkersdorf (¡en VHS!), y la recuerdo un poco más que la conferencia de ese día. Acaso pude después escuchar en Xalapa a la experta en mayas clásicos rusa Galina Ershova platicando cómo los estudiosos rusos lograron descifrar la escritura maya clásica y ya leen y estudian a los mayas, especialmente su cosmología. De los mayas clásicos no sabemos, pero podemos comenzar a aprender lo que están leyendo quienes saben hacerlo; sin embargo, de los mayas contemporáneos, ¿qué sabemos?

Por suerte, Lenkersdorf tuvo la humildad intelectual y científica de hacerse alumno, discípulo de los tojolabales y aprender su lengua, estudiar su cultura, para poder asomarse a su sabiduría y algo de ello nos ha dejado en varios libros, de los cuales recientemente pude leer Filosofar en clave tojolabal. El autor no le exige a sus lectores aprender tojolabal, sino que va traduciendo, explicando, introduciendo al lector en una comprensión y un entendimiento general de la sabiduría tojolabal.

Hace un libro de sencilla lectura, contando cómo conoció primero a los indígenas tzeltales y los escuchó en una asamblea de la que solamente pudo retener el tik- tik con el que terminaban muchas de sus expresiones. Supo que el tik era el “nosotros” y después lo volvió a encontrar al estudiar y aprender el tojolabal. De ahí, la reflexión de años para comprender la lengua- cultura tojolabal (que en esto se parece a las otras lenguas- culturas mayas) lo llevó a comprender que la palabra clave para entenderlos es el “nosotros”.

Así va explorando algunos de los aspectos de la cosmovisión y la sabiduría tojolabal, de la cual defiende que sí existe una filosofía, una sabiduría que ayuda a forjar más que un cerebro un corazón (como en los nahuas clásicos había encontrado Miguel León Portilla: “tener un rostro y un corazón”), un pensar- sentir- actuar cordial. De esa manera de pensar con un corazón colectivo, nosótrico, no monista sino pluralista, además no puramente antropocéntrico sino donde (desde la estructura lingüística) no hay un sujeto frente a otros objetos sino relaciones entre sujetos, intersubjetivas, donde hay sujetos, además de los humanos, como la lengua misma, los seres animados (animales, plantas, la milpa) e incluso los que para nosotros son inanimados, y una muy otra compresión del tiempo, donde el tiempo no es nuestro sino nosotros de él e incluso nosotros podemos ser un tiempo (una época, una apertura temporal), otra forma de relacionarse con el mundo todo, otra forma de entender la relación política nosótrica (de donde viene el mandar obedeciendo, es decir que las autoridades son trabajadores comisionados o delegados para hacer algo bajo el mandato de la comunidad), otra forma de entender la humanidad (con una apertura no etnocéntrica sino a un nosotros en conformación que abarca a la humanidad, que no puede dar lugar a un sectarismo racista o a un “choque de civilizaciones” porque no hay monismo sino pluralidad: un mundo donde quepan muchos mundos).

Desde luego, Lenkersdorf no es un académico mojigato y “apolítico”, sabe que hablar de los indígenas tojolabales y mayas hoy es hablar de organizaciones suyas como el EZLN y de otras donde se forma un nosotros más amplio como el CNI. Y muestra cómo el paso organizativo de ese nosotros viene de lo profundo de sus filosofías, al menos por lo que podemos alcanzar a comprender de los tojolabales. Sabe que además un no indígena puede hacerse alumno, discípulo de los indios mayas, y así como lo hizo el Marciano de las crónicas de Bradbury, así como lo hizo el difunto Marcos y lo hace actualmente Galeano, así lo hizo Lenkersdorf, quien se apropió también de una sabiduría, un rostro y un corazón, traduciendo con los tojolabales, aprendiendo con ellos, entrando en el proceso de ser un nosotros humano y cósmico.

Cuando los zapatistas llegaron a la ENAH en 2001, decía un amigo marxista, a los antropólogos se les rebeló el objeto de estudio: porque no son un objeto, son un sujeto colectivo, un nosotros, y no están para ser estudiados mediante métodos etnológicos: están para ser maestros de su cultura y sabiduría. Sin embargo, para tratar de entenderlos hay que aprender algo muy importante: aprender a escuchar, a poner atención. Contrario a todos los colonizadores que pretenden llegar a las comunidades indias, campesinas, rurales y aun urbanas a “enseñar”, “educar” o “dar línea”, Lenkersdorf llegó a escuchar, a pedir ser educado, a aprender. Pocos han tenido esa capacidad, de no pensar que “nuestros pueblos son ignorantes y hay que enseñarles muchas cosas” sino de decir: “estos pueblos indios son mis maestros”. Por ello Lenkersdorf puede en libros como Filosofar en clave tojolabal decirnos cosas tan subversivas, en el corto y el largo plazo, y no en el nihilismo del futuro que nunca llega, como: “Grecia no ha sido la una de toda clase de filosofía, ni tampoco el manantial de la cultura universal. El filosofar a la griega, que de maneras diferentes a conformado el filosofar occidental, tiene que reconocer que hay muchas maneras de ser “amigos de la sabiduría”, que se traduce al tojolabal como “tener corazón ya” (´ayxa sk´ujol).”

Mucho hemos buscado en la filosofía occidental a los disidentes que se paran en el umbral de lo otro y lo señalan sin atreverse a salir de su piel y caminar hacia el lugar a donde señalan, temerosos de perder la herencia que saben ya caduca pero es todo lo que tienen. Sin embargo con los mayas y los pueblos indios, contemporáneos y clásicos, podemos tener maestros que nos enseñen, como diría Lenkersdorf: “una filosofía corazonada, tal vez mejor dicho cordial, y no tan intelectualizada, sin que se rechace el pensar.” La cual curiosamente coincide con muchas de las propuestas de las teorías cognitivistas del último siglo: conocemos no sólo con la mente sino con nuestra mente- cuerpo, afectivamente, con los “objetos” en cuya red nos movemos y producimos y, dirían los tojolabales, además conocemos, sabemos, actuamos, como un nosotros. Aunque, según occidente (lo que Boaventura de Sousa Santos ha llamado epistemicido: producirnos como no existentes), no somos, no existimos, no sabemos, no filosofamos, sin embargo, sí hacemos todo eso y también resistimos y nos rebelamos. O al menos, con ellos, los indígenas, estamos invitados a hacerlo, a formar parte de su humano y corazonado nosotros.

Carlos Lenkersdorf, Filosofar en clave tojolabal, Porrúa, México, 2005, 273 págs. Disponible en pdf en: http://www.olimon.org/uan/lenkensdorf.pdf
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