Buenos días, tardes, noches, madrugadas.
Queremos agradecerles a quienes asisten, sea aquí en el CIDECI, sea
a la distancia en geografía y calendario, a este segundo Encuentro de
ConCiencias por la Humanidad, cuyo tema central, se supone, es “las ciencias frente al muro”.
Celebramos que hayan decidido participar, sea como ponentes o como escuchas y videntes,
Mi nombre es SupGaleano y ahora no voy a hablarles de ciencia, ni de arte, ni de política, ni les voy a contar un cuento.
En cambio, quiero hablarles de un crimen y de sus posibles análisis o explicaciones.
Y no un crimen cualquiera, sino un crimen que rompe los calendarios
y redefine el tiempo; que amalgama al criminal y a la víctima con la
escena del crimen.
Un crimen, digo. Pero… ¿Un crimen en curso? ¿Uno ya perpetrado?
¿Uno por cometerse? ¿Y quién es la víctima? ¿Quién el criminal? ¿Cuál
es la escena del crimen?
Tal vez alguna, alguno,
algunoa, esté de acuerdo conmigo que los crímenes son ya parte de la realidad que se padece en México, y en cualquier parte del mundo.
Crímenes de género o
feminicidios, de homofobia, racistas,
laborales, ideológicos, religiosos, por la edad, por la apariencia, por
negocios, por omisión, por el color, y así.
En resumen: un territorio anegado en sangre. Tanta, que las
víctimas ya no tienen nombre, son sólo números, índices estadísticos,
notas de interiores o de relleno en los medios de comunicación.
Incluso
cuando la sangre es de quienes, como ell@s, trabajan de comunicadores,
Miles de crímenes con minúsculas, que se alimentan de un crimen mayor,
La aberración es tan grande, que los deudos de las víctimas tienen
que luchar ya no por la vida de sus ausentes, sino porque no mueran dos
veces: una de muerte mortal y la otra de muerte de memoria.
Para no ir muy lejos, en México, ya se puede decir que alguien “murió de muerte natural” cuando es víctima de la violencia.
Cada actividad, cada paso, cada instante de una vida otrora normal, ahora transcurre en la incertidumbre…
¿Llegaré con vida al trabajo, a la casa, a la escuela, al día
siguiente? ¿Encontrarán mi cuerpo? ¿Estará completo? ¿Dirán que yo lo
provoqué y me harán responsable de mi ausencia? ¿Tendrán mis cercanos
que luchar por encontrarme, por recordarme? Mi familia, mis amistades,
la gente que me conoce, quien no me conoce, ¿dedicarán un pensamiento a
mi muerte, un tuit, un comentario en voz baja, una lágrima? ¿Y
después? ¿Seguirán adelante? ¿Guardarán silencio? ¿Cómo reaccionarán
cuando no se diga que asesinaron una mujer, sino que una mujer murió?
¿Cuál su valoración cuando la nota roja detalle mi ropa, la hora, el
lugar? ¿Alcanzará mi muerte al mínimo necesario para que los
gobernantes decreten una alerta de género? ¿Mi asesino, sí, en
masculino, será castigado? ¿Quién explicará qué del crimen que me atacó
por ser mujer? Sí, joven, niña, adulta, madura, anciana, bonita, fea,
flaca, gorda, alta, baja, siempre mujer.
¿Por qué no me advirtieron que nacer y crecer mujer en este
calendario, en cualquier geografía, reducía mi esperanza de vida y que
cada maldito minuto iba a tener que luchar, ya no sólo para ser valorada
y respetada por mis méritos, grandes o pequeños, para tener una
retribución justa por mi trabajo, para tener oportunidades de estudio,
de trabajo, de relación, para ser feliz o infeliz, según fuera
arrastrándome o caminando o corriendo por los calendarios, para ir
tirando pues, o como cada quien le diga a vivir; no, resulta que también
tengo que luchar para que no me maten, no una, dos, tres, cien, miles
de veces?
Porque me mata el hombre que me mata, y me mata quien ignora mi
muerte, la matiza, la maquilla, la enmascara, la ensucia con su
maledicencia (“se vistió provocativamente”, “estaba tomando”, “estaba en
un antro”, “andaba de noche”, “andaba sola”) ocultando que mi delito es
vivir. Así nomás, vivir. Sin importar mi edad, mi credo, mi color, mi
posición política, mis ideas, mis sueños y mis pesadillas. Mi asesino
no se decidió porque fuera yo a votar o abstenerme, porque votara rojo o
verde o azul o café o amarillo o independiente o la verdad es que ni
credencial de electora tengo. Tampoco fue la edad su móvil: soy niña,
joven, adulta, madura, anciana. Me asesinó porque soy mujer.
Así estamos, oiga. Aceptamos que la explicación de un crimen de género, del asesinato de una mujer, del
feminicidio,
sea esa: es que era mujer, quién le manda, ella se lo buscó, y que siga
la cacería. Porque el silencio es complicidad, y la complicidad es la
celebración del crimen. Sólo un cambio de casilla: del crimen a la
normalidad. Brindemos porque es éste el sistema que culmina la
historia, donde la humanidad alcanza su máximo desarrollo, donde el
progreso y el bienestar pueden ser disfrutados por todo aquel que
trabaje y se esfuerce.
Eso es el sistema capitalista, oiga, el sistema en donde asesinar a
una mujer es parte de la vida diaria, de la muerte cotidiana, del
terror asumiendo su identidad de género.
¿O no? ¿O todo depende de quién explique mi muerte? ¿O ya no
importa? ¿Ya ni siquiera merece una explicación? Mi muerte es como la
lluvia que hace más lento el tráfico y que uno, una,
unoa,
padece con el fastidio de quien llegará tarde al siguiente asesinato
como se llega tarde al siguiente semáforo? ¡Chin! Otra vez rojo, otra
muerta, otra asesinada, otro retraso.
Decía el finado SupMarcos que, para ser tomados en cuenta, los
indígenas tenían que morirse por miles. Que si eran unos cuantos,
normal. Que si eran unas decenas, “es parte su naturaleza bárbara”,
“síntoma de retraso cultural”, “el gobierno debe cumplir con la deuda
histórica con las más desprotegidos”. Que si eran cientos, “¡ah, las
desgracias naturales, pobrecillos!”. Si ya eran miles, entonces sí
alguien preguntaba “¿qué está pasando?, ¿por qué?”
Así que cabría preguntarse: ¿Cuántas mujeres asesinadas se
necesitan para que nos preguntemos qué está pasando y por qué? ¿Quién
es el responsable del crimen? ¿Quién es la víctima? ¿Cuál es el móvil?
¿O vamos a esperar el siguiente escándalo en las redes sociales?
¿En serio? ¿Dónde antes había la limosna del lamento o una moneda,
ahora un
tuit, un hilo si me apuran?
Hace poco tiempo, en esa fuente perene de sabiduría, tolerancia y
preocupación por el bien común que es la red social “twiter”, un usuario
reprendía a una usuaria que condenaba el asesinato de una mujer (otra
más) como
feminicidio. El usuario en cuestión le decía, palabras más, palabras menos: “No es
feminicidio porque ella no era feminista, era sólo una mujer”, Y remataba así “ustedes las
feminazis
no respetan a las demás mujeres y quieren extender su odio a todas”.
Mi imagino que la réplica que recibió el usuario fue del tipo “no puedes
acceder a esta cuenta, porque has sido bloqueado porque la usuaria es
alérgica a la estupidez”.
-*-
Un crimen de género. Podríamos intentar una explicación, una
hipótesis. Podríamos, por ejemplo, preguntarle al asesino por qué
cometió ese crimen.
Les adelanto que las justificaciones serán muchas pero siempre la
misma. La respuesta inconfesable del varón siempre será: “porque puedo
hacerlo, ya vendrán otros, otras, a darme la razón, el móvil”.
Y sí, aunque todo depende.
Por ejemplo:
Hace unos días, la agencia de noticias Apro, informó: “
Al
deplorar los feminicidios en el país, el cardenal Juan Sandoval Íñiguez
hizo referencia a un presunto experimento en Juárez, Chihuahua, donde un
policía vestido de civil a bordo de un auto de lujo “conquistaba” a
mujeres para llevarlas a la presidencia municipal, donde las reprendían
por su comportamiento diciéndoles “con cualquiera se suben, por eso las
matan”.
En entrevista para Canal 44, tras asistir a
una plática de la Coparmex, el también obispo emérito de Guadalajara
dijo hoy que el alarmante incremento de los feminicidios en el país se
atribuye a la “imprudencia de las mujeres”.
“De parte de la mujer puede haber cuando menos imprudencia. Con
cualquiera que sale por ahí bien vestido, se comprometen, se enganchan”,
soltó Sandoval Iñiguez para enseguida hacer referencia al supuesto
experimento realizado en Ciudad Juárez.
Como pueden apreciar, aquí ni siquiera se menciona a los asesinos.
La responsable de su asesinato es la mujer y su “natural” imprudencia.
Oh, lo sé. Ustedes se preguntan a qué viene toda esta perorata sobre los
feminicidios, si aquí estamos para hablar de las ciencias y el muro.
Bueno, en mi defensa alego que estoy describiendo una parte de ese
muro. Y lo primero que resalta en él, es un extendido grafiti, que
abarca los 5 continentes, donde la sangre ocre de las mujeres víctimas
de la violencia colorea la palabra “CULPABLE”.
Claro, depende. Hay quien ve los grandes avances científicos y
tecnológicos, las urbes soberbias, las doradas luces reflejadas en los
rascacielos.
Y nosotros aquí de necios e irresponsables, escuchando que estamos
frente a un crimen. El más grande, profundo, extendido y terrible en la
historia de la humanidad. Un crimen hecho sistema.
Pero yo aclaré, al inicio, que no iba a hablar de ciencia, ni de
arte, ni de política, ni iba a contar un cuento. Dije puntualmente que
iba a hablar de un crimen. Así que va en su cuenta de usted si sigue
escuchando, leyendo o dándole
click al ícono de recarga porque la transmisión en stream ya se cayó y la pantalla de la
compu,
la tableta, el celular, se congeló en esa palabra que bien puede
resumir la explicación que el sistema da a los asesinatos de mujeres:
“CULPABLE”.
Y mientras la transmisión se reanuda, volteo a mirar hacia arriba
para ver y escuchar si alguien está hablando de eso, de esos crímenes.
Pero nada. Tal vez falla mi conexión y en realidad sí se está hablando
de eso y se están proponiendo planes, estrategias, tácticas para acabar
con esa pesadilla.
Y entonces, mientras la transmisión se reanuda, usted, nosotras,
nosotros, escuchamos las palabras del poeta Juan Bañuelos. Es apenas un
eco el sonido de su voz, porque es de hace diez años, en ocasión del
homenaje que recibió en el Encuentro de poetas del mundo latino, en el
2007. En su voz no hay celebración por el premio. Hay, en cambio, un
ligero temblor de dolor, de indignación, de rabia. Ahora se escucha:
“
Pero a lo que voy, concretamente, es a lo siguiente: el 22 de
diciembre de 1997 se perpetró el asesinato de 45 indígenas en la
comunidad de Acteal, que está en el municipio de San Pedro Chenalhó, en
el estado de Chiapas. La más sangrienta de muchas agresiones que han
sufrido: la saña con que mujeres, niños y hombres fueron asesinados por
grupos paramilitares. El gobierno quiso explicar que se trataba de
“luchas intertribales”. No es casual, también, que la mayoría de los
muertos hayan sido mujeres ni que la violación sexual hecha por los
grupos paramilitares fuera para sembrar el terror en las comunidades y
para atacar los proyectos autonómicos.
Desde la fundación del grupo indígena Las Abejas la respuesta
fue la violación tumultuaria, en diciembre de 1992, contra las esposas
de los fundadores, una de ellas con siete meses de embarazo. La masacre
de Acteal significa que matando a las mujeres se destruye un símbolo de
la resistencia: el fin es “matar la semilla”, ése fue el grito de los
paramilitares ese 22 de diciembre: que no se multipliquen más los
indios. El asesinato en Acteal no es la hechura de una violencia loca ni
de venganzas tribales o personales. El que no se haya investigado a
fondo y se identifique a los culpables en estos 10 años de los hechos es
responsabilidad sólo de los grupos de poder estatales y de los
presidentes de México que hemos tenido. No se ha resuelto nada.”
Imagino que hay una pausa, tal vez para aclarar la voz, tal vez para tratar de controlar la rabia:
“Al día siguiente del 22 de diciembre de 1997 fui enviado a
Acteal como miembro de la Conai (Comisión Nacional de Intermediación por
la Paz) para investigar lo que había sucedido. La impresión fue
espantosa: hallamos ropas ensangrentadas de niños y mujeres en las ramas
de los arbustos, y en una cuevita donde trataron de esconderse. Algunos
de los sobrevivientes dieron su testimonio contando pormenores sobre
cómo fueron masacradas algunas mujeres al abrir su vientre (cuatro
estaban embarazadas) y extraerles a sus nonatos, con tal saña que
sintetiza una política de exterminio.
Micaela, una niña de 11 años, tiene mucho miedo. Ella nos cuenta
que desde temprano está con su mamá rezando y jugando con sus hermanitos
para que no den lata. Hay varias mujeres en la ermita.
A las 11 de la
mañana empezó la balacera, los niños empezaron a llorar, hombres y
mujeres empezaron a correr, y a otros los alcanzó la bala ahí mismo; un
disparo le llegó por la espalda a la mamá de Micaela. La encontraron por
el llanto de los dos niños que luego fueron asesinados. Micaela se
salvó porque la creyeron muerta. Tenía mucho miedo y fue a esconderse a
la orilla del arroyo. Ahí vio cómo los paramilitares regresaron con
machetes en la mano; se reían, hacían bulla, desvistieron a las mujeres
muertas y les cortaron los pechos. A una le metieron un palo entre las
piernas y a las embarazadas les abrieron el vientre y sacaron a sus
hijitos y juguetearon con ellos: los aventaban de machete a machete.
Después se fueron los tipos gritando, gritando y gritando. A Micaela la
tomó de la mano su tío Antonio para ir a buscar a sus primos o a gente
conocida que pudiera estar viva entre los muertos. Ella sigue relatando:
“rescatamos a dos chiquitos que estaban junto a su madre muerta; el
niño tenía la pierna destrozada, otra niña tenía el cráneo desbaratado y
se revolvía tratando de aferrarse a la vida. Después del genocidio
muchos no pudieron combatir la tristeza: Marcela y Juana han perdido la
razón, ya no hablan, sólo emiten monosílabos ante el ruido de
helicópteros militares que sobrevuelan la comunidad”.
Juan Bañuelos se disculpa. Sabe que su palabra sonará anacrónica para algunos de los asistentes (de entonces y de ahora):
“Que el público de esta noche me perdone si en esta fiesta de
la palabra con poetas de diferentes países he tenido que abordar la
matanza espantosa de Acteal, de hace 10 años, aún sin ninguna solución,
pero es que yo nací en Chiapas y fui miembro de la ex Conai y no puedo
mantenerme callado.
A algunos les pareceré radical por exigir
cambios profundos en mi país; sin embargo, les respondo con el
pensamiento de José Martí, el gran poeta de América: “Radical no es más
que eso: el que va a las raíces. No se llame radical a quien no ve las
cosas en su fondo. Ni se llame hombre quien no ayude a la seguridad y
dicha de los demás hombres”, porque hay que sostener que “patria es
humanidad”. Por lo mismo, y por lo tanto, este homenaje a mi persona lo
trasfondo, lo cambio y lo transfiero a la memoria de los masacrados en
Acteal.”
Juan Bañuelos, poeta al fin, lee el poema de la poetiza Xuaka´ Utz´utz´Ni´, titulado “
Para que no venga el Ejército”:
Escucha, sagrado relámpago,
escucha, santo cerro,
escucha, sagrado trueno,
escucha, sagrada cueva:
Venimos a despertar tu conciencia.
Venimos a despertar tu corazón,
para que hagas disparar tu rifle,
para que dispares tu cañón,
para que cierres el camino a esos hombres.
Aunque vengan en la noche.
Aunque vengan al amanecer.
Aunque vengan trayendo armas.
Que no nos lleguen a pegar.
Que no nos lleguen a torturar.
Que no nos lleguen a violar
en nuestras casas, en nuestros hogares.
Padre del cerro Huitepec, madre del cerro Huitepec,
Padre de la cueva blanca, madre de la cueva blanca,
Padre del cerro San Cristóbal, madre del cerro San Cristóbal:
Que no entren en tus tierras, gran patrón.
Que se enfríen sus rifles, que se enfríen sus pistolas.
Kajval, acepta este ramillete de flores.
Acepta esta ofrenda de hojas, acepta esta ofrenda de humo,
Sagrado padre de Chaklajún, sagrada madre de Chaklajún.
Juan Bañuelos termina su intervención diciendo:
“Exigimos juicio sumario para el norteamericano ex presidente Zedillo y sus cómplices.”
¿Le aplauden o no? No lo sabemos. La grabación se corta
abruptamente con la palabra “cómplices”. En una reunión de poesía, un
artista de la palabra ha decidido hablar de un crimen y, en lugar de
agradecer el homenaje, ha demandado verdad y justicia. Juan Bañuelos no
lo sabe, porque la muerte natural lo dejó sin palabras hace algunas
lunas, pero los asesinos materiales e intelectuales de ese crimen están
libres con la complicidad, entonces y ahora, de los líderes del mexicano
Partido Encuentro Social.
Y hace unas horas acaba de fallecer, en paz y “con los auxilios
espirituales de la santa madre iglesia”, uno de los autores
intelectuales de esa matanza: el general Mario Renán Castillo Fernández.
Y donde digo Acteal, pueden ustedes, ajustando su calendario, decir
ahora “Chalchihuitán” o “Chenalhó”. Y agregar la variable de la
disputa por la próxima gubernatura de Chiapas entre el PRI-rojo y el
PRI-verde. Ellos pondrán los candidatos, sus militantes indígenas ponen
ya los desplazados y los muertos.
Dije antes que nadie estaba hablando de los crímenes contra las
mujeres. Bueno, depende de a dónde se dirijan el oído y la mirada.
Porque hay una mujer que se llama Guadalupe y le dicen “Lupita”. Tenía
10 años cuando la matanza de Acteal y le tocó vivir ese horror y morirlo
también con sus seres cercanos. Ahora Lupita es concejala del Concejo
Indígena de Gobierno y, junto a la vocera de ese Concejo, Marichuy, anda
los caminos de este país y cuenta esa historia.
Lupita habla con otras mujeres. Algunas son como ella, otras no. A
unas y a otras, les habla y no sólo les dice: “mírate en esta historia
porque ya es también la tuya”. También les dice: “organízate, resiste,
no te rindas, no te vendas, no claudiques. No esperes a que el terror
entre a tu casa, tu calle, tu escuela, tu trabajo.”
Ni Lupita ni la vocera caminan solas. Otras concejalas, indígenas
como ellas, mujeres como ellas, trabajadoras como ellas, pobres como
ellas, madres como ellas, esposas como ellas, hijas como ellas, abuelas
como ellas, hermanas como ellas, organizadas como ellas, rebeldes como
ellas, caminan y hablan en otras partes de este crimen llamado “México”.
No hay lujos para ellas, ni aviones privados, ni reporteros de la
fuente asignados. Dicen algunos que están juntando firmas para que la
vocera Marichuy sea candidata independiente a la presidencia de la
república. No sé si están juntando firmas. Ellas dicen que están
juntando dolores, rabias, indignaciones, y que no hay una aplicación
cibernética para recabar eso, ni celular de gama baja, media, alta o
venti que soporte esos terabytes. Sólo tienen su oído, su corazón. Su
palabra es invariablemente la misma: “organización”, “resistencia”,
“rebeldía”.
No lo dicen, pero así dicen: “
no me tengas lástima, no te pido limosna, sólo te digo: mírate al mirarme, y al escucharme, escúchate”.
Entonces yo les pregunto a ustedes, a quienes asisten, escuchan,
leen, miran: “¿merece el Concejo Indígena de Gobierno la oportunidad de
recorrer más lugares, de hablar con más personas, de escuchar más
dolores y, en lugar de ofrecer promesas, programas de gobierno y
gabinetes, también denunciar un crimen, compartir su explicación de él e
invitar a acabar con el criminal? No acomodarlo, no matizarlo, no
maquillarlo, no reciclarlo, no perdonarlo, no olvidarlo. No, acabarlo,
destruirlo, desaparecerlo.
La respuesta a esa pregunta, ya lo sabemos, depende de quién, de dónde, de cómo.
-*-
He hablado de una parte del crimen. Porque, como dije al
principio, no voy a hablar de ciencia, ni de arte, ni de política, ni
voy a contar un cuento. Sin embargo, al hablar del crimen hablo también
de las explicaciones que de él se dan, Y la explicación de este horror
cotidiano varía. Depende desde dónde se explica y depende de quién da
cuenta de él.
Fiel a su esquema a modo, el Partido Revolucionario Institucional
de Acteal, renovó su persistencia delictiva en este sexenio. No le
basta la corrupción rampante, la ineficacia administrativa, la torpeza
diplomática, la frivolidad como estilo de gobierno.
No, el PRI necesita siempre un crimen aterrador que lo mantenga en
los parámetros que le dan identidad, color, vocación y proyecto.
Y, como en Acteal, las mismas plumas que archivaron en “conflicto
intertribal” el asesinato de mujeres, niños y hombres desarmados, para
Ayotzinapa construyeron la tesis del “enfrentamiento
internarcos”.
Curiosa esa definición de “enfrentamiento” que puebla los
tribunales jurídicos y mediáticos del Poder: una de las partes está
armada y la otra indefensa, pero se trata de un “enfrentamiento”.
En el esquema gubernamental, un agotado procurador general de
justicia declaró que los quemaron y ya, a rezar para que no ocurra de
nuevo.
En ese tiempo de la llamada “verdad histórica”, un grupo de
científicos demostró que no era posible esa explicación. Pero el
supremo gobierno se mantuvo en su esquema validado por los grandes
medios de comunicación.
La desaparición forzada de los jóvenes estudiantes de la Escuela
Normal de Ayotzinapa, en el estado de Guerrero, sigue siendo atribuida a
una banda narcotraficante rival. Y en torno a ella, se construye un
esquema de entendimiento de la realidad.
El PRI hecho gobierno sostiene, con un cinismo escalofriante, que
todo lo que lo exhibe como lo que es, es decir, un sicario con gabinete
graduado en el extranjero, es siempre atribuible al Satán en turno: el
crimen organizado en contubernio con un grupo de científicos perversos.
El gobierno tricolor confiesa así, con una imbecilidad blindada,
que no es responsable de nada porque él es, en esencia, el crimen
desorganizado.
Pero, como en Acteal, en Ayotzinapa hay quien no se resigna, quien
no se rinde, quien no se vende, quien no claudica, y, con tierno empeño,
persiste en la demanda de verdad y justicia.
-*-
Creo que hay una cosa en neurobiología que se llama “el síndrome
del miembro fantasma”. No me hagan mucho caso, mejor acudan a quien le
sabe a eso de la neurociencia, pero creo consiste en que hay percepción
de sensaciones de que, un miembro del cuerpo humano que ha sido
amputado, todavía está conectado al cuerpo. Es decir, ya no se tiene la
mano, o el brazo, o la pierna, o el ojo, pero se “siente” que sí se
tiene.
Y, tal vez, es un supositorio, cuando decimos “fue el Estado”,
“Estado Fallido” o “Narco Estado”, nos estamos refiriendo a una
ausencia. Y que lo que contemplamos y de lo que nos quejamos no es sino
una muestra del “síndrome del miembro fantasma”. El Estado Nacional ha
sido amputado en la etapa actual del capitalismo y lo que percibimos es
el eco de su existencia. Ya no hay Estado, lo que hay es una banda de
criminales sostenida por un grupo armado que se amparará en la Ley de
Seguridad Interior para que el dolor y la rabia no falten en las mesas
cotidianas de México.
Hace unos días, el señor Enrique Peña Nieto ha declarado, palabras
más, palabras menos, que este del 2017 fue un buen año para México. Al
escucharlo decir esto, uno se pregunta si no es alguien a quien le han
amputado no sólo la vergüenza y la decencia, también el cerebro, y
refleje el síndrome del miembro fantasma: ya no tiene cerebro, pero
actúa como si lo tuviera.
-*-
“Todo depende de un punto de vista”, nos dicen las mil lenguas del
Poder, “no hay una realidad conocible, sino múltiples realidades que
dependen de esquemas diferentes”.
Entonces yo vengo a preguntarles:
Si hay un crimen, ¿su explicación depende de un punto de vista o podemos analizarlo con el apoyo de las ciencias?
Gracias por el oído, gracias por la mirada, y gracias, sobre todo, por su impopular práctica científica.
Desde el CIDECI-UniTierra, Chiapas.
SupGaleano.
México, diciembre del 2017.
DEL CUADERNO DE APUNTES DEL GATO-PERRO:
DEPENDE.
En una comunidad zapatista, en el salón de clases, la promotora de
educación le pregunta a la niña autodenominada “Defensa Zapatista”, si
hizo la tarea.
En la
morraleta de la niña se alcanza a ver la cola del gato-perro, seguramente resguardado del frío que viste esa mañana.
Defensa Zapatista se pone de pie y dice:
“
Eso depende maestra”
“¿Cómo que “eso depende”?, no entiendo”, pregunta la maestra casi como un reflejo.
Defensa Zapatista suspira resignada, pensando hacia sus adentros “
pues ni modos, le tengo que dar su clase política otra vuelta a la maestra”
“
Sí, por ejemplo”, dice la niña mientras mira de reojo si la sombra de la ceiba le indica la hora de la salida, “
ahí tiene usted que hay una compañera que se llama doctora y se “apedilla” margarita.”
“
Apellida”, trata de corregir inútilmente la promotora, “Se dice “apellida”
“
Eso pues”, replica Defensa Zapatista que no está para nimiedades, “
entonces
se llama doctora, pero hay muchas que son doctoras, o doctores, según.
Porque por ejemplo está el Doc, que una vez el SupMoy le preguntó si
sabía curar y el Doc dijo que no y entonces el SupMoy puso su ojo así, o
sea que así pone su ojo el supMoy cuando se embravece. Y entonces el
SupMoy le dijo “pero entonces no eres doctor”. Y entonces el Doc lo
volteó a mirar al SupGaleano como pidiendo apoyo, pero el SupGaleano se
puso a fumar en su pipa o sea que se hizo pato. Y entonces yo le
expliqué al SupMoy que es Doc pero le falta el apedillo, o sea que es el
Doc Raymundo, o sea que no sabe curar con medicina, sino que dice
“ánimo” cada tanto aunque esté muy triste la situación, aunque viera que
lo inyectan ya va ser que dice “ánimo”.
Bueno, de ahí que una día vino la Doctora Margarita, que no se
siempre se apedilla “margarita”, porque a veces es “margara”, según si
te da pastilla o jarabe o inyección.
Bueno, de ahí que yo me llevaron con la doctora, que para que me checa, así dijo mis mamaces.
Y entonces, pues ahí estoy y entonces lo miro que ahí está como quien
dice el arma criminal, que sea unas inyecciones que tenía la doctora en
su mesa, y que llega en mi pensamiento que le voy a echar clase política
a la doctora, para que entienda pues la lucha.
Y entonces le dije a la doctora que tenemos que apoyarnos como
mujeres que somos y que no debemos hacernos mal entre mujeres. Y la
doctora nomás puso cara de que sí entendía pero yo claro lo vi en su ojo
que no entendió nada. Y entonces le dije que por ejemplo las
inyecciones son un mal o un bien, depende. Por ejemplo, son un mal si
le pones una inyección a una niña, porque, a ver, ¿usted cree que voy a
poder patear el balón si me duele la pierna porque me inyectaron?, no,
¿verdad?
Pero por ejemplo las inyecciones son un bien si lo inyectan por
ejemplo al Pedrito, que el muy maldito siempre me está burlando que las
mujeres no sabemos fútbol y que somos “endebles”.
Yo no sé qué cosa es “endebles” pero rápido lo miré que el
Pedrito no está respetando como mujeres que somos y ahí nomás le di un
zape de endeble para que no ande mal hablando.
Bueno, de ahí que la doctora me quiso echar la plática política
de que sí sirven las inyecciones, pero depende, le dije. Y entonces le
dije que como mujeres que somos nos tenemos que apoyar y que nada de
inyecciones a las niñas, nomás a los niños y si chillan pues un su zape
para que tengan por qué y no porque les están haciendo un bien con la
inyección. Y entonces le expliqué a la doctora que a las niñas, sólo
pastillas y jarabe, pero sólo si el jarabe no está amargo. Si está
amargo debe tener un su letrero que diga “sólo para niños”.
La doctora nomás se reía, o sea que creo que no entendió bien la clase política porque luego le dijo a mis mamaces
que me toca la vacuna de no sé qué. ¿Usted cree que va a avanzar la
lucha de cómo mujeres que somos si no entiende la doctora? Pero, nada,
que me inyectan, y me dolió mucho y anduve renca un buen de tiempo pero
no lloré… bueno, sí lloré un poco, pero fue porque me dio coraje que nos
falta de la política para la lucha. Y ya no fui a entrenar, así que si
luego sale que no se completa el equipo rápido, pues ahí está que es su
culpa de no entender la política.
Bueno, de ahí que pues me fui a platicar con el señor ése que
se llama “cherloc” y se apedilla “Jol-mes” (nota: en tzeltal, “jol-mes”
quiere decir cabeza de escoba y es una planta que luego la usan para
hacer escoba y barrer las champas), que es un poco raro que así se puso
de apedillo, pero creo que es porque tiene cabeza de escoba de por sí.
Bueno, ese Jol-mes tiene de compañía uno que se llama Doctor y se
apedilla Waj-tson, o sea pelo de tortilla, y pobrecito siempre tiene
cara como de que no entiende y rápido se ve que no lo quiere al
gato-perro porque le da la vuelta. Bueno, de ahí que en otra vuelta te
cuento de eso maestra, porque si no se me va a ir el día en la
explicación política.
Entonces, maestra, si usted pregunta si hice la tarea es que no
está cabal la pregunta porque, como ya expliqué, depende. Por ejemplo,
“Sup” es un nombre, pero falta el apedillo.
Porque ahí está que si el apedillo es Moy, pues ahora sí que ya
la amolamos porque el SupMoy no apoya y me dice que tengo que obedecer a
mis mamaces.
Pero por ejemplo si el apedillo es “Galeano”, pues ya es
diferente porque el SupGaleano sí apoya de resistencia y rebeldía, y
deja que el gato-perro se duerma en su computadora y nos comamos las
mantecadas que se roba de la cooperativa.
Claro el SupGaleano dice que no las roba, sino que las toma
prestadas, pero yo lo sé que no las regresa. ¿Cómo las va a devolver si
ya nos las zampamos con el gato-perro aquí presente? (el gato-perro mueve la cola).
Bueno, de ahí que yo le pregunté al SupGaleano si a él le han
puesto inyecciones y el SupGaleano me dijo que en la comandancia no se
pueden decir malas palabras.
O sea que yo entendí que “inyecciones” es una mala palabra para
el SupGaleano, pero la doctora Margarita dice que no es mala palabra.
Ahí se ve claro que las inyecciones son malas palabras depende si te
inyectan a ti o al Pedrito, que el muy maldito me vino a acusar que le
di un zape y que era violencia de género, ¿va usted a creer que así
dijo? Yo le expliqué a mis mamaces que sólo me defendí porque el Pedrito me insultó o sea que como quien dice le apliqué la equidad de género. Y mis mamaces,
pues, ¿cómo le diré?, le falta pues para entender la lucha de cómo
mujeres que somos y me castigó que no voy a ir a entrenar y entonces yo
le dije que iba en su cuenta si no completábamos el equipo, pero ella
nada que qué equipo ni qué nada, que tengo que hacer la tarea.
Entonces yo me salí a hacer la tarea y lo llevé un mi cuaderno
de apuntes y entonces ahí tiene usted que el gato-perro, aquí presente,
se acostó en el cuaderno y anda vete, ¿tú lo crees que vas a poder
moverlo al gato-perro si ya se echó a dormir? Nuncamente. Si nomás te
acercas un poco y hace su gruñido ése que en lenguaje de gato-perro
quiere decir “si me quitas, vas a morir”. Entonces pues yo pensé que
para qué me voy a morir si todavía estoy niña y falta que críe. Y el
SupGaleano me contó un día que no sirve morirse, que es muy aburrido
estar muerto, que nomás no pasa el día.
Y un día el SupGaleano estaba viendo unos videos de unas
personas que no se mira bien qué son, pero están explicando que luchan
porque se respete su modo. Y yo le pregunté al Sup si son hombres o son
mujeres, y el Sup me respondió: “Depende”. O sea que el caso o cosa,
según, es que no basta con lo que se mira o se oye, sino que hay que
tomar en cuenta muchas cosas y que hay que escuchar, así dijo el Sup.
Porque, por ejemplo, si a mí me miran, piensan que soy una niña que
estoy así nomás, que acaso estoy pensando nada. Pero viera que me
preguntan, pues primero les digo que me llamo “Defensa” y me apedillo
“Zapatista”, y pienso muchas cosas. O sea que depende.”
Durante toda la perorata de la niña, la promotora de educación ha
puesto cara de resignación. Pero respira aliviada cuando ve que el
Pedrito, sentado adelante, levanta la mano con insistencia.
La maestra aprovecha un respiro de la niña, y dice:
“A ver Pedrito, qué tienes que decir”
El Pedrito se levanta y alega:
“Creo que Defensa Zapatista no entendió lo que quise decir, porque cuando alguien dice “endeble”, depende del contexto…”
La niña miró al Pedrito con cara de “
me las vas a pagar maldito”.
La maestra ya se resignaba a escuchar uno de los derroches de erudición del Pedrito, cuando sonó la campana de salida.
Todos salieron corriendo, con Defensa Zapatista delante de todos.
Ya afuera, la niña sacó al gato-perro de la
morraleta y le dijo al oído: “
parece que nos salvamos”
Entonces vio a la promotora hablando con sus
mamaces, y agregó: “
bueno, depende”.
Y se fue corriendo a buscar el balón de reserva que el SupGaleano
le guardaba en la comandancia a cambio de que no se supiera nada del
misterioso caso de las mantecadas desaparecidas, que ya investigaba, sin
mayor trascendencia aparente, Elías Contreras, comisión de
investigación del ezetaelene.
Doy fe:
El gato-perro.
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Al inicio de mi intervención les dije que no iba a hablar de
política, ni de ciencia, ni de arte, y que no iba a contarles un cuento.
¿Mentí?, bueno, depende…
Gracias de nuez.
El SupGaleano buscando las mantecadas en la tienda cooperativa.