Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx
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Miro sus rostros. Los repaso uno a uno y
siento que el aliento se me escapa. Son hombres y mujeres de los pueblos
originarios que conforman México: yaquis, tzeltales, ch’oles, zapotecos, mayas
peninsulares, p’urhépechas, zoques, tzotziles, rarámuris, amuzgos, nahuas,
otomíes, miztecos… vienen de todos los puntos cardinales; agita cada uno su
bandera de sueños multicolores y promisorios. Se reúnen en torno a un altar
otomí, compuesto por una asombrosa variedad de semillas y flores dispuesta en
los tres niveles de la concepción indígena del universo. Son hombres y mujeres,
miembros de los equipos que acompañan los procesos de pastoral indígena de la
iglesia católica en las distintas diócesis del país. Han venido al XI Encuentro
Nacional de Pastoral Indígena, promovido por la Dimensión Indígena de la
Comisión Episcopal para la Pastoral Social.
A los rostros, curtidos por los años y
por los trabajos del campo, se unen caras nuevas, brotes de juvenil
resistencia, muchachas y muchachos indios, orgullosos de su procedencia y
herederos de la sabiduría de sus abuelos y abuelas. La reunión duró tres días,
cada uno de ellos dedicado a un paso del método consagrado ya en América Latina
como instrumento para la reflexión pastoral: Ver, pensar y actuar. En el VER
desfilan, junto a la mención del despojo y la voracidad del capital dominante y
sus proyectos extractivos en los territorios indígenas, la narración entusiasta
de los esfuerzos autonómicos y de la búsqueda de una democracia comunitaria que
se desarrolla al margen del corrupto marco de la política de partidos. Ningún
partido recibe palabra alguna de aprobación de parte de estos representantes de
los pueblos indios.
En el PENSAR se escucha la sabiduría
antigua, la palabra sabia de los abuelos y las abuelas, la consonancia cada vez
más clara entre proyecto evangélico y culturas originarias, el pensamiento
indígena, que sigue un camino distinto al de la racionalidad occidental y que
se dirige a un objetivo, acaso superior: no sólo la comprensión del mundo
circundante, sino la realización aquí y ahora de la utopía del buen vivir
(Sumak Kawsay, le llaman en la tradición andina). Y el pensamiento fluye, no
como impetuosa cascada, sino como manojo de riachuelos que, desde un apacible
lago de tradición se desbordan al mar donde todas las sabidurías encuentran
cabida. El pensamiento indígena se confronta, en este momento de la asamblea,
con el proyecto de Reino anunciado por Jesús de Nazaret y vivido
conflictivamente por las comunidades cristianas del primer siglo, según nos
cuentan los textos que componen el Nuevo Testamento. La urgencia de hacer que
la matriz judía del cristianismo se abriera a las nuevas culturas en los
inicios de la iglesia, ilumina el quehacer de la pastoral indígena de nuestros
días. El panorama se completa con una reflexión sobre el magisterio católico y
la atención pastoral de los pueblos originarios, conducida por el Obispo de
Teotihuacán, Guillermo Francisco Escobar Galicia, responsable de la dimensión
indígena, presente durante todo el Encuentro.
En el ACTUAR se comparten las luchas de
los pueblos, sus esfuerzos –invisibles para una buena parte de los habitantes
de este país, pero efectivos para el bienestar de los pueblos y sus luchas– en
la construcción de las autonomías y de un modelo de país en el que, por fin, se
pueda ser dignamente maya y mexicano, rarámuri y mexicano, amuzgo y mexicano…
Una esperanza que encontró una formulación inicial adecuada en los Acuerdos de
san Andrés, y que se va realizando, a despecho de una oficialidad de partidos e
instituciones que niegan a los pueblos indígenas su derecho, y se concreta en
territorios en los que la palabra de las comunidades es la que decide. La
reflexión viene acompañada de la exposición de la Lic. Carmen Herrera, acompañante
de procesos de reivindicación de derechos de los pueblos originarios.
Miro los rostros, distribuidos en las
mesas que llenan el auditorio municipal de la comunidad de Temoaya, estado de
México, territorio otomí. Los adultos escriben y escriben en los cuadernos que
la coordinación del encuentro ha repartido entre los participantes. En una
mesa, en cambio, veo a Felipe, un joven tzotzil, escribiendo en su computadora
portátil. En un momento de la reflexión, Felipe sube al estrado. Comparte con
todos los asistentes la experiencia de autonomía de las comunidades indígenas
en Chiapas, la mayor parte de ellas ligada al proyecto de resistencia
zapatista. Menciona la sublevación de 1994 como punto de partida de su
reflexión. Y yo me imagino a Felipe el 1 de enero de 1994, cuando tendría quizá
dos o tres años. Pero él cuenta la historia como si hubiera sido uno de los que
se levantaron en armas. No puedo evitar pensar en los judíos actuales, que cada
noche de pascua, comienzan su cena familiar con las palabras “Nosotros éramos
esclavos en Egipto…”, aunque esa celebración pascual tenga lugar en el siglo XXI
y en ciudades tan disímiles como Jerusalén o Nueva York. Cuando, al terminar la
misa de clausura, me acerco a despedirme de Felipe y a felicitarlo por sus palabras,
un diácono tzotzil, sombrero de cintas multicolores, me dice con el rostro
sonriente de padre orgulloso: ¡es mi hijo! Y yo me siento indigno testigo de la
transmigración generacional de la resistencia.
La asamblea vota a favor de un
pronunciamiento que será compartido con todos los pueblos que se encuentran representados
en el Encuentro. En dicho texto, los pueblos logran expresar lo que el discurso
occidental no alcanza: la voz de la Madre Tierra se queja con el lamento
isaiano: “Pueblo mío ¿qué te he hecho o en qué te he ofendido? Respóndeme”. Y
el elenco de las acciones depredadoras se desgrana desde la voz de una madre
humillada y ofendida. Y el lamento es recogido por estos pueblos originarios,
acaso el bastión último por el que la humanidad encontrará el camino de su
supervivencia. Como bien dijo el teólogo indígena, Eleazar Hernández, en su
exposición: “los pueblos indios éramos considerados antes como un problema. Hoy
nos damos cuenta, cada vez más, que somos la solución”.
El encuentro termina con la celebración
de la Eucaristía en el templo principal de Temoaya. Una decena de presbíteros
indígenas preside la celebración. Los signos procedentes de las distintas
culturas expresan con sus colores la fe de los pueblos originarios: flores, incienso,
lecturas en otomí, ofrendas… En el marco de la celebración se hace la entrega
del bastón de mando a quienes serán los anfitriones en el Encuentro del próximo
año, el pueblo p’urhépecha que habita en el territorio de la arquidiócesis de
Morelia. Salen todos con el compromiso de crecer en la articulación entre la
acción pastoral de la iglesia, las experiencias de los pueblos y la acción de
las organizaciones civiles que caminan junto a los pueblos originarios. Yo
termino con el corazón recargado de energía y renovando mi decisión de vivir y
morir al lado del pueblo maya, testigo insomne de su despertar y de sus
esfuerzos de autonomía y vida digna.