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12 de mayo de 2020

Haití: de la Revolución de 1804 a la crisis actual.

Por: Lautaro Rivara y Diana Carolina Alfonso / Memoria.


Una revolución breve y una contrarrevolución interminable.

Difícilmente podamos comprender la formación social haitiana y la crisis profunda del modelo neocolonial, neoliberal y post-estatal que la estructura, sin situarnos en el punto exacto de una larga parábola de recolonización del país, en lo que constituye la más extensa contrarrevolución de nuestra historia continental[i]. Haití, en ese momento Saint-Domingue, era una colonia francesa situada al oeste de la isla La Española, la segunda por extensión de las Antillas. Y supo desarrollar entre los años 1791 y 1804 la primera revolución social exitosa del hemisferio. La primera, dado que la Revolución de las Trece Colonias norteamericanas, aunque previa, revistió un mucho más acotado carácter político. Por primera vez en la historia de la humanidad, una rebelión esclava conquistaba un resonante triunfo político y militar, nada menos que en pugna con las mayores potencias militares de la época, en ese Caribe que el dominicano Juan Bosch caracterizó como una verdadera “frontera imperial” (2012). De la mano de Jean-Jacques Dessalines[ii], considerado de forma unánime como el Padre de la Nación haitiana pese al escamoteo o a la demonización occidental de su figura, Haití se bautizaría a si misma recuperando un viejo vocablo indígena[iii] y fundaría la Primera República Negra del mundo, rubricada con la constitución más avanzada de su tiempo[iv]. Si la figura masculina de Dessalines no ha pasado la trilla de las operaciones coloniales, qué decir de las mujeres que han quedado relegadas en la propia historiografía nacional patriarcal (ni mencionar la occidental), sobrecentrada en próceres y “prohombres”. Nos referimos a las mujeres que más allá de los roles auxiliares que les son atribuidos, han ocupado puestos capitales en el proceso revolucionario, sea en funciones civiles o militares: Suzanne “Sanite” Belair, Claire Heureuse, Catherine Flon, Marie Jeanne Lamartinière, Victoria Montou y tantas otras.
Esta revolución, la “más compleja y más completa” de la historia moderna, de vuelta en términos de Bosch[v], conjugó una gran cantidad de aristas y dimensiones que comenzaron a ser dilucidadas con la obra pionera del trinitense C.R.L. James (2013). Ésta fue una revolución antiesclavista exitosa que abolió la esclavitud 59 años antes que los Estados Unidos y 88 años antes que la Ley Áurea en Brasil[vi]. Fue una revolución social que movilizó a las masas esclavas contra la oligarquía propietaria, y que, en algunas de sus tendencias, expresó también reivindicaciones anti-plantacionistas y por ende anti-capitalistas. Fue una revolución descolonizadora que se valió de los elementos fundamentales de la entonces germinal cultura nacional haitiana, como la lengua creol, el vudú y la práctica del cimarronaje. Fue una guerra racial y antiracista que enfrentó, en coaliciones diversas y fluctuantes, a negros esclavos y libertos, mulatos y blancos. Fue una revolución que, en la citada Constitución de 1805, consagró derechos de avanzada para las mujeres como el divorcio vincular. Fue una guerra internacional con fases defensivas y ofensivas que involucró al propio Haití con su proyecto de decretar la libertad al otro lado de una isla considerada entonces “una e indivisible” por Toussaint Louverture[vii], a las tentativas restauradoras de la metrópolis francesa, y a los intereses geopolíticos cruzados de España e Inglaterra. Y fue, finalmente, una revolución nacional y de independencia que aseguró la soberanía popular de la isla y la desgajó del imperio colonial francés en el Caribe.

Sin embargo, esta gesta humana resulta hoy casi tan desconocida como hace dos siglos. Baste mencionar que Eric Hobsbawm, un escritor canónico de la izquierda académica, fue capaz de escribir un libro como La Era de la Revolución, 1789-1848, en el que la revolución haitiana es relegada a dos menciones presurosas y una nota al pie, tal y como nos los recuerda el historiador haitiano Michel-Rolph Trouillot (2017). Ni mencionar lo acontecido en la historiografía francesa tras la derrota colonial del ejército mejor armado y más experimentado del mundo, consumada la pérdida irremediable de una colonia fabulosamente rica que era a la vez el centro de experimentación de un modelo de producción no clásico de “capitalismo de esclavitud”, como se desprende del estudio pionero de Eric Williams (2011). Allí, la reacción intempestiva ordenada por Napoleón fue la virtual prohibición de mencionar a Haití en la literatura, la historiografía y los demás soportes de la memoria nacional-estatal. Recuérdese, por caso, que deberían pasar 206 años desde la gesta revolucionaria para que un presidente de la ex metrópoli visitase Haití, y no sin mediar la presión generada por el devastador terremoto que sacudió a la isla en enero de 2010. En marzo, el ex presidente Jacques Chirac declaraba: “Haití no ha sido, propiamente hablando, una colonia francesa”[viii].

El proceso de recolonización comandado por las oligarquías regionales y nacionales de América Latina y el Caribe, plantacionistas o hacendatarias, tuvo por finalidad asegurar la continuidad, en sus trazos fundamentales, de una estructura de clases racializadas. De desmovilizar a las masas indígenas, negras, mestizas y/o campesinas que habían conformado los ejércitos de liberación e impuesto algunos de los puntos programáticos más avanzados. Y de sostener, ahora bajo élites de recambio blanco-criollas, un régimen de acumulación  y una modalidad de inserción dependiente y extrovertida en el mercado capitalista. En Haití, por la profundidad, complejidad y completitud de la Revolución, el proceso recolonizador debió abocarse también a desmontar una serie de conquistas legadas por el propio ciclo revolucionario, de una radicalidad que ningún proceso político moderno volvería a conocer.

Si en otras latitudes la coyuntura post-revolucionaria fue ante todo un freno de mano, en Haití implicó un gran salto hacia atrás contra diversos avances: la reforma agraria de Dessalines y la prohibición de la titularidad extranjera de la tierra; la destrucción física de la antigua clase propietaria sea como causa de la guerra socio-racial, el exilio a otras colonias o la lisa y llana eliminación física de los colonos propietarios blancos; la abolición de los fundamentos racistas de la ciudadanía política; el empoderamiento fáctico de mujeres que asumieron roles militares con comando de tropa; la destrucción, en algunas regiones, de la propia infraestructura económica plantacionista, quemada en la política de tierra arrasada de la llamada “armada indígena”; la radical y pionera abolición de la esclavitud, obtenida ya no como concesión precaria sino manu militari; la consolidación de ciertos elementos centrales de la cultura nacional-popular haitiana como el vudú, que rápidamente quedó excluido como culto formal y empezaría a ser perseguido por el Estado hasta llegar a la firma del Concordato con la Iglesia Católica en el año 1860[ix]; y por último, la sedimentación y consolidación de una memoria política cimarrona e insurreccional, operante hasta nuestros días. Nuestros estudios y aproximaciones a procesos revolucionarios como el cubano, el haitiano o el granadino, nos conducen a una hipótesis: todo proceso revolucionario, parcialmente retrotraible en sus alcances, sedimenta sin embargo conquistas irreversibles, sea en la memoria oral, la subjetividad nacional o las prácticas políticas y organizativas de las clases populares. Sólo así es posible comprender la imposibilidad histórica de estabilizar los regímenes de dominación en Haití y la proclividad de las clases populares a la insurrección permanente. La historia larga del país hasta nuestros días implica siempre un intento de reactualizar o recuperar aquel legado trunco de la revolución, en torno a aspectos como la soberanía y la autodeterminación nacional, el modelo económico y de desarrollo, la política agraria, la cultura y la religiosidad popular, etc.

Neoliberalismo, neocolonialismo y post-estatalidad: una formación social más allá del umbral.

En la actualidad, caracterizamos a la formación social haitiana como neoliberal, neocolonial y post/paraestatal. Respecto a su carácter neoliberal no nos extenderemos demasiado, en tanto el neoliberalismo ha sido profusamente estudiado en nuestro continente en las últimas décadas. Tan sólo señalaremos que la implantación del neoliberalismo en Haití, comenzada durante los últimos años de la dictadura de Jean-Claude Duvalier (Baby Doc), implicó aquí no solo un proceso de privatización de empresas públicas, liberalización comercial y financiera y desindustrialización. El rol asignado a Haití en la división internacional del trabajo fue perfecta y trágicamente sintetizado por un inefable “amigo de Haití”, el ex-presidente estadounidense Bill Clinton: de lo que se trataba era de hacer del país el Taiwán del Caribe. Más allá de la explotación de minerales como la plata, el cobre, el oro y la bauxita por parte de trasnacionales canadienses y estadounidenses, y más allá de la presencia de economías ilícitas como el narcotráfico que utilizan al país y sus islas adyacentes como estación de paso hacia el mercado norteamericano, el principal recurso de exportación de Haití, su auténtica commoditie, es hoy por hoy la miseria. La pauperización general de la población, la ruina agrícola y el éxodo campesino, la destrucción ya no sólo de iniciativas industrializadoras sino incluso de la más elemental agroindustria, la heteronomía alimentaria inducida en asociación con el complejo agroexportador dominicano y estadounidense, la devaluación  de la moneda nacional, el desempleo masivo, el hambre y la inseguridad alimentaria, entre otros fenómenos, depreciaron los salarios hasta hacer de la fuerza laboral haitiana una de las más baratas y superexplotadas del hemisferio.

Esta superexplotación relativa permitió el desplazamiento de segmentos de las cadenas de valor globales instaladas en el sudeste asiático hacia Haití, que comenzó a desarrollar el modelo de las zonas francas industriales, más conocidas como maquiladoras, en donde miles de trabajadores y trabajadoras ensamblan o confeccionan piezas electrónicas o textiles para el cercano mercado estadounidense[x]. Sin más industria que los enclaves mineros o las propias maquiladoras, sin agroindustria ni cultivos de exportación rentables, y con la tradicional economía campesina arruinada, el país fue condenado a malvivir de las remesas de su nutrida diáspora y de la inyección de recursos de la llamada “cooperación internacional al desarrollo”[xi]. El resto de la economía, intra y extramuros, se asienta en la pesada labor de mujeres que acumulan jornadas domésticas extenuantes entre el lavado de ropa a mano, la cocina a carbón de leña, la crianza de los niños y el cuidado de los enfermos. Con arduas tareas agrícolas en la roturación de la tierra, la siembra, el riego y la cosecha. Con labores de comercialización que articulan la producción rural con el abastecimiento de Puerto Príncipe y otras ciudades. Y con la propia venta al menudeo en los populosos mercados callejeros de todo el país. Como las cariátides atenienses, las mujeres haitianas sostienen sobre sí el peso del cotidiano y pagan los costos más onerosos de una formación social llevada hasta el umbral de su propia reproducción.

En síntesis, hoy encontramos la misma reciprocidad coactiva que en los tiempos del monopolio comercial impuesto por la colonia, sólo que bajo otra ecuación. Si antes los flujos eran la exportación de azúcar y otros productos tropicales a cambio de manufacturas de lujo para la ociosa clase dominante, hoy lo que encontramos es la exportación de minerales y mano de obra barata (más explotada aún en su feminización e infantilización), y la importación de remesas y dinero de la llamada “ayuda humanitaria”. Este modelo no puede dar lugar más que a clases sociales estructuralmente débiles. Si de un lado encontramos una clase dominante conformada por una oligarquía y una burguesía improductivas, rentistas e importadoras, del otro lado encontramos a las inmensas mayorías populares compulsivamente homogeneizadas en su pauperización: precarios, informales, excluidos, campesinos, vendedoras y comercializadoras, pobres urbanos. Entre medio, una pequeña burguesía exigua, hipercolonizada y diaspórica, carece de acceso a empleos de calidad en el ámbito privado o a puestos estatales suficientes en los que reproducirse.

Este esquema, que explica en el país la sobredeterminación política del frente internacional, ha comenzado a colapsar por la maduración de sus propias contradicciones. El correlato  directo de la debilidad estructural de las clases dominantes es su recurrencia a potencias internacionales que puedan arbitrar sus conflictos insolubles. Esto, sumado a la importancia geoestratégica de la región Caribe en general (Ceceña, Barrios, Yedra, Inclán: 2010) y de la Isla La Española en particular, explican la subordinación neocolonial de un país que ha sufrido, tan sólo en los últimos años, tres intervenciones internacionales de los Estados Unidos, Francia y Canadá, o por la acción conjunta de fuerzas multilaterales. Las presuntas misiones de “estabilización” y “justicia” de las Naciones Unidas (las últimas desarrolladas entre el 2004 y el 2019), el estimulo a grupos dilencuenciales y la infiltración de paramilitares desde los EE.UU., juegan el mismo rol que jugaban las expediciones punitivas de los comisionados franceses en los tiempos de la Revolución: forzar desde el exterior un orden interno que el propio sistema es incapaz de garantizar, en tanto no puede promover el más mínimo consenso en las inmensas mayorías populares. Esto explica también otra singularidad de la sociedad haitiana: la coexistencia, aparentemente contradictoria, de altísimos niveles de conciencia y movilización popular espontánea, con bajos niveles de organización. Esto, debido también a fenómenos como la precariedad material, la heteronomía financiera de los movimientos rurales y urbanos, la migración de los elementos mejor cualificados hacia el exterior, los procesos de cooptación por parte de las ONGs trasnacionales, la crisis de representación generalizada que surge del descrédito del sistema electoral y de partidos, la atomización de las fuerzas progresistas y de izquierda, etc.

En Haití, como en el resto de las formaciones sociales neoliberales “maduras”, la política represiva se vuelve fundamental, sea a través del despliegue de las fuerzas armadas (disueltas en Haití en la década del ’90), los golpes de estado, los asesinatos y masacres selectivas, la movilización y estímulo a grupos paramilitares, el decreto de estados de sitio y excepción, o el control poblacional merced al terror impuesto por el narcotráfico y el crimen políticamente organizado[xii]. De lo anterior se desprende otra vinculación, aquella que se da entre la conquista del cuerpo de las mujeres y el “cuerpo de la nación”. Como lo sostiene la socióloga y referenta feminista haitiana Sabine Lamour, coordinadora general de la organización SOFA, hay una correlación directa entre las políticas de ocupación y control territorial y las violaciones masivas y sistemáticas, al menos desde la ocupación norteamericana de 1915-1934[xiii]. Esto se ha reeditado en cada coyuntura de injerencia internacional, como lo demuestra la participación de Cascos Azules en casos de violación sistemáticos y en redes de explotación sexual de niñas, niños y mujeres, así como en las violaciones que acompañan las masacres cometidas contra las poblaciones rurales y urbanas movilizadas contra las políticas del gobierno de Jovenel Moïse. Por eso es que la organización SOFA y otras desarrollan un feminismo estrictamente articulado a las demandas soberanistas y anti-imperialistas del conjunto del movimiento popular.

Partiendo de lo antedicho es que hablamos de la post o paraestatalidad en Haití, al menos si nos guiamos por las definiciones clásicas de lo que es o debiera ser un Estado-nación moderno. El estado haitiano, sin haber desaparecido, languidece sin un control efectivo del territorio, sin un monopolio ni real ni aparente de la fuerza, sin control soberano sobre las pequeña ínsulas que lo rodean, sin fuerzas productivas propias, con una institucionalidad política fracturada, con servicios sanitarios, educativos y gubernamentales que atraviesan largos períodos de parálisis durante las protestas, y con un país sujeto al artículo VII de la Carta de las Naciones Unidas, y por tanto, bajo la autoridad de su Consejo de Seguridad. Y sin embargo, Haití no es un país anárquico ni en guerra.

Pero entonces, ¿cuáles son las formas de gestión de lo común en Haití? ¿Qué y quiénes garantizan el orden en esta post o para-estatalidad? Es aquí donde encontramos soberanías múltiples, yuxtapuestas y contradictorias. Empresas multinacionales que señorean las regiones mineras, iniciativas turísticas de gran porte que monopolizan las franjas costeras, fuerzas internacionales de ocupación, ONGs de alcance trasnacional que manejan varias veces más fondos que el Estado nacional, grupos criminales territorializados, e incluso iglesias neopentecostales capilarmente situadas en toda la geografía nacional con un prédica notablemente influyente. Todos estos actores cohabitan, articulan y eventualmente disputan la gestión del territorio. Es decir que, más allá del Estado capitalista modélico, existen formas post o paraestatales de gestión de lo común y del territorio aún más conflictivas, desiguales y violentas. Y es que aún más dramática, por ejemplo, que la represión a cargo de fuerzas de seguridad legales, visibles y punibles, es la represión fantasmagórica de grupos paramilitares infiltrados, al margen del derecho, invisibles para los medios de comunicación e inmunes a toda forma de control social. Ahora bien, este carácter post-estatal (que no niega, sino que se complementa con la estatalidad en su sentido clásico), no nos permite suscribir las tesis en boga de los “estados fallidos”, “estados frágiles”, “estados dilicuescentes”, “entidades caóticas ingobernables” o “low income country under stress[xiv]. Toda esta terminología, acuñada por los tanques de pensamiento liberal y occidental, comparten una característica: la de cifrar en causas puramente endógenas el colapso de formaciones nacionales enteras, soslayando el rol que las guerras imperialistas o las políticas neoliberales han tenido en su regresión infinita. Más que un estado fallido, el de Haití es un estado impedido en su conformación soberana, que demuestra a la vez cuáles son los últimos umbrales a los que pueda ser arrastrada una sociedad por la continuidad ininterrumpida de décadas de políticas neoliberales, imperiales y neocoloniales.

Es esta formación social regresiva, resultante de un fenomenal y extenso proceso contra-revolucionario, la que ha entrado en crisis hasta un punto que caracterizamos como de “bifurcación y no retorno” (Rivara, 2019). Lamentablemente, el aproximado millón y medio de personas que se movilizaron en julio del 2018 en Haití contra las políticas del gobierno nacional y del Fondo Monetario Internacional que buscaban elevar hasta un 51% el precio de los combustibles, no fueron noticia para la llamada “comunidad internacional”, ni tampoco, es necesario precisarlo, para buena parte de los partidos de izquierda y los movimientos sociales del continente. Paradójicamente, mientras las fuerzas progresivas del hemisferio teorizaban una segunda oleada insurreccional con la que frenar la ofensiva colonial-imperial y permitir el relanzamiento de los procesos  antineoliberales en la región, se desarrollaba una fenomenal insurrección popular de masas que pasaba desapercibida para propios y extraños.

Dimensiones de una crisis.

Como vimos, diversas operaciones de silenciamiento y tergiversacion colonial han sido recurrentes en la historia de la nación haitiana, y se repiten de forma incesante. La actual crisis, por ejemplo, sin importar su magnitud, su radicalidad, o su carácter pionero de los levantamientos antineoliberales casi generalizados que atravesaron el continente durante todo el año 2019, se mantiene en penumbras. En noviembre del 2018, el debut de la primera movilización de algunos miles de ciudadanos parisinos en lo que más tarde conformaría el llamado movimiento de los “chalecos amarillos” alcanzaba rápidamente resonancia global, suscitando una cascada de opiniones de apoyo o rechazo, elogios o invectivas. Sin embargo, el millón o millón y medio de personas que se movilizaron en julio del 2018 en Haití contra las políticas del gobierno nacional y del Fondo Monetario Internacional para elevar hasta un 51% el precio de los combustibles (una cifra escalofriante si la extrapolamos a otros países, considerando que Haití es una nación de 11 millones de habitantes) no fueron noticia para la llamada “comunidad internacional”. Desde entonces (y también considerando la historia larga del país) los episodios de crisis y movilización en Haití han estado signados por esas tres características: masividad, radicalidad e invisibilidad.

Tras la fallida tentativa de aumentar los hidrocarburos, otros catalizadores han azuzado la movilización. Entre mediados y fines del 2018 se fue volviendo cada vez más evidente la existencia de un desfalco de fondos públicos de proporciones, por el cual la clase política haitiana (a la que ya hemos caracterizado) se apropió de forma ilícita de al menos 2 mil millones de dólares de la plataforma de integración energética Petrocaribe, tal y como fue documentado por sendos informes presentados por el Senado y por el Tribunal Superior de Cuentas. Finalmente, luego de una tregua a comienzos del 2019, los últimos meses del año estarían atravesados por una crisis energética grave que dejó al país sin suministro de hidrocarburos, produciendo el recrudecimiento de la crisis económica, y, en conjunto con las masivas y cotidianas movilizaciones, la practica paralización de la vida gubernamental y civil.

Por su parte, la dependencia de Haití en todos los niveles, la política neocolonial sostenida por los Estados Unidos y otras naciones occidentales, así como el derecho de tutela ejercido por la ONU y otros organismos supranacionales, han predispuesto a una cada vez más decisiva injerencia de los actores externos en la crisis que atraviesa el país.  Esta injerencia reconoce varias modalidades, desde la presión diplomática y la coacción financiera de los organismos multilaterales de crédito, hasta la permanencia de misiones “civiles” en el país y la infiltración permanente de paramilitares extranjeros que aterrorizan a las poblaciones. Estos actores devienen así en el último y decisivo sostén del gobierno tras la caída de la última mascarada institucional, haciendo que las opciones de fuerza ganen preponderancia. Sin un Primer Ministro en funciones, sin presupuesto nacional, con el aplazamiento indefinido de las elecciones parlamentarias, con el mandato de los senadores caduco, y con la asunción del presidente de un gobierno por decreto que contraviene la carta constitucional, Haití ha inaugurado formalmente el último gobierno de facto de América Latina y el Caribe.

En respuesta, las mayorías populares, con un destacado protagonismo de las juventudes urbanas periféricas, pero cada vez más articuladas también a las zonas rurales y los movimientos campesinos, han creado y actualizado en este tiempo métodos de acción directa como las llamadas operaciones de peyi lock (país bloqueado), tendiente a impedir la movilidad de bienes, capitales y personas, incluso de agentes de seguridad, por todo el territorio nacional. Paralelamente a este proceso de insurrección popular permanente, las fuerzas nacionales, progresistas y de izquierda, fuertemente atomizadas desde la implosión de la coalición Lavalas que llevó a Aristide al poder, comenzaron a reagruparse en diversas plataformas, elaborando diferentes programas de transición y ruptura con el orden establecido.

Tras el previsible y nuevo impasse de fin de año, ya las diversas fuerzas en pugna comienzan a acumular fuerzas para nuevas coyunturas decisivas. Mientras que las clases dominantes locales e imperiales intentarán profundizar las dinámicas caotizantes y represivas de una formación social como la que analizamos, las clases populares comienzan a recuperar las aristas programáticas, los métodos de lucha y también la dimensión místico-simbólica de la gesta revolucionaria de 1804. La larga confrontación entre revolución y contra-revolución, pese a la acumulación de derrotas duras pero provisorias y de victorias breves pero esperanzadoras, aún no ha dicho su última palabra.
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REFERENCIAS

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Basile, Gonzalo. “La geopolítica de la colonialidad ética del Sistema Internacional de Cooperación: el caso Haití” en (Bosch, Matias; Acosta Matos, Eliade; Pérez Vargas, Amaury, edit.) (2018). Masacre de 1937: 80 años después. Santo Domingo: Fundación Juan Bosch.
Bosch, Juan. (2017). Para comprender Haití: textos selectos. Santo Domingo: Fundación Juan Bosch.
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Ceceña, Ana Esther et al (2010). El Gran Caribe. Umbral de la geopolítica mundial. Quito: Observatorio Latinoamericano de Geopolítica.
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Corten, André (2013). Haití y República Dominicana, miradas desde el siglo XXI. Pétion-Ville: C3 Editions.
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James, C.R.L. (2013). Los jacobinos negros: Toussaint L´Ouverture y la Revolución de Haití. Buenos Aires: Ediciones RyR.
Rivara, Lautaro (2019). “La crisis de Haití: punto de bifurcación y no retorno” en Revista América Latina en Movimiento, n° 546, diciembre 2019, Quito.
Seitenfus, Ricardo (2016). Reconstruir Haití: entre la esperanza y el tridente imperial. Buenos Aires: CLACSO.
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Tricontinental, Instituto de Investigación Social (2018). “La insurrección popular haitiana y la nueva frontera imperial”. Dossier n° 8. Disponible en: https://www.thetricontinental.org/es/la-insurreccion-popular-haitiana-y-la-nueva-frontera-imperial/
Trouillot, Michel-Rolph. (2017). Silenciando el pasado. El poder y la producción de la Historia. Granada: Editorial Comares.
Valdes León, Camila y Voltaire, Frantz (coord.) (2018). Antología del pensamiento crítico haitiano contemporáneo. Buenos Aires: CLACSO.
Vastey, Jean Louis. (2018). El sistema colonial develado. Buenos Aires: Ediciones del CCC.
Wargny, Christophe (2008). Haïti n’existe pas: 1804-2004, deux cents ans de solitude. Autrement: Paris.
Williams, Eric. (2011). Capitalismo y esclavitud. Madrid: Traficantes de sueños.
Zardoya Loureda, Rubén (2014). “La revolución haitiana en el pensamiento de Juan Bosch” en República Dominicana y Haití, el derecho a vivir (Bosch, Matias et al), Santo Domingo: Fundación Juan Bosch.
NOTAS
[i]       Jean Louis Vastey, canciller y secretario del Rey Christophe, advertiría tempranamente sobre los riesgos de la recolonización post-revolucionario en su obra El sistema colonial develado (1814) y otros textos subsiguientes.
[ii]      Un explicable sesgo ha privilegiado en el exterior el culto, por sobre la figura de Dessalines, de aquella otra de Toussaint L’Ouverture, quién pese a sus grandes méritos de estadista y a su comando de buena parte del proceso revolucionario, no expresó la línea más avanzada de la Revolución ni logró conducirla hacia la victoria. Obras clásicas como la de Aimé Césaire (1962) o la de C.R.L. James (1938) han contribuido a este sesgo, tal vez influidos por los estereotipos   que hicieron de Dessalines una figura bárbara y sanguinaria.
[iii]     “Ayiti” según su denominacion en creol, la lengua nacional y popular de Haití, aunque el Estado persista prácticamente sujeto al monolingüismo en francés.
[iv]    Se trata de la Constitución Imperial de 1805, disponible íntegra en la web: https://decolonialucr.files.wordpress.com/2014/09/constitucion-imperial-de-haiti-1805-bilbioteca-ayacucho.pdf
[v]     Para un excelente análisis de la evolución del análisis de Bosch sobre la Revolución Haitiana, y sobre sus diferentes dimensiones, véase el texto de Zardoya Loureda (2014) o los diversos artículos en Bosch (2017).
[vi]    Nótese que se trato de aboliciones más nominales que efectivas.
[vii]   Véase la reciente e interesante compilación de 101 de sus textos y discursos más diversos de Deive, Carlos Esteban (2019).
[viii]  Para un estudio de las relaciones de Francia con su ex colonia véase: Wargny, Christophe (2008).
[ix]    Sobre el Concordato, y en general sobre sobre el amplio y apasionante tema del vudú y su rol en las luchas antiesclavistas y anticoloniales, recomendamos la obra de los intelectuales haitianos Jean Casimir y Laënnec Hurbon.
[x]     Cabe destacar que éstas industrias serían inviables de ser producidas según los costos y las leyes laborales vigentes en los países centrales, por lo que el emplazamiento de sus plantas en las periferias y la utilización de mano de obra super explotada son datos estructurales y no accesorios. Véase por ejemplo el estudio del Instituto Tricontinental sobre la tasa de explotación de los teléfonos iPhone (2019).
[xi]    Recomendamos sobre el tema un artículo de Basile (2018) y el libro de Seitenfuns (2016).
[xii]   Algunas datos sobre la política represiva pueden encontrarse en los últimos informes de Amnistía Internacional, disponibles en: https://www.amnesty.org/es/latest/news/2019/10/haiti-amnesty-verifies-evidence-excessive-force-against-protesters/
[xiii]  Entrevista inédita realizada en Puerto Príncipe en el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
[xiv]  Algunos de estos conceptos problemáticos son abordados, aunque con un enfoque que no suscribimos, en Corten, André (2013).

28 de octubre de 2019

Haití y la necesidad de otro mundo.

Por: Cristóbal León Campos / Por Esto!


Se inicia la séptima semana de protestas en Haití, cuyo ejemplo es el extremo de las consecuencias suscitadas por las políticas neoliberales aplicadas en América Latina; su condena arrastrada por siglos, lo sumerge en una constante crisis de gobierno y social. Durante todo el año de 2019, una cadena de manifestaciones itinerantes se han registrado, teniendo la común característica con los recientes acontecimientos en otros países latinoamericanos en el rechazo tajante a las medidas económicas implementadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el imperialismo estadounidense; pero en Haití, los causes se desbordan porque a diferencia de otros países, éste no ha tenido en décadas un periodo intermedio de estabilidad, aunque sea cierto también, que en muchos países (como Chile) ese periodo de estabilidad resultó ser más farsa que verdad, porque la pobreza extrema, la desigualdad, la violencia estructural, la sobre-explotación y el racismo son elementos que definen casi por norma la realidad de la nación caribeña, que además, carga sobre su espalda, una permanente campaña de ocultamiento por los grandes medios de comunicación, pues de las crisis, protestas y reclamos sociales en Haití no se habla, ni siquiera para descalificarlos y tergiversarlos; el silencio es tal que, verdaderamente, pone en entredicho la integridad humana. Haití es la evocación continua de la necesidad de construir otro mundo.

Las protestas reiniciaron por la escasez de combustible y el aumento de su precio, la falta de comida, medicamentos, gas, agua potable y por la devaluación de la moneda; esto agudizó la crisis económica que se vive en el país más pobre de Latinoamérica, donde la mayoría de la población sobrevive con dos dólares al día, o mucho menos. El pueblo ha tomado las calles para enfrentar al neoliberalismo, trabajadores y trabajadoras resisten la represión brutal que ha dejado muchos asesinados y encarcelados, mantienen la fuerza para continuar, varios sindicatos y el movimiento feminista junto a diversos partidos políticos se van agregando, la organización de base permite otorgarse solidaridad entre los desposeídos (algo que el poder burgués jamás comprenderá), el magisterio y los estudiantes se han sumado al paro general, el pueblo se agrupa bajo el nombre de Foro Patriótico que ha propuesto ante el deseo de renuncia del presidente, “un gobierno de transición por un período de tres años para atajar los problemas de hambre, miseria y desempleo que afecta a más del 80% de la población, y la reforma de las instituciones estatales según las necesidades de la población”. La lucha haitiana siempre tiene un toque más elevado en su densidad, pues no sólo se lucha por frenar medidas anti-populares, sino por sobrevivir como pueblo, nación y seres humanos.

Frente a las movilizaciones populares, el presidente haitiano, Jovenel Moïse, ha declarado que “no se encuentra aferrado al poder sino a las reformas que pretende implementar”, pero no dice que las reformas pretendidas son modificaciones constitucionales, modificaciones a la ley aduanera y del sector energético, todo, para seguir beneficiando a los saqueadores y explotadores; el presidente Moïse es acusado de corrupción y se ha exigido su renuncia, por lo que justifica su aferrado amor al poder diciendo que es necesario “ver cómo podemos sacar provecho de esta crisis, cómo hacer de esta crisis una oportunidad”, la realidad no es más que el cinismo de quien oprime, la oportunidad planteada es la permanencia de un estado de indefensión agudizado por la injerencia imperialista y neocolonial.

Haití es la muestra de la soberbia y la venganza, la primera colonia liberada de América es hoy el país más lastimado por todas esas viejas potencias nostálgicas de su hegemonía, la muestra es el botón de oro: Haití vive una ocupación desde principios del siglo XXI, con el pretexto del envío de “ayuda humanitaria”, una coalición de naciones la mantiene asediada, el aval de la ONU a esta condición es otra de las muchas incongruencias en el seno del organismo internacional, el pasado 17 de octubre la ONU dio a conocer la continuación de su política intervencionista con el programa BITUH, que dará continuación del MINUJUSTH que precedió a los Cascos Azules, quienes cometieron múltiples vejaciones contra el pueblo haitiano.

Una de las grandes movilizaciones que se han registrado en estas nuevas jornadas de resistencia, fue justamente dirigida a ese intervencionismo, los manifestante se dirigieron al cuartel general de la ONU, cerca del Aeropuerto Internacional de Puerto Príncipe, donde expresaron su repudio al apoyo del Grupo Central al gobierno de Jovenel Moïse, este grupo lo conforman nada menos y nada más que un representante especial de la Secretaría General de la ONU, los embajadores de Alemania, Brasil, Canadá, Francia, Estados Unidos y los representantes de España, la OEA y la UE, todos estos países y estas organizaciones guardan un silencio culposo sobre la real situación que se vive en Haití, donde todos, desde luego, son cómplices de la opresión de larga duración que ha padecido, todos se benefician y extraen grandes riquezas, el neocolonialismo es real, tan real como la bota imperialista en el mundo. Haití libra una larga batalla contra todo el sistema mundial y es olvidado por la gran mayoría de las naciones. Ya es tiempo de dar luz a la verdad en Haití y extremar las manifestaciones de apoyo, la liberación haitiana es también la emancipación de los pueblos latinoamericanos.

Ninguna solución favorable al pueblo haitiano vendrá de las políticas neoliberales impuestas por el FMI, el imperialismo y neocolonialismo. Haití, como toda Nuestra América, enfrenta el reto y la necesidad de construir un nuevo orden mundial, esta región del mundo está llamada a ser vanguardia en esta impostergable urgencia, la resistencia contra el neoliberalismo ha de conducir a los pueblos a la abierta crítica de todo el sistema capitalista y a la formulación de un proyecto emancipador global. El socialismo tiene que levantar la mano para dar cauce a las demandas sociales, reformularse para concretar el anhelo de un mundo realmente justo, libre y humano.

24 de octubre de 2019

Latinoamérica Vs. el neoliberalismo: capítulo Haití. Conversación con Lautaro Rivara.

Por: Prensa Corriente Revolucionaria Bolívar y Zamora / Todos los puentes.
 

Puerto Príncipe se encuentra paralizado. Escuelas cerradas al igual que los centros médicos y cualquier otro organismo estatal hace más de un mes. Un país invadido a través de la Minustah (Misión de Estabilización de las Naciones Unidas para Haití). Las masivas movilizaciones del pueblo haitiano acorralan día a día al gobierno de Jovenel Moïse. Latinoamérica y otro capítulo en la lucha contra el neoliberalismo.

Hoy, al cumplirse un nuevo aniversario del asesinato de Jean Jacques Dessalines, el esclavo que se convirtió en el líder de la revolución haitiana y su independencia, el país se encuentra en una abierta disputa en las calles entre un modelo que, al igual que en resto de la región, se arma de balas y va dejando muertos para imponerse, y un pueblo entero que en las calles rechaza las consecuencias del mismo. Hablamos con Lautaro Rivara, militante del Frente Patria Grande (Argentina). Miembro de la Brigada Dessalines, una brigada de solidaridad permanente de las organizaciones de Alba Movimientos y la Vía Campesina, que está próxima a cumplir los 10 años en el país.

¿Cuál es el estado actual de la situación en el país? ¿Cuáles son las causas de las actuales manifestaciones?

Actualmente estamos en una situación crítica. Entramos en la sexta semana de protestas del último ciclo de una larga crisis. Estas protestas surgen a partir de la crisis energética. Ésta generó un desabastecimiento del combustible en todo el país, y sus consecuencias, principalmente el encarecimiento de los precios a nivel nacional.

Esto en el contexto de un país con características fuertemente desiguales, activamente empobrecido por décadas de políticas coloniales y neoliberales, donde 70% de la población intenta sobrevivir con 2 dólares diarios.

Este ciclo de protestas es diario. Cientos de miles de personas diariamente salen en la capital y en los otros departamentos y demás ciudades del país.

Hace más de un mes que no hay clases, al igual que ocurre en centros de salud. Tampoco hay actividad en ningún organismo estatal. Mismo en los comercios. Están suspendidos los elementos que hacen a la vida cotidiana.

No está llegando la asistencia internacional. Ni alimentos ni agua, como pasa en el sudeste. Se está camino a una nueva y recurrente crisis humanitaria en el país.

El actual estado de situación tiene un origen histórico. El FMI fracasa en su viejo proyecto de armar el “Taiwán del Caribe”, como lo llamaron los Clinton, que básicamente es una maquiladora, una estación intermediaria de la cadena de valor. Maquilas, con un costo laboral extremadamente bajo. Trabajadoras y trabajadores que sólo estén confeccionando textiles y ensamblando piezas electrónicas para el mercado de EEUU. Con algunas pequeñas economías de enclave: turismo de lujo, paraísos fiscales, extracción de oro en el norte y la fuerte presencia del narcotráfico, un 12% de la cocaína consumida en Estados Unidos pasa por Haití.

Este es el modelo que está en crisis.

También hay otras variables que generan el rechazo y el malestar. Una de ellas es la corrupción endémica. El desfalco de fondos que llegaron al país en el marco de los acuerdo de Petrocaribe. Estamos hablando que de 3800 millones de dólares, 2 mil millones han sido malversados, según lo reconocen los propios informes oficiales, en los que se comprueba la participación del presidente y altos funcionarios del gobierno. Esto generó movilizaciones muy masivas en agosto de 2018. Más de un millón y medio de personas salieron entonces a las calles.
La situación económica del país es totalmente adversa, inflación del 20% anual, devaluación constante de la moneda. A esto se suma la crisis energética y se genera un combo que recae sobre una población que ya viene viviendo sin margen, sin margen para desarrollar su vida.
¿Cómo se llega a la actual crisis energética?

Este último ciclo de la crisis, la crisis energética tiene dos causas principales. Ambas externas. En primer lugar,  el FMI impulsa una política global de eliminación de subsidios al combustible. Al igual que en lo hizo recientemente en Ecuador, trajo esta política al país el año pasado. Se emitió un decreto en julio de 2018 para aumentar la gasolina un 50%. La respuesta fue inmediata, se generó una reacción popular de masas. Más de 1,5 millones de personas salieron a las calles. Se echó para atrás la medida y renunció el entonces primer ministro Jack Guy Lafontant.

Esta medida fue suspendida temporalmente. Se sabe que esta intención de aumentar los combustibles aun está presente. En ese marco el gobierno comenzó a retener el stock de combustible que tenia en las terminales portuarias, argumentando que no contaba con los fondos para pagar las importaciones, con la clara intención de avanzar en la eliminación de los subsidios.

La otra causa son los daños que genera la política injerista de EEUU en la región. El embargo sobre Venezuela impacta en Haití. El combustible que llegaba a través del circuito de distribución de Petrocaribe hoy ya no llega, lo que obliga al país a salir a un mercado en el que el Estado no puede pagar. Estas dos causas, las políticas globales del FMI y los impactos de la política de agresión a Venezuela, están detrás de esta última crisis energética que se está viviendo.

¿Cómo es la situación de las organizaciones del campo popular?

Es paradójico. Hay relativamente bajos niveles de organicidad, lo que responden a la precariedad material de la vida. Sin embargo tenemos un altísimo nivel de movilización popular y de conciencia política.

Se están viviendo protestas realmente masivas prácticamente todos los días. El dinamismo más claro esta dado por un sujeto joven de la periferia de la capital y de los grandes centros urbanos.

En términos políticos organizativos se han delineado dos grandes bloques de oposición en el país. Un primer bloque que podemos definir entre moderado y conservador, con sectores de extrema derecha adentro, que se llama “Alternativa Consensual”, hegemonizado por el sector Democrático Popular, la vieja clase política haitiana, que ha participado en gobiernos anteriores. Por otro lado hay otro gran espacio opositor que se conformó en agosto de este año, el Foro Patriótico, que aglutina a movimientos campesinos, sindicatos, movimientos de mujeres, de derechos humanos, organizaciones juveniles, estudiantiles. Este Foro Patriótico tiene un programa que contempla la construcción de un gobierno amplio, de coalición, un gran acuerdo nacional. Que atienda las urgencias del país en materia alimentaria, de salud, educativa. Se plantea una reforma del sistema político, principalmente el electoral, que esta viciado y controlado técnica y políticamente por Estados Unidos. El programa incluye el llamado a una Asamblea Soberana, una Asamblea Constituyente. Cambiar la estructura política del país y reorientarlo hacia otros objetivos, otro horizonte. Esta es la propuesta del Foro Patriótico, en donde participamos los movimientos del ALBA y Vía Campesina, y otras organizaciones.

¿Qué mensaje hay para las organizaciones del resto de Nuestra América?

Llamamos a la solidaridad. La comunidad internacional se identifica en Haití por aquellos que justamente no son tal comunidad, sino la articulación de los intereses de algunas potencias como EEUU, Francia, Canadá. Hacemos un llamado a la otra comunidad internacional, la que representan los gobiernos revolucionarios, los gobiernos progresistas, los movimientos sociales, las organizaciones populares, los movimientos de los derechos humanos, a que no le saquemos los ojos a Haití, que está en una situación crítica y dramática, y a la vez esperanzadora. En ningún lugar hay movilizaciones de esta magnitud y radicalidad que enfrente sostenidamente la represión que ya se ha cobrado muchas vidas. Con un pueblo con alto nivel de conciencia y un historial de lucha enorme. Es dado esperar que se produzcan grandes transformaciones en el país. Es una zona estratégica en el Caribe. Es importante desestabilizar las políticas coloniales en las periferias.

Es necesario visibilizar la situación, deconstruir las marañas de mentiras históricas sobre el país, romper el cerco mediático que se monta alrededor de las luchas que está haciendo este pueblo, es desde las sombras que el imperialismo ha hecho sus peores atrocidades, como se viene haciendo en Haití desde la invasión de la Minustah (Misión de las Naciones Unidas en Haití).

El pueblo que hizo la primera de las revoluciones sociales en el continente puede alumbrar la segunda para el tiempo que vendrá. Es necesario la solidaridad y el apoyo activo.

16 de octubre de 2019

Una crisis sin precedentes.

Por: François Bonnet / VientoSur.
Traducción: VientoSur.
 

Los manifestantes piden la renuncia del actual presidente Jovenel Moise y la celebración de juicios a los malversadores. | Foto: EFE.


“Haití ha conocido muchas dificultades, muchas crisis, pero esta sobrepasa todo lo que hemos conocido. Esta es mucho más grave”, afirma Pierre Espérance, contactado por Mediapart en Puerto Príncipe. Es uno de los responsables de una asociación respetada, la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos (RNDDH). “Este poder organiza la inseguridad, se burla de la democracia y viola sistemáticamente las leyes, los derechos políticos y sociales”, añade Pierre Espérance.

La RNDDH publicó el jueves, 3 de octubre, un balance de los motines y manifestaciones que han paralizado completamente el país desde el 16 de septiembre. Del 16 al 30 de septiembre, “al menos han matado a 17 personas […] y al menos otras 189 han resultado heridas”, señala la asociación, que denuncia la violencia de la policía nacional haitiana, “los disparos con fuego real, las brutalidades policiales, el empleo abusivo de gases lacrimógenos y todos los demás actos represivos”.

Ahora que se acerca el décimo aniversario del terremoto de enero de 2010, que causó la muerte de más de 250.000 personas y redujo el país a escombros, Haití vive una crisis política que lo aboca al caos. El viernes, 4 de octubre, después de dos días de calma, se produjeron nuevas manifestaciones en todo el país. Desde comienzos de año, esta crisis contabiliza decenas de muertos y centenares de heridos.

Haïti lok”, Haití bloqueado. “Ya no funciona nada, en vez de reforzar las instituciones, el poder prefiere reforzar a las bandas y opta por la violencia”, asegura Pierre Espérance. “Tenemos un presidente fantoche y un Estado fallido”, añade el famoso novelista Gary Victor. Este último forma parte de la decena de escritores (Yanick Lahens, Lyonel Trouillot, Kettly Mars, James Noël…) que acaban de lanzar un llamamiento “a la ciudadanía del mundo para que apoye la causa haitiana”.

Elegido en noviembre de 2016, el presidente Jovenel Moïse ya perdió toda su credibilidad pocos meses después de ocupar el cargo en febrero de 2017. Este desconocido de 51 años, alzado a la presidencia por su predecesor Michel Martelly y sostenido por EE UU, fue elegido ya en la primera vuelta, aunque con una participación oficial del 21 % al término de un escrutinio muy controvertido. El año anterior, unos comicios presidenciales que ganó fueron anulados debido a las irregularidades detectadas.

Este hombre de negocios, productor y exportador de bananas, no ha conseguido nunca que le aprobaran un presupuesto. El país vive hoy con un parlamento paralizado, un gobierno en funciones, un primer ministro en funciones y un presidente virtualmente desaparecido. El jueves, 3 de octubre, Jovenel Moïse hizo su primera aparición sobre el terreno desde hacía unos dos meses: un alto de 55 segundos de duración en una calle de Petion-Ville, el barrio elegante en la parte alta de Puerto Príncipe, para dar algunos apretones de manos, rodeado de una guardia personal armada hasta los dientes.

El 25 de septiembre, después de diez días de disturbios y violencias, decidió intervenir en directo en la televisión nacional para llamar a la constitución de “un gobierno de unión nacional”. Pero lo hizo a las 2 de la madrugada, cuando el país duerme y la electricidad está cortada en numerosos barrios, sin hablar ya del mundo rural. En lo esencial, el presidente se manifiesta a través de su cuenta de Facebook, que por cierto es esquelética. Su repentino llamamiento a la unión resultó totalmente irreal, habida cuenta de que quienes le apoyan y los responsables del partido presidencial, el PHTK, están acusados de cometer las peores violencias. Dos días antes de su discurso nocturno, un senador de su partido desenfundó su pistola y disparó contra los manifestantes que se apelotonaban delante de su automóvil dentro del recinto del parlamento. Dos hombres resultaron heridos, uno de ellos un fotógrafo de la agencia AP. “La legítima defensa es un derecho sagrado”, se defendió después Jean-Marie Ralph Fethière.

El suceso podría ser un episodio rápidamente olvidado si no reforzara las acusaciones formuladas por numerosos observadores, periodistas y asociaciones. Además de la policía, que puede violentar a los manifestantes sin temor a ser inquietada, al parecer determinados círculos del poder financian y arman a bandas criminales, cuya presencia siempre ha sido una constante en Haití. La red RNDDH señala que “individuos armados, partidarios del poder, participan activamente en las operaciones policiales. Los utilizan para atacar violentamente las manifestaciones antigubernamentales”. Como prueba de esta afirmación, la asociación publica una fotografía de la asunción del cargo de un delegado del partido en el norte de la isla, el pasado 30 de septiembre: el hombre aparece rodeado de una milicia armada.

Asimismo, crecen las sospechas sobre la implicación de personas cercanas al poder en la masacre de La Saline que se produjo hace un año. El 10 de noviembre de 2018, pocos días antes de una nueva manifestación, una banda criminal ejecutó a 73 personas por lo menos y cometió violaciones en La Saline. Mucha gente vio en ello una estrategia del terror para “quebrar el ímpetu de la movilización contra el poder en este barrio conocido por su hostilidad al presidente Jovenel Moïse”, según el novelista. Una investigación patrocinada por Naciones Unidas todavía no ha concluido a fecha de hoy.

En este clima insurreccional, los partidos de oposición rechazan toda negociación y exigen la dimisión del presidente y la disolución del Parlamento. No son los únicos. Después de haber reclamado durante un tiempo un diálogo, un buen número de iglesias exigen a su vez la retirada de Jovenel Moïse, al igual que muchos músicos, artistas y escritores que multiplican los llamamientos.

El programa PetroCaribe o el robo del siglo

“Hoy todas las instancias de la vida nacional, los representantes de todos los cultos, las entidades de defensa de los derechos humanos, los profesores de universidad, colectivos de artistas y de intelectuales, los partidos de oposición de todas las tendencias, los sindicatos y asociaciones del sector empresarial reclaman la dimisión del presidente y de lo que queda del parlamento”, afirman los escritores en el llamamiento antes citado.

“El ejecutivo, y quienes le apoyan, resisten mientras numerosas comisarías de policía son atacadas, empresas privadas se ven saqueadas, instituciones públicas están siendo devastadas y manifestantes son recibidos con balas”, señala el periodista Frantz Duval en el mayor diario de la isla, Le Nouvelliste. La crisis actual ha estallado a raíz de las penurias reiteradas de carburante en agosto y de la revelación de nuevos escándalos de corrupción. Por ejemplo, el caso de cinco diputados que explicaban que los habían comprado por 100.000 dólares a cambio de un voto favorable al primer ministro…

Sin embargo, en realidad el origen de esta crisis se remonta a julio de 2018, cuando el poder anunció que dejaría de subvencionar el carburante, provocando aumentos del precio de cerca del 50 %. En el país más pobre de América, donde “más de la mitad de la población sufre inseguridad alimentaria crónica”, según el Programa Alimentario Mundial, y donde la clase media embrionaria se ve golpeada de lleno por una inflación del 20 %, el anuncio sirvió de detonador.

Porque al mismo tiempo la población salía a manifestarse para denunciar el robo del siglo, es decir, el escándalo de PetroCaribe. Este programa de ayuda masiva, lanzado por la Venezuela de Hugo Chávez, llegó a representar hasta el 25 % del Producto Nacional Bruto de Haití, según un informe del Banco Mundial. Consistía en el suministro de petróleo a precios de saldo y permitió a la hacienda pública haitiana ingresar más de 2.500 millones de dólares de 2008 a 2016. La mayor parte de estos recursos, que debían destinarse a financiar proyectos humanitarios y la reconstrucción del país después de 2010, se la embolsaron diversos ministros, responsables políticos y empresarios amigos.

Después de numerosas auditorías e investigaciones del senado haitiano e internacionales, la publicación, en enero de 2019, de un largo informe del Tribunal de Cuentas dio una nueva dimensión al escándalo. Dicho informe es todo un manual de instrucciones detallado de la corrupción y de la violación de todos los procedimientos administrativos. Y los autores de estos desvíos de fondos masivos se citan nominalmente: una decena de ministros, diversos diputados, alcaldes, etc., así como los empresarios que controlan una parte de la economía de la isla.

Entre ellos figura nada menos que el presidente Juvenel Moïse. Su empresa agrícola y de importación-exportación se hizo con dos contratos (al igual que los demás, al margen de cualquier formalidad): uno relativo a la instalación de farolas solares (de las que se han suministrado menos de la mitad) y otro sobre la rehabilitación de una carretera, facturada dos veces y nunca realizada… El 31 de mayo se publicó una segunda parte del informe.

Hoy es un país entero el que se alza contra la corrupción. A partir de un simple tuit que decía “¿Dónde está el dinero de PetroCaribe?”, publicado por un cineasta de 35 años, Gilbert Mirambeau, desde hace un año ha venido desarrollándose un vasto movimiento que exige que se inicie el proceso de PetroCaribe. Los PetroCaribe Challengers se han convertido en una poderosa fuerza que obliga a los partidos de oposición a ocuparse de una corrupción que pone de rodillas al país y alimenta la violencia.

PetroCaribe había reforzado la popularidad de Chávez y de Venezuela en Haití. Al desvío de fondos de la ayuda se añade lo que se considera una puñalada trapera: en enero y más recientemente, el 11 de septiembre, el presidente Jovenel Moïse votó en contra del régimen de Maduro en la Organización de Estados Americanos (OEA). Dicho voto es el resultado de una petición directa del gobierno estadounidense y John Bolton, entonces consejero de Donald Trump, lo reconoció abiertamente.

Para los actores de la sociedad civil, las activistas, los responsables de la oposición, Jovenel Moïse solo se sostiene actualmente gracias al apoyo de los EE UU de Trump y del Brasil de Bolsonaro. La ONU llama “a la calma y al diálogo”, Europa y Francia hacen lo mismo, pero su opinión apenas pesa nada en este país que EE UU siempre ha considerado su patio trasero después de haberlo ocupado de 1915 a 1934.

http://alter.quebec/haiti-une-crise-sans-precedent/

Haití al borde de la guerra civil.

Por: Lautaro Rivara / Todos los puentes.

La crítica situación haitiana hace tiempo que está madura para un cambio. Pero la maduro comienza a pudrirse. La crisis parece no tener fin, y la situación social, política y económica alcanza una gravedad sin precedentes, aún para la habitualmente convulsionada nación caribeña. Ya son cuatro las semanas del último ciclo de intensa conflictividad social, seis las semanas de crisis energética, y el plazo supera el año y medio si consideramos la inestabilidad política y social generalizada.

Tres perspectivas se desprenden de la situación actual: la posibilidad de una cada vez más  improbable estabilización conservadora con la continuidad presidencial o con un recambio controlado de figuras; el inicio de una transición política de ruptura que expresaría la disputa entre los diferentes sectores, clases e intereses que componen una oposición por demás diversa y contradictoria; o el fatal desenlace de una guerra civil, conforme los niveles de violencia social y la represión policial y parapolicial comienzan a desbocarse.

Las tentativas imposible de estabilizar el país

Los intentos de estabilización conservadora del país tienen dos grandes promotores. Por un lado el propio presidente Jovenel Moïse junto con su mentor y ex presidente Michel Martelly. En un movimiento coordinado, el presidente de la Asamblea Nacional, Carl Murat Cantave, se posicionó por un diálogo en el país, poco antes de que el gobierno anuncie la enésima Comisión montada para facilitar un diálogo rechazado de forma unánime por todos los sectores de la vida nacional. La Comisión nació muerta, dado que todos y cada uno de sus miembros son parte del actual o bien del anterior gobierno: Evans Paul, ex Primer Ministro; Rodolphe Joazil, antiguo presidente de la Asamblea Nacional; Liné Balthazar, presidente del partido oficialista, etc.
El sistema político construido tras la caída de la dictadura de Jean-Claude Duvalier, y las décadas prácticamente ininterrumpidas de políticas económicas neoliberales dictadas por el Fondo Monetario Internacional y el Departamento de Estado norteamericano, han tocado fondo.
Por otro lado, la oposición conservadora aglutinada en la llamada Alternativa Consensual, respondió rápidamente poniendo en pie un espacio paralelo, llamado Comisión de Apoyo para el Traspaso del Poder. La misma afirma que sólo negociará las condiciones de una salida «pronta y ordenada» del actual presidente Jovenel Moïse, y se propone elegir en su reemplazo a un juez de la Corte de Casación. La otra figura ejecutiva, que se estima tendrá aún más poder que dicho juez, sería un Primer Ministro surgido de las filas del Sector Democrático y Popular, el sector más poderoso y dinámico de la mencionada Alternativa Consensual. Esta salida implica, virtualmente, un mero recambio presidencial que dejaría intactos los principales resortes del sistema económico y político que ha conducido al país hacia el abismo. Esta la estrategia que ya suscriben algunas naciones influyentes como Francia y Canadá, las cámaras de comercio nucleadas en el Foro Económico Privado, y diferentes familias de la oligarquía tradicional como la que expresa Reginald Boulos, dueño de importantes cadenas de supermercados y concesionarios de autos.

Una transición de ruptura

Sin embargo, todo parece indicar que las motivaciones profundas de las protestas que sacuden al país ya han superado la perspectiva única de forzar la dimisión del presidente, e incluyen otras reivindicaciones. El sistema político construido tras la caída de la dictadura de Jean-Claude Duvalier, y las décadas prácticamente ininterrumpidas de políticas económicas neoliberales dictadas por el Fondo Monetario Internacional y el Departamento de Estado norteamericano, han tocado fondo. Las últimas movilizaciones tuvieron en los diez departamentos del país un notorio carácter anti-imperialista. Se trató de protestas de rechazo a la injerencia internacional, dado que los países y los organismos supranacionales nucleados en el Core Group venían de ratificar su apoyo a Jovenel Moïse. Por eso diferentes columnas de manifestantes se dirigieron directamente hacia la sede de la Misión de las Naciones Unidas para la Justicia en Haití (MINUJUSTH) y a la embajada estadounidense.

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El otro gran espacio opositor construido al calor de la crisis, el Foro Patriótico, propone lo que sus principales dirigentes llaman una «transición de ruptura». Este espacio sesionó en la localidad rural de Papaye a fines del pasado agosto, y ha conformado un Comité de Seguimiento Nacional para ejecutar y monitorear las principales resoluciones adoptadas. En ese sentido, Camille Chalmers, economista y uno de los referentes del espacio, destacó la organización de Comités departamentales para centralizar y potenciar las movilizaciones, la propuesta de un gobierno de transición formado por un Consejo de Gobierno de tres miembros en lugar de un presidente, y la construcción de un órgano de control con representantes de los departamentos. De esta forma, afirmó Chalmers, «se tendrá la garantía de una transición controlada por los actores nacionales, y el comienzo de una reforma profunda del sistema político y económico». Del Foro Patriótico hacen parte más de 60 organizaciones, entre movimientos sociales campesinos y urbanos, partidos políticos de izquierda, sindicatos y centrales sindicales, organizaciones juveniles y de mujeres, coaliciones democráticas y progresistas, etc.

La represión policial y la guerra de baja intensidad

Lo que sucede en Haití comienza a asemejarse a una guerra civil de baja intensidad en la que sin embargo no se enfrentan dos ejércitos, sino un gobierno y la maquinaria estatal contra la inmensa mayoría de la población. El día de ayer fue asesinado otro periodista, quien fue encontrado en el baúl de su auto con dos impactos de bala en la cabeza en la localidad de Bayas. Se trata de Nehémié Joseph, periodista de Panik FM y corresponsal de Radio Méga en la región central del país. Joseph había sido ya amenazado por miembros del partido de gobierno. Sus análisis de la actualidad nacional y su incisivo trabajo como corresponsal irritaban a las autoridades. Incluso habían sido organizadas protestas para evitar su nombramiento en la sede regional de la Oficina Nacional de Seguros de la Vejez (ONA, por su sigla en francés).
77 personas fueron asesinadas ya en lo que va del año en el contexto de las protestas, la mayoría por represión policial o de grupos irregulares
Según la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos de Haití, 77 personas fueron asesinadas ya en lo que va del año en el contexto de las protestas, la mayoría por represión policial o de grupos irregulares. Al momento de escribir esta nota, otro joven acaba de ser asesinado en Saint Marc, en el departamento Artibonite, por un disparo en la cabeza de la Policía Nacional. Incluso hay quiénes alertan que de nuevo han comenzado a ser introducidos en el país mercenarios norteamericanos para operativizar una represión selectiva en las comunidades y barrios más movilizados. Pese a la dificultad de confirmar dicha información, cabe destacar que eso mismo sucedió en febrero de este año, cuando un grupo de ex militares estadounidenses fueron detenidos en Haití en portación de armas de alto calibre y tecnología militar de punta.

También el día de ayer, bandas criminales atacaron un vehículo y secuestraron un autobús que se dirigía hacia Jérémie, capital de Grand-Anse, dejando un saldo de cuatro heridos. Como sucedió en octubre y noviembre del año pasado en los momentos de alza de la movilización, el crimen organizado directamente ligado al poder político es estimulado para sembrar terror en la población y obstaculizar el desarrollo de las protestas. Pese al incremento de la represión escasos organismos internacionales de derechos humanos se han posicionado sobre la crisis. Los actores locales temen, a su vez, que la violencia desatada sirva para justificar nuevas intervenciones internacionales violatorias de la soberanía nacional.

14 de octubre de 2019

Artistas convocan en Haití a marchar contra el EEUU, el FMI y Jovenel Möise, y esta fue la respuesta.

Por: @LautaroRivara.


Artistas de #Haití convocaron hoy a una movilización para exigir la dimisión de @moisejovenel y criticar las políticas del #FMI y los #EEUU: esta fue la respuesta del pueblo. Es necesario acompañar al país como a #EcuadorEnResistencia.




Cronograma de lucha:

Lunes: 
Movilización nacional.
Martes: 
Jornada de solidaridad con víctimas de la represión.

Miércoles: 
Funerales nacionales.

Jueves: 
Aniversario de #Dessalines e insurrección generalizada.



¡Rompamos el cerco!

4 de octubre de 2019

¿Qué hay realmente detrás de la crisis en Haití?

Por: Keston K Perry / Al-Jazeera.

Traducido del inglés para Rebelión por J. M.

Décadas de neoliberalismo, neocolonialismo y ahora la injusticia climática han llevado a Haití al límite

 
 Marcha de haitianos en el área de Cite Soleil de Puerto Príncipe, Haití, durante una protesta para exigir la renuncia del presidente Jovenel Moise [ChandanKhanna / AFP]

Desde hace meses Haití se ha visto sacudido por la intensificación de las protestas. Una crisis económica cada vez más profunda y la creciente escasez de combustible y alimentos han enviado a las personas a las calles, exigiendo la renuncia del presidente respaldado por Estados Unidos, Jovenel Moise, quien hasta ahora se ha resistido a renunciar.

La crisis comenzó el año pasado y se vio agravada por los desastres naturales que devastaron repetidamente la nación isleña: los huracanes destruyeron viviendas, la producción de alimentos, medios de subsistencia e infraestructura y una sequía severa agotó los recursos hídricos de la isla.

Si bien los medios internacionales se han centrado en una historia familiar de corrupción y mala gestión, lo que subyace a esta crisis debilitante es mucho más grave: una combinación mortal de neocolonialismo, neoliberalismo e injusticia climática. De hecho, lo que está sucediendo ahora en Haití es extremo y debería asustarnos a todos, ya que presagia lo que podría pasarle al resto del planeta si no tomamos medidas inmediatas.

Petrocaribe y la crisis del combustible

En enero de 2006, Haití se unió al programa de solidaridad venezolano Petrocaribe, que le suministró petróleo en condiciones favorables. El país pudo comprar 60.000 barriles por día a un precio con descuento, con la mitad de los costos reembolsables durante 25 años a una tasa de interés del uno por ciento en efectivo, o a cambio de bienes que Haití exportó.

Se suponía que esto liberaría recursos para iniciativas de desarrollo económico en infraestructura e impulsaría la producción agrícola. Sin embargo, la corrupción a gran escala se tragó miles de millones de dólares de ganancias que el programa reportó al Gbierno, al tiempo que acumuló una deuda creciente con Venezuela.

Con la economía venezolana en ruinas, Caracas tuvo que detener los envíos de petróleo en marzo de 2018, lo que provocó la escasez de combustible en Haití. La crisis se vio agravada por la medida del Gobierno en julio de ese año para eliminar los subsidios a la energía, que aumentó los precios del combustible en más del 50 por ciento.

La decisión fue tomada bajo presión del Fondo Monetario Internacional, que prometió un paquete de préstamos financieros de 96 millones de dólares para ayudar al país a pagar su deuda, y el G20 y las agencias internacionales, que han estado pidiendo el fin de los subsidios de combustible. La medida también reflejó los compromisos de política de Haití en virtud del Acuerdo de París para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 31 por ciento para 2030.

El corte del suministro de petróleo del programa Petrocaribe también obligó al Gobierno haitiano a recurrir al mercado global, en particular al proveedor de energía con sede en Estados Unidos Novum Energy Corp, para suministrar combustible. A medida que el Gobierno ha caído más en deuda, ahora debiendo unos 130 millones de dólares a los proveedores de combustible, la escasez empeoró.

Subsidios de combustible muy necesarios

Al sucumbir a la presión internacional para recortar los subsidios, el Gobierno haitiano acomodó las agendas extranjeras pero puso en peligro la supervivencia de su propia población. El país produce solo el 0,02 por ciento de las emisiones globales de gases de efecto invernadero y, sin embargo, su gente está pagando un precio desproporcionado por cumplir con las normas financieras internacionales y los controles de emisiones.

Los subsidios a los combustibles se incrementaron en solo el 2,2 por ciento del PIB de Haití y fueron una de las formas en que el Gobierno pudo apoyar a los ciudadanos empobrecidos, aun luchando después del terremoto masivo de 2010 y las consecuencias de los desastres naturales anuales.

Después de los recientes huracanes, muchas comunidades quedaron fuera de la red y se ha necesitado mucho combustible para hacer funcionar los generadores de electricidad. La economía del país también ha sido devastada, con la mayoría de las personas empleadas en el sector informal y altamente dependientes de tener acceso a combustible más barato.

De hecho, estos subsidios energéticos estaban brindando el apoyo muy necesario a más de 6 millones de haitianos empobrecidos que viven con 2,41 dólares al día.

Desde mediados de 2018, la crisis ha empeorado progresivamente y, recientemente, las protestas contra el Gobierno se han intensificado.

Para cualquiera que visite Haití hoy está claro que las medidas de austeridad y las fuerzas de "libre mercado" no pueden resolver los problemas de un país que enfrenta los peores efectos del cambio climático, la disfunción del Gobierno, la corrupción de los donantes y una crisis de deuda interminable.

Al mismo tiempo, a pesar de los esfuerzos realizados para desprenderse de los combustibles fósiles y a pesar de estar clasificado entre los tres primeros países más vulnerables al cambio climático, Haití ha tenido problemas con la acción climática. Sus esfuerzos carecen de enfoque y son impulsados ​​principalmente por donantes internacionales.

Por ejemplo, según una investigación que hice el año pasado, el país está luchando para acceder a financiamiento asignado a través de iniciativas globales como el Fondo Verde para el Clima (GCF). Las barreras burocráticas y los criterios onerosos hacen que sea casi imposible para el Gobierno aprovechar estos recursos.

Esto ha impedido que el país construya su resiliencia climática y, ahora, con cada desastre natural que le golpea, tiene que depender de las donaciones a corto plazo de las agencias de ayuda internacional para manejar sus consecuencias.

Neocolonialismo en tiempos de cambio climático .

La crisis haitiana es producto de la combinación tóxica de colonialismo, neoliberalismo y un enfoque injusto para enfrentar el cambio climático.

La degradación ambiental, que se exacerba con cada temporada de sequía y huracán, se remonta al dominio colonial francés sobre Haití cuando se abusó de la tierra y los bosques, lo que hace que grandes extensiones del país sean estériles e infértiles.

Después de que Haití lograse liberarse del dominio colonial francés a principios del siglo XIX, cayó dentro de la creciente esfera de influencia de EE.UU. y no ha podido liberarse desde entonces. Estados Unidos no solo ocupó el país durante casi dos décadas e interfirió reiteradamente en sus asuntos, sino que hoy también está apoyando a un presidente muy impopular cuya dimisión sigue exigiendo el pueblo en sus protestas masivas.

Al tiempo que evita que el pueblo haitiano responsabilice a sus políticos y combata la corrupción, Washington también ha estado imponiendo políticas neoliberales en el país, lo que ha contribuido a su crisis económica.

El enfoque estadounidense de la economía haitiana ha sido predominantemente extractivo. El país tiene aproximadamente 2.000 millones en depósitos minerales explotados principalmente por corporaciones estadounidenses y canadienses.

Es hora de la justicia climática

Es hora de que el mundo comience a prestar atención a lo que está sucediendo en Haití, porque su crisis ilustra lo que sucederá al resto del mundo si las políticas neoliberales y neocoloniales continúan dominando la economía global.

Los haitianos ahora han despertado con la idea de que la economía de libre mercado al estilo estadounidense solo empeorará su creciente crisis frente al cambio climático y el subdesarrollo. Han estado luchando por su cuenta, totalmente conscientes de que sus élites nacionales no abordarán sus preocupaciones y solo podrán permanecer en el poder debido a la intervención de Estados Unidos.

Hasta este momento, el movimiento internacional de acción climática ha ignorado por completo lo que ha estado sucediendo en Haití. Si bien los llamamientos para un nuevo acuerdo verde global son encomiables, no pueden ignorar la continua injusticia climática que está ocurriendo en lugares como Haití.

Si realmente va a haber un "nuevo" acuerdo, entonces no puede seguir el enfoque paternalista de "sabemos lo que es mejor para usted". Necesita dar cuenta de las realidades en el terreno en el Sur global, de manera que no cause más daño que beneficio.

La transición a un nuevo sistema energético solo puede tener éxito si se reconoce el poder que el Norte global aún tiene sobre el Sur y la necesidad de justicia climática.

La acción climática solo puede generar un statu quo nuevo y sostenible si reconoce la acción y la experiencia de los países en desarrollo y los movimientos indígenas, de la clase trabajadora y campesina, y se basa en este conocimiento.

En Haití, el apoyo debe extenderse a los haitianos negros de la clase trabajadora, que constituyen la mayoría de la población, y satisfacer sus necesidades básicas. Las protestas populares y sus demandas deben ser respaldadas y se debe facilitar un proceso de asunción de responsabilidades.

El país también necesita una importante inversión sin compromisos realizada bajo un escrutinio anticorrupción para ayudar a alejar su economía del extractivismo y la dependencia de la exportación de recursos y ponerla en un camino hacia el desarrollo verde. Solo entonces puede comenzar el proceso de construcción de resiliencia climática bajo el liderazgo de los propios haitianos. De hecho, Haití será la primera gran prueba para el movimiento transnacional de justicia climática. Si no se hace justicia climática con los haitianos, entonces el nuevo acuerdo verde global está condenado al fracaso.

Fuente: https://www.aljazeera.com/indepth/opinion/crisis-haiti-190927092336787.html
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