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15 de octubre de 2019

Recuperar el alimento.

Por: Leonardo Rossi / Ardea.
Fotos: Leonardo Rossi y Secretaría de Comunicación Institucional de la UNVM.


Periféricamente en un Occidente epistémico, bajo la anestesia de las promesas siempre frustradas de la urbanidad, con el ensordecedor ruido de la fe en el progreso cientificista, y el candil cegador de la falsa idea de desarrollo nos hemos olvidado de los componentes esenciales que nos tejen a la trama de la vida. Pero ni siquiera este desgarrador olvido, de por sí grave, es lo más drástico. Esa amnesia colectiva lleva como correlato intrínseco una encallada tara civilizatoria por la cual nos obstinamos día a día en dañar a las fuentes mismas de nuestros soportes elementales que nos permiten devenir organismos vivientes. Y al hacerlo, bajo una marca profunda de soberbia, celebramos desde un supuesto deber ser de la historia los éxitos en el avance de una carrera frenética, que si en algo no tiene competidores es en su capacidad (auto) destructiva.

Esta potencia erosiva opera de una vez en varios planos, profundamente entrelazados: sanitario, ambiental, social, cultural y fundamentalmente -esto es el interés de estas líneas- en el de las subjetividades políticas. Se hace hincapié aquí acerca de lo auto-destructivo a partir de observar a uno de esos nodos que hacen al entramado de eso que llamamos humanidad: pondremos en el centro de este relato al alimento. Hablaremos de esa fibra nutricia que permite que la humanidad devenga vida biológico-cultural. Recuperaremos entonces al alimento, a esa urdimbre que brota en la danza de infinitos procesos entreverados que surgen del fluir de la luz solar, del agua, de la tierra, del aire, de los minerales, y de las comunidades humanas y no humanas, para decantar en energía disponible para nuestros cuerpos, como parte de un tapiz de complejas y solidarias redes de reciprocidad.

Partamos de resituar la mirada en lo más terrenal. En esos alimentos que cada día en menor o mayor medida ingieren en la actualidad buena parte de las mujeres y hombres que conocemos. O al menos eso que creemos, entendemos, confiamos son alimentos. O tal vez eso que ya ni siquiera cuestionamos si son o no son alimentos. Pensemos en una fruta con residuos de veintitantos pesticidas; un puñado de fideos a base de una harina ultra-refinada producto de un trigo tratado con agroquímicos que acabará en nuestro intestino; una carne vacuna con origen en un feed-lot que dejó un suelo muerto cargado de desechos sin capacidad ya de ser asimilados, y hará otro tanto en nuestro metabolismo; galletas de fórmula con derivados de soja y de maíz transgénico que para llegar a ser cosechados dejaron napas, ríos y cuerpos de su entorno más próximo cargados de tóxicos y así dialogarán con nuestro sistema digestivo. ¿Por qué esto deviene norma? ¿Qué mandato justifica esta cotidianeidad? ¿Cuáles son las consecuencias de tamaña sin-razón-emoción por la vida propia?

Al menos como primera propuesta surge revisar nuestra propia humanidad, su andar en esta tierra, y entonces recordar que, salvo situación fortuita o una primera experimentación, mujeres y hombres buscaron en la larga marcha humana evitar la ingesta sistemática –más allá de bebidas o frutos que formaban parte de experiencias religiosas puntuales-  de alimentos que pusieran en riesgo su salud. Más bien, la pulsión a la vida, entendida esta no en términos individuales sino como supervivencia de la colectividad, indica todo lo opuesto. Múltiples trabajos de perfil antropológico, etnográfico, histórico y económico dan cuenta desde hace siglos de que el alimento era alimento en tanto y en cuanto tenía como fin satisfacer y cancelar la necesidad fisiológica-cultural de saciar el hambre de diversas comunidades, brindar las mejores condiciones sanitarias para adaptarse al territorio habitado, al tiempo que surgía de la labor colectiva y tenía profundo sentido de arraigo cultural. ¿Cómo alcanzamos este presente de híper-conocimiento científico-aplicado donde sobran productos derivados del agro en términos de cuotas alimentarias según los organismos internacionales, y no cesan su hambre los hambrientos, mientras que otra gran parte de la masa que sí se alimenta, según los cánones de estas entidades, asiste a marcados procesos de afección en su salud producto de esa misma supuesta alimentación?¿Cómo nos hemos vaciado de esa intensa historia que vincula el cuidado de la tierra, de nuestros cuerpos, de nuestras culturas y nuestras comunidades?
¿Cómo alcanzamos este presente de híper-conocimiento científico-aplicado donde sobran productos derivados del agro y no cesan su hambre los hambrientos, mientras que otra gran parte de la masa que sí se alimenta asiste a marcados procesos de afección en su salud? ¿Cómo nos hemos vaciado de esa intensa historia que vincula el cuidado de la tierra, de nuestros cuerpos, de nuestras culturas y nuestras comunidades?

Sin dudas que violentos procesos expropiatorios han hecho la tarea inicial, siempre re-editada en nuevas geografías, para persistir luego mediante mecanismos insensibilizadores que nos tornan autómatas sujetos indigestados de sucedáneos, insanos nutricionalmente, episitemicidas agro-culturalmente, y extremadamente nocivos ecológicamente. Y como nudo, esos objetos llevan intrínseca la fundamental huella despolitizadora de la vida, tan claramente expresa en la disputa por el alimento.

No podemos ya ignorar que la política se ha basado esencialmente en la forma en las que las comunidades humanas se han organizado para reproducir la vida en vínculo con su naturaleza exterior. Esa articulación colectiva, en búsqueda de adaptación a diversas geografías y ciclos naturales, ha tenido en la obtención del alimento y del agua sus más elementales sentidos, aunque ya casi no lo recordemos. La politicidad del alimento y la politicidad de la reproducción de la vida humana en su más literal sentido material son dos aspectos inseparables. Por tanto se tornan claves del hacer y, sobre todo, del pensar político, aunque no por casualidad hayan sido borrados de las páginas más difundidas de la teoría política.  Re-situarnos allí, tal vez, nos permita desandar caminos, para enfrentar la calamitosa crisis civilizatoria (climática, ecológica, migratoria, política, emocional) que atravesamos y encontrar entonces sí algunas posibles respuestas y propuestas.  Será entonces tarea urgente dotar de sentido político nuestra palabra-territorio en cuestión: el alimento. Ingerir un objeto cargado de veneno no es saludable. Si no es saludable entendemos que no es alimento. Un objeto que destruye la tierra sólo para generar una ganancia abstracta hiere en ese proceso nuestros propios soportes biofísicos. Por tanto, digámoslo, no es alimento. Un objeto, fruto del suelo y del trabajo humano, que puede descartarse a gran escala porque no encontró el mejor precio de mercado o sirve para especular es absolutamente lesivo en términos sociales. Entonces, claro está, no es alimento. Y así podríamos continuar.


Pero de lo que se trata no es de caer en un binarismo vano de quién está en el camino correcto de la alimentación y quién no. Por el contrario, se trata de la búsqueda sensata del cuidado siempre sentido en términos colectivos; de asumir que hemos llegado a este presente cargado de profundas heridas que se nos hacen carne, permean nuestros imaginarios, y se manifiestan en nuestras inconscientes claudicaciones cotidianas operadas a través de la alimentación. Es cuestión por tanto de caminar la senda para recuperar el sentido pleno del alimento, no como objetivo personal en pos de una dieta de mejor calidad para un cuerpo aislado sino como impostergable disputa política del retejernos como comunidades que comprenden su ser parte de esta trama de la vida.   

Es desde este punto de partida que se torna imperioso dejar explícito que eso de lo que hablamos a diario no es alimento. El alimento socialmente producido como objeto  de lucro (bien de cambio y dudoso bien de uso), atravesado por la génesis mercantil-colonial, la expansión industrial capitalista, y agravado a niveles extremos en los marcos del neoliberalismo vigente ha dejado hace tiempo de ser alimento. Y sus consecuencias eminentemente políticas son cruciales. Porque el alimento fue y será semilla indispensable del más profundo sentido de la politicidad de la vida.
El alimento socialmente producido como objeto  de lucro, atravesado por la génesis mercantil-colonial, la expansión industrial capitalista, y agravado en los marcos del neoliberalismo vigente ha dejado hace tiempo de ser alimento. Las consecuencias eminentemente políticas son cruciales, porque el alimento fue y será semilla indispensable del más profundo sentido de la politicidad de la vida.
Allí se han forjado los lazos que sostienen a esta especie humana en el planeta, como parte de una diversa gama de “apoyos mutuos”, como bien ha señalado hace más de un siglo Kropotkin. El vínculo espiritual inalienable con la tierra (que fue, es y será) habitada, el trabajo en común, el saber y el sabor colectivo, y el cuidado del ecosistema (exterior-territorio e interior-cuerpo) se encuentran –en su doble acepción- en el alimento. Todo eso han intentado, y aún insisten en, socavar desde arriba, con gran eficacia en inocular la amnesia de crecientes franjas de “los abajos”.


Cuando la filósofa y activista hindú Vandana Shiva lanza la idea de ‘monocultivos de la mente’ para condensar la potencia del agronegocio en términos de subjetividades invita a revisar los imaginarios que circulan a diario, sea en forma de noticias, políticas públicas, legislaciones, conversaciones en el hogar o en el espacio público. “Cosechas récord”; “Gran expectativa por la entrada de divisas del agro”; “Pujanza de la industria alimentaria: crece la venta de primeras marcas”, son frases que podemos recrear en base a la experiencia discursiva hegemónica que nos habita. Estos eufóricos mensajes celebratorios tienen su reverso en la preocupación de sectores político-partidarios, académicos y comunicacionales cuando estos indicadores decaen. Una y otra vez, desde la llamada “opinión pública” alertan por las alicaídas cifras macro-económicas, como si de forma lineal esos movimientos de mercado fueran una marca indeleble de un supuesto bienestar. En el medio de esa propaladora, vaciados se sustancia quedan la agricultura y el alimento. Cuando la marea de los grandes mercados anda en la buena, según esas concepciones, poco o nada dicen los aduladores del crecimiento per se sobre los impactos ecológicos, sanitarios, y subjetivos de esos gráficos al alza. Cuando viene la mala, claro, mucho menos. En el mejor de los casos, la calidad del alimento, quién y cómo lo produce, qué entramado social tiene en su composición es un debate siempre pospuesto, nunca tan urgente como poner un plato de comida para todes de forma inmediata. Y quién podría oponerse a eso. No es ese el punto en cuestión. Es que las discusiones no son excluyentes, más bien indefectiblemente deben darse en simultáneo si es que genuinamente deseamos que la comunidad se alimente; si anhelamos una salud próspera de los cuerpos y los territorios.
La calidad del alimento, quién y cómo lo produce, qué entramado social tiene en su composición es un debate siempre pospuesto, nunca tan urgente como poner un plato de comida para todes de forma inmediata. Pero esas discusiones no son excluyentes, más bien indefectiblemente deben darse en simultáneo si es que genuinamente deseamos que la comunidad se alimente; si anhelamos una salud próspera de los cuerpos y los territorios.
Decía Hipócrates que “el alimento sea tu medicina”, y en pleno siglo XXI pareciera que buena parte de las voces hegemónicas, a derecha y buena parte de la izquierda, no han llegado a comprender del todo la frase. “Que las dietas vuelvan a tener más fruta, que vuelva a crecer el consumo de carne y pescado, y que aumente la ingesta de leche”, enfatizan dirigentes político-partidarios, comunicadores y opinadores varios. Y otra vez, nadie puede oponerse. Frente al brutal saqueo de arriba, el tiempo alimentario apremia. Pero qué duda cabe de que ya entramos tarde a la discusión, de que es impostergable dejar de manifiesto si queremos alimentarnos para sanar o seguiremos con la ingesta de sucedáneos que multiplican las problemáticas sanitarias a escala masiva. Quién puede desconocer ya las graves patologías causadas por los alimentos ultra-procesados, por las micro dosis de pesticidas que ingerimos a diario, por el sobre consumo de carnes y leches de pésima calidad, saturadas de antibióticos; de pescados extraídos de ríos teñidos de glifosato y demás agrotóxicos. La recuperación del alimento no se trata de un tema que deba quedar reducido a círculos del activismo, que bien pueden marcar otros horizontes posibles tal como nunca han dejado de hacer comunidades campesinas e indígenas, pero de lo que se trata es  de interpelar y (con)mover estructuras socio-políticas y emotivas profundas. Claro que los “formadores de opinión”, decisores de políticas públicas y agentes del mercado, sean liberales, conservadores o progresistas ignoran esta urgencia o deliberadamente la niegan. Posponer esta discusión con la información hoy disponible a mano es temerario; es no tomar nota de la catástrofe social, ecológica, sanitaria que implica el actual patrón civilizatorio con un modelo agro-alimentario brutal como cimiento. Debemos remarcar este negacionismo, sin dudas, pero sobre todo habrá que orientar el flujo de energías políticas en una profunda pedagogía por abajo, basada en un hondo sentido del amor, que retome la politicidad de la vida en la mayor diversidad de ámbitos posibles. Será este (y ya lo es) un proceso, plagado de complejidad, como lo es la vida en su devenir. No se plantean aquí instantáneos cambios, movimiento de algunas piezas y nombres como parte de la (nunca alcanzada) transformación. Esa es la lógica que prometen siempre desde arriba.


Habrá entonces que artesanalmente cultivar el suelo para que el retorno del alimento a nuestras vidas crezca con raíces sanas y duraderas. En la diversa geografía que habitamos están dadas las condiciones para transitar hacia alimentaciones diversas, saludables, sostenidas en procesos agro-productivos agroecológicos, libres de xenobióticos, basados en su gran mayoría en circuitos cortos de comercio, justos para agricultores y consumidores, con marcado sentido de solidaridad. Ya tenemos abono para iniciar el cultivo de nuestros huertos de futuro porque existen gran cantidad de experiencias que multiplican estas semillas de esperanza: comunas por la agroecología, cooperativas de huerteras y huerteros,  y redes agrícolas en transición agro-ecológica, colectivos de consumo consciente, y una infinidad de ejemplos. Que entonces el alimento vuelva a ser esencia de nuestras humanas existencias, esas que saben del cuidado de la tierra, del agua, de la biodiversidad, del cuerpo y del espíritu, del hacer en común para dignificar nuestros sentires y prácticas, y en última instancia nuestro propio sentido de concebir la densidad política de la vida.

26 de septiembre de 2013

Maíz transgénico en México: mucho que arriesgar, poco que ganar.

Por: Mariela Fuentes Ponce, Iván P. Moreno Espíndola, Luis M. Rodríguez Sánchez y Juan Macedas Jiménez* / La Jornada Michoacán.
Desde los últimos meses del gobierno de Felipe Calderón se ha difundido con mayor intensidad la discusión en torno a la posibilidad de aceptar la liberalización de maíz transgénico a campo abierto con fines comerciales en nuestro país, centro de origen y diversificación de dicha planta. Esta discusión no es nueva. Desde anteriores administraciones panistas y priístas se había intentado minimizar o banalizar el tema de la introducción de plantas de maíz transgénico, como si se tratara de una tecnología totalmente probada e inocua para el consumo animal, humano y, aún para el ambiente. En la actual administración el gobierno se ha rehusado a tomar una postura pública al respecto.
Por su parte, organizaciones campesinas, sociales y de académicos han planteado el debate del uso de semillas de maíz transgénico desde la entrada en vigor del Tratado del Libre Comercio de América del Norte (TLC), en 1994. En una lista presentada por la propia Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa), por medio de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), se menciona que el 14 de febrero de 1995 se autorizó la venta comercial de un jitomate genéticamente modificado (FlavrSavr™), de la empresa Calgene SA de CV. ¿Con qué elementos contamos los ciudadanos para ser partícipes del debate y hacernos una opinión al respecto para exigir a quienes, en teoría, nos representan, la mejor política pública? Es urgente la revalorización y priorización de la actividad agrícola en el país desde la perspectiva de seguridad y soberanía alimentaria, y desde el propio contexto cultural.
Un modelo privatizador.
Desde hace algunas décadas, las políticas públicas que se han implementado para el campo mexicano han fomentado sistemas de producción uniformes mediante la oferta de paquetes tecnológicos que se desarrollan bajo el esquema de un modelo económico y político privatizador. Muchos de estos modelos son ofertados por la agroindustria, lo que ha provocado la pérdida de saberes y tecnologías locales, los cuales implican perspectivas de adaptación y resiliencia ante los cambios ambientales, económicos y sociales actuales. La inserción del maíz transgénico en la producción y comercialización en México no es un hecho aislado, sino que responde a esta visión de seguir ofertando soluciones aparentemente inmediatas en un contexto de “agricultura moderna”, modelos arrastrados desde la revolución verde que asumen la posibilidad de solucionar todos los problemas de la producción agropecuaria. Sin embargo, omiten la complejidad de los agroecosistemas, además de permitir la injerencia de empresas privadas en las decisiones prioritarias nacionales, como lo es el modelo de producción de alimentos, el cual se interpreta como un modelo privatizador en un área prioritaria de nuestro país, la producción de comida para la población. Todo ello restringe nuestra soberanía y autonomía alimentaria, aumentando nuestra dependencia respecto a otros países productores de alimentos, y a las empresas privadas del agronegocio y afines. Las empresas productoras de semillas y de agroquímicos pugnan por una agricultura dependiente de insumos, lo cual generará una concentración del capital por parte de dichas empresas.
Según un reporte de Reuters, la mayor empresa vendedora de semillas modificadas, Monsanto, en el trimestre agosto-octubre del 2012 obtuvo por ventas 2 110 millones de dólares. Mientras, Syngenta, empresa generadora de herbicidas, plaguicidas y semillas modificadas, aumentó sus ganancias este año en un 13 por ciento; el presidente ejecutivo de dicha firma, Mike Mack, aseveró que en 2012 sus ventas fueron de 14 mil 200 millones de dólares. Las diferentes compañías, al ofertar el maíz transgénico enfatizan dos características agronómicas: resistencia a insectos y tolerancia a herbicidas con el fin último de incrementar el rendimiento de grano por hectárea. Esta perspectiva es totalmente antagónica a la concepción de las culturas diversas de México, donde se cultiva el maíz con una visión holística, respondiendo a necesidades de vida; se siembra junto con frijol, calabaza y otras plantas, acordes a los diferentes ecosistemas y tecnologías locales, adaptándose a las condiciones culturales y climáticas de las diferentes regiones de nuestro país. En la visión de los campesinos, en una parcela no solo se busca obtener la mayor producción de un solo tipo de grano, se busca también enriquecer la alimentación con hierbas comestibles (quelites), condimentos (chile y epazote), colectar diferentes hongos e insectos.
Un modelo reduccionista.
Por otra parte, en esa concepción de la agricultura se generan espacios de conservación in situ de una amplia diversidad de plantas medicinales y de ornato, como el cempasúchil. En este contexto, lo que estamos discutiendo no es sólo la entrada o no del maíz transgénico al campo y al mercado nacional, sino de diferentes concepciones del quehacer agrícola en México, tanto a nivel de política pública, extensionismo, el apoyo al campo y pequeños productores, la generación de conocimiento, así como el modelo económico y de soberanía nacional. El modelo reduccionista de paquetes tecnológicos y aparentes soluciones inmediatas introduce en la agricultura lo que se denominan organismos transgénicos o genéticamente modificados (OGM). El maíz que comúnmente se ha introducido se denomina Bt (por la bacteria Bacillusthuringiensis), es una planta que ha sido modificada artificialmente para que produzca una toxina que de manera natural sería producida sólo por dicha bacteria. Esta modificación implica que al menos un gen de la bacteria fue introducido mediante técnicas de biología molecular en el genoma del maíz. En el caso del maíz Bt, se introdujo una instrucción para que produzca una proteína tóxica denominada Cry, que en teoría ayudaría al maíz a tener su propio insecticida. Bajo esta idea simplista se han creado diferentes organismos en los que se combinan genes de bacterias, virus y plantas, suponiendo un efecto aditivo simple.
Un transgénico es aquel organismo al que se le han introducido una combinación artificial de genes, en el cual se supone que únicamente se expresará el transgen de interés, sin afectar el resto de las instrucciones y funciones que de manera natural realizarían las células del organismo modificado y sin interactuar con el medio en el que dicho organismo se desarrolla. Sin embargo, la complejidad de los sistemas biológicos rebasa estos supuestos ya que la naturaleza es mucho más compleja que la idea simplificada de la doble hélice del ADN que aprendemos en la escuela. Diversas investigaciones, como las del grupo de Elena Alvárez-Buylla, del Instituto de Ecología de la UNAM, han demostrado impactos ecológicos y productivos al cultivar comercialmente variedades transgénicas, como la pérdida de diversidad genética del maíz, siendo centro de origen nuestro país. El maíz es una planta de polinización libre, por lo cual no hay control entre las cruzas, lo que ha generado que variedades nativas hayan presentado ya flujo génico de variedades modificadas (demostrado por Ignacio Chapela y corroborado por Elena Alvárez-Buylla, en Oaxaca). La diversidad coadyuva a las diferentes variedades nativas a adaptarse a las variaciones climáticas y geobiofísicas, mientras que  los transgénicos no son flexibles en este sentido.
Un modelo incierto.
La concepción de la agricultura moderna y la dependencia que se ha generado hacia los insumos agrícolas en manos de empresas privadas apoyadas por los diferentes gobiernos federales, ha provocado la desaparición de modelos de producción agrícolas acordes con el contexto nacional. Los insumos promovidos por estas empresas incluyen las plantas genéticamente modificadas (transgénicos), lo que implica la perdida de diversidad de una planta nativa como es el maíz en México. Otro problema ecológico es la transferencia horizontal de los transgenes, esto significa que las secuencias de ADN, o parte de ellas, transferidas artificialmente de un organismo a otro, pueden pasar de la planta transgénica a una planta normal por medio del polen. Esta transferencia o flujo génico implica el riesgo de que las secuencias artificiales de una planta transgénica afecten detrimentalmente a variedades nativas de maíz, provocando, cuando menos, anomalías en el desarrollo de las plantas con “flujo génico”. No sabemos realmente cómo se puede expresar el transgén en otras plantas a mediano y largo plazo, sean comestibles o no, ni qué implicaciones ambientales y a la salud podrían tener.
La propuesta de introducción de maíz transgénico en México está enfocada en el norte del país, zonas con agricultura extensiva e industrializada. Entonces la pregunta es: ¿cómo afectaría la liberación de transgénicos a la producción local que se realiza en la milpa?
Como se explicó anteriormente, el flujo de los trangenes por medio de la polinización libre, especialmente en plantas como el maíz, implica el riesgo de que las secuencias de ADN patentadas pasen a las variedades nativas, lo que implicaría, según las leyes de propiedad intelectual, que ese maíz que antes era propiedad social podría pasar a ser propiedad de una empresa, con lo cual los campesinos ya no serían dueños de su semilla y cada año tendrían que comprarla a alguno de los fabricantes trasnacionales que las ofertan. Pensando con un poco de malicia, diríamos que la producción intensiva del norte del país destinada a las empresas procesadoras de forraje y alimento humano estaría dominada por las semillas transgénicas, y que a la par se generaría un mercado de semillas “orgánicas” o “libres de transgénicos” a precios elevados, a los cuales sólo un sector privilegiado de la población tendrá acceso, generándose un nuevo mecanismo de mercado en el que seguramente se incorporarían las mismas empresas productoras semillas, quienes nunca dejarían de ganar.
Un modelo tóxico.
Otro problema es que se ha demostrado que el uso de plantas transgénicas, como las resistentes al glifosato, estimula el surgimiento de insectos y arvenses resistentes a dicho herbicida, debido principalmente a la repetida exposición al agrotóxico. Evidencias encontradas en Argentina sobre el surgimiento de “super malezas” demuestran que el uso de líneas transgénicas resistentes a herbicidas no disminuye su uso, por el contrario, los agricultores tienden a aumentar las cantidades del agrotóxico aplicadas al suelo para intentar controlar el aumento en el número de arvenses e insectos resistentes.
¿Cómo nos afecta todo esto como consumidores de alimentos?
El uso excesivo de herbicidas, según la Union of Concerned Scientists, en sembradíos de maíz transgénico de 1996 a 2008 (específicamente uso de glifosato) aumentó 173 millones de kilogramos; esto conlleva efectos colaterales como la acumulación de residuos tóxicos en la cadena alimenticia (tanto en legumbres, hortalizas, granos como en diferentes tipos de carne, incluyendo pescado), el deterioro de la calidad del agua superficial y subterránea (el agua que extraemos para tomar y asumimos como potable), la reducción de la biodiversidad y la acumulación en el suelo donde se volverá a sembrar, entre otros. Todo lo anterior implica una amenaza a la salud pública.
Actualmente no se sabe a ciencia cierta los daños directos que podría implicar el consumo de transgénicos en la salud de los seres humanos, sin embargo, ya se ha demostrado que los transgenes son bioacumulables en los tejidos de plantas y animales, pueden llegar finalmente por medio del alimento a las personas. Lo anterior nos remite a la reciente y polémica publicación del investigador francés Gilles-Eric Séralini y colaboradores, quienes mostraron el surgimiento de tumores en ratones que consumieron maíz transgénico. De igual manera, Pusztai y colaboradores alimentaron ratas jóvenes con dietas balanceadas que contenían papas genéticamente modificadas y no modificadas; los resultados mostraron un aumento significativo en el grosor de las mucosas del estómago y un alargamiento de las criptas de los intestinos de las ratas alimentadas con las papas modificadas. A pesar de que los exámenes aplicados podrían ser controversiales, la mayoría de los comentarios negativos a este artículo publicado en la revista médica Lancet fueron personales, opiniones no arbitradas y, por ende, con un valor científico muy limitado.
Un modelo no sustentable.
Considerar el cultivo de maíz genéticamente modificado como una alternativa de innovación tecnológica implica la destrucción de modelos sustentables de producción de alimentos en un contexto de escasez, desnutrición y hambre a nivel mundial. Específicamente en México, donde los productores han realizado mejoramiento genético del maíz (50 razas), generando sus propias semillas de variedades adaptadas a las nuevas condiciones agroecológicas, la entrada de transgénicos, los cuales no se distinguen a simplemente vista del resto de las variedades, generaría pérdida de diversidad y de las semillas nativas, lo que implicaría que los agricultores tendrían que comprar cada año la semilla a las empresas privadas, además de que si los maíces nativos presentan flujo génico de material generado por las empresas, el agricultor es perseguido por tener un material que esta registrado por la compañía en cuestión (Monsanto, Syngenta, Aventis, Dupont, BASF).
Todo lo anterior, además de ponernos en riesgo como consumidores, aumenta nuestra dependencia, disminuyendo la soberanía y autosuficiencia alimentaría del país, la cual ya está en serio peligro.
Según Antonio Turrent-investigador de INIFAP-, para el 2012 México importó un tercio del maíz requerido. Es urgente una discusión amplia sobre las perspectivas y planes para el desarrollo de la agricultura en México que incluya a campesinos, asociaciones de productores, diferentes instancias gubernamentales e instituciones de investigación y formación para generar mecanismos de regulación y control para los organismos genéticamente modificados, especialmentede aquellos que, como el maíz, tienen al territorio de México como centro de origen y diversificación.
Algunas propuestas.
Aunque la discusión de la introducción de maíz transgénico a campo abierto no se ha agotado, planteamos algunas propuestas. El Estado mexicano debe tener una postura clara que no responda a los intereses de las empresas productoras de semillas, sino a un modelo de desarrollo del campo mexicano, con base en las características bioclimáticas y socio-culturales del país. El Estado debe generar un programa de inventario y monitoreo constante que apoye a los productores para generar bancos de semillas de maíz nativo, asegurando que estén libres de transgenes.
Por otra parte, debe obligarse al etiquetado de los productos que contengan transgénicos o derivados de éstos, salvaguardando el derecho del ciudadano de elegir, de manera informada, el producto que está consumiendo. Si fuera imperante importar maíz transgénico, debe repartirse como harina y no como grano para evitar que se use como semilla. Finalmente, el Estado debe subsidiar y fomentar la selección masal para no perder la riqueza genética del maíz nativo y generar independencia de los productores y del propio país. Todo esto implica una política agrícola de apoyo al pequeño y mediano productor en pos de una autosuficiencia y soberanía alimentaria. Implica un cambio en la política económica y social del país.
Hasta el momento, el Estado no ha asumido una política social y económicamente responsable exponiendo a los sectores socialmente más vulnerables: en el campo a los pequeños productores, los cuales pierden el control sobre la producción de sus propias semillas volviéndose dependientes del gobierno y las empresas, lo que acentuará el abandono de la actividad agrícola; en las ciudades los consumidores con menos recursos no tendrán acceso a alimentos biológicamente seguros. Es urgente que como sociedad nos vinculemos y organicemos para obligar al Estado a garantizar del derecho a la alimentación de buena calidad y a la no privatización y contaminación génica de las semillas.

*Profesores-investigadores del área de Agronomía de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco, que participan en el Programa de Investigación Sierra Nevada-Centli de la UAM, conjuntamente con productores del Valle de México.

31 de julio de 2012

Comunitarismos.


Por Gustavo Duch/PALABRE-ANDO.
Las noticias ya no daban cifras del paro, daban cifras de mortalidad infantil; no se hablaba de recortes en sanidad, se huía de las epidemias y se traficaban medicamentos y vacunas; no se protestaba contra los barracones que hacían de escuelas pues mucha gente malvivían en barrancos o vertederos bajo lonas de plástico.
Será terrible, la crisis de la deuda financiera acabará con el Euro como moneda única, y con el dólar y el yen como monedas arrogantes. Volveremos a las monedas nacionales que una a una también irán pereciendo, así que no quedará más que recuperar las monedas locales sin ningún valor en bolsa, los bancos de tiempo o cualquier otra forma de trueque humanizado. Sin dinero, será terrible, y los ricos no serán ricos y los pobres no serán pobres.
Cundirá el pánico, se acabará el petróleo y sus derivados que mueven el mundo, y que por todo el mundo mueven toneladas de mercancías. Se acabarán los viajes low cost, los alimentos exóticos y lamentablemente volveremos al ritmo perezoso de los animales tirando de carros, las bicicletas a pedales o la vela al viento. Sin gasolina, qué miedo, se correrá menos y se respirará mejor.
Quebrarán muchas empresas transnacionales que han apostado fuerte a la globalización. Sin pescanovas, campofrios o monsantos nada habrá en las neveras de mercadonas o walmarts. Cerrado por caos, pondrá en los letreros. Y ¿qué comeremos sin la industria alimentaria? Suficientes, variados, frescos y sanos alimentos que las redes y cooperativas sin lucro proveerán de pequeñas campesinas y campesinos.
El sistema se derrumbará completamente arrastrando con él la sanidad y la educación pública y nos indignaremos con motivo. La vida en las ciudades será complicada. Fábricas desahuciadas, centros comerciales abandonados y los índices del paro subirán y subirán. Sin nada que hacer, se empequeñecerán las ciudades al marchar parte de sus gentes a los pueblos de antes. Con menos urbanidad y más ruralidad se harán economías productivas sencillas y sostenibles, se prestarán servicios comunitarios con las mejores vocaciones ejerciendo, y  la comunidad dará respuestas, calor y alegrías.
Nos esperan muchos más sobresaltos. Los asilos no aceptarán almacenar vejez como restos de serie, y se convertirán en universidades de la recuperación del saber. En el espejo nos veremos cambiados porque nos reconoceremos mejor. Y en las calles o comedores populares encontraremos amistades, como el que no quiere la cosa, sin darnos ni cuenta.
El fin de un capitalismo insoportable nos da miedo porque no sabemos (aún) que sin él inventaremos comunitarismos que nos harán vivir mejor.
Pintura colectiva.

24 de julio de 2012

Los nombres de la resistencia

Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx


El pasado 12 de julio se cumplieron 450 años desde que Fray Diego de Landa, primer provincial de la Provincia Franciscana de Yucatán, diera cumplimiento a la sentencia final del proceso inquisitorial que tuvo lugar en 1562 en el poblado de Maní. El resultado es conocido: cientos de imágenes de culto, objetos sagrados y códices de la cultura maya fueron quemados como castigo a los hombres y mujeres mayas que, a pesar del proceso obligatorio de cristianización, conservaron sus prácticas religiosas de manera clandestina.

Aunque todavía sobreviven trasnochados discursos que intentan justificar la barbarie perpetrada por el provincial franciscano (el “resumen” presentado por Wikipedia es poco menos que exculpatorio), no hay argumentación sensata que la sostenga actualmente. El auto de fe de Maní es el más conocido, pero fuentes históricas cuentan más de 40 destrucciones similares realizadas en distintos lugares de la península. El nombre oficial de esa intolerancia era Tribunal de la Santa Inquisición. Representa una mentalidad que, por desgracia, aún no termina por desaparecer en muchas iglesias cristianas, ni institucionalmente, ni en las cabezas de muchos jerarcas religiosos.

Pero el pueblo maya y su cultura están lejos de haber desaparecido. De Chiapas a Honduras, con variantes lingüísticas, la gran nación maya está más viva que nunca. Por eso me ha dado una alegría especial la manera como la Escuela de Agricultura Ecológica U Yits Ka’an de Maní, Yucatán, en la que me honro de trabajar, ha conmemorado la efeméride de los 450 años del auto de fe: acompañando la inauguración de un centro de resistencia, donde las y los mayas podrán intercambiar sus saberes, ofrecer al público sus productos, realizar sus ritos ancestrales, ofrecer cursos para compartir sus conocimientos y habilidades. El lugar ha recibido el nombre de U Tuch Lu’um, que quiere decir ‘el ombligo del mundo’ y se encuentra a poco más de una cuadra de distancia del centro de Maní.

Hace algunos años, un congreso internacional de especialistas sobre el cambio climático llegó a una conclusión bastante simple: la debacle ecológica que se acerca amenaza la sobrevivencia de la especie humana. Para remontarla habrá que cambiar muchos de los paradigmas actuales de convivencia. En el mensaje que el congreso hizo público al final de sus sesiones de estudio, los científicos aseguraron que solamente sobrevivirían los grupos humanos que se ajustaran a tres condiciones: producir su propia comida, usar la menor cantidad de energía y mantener un sólido tejido social de convivencia.

Como se ve, las características profetizadas por los estudiosos del mencionado congreso son insostenibles si seguimos el modelo de los grandes conglomerados urbanos y del desenfrenado consumismo al que nos hemos acostumbrado. La misma noción de desarrollo, tan ligada a la productividad y la competitividad, está en cuestión. Se antoja una carrera desgastante, interminable, condenada de antemano al fracaso. Vivir con menos se convertirá muy pronto en el único paradigma de sobrevivencia.

Pues bien, yo creo que la sabiduría de siglos que ha hecho sobrevivir a los pueblos indígenas de todas partes del mundo los convierte en los primeros sujetos aptos para el nuevo comienzo. Lo que hoy representa una desventaja, ante la avalancha de productos que quedan lejos del alcance de sus bolsillos, se va convirtiendo en su principal activo de cara al irreversible proceso de descomposición del equilibrio del ecosistema.

Bendigo por eso a Dios por estar siendo testigo cercano de este proceso de reapropiación que hace el pueblo maya de su propia cultura y de su historia, de los pasos –pequeños pero sostenidos– hacia la soberanía alimentaria, hacia la producción y el consumo de alimentos orgánicos, hacia la revitalización de sus costumbres y de sus paradigmas religiosos. El trabajo en la Escuela de Agricultura de Maní es una privilegiada oportunidad para atisbar, así sea como insomne vigía, la manera en que la resistencia toma caminos diversos y se transforma en prácticas más respetuosas del entorno, en una nueva clase de armonía entre seres humanos y naturaleza.

A la destrucción que hace 450 años liderara un jerarca católico con el objetivo de acabar con una cultura y una religión que consideraba ‘paganas’, las y los mayas de hoy responden con la construcción de nuevos espacios en los que su cultura no solamente se mantiene, sino que se recrea en una perspectiva inclusiva mucho más amplia. La mentalidad que quiere desaparecer al pueblo maya o reducirlo a un atractivo turístico productor de divisas ha sido derrotada una y otra vez. Su destino es el fracaso. En los rincones de Maní, de muchos poblados mayas de la península, lo mismo que en las montañas guatemaltecas o en el preñado silencio de las comunidades zapatistas, en el Totonacapan o en la sierra tarahumara, sopla el viento de la resistencia. Y esa, lo aseguro convencido, no será nunca derrotada.

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