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12 de mayo de 2020

Lazos de marginalidad en el fin del mundo.

Por: Edwin Sarabia / Soma Arte Cultura.


Foto: Diana Heredia / Soma Arte Cultura.
Una tela blanca cubre por completo el escenario. De repente un sonido estrepitoso resuena. Ruido de artefactos colisionando, con golpe secos, contra el pavimento. Todos callamos. El lienzo blanco cae con violencia develando una pequeña habitación en cuyo centro hay un sillón rojo elevado en un ángulo de cuarenta y cinco grados, evidentemente descolocado. Una penumbra bordea el ambiente que se hace más espeso por el humo que cae en cascada desde lo alto.

En el piso distinguimos cúmulos de envases de plástico regados que, además, delimitan el espacio de representación. Del techo cuelgan, en posiciones anárquicas, un racimo de botellas de PET que, pacientes, esperan a sus víctimas como espada de Damocles. En el fondo de la escena, y exactamente detrás del sillón rojo pende una pantalla transparente que contiene desechos sanitarios no biodegradables. Un universo simbólico que sugiere que la debacle planetaria derivará de la insostenible crisis ecológica y ambiental en la que nos encontramos. Un laberinto minotaúrico sin salida. Tiempo de una vorágine exacerbada, de preguntas fuertes y respuestas débiles.

¡Uy el apocalipsis y yo con estos pelos! es una obra original de José Ramón Enríquez, la cual se presentó el sábado 15 de marzo a las ocho de la noche bajo la dirección de Pablo Herrero de la compañía Teatro Hacia el Margen. Se tuvo a Jenny Ávila como asistente de dirección; así como a Jesús Molina y Jonatan Ku como encargados del planteamiento escenográfico.

La anécdota es sencilla -que no simple-, pero desoladoramente contemporánea, más en boga de lo que quisiéramos. El encuentro entre una joven transexual, conocida como “La Gasolina”, interpretado por Teo Flores y una longeva mujer conocida como La Doñita, encarnada por Eglé Mendiburu, donde recapitulan sobre sus vidas y anécdotas en el contexto de un cataclismo que ha extinguido a la humanidad. Asistimos a los últimos instantes de dos personas que han quedado atrapadas en una habitación, luego del apocalipsis mundial y que pueden sincerarse ante un fin inevitable: todo terminará en el momento en que el oxígeno se consuma en la habitación/burbuja donde se encuentran.

El montaje se sostiene, en gran parte, gracias a una dramaturgia contundente, de ritmo interno vertiginoso, que dialoga en diversas dimensiones temáticas y escalas de lo humano. Así, se permite reflexionar sobre la crisis civilizatoria, el calentamiento global, el sistema económico desigual, la barbarie de la acumulación y la ferocidad de la globalización. Pero igual encuentra refugio para hablarnos sobre un recetario de anécdotas dolorosas: violencia machista, abuso sexual, discriminación de género y brutalidad doméstica. Ambos personajes se comparten y nos hacen partícipes de sus universos íntimos y condición marginal por ser mujeres.

Un acierto de la dramaturgia consiste en que, pese a que los personajes comparten historias salvajes y dolorosas, éstos nunca son revictimizados. Más bien logran reivindicarse desde su condición vulnerable, como aquella frase que asevera: “hay que tener buen olfato y muchos webos para sobrevivir a la putería”. Lo anterior es posible porque la pieza es planteada como una tragicomedia, con picos elevados en clave de farsa, logrando que el público suelte carcajadas ante acontecimientos que duelen hasta la médula.

Es destacable el trabajo actoral que resulta de una manufactura impecable. Eglé Mendiburu que interpreta a la “Doñita” es un monstruo de la escena y Teo Flores no desmerece, ni se tambalea ante su contraparte en el escenario. Al contrario. Son como dos bestias felinas en cadencia acompasada y complicidad empática. Sus texturas vocales y su comunión arriba de la tabla generan que los espectadores ingresemos al pacto ficcional sin cuestionarnos la verosimilitud de la situación. El montaje cae, por momentos, en periodos de ritmo aletargado derivado de un trazo escénico escaso y excesivamente reiterado. Muestra de ello es que los ejecutantes se encuentran casi todo el tiempo sentados en posición frontal y tres cuartos. Hay muy poca variedad en cuanto a la exploración física de los actores, resultando en posturas corporales monótonas y repetitivas.

También lo que en un principio se muestra como un dispositivo escenográfico poderoso, cargado de simbolismo, se disuelve conforme avanza el trabajo puesto que éste no dialoga casi en ningún momento con lo que sucede en la trama. Termina siendo un aparato ornamental o decorativo. Esta carencia de interacción genera que el trabajo no logre redondearse con eficacia. Un desliz que suele ocurrir con frecuencia en nuestra ínsula teatral: planteamientos escenográficos que apelan a lo efectista, pero terminan siendo como un telón de fondo del cual se puede prescindir.

Asimismo, el uso de efectos especiales que irrumpen en episodios concretos para reiterar el cataclismo resulta tautológico e innecesario. Desde el principio sabemos el contexto en el que ocurre la anécdota. Entonces hacer uso de sonidos estruendosos en off y luces destellantes como en película mexicana de luchadores termina siendo un recurso innecesario. El final de la obra tiene un cierre extremadamente abrupto y no logra la emotividad propia de una situación como la planteada. Esto último en parte porque el actor Teo Flores no logra transitar de la farsa al drama y los susurros finales causan gracia en vez de angustia.

Finalmente, la obra nos plantea reflexiones sobre nuestro contexto apocalíptico en un mundo donde la constante es el desencanto de los sueños; en contraparte, tenemos la inmediatez, el consumismo, la individualidad y el éxito económico solitario, que han traído hasta nosotros una sensación de hartazgo y cansancio. Nos permite imaginar un escenario posible donde la esperanza ha sido desterrada y donde “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Todo lo anterior en el marco de una emergencia sanitaria provocada por una pandemia mundial que aqueja a toda la humanidad.

1 de septiembre de 2013

Para una novela del movimiento social. Crónica oaxaqueña.

Por: Daniel Noemí / El Desconcierto.
Para la Vero, porque sí.
Entre la exuberante vegetación de Oaxaca y el olor a mar de Zipolite, con sus turistas calatos y fumados, las ganas de comer un pescado fresco y unos camarones a la diabla inigualables, me encontré leyendo la última novela de Tryno Maldonado. Así, sin esperarlo, se me ocurrieron algunas ideas que son como de crítica literaria pero que tienen más sueño y más viaje. Lo que sigue son mis notas sobre la novela Teoría de las catástrofes del Tryno y por qué, creo, nos pueden ayudar a pensar sobre un tipo de narrativa y de novela que reflexiona sobre los movimientos sociales y, además, se constituye en parte de ellos.
Todos tenemos nuestras obsesiones. Algunos no podemos vivir sin avisar en Facebook que fuimos al baño o twittear que acabo de ver a fulana con zutano; otros se preocupan de la cantidad exacta de lípidos y calorías que consumen; y hay quienes luchan—esto ya se parece a Brecht— incesantemente por una causa, a tal punto que esta deja de tener sentido en sí y se convierte en otra cosa (en una metáfora dirán algunos). Yo estoy obsesionado con las crónicas. Tryno Maldonado está obsesionado con leones. Y esa es una buena obsesión, al menos en su caso. Porque los leones son un modo de escribir otra obsesión que late todo el tiempo en su escritura: la de la posibilidad de una revolución estética y política (y, digamos desde ya, que ninguna de las dos puede tener éxito total; solo logros parciales y esporádicos).
La primera novela de Maldonado fue un intento por acercarse a y reírse de los escritores del Crack. ¿Qué ellos escriben esas novelas no latinoamericanas situadas en el corazón de Europa en tiempos duros? Viena roja lo hacía liviana (que no es lo mismo que light) y entretenidamente. Como un partido de fútbol que se juega con gracia y con un par de habilidosas jugadas; aunque sin tener en la cancha a Messi o a la selección española.
Temporada de caza para el león negro fue otra cosa. Fue el escritor que de pronto se dio cuenta que su literatura sí era posible y que había un sentido (que es siempre una búsqueda) en ella. Un sentido en la forma, en romperla, en revolucionarla aún sabiendo demasiado bien que no había nada de original en ello, pues se parte de la certeza  que todo ya ha sido hecho. Así y todo, con su boutade neo-vanguardista, su exceso coprolálico y velocidad postmo, Temporada fue un fresco de frescura en y de la realidad literatura latinoamericana.
Pero estábamos hablando de las obsesiones de Maldonado. Los leones. Teoría de las catástrofes está asediado por leones: los de origami de Davendra, el niño con Asperger, un genio; los leones que luchan en el movimiento social oaxaqueño, los leones internos de Anselmo y Mariana; y los más terribles de todos los leones, los que pertenecen a los militares—el personaje del Comandante está a la altura (o a la bajeza debiéramos decir) de otros grande (o bajos) de la literatura: el Marlow de la selva, el abogado a cargo de Lisbeth Salander… Sí, la novela ruge de varios modos; a ratos flaquea y pareciera que se va a quebrar, pero no, como Charly, aguanta.
Teoría  de las catástrofes se inserta en una incipiente corriente de narrativa que no es solo mexicana o latinoamericana, sino que es auténticamente global—lo cual no hace ni más ni menos de ella, pero da cuenta de una realidad de procesos económicos y culturales y sociales de los últimos años. Teoría es una novela de movimiento social. Prefiero el uso del singular, a pesar que la categoría no se refiera a un movimiento en particular (aunque evidentemente la novela, cada novela, suela hacerlo); pues el carácter abstracto nos permite lograr un mayor alcance, una mayor apertura.. Así como en la historia latinoamericana se ha hablado de la novela de la Revolución (mexicana); de la novela del Dictador (latinoamericano con algunas concesiones españolas); nos corresponde ahora declarar y describir esta imaginación que está adquiriendo literal (y virtual) textualidad de Oaxaca a Freirina, de Algeciras a Estambul, y de Cochabamba a Donde-el-diablo-perdió el poncho; la novela de movimiento social no se afilia (ni afila) a una posición política determinada ni profesa una línea estética única (aunque sus armas suelen tender al realismo). No es, para nada, apologética de este (repito: cuando digo uno quiero decir múltiples); pero, quizás sin pretenderlo, pasa a conformar parte del mismo; con todas sus contradicciones y aporías contribuye a él.  No me corresponde aquí trazar una genealogía de la novela de movimiento social o intentar una caracterización  más detallada o advertir qué novelas ya forman parte de esta velocidad de nuestros tiempos). Teoría de las catástrofes es la historia de un levantamiento de maestros en la ciudad de Oaxaca quienes apoyados por diversos sectores sociales y grupos de variadas posturas políticas, pone por un momento en jaque el funcionamiento normal del Estado. Como graffitean unos de los personajes: Aquí comienza la revolución. Es la narración de ese momento, de sus triunfos parciales y sus derrotas momentáneas. Toda relación y correspondencia con la realidad no es una casualidad; la novela está dedicada a quienes lo vivieron. Y es también la historia de Anselmo y Mariana; profesores no sindicalizados, de su paulatino (en un caso), involuntario (en el otro) involucramiento con el movimiento. Y de los personajes que los rodean.  Guerrilleros que han devenido cocineros pero siguen cocinando con el revólver; chicos fresas que reniegan de sus familias y pagan el precio que toda apuesta radical conlleva… Sí, es verdad que hay algo de estereotipos en estos personajes. El pasaje en que Anselmo se convierte en un Casanova de ocasión, es risible y poco verosímil. El narrador, como jugador bueno para la pelota, se engolosina en las escenas de acción. Demasiada acción mata la acción.  Pero hay mucho que contrarresta esas faltas. Como dicho el Comandante resulta sobrecogedor y aterrador: breve mínimo, preciso, sus movimientos y palabras parecen dirigirse al mismo lugar pero en realidad están yendo en direcciones opuestas, apuntando a universos distintos. Y los leones. Devendra construye obsesivamente leones de origami y se rodea de todo lo que tenga que ver con leones. ¿Metáfora de la revolución fracasando? ¿De la incapacidad de comunicarse? ¿de la fuerza solo aparente del movimiento, que parece león pero que en realidad no es más que papel…? ¿O más bien una reflexión sobre los literales dobleces y quiebres que tiene la palabra para hablar del presente y contribuir a construir, así, el futuro?
La lucha, escribe Maldonado sin escribirlo, continúa. Los leones están ahí, los leones somos nosotros.
Miro el mar de Oaxaca. Miro las olas. Sí, se escucha clarito: rugen.

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