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11 de octubre de 2019

Economía clásica, excedente y economía neoclásica.

Por: Rolando Astarita / Blog del autor.

Introducción

En Teorías de la plusvalía, Marx caracteriza a los fisiócratas como “los verdaderos padres de la economía política moderna” (p. 38, t. 1), y sostiene que su logro fundamental fue determinar el valor de la fuerza de trabajo –o sea, el salario- “como algo fijo, como una magnitud dada”. ¿Por qué Marx consideró tan importante establecer el salario como “dado”? La respuesta es que a partir de aquí, los fisiócratas establecieron la noción de excedente.

El excedente es la parte de la producción por encima de la que es necesaria para sostener a la fuerza de trabajo. Dado que los fisiócratas no distinguieron la ganancia del capitalista granjero o industrial, e incluyeron sus ingresos dentro de los costos de producción, la renta de la tierra pasó a ser el único ingreso neto por encima de los costos de producción. Incapaces de explicar ese “plus” a partir de una teoría del valor general, pensaron que era generado por la productividad de la tierra. En su visión, la tierra tenía la propiedad única de generar nueva “sustancia material”, y fundamentan entonces la renta en esta propiedad de la tierra (Rubin, 1989). Identificaron así la renta con la plusvalía, y concibieron a esta última bajo una forma física. Los fisiócratas tenían una concepción del valor “física” (Marx); la naturaleza del valor consistía en cosas materiales. En su análisis, si los trabajadores consumen 100 Tn de grano; si otras 100 Tn constituyen semilla utilizada para la siembra, y se producen 250 Tn, habría un excedente de 50 Tn. O sea:
Producción en trigo – (Salarios en trigo + insumos en trigo) = Producto neto

Por otra parte, definieron que es productivo el trabajo que genera el excedente. En consecuencia, el trabajo agrícola era el único trabajo productivo. El aplicado a la industria no era productivo, ya que no agregaba “sustancia” nueva; solo cambiaba la forma de la materia.


A pesar de sus limitaciones, el avance en el análisis fue gigantesco, ya que trasladan la explicación sobre la plusvalía (la ganancia, la renta, el interés) desde el intercambio a la producción. A fin de valorar la trascendencia de este giro, tengamos presente que los mercantilistas explicaban la ganancia por el intercambio: comprar barato para vender caro. James Steuart, por ejemplo, dividía el precio de la mercancía en dos partes diferentes, su valor “real” –igual a sus costos de producción compuesto por los medios de subsistencia de los trabajadores, los implementos que utiliza y la materia prima- y el beneficio. Este último no se generaba en la producción, sino provenía de la enajenación, de la venta. James Steuart no podía explicar qué determinaba su magnitud, ni dar cuenta de su origen y naturaleza (véase Rubin).

Destacamos que esta idea se mantiene hasta el presente, no solo en los neoclásicos, sino también entre los keynesianos y otras variantes (por ejemplo, kaleckianos). En todos ellos la ganancia surge de un “recargo” (mark-up) sobre el costo. Desde el punto de vista teórico, y a igual que sucedía con Steuart, el mark-up se sigue presentando (véase los manuales  de Macro usuales) sin explicar qué determina su magnitud, ni de dónde sale.

Sin embargo, el enfoque material del valor de los fisiócratas implicaba una limitación muy grande. Por eso, Adam Smith da otro paso cuando establece que el objetivo de su estudio es el valor de cambio, y sostiene que es productivo todo trabajo que genera plusvalor. Según Smith, el trabajo de la manufactura agrega al valor de los materiales con los que trabaja, el valor de su propia manutención y el beneficio del maestro. Por lo tanto, es trabajo productivo (en oposición al trabajo de un sirviente).

Para lo que nos interesa aquí, no vamos a analizar las contradicciones de la teoría del valor de Smith. Ahora digamos que fue David Ricardo quien generalizó la teoría del valor trabajo. Luego de convencerse de las dificultades encerradas en un cálculo de la tasa de ganancia en términos físicos, en grano (en su “Ensayo sobre las utilidades”, de 1815), Ricardo avanzó a una teoría general del valor. En los Principios… el valor del producto es generado por el trabajo; de la misma manera, los salarios representan valor generado por el trabajo. La tasa de beneficio puede calcularse entonces en términos de valor:
(Valor total del producto – Valor contenido en los salarios) / Valor contenido en los salarios = Tasa de beneficio

Aunque Ricardo no logró dilucidar cómo se determinan los precios de las mercancías en la sociedad capitalista (no pueden ser directamente proporcionales a los tiempos de trabajo empleados, dada la igualación de la tasa de ganancia entre ramas, y las diferentes composiciones y tiempos de rotación de los capitales), ni explicó el origen de la plusvalía, su teoría del valor significó el punto culminante de la Economía Política Clásica. Refiriéndose a la contribución de Ricardo a la ciencia, el autor de El Capital escribió:
“La base, el punto de partida para la fisiología del sistema burgués –para la comprensión de su coherencia interna y sus procesos vitales- es la determinación del valor por el tiempo de trabajo. Ricardo parte de allí y obliga a la ciencia a salir de sus carriles, a explicar la medida en que las otras categorías… desarrolladas y descritas por ella corresponden a dicha base, a ese punto de partida o lo contradicen… Esa es, pues, la gran importancia histórica de Ricardo para la ciencia” (Marx, 1975, p. 141, t. 2).

La importancia del enfoque basado en el producto neto

En el punto anterior hemos afirmado que la Economía Política Clásica tiene su punto de arranque cuando establece que, dados los salarios, el excedente es un plus generado en la producción. La teoría económica que se configura con los escritos de Menger, Jevons, Walras y Marshall y se prolonga hasta nuestros días, en cambio, adoptará un enfoque totalmente diferente. Basada en una teoría del valor subjetiva –el valor de las mercancías está determinado por la utilidad que le asignan los consumidores- su eje pasa a ser la asignación eficiente de recursos escasos. De esta manera, el foco sale de la producción y se traslada a la esfera del mercado. Desaparece entonces la noción de excedente; la ganancia y la renta provienen de la productividad del capital (concebido como medios de producción) y de la tierra, respectivamente; el tiempo económico desaparece (en especial en los sistemas walrasianos de equilibrio general); el nivel de producción, los precios y los ingresos “de los factores” se determinan simultáneamente; la Economía deja de ser “Política” (esto es, social) y pasa a ser una ciencia “técnica”, semejante a la física; la conexión entre la plusvalía (ganancia, renta, interés) y la producción desaparece.

El edificio teórico generado a partir de la noción de excedente es entonces totalmente distinto del que se basa en la idea de la asignación óptima de recursos escasos, que domina hasta el día de hoy en Economics. A fin de ayudar a la clarificación, sintetizo alguna de las principales diferencias del enfoque del excedente con el neoclásico. Me ayudo en Sraffa (1926 y 1966), Garegnani (1981 y 1984) y Pasinetti (1984), además de la crítica de Marx a la teoría clásica. En el enfoque basado en el excedente:
  1. Los salarios están dados antes de la producción, y el excedente surge como un plus o resto, una vez efectuada la producción y deducidos los salarios. No sucede todo al mismo tiempo. Es lo opuesto a lo que ocurre en la economía walrasiana (salarios, nivel de producción, ingresos y demanda se deciden al mismo tiempo) y en la función de producción tradicional (producto, interés y salario se determinan simultáneamente). En el enfoque del excedente, desde el inicio entonces el tiempo económico es esencial.
  2. El eje está puesto en la producción y en la reproducción; el producto es a su vez insumo que sirve para generar más producto. El movimiento es circular. El intercambio, esto es, el mercado, media este movimiento. El mercado se explica en conexión con la producción y a partir de una dinámica de competencia. Por eso también en el mercado la producción no es mero “pasado”; es necesario cubrir los costos de producción más el beneficio para mantener la producción. Es un enfoque muy distinto del neoclásico, que hace eje en la asignación eficiente de recursos escasos; donde no hay interacción entre producción y mercado, la economía es axiomática y se encuentra en equilibrio teórico.
  3. Si bien en la Economía Clásica –en Smith en primer lugar, pero también en Ricardo- los “esfuerzos naturales” de cada individuo por mejorar sus situación, a través de la lucha mercantil competitiva, constituyen el principio del cual se deriva el bienestar público, el enfoque del excedente, de todas maneras, pone el foco en los agregados sociales (rentas, ganancias y salarios) y en los ingresos de las clases sociales principales (terratenientes, capitalistas y obreros). De esta manera abre el camino para una explicación social e histórica (véase Marx) del homo economicus. Una dirección opuesta a la que siguió el mainstream neoclásico, con su actual exacerbación del individualismo metodológico y los fundamentos “micro”.
  4. Los salarios promedio no están determinados por la oferta y demanda. En su determinación intervienen factores sociales y políticos, y la economía es Economía Política.
  5. El beneficio no tiene que ver con la escasez. Surge en la producción. Una visión muy distinta de la basada en el mark-up establecido en la venta; también de los enfoques que explican la renta o la ganancia por poder de mercado (monopolio, oligopolio). El mercado es competitivo. Más en general, en el enfoque del excedente, la ganancia, la renta y el interés, en tanto residuos, tienen la misma fuente que el salario. Marx dice al respecto que fue “el gran mérito de la economía clásica” presentar la circulación como “mera metamorfosis de las formas” (o sea, no se genera valor) y reducir en el proceso de producción “el valor y el plusvalor de las mercancías al trabajo”. Así, la ganancia del capital, el interés y la renta, tienen una misma fuente (Marx, p. 1056, t. 3). La Economía Clásica, en tanto mantenía un punto de vista burgués, no explicó cómo se generaba la plusvalía, a partir de la ley del valor; pero abrió el camino para su comprensión al establecer el origen único del valor.
  6. En el enfoque del excedente no hace falta hacer supuestos especiales sobre rendimientos. Los rendimientos en la producción pueden ser constantes, a escala creciente o decreciente. El salario y la ganancia no necesitan ser explicados haciendo supuestos heroicos sobre rendimientos decrecientes. Muy distinto de lo que ocurre en la economía neoclásica, donde los rendimientos no pueden no ser decrecientes. Y donde los rendimientos crecientes a escala no se admiten porque cuestionan la competencia perfecta. Es el precio que paga la economía neoclásica para resolver la cuestión de la distribución como un problema técnico: bajo condiciones de competencia perfecta, dadas las ofertas relativas de “factores”, la tecnología (función de producción) y los gustos y preferencias de los consumidores, el capital y el trabajo reciben su remuneración según sus contribuciones relativas al proceso productivo. Aquí las relaciones sociales, la lucha de clases, el conflicto social, a diferencia de lo que ocurre en el enfoque del excedente, brillan por su ausencia.
  7. Las curvas de oferta y demanda no explican los precios. No hay necesidad de establecer una relación funcional entre deseos, precios y cantidades demandadas; esto es, de determinar una función de demanda. La demanda está condicionada socialmente. Los precios de producción, vinculados a las condiciones de producción, determinan los “centros de gravedad” en torno a los cuales giran los precios de mercado. El precio “tentativo” (Marx) se determina con anterioridad a la llegada del producto al mercado. La oferta y la demanda juegan entonces un rol secundario con respecto a esos centros de gravedad.
  8. El enfoque del excedente basa sus explicaciones en los costos (laborales en el caso de Ricardo y Marx). Pero entonces puede descansar enteramente en hechos observados, tales como insumos y productos; la ley económica es objetiva. Por eso la teoría no tiene que invocar contrafácticos, esto es, no tiene que presumir qué hubiera sucedido si las cosas hubieran sido de otro modo. La teoría del valor basado en la utilidad, en cambio, al basarse en la utilidad marginal, inevitablemente implica el razonamiento contrafáctico, dado que considera cuánta utilidad extra se obtendría si alguien tuviera una unidad más del bien (el enfoque es de Sraffa, comentado por Sen, 2003; lo considero extensible a la Economía Clásica). Este razonamiento es básico para establecer la función de demanda neoclásica.
  9. Pone el acento en qué se hace con el excedente. Las cuestiones que se plantean son del tipo: ¿se utiliza para ampliar la producción en el siguiente período? ¿Para contratar más trabajadores productivos? Tratándose de la orientación económica de un Estado, la cuestión involucra entonces la política e incluso concepciones éticas (al plantearse preguntas del tipo, ¿a qué destina el Estado el ingreso que obtiene bajo la forma de impuestos?). La distinción trabajo productivo –genera plusvalía- y trabajo improductivo, pasa a ser central a la hora de discutir el desarrollo.
  10. Dado que la oferta y la demanda no explican los “centros de gravitación de los precios”, y dado que el precio “tentativo” se establece antes de la llegada al mercado de la mercancía, es necesario expresar el producto global y la suma de salarios en términos de valor. En consecuencia, el enfoque del excedente lleva a una discusión sobre la teoría del valor (sobre los requisitos para una teoría del valor, aquí).
  11. El foco en el excedente abre el camino para la idea, de Marx, de que la forma en que se lo extrae define el modo de producción: “Es solo la forma en que se expolia ese plustrabajo al productor directo, al trabajador, lo que distingue las formaciones económico sociales, por ejemplo, la sociedad esclavista de la que se funda en el trabajo asalariado” (1981, p. 261, t. 1).
  12. Al establecer la centralidad del excedente, se plantea la cuestión de la evolución a largo plazo de la tasa de ganancia, y con ella de la acumulación y el destino a largo plazo del capitalismo.
El “listado” seguramente podrá enriquecerse y ampliarse, pero estos son, con seguridad, los rasgos centrales de una concepción globalmente opuesta a la mayor parte de los contenidos que hoy se enseñan en las facultades de Economics. Por esto también el estudio de los economistas clásicos no es un mero “adorno intelectual”, como muchas veces se lo quiere presentar. Las tesis asociadas al enfoque del excedente tienen candente actualidad. Por último, el conocimiento de las cuestiones fundamentales planteadas por la economía clásica es esencial para una comprensión acabada de la crítica de Marx y de la teoría de la plusvalía.

Bibliografía citada:
Garegnani, P. (1981): El capital en la teoría de la distribución, Barcelona, Oikos.
Garegnani, P. (1984): “Value and Distribution in the Classical Economists and Marx”, Oxford Economic Papers, vol. 36, pp. 281-325.
Marx, K. (1975): Teorías de la plusvalía, Buenos Aires, Cartago.
Marx, K. (1981): El Capital, México, Siglo XXI.
Pasinetti, L. (1984): Lecciones de teoría de la producción, México, FCE.
Rubin, I. I. (1989): A History of Economic Thought, Londres, Pluto Press.
Sen, A. (2003): “Sraffa, Wittgenstein, and Gramsci”, Journal of Economic Literature, vol. 41, pp. 1240-1255.
Sraffa, P. (1926): “The Laws of Returns under Competitive Conditions”, Economic Journal, vol. 36, pp. 535-50.
Sraffa, P. (1966): Producción de mercancías por medio de mercancías, Barcelona, Oikos.
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Economía clásica, excedente y economía neoclásica

27 de septiembre de 2019

“El problema son los banqueros ladrones”

Por: Rolando Astarita / Blog del autor.

Un discurso habitual del progresismo izquierdista dice que la causa de los padecimientos de la clase trabajadora es una de las formas del capital, el capital dinerario, o financiero, representado por los bancos, y no el modo de producción capitalista. Esto es, la oposición fundamental -o “contradicción principal” en lenguaje de los 1960- sería entre el “capital industrial y productivo” y el “financiero parasitario”. Al primero también se lo asocia con todo lo patriótico; al segundo con lo antinacional y “la dominación imperial”.

Se trata de un enfoque de larga historia en las corrientes del socialismo burgués o pequeñoburgués. Por supuesto, a partir del principio diferenciador hay variantes en la táctica política: algunos se limitarán a considerar más progresista al ala “productiva y nacional” del capital; otros le darán su “apoyo crítico”; y otros muchos, en fin, se incorporarán orgánicamente a las filas del nacionalismo burgués (como ocurre hoy con los marxistas que integran las listas del Frente de Todos). Pero por detrás de estas variaciones permanece el argumento clave: “el socialismo está lejos y hoy y ahora hay que elegir el mal menor”. Y para sostener este discurso no se vacilará en inventar lo que sea necesario. Así, por ejemplo, se calificará de “acción patriótica” el vaciamiento de YPF; que el Estado tome deuda a tasas del 15% en dólares; o que acepte tribunales de Nueva York para emitir deuda externa. Ninguna evidencia empírica torcerá la inmutable decisión de apoyar al ala que se ha establecido como progre-industrial de la burguesía, contra los bancos y financistas.


Por otra parte, y casi naturalmente, la tesis “los bancos tienen la culpa” permite avanzar propuestas-solución sin mentar siquiera las relaciones sociales de producción, o la naturaleza de clase del Estado. Por ejemplo, se puede asegurar a la opinión pública que suprimiendo el interés, o las deudas, se arreglan las cosas. Como si un nuevo reparto de la plusvalía -¿decidido por el Estado burgués?- al interior de la clase dominante, o una desvalorización de los títulos de deuda, cambiaran algo sustancial.

Por eso, también, por estos tiempos mucho burgués puesto en “progre” da batalla discursiva (¿para qué sirven, si no, las elecciones?) contra banqueros y el prestamistas. Así, el mismísimo Alberto Fernández ha dicho, en repetidas oportunidades, que el dinero para elevar los salarios de los docentes, o para entregar remedios a los jubilados, va a salir, en caso de que sea elegido presidente, de los intereses que hoy el Central paga a los bancos. Eso es pura “venta de humo”, y al por mayor.

Según la izquierda, el problema también son los banqueros

La izquierda radicalizada parece compartir el mismo diagnóstico: el problema son los banqueros ladrones. Un ejemplo de ello fue el mensaje que transmitió el Partido Obrero a través de un acto realizado, durante la campaña por las PASO, en la City Porteña. Allí Gabriel Solano, candidato del FIT, explicó que en el BCRA y en la City “están los verdaderos ladrones del país. Los responsables de que se vacíe la Argentina son los bancos, el sistema financiero y eso lo organiza el Banco Central”. Para que no quedaran dudas, precisó: “los delincuentes son los dueños de los bancos” (véase aquí ).  Un discurso que reemplaza la contradicción capital / trabajo por la contradicción banqueros usureros / población pobre, explotada a través de créditos al consumo.

Y algo similar se puede ver en un video, significativamente titulado “el FIT-U contra el robo de los bancos”, que acaba de publicar el PTS (aquí). De nuevo, los males se deben “al robo de los banqueros y de los que fugan divisas”. Ni siquiera el dato de que más de un millón y medio de personas compraron dólares en los últimos dos meses hace reflexionar a los autores del video acerca del carácter sistémico de la fuga de capitales. De ahí también la propuesta de nacionalizar el sistema bancario, sin consideración del carácter de clase del Estado que pasaría a gestionar los bancos. Tampoco se cuestionan las relaciones sociales en las que estará inmerso cualquier sistema bancario, así sea estatal, en tanto subsista el dominio del capital (¿acaso los bancos estatales Provincia de Buenos Aires, Ciudad o Nación no obedecen hoy a la misma lógica capitalista, que el resto de los bancos?).

Un enfoque desde la teoría de Marx

Para terminar esta nota, presento una breve explicación, basada en la teoría de Marx, de la base social y objetiva en que se sustenta el discurso “el problema son los bancos ladrones”. Subrayo lo de “social y objetivo” porque el atribuir el origen de los problemas del capitalismo a una forma del capital es solo una expresión de la manera en que las relaciones esenciales aparecen, en la sociedad mercantil, de manera mistificada. Así, por ejemplo, el valor de la fuerza de trabajo aparece como “valor del trabajo”; y la plusvalía como “ganancia del capital” (y más específicamente, como ganancia generada por la máquina).

Pues bien, el capital a interés –dinero que da dinero- lleva esas formas mistificadas a su máxima expresión. Es que, de hecho, el interés es la ganancia que rinde, en cuanto tal, la propiedad del capital, tanto al prestamista que no participa del proceso de producción, como al propietario que utiliza él mismo productivamente el capital (véase Marx, El Capital, pp. 484 y ss., t. 3). Por lo tanto, el interés expresa el hecho de que en el proceso de producción los medios de producción se contraponen al trabajo vivo y por ese medio, el capitalista se apropia de trabajo impago (lo cual, aclarémoslo, no es “robo”, o “estafa”, sino el resultado inevitable de la relación capitalista). O sea, la relación es de explotación; esto es, la contradicción capital – trabajo.

Sin embargo, y aquí viene lo más importante para lo que nos ocupa, “en la forma del interés se halla extinguido este antagonismo con el trabajo asalariado, pues el capital que devenga interés tiene como antítesis, en cuanto tal, no al trabajo asalariado sino al capitalista actuante” (p. 485, ibid.). Es que en la medida en que la plusvalía se divide entre el interés (retribución al capitalista en tanto propietario del capital) y ganancia empresaria (retribución al capitalista que dirige el proceso de explotación), la antítesis parece reducirse a la oposición interés – ganancia. Escribe Marx: “El capital que devenga interés es el capital en cuanto propiedad frente al capital en cuanto función. Pero en la medida en que el capital no funciona, no explota a los obreros y no entra en antagonismo con el trabajo. Por otra parte, la ganancia empresaria no configura una antítesis con respecto al trabajo asalariado, sino solamente al interés” (ibid.). Por eso también, señala Marx, al empresario la ganancia, en contraposición al interés, se le presenta como independiente de la propiedad del capital, y más bien como el producto de su trabajo (véase p. 486, ibid.).  Con lo cual se dan todas las condiciones para que los reformistas burgueses y los charlatanes reformistas burgueses y pequeñoburgueses saquen la conclusión de que “el” problema es el capital a interés; o los bancos que ganan dinero con las diferencias entre las tasas de interés que pagan por captar dinero, y las tasas que cobran por prestarlo. De ahí que desplacen la centralidad de la contradicción capital – trabajo para reemplazarla, en el discurso, por la oposición interés – ganancia (“productiva”, por lo demás).

La explicación de Marx sobre la base social y objetiva que lleva a la mistificación del interés, y del capital dinerario tiene, por supuesto, consecuencias no desdeñables desde lo político. Lo central: la clase obrera no tiene por qué apoyar a alguna forma del capital contra otra, ya que la división de la plusvalía entre ganancia e interés es un asunto de entera incumbencia de la clase capitalista, no de la clase obrera. Si el capitalista es propietario del capital con el que opera, se quedará con toda la ganancia (o ganancia bruta pre interés). Si opera con capital prestado, compartirá la plusvalía con el prestamista. Toda la gran diferencia se reduce a eso. De manera que “al obrero le resulta totalmente indiferente si hace esto [si usa su propio capital] o si debe abonarle una parte a una tercera persona en cuanto propietaria jurídica” (p. 487, ibid.).

En conclusión, el debate acerca de si “la culpa es de los banqueros ladrones”, o “de los prestamistas usureros” no es meramente teórico. Una postura lleva a apostar –de manera más o menos abierta- por la supuesta progresividad de una fracción de la clase capitalista (sea grande o pequeña; nacional o extranjera; industrial o agraria, etcétera). Es la base ideológica de todo frentepopulismo (por eso no es casual la adhesión de los stalinistas –variantes maoísta, castrista, tradición soviética- al enfoque “capital industrioso versus capital especulativo”). La otra postura, basada en la teoría de la plusvalía, aconseja a la clase obrera a que sea indiferente a las formas en que los explotadores se reparten el botín. Es el punto de partida para la lucha por la independencia de clase.

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15 de septiembre de 2019

Economía global 2019; actualización (2).

Por: Rolando Astarita / Blog del autor.

En la primera parte de la nota (aquí) dijimos que en los últimos 10 años la economía global se ha caracterizado por el crecimiento débil, y la baja inversión, en un marco de abundante liquidez. En lo esencial, se trata de plusvalía que, al no reinvertirse productivamente, se vuelca a los mercados financieros. Por eso, los organismos internacionales y observadores advierten sobre el peligro que entraña un crecimiento anémico sostenido en el aumento del crédito y un mar de deudas.

Por ejemplo, en su informe 2018 sobre comercio y desarrollo la UNCTAD señala que “los bancos han aumentado mucho más de tamaño gracias al dinero público; los instrumentos financieros opacos vuelven a estar a la orden del día; el sistema bancario paralelo se ha convertido en un negocio de 160 billones de dólares, el doble de la economía mundial…  Gracias a los billones de dólares de dinero público (‘expansión cuantitativa’), los mercados de activos se han recuperado, se realizan fusiones de empresas en gran escala y la recompra de acciones constituye ahora la característica distintiva de una gestión sagaz. En cambio, la economía real se ha mantenido renqueante fluctuando entre momentos efímeros de optimismo y rumores intermitentes de riesgos a la baja” (“Informe sobre el comercio y el desarrollo, 2018”).


Más adelante: “La preocupación principal se debe a que el tibio crecimiento mundial sigue teniendo una gran dependencia de la deuda, en un contexto en el que están cambiando las tendencias macroeconómicas. A principios de 2018, el volumen de la deuda mundial había aumentado a cerca de 250 billones de dólares —el triple de los ingresos mundiales— en comparación con los 142 billones de dólares registrados hace un decenio. La estimación más reciente de la UNCTAD indica que la relación entre deuda mundial y PBI es en la actualidad casi un tercio mayor que en 2008”. Señala también que hubo una explosión de la deuda privada, sobre todo en los mercados emergentes y los países en desarrollo, “cuya participación en el total de la deuda mundial aumentó del 7% en 2007 al 26% en 2017, mientras que la relación entre el crédito a empresas no financieras y el PBI en 7 las economías de mercado emergentes se incrementó del 56% en 2008 al 105% en 2017”. En este punto recordemos que el Banco Mundial también destaca el crecimiento de la deuda de los países atrasados: en las economías “emergentes y en desarrollo” aumentó de un 15% del PBI, promedio, al 51% en 2018. Volviendo al informe de la UNCTAD, dice que los flujos transfronterizos de capitales no solo son más volátiles, sino también han pasado a ser negativos “para el conjunto de los países emergentes desde finales de 2014, habiendo sido la salida de capitales especialmente cuantiosas en el segundo trimestre de 2018”.

En el mismo sentido, la OCDE también alerta que la deuda privada crece rápidamente en las economías más grandes: el stock global de bonos corporativos no financieros se ha duplicado en términos reales en relación a 2008, llegando a casi 13 billones de dólares. Además, la calidad de la deuda se ha estado deteriorando, lo que incluye un elevado stock de préstamos apalancados.

Por su parte, el FMI dice que han aumentado los riesgos de la situación financiera (véase “Global Financial Stability Report IMF”, abril 2019). Las políticas monetarias laxas después de 2009 ayudaron a sostener la expansión del crédito, pero la deuda se elevó a niveles históricamente altos. En EEUU la deuda corporativa ha pasado de 4,9 billones de dólares en 2007 a 9,1 billones a fines de 2018; es un aumento del 86%. De esta deuda, el mercado de préstamos apalancados, a fines de 2018 llegaba, en EEUU, a 1,3 billones de dólares  (sobre los préstamos apalancados, ampliamos más abajo). El mercado de bonos de grado de inversión también se hizo más riesgoso. En promedio, la deuda corporativa está sesgada hacia emisores de menor calificación; existe elevado apalancamiento y crecimiento rápido del crédito, indicadores que anticipan caídas económicas y crisis bancarias. La rentabilidad corporativa mejoró desde 2017; la tasa de rentabilidad –beneficios sobre activos- ha sido notablemente más elevada que en otras economías avanzadas. Sin embargo, los beneficios disminuyeron en el último trimestre de 2018. Y, más importante, el riesgo financiero ha permanecido elevado. Las empresas han destinado ganancias al pago de dividendos y la recompra de sus acciones, que superaron las ganancias de inversión y alcanzaron las alturas más elevadas en la poscrisis. En algunos sectores los pagos de dividendos fueron financiados con toma neta de préstamos, aumentando la deuda ya elevada.

Señala también que se ha invertido la curva de rendimiento de los bonos (un indicador que suele anticipar recesiones); y la inversión se ha detenido. En este contexto, las vulnerabilidades siguen creciendo en el sector corporativo y entre los intermediarios no bancarios. A pesar de que la relación deuda – capacidad de servirla de las empresas estadounidenses ha mejorado desde la crisis financiera, esto podría cambiar rápidamente si aminora de manera significativa el crecimiento, o se endurecen las condiciones financieras (véase también más abajo).

En la zona del euro el crédito se expandió en menor medida –debido a la crisis de la deuda- pero siguen existiendo debilidades estructurales en los sectores de la media y pequeña empresa. Aquí las vulnerabilidades son más pronunciadas en el sector soberano, con deuda elevada o incluso elevándose, como es el caso de Italia. Además, la deuda corporativa se ha incrementado de forma significativa en un número de países, entre ellos Francia. En el sector bancario hubo fuertes caídas en la valuación de activos, lo cual plantea riesgos para algunos bancos. En otros países adelantados, si bien la vulnerabilidad de los bancos es baja, continúa siendo motivo de preocupación el apalancamiento de los hogares (elevado ratio deuda / PBI y creciendo en algunos países). En Japón la baja rentabilidad de los bancos es motivo de preocupación, así como el elevado riesgo que han tomado intermediarios financieros no bancarios. La situación financiera en China, otro de los focos de preocupación del establishment, la tratamos aparte.

En el mismo sentido que los anteriores informes, el BIS Quarterly Review, septiembre 2018, señala que el crédito internacional (transfrontera y en moneda extranjera) ha continuado expandiéndose, y alcanza el 38% del producto mundial. Este crecimiento ha sido encabezado por la emisión internacional de títulos de deuda. El rol de los bancos se redujo, tanto como prestamistas como inversores. La primera reducción ocurrió cuando la crisis financiera; luego hubo una breve recuperación, pero volvió a contraerse fuertemente cuando la crisis del euro. El descenso de la participación de los bancos en el mercado internacional de títulos de deuda fue compensado por el aumento de los acreedores no bancarios, tales como fondos de pensión, compañías de seguros, fondos de mercado monetario (money market funds) y fondos de cobertura (hedge funds). Los emisores de bonos son principalmente gobiernos y grandes empresas. Muchos países de economías emergentes o en desarrollo han aumentado su endeudamiento mediante la emisión de bonos.

Liquidez y recompra de acciones

Un rasgo destacable de la coyuntura son las plusvalías que no se reinvierten productivamente y se acumulan como capital líquido, o se destinan a la recompra de acciones. En 2018 la recompra de acciones por las 500 compañías estadounidenses del S&P llegó a 800.000 millones de dólares. Desde 2008 hasta principios de 2018 se realizaron recompras por 5,1 billones de dólares. Según estimaciones de analistas, entre 2007 y 2016, las 500 empresas del S&P gastaron el 54% de sus beneficios en recompra de acciones (ver aquí). Según Goldman Sachs, en 2019 las 500 del S&P estarían en tren de recomprar acciones por 940.000 millones de dólares. Con bajas tasas de interés, las recompras son financiadas, en muchas ocasiones, con créditos apalancados (véase el siguiente apartado).

Es claro que la recompra de acciones aumenta las ganancias por acción de forma artificial, ya que aumenta el valor del capital sin que se corresponda con un incremento de la inversión productiva y la generación de plusvalía. Además, dado que el 10% más rico de las familias posee el 86% de los paquetes accionarios, la recompra aumenta la concentración de riqueza e ingresos. Un flujo de dinero que alimenta los fondos de inversión y toda forma de valorización financiera de los activos.
Aunque en mucho menor medida, en la zona del euro la recompra de acciones experimentó un auge en los últimos 12 meses, llegando a 100.000 millones de dólares. Por otra parte, las empresas japonesas mantienen cash en los bancos por 4,8 billones de dólares (ver aquí).

Bonos BBB, préstamos apalancados y el crecimiento de los CLO

El crecimiento del crédito, y las deudas, genera las condiciones para el estallido de una nueva crisis financiera que tendría inevitables repercusiones sobre el conjunto de la economía. A fin de profundizar en esta explicación, empecemos recordando cómo están conformados los mercados de crédito.

Se dividen en dos clases fundamentales. En primer lugar, están los bonos de grado de inversión, emitidos por empresas de alta calificación. Estos bonos van desde calificación AAA (la mejor) a BBB. En este segmento del mercado de crédito lo distintivo es que, tanto en EEUU como en Europa aumentó significativamente la emisión de bonos BBB. En EEUU el incremento se produjo principalmente antes de la crisis financiera; en Europa continuó después de la crisis. El resultado es que en 2018 la participación de los bonos BBB era de aproximadamente un tercio en EEUU, y la mitad en Europa. Dado que estos bonos son aptos para inversores institucionales –que están obligados a invertir en títulos con un mínimo de calificación-, un debilitamiento de la economía puede llevar a la caída de la calificación de los bonos BBB a bonos basura, lo que desataría ventas forzadas de los fondos que tienen obligación de mantener sus colocaciones en grado de inversión (véase aquí).

El segundo tipo de mercado de crédito es el de “grado especulativo”. Está conformado por los bonos de alto rendimiento (calificación menor a BBB) y por los préstamos apalancados. Pues bien, aunque la participación de los bonos basura (los más riesgosos) ha disminuido en el total de la deuda, han crecido los préstamos apalancados. Se trata de préstamos que se otorgan a empresas que ya tienen un peso de deuda “sustancial” (típicamente cuando la deuda es cinco veces mayor que las ganancias antes de intereses, impuestos y amortización), y pobres calificaciones crediticias. Estos préstamos se realizan a tasa variable, están asegurados con colateral subyacente, y sus pagos tienen prioridad frente a bonos de alto rendimiento. En EEUU su volumen más que se ha duplicado desde 2010. Y cada vez más se usan para fondear la toma de riesgos financieros a través de fusiones y adquisiciones, compras apalancadas, pagar dividendos y recompra de acciones.

El crecimiento de los préstamos apalancados se debe en gran medida a su titularización (en otras notas también hemos empleado el término securitización) a través de la emisión de Collateralized Loan Obligation (obligación de deuda colateralizada). Se trata, en lo esencial, de un título respaldado por un pool de deuda. El mismo se origina cuando un gerente de instrumentos financieros compra a un banco un paquete de préstamos apalancados, que agrupa en un paquete. Para fondear la compra, vende participaciones en el CLO a inversores. Las participaciones se dividen en tramos, que se diferencian por el riesgo implicado. Los inversores que asumen los mayores riesgos adquieren los tramos equity del CLO, y reciben mayor tasa; pero son los primeros que dejan de cobrar si se produce un default de los préstamos subyacentes. Los inversores que asumen menor riesgo son los que compran los tramos senior del CLO, y cobran primero, pero reciben menos interés. Por eso los CLO son muy similares a las CDO, las obligaciones de deuda colateralizada, que contribuyeron a inflar la burbuja inmobiliaria que terminó en el estallido financiero de 2007-9. Las CDO tenían como activo subyacente los créditos hipotecarios. Por eso, a partir de 2007 los defaults sobre las hipotecas subyacentes hicieron que los valores de los CDO se desplomaran, agudizando al extremo la crisis financiera.

Pues bien, por estos tiempos la nueva “estrella financiera” son los CLO. En los últimos años la parte de los bancos en el mercado de préstamos apalancados estadounidense bajó al 8%, mientras que la parte de las CLO aumentó del 47 al 60%. Según el Banco de Inglaterra, a fines de 2017 había, globalmente, alrededor de 750.000 millones de dólares invertidos en CLO. Un tercio estaba en manos de bancos de EEUU, Europa y Japón, y el resto pertenecía a inversores no bancarios. Entre los bancos, las entidades japonesas son las mayores inversoras. De acuerdo a informes bancarios, cuatro bancos japoneses tenían unos 108.000 millones de dólares en CLO de EEUU (M. Rodríguez Valladares, “Non-banks Are The Largest Holders Of Collateralized Loan Obligations Globally”, Forbes, 11/06/19).

Indudablemente, se trata de instrumentos financieros opacos, y la deuda subyacente muchas veces financia operaciones especulativas y riesgosas. Además, el aumento de su demanda ayudó a que se licuaran cláusulas de protección de los inversores, que estaban incluidas en los acuerdos de préstamos; por eso se los conoce como acuerdos con “apenas cláusulas”. Antes de la crisis los acuerdos con “apenas cláusulas” eran el 25% del total. Según Moody, hoy son el 80%. Si viene una recesión, muchas empresas van a tener muchas dificultades para pagar sus elevadas deudas. Por sobre todas las cosas siempre debemos tener presente que, por más complejas que sean las ingenierías financieras, nada puede evitar las desvalorizaciones de los títulos cuando entre en crisis la realización de la plusvalía. Y el peligro se agudiza porque la misma opacidad de estos títulos impulsa el vértigo de la especulación, y el crecimiento de todas formas de capital ficticio. Por eso los estándares más laxos para suscribir títulos, la menor protección a los inversores, junto a una porción mayor de crédito débil, aumentan la probabilidad de tensiones y problemas, y reducen los ratios de recuperación en la eventualidad de que se endurezcan las condiciones financieras o haya un fuerte descenso en la actividad económica.

Además, dado que fondos de inversión han sido grandes compradores, por medio de CLO, de préstamos apalancados, el tener que admitir pérdidas en los valores de sus títulos puede impulsar el pedido de reembolso de fondos, llevando a ventas forzadas y a mayores caídas de los precios. Este tipo de dinámicas afectaría no solo a los inversores que tienen esos préstamos, sino a la economía más en general. Los préstamos apalancados posiblemente no dispararán la- próxima crisis, pero es muy probable que la profundicen (véase, por ejemplo, M. Greene, “Do leveraged loans pose a threat to the US economy?”, Financial Times 11/02/19). En este respecto es significativo que Janet Yellen, ex responsable de la FED, advirtiera, a fines de 2018, que “existe el peligro de que si algo provoca una caída de la economía, los altos niveles del apalancamiento corporativo podrían prolongar la recesión y llevar a cantidad de quiebras en el sector corporativo no financiero”. Sobre los CLO dijo que “mucho del subyacente de esa deuda es débil. Pienso que los inversores la tienen en paquetes como los paquetes subprime [se refiere a las hipotecas de baja calificación, subyacentes de los CDO]”. Señaló también que el endeudamiento corporativo se disparó en años recientes, pasando la deuda de 4,9 billones de dólares en 2007 a 9,1 billones (véase aquí).

En términos más generales, y según el BIS, el financiamiento apalancado –comprendiendo los bonos de alto rendimiento y las finanzas basadas en préstamos apalancados- se ha duplicado desde la crisis financiera (BIS Quarterly Review, septiembre 2018). Además de destacar el carácter pro-cíclico de los préstamos apalancados, el informe señala que en los últimos años muchos de esos préstamos se utilizaron para refinanciar deuda. En EEUU, desde 2015, la refinanciación de deuda ha representado el 60% de la emisión institucional de préstamos apalancados. El hecho de que los bancos encuentren mayores facilidades para titularizar y vender esos préstamos a través de CLO, contribuye al crecimiento de los préstamos apalancados. Y a medida que avanzó el ciclo de negocios, aumentó la tasa de default de estos préstamos: pasó, en EEUU, del 2% a mediados de 2017 al 2,5% en julio de 2018. Pero además, dado que son a tasa variable, la situación puede empeorar en la medida en que las tasas de interés recuperen a niveles más normales. El informe del BIS también llama la atención sobre el aumento de tomadores de préstamos con calificación BBB, al  que nos referimos más arriba; y advierte que una eventual rebaja en la calificación de estos deudores puede llevar a que muchos inversores se descarguen de la deuda.

Interludio: recordando el rol de los CDO en los 2000

Introduzco un breve paréntesis para recordar, al menos parcialmente, la dinámica especulativa de la titularización que desembocó en la crisis. En 2009 escribíamos: “La titularización y la extensión de los mercados monetarios y de capitales debilitaron las posibilidades de supervisión del banco central [nos referíamos principalmente a la FED] sobre el sistema. En el sistema tradicional el banco debía cumplir con ciertos requisitos a la hora de decidir en qué activos colocar el dinero de los depositantes, y hasta cierto punto, esto podía ser supervisado por el banco central. Pero las titularizaciones que actualmente realizan los bancos son operaciones por fuera de balance… En este aspecto los balances de los bancos y de otras instituciones ya no proveen información suficiente sobre el verdadero estado financiero. Además, el crecimiento de los créditos estructurados implica que nadie sabe bien qué está comprando ni cómo se evalúa el riesgo. Cuando alguien compra un tramo senior o super senior de CDO… no puede calcular qué valor real está adquiriendo. El problema se agrava porque es de interés de los manager de las firmas que organizan estas operaciones ocultar la verdadera naturaleza de lo que están haciendo. No olvidemos que ganan por administrar fondos y por presentar ganancias, aunque estas estén infladas y sean puramente nominales” (pp. 84-5, El Capitalismo roto. Anatomía de la crisis económica, Madrid, 2009, La linterna sorda)

La situación en China

Dados los límites de esta nota, solo señalamos que otro foco de atención es China. Recordemos que cuando se produjo la crisis financiera el gobierno chino destinó un paquete por valor de 586.000 millones dólares a estimular la economía. Ese estímulo se dirigió esencialmente a inversión en infraestructura (72% del paquete) y a fomentar un boom en inversión fija. La mayor parte del gasto en infraestructura fue realizada por gobiernos locales, los cuales se financiaron en buena medida, a través de la “banca en la sombra” (shadow banking), esto es, operaciones que promueven los bancos por fuera de sus balances. Por eso, la implementación del paquete de estímulo disparó un rápido crecimiento en inversión fija, y de la banca en la sombra.

El aumento de la inversión fija compensó, al menor parcialmente, la caída de la demanda provocada por la caída de las exportaciones. Sin embargo, hacia 2012-13 la economía enfrentaba crecientes riesgos debido a sobrecapacidad, aumento de las deudas locales y muy especialmente el crecimiento de la banca en la sombra. En noviembre de 2014 el Ministro de Finanzas, Zhu Guangyao alertó que la banca en la sombra era el principal peligro para la economía. Pero el gobierno trató de controlarla, no suprimirla. Después de todo, la banca en la sombra proveía liquidez que fondeaba el crecimiento económico. Así, los gobiernos locales siguieron financiándose con la banca en la sombra para sostener proyectos de inversión, a pesar de que fueran de baja rentabilidad. Incluso se construyeron ciudades que no fueron habitadas.

Sin embargo, finalmente el crecimiento de la deuda impuso la necesidad de limitar a la banca en la sombra. Según el FMI, se endurecieron las regulaciones financieras, y el control sobre las inversiones por fuera de presupuesto de los gobiernos locales, lo cual redujo  el ritmo de aumento de la deuda y ayudó a contener el incremento de riesgo en el sector financiero (“Informe Revisión artículo 4, agosto 2019”). Por eso disminuyó el ritmo de crecimiento de los activos bancarios (del 15% a mediados de 2016 al 7% a mediados de 2018) y se recortó la emisión de vehículos de inversión por fuera de balance. Muchos bancos los incorporaron a sus balances. Las medidas tuvieron éxito en reducir el apalancamiento en el mercado financiero. Sin embargo, la deuda total del sector no financiero todavía crece a un ritmo más rápido que lo que lo hace el PBI nominal. El informe de la OCDE, que hemos citado más arriba, dice: “China sigue siendo una fuente de preocupación, en la medida en que el despliegue de herramientas monetarias, fiscales y cuasi-fiscales no solo tiene efectos inciertos sobre la actividad, pero podría continuar alimentando la deuda corporativa no financiera, que ya se encuentra en un nivel récord”. En este contexto se desarrolla, además, la guerra comercial con EEUU.

A modo de conclusión: las condiciones para una crisis global

El crecimiento del capital dinero, la acumulación de liquidez en manos de las empresas, ha ido a alimentar los mercados de crédito y deuda, sin traducirse en un aumento significativo de la acumulación productiva. Como señaló Marx, refiriéndose a las coyunturas de plétora del capital, las mismas constituyen una demostración de los límites de la producción capitalista. Escribía en El Capital: “… si esta nueva acumulación tropieza con dificultades en su aplicación, si choca con la falta de esferas de inversión, es decir, si se opera una saturación de los ramos de producción y una sobreoferta de capital en préstamo, esta plétora de capital dinerario prestable no demuestra otra cosa que las limitaciones de la producción capitalista (…) La acumulación del capital de préstamo consiste, simplemente, en que el dinero se precipita como dinero prestable. Este proceso es muy diferente de la transformación real en capital, es solo acumulación de dinero en una forma en la cual puede ser transformado en capital” (p. 654, t. 3, edición Siglo XXI).

En términos de la economía argentina, hemos tenido una muestra de esta dinámica en la entrada de inversiones de cartera que realizaron grandes ganancias mediante el mecanismo del carry trade –consiste en endeudarse a baja tasa baja en una moneda, para invertir en otra moneda aprovechando los diferenciales de tasas de interés-, sin que contribuyeran en lo más mínimo al desarrollo de la economía. Peor aún, no solo no hubo desarrollo, sino su la retirada a partir de 2018 provocó devastación económica e infinitas penalidades a la población.

Para terminar esta actualización, subrayamos también una cuestión sobre la que hemos insistido desde hace tiempo, en oposición a la llamada “tesis de la financiación”: las crisis son un resultado de las contradicciones del capital de conjunto; no del dominio de una forma del capital (el financiero) sobre otra forma del capital (el productivo), como generalmente se piensa en los ambientes del progresismo izquierdista, siempre inclinado a encontrar virtudes en un tipo de capital contra otro tipo de capital (base ideológica para aconsejar a los trabajadores el conciliacionismo de clase). La realidad es que los circuitos del crédito y la deuda son inseparables de la esfera productiva. Como alguna vez también lo expresó Marx, no hay que olvidar que el crédito “es una forma inmanente del modo de producción capitalista” (p. 781, ibid.). Dicho de otra manera, capital financiero y capital productivo son formas que se subsumen en una unidad esencial: la hermandad de la explotación del trabajo. Pero por esto mismo, una economía no puede crecer indefinidamente en base a deuda en aceleración creciente. Esta es la base sobre la cual se desarrollan los elementos que, tarde o temprano, desembocarán en una nueva crisis global. Lo que subyace, enfatizamos, es la debilidad del proceso productivo.

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Economía global 2019; actualización (1).

Por: Rolando Astarita / Blog del autor.

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En esta nota actualizamos análisis que hemos presentado en notas anteriores sobre la economía global. La idea central es que se ha mantenido el crecimiento débil, al que hacíamos referencia años atrás. En este respecto recuerdo que en una nota de julio de 2014 (aquí, y siguientes; también aquí) decíamos que desde el final de la crisis de 2007-9 la coyuntura no era de depresión, o recesión, pero tampoco de fuerte crecimiento. Las economías de la zona del euro y Japón continuaban estancadas; el crecimiento era débil en Estados Unidos y Canadá; y relativamente importante en los países atrasados.

Agregábamos que todo indicaba que la economía mundial se encaminaba hacia un largo período de crecimiento débil, o semi-estancamiento. En paralelo, había mucha liquidez que alimentaba el crédito y la especulación. Una situación que Marx llamó “plétora del capital”, y que la literatura económica mainstream registró como “exceso mundial de ahorro”. Con bajas tasas de interés y mucho cash, y a pesar de mejoras en la rentabilidad –entre otras razones por aumento de la plusvalía relativa, véase más abajo- la inversión permanecía débil. Así, en lugar de ampliar su capacidad productiva, las empresas preferían recomprar sus acciones o involucrarse en fusiones y adquisiciones, en un contexto de crecimiento del crédito y las deudas, y falta de dinamismo de la producción.

También planteamos que el crecimiento débil de largo plazo era consecuencia de la crisis estructural de 2007-9. Esto es, una crisis de sobreacumulación de capital que se combina y potencia con la crisis financiera. Son crisis precedidas por períodos de intensa acumulación, crecimiento del crédito, especulación y subas de los precios de los activos, que impulsan la sobreacumulación y la especulación. Pero esa dinámica impulsa la inversión en capital constante por trabajador, la sobreacumulación y sobreinversión, con la consecuencia de presiones bajistas en los precios y caída de la rentabilidad. Agregábamos que estas crisis podían marcar cambios bajistas de la tendencia de largo plazo en el crecimiento; combinado con estancamiento o caídas en zonas o países importantes por su peso económico, como ocurrió en la zona del euro y Japón.

Situación en 2019

Actualizando entonces el anterior análisis, lo más destacado es que no se alteró la dinámica poscrisis descripta. Para 2019 el FMI pronostica un crecimiento global de la economía del 3,2% (World Economic Outlook, julio 2019). Prevé que EEUU crezca 2,6%; la zona del euro 1,3% (1,9% en 2020); Gran Bretaña 1,3%; y Japón 0,9% (0,4% en 2020). En China el crecimiento esperado en 2019 es 6,2% (6% en 2020) y en India 7% (7,2% en 2020). América Latina 0,6% en 2019. El informe destaca que la inversión y la demanda de bienes de consumo durables, como automóviles, han permanecido débiles en las economías avanzadas y de mercados emergentes. La baja inversión en maquinaria y equipos afecta a la industria manufacturera global. Las tensiones comerciales entre China y EEUU, la posibilidad de un Brexit sin acuerdo, socavan aún más la confianza de los capitales y la inversión.

La OCDE (Economic Outlook, 2019, Issue 1) plantea que el crecimiento global se desaceleró a fines de 2018 y se está estableciendo a un nivel más bajo. A igual que el FMI, prevé un crecimiento global de 3,2% en 2019, y 3,4% en 2020. Sostiene que el crecimiento es “frágil”, y puede revertirse si se exacerba la guerra comercial. También subraya la debilidad de la acumulación de capital: el  crecimiento de la inversión de las empresas, en las economías avanzadas, sería de solo 1% anual en 2019 y 2020, contra 3,5% anual en 2017 y 2018. El crecimiento del comercio se desaceleró de forma importante. Por otra parte China es una fuente de preocupación, fundamentalmente porque continúa aumentando la deuda corporativa no financiera.

El Banco Mundial, a su vez, estima que el crecimiento del producto global en 2019 será 2,6% (“The Global Economy: Heightened Tensions, Subdued Growth”, 4/06/2019). Considera que la inversión se mantendrá por debajo de los promedios de largo plazo; y que estamos ante la mayor caída del crecimiento del comercio global desde la crisis financiera.

Salarios y productividad, una brecha en aumento

Junto al crecimiento débil se registra una tendencia a un menor crecimiento de los salarios. Según la Organización Internacional del Trabajo (ILO en inglés), el crecimiento del salario real en términos globales (136 economías) en 2017 no solo fue menor que en 2016, sino también fue el menor crecimiento desde 2008. Mientras que en 2016 creció 2,4%, en 2017 aumentó solo 1,8%. Si se excluye China, el crecimiento fue 1,8% en 2016 y 1,1% en 2017. En los países adelantados del G-20 el aumento de los salarios pasó del 1,6% en 2015 al 0,4% en 2017. En EEUU la tasa de incremento bajó del 2,2% en 2015 al 0,7% en 2016 y 2017 (ILO, “Global Wage Report 2018/19: What lies behind gender gaps”).

Esta caída en el crecimiento de los salarios reales se combina con una  productividad que se incrementa a mayor ritmo. Siempre según el informe de la OIT citado, en el período 1999-2017, y en los 52 países llamados de altos ingresos, en promedio la productividad del trabajo creció más rápidamente (en total, 17%) que los salarios reales (13%). Esta disociación entre salarios y productividad explica por qué las participaciones del salario en el ingreso en muchos países están por debajo de las de inicios de los 1990. En este último respecto, según la OCDE, en el período 1990 a 2009 la participación de la remuneración del trabajo en el producto nacional declinó en 26 de 30 países avanzados para los cuales se dispone de datos. La mediana de la participación de los salarios en el ingreso nacional cayó del 66,1% al 61,7%. Otro estudio, también de la OCDE, encontró que la participación de los salarios en las economías del G-20 disminuyeron 0,3% por año entre 1980 y finales de los 2000. En el caso de los países en desarrollo y economías emergentes, la evidencia es más ambigua y mixta. Sin embargo, la OIT encontró que la caída en la participación del ingreso en muchos países atrasados (en vías de desarrollo y emergentes) es aún más pronunciada que en los países desarrollados. En líneas generales, la caída de la participación de los salarios en el ingreso tendió a frenarse, o a revertirse levemente, en lo más profundo de la crisis financiera, pero comenzó a caer de nuevo a partir de 2009 (“The Labour Share in G20 Economies”, OECD, febrero 2015).

En términos marxistas, la caída de la participación de los salarios en el ingreso significa aumento de la tasa de plusvalía. Esto es, los incrementos de la productividad abaratan el valor de la fuerza de trabajo (la productividad aumenta a un mayor ritmo que el salario promedio), y habilitan a que una mayor porción del valor agregado vaya a parar a los bolsillos de los capitalistas. Un factor que contrarresta la tendencia a la caída, debida al aumento de la inversión de capital constante por obrero, de la tasa de ganancia.

Creciente desigualdad de ingresos y riqueza

Lo planteado en el apartado anterior conecta con la creciente desigualdad de ingresos y riquezas, tendencia que se registra desde hace unas cuatro décadas, y ha sido destacada por diversas organizaciones e incluso por representantes del establishment. En este respecto, David Lipton, director gerente interino del FMI, observaba – en un discurso pronunciado el 16/07/2019- que desde 1980 el l 0,1% más rico de la población mundial ha concentrado prácticamente los mismos beneficios económicos que recibe el 50% más pobre (véase https://www.imf.org/es/News/Articles/2019/07/12/sp071619-the-future-of-bretton-woods).

En el mismo sentido, Oxfam International sostiene que en 2018 las fortunas de los 2200 billonarios (aquellos con patrimonios de 1000 millones de dólares, o más) aumentaron 12% -900 mil millones en el año, o sea, 2.5 mil millones por día- en tanto 3800 millones de personas, que constituyen la mitad más pobre de la humanidad, vieron caer su riqueza un 11% (https://www.oxfam.org/en/pressroom/pressreleases/2019-01-18/billionaire-fortunes-grew-25-billion-day-last-year-poorest-saw). El World Inequality Report 2018 también registra que desde 1980 la desigualdad de ingresos aumentó rápidamente en Norte América, China, India y Rusia, y ha crecido moderadamente en Europa. En Rusia la desigualdad aumentó bruscamente, en China fue más moderada y relativamente gradual en India. En Europa Occidental y Estados Unidos, en 1980 el 1% de la población con mayores ingresos obtenía el 10% del ingreso. En 2016 en Europa Occidental el 1% más rico obtenía el 12% del ingreso, y en Estados Unidos el 20%. En Medio Oriente, África Subsahariana y Brasil la desigualdad de ingresos se ha mantenido relativamente estable, pero a niveles muy elevados. A nivel global, desde 1980 el 1% más rico de la población mundial capturó el doble del crecimiento del ingreso que el 50% más pobre (véase https://wir2018.wid.world/files/download/wir2018-full-report-english.pdf).

De nuevo, se trata de gigantescas masas de plusvalía que en buena parte ha ido a alimentar el crédito y la valorización ficticia de activos financieros. Por eso la débil acumulación global ha ido de la mano de un mar creciente de deudas; una cuestión que tratamos en la segunda parte de la nota.

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