Por: Raúl Romero / La Jornada.
El lunes 11 de mayo fue publicado en el Diario Oficial de la Federación el acuerdo con el que se "dispone de la Fuerza Armada permanente para llevar a cabo tareas de seguridad pública". El acuerdo, fechado el pasado 8 de mayo, es acompañado de las firmas de Andrés Manuel López Obrador y de los secretarios de la Defensa Nacional, de Marina y de Seguridad y Protección Ciudadana.
Al seguir la ruta marcada en marzo y mayo de 2019, cuando con la aprobación de todos los partidos políticos se modificó la constitución y se expidió la Ley de la Guardia Nacional, respectivamente, el acuerdo ahora publicado está en concordancia con la lógica militarista de la actual y anteriores administraciones, y da continuidad a una indirecta y directa militarización de la seguridad pública del país hasta 2024, es decir, durante todo el sexenio de AMLO.
Hay que recordar que, de acuerdo con el cable 06MEXICO505 de WikiLeaks, del 31 de enero de 2006, López Obrador hizo saber al embajador estadunidense, Tony Garza, que quería dar más poder y autoridad a los militares en la guerra antinarcóticos, y que para ello pretendía una enmienda constitucional que no dudaba en obtener.
Llama la atención el momento en que se publica dicho acuerdo: en plena entrada al pico más alto de los contagios de Covid-19, marcado por una fuerte disputa con una parte del sector empresarial y con medios de comunicación nacionales y foráneos; pero también cuando los dos megaproyectos emblemáticos de la actual administración, el Tren mal llamado Maya y el Corredor Interoceánico, han encontrado mayor oposición de los pueblos y sus organizaciones.
De igual forma, entre los nuevos escenarios posibles para México, como consecuencia de la crisis económica global que estaba en curso y que se agudizará con la pandemia, hay que contemplar el descontento de grandes sectores sociales que se verán afectados, así como el ascenso de la migración, y también el crecimiento y expansión de las empresas del crimen organizado, las cuales podrán nutrirse con grandes cantidades de personas que quedarán desempleadas.
El gran poder político, económico y social que la actual administración le ha entregado a las fuerzas armadas es innegable. Si bien con Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto la Sedena se convirtió en una gran industria constructora, esto no ha cesado con López Obrador, pues la misma construirá y dará mantenimiento a carreteras, puertos, aeropuertos, ferrocarriles, bancos, hospitales, infraestructura de telecomunicaciones y otras obras.
Según palabras del propio AMLO, los militares construyen ya, con un presupuesto de 10 mil millones de pesos, las primeras mil 300 sucursales del Banco de Bienestar de las 2 mil 700 planeadas. La Sedena también construye el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, en Santa Lucía, y se ha anunciado que le otorgarán la construcción de dos tramos del Tren Maya. En lo que respecta al programa Sembrando Vida, se utilizan los 12 Viveros Forestales Militares ubicados en siete estados del país, desde donde se opera la distribución y entrega de las plantas.
También se ha entregado a la Sedena, Marina y Guardia Nacional el control y seguridad de ductos de Petróleos Mexicanos, la distribución de medicamentos y, en días recientes, el control de algunos hospitales.
En lo que se refiere a la Guardia Nacional, en febrero pasado AMLO informó que se habían desplegado 70 mil elementos, pero que el plan implicaba tener 140 mil en todo el territorio nacional para finales de 2020.
Ni antes de la pandemia ni ahora, la ruta de la militarización era opción, sobre todo en nuestro país, donde las fuerzas militares han sido utilizadas sistemáticamente para reprimir y acallar el descontento, para perseguir y desaparecer las resistencias, y también para proteger o fortalecer los negocios de grupos criminales. Los nombres de Ernestina Ascencio y Ayotzinapa, por mencionar algunos, debieran resonar fuerte en la memoria colectiva en estos momentos.
Mientras las fuerzas armadas no sean llevadas ante la justicia por crímenes pasados y presentes, o por su participación en hechos de corrupción, el pacto de impunidad seguirá marcando su actuación. En tanto las fuerzas armadas no sean transformadas a profundidad para obedecer a los pueblos, sujetos de los que emana el poder público, son en realidad una amenaza.
El militarismo es un campo de acumulación de capital, nos advirtió Rosa Luxemburgo, tiene la función de "la proletarización violenta de los indígenas y la imposición del trabajo asalariado en las colonias, en la formación y extensión de esferas de intereses del capital europeo en territorios no europeos, en la implantación forzosa de ferrocarriles en países atrasados". Aquí una posible respuesta para entender por qué tanto interés del actual gobierno en los militares: los necesitan para garantizar "el orden y la paz social", para garantizar sus proyectos de "desarrollo".
Nodo-caracol-bitácora virtual de cambalache chorero y otros chunches, abajo y a la izquierda.
Mostrando las entradas con la etiqueta COVID-19. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta COVID-19. Mostrar todas las entradas
25 de mayo de 2020
Cuando una firma de la big pharma utiliza una pandemia... con fines financieros.
Por: William Bruno* / VientoSur.
La paciente llega a la sala de emergencias
respirando tres o cuatro veces más rápido de lo normal, una respuesta
fisiológica a la incapacidad de los pulmones para inyectar suficiente
oxígeno en el organismo. La sensación es similar a la que experimenta
una persona que se está ahogando. Está asustada. Desesperada. Me
presento como médico de urgencias e intento asegurarle que se sentirá
mejor con el oxígeno extra que la enfermera le está colocando.
A la paciente se le había diagnosticado Covid-19 e intentó recuperarse en su casa antes de que sus síntomas empeoraran, lo que la llevó a regresar al hospital. Me responde a una pregunta y sin aire, me dice: "¿Hay algún medicamento para esto?"
Como la mayoría de mis colegas, he pasado horas siguiendo la literatura médica sobre el Covid-19 para ver si hay algún tratamiento nuevo para pacientes como la que acabo de recibir.
Lamentablemente, la realidad es que no hay tratamientos probados y a pesar del considerable entusiasmo y ruido mediático, una gran parte de las investigaciones realizadas hasta la fecha no han dado resultados y han sido llevadas a cabo por empresas farmacéuticas movidas solamente por motivos financieros.
Muchas de las intervenciones realizadas hasta ahora suponen la adaptación de medicamentos existentes, como la cloroquina, un fármaco antipalúdico, o la ivermectina, un antimicótico, con la esperanza de que estos medicamentos puedan ser útiles para el tratamiento del nuevo coronavirus. Lamentablemente, los resultados han sido insatisfactorios. La inverosimilitud biológica de utilizar medicamentos desarrollados para tratar enfermedades no virales ha llevado a muchos clínicos y científicos a considerar estas intervenciones con escepticismo. Sin embargo, esto no ha sido obstáculo para que las autoridades (de los Estados Unidos) las presenten como opciones de tratamiento.
El remdesivir, un antiviral que había sido desarrollado para tratar la fiebre hemorrágica causada por los virus Ébola y Marburgo (un virus endémico en varios países africanos) es el último supuesto tratamiento de la lista que está provocando un gran revuelo.
El estudio inicial utilizado para justificar la utilización de esta molécula se basó en un pequeño grupo de pacientes de Covid-19. Aunque una gran proporción de los pacientes que tomaron el medicamento mejoró, no hubo un grupo de control para la comparación, lo que hizo imposible acreditar la mejora de remdesivir. Un estudio que está muy lejos de la norma aceptada para probar una nueva terapia: un ensayo controlado aleatorio, en el que un grupo de tratamiento recibe el nuevo fármaco y su resultado clínico se compara con un grupo de control que recibió medidas estándar o un placebo. Aun así Gilead, la compañía farmacéutica estadounidense, propietaria del remdesivir, exagera el éxito del estudio, suscitando esperanzas - y de paso la suba de la cotización de sus propias acciones.
La decisión de llevar a cabo un estudio basado en métodos dudosos como el descrito -y su posterior publicación en una de las principales revistas médicas del mundo- es el mejor reflejo de la desesperación de la comunidad médica en un momento de crisis, en el que se está dispuesto a sacrificar datos de calidad con tal de obtener resultados rápidos. Un punto de vista algo más crítico vería esto como una maniobra cínica destinada a generar entusiasmo por una droga sin correr el riesgo de un estudio negativo: en el que el grupo de tratamiento no muestra ninguna mejora significativa con respecto al grupo de control.
Se podría objetar la dificultad de llevar a cabo un ensayo clínico bien planificado, con grupos de tratamiento y de control, siendo que estamos bajo el peso de una pandemia mundial, donde una gran parte de nuestros recursos sanitarios -sobrecargados- se dedican a brindar una atención inmediata, lo que aleja la posibilidad de llevar a cabo grandes ensayos clínicos multi institucionales, que pasan a ser una segunda prioridad. A este respecto, el uso del remdesivir en otros contextos no deja de ser una lección instructiva.
En diciembre de 2019, un equipo de investigadores publicó los resultados de un ensayo controlado aleatorio (en el que se asigna al azar a los participantes un tratamiento experimental o a una terapia estándar) que comparaba la recuperación de aquellos pacientes que recibían remdesivir con otros tratamientos contra el Ébola. Lo asombroso de este estudio no es que los investigadores hayan podido utilizar un método de investigación tan riguroso, sino que lo hicieron en un Congo devastado por la guerra, durante una epidemia de Ébola.
Gilead, por su parte, ha empezado a realizar numerosos ensayos clínicos para evaluar más a fondo la eficacia del remdesivir en el tratamiento del Covid-19. El mes pasado (abril) se publicaron datos preliminares de un estudio del Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas que mostraban que los pacientes infectados que recibían el medicamento sólo tenían un beneficio modesto en cuanto a la duración de la internación, pero no una reducción de la mortalidad. La revista médica The Lancet, tal vez en un intento de atenuar el exceso de entusiasmo, publicó datos de un ensayo controlado aleatorio aún no publicado en otras revistas, que refuta ese modesto beneficio y sugiere que el remdesivir puede, finalmente, no ser útil en los pacientes de Covid-19. A pesar de las limitaciones de los datos preliminares, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA por sus siglas en inglés) anunció que autorizará el uso regular del medicamento en pacientes hospitalizados, alimentando el frenético rumor de que podría haber un tratamiento al alcance de la mano.
El reciente ensayo del remdesivir sobre el virus del Ébola en el Congo refutó estudios anteriores, metodológicamente inferiores, y sugirió que otros tratamientos eran en realidad superiores al remdesivir en el tratamiento del Ébola. Esto no quiere decir que la eficacia, o la falta de eficacia, del medicamento en el tratamiento del virus del Ébola pueda ser una prueba de su eficacia en el caso del Covid-19, un proceso patológico completamente diferente. Sin embargo, la historia de un nuevo tratamiento que parecía prometedor en los primeros estudios, y que resultó decepcionante en estudios posteriores más rigurosos, merece ser tenida en cuenta antes de utilizar el remdesivir como tratamiento contra el Covid-19.
Como todos los doctores, quiero decirles a los pacientes, como la que describí al principio, que tengo, en realidad, un medicamento para darle. Pero quiero saber que su indicación está basada en la ciencia médica y no en la codicia de las empresas o la imprudencia del pánico. Los investigadores que estudian el virus del Ébola en el Congo están demostrando que una calamidad no es una excusa válida para una ciencia negligente. De hecho, en tiempos de crisis como estos, la sociedad debe poder apoyarse en la ciencia médica como un bastión de racionalidad.
Más información:
A la paciente se le había diagnosticado Covid-19 e intentó recuperarse en su casa antes de que sus síntomas empeoraran, lo que la llevó a regresar al hospital. Me responde a una pregunta y sin aire, me dice: "¿Hay algún medicamento para esto?"
Como la mayoría de mis colegas, he pasado horas siguiendo la literatura médica sobre el Covid-19 para ver si hay algún tratamiento nuevo para pacientes como la que acabo de recibir.
Lamentablemente, la realidad es que no hay tratamientos probados y a pesar del considerable entusiasmo y ruido mediático, una gran parte de las investigaciones realizadas hasta la fecha no han dado resultados y han sido llevadas a cabo por empresas farmacéuticas movidas solamente por motivos financieros.
Muchas de las intervenciones realizadas hasta ahora suponen la adaptación de medicamentos existentes, como la cloroquina, un fármaco antipalúdico, o la ivermectina, un antimicótico, con la esperanza de que estos medicamentos puedan ser útiles para el tratamiento del nuevo coronavirus. Lamentablemente, los resultados han sido insatisfactorios. La inverosimilitud biológica de utilizar medicamentos desarrollados para tratar enfermedades no virales ha llevado a muchos clínicos y científicos a considerar estas intervenciones con escepticismo. Sin embargo, esto no ha sido obstáculo para que las autoridades (de los Estados Unidos) las presenten como opciones de tratamiento.
El remdesivir, un antiviral que había sido desarrollado para tratar la fiebre hemorrágica causada por los virus Ébola y Marburgo (un virus endémico en varios países africanos) es el último supuesto tratamiento de la lista que está provocando un gran revuelo.
El estudio inicial utilizado para justificar la utilización de esta molécula se basó en un pequeño grupo de pacientes de Covid-19. Aunque una gran proporción de los pacientes que tomaron el medicamento mejoró, no hubo un grupo de control para la comparación, lo que hizo imposible acreditar la mejora de remdesivir. Un estudio que está muy lejos de la norma aceptada para probar una nueva terapia: un ensayo controlado aleatorio, en el que un grupo de tratamiento recibe el nuevo fármaco y su resultado clínico se compara con un grupo de control que recibió medidas estándar o un placebo. Aun así Gilead, la compañía farmacéutica estadounidense, propietaria del remdesivir, exagera el éxito del estudio, suscitando esperanzas - y de paso la suba de la cotización de sus propias acciones.
La decisión de llevar a cabo un estudio basado en métodos dudosos como el descrito -y su posterior publicación en una de las principales revistas médicas del mundo- es el mejor reflejo de la desesperación de la comunidad médica en un momento de crisis, en el que se está dispuesto a sacrificar datos de calidad con tal de obtener resultados rápidos. Un punto de vista algo más crítico vería esto como una maniobra cínica destinada a generar entusiasmo por una droga sin correr el riesgo de un estudio negativo: en el que el grupo de tratamiento no muestra ninguna mejora significativa con respecto al grupo de control.
Se podría objetar la dificultad de llevar a cabo un ensayo clínico bien planificado, con grupos de tratamiento y de control, siendo que estamos bajo el peso de una pandemia mundial, donde una gran parte de nuestros recursos sanitarios -sobrecargados- se dedican a brindar una atención inmediata, lo que aleja la posibilidad de llevar a cabo grandes ensayos clínicos multi institucionales, que pasan a ser una segunda prioridad. A este respecto, el uso del remdesivir en otros contextos no deja de ser una lección instructiva.
En diciembre de 2019, un equipo de investigadores publicó los resultados de un ensayo controlado aleatorio (en el que se asigna al azar a los participantes un tratamiento experimental o a una terapia estándar) que comparaba la recuperación de aquellos pacientes que recibían remdesivir con otros tratamientos contra el Ébola. Lo asombroso de este estudio no es que los investigadores hayan podido utilizar un método de investigación tan riguroso, sino que lo hicieron en un Congo devastado por la guerra, durante una epidemia de Ébola.
Gilead, por su parte, ha empezado a realizar numerosos ensayos clínicos para evaluar más a fondo la eficacia del remdesivir en el tratamiento del Covid-19. El mes pasado (abril) se publicaron datos preliminares de un estudio del Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas que mostraban que los pacientes infectados que recibían el medicamento sólo tenían un beneficio modesto en cuanto a la duración de la internación, pero no una reducción de la mortalidad. La revista médica The Lancet, tal vez en un intento de atenuar el exceso de entusiasmo, publicó datos de un ensayo controlado aleatorio aún no publicado en otras revistas, que refuta ese modesto beneficio y sugiere que el remdesivir puede, finalmente, no ser útil en los pacientes de Covid-19. A pesar de las limitaciones de los datos preliminares, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA por sus siglas en inglés) anunció que autorizará el uso regular del medicamento en pacientes hospitalizados, alimentando el frenético rumor de que podría haber un tratamiento al alcance de la mano.
El reciente ensayo del remdesivir sobre el virus del Ébola en el Congo refutó estudios anteriores, metodológicamente inferiores, y sugirió que otros tratamientos eran en realidad superiores al remdesivir en el tratamiento del Ébola. Esto no quiere decir que la eficacia, o la falta de eficacia, del medicamento en el tratamiento del virus del Ébola pueda ser una prueba de su eficacia en el caso del Covid-19, un proceso patológico completamente diferente. Sin embargo, la historia de un nuevo tratamiento que parecía prometedor en los primeros estudios, y que resultó decepcionante en estudios posteriores más rigurosos, merece ser tenida en cuenta antes de utilizar el remdesivir como tratamiento contra el Covid-19.
Como todos los doctores, quiero decirles a los pacientes, como la que describí al principio, que tengo, en realidad, un medicamento para darle. Pero quiero saber que su indicación está basada en la ciencia médica y no en la codicia de las empresas o la imprudencia del pánico. Los investigadores que estudian el virus del Ébola en el Congo están demostrando que una calamidad no es una excusa válida para una ciencia negligente. De hecho, en tiempos de crisis como estos, la sociedad debe poder apoyarse en la ciencia médica como un bastión de racionalidad.
*William Bruno es médico de urgencias en el Centro Médico LAC+USC en
Los Ángeles, California. Además de su trabajo clínico en el departamento
de emergencias, trabaja en la investigación de las intervenciones
humanitarias y la ética de la investigación en situaciones de
catástrofe.
Artículo publicado originalmente (en inglés) en Truthout: https://truthout.org/
Más información:
- Remdesivir for COVID-19: challenges of underpowered studies https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(20)31023-0/fulltext
- Remdesivir in adults with severe COVID-19: a randomised, double-blind, placebo-controlled, multicentre trial https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(20)31022-9/fulltext
BABEL :: Por explicaciones no conspirativas.
Por: Javier Hernández Alpízar / Zapateando.
Frantz Fanon escribió, en Los condenados de la Tierra, que las personas que fueron víctimas de violencia extrema durante la guerra de descolonización en África solían no soportar el absurdo. No podían tolerar la idea de que habían sido víctimas en un mundo absurdo, caótico, violento y todo ello sin un por qué. Era intolerable el absurdo. Para llenar el vacío de sentido del absurdo se inventaban un orden: en el mundo prevalecían los más fuertes y ellos habían sido víctimas por ser débiles, era su “culpa”. Preferían esa explicación que el absurdo.
Parece que nuestras mentes no toleran el sinsentido, no toleran las cadenas causales aleatorias, azarosas, caóticas porque nos parecen absurdas. Tendemos a pensar en una inteligencia que ordena los sucesos de acuerdo a fines y medios. Quizás porque nosotros procedemos así, nos proponemos algo y hacemos lo que es necesario para alcanzar ese propósito.
Tenemos un modelo antropomórfico y teleológico para explicarnos los sucesos del mundo: una mente que pensó, deliberó, planeó e hizo tal o cual cosa. Sin embargo, la ciencia moderna va a contracorriente de esa manera de pensar: la ha descartado por su sentido teológico. Y sobre todo porque no necesita hipótesis finalistas para entender y explicar mejor los fenómenos.
La ciencia piensa en causas y efectos impersonales, que pueden ser caóticos, azarosos, o más ordenados e inteligibles, pero que no obedecen a designios ni tienen finalidades buscadas: la vida surgió como resultado de la entropía, por puros procesos físicos, luego químicos, luego bioquímicos, pero no era un fin buscado ni un propósito. Y la evolución de los seres vivos ocurre sin un designio, sin un plan.
Solamente las pseudociencias, como la economía neoliberal, siguen usando de manera disfrazada el modelo de una providencia, de una “mano invisible” que cumple designios de orden “racional”. Según esa pseudociencias no es necesario planificar la economía porque obedece a un plan “espontáneo”: el capitalismo naturalizado. Metafísica de la peor.
Por eso la ciencia ya no satisface el ansia de sentido de los seres humano de carne y hueso en la escala del mundo de la vida ordinaria: eso que trataban de hacer la magia, los mitos, las religiones y las filosofías precientíficas: decir al ser humano qué propósito y sentido tiene su existencia, su vida, su mundo.
El lugar vacío del sentido narrativo de las vidas y los fenómenos que afectan a los seres humanos no lo llena la ciencia, abstracta, fría, desconocida, ininteligible para la gran mayoría. Ese lugar lo llenan los sustitutos más o menos secularizados de las religiones, las ideologías, con su sentido moral (mejor o peor disimulada su vertiente religiosa). Pero siempre buscamos un sentido narrativo y la presencia de fines buscados por una inteligencia, buena o mala, y en las narrativas más excitantes e impactantes suele predominar la intención mala, parece más “realista”.
De ahí que ante fenómenos complejos de origen combinado social y ambiental, como la actual pandemia del coronavirus Sarscov2 que provoca el padecimiento Covid19, o como los desastres socioambientales asociados con el cambio climático, sean muchísimo más popularmente aceptadas las teorías de la conspiración que las explicaciones de la ciencia.
Las teorías de la conspiración satisfacen el deseo de una narración esencialmente teleológica: una mente o un equipo de mentes perversas conspiran, piensan, deliberan, se complotan y actúan además en secreto, con misterio, con suspenso, con todo el atractivo narrativo al cual nos acostumbraron las literaturas y el cine.
Frente a una historia de una mente malvada y poderosa, las explicaciones de matemáticas, física, química, biología, son extrañas, incomprensibles, inverosímiles para el “sentido común” paranoico.
Además, la paranoia satisface a nuestro narcisismo: nos hace personajes importantes, atacados, perseguidos por seres siniestros y no meramente seres naturales, animales, sometidos a inhumanas y ciegas leyes de causas y azares naturales sin propósito alguno, ininteligibles para el consumidor de narraciones.
Para las mentalidades populares, Scherezada gana la partida a cualquier científico a la hora de “explicar” lo que emerge y nos afecta y, por tanto, nos da temor, angustia y nos provoca rechazo.
Por eso es más fácil para muchos creer en médicos malvados que asesinan pacientes “para extraerles el líquido de las rodillas, que vale más que el oro o el platino”, que creer en una ciencia que habla de virus, microscópicos, invisibles, que evolucionaron naturalmente (sin propósito ni finalidad) y que nos emparentan con los demás seres naturales, especialmente con los animales. ¿No se dice que Dios nos creó a su imagen y semejanza y por ende somos barro de otro barro?
El único problema es que las narraciones emocionantes de conspiraciones pueden entretener nuestro ego infatuado pero no solucionar los problemas. Para solucionar problemas y tener medicamentos, vacunas, terapias, curaciones, medidas de prevención que sí funciones y sí ayuden a la salud humana y salven vidas, para todo eso, sirven las ciencias y no las teorías de la conspiración.
Por el contrario, las teorías de la conspiración derivan en agresiones irracionales a personal de salud, en incumplimiento de las medidas de prevención, en actitudes y acciones que afectan a la salud y a la vida de muchas personas: ya nos han constado muchas vidas y en el futuro seguirán costando más.
Es la hora de romper el cordón umbilical narcisista que nos ata a las narraciones de hadas y hechiceros y hacernos adultos, con la ciencia como forma de conocimiento del mundo que nos permita enfrentar un planeta que el capitalismo contribuyó a transformar: de una naturaleza hóspita a un planeta lleno de peligros y riesgos.
En el mundo humano sí hay y debe haber fines, metas, utopías, éticas y planes (incluso planificar la economía), políticas, precisamente porque tales propósitos no están ya en la naturaleza ni en ningún orden espontáneo. Pero no nos ayuda extrapolar ese sentido teleológico tratando de moralizar y hacer conspirativa a la naturaleza.
El virus no es un complot, la pandemia no ha sido creada ni esparcida deliberadamente: lo verdaderamente antiético es que los sistemas de salud de casi todos los países hayan sido destruidos por el capitalismo neoliberal, junto con nuestros demás derechos humanos sociales, pero eso no es cosa de la naturaleza, eso sí es una cuestión política, responde a una lucha y correlación de fuerzas social y humana. Ahí sí debemos conspirar, deliberar, organizarnos y alcanzar metas humanas deseables.
Frantz Fanon escribió, en Los condenados de la Tierra, que las personas que fueron víctimas de violencia extrema durante la guerra de descolonización en África solían no soportar el absurdo. No podían tolerar la idea de que habían sido víctimas en un mundo absurdo, caótico, violento y todo ello sin un por qué. Era intolerable el absurdo. Para llenar el vacío de sentido del absurdo se inventaban un orden: en el mundo prevalecían los más fuertes y ellos habían sido víctimas por ser débiles, era su “culpa”. Preferían esa explicación que el absurdo.
Parece que nuestras mentes no toleran el sinsentido, no toleran las cadenas causales aleatorias, azarosas, caóticas porque nos parecen absurdas. Tendemos a pensar en una inteligencia que ordena los sucesos de acuerdo a fines y medios. Quizás porque nosotros procedemos así, nos proponemos algo y hacemos lo que es necesario para alcanzar ese propósito.
Tenemos un modelo antropomórfico y teleológico para explicarnos los sucesos del mundo: una mente que pensó, deliberó, planeó e hizo tal o cual cosa. Sin embargo, la ciencia moderna va a contracorriente de esa manera de pensar: la ha descartado por su sentido teológico. Y sobre todo porque no necesita hipótesis finalistas para entender y explicar mejor los fenómenos.
La ciencia piensa en causas y efectos impersonales, que pueden ser caóticos, azarosos, o más ordenados e inteligibles, pero que no obedecen a designios ni tienen finalidades buscadas: la vida surgió como resultado de la entropía, por puros procesos físicos, luego químicos, luego bioquímicos, pero no era un fin buscado ni un propósito. Y la evolución de los seres vivos ocurre sin un designio, sin un plan.
Solamente las pseudociencias, como la economía neoliberal, siguen usando de manera disfrazada el modelo de una providencia, de una “mano invisible” que cumple designios de orden “racional”. Según esa pseudociencias no es necesario planificar la economía porque obedece a un plan “espontáneo”: el capitalismo naturalizado. Metafísica de la peor.
Por eso la ciencia ya no satisface el ansia de sentido de los seres humano de carne y hueso en la escala del mundo de la vida ordinaria: eso que trataban de hacer la magia, los mitos, las religiones y las filosofías precientíficas: decir al ser humano qué propósito y sentido tiene su existencia, su vida, su mundo.
El lugar vacío del sentido narrativo de las vidas y los fenómenos que afectan a los seres humanos no lo llena la ciencia, abstracta, fría, desconocida, ininteligible para la gran mayoría. Ese lugar lo llenan los sustitutos más o menos secularizados de las religiones, las ideologías, con su sentido moral (mejor o peor disimulada su vertiente religiosa). Pero siempre buscamos un sentido narrativo y la presencia de fines buscados por una inteligencia, buena o mala, y en las narrativas más excitantes e impactantes suele predominar la intención mala, parece más “realista”.
De ahí que ante fenómenos complejos de origen combinado social y ambiental, como la actual pandemia del coronavirus Sarscov2 que provoca el padecimiento Covid19, o como los desastres socioambientales asociados con el cambio climático, sean muchísimo más popularmente aceptadas las teorías de la conspiración que las explicaciones de la ciencia.
Las teorías de la conspiración satisfacen el deseo de una narración esencialmente teleológica: una mente o un equipo de mentes perversas conspiran, piensan, deliberan, se complotan y actúan además en secreto, con misterio, con suspenso, con todo el atractivo narrativo al cual nos acostumbraron las literaturas y el cine.
Frente a una historia de una mente malvada y poderosa, las explicaciones de matemáticas, física, química, biología, son extrañas, incomprensibles, inverosímiles para el “sentido común” paranoico.
Además, la paranoia satisface a nuestro narcisismo: nos hace personajes importantes, atacados, perseguidos por seres siniestros y no meramente seres naturales, animales, sometidos a inhumanas y ciegas leyes de causas y azares naturales sin propósito alguno, ininteligibles para el consumidor de narraciones.
Para las mentalidades populares, Scherezada gana la partida a cualquier científico a la hora de “explicar” lo que emerge y nos afecta y, por tanto, nos da temor, angustia y nos provoca rechazo.
Por eso es más fácil para muchos creer en médicos malvados que asesinan pacientes “para extraerles el líquido de las rodillas, que vale más que el oro o el platino”, que creer en una ciencia que habla de virus, microscópicos, invisibles, que evolucionaron naturalmente (sin propósito ni finalidad) y que nos emparentan con los demás seres naturales, especialmente con los animales. ¿No se dice que Dios nos creó a su imagen y semejanza y por ende somos barro de otro barro?
El único problema es que las narraciones emocionantes de conspiraciones pueden entretener nuestro ego infatuado pero no solucionar los problemas. Para solucionar problemas y tener medicamentos, vacunas, terapias, curaciones, medidas de prevención que sí funciones y sí ayuden a la salud humana y salven vidas, para todo eso, sirven las ciencias y no las teorías de la conspiración.
Por el contrario, las teorías de la conspiración derivan en agresiones irracionales a personal de salud, en incumplimiento de las medidas de prevención, en actitudes y acciones que afectan a la salud y a la vida de muchas personas: ya nos han constado muchas vidas y en el futuro seguirán costando más.
Es la hora de romper el cordón umbilical narcisista que nos ata a las narraciones de hadas y hechiceros y hacernos adultos, con la ciencia como forma de conocimiento del mundo que nos permita enfrentar un planeta que el capitalismo contribuyó a transformar: de una naturaleza hóspita a un planeta lleno de peligros y riesgos.
En el mundo humano sí hay y debe haber fines, metas, utopías, éticas y planes (incluso planificar la economía), políticas, precisamente porque tales propósitos no están ya en la naturaleza ni en ningún orden espontáneo. Pero no nos ayuda extrapolar ese sentido teleológico tratando de moralizar y hacer conspirativa a la naturaleza.
El virus no es un complot, la pandemia no ha sido creada ni esparcida deliberadamente: lo verdaderamente antiético es que los sistemas de salud de casi todos los países hayan sido destruidos por el capitalismo neoliberal, junto con nuestros demás derechos humanos sociales, pero eso no es cosa de la naturaleza, eso sí es una cuestión política, responde a una lucha y correlación de fuerzas social y humana. Ahí sí debemos conspirar, deliberar, organizarnos y alcanzar metas humanas deseables.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

