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4 de octubre de 2019

Capital financiero, capital dinerario y capital comercial.

Por: Rolando Astarita / Blog del autor.


El término “capital financiero” es de uso común en la izquierda, incluido el marxismo. A grandes rasgos podemos decir que con este término se denota a una totalidad compuesta por los bancos, los fondos de inversión y similares, las compañías de seguro, los prestamistas de dinero, y los accionistas. Pero la noción también hace referencia a una relación de dominio de estos capitales sobre el capital productivo (y, eventualmente, el mercantil). Esta idea nace con los “clásicos” sobre el imperialismo (Hilferding, Hobson, Lenin) y es mantenida en la actualidad en la tesis de la financiarización (Chesnais, Samir Amin, Reinaldo Carcanholo), y otras corrientes izquierdistas. En esta nota examino la cuestión a la luz de las nociones de capital dinerario y capital comercial, de Marx, y planteo mis principales críticas a la noción usual de capital financiero.

En Marx

Tal vez una de las cuestiones más importantes es precisar la distinción, de Marx, entre capital comercial y capital dinerario. Por capital comercial el autor de El Capital entendía el capital mercantil (esto es, el que se especializa en el comercio de mercancías) y el que se especializa en el manejo del dinero. Este último engloba a los bancos, y en general a las instituciones que realizan operaciones monetarias “para toda la clase de los capitalistas industriales y comerciales” (Marx, 1999, t. 3, p. 403). Son las operaciones de pago y cobro de dinero, conservación de tesoros monetarios, saldo de balances, manejo de cuentas corrientes, movimientos internacionales de dinero, operaciones cambiarias, y similares. A ello se agrega el recibir y conceder créditos, organizar la colocación de acciones y bonos, preparar fideicomisos, actuar como fideicomisarios, etc. El capital dinerario, en cambio, comprende -siempre según Marx- el dinero que se presta, a cambio de un interés. Es en este sentido que el capital comercial se diferencia del capital dinerario: los capitales comerciales (sean mercantiles o bancarios) reciben la parte de la plusvalía que corresponde a la ganancia. Es conveniente recordar que el beneficio de un banco no proviene del interés, como muchas veces se piensa, sino de la diferencia entre las tasas activas y pasivas (esto es, las tasas a las que presta y las tasas a las que toma depósitos); más las comisiones que cobra por realizar operaciones monetarias. Su tasa de ganancia, por lo tanto, está determinada por la razón entre los beneficios y el capital propio invertido. Lo mismo sucede con un corredor de bolsa; su ganancia principal proviene de las comisiones que cobra por operar en la bolsa, y su tasa de ganancia es la razón entre el beneficio y el capital invertido. No hay, en este sentido, una diferencia sustancial con la tasa de ganancia de los capitales invertidos en cualquier otra actividad. El capital del banco participa de la igualación de la tasa de ganancia, junto al resto de los capitales. Esa igualación se produce por la competencia, que ocurre con los movimientos de los capitales entre las ramas. Si la tasa de beneficio en una rama es mayor que en el promedio de la economía, los capitales tenderán hacia ella, hasta que se iguala con el promedio. A la inversa, los capitales salen de las ramas en que la tasa de ganancia es menor al promedio. Por esta razón, Marx jamás consideró que las instituciones que operan con dinero pudieran gozar de una tasa de ganancia sistemáticamente superior a la que reciben los capitales invertidos en las ramas productivas, o comerciales.


El capital dinerario, por su parte, se basa en que el dinero puede funcionar como capital, y como mercancía-capital. Pero, a diferencia del resto de las mercancías, solo se lo enajena por un período determinado, para que funcione como capital. En palabras de Marx: “… la mercancía capital tiene la peculiaridad de que en virtud del consumo de su valor de uso, su valor y su valor de uso no sólo se conservan, sino que se incrementan. Este valor de uso del dinero como capital -la capacidad de generar la ganancia media- es lo que enajena el capitalista dinerario al capitalista industrial por el lapso durante el cual le cede a éste el poder de disponer sobre el capital prestado” (1999, t. 3 p. 449). El interés aparece entonces como el precio del capital, y expresa la valorización del capital dinero. Surgido de la relación entre dos capitalistas, el prestamista y el capitalista empresario, su sustancia es una parte de la plusvalía generada por el obrero. Este es el fundamento de la hermandad que existe entre el capital dinerario y otras formas del capital, frente al trabajo. Ambas formas del capital dependen de que la explotación del trabajo, y la realización de la plusvalía, sean exitosas. Por este motivo también, es imposible que el capital dinerario se pueda valorizar de manera independiente del capital productivo. Pero por fuera de este elemento de identidad, el capital dinerario se distingue del capital comercial, entre otras razones porque percibe interés, y no ganancia.

A partir de esto, se puede entender la diferencia que existe entre lo que se llama la ganancia empresaria, y el interés. La explicamos con un ejemplo. Supongamos que un capitalista toma $1000 a préstamo, que rinden una ganancia anual del 8%, y que el interés es del 2%. Para este capitalista, la ganancia “neta”, o empresaria, es del 6%. Los $60 que embolsa como ganancia son una retribución a su rol de explotador; en otras palabras, la ganancia empresaria retribuye al capital en funciones. El interés, en cambio, es la plusvalía que le corresponde al capitalista dinerario en tanto encarna la propiedad privada del capital. Puede verse entonces que entre el interés y la ganancia empresaria existe una relación negativa: dada la plusvalía, si aumenta el interés, disminuye la ganancia, y viceversa (suponiendo que no se modifican la renta de la tierra ni los impuestos). De ahí que exista una oposición en la unidad, entre el capitalista dinerario y el capitalista empresario. En períodos de crisis, en especial, la tasa de interés sube -aumenta el riesgo, los capitalistas son reacios a prestar en tanto aumenta la demanda de líquido para enfrentar vencimientos- y esto puede afectar muy seriamente a la ganancia. Lo cual genera la impresión de que la causa de la crisis es la suba de la tasa de interés, cuando en realidad, se trata de una consecuencia de la crisis; que a su vez actúa agravándola. Pero lo mismo ocurre con todo el capital, sea productivo o comercial. Si el banco toma dinero prestado, deberá pagar un interés al prestamista; si la tasa de interés aumenta, bajará su ganancia empresaria. Sin embargo, cuando se subsume bajo una misma totalidad indiferenciada de “capital financiero” al capital dinerario y al capital bancario, se pierde de vista esta oposición.

Por otra parte, subrayamos, la tasa de ganancia del banco está sometida a las leyes de la competencia. Pero, cuando se dice que el capital financiero está por encima del capital productivo, o mercantil, se pasa por alto que el capital comercial de conjunto (esto es, los bancos y similares incluidos) está sometido a la misma ley de igualación de la tasa de ganancia que afecta a los capitales de cualquier rama. Por este motivo también, los bancos, y similares, estarán afectados por la caída de la tasa de ganancia que lleva a las crisis.

El capital accionario y los accionistas

Una consideración especial merece el capital accionario. Precisemos que la acción es un título que da derecho a una parte de la plusvalía que ha de realizar el capital. La acción “no es otra cosa que un título de propiedad, pro rata, sobre el plusvalor que se ha de realizar por intermedio de ese capital” (Marx, 1999, t. 3, p. 601). En algunos pasajes Marx asocia al capital accionario con un tipo de capital a préstamos, y a los dividendos con el interés (ídem, p. 307). Lo hace porque el poseedor de acciones no está necesariamente involucrado en la función de capitalista, y en este sentido, se acerca al capitalista dinerario.

Sin embargo, pienso que esta circunstancia no es suficiente para considerar al capital accionario, sin más, como parte del capital dinerario. En primer lugar, porque los accionistas participan de las ganancias de las empresas a través de los dividendos, y éstos no mantienen una relación inversa con la tasa de ganancia, como ocurre con el interés. Cuando aumentan las ganancias, aumentan los dividendos, y viceversa; cuando estalla la crisis, y la tasa de interés alcanza su pico, los dividendos usualmente desaparecen. Por eso, entre dividendos y ganancias no existe la tensión que encontramos entre la tasa de ganancia y la tasa de interés. Sí existe una tensión entre las ganancias retenidas por las empresas, y los dividendos distribuidos a los accionistas. Pero es una oposición distinta de la que existe entre la ganancia y el interés; incluso no puede decirse que el no pago de dividendos perjudique siempre, o necesariamente, a los accionistas. Por ejemplo, una retención de ganancias para ampliar la empresa puede dar lugar a una suba del precio de la acción, de manera que para el accionista hay una compensación, en términos de patrimonios, por el dividendo no cobrado. El accionista, además, se beneficia siempre con la valorización de la empresa, en tanto el capitalista dinerario no obtiene ningún beneficio con ello. Aclaremos por último que la situación del accionista no siempre es la de mero propietario del capital. Superado cierto umbral de tenencia accionaria (generalmente hoy se ubica en un 5% del total del paquete accionario), el accionista comienza a tener injerencia en el directorio de la empresa, esto es, se involucra como capitalista en funciones.

Capital financiero” en el marxismo

Como ha señalado Harvey (1990), Marx casi no utilizó el término capital financiero. La noción recién adquirió vuelo, dentro del marxismo, a partir de los escritos sobre imperialismo de principios de siglo XX. Hilferding y Lenin quisieron denotar con ese término un fenómeno que consideraban novedoso, la fusión del capital bancario con el capital industrial, y el dominio del primero sobre el segundo. Hobson también pensaba que el sector financiero predominaba sobre el resto de la economía; pero entendía por capital financiero a las grandes casas financieras, que invertían en acciones y títulos, flotaban empresas y otorgaban créditos. En décadas posteriores, la visión del dominio pareció ceder lugar a una idea más matizada. Por ejemplo, Sweezy (1974) pensaba que el dominio de los bancos se acentuaba durante los períodos de crisis, y se debilitaba durante los auges. Mandel, en el Tratado de economía marxista, planteaba que había “interpenetración del capital industrial y financiero”, al menos en EEUU, Gran Bretaña y Alemania. Sin embargo, a partir de los años 1980 (ascenso del reaganismo y el neoliberalismo) volvió a tomar fuerza la tesis del dominio del “capital financiero” entre los marxistas; aunque ya pocos utilizaron el término en el sentido que lo encontramos en Hilferding (1963) y Lenin (1973), esto es, entendido como fusión del capital bancario e industrial.

En términos generales, por capital financiero se comprende ahora tanto al capital que se presta a interés, como el capital bancario y el aplicado a diversos fondos de inversión. La idea clave es que este tipo de capital domina al resto. Por ejemplo, Sweezy, Magdoff y otros participantes de la revista Monthly Review sostenían, en los años 80 y 90, que el centro de gravedad del capitalismo había pasado de la producción a las finanzas, y que esto comportaba un cambio cualitativo del sistema capitalista (Sweezy, 1994, Foster 2010). Los teóricos de la financiarización sostienen la misma idea. Por caso, Samir Amin considera que la economía moderna está dominada por el capital “oligopólico-financiero”, encabezado por 10 bancos que controlan los grandes fondos de inversión y de pensión. (Amin, 2008). Chesnais sostiene que las finanzas tienen “los mandos”: “Las finanzas y los mercados financieros están en la cima del sistema; ocupan los commanding heights… y dan el tono al capital comprometido en la producción o en los grandes negocios” (1996, p. 262). Plihon (1996), teóricamente cercano a Chesnais, afirma que la primacía del capital financiero se corporiza en la “dictadura” de los accionistas sobre los directorios de las empresas.

Observaciones críticas a la tesis del capital financiero, y la financiarización

El enfoque de Marx no apoya esa visión del capital financiero que ha prevalecido en el marxismo hasta el día de hoy. Pensamos que tampoco la evidencia empírica. Desde el punto de vista teórico, y por lo que hemos explicado más arriba, no se puede colocar al capital dinerario, y a una fracción del capital comercial, en una misma bolsa, llamada “capital financiero”, sin importantes precauciones. En todo caso, si quiere hacerse esto por economía de lenguaje, hay que tener presente que estamos hablando de formas distintas de capital. Los bancos, por ejemplo, toman dinero de los mercados de capitales y de dinero, y por lo tanto también aquí se establece una relación de oposición entre el prestatario y el prestamista. Por eso, es erróneo colocar bajo una totalidad indiferenciada al capital bancario y el capital dinerario. Y entonces parece lógica la clasificación de Marx, que ubica al capital dedicado a las operaciones monetarias junto al capital mercantil, bajo la noción de capital comercial, y como categoría distinta al capital dinerario.

También en base a lo que hemos explicado, se concluye que no hay motivo para sostener que el capital dinerario tenga algún tipo de prioridad permanente, o estructural, sobre el capital productivo, o sobre el comercial. La relación entre ambas especies de capital varía con el ciclo económico. En los años de bonanza, la tasa de interés es baja y las ganancias del capital (productivo o mercantil) son altas. Lo inverso sucede cuando estalla la crisis; además, los quebrantos y las desvalorizaciones de activos afectan tanto a los capitales productivos o comerciales, como a los acreedores. Ésta parece ser la posición de Marx, y es adecuada al capitalismo contemporáneo. Por caso, durante la crisis iniciada en 2007 colapsaron grandes instituciones bancarias y compañías de seguros; y enormes masas de activos financieros se derrumbaron, arrastrando también a los acreedores. Las leyes de la competencia no respetaron “jerarquías” ni “hegemonías”.

Tampoco se puede decir que el capital dinerario dicta el curso al resto del capital. Los bancos, por ejemplo, no están bajo la hegemonía de los capitalistas dinerarios que adquieren sus emisiones de obligaciones negociables o papeles comerciales. De la misma manera, no se advierte que los capitalistas dinerarios ejerzan alguna dominación sobre los capitales productivos o comerciales. IBM, Wall Mart, Esso o Microsoft no están, de manera permanente, o “estructural”, a merced de lo que dictan los prestamistas. La evidencia disponible tampoco parece corroborar la tesis de que los bancos controlan, en el largo plazo, a las empresas abocadas a las actividades productivas o mercantiles. Constantemente muchos capitales invertidos en las ramas productivas o en el comercio sacan fondos líquidos (por ejemplo, por amortización, o ganancias retenidas) que son colocados en los mercados financieros, o en los bancos, y vueltos luego a la producción. Las tasas a las que colocan estos fondos, adquiriendo bonos o colocándolos como depósitos, están sujetas a competencia. A su vez, muchas otras empresas están tomando fondos, ya sea a través de préstamos bancarios, o colocando títulos en los mercados. No hay razón para pensar que estas gigantescas corporaciones deban someterse a los dictados de los bancos, que después de todo, no son sino una forma del capital. La tasa de interés hoy se sigue determinando por la oferta y demanda de fondos líquidos (esto es, “a lo Marx”). Asimismo, tampoco se comprueba que la tasa de ganancia de los bancos sea sistemáticamente, y en el largo plazo, más alta que en el resto de las actividades. Los datos de que disponemos muestran que en los últimos 20 años la tasa de ganancia de los bancos ha oscilado de manera más profunda que la de otras ramas, pero no ha sido en promedio más alta (ver aquí). La idea de “interpenetración” entre estas formas de capital, que planteaba Mandel, nos parece apropiada.

Por último, parece difícil sostener que hay una oposición estructural entre el capitalista en funciones y los accionistas. Ya hemos visto que a partir de la tenencia de un cierto paquete accionario, los accionistas forman parte de los directorios de las empresas. Pero la identidad es más esencial; es que los capitalistas en funciones tienen tanto interés como los accionistas en la valorización del capital. No solo, ni principalmente, porque los directores son remunerados con acciones (y por lo tanto se enriquecen cuando éstas suben de precio), sino porque está en la naturaleza del capital la tendencia a la valorización. El capital que no tiene éxito en esta “misión”, valorizarse al máximo, está condenado a desaparecer (y en ese caso los directores perderán su trabajo). No hay forma de evitar esta ley de hierro del sistema capitalista. El director de empresa no es un apóstol de la producción por la producción, enfrentado al capitalista accionario, encarnación de la codicia sin límites. Ambos personajes solo existen en tanto encarnan al valor en proceso de valorización, y no pueden dejar de encarnarlo, sin dejar de ser capitalistas. Por eso, no existe capital en funciones sin valorización del capital, sin tendencia a su acrecentamiento sin fin.

Consecuencias políticas

En base a los argumentos presentados, nuestra crítica al concepto de capital financiero, tal como acostumbra usarse en el marxismo, y en la izquierda en general, es doble. En primer lugar, consideramos que establece una falsa divisoria “fundamental” entre una parte del capital comercial, el dedicado al tráfico y manejo de dinero, y el capital mercantil, que es la otra forma del capital comercial, a la par que diluye la divisoria entre el capital dinerario y el capital comercial, incluido el bancario. A partir de aquí, se borran las especificidades de los respectivos ingresos, ganancia para el capital comercial-bancario, e interés para los capitalistas dinerarios. La segunda crítica, y es la más importante, es que a nuestro entender no existe primacía estructural, o permanente, del llamado capital financiero (sea que se entienda por éste al capital bancario, al capital dinerario, o a la suma de ambos), por sobre el capital productivo o mercantil.

De estos enfoques derivan consecuencias políticas casi inmediatas. La afirmación de que el capital financiero domina y oprime, de alguna manera, al capital productivo, está asociada a la idea de que las crisis, o los padecimientos de las masas trabajadoras, tienen sus raíces en este dominio de las finanzas. La solución de los males pasaría por “dominar a las finanzas”, y no por acabar con la propiedad privada del capital. Por eso también, la tesis “el problema son las finanzas” es funcional a las políticas “progre-izquierdistas” de apoyo al capital y a la colaboración de clases. Los explotados deberían colaborar con sus explotadores “industrialistas y productivos”, los cuales, se pretende, enfrentarían a la oligarquía financiera, o financiera parasitaria. De ahí la aprobación de la tesis de la financiarización (o similares) por parte de muchas corrientes burguesas reformistas. El enfoque que hemos defendido, en cambio, sostiene que las crisis, la polarización social creciente, el hambre y la miseria que reinan en medio del más gigantesco desarrollo de las fuerzas productivas, no se explican por el pretendido dominio de una forma del capital, sino por la misma relación de explotación capitalista. Esta teoría es el fundamento último para avanzar en lo que fue un objetivo del marxismo, la organización de los trabajadores (de los explotados por el capital) como partido político independiente de la burguesía.

Textos citados:
Amin, S. (2008): “’Market Economy’ or Oligopoly-Finance Capitalism?”, Monthly Review, vol. 59, Nº 11, abril.
Chesnais, F. comp. (1996): La mondialisation financière. Genèse, coût et enjeux, Paris, Syros.
Foster, J. B. (2010): The Age of Monopoly-Finance Capital, http://monthlyreview.org/2010/02/01/the-age-of-monopoly-finance-capital.
Harvey, D. (1990): Los límites del capitalismo y la teoría marxista, México, FCE.
Hilferding, R. (1963): El capital financiero, Madrid, Tecnos.
Hobson, J. A. (1902); Imperialism: A Study, en www.econlib.org/library/YPDBooks /Hobson/hbsnImpCover.html.
Lenin, N. (1973): “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, Buenos Aires, Cartago, Obras escogidas, t. 3.
Mandel, E. (1969): Tratado de economía marxista, México, Era.
Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.
Plihon, D. (1996): “Déséquilibres mondiaux et instabilité financière: la responsabilité des politiques libérales”, en Chesnais (1996), pp. 97-141.
Sweezy, P. (1994): “The Triumph of Financial Capital”, http://monthlyreview.org/1994/06/01/the-triumph-of-financial-capital.
Sweezy, P. (1974): Teoría del desarrollo capitalista, México, FCE.

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Capital financiero, capital dinerario y capital mercantil

30 de septiembre de 2019

El lado (más) oscuro del capitalismo.

Por: George Scialabba (The Baffler) / CTXT.

Son tiempos oscuros para la república [estadounidense], concuerdan en decir todas las personas de derechas. Desafortunadamente, la mayoría de las personas de derechas no saben de la misa la media. Estamos comprensiblemente obsesionados con el hecho de que un cazurro vengativo y mezquino tenga un dedo en el botón nuclear y poder de veto sobre importantes esfuerzos para prevenir una catástrofe climática mundial. Eso es perturbador, lo reconozco, pero el elefante en la cacharrería y sus facilitadores republicanos son al menos un mal conocido. Sus expolios se llevan a cabo a plena luz del día, podemos cuantificar el daño que provocan y sabemos (en teoría) cómo frenarlos.

Mucho más insidiosos son los efectos sistémicos de un conjunto de nuevas prácticas (algunas legales, otras no) alejadas del escrutinio público. El equipo político de demolición que nos gobierna está desgarrando el tejido de nuestra economía y sociedad desde fuera. Estos nuevos depredadores, de los que se habla en tres recientes libros, están consumiéndolo desde dentro.

El libro que más te abre los ojos (hasta casi hacerlos salir de las órbitas) es Dark Commerce. How a New Illicit Economy Is Threatening Our Future [El comercio oscuro: cómo una nueva economía ilícita amenaza nuestro futuro], de Louise Shelley, una profesora de la Universidad George Mason y sin duda la decana de los estudios ilícitos, si tal disciplina existe. (Y si no, claramente debería existir). A los lectores que todavía no conozcan uno de los libros clásicos sobre este tema, como por ejemplo McMafia de Misha Glenny o Ilícito de Moisés Naím, o cualquiera de los anteriores libros de Shelley, podría resultarles sorprendente enterarse de lo profunda y extensa que es la ilegalidad económica contemporánea.

Las cantidades de las que hablamos son desorbitadas:
– El ingreso anual que se calcula que generan todos los tipos de delincuencia transnacional oscila entre 1,6 y 2,2 billones de dólares, más o menos el 7% del comercio mundial, según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y la Delincuencia.
– El ingreso anual que se calcula que genera la venta de drogas ilegales: 320 mil millones de dólares.
– Las ventas anuales de productos falsificados o pirateados (por ejemplo, ventas online de fármacos ‘rebajados’): 461 mil millones de dólares.
– La tala y exportación ilegal de madera: entre 30 mil y 100 mil millones de dólares.
– El comercio ilegal de pescado, especies silvestres, minerales y residuos: entre 91 mil y 258 mil millones de dólares.
– Fármacos desviados y de baja calidad: 75 mil millones de dólares.
– Minería ilegal: entre 12 mil y 48 mil millones de dólares.
– Contrabando de tabaco: entre 8.700 y 11.800 millones de dólares.
Estas son las fuentes de ingresos más lucrativas, pero algunas otras actividades ilegales no son menos peligrosas o despreciables. La venta de armas de pequeño calibre y ligeras (1.700–3.500 millones de dólares) generan beneficios para grupos como las FARC, Los Zetas, ISIS, Al-Nusra y Al-Shabaab, que son tanto clientes como proveedores de este vasto mercado. Los componentes de las armas de destrucción masiva se venden en la dark web, una red informática inmensa y secreta a la que solo se puede acceder mediante un software especial que otorga anonimato. Los países menos desarrollados o asolados por los conflictos también sufren el saqueo de antigüedades por la bonita suma de unos 1.500 millones de dólares cada año.

Y luego está el tráfico de personas, que existe en diferentes formatos. Está el tráfico de órganos, por un valor aproximado de 1.000 millones al año. El tráfico de refugiados y de trabajadores forzosos o en condiciones de servidumbre produjo entre 4.700 y 5.700 millones de euros en Europa solo en 2015. Se trafica con mujeres tanto para la prostitución como para el matrimonio forzoso. Shelley no aporta un cálculo numérico para cuantificar el tráfico de mujeres, pero sí señala que la Organización Mundial del Trabajo calcula que 25 millones de personas sufren una u otra forma de trabajo forzoso.

Las cifras de facturación no son las únicas estadísticas sorprendentes de El comercio oscuro. La internet oscura, escribe Shelley, es “quinientas veces más grande que la internet superficial”. ¿Es eso cierto? Pues ahí no se queda la cosa. Cuatro de cada cinco visitas a la internet oscura “fueron hacia destinos online con material pedófilo”. ¡Caray! Si la internet oscura es quinientas veces más grande que la internet iluminada y si un 80% de los visitantes buscan pornografía infantil, ¿qué nos dice eso sobre la humanidad? Pues parece decirnos que somos una especie muy retorcida y que quizá deberíamos rendirnos ante el calentamiento global y esperar que lo que se salga del océano de aquí a varios millones de años tenga unos valores morales mejores que los nuestros.

El mundo no basta

Shelley es una experta en el comercio internacional de cuernos de rinoceronte, al que consagra un capítulo de su libro. Hace un siglo había un millón de rinocerontes negros en África, pero hoy en día quedan solo 5.000 (una disminución del 99,5 %). La extinción es probable, y esta es una calamidad que no se puede achacar al calentamiento global. Los millonarios chinos y vietnamitas constituyen el grueso de la demanda; valoran los cuernos de rinoceronte como símbolo de posición social, por sus supuestos efectos medicinales y, cada vez más, a medida que se avecina la extinción, como inversión. Una oferta reducida ha hecho que el precio ascienda hasta los 60.000 dólares el kilo. Por lo general, los clientes efectúan un pedido a los grupos criminales organizados de Asia, y estos contactan a sus homólogos en el sur de África. Se contrata a personas desempleadas, se las equipa y se las envía para que maten a los animales y les corten los cuernos. Luego, los cuernos se trasladan a Asia con la colaboración de aduanas, transportes, policías y agentes de seguridad, corruptos todos ellos, y en algunos casos, marchantes de arte y casas de subastas. Hacen falta muchas manos para acabar con una especie.

Echaremos de menos al rinoceronte, al menos durante un tiempo (somos una especie bastante desconsiderada y pronto tendremos otras preocupaciones existenciales). En cualquier caso, por muy valiosos que sean, ninguna especie puede competir en valor (ya sea biológico o económico) con las selvas tropicales del mundo, que estabilizan el clima del planeta y contienen una gran parte de la biodiversidad. Una de las selvas tropicales más ricas de la tierra (“puede que el ecosistema más rico del mundo”, según Shelley) solía estar en Sarawak (Malasia). Desde 1981 en adelante, el jefe del gobierno taló y vendió cuatro quintas partes del mismo, y se metió 15.000 millones de dólares en su bolsillo, en el de su familia y en el de sus compinches. Contó con la ayuda de un crédito de 800 millones de dólares de Goldman Sachs y con la de numerosas instituciones financieras adicionales, que no tuvieron problema en ayudarle a esconder las ganancias. (Igual que muchos otros delincuentes millonarios, también él se metió en el negocio inmobiliario. Compró un edificio en el centro de Seattle, en el que más tarde el FBI ubicó su cuartel general del noroeste de EE.UU. y del que rechazó mudarse cuando se le comunicó a quién pertenecía; otro fantástico ejemplo más de la destreza investigativa de la Oficina y de su integridad a prueba de bombas).

No contentos con destruir el medio ambiente, los criminales están saboteando los esfuerzos por salvarlo. La Comisión Europea tiene una política de “fijación previa de límites máximos” con respecto a los créditos de emisión de carbono, que las empresas con bajas emisiones de carbono pueden vender a las empresas contaminadoras.[1]  Los hackers irrumpieron en el registro de carbono de la CE para robar créditos, y luego los vendieron por valor de 6.500 millones de dólares, además de obtener rebajas del IVA por algo que ni siquiera habían pagado. Más aún, “Interpol cree que el mercado de carbono valorado en 176.000 millones de dólares es vulnerable a otros tipos de intrusión criminal, como por ejemplo el fraude de valores, la manipulación de precios entre empresas vinculadas y la venta de créditos de carbono inexistentes”.

Todo lo relacionado con la internet oscura da escalofríos. Aunque haya actividades legítimas que sucedan allí (si es que se desarrolla alguna), parece ser principalmente un supermercado de narcóticos, pornografía infantil, tráfico de personas, armas y programas maliciosos. La legendaria web oscura Silk Road [La ruta de la seda] procesa 600.000 mensajes al mes, lo que se traduce en un número desconocido de pedidos, y en sus dos años de funcionamiento facilitó la venta de 1.200 millones de dólares en drogas, armas y programas maliciosos, que se pagaron utilizando bitcoins. En particular, los programas maliciosos son un mercado en crecimiento. Cada año, se roba medio millón de registros y hace cinco años la increíble cantidad de uno de cada diez estadounidenses de más de 16 años había sido víctima del robo de identidad. Antes de ser desmantelada en 2016, se calculaba que la red de cibercrimen Avalanche estaba detrás de programas maliciosos que infectaban a medio millón de ordenadores cada día. Vienen a por ti y a por mí, de eso no cabe duda; si no lo han hecho ya, claro está.

Las instituciones financieras desempeñan un papel muy importante en el comercio oscuro. Todo ese dinero sucio tiene que ser blanqueado y muchos bancos participan de la diversión; cuatro grandes bancos (Citibank, HSBC, Wachovia y Deutsche Bank) recibieron cuantiosas multas por este motivo. Western Union es una importante correa de transmisión del dinero de la droga entre México y Estados Unidos y de ganancias del tráfico sexual entre Europa Occidental y Europa del Este. Una investigación sobre 55 países en desarrollo descubrió que los flujos financieros ilícitos equivalían a casi un 4% de todo su PIB combinado en 2011. Los bienes raíces son un medio muy conocido: un estudio realizado en seis localidades de Estados Unidos concluyó que la gente que había estado bajo el escrutinio de la policía había tramitado, de manera directa o indirecta, un 30% de las compras inmobiliarias. El lavado de dinero mediante “operaciones comerciales” es habitual: mercancías (coches, lavadoras, etc.) se compran con dinero negro y se envían a otro país, allí se venden y los beneficios que se obtienen ya son dinero limpio. El cambio de divisas también tiene lugar en la internet oscura, y de las criptomonedas se dice a veces que son el futuro del lavado de dinero. Los libertarios que idearon las criptomonedas querían librarse de los gobiernos. Ahora parece que su mayor logro terminará siendo liberar a los criminales de los gobiernos.

De todos modos, seguro que se está llevando a cabo una campaña de seguridad pública inmensa y coordinada en nuestro nombre, ¿no? ¿Qué tal le está yendo? Pésimamente. “Ninguna de las categorías criminales ha dado muestras de un marcado descenso” en la economía oscura mundial, reconoce Shelley (aparte del comercio ilegal de clorofluorocarbonos). En parte, esto se debe a que hay mucho personal de seguridad pública que está en nómina o que ha sido intimidado, pero también a que la lucha contra la delincuencia requiere una gran cantidad de recursos y la fuente principal de ingresos para los gobiernos son los impuestos. En la actualidad, los ricos evaden el pago de impuestos a escala épica: los infractores corporativos estadounidenses tienen por sí solos 2,1 billones de dólares alojados en paraísos fiscales. Los millonarios de otros países son, sin duda, igual de reacios a pagar impuestos. Los conservadores, que siempre se muestran débiles a la hora de perseguir los delitos graves, aunque hagan mucho ruido a la hora de condenar los delitos menores, obviamente no van a darse cuenta de que las fuerzas de seguridad pública no tienen el dinero que necesitan para atrapar a los peces gordos, ni tampoco suscriben las otras propuestas de Shelley: “un Plan Marshall moderno… para garantizar que todo el mundo tiene oportunidades laborales legítimas en sus países de origen”, lo que serviría para disminuir el número de desesperados del que los criminales emprendedores habitualmente reclutan a sus soldados de a pie; y un mejor acceso a la asistencia sanitaria para frenar la demanda de fármacos ilegales de aquellos que no pueden permitirse los productos de las grandes empresas farmacéuticas. Dios nos libre de interferir de tal modo con el libre mercado.

Los sospechosos habituales

A pesar de su letalidad, casi todos los tipos de crimen económico conllevan al menos un intercambio de algún tipo y son por tanto fáciles de entender. Lo que pasa en Wall Street en la actualidad es una cosa completamente diferente. A lo largo de las dos últimas décadas, de acuerdo con el economista de Oxford Walter Mattli, los mercados de capital mundiales se han vuelto oscuros. Eso es malo hasta para aquellos de nosotros que tenemos poco o ningún capital.

En su libro Darkness by Design: The Hidden Power in Global Capital Markets [Oscuridad intencionada: el poder escondido en los mercados de capital mundiales], Mattli consigue la difícil tarea de hacer que hasta los que no son ricos echen de menos la antigua bolsa de Nueva York. Durante dos siglos, la bolsa de Nueva York fue la mejor opción de la ciudad y después del país. La estructura era bastante democrática: las empresas bursátiles eran relativamente pequeñas y tenían igualdad de votos en el órgano directivo de la bolsa. Tener una reputación íntegra era indispensable para una firma comercial pública y, además de eso, los antiguos miembros de la burguesía parecían contar con un abundante y caduco espíritu cívico. (Intenten imaginarse a Robert Rubin, Jamie Dimon, Lloyd Blankfein y el resto de los tiburones y comadrejas actuales con esa cualidad). Por eso invertían las ganancias de la Bolsa en una buena gestión pública, en recopilar datos y en monitorear las transacciones. El fraude era raro, por lo general se detectaba y se castigaba con severidad. En consecuencia, la bolsa cumplía su cometido con creces: recaudar capital para las nuevas empresas y disciplinar o recompensar a las empresas existentes.

En la década de 1960, la revolución informática comenzó a llegar a Wall Street. Primero se automatizaron las tareas administrativas y luego las operaciones bursátiles en sí. Los ordenadores, servidores, software y personal informático que hacían falta eran caros, y esto otorgaba una ventaja a los principales actores: los bancos de inversión y las corredurías bursátiles. Estas últimas iniciaron una fase de fusiones y adquisiciones compulsivas que dejaron al sector bursátil y a la Bolsa en manos de un reducido número de empresas gigantescas.

Estas empresas (Goldman Sachs, Citigroup, Morgan Stanley, UBS y otras) ya no dependían de la Bolsa para poner en contacto a compradores con vendedores, ni para proporcionar liquidez (una serie de fondos acumulados que permitían procesar los pedidos de manera fluida). El único obstáculo que había para las actividades más rentables (los mercados internos u “oscuros”, las operaciones bursátiles en grandes bloques y las operaciones bursátiles de alta velocidad) era la supervisión que llevaba a cabo la Bolsa de Nueva York. Por eso hicieron lo que siempre han hecho los amos del universo de Wall Street: cabildearon con éxito para que el gobierno tomara medidas en favor de sus intereses comerciales y lo presentaron como si fuera una obediencia inevitable a los imperativos de eficacia, progreso y modernización. En 2005, la Comisión de Valores y Bolsa (SEC por sus siglas en inglés) promulgó una serie de normas para reestructurar radicalmente la Bolsa de Nueva York según los términos que exigían las grandes empresas. Al año siguiente la antigua Bolsa de Nueva York pasó en la práctica a mejor vida.

¿Por qué debería importarnos esto? ¿Acaso no se trata de un ejemplo de gánsteres capitalistas tendiéndose una emboscada los unos a los otros? ¿De depredadores sucumbiendo ante superdepredarores? Sí y no. La Bolsa de Nueva York no está compuesta de Daniel Berrigans y Dorothy Days [activistas sociales vinculados a la Iglesia católica], eso es cierto; pero la mayoría de la actividad que tenía lugar allí estaba de alguna forma relacionada con el mundo real de la producción. Gracias a las extraordinarias velocidades que propiciaron los retransmisores de microondas (que en algunos casos alcanzan la velocidad de la luz) el volumen de operaciones bursátiles se ha multiplicado por mil y en su mayor parte son operaciones de arbitraje.

Las operaciones de arbitraje (transacciones trepidantes que aprovechan fluctuaciones minúsculas o temporales en el precio de las acciones) son socialmente inútiles. La defensa convencional de esta práctica sostiene que el arbitraje promueve una determinación eficaz del precio. Mentira y, además, las mismas grandes empresas que dicen que es verdad están también obstaculizando una herramienta verdaderamente útil para determinar el precio: el inversor informado. A menudo, los individuos o gerentes de fondos de pensiones y fondos comunes de inversión investigan en profundidad a las empresas y toman así sus decisiones de inversión. Los operadores de alta velocidad tienen acceso preferencial a información bursátil y cuando se enteran de órdenes institucionales de gran volumen pueden adelantarse (eso se llama “anticiparse a la orden”, que es la versión moderna de la ilegalizada práctica de “inversión ventajista”) y comprar o vender antes de que se emita la orden, lo que cambia el precio y les hace ganar (si esa es la palabra correcta) un pequeño beneficio. Cuando se realiza millones de veces, no solo roba mucho dinero de los fondos de pensiones y comunes (vamos, de ti y de mí), sino que también desincentiva la investigación en profundidad sobre las empresas, que es lo que de verdad mantiene la precisión en los precios de las acciones.

La fragmentación de las bolsas ha propiciado un cambio radical en el equilibrio de poder entre las grandes empresas y las bolsas que son, en teoría, las responsables de fijar las reglas según las cuales operan las primeras. En realidad, ahora las bolsas dependen completamente de las empresas, que han conseguido tantas concesiones y privilegios especiales que ya no existe ninguna pretensión de igualdad en el tratamiento que se da a los grandes y a los pequeños inversores. La oscuridad intencionada contiene numerosos ejemplos de ese tratamiento especial: suministro preferencial de datos, ‘colocar’ los servidores de clientes importantes en el parqué de operaciones, quote stuffing [una estrategia con la que se ralentiza intencionadamente el sistema inundandolo de un  gran número de órdenes y cancelaciones en cuestión de microsegundos, spoofing [la introducción una orden de compra o venta que no se pretende llevar a cabo para incitar a otros participantes a invertir] y cientos de Clases Especiales de Órdenes (SOTs por sus siglas en inglés), algunas de las cuales están diseñadas por las grandes empresas y todas ellas son, básicamente, fraudes. No llegué a entender completamente todas las descripciones que hace Mattli sobre cómo funciona este nuevo modelo de operaciones bursátiles, así que me consoló leer que “un regulador jubilado con un reconocido historial de 15 años al mando de dos importantes organizaciones de regulación financiera me confesó hace poco que ya no entendía cómo funcionaban en realidad estos complejos mercados de capital”.

La consecuencia última de la fragmentación son las “plataformas oscuras” (mercados privados que no ofrecen información previa a la negociación sobre precios ni volúmenes de las órdenes). Estas plataformas, cuya intención original era prevenir la inversión ventajista, han sido diseñadas, en cambio, para facilitarla, mediante la connivencia entre sus administradores y los operadores de alta frecuencia que participan en ellas.

Mattli ofrece sus recomendaciones utilizando el enérgico tono cargado de sentido común del profesor de Oxford: ¡Hágase la luz sobre los inversores! O, de forma más prosaica, hágase que el Congreso y la Comisión de Valores y Bolsa realicen sus trabajos. Desafortunadamente, como reconoce en ocasiones, ninguno de ellos quieren hacer su trabajo. El lobby bancario está muy organizado y (sobra decirlo) bien financiado; Mattli cita a un observador de Wall Street de la década de 1970: “Los bancos… ya tienen más poder que el Congreso”. A estas alturas, la contienda ya ni existe. Y la SEC está en un lado de la puerta giratoria, en cuyo otro extremo se encuentran los grandes bancos y las corredurías bursátiles (en las que, según se dice, alguien con la actitud correcta puede ganar muchísimo dinero). Lo mismo vale rezar para que llueva en el Sáhara que para que se haga la luz sobre Wall Street.

Tras una larga lista de terrores desconocidos, casi supone un alivio regresar a otros con los que estamos más familiarizados: los problemas y dilemas de nuestro futuro digital. Hoy en día, el presente digital ya da bastante miedo, como deja patente James Bridle en New Dark Age: Technology and the End of the Future [La nueva edad de las tinieblas: la tecnología y el fin del futuro]. El libro es un agudo e informativo paseo por diez temas (ligeramente) relacionados entre sí (todos los cuales, en una encantadora muestra de vanidad, comienzan por la letra c). No existe una tesis central en la obra de Bridle, pero hay gran cantidad de información y reflexión sobre los métodos informáticos que rigen la investigación farmacéutica y sobre la fusión nuclear; sobre la curva Keeling, una gráfica que muestra la siempre creciente concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, y su relación inversa con la capacidad cognitiva humana; sobre DeepDream, un programa que ceba imágenes a unas redes neuronales y genera unos resultados sorprendentes; y sobre otros temas. Bridle se muestra sucesivamente entretenido, sorprendido o indignado, que es la manera perfecta de abordar el fenómeno devora-futuros que describe.

La prosa de Bridle puede ser lírica y amenazante al mismo tiempo. Por ejemplo:
“En algún lugar entre los yihadistas y los estrategas militares, entre la guerra y la paz, entre el negro y el blanco, se encuentra la zona gris en la que habitamos la mayoría de nosotros hoy en día. La zona gris es el mejor descriptor para un entorno inundado de hechos imposibles de demostrar y falsedades demostrables que, sin embargo, nos acosan, como si fueran zombis, mediante conversaciones, engatusamientos y persuasiones. La zona gris es el terreno resbaladizo y casi inasible en el que nos encontramos ahora mismo como consecuencia de nuestras muy extendidas herramientas tecnológicas para generar conocimiento. Es un mundo de cognoscibilidad limitada y de dudas existenciales, que es igual de terrible tanto para el extremista como para los que creen en las teorías de la conspiración. En este mundo nos vemos obligados a reconocer el limitado alcance del cálculo empírico y el escaso beneficio que ofrecen los abrumadores flujos de información”.

Directo al vídeo

El gran logro de La nueva edad de las tinieblas es un capítulo, más inquietante que nada de lo que haya leído nunca, sobre la programación infantil de YouTube. Un inmenso archipiélago de vídeos, algunos elaborados por humanos y otros por bots informáticos, compiten por el número de visitas de los niños, lo que significa, en primer lugar, que hay que atraer la atención de los algoritmos de recomendación de YouTube. A menos que tenga la suerte de que una masa crítica de niños lo encuentre y lo recomiende, la forma más segura de atraer la atención de YouTube es incluir en el título de tu vídeo el nombre de un vídeo que ya sea popular.

Por ejemplo, algo como Cars 2 Silver Rayo McQueen Corredor Huevos Sorpresa Disney Pixar Zaini Racer Plateado de ToyCollector. Es “uno de los millones y millones de vídeos sobre huevos sorpresa que hay en YouTube”. Un huevo sorpresa de chocolate que contiene un juguete en su interior, y por extensión, cualquier cosa que contenga otra cosa dentro. Por lo que parece, a los niños les gustan estos y otros vídeos en lo que se abren cajas o se desenvuelven paquetes para desvelar una sorpresa. Uno de los realizadores de huevos sorpresa con juguete dentro se alió con Cars, una taquillera película de Disney para niños. Gracias a esta feliz sinergia, Cars 2 Silver Rayo, etc. ha conseguido alcanzar los 33 millones de visitas y ha dado pie a infinitas variaciones (“millones y millones” de ellas). Y “huevo sorpresa” es solo uno de los géneros audiovisuales. También está la Familia dedo (dedos bailando y cantando versos mediocres), Aprende los colores, Peppa Pig, Cabezas equivocadas, y sus infinitos imitadores, todos siguiendo la misma fórmula, y una proporción desconocida de ellos totalmente automatizados.

¿Por qué? ¿Para qué sirve esta producción incesante de basura profunda e irremediablemente inútil? Ingresos por publicidad, obviamente. Los vídeos vienen siempre precedidos, seguidos o interrumpidos por un anuncio destinado al segmento demográfico de niños entre uno y seis años. La comisión por el anuncio se comparte entre el realizador del vídeo y el propietario de YouTube, que es Google. Es un gran negocio: los realizadores más populares de la plataforma han ganado decenas de millones de dólares. Solo Dios (y puede que Hacienda) sabrá cuáles son las ganancias reales de Google.

¿Todo este balbuceo de bebé y sinsentido infantil es al menos inofensivo? Todo lo contrario, nos informa Bridle. No importa ya la contracción de la imaginación de millones de niños (los vídeos infantiles de YouTube son tan parecidos a los cuentos de hadas tradicionales y a las historias para niños como las dos dimensiones se parecen a las tres). Peor incluso, algunos de ellos son verdaderamente tóxicos.  Los personajes tienen características y formas  extrañas e incomprensibles; y no pocas veces, coprofagia, sadismo, violaciones y violencia: es imposible que estas cosas no surjan en las decenas de millones de vídeos que existen, muchos de los cuales han sido realizados en las mismas condiciones que predominan en los talleres miseria o por programas de ordenador. “No se trata de la intención”, concluye Bridle, “sino de un tipo de violencia intrínseca a la combinación de sistemas digitales e incentivos capitalistas”. Claramente, también se trata en parte de la intención: eso es lo que pasa cuando haces que los niños sean un centro de beneficios.

La iniciativa, parece poderse afirmar, reside en los malvados. La cantidad y calidad de energía e invención que se destina a las infames actividades que se describen en estos tres libros podrían con facilidad acabar con la pobreza, la desigualdad, los conflictos internacionales y la crisis climática. Seguro que los infractores piensan que es más divertido dirigir el mundo que hacer contrabando de cuernos de rinoceronte o implantar programas maliciosos, ¿no? Entonces, si no puedes combatirlos, haz que se unan a ti; puede que así consigas al menos despertar su imaginación.

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George Scialabba es editor colaborador en The Baffler y el autor de los libros For the Republic y What Are Intellectuals Good For?

Este artículo se publicó en The Baffler.

Traducción de Álvaro San José.

Dark Commerce. How a New Illicit Economy Is Threatening Our Future, de Louise Shelley. Princeton University Press.
Darkness by Design: The Hidden Power in Global Capital Markets, de Walter Mattli. Princeton University Press.
New Dark Age: Technology and the End of the Future, de James Bridle. Verso.

27 de septiembre de 2019

“El problema son los banqueros ladrones”

Por: Rolando Astarita / Blog del autor.

Un discurso habitual del progresismo izquierdista dice que la causa de los padecimientos de la clase trabajadora es una de las formas del capital, el capital dinerario, o financiero, representado por los bancos, y no el modo de producción capitalista. Esto es, la oposición fundamental -o “contradicción principal” en lenguaje de los 1960- sería entre el “capital industrial y productivo” y el “financiero parasitario”. Al primero también se lo asocia con todo lo patriótico; al segundo con lo antinacional y “la dominación imperial”.

Se trata de un enfoque de larga historia en las corrientes del socialismo burgués o pequeñoburgués. Por supuesto, a partir del principio diferenciador hay variantes en la táctica política: algunos se limitarán a considerar más progresista al ala “productiva y nacional” del capital; otros le darán su “apoyo crítico”; y otros muchos, en fin, se incorporarán orgánicamente a las filas del nacionalismo burgués (como ocurre hoy con los marxistas que integran las listas del Frente de Todos). Pero por detrás de estas variaciones permanece el argumento clave: “el socialismo está lejos y hoy y ahora hay que elegir el mal menor”. Y para sostener este discurso no se vacilará en inventar lo que sea necesario. Así, por ejemplo, se calificará de “acción patriótica” el vaciamiento de YPF; que el Estado tome deuda a tasas del 15% en dólares; o que acepte tribunales de Nueva York para emitir deuda externa. Ninguna evidencia empírica torcerá la inmutable decisión de apoyar al ala que se ha establecido como progre-industrial de la burguesía, contra los bancos y financistas.


Por otra parte, y casi naturalmente, la tesis “los bancos tienen la culpa” permite avanzar propuestas-solución sin mentar siquiera las relaciones sociales de producción, o la naturaleza de clase del Estado. Por ejemplo, se puede asegurar a la opinión pública que suprimiendo el interés, o las deudas, se arreglan las cosas. Como si un nuevo reparto de la plusvalía -¿decidido por el Estado burgués?- al interior de la clase dominante, o una desvalorización de los títulos de deuda, cambiaran algo sustancial.

Por eso, también, por estos tiempos mucho burgués puesto en “progre” da batalla discursiva (¿para qué sirven, si no, las elecciones?) contra banqueros y el prestamistas. Así, el mismísimo Alberto Fernández ha dicho, en repetidas oportunidades, que el dinero para elevar los salarios de los docentes, o para entregar remedios a los jubilados, va a salir, en caso de que sea elegido presidente, de los intereses que hoy el Central paga a los bancos. Eso es pura “venta de humo”, y al por mayor.

Según la izquierda, el problema también son los banqueros

La izquierda radicalizada parece compartir el mismo diagnóstico: el problema son los banqueros ladrones. Un ejemplo de ello fue el mensaje que transmitió el Partido Obrero a través de un acto realizado, durante la campaña por las PASO, en la City Porteña. Allí Gabriel Solano, candidato del FIT, explicó que en el BCRA y en la City “están los verdaderos ladrones del país. Los responsables de que se vacíe la Argentina son los bancos, el sistema financiero y eso lo organiza el Banco Central”. Para que no quedaran dudas, precisó: “los delincuentes son los dueños de los bancos” (véase aquí ).  Un discurso que reemplaza la contradicción capital / trabajo por la contradicción banqueros usureros / población pobre, explotada a través de créditos al consumo.

Y algo similar se puede ver en un video, significativamente titulado “el FIT-U contra el robo de los bancos”, que acaba de publicar el PTS (aquí). De nuevo, los males se deben “al robo de los banqueros y de los que fugan divisas”. Ni siquiera el dato de que más de un millón y medio de personas compraron dólares en los últimos dos meses hace reflexionar a los autores del video acerca del carácter sistémico de la fuga de capitales. De ahí también la propuesta de nacionalizar el sistema bancario, sin consideración del carácter de clase del Estado que pasaría a gestionar los bancos. Tampoco se cuestionan las relaciones sociales en las que estará inmerso cualquier sistema bancario, así sea estatal, en tanto subsista el dominio del capital (¿acaso los bancos estatales Provincia de Buenos Aires, Ciudad o Nación no obedecen hoy a la misma lógica capitalista, que el resto de los bancos?).

Un enfoque desde la teoría de Marx

Para terminar esta nota, presento una breve explicación, basada en la teoría de Marx, de la base social y objetiva en que se sustenta el discurso “el problema son los bancos ladrones”. Subrayo lo de “social y objetivo” porque el atribuir el origen de los problemas del capitalismo a una forma del capital es solo una expresión de la manera en que las relaciones esenciales aparecen, en la sociedad mercantil, de manera mistificada. Así, por ejemplo, el valor de la fuerza de trabajo aparece como “valor del trabajo”; y la plusvalía como “ganancia del capital” (y más específicamente, como ganancia generada por la máquina).

Pues bien, el capital a interés –dinero que da dinero- lleva esas formas mistificadas a su máxima expresión. Es que, de hecho, el interés es la ganancia que rinde, en cuanto tal, la propiedad del capital, tanto al prestamista que no participa del proceso de producción, como al propietario que utiliza él mismo productivamente el capital (véase Marx, El Capital, pp. 484 y ss., t. 3). Por lo tanto, el interés expresa el hecho de que en el proceso de producción los medios de producción se contraponen al trabajo vivo y por ese medio, el capitalista se apropia de trabajo impago (lo cual, aclarémoslo, no es “robo”, o “estafa”, sino el resultado inevitable de la relación capitalista). O sea, la relación es de explotación; esto es, la contradicción capital – trabajo.

Sin embargo, y aquí viene lo más importante para lo que nos ocupa, “en la forma del interés se halla extinguido este antagonismo con el trabajo asalariado, pues el capital que devenga interés tiene como antítesis, en cuanto tal, no al trabajo asalariado sino al capitalista actuante” (p. 485, ibid.). Es que en la medida en que la plusvalía se divide entre el interés (retribución al capitalista en tanto propietario del capital) y ganancia empresaria (retribución al capitalista que dirige el proceso de explotación), la antítesis parece reducirse a la oposición interés – ganancia. Escribe Marx: “El capital que devenga interés es el capital en cuanto propiedad frente al capital en cuanto función. Pero en la medida en que el capital no funciona, no explota a los obreros y no entra en antagonismo con el trabajo. Por otra parte, la ganancia empresaria no configura una antítesis con respecto al trabajo asalariado, sino solamente al interés” (ibid.). Por eso también, señala Marx, al empresario la ganancia, en contraposición al interés, se le presenta como independiente de la propiedad del capital, y más bien como el producto de su trabajo (véase p. 486, ibid.).  Con lo cual se dan todas las condiciones para que los reformistas burgueses y los charlatanes reformistas burgueses y pequeñoburgueses saquen la conclusión de que “el” problema es el capital a interés; o los bancos que ganan dinero con las diferencias entre las tasas de interés que pagan por captar dinero, y las tasas que cobran por prestarlo. De ahí que desplacen la centralidad de la contradicción capital – trabajo para reemplazarla, en el discurso, por la oposición interés – ganancia (“productiva”, por lo demás).

La explicación de Marx sobre la base social y objetiva que lleva a la mistificación del interés, y del capital dinerario tiene, por supuesto, consecuencias no desdeñables desde lo político. Lo central: la clase obrera no tiene por qué apoyar a alguna forma del capital contra otra, ya que la división de la plusvalía entre ganancia e interés es un asunto de entera incumbencia de la clase capitalista, no de la clase obrera. Si el capitalista es propietario del capital con el que opera, se quedará con toda la ganancia (o ganancia bruta pre interés). Si opera con capital prestado, compartirá la plusvalía con el prestamista. Toda la gran diferencia se reduce a eso. De manera que “al obrero le resulta totalmente indiferente si hace esto [si usa su propio capital] o si debe abonarle una parte a una tercera persona en cuanto propietaria jurídica” (p. 487, ibid.).

En conclusión, el debate acerca de si “la culpa es de los banqueros ladrones”, o “de los prestamistas usureros” no es meramente teórico. Una postura lleva a apostar –de manera más o menos abierta- por la supuesta progresividad de una fracción de la clase capitalista (sea grande o pequeña; nacional o extranjera; industrial o agraria, etcétera). Es la base ideológica de todo frentepopulismo (por eso no es casual la adhesión de los stalinistas –variantes maoísta, castrista, tradición soviética- al enfoque “capital industrioso versus capital especulativo”). La otra postura, basada en la teoría de la plusvalía, aconseja a la clase obrera a que sea indiferente a las formas en que los explotadores se reparten el botín. Es el punto de partida para la lucha por la independencia de clase.

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15 de septiembre de 2019

Economía global 2019; actualización (2).

Por: Rolando Astarita / Blog del autor.

En la primera parte de la nota (aquí) dijimos que en los últimos 10 años la economía global se ha caracterizado por el crecimiento débil, y la baja inversión, en un marco de abundante liquidez. En lo esencial, se trata de plusvalía que, al no reinvertirse productivamente, se vuelca a los mercados financieros. Por eso, los organismos internacionales y observadores advierten sobre el peligro que entraña un crecimiento anémico sostenido en el aumento del crédito y un mar de deudas.

Por ejemplo, en su informe 2018 sobre comercio y desarrollo la UNCTAD señala que “los bancos han aumentado mucho más de tamaño gracias al dinero público; los instrumentos financieros opacos vuelven a estar a la orden del día; el sistema bancario paralelo se ha convertido en un negocio de 160 billones de dólares, el doble de la economía mundial…  Gracias a los billones de dólares de dinero público (‘expansión cuantitativa’), los mercados de activos se han recuperado, se realizan fusiones de empresas en gran escala y la recompra de acciones constituye ahora la característica distintiva de una gestión sagaz. En cambio, la economía real se ha mantenido renqueante fluctuando entre momentos efímeros de optimismo y rumores intermitentes de riesgos a la baja” (“Informe sobre el comercio y el desarrollo, 2018”).


Más adelante: “La preocupación principal se debe a que el tibio crecimiento mundial sigue teniendo una gran dependencia de la deuda, en un contexto en el que están cambiando las tendencias macroeconómicas. A principios de 2018, el volumen de la deuda mundial había aumentado a cerca de 250 billones de dólares —el triple de los ingresos mundiales— en comparación con los 142 billones de dólares registrados hace un decenio. La estimación más reciente de la UNCTAD indica que la relación entre deuda mundial y PBI es en la actualidad casi un tercio mayor que en 2008”. Señala también que hubo una explosión de la deuda privada, sobre todo en los mercados emergentes y los países en desarrollo, “cuya participación en el total de la deuda mundial aumentó del 7% en 2007 al 26% en 2017, mientras que la relación entre el crédito a empresas no financieras y el PBI en 7 las economías de mercado emergentes se incrementó del 56% en 2008 al 105% en 2017”. En este punto recordemos que el Banco Mundial también destaca el crecimiento de la deuda de los países atrasados: en las economías “emergentes y en desarrollo” aumentó de un 15% del PBI, promedio, al 51% en 2018. Volviendo al informe de la UNCTAD, dice que los flujos transfronterizos de capitales no solo son más volátiles, sino también han pasado a ser negativos “para el conjunto de los países emergentes desde finales de 2014, habiendo sido la salida de capitales especialmente cuantiosas en el segundo trimestre de 2018”.

En el mismo sentido, la OCDE también alerta que la deuda privada crece rápidamente en las economías más grandes: el stock global de bonos corporativos no financieros se ha duplicado en términos reales en relación a 2008, llegando a casi 13 billones de dólares. Además, la calidad de la deuda se ha estado deteriorando, lo que incluye un elevado stock de préstamos apalancados.

Por su parte, el FMI dice que han aumentado los riesgos de la situación financiera (véase “Global Financial Stability Report IMF”, abril 2019). Las políticas monetarias laxas después de 2009 ayudaron a sostener la expansión del crédito, pero la deuda se elevó a niveles históricamente altos. En EEUU la deuda corporativa ha pasado de 4,9 billones de dólares en 2007 a 9,1 billones a fines de 2018; es un aumento del 86%. De esta deuda, el mercado de préstamos apalancados, a fines de 2018 llegaba, en EEUU, a 1,3 billones de dólares  (sobre los préstamos apalancados, ampliamos más abajo). El mercado de bonos de grado de inversión también se hizo más riesgoso. En promedio, la deuda corporativa está sesgada hacia emisores de menor calificación; existe elevado apalancamiento y crecimiento rápido del crédito, indicadores que anticipan caídas económicas y crisis bancarias. La rentabilidad corporativa mejoró desde 2017; la tasa de rentabilidad –beneficios sobre activos- ha sido notablemente más elevada que en otras economías avanzadas. Sin embargo, los beneficios disminuyeron en el último trimestre de 2018. Y, más importante, el riesgo financiero ha permanecido elevado. Las empresas han destinado ganancias al pago de dividendos y la recompra de sus acciones, que superaron las ganancias de inversión y alcanzaron las alturas más elevadas en la poscrisis. En algunos sectores los pagos de dividendos fueron financiados con toma neta de préstamos, aumentando la deuda ya elevada.

Señala también que se ha invertido la curva de rendimiento de los bonos (un indicador que suele anticipar recesiones); y la inversión se ha detenido. En este contexto, las vulnerabilidades siguen creciendo en el sector corporativo y entre los intermediarios no bancarios. A pesar de que la relación deuda – capacidad de servirla de las empresas estadounidenses ha mejorado desde la crisis financiera, esto podría cambiar rápidamente si aminora de manera significativa el crecimiento, o se endurecen las condiciones financieras (véase también más abajo).

En la zona del euro el crédito se expandió en menor medida –debido a la crisis de la deuda- pero siguen existiendo debilidades estructurales en los sectores de la media y pequeña empresa. Aquí las vulnerabilidades son más pronunciadas en el sector soberano, con deuda elevada o incluso elevándose, como es el caso de Italia. Además, la deuda corporativa se ha incrementado de forma significativa en un número de países, entre ellos Francia. En el sector bancario hubo fuertes caídas en la valuación de activos, lo cual plantea riesgos para algunos bancos. En otros países adelantados, si bien la vulnerabilidad de los bancos es baja, continúa siendo motivo de preocupación el apalancamiento de los hogares (elevado ratio deuda / PBI y creciendo en algunos países). En Japón la baja rentabilidad de los bancos es motivo de preocupación, así como el elevado riesgo que han tomado intermediarios financieros no bancarios. La situación financiera en China, otro de los focos de preocupación del establishment, la tratamos aparte.

En el mismo sentido que los anteriores informes, el BIS Quarterly Review, septiembre 2018, señala que el crédito internacional (transfrontera y en moneda extranjera) ha continuado expandiéndose, y alcanza el 38% del producto mundial. Este crecimiento ha sido encabezado por la emisión internacional de títulos de deuda. El rol de los bancos se redujo, tanto como prestamistas como inversores. La primera reducción ocurrió cuando la crisis financiera; luego hubo una breve recuperación, pero volvió a contraerse fuertemente cuando la crisis del euro. El descenso de la participación de los bancos en el mercado internacional de títulos de deuda fue compensado por el aumento de los acreedores no bancarios, tales como fondos de pensión, compañías de seguros, fondos de mercado monetario (money market funds) y fondos de cobertura (hedge funds). Los emisores de bonos son principalmente gobiernos y grandes empresas. Muchos países de economías emergentes o en desarrollo han aumentado su endeudamiento mediante la emisión de bonos.

Liquidez y recompra de acciones

Un rasgo destacable de la coyuntura son las plusvalías que no se reinvierten productivamente y se acumulan como capital líquido, o se destinan a la recompra de acciones. En 2018 la recompra de acciones por las 500 compañías estadounidenses del S&P llegó a 800.000 millones de dólares. Desde 2008 hasta principios de 2018 se realizaron recompras por 5,1 billones de dólares. Según estimaciones de analistas, entre 2007 y 2016, las 500 empresas del S&P gastaron el 54% de sus beneficios en recompra de acciones (ver aquí). Según Goldman Sachs, en 2019 las 500 del S&P estarían en tren de recomprar acciones por 940.000 millones de dólares. Con bajas tasas de interés, las recompras son financiadas, en muchas ocasiones, con créditos apalancados (véase el siguiente apartado).

Es claro que la recompra de acciones aumenta las ganancias por acción de forma artificial, ya que aumenta el valor del capital sin que se corresponda con un incremento de la inversión productiva y la generación de plusvalía. Además, dado que el 10% más rico de las familias posee el 86% de los paquetes accionarios, la recompra aumenta la concentración de riqueza e ingresos. Un flujo de dinero que alimenta los fondos de inversión y toda forma de valorización financiera de los activos.
Aunque en mucho menor medida, en la zona del euro la recompra de acciones experimentó un auge en los últimos 12 meses, llegando a 100.000 millones de dólares. Por otra parte, las empresas japonesas mantienen cash en los bancos por 4,8 billones de dólares (ver aquí).

Bonos BBB, préstamos apalancados y el crecimiento de los CLO

El crecimiento del crédito, y las deudas, genera las condiciones para el estallido de una nueva crisis financiera que tendría inevitables repercusiones sobre el conjunto de la economía. A fin de profundizar en esta explicación, empecemos recordando cómo están conformados los mercados de crédito.

Se dividen en dos clases fundamentales. En primer lugar, están los bonos de grado de inversión, emitidos por empresas de alta calificación. Estos bonos van desde calificación AAA (la mejor) a BBB. En este segmento del mercado de crédito lo distintivo es que, tanto en EEUU como en Europa aumentó significativamente la emisión de bonos BBB. En EEUU el incremento se produjo principalmente antes de la crisis financiera; en Europa continuó después de la crisis. El resultado es que en 2018 la participación de los bonos BBB era de aproximadamente un tercio en EEUU, y la mitad en Europa. Dado que estos bonos son aptos para inversores institucionales –que están obligados a invertir en títulos con un mínimo de calificación-, un debilitamiento de la economía puede llevar a la caída de la calificación de los bonos BBB a bonos basura, lo que desataría ventas forzadas de los fondos que tienen obligación de mantener sus colocaciones en grado de inversión (véase aquí).

El segundo tipo de mercado de crédito es el de “grado especulativo”. Está conformado por los bonos de alto rendimiento (calificación menor a BBB) y por los préstamos apalancados. Pues bien, aunque la participación de los bonos basura (los más riesgosos) ha disminuido en el total de la deuda, han crecido los préstamos apalancados. Se trata de préstamos que se otorgan a empresas que ya tienen un peso de deuda “sustancial” (típicamente cuando la deuda es cinco veces mayor que las ganancias antes de intereses, impuestos y amortización), y pobres calificaciones crediticias. Estos préstamos se realizan a tasa variable, están asegurados con colateral subyacente, y sus pagos tienen prioridad frente a bonos de alto rendimiento. En EEUU su volumen más que se ha duplicado desde 2010. Y cada vez más se usan para fondear la toma de riesgos financieros a través de fusiones y adquisiciones, compras apalancadas, pagar dividendos y recompra de acciones.

El crecimiento de los préstamos apalancados se debe en gran medida a su titularización (en otras notas también hemos empleado el término securitización) a través de la emisión de Collateralized Loan Obligation (obligación de deuda colateralizada). Se trata, en lo esencial, de un título respaldado por un pool de deuda. El mismo se origina cuando un gerente de instrumentos financieros compra a un banco un paquete de préstamos apalancados, que agrupa en un paquete. Para fondear la compra, vende participaciones en el CLO a inversores. Las participaciones se dividen en tramos, que se diferencian por el riesgo implicado. Los inversores que asumen los mayores riesgos adquieren los tramos equity del CLO, y reciben mayor tasa; pero son los primeros que dejan de cobrar si se produce un default de los préstamos subyacentes. Los inversores que asumen menor riesgo son los que compran los tramos senior del CLO, y cobran primero, pero reciben menos interés. Por eso los CLO son muy similares a las CDO, las obligaciones de deuda colateralizada, que contribuyeron a inflar la burbuja inmobiliaria que terminó en el estallido financiero de 2007-9. Las CDO tenían como activo subyacente los créditos hipotecarios. Por eso, a partir de 2007 los defaults sobre las hipotecas subyacentes hicieron que los valores de los CDO se desplomaran, agudizando al extremo la crisis financiera.

Pues bien, por estos tiempos la nueva “estrella financiera” son los CLO. En los últimos años la parte de los bancos en el mercado de préstamos apalancados estadounidense bajó al 8%, mientras que la parte de las CLO aumentó del 47 al 60%. Según el Banco de Inglaterra, a fines de 2017 había, globalmente, alrededor de 750.000 millones de dólares invertidos en CLO. Un tercio estaba en manos de bancos de EEUU, Europa y Japón, y el resto pertenecía a inversores no bancarios. Entre los bancos, las entidades japonesas son las mayores inversoras. De acuerdo a informes bancarios, cuatro bancos japoneses tenían unos 108.000 millones de dólares en CLO de EEUU (M. Rodríguez Valladares, “Non-banks Are The Largest Holders Of Collateralized Loan Obligations Globally”, Forbes, 11/06/19).

Indudablemente, se trata de instrumentos financieros opacos, y la deuda subyacente muchas veces financia operaciones especulativas y riesgosas. Además, el aumento de su demanda ayudó a que se licuaran cláusulas de protección de los inversores, que estaban incluidas en los acuerdos de préstamos; por eso se los conoce como acuerdos con “apenas cláusulas”. Antes de la crisis los acuerdos con “apenas cláusulas” eran el 25% del total. Según Moody, hoy son el 80%. Si viene una recesión, muchas empresas van a tener muchas dificultades para pagar sus elevadas deudas. Por sobre todas las cosas siempre debemos tener presente que, por más complejas que sean las ingenierías financieras, nada puede evitar las desvalorizaciones de los títulos cuando entre en crisis la realización de la plusvalía. Y el peligro se agudiza porque la misma opacidad de estos títulos impulsa el vértigo de la especulación, y el crecimiento de todas formas de capital ficticio. Por eso los estándares más laxos para suscribir títulos, la menor protección a los inversores, junto a una porción mayor de crédito débil, aumentan la probabilidad de tensiones y problemas, y reducen los ratios de recuperación en la eventualidad de que se endurezcan las condiciones financieras o haya un fuerte descenso en la actividad económica.

Además, dado que fondos de inversión han sido grandes compradores, por medio de CLO, de préstamos apalancados, el tener que admitir pérdidas en los valores de sus títulos puede impulsar el pedido de reembolso de fondos, llevando a ventas forzadas y a mayores caídas de los precios. Este tipo de dinámicas afectaría no solo a los inversores que tienen esos préstamos, sino a la economía más en general. Los préstamos apalancados posiblemente no dispararán la- próxima crisis, pero es muy probable que la profundicen (véase, por ejemplo, M. Greene, “Do leveraged loans pose a threat to the US economy?”, Financial Times 11/02/19). En este respecto es significativo que Janet Yellen, ex responsable de la FED, advirtiera, a fines de 2018, que “existe el peligro de que si algo provoca una caída de la economía, los altos niveles del apalancamiento corporativo podrían prolongar la recesión y llevar a cantidad de quiebras en el sector corporativo no financiero”. Sobre los CLO dijo que “mucho del subyacente de esa deuda es débil. Pienso que los inversores la tienen en paquetes como los paquetes subprime [se refiere a las hipotecas de baja calificación, subyacentes de los CDO]”. Señaló también que el endeudamiento corporativo se disparó en años recientes, pasando la deuda de 4,9 billones de dólares en 2007 a 9,1 billones (véase aquí).

En términos más generales, y según el BIS, el financiamiento apalancado –comprendiendo los bonos de alto rendimiento y las finanzas basadas en préstamos apalancados- se ha duplicado desde la crisis financiera (BIS Quarterly Review, septiembre 2018). Además de destacar el carácter pro-cíclico de los préstamos apalancados, el informe señala que en los últimos años muchos de esos préstamos se utilizaron para refinanciar deuda. En EEUU, desde 2015, la refinanciación de deuda ha representado el 60% de la emisión institucional de préstamos apalancados. El hecho de que los bancos encuentren mayores facilidades para titularizar y vender esos préstamos a través de CLO, contribuye al crecimiento de los préstamos apalancados. Y a medida que avanzó el ciclo de negocios, aumentó la tasa de default de estos préstamos: pasó, en EEUU, del 2% a mediados de 2017 al 2,5% en julio de 2018. Pero además, dado que son a tasa variable, la situación puede empeorar en la medida en que las tasas de interés recuperen a niveles más normales. El informe del BIS también llama la atención sobre el aumento de tomadores de préstamos con calificación BBB, al  que nos referimos más arriba; y advierte que una eventual rebaja en la calificación de estos deudores puede llevar a que muchos inversores se descarguen de la deuda.

Interludio: recordando el rol de los CDO en los 2000

Introduzco un breve paréntesis para recordar, al menos parcialmente, la dinámica especulativa de la titularización que desembocó en la crisis. En 2009 escribíamos: “La titularización y la extensión de los mercados monetarios y de capitales debilitaron las posibilidades de supervisión del banco central [nos referíamos principalmente a la FED] sobre el sistema. En el sistema tradicional el banco debía cumplir con ciertos requisitos a la hora de decidir en qué activos colocar el dinero de los depositantes, y hasta cierto punto, esto podía ser supervisado por el banco central. Pero las titularizaciones que actualmente realizan los bancos son operaciones por fuera de balance… En este aspecto los balances de los bancos y de otras instituciones ya no proveen información suficiente sobre el verdadero estado financiero. Además, el crecimiento de los créditos estructurados implica que nadie sabe bien qué está comprando ni cómo se evalúa el riesgo. Cuando alguien compra un tramo senior o super senior de CDO… no puede calcular qué valor real está adquiriendo. El problema se agrava porque es de interés de los manager de las firmas que organizan estas operaciones ocultar la verdadera naturaleza de lo que están haciendo. No olvidemos que ganan por administrar fondos y por presentar ganancias, aunque estas estén infladas y sean puramente nominales” (pp. 84-5, El Capitalismo roto. Anatomía de la crisis económica, Madrid, 2009, La linterna sorda)

La situación en China

Dados los límites de esta nota, solo señalamos que otro foco de atención es China. Recordemos que cuando se produjo la crisis financiera el gobierno chino destinó un paquete por valor de 586.000 millones dólares a estimular la economía. Ese estímulo se dirigió esencialmente a inversión en infraestructura (72% del paquete) y a fomentar un boom en inversión fija. La mayor parte del gasto en infraestructura fue realizada por gobiernos locales, los cuales se financiaron en buena medida, a través de la “banca en la sombra” (shadow banking), esto es, operaciones que promueven los bancos por fuera de sus balances. Por eso, la implementación del paquete de estímulo disparó un rápido crecimiento en inversión fija, y de la banca en la sombra.

El aumento de la inversión fija compensó, al menor parcialmente, la caída de la demanda provocada por la caída de las exportaciones. Sin embargo, hacia 2012-13 la economía enfrentaba crecientes riesgos debido a sobrecapacidad, aumento de las deudas locales y muy especialmente el crecimiento de la banca en la sombra. En noviembre de 2014 el Ministro de Finanzas, Zhu Guangyao alertó que la banca en la sombra era el principal peligro para la economía. Pero el gobierno trató de controlarla, no suprimirla. Después de todo, la banca en la sombra proveía liquidez que fondeaba el crecimiento económico. Así, los gobiernos locales siguieron financiándose con la banca en la sombra para sostener proyectos de inversión, a pesar de que fueran de baja rentabilidad. Incluso se construyeron ciudades que no fueron habitadas.

Sin embargo, finalmente el crecimiento de la deuda impuso la necesidad de limitar a la banca en la sombra. Según el FMI, se endurecieron las regulaciones financieras, y el control sobre las inversiones por fuera de presupuesto de los gobiernos locales, lo cual redujo  el ritmo de aumento de la deuda y ayudó a contener el incremento de riesgo en el sector financiero (“Informe Revisión artículo 4, agosto 2019”). Por eso disminuyó el ritmo de crecimiento de los activos bancarios (del 15% a mediados de 2016 al 7% a mediados de 2018) y se recortó la emisión de vehículos de inversión por fuera de balance. Muchos bancos los incorporaron a sus balances. Las medidas tuvieron éxito en reducir el apalancamiento en el mercado financiero. Sin embargo, la deuda total del sector no financiero todavía crece a un ritmo más rápido que lo que lo hace el PBI nominal. El informe de la OCDE, que hemos citado más arriba, dice: “China sigue siendo una fuente de preocupación, en la medida en que el despliegue de herramientas monetarias, fiscales y cuasi-fiscales no solo tiene efectos inciertos sobre la actividad, pero podría continuar alimentando la deuda corporativa no financiera, que ya se encuentra en un nivel récord”. En este contexto se desarrolla, además, la guerra comercial con EEUU.

A modo de conclusión: las condiciones para una crisis global

El crecimiento del capital dinero, la acumulación de liquidez en manos de las empresas, ha ido a alimentar los mercados de crédito y deuda, sin traducirse en un aumento significativo de la acumulación productiva. Como señaló Marx, refiriéndose a las coyunturas de plétora del capital, las mismas constituyen una demostración de los límites de la producción capitalista. Escribía en El Capital: “… si esta nueva acumulación tropieza con dificultades en su aplicación, si choca con la falta de esferas de inversión, es decir, si se opera una saturación de los ramos de producción y una sobreoferta de capital en préstamo, esta plétora de capital dinerario prestable no demuestra otra cosa que las limitaciones de la producción capitalista (…) La acumulación del capital de préstamo consiste, simplemente, en que el dinero se precipita como dinero prestable. Este proceso es muy diferente de la transformación real en capital, es solo acumulación de dinero en una forma en la cual puede ser transformado en capital” (p. 654, t. 3, edición Siglo XXI).

En términos de la economía argentina, hemos tenido una muestra de esta dinámica en la entrada de inversiones de cartera que realizaron grandes ganancias mediante el mecanismo del carry trade –consiste en endeudarse a baja tasa baja en una moneda, para invertir en otra moneda aprovechando los diferenciales de tasas de interés-, sin que contribuyeran en lo más mínimo al desarrollo de la economía. Peor aún, no solo no hubo desarrollo, sino su la retirada a partir de 2018 provocó devastación económica e infinitas penalidades a la población.

Para terminar esta actualización, subrayamos también una cuestión sobre la que hemos insistido desde hace tiempo, en oposición a la llamada “tesis de la financiación”: las crisis son un resultado de las contradicciones del capital de conjunto; no del dominio de una forma del capital (el financiero) sobre otra forma del capital (el productivo), como generalmente se piensa en los ambientes del progresismo izquierdista, siempre inclinado a encontrar virtudes en un tipo de capital contra otro tipo de capital (base ideológica para aconsejar a los trabajadores el conciliacionismo de clase). La realidad es que los circuitos del crédito y la deuda son inseparables de la esfera productiva. Como alguna vez también lo expresó Marx, no hay que olvidar que el crédito “es una forma inmanente del modo de producción capitalista” (p. 781, ibid.). Dicho de otra manera, capital financiero y capital productivo son formas que se subsumen en una unidad esencial: la hermandad de la explotación del trabajo. Pero por esto mismo, una economía no puede crecer indefinidamente en base a deuda en aceleración creciente. Esta es la base sobre la cual se desarrollan los elementos que, tarde o temprano, desembocarán en una nueva crisis global. Lo que subyace, enfatizamos, es la debilidad del proceso productivo.

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28 de julio de 2014

Mutaciones del capitalismo en la etapa neoliberal / III: Controversias.

Por: Claudio Katz / Rebelión.

Las características de la crisis reciente se explican por las transformaciones ocurridas durante la etapa neoliberal de las últimas tres décadas. Ese período comenzó con el thatcherismo, se reforzó con el desplome de la URSS y persiste en la actualidad atropellando las conquistas sociales. 
Mediante privatizaciones, apertura comercial y flexibilización laboral el neoliberalismo modificó el funcionamiento del capitalismo. Amplió el radio sectorial y territorial de la acumulación, sometiendo nuevas actividades (educación, salud, jubilaciones) y espacios geográficos (ex países socialistas) al reinado del lucro. Ha incentivado formas de consumo más segmentadas y modalidades de producción flexible, que potencian el desempleo, la feminización del trabajo y la polarización de las calificaciones.
El modelo actual se apoya en el repliegue de los sindicatos y en el reflujo de las ideas anticapitalistas. Propicia una competencia global basada en aumentos de la productividad desgajados del salario. Ha facilitado la recomposición de la tasa de ganancia incrementando la explotación de los trabajadores.
Las grandes empresas aprovechan las diferencias internacionales de sueldos para ampliar sus beneficios. Emigran hacia los países que ofrecen mayor baratura salarial -o utilizan la amenaza de ese traslado- para acentuar el control patronal del proceso de trabajo. Esta orientación confirma que las ganancias provienen de la extracción de plusvalía y que no se avecina el “fin del trabajo”, teorizado por tantos autores.
El neoliberalismo acentuó la precarización de todas las categorías profesionales, creando un duro escenario de informalidad laboral. El aumento de la desigualdad social es una consecuencia de esta regresión. 

Polarización social 

La enorme expansión de las brechas sociales retrata la ofensiva del capital. Con sus denuncias de enriquecimiento del 1 % de los acaudalados, el movimiento de ocupantes de Wall Street puso de relieve esta fractura. Un documentado libro reciente confirma la magnitud de esta polarización. Ese trabajo aporta detalladas estimaciones del aumento de la desigualdad social en 30 países y establece comparaciones históricas de esta brecha [2].
El texto destaca que el 1% de la minoría más enriquecida de la población (equivalente a la crema de la clase capitalista) es poseedora del 25% del patrimonio total en Europa (2010) y del 35% en EEUU (2010). El 9% siguiente (que corresponde a los sectores privilegiados, gerenciales o directivos) detenta el 35% de ese acervo en ambas zonas. Un 10% de habitantes maneja, por lo tanto, el 60% y 70% del patrimonio en las dos principales regiones económicas del planeta. En el otro polo de la sociedad, el 50% más pobre sólo tiene el 5% de ese total y el 40% restante conforma un sector intermedio, que controla el 35% (Europa) y el 25% (Estados Unidos) de esa suma.
El estudio también señala que este enriquecimiento se amplió dos o tres veces más que el PBI durante los últimos 20-30 años, a un ritmo desconocido desde 1910. Por esta razón algunos super-billonarios, como la heredera de la empresa francesa L´Oreal incrementaron su fortuna de 2000 a 25.000 millones de dólares en 1990-2010. Lo mismo ocurrió con Bill Gates.
Estas cifras confirman otras evaluaciones que circularon en los últimos años para ilustrar esta explosión de desigualdades. Por ejemplo, u na minúscula elite de billonarios detenta el 46% de los activos mundiales y un puñado de 200.000 “ultra-ricos” aumentó el año pasado su patrimonio en un monto equivalente al PBI de la India [3].
Estos datos demuelen todas las justificaciones neoliberales de la brecha social, como “un precio a pagar por el progreso” o como un “mal transitorio hasta que finalice el derrame”. También refutan la fantasía de “erradicar la pobreza mediante el crecimiento”. Los cálculos que habitualmente presenta el Banco Mundial para demostrar esa reducción se basan en una burda identificación de las necesidades básicas con la subsistencia fisiológica. Como miden la pobreza omitiendo su evolución comparativa frente a la riqueza, registran disminuciones porcentuales de la miseria que sólo existen en su imaginación [4].
El aumento de la desigualdad en las economías emergentes se desenvuelve a un ritmo semejante a los países centrales, confirmando que estas fracturas no se acortan con el simple crecimiento. En China el 1% más rico pasó de 4-5% del patrimonio (1980) a 19-11% (2010) y en India del 4% a 12%. La riqueza se ha expandido más rápido que el PBI en las economías asiáticas ascendentes y en las regiones estancadas de Occidente [5].
La estrecha relación entre desigualdad y neoliberalismo se verifica en la evolución histórica de los desniveles sociales. El pico máximo de la brecha social se registró a principio del siglo XX, luego descendió en la posguerra hasta alcanzar a su punto más bajo en 1975 y posteriormente ha retomado una imparable curva ascendente. Dos contrapesos tradicionales de esta polarización -la existencia de una clase media y de estados involucrados en la problemática social- no atenuaron la fractura creada por el capitalismo neoliberal [6].
Es muy significativo que los datos más contundentes sobre el incremento de la desigualdad contemporánea hayan sido aportados por un economista convencional, crítico de Marx y partidario de mejorar al capitalismo con tenues reformas en los impuestos y la educación [7]. 

Mundialización productiva 

La desigualdad se expande junto al salto registrado en la internacionalización de la economía. Esta mundialización se ha convertido en un nuevo eje articulador del capitalismo. En la esfera productiva los protagonistas de este cambio han sido las empresas transnacionales, que ampliaron la diversificación internacional de los procesos de fabricación.
Estas firmas aumentaron la elaboración de mercancías “hechas en el mundo” mediante “cadenas globales de valor”. Desenvuelven su producción en función de las ventajas que ofrece cada localidad en materia de salarios, subsidios o disponibilidad de recursos. De esta forma un Ipod se fabrica actualmente con microcircuitos japoneses, diseño norteamericano, pantallas planas coreanas y ensamblado chino [8].
La industria se desplaza al continente asiático para lucrar con salarios bajos, aprovechando el abaratamiento del transporte y las comunicaciones. Esta extensión geográfica condujo a una duplicación de la fuerza de trabajo involucrada en la producción global (1990- 2010). El porcentaje de asalariados comprometidos en esta actividad mundializada aumentó un 190% en las economías intermedias y un 46% en los países desarrollados [9].
La industria automotriz -que con el fordismo o toyotismo siempre marcó la tónica de nuevos modelos productivos- ha incrementado su internacionalización. Fracciona la fabricación de vehículos en incontables países y ya existen tres casos importantes de entrelazamiento global de la propiedad (FIAT-Chrysler, Renault-Nissan y Peugeot-Dongfeng).
La evolución de FIAT es muy ilustrativa de esta tendencia, puesto que ingresó en Chrysler en 2009 bajo la dirección de un italo-canadiense, manteniendo la propiedad de la familia Agnelli. La compañía se despegó posteriormente del mercado italiano y dio lugar a una nueva empresa internacionalizada (FCA) con sede legal en Holanda y domicilio fiscal en Inglaterra.
La revolución digital es el soporte tecnológico de esta mundialización productiva. La velocidad de las innovaciones en la informática torna obsoletos los nuevos productos, antes de agotar su comercialización. La crisis no atenuó el vertiginoso ritmo de estos cambios. La expansión de Internet con redes sociales ha generado, por ejemplo, una nueva interconexión entre 1000 millones de usuarios. Los debates sobre la propiedad intelectual y la nueva cultura audiovisual ilustran la magnitud de la revolución tecnológica en curso.
El impacto de estas innovaciones sobre la productividad suscita un intenso debate, que opone a los tecno-eufóricos con los tecno-escépticos. La apología neoliberal del universo virtual que despliega el primer grupo es impugnada por los heterodoxos del segundo alineamiento, con argumentos que relativizan el impacto de los nuevos mecanismos de producción flexible [10].
Pero conviene recordar que el capitalismo siempre ha funcionado introduciendo innovaciones que incrementan la tasa de explotación. Este mecanismo se encuentra en el ADN de un sistema basado en la extracción de plusvalía.
La revolución informática actual repite esa norma, pero generando recortes mayores en el nivel de empleo. Esta pérdida de puestos de trabajo se verifica en las fases de prosperidad y recesión, a medida que se acelera la rotación del capital y se reducen los gastos de administración.
Algunos críticos marxistas reconocen la presencia de esta revolución tecnológica, pero objetan su alcance industrial. Estiman que la productividad no se expande, ni genera mutaciones comparables a la máquina del vapor o el automóvil [11].
Pero esta caracterización reitera los diagnósticos keynesianos que añoran el viejo capitalismo. Acepta sus cálculos de productividad para las economías avanzadas y aprueba la omisión de estas estimaciones para las economías asiáticas. Es evidente que la gigantesca expansión del PBI chino se consumó junto a los grandes cambios de la informática, que utilizan las empresas transnacionales para fabricar globalmente.
Es erróneo suponer que el capitalismo eliminó las revoluciones tecnológicas luego de la era del automóvil. Este sistema no puede prescindir de estas mutaciones periódicas, desde el momento que funciona compitiendo por beneficios surgidos de la explotación. Esta concurrencia obliga a los concurrentes a incrementar la productividad para sustraer mercados a sus rivales. La informática simplemente repite lo ocurrido con el vapor, los ferrocarriles, la electricidad, el automóvil o los plásticos [12]

Mundialización comercial-financiera 

La fuerte expansión que han registrado los convenios de libre-comercio se amolda al avance de la mundialización productiva. Las compañías necesitan aranceles bajos y libertad de movimientos entre países para concretar sus transacciones intrafirma.
La gravitación actual de esas empresas es enorme. Sólo 737 firmas transnacionales controlan el 80% del valor accionario de las mayores compañías del mundo y una crema de 147 maneja el 40% de esos títulos [13].
Como el comercio mundial no se interrumpió en el reciente sexenio de crisis, estas tendencias han persistido. La caída registrada en el volumen de transacciones durante el 2009 se recompuso, sin afectar el eslabonamiento forjado por las empresas globalizadas.
La mundialización comercial continúa extendiéndose con los nuevos mega-tratados que Estados Unidos negocia con la Unión Europea (Transatlántico) y con los países asiáticos (Transpacífico). Obama retomó las tratativas iniciadas durante la administración de Clinton, bajo la presión de los sectores más interesados en ampliar la escala de sus mercados (productos agro-genéticos, informática, automotrices, bancos).
Estas negociaciones corroboran que la crisis no introdujo el giro hacia el proteccionismo que pronosticaron algunos economistas. Al contrario, persistieron los grandes bloques regionales (Unión Europea, Alianza del Pacífico, ASEAN) y los convenios que mantienen entre sí los países miembros de las distintas alianzas. Aquí radica la gran diferencia con los años 30. La economía se encuentra más internacionalizada y se estrechó el margen para recrear áreas monetarias resguardadas con elevados aranceles.
Por estas razones tampoco hubo reversión de la globalización financiera. En este campo se concentra la mayor escala de internacionalización del capital. La desregulación de las operaciones, la integración de los mercados y la gestión accionaria de las firmas que introdujo el neoliberalismo ha persistido. Los capitales continúan fluyendo de un país a otro con la misma velocidad y libertad de circulación que exhibían antes del 2008. Estos movimientos siguen generando la explosión de liquidez, el descontrol crediticio, la inestabilidad cambiaria y la volatilidad bursátil, que sacuden periódicamente a todos los mercados.
Bajo el impacto inicial de la crisis abundaron las convocatorias a reintroducir regulaciones, controles a los bancos y penalidades a las ganancias especulativas. Pero no ocurrió nada. Todas las iniciativas chocaron con la resistencia de los financistas, que volvieron a demostrar capacidad de veto y creciente entrelazamiento con el capital productivo. 

Dos situaciones en la misma etapa 

El avance de la mundialización no es sinónimo de sincronización del ciclo económico. Al contrario, cada vez resulta más nítida la coexistencia de situaciones diferenciadas. El crecimiento bajo o nulo de Estados Unidos, Europa y Japón empalma con el continuado ascenso de China y ciertas economías intermedias.
Este segundo bloque no tiene la pujanza suficiente para actuar como consumidor global, ni para generar una desconexión compensatoria del estancamiento en el centro. Pero su continuado crecimiento limitó el alcance de la crisis.
Como resultado de esa combinación coexisten dos tipos de escenarios dentro de la misma economía internacionalizada. Las empresas transnacionales neutralizan la caída de un mercado con el desarrollo de otro. Contrarrestan las pérdidas afrontadas en ciertos países con las ganancias obtenidas en las localidades más prósperas. Este heterogéneo contexto explica las modalidades diferenciadas que presenta en la actualidad el neoliberalismo agobiado por las finanzas en el Centro y basado en el productivismo en Oriente.
En ambas regiones se corrobora el mismo comportamiento turbulento de la acumulación. No rige la expansión auto-sostenida que imaginan los neoliberales, ni el estancamiento generalizado que suponen muchos heterodoxos.
Frente a esta situación conviene ser cuidadosos con los contrapuntos históricos. El período neoliberal no repite la depresión de entre-guerra, ni la pujanza de posguerra. Conforma una nueva etapa que perdura en la coyuntura pos-2008.
Este período incluye un funcionamiento cualitativamente diferenciado del capitalismo. Este sistema tuvo una primera etapa de libre-comercio en el siglo XIX, una segunda de imperialismo clásico a principio del XX y una tercera de pos-guerra con mayor regulación estatal. El neoliberalismo constituye la cuarta etapa del capitalismo.
Esta caracterización permite abordar los problemas actuales mejorando la aplicación de la teoría de las Ondas Largas, para captar la coexistencia de situaciones de recesión y crecimiento. Indagar sólo la preeminencia de un ciclo Kondratieff descendente o de un período contrapuesto ascendente genera múltiples problemas.
Los teóricos marxistas que postulan la perdurabilidad de un ciclo descendente suelen remarcar la anemia de la acumulación. Reconocen que el neoliberalismo restauró la tasa de ganancia, pero consideran que esa recomposición no incrementó la inversión y la productividad. Explican esa limitación por la dominación de los monopolios, la pérdida de pujanza tecnológica o la gravitación parasitaria del capital financiero [14].
Pero esta mirada omite el fenomenal crecimiento de China y la expansión cualitativa de la mundialización. Razona como si estos datos constituyeran episodios menores o pasajeros, sin notar que modifican el funcionamiento del capitalismo. Reitera imágenes de estancamiento recogidas de los años 30 o 70, olvidando que este sistema no se caracteriza por parálisis sin fin. Se desenvuelve ampliando la explotación de los trabajadores para acumular beneficios.
Otros autores vislumbran la proximidad de una fase ascendente (en el 2018), al concluir un ciclo Kondratieff descendente que prolongó su duración tradicional [15].
Pero esta determinación cronológica exacta de los períodos largos es más familiar al razonamiento schumpeteriano que a la tradición de Marx. Los seguidores de esa concepción (que aceptan la problemática de los ciclos largos) siempre objetaron las periodicidades fijas. Cuestionaron las justificaciones basadas en la renovación del capital fijo o la maduración de revoluciones tecnológicas, considerando que el dato central de estos procesos es el imprevisible desenlace social de la confrontación clasista.
Más allá de estas controversias, no existe hasta ahora ningún indicio de reversión del bajísimo crecimiento de Europa, Japón o Estados Unidos, que se requeriría para el debut de esa onda ascendente.
La atención puesta en dilucidar la primacía de un ciclo de regresión o prosperidad de largo plazo obstruye el registro de la dualidad actual. En esta etapa no perdura la homogeneidad, ni las fracturas de pos-guerra. El centro ya no determina tan directamente la evolución económica mundial y ha desaparecido el movimiento económico específico que caracterizaba al bloque socialista. Probablemente los nuevos movimientos de largo plazo se están amoldando al perfil de un capitalismo más globalizado y de-sincronizado.
En cualquier caso es más productivo desentrañar las transformaciones cualitativas en curso, que discutir la periodicidad cuantitativa de las Ondas. El concepto de etapa contribuye a esta indagación. Permite afinar los instrumentos conceptuales requeridos para captar la dinámica de un período tan complejo. La evolución en curso no se esclarece con preguntas simplificadas. No basta definir “si la crisis se profundiza o atenúa” para comprender lo que está ocurriendo. Resulta indispensable contextualizar esta convulsión en la nueva etapa que han estudiado varios autores [16]. 

Una crisis específica 

El neoliberalismo cerró el período de convulsión predominante durante el ocaso del boom de posguerra (temblores de 1974-75 y 1981-82). Pero como siempre ocurre bajo el capitalismo el fin de ciertos desequilibrios abrió nuevas contradicciones, que desembocaron en los estallidos financieros y en la recesión de los últimos años. Dos décadas de privatización, apertura comercial y flexibilización laboral generaron esos torbellinos.
Las crisis de la mundialización neoliberal han sido muy frecuentes en distintos puntos del planeta. Salieron a flote con la burbuja japonesa (1993), la eclosión del Sudeste Asiático (1997), el desplome de Rusia (1998), el desmoronamiento de las Punto.Com (2000) y el descalabro de Argentina (2001).
El temblor global del 2008 tuvo una magnitud y un alcance geográfico muy superior a estos precedentes, pero forma parte de la misma secuencia. No ha sido una prolongación de crisis irresueltas de los años 70, sino un resultado de contradicciones específicas de la nueva fase. Las caracterizaciones que subrayan esta peculiaridad han clarificado mucho más el contexto actual, que las interpretaciones centradas en explicar el temblor reciente como una continuidad de la crisis iniciada hace 40-50 años [17].
Las convulsiones de los últimos años no constituyen sólo desequilibrios genéricos del capitalismo, ni efectos exclusivos de las políticas neoliberales. Obedecen a ambas causas. Son productos combinados del capitalismo neoliberal.
Esta síntesis ha sido acertadamente analizada por distintas interpretaciones marxistas, que explican como la crisis emergió de un sistema de competencia por beneficios surgidos de la explotación (capitalismo) y de un modelo de ofensiva del capital contra el trabajo (neoliberalismo) [18].
Estas caracterizaciones se ubican en las antípodas de la visión neoclásica, que atribuye las crisis recientes a desaciertos de los gobiernos o irresponsabilidades de los deudores. No sólo reducen todos los problemas a comportamientos individuales, sino que culpabilizan a las víctimas y apañan a los responsables.
La ortodoxia neoclásica presentó el temblor del 2008 como un episodio pasajero y justificó con pragmatismo todos los socorros estatales a los bancos. No registró que este auxilio contraría sus prédicas a favor de la competencia y el riesgo. Pondera, además, a los países que presentan menor resistencia al ajuste (Letonia, Irlanda) y despotrica contra las poblaciones que enfrentan esa agresión (Grecia) [19].
Las interpretaciones marxistas también discrepan con las teorías keynesianas, que explican la crisis por ausencia de regulaciones y descontrol del riesgo. Estas visiones postulan resolver estos desajustes con mayor supervisión bancaria [20].
Pero suelen olvidar que los controles ya existen y son periódicamente socavados por las rivalidades que oponen a los propios bancos. En su idealización de las regulaciones desconocen que esas normas están destinadas a proteger los negocios de las clases dominantes.
La heterodoxia convencional denuncia acertadamente el descaro de Wall Street, la estafa de los ahorristas y el chantaje de las calificadoras. Pero omite que la especulación es una actividad constitutiva y no opcional del capitalismo.
Los keynesianos que buscan raíces más estructurales de la crisis actual remarcan el deterioro del poder de compra que introdujo el neoliberalismo [21]. Pero no tienen en cuenta que el capitalismo actual funciona incentivando el consumo y fragilizando los ingresos, mediante la competencia laboral y la degradación del trabajo. El propio sistema propicia metas contradictorias de ampliación de las ventas y reducción de los costos salariales. 

Tres explicaciones marxistas 

En polémica frontal con estas visiones los economistas marxistas han presentado en los últimos años tres explicaciones principales de la crisis.
Una primera visión destaca que el neoliberalismo creó un problema de realización del valor de las mercancías al contraer los salarios. Alentó el consumo sin permitir su disfrute y amplió la producción estrechando los ingresos . Estas incongruencias derivan en última instancia de la estratificación clasista de la sociedad, pero fueron potenciadas por el deterioro del poder de compra popular que introdujo el neoliberalismo [22].
Pero también conviene subrayar que ese desequilibrio no afectó a todos los países con la misma intensidad. El modelo actual incluye una gran expansión del consumismo y la riqueza patrimonial financiados con endeudamiento.
Un segundo enfoque marxista pone el acento en los problemas de valorización. Destaca que el neoliberalismo incrementó la tasa de plusvalía y redujo los salarios, sin consumar una recuperación suficiente de la tasa de ganancia [23].
Pero como ese porcentual no es un número fijo, lo que debe evaluarse es si esa recomposición alumbró un nuevo esquema de funcionamiento capitalista. Dos décadas y media de neoliberalismo ilustran esa concreción. Los desequilibrios actuales de valorización son resultado del impacto que genera la tasa de inversión sobre un nivel restaurado del beneficio.
La tercera caracterización marxista resalta la existencia de capitales sobre-acumulados en la esfera financiera. Remarca las tensiones que generan esos fondos a través de mecanismos de titularización, derivados y apalancamientos. La internacionalización de las finanzas, la desregulación bancaria y la gestión bursátil de las grandes firmas agigantan esos desequilibrios [24].
Pero es importante vincular estas transformaciones a sus determinantes productivos, para evitar lecturas simplistas. Ciertamente el neoliberalismo abrió las compuertas para un festival de especulación, pero las mutaciones que introdujo con la multiplicación de títulos y la gestión del riesgo han sido funcionales a la mundialización productiva y comercial.
Las tres visiones marxistas ilustran cómo el neoliberalismo erosionó los diques que morigeraban los desequilibrios del capitalismo. Por esta razón el sistema opera con un grado de inestabilidad muy superior al pasado.
Las coincidencias entre esos enfoques son mucho mayores que sus diferencias. Divergen en la identificación de los mecanismos últimos de una crisis que todos atribuyen al funcionamiento intrínseco del capitalismo. El debate concierne a explicaciones teóricas y no entraña divergencias políticas significativas. La vieja identificación del sub-consumismo con el reformismo socialdemócrata y de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia con la revolución social ha perdido relevancia. En ningún lugar existen alineamientos orientados por esos parámetros.
Esas compatibilidades pueden desarrollarse profundizando un abordaje metodológico multicausal de la crisis, que indague como el capitalismo se reproduce potenciando una amplia gama de contradicciones.
La heterogeneidad de la mundialización neoliberal es una manifestación de esta combinación de desequilibrios. El modelo incentivó en las economías centrales problemas de demanda, al contraer los ingresos populares y aumentar la desigualdad. En las economías de alto crecimiento introdujo, en cambio, desajustes de sobre-inversión y potencial caída de la tasa de ganancia.
Por estas razones las crisis de realización que prevalecen en el primer bloque, coexisten con los desequilibrios de valorización que despuntan en el segundo. Los temblores financieros que sacuden a todo el sistema expresan esta variedad de contradicciones estructurales. 

Conflictos dentro del orden neoliberal 

Ningún proceso económico esclarece por sí mismo el rumbo contemporáneo del capitalismo. Si se omiten los cambios geopolíticos o se postula su estudio en forma separada, resulta muy difícil comprender las transformaciones en curso.
El rol de Estados Unidos, las reacciones de China y las actitudes de las sub-potencias intermedias no operan como simples reflejos de exigencias económicas. Se desenvuelven siguiendo tensiones geopolíticas autónomas, en un escenario mundial estratificado por la dominación imperialista.
En este orden global las guerras inter-imperialistas por el reparto del mundo colonial -que predominaban hasta la primera mitad del siglo XX- fueron sucedidas por una gestión imperial asociada, bajo el liderazgo de Estados Unidos. En ese escenario se registraron los choques con Rusia y China y las permanentes agresiones a los países periféricos.
La interpretación de las nuevas situaciones que irrumpieron bajo el neoliberalismo está dificultada por la variedad de coyunturas que ha caracterizado a esta etapa. Basta contrastar la sensación de triunfalismo imperial que prevaleció durante era Bush, con el reajuste estadounidense de los últimos años para calibrar la magnitud de estas modificaciones.
Habitualmente se distinguen tres momentos diferenciados de este período. La fase de predominio bipolar entre Estados Unidos y la Unión Soviética (1985-89), el escenario unipolar de supremacía de la primera potencia (1989-2008) y el contexto multipolar en curso (2008-2014). El colapso de la URSS, la ofensiva belicista estadounidense y la conversión de China en país central han sido los acontecimientos más determinantes del pasaje de una fase a otra.
También en el período previo de posguerra se registraban mutaciones de este tipo. Los momentos de ímpetu imperial eran sucedidos por etapas de mayor gravitación del bloque socialista o del núcleo de países No Alineados. Pero la relativa solidez de la divisoria planetaria durante la guerra fría atenuaba el alcance de esas modificaciones. Por esta razón los virajes actuales son más desconcertantes y generan abruptos cambios de opinión entre los analistas. Un día describen la invencibilidad de Estados Unidos y al otro retratan el fulminante declive de esa potencia.
Para evitar estos vaivenes conviene recordar que el período neoliberal se consolidó cuando fue aceptado por los principales actores del orden internacional. Esta convalidación sucedió a la restauración del capitalismo en el ex bloque socialista. Partiendo de esta coincidencia en torno al sistema socio-económico mundial se desenvuelven los conflictos comerciales, financieros y productivos. La competencia económica y la búsqueda de mayor poder geopolítico operan al interior de esa estructura.
Estas oposiciones se sitúan por debajo de un umbral de antagonismo y se desarrollan sin quebrar la solidaridad de clases dominantes que existe entre los rivales. Todos se alinean en la misma orbita de la opresión social, acompañan la mundialización y aceptan con distinto grado de entusiasmo la modalidad neoliberal prevaleciente. Las empresas transnacionales operan como el gran conector entre los capitalistas nacionales y los nuevos enriquecidos del Este y Oriente, que aspiran a alcanzar la riqueza de sus pares de Occidente.
Esta coexistencia de intereses no elimina la disparidad de intereses en juego, ni reduce la virulencia de la concurrencia, pero define el marco en que se negocian las disputas. En el G 7, el Consejo de Seguridad o últimamente el G 20 se determina cuál es el grado de consenso o disenso que existe en torno a cada controversia.
Estas tratativas siempre penalizan a la periferia y ratifican la supremacía del circuito imperial. También disimulan la asimetría militar que mantiene Estados Unidos con el resto y consagran el status ascendente o descendente de las sub-potencias y las economías intermedias. Este escenario de choques en un ámbito acotado ha sido comparado con el contexto histórico de “Concierto de las Naciones” que sucedió al fin de las guerras napoleónicas [25].
Este marco geopolítico del período neoliberal ha persistido luego de la crisis del 2008. La convulsión económica no modificó el consenso en torno a la mundialización. Estados Unidos reorganiza su intervención imperial definiendo la agenda que asumen Europa y Japón. China asciende con grandes vacilaciones sobre la forma de amoldar su escasa incidencia política a su enorme gravitación económica. Las ambiciones sub-imperiales de varias potencias emergentes chocan con su vulnerabilidad económica y sus frágiles alianzas externas. La periferia continúa padeciendo los mayores daños de este reacomodamiento.
Este nuevo escenario es también registrado por las visiones que destacan la sustitución del viejo fordismo nacional por un nuevo post-fordismo global. Pero este reconocimiento choca con su expectativa de gestar una globalización progresista, basada en la competitividad compartida y la redistribución internacional de los ingresos [26].
No cabe duda que la geografía industrial del mundo se aleja del viejo fordismo. Pero esta transformación se consuma con el activo protagonismo de empresas transnacionales que rivalizan entre sí explotando a los trabajadores. Este modelo de concurrencia por la extracción de plusvalía impide el surgimiento de una globalización cooperativa. Imaginar la forma que eventualmente asumiría un esquema sustitutivo antiliberal no aporta clarifica el contexto actual. 

¿Resurgimiento multipolar de las naciones? 

Otra caracterización del escenario actual diagnóstica un declive del neoliberalismo, frente al pujante avance de los estados nacionales que priorizan el mercado interno y el proteccionismo. Pondera el desarrollo industrial autónomo de China, Rusia e India que aprovechan los avances ya alcanzados por sus antecesores (“catch up”). También pronostica el inicio de un “siglo de naciones”, en un mundo multipolar con alta fragmentación regional [27].
Estos enfoques convergen con las expectativas de constitución de un bloque contra-hegemónico en torno a los BRICS. El estado nacional es visto como el principal artífice de esa posibilidad si afianza su resistencia al neoliberalismo.
Pero estas miradas presentan la multipolaridad como un dato de la etapa olvidando su carácter reciente. Tampoco notan el conflicto que existe entre una variedad de centros políticos operando en torno a la internacionalización de la economía. Suponen que existe plena compatibilidad entre ambos procesos, sin notar cuántas restricciones introduce la segunda tendencia sobre la primera.
La presentación de la mundialización como un escenario de oportunidades es ingenua. Este marco no ofrece simples ventajas a los recién llegados. Implica un protagonismo de empresas transnacionales que se expanden seleccionando sus localizaciones, para garantizar los movimientos financieros y el libre comercio.
La multipolaridad política no revierte la mundialización neoliberal. Sólo modifica las relaciones de fuerza al interior de ese esquema. No cambia la etapa prevaleciente, ni induce un retorno al capitalismo de posguerra. Incorpora otra faceta al mismo orden global de las últimas tres décadas.
Este sistema ha funcionado con poca flexibilidad en torno a estamentos muy definidos. Los poderosos negocian acuerdos en el Consejo de Seguridad y la OTAN a costa del resto. Este modelo no decae a favor de otro basado en el resurgimiento de las naciones, por las mismas razones que ha quedado atrás el capitalismo del siglo XVIII. La secuencia histórica de mercados locales que forjan estados nacionales y luego potencias mundiales es una norma del pasado.
Las esperanzas en un esquema multipolar antiliberal están actualmente centradas en la evolución de China, Rusia o los BRICS. Pero estas expectativas no suelen considerar la elevada conexión de esos modelos con la mundialización neoliberal. Por eso sobreestiman sus diferencias con las potencias imperiales y subestiman la aplicación de políticas internas regresivas. Es falso, que el capitalismo funciona bien en los BRICS y mal en las economías desarrolladas. Los desequilibrios del sistema se extienden a todas partes.
Los teóricos del resurgimiento nacional estiman que el inexorable declive de Estados Unidos abre espacios para ese renacimiento. Pero también reconocen la continuada gravitación militar de la primera potencia, cuando retratan el empantanamiento de proyectos alternativos a esa primacía. Los fracasos del eje Rusia-Europa, del rearme autónomo de Francia o del replanteo de la política exterior japonesa confirman ese impasse.
Los propios previsores de un curso de este tipo resaltan la primacía de las alianzas regionales, sin notar que esas tendencias difieren del renacimiento nacional. Si los países emergen aglutinados en bloques lo que repunta es el regionalismo, como lo prueban la Unión Europea, el Tratado del Pacífico o el ASEAN. Pero esos bloques no desmienten, ni contradicen la mundialización neoliberal.
Ciertamente existen muchas manifestaciones de renacimiento nacional. Pero incluyen fenómenos muy contradictorios. A veces expresan la resistencia popular a la cirugía neoliberal y en otros casos maniobras derechistas y xenófobas para canalizar regresivamente ese descontento. Sólo excepcionalmente estos procesos reflejan proyectos burgueses de acumulación nacional, contrapuestos o divorciados de la mundialización. Además, la utilización del disfraz nacional es muy frecuente en otros casos, para justificar políticas sub-imperiales de opresión de los pueblos fronterizos.
Es cierto que los estados nacionales continuarán cumpliendo un rol insustituible. Pero ese papel deriva de la función medidora que cumplen entre la internacionalización económica ascendente y la vieja estructuración nacional del capitalismo. Del primer proceso no emerge automáticamente un organismo estatal mundializado y el segundo conglomerado no resucita el pasado. Los estados son utilizados por las clases dominantes para desenvolver formas de acumulación más internacionalizadas a costa de los trabajadores.
Los teóricos del renacimiento nacional conciben un desenvolvimiento flexible del capitalismo que afianzaría múltiples polos de acumulación, disolviendo las polaridades que emergen de la propia expansión del capitalismo. Pero estas fracturas impiden un avance equivalente de todas las economías. El ascenso de una debe consumarse a costa de otra, puesto que el capitalismo enfrenta límites a su ampliación global, que se manifiestan en las grandes crisis. Los rezagados deben cargar con la cuenta de las expansiones que consuman los más avanzados, imposibilitando a largo plazo la simple coexistencia de múltiples procesos de acumulación. 

El significado de la amenaza ambiental 

Cualquiera sea la evolución predominante en el plano económico o geopolítico la acelerada destrucción del medio ambiente afecta a todas las alternativas. Este peligro acecha en los distintos escenarios. El desastre ecológico tiende a acelerarse con el crecimiento débil en el centro y acelerado en Oriente. Se agrava con los desacuerdos y con las concertaciones entre potencias. Se profundiza con la unipolaridad y con la multipolaridad.
Los últimos seis años han demostrado que el deterioro ambiental no depende del ciclo. Ha persistido con la misma intensidad en la recesión y en la prosperidad. Las crisis enfrían el crecimiento sin alterar el elevadísimo consumo energético. Las emisiones de gas contaminante a la atmósfera ya superan en un 70% los promedios de los años 90.
El sobreuso de combustibles fósiles ha creado un nivel de CO 2 superior a cualquier otro momento de la historia humana. Las posibilidades de un ingobernable aumento del nivel del agua de 5 a10 metros se multiplican, a medida que la temperatura del planeta llega a los temidos niveles de incremento de 2, 4 o 6 grados. En este último caso el impacto sería catastrófico y podría retrotraer al planeta a la era de la glaciación [28].
Los anticipos más preocupantes de ese peligro ya están a la vista en la dislocación de los glaciares o en el deshielo de Groenlandia y la Antártida. Con su decisión de extraer shale oil e intensificar la extracción de petróleo del Ártico, Estados Unidos continúa encabezando la demolición del medio ambiente. Pero China le sigue muy cerca y Europa no está lejos.
La reiteración de fenómenos climáticos extremos en los cuatro puntos cardinales indica el grado de extensión alcanzado por el calentamiento global. Las sequías son sucedidas por tormentosas inundaciones y las oleadas de frío polar coexisten con agobiantes períodos de calor tropical.
Durante el 2010 se registraron las temperaturas más altas de la historia en 18 países. Rusia sufrió una marea de calor y gran parte de Pakistán quedó sumergido en el agua. La falta y exceso de lluvia deterioró el suelo de incontables países generando millones de víctimas. Ya nadie duda del impacto de cambio climático, ni observa estas catástrofes como episodios pasajeros. Los accidentes adicionales –como el gran derrame de petróleo en el Golfo de México o el accidente de Fukushima- sólo agravan un deterioro ambiental, que confirma las advertencias formuladas por todos los especialistas.
Las alertas más recientes resaltan el impacto del cambio climático sobre los rindes de la producción agrícola, como resultado del bloqueo a la expansión natural de los cultivos que genera la acumulación dióxido de carbono. Si la demanda de alimentos sigue aumentando y la productividad agrícola queda afectada, las consecuencias serían muy graves para los desnutridos [29].
Este desastre también amenaza cortar el ascenso de China, que se desenvuelve consumiendo la mitad del cemento, un tercio del acero y más de un cuarto del aluminio total. Algunos expertos estiman que los costos ambientales se asemejan a su tasa de crecimiento. Siete de las 10 ciudades con mayor contaminación atmosférica del mundo se encuentran allí y el 75% del agua en las regiones próximas a las ciudades ha perdido condiciones de potabilidad [30].
Las grandes potencias han desaprovechado la recesión para disminuir el calentamiento global. El socorro que otorgaron a los bancos contrasta con la carencia de cronogramas para alcanzar algún acuerdo de protección de la naturaleza. El impasse de la Cumbre Rio (junio 2012) volvió a ratificar ese empantanamiento. No hubo coincidencias mínimas para detener el calentamiento.
Mientras las inversiones en energías limpias han caído un 11% en el 2013, la próxima cita para lograr un acuerdo será la cumbre de Paris (2015). Los científicos de la Naciones Unidas exigen ir más allá de un Protocolo de Kyoto que nunca se aplicó, señalando la probable irrupción de un nuevo drama de los refugiados climáticos [31].
La propuesta de crear un fondo de 30.000 millones de dólares para reducir la emisión de gases es totalmente rechazada por los países desarrollados, que a su vez confrontan entre sí a la hora de precisar el aporte de cada uno a cualquier iniciativa. Siguen buscando formas de traslado del problema a la periferia, para posponer las restricciones al uso de los combustibles fósiles. Seguramente mantendrán esta actitud hasta que algún descalabro mayor irrumpa brutalmente en los centros. 

Los límites de un sistema 

El desastre ecológico tiene un alcance comparable a las guerras mundiales e ilustra como el capitalismo funciona generando cataclismos periódicos, que desvalorizan o destruyen el capital sobrante. Pero el potencial de la nueva demolición supera todo lo conocido.
La ausencia de conflagraciones inter-imperialistas ha dejado un vacío en el aniquilamiento de recursos que tradicionalmente utilizó el capital para oxigenar su reproducción. La reorganización destructiva del medio ambiente no aporta un remedio equivalente a la depuración de capitales sobrantes, mercancías excedentes y tecnologías obsoletas. Es un proceso que amenaza la continuidad del género humano. Este peligro es conocido y al mismo tiempo ignorado por las clases opresoras.
Esta dinámica del sistema puede conducir a la sepultura de toda la sociedad. La irracionalidad del modo de producción vigente radica en esta ceguera. La presión competitiva impide a las grandes empresas frenar la alocada carrera contaminante en que están inmersas. Es evidente que esa rivalidad conduce a la destrucción del entorno físico en que se desarrolla la acumulación. Sin embargo, nadie logra detener la rueda que empuja hacia el descalabro.
Lo mismo ocurre con los gobernantes que advierten contra un potencial suicidio colectivo que no detienen. La presión competitiva que enceguece a los capitalistas también afecta a los funcionarios que dirigen los estados.
La reconversión global hacia un sistema energético basado en fuentes eólicas o solares renovables se demora, a pesar de constituir el único dique efectivo frente al colapso ambiental. Como los capitalistas se benefician con la continuidad inmediata del status quo, resisten una transformación que no puede postergarse. En el modelo energético actual el 60% de las emisiones favorecen al 1,5% de la población de los países más ricos.
Por esta razón los economistas ortodoxos cierran los ojos ante el problema, esperando que el mercado defina espontáneamente los costos de la corrección que asumirían los agentes. Sus adversarios heterodoxos confían en un maná de remedios tecnológicos o en un brote de economía verde que generaría negocios más rentables que la propia contaminación. Mientras tanto todos juegan con fuego, esperando que las respuestas del capitalismo aparezcan antes de la concreción de una situación irreversible.
El desastre ambiental retrata los límites de un sistema que e mergió en cierto período y deberá desaparecer antes de arrasar a un desplome a toda la civilización. La crisis actual puede ser vista en términos históricos como un fenómeno múltiple que involucra la economía, la alimentación o la energía. Pero la dimensión climática sintetiza los contornos más dramáticos de esa convulsión. Retrata el principal aspecto de senilidad del capitalismo, que ha quedado desfasado del tipo de organización que requiere la sociedad.
Este divorcio es un resultado de las transformaciones generadas por el capitalismo neoliberal. Algunos autores van más allá de este diagnóstico y prevén un escenario de confrontaciones y estancamiento económico hasta la disipación del caos (años 2040-2050), al cabo de un largo y turbulento periodo [32].
Pero la catástrofe climática confirma el carácter turbulento de la acumulación y no el inmovilismo del sistema. El capitalismo está más corroído por su inmanejable desenvolvimiento que por su estancamiento productivo o desborde financiero. Este descontrol de la acumulación conduce a torbellinos que presentan aristas caóticas. ¿Pero se puede fechar la conclusión de estos temblores en cierto momento del futuro?
Al establecer esa cronología se supone que los procesos históricos están sujetos a una rigurosa periodicidad interna, determinada por fuerzas ajenas a los sujetos sociales. Sólo con ese criterio se puede concebir, que el desastre ambiental (o el agotamiento tecnológico, la estrechez de los mercados y la caída de la tasa de ganancia) definirá un punto final del ciclo sistémico, más allá del descontento o la resignación popular.
La experiencia indica que los momentos de giro de la historia siempre han seguido otro patrón. Estuvieron determinados por la irrupción de procesos revolucionarios y por enfrentamientos entre las principales clases sociales. El comportamiento de líderes políticos y el peso de las ideologías incidieron en forma decisiva en esta evolución. Ninguno de estos procesos puede anticiparse con un calendario en la mano. 

Las relaciones sociales de fuerza 

El neoliberalismo se gestó con la derrota que impusieron el thatcherismo y el reaganismo a los trabajadores en los países centrales. Se consolidó con el posterior declive sindical y se acentuó junto al cansancio político, que genera la alternancia de conservadores y socialdemócratas en la gestión del mismo modelo. Este esquema se reforzó con la desmoralización que produjo en la izquierda la restauración del capitalismo en Rusia y China.
El modelo actual no perdura desde los 80 por sus éxitos económicos. Ha incentivado crisis mucho más severas que en los años de pos-guerra. Desencadenó temblores políticos y rediseños de fronteras, que contrastan con el congelado del mapa mundial de la guerra fría. Introdujo un inédito grado de erosión en los partidos y un desprestigio sin precedentes del sistema político. Si en estas condiciones el neoliberalismo perdura es por el retroceso social, político e ideológico que ha impuesto a los trabajadores.
Este sector social continúa siendo el único antagonista del capitalismo con capacidad para desafiar, derrotar y sustituir la dominación de la burguesía. Por esta razón su repliegue le ha brindado tanto oxigeno al sistema.
Esta pérdida de protagonismo de los asalariados explica el peso de las nuevas ilusiones en el renacimiento de las naciones, en la potencialidad de los estados o en la multipolaridad. La expectativa de introducir transformaciones progresistas transitando estos tres caminos deriva del vacío dejado por la menor centralidad de las luchas obreras, la fragilidad de los sindicatos y los cuestionamientos al ideal socialista.
Este declive se revertirá al calor de triunfos populares que permitan recobrar la confianza en la lucha. Pero hasta el momento el repliegue impuesto por el neoliberalismo en la mayor parte del planeta se recicla con la enorme mutación que está registrando el capitalismo. Estas transformaciones incrementan los atropellos y generan nuevas resistencias entre los oprimidos.
Las agresiones del neoliberalismo no han sido mayoritariamente impuestas a través de confrontaciones sanguinarias. Las principales armas del capital han sido la angustia del desempleo, la humillación de la flexibilidad laboral, la desgracia de la pobreza y las bofetadas de la desigualdad. En los países del centro utilizaron más la fractura social que la virulencia física. De esta forma debilitaron pero no demolieron a la clase obrera. Los trabajadores no han sufrido las heridas que dejaban en el pasado los aplastamientos brutales de las rebeliones sociales. Este dato permite la recomposición de la acción popular.
Siguiendo la misma dinámica de su aparición el cierre de esta etapa neoliberal tendrá lugar con un desenlace impuesto desde abajo. Sólo con triunfos populares se podrá revertir un período tan oscuro para los trabajadores. Así ocurrió en el pasado y volverá a suceder en el futuro. Las etapas de atropello nunca se eternizan y siempre son revertidas por la resistencia social.
Las oleadas de movilización conforman ciclos relativamente autónomos del contexto económico y geopolítico. Son procesos más dependientes de las experiencias sindicales, las tradiciones políticas y las ideologías predominantes que del comportamiento del PBI o del grado de cohesión de las clases dominantes.
Esta dinámica prevaleció en la etapa de crisis que antecedió al neoliberalismo. Los avatares políticos que rodearon a la oleada revolucionaria del 68 fueron más definitorios de ese periodo que el agotamiento del keynesianismo o el equilibrio del poder entre Estados Unidos y la URSS. Esta centralidad de la lucha social determinará cuándo y cómo decaerá el neoliberalismo. 

Las nuevas confrontaciones 

Desde el estallido de la crisis reciente despuntaron numerosas luchas en distintos puntos del planeta . Gran parte de estas acciones se localizaron en los últimos dos años en las economías que mantuvieron cierto crecimiento, sin padecer la degradación social que acosa a Europa. Pero estas movilizaciones forman parte de un mismo proceso de resistencia y se caracterizan por un gran protagonismo de la juventud trabajadora, precarizada y desempleada.
Con las anteojeras del liberalismo, algunos autores han interpretado la irrupción callejera de jóvenes en Turquía o Brasil como una expresión de la nueva clase media satisfecha con el consumo, que ahora busca transparencia política y promoción social [33].
Pero esa relación es una construcción totalmente artificial que desconoce el sentido de las resistencias contra el ajuste y la represión . Supone que la utilización de facebook determina la pertenencia de los manifestantes a las clases medias, como si una nueva forma de comunicación definiera posicionamientos de clase. Reduce las batallas sociales a meros pronunciamientos contra la corrupción e ignora como el desempleo y la informalidad laboral alimentan el descontento de los indignados.
Otras caracterizaciones sensatas y ubicadas en el campo popular contrastan estos movimientos con la oleada de manifestaciones altermundialistas, que se registraron hace diez años. Remarcan sus perfiles más nacionales y asocian la nueva irrupción a la crisis iniciada en el 2008 [34]. Ciertos planteos subrayan la pérdida de atracción y capacidad de movilización de los Foros Sociales y convocan a sustituir las banderas “altermundialistas” por proyecto de “des-mundialización” [35].
Pero estos contrapuntos son prematuros. El neoliberalismo es un atropello mundial y percibido por sus víctimas como una fuerza reaccionaria que opera a escala global. Es cierto que las tendencias de movimientos sociales están cambiando pero sin un norte claro. Por el momento impera una gran diversidad de focos de lucha sin primacía de referentes nítidos.
Es importante notar que las movilizaciones han comenzado a emerger en el interior de la primera potencia. El movimiento de “Ocupar Wall Street” irrumpió sin generalizarse, como un síntoma de esa reacción.
Otro gran gigante que comienza a despertar se localiza en China. La clase obrera protagoniza una ascendente oleada de protestas que tiende a revertir el reflujo post- Tian An Men (1989). Estas resistencias involucran a millones de trabajadores, en decenas de miles de huelgas, que desde el 2009 han impuesto la actitud contemporizadora que prevalece entre los funcionarios.
Los sectores dominantes buscan negociar concesiones con un proletariado que ha crecido y asume una conducta muy diferente a la pasividad que sepultó a la Unión Soviética. Esta intervención no determina aún el rumbo de la sociedad china, pero ya anticipa la gravitación de un próximo protagonista.
Otro foco de lucha se ha localizado en el mundo árabe desde la gran primavera que sorprendió al mundo e inicialmente impuso el derrocamiento de mandatarios neoliberales en Egipto y Túnez. Posteriormente este despertar derivó en un duro otoño y puede desembocar en un terrible invierno, si se afianza la contraofensiva que despliegan el imperio y el islamismo reaccionario.
Estas fuerzas están desangrando a la población en guerras sectarias que facilitan la reconstitución del poder de los dictadores, los jeques y los clérigos. Luego de lo ocurrido en Libia y Siria, nadie sabe si el empuje democrático recobrará vitalidad o quedará enterrado por esa agresión.
Pero el gran test de la pulseada entre el neoliberalismo y los trabajadores se procesa en Europa. Esta región ha sido escenario de grandes movilizaciones durante el último sexenio. En España las marchas de resistencia contra los desalojos y el desempleo convergen con demandas nacionales, debilitando a una monarquía que ha perdido el consenso que mantuvo durante la transición.
Las manifestaciones de lucha en el Viejo Continente son numerosas del Oeste (Portugal, Islandia) y en el Este (Rumania, Hungría, Eslovaquia). Pero ningún país ha logrado actuar como catalizador del resto. El lugar que tradicionalmente ocupaba Francia, como centro la acción callejera continental no ha sido reemplazado. Esa gravitación se mantuvo incluso bajo el neoliberalismo con las movilizaciones de 1984, 1986, 1995 y 1998.
La principal expectativa de modificación de las relaciones de fuerza se ha trasladado a Grecia. Las protestas alcanzaron gran intensidad y traducción política, en construcciones de izquierda que mantienen en vilo al establishment. Pero la gravedad de la crisis confirma la necesidad de acciones y programas radicales. Es la única respuesta progresiva frente al despiadado ajuste que continúan imponiendo los acreedores.
La radicalidad se ha tornado decisiva en el Viejo Continente frente al cansancio que exhibe una población defraudada con la Unión Europea. L os votantes emiten reiterados mensajes de oposición. Si estos rechazos no encuentran una canalización radical en la izquierda, continuarán alimentando la despolitización o el crecimiento de las corrientes derechistas.
El voto castigo ya sepultó a 17 gobiernos europeos en la geografía cambiante de la protesta. Pero ese descontento también genera el ascenso de la extrema derecha, que maquilla su defensa del capital con banderas de identidad nacional. Victorias populares en la calle son indispensables para neutralizar esa amenaza y colocar a la izquierda en un escenario favorable.
Pero las nuevas relaciones de fuerza que están emergiendo a escala global se perfilan con mayor nitidez en América Latina. Lo que allí sucede tiene actualmente gran incidencia y el análisis de esta región nos conduce a nuestro próximo texto.


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Notas
[1] Economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda). Su página web es: www.lahaine.org/katz 
[2] Piketty Thomas, “En ciertos aspectos las desigualdades son actualmente mayores que en 1913”, 11/3/2014, encampoabierto.wordpress.com.   Piketty, Thomas.  Le capital au XXIe siècle, Seuil, 2013. 
[3] Kliksberg, Bernardo. “La explosión de las desigualdades”, 8/1/2014, www.pagina12.com.ar 
[4] Un ejemplo de este abordaje en: Llach, Juan. El desafío de la desigualdad, 15/04/2014, www.lanacion.com.ar 
[5] Toussaint, Eric. “Que faire de ce que nous apprend Thomas Piketty sur Le capital au XXIe siècle” 10/4/2014 www.pressegauche.org 
[6] Piketty, Thomas. “Nunca ha habido tanta riqueza privada en el último siglo”, 13/4/2014, economia.elpais.com 
[7]   Pettit, Jean Paul. A propos du Capital au XXI siecle de Thomas Piketty, 10/2/2014 www.contretemps 
[8]   Rubinzal, Diego. “Mundialización de la producción cadenas globales”,30/3/2014 www.pagina12. Ver: Andreff Wladimir. Les multinationales globales. La decouverte, Paris, 1996. 
[9] Husson, Michel. “La formación de clase obrera mundial”, 8/1/2014, www.kaosenlared.net. 
[10] La primera visión Alex Tabarrok y la segunda en Robert J Gordon, La Nación, 12/1/2014. Nuestra revisión de ese debate en: Katz Claudio. “La concepción marxista del cambio tecnológico”, Revista Buenos Aires. Pensamiento Económico, n 1, Bs As otoño 1996. 
[11] Sáenz, Roberto. “Perspectivas del capitalismo a comienzos del siglo XXI”, Socialismo o Barbarie n 20, febrero 2012, 
[12] Nuestro enfoque en Katz Claudio, Bajo el imperio del capital. Edición argentina , Luxemburg, diciembre de 2011 (cap 8). 
[13] Basterra, Juanjo. “737 multinacionales monopolizan” 1/2/2013 www.rebelion.org. 
[14] Foster John Bellamy, Chesney Robert, “Monopoly-finance capital and the paradox of accumulation”, Monthly Review n 5, vol 61, october 2009 
[15] Roberts, Michael. “ Tendencies, triggers and tulips”, Third IIRE Seminar on the Economic Crisis. Amsterdam, 15-2-2014. 
[16] Un abordaje de este tipo en: Harvey David, A brief history of Neoliberalism, Oxford University Press, New York, 2005. Harvey David, “El neoliberalismo como proyecto de clase” vientosur.info/ 08/04/2013. 
[17] El primer enfoque: Panitch Leo, Gindin Sam. “Capitalismo global e imperio norteamericano”. El nuevo desafío imperial, Socialist Register 2004, CLACSO, Buenos Aires 2005. El segundo en: Brenner Robert, “The economics of global turbulence”, New Left Review 229, May-June 1998 
[18] Nuestra visión en polémica con los autores neoclásicos y keynesianos en: Katz Claudio “Interpretaciones de la crisis”, La crisis capitalista mundial y América Latina”, CLACSO, Buenos Aires, 2012. 
[19] - Greenspan Alan 2010 “ The Crisis Greenspan Associates LLC” en www.brookings.edu, Ocampo Emilio, “Cuando el remedio es peor que la enfermedad”, ambito.com/diario 11/01/2013. Raghuram Rajam, “El boom commodities crea problemas”, www. ambito .com/noticia 23/08/2012. 
[20] Stiglitz Joseph 2010. Caída libre. (Buenos Aires: Taurus). Wyplosz Charles, “En Europa habrá una enorme reestructuración de la deuda”, www.ambito.com/noticia. 27/07/2012. 
[21] Aglietta Michel, Berrebi Laurent 2007. Desordres dans le capitalisme mondial (Paris : Odile Jacob). Bhaduri Amit, Cesaratto Sergio, Palma Gabriel, “Economistas heterodoxos”, www.pagina12.com. 19/11/2012. 
[22] -Husson Michel, Capitalismo puro, Maia Ediciones, Madrid, 2009, -Bhir Alain, “Le triomphe catastrophique du neoliberalisme”, 10-11-2008, Presse toi a Gauche, Canadá. 
[23] Harman, Chris Zombie Capitalism, Bookmarks, 2009. Kliman, Andrew. “The destruction of capital and the current crisis”, January 15, 2009, http://www.permanentrevolution.net/entry/2760 
[24] Chesnais, Francois. “La recesión mundial: el momento, las interpretaciones y lo que se juega en la crisis, Herramienta 37, marzo 2008, Buenos Aires. 
[25] Anderson, Perry. “Algunas observaciones históricas sobre la hegemonía”, C y E, año II, n 3, primer semestre 2010. Anderson, Perry. “Apuntes sobre la coyuntura actual”, New Left Review, n 48, 2008. 
[26] Lipietz, Alain. El mundo del Post-Fordismo, Ensayos de Economía n°12, vol.7, Julio 1997. Strange, Gerard “Globalisation, structural dependecy theory and regionalism, 2002,  citeseerx.ist.psu.edu/viewdoc/ 
[27] Sapir, Jacques. El nuevo siglo XXI, El Viejo Topo, 2008, Madrid, (pag 33-34, 149, 162, 92, 258-259). 
[28] Tanuro, Daniel. “ Energy transition and anticapitalist alternative ”, Third IIRE Seminar on the Economic Crisis. Amsterdam, 15-2-2014. 
[29] La Nación, Un viejo pronóstico de hambruna podría hacerse realidad, 6/4/20, www.lanacion 
[30] The Economist, China, “ Special Report”, 2008 
[31] El País No queda margen, 15/4/2014, el pais.com 
[32] Wallerstein, Immanuel. T he Modern World - System IV : Centrist Liberalism Triumphant, 1789-1914, University of California Press, 2011, Preface. Wallerstein, Immanuel, “E se nao houver saida alguma”? www.outraspalavras.net, 17/08/2012. 
[33] Es la nueva tesis de Fukuyama, Francis en. La Nación, Rebelión mundiallos nuevos dueños de las calles 7/7/2013, www.lanacion.com.ar
[34] Gerbaudo, Paolo. “Son movimientos nacionales”, 8/7/2013, www.pagina12.com.ar
[35] Cassen, Bernard. “ Ha llegado la hora de la "desmundialización", 17/9/2011, www.rebelion.org
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