Por: Tryno Maldonado / El Sur.
El de AMLO no será un gobierno anti capitalista. Nunca pretendió
serlo. Su triunfo –así le llaman, porque en el sistema de democracias
capitalistas hay ganadores y perdedores– caerá como el lavado de imagen
perfecto para el Estado mexicano ante el escenario internacional para
obtener el espaldarazo y el carisma institucional suficientes para la
continuidad de las políticas neoliberales, los megaproyectos y la
extracción de recursos geoestratégicos en el territorio nacional.
Sobre el tema de la violencia, queda muy poco claro cómo se
erradicará desde un gobierno capitalista como el que propone AMLO si esa
violencia es estructural; si es, justamente, una violencia propiciada
por el capitalismo y materializada en su expresión ideológica y
ejecutora más salvaje: el capitalismo gore, los cárteles de la
droga, que a su vez sirven como los brazos paramilitares del Estado en
la avanzada del despojo de los recursos de los pueblos. ¿Cómo se
desmonta esta pirámide de violencia dentro de una necropolítica de
Estado sin desmontar también el régimen capitalista que la sostiene?
Silencio.
Y de pronto, en su discurso de victoria del domingo 1 de julio, AMLO
se volvió un Ricardo Anaya. Sin emoción, sin imaginación, con
teleprómpter y sin recursos retóricos. Conciliador con los empresarios y
el capital.
Para AMLO, la explotación del sistema capitalista no es la causa
principal de la enorme brecha de inequidad en nuestro país. Para él lo
son la moral y la corrupción. No en balde suele citar la cartilla moral
de Alfonso Reyes con todo y su asimilación cristiana, como guía para su
gobierno. AMLO habló insistentemente de que el eje principal de su
gobierno será el ataque a la corrupción; no obstante, en su discurso de
victoria, olvidó mencionar los escándalos más emblemáticos de corrupción
del sexenio peñista –la Casa Blanca, Odebrecht, la Estafa Maestra, entre otros– e hizo, en cambio, un amplio reconocimiento a Peña Nieto por permitirle una dócil transición.
Frantz Fanon es certero: las élites son violentas en las palabras y reformistas en las actitudes.
Se sabe que la conformación del gabinete del gobierno de AMLO será en
su mayoría femenino. Aunque algunas de estas mujeres tengan
trayectorias muy cercanas al régimen del PRI, como en el caso de Olga
Sánchez Cordero quien, como escribió Luis Hernández Navarro, “llegó al
puesto en el Poder Judicial cuando a finales de 1994, el entonces
presidente Ernesto Zedillo, en una especie de golpe de Estado técnico,
disolvió la Corte anterior destituyendo a sus 26 ministros e integró una
nueva con 11 miembros” (La Jornada, 19 de diciembre de 2017).
AMLO, sin embargo, no hizo una sola mención a las mujeres durante su
discurso. Y aunque en su templete en la plancha del Zócalo lo
acompañaban su esposa, Beatriz Gutiérrez Müller, y Claudia Sheinbaum,
ganadora de la jefatura de Gobierno en Ciudad de México, envió una
extrañísima señal al compartir la tarima con Hugo Eric Flores, el pastor
evangélico que preside el partido ultra conservador PES con el que
Morena fue en alianza en estos comicios.
Así como en toda la campaña AMLO le sacó la vuelta al tema de la ola
de feminicidios y desapariciones forzadas de mujeres que azota al país,
tampoco tuvo una palabra de reconocimiento a las mujeres que
construyeron y apuntalaron su campaña, y sin cuya labor –como en el caso
de la heredera del linaje de la derecha empresarial Tatiana Clouthier–
los resultados en las urnas hubieran sido muy distintos.
Aunque mencionó el respeto por los pueblos indígenas, la percepción
colonial de AMLO es notoria: “México es heredero de grandes
civilizaciones”, dijo, porque para él esas naciones deben ser algo que
habita mayormente en el pasado; no en el presente “mestizo”. Esta visión
estática de lo indígena, como ha escrito Silvia Rivera Cusicanqui, es
muy propia de los gobiernos latinoamericanos neoliberales a partir de
los años noventa. “Respetan” el pasado de las naciones originarias, lo
folklorizan, pero no conciben como un problema ético desplazarlas o
despojarlas de las tierras que ellas cuidan si el capital lo demanda.
Será allí donde los pueblos originarios habrán de dar las primeras
luchas del sexenio.
El gran llamado del primer discurso de AMLO como presidente electo
fue, con mucha insistencia, por la reconciliación. El origen etimológico
de la palabra reconciliación es conciliare, que proviene de concilium:
asamblea, reunión, unión. Hacer volver a alguien a la asamblea, a la
unión. Por lo que no se puede llamar al pueblo a una reconciliación. Se
puede llamar a una reconciliación únicamente a lo que antes fue parte de
esa unión. Si el sueño más grande de AMLO ha sido transformar al PRI
desde su interior, quizá este llamado sea para volver a reconstituirlo
con otras siglas, con otros colores. Con mucha probabilidad lo que
veremos a partir del próximo 1 de diciembre no será lo que él llama “la
cuarta transformación de México”, sino únicamente una reconciliación, una transformación más del PRI.
Escuchemos el mensaje del EZLN y de Marichuy, difundido en
abril pasado: “Lo peor vendrá después del 1 de julio. Debemos estar
organizadxs. Ya eligieron al nuevo patrón. Será el nuevo dueño de las
fincas y de las haciendas. Y, como patrón, tendrá sus caporales,
mayordomos y capataces”.
Nodo-caracol-bitácora virtual de cambalache chorero y otros chunches, abajo y a la izquierda.
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4 de julio de 2018
1 de septiembre de 2013
Para una novela del movimiento social. Crónica oaxaqueña.
Por: Daniel Noemí / El Desconcierto.
Para la Vero, porque sí.
Entre la exuberante vegetación de Oaxaca y el olor a mar de Zipolite, con sus turistas calatos y fumados, las ganas de comer un pescado fresco y unos camarones a la diabla inigualables, me encontré leyendo la última novela de Tryno Maldonado. Así, sin esperarlo, se me ocurrieron algunas ideas que son como de crítica literaria pero que tienen más sueño y más viaje. Lo que sigue son mis notas sobre la novela Teoría de las catástrofes del Tryno y por qué, creo, nos pueden ayudar a pensar sobre un tipo de narrativa y de novela que reflexiona sobre los movimientos sociales y, además, se constituye en parte de ellos.
Todos tenemos nuestras obsesiones. Algunos no podemos vivir sin avisar en Facebook que fuimos al baño o twittear que acabo de ver a fulana con zutano; otros se preocupan de la cantidad exacta de lípidos y calorías que consumen; y hay quienes luchan—esto ya se parece a Brecht— incesantemente por una causa, a tal punto que esta deja de tener sentido en sí y se convierte en otra cosa (en una metáfora dirán algunos). Yo estoy obsesionado con las crónicas. Tryno Maldonado está obsesionado con leones. Y esa es una buena obsesión, al menos en su caso. Porque los leones son un modo de escribir otra obsesión que late todo el tiempo en su escritura: la de la posibilidad de una revolución estética y política (y, digamos desde ya, que ninguna de las dos puede tener éxito total; solo logros parciales y esporádicos).
La primera novela de Maldonado fue un intento por acercarse a y reírse de los escritores del Crack. ¿Qué ellos escriben esas novelas no latinoamericanas situadas en el corazón de Europa en tiempos duros? Viena roja lo hacía liviana (que no es lo mismo que light) y entretenidamente. Como un partido de fútbol que se juega con gracia y con un par de habilidosas jugadas; aunque sin tener en la cancha a Messi o a la selección española.
Temporada de caza para el león negro fue otra cosa. Fue el escritor que de pronto se dio cuenta que su literatura sí era posible y que había un sentido (que es siempre una búsqueda) en ella. Un sentido en la forma, en romperla, en revolucionarla aún sabiendo demasiado bien que no había nada de original en ello, pues se parte de la certeza que todo ya ha sido hecho. Así y todo, con su boutade neo-vanguardista, su exceso coprolálico y velocidad postmo, Temporada fue un fresco de frescura en y de la realidad literatura latinoamericana.
Pero estábamos hablando de las obsesiones de Maldonado. Los leones. Teoría de las catástrofes está asediado por leones: los de origami de Davendra, el niño con Asperger, un genio; los leones que luchan en el movimiento social oaxaqueño, los leones internos de Anselmo y Mariana; y los más terribles de todos los leones, los que pertenecen a los militares—el personaje del Comandante está a la altura (o a la bajeza debiéramos decir) de otros grande (o bajos) de la literatura: el Marlow de la selva, el abogado a cargo de Lisbeth Salander… Sí, la novela ruge de varios modos; a ratos flaquea y pareciera que se va a quebrar, pero no, como Charly, aguanta.
Teoría de las catástrofes se inserta en una incipiente corriente de narrativa que no es solo mexicana o latinoamericana, sino que es auténticamente global—lo cual no hace ni más ni menos de ella, pero da cuenta de una realidad de procesos económicos y culturales y sociales de los últimos años. Teoría es una novela de movimiento social. Prefiero el uso del singular, a pesar que la categoría no se refiera a un movimiento en particular (aunque evidentemente la novela, cada novela, suela hacerlo); pues el carácter abstracto nos permite lograr un mayor alcance, una mayor apertura.. Así como en la historia latinoamericana se ha hablado de la novela de la Revolución (mexicana); de la novela del Dictador (latinoamericano con algunas concesiones españolas); nos corresponde ahora declarar y describir esta imaginación que está adquiriendo literal (y virtual) textualidad de Oaxaca a Freirina, de Algeciras a Estambul, y de Cochabamba a Donde-el-diablo-perdió el poncho; la novela de movimiento social no se afilia (ni afila) a una posición política determinada ni profesa una línea estética única (aunque sus armas suelen tender al realismo). No es, para nada, apologética de este (repito: cuando digo uno quiero decir múltiples); pero, quizás sin pretenderlo, pasa a conformar parte del mismo; con todas sus contradicciones y aporías contribuye a él. No me corresponde aquí trazar una genealogía de la novela de movimiento social o intentar una caracterización más detallada o advertir qué novelas ya forman parte de esta velocidad de nuestros tiempos). Teoría de las catástrofes es la historia de un levantamiento de maestros en la ciudad de Oaxaca quienes apoyados por diversos sectores sociales y grupos de variadas posturas políticas, pone por un momento en jaque el funcionamiento normal del Estado. Como graffitean unos de los personajes: Aquí comienza la revolución. Es la narración de ese momento, de sus triunfos parciales y sus derrotas momentáneas. Toda relación y correspondencia con la realidad no es una casualidad; la novela está dedicada a quienes lo vivieron. Y es también la historia de Anselmo y Mariana; profesores no sindicalizados, de su paulatino (en un caso), involuntario (en el otro) involucramiento con el movimiento. Y de los personajes que los rodean. Guerrilleros que han devenido cocineros pero siguen cocinando con el revólver; chicos fresas que reniegan de sus familias y pagan el precio que toda apuesta radical conlleva… Sí, es verdad que hay algo de estereotipos en estos personajes. El pasaje en que Anselmo se convierte en un Casanova de ocasión, es risible y poco verosímil. El narrador, como jugador bueno para la pelota, se engolosina en las escenas de acción. Demasiada acción mata la acción. Pero hay mucho que contrarresta esas faltas. Como dicho el Comandante resulta sobrecogedor y aterrador: breve mínimo, preciso, sus movimientos y palabras parecen dirigirse al mismo lugar pero en realidad están yendo en direcciones opuestas, apuntando a universos distintos. Y los leones. Devendra construye obsesivamente leones de origami y se rodea de todo lo que tenga que ver con leones. ¿Metáfora de la revolución fracasando? ¿De la incapacidad de comunicarse? ¿de la fuerza solo aparente del movimiento, que parece león pero que en realidad no es más que papel…? ¿O más bien una reflexión sobre los literales dobleces y quiebres que tiene la palabra para hablar del presente y contribuir a construir, así, el futuro?
La lucha, escribe Maldonado sin escribirlo, continúa. Los leones están ahí, los leones somos nosotros.
Miro el mar de Oaxaca. Miro las olas. Sí, se escucha clarito: rugen.
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