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12 de mayo de 2020
Capitalismo y coronavirus, combinación letal.
Por: Javier Hernández Alpízar / Zapateando.
En la Facultad de Derecho, Ciudad Universitaria casi vacía, un diálogo entre el cliente y quien le bolea los zapatos: – Aquí en derecho es donde más boleros debe haber. – De hecho, es el único lugar en donde hay. – ¿En serio?, ¿será por qué somos abogados?
Lo que se sabe de los virus es que son información: información genética capaz de engañar a la información genética de las células de seres vivos para hacerlas reproducir el virus en lugar de reproducir su propia vida, lo cual harían las células vivas sanas.
Comenzamos deliberadamente usando términos científicos como “virus”, “información genética” y “células” no porque seamos científicos, somos activistas que defienden la vida y aspiran a lograr para los seres humanos libertad, democracia y justicia, pero sin información y conocimientos científicos no podríamos entender ni comunicar nada claro y veraz sobre lo que está pasando con la pandemia del coronavirus o Covid 19 en el mundo y en México.
Un divulgador científico latinoamericano, Marcelino Cereijido, ha escrito el libro La ciencia como calamidad. Citando a Jean Piaget, un biólogo y estudioso del modo como aprendemos los seres humanos, dice que: “Las personas no entienden lo que ven, ven lo que entienden”. Esto quiere decir que cuando no entendemos algo simplemente no podemos verlo, nos pasa desapercibido. El lenguaje de la ciencia actual es ajeno a la mayoría de los seres humanos en el planeta, incluso en el llamado “primer mundo”. Por eso tenemos incluso presidentes como Donald Trump o Jair Bolsonaro que niegan fenómenos patentes ante la vista de cualquier persona medianamente informada como el llamado “cambio climático” o la crisis climática: calentamiento del planeta, derretimiento de los hielos polares, de los glaciares, elevación del nivel del mar, así como la sexta extinción masiva de especies animales y vegetales: de acuerdo con la ONU, en los próximos 30 años se extinguirán un millón de especies, poniendo en riesgo de extinción a la especie humana misma. Incluso la ONU ha estimado que el cambio climático será muchísimo más mortífero que el coronavirus. Y ya está generando miseria, hambre, desplazamientos forzados de población y muertes.
El analfabetismo científico masivo hace que la mayoría de los seres humanos en el planeta sean, respecto a las ciencias, no ciudadanos sino súbditos, no pueden participar en las decisiones no solamente por la falta de democracia, sino porque no pueden entender y así tampoco ver los problemas más graves: cambio climático, extinción masiva de especies, crisis energética. Es decir, vemos las consecuencias, y eso a medias, como pasa con las migraciones masivas de africanos a Europa o de latinoamericanos a Estados Unidos, pero no entendemos lo que está detrás: el agotamiento de recursos para la vida, la miseria, el hambre, el desempleo y la violencia que dejaron siglos de colonialismo capitalista en nuestros países, etcétera. Gobiernos de derecha aprovechan esa ignorancia, así como los miedos y fobias asociados a ellos, para azuzar la fobia a los extranjeros, el racismo y la xenofobia, incluso el fascismo.
Los contactos humanos siempre han promovido la expansión de epidemias. La llegada a América de los conquistadores y colonizadores europeos casi logró extinguir (en algunos lugares, sin el “casi”, como en el Caribe) a las poblaciones indígenas, al menos las redujo dramática y brutalmente. El uso de armas bacteriológicas del siglo XX tiene su antecedente en esa “espontánea” expansión de epidemias como la viruela y el sarampión (que hoy regresa después de creer que lo habíamos erradicado).
La introducción de especies domésticas y otras especies aparejadas a la presencia humana (ratas, moscas, cucarachas y chinches, por ejemplo) en hábitats ajenos, pero sobre todo la explotación de territorios y recursos materiales y energéticos ha ocasionado una pérdida de diversidad en todo el planeta, sacrificada en aras de la ganancia capitalista.
La convivencia de seres humanos en todo el mundo, los viajes y el hacinamiento en grandes ciudades, han propiciado que muchos gérmenes, entre ellos los virus, salgan de los seres vivos que antes parasitaban y lleguen a otros, muchas veces, enfermándolos. El coronavirus es un caso, el más reciente, pero no el único. La humanidad comienza a enfrentar las consecuencias de la globalización, de la presencia planetaria de seres humanos sujetos a un sistema capitalista depredador del medio ambiente y explotador de los seres humanos.
El despojo de sus territorios y recursos de los pueblos indígenas (en México, despojo en marcha con el tren maya, el corredor interoceánico transístmico en Tehuantepec, el Proyecto Integral Morelos, el aeropuerto de Santa Lucía, la nueva refinería en Dos Bocas, el proyecto de las empresas de Alfonso Romo “Sembrando Vida”, los parques eólicos, la megaminería, la entrega del agua a empresas privadas como Constellation Brands en Mexicali, etcétera) no solamente los pagan los pueblos y comunidades con miseria y muerte: el planeta nos pasa la factura con la crisis climática, la crisis energética, la extinción de especies, las grandes migraciones humanas y animales.
Ciencia, detente. Este presidente es inmune al conocimiento.
Para masas enteras despojadas, pauperizadas, militarizadas, arrinconadas detrás de muros físicos y militares (como la Guardia Nacional, patrulla fronteriza extraterritorial de Donald Trump en la frontera sur de México), despojadas de sus derechos económicos, sociales, culturales y ambientales, entre ellos el derecho a una educación científica y laica, para estas grandes masas, científicamente analfabetas, no es extraño que estas grandes desgracias aparezcan como signos apocalípticos debidos a fantasmales o demoniacas fuerzas desconocidas. En lugar de identificar al capitalismo como causante de sus dolores y desgracias, identifican al capitalismo como Rey Midas que da riqueza y consumo. En cambio, los males los hacen pensar en falsas causas como el pecado, los extranjeros, las conspiraciones de otros, ajenos y extraños. Incluso en cierta “izquierda” que asume una ideología anticapitalista, pero no un análisis científico de los fenómenos, todo es un complot: si se movilizan los jóvenes contra el cambio climático y la indolencia de los gobiernos, es un “complot del capitalismo verde”; si se movilizan las mujeres contra la violencia patriarcal feminicida, es un “complot para desestabilizar al gobierno”; si hay una pandemia de coronavirus, es un “complot del capitalismo” para ¿subir sus ventas de papel higiénico?
Esta carencia de pensamiento científico, crítico y reflexivo promueve el negacionismo: las amenazas no son reales. El cambio climático es una mentira inventada para detener el avance del desarrollo capitalista; las noticias críticas de AMLO son un “complot de la CIA”; la teoría de la evolución de Darwin es un complot para volver ateos a los jóvenes y así: hay incluso fanáticos que promueven la idea de que la tierra es plana.
A esta era de confusión, mentiras, promoción de la ignorancia y el oscurantismo, de la cual se hacen cómplices, sea por su propia ignorancia o por manipular creencias religiosas de la gente, gobernantes como Bolsonaro, Obrador y Trump, algunos la han llamado la “posverdad”. Pero no es que la verdad haya dejado de existir, lo que pasa es que la ignorancia masiva sobre ciencia actual no deja ver a las personas lo que no entienden.
En el caso de Obrador, su muy estudiado gesto de mostrar amuletos mágicos y religiosos es (como ha señalado A Libre Murrieta en Facebook) un deliberado show mediático para engañar a quienes de por sí van a quedar expuestos al contagio porque no podrán quedarse en casa, ya que viven al día. Es un gesto maquiavélico y criminal de manipulación psicológica de masas.
El anticapitalismo es un claro ejemplo: no cualquier persona entiende el análisis marxista del capital, la mercancía, el dinero, el mercado y la empresa capitalista. El anticapitalismo se antoja imposible, porque vivimos inmersos en un mundo ideologizado en donde el sentido común es que el dinero y las mercancías valen y, por el contrario, los seres humanos y los seres vivos somos desechables.
Sin embargo, el coronavirus es una pandemia real, de verdad ha asolado con enfermedad y muerte en China, en Italia, en España, en Estados Unidos y hoy amenaza a México y a toda América Latina. La principal arma contra el coronavirus o Covid 19 (información genética que se expande perniciosamente) es la información científica, verdadera, no para generar alarmismo sino prevención, cuidado.
Científicos de la UNAM han estado diciendo, a quien quiera escuchar, que el coronavirus es una pandemia porque se contagia ampliamente, aunque solamente un 5% de los contagiados mueren, aproximadamente, pero si por descuido, irresponsabilidad, como ocurrió en China, Italia y Estados Unidos, se contagian más personas, el número de muertes aumenta. Italia ya ha tenido más muertos que China. Corea tomó medidas pronto y ha tenido menos daños que Europa.
Han fallado esos gobiernos por no informar con oportunidad sobre el virus y no tomar medidas sanitarias eficaces. Al final han impuesto medidas extremas, como la militarización en Italia para hacer frente a la pandemia cuando ya estaba muy avanzada. Además han ocultado información: China inició con casos el 1 de diciembre de 2019 y no lo informó a la OMS hasta fines de ese mes y año. Italia pidió ayuda a otros países europeos, y estos países, negando sus pactos como Unión Europea, no la ayudaron. Hoy Trump quiere aprovechar la pandemia y la psicosis social para impulsar su agenda racista y xenófoba contra los migrantes.
Sin embargo, los zapatistas de Chiapas (quienes han tenido desde hace años un acercamiento al pensamiento científico actual, promoviendo que los científicos se acerquen a las comunidades a explicar cómo es y qué es la ciencia y cómo explica los fenómenos naturales y sociales) están aplicando el principio precautorio: si el riesgo puede ser grave, se toman medidas. Han criticado la falta de información veraz, honesta y cabal de parte de los malos gobiernos (y tienen razón, ya vimos cómo esa actitud irresponsable causó tantas desgracias en China, Italia, España y Estados Unidos), pero no asumen una actitud negacionista, sino que cierran sus caracoles y adoptan medidas de higiene como prevención para proteger la salud y la vida de las mujeres, hombres, ancianos, ancianas, niñas y niños de sus comunidades indígenas zapatistas. Además exhortan a los demás a hacer lo propio. Queremos cambiar el mundo, pero para ello lo primero es seguir vivos. Como el lema de las mujeres en lucha: “Vivas nos queremos”.
La cuarentena, a la cual el gobierno de México no se ha atrevido ni siquiera a llamar por su nombre, implica muchos retos. Quedan más desprotegidos los más pobres, los más desnutridos, los que ya tienen padecimientos previos (crónicos, respiratorios, cardiacos, diabetes, VIH, etc.). Se arriesgan más los trabajadores que ganan cada día para comer: los trabajadores precarizados, mal llamados “informales”, muchos de ellos menores de edad y mujeres o ancianos y ancianas.
El coronavirus se ceba sobre las víctimas del sistema capitalista explotador y depredador, quizá por eso les parece a algunos una medida de limpieza social fascista. Parece un macabro darwinismo social. Quedan expuestos los niños más pobres, para quienes el desayuno escolar es parte de su diaria nutrición y ahora se quedan sin él. O las mujeres, niñas y niños víctimas de violencia en el hogar y ahora encerrados con su agresor. O las niñas y niños que ante el cierre de las escuelas acompañarán a la calles a sus padres y madres al autoempleo precario de sobrevivencia.
El capitalismo se verá afectado por la ausencia laboral de miles de trabajadores, pues jamás ha logrado, ni con toda su tecnología, dejar de depender del trabajo humano. Sin embargo, el capitalismo siempre externaliza costos: recibirá exenciones de impuestos, despedirá a miles de trabajadores, pedirá apoyos y rescates a los gobiernos, meterá de nuevo las manos en el dinero de todos para privatizar las ganancias y socializar las pérdidas y las desgracias.
Una pandemia como la que está en curso hace evidente que la salud no puede ser una mercancía, sino que debe ser un derecho humano universal, garantizado por el Estado. En países europeos se están viendo forzados a estatizar o nacionalizar temporalmente los hospitales privados para poder atender la emergencia. En México, los hospitales privados han llegado a cobrar hasta miles de pesos por una prueba de laboratorio para el Covid 19. Incluso 3500 o 5000 pesos es demasiado.
¿Quién hará frente a la pandemia: el doctor Simi, que cotidianamente atiende a mucha de la gente más pobre y sin seguro? ¿Un sistema de salud rebasado, desabastecido de medicamentos y hasta de jabón, gasas o papel para hacer carnets? El sistema de salud en México es víctima de más de treinta años de neoliberalismo (que sigue vigente, pese a la demagogia presidencial) y de la ineptitud del actual gobierno, que ha sido incapaz de sanearlo sin dejar desprotegidos a los mexicanos.
Como ante las desgracias ha ocurrido siempre, como en los sismos por ejemplo, la respuesta está en manos de la sociedad. El egoísmo neoliberal, individualista y burgués, nos aísla y nos vuelve vulnerables a todos, pero la solidaridad, la crítica y la lucha organizada nos fortalecen.
El mal gobierno está aprovechando la coyuntura para imponer medidas en favor de las empresas, por ejemplo: otra consulta amañada, esta vez en Mexicali, para imponer la privatización del agua y el despojo en favor de Constellation Brands, así como la cesión a los militares ya no solo del nuevo aeropuerto en Santa Lucía sino incluso el llamado tren “maya”.
Les importan menos las vidas humanas que los negocios de Alfonso Romo, cacique del agua en la zona maya, de Carlos Slim, de Salinas Pliego y de los capitales internacionales.
Por eso concordamos con los zapatistas en que debemos seguir comunicados y en lucha, de nuevos modos o de viejos modos, como podamos: no todos tiene red en casa, trata de marcar el teléfono, de platicar de ventana a ventana y de edificio a edificio. Si tienes internet, mantén enterada a tu red más cercana con información veraz y crítica.
Como los zapatistas, tenemos que tratar de aprender ciencia, de comprender nuestro mundo críticamente, porque como dice Jean Piaget; las personas no entienden lo que ven, ven lo que entienden.
Que los grandes males son resultado del capitalismo lo verán más personas cuando puedan entenderlo. No necesitamos menos sino más y mejor ciencia. Y también conciencia y organización, lucha y alegre rebeldía.
El coronavirus no es una conspiración capitalista, pero sí es muy peligroso porque el capitalismo ha empobrecido y desprotegido a miles de personas en el mundo
En la Facultad de Derecho, Ciudad Universitaria casi vacía, un diálogo entre el cliente y quien le bolea los zapatos: – Aquí en derecho es donde más boleros debe haber. – De hecho, es el único lugar en donde hay. – ¿En serio?, ¿será por qué somos abogados?
Lo que se sabe de los virus es que son información: información genética capaz de engañar a la información genética de las células de seres vivos para hacerlas reproducir el virus en lugar de reproducir su propia vida, lo cual harían las células vivas sanas.
Comenzamos deliberadamente usando términos científicos como “virus”, “información genética” y “células” no porque seamos científicos, somos activistas que defienden la vida y aspiran a lograr para los seres humanos libertad, democracia y justicia, pero sin información y conocimientos científicos no podríamos entender ni comunicar nada claro y veraz sobre lo que está pasando con la pandemia del coronavirus o Covid 19 en el mundo y en México.
Un divulgador científico latinoamericano, Marcelino Cereijido, ha escrito el libro La ciencia como calamidad. Citando a Jean Piaget, un biólogo y estudioso del modo como aprendemos los seres humanos, dice que: “Las personas no entienden lo que ven, ven lo que entienden”. Esto quiere decir que cuando no entendemos algo simplemente no podemos verlo, nos pasa desapercibido. El lenguaje de la ciencia actual es ajeno a la mayoría de los seres humanos en el planeta, incluso en el llamado “primer mundo”. Por eso tenemos incluso presidentes como Donald Trump o Jair Bolsonaro que niegan fenómenos patentes ante la vista de cualquier persona medianamente informada como el llamado “cambio climático” o la crisis climática: calentamiento del planeta, derretimiento de los hielos polares, de los glaciares, elevación del nivel del mar, así como la sexta extinción masiva de especies animales y vegetales: de acuerdo con la ONU, en los próximos 30 años se extinguirán un millón de especies, poniendo en riesgo de extinción a la especie humana misma. Incluso la ONU ha estimado que el cambio climático será muchísimo más mortífero que el coronavirus. Y ya está generando miseria, hambre, desplazamientos forzados de población y muertes.
El analfabetismo científico masivo hace que la mayoría de los seres humanos en el planeta sean, respecto a las ciencias, no ciudadanos sino súbditos, no pueden participar en las decisiones no solamente por la falta de democracia, sino porque no pueden entender y así tampoco ver los problemas más graves: cambio climático, extinción masiva de especies, crisis energética. Es decir, vemos las consecuencias, y eso a medias, como pasa con las migraciones masivas de africanos a Europa o de latinoamericanos a Estados Unidos, pero no entendemos lo que está detrás: el agotamiento de recursos para la vida, la miseria, el hambre, el desempleo y la violencia que dejaron siglos de colonialismo capitalista en nuestros países, etcétera. Gobiernos de derecha aprovechan esa ignorancia, así como los miedos y fobias asociados a ellos, para azuzar la fobia a los extranjeros, el racismo y la xenofobia, incluso el fascismo.
Los contactos humanos siempre han promovido la expansión de epidemias. La llegada a América de los conquistadores y colonizadores europeos casi logró extinguir (en algunos lugares, sin el “casi”, como en el Caribe) a las poblaciones indígenas, al menos las redujo dramática y brutalmente. El uso de armas bacteriológicas del siglo XX tiene su antecedente en esa “espontánea” expansión de epidemias como la viruela y el sarampión (que hoy regresa después de creer que lo habíamos erradicado).
La introducción de especies domésticas y otras especies aparejadas a la presencia humana (ratas, moscas, cucarachas y chinches, por ejemplo) en hábitats ajenos, pero sobre todo la explotación de territorios y recursos materiales y energéticos ha ocasionado una pérdida de diversidad en todo el planeta, sacrificada en aras de la ganancia capitalista.
La convivencia de seres humanos en todo el mundo, los viajes y el hacinamiento en grandes ciudades, han propiciado que muchos gérmenes, entre ellos los virus, salgan de los seres vivos que antes parasitaban y lleguen a otros, muchas veces, enfermándolos. El coronavirus es un caso, el más reciente, pero no el único. La humanidad comienza a enfrentar las consecuencias de la globalización, de la presencia planetaria de seres humanos sujetos a un sistema capitalista depredador del medio ambiente y explotador de los seres humanos.
El despojo de sus territorios y recursos de los pueblos indígenas (en México, despojo en marcha con el tren maya, el corredor interoceánico transístmico en Tehuantepec, el Proyecto Integral Morelos, el aeropuerto de Santa Lucía, la nueva refinería en Dos Bocas, el proyecto de las empresas de Alfonso Romo “Sembrando Vida”, los parques eólicos, la megaminería, la entrega del agua a empresas privadas como Constellation Brands en Mexicali, etcétera) no solamente los pagan los pueblos y comunidades con miseria y muerte: el planeta nos pasa la factura con la crisis climática, la crisis energética, la extinción de especies, las grandes migraciones humanas y animales.
Ciencia, detente. Este presidente es inmune al conocimiento.
Para masas enteras despojadas, pauperizadas, militarizadas, arrinconadas detrás de muros físicos y militares (como la Guardia Nacional, patrulla fronteriza extraterritorial de Donald Trump en la frontera sur de México), despojadas de sus derechos económicos, sociales, culturales y ambientales, entre ellos el derecho a una educación científica y laica, para estas grandes masas, científicamente analfabetas, no es extraño que estas grandes desgracias aparezcan como signos apocalípticos debidos a fantasmales o demoniacas fuerzas desconocidas. En lugar de identificar al capitalismo como causante de sus dolores y desgracias, identifican al capitalismo como Rey Midas que da riqueza y consumo. En cambio, los males los hacen pensar en falsas causas como el pecado, los extranjeros, las conspiraciones de otros, ajenos y extraños. Incluso en cierta “izquierda” que asume una ideología anticapitalista, pero no un análisis científico de los fenómenos, todo es un complot: si se movilizan los jóvenes contra el cambio climático y la indolencia de los gobiernos, es un “complot del capitalismo verde”; si se movilizan las mujeres contra la violencia patriarcal feminicida, es un “complot para desestabilizar al gobierno”; si hay una pandemia de coronavirus, es un “complot del capitalismo” para ¿subir sus ventas de papel higiénico?
Esta carencia de pensamiento científico, crítico y reflexivo promueve el negacionismo: las amenazas no son reales. El cambio climático es una mentira inventada para detener el avance del desarrollo capitalista; las noticias críticas de AMLO son un “complot de la CIA”; la teoría de la evolución de Darwin es un complot para volver ateos a los jóvenes y así: hay incluso fanáticos que promueven la idea de que la tierra es plana.
A esta era de confusión, mentiras, promoción de la ignorancia y el oscurantismo, de la cual se hacen cómplices, sea por su propia ignorancia o por manipular creencias religiosas de la gente, gobernantes como Bolsonaro, Obrador y Trump, algunos la han llamado la “posverdad”. Pero no es que la verdad haya dejado de existir, lo que pasa es que la ignorancia masiva sobre ciencia actual no deja ver a las personas lo que no entienden.
En el caso de Obrador, su muy estudiado gesto de mostrar amuletos mágicos y religiosos es (como ha señalado A Libre Murrieta en Facebook) un deliberado show mediático para engañar a quienes de por sí van a quedar expuestos al contagio porque no podrán quedarse en casa, ya que viven al día. Es un gesto maquiavélico y criminal de manipulación psicológica de masas.
El anticapitalismo es un claro ejemplo: no cualquier persona entiende el análisis marxista del capital, la mercancía, el dinero, el mercado y la empresa capitalista. El anticapitalismo se antoja imposible, porque vivimos inmersos en un mundo ideologizado en donde el sentido común es que el dinero y las mercancías valen y, por el contrario, los seres humanos y los seres vivos somos desechables.
Sin embargo, el coronavirus es una pandemia real, de verdad ha asolado con enfermedad y muerte en China, en Italia, en España, en Estados Unidos y hoy amenaza a México y a toda América Latina. La principal arma contra el coronavirus o Covid 19 (información genética que se expande perniciosamente) es la información científica, verdadera, no para generar alarmismo sino prevención, cuidado.
Científicos de la UNAM han estado diciendo, a quien quiera escuchar, que el coronavirus es una pandemia porque se contagia ampliamente, aunque solamente un 5% de los contagiados mueren, aproximadamente, pero si por descuido, irresponsabilidad, como ocurrió en China, Italia y Estados Unidos, se contagian más personas, el número de muertes aumenta. Italia ya ha tenido más muertos que China. Corea tomó medidas pronto y ha tenido menos daños que Europa.
Han fallado esos gobiernos por no informar con oportunidad sobre el virus y no tomar medidas sanitarias eficaces. Al final han impuesto medidas extremas, como la militarización en Italia para hacer frente a la pandemia cuando ya estaba muy avanzada. Además han ocultado información: China inició con casos el 1 de diciembre de 2019 y no lo informó a la OMS hasta fines de ese mes y año. Italia pidió ayuda a otros países europeos, y estos países, negando sus pactos como Unión Europea, no la ayudaron. Hoy Trump quiere aprovechar la pandemia y la psicosis social para impulsar su agenda racista y xenófoba contra los migrantes.
Sin embargo, los zapatistas de Chiapas (quienes han tenido desde hace años un acercamiento al pensamiento científico actual, promoviendo que los científicos se acerquen a las comunidades a explicar cómo es y qué es la ciencia y cómo explica los fenómenos naturales y sociales) están aplicando el principio precautorio: si el riesgo puede ser grave, se toman medidas. Han criticado la falta de información veraz, honesta y cabal de parte de los malos gobiernos (y tienen razón, ya vimos cómo esa actitud irresponsable causó tantas desgracias en China, Italia, España y Estados Unidos), pero no asumen una actitud negacionista, sino que cierran sus caracoles y adoptan medidas de higiene como prevención para proteger la salud y la vida de las mujeres, hombres, ancianos, ancianas, niñas y niños de sus comunidades indígenas zapatistas. Además exhortan a los demás a hacer lo propio. Queremos cambiar el mundo, pero para ello lo primero es seguir vivos. Como el lema de las mujeres en lucha: “Vivas nos queremos”.
La cuarentena, a la cual el gobierno de México no se ha atrevido ni siquiera a llamar por su nombre, implica muchos retos. Quedan más desprotegidos los más pobres, los más desnutridos, los que ya tienen padecimientos previos (crónicos, respiratorios, cardiacos, diabetes, VIH, etc.). Se arriesgan más los trabajadores que ganan cada día para comer: los trabajadores precarizados, mal llamados “informales”, muchos de ellos menores de edad y mujeres o ancianos y ancianas.
El coronavirus se ceba sobre las víctimas del sistema capitalista explotador y depredador, quizá por eso les parece a algunos una medida de limpieza social fascista. Parece un macabro darwinismo social. Quedan expuestos los niños más pobres, para quienes el desayuno escolar es parte de su diaria nutrición y ahora se quedan sin él. O las mujeres, niñas y niños víctimas de violencia en el hogar y ahora encerrados con su agresor. O las niñas y niños que ante el cierre de las escuelas acompañarán a la calles a sus padres y madres al autoempleo precario de sobrevivencia.
El capitalismo se verá afectado por la ausencia laboral de miles de trabajadores, pues jamás ha logrado, ni con toda su tecnología, dejar de depender del trabajo humano. Sin embargo, el capitalismo siempre externaliza costos: recibirá exenciones de impuestos, despedirá a miles de trabajadores, pedirá apoyos y rescates a los gobiernos, meterá de nuevo las manos en el dinero de todos para privatizar las ganancias y socializar las pérdidas y las desgracias.
Una pandemia como la que está en curso hace evidente que la salud no puede ser una mercancía, sino que debe ser un derecho humano universal, garantizado por el Estado. En países europeos se están viendo forzados a estatizar o nacionalizar temporalmente los hospitales privados para poder atender la emergencia. En México, los hospitales privados han llegado a cobrar hasta miles de pesos por una prueba de laboratorio para el Covid 19. Incluso 3500 o 5000 pesos es demasiado.
¿Quién hará frente a la pandemia: el doctor Simi, que cotidianamente atiende a mucha de la gente más pobre y sin seguro? ¿Un sistema de salud rebasado, desabastecido de medicamentos y hasta de jabón, gasas o papel para hacer carnets? El sistema de salud en México es víctima de más de treinta años de neoliberalismo (que sigue vigente, pese a la demagogia presidencial) y de la ineptitud del actual gobierno, que ha sido incapaz de sanearlo sin dejar desprotegidos a los mexicanos.
Como ante las desgracias ha ocurrido siempre, como en los sismos por ejemplo, la respuesta está en manos de la sociedad. El egoísmo neoliberal, individualista y burgués, nos aísla y nos vuelve vulnerables a todos, pero la solidaridad, la crítica y la lucha organizada nos fortalecen.
El mal gobierno está aprovechando la coyuntura para imponer medidas en favor de las empresas, por ejemplo: otra consulta amañada, esta vez en Mexicali, para imponer la privatización del agua y el despojo en favor de Constellation Brands, así como la cesión a los militares ya no solo del nuevo aeropuerto en Santa Lucía sino incluso el llamado tren “maya”.
Les importan menos las vidas humanas que los negocios de Alfonso Romo, cacique del agua en la zona maya, de Carlos Slim, de Salinas Pliego y de los capitales internacionales.
Por eso concordamos con los zapatistas en que debemos seguir comunicados y en lucha, de nuevos modos o de viejos modos, como podamos: no todos tiene red en casa, trata de marcar el teléfono, de platicar de ventana a ventana y de edificio a edificio. Si tienes internet, mantén enterada a tu red más cercana con información veraz y crítica.
Como los zapatistas, tenemos que tratar de aprender ciencia, de comprender nuestro mundo críticamente, porque como dice Jean Piaget; las personas no entienden lo que ven, ven lo que entienden.
Que los grandes males son resultado del capitalismo lo verán más personas cuando puedan entenderlo. No necesitamos menos sino más y mejor ciencia. Y también conciencia y organización, lucha y alegre rebeldía.
4 de octubre de 2019
¿Qué hay realmente detrás de la crisis en Haití?
Por: Keston K Perry / Al-Jazeera.
Traducido del inglés para Rebelión por J. M.
Décadas de neoliberalismo, neocolonialismo y ahora la injusticia climática han llevado a Haití al límite
Desde hace meses Haití se ha visto sacudido por la intensificación de las protestas. Una crisis económica cada vez más profunda y la creciente escasez de combustible y alimentos han enviado a las personas a las calles, exigiendo la renuncia del presidente respaldado por Estados Unidos, Jovenel Moise, quien hasta ahora se ha resistido a renunciar.
La crisis comenzó el año pasado y se vio agravada por los desastres naturales que devastaron repetidamente la nación isleña: los huracanes destruyeron viviendas, la producción de alimentos, medios de subsistencia e infraestructura y una sequía severa agotó los recursos hídricos de la isla.
Si bien los medios internacionales se han centrado en una historia familiar de corrupción y mala gestión, lo que subyace a esta crisis debilitante es mucho más grave: una combinación mortal de neocolonialismo, neoliberalismo e injusticia climática. De hecho, lo que está sucediendo ahora en Haití es extremo y debería asustarnos a todos, ya que presagia lo que podría pasarle al resto del planeta si no tomamos medidas inmediatas.
Petrocaribe y la crisis del combustible
En enero de 2006, Haití se unió al programa de solidaridad venezolano Petrocaribe, que le suministró petróleo en condiciones favorables. El país pudo comprar 60.000 barriles por día a un precio con descuento, con la mitad de los costos reembolsables durante 25 años a una tasa de interés del uno por ciento en efectivo, o a cambio de bienes que Haití exportó.
Se suponía que esto liberaría recursos para iniciativas de desarrollo económico en infraestructura e impulsaría la producción agrícola. Sin embargo, la corrupción a gran escala se tragó miles de millones de dólares de ganancias que el programa reportó al Gbierno, al tiempo que acumuló una deuda creciente con Venezuela.
Con la economía venezolana en ruinas, Caracas tuvo que detener los envíos de petróleo en marzo de 2018, lo que provocó la escasez de combustible en Haití. La crisis se vio agravada por la medida del Gobierno en julio de ese año para eliminar los subsidios a la energía, que aumentó los precios del combustible en más del 50 por ciento.
La decisión fue tomada bajo presión del Fondo Monetario Internacional, que prometió un paquete de préstamos financieros de 96 millones de dólares para ayudar al país a pagar su deuda, y el G20 y las agencias internacionales, que han estado pidiendo el fin de los subsidios de combustible. La medida también reflejó los compromisos de política de Haití en virtud del Acuerdo de París para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 31 por ciento para 2030.
El corte del suministro de petróleo del programa Petrocaribe también obligó al Gobierno haitiano a recurrir al mercado global, en particular al proveedor de energía con sede en Estados Unidos Novum Energy Corp, para suministrar combustible. A medida que el Gobierno ha caído más en deuda, ahora debiendo unos 130 millones de dólares a los proveedores de combustible, la escasez empeoró.
Subsidios de combustible muy necesarios
Al sucumbir a la presión internacional para recortar los subsidios, el Gobierno haitiano acomodó las agendas extranjeras pero puso en peligro la supervivencia de su propia población. El país produce solo el 0,02 por ciento de las emisiones globales de gases de efecto invernadero y, sin embargo, su gente está pagando un precio desproporcionado por cumplir con las normas financieras internacionales y los controles de emisiones.
Los subsidios a los combustibles se incrementaron en solo el 2,2 por ciento del PIB de Haití y fueron una de las formas en que el Gobierno pudo apoyar a los ciudadanos empobrecidos, aun luchando después del terremoto masivo de 2010 y las consecuencias de los desastres naturales anuales.
Después de los recientes huracanes, muchas comunidades quedaron fuera de la red y se ha necesitado mucho combustible para hacer funcionar los generadores de electricidad. La economía del país también ha sido devastada, con la mayoría de las personas empleadas en el sector informal y altamente dependientes de tener acceso a combustible más barato.
De hecho, estos subsidios energéticos estaban brindando el apoyo muy necesario a más de 6 millones de haitianos empobrecidos que viven con 2,41 dólares al día.
Desde mediados de 2018, la crisis ha empeorado progresivamente y, recientemente, las protestas contra el Gobierno se han intensificado.
Para cualquiera que visite Haití hoy está claro que las medidas de austeridad y las fuerzas de "libre mercado" no pueden resolver los problemas de un país que enfrenta los peores efectos del cambio climático, la disfunción del Gobierno, la corrupción de los donantes y una crisis de deuda interminable.
Al mismo tiempo, a pesar de los esfuerzos realizados para desprenderse de los combustibles fósiles y a pesar de estar clasificado entre los tres primeros países más vulnerables al cambio climático, Haití ha tenido problemas con la acción climática. Sus esfuerzos carecen de enfoque y son impulsados principalmente por donantes internacionales.
Por ejemplo, según una investigación que hice el año pasado, el país está luchando para acceder a financiamiento asignado a través de iniciativas globales como el Fondo Verde para el Clima (GCF). Las barreras burocráticas y los criterios onerosos hacen que sea casi imposible para el Gobierno aprovechar estos recursos.
Esto ha impedido que el país construya su resiliencia climática y, ahora, con cada desastre natural que le golpea, tiene que depender de las donaciones a corto plazo de las agencias de ayuda internacional para manejar sus consecuencias.
Neocolonialismo en tiempos de cambio climático .
La crisis haitiana es producto de la combinación tóxica de colonialismo, neoliberalismo y un enfoque injusto para enfrentar el cambio climático.
La degradación ambiental, que se exacerba con cada temporada de sequía y huracán, se remonta al dominio colonial francés sobre Haití cuando se abusó de la tierra y los bosques, lo que hace que grandes extensiones del país sean estériles e infértiles.
Después de que Haití lograse liberarse del dominio colonial francés a principios del siglo XIX, cayó dentro de la creciente esfera de influencia de EE.UU. y no ha podido liberarse desde entonces. Estados Unidos no solo ocupó el país durante casi dos décadas e interfirió reiteradamente en sus asuntos, sino que hoy también está apoyando a un presidente muy impopular cuya dimisión sigue exigiendo el pueblo en sus protestas masivas.
Al tiempo que evita que el pueblo haitiano responsabilice a sus políticos y combata la corrupción, Washington también ha estado imponiendo políticas neoliberales en el país, lo que ha contribuido a su crisis económica.
El enfoque estadounidense de la economía haitiana ha sido predominantemente extractivo. El país tiene aproximadamente 2.000 millones en depósitos minerales explotados principalmente por corporaciones estadounidenses y canadienses.
Es hora de la justicia climática
Es hora de que el mundo comience a prestar atención a lo que está sucediendo en Haití, porque su crisis ilustra lo que sucederá al resto del mundo si las políticas neoliberales y neocoloniales continúan dominando la economía global.
Los haitianos ahora han despertado con la idea de que la economía de libre mercado al estilo estadounidense solo empeorará su creciente crisis frente al cambio climático y el subdesarrollo. Han estado luchando por su cuenta, totalmente conscientes de que sus élites nacionales no abordarán sus preocupaciones y solo podrán permanecer en el poder debido a la intervención de Estados Unidos.
Hasta este momento, el movimiento internacional de acción climática ha ignorado por completo lo que ha estado sucediendo en Haití. Si bien los llamamientos para un nuevo acuerdo verde global son encomiables, no pueden ignorar la continua injusticia climática que está ocurriendo en lugares como Haití.
Si realmente va a haber un "nuevo" acuerdo, entonces no puede seguir el enfoque paternalista de "sabemos lo que es mejor para usted". Necesita dar cuenta de las realidades en el terreno en el Sur global, de manera que no cause más daño que beneficio.
La transición a un nuevo sistema energético solo puede tener éxito si se reconoce el poder que el Norte global aún tiene sobre el Sur y la necesidad de justicia climática.
La acción climática solo puede generar un statu quo nuevo y sostenible si reconoce la acción y la experiencia de los países en desarrollo y los movimientos indígenas, de la clase trabajadora y campesina, y se basa en este conocimiento.
En Haití, el apoyo debe extenderse a los haitianos negros de la clase trabajadora, que constituyen la mayoría de la población, y satisfacer sus necesidades básicas. Las protestas populares y sus demandas deben ser respaldadas y se debe facilitar un proceso de asunción de responsabilidades.
El país también necesita una importante inversión sin compromisos realizada bajo un escrutinio anticorrupción para ayudar a alejar su economía del extractivismo y la dependencia de la exportación de recursos y ponerla en un camino hacia el desarrollo verde. Solo entonces puede comenzar el proceso de construcción de resiliencia climática bajo el liderazgo de los propios haitianos. De hecho, Haití será la primera gran prueba para el movimiento transnacional de justicia climática. Si no se hace justicia climática con los haitianos, entonces el nuevo acuerdo verde global está condenado al fracaso.
Fuente: https://www.aljazeera.com/indepth/opinion/crisis-haiti-190927092336787.html
Traducido del inglés para Rebelión por J. M.
Décadas de neoliberalismo, neocolonialismo y ahora la injusticia climática han llevado a Haití al límite
Marcha
de haitianos en el área de Cite Soleil de Puerto Príncipe, Haití,
durante una protesta para exigir la renuncia del presidente Jovenel
Moise [ChandanKhanna / AFP]
Desde hace meses Haití se ha visto sacudido por la intensificación de las protestas. Una crisis económica cada vez más profunda y la creciente escasez de combustible y alimentos han enviado a las personas a las calles, exigiendo la renuncia del presidente respaldado por Estados Unidos, Jovenel Moise, quien hasta ahora se ha resistido a renunciar.
La crisis comenzó el año pasado y se vio agravada por los desastres naturales que devastaron repetidamente la nación isleña: los huracanes destruyeron viviendas, la producción de alimentos, medios de subsistencia e infraestructura y una sequía severa agotó los recursos hídricos de la isla.
Si bien los medios internacionales se han centrado en una historia familiar de corrupción y mala gestión, lo que subyace a esta crisis debilitante es mucho más grave: una combinación mortal de neocolonialismo, neoliberalismo e injusticia climática. De hecho, lo que está sucediendo ahora en Haití es extremo y debería asustarnos a todos, ya que presagia lo que podría pasarle al resto del planeta si no tomamos medidas inmediatas.
Petrocaribe y la crisis del combustible
En enero de 2006, Haití se unió al programa de solidaridad venezolano Petrocaribe, que le suministró petróleo en condiciones favorables. El país pudo comprar 60.000 barriles por día a un precio con descuento, con la mitad de los costos reembolsables durante 25 años a una tasa de interés del uno por ciento en efectivo, o a cambio de bienes que Haití exportó.
Se suponía que esto liberaría recursos para iniciativas de desarrollo económico en infraestructura e impulsaría la producción agrícola. Sin embargo, la corrupción a gran escala se tragó miles de millones de dólares de ganancias que el programa reportó al Gbierno, al tiempo que acumuló una deuda creciente con Venezuela.
Con la economía venezolana en ruinas, Caracas tuvo que detener los envíos de petróleo en marzo de 2018, lo que provocó la escasez de combustible en Haití. La crisis se vio agravada por la medida del Gobierno en julio de ese año para eliminar los subsidios a la energía, que aumentó los precios del combustible en más del 50 por ciento.
La decisión fue tomada bajo presión del Fondo Monetario Internacional, que prometió un paquete de préstamos financieros de 96 millones de dólares para ayudar al país a pagar su deuda, y el G20 y las agencias internacionales, que han estado pidiendo el fin de los subsidios de combustible. La medida también reflejó los compromisos de política de Haití en virtud del Acuerdo de París para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 31 por ciento para 2030.
El corte del suministro de petróleo del programa Petrocaribe también obligó al Gobierno haitiano a recurrir al mercado global, en particular al proveedor de energía con sede en Estados Unidos Novum Energy Corp, para suministrar combustible. A medida que el Gobierno ha caído más en deuda, ahora debiendo unos 130 millones de dólares a los proveedores de combustible, la escasez empeoró.
Subsidios de combustible muy necesarios
Al sucumbir a la presión internacional para recortar los subsidios, el Gobierno haitiano acomodó las agendas extranjeras pero puso en peligro la supervivencia de su propia población. El país produce solo el 0,02 por ciento de las emisiones globales de gases de efecto invernadero y, sin embargo, su gente está pagando un precio desproporcionado por cumplir con las normas financieras internacionales y los controles de emisiones.
Los subsidios a los combustibles se incrementaron en solo el 2,2 por ciento del PIB de Haití y fueron una de las formas en que el Gobierno pudo apoyar a los ciudadanos empobrecidos, aun luchando después del terremoto masivo de 2010 y las consecuencias de los desastres naturales anuales.
Después de los recientes huracanes, muchas comunidades quedaron fuera de la red y se ha necesitado mucho combustible para hacer funcionar los generadores de electricidad. La economía del país también ha sido devastada, con la mayoría de las personas empleadas en el sector informal y altamente dependientes de tener acceso a combustible más barato.
De hecho, estos subsidios energéticos estaban brindando el apoyo muy necesario a más de 6 millones de haitianos empobrecidos que viven con 2,41 dólares al día.
Desde mediados de 2018, la crisis ha empeorado progresivamente y, recientemente, las protestas contra el Gobierno se han intensificado.
Para cualquiera que visite Haití hoy está claro que las medidas de austeridad y las fuerzas de "libre mercado" no pueden resolver los problemas de un país que enfrenta los peores efectos del cambio climático, la disfunción del Gobierno, la corrupción de los donantes y una crisis de deuda interminable.
Al mismo tiempo, a pesar de los esfuerzos realizados para desprenderse de los combustibles fósiles y a pesar de estar clasificado entre los tres primeros países más vulnerables al cambio climático, Haití ha tenido problemas con la acción climática. Sus esfuerzos carecen de enfoque y son impulsados principalmente por donantes internacionales.
Por ejemplo, según una investigación que hice el año pasado, el país está luchando para acceder a financiamiento asignado a través de iniciativas globales como el Fondo Verde para el Clima (GCF). Las barreras burocráticas y los criterios onerosos hacen que sea casi imposible para el Gobierno aprovechar estos recursos.
Esto ha impedido que el país construya su resiliencia climática y, ahora, con cada desastre natural que le golpea, tiene que depender de las donaciones a corto plazo de las agencias de ayuda internacional para manejar sus consecuencias.
Neocolonialismo en tiempos de cambio climático .
La crisis haitiana es producto de la combinación tóxica de colonialismo, neoliberalismo y un enfoque injusto para enfrentar el cambio climático.
La degradación ambiental, que se exacerba con cada temporada de sequía y huracán, se remonta al dominio colonial francés sobre Haití cuando se abusó de la tierra y los bosques, lo que hace que grandes extensiones del país sean estériles e infértiles.
Después de que Haití lograse liberarse del dominio colonial francés a principios del siglo XIX, cayó dentro de la creciente esfera de influencia de EE.UU. y no ha podido liberarse desde entonces. Estados Unidos no solo ocupó el país durante casi dos décadas e interfirió reiteradamente en sus asuntos, sino que hoy también está apoyando a un presidente muy impopular cuya dimisión sigue exigiendo el pueblo en sus protestas masivas.
Al tiempo que evita que el pueblo haitiano responsabilice a sus políticos y combata la corrupción, Washington también ha estado imponiendo políticas neoliberales en el país, lo que ha contribuido a su crisis económica.
El enfoque estadounidense de la economía haitiana ha sido predominantemente extractivo. El país tiene aproximadamente 2.000 millones en depósitos minerales explotados principalmente por corporaciones estadounidenses y canadienses.
Es hora de la justicia climática
Es hora de que el mundo comience a prestar atención a lo que está sucediendo en Haití, porque su crisis ilustra lo que sucederá al resto del mundo si las políticas neoliberales y neocoloniales continúan dominando la economía global.
Los haitianos ahora han despertado con la idea de que la economía de libre mercado al estilo estadounidense solo empeorará su creciente crisis frente al cambio climático y el subdesarrollo. Han estado luchando por su cuenta, totalmente conscientes de que sus élites nacionales no abordarán sus preocupaciones y solo podrán permanecer en el poder debido a la intervención de Estados Unidos.
Hasta este momento, el movimiento internacional de acción climática ha ignorado por completo lo que ha estado sucediendo en Haití. Si bien los llamamientos para un nuevo acuerdo verde global son encomiables, no pueden ignorar la continua injusticia climática que está ocurriendo en lugares como Haití.
Si realmente va a haber un "nuevo" acuerdo, entonces no puede seguir el enfoque paternalista de "sabemos lo que es mejor para usted". Necesita dar cuenta de las realidades en el terreno en el Sur global, de manera que no cause más daño que beneficio.
La transición a un nuevo sistema energético solo puede tener éxito si se reconoce el poder que el Norte global aún tiene sobre el Sur y la necesidad de justicia climática.
La acción climática solo puede generar un statu quo nuevo y sostenible si reconoce la acción y la experiencia de los países en desarrollo y los movimientos indígenas, de la clase trabajadora y campesina, y se basa en este conocimiento.
En Haití, el apoyo debe extenderse a los haitianos negros de la clase trabajadora, que constituyen la mayoría de la población, y satisfacer sus necesidades básicas. Las protestas populares y sus demandas deben ser respaldadas y se debe facilitar un proceso de asunción de responsabilidades.
El país también necesita una importante inversión sin compromisos realizada bajo un escrutinio anticorrupción para ayudar a alejar su economía del extractivismo y la dependencia de la exportación de recursos y ponerla en un camino hacia el desarrollo verde. Solo entonces puede comenzar el proceso de construcción de resiliencia climática bajo el liderazgo de los propios haitianos. De hecho, Haití será la primera gran prueba para el movimiento transnacional de justicia climática. Si no se hace justicia climática con los haitianos, entonces el nuevo acuerdo verde global está condenado al fracaso.
Fuente: https://www.aljazeera.com/indepth/opinion/crisis-haiti-190927092336787.html
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