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15 de octubre de 2019

“Cuanto más avanzan las mujeres, más reacción violenta habrá desde el orden patriarcal”: Entrevista a Almudena Hernando.

Por: Andrea Ana Gálvez /CTXT.


Almudena Hernando (Madrid, 1959) es profesora de Prehistoria y pertenece al Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense de Madrid. Dirigió importantes investigaciones con grupos indígenas como los Q’echí en Guatemala o los Awá del Amazonas brasileño. Actualmente trabaja con los Gumuz y los Dats’in en Etiopía. Su perspectiva arqueológica crítica se centra en entender la construcción socio-histórica de la identidad. Presenta La Fantasía de la individualidad (Traficantes de Sueños), un libro que ahonda en la organización identitaria de hombres y mujeres desde un enfoque que “mira largo y muy adentro”.

¿Qué aportan las tesis defendidas en su libro La Fantasía de la individualidad a los estudios de género y a la lucha feminista?

Por un lado creo que aporta una mirada que parte desde el origen, de cómo hemos llegado hasta aquí. Generalmente el feminismo mira al presente y lucha por la igualdad de derechos ahora y no se pregunta tanto por qué estamos en esta situación. El libro aporta una mirada histórica, pero también una mirada a cómo nos construimos subjetivamente los seres humanos. Me pregunté qué es lo que nosotras, aunque seamos feministas, tendríamos que modificar para que cambiara el orden social y desde luego qué es lo que que tendrían que cambiar los hombres. El libro no plantea una lucha por la igualdad igualándonos a los hombres, sino que sostiene que el modelo para la igualdad es el modelo que desarrollamos las mujeres. O sea, que los hombres tendrían que ser como somos las mujeres de la Modernidad para poder construir una sociedad de iguales. Plantea la necesidad de un cambio de paradigma. No se puede luchar en las condiciones del discurso social que tenemos ahora por la igualdad sin cuestionar el paradigma más profundo: la organización identitaria.

Al comienzo del libro sugiere que sería más útil sustituir el término orden patriarcal por el orden disociado razón-emoción ¿por qué?

El patriarcado parece que es el orden social en que los hombres, por el hecho de ser hombres, dominan a las mujeres, por el hecho de ser mujeres. Yo sostengo que esto no es así. El orden patriarcal también ha sido reproducido por mujeres. Lo importante es que es un orden lógico, un orden mental. Para mí la clave está en que se valora socialmente todo lo que tiene que ver con lo individual y lo racional, al mismo tiempo que se oculta y se desvaloriza lo que tiene que ver con la emoción y con los vínculos. Si esto lo reproducen los hombres o las mujeres me da igual, están reproduciendo orden patriarcal. Para conseguir que se revierta hay que dar importancia al ámbito relacional y a las emociones vinculares.

El libro se llama La fantasía de la individualidad, el orden patriarcal se mantiene por una ficción. ¿Cuál sería esta fantasía?

La fantasía es la fantasía de la Ilustración, la fantasía es que la individualidad se puede sostener a sí misma. Que las personas que construyen su seguridad ontológica a través de vínculos y de comunidad –como son todas las sociedades cazadoras-recolectoras actuales– son más atrasadas y menos evolucionadas que los que construyen identidad individualizadamente. Digamos que el proceso histórico, según la fantasía, se ha construido de forma que se ha ido pasando de dar importancia a la comunidad, a dar importancia al individuo. Yo digo que esto es una fantasía porque no se puede sostener sin un sentido de pertenencia a una comunidad, es decir, sin la identidad relacional. Si este proceso hubiera sido, como pretende esta fantasía, se hubiera hecho evidente la impotencia del ser humano aislado frente al universo.

Vincula un determinado modelo de desarrollo que se consolida en la Ilustración y que está estrechamente ligado a la dominación sobre las mujeres. ¿Se puede acabar con el orden patriarcal sin acabar con el modelo de desarrollo económico capitalista?

No. El orden neoliberal es resultado de una construcción identitaria y socio-económica patriarcal. El mundo occidental se ha ido construyendo de forma que los hombres se iban especializando en el control del mundo a través de la razón (ciencia y tecnología) para producir seguridad, e iban desvalorizando socialmente lo que hacían las mujeres. La propia idealización de la ciencia y de la tecnología está asociada históricamente al orden patriarcal. Precisamente esto se pudo construir porque las mujeres garantizaron los vínculos. El orden económico neoliberal que está basado en la individualidad y en la idealización del conocimiento a través de la ciencia, no se puede separar de su construcción a través de la dominación de las mujeres, porque al irse especializando, los hombres dejaron de atender el lado relacional, que es imprescindible, y por eso necesitaban a las mujeres. El orden neoliberal es en sí mismo patriarcal.

Entonces llega un momento en el que este orden capitalista necesita que las mujeres se individualicen.

Sí, ellas se individualizan pero no pueden individualizarse del mismo modo en que lo han hecho los hombres. El lado relacional de los hombres lo han garantizado las mujeres. Pero las mujeres no pueden ni quieren dejar de dar importancia, tiempo y energía a la identidad relacional porque no hay nadie que se la garantice y porque saben que aquello que da sentido a la vida es sentirla. Lo que da sensación de bienestar tiene que ver con lo relacional: con los vínculos bien construidos. Las mujeres tienen que ocuparse de lo relacional para construir su propia identidad además de la individualizada.

¿Es en ese momento cuando se producen las contradicciones?

Sí, exactamente. Además en la Modernidad, los hombres patriarcales van a pedir a las mujeres dos cosas contradictorias: que se individualicen para que entren al mercado de trabajo de producción/consumo y, a la vez, que no se individualicen para que les sigan atendiendo a ellos. Esto es otro aspecto de la conflictiva situación en la que se mueven las mujeres. Ellas tienen que construir identidad relacional no sólo para satisfacer la de los hombres, sino para satisfacer también la propia. Escapar un poco del orden patriarcal consistiría en seguir construyendo una identidad relacional porque es esencial para sostener los vínculos propios, no para sostener a los hombres.

Hoy en día las mujeres están intentando avanzar hacia esta individualidad independiente. ¿Por qué sería deseable para los hombres?

Los hombres también están muy demandados por el orden patriarcal. El patriarcado, que en este momento se concreta en el neoliberalismo, está enloqueciendo a todos y también a los hombres. Al hombre se le pide que sea el más productivo, el que llega más alto, el que tiene más poder, se les demanda una individualidad constante. Los hombres ganarían mucha más estabilidad emocional, y ganarían un tipo de identidad que es la más potente que existe: la identidad de las mujeres en la Modernidad. Permite desarrollar todo lo que es verdad: desarrollamos nuestros proyectos vitales porque conocemos nuestros deseos, pero al mismo tiempo sabemos cuidar a los otros, y esto mismo hace que tengamos bienestar. Es una identidad que da independencia en tanto que no se depende de nadie que marque el destino ni se depende de nadie subordinado que garantice el vínculo. Ganarían la potencia de entender lo que les pasa, de saber cuidar al otro a la vez que tienen su propio proyecto vital. Es una relación de igualdad muy enriquecedora.

Cada vez son más mujeres las que están consiguiendo tener este tipo de identidad que como dice es la más potente que existe, pero, según algunas autoras, tanto la violencia como la crueldad contra las mujeres están en aumento. ¿Cómo entiende la situación actual y este tipo de violencias?

Me parece que hay una reacción patriarcal. Mira lo que ha pasado en España con Vox, por ejemplo. Cuanto más avanzan las mujeres, más reacción va a haber desde el orden patriarcal, y esa reacción va a ser violenta. Porque además los hombres no pueden racionalizar lo que les pasa contra las mujeres. No pueden racionalizar la rabia, no saben por qué les pasa. Es una ausencia total de empatía. Cuando las mujeres se independizan y dejan de garantizar los vínculos de los hombres, estos se desorientan y reaccionan sin ninguna lógica. Sale una especie de bestia, porque proviene del agujero negro que las emociones representan para esos hombres patriarcales. No pueden expresar ese agujero negro de una forma racional.

El caso de Vox es particular porque se habilitan discursos y prácticas patriarcales en esa vuelta a modelos identitarios hegemónicos.

Exacto. La prostitución por ejemplo está aumentando también en un momento en el que es más fácil tener relaciones sexuales que nunca. Los que trabajan estos temas hablan de que la masculinidad hegemónica se construye a través de la dominación de las mujeres; como eso se está perdiendo –porque cada vez las relaciones dentro de la pareja son más igualitarias– ese plus de dominación se busca fuera, por ejemplo en la prostitución. Cuando aparecen este tipo de partidos políticos se legitiman este tipo de dinámicas.

¿Cómo se enfrentan estas violencias en aumento? 

Es completamente necesario hacerle frente. Hay que ir consiguiendo que haya un clamor social y que las luchas feministas sigan actuando. Una cosa es que Vox, en una propaganda política, diga que está en contra de la "ideología de género”, y otra es que a la hora de aprobar medidas concretas contra las mujeres no haya una reacción. Yo no creo que esto sea mayoritario. El triunfo del orden patriarcal y neoliberal pasa por otros lados, por cosas mucho más profundas, sutiles y perversas que por esta gente que hace propuestas tan burdas. Por ejemplo pasa –yo lo estoy viendo en la universidad– por la neutralización de la crítica social. Se está reproduciendo el orden patriarcal y lo están haciendo mujeres también. Esto es mucho más peligroso porque es menos visible que lo que hace Vox. Por eso insisto en que es un orden lógico: a qué le das importancia como mecanismo de seguridad ontológica de tu grupo. Y en el mundo occidental se está dando importancia únicamente a la razón, al dato, al ser más, a la desconexión emocional, a la irreflexión sobre nuestra sociedad y sobre el futuro que queremos.

Anuncios como los de Avène y Gilette promueven otro tipo de masculinidades. ¿Cómo pueden los feminismos contribuir a estos nuevos modelos? ¿Es el papel de las mujeres? 

Es el papel del feminismo, lo desarrollen hombres o mujeres. Me parece que hay una responsabilidad última que desgraciadamente sigue recayendo en las mujeres, pero que cada vez hay más hombres que ya son conscientes de esto. Aunque a los hombres les es difícil reconocer todos los privilegios de los que gozan. Yo digo siempre: no soy negra, soy completamente antirracista y, sin embargo, sé que no puedo percibir todos los vectores de dominación que ha tenido una persona negra, porque yo no soy negra y estoy en el lado privilegiado de esa relación. Es lo mismo que pasa con los hombres. Me parece maravilloso que aparezcan estos anuncios y que los hombres participen. Ellos tienen que sentirse también responsables de la necesidad del cambio histórico.

¿Cómo se imagina la sociedad del futuro respecto a la igualdad de género y a los lazos comunitarios?

Es una pregunta difícil, porque en este momento hay tendencias muy contradictorias en la sociedad y no sé cuál va a ganar. Por un lado están todos los movimientos de mujeres y por otra parte están apareciendo movimientos de extrema derecha muy xenófobos. No va a ser fácil romper la tendencia ultraneoliberal mundial, dinámica que es patriarcal. No sé qué lado va a triunfar. Lo que sí creo es que hay que seguir luchando.

30 de septiembre de 2019

Cartografiar la contraofensiva: el espectro del feminismo.

Por: Verónica Gago / Nueva Sociedad.

Los feminismos han desafiado a los poderes establecidos y estos han desencadenado una triple contraofensiva: eclesial, económica y militar, que tiene uno de sus anclajes en la denuncia de la «ideología de género». Una de las operaciones relacionadas es asociar la «ideología de género» al colonialismo. Otra consiste en infantilizar el feminismo como política trivial, de clase media, frente a la urgencia popular del hambre.



Estamos presenciando un momento de contraofensiva: es decir, de reacción a la fuerza desplegada por los feminismos en la región. Es importante remarcar la secuencia: la contra-ofensiva responde a una ofensiva, a un movimiento anterior. Esto supone ubicar la emergencia de los feminismos en relación con el posterior giro a la derecha en la región, incluso con tonalidades protofascistas, y a escala global. Se desprenden de aquí dos consideraciones. En términos metodológicos: ubicar la fuerza de los feminismos en primer lugar, como fuerza constituyente. En términos políticos: afirmar que los feminismos, en su capacidad de devenir masivos y radicales, ponen en marcha una amenaza hacia los poderes establecidos y activan una dinámica de desobediencias que se intenta contener contraponiéndole formas de represión, disciplinamiento y control en varias escalas. La contraofensiva es un llamado al orden y su agresividad se mide en relación con la percepción de amenaza a la que está respondiendo. Por eso, la feroz contraofensiva desatada hacia los feminismos nos da una lectura a contrapelo, en reversa, de la fuerza de insubordinación que se ha percibido como ya aconteciendo y a la vez con posibilidad de radicalización.

Veamos las líneas de la contraofensiva para luego volver sobre los contornos de la caracterización de qué es lo que se delinea como «amenaza», ya que eso nos permitirá entender por qué estamos presenciando la construcción del feminismo como nuevo «enemigo interno». O por qué el feminismo funciona como espectro al que distintos poderes se proponen conjurar.

Uno: la contraofensiva eclesial

Mediante el concepto de «ideología de género» se sintetiza hoy una auténtica cruzada encabezada por la Iglesia católica contra la desestabilización feminista. «La ideología de género es una estrategia discursiva ideada desde el Vaticano y adoptada por numerosos intelectuales y activistas católicos y cristianos para contraatacar la retórica de la igualdad de derechos para mujeres y personas lgbti», argumenta Mara Viveros Vigoya. Eric Fassin señala que la embestida contra el término «género» empieza abiertamente a mediados de la década de 1990 desde grupos católicos de derecha estadounidenses, en ocasión de la Conferencia sobre Población y Desarrollo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), realizada en El Cairo en 1994, y durante las reuniones preparatorias de la Conferencia de Beijing (1995) en Nueva York. Varias crónicas señalan como la lobbista más activa del Vaticano a Dale O’Leary, una periodista católica conservadora que plasmó esta discusión en el libro The Gender Agenda [La agenda de género], cuyo argumento principal es que el género se presentaba como «una herramienta neocolonial de una conspiración feminista internacional». Según Mary Anne Casey, el ataque surge primero contra leyes y políticas y luego se concentrará en la teoría y señalará a Judith Butler como la «papisa del género». Son campañas impulsadas desde arriba, como argumenta Sonia Corrêa en una entrevista con María Alicia Gutiérrez: «no han sido gestadas en la base de nuestras sociedades, sino más bien en las altas esferas de las negociaciones internacionales y la elucubración teológica».

Uno de los textos más emblemáticos de la «cruzada» es Lexicon. Termini ambigui e discussi
su famiglia, vita e questioni etiche
, editado por Edizioni Dehoniane de Bologna en 2003. La «entrada» género está escrita por Jutta Burggraf (1952-2010), teóloga católica alemana que traza las coordenadas de la discusión apuntando a Butler como responsable de desacoplar el sexo biológico de la categoría «cultural» de género y de habilitar su proliferación indiscriminada. Como también se constata en otros tantos textos eclesiásticos, Burggraf muestra preocupación por la recepción de la palabra «género» en organismos internacionales como la onu y la vía de recursos que estas instancias implican. Pero lo que más me interesa remarcar –para luego seguir el hilo de esta argumentación– es la afinidad que ella traza entre la ideología de género y una «antropología individualista del neoliberalismo radical».

Antes de Butler, el linaje teórico que se describe en estas publicaciones de pelaje variado se remonta a Friedrich Engels y Simone de Beauvoir. De manera particular, sin embargo, el énfasis del antecedente de la «ideología de género» se traza con las teorizaciones de la Escuela de Fráncfort en la década de 1930 y, en particular, con el modo en que sus conceptos se diseminaron en las revueltas de los años 60 en los movimientos radicales. El «marxismo cultural» de la Escuela de Fráncfort sería el enemigo de la cristiandad occidental. La conversión del vocablo «género» en un anatema, una maldición, recrea y actualiza toda la fábula de la amenaza a la civilización cristiana y occidental, pero con un agregado: destacando su capacidad de «transversalidad» ideológica y, por tanto, su fuerza de propagación que iría más allá de la reconocible «izquierda».

La disputa es enorme. Según la Iglesia católica, lo que está en juego es la naturaleza humana porque se está cuestionando el binarismo de género que constituye la célula base de la reproducción heteronormada; es decir, la familia. Por eso, en la cruzada toman también progresiva relevancia las identidades y corporalidades trans y las tecnologías dedicadas a la reproducción. Ambas «cuestiones» son representadas como una etapa superior de la ideología de género, la consagración del desacople del sexo respecto del género y, por tanto, la amenaza a la teoría antropológica-teológica cristiana de la complementariedad entre lo masculino y lo femenino. Para resumirlo en palabras de Sarah Bracke y David Paternotte: «El Vaticano considera la noción analítica de género como una amenaza a la Creación Divina». La noción de género, entonces, usurpa –y por eso amenaza– el poder divino de creación. Crear géneros diversos –o poner «el género en disputa» para usar el título más famoso de Butler– aparece, desde la Iglesia, como una disputa directa con Dios.

En 2017, los investigadores David Paternotte y Roman Kuhar se preguntan algo fundamental: cómo se ha producido la traducción de un concepto teórico a los discursos religiosos y, especialmente, cómo luego esos discursos pasan a convocar movilizaciones a escala global. La hipótesis que exploran es, en el contexto europeo, su intersección con el nacionalismo y los populismos de derecha. Con la misma preocupación por su articulación política con la derecha, Agnieszka Graff y Elżbieta Korolczuk subrayan –a partir del análisis del caso polaco, pero luego extendiéndose a Europa– que el ataque antigénero identifica a quienes propagan la ideología como liberales, miembros de elite, mientras que la cruzada religiosa estaría defendiendo a las clases trabajadoras, que portarían una suerte de conservadurismo que emana de la condición de ser las «víctimas» de la globalización: «los ‘generistas’ estarían bien financiados y conectados con las elites globales mientras que la gente común estaría pagando el precio de la globalización».

La asociación entre neoliberalismo y género insiste por varias vías y prepara el terreno para argumentar –como lo veremos en relación con el debate argentino– que el antineoliberalismo solo puede venir de la mano de una conservación de los «valores familiares» y de la disciplina del trabajo a los que estos están íntimamente asociados.Uno de sus voceros argentinos se jacta de estar a la vanguardia de esta teorización. El abogado católico cordobés Jorge Scala publicó en 2010 el libro La ideología de género. O el Género como herramienta de poder (según afirma el autor, con más de 10 ediciones en España). Allí caracteriza la «ideología de género» como un «totalitarismo»: «La ideología de género busca imponerse de forma totalitaria, mediante el ejercicio del poder absoluto, en especial a nivel supranacional –y desde allí recalar en los distintos pueblos y naciones–, mediante el control de los medios de propaganda y de elaboración cultural», sintetiza en su publicidad. Dice detectar tres vías por las cuales la «ideología de género» se expande: el sistema educativo formal, los medios de comunicación y los derechos humanos. Lo totalitario sería lo propio de un sistema cerrado, de un «lavado de cerebro global». En 2012, el libro fue traducido y publicado en Brasil. En marzo de 2013, ante la consagración de Jorge Bergoglio como papa Francisco, Scala escribió:
Hay una coincidencia que me resulta particularmente significativa: el 13 de marzo de 2012 la Corte Suprema de Justicia de la República Argentina dictó un fallo inicuo pretendiendo legalizar el aborto a petición en dicha Nación. Exactamente un año después, el 13 de marzo de 2013, el Colegio Cardenalicio eleva a la Sede de Pedro al cardenal primado de la Argentina. Es como una caricia del Espíritu Santo.

Para Mary Anne Casey, los dos papas que han encarnado «la guerra del Vaticano contra la ideología de género» son Benedicto XVI y Francisco. El hecho de que provengan de Alemania y Argentina respectivamente no pasa inadvertido:

De maneras no previamente analizadas, Ratzinger parece haber estado reaccionando directamente a los acontecimientos recientes de entonces en Alemania, incluyendo, por un lado, la presencia de libros de feministas que subrayaban la construcción social de los roles de género (…) en las listas de best-seller locales y, por otro lado, el mandato constitucional de la legislación federal alemana que garantiza a los individuos la oportunidad legal de cambiar de sexo. Los reclamos de derechos trans fueron, junto con los reclamos feministas, un componente fundacional, y no un agregado reciente, a la esfera de preocupaciones del Vaticano sobre el «género» y al enfocar tal preocupación en el desarrollo de las leyes seculares. Tal como Ratzinger puede haber llevado con él a Roma su memoria de los acontecimientos en Alemania, lo mismo Jorge Mario Bergoglio, quien viajó a Roma en 2013 para convertirse en papa Francisco, dejando atrás una Argentina que solo un año antes había aprobado, con la oposición de Bergoglio pero sin ninguna oposición legislativa, una ley sobre identidad de género que está entre las más generosas del mundo respecto a las personas que desean legalmente cambiar de sexo.

Según la investigadora, sin embargo, lo que caracteriza a Francisco es haberle encontrado un giro táctico al combate: la «ideología de género» pasa a ser asociada por el papa argentino con una «ideología colonizadora», especialmente impulsada por ONG's y organismos internacionales. De este modo, el papa que viene del «Tercer Mundo» moviliza una retórica pseudoantiimperialista para librar la batalla contra los derechos de mujeres y LGBTI+. Un segundo logro le atribuye Casey a Francisco: haber conseguido unificar distintos credos (especialmente católicos, evangélicos y mormones) en la cruzada contra la «ideología de género», amalgamados por la expansión de la «amenaza». Fue en los últimos pocos años cuando la doctrina eclesial devino hashtag multiuso y herramienta de movilización que salió a disputar las calles. En ella se inscriben, por ejemplo, las manifestaciones alrededor del eslogan «Con mis hijos no te metas». La «ideología de género» sería, en este caso, el contenido de una nueva currícula escolar que al incorporar nociones como «igualdad de género» e «identidad de género» promovería, según los manifestantes en Perú, por ejemplo, «la homosexualidad y el libertinaje sexual en los escolares».

En Argentina, hay que notar la ofensiva contra la Ley Nacional 26150 que crea el derecho a recibir Educación Sexual Integral (ESI) desde el inicio de la escolaridad; ley que fue defendida por organizaciones que popularizaron la consigna «La educación es una causa feminista», mientras monseñor Héctor Aguer (arzobispo de La Plata) declaraba que «el aumento de los feminicidios tiene que ver con la desaparición del matrimonio». En Colombia, la llamada «ideología de género» jugó un papel clave en la campaña que agitó la «amenaza del género» a favor del triunfo del «No» a los Acuerdos de Paz entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) de 2016. Sonia Correa agrega sobre el mapa latinoamericano:
A principios de 2017, las campañas antigénero estallaron en el contexto de la Reforma Constitucional del Distrito Federal en México y poco después un autobús «antigénero» comenzó a circular por todo el país. Dos meses después, el mismo autobús estaba viajando por Chile, justo antes de la votación final de la reforma a la ley que dejó atrás la prohibición de la terminación del embarazo promulgada por el régimen pinochetista en los 80. Llevaron a cabo también una campaña contra la «ideología de género» en el plan de estudios de la educación pública en Uruguay, un país conocido por su laicismo. En Ecuador, una disposición legal que intentaba limitar la violencia de género fue atacada por grupos conservadores religiosos antigénero. La Corte Constitucional boliviana derogó la Ley de Identidad de Género recientemente aprobada, argumentando que la dignidad de la persona tiene su raíz en el binario sexual de lo humano.

Este 2019 se abrió con el estreno del extremista de derecha Jair Bolsonaro en Brasil, cuyo primer discurso presidencial estuvo referido al combate contra la «ideología de género». Unas semanas después, el joven empresario Nayib Bukele ganó la Presidencia de El Salvador con la misma bandera. La batalla del Siglo XXI va así tomando diversas escenas y modalidades. Pero lo que cabe resaltar es de qué manera se declina esta batalla como contienda política en cada situación local y cómo logra justamente presentarse enhebrada a coyunturas bien diversas, construyendo un paisaje del giro conservador en la región. Es imposible entender este devenir en consigna de movilización de la cruzada religiosa fundamentalista –es decir, fabricarle su «movimiento social»– sin tomar en cuenta el auge de masividad y radicalidad de los feminismos que han tomado las calles en dinámicas transnacionales.

En Argentina hay un punto de quiebre: es la «marea verde» a favor de la legalización del aborto que durante 2018 inundó las calles y difundió su impacto a escala mundial. La ampliación del debate sobre el aborto en términos de soberanía, autonomía y clase, su radicalización militante por las nuevas generaciones y la proyección política de sus demandas en la atmósfera feminista desataron una virulencia nueva de la contraofensiva eclesial. Hemos visto el lanzamiento a las calles del movimiento «celeste», las frases de defensa sobre las «dos vidas» y llamamientos al odio en escuelas religiosas y púlpitos. Pero, sobre todo, una militancia enardecida en hospitales, en juzgados y en los medios de comunicación contra el aborto. Esta campaña llegó a la aberración durante 2019 con los casos de una niña de 12 años en Jujuy y otra de 11 en Tucumán y la reivindicación de la violación y maternidad forzada de las menores por un editorial del diario La Nación.

Espiritualidad política. Como movimiento múltiple, el feminismo pone en escena la disputa por la soberanía de los cuerpos. Y claro está: de los cuerpos feminizados en términos de su jerarquía diferenciada. De esos cuerpos que históricamente fueron declarados no soberanos. Sentenciados como no aptos para decidir por sí mismos. Es decir: de los cuerpos tutelados. Pero el feminismo habla de los cuerpos al mismo tiempo que pone en disputa una espiritualidad política. Y que es política justamente porque no separa el cuerpo del espíritu, ni la carne de las fantasías, ni la piel de las ideas. El feminismo (como movimiento múltiple) tiene una mística. Trabaja desde los afectos y las pasiones. Abre ese campo espinoso del deseo, de las relaciones amorosas, de los enjambres eróticos, del ritual y la fiesta y de los anhelos más allá de sus bordes permitidos. El feminismo, a diferencia de otras políticas que se consideran de izquierda, no despoja a los cuerpos de su indeterminación, de su no saber, de su ensoñamiento encarnado, de su potencia oscura. Y por eso trabaja en el plano plástico, frágil y a la vez movilizante de la espiritualidad.

El feminismo no cree que haya un opio de los pueblos: cree, por el contrario, que la espiritualidad es una fuerza de sublevación. Que el gesto de rebelarse es inexplicable y, a la vez, la única racionalidad que nos libera. Y que nos libera sin volvernos sujetos puros, heroicos ni buenos.

La Iglesia ha entendido esto desde todos los tiempos. Podemos referirnos una vez más a Calibán y la bruja, de Silvia Federici, para recordar por qué la quema de brujas, herejes y sanadoras fue una escena predilecta para desprestigiar el saber femenino sobre los cuerpos y aterrorizar su efervescencia curadora y su fuerza de tecnología de amistad entre mujeres. O al aún más clásico Witches, Midwives and Nurses: A History of Women Healers [Brujas, parteras y enfermeras. Una historia de las mujeres sanadoras] de Bárbara Ehrenreich y Deirdre English, donde por ejemplo se analiza la guía de quema de brujas del Siglo XVMalleus maleficarum [El martillo de las brujas], que aseguraba que «nada le hace más daño a la Iglesia católica que las parteras», que por supuesto son también las aborteras.

Hoy vemos en las calles, en las casas, en las camas y en las escuelas una batalla por la espiritualidad política (que, en su movimiento masivo, tiñe todo de verde, como un principio-esperanza). Y por eso, de nuevo, la Iglesia católica, a través de sus representantes y voceros varones, siente que tiene una misión que cumplir, una tarea de salvación de almas que se traduce en una guerra por el monopolio del tutelaje sobre los cuerpos femeninos. Hay un punto fundamental en la actualidad de esta cruzada y es el rol del papa Francisco, especialmente por su conexión en Argentina con varios movimientos sociales.

La Iglesia de los «pobres». Con particular énfasis, esta disputa por los cuerpos se despliega cuando se trata del tutelaje de mujeres «pobres». Y sucede justo en el momento en que el feminismo se hace fuerte desde los barrios, desde las generaciones jóvenes pero al mismo tiempo como nueva alianza entre madres e «hijes», y cuando hay un debate clasista sobre la diferencia de riesgos que comporta el aborto. Como lo expuso en el Congreso de la Nación una joven de la organización Orilleres de la Villa 21-24 y Zavaleta, en la ciudad de Buenos Aires: «En nuestros barrios intervienen instituciones como las iglesias que se encargan de moralizar nuestros cuerpos, nuestras decisiones, y que operan para que las mujeres no tengamos acceso al aborto legal. Sin derechos sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas estamos condenadas a seguir siendo vulneradas».

Unos días antes, un conocido cura «villero» había insistido en que el aborto no es un reclamo popular. Argumentó que «el FMI [Fondo Monetario Internacional] es aborto» (título con el que circuló mediáticamente su discurso). Con esto, la Iglesia pretende instalar que la autodeterminación de las mujeres, el propio derecho a decidir sobre el cuerpo, es una cuestión neoliberal. Desconocen y falsean tanto las luchas históricas por el aborto como la actualidad del movimiento feminista, donde esta demanda está asociada a un reclamo de vida digna y contra el ajuste neoliberal, y en cuya amalgama se hicieron pañuelazos en muchos barrios y villas.

En su pretensión de mostrarse como los únicos antiliberales, los voceros de la Iglesia refieren esta argumentación a las «mujeres pobres»: a quienes ellos consideran que deben conducir especialmente, a quienes quitan la capacidad de decisión en nombre de su condición social, a quienes visibilizan como resistentes solo si son madres. De este modo, la trampa que tienden parece reivindicarse «clasista», pero en verdad es justamente lo contrario: intentan trazar una distinción de clase que justificaría que a las mujeres pobres no les queda más alternativa que ser católicas y conservadoras, porque solo tienen como opción su maternidad. De este modo, se intenta reducir el abortar (es decir, decidir sobre el deseo, la maternidad y la propia vida) a un gesto excéntrico de la clase media y alta (que, claro está, puede poner en juego recursos económicos diferentes). El argumento «clasista», que por supuesto existe en términos de posibilidades diferenciadas para acceder a un aborto seguro, se invierte: pasa a funcionar como justificación de la clandestinidad. El derecho a decidir, para la Iglesia, debe permanecer así alejado de los barrios populares. Esta cruzada por infantilizar a las mujeres «pobres» es la punta de lanza, porque si se desarma, la Iglesia misma se queda sin fieles. Lo más brutal es el modo en que, para sostener esto, tienen que hacer oídos sordos –desconocer y negar– lo que dicen las propias mujeres de las villas y las organizaciones que trabajan en ellas. Aun cuando ellas están insistiendo en todos lados con la consigna «dejen de hablar por nosotras».

Queda claro que la Iglesia, a través de sus voceros varones, no quiere dejar de legislar sobre el cuerpo de las mujeres y que encuentra en el movimiento feminista una amenaza directa a su poder, edificado sobre el control de los cuerpos y las espiritualidades feminizadas. Porque es el control de la vida y de los modos de vida (toda una guerra se despliega sobre el propio vocablo «vida») lo que está en juego para hacer de la espiritualidad un sinónimo de obediencia y de renovadas formas de tutelaje.
Volvamos al argumento que se renueva y refuerza: querer asociar feminismo y neoliberalismo. El aborto como sinónimo de «cultura del descarte» que enarbola la propaganda eclesial tiene este propósito. Pero es justamente un feminismo anti-neoliberal lo que se ha venido fortaleciendo en los últimos años y lo que pone en jaque esta falaz argumentación de la institución que es del reino celeste.

Dos: la contraofensiva moral… y económica.

Estamos hablando de la disputa por la definición de neoliberalismo y, en particular, de qué sería el antineoliberalismo. Y aún más: de qué prácticas implica lo popular en su capacidad estratégica de construir antineoliberalismo. Ahí está el corazón del debate. Quienes denuncian la «ideología de género» proponen un combate al neoliberalismo a través de un retorno a la familia, al trabajo disciplinado como único proveedor de dignidad y a la maternidad obligatoria como reaseguro del lugar de la mujer.

El neoliberalismo, así, queda definido como una política y un modo de subjetivación de la pura disgregación del orden familiar y laboral. Que ese orden sea patriarcal, por supuesto, no es problematizado, sino ratificado. Llegamos a una suerte de contradicción lógica: ¿puede el antineoliberalismo sustentarse en un orden patriarcal cuya estructura biologicista y colonial es indisimulable? Esto es justamente lo que han dejado claro los feminismos en su radicalización masiva: no hay capitalismo neoliberal sin orden patriarcal y colonial. La trinidad es indisimulable.

El argumento que intenta instalar la doctrina de Francisco es que la «ideología de género» es «colonial» y «liberal». Parece paradójico que la institución que debe sus cimientos en nuestro continente a la colonización más cruenta enarbole un discurso «anticolonial». Parece paradójico que, en un momento en que la jerarquía de la Iglesia católica se ve impugnada por las denuncias de abuso sexual a menores por parte de sus integrantes, surja por arriba la bandera de un antineoliberalismo de corte miserabilista y patriarcal para señalar al feminismo como enemigo interno. Parece paradójico que en un momento en que el «inconsciente-colonial» como lo llama Suely Rolnik o las «prácticas descolonizadoras» de las que habla Silvia Rivera Cusicanqui tienen en los feminismos un enorme espacio de problematización y resonancia, sea la Iglesia católica apostólica romana la que quiere presentarse como anticolonial.

Veamos cómo se articula la contraofensiva eclesial con la contraofensiva económica. El ajuste económico de los últimos años, que en el caso de Argentina se traduce en inflación y aumento de tarifas básicas, en despidos y en recortes de servicios públicos, tiene especial impacto sobre las mujeres y, de modo más general, sobre las economías feminizadas. Varias integrantes de organizaciones sociales cuentan que no cenan como modo de autoajuste frente a la escasez de comida y para lograr repartir mejor lo que hay entre hijos e hijas.

Técnicamente se llama «inseguridad alimentaria». Políticamente, evidencia cómo las mujeres ponen de manera diferencial el cuerpo, también así, ante la crisis. Esto se ve reforzado por la bancarización de los alimentos mediante las tarjetas «alimentarias» (parte de la bancarización compulsiva de las ayudas sociales de la última década), que se canjean solo en ciertos comercios y que están «atadas» a la especulación de algunos supermercados a la hora de fijar precios. El fantasma del saqueo a los comercios de alimentos se agita como amenaza de represión e incentiva la persecución de las protestas en nombre de la «seguridad».

Encierro, deuda y biología. Con la contraofensiva económica vemos un rasgo fundamental del neoliberalismo actual: la profundización de la crisis de reproducción social que es sostenida por un incremento del trabajo feminizado, que reemplaza las infraestructuras públicas y queda implicado en dinámicas de superexplotación. La privatización de servicios públicos o la restricción de su alcance se traducen en que esas tareas (salud, cuidado, alimentación, etc.) deben ser suplidas por las mujeres y los cuerpos feminizados como tarea no remunerada y obligatoria.

Varias autoras han destacado el aprovechamiento moralizador que se articula a esta misma crisis reproductiva. Acá surge una clave fundamental: las bases de convergencia entre neoliberalismo y conservadurismo. Como sostiene Melinda Cooper, necesitamos situar cuándo el neoliberalismo, para justificar sus políticas de ajuste, revive la tradición de la responsabilidad familiar privada y lo hace en el idioma de… ¡la «deuda doméstica»! Endeudar a los hogares es parte de su llamado a la responsabilización neoliberal, pero al mismo tiempo condensa el propósito conservador de plegar sobre los confines del hogar cisheteropatriarcal la reproducción social.

Encierro, deuda y biología: tal es la fórmula de la alianza neoliberal-conservadora. La reinvención estratégica de la responsabilidad familiar frente al despojo de infraestructura pública permite esta convergencia muy profunda entre neoliberales y conservadores.

Esto lo vemos claramente en cómo la contraofensiva económica es también contraofensiva moralizadora y saca su fuerza del empobrecimiento acelerado, que tiene como espacio de expansión la financiarización de las economías familiares que hace que los sectores más pobres (y ahora ya no solo esos sectores) deban endeudarse para pagar alimentos y medicamentos y para financiar en cuotas con intereses descomunales el pago de servicios básicos. Si la subsistencia cotidiana por sí misma genera deuda, lo que vemos es una forma intensiva y extensiva de explotación que encuentra en las economías populares feminizadas su laboratorio.

Pero la torsión conservadora es un aspecto fundamental que intenta reforzar, por un lado, la obligación de contraprestación de la ayuda social con exigencias familiaristas como lógica de cuidado y responsabilidad; por otro, hace que las iglesias sean hoy canales privilegiados para la redistribución de recursos. Vemos consolidarse así una estructura de obediencia sobre el día a día y sobre el tiempo por venir que obliga a asumir de manera individual y privada los costes del ajuste y a recibir condicionamientos morales a cambio de los recursos escasos.

Caracterizamos así la contraofensiva económica como terror financiero porque se despliega como «contrarrevolución» cotidiana en dos sentidos: porque nos quiere hacer desear la estabilidad a cualquier costo y porque opera sobre el tejido del día a día, el mismo que los feminismos ponen en cuestión porque es allí donde se estructura micropolíticamente toda forma de obediencia. No es casual entonces que militancias políticas cercanas al Vaticano quieran construir un falso antagonismo: feminismo versus hambre. De nuevo, la operación consiste en infantilizar el feminismo como política trivial, de clase media, frente a la urgencia popular del hambre. Más bien lo contrario es cierto: no hay oposición entre la urgencia del hambre a la que nos somete la crisis y la política feminista. Es el movimiento feminista en toda su diversidad el que ha politizado de manera nueva y radical la crisis de la reproducción social como crisis a la vez civilizatoria y de la estructura patriarcal de la sociedad. A eso se contrapone una asistencia social focalizada (forma predilecta de la intervención estatal neoliberal), que busca reforzar una jerarquía de merecimientos en relación con la obligación de las mujeres según sus roles en la familia patriarcal: tener hijos, cuidarlos, escolarizarlos, vacunarlos.

Lo que la contraofensiva religiosa no soporta es que enfrentando al hambre se desafíe también el mandato patriarcal de la reproducción de la norma familiar, del confinamiento doméstico y de la obligación de parir. Lo que la contraofensiva religiosa busca en la contraofensiva económica es una oportunidad para reponer una imagen de lo popular como conservador y de lo conservador como genuino porque, de nuevo, trae una idea de lo «antineoliberal» que no hace más que ocultar la alianza entre neoliberalismo y conservadurismo que vemos hoy en el giro neofascista regional y global.

El movimiento feminista crece dentro de organizaciones diversas y por ello está presente en las luchas más desafiantes del presente, y desde ahí realiza los diagnósticos no fascistas de la crisis de reproducción social. El hambre no es una definición biologicista. Las jefas de hogar sacan las ollas a la calle y le ponen el cuerpo a la denuncia del ajuste, la inflación y la deuda. Las pibas en situación de calle discuten qué son las violencias de las economías ilegales. Las presas denuncian la máquina carcelaria como lugar privilegiado de humillación. Pero es necesario desconocer estos potentes lugares de enunciación para poder sostener el falso antagonismo «hambre versus feminismo».

Pero demos una vuelta más al vínculo actual entre neoliberalismo y conservadurismo. ¿Por qué se amalgaman en economías de la obediencia impulsadas desde la moral religiosa y desde la moral financiera? ¿Por qué esta alianza encuentra en las economías ilegales un flujo paralelo y a la vez explotable de armas y dinero? Podemos ir a una pregunta anterior que hemos desarrollado para hacer una lectura feminista de la deuda: ¿qué pasa cuando la moralidad de los trabajadores y las trabajadoras no se produce en la fábrica y a través de sus hábitos de disciplina adheridos a un trabajo mecánico repetitivo? ¿Qué tipo de dispositivo de moralización es la deuda en reemplazo de esa disciplina fabril? ¿Cómo opera la moralización sobre una fuerza de trabajo flexible, precarizada y, desde cierto punto de vista, indisciplinada? ¿Qué tiene que ver la deuda como economía de obediencia con la crisis de la familia heteropatriarcal? ¿Qué tipo de educación moral es necesaria para una juventud endeudada y precarizada? Como lo escribimos en Una lectura feminista de la deuda:
No nos parece casual que se quiera impulsar una educación financiera en las escuelas al mismo tiempo que se rechaza la implementación de la Educación Sexual Integral (ESI), lo cual se traduce en recortes presupuestarios, en su tercerización en ONG's religiosas y en su restricción a una normativa preventiva. La ESI es limitada y redireccionada para coartar su capacidad de abrir imaginarios y legitimar prácticas de otros vínculos y deseos, más allá de la familia heteronormativa. Combatirla en nombre del #ConMisHijosNoTeMetas es una «cruzada» por la remoralización de lxs jóvenes, mientras se la quiere complementar con una «educación financiera» temprana.

La respuesta eclesiástica a la contraofensiva económica es la reposición familiarista de la reproducción, el apuntalamiento de la obediencia a cambio de recursos, la despolitización de las redes feministas para enfrentar el hambre y la desestructuración de las familias como norma y el intento de remoralizar el deseo. La respuesta económica a la contraofensiva religiosa es unificar la moralidad deudora con la moralidad familiarista.

Tres: la contraofensiva militar.

El asesinato de lideresas territoriales, la criminalización de las luchas de las comunidades indígenas y la persecución judicial, así como formas de represión selectivas en las manifestaciones, se han incrementado en los últimos años. El asesinato de la activista lesbiana negra Marielle Franco en 2018 condensa el de muchas y en particular apunta a las mujeres negras y a las disidencias como nuevo «enemigo» y enemigo «principal».

Entonces, ¿cómo explicar la alianza actual entre neoliberalismo y neofascismos?

El fascismo actual es una política que construye un enemigo «interno». Ese enemigo interno está encarnado por quienes históricamente han sido considerados extranjeros en el ámbito «público» de la política. Hoy el enemigo interno al que apunta el fascismo es el movimiento feminista en toda su diversidad y los y las migrantes, como sujetos también feminizados. El fascismo actual lee nuestra fuerza de movimiento feminista, antirracista, antibiologicista, antineoliberal y, por tanto, antipatriarcal.

La agresividad del fascismo actual, sin embargo, no tiene que hacernos perder de vista algo fundamental: expresa un intento de estabilizar la continua crisis de legitimidad política del neoliberalismo. Tal crisis está siendo producida como despliegue de fuerzas por el movimiento feminista transnacional, plurinacional, que actualmente inventa una política de masas radical justamente por su capacidad de tramar «alianzas insólitas», para usar el término de Mujeres Creando, ahora en una escala inédita. Son esas formas prácticas de transversalidad las que materializan el carácter anticapitalista, anticolonial y antipatriarcal del movimiento. Las alianzas, como tejido político construido pacientemente en temporalidades y espacios que no suelen ser reconocidos como estratégicos, formulan una nueva estrategia de insurrección entre los históricamente considerados no ciudadanos del mundo.

Quisiera terminar con una pregunta recientemente lanzada por Butler, porque nos permite situar aún más precisamente la investigación que nos queda por delante: «Entonces podemos preguntarnos ahora si el movimiento de la ideología antigénero es parte del fascismo, o si podemos decir que comparte algunos atributos, que contribuye a los fascismos emergentes, o que es en algún sentido sintomático del nuevo fascismo».

Nota: este artículo es un adelanto del libro La potencia feminista. O sobre el deseo de cambiarlo todo (Tinta Limón, Buenos Aires, en prensa).

15 de septiembre de 2019

Yo soy feminista. Sobre la importancia y la significación social de ser feminista.

Por: Marisa del Campo Larramendi / Rebelión.

Los feminismos son uno de los pocos movimientos que actualmente ofrecen algo de resistencia a la incontenible ola reaccionaria que recorre el mundo. Con todos sus luces y sus sombras, las reivindicaciones y movilizaciones feministas “molestan” al poder realmente existente en su objetivo de vaciar de contenido democrático las instituciones de los ya de por sí devaluados sistemas parlamentarios burgueses en aras de alcanzar sus sueños de acumulación incesante e infinita de capital.

Pero no solo “molestan” a los poderosos, sino que determinados feminismos “perturban” con sus denuncias la conciencia de hombres y mujeres del común. Nada más atractivo para ese ser egoísta y conformista que todos llevamos dentro que los cantos de fraternidad o sororidad universal que entonan los coros y danzas del poder.

La unidad de la nación, bajo el palio de la soberanía del pueblo, como cortina que encubre la división real en clases; la unidad de los sexos, bajo la bandera de la igualdad, que oculta la auténtica estructura patriarcal de nuestras sociedad. Porque ahí está la bicha, no lo duden: la división en clases y la estructura patriarcal.

Los feminismos nos recuerdan a los hombres y a las mujeres que existe violencia de género aquí y ahora, en el piso de arriba, en la calle que vivimos, en la ciudad que habitamos. Violencia de género de baja intensidad en nuestras relaciones cotidianas; violencia de género de alta intensidad en el interminable rosario de asesinatos machistas.

Los feminismos nos recuerdan que son mujeres las que ocupan los lugares más inhóspitos de la escala social, que son mujeres la fuerza de trabajo más explotada por el sistema, que son mujeres y niñas la mayor parte del ominoso ejército de esclavos que aún subsiste en el mundo.

Los feminismos nos recuerdan que existe un techo de cristal para las mujeres; que los lugares de trabajo son espacios de acoso sexual sobre las mujeres; que en las calles, en las fiestas y en las noches ronda la perversión machista de creer que la mujer es objeto y propiedad del deseo incontenible del macho. Sí, esto y más cosas nos recuerdan los feminismos.

Y por eso molesta a los de arriba en su objetivo de acallar cualquier voz que se levante contra su poder; y por eso molesta a sectores de los de abajo en su deseo de que les dejen vivir tranquilos, de que no les perturben en su sueño de habitar el mejor de los mundos posibles, de que no les quiten esas micro ventajas que da la sociedad patriarcal incluso a los hombres pertenecientes a las clases sometidas. Sí, por eso el feminismo es atacado por tanto flautista de Hamelín, bella pluma del poder y corifeo del Leviatán.

Y siempre con los mismos “argumentos”: el rasgarse las vestiduras ante el irracional radicalismo feminazi; la vergonzosa insistencia en desconfiar de las víctimas; la hipócrita reivindicación de la presunción de inocencia del hipotético victimario; la hiperbólica denuncia de una supuesta guerra sin cuartel desatada contra el hombre; las angélicas llamadas a ser, antes que feministas, femeninas, personas, seres humanos fraternalmente unidos en la costilla de Adán; la abracadabrante teoría de la existencia de un poderosa conspiración compuesta por feminazis, maricones y bolleras dispuesta a hundir la moral de occidente, pervertir nuestros usos y costumbres e imponer una terrible dictadura de “lo políticamente correcto”; la reducción del carácter estructural del sometimiento de la mujer a casos extremos de individuos anómicos; la elevación de la anécdota a categoría, de la excepción a regla, por ejemplo si hay una denuncia falsa por maltrato se utiliza como “argumento” para negar la violencia sistémica contra las mujeres; la igualación de víctimas y victimarios, poniendo al mismo nivel el daño que sufren las mujeres con el acoso estructural en el trabajo y las penosas consecuencias que para un caso individual conlleva una acusación que resulte fraudulenta…

Sí, los feminismos tienen sus luces y sus sombras, poseen puntos en conflicto y desacuerdo – es por eso que no se debe de hablar de “feminismo” sino de “feminismos” pues existen diversas corrientes, algunas muy enfrentadas entre sí – Por ejemplo: la complicidad de algún feminismo con el liberalismo pseudo progresista y meritocrático, que olvida la discriminación hacia las mujeres de clase baja o de etnias marginadas; o la mitificación por otros feminismos de una supuesta naturaleza femenina que en buen parte reproduce conceptos patriarcales y es funcional al sistema; o el determinismo de algunas teorías feministas que pretenden encontrar la explicación de todo en una “estructura patriarcal” concebida de un modo mecanicista, como otrora el marxismo vulgar creyó encontrar la llave de la historia en el determinismo económico.

Sí, los feminismos han cometido y cometerán muchos errores… como toda praxis humana. Pero los feminismos tienen “la” razón, una razón poderosa, innegable, radical: vivimos en una sociedad patriarcal que somete a la mujer, que genera violencia contra la mujer, que impide su libre desenvolvimiento como ser humano. Y los feminismos tienen un objetivo profundamente ético, revolucionario y emancipador: acabar con ese estado de cosas. Por eso yo soy feminista.

2 de enero de 2018

Apuntes sobre el Feminicidio.

Por: Cecilia Zamudio / Pensamiento crítico. 

El patriarcado está sólidamente promovido por la superestructura del capitalismo: legitimando y normalizando siempre al machismo y sus aberrantes crímenes, porque forma parte de la jerarquización necesaria para el mantenimiento de un sistema de privilegios y exclusiones concatenadas. La degradación y cosificación de la mujer, promovida por los medios de alienación masiva, encuentra su más horrible expresión en el Feminicidio que no cesa, se incrementa. 

La Dictadura del Capital es la causa de este Feminicidio: es una cuestión sistémica, no de "locos" aislados.La permanente agresión contra las mujeres, en todas sus expresiones, encuentra su raíz en la podredumbre de este sistema. Los grandes medios, propiedad de grandes capitalistas, no cesan en su labor de alienación masiva, promoviendo la violencia y el machismo de manera incesante. 

Hay que señalar todas las responsabilidades del feminicidio: los futuros asesinos feminicidas están siendo cada día aleccionados en el irrespeto a la mujer, en la cosificación de la mujer.
Sin duda, entre las promociones más aberrantes de la violencia contra las mujeres, encontramos al porno y a la prostitución, que es la cosificación absoluta de un ser humano.
Los medios de alienación masiva buscan normalizar las explotaciones más aberrantes, usando incluso, para defender las prácticas cosificadoras, los discursillos más cínicos plastificando palabras como "libertad"... Cuando está claro que es la Dictadura del Capital la que dicta las seudo " libertades" o " elecciones" de las mayorías empobrecidas. Por ello es que la mayoría de mujeres prostituídas procede de países empobrecidos (países empobrecidos por el saqueo que perpetran las multinacionales que capitalizan sobre la destrucción de montañas y ríos, y sobre la explotación de los seres humanos).
A esas mujeres muchas veces no les queda otra "elección" que dejar a sus hijos morir de física hambre, o prostituirse.
Los capitalistas se aprovechan de la precarización de las condiciones de vida (que ellos mismos precarizan) para ampliar su cantera de esclavizables.
Cada día, los grandes capitalistas degradan más el planeta, y esclavizan y cosifican a más seres vivos.
Es urgente luchar contra este sistema perverso en el que los hombres-caja-fuerte capitalizan sobre la sangre, sudor y lágrimas de las mayorías.

#NiUnaMenos

8 de mayo de 2015

El largo y difícil camino del yo al nosotros.

Por: Javier Hernández Alpízar, de Zapateando Medios Libres.

Hasta ahora habíamos entendido al capitalismo como un 
Envío un abrazo y pido disculpas a los compas zapatistas y los compas de La Sexta por no poder estar físicamente presente en el Seminario, pero saben que incluso quienes no pudimos hacer el viaje hasta la sede estamos con ustedes desde nuestros lugares de residencia y de lucha.
Comienzo a teclear este texto solamente con la mano derecha porque me fracturé el meñique de la mano izquierda. Es un dedo pequeño, pero su fractura inutiliza mi mano y reduce mi capacidad de hacer muchas cosas, casi todo en más del 50%, es decir, si normalmente soy medio inútil, estoy hecho inútil y medio. Espero que cuando lea esto para los compas ya habré recuperado la movilidad de mi dedo y mi mano izquierda, la del lado del corazón, y seré no ya inútil y medio sino sólo medio inútil, como siempre. La mano, junto con su mano hermana, y el cerebro y todas las partes de mi cuerpo son una unidad orgánica, un nosotros que es más complejo que la suma de las partes. Por eso la metáfora del cuerpo es adecuada para hablar del nosotros, al menos desde San Pablo al referirse a la iglesia, la asamblea de los cristianos. Y aun ahora usamos la analogía del cuerpo o del tejido social para hablar de colectivo, del nosotros. Como dijera el emperador y filósofo Marco Aurelio, necesitamos a los otros seres humanos como una mandíbula necesita a la otra y, puedo atestiguar yo desde mi plebeyo ser, como una mano necesita a la otra. Sin embargo en ocasiones no nos lo parece, como la paloma que –decía el filósofo de la razón pura– podría imaginarse que volaría mejor sin el aire que la limita, en el vacío, así, en ocasiones quienes hemos sido educados en el mundo moderno individualista imaginamos que haríamos mejor las cosas sin colectivo, sin equipo y sobre todo sin asambleas que nomás nos ralentan y atrasan: queremos aplaudir con una sola mano o comer con una sola mandíbula, ser como la sonrisa sin gato del País de las Maravillas. Pero no podemos prescindir ni de un meñique, y menos del izquierdo: pensamos—vivimos con todo el cuerpo y en el nosotros en el cual y del cual participamos, somos el yo que quiere jugar a las robinsonadas, pero necesita siempre al menos un Viernes y, aunque no lo reconozca, necesita y no puede sobrevivir sin toda una lengua—cultura heredada: el nosotros precede al yo y la comunidad es una condición indispensable para su vida y desarrollo, su bien y hasta su mal, porque fuera de nuestra relación con un nosotros somos más un fantasma que un ser humano: así que más vale ser un pensador y participante activo de un nosotros vivo y actuante que soñar con ser librepensadores independientes de nuestra condición social y, al mismo tiempo no ser otra cosa que intelectuales orgánicos, y de clóset, del neoliberalismo: donde el yo cree independizarse y saltar sobre su condición social como quien brinca sobre su sombra mientras en realidad se convierte en el muñeco de ventrílocuo del capital que dice, como el poema de Nicanor Parra: “Yo soy el individuo”.
Por eso aunque hoy les hable en primera persona les hablo del nosotros y del largo y difícil camino del yo al nosotros: Como mi mano derecha que sabe que sin su mano izquierda no es nada, o casi nada, que no es lo mismo, pero… habla un yo que se confiesa deudor de un nosotros, y aun necesitado de un nosotros más fuerte. Que se sabe condicionado y por suerte acompañado de un nosotros, sabe que es a lo mejor un meñique o la uña de un meñique o del dedo más pequeño del pie izquierdo, pero que se sabe parte, partícipe de un nosotros más fuerte, sabio y aun más audaz que el puro yo solo con su cuerda y sus trucos. Mi nosotros es no solamente el colectivo Zapateando, del cual formo parte, sino La Sexta nacional e internacional y la izquierda, la de abajo primeramente y ante todo.
Los seres humanos, desde esa historia antigua y profunda que los académicos llaman “prehistoria”, hemos vivido en familias, tribus, clanes, pueblos. Sin embargo, la modernidad, nombre prestigiado para llamar a la era burguesa y capitalista, nos pretende seducir con el canto de sirena del individualismo: yo pienso, yo existo, yo conquisto, yo protagonizo. Como ya nos mostró la película Los Picapiedra, incluso en la edad de piedra el neoliberalismo, quintaesencia y quintacolumna del capitalismo, es retrógrado: es el camino de disolución social, del nosotros a la soledad egoísta, solipisista e idiota del yo. Y no es que ahora pretenda demonizar al yo, pues como decía un viejo profesor: “el individualismo es una ideología, pero el individuo no es una ideología”, sin embargo: el lugar natural—social del yo, del individuo, es la comunidad, el colectivo, el nosotros. Fuera, claro fuera imaginariamente como la paloma que imagina volar en el vacío, el yo es solamente una marioneta del capital, capital cuyo proyecto social y político, o mejor dicho antisocial y antipolítico, es disolver todos nuestros nexos, vínculos o relaciones humanas, intersubjetivas, interpersonales para hacer que nuestro único vínculo posible sea el dinero, vía asalariamiento, vía compra venta, contrato social mercantil, vía economía criminal, que no es más que capitalismo sin ambages ni cortapisas, químicamente puro. Así ya no somos un nosotros sino la masa anónima de los explotados o el ejército industrial de reserva, en competencia por ver quién alcanza a ganar un salario para sobrevivir y alimentar a la prole. Para el proyecto del dinero de ser el único vinculo social, toda relación humana no regulada por el mercado, la ley de la oferta y la demanda o de la ley a secas, guardiana de inversiones y ganancias, es un plan subversivo, o al menos potencialmente subversivo: vagancia, errancia, vicio de las clases peligrosas, estigma de los que Etore Scola llevó al buen cine neorrealista italiano como los sucios, feos y malos; en una palabra, los condenados y excomulgados por el Señor Dinero. Creo que no es una exageración de teólogos y filósofos decir que el dinero es el verdadero dios de los modernos, los individuos: ponen en él todas las esperanzas que antes del capitalismo se ponían en dios o en los dioses. Si como dijo Marx, todo lo sólido se desvanece en el aire y todo lo sagrado es profanado: en lugar de todo lo que antes era sólido, sagrado y orientador, jerarquizador, axiomático y axial, es decir madre (como cuando decimos que un río “se salió de madre”), hoy es sustituido por el dinero y por el orden social que pone al dinero, la propiedad privada, las megaempresas, como el sujeto social: la corporación (especialmente la transnacional) es la persona, en tanto que los humanos, salvo prueba monetaria solvente en contra, somos delincuentes en acto o en potencia, insurgentes en activo o latentes, terroristas o conatos de ello. Solo el dinero hace algunos seres de excepción: limpios, bellos y buenos. Todos los demás somos objeto de sospecha para la policía, los militares o los cuerpos armados privados: “si no tienen dinero para qué existen, su pobreza es prueba de su maldad y peligrosidad”. En la predestinación divina, lenguaje neoliberal en clave teológica, el dinero es prueba de quién ha sido elegido por dios. Los demás estamos condenados, ni siquiera el voto (alquimia que suma individuos en un nosotros abstracto e impotente) puede salvarnos. El dinero es el Amo del Calabozo del sistema y establecer relaciones sin su mediación es la mayor herejía, el mayor delito y el peor pecado. El pecado nefando de hoy es no adorar y sacrificarse al dios dinero: in dollar we trust.
Como nos mostró la película Los Picapiedra
El enfoque de criticar a la modernidad es fructífero, pero es aún muy abstracto; paradójicamente es fiel a la pasión moderna por abstraer. Pero ver la modernidad en clave de capitalismo burgués ayuda a concretar el escenario. Las relaciones entre mercancías, dinero y capitales operan preponderando, fagocitando, colonizando, parasitando, refuncionalizando, subordinando y subsumiendo todo: pueblos, territorios, ciudades, países, culturas, personas y, en todas partes, alterando y colonizando el “mundo de la vida” que dicen los filósofos alemanes, y miren que ellos vieron al fascismo crecer desde el huevo. Nuestras relaciones interpersonales cotidianas, ordinarias, las de todos los días están colonizadas, parasitadas y alteradas por el dinero y su prestigio, su sistema y métodos. El individualismo (repetimos: el individualismo como dispositivo ideológico, no el individuo como ser humano o persona de carne y hueso) es una de las estrategias de control. No es solamente el socorrido “divide y vencerás” entre personas, por el cual no se puede (y si se intenta es a contra corriente) formar colectivo, sino que, a contrasentido de su etimología, según la cual el individuo es átomo, indivisible, por dentro el individuo se encuentra dividido, desgarrado y vertido, volcado y avocado, hacia lo que lo domina (alienado). Su ser necesitado de nosotros es mediado por su determinación social, el individualismo, la ideología burguesa, el consumismo, la exaltación de valores que parecerían poder liberarlo, pero lo atan más. Como se atribuye al objeto del deseo (desde el genio del cuento hasta el psicoanálisis), nunca sacia su fuente. Como el Rey Midas, el perseguidor del dinero se ve rodeado de cosas, pero no puede saciar su hambre ni su sed. Lo que solamente podría humanizar el trato con otros humanos se vuelve un afán incurable que el dinero no sacia. Al contrario, aumenta esa fiebre del oro, esa ambición que ya no sabe su nombre y ese malestar que, con vidas afectivas cada vez más pobres, halla salida solamente en pasiones tristes: resentimiento, envidia, miedo, celos, odio y acorazamiento en el yo.
Todo esto tiene que ser así para que el dinero y el poder de la violencia y el dinero manden, dominen, imperen, gobiernen, opriman, exploten, destruyan. Por eso lo que dijo medio en broma en anterior seminario Jean Robert es cierto: “nos habían enseñado a pensar el capitalismo como un modo de producción, pero ahora tenemos que pensarlo como modo de destrucción”. La cuarta guerra mundial contra la humanidad, pero también contra el planeta: personas, pueblos, territorios, naturaleza, historia, dignidad, memoria: todo está bajo ataque.
Paralelamente al endiosamiento alienado del yo está la atracción por las masas, el kitsch de la gran marcha que dijo Milán Kundera o el fenómeno de las masas que en la multitud buscan calor ante el gélido clima del individualismo, pero más que organizarse se aglomeran alrededor de un símbolo que saca su poder del carisma, la fascinación que ejerce sobre ellas, y que sin embargo parece tenerlo por sí mismo: el líder fetiche. Son las masas que preocuparon y ocuparon a Elías Canetti en Masa y poder, a Erich Fromm en El miedo a la libertad y a Serge Moscovisci en La era de las multitudes. Se trata de dos caras de la misma moneda: la afirmación del yo que se siente por encima de sus determinaciones sociales y la atracción por las masas, porque son el sucedáneo del poder como mecanismo, como correa de transmisión de arriba abajo, de elite a base. Pero es también una relación incierta, como la que se da entre el deseo y el genio de los cuentos. Ante esas dos salidas en falso del yo al nosotros tenemos que buscar un nosotros que no se ordene vertical y autoritariamente desde un liderazgo carismático o una elite de mandarines y personalidades selectas. Una organización de vocación y fuerza e inteligencia nosótrica, en la cual el individuo, o mejor: la persona, el ser humano de carne y hueso, no sea sacrificado ni anulado sino arropado, potenciado como parte no alienada sino participante, pensante y crítica del nosotros. De ahí la importancia de que el EZLN invitara a adherir la Sexta no solamente a organizaciones y colectivos sino a personas a título individual. Falta encontrar la proporción, el respeto, la transversalidad del sujeto donde la voz de unos y otros se escuche y cuente. Ese camino no es fácil, pero sin él no hay paso a un nosotros sano, de personas y no de masas fascinadas. Un nosotros que no nos obligue al anonimato y la impersonalidad sino que nos haga seres libres en participando de un nosotros: un colectivo autocrítico, no la Gran Bestia que criticó Simone Weil.
Para ellos, nuestras historias son mitos,
Recientemente pude leer Filosofar en clave tojolabal, del maestro ya difunto Carlos Lenkersdorf (¡cuántos maestros han muerto!, acabamos de tener el homenaje a Luis Villoro y al maestro Galeano, pero la lista es larga y sin ser exhaustivos incluye Andrés Aubry, Carlos Montemayor, Jan de Vos, Raúl Jardón, la Comandanta Ramona, entre otros) y entendí que el nosotros de los tojolabales y de los pueblos mayas y los pueblos indios de México es abierto, ni siquiera solamente a la humanidad sino incluso a los otros en la naturaleza: plantas, animales, fuerzas naturales; por cierto el religarse con lo otro cósmico es una forma de religiosidad, y no necesariamente pasa por iglesias o cleros. Me parece claro que pensar sin incluir a ese nosotros humano-natural, como horizonte de sentido y comprensión, pero también de acción y de respeto, nos empobrece y debilita. Sin embargo, la dificultad está en que fuera de los pueblos indios y de grupos colectivos organizados que han construido ese nosotros, siempre en proceso de afirmación y de perfeccionamiento o debilitamiento (la dignidad humana no es un estado que se alcanza de una vez para siempre, sino una permanente actividad de humanizarse), al resto de los mexicanos nos divide la ideología liberal positivista reeditada por el neoliberalismo. El nosotros es visto con desconfianza, porque la ideología imperante cierra nuestro horizonte al individualismo, a la familia nuclear o al reducido grupo de los muy cercanos. Y el nosotros indígena es visto con desconfianza y miedo por un sector de la sociedad mexicana que arrastra la tara del racismo colonial. La política de terror de estado, capitalismo sin cortapisas, va generando deliberada y sistemáticamente mayores miedos y desconfianzas, aislamiento y debilitamiento del nosotros. Incluso en algunos de nuestros colectivos tiende a reproducirse el patronazgo capitalista bajo la retórica de la democracia: como el Rey Julien de Los Pingüinos de Madagascar no falta quienes dicen: “para esta importante misión trabajaremos en equipo, yo seré el equipo”.
Para esta importante misión trabajaremos en equipo
De manera que hoy día emitir o mejor dicho reproducir la voz: “Yo soy el individuo”, más allá de ser susceptible a una reducción al absurdo como la que escribiera una popular usuaria de redes sociales: “Si te crees original perteneces a la clase de los millones que se creen originales”, es producir un insumo invaluable para la reproducción del capitalismo imperante. Por el contrario, producirnos como seres de carne y hueso en resistencia pasa, sin negar la importancia de la persona, de cada persona concreta, por construir el nosotros o mejor los muchos nosotros anticapitalistas, antisistémicos. Sin este referente colectivo, plural, tan abierto como el nosotros que nos ha mostrado Lenkersdorf en los compas tojolabales, no pasaremos de resistencias espirituales que sólo sirven para un falso alivio de la conciencia individualista. Y no es que menospreciemos las resistencias espirituales, de conciencia o simbólicas, sino que pensamos como Simone Weil y como Marx que si las ideas no se encarnan en fuerzas materiales, fuerzas que actúan en el mundo, por libertarias que se quieran, simplemente no salen del limbo de las buenas intenciones. La conciencia se libera con todo el cuerpo, el personal y el del nosotros, o no se libera.
Vivimos un momento en el cual es clave el pensamiento del profesor normalista rural Lucio Cabañas, muy citado pero poco atendido: “ser pueblo, hacer pueblo, estar con el pueblo”, donde el verbo ser y los otros también nos debieran preservar de todo vanguardismo. No somos la elite que va a redimir al pueblo, somos parte de un pueblo que tiene tradición y memoria de lucha. Sin ese nosotros que incluye historia, memoria, saber, dignidad y formas de lucha colectiva, los afanes de educar al pueblo (tan parecidos a la ideología liberal hegemónica) simplemente nos llevarán al ridículo del lenguaje falsamente popular, plagado de refranes y símbolos pseudoreligiosos o fusiles de la tradición pero sin sustancia, y ya saben a quienes me refiero, los encuentran en la boleta electoral, hasta abajo y con letra chiquita.
Los compas zapatistas han dado pasos en el sentido del construir un nosotros nuestro, es decir autónomo, no subordinado a la elite mesiánica liberal. De ahí el cambio de interlocutor para ir más abajo hacia quienes la elite ilustrada ha visto solamente como carne de cañón de la revuelta o de los comicios. Hacia allá, hacia el nosotros autónomo, ha apuntado y debe apuntar el sentido de trabajo desde la Sexta Declaración de la Selva Lacandona hasta la Escuelita Zapatista y estos seminarios. Es la invitación a no reducirnos al activismo, y claro menos a la inacción o a ser una izquierda de consumo que solamente reproduzca lo que se acuña como eslogan arriba y en la centro-izquierda, sino un sujeto histórico autónomo, que tenga su propio análisis de la realidad (no digamos solamente la acción directa sino el pensamiento directo) e incluso su análisis de las tendencias. Y aquí nos ha faltado a los adherentes y simpatizantes de la Sexta más debate, y éste, más fraterno y menos caníbal, e incluso dialogar críticamente con el zapatismo, porque la invitación no es a formar una parroquia y ortodoxias adjuntas, un pensamiento de sacristía de abajo y a la izquierda equivalente al de marquetin del arriba y a la centro izquierda, sino un pensamiento crítico. Sin embargo, en general, nos ha faltado madurez; además de la inhibición de que cualquier crítica, por fraterna que sea, pudiera ser aprovechada por la contrainsurgencia, digamos como una entrevista a John Berger fue usada alguna vez por Poniatowska y La Jornada, traicionado a su entrevistado. La crítica, donde quiera invocada pero por nadie soportada, es tan sucia, fea y mala como nosotros, creo que La Crítica debe ser adherente a la Sexta. Por ello estos espacios son para el diálogo crítico entre pares, espacios propios, nuestros, para escucharnos con la paciencia que el asunto requiere.
BB King es precursor de La Sexta (
Me parece que los zapatistas hoy a esto nos invitan: a decir claramente cómo vemos el panorama: si también percibimos la tormenta que ellos ven, el diluvio que decía Karel Kosík que venía, y qué pensamos acerca de todo eso. Así que trataré, estoy tratando, de articular mi voz con los pensamientos de compas que han participado junto a los zapatistas desde la Sexta y aún antes y han visto tanto la fuerza como las fallas de las iniciativas zapatistas, y sobre todo porque desde la Sexta no solamente son fallas de los zapatistas sino de todos nosotros. Junto a la mayor virtud que hemos mostrado, que es sobrevivir y perseverar, lo cual no es poco con el país bajo ataque, con los pueblos zapatistas resistiendo el cerco contrainsurgente, percibimos la insuficiencia para construir un nosotros más amplio, más fuerte, más articulado. Entre otros síntomas vemos la asimetría entre pueblos indios, algunas pocas organizaciones y el resto que nos hemos debatido en la falsa disyuntiva entre el miedo al verticalismo y el espontaneísmo más frágil. Configurarnos como un nosotros antisistémico es tarea necesariamente de organización; hay riesgos, pero el peor de todos es no organizarnos y dejar que nos barra el diluvio. Los zapatistas están mostrando un afán de llamar incluso a quienes no hemos sido campeones de la ortodoxia. Están buscando propiciar un diálogo plural, porque antes ha sido insuficiente. El dialogo y el escucharse mutuos se han visto interrumpidos por la violencia y el tener que resistir en lo inmediato. Hoy México es un pueblo herido, una gran parte de él es víctima directa o indirecta de la violencia del poder y el dinero organizados criminalmente, pero nuestra fuerza, pensamiento, acción y organización no son aún visibles para muchos, y en muchos casos se ha percibido el ruido del teléfono descompuesto y no lo que realmente dicen los compas y decimos todos; sin olvidar a los sinvergüenzas como Guillermo Almeyra que han mentido y puesto en boca de los zapatistas cosas que jamás dijeron. Habría que pensar en un medio impreso o una serie de medios impresos que puedan llevar más allá de las publicaciones virtuales la palabra, la pluralidad y diversidad de los que somos, el debate abierto y esclarecedor. La Sexta nacional e internacional tiene que embarnecer y constituir una presencia que pueda retar al sistema y ser un referente de lucha para los muchos inconformes. Lo decía el difunto Bolívar Echeverría: la Sexta está señalando el monocultivo de una forma hegemónica de hacer política y pugnando por las otras formas de hacerla. Rebasando la perspectiva de las anteojeras liberales que no ven más allá de las urnas, desde La Sexta tenemos que abrir la política, abrirla al pensamiento, la voz, la palabra, la presencia y la lucha de quienes nos habíamos negado a ver o que simplemente no habíamos sido capaces de ver: no sólo quienes ya están organizados, sino aquellos cuya digna rabia busca el nosotros con el cual arriesgarse y compartir objetivos de lucha. Los familiares de nuestros compas desaparecidos de Ayotzinapa son el claro ejemplo, de su dolor han sacado el coraje y la dignidad de luchar. Como ellos hay muchas víctimas, tantas como esa masa de agraviados que mucho temor inspiraban al difunto Julio Scherer en la entrevista que hizo al finado Marcos en Xochimilco en 2001. El escenario que dibujaron en esa entrevista l@s zapatistas ya está aquí; hoy nos dicen que en el horizonte otean una tormenta y nos preguntan cómo lo vemos nosotros. Sin hacer una consulta, me parece que muchos contestaremos: “está cabrón”. En ese escenario, lo que vemos menos dibujado y perfilado es un nosotros a la altura del reto. En esto espero equivocarme, pero si no crecemos, en fuerza, en sabiduría y en organización, vamos en desventaja. Así que es urgente tejer e incluso reconstruir o remendar, para seguir la metáfora del tejido. Comenzando por hacerlo entre los propios adherentes. Un claro pase de lista: ¿quiénes se reclaman aún de la Sexta y reconocen su compromiso y a nosotros como compañeros? Y una política de reagrupamiento, de buscar las coincidencias que nos permiten ser uno y diversos: incluso con aquellos que diferencias no graves nos hayan distanciado. No es una tarea de coyuntura, es nuestra manera de prepararnos para lo que viene, para que podamos decir, ser y luchar como un nosotros; “firmes y dignos”, como decía un personaje de una película que mucho le gustaba a la compañera Marta de los Ríos, otra de nuestras muertas y nuestros muertos cuya memoria nos compromete.Lo llamamos FILOSOFAR, porque Grecia no ha

La asimetría entre las organizaciones indias y comunitarias y los colectivos adherentes y simpatizantes que tratamos de no despegarnos de las y los compas, pero que estamos lejos de alcanzar a embarnecer para ser cuerpos más sólidos y nosótricos (usando el neologismo de Lenkersdorf), no se debe a que unos sean mejores y otros seamos peores: es el resultado de nuestras historias, nuestra herencia del colonialismo y la resistencia. El desprecio colonial hacia los indígenas los separó, los excluyó y de esa manera también les dejó cierta distancia, una asimilación menor, casos de excepción, al estilo Benito Juárez, son la confirmación de la regla, donde la inclusión y asimilación significó aculturación. A los pueblos indios esa exclusión les permitió en mayor o menor medida conservar su cultura comunitaria; en cambio, a los sectores oprimidos, humillados, también colonizados pero incluidos de modo subordinado en el proceso asimilador del mestizaje (un hecho sobre todo cultural, encabezado por la lengua castellana y emblemático de la construcción artificial de un modelo de nación “moderno”, con rasgos conservadores y liberales) no fuimos tratados con las distancias que permitieran un mayor resguardo de nuestra cultura indígena; sino que nos pasaron por el proceso castellanizador y luego mexicanizador desde el modelo criollo. Pero tenemos el ejemplo de los compas tojolabales (seguimos basándonos en el libro mencionado de Lenkersdorf), quienes fueron peones acasillados durante el periodo que ellos llaman el baldío, y ahora han ido reconstruyendo su tejido comunitario y depurando los elementos de autoritarismo del acasillamiento, en el capitalismo real colonialista. Así tenemos que proponernos rehacer comunidad, con una revisión crítica de nuestros usos y costumbres, propios o asimilados, pero depurándolos del patriarcalismo, la guerra contra el mundo natural y los elementos funcionales al capitalismo que se han instalado y operan en muchos de nuestros modos de hacer.
No podemos depender solamente de las convocatorias zapatistas: en el marco de la Sexta podemos y debemos fortalecer lazos locales, regionales, nacionales e internacionales. Así que sin suplantar a los compas, cuya iniciativa nos convoca hoy, tenemos que organizarnos local, regionalmente, y ser presencia antisistémica en todo el país, y eso incluye todas las iniciativas que formen, construyan, sujeto social colectivo, nosótrico. Reiteramos: los compas, creo ver, nos necesitan más cómo compañeros maduros en diálogo que como perennes discípulos. Los zapatistas han emprendido un proceso formativo, de construcción, con la Escuelita Zapatista, y otras organizaciones del país parecen también voltear hacia la importancia de los proceso formativos, cada cual según su modo y su tradición, pero tienen que ser procesos no meramente informativos y organizadores en la coyuntura, sino constructores de un sujeto colectivo democrático capaz de sobrevivir, luchar y proponerse objetivos a largo plazo. Sin embargo, en el plazo mediano y el inmediato, el agravio contra el pueblo, los pueblos, las comunidades, los barrios, las organizaciones, las distintas generaciones de mexicanos y mexicanas, es un agravio que nos reta y exige respuesta. Trabajar con miras tanto al plazo largo, en el cual los pueblos indios son expertos, y en los plazos más inmediatos, en el cual los integrantes de la llamada sociedad civil hemos venido enfangándonos, requiere poner al día nuestras herramientas y aún nuestros entendimientos teóricos. Además de rebasar el kit de pensamiento del Instituto Nacional Electoral, que los analistas más convencionales acostumbran, tenemos que elaborar un claro retrato del enemigo. No es únicamente lo que el andamiaje teórico liberal (y cierta perspectiva anarquista) ve: el Estado, sino también el capitalismo, pero no solamente el capital leído en la perspectiva marxiana más ortodoxa, sino el patriarcado, y además, como lo saben los compas indígenas, el colonialismo de una manera de leer y manipular el mundo (llamada “occidental”) que está en perpetua guerra de conquista y exterminio contra los pueblos y contra la naturaleza. Estas aristas han sido tocadas en la Sexta, y no representan meramente un trabajo intelectual para abordarse en un curso, o un taller, o una temporada de intenso estudio: son la tarea que nos reta, que nos obliga a ser un sujeto colectivo, plural, amplio, diverso, que integre en su entender y en su estrategia de acción una manera de enfrentar todos esos factores que se suman, más por simultaneidad y retroalimentación que por complot, en esa suerte de tormenta perfecta que los compas zapatistas divisan en el horizonte. Tenemos que ser mucho más que un Arca de Noé para defender y salvar al sujeto social hoy mascarado, torturado, desarticulado, porque también estamos obligados a preservar los elementos vitales, históricos y culturales para que el mundo que sigue no sea más pobre y brutal, como parece dibujar la tendencia de la guerra y el desprecio por lo viviente, sino el mundo de la oportunidad para nuestros mejores sueños y valores, los de la música de la lucha, como decía el finado relator de los cuentos de Viejo Antonio.
Los compas zapatistas han seguido convocando en el marco de la Sexta Declaración y no han propuesto una declaración nueva; así que a menos que nos dieran la sorpresa con un documento de convocatoria nuevo, en el marco de La Sexta que nos compromete, tenemos que convocarnos a transitar del yo (o del colectivo y organización donde estamos) al nosotros que encare la tormenta, el diluvio, para que juntos logremos derrotar a lo que sea que salga de ahí.
Con la Hidra Capitalista nos tardaremos un poco
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