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12 de mayo de 2020

Haití: de la Revolución de 1804 a la crisis actual.

Por: Lautaro Rivara y Diana Carolina Alfonso / Memoria.


Una revolución breve y una contrarrevolución interminable.

Difícilmente podamos comprender la formación social haitiana y la crisis profunda del modelo neocolonial, neoliberal y post-estatal que la estructura, sin situarnos en el punto exacto de una larga parábola de recolonización del país, en lo que constituye la más extensa contrarrevolución de nuestra historia continental[i]. Haití, en ese momento Saint-Domingue, era una colonia francesa situada al oeste de la isla La Española, la segunda por extensión de las Antillas. Y supo desarrollar entre los años 1791 y 1804 la primera revolución social exitosa del hemisferio. La primera, dado que la Revolución de las Trece Colonias norteamericanas, aunque previa, revistió un mucho más acotado carácter político. Por primera vez en la historia de la humanidad, una rebelión esclava conquistaba un resonante triunfo político y militar, nada menos que en pugna con las mayores potencias militares de la época, en ese Caribe que el dominicano Juan Bosch caracterizó como una verdadera “frontera imperial” (2012). De la mano de Jean-Jacques Dessalines[ii], considerado de forma unánime como el Padre de la Nación haitiana pese al escamoteo o a la demonización occidental de su figura, Haití se bautizaría a si misma recuperando un viejo vocablo indígena[iii] y fundaría la Primera República Negra del mundo, rubricada con la constitución más avanzada de su tiempo[iv]. Si la figura masculina de Dessalines no ha pasado la trilla de las operaciones coloniales, qué decir de las mujeres que han quedado relegadas en la propia historiografía nacional patriarcal (ni mencionar la occidental), sobrecentrada en próceres y “prohombres”. Nos referimos a las mujeres que más allá de los roles auxiliares que les son atribuidos, han ocupado puestos capitales en el proceso revolucionario, sea en funciones civiles o militares: Suzanne “Sanite” Belair, Claire Heureuse, Catherine Flon, Marie Jeanne Lamartinière, Victoria Montou y tantas otras.
Esta revolución, la “más compleja y más completa” de la historia moderna, de vuelta en términos de Bosch[v], conjugó una gran cantidad de aristas y dimensiones que comenzaron a ser dilucidadas con la obra pionera del trinitense C.R.L. James (2013). Ésta fue una revolución antiesclavista exitosa que abolió la esclavitud 59 años antes que los Estados Unidos y 88 años antes que la Ley Áurea en Brasil[vi]. Fue una revolución social que movilizó a las masas esclavas contra la oligarquía propietaria, y que, en algunas de sus tendencias, expresó también reivindicaciones anti-plantacionistas y por ende anti-capitalistas. Fue una revolución descolonizadora que se valió de los elementos fundamentales de la entonces germinal cultura nacional haitiana, como la lengua creol, el vudú y la práctica del cimarronaje. Fue una guerra racial y antiracista que enfrentó, en coaliciones diversas y fluctuantes, a negros esclavos y libertos, mulatos y blancos. Fue una revolución que, en la citada Constitución de 1805, consagró derechos de avanzada para las mujeres como el divorcio vincular. Fue una guerra internacional con fases defensivas y ofensivas que involucró al propio Haití con su proyecto de decretar la libertad al otro lado de una isla considerada entonces “una e indivisible” por Toussaint Louverture[vii], a las tentativas restauradoras de la metrópolis francesa, y a los intereses geopolíticos cruzados de España e Inglaterra. Y fue, finalmente, una revolución nacional y de independencia que aseguró la soberanía popular de la isla y la desgajó del imperio colonial francés en el Caribe.

Sin embargo, esta gesta humana resulta hoy casi tan desconocida como hace dos siglos. Baste mencionar que Eric Hobsbawm, un escritor canónico de la izquierda académica, fue capaz de escribir un libro como La Era de la Revolución, 1789-1848, en el que la revolución haitiana es relegada a dos menciones presurosas y una nota al pie, tal y como nos los recuerda el historiador haitiano Michel-Rolph Trouillot (2017). Ni mencionar lo acontecido en la historiografía francesa tras la derrota colonial del ejército mejor armado y más experimentado del mundo, consumada la pérdida irremediable de una colonia fabulosamente rica que era a la vez el centro de experimentación de un modelo de producción no clásico de “capitalismo de esclavitud”, como se desprende del estudio pionero de Eric Williams (2011). Allí, la reacción intempestiva ordenada por Napoleón fue la virtual prohibición de mencionar a Haití en la literatura, la historiografía y los demás soportes de la memoria nacional-estatal. Recuérdese, por caso, que deberían pasar 206 años desde la gesta revolucionaria para que un presidente de la ex metrópoli visitase Haití, y no sin mediar la presión generada por el devastador terremoto que sacudió a la isla en enero de 2010. En marzo, el ex presidente Jacques Chirac declaraba: “Haití no ha sido, propiamente hablando, una colonia francesa”[viii].

El proceso de recolonización comandado por las oligarquías regionales y nacionales de América Latina y el Caribe, plantacionistas o hacendatarias, tuvo por finalidad asegurar la continuidad, en sus trazos fundamentales, de una estructura de clases racializadas. De desmovilizar a las masas indígenas, negras, mestizas y/o campesinas que habían conformado los ejércitos de liberación e impuesto algunos de los puntos programáticos más avanzados. Y de sostener, ahora bajo élites de recambio blanco-criollas, un régimen de acumulación  y una modalidad de inserción dependiente y extrovertida en el mercado capitalista. En Haití, por la profundidad, complejidad y completitud de la Revolución, el proceso recolonizador debió abocarse también a desmontar una serie de conquistas legadas por el propio ciclo revolucionario, de una radicalidad que ningún proceso político moderno volvería a conocer.

Si en otras latitudes la coyuntura post-revolucionaria fue ante todo un freno de mano, en Haití implicó un gran salto hacia atrás contra diversos avances: la reforma agraria de Dessalines y la prohibición de la titularidad extranjera de la tierra; la destrucción física de la antigua clase propietaria sea como causa de la guerra socio-racial, el exilio a otras colonias o la lisa y llana eliminación física de los colonos propietarios blancos; la abolición de los fundamentos racistas de la ciudadanía política; el empoderamiento fáctico de mujeres que asumieron roles militares con comando de tropa; la destrucción, en algunas regiones, de la propia infraestructura económica plantacionista, quemada en la política de tierra arrasada de la llamada “armada indígena”; la radical y pionera abolición de la esclavitud, obtenida ya no como concesión precaria sino manu militari; la consolidación de ciertos elementos centrales de la cultura nacional-popular haitiana como el vudú, que rápidamente quedó excluido como culto formal y empezaría a ser perseguido por el Estado hasta llegar a la firma del Concordato con la Iglesia Católica en el año 1860[ix]; y por último, la sedimentación y consolidación de una memoria política cimarrona e insurreccional, operante hasta nuestros días. Nuestros estudios y aproximaciones a procesos revolucionarios como el cubano, el haitiano o el granadino, nos conducen a una hipótesis: todo proceso revolucionario, parcialmente retrotraible en sus alcances, sedimenta sin embargo conquistas irreversibles, sea en la memoria oral, la subjetividad nacional o las prácticas políticas y organizativas de las clases populares. Sólo así es posible comprender la imposibilidad histórica de estabilizar los regímenes de dominación en Haití y la proclividad de las clases populares a la insurrección permanente. La historia larga del país hasta nuestros días implica siempre un intento de reactualizar o recuperar aquel legado trunco de la revolución, en torno a aspectos como la soberanía y la autodeterminación nacional, el modelo económico y de desarrollo, la política agraria, la cultura y la religiosidad popular, etc.

Neoliberalismo, neocolonialismo y post-estatalidad: una formación social más allá del umbral.

En la actualidad, caracterizamos a la formación social haitiana como neoliberal, neocolonial y post/paraestatal. Respecto a su carácter neoliberal no nos extenderemos demasiado, en tanto el neoliberalismo ha sido profusamente estudiado en nuestro continente en las últimas décadas. Tan sólo señalaremos que la implantación del neoliberalismo en Haití, comenzada durante los últimos años de la dictadura de Jean-Claude Duvalier (Baby Doc), implicó aquí no solo un proceso de privatización de empresas públicas, liberalización comercial y financiera y desindustrialización. El rol asignado a Haití en la división internacional del trabajo fue perfecta y trágicamente sintetizado por un inefable “amigo de Haití”, el ex-presidente estadounidense Bill Clinton: de lo que se trataba era de hacer del país el Taiwán del Caribe. Más allá de la explotación de minerales como la plata, el cobre, el oro y la bauxita por parte de trasnacionales canadienses y estadounidenses, y más allá de la presencia de economías ilícitas como el narcotráfico que utilizan al país y sus islas adyacentes como estación de paso hacia el mercado norteamericano, el principal recurso de exportación de Haití, su auténtica commoditie, es hoy por hoy la miseria. La pauperización general de la población, la ruina agrícola y el éxodo campesino, la destrucción ya no sólo de iniciativas industrializadoras sino incluso de la más elemental agroindustria, la heteronomía alimentaria inducida en asociación con el complejo agroexportador dominicano y estadounidense, la devaluación  de la moneda nacional, el desempleo masivo, el hambre y la inseguridad alimentaria, entre otros fenómenos, depreciaron los salarios hasta hacer de la fuerza laboral haitiana una de las más baratas y superexplotadas del hemisferio.

Esta superexplotación relativa permitió el desplazamiento de segmentos de las cadenas de valor globales instaladas en el sudeste asiático hacia Haití, que comenzó a desarrollar el modelo de las zonas francas industriales, más conocidas como maquiladoras, en donde miles de trabajadores y trabajadoras ensamblan o confeccionan piezas electrónicas o textiles para el cercano mercado estadounidense[x]. Sin más industria que los enclaves mineros o las propias maquiladoras, sin agroindustria ni cultivos de exportación rentables, y con la tradicional economía campesina arruinada, el país fue condenado a malvivir de las remesas de su nutrida diáspora y de la inyección de recursos de la llamada “cooperación internacional al desarrollo”[xi]. El resto de la economía, intra y extramuros, se asienta en la pesada labor de mujeres que acumulan jornadas domésticas extenuantes entre el lavado de ropa a mano, la cocina a carbón de leña, la crianza de los niños y el cuidado de los enfermos. Con arduas tareas agrícolas en la roturación de la tierra, la siembra, el riego y la cosecha. Con labores de comercialización que articulan la producción rural con el abastecimiento de Puerto Príncipe y otras ciudades. Y con la propia venta al menudeo en los populosos mercados callejeros de todo el país. Como las cariátides atenienses, las mujeres haitianas sostienen sobre sí el peso del cotidiano y pagan los costos más onerosos de una formación social llevada hasta el umbral de su propia reproducción.

En síntesis, hoy encontramos la misma reciprocidad coactiva que en los tiempos del monopolio comercial impuesto por la colonia, sólo que bajo otra ecuación. Si antes los flujos eran la exportación de azúcar y otros productos tropicales a cambio de manufacturas de lujo para la ociosa clase dominante, hoy lo que encontramos es la exportación de minerales y mano de obra barata (más explotada aún en su feminización e infantilización), y la importación de remesas y dinero de la llamada “ayuda humanitaria”. Este modelo no puede dar lugar más que a clases sociales estructuralmente débiles. Si de un lado encontramos una clase dominante conformada por una oligarquía y una burguesía improductivas, rentistas e importadoras, del otro lado encontramos a las inmensas mayorías populares compulsivamente homogeneizadas en su pauperización: precarios, informales, excluidos, campesinos, vendedoras y comercializadoras, pobres urbanos. Entre medio, una pequeña burguesía exigua, hipercolonizada y diaspórica, carece de acceso a empleos de calidad en el ámbito privado o a puestos estatales suficientes en los que reproducirse.

Este esquema, que explica en el país la sobredeterminación política del frente internacional, ha comenzado a colapsar por la maduración de sus propias contradicciones. El correlato  directo de la debilidad estructural de las clases dominantes es su recurrencia a potencias internacionales que puedan arbitrar sus conflictos insolubles. Esto, sumado a la importancia geoestratégica de la región Caribe en general (Ceceña, Barrios, Yedra, Inclán: 2010) y de la Isla La Española en particular, explican la subordinación neocolonial de un país que ha sufrido, tan sólo en los últimos años, tres intervenciones internacionales de los Estados Unidos, Francia y Canadá, o por la acción conjunta de fuerzas multilaterales. Las presuntas misiones de “estabilización” y “justicia” de las Naciones Unidas (las últimas desarrolladas entre el 2004 y el 2019), el estimulo a grupos dilencuenciales y la infiltración de paramilitares desde los EE.UU., juegan el mismo rol que jugaban las expediciones punitivas de los comisionados franceses en los tiempos de la Revolución: forzar desde el exterior un orden interno que el propio sistema es incapaz de garantizar, en tanto no puede promover el más mínimo consenso en las inmensas mayorías populares. Esto explica también otra singularidad de la sociedad haitiana: la coexistencia, aparentemente contradictoria, de altísimos niveles de conciencia y movilización popular espontánea, con bajos niveles de organización. Esto, debido también a fenómenos como la precariedad material, la heteronomía financiera de los movimientos rurales y urbanos, la migración de los elementos mejor cualificados hacia el exterior, los procesos de cooptación por parte de las ONGs trasnacionales, la crisis de representación generalizada que surge del descrédito del sistema electoral y de partidos, la atomización de las fuerzas progresistas y de izquierda, etc.

En Haití, como en el resto de las formaciones sociales neoliberales “maduras”, la política represiva se vuelve fundamental, sea a través del despliegue de las fuerzas armadas (disueltas en Haití en la década del ’90), los golpes de estado, los asesinatos y masacres selectivas, la movilización y estímulo a grupos paramilitares, el decreto de estados de sitio y excepción, o el control poblacional merced al terror impuesto por el narcotráfico y el crimen políticamente organizado[xii]. De lo anterior se desprende otra vinculación, aquella que se da entre la conquista del cuerpo de las mujeres y el “cuerpo de la nación”. Como lo sostiene la socióloga y referenta feminista haitiana Sabine Lamour, coordinadora general de la organización SOFA, hay una correlación directa entre las políticas de ocupación y control territorial y las violaciones masivas y sistemáticas, al menos desde la ocupación norteamericana de 1915-1934[xiii]. Esto se ha reeditado en cada coyuntura de injerencia internacional, como lo demuestra la participación de Cascos Azules en casos de violación sistemáticos y en redes de explotación sexual de niñas, niños y mujeres, así como en las violaciones que acompañan las masacres cometidas contra las poblaciones rurales y urbanas movilizadas contra las políticas del gobierno de Jovenel Moïse. Por eso es que la organización SOFA y otras desarrollan un feminismo estrictamente articulado a las demandas soberanistas y anti-imperialistas del conjunto del movimiento popular.

Partiendo de lo antedicho es que hablamos de la post o paraestatalidad en Haití, al menos si nos guiamos por las definiciones clásicas de lo que es o debiera ser un Estado-nación moderno. El estado haitiano, sin haber desaparecido, languidece sin un control efectivo del territorio, sin un monopolio ni real ni aparente de la fuerza, sin control soberano sobre las pequeña ínsulas que lo rodean, sin fuerzas productivas propias, con una institucionalidad política fracturada, con servicios sanitarios, educativos y gubernamentales que atraviesan largos períodos de parálisis durante las protestas, y con un país sujeto al artículo VII de la Carta de las Naciones Unidas, y por tanto, bajo la autoridad de su Consejo de Seguridad. Y sin embargo, Haití no es un país anárquico ni en guerra.

Pero entonces, ¿cuáles son las formas de gestión de lo común en Haití? ¿Qué y quiénes garantizan el orden en esta post o para-estatalidad? Es aquí donde encontramos soberanías múltiples, yuxtapuestas y contradictorias. Empresas multinacionales que señorean las regiones mineras, iniciativas turísticas de gran porte que monopolizan las franjas costeras, fuerzas internacionales de ocupación, ONGs de alcance trasnacional que manejan varias veces más fondos que el Estado nacional, grupos criminales territorializados, e incluso iglesias neopentecostales capilarmente situadas en toda la geografía nacional con un prédica notablemente influyente. Todos estos actores cohabitan, articulan y eventualmente disputan la gestión del territorio. Es decir que, más allá del Estado capitalista modélico, existen formas post o paraestatales de gestión de lo común y del territorio aún más conflictivas, desiguales y violentas. Y es que aún más dramática, por ejemplo, que la represión a cargo de fuerzas de seguridad legales, visibles y punibles, es la represión fantasmagórica de grupos paramilitares infiltrados, al margen del derecho, invisibles para los medios de comunicación e inmunes a toda forma de control social. Ahora bien, este carácter post-estatal (que no niega, sino que se complementa con la estatalidad en su sentido clásico), no nos permite suscribir las tesis en boga de los “estados fallidos”, “estados frágiles”, “estados dilicuescentes”, “entidades caóticas ingobernables” o “low income country under stress[xiv]. Toda esta terminología, acuñada por los tanques de pensamiento liberal y occidental, comparten una característica: la de cifrar en causas puramente endógenas el colapso de formaciones nacionales enteras, soslayando el rol que las guerras imperialistas o las políticas neoliberales han tenido en su regresión infinita. Más que un estado fallido, el de Haití es un estado impedido en su conformación soberana, que demuestra a la vez cuáles son los últimos umbrales a los que pueda ser arrastrada una sociedad por la continuidad ininterrumpida de décadas de políticas neoliberales, imperiales y neocoloniales.

Es esta formación social regresiva, resultante de un fenomenal y extenso proceso contra-revolucionario, la que ha entrado en crisis hasta un punto que caracterizamos como de “bifurcación y no retorno” (Rivara, 2019). Lamentablemente, el aproximado millón y medio de personas que se movilizaron en julio del 2018 en Haití contra las políticas del gobierno nacional y del Fondo Monetario Internacional que buscaban elevar hasta un 51% el precio de los combustibles, no fueron noticia para la llamada “comunidad internacional”, ni tampoco, es necesario precisarlo, para buena parte de los partidos de izquierda y los movimientos sociales del continente. Paradójicamente, mientras las fuerzas progresivas del hemisferio teorizaban una segunda oleada insurreccional con la que frenar la ofensiva colonial-imperial y permitir el relanzamiento de los procesos  antineoliberales en la región, se desarrollaba una fenomenal insurrección popular de masas que pasaba desapercibida para propios y extraños.

Dimensiones de una crisis.

Como vimos, diversas operaciones de silenciamiento y tergiversacion colonial han sido recurrentes en la historia de la nación haitiana, y se repiten de forma incesante. La actual crisis, por ejemplo, sin importar su magnitud, su radicalidad, o su carácter pionero de los levantamientos antineoliberales casi generalizados que atravesaron el continente durante todo el año 2019, se mantiene en penumbras. En noviembre del 2018, el debut de la primera movilización de algunos miles de ciudadanos parisinos en lo que más tarde conformaría el llamado movimiento de los “chalecos amarillos” alcanzaba rápidamente resonancia global, suscitando una cascada de opiniones de apoyo o rechazo, elogios o invectivas. Sin embargo, el millón o millón y medio de personas que se movilizaron en julio del 2018 en Haití contra las políticas del gobierno nacional y del Fondo Monetario Internacional para elevar hasta un 51% el precio de los combustibles (una cifra escalofriante si la extrapolamos a otros países, considerando que Haití es una nación de 11 millones de habitantes) no fueron noticia para la llamada “comunidad internacional”. Desde entonces (y también considerando la historia larga del país) los episodios de crisis y movilización en Haití han estado signados por esas tres características: masividad, radicalidad e invisibilidad.

Tras la fallida tentativa de aumentar los hidrocarburos, otros catalizadores han azuzado la movilización. Entre mediados y fines del 2018 se fue volviendo cada vez más evidente la existencia de un desfalco de fondos públicos de proporciones, por el cual la clase política haitiana (a la que ya hemos caracterizado) se apropió de forma ilícita de al menos 2 mil millones de dólares de la plataforma de integración energética Petrocaribe, tal y como fue documentado por sendos informes presentados por el Senado y por el Tribunal Superior de Cuentas. Finalmente, luego de una tregua a comienzos del 2019, los últimos meses del año estarían atravesados por una crisis energética grave que dejó al país sin suministro de hidrocarburos, produciendo el recrudecimiento de la crisis económica, y, en conjunto con las masivas y cotidianas movilizaciones, la practica paralización de la vida gubernamental y civil.

Por su parte, la dependencia de Haití en todos los niveles, la política neocolonial sostenida por los Estados Unidos y otras naciones occidentales, así como el derecho de tutela ejercido por la ONU y otros organismos supranacionales, han predispuesto a una cada vez más decisiva injerencia de los actores externos en la crisis que atraviesa el país.  Esta injerencia reconoce varias modalidades, desde la presión diplomática y la coacción financiera de los organismos multilaterales de crédito, hasta la permanencia de misiones “civiles” en el país y la infiltración permanente de paramilitares extranjeros que aterrorizan a las poblaciones. Estos actores devienen así en el último y decisivo sostén del gobierno tras la caída de la última mascarada institucional, haciendo que las opciones de fuerza ganen preponderancia. Sin un Primer Ministro en funciones, sin presupuesto nacional, con el aplazamiento indefinido de las elecciones parlamentarias, con el mandato de los senadores caduco, y con la asunción del presidente de un gobierno por decreto que contraviene la carta constitucional, Haití ha inaugurado formalmente el último gobierno de facto de América Latina y el Caribe.

En respuesta, las mayorías populares, con un destacado protagonismo de las juventudes urbanas periféricas, pero cada vez más articuladas también a las zonas rurales y los movimientos campesinos, han creado y actualizado en este tiempo métodos de acción directa como las llamadas operaciones de peyi lock (país bloqueado), tendiente a impedir la movilidad de bienes, capitales y personas, incluso de agentes de seguridad, por todo el territorio nacional. Paralelamente a este proceso de insurrección popular permanente, las fuerzas nacionales, progresistas y de izquierda, fuertemente atomizadas desde la implosión de la coalición Lavalas que llevó a Aristide al poder, comenzaron a reagruparse en diversas plataformas, elaborando diferentes programas de transición y ruptura con el orden establecido.

Tras el previsible y nuevo impasse de fin de año, ya las diversas fuerzas en pugna comienzan a acumular fuerzas para nuevas coyunturas decisivas. Mientras que las clases dominantes locales e imperiales intentarán profundizar las dinámicas caotizantes y represivas de una formación social como la que analizamos, las clases populares comienzan a recuperar las aristas programáticas, los métodos de lucha y también la dimensión místico-simbólica de la gesta revolucionaria de 1804. La larga confrontación entre revolución y contra-revolución, pese a la acumulación de derrotas duras pero provisorias y de victorias breves pero esperanzadoras, aún no ha dicho su última palabra.
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REFERENCIAS

Alfonso, Diana Carolina (2019). “Haití y la raza: tensiones y contradicciones para el feminismo antirracista y plurinacional”. Disponible en: https://notasperiodismopopular.com.ar/2019/11/21/haiti-raza-tensiones-contradicciones-feminismo-antirracista-plurinacional-i/
Basile, Gonzalo. “La geopolítica de la colonialidad ética del Sistema Internacional de Cooperación: el caso Haití” en (Bosch, Matias; Acosta Matos, Eliade; Pérez Vargas, Amaury, edit.) (2018). Masacre de 1937: 80 años después. Santo Domingo: Fundación Juan Bosch.
Bosch, Juan. (2017). Para comprender Haití: textos selectos. Santo Domingo: Fundación Juan Bosch.
Bosch, Juan. (2012). De Cristóbal Colón a Fidel Castro: el Caribe frontera imperial. Santo Domingo: Fundación Juan Bosch.
Ceceña, Ana Esther et al (2010). El Gran Caribe. Umbral de la geopolítica mundial. Quito: Observatorio Latinoamericano de Geopolítica.
Césaire, Aimé (1962). Toussaint Louverture, la Révolution Française et le problème colonial. Paris: Présence Africaine.
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Corten, André (2013). Haití y República Dominicana, miradas desde el siglo XXI. Pétion-Ville: C3 Editions.
Deive, Carlos Esteban (comp.) (2019). 101 escritos de Toussaint Louverture. Santo Domingo: Archivo General de la Nación.
James, C.R.L. (2013). Los jacobinos negros: Toussaint L´Ouverture y la Revolución de Haití. Buenos Aires: Ediciones RyR.
Rivara, Lautaro (2019). “La crisis de Haití: punto de bifurcación y no retorno” en Revista América Latina en Movimiento, n° 546, diciembre 2019, Quito.
Seitenfus, Ricardo (2016). Reconstruir Haití: entre la esperanza y el tridente imperial. Buenos Aires: CLACSO.
Tricontinental, Instituto de Investigación Social (2019). “La tasa de explotación: el caso del iPhone”. Cuaderno n° 2. Disponible en: https://www.thetricontinental.org/es/la-tasa-de-explotacion-el-caso-del-iphone/
Tricontinental, Instituto de Investigación Social (2018). “La insurrección popular haitiana y la nueva frontera imperial”. Dossier n° 8. Disponible en: https://www.thetricontinental.org/es/la-insurreccion-popular-haitiana-y-la-nueva-frontera-imperial/
Trouillot, Michel-Rolph. (2017). Silenciando el pasado. El poder y la producción de la Historia. Granada: Editorial Comares.
Valdes León, Camila y Voltaire, Frantz (coord.) (2018). Antología del pensamiento crítico haitiano contemporáneo. Buenos Aires: CLACSO.
Vastey, Jean Louis. (2018). El sistema colonial develado. Buenos Aires: Ediciones del CCC.
Wargny, Christophe (2008). Haïti n’existe pas: 1804-2004, deux cents ans de solitude. Autrement: Paris.
Williams, Eric. (2011). Capitalismo y esclavitud. Madrid: Traficantes de sueños.
Zardoya Loureda, Rubén (2014). “La revolución haitiana en el pensamiento de Juan Bosch” en República Dominicana y Haití, el derecho a vivir (Bosch, Matias et al), Santo Domingo: Fundación Juan Bosch.
NOTAS
[i]       Jean Louis Vastey, canciller y secretario del Rey Christophe, advertiría tempranamente sobre los riesgos de la recolonización post-revolucionario en su obra El sistema colonial develado (1814) y otros textos subsiguientes.
[ii]      Un explicable sesgo ha privilegiado en el exterior el culto, por sobre la figura de Dessalines, de aquella otra de Toussaint L’Ouverture, quién pese a sus grandes méritos de estadista y a su comando de buena parte del proceso revolucionario, no expresó la línea más avanzada de la Revolución ni logró conducirla hacia la victoria. Obras clásicas como la de Aimé Césaire (1962) o la de C.R.L. James (1938) han contribuido a este sesgo, tal vez influidos por los estereotipos   que hicieron de Dessalines una figura bárbara y sanguinaria.
[iii]     “Ayiti” según su denominacion en creol, la lengua nacional y popular de Haití, aunque el Estado persista prácticamente sujeto al monolingüismo en francés.
[iv]    Se trata de la Constitución Imperial de 1805, disponible íntegra en la web: https://decolonialucr.files.wordpress.com/2014/09/constitucion-imperial-de-haiti-1805-bilbioteca-ayacucho.pdf
[v]     Para un excelente análisis de la evolución del análisis de Bosch sobre la Revolución Haitiana, y sobre sus diferentes dimensiones, véase el texto de Zardoya Loureda (2014) o los diversos artículos en Bosch (2017).
[vi]    Nótese que se trato de aboliciones más nominales que efectivas.
[vii]   Véase la reciente e interesante compilación de 101 de sus textos y discursos más diversos de Deive, Carlos Esteban (2019).
[viii]  Para un estudio de las relaciones de Francia con su ex colonia véase: Wargny, Christophe (2008).
[ix]    Sobre el Concordato, y en general sobre sobre el amplio y apasionante tema del vudú y su rol en las luchas antiesclavistas y anticoloniales, recomendamos la obra de los intelectuales haitianos Jean Casimir y Laënnec Hurbon.
[x]     Cabe destacar que éstas industrias serían inviables de ser producidas según los costos y las leyes laborales vigentes en los países centrales, por lo que el emplazamiento de sus plantas en las periferias y la utilización de mano de obra super explotada son datos estructurales y no accesorios. Véase por ejemplo el estudio del Instituto Tricontinental sobre la tasa de explotación de los teléfonos iPhone (2019).
[xi]    Recomendamos sobre el tema un artículo de Basile (2018) y el libro de Seitenfuns (2016).
[xii]   Algunas datos sobre la política represiva pueden encontrarse en los últimos informes de Amnistía Internacional, disponibles en: https://www.amnesty.org/es/latest/news/2019/10/haiti-amnesty-verifies-evidence-excessive-force-against-protesters/
[xiii]  Entrevista inédita realizada en Puerto Príncipe en el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
[xiv]  Algunos de estos conceptos problemáticos son abordados, aunque con un enfoque que no suscribimos, en Corten, André (2013).

24 de octubre de 2019

Latinoamérica Vs. el neoliberalismo: capítulo Haití. Conversación con Lautaro Rivara.

Por: Prensa Corriente Revolucionaria Bolívar y Zamora / Todos los puentes.
 

Puerto Príncipe se encuentra paralizado. Escuelas cerradas al igual que los centros médicos y cualquier otro organismo estatal hace más de un mes. Un país invadido a través de la Minustah (Misión de Estabilización de las Naciones Unidas para Haití). Las masivas movilizaciones del pueblo haitiano acorralan día a día al gobierno de Jovenel Moïse. Latinoamérica y otro capítulo en la lucha contra el neoliberalismo.

Hoy, al cumplirse un nuevo aniversario del asesinato de Jean Jacques Dessalines, el esclavo que se convirtió en el líder de la revolución haitiana y su independencia, el país se encuentra en una abierta disputa en las calles entre un modelo que, al igual que en resto de la región, se arma de balas y va dejando muertos para imponerse, y un pueblo entero que en las calles rechaza las consecuencias del mismo. Hablamos con Lautaro Rivara, militante del Frente Patria Grande (Argentina). Miembro de la Brigada Dessalines, una brigada de solidaridad permanente de las organizaciones de Alba Movimientos y la Vía Campesina, que está próxima a cumplir los 10 años en el país.

¿Cuál es el estado actual de la situación en el país? ¿Cuáles son las causas de las actuales manifestaciones?

Actualmente estamos en una situación crítica. Entramos en la sexta semana de protestas del último ciclo de una larga crisis. Estas protestas surgen a partir de la crisis energética. Ésta generó un desabastecimiento del combustible en todo el país, y sus consecuencias, principalmente el encarecimiento de los precios a nivel nacional.

Esto en el contexto de un país con características fuertemente desiguales, activamente empobrecido por décadas de políticas coloniales y neoliberales, donde 70% de la población intenta sobrevivir con 2 dólares diarios.

Este ciclo de protestas es diario. Cientos de miles de personas diariamente salen en la capital y en los otros departamentos y demás ciudades del país.

Hace más de un mes que no hay clases, al igual que ocurre en centros de salud. Tampoco hay actividad en ningún organismo estatal. Mismo en los comercios. Están suspendidos los elementos que hacen a la vida cotidiana.

No está llegando la asistencia internacional. Ni alimentos ni agua, como pasa en el sudeste. Se está camino a una nueva y recurrente crisis humanitaria en el país.

El actual estado de situación tiene un origen histórico. El FMI fracasa en su viejo proyecto de armar el “Taiwán del Caribe”, como lo llamaron los Clinton, que básicamente es una maquiladora, una estación intermediaria de la cadena de valor. Maquilas, con un costo laboral extremadamente bajo. Trabajadoras y trabajadores que sólo estén confeccionando textiles y ensamblando piezas electrónicas para el mercado de EEUU. Con algunas pequeñas economías de enclave: turismo de lujo, paraísos fiscales, extracción de oro en el norte y la fuerte presencia del narcotráfico, un 12% de la cocaína consumida en Estados Unidos pasa por Haití.

Este es el modelo que está en crisis.

También hay otras variables que generan el rechazo y el malestar. Una de ellas es la corrupción endémica. El desfalco de fondos que llegaron al país en el marco de los acuerdo de Petrocaribe. Estamos hablando que de 3800 millones de dólares, 2 mil millones han sido malversados, según lo reconocen los propios informes oficiales, en los que se comprueba la participación del presidente y altos funcionarios del gobierno. Esto generó movilizaciones muy masivas en agosto de 2018. Más de un millón y medio de personas salieron entonces a las calles.
La situación económica del país es totalmente adversa, inflación del 20% anual, devaluación constante de la moneda. A esto se suma la crisis energética y se genera un combo que recae sobre una población que ya viene viviendo sin margen, sin margen para desarrollar su vida.
¿Cómo se llega a la actual crisis energética?

Este último ciclo de la crisis, la crisis energética tiene dos causas principales. Ambas externas. En primer lugar,  el FMI impulsa una política global de eliminación de subsidios al combustible. Al igual que en lo hizo recientemente en Ecuador, trajo esta política al país el año pasado. Se emitió un decreto en julio de 2018 para aumentar la gasolina un 50%. La respuesta fue inmediata, se generó una reacción popular de masas. Más de 1,5 millones de personas salieron a las calles. Se echó para atrás la medida y renunció el entonces primer ministro Jack Guy Lafontant.

Esta medida fue suspendida temporalmente. Se sabe que esta intención de aumentar los combustibles aun está presente. En ese marco el gobierno comenzó a retener el stock de combustible que tenia en las terminales portuarias, argumentando que no contaba con los fondos para pagar las importaciones, con la clara intención de avanzar en la eliminación de los subsidios.

La otra causa son los daños que genera la política injerista de EEUU en la región. El embargo sobre Venezuela impacta en Haití. El combustible que llegaba a través del circuito de distribución de Petrocaribe hoy ya no llega, lo que obliga al país a salir a un mercado en el que el Estado no puede pagar. Estas dos causas, las políticas globales del FMI y los impactos de la política de agresión a Venezuela, están detrás de esta última crisis energética que se está viviendo.

¿Cómo es la situación de las organizaciones del campo popular?

Es paradójico. Hay relativamente bajos niveles de organicidad, lo que responden a la precariedad material de la vida. Sin embargo tenemos un altísimo nivel de movilización popular y de conciencia política.

Se están viviendo protestas realmente masivas prácticamente todos los días. El dinamismo más claro esta dado por un sujeto joven de la periferia de la capital y de los grandes centros urbanos.

En términos políticos organizativos se han delineado dos grandes bloques de oposición en el país. Un primer bloque que podemos definir entre moderado y conservador, con sectores de extrema derecha adentro, que se llama “Alternativa Consensual”, hegemonizado por el sector Democrático Popular, la vieja clase política haitiana, que ha participado en gobiernos anteriores. Por otro lado hay otro gran espacio opositor que se conformó en agosto de este año, el Foro Patriótico, que aglutina a movimientos campesinos, sindicatos, movimientos de mujeres, de derechos humanos, organizaciones juveniles, estudiantiles. Este Foro Patriótico tiene un programa que contempla la construcción de un gobierno amplio, de coalición, un gran acuerdo nacional. Que atienda las urgencias del país en materia alimentaria, de salud, educativa. Se plantea una reforma del sistema político, principalmente el electoral, que esta viciado y controlado técnica y políticamente por Estados Unidos. El programa incluye el llamado a una Asamblea Soberana, una Asamblea Constituyente. Cambiar la estructura política del país y reorientarlo hacia otros objetivos, otro horizonte. Esta es la propuesta del Foro Patriótico, en donde participamos los movimientos del ALBA y Vía Campesina, y otras organizaciones.

¿Qué mensaje hay para las organizaciones del resto de Nuestra América?

Llamamos a la solidaridad. La comunidad internacional se identifica en Haití por aquellos que justamente no son tal comunidad, sino la articulación de los intereses de algunas potencias como EEUU, Francia, Canadá. Hacemos un llamado a la otra comunidad internacional, la que representan los gobiernos revolucionarios, los gobiernos progresistas, los movimientos sociales, las organizaciones populares, los movimientos de los derechos humanos, a que no le saquemos los ojos a Haití, que está en una situación crítica y dramática, y a la vez esperanzadora. En ningún lugar hay movilizaciones de esta magnitud y radicalidad que enfrente sostenidamente la represión que ya se ha cobrado muchas vidas. Con un pueblo con alto nivel de conciencia y un historial de lucha enorme. Es dado esperar que se produzcan grandes transformaciones en el país. Es una zona estratégica en el Caribe. Es importante desestabilizar las políticas coloniales en las periferias.

Es necesario visibilizar la situación, deconstruir las marañas de mentiras históricas sobre el país, romper el cerco mediático que se monta alrededor de las luchas que está haciendo este pueblo, es desde las sombras que el imperialismo ha hecho sus peores atrocidades, como se viene haciendo en Haití desde la invasión de la Minustah (Misión de las Naciones Unidas en Haití).

El pueblo que hizo la primera de las revoluciones sociales en el continente puede alumbrar la segunda para el tiempo que vendrá. Es necesario la solidaridad y el apoyo activo.
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