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10 de octubre de 2019

"Esta noche juntos..." | Dramaturgismo entre Samir Flores y Ayotzinapa | Seis.

Por: Sebastián Liera / Tlatulteketke.

Así como para mirar la guerra civil que llamamos “Revolución Mexicana” podemos hacerlo a través de dos lupas: la una, la de las pugnas entre las fuerzas de la burguesía, que fueron quienes convocaron de la mano de Francisco I. Madero a la insurrección contra Porfirio Díaz (que es la generalmente nos cuenta la historia oficial para que veamos como héroes a Madero, Carranza, Obregón y Calles; en la misma estatura moral que colocamos a Flores Magón, Zapata y Villa); la otra, la de la lucha de clases, para observar cómo la conflagración iniciada por la burguesía se vio trastocada, al punto de casi lograr ser una verdadera revolución, con la participación de las trabajadoras y los trabajadores del campo y la ciudad, representadxs casi siempre por el magonismo, el zapatismo y el villismo (aunque los trabajadores de la ciudad se aliaron, más bien, al obregonismo… lo que nos llevaría a pensar el papel que la clase que bajo supuestos marxistas sería la “vanguardia de la revolución” jugó en detrimento de sus propios intereses, en una clara muestra de lo que conocemos como falsa conciencia de clase… algo muy parecido a lo que pasa ahora con el conservadurismo y las posturas cuasi fascistoides de no pocos obreros del mundo… pero, ésa es otra historia); así como podemos mirar la “Revolución Mexicana” con dos lupas, decíamos; así, la genealogía del normalismo rural en México la podemos observar con dos lentes: la que mira a los personajes históricos que desde el poder de arriba le dieron su propio significado (que es un poco lo que hemos estado haciendo al hablar de Vasconcelos, primero, y de Cárdenas, después) o la de los pueblos y colectividades del poder de abajo que le dotaron de un significado y una experiencia de lucha propias a cada proceso histórico, en cada escuela normal rural del país.

Sí, como dice Ricardo Pérez Montfort, la relación entre Cárdenas y Zapata es una dada a destiempo; la relación entre Vasconcelos y Cárdenas es otra muy a tiempo y tienen un punto de confluencia fundamental: mientras el jefe de la campaña como candidato presidencial de Vasconcelos fue un joven Adolfo López Mateos al que los esbirros de Gonzalo N. Santos casi matan a golpes; el jefe de campaña de su oponente, el mediocre Pascual Ortiz Rubio, fue un Lázaro Cárdenas que tuvo que pedir licencia como gobernador de Michoacán para dirigir el Partido Nacional Revolucionario fundado por su maestro en política: Plutarco Elías Calles, y así dirigir el fraude electoral que le arrebatara el triunfo al “Apóstol de la Educación”.

Las lecciones de Calles a Cárdenas le sirvieron al de Jiquilpan para conocer de cerca y muy a fondo dos realidades: la explotación y el despojo de las empresas petroleras extranjeras asentadas en México y el modus operandi del sistema de partido de Estado. Además, si bien en su caminar por los distintos episodios de la “Revolución” Cárdenas se fue aliando con las fuerzas de la burguesía, pasando del zapatismo al carrancismo, de éste al obregonismo y de éste al callismo, en su historia personal Lázaro provenía, a diferencia de su padrino político, de las clases trabajadoras. Por ello, no sería extraño que aun no dejando de ser un hombre del sistema, mientras gobernaba su estado natal y pidiera permiso a su Congreso para ir a reprimir a sangre y fuego la rebelión escobarista o dirigir el fraude electoral que puso a Ortiz Rubio (quien lo nombró secretario de Gobernación) en la Silla del Águila; supiera cómo debilitar la rebelión cristera, fundar una confederación regional de trabajadores que agrupó a obreros y campesinos, fortalecer legalmente a las comunidades para encarar a los terratenientes que seguían despojándoles de sus tierras, cancelar contratos a empresas forestales extranjeras que despojaban de los bosques a las comunidades y pueblos originarios, dotar de tierras y créditos agrarios a los campesino y apoyar la educación rural de una manera tan destacada que más del 50% de su presupuesto lo destinó a dicho rubro.

Maider Elortegui Uriarte nos cuenta que el mismo día que Lázaro Cárdenas asumió el cargo de presidente de la República: el 1 de diciembre de 1934, fue aprobado el cambio al artículo 3º Constitucional que postulaba que la educación en México debía ser una «educación socialista sostenida por la Revolución Mexicana». Así, la escuela y la formación del maestro rural se centraron en el compromiso por la justicia social de las y los oprimidos, la laicidad frente al fanatismo religioso y un pensamiento científico basado en el materialismo histórico; sus formas organizacionales serían la cooperativa y el gobierno escolar en el internado y la educación, como en los años anteriores, tendría un sentido vital y práctico vinculado al trabajo productivo de la tierra.

Pero demos unos pasos atrás, porque a estas alturas de nuestro ejercicio dramaturgista en torno de la puesta en escena de Esta noche juntos, amándonos tanto, de Maruxa Vilalta, bajo la dirección escénica de la maestra Jessica Cortés, uno de los personajes centrales de la misma: la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, ya ha hecho su entrada en escena. (Recuerden que en la dramaturgia escénica de Cortés, la escena se habitará con vídeos que asomen la mirada a la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y el asesinato de Samir Flores Soberanes, cuyo ejemplo de lucha estará poniéndose en alto en una Jornada Global de Lucha en Defensa de Nuestra Vida y Nuestros Territorios ¡SAMIR FLORES VIVE!, convocada por el EZLN y el CNI para el próximo 12 de octubre). Hagamos una visita, pues, al ensayo El internado como familia: las escuelas normales rurales en la década de 1920, de Alicia Civera, para recordar que hasta inicios del Maximato las primeras escuelas trabajaron con un plan de estudios de dos años en el que combinaban materias académicas con el aprendizaje de labores agrícolas y oficios rurales, permitiendo la SEP a los directores que trabajaran con diferentes planes y programas de estudio, actividades y formas de organizar las escuelas. No fue sino hasta finales de 1926, año en el que se fundaron las escuelas normales rurales de Tixtla (más tarde, Ayotzinapa), en Guerrero; Xocuyucan, en Tlaxcala, y San Juan del Río, en Querétaro, que los programas comenzaron a ser coordinados por el Departamento de Misiones Culturales y, recogiendo la experiencia de los primeros años, la SEP marcaría un plan de estudios, también de dos años, que seguiría vigente hasta 1931.

Para ese momento existían diez escuelas normales rurales: la de Tacámbaro, Michoacán, que se había trasladado a Erongarícuaro y era la primera de todas en haberse fundado (1922); la de Molango, Hidalgo, segunda en ser fundada (1923) y que para entonces ya había sido trasladada a Actopan (más tarde tendría su sede en la ex hacienda de San Antonio, en El Mexe); la de Acámbaro, Guanajuato (que muchos autores confunden con la de Tacámbaro y la señalan como la primera fundada, pero que sería fundada hasta 1924); la de Izúcar de Matamoros, Puebla (1925); la de San Antonio de la Cal, Oaxaca (1925), y trasladada más tarde a Cuilápam de Guerrero; la de Tixtla, Guerrero, que pronto se trasladaría a la ex hacienda de Ayotzinapa (1926); la de Xocoyucan, Tlaxcala (1926); la de San Juan del Río, Querétaro (1926), trasladada en 1930 a Río Grande, Zacatecas, y en 1933 a San Marcos, Aguascalientes; la de Río Verde, San Luis Potosí (1927); la de Cuernavaca, Morelos (1928), y la de Todos Santos, Baja California Sur, que fue inicialmente una escuela normal regional con sede en La Paz y ése año: 1931, se trasladó a Todos Santos.

Todas ellas lo hacían a contracorriente de una Secretaría de Educación Pública que prácticamente había dejado de darles financiamiento. Esto, que sin duda era un escollo, significó la puesta en práctica de una amplia autonomía por parte de las escuelas normales rurales, pues, así como Obregón permitía a sus secretarios hacer de sus ministerios lo que cada uno quisiera, dándole a José Vasconcelos el espacio que necesitó para fundar una SEP a su medida y no a la del general sonorense; de la misma manera, los directores y maestros de cada escuela normal rural adquirieron un papel protagónico que, por un lado, los llevó a buscar el apoyo tanto de las autoridades locales y estatales, como de sus vecinos, propiciando que las escuelas tuvieran mayor vinculación con su propias comunidades, y, por otro lado, dio paso a una vida-estructura escolar que, a decir de Civera, mucho tenía de familiar: el director era el padre; su esposa, la madre; los maestros, los hermanos mayores, y todos ellos cuidaban de los estudiantes, los hermanos menores.

En 1927, durante una junta de directores de las escuelas normales rurales con el entonces secretario de Educación Pública de Calles, José Manuel Puig Casauranc, casi todos los directores, nos dice Civera, declararon que los internados estaban organizados “a base de hogar”:
«Desde luego, se dirigían a sus autoridades y debían demostrar que realizaban sus trabajos con base en las reglamentaciones vigentes, pero éstas dejaban cancha libre para que la organización del hogar se diera de diferentes formas. Así como hubo algunos padres más liberales que otros, hubo hijos cooperadores y rebeldes. En todas las escuelas se acordaban horarios (en muchas se anunciaban por toque de campana) y los alumnos se distribuían en comisiones para atender el aseo, la comida, los jardines, el cuidado de animales y la vigilancia del orden. Pero la forma de designar y distribuir los trabajos, de marcar reglamentaciones y vigilar la disciplina era distinta.»

Entre los “padres” menos liberales de la junta de 1927 estaba el profesor Rodolfo A. Bonilla, director fundador de la escuela de Tixtla, Guerrero, apenas un año atrás. Bonilla (padre del actor Héctor Bonilla) adoptó el discurso gubernamental diciendo en la junta que los estudiantes se gobernaban solos y vivían en un ambiente de libertad, pero agregaría una amplia explicación de su fuerte campaña moralizadora para corregir la impuntualidad, el desorden, el desaseo, la pereza, la perversión y el uso del alcohol. Para Civera, el director Bonilla, profesor con una gran iniciativa, innovador en el papel que debían tener los estudiantes dentro del salón de clases y entusiasta del trabajo social, esperaba de sus alumnos “obediencia” más que responsabilidad:
«No he menguado esfuerzo para oponerme con todas mis fuerzas en contra de la perversión y a fuerza de constancia he logrado arrancar a los jóvenes de los centros de vicio… como en toda agrupación no escasean los elementos rebeldes, he tenido que auxiliarme hasta de los policías…»

Ello no impedía, desde luego, que los alentara a debatir en clase y permitiera sus iniciativas, pues, la escuela de Tixtla, como las demás, contaba con muy pocos recursos y sobrevivía por el empeño de maestros y alumnos, quienes, como cuenta Civera, no solo participaban en construir y reparar lo que fuera necesario, sino que aportaban recursos para las cooperativas o participaban en obras de teatro y fiestas para recaudar fondos. Y, aun así, el modelo de “la escuela como familia” propio del normalismo rural, significó un planteamiento muy distinto del de los internados y escuelas normales urbanas fundadas durante el Porfiriato; en éstas, marcadas por dictados abiertamente capitalistas, el énfasis se ponía en el orden y la disciplina; en las normales rurales, más que en la obediencia y el orden, se ponía en la responsabilidad, en el interés y el trabajo colectivo, y en la democracia, y la escuela que en 1933 se mudaría a la ex hacienda de Ayotzinapa no sería la excepción.

5 de octubre de 2019

"Esta noche juntos..." | Dramaturgismo entre Samir Flores y Ayotzinapa | Cuatro.

Por: Sebastián Liera / Tlatulteketke.

Llegamos a la cuarta entrega de nuestra investigación sobre normalismo rural, como marco histórico para mirar dos de los acontecimientos que la actriz y maestra de teatro Jessica Cortés bordea en su puesta en escena de Esta noche juntos, amándonos tanto, de Maruxa Vilalta: la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, el 26 y 27 de septiembre de 2014, y el asesinato de Samir Flores Soberanes el 20 de febrero de 2019. Toca hablar, justamente, de la génesis del normalismo rural en México.

Luego de que las fuerzas de la burguesía se aliaran contra el villismo y el zapatismo, traicionando el espíritu y el mandato de la Convención de Aguascalientes y haciéndola abortar, retomaron las pugnas por el poder que les había llevado a iniciar la guerra civil que algunas y algunos llaman “Revolución Mexicana”. Abajo, el primer obstáculo para ello: Zapata, lo resolverían asesinándolo en Chinameca el 10 de abril de 1919; el segundo: Villa, sería arrinconado tras la derrota de las fuerzas de la Convención. Arriba, Obregón, Calles y De la Huerta, otrora aliados de Carranza, orquestaron el asesinato del autonombrado “Primer Jefe, Encargado del Poder Ejecutivo de la Nación” amparándose en el llamado Plan de Agua Prieta.

Tras cercar política y militarmente a Carranza y asesinarlo, los sonorenses impusieron a Adolfo De la Huerta como presidente interino y éste nombró a Vasconcelos (quien llevaba cinco años en el exilio después de huir de las fuerzas convencionistas) encargado del Departamento Universitario y de Bellas Artes; ello incluía ser rector de la Universidad Nacional. De esta época proviene la frase vasconcelista aquella de: «Yo no vengo a trabajar por la Universidad, sino a pedir a la Universidad que trabaje por el pueblo»; ése mismo pueblo que ensayó ser gobierno vía la Convención de Aguascalientes y que lo hubiera sido de no ser por la traición de personajes como Vasconcelos.

Al término del interinato de De la Huerta, el nuevo presidente: Álvaro Obregón, invitó a Vasconcelos para ocupar el Ministerio de Instrucción Pública bajo otro nombre: Secretaría de Educación Pública. Fue desde esa posición que el llamado “Apóstol de la Educación” emprendió la puesta en marcha de las Misiones Culturales concebidas por Roberto Medellín, la edición de clásicos de la literatura universal y su divulgación, la creación de escuelas de artes y oficios, la promoción de los artistas plásticos que protagonizarían el muralismo mexicano bajo el abrigo oficial, la instalación de «embajadas culturales» en otros países de América Latina, como Argentina y Brasil, y, propio del contradictorio y controvertido Vasconcelos, la alianza con sectores de la derecha que desde el periódico Excélsior promovieron la creación del Día de las Madres para contrarrestar las ideas progresistas en materia de derechos políticos y sociales de las mujeres en Yucatán, apoyadas en parte por el gobierno estatal de Felipe Carrillo Puerto, pues, su hermana: Elvia Carrillo Puerto, era de sus principales promotoras.

La obregonista Secretaría de Educación Pública vasconcelista había comenzado a trazar la creación de escuela normales regionales, convirtiéndose las primeras de éstas también en las primeras escuelas normales rurales, algunas de ellas fundadas o, después de mucho mudarse (como las de Ayotzinapa y El Mexe), asentadas en antiguas haciendas, lo que para no pocos historiadores llegó a ser un acto de justicia poética. La primera normal rural fundada por Vasconcelos, apenas un año después de creada la Secretaría de Educación Pública, fue la Escuela Normal Mixta Regional para Maestros Rurales de Tacámbaro, Michoacán, el 22 de mayo de 1922. Le seguirían la de Molango, Hidalgo; la de Acámbaro, Guanajuato, y la de Izúcar de Matamoros, en Puebla.

En 1923, año en que es asesinado Villa, el gobierno de Obregón firma con Estados Unidos el Tratado de Bucareli que De la Huerta, entonces secretario de Hacienda obregonista, consideró lesivo para la soberanía nacional. El desencuentro entre Obregón y De la Huerta llevó a éste último a renunciar a su cargo y, más tarde, a contender por la presidencia de la República como candidato del Partido Nacional Cooperativista contra el candidato de Obregón: el general y otrora maestro Plutarco Elías Calles. Así se iniciaría la rebelión delahuertista que en enero de 1924 costaría la vida a Felipe Carrillo Puerto y a sus hermanos Wilfrido, Edesio y Benjamín, del bando obregonista, y al senador Francisco Field Jurado, del bando delahuertista; entre muchos otros. Un par de meses después, el 11 de marzo, De la Huerta abandonaría el país debilitando la rebelión que había encabezado para terminar de darle la puntilla de muerte. Sin embargo, De la Huerta no sería el único en irse al exilio: después de renunciar a su puesto al frente de la Secretaría de Educación Pública debido al asesinato de Field Jurado (nótese que el asesinato de Villa o de Carrillo Puerto no le significó la misma indignación), Vasconcelos se postuló como candidato a la gubernatura de su natal Oaxaca y, al no ganar la elección, se mudaría al extranjero para radicar en Europa y Estados Unidos, desde donde publicará diversos artículos en oposición a Calles.

Cuando Calles llevaba dos años como presidente, se enfrascó en la llamada Guerra Cristera tras haber impulsado la modificación al Código Penal en 1926 para dotar de instrumentos legales al artículo 130º de la Constitución, que consignaba la sujeción de la Iglesia al Estado y regulaba la limitación o supresión de la participación de ésta en la vida pública. Durante el gobierno de Calles, mientras las iglesias eran clausuradas, los practicantes de los cultos eran arrestados y la rebelión cristera iba en aumento, se crearon escuelas centrales agrícolas que serían también escuelas normales rurales, recogiendo la estafeta de Vasconcelos Moisés Sáenz, subsecretario y, más tarde, secretario de Educación Pública callista, y el maestro normalista Rafael Ramírez, encargado de las Misiones Culturales.

Por esas fechas, 1926, Maria Soteras i Maurí, después de abandonar la carrera de Filosofía y Letras, se graduaba de la carrera de Derecho, en la Universidad de Barcelona, siendo la primera mujer en lograrlo, y, un año después, se convertiría también en la primera mujer en ingresar al Colegio de Abogados de Barcelona; más tarde, sería la primera mujer doctorada en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid. Desde 1927 Maria montaría su propio despacho junto con el también abogado Antoni Vilalta i Vidal, egresado igual en 1926 de la Universidad de Barcelona. Unos años más tarde, en 1931, Vilalta participaría en la Conferencia de Izquierdas Catalanas y formaría parte del núcleo fundador de Izquierda Republicana de Cataluña, partido en el que también militará Soteras.

Mientras tanto, en México, al arrancar el año de 1928, la Constitución federal ha sido modificada para permitir la reelección presidencial, lo que permitió a Calles impulsar una segunda administración de Obregón desde la Silla del Águila. Sobra decir que esto devino en la siguiente crisis electoral de los gobiernos “posrevolucionarios”, y si De la Huerta pudo retirarse a la vida privada en Estados Unidos después de oponerse a los planes políticos de sus coterráneos, los generales Arnulfo R. Gómez y Francisco R. Serrano, amigo el uno y compadre el otro de Obregón, no tuvieron la misma suerte y terminaron asesinados. Sin embargo, a Obregón no le duraría demasiado el gusto del triunfo electoral allanado a sangre y fuego: el 17 de julio de ése mismo año, sería asesinado por José de León Toral, un fanático religioso miembro de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana y de la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa.

Tras el asesinato de Obregón, Calles promovió a Emilio Portes Gil para ocupar el sitial que el magnicidio contra “El Manco de Celaya” dejó vacante, inaugurando así el período conocido como Maximato; pero, Portes Gil estaría en la presidencia poco más de un año solamente, para dar la alternativa a un mediocre Pascual Ortiz Rubio. Sí, acertaron: ésa fue la siguiente crisis electoral que protagonizó “El Jefe Máximo”. Esta vez, muerto Obregón, el contrincante a vencer fue nada más y nada menos que un retornado José Vasconcelos, cuya campaña como candidato del Partido Nacional Antirreeleccionista fue ferozmente reprimida. La maquinaría del recién creado Partido Nacional Revolucionario, además de la abierta persecución y asesinato de los opositores vasconcelistas, selló el modus operandi que lo distinguiría a lo largo de toda su historia en cada una de sus mudanzas nominales: del PNR al PRM, y del PRM al PRI, con un escandaloso fraude electoral el día de las votaciones en favor de Ortiz Rubio. Y, como la historia de México suele lindar entre el déjà vu y el cinismo, la frase que escogería el nuevo régimen como rúbrica de su descaro sería la misma que Vasconcelos usara contra el viejo Díaz; aquella que el joven Díaz usó contra el viejo Juárez: «Sufragio efectivo, No reelección».

4 de octubre de 2019

"Esta noche juntos..." | Dramaturgismo entre Samir Flores y Ayotzinapa | Tres.

Por: Sebastián Liera / Tlatulteketke.

José Vasconcelos, el llamado “Apóstol de la Educación”, es un personaje bastante interesante que en la doble trama que estamos desmadejando para contar qué fue la “Revolución Mexicana” como introducción a la historia del normalismo rural que nos convoca, perteneció, por un lado, a la clase media aliada de la burguesía que se opuso a Zapata, el magonismo y Villa (como quedó claro en el papel que jugó durante el gobierno de la Convención de Aguascalientes), y, por otro lado, en el seno de la burguesía, estuvo con los bandos socialdemócratas de la “Revolución” que se opusieron, primero, a Díaz, después a Huerta y luego a Carranza. Finalmente, más adelante, se opondrá al Maximato de Calles, pero no adelantemos vísperas: estamos apenas en el arranque de los años 20’s.

Vasconcelos viene de una historia personal en la que se había aliado a la campaña presidencial de Madero, época en la que usó como ariete contra el viejo Díaz una frase esgrimida por el joven Díaz contra el viejo Juárez: «Sufragio efectivo, No reelección». Más tarde, a raíz del golpe de Estado contra Madero, Vasconcelos se exilió en Estados Unidos sin que sus encargos políticos por órdenes de Carranza le significaran ningún arresto bajo la acusación de infringir la leyes estadounidenses de neutralidad, pretexto legaloide que mantuvo preso hasta la muerte a otro intelectual: Ricardo Flores Magón. Por el contrario, luego de la derrota de Huerta y bajo la presidencia de facto de Carranza, el viejo hacendado coahuilense lo nombró director de la Escuela Nacional Preparatoria; aventura que terminó cuando sus discrepancias con el autonombrado “Primer Jefe del Ejército Constitucionalista” lo enviaron de nuevo al autoexilio.

Vasconcelos regresaría a México durante la breve gestión convencionista de Eulalio Gutiérrez Ortiz, siendo nombrado responsable de Instrucción Pública y Bellas Artes por la misma Convención de Aguascalientes que designó a Gutiérrez Ortiz presidente de la República en sustitución de Carranza. Por ahí, en algún lugar, quizás Wikipedia, se lee que Vasconcelos no pudo desarrollar sus ideas en materia de educación pública durante los gobiernos convencionistas debido a pugnas al interior de la Convención misma. Ello, sin duda, es verdad; sin embargo, dicho así, sin explicación del contexto, caracterizado por un constante boicot de las fuerzas de la burguesía a la Convención, las verdades a medias terminan siendo mentiras.

Uno de los episodios más importantes en la historia de eso que llamamos “Revolución Mexicana” es, sin duda, el de la Convención de Aguascalientes, y, sin embargo, en los libros de texto gratuitos para educación básica y media de esa Secretaría de Educación Pública que “fundara” Vasconcelos se habla muy poco o nada de ella. La razón de que sea así está en la lucha de clases al interior de la “Revolución”. ¿Cómo se les va a hablar a las niñas, niños, adolescentes y jóvenes de este país del capítulo de la “Revolución” en el que la burguesía se muestra con toda su podredumbre y ambición, dando al traste con eso que les han enseñado son los valores de la misma “Revolución”? Si cuando se piensa en la “Revolución Mexicana” se piensa en los ideales de libertad, democracia y justicia, la Convención de Aguascalientes significa el más bello capítulo de ésta, pues se trata del momento más determinante en el que las clases trabajadoras habrían podido darle un giro de 180 grados a su favor a la guerra civil iniciada por la burguesía en 1910; guerra civil que, “se olvida”, inició la burguesía en nombre de esos mismos ideales para terminar traicionándola. La guerra civil que llamamos “Revolución Mexicana” lo hubiera sido en verdad si la Convención de Aguascalientes no hubiera sido dinamitada por la burguesía.

Así, pues, a quienes nos han contado la historia oficial de nuestra “Revolución” se les “olvida”, por ejemplo, que la llamada Convención de Aguascalientes, cuyo objetivo era sentar a las fuerzas revolucionarias tras la huida de Huerta para ponerse de acuerdo en la reorganización del país, fue convocada inicialmente por Carranza para reafirmarse como “Jefe Supremo de la Revolución” en un contexto caracterizado por su desprecio hacia la figura de una de sus principales jefes militares: Francisco Villa, y que cuando las cosas no salieron como supuso (léase: cuando la Convención no se plegó a sus ambiciones), Carranza terminó por enfrentarse a la Convención. El desprecio de Carranza para con Villa, coinciden diversos historiadores, también responde a una cuestión de clase: Villa, a diferencia de los demás generales divisionarios bajo las órdenes de Carranza, no provenía de las clases medias o medias altas aliadas a la burguesía, sino de las clases trabajadoras, particularmente las del campo, desposeídas por ésas mismas clases medias. Así, la animadversión de Carranza para con Villa pronto encontró igual correspondencia por parte del jefe de la División del Norte y, para cuando la Convención, inicialmente convocada por Carranza en la Ciudad de México como una Junta de jefes militares y gobernadores a su mando estaba por celebrarse, Villa lo había desconocido ya como “Primer Jefe, Encargado del Poder Ejecutivo de la Nación”.

De esta suerte, cuando la Convención se trasladó a Aguascalientes en busca de un territorio neutral, llevaba de suyo la pugna entre villistas y carrancistas en su seno; pero, hablar solo de “pugnas internas” hace olvidar que mientras las fuerzas villistas se plegaron a los mandatos de la Convención, las carrancistas la confrontaron hasta hacerla naufragar. Así, la verdadera razón por la cual a Vasconcelos le fue imposible siquiera echar a andar el proyecto de federalización de educación básica que planteó en su toma de protesta como ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes de la Convención, radicó en que al tener que tomar partido entre las fuerzas de la burguesía y las de las clases desposeídas lo hizo por las de la burguesía, mostrando su desprecio para con los villistas y los zapatistas; su odio, su despecho, su vanidad herida, registradas en diversos documentos de la época, así lo dejaron de manifiesto.

La Convención tuvo el enorme reto de hacerse valer ante Carranza, quién convocándola, la desconoció casi inmediatamente; ante Villa, quién casi desde un inicio se puso a sus órdenes significando con ello el mayor apoyo militar que tuvieron los presidentes convencionistas frente aquellos jefes militares que, como Obregón, regresaron a la égida carrancista después de traicionar su juramento de servir a la Convención misma; ante Obregón, quién luego del giro que diera la Convención contra su entonces jefe: Carranza, se dedicó a minarla y finalmente la abandonó para enfrentarla militarmente, y ante Zapata, quien al no ser invitado inicialmente a la misma terminó enviando una delegación harto desconfiada, conocedora del desprecio de clase que el ala carrancista le profesaba. En ese escenario, Vasconcelos no fue un elemento que ayudara a fortalecer a la Convención, todo lo contrario: fue uno de sus boicoteadores.

Si las pugnas en la Convención no le permitieron desarrollar sus ideas en materia de educación pública, fue porque él mismo, desde su posición de clase, desconoció los mandatos de la Convención; se alió con los jefes carrancistas que veían a Villa y a Zapata como bandidos, sucios e ignorantes, y, en lugar de llevar a cabo las tareas de su ministerio, se dedicó a sembrar la animadversión de Eulalio Gutiérrez contra los jefes de la División del Norte y del Ejército Libertador del Sur. Lo hizo de tal suerte que en el momento en que la Convención por fin parecía asentarse y avanzar con buen paso hacia la reconstrucción del país, de la mano de reformas políticas que apuntaban hacia un régimen parlamentario que terminaría por acotar el protagonismo individualista de quien quisiera encabezar la Convención para ponerla a sus pies (léase, Carranza), Vasconcelos terminó abandonándola en franca huida junto con el mismo Eulalio Gutiérrez y el general José Isabel Robles, quienes a espaldas de la Convención habían estado haciendo tratos con Obregón, el jefe militar más fuerte contra la Convención, para llevarla al naufragio... y lo consiguieron.

En nuestra siguiente entrega continuaremos jalando el hilo de la madeja en torno a Vasconcelos que nos llevará a nuestro tema de investigación para la puesta en escena de Esta noche juntos, amándonos tanto, de Maruxa Vilalta, bajo la dirección de Jessica Cortés. Hablaremos de Vasconcelos, rector de la Universidad Nacional durante el interinato de Adolfo De la Huerta y, posteriormente, secretario de Educación Pública de Obregón; etapa en la que se gana el mote de “Apóstol de la Educación”. Pero, era importante hablar de sus antecedentes contrarrevolucionarios antes de bordear su enorme y valiosa labor como educador, más que para pintarlo de cuerpo completo, para entender que la historia del normalismo rural en México, atada a la historia de quien se considera su fundador, es, sobre todo, una historia de lucha de clases que recoge los postulados más caros de nuestra raptada (Muñoz Cota), interrumpida (Gilly), siempre inconclusa “Revolución Mexicana”. La lucha de nuestro compañero Samir Flores, asesinado el 20 de febrero de 2019, y la de los estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos el 26 y 27 de septiembre de 2014, recogidas en el montaje de Cortés, merecen mirarse así.

3 de octubre de 2019

"Esta noche juntos..." | Dramaturgismo entre Samir Flores y Ayotzinapa | Dos.

Por: Sebastián Liera / Tlatulteketke.


Había una vez, un país que buscaba ponerse de pie luego de una larga guerra civil que parecía no tener fin. Una guerra civil que los libros de texto que se usan en las escuelas y no pocos de los que se encuentran en la academia llaman “Revolución Mexicana” y cuyo espíritu inicial, se ha dicho un poco románticamente, había sido el de dar término a una serie de injusticias propias de un gobierno que, siendo liberal y, por ende, capitalista, muchas veces se ha tildado de dictatorial; no es para menos: los 35 años casi ininterrumpidos de un solo personaje, Porfirio Díaz, despachando desde la presidencia del país, le ganaron a pulso semejante adjetivo. Sin embargo, la así llamada “Revolución Mexicana”, más que solo acabar con la injusticia que caracterizó al Porfiriato, fue una guerra civil a dos frentes: por un lado, el de la lucha de la burguesía y sus aliados en las clases medias contra la clase trabajadora del campo y, en menor medida, de la ciudad, y, por otro lado, el de las pugnas al interior de la misma burguesía. Hay, pues, por lo menos, dos tramas para contar esta historia: la de la lucha de clases, con los hermanos Flores Magón, Villa y Zapata en una esquina, y Díaz, Madero, Carranza y Obregón en la otra, y la de la palea en el seno de la burguesía, con Díaz y Huerta en una esquina, y Madero, Carranza y Obregón (con los Flores Magón, Villa y Zapata de invitados) en la otra.

La trama que se nos suele contar oficialmente es la segunda: la batalla al interior de la burguesía; por eso es que muchas veces no se entiende bien a bien qué es eso que llamamos “La Revolución Mexicana” ni, mucho menos, quién estaba contra quién y los porqués de cada quién. Por eso, también, el gran villano es Porfirio Díaz, cuya larguísima administración había dado continuidad al modelo de nación con que soñaba Juárez, y su opositor por antonomasia es Francisco I. Madero, un burgués más burgués que el propio Díaz, cuya bandera, como la de Díaz contra Juárez, fue la de la no reelección; es decir (dicen los que dicen que saben) la de la democracia.

Así, en lo que toca a nuestra investigación dramaturgista (no hay que olvidar que nuestro puerto de arribo son la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y el asesinato del compañero Samir Flores Soberanes), esta historia comenzaría en el año de 1920, más o menos 10 años después de haberse iniciado la “Revolución Mexicana”. Díaz ha muerto en el exilio unos cinco años atrás de viejito, luego de haberse paseado por casi toda Europa visitando la tumba de Napoleón Bonaparte y siendo recibido por el Alfonso XIII de España o el káiser Guillermo II de Alemania, o por el norte de África, conociendo El Cairo, la Esfinge y la gran pirámide de Guiza; mientras el país que había gobernado durante tres décadas y media se caía a pedazos en medio de la guerra que sostenían aquellos que lo habían derrocado. Madero ha sido asesinado junto a Pino Suárez por órdenes de Huerta. Huerta ha muerto de cirrosis hepática en un exilio que lo llevó a la prisión en Estados Unidos por andar tejiendo alianzas con el imperio alemán de la Primera Guerra Mundial, apenas un año después que Díaz muriera. Zapata y Villa, pilares de la victoria militar que obligó a Díaz renunciar e irse al exilio, han sido asesinados… bueno, Villa aún no; pero le falta poco para estarlo: Zapata ha sido asesinado el 10 de abril de 1919 por órdenes de Carranza; Villa, recién rendido y retirado a su hacienda de Canutillo, será asesinado el 20 de julio de 1923 por órdenes de Calles y la venia de Obregón. Los hermanos Flores Magón, llamados comúnmente “precursores de la Revolución”, siguen vivos; sin embargo, Ricardo está cerca de morir preso en Estados Unidos (según la versión oficial: por enfermedad, según algunas otras versiones: asesinado); Jesús está vivo y recién reincorporado a la vida pública tras su autoexilio durante el gobierno de Carranza, y Enrique, vivo también, está a punto de regresar a México de Estados Unidos para incorporarse a la vida pública... más tarde apoyará la presidencia de un Lázaro Cárdenas que por esas fechas, principios de los 20’s, ya ha sido ascendido a general brigadier y, tras un brevísimo período como gobernador interino de Michoacán, ha sido designado jefe militar en el Itsmo de Tehuantepec. Carranza está recién asesinado, quizás no por órdenes de Obregón, pero sí haciéndole un gran favor.

Álvaro Obregón está por ocupar la presidencia de la República desde el 1 de diciembre de 1920, gracias a la alianza con el impresentable Luis N. Morones (líder de la Confederación Regional Obrera de Mexicana y fundador del Partido Laborista de Mexicano), en contubernio con un Plutarco Elías Calles (próximo jefe máximo de la “Revolución Mexicana”) con quien alternara la Silla del Águila hasta 1928. Obregón continúa el proyecto de pacificación iniciado en el interinato de Adolfo De la Huerta, manteniendo a Villa controlado en su hacienda, repartiendo tierras en la zona de influencia de lo que quedaba del zapatismo tras el asesinato de Zapata y dando concesiones al gobierno de Estados Unidos en materia agrícola y energética para ganarse el reconocimiento de la Casa Blanca. México, se puede leer en algún lado, está agotado por 10 años de una guerra que por lo menos se ha cobrado más de un millón de vidas, con una deuda exterior más que cuantiosa; la producción agrícola, insuficiente, por no decir escasa; las vías de comunicación, incluyendo las férreas, destruidas; la administración pública, un desastre, y la situación de la clase trabajadora en el campo y en la ciudad, tan lastimosa o más que una década atrás, cuando inició la guerra. Empero, se respira un clima de decidido apoyo por parte de las fuerzas armadas al señor presidente, cuyos jefes militares han suscrito el Plan de Agua Prieta, y se cuenta con una producción minera petrolera importante sobre cuya riqueza ya sobrevuela el carroñero capital internacional.

Para Obregón es urgente, pues, dar muestras de que bajo su mandato el país puede dar vuelta a la página de beligerancia directa que ha significado la “Revolución Mexicana” y, más bien, comenzar a consolidar el “proyecto revolucionario”. De esta suerte, aprovechando que la mayoría de las “fuerzas revolucionarias” están controladas o le ofrecen su apoyo abiertamente, garantizando así un ambiente de relativa paz, su administración emprende una tibia reforma agraria que expropiará algunos latifundios y tierras mal cultivadas para repartirlas a los campesinos; apoya y subvenciona a las organizaciones obreras existentes, en particular a la CROM, cuyo líder impulsó su campaña y triunfo electorales; repara y reconstruye miles de kilómetros de vías férreas y telegráficas; reduce los efectivos del Ejército Constitucionalista, mermando su poder de reacción; funda un banco único que comenzara a regular la emisión de papel moneda y pondrá las bases para una política financiera estable; renegocia la deuda externa, lo que le granjeará el reconocimiento de las potencias mundiales con excepción de Gran Bretaña, y, lo más importante de esta etapa respecto a nuestra investigación, restituye el antiguo Ministerio de Instrucción Pública (suprimido por Carranza desde 1918), al cual le cambiará el nombre a Secretaría de Educación Pública y pondrá a su cargo al intelectual maderista, luego carrancista, después convencionista y para entonces obregonista José Vasconcelos.

Del otro lado del charco, Antoni Vilalta i Vidal y Maria Soteras i Maurí, próximos padre y madre de Maruxa, viven en su natal Cataluña y tienen, ambos, unos 15 años de edad; quizás aún no se conocen, pero, de no haberlo hecho, están cerca de hacerlo unos dos o tres años más tarde en la Universidad de Barcelona, donde ambos estudiarán la Licenciatura en Derecho.
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