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25 de mayo de 2020

BABEL :: Por explicaciones no conspirativas.

Por: Javier Hernández Alpízar / Zapateando.

Frantz Fanon escribió, en Los condenados de la Tierra, que las personas que fueron víctimas de violencia extrema durante la guerra de descolonización en África solían no soportar el absurdo. No podían tolerar la idea de que habían sido víctimas en un mundo absurdo, caótico, violento y todo ello sin un por qué. Era intolerable el absurdo. Para llenar el vacío de sentido del absurdo se inventaban un orden: en el mundo prevalecían los más fuertes y ellos habían sido víctimas por ser débiles, era su “culpa”. Preferían esa explicación que el absurdo.

Parece que nuestras mentes no toleran el sinsentido, no toleran las cadenas causales aleatorias, azarosas, caóticas porque nos parecen absurdas. Tendemos a pensar en una inteligencia que ordena los sucesos de acuerdo a fines y medios. Quizás porque nosotros procedemos así, nos proponemos algo y hacemos lo que es necesario para alcanzar ese propósito.

Tenemos un modelo antropomórfico y teleológico para explicarnos los sucesos del mundo: una mente que pensó, deliberó, planeó e hizo tal o cual cosa. Sin embargo, la ciencia moderna va a contracorriente de esa manera de pensar: la ha descartado por su sentido teológico. Y sobre todo porque no necesita hipótesis finalistas para entender y explicar mejor los fenómenos.

La ciencia piensa en causas y efectos impersonales, que pueden ser caóticos, azarosos, o más ordenados e inteligibles, pero que no obedecen a designios ni tienen finalidades buscadas: la vida surgió como resultado de la entropía, por puros procesos físicos, luego químicos, luego bioquímicos, pero no era un fin buscado ni un propósito. Y la evolución de los seres vivos ocurre sin un designio, sin un plan.

Solamente las pseudociencias, como la economía neoliberal, siguen usando de manera disfrazada el modelo de una providencia, de una “mano invisible” que cumple designios de orden “racional”. Según esa pseudociencias no es necesario planificar la economía porque obedece a un plan “espontáneo”: el capitalismo naturalizado. Metafísica de la peor.

Por eso la ciencia ya no satisface el ansia de sentido de los seres humano de carne y hueso en la escala del mundo de la vida ordinaria: eso que trataban de hacer la magia, los mitos, las religiones y las filosofías precientíficas: decir al ser humano qué propósito y sentido tiene su existencia, su vida, su mundo.

El lugar vacío del sentido narrativo de las vidas y los fenómenos que afectan a los seres humanos no lo llena la ciencia, abstracta, fría, desconocida, ininteligible para la gran mayoría. Ese lugar lo llenan los sustitutos más o menos secularizados de las religiones, las ideologías, con su sentido moral (mejor o peor disimulada su vertiente religiosa). Pero siempre buscamos un sentido narrativo y la presencia de fines buscados por una inteligencia, buena o mala, y en las narrativas más excitantes e impactantes suele predominar la intención mala, parece más “realista”.

De ahí que ante fenómenos complejos de origen combinado social y ambiental, como la actual pandemia del coronavirus Sarscov2 que provoca el padecimiento Covid19, o como los desastres socioambientales asociados con el cambio climático, sean muchísimo más popularmente aceptadas las teorías de la conspiración que las explicaciones de la ciencia.

Las teorías de la conspiración satisfacen el deseo de una narración esencialmente teleológica: una mente o un equipo de mentes perversas conspiran, piensan, deliberan, se complotan y actúan además en secreto, con misterio, con suspenso, con todo el atractivo narrativo al cual nos acostumbraron las literaturas y el cine.

Frente a una historia de una mente malvada y poderosa, las explicaciones de matemáticas, física, química, biología, son extrañas, incomprensibles, inverosímiles para el “sentido común” paranoico.

Además, la paranoia satisface a nuestro narcisismo: nos hace personajes importantes, atacados, perseguidos por seres siniestros y no meramente seres naturales, animales, sometidos a inhumanas y ciegas leyes de causas y azares naturales sin propósito alguno, ininteligibles para el consumidor de narraciones.

Para las mentalidades populares, Scherezada gana la partida a cualquier científico a la hora de “explicar” lo que emerge y nos afecta y, por tanto, nos da temor, angustia y nos provoca rechazo.

Por eso es más fácil para muchos creer en médicos malvados que asesinan pacientes “para extraerles el líquido de las rodillas, que vale más que el oro o el platino”, que creer en una ciencia que habla de virus, microscópicos, invisibles, que evolucionaron naturalmente (sin propósito ni finalidad) y que nos emparentan con los demás seres naturales, especialmente con los animales. ¿No se dice que Dios nos creó a su imagen y semejanza y por ende somos barro de otro barro?

El único problema es que las narraciones emocionantes de conspiraciones pueden entretener nuestro ego infatuado pero no solucionar los problemas. Para solucionar problemas y tener medicamentos, vacunas, terapias, curaciones, medidas de prevención que sí funciones y sí ayuden a la salud humana y salven vidas, para todo eso, sirven las ciencias y no las teorías de la conspiración.

Por el contrario, las teorías de la conspiración derivan en agresiones irracionales a personal de salud, en incumplimiento de las medidas de prevención, en actitudes y acciones que afectan a la salud y a la vida de muchas personas: ya nos han constado muchas vidas y en el futuro seguirán costando más.

Es la hora de romper el cordón umbilical narcisista que nos ata a las narraciones de hadas y hechiceros y hacernos adultos, con la ciencia como forma de conocimiento del mundo que nos permita enfrentar un planeta que el capitalismo contribuyó a transformar: de una naturaleza hóspita a un planeta lleno de peligros y riesgos.

En el mundo humano sí hay y debe haber fines, metas, utopías, éticas y planes (incluso planificar la economía), políticas, precisamente porque tales propósitos no están ya en la naturaleza ni en ningún orden espontáneo. Pero no nos ayuda extrapolar ese sentido teleológico tratando de moralizar y hacer conspirativa a la naturaleza.

El virus no es un complot, la pandemia no ha sido creada ni esparcida deliberadamente: lo verdaderamente antiético es que los sistemas de salud de casi todos los países hayan sido destruidos por el capitalismo neoliberal, junto con nuestros demás derechos humanos sociales, pero eso no es cosa de la naturaleza, eso sí es una cuestión política, responde a una lucha y correlación de fuerzas social y humana. Ahí sí debemos conspirar, deliberar, organizarnos y alcanzar metas humanas deseables.

12 de mayo de 2020

Capitalismo y coronavirus, combinación letal.

Por: Javier Hernández Alpízar / Zapateando.

El coronavirus no es una conspiración capitalista, pero sí es muy peligroso porque el capitalismo ha empobrecido y desprotegido a miles de personas en el mundo

En la Facultad de Derecho, Ciudad Universitaria casi vacía, un diálogo entre el cliente y quien le bolea los zapatos: – Aquí en derecho es donde más boleros debe haber. – De hecho, es el único lugar en donde hay. – ¿En serio?, ¿será por qué somos abogados?

Lo que se sabe de los virus es que son información: información genética capaz de engañar a la información genética de las células de seres vivos para hacerlas reproducir el virus en lugar de reproducir su propia vida, lo cual harían las células vivas sanas.

Comenzamos deliberadamente usando términos científicos como “virus”, “información genética” y “células” no porque seamos científicos, somos activistas que defienden la vida y aspiran a lograr para los seres humanos libertad, democracia y justicia, pero sin información y conocimientos científicos no podríamos entender ni comunicar nada claro y veraz sobre lo que está pasando con la pandemia del coronavirus o Covid 19 en el mundo y en México.

Un divulgador científico latinoamericano, Marcelino Cereijido, ha escrito el libro La ciencia como calamidad. Citando a Jean Piaget, un biólogo y estudioso del modo como aprendemos los seres humanos, dice que: “Las personas no entienden lo que ven, ven lo que entienden”. Esto quiere decir que cuando no entendemos algo simplemente no podemos verlo, nos pasa desapercibido. El lenguaje de la ciencia actual es ajeno a la mayoría de los seres humanos en el planeta, incluso en el llamado “primer mundo”. Por eso tenemos incluso presidentes como Donald Trump o Jair Bolsonaro que niegan fenómenos patentes ante la vista de cualquier persona medianamente informada como el llamado “cambio climático” o la crisis climática: calentamiento del planeta, derretimiento de los hielos polares, de los glaciares, elevación del nivel del mar, así como la sexta extinción masiva de especies animales y vegetales: de acuerdo con la ONU, en los próximos 30 años se extinguirán un millón de especies, poniendo en riesgo de extinción a la especie humana misma. Incluso la ONU ha estimado que el cambio climático será muchísimo más mortífero que el coronavirus. Y ya está generando miseria, hambre, desplazamientos forzados de población y muertes.

El analfabetismo científico masivo hace que la mayoría de los seres humanos en el planeta sean, respecto a las ciencias, no ciudadanos sino súbditos, no pueden participar en las decisiones no solamente por la falta de democracia, sino porque no pueden entender y así tampoco ver los problemas más graves: cambio climático, extinción masiva de especies, crisis energética. Es decir, vemos las consecuencias, y eso a medias, como pasa con las migraciones masivas de africanos a Europa o de latinoamericanos a Estados Unidos, pero no entendemos lo que está detrás: el agotamiento de recursos para la vida, la miseria, el hambre, el desempleo y la violencia que dejaron siglos de colonialismo capitalista en nuestros países, etcétera. Gobiernos de derecha aprovechan esa ignorancia, así como los miedos y fobias asociados a ellos, para azuzar la fobia a los extranjeros, el racismo y la xenofobia, incluso el fascismo.

Los contactos humanos siempre han promovido la expansión de epidemias. La llegada a América de los conquistadores y colonizadores europeos casi logró extinguir (en algunos lugares, sin el “casi”, como en el Caribe) a las poblaciones indígenas, al menos las redujo dramática y brutalmente. El uso de armas bacteriológicas del siglo XX tiene su antecedente en esa “espontánea” expansión de epidemias como la viruela y el sarampión (que hoy regresa después de creer que lo habíamos erradicado).

La introducción de especies domésticas y otras especies aparejadas a la presencia humana (ratas, moscas, cucarachas y chinches, por ejemplo) en hábitats ajenos, pero sobre todo la explotación de territorios y recursos materiales y energéticos ha ocasionado una pérdida de diversidad en todo el planeta, sacrificada en aras de la ganancia capitalista.

La convivencia de seres humanos en todo el mundo, los viajes y el hacinamiento en grandes ciudades, han propiciado que muchos gérmenes, entre ellos los virus, salgan de los seres vivos que antes parasitaban y lleguen a otros, muchas veces, enfermándolos. El coronavirus es un caso, el más reciente, pero no el único. La humanidad comienza a enfrentar las consecuencias de la globalización, de la presencia planetaria de seres humanos sujetos a un sistema capitalista depredador del medio ambiente y explotador de los seres humanos.

El despojo de sus territorios y recursos de los pueblos indígenas (en México, despojo en marcha con el tren maya, el corredor interoceánico transístmico en Tehuantepec, el Proyecto Integral Morelos, el aeropuerto de Santa Lucía, la nueva refinería en Dos Bocas, el proyecto de las empresas de Alfonso Romo “Sembrando Vida”, los parques eólicos, la megaminería, la entrega del agua a empresas privadas como Constellation Brands en Mexicali, etcétera) no solamente los pagan los pueblos y comunidades con miseria y muerte: el planeta nos pasa la factura con la crisis climática, la crisis energética, la extinción de especies, las grandes migraciones humanas y animales.

Ciencia, detente. Este presidente es inmune al conocimiento.

Para masas enteras despojadas, pauperizadas, militarizadas, arrinconadas detrás de muros físicos y militares (como la Guardia Nacional, patrulla fronteriza extraterritorial de Donald Trump en la frontera sur de México), despojadas de sus derechos económicos, sociales, culturales y ambientales, entre ellos el derecho a una educación científica y laica, para estas grandes masas, científicamente analfabetas, no es extraño que estas grandes desgracias aparezcan como signos apocalípticos debidos a fantasmales o demoniacas fuerzas desconocidas. En lugar de identificar al capitalismo como causante de sus dolores y desgracias, identifican al capitalismo como Rey Midas que da riqueza y consumo. En cambio, los males los hacen pensar en falsas causas como el pecado, los extranjeros, las conspiraciones de otros, ajenos y extraños. Incluso en cierta “izquierda” que asume una ideología anticapitalista, pero no un análisis científico de los fenómenos, todo es un complot: si se movilizan los jóvenes contra el cambio climático y la indolencia de los gobiernos, es un “complot del capitalismo verde”; si se movilizan las mujeres contra la violencia patriarcal feminicida, es un “complot para desestabilizar al gobierno”; si hay una pandemia de coronavirus, es un “complot del capitalismo” para ¿subir sus ventas de papel higiénico?

Esta carencia de pensamiento científico, crítico y reflexivo promueve el negacionismo: las amenazas no son reales. El cambio climático es una mentira inventada para detener el avance del desarrollo capitalista; las noticias críticas de AMLO son un “complot de la CIA”; la teoría de la evolución de Darwin es un complot para volver ateos a los jóvenes y así: hay incluso fanáticos que promueven la idea de que la tierra es plana.

A esta era de confusión, mentiras, promoción de la ignorancia y el oscurantismo, de la cual se hacen cómplices, sea por su propia ignorancia o por manipular creencias religiosas de la gente, gobernantes como Bolsonaro, Obrador y Trump, algunos la han llamado la “posverdad”. Pero no es que la verdad haya dejado de existir, lo que pasa es que la ignorancia masiva sobre ciencia actual no deja ver a las personas lo que no entienden.

En el caso de Obrador, su muy estudiado gesto de mostrar amuletos mágicos y religiosos es (como ha señalado A Libre Murrieta en Facebook) un deliberado show mediático para engañar a quienes de por sí van a quedar expuestos al contagio porque no podrán quedarse en casa, ya que viven al día. Es un gesto maquiavélico y criminal de manipulación psicológica de masas.

El anticapitalismo es un claro ejemplo: no cualquier persona entiende el análisis marxista del capital, la mercancía, el dinero, el mercado y la empresa capitalista. El anticapitalismo se antoja imposible, porque vivimos inmersos en un mundo ideologizado en donde el sentido común es que el dinero y las mercancías valen y, por el contrario, los seres humanos y los seres vivos somos desechables.

Sin embargo, el coronavirus es una pandemia real, de verdad ha asolado con enfermedad y muerte en China, en Italia, en España, en Estados Unidos y hoy amenaza a México y a toda América Latina. La principal arma contra el coronavirus o Covid 19 (información genética que se expande perniciosamente) es la información científica, verdadera, no para generar alarmismo sino prevención, cuidado.

Científicos de la UNAM han estado diciendo, a quien quiera escuchar, que el coronavirus es una pandemia porque se contagia ampliamente, aunque solamente un 5% de los contagiados mueren, aproximadamente, pero si por descuido, irresponsabilidad, como ocurrió en China, Italia y Estados Unidos, se contagian más personas, el número de muertes aumenta. Italia ya ha tenido más muertos que China. Corea tomó medidas pronto y ha tenido menos daños que Europa.

Han fallado esos gobiernos por no informar con oportunidad sobre el virus y no tomar medidas sanitarias eficaces. Al final han impuesto medidas extremas, como la militarización en Italia para hacer frente a la pandemia cuando ya estaba muy avanzada. Además han ocultado información: China inició con casos el 1 de diciembre de 2019 y no lo informó a la OMS hasta fines de ese mes y año. Italia pidió ayuda a otros países europeos, y estos países, negando sus pactos como Unión Europea, no la ayudaron. Hoy Trump quiere aprovechar la pandemia y la psicosis social para impulsar su agenda racista y xenófoba contra los migrantes.

Sin embargo, los zapatistas de Chiapas (quienes han tenido desde hace años un acercamiento al pensamiento científico actual, promoviendo que los científicos se acerquen a las comunidades a explicar cómo es y qué es la ciencia y cómo explica los fenómenos naturales y sociales) están aplicando el principio precautorio: si el riesgo puede ser grave, se toman medidas. Han criticado la falta de información veraz, honesta y cabal de parte de los malos gobiernos (y tienen razón, ya vimos cómo esa actitud irresponsable causó tantas desgracias en China, Italia, España y Estados Unidos), pero no asumen una actitud negacionista, sino que cierran sus caracoles y adoptan medidas de higiene como prevención para proteger la salud y la vida de las mujeres, hombres, ancianos, ancianas, niñas y niños de sus comunidades indígenas zapatistas. Además exhortan a los demás a hacer lo propio. Queremos cambiar el mundo, pero para ello lo primero es seguir vivos. Como el lema de las mujeres en lucha: “Vivas nos queremos”.

La cuarentena, a la cual el gobierno de México no se ha atrevido ni siquiera a llamar por su nombre, implica muchos retos. Quedan más desprotegidos los más pobres, los más desnutridos, los que ya tienen padecimientos previos (crónicos, respiratorios, cardiacos, diabetes, VIH, etc.). Se arriesgan más los trabajadores que ganan cada día para comer: los trabajadores precarizados, mal llamados “informales”, muchos de ellos menores de edad y mujeres o ancianos y ancianas.

El coronavirus se ceba sobre las víctimas del sistema capitalista explotador y depredador, quizá por eso les parece a algunos una medida de limpieza social fascista. Parece un macabro darwinismo social. Quedan expuestos los niños más pobres, para quienes el desayuno escolar es parte de su diaria nutrición y ahora se quedan sin él. O las mujeres, niñas y niños víctimas de violencia en el hogar y ahora encerrados con su agresor. O las niñas y niños que ante el cierre de las escuelas acompañarán a la calles a sus padres y madres al autoempleo precario de sobrevivencia.

El capitalismo se verá afectado por la ausencia laboral de miles de trabajadores, pues jamás ha logrado, ni con toda su tecnología, dejar de depender del trabajo humano. Sin embargo, el capitalismo siempre externaliza costos: recibirá exenciones de impuestos, despedirá a miles de trabajadores, pedirá apoyos y rescates a los gobiernos, meterá de nuevo las manos en el dinero de todos para privatizar las ganancias y socializar las pérdidas y las desgracias.

Una pandemia como la que está en curso hace evidente que la salud no puede ser una mercancía, sino que debe ser un derecho humano universal, garantizado por el Estado. En países europeos se están viendo forzados a estatizar o nacionalizar temporalmente los hospitales privados para poder atender la emergencia. En México, los hospitales privados han llegado a cobrar hasta miles de pesos por una prueba de laboratorio para el Covid 19. Incluso 3500 o 5000 pesos es demasiado.

¿Quién hará frente a la pandemia: el doctor Simi, que cotidianamente atiende a mucha de la gente más pobre y sin seguro? ¿Un sistema de salud rebasado, desabastecido de medicamentos y hasta de jabón, gasas o papel para hacer carnets? El sistema de salud en México es víctima de más de treinta años de neoliberalismo (que sigue vigente, pese a la demagogia presidencial) y de la ineptitud del actual gobierno, que ha sido incapaz de sanearlo sin dejar desprotegidos a los mexicanos.

Como ante las desgracias ha ocurrido siempre, como en los sismos por ejemplo, la respuesta está en manos de la sociedad. El egoísmo neoliberal, individualista y burgués, nos aísla y nos vuelve vulnerables a todos, pero la solidaridad, la crítica y la lucha organizada nos fortalecen.

El mal gobierno está aprovechando la coyuntura para imponer medidas en favor de las empresas, por ejemplo: otra consulta amañada, esta vez en Mexicali, para imponer la privatización del agua y el despojo en favor de Constellation Brands, así como la cesión a los militares ya no solo del nuevo aeropuerto en Santa Lucía sino incluso el llamado tren “maya”.

Les importan menos las vidas humanas que los negocios de Alfonso Romo, cacique del agua en la zona maya, de Carlos Slim, de Salinas Pliego y de los capitales internacionales.

Por eso concordamos con los zapatistas en que debemos seguir comunicados y en lucha, de nuevos modos o de viejos modos, como podamos: no todos tiene red en casa, trata de marcar el teléfono, de platicar de ventana a ventana y de edificio a edificio. Si tienes internet, mantén enterada a tu red más cercana con información veraz y crítica.

Como los zapatistas, tenemos que tratar de aprender ciencia, de comprender nuestro mundo críticamente, porque como dice Jean Piaget; las personas no entienden lo que ven, ven lo que entienden.

Que los grandes males son resultado del capitalismo lo verán más personas cuando puedan entenderlo. No necesitamos menos sino más y mejor ciencia. Y también conciencia y organización, lucha y alegre rebeldía.

15 de septiembre de 2018

BABEL | Algunos errores que podríamos y deberíamos evitar con respecto al movimiento estudiantil actual (texto dirigido a los que tenemos más de 30).

Por: Javier Hernández Alpízar / Zapatenado.

Cuando parecía que la mayoría de la sociedad mexicana estaba fascinada, mesmerizada, domesticada por un líder fetiche carismático, como del cielo nos cae la refrescante energía de la rebeldía estudiantil que se moviliza autoconvocándose, derribando el tabú de los que piden la inmovilidad, la paciencia y la fe resignada.

Deberíamos evitar juzgarlos desde una cátedra de autoridad, que no tenemos, las generaciones que fetichizamos a los mártires del 68, mientras dejamos podrir los proyectos de democracia nacionales en caudillismos, hasta llegar al bonapartismo del 2018 “Brumario”.

Deberíamos evitar la tentación de hacer el ridículo dándoles consejos en lugar de, al menos, no estorbarles.

Deberíamos tratar de escucharlos y verlos a ellos directamente y no juzgarlos por la mirada, casi en todos los casos esclerotizada, de los medios progres como Proceso y La Jornada, que demonizaron al movimiento de 1999 y pueden repetir la hazaña, porque les sobra talento para linchar a lo diferente.

Deberíamos no temerles, no temer su rebeldía, no temer su irreverencia, porque sería más temible que regresaran al redil, que volvieran a ser el pueblo de ovejas que cierto sacerdote locuaz decía que ya había hallado su “pastor”.

Deberíamos no dividirlos, ni siquiera imaginariamente, en buenos y malos, moderados y ultras, sensatos y radicales o pacifistas y “violentos” (en el país de los miles de asesinados, de los feminicidios, de los miles de desaparecidos, de los ecocidios cometidos y los ya programados, tildar de violento un cierre de calle o una pinta es una soberana hipocresía).

Deberíamos defenderlos, no dejarlos solos ante la posible y muy probable represión, ni mucho menos alentar a las fuerzas represivas haciendo propaganda negra contra sus movilizaciones, sus modos, sus fachas y lenguajes.

Deberíamos aprovechar su grito para tratar de abrir el proceso democrático que se ha encerrado en el núcleo duro de una clase político empresarial neoliberal: lograr que caigan definitivamente las herencias nefastas del priismo y el panismo que se han venido reciclando en sus partidos clones como PRD y Morena.

Deberíamos aceptar el cuestionamiento que su sola presencia representa: nada está bien, si hubiéramos hecho lo que debíamos no serían necesarias de nuevo demandas de democracia, contra la represión, contra la violencia de género, e incluso demandas tan elementales como maestros y salones de clases.

Deberíamos cesar de defender a priori el status quo ante cualquier peligro de “subversión”, como si el estado de cosas de una sociedad impotente para reinventarse y muy “creativa” para reeditar caudillismos y bonapartismo tuviera mucho que defender.

Debemos, sobre todo, atajar cualquier tentación de reducción violenta de su movimiento de digna rebeldía y protesta: ya tenemos en la conciencia de una sociedad con bastante mala fe las represiones de 1968, de 1971, de 1999 (la PFP tomando CU) y tantas otras, como la noche infernal de Iguala: no necesitamos más mártires, necesitamos jóvenes vivas y vivos, y rebeldes, si pueden seguirlo siendo, porque ejemplos de claudicantes, algunos que incluso con apenas semanas de diferencia cambian de opinión, ya hay demasiados.

La responsabilidad de todos es mucha, no volvamos a tirar al caño de nuevo a los jóvenes rebeldes junto con el agua sucia. Después de todo hay un escenario peor: que se conformen, que se reduzcan, que se resignen y que acaben retomando el camino de las generaciones incapaces de imaginar un gobierno que no haya echado raíces en el priismo.

7 de septiembre de 2018

El 1918 “Brumario” de Andrés Manuel Bonaparte.

Por: Javier Hernández Alpízar | Babel | Zapateando.

“Es opinión muy extendida en algunos ambientes (y esta difusión es un signo de la estatura política y cultural de dichos ambientes) que en el arte político es esencial mentir, saber ocultar astutamente las propias opiniones, los verdaderos fines a que se tiende, saber hacer creer lo contrario de lo que se requiere realmente, etcétera. La opinión está tan arraigada y extendida que nadie cree que se diga la verdad. […] En política se podrá hablar de reserva, no de mentira en el sentido mezquino que muchos piensan, en la política de masas decir la verdad es una necesidad política precisamente.”
Antonio Gramsci.


Parece que en México todo se conjunta para hacer vigente la idea de Karl Marx de que la historia se repite pero en clave de farsa. El poder en México se formó de manera autoritaria, monárquica, en el virreinato de la Nueva España, y caudillista, en el siglo XIX y principios del XX hasta construir el presidencialismo priista: esta estructura ha sido descrita por Rhina Roux como “El príncipe mexicano”, apoyada en la lectura de Adolfo Gilly, Antonio Gramsci, Karl Marx y Maquiavelo. El príncipe, que el florentino trataba de invocar para unificar a Italia, es leído por Antonio Gramsci como colectivo: el partido como príncipe moderno; pero en el caso mexicano, por su pasado colonial y las características de su fragmentación y la enconada guerra intestina de sus elites criollas y mestizas (decantadas en liberales y conservadores), división que ocasionó guerras e incluso la debilidad ante invasiones extranjeras, la pérdida de territorio ante los Estados Unidos, esta fragmentación y casi balcanización se resolvió con un Estado –príncipe que unificó a las elites, y en buena medida las generó, con iniciativas como la Reforma (destinadas a generar un burguesía mexicana), bajo el mando de un solo hombre: el presidente (y su partido), en un proceso largo que inicia con Juárez y se consolida hasta Lázaro Cárdenas, dando origen a una especie de “monarquía sexenal” no hereditaria pero sí transferible entre los elegibles de un único partido. (Sintomático que dos de los líderes carismáticos que desafiaron esa sucesión hayan salido del mismo partido: PRI).

En el siglo XX y lo que va del siglo XXI, el embate del neoliberalismo (ese oscuro y variopinto proceso que va de Hayek y Friedman a Pinochet, las dictaduras militares del Cono Sur y a Reagan y Tatcher) que obligó a cambios como las reformas estructurales, el TLCAN (hoy mero TLC), la autonomía del Banco de México y las libertades al capital financiero, llevó al poder a los tecnócratas priistas: Salinas, Colosio, Zedillo, Ruiz Massieu, Pedro Aspe, Camacho Solís y Marcelo Ebrard… ese desmantelamiento del estado de bienestar a la mexicana desestabilizó al Príncipe en sus bases (acuerdos de equilibrio como la no reelección, el ejido, el petróleo nacionalizado, separación Iglesia-Estado), se necesitaba un relevo y lo dieron desde arriba con dos sexenios panistas, el de Vicente Fox, llevado al poder por el voto masivo y equivocado de un electorado que lo confundió con el cambio democrático, y el impuesto, incluso mediante la militarización, de Felipe Calderón. Parecía que el PRI se recuperaba con Peña Nieto, pero su legitimidad fue nula desde su llegada al poder. Y el regreso del PRI fue en clave de farsa: no se cumplió la expectativa (de algunos) de pacificación y ni siquiera una caricatura del “estado de bienestar”.

Tras dos sexenios de terror de Estado represivo, con más de 37 mil desaparecidos, según cifra oficial, más las dos o tres centenas de miles de asesinados y las centenas de miles de víctimas más que son sus deudos o quienes buscan a sus desaparecidos, los partidos que operaron las reformas y el terror de Estado estaban totalmente inutilizados para gobernar: las fallidas candidaturas de la Calderona, Anaya, Meade y el Bronco no fueron sino el reflejo del desgaste.

El México de abajo, que ha padecido la represión siempre, pero que particularmente estos sexenios de terror puso los muertos, los desaparecidos, los presos, los desplazados, las mujeres víctimas de feminicidio, no tenía ni la organización (propia, autónoma, de clase, con proyecto no neoliberal). Así que, con más de 30 millones de votos, apostó al voto de castigo contra sus verdugos y, en un sector, a la esperanza de un respiro.

Había un empate negativo entre la burguesía, que había vaciado sus recursos políticos en la contrarrevolución de dos sexenios (o más si se cuentan desde 1982) y un proletariado y un México de abajo desarticulados por la represión y la carencia de un proyecto de clase.

El proyecto de AMLO parece una parodia o caricatura del estado de bienestar, a pesar de usar a Juárez, Madero y Lázaro Cárdenas como promesa de regreso a las “glorias pasadas”, no puede ofrecer derechos y garantías sociales como el estado de bienestar sino dádivas y becas o “apoyos” a los “vulnerables”; no impulsará tanto el laicismo como la consulta popular sobre los derechos de las mujeres (interrupción legal de embarazo, entre ellos); no ha llamado a deponer al régimen, sino que le ofrece una salida conciliada e impune, no re-expropiará ni el petróleo ni ningún otro bien ni echará abajo las reformas estructurales económicas, solamente revisará contratos para “evitar corrupción”: la caricatura de las transformaciones impulsada por un gobierno restaurador (del paraíso de las inversiones, según el jefe de… gabinete, Alfonso Romo). La historia se repite, pero en clave de farsa.

En circunstancias como éstas, descritas y narradas por Karl Marx en el 18 Brumario de Luis Bonaparte, donde explica cómo una situación semejante: burguesía dividida e impotente para ejercer el poder político, proletariado en reflujo por represiones y derrotas pasadas, elecciones con un líder carismático (sobrino de Napoleón Bonaparte, quien abandera las esperanzas de revivir “glorias pasadas”) llevan al encumbramiento de Luis Bonaparte primero por un golpe de estado “legítimo” (los legisladores acababan de abolir el sufragio universal, para evitar la reelección de Luis Napoleón, que había llegado al poder por los sufragios) y luego refrendado por el arrastre del líder carismático en un plebiscito, para llegar a ser el líder, hombre providencial, a cuyos brazos terminó arrojándose la burguesía (que originalmente no lo quería). Luis Bonaparte terminó siendo un gobierno de restauración, despótico, represivo, protector de los intereses de la burguesía y el capital.

Engels resumió el concepto que sintetiza la explicación de Marx con el término “bonapartismo” y otros autores, como el mismo Engels, Lenin y Trotsky, lo usaron para explicar eventos históricos análogos en Alemania y Rusia (Bismarck y Kerensky). En nuestro contexto, algunos autores lo han usado para explicar fenómenos latinoamericanos.

El equilibrio entre burguesía y clases subalternas no es positivo, no es que ambas tengan gran fuerza y empaten, sino negativo: ni una ni otra puede gobernar, ese vacío lo llena un líder carismático (o un grupo, pero normalmente con la presencia de un líder carismático).

Así describe Antonio Gramsci el bonapartismo: «Demagogia» quiere decir muchas cosas: en sentido peyorativo significa utilizar a las masas populares, sus pasiones sabiamente excitadas y alimentadas, para los propios fines particulares, para las pequeñas ambiciones propias (el parlamentarismo y el eleccionismo ofrecen terreno propicio para esta forma particular de demagogia, que culmina en el cesarismo y el bonapartismo con sus regímenes plebiscitarios). […] El «demagogo» en sentido peyorativo se presenta como insustituible, crea el desierto a su alrededor, destruye y elimina sistemáticamente los posibles concurrentes, quiere entrar en relación con las masas directamente (plebiscito, etc.), gran oratoria, efectos teatrales, aparato coreográfico fantasmagórico, se trata de lo que Michels ha llamado el «jefe carismático».)” (Gramsci, La política y el Estado moderno).

Me parece que a la idea de un equilibrio negativo de fuerzas entre una burguesía o elite opresora dividida y desgastada y deslegitimada y un pueblo que ha padecido la represión y está desarticulado para actuar como clase, hay que añadir la capacidad del capital (tanto “nacional” como internacional) de homeostasis: su habilidad para asimilar al demagogo y volverlo inocuo para todo cambio que afecte al sistema, recuperando el equilibrio favorable al capital (explotación, despojo, represión) y permitiéndole al hombre providencial desplantes demagógicos cosméticos (humildad teatral, “combate a la corrupción”). El vacío de la clase política tradicional es llenado por un elemento que se presenta como “externo”. En México hubo un primer intento fallido con Fox. Me parece que hoy enfrentamos un intento más exitoso y resistente al desgaste que el de Fox, el de López Obrador. Incluso, probablemente, hay un caso similar en Estados Unidos con Donald Trump. La burguesía prefiere soportar incluso a un tirano que enfrentar la ira popular directamente. Además, Trump surge ante el desgaste de la clase tradicional que llegó al extremo con la desilusión provocada por Barak Obama.

En el caso mexicano, hay más elementos quizá para entender como bonapartismo el ascenso espectacular del líder carismático. En todo caso, no parece tratarse de un bonapartismo progresivo: la continuidad del modelo económico neoliberal y aun su profundización con megaproyectos que ya eran parte de los planes de los anteriores gobiernos del PRI y el PAN, le dan un carácter regresivo y restaurador.

Es semejante al rápido cambio de manos descrito así por Antonio Gramsci: “En el mundo moderno, sólo una acción histórico política inmediata e inminente, caracterizada por la necesidad de un procedimiento rápido y fulminante, puede encarnarse en un individuo concreto; la rapidez sólo puede llegar a ser necesaria ante un gran peligro inminente, un gran peligro que caldea de modo fulminante las pasiones y el fanatismo, aniquilando el sentido crítico y la corrosividad irónica que pueden llegar a destruir el carácter «carismático» del condottiero (…). Pero una acción inmediata de este tipo, por su misma naturaleza, no puede tener un vasto alcance y un carácter orgánico, será casi siempre del tipo de la restauración y de la reorganización y no del tipo de la fundación de nuevos estados y de nuevas estructuras nacionales y sociales (…)”.

El peligro que temía el electorado era la continuidad del régimen del terror; el peligro para la burguesía era ver fracasar la continuidad de su proyecto neoliberal ante un pueblo airado y una clase política deslegitimada: el líder carismático ofreció a ambos una salida inmediata no cruenta, pero también sin compromisos de cambios de fondo.

Además de Gramsci (La política y el Estado Moderno), es pertinente leer desde luego directamente e Karl Marx en su 18 Brumario de Luis Bonaparte. Igualmente puede verse el texto de David Torres Mejía, Notas sobre el bonapartismo, disponible en pdf gratuito. Para entender cómo se pueden usar los mecanismos de la república para un gobierno autoritario (en un espectro que puede ir de Echeverría a Franco) es muy atinente la lectura del Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu. Y desde luego, de Rhina Roux, El príncipe mexicano.

19 de agosto de 2018

El plan de colonización, desplazamientos forzados y devastación ambiental que está en marcha.

Por: Javier Hernández Alpízar / Babel / Zapateando.

Los países colonizadores, al menos algunos de ellos, presumen que en sus territorios están haciendo ambiciosos, y muchas veces exitosos, programas de restauración ambiental. Los alemanes están dejando a sus bosques crecer y haciendo descrecer sus ciudades para darle espacio al bosque. Los canadienses han prohibido la devastación ambiental minera en su territorio, del cual son icónicas las fotos de sus bosques. En el Estado español han prohibido las presas, y mucho más si construirlas implica desplazamiento forzado de poblaciones. En los Estados de Europa occidental y en Canadá, al menos, los derechos ambientales son una realidad en sus territorios. Sin embargo, capitales alemanes, canadienses, españoles, no menos que capitales estadunidenses, chinos o brasileños, en países colonizados como México, impulsan la bioprospección para patentar genes de plantas y animales y para piratear saberes indígenas ancestrales; siguen practicando la minería tóxica a cielo abierto que destruye comunidades y territorios, usando métodos criminales como grupos de choque o paramilitares e incluso complicidad con el narco; siguen imponiendo el despojo territorial, el desplazamiento forzado de poblaciones y la destrucción ambiental con presas y represas, parques eólicos, extractivismo petrolero y minero, carreteras, aeropuertos, trenes, corredores para el paso de las mercancías, megaproyectos todos que violan derechos ambientales, económicos, sociales, culturales de pueblos y comunidades, indígenas o no, rurales y urbanos. Eso se llama colonización, siempre se anuncia como desarrollo, siempre promete generar empleos y bonanza económica (consumo), y siempre promete respetar los derechos humanos e incluso ser amigable con el medio ambiente.

En México, la nueva vuelta de tuerca del colonialismo capitalista neoliberal comenzó con Miguel de la Madrid y ha sido impuesta (muchas veces violentamente) con los gobiernos priistas y panistas de Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña. Durante 36 años de gobiernos neoliberales, obedientes de los dictados del FMI, el BM, la OMC, la OCDE y del Consenso de Washington, se impulsó la reconversión de la economía (antes “mixta”) a una economía de “libre mercado” mediante mecanismos como los tratados de libre comercio, el primero de ellos, el TLCAN, en 1994 y luego muchos otros hasta llegar a 43 tratados de libre comercio; la autonomía del Banco de México; la plena libertad de los mercados financieros; las privatizaciones de facto (Telmex para Carlos Slim como ejemplo paradigmático), las llamadas reformas estructurales, que son no solamente legales, es decir, modificaciones en el derecho positivo, sino reales: cesión de soberanía a la fuerza de los capitales nacionales y transnacionales.

Además se impulsó una hegemonía del neoliberalismo como ideología: individualismo, consumismo, creencia en que el capitalismo es la forma insuperable de vivir en sociedad, y el neoliberalismo como su manera obvia de ser, la creencia en el “desarrollo”: llegar a ser como ellos (como esos estadunidenses, canadienses, alemanes o españoles felices de la propaganda consumista). Especialmente se formó al mexicano como sujeto moderno neoliberal, individualista, consumista, creyente en la religión del mercado, adicto al fetichismo de las mercancías y el dinero, fanático de lo estadunidense, y sobre todo narcisista (lo cual implica un cierto grado de infantilismo o cretinismo): porque la mercancía y el dinero son los alcahuetes de sus necesidades y lo hacen creerse el centro del mundo.

Esta transformación fue una contrarrevolución de derecha, la destrucción del pacto social que lentamente se formó entre el triunfo del juarismo y el gobierno de Lázaro Cárdenas, la formación de un Estado mexicano liberal, en el sentido viejo de la palabra, que implicaba cierta vocación social, la cual además coincidió con un periodo de corporativismo mundial como el New Deal en los Estados Unidos y el keynesianismo o Estado benefactor a nivel internacional, que en México se llamó “economía mixta” o “Estado de bienestar” y más interesadamente “milagro mexicano”. Un periodo de relativa bonanza que alcanzó solamente a sectores privilegiados, de la ciudad, sobre todo, y que dejó una impronta que, ante la falta de conciencia social o conciencia de clase, no se recuerda tanto como derechos conquistados mediante las luchas (de la guerra de independencia a la revolución mexicana y aún después) sino como dádiva paternalista: el mito de Tata Lázaro o de los presidentes “buenos” como, dicen algunos, Ruiz Cortines.

La contrarrevolución inició inmediatamente después del fin del sexenio de Lázaro Cárdenas y tuvo momentos especialmente activos con Miguel Alemán, pero las condiciones del triunfo planetario de las doctrinas y políticas neoliberales, con las dictaduras del Cono Sur, paradigmáticamente Pinochet, alabado por Milton Friedman, y luego con Tatcher y Reagan (los tres admirados por Alfonso Romo: Pinochet, Tatcher, Reagan), se agudizó en México con Miguel de la Madrid y quedó troquelada con Salinas de Gortari; se le ha demonizado solamente a él, pero fueron salinistas, es decir, neoliberales, los gobiernos de Zedillo, Fox, Calderón y Peña. El salinismo, en el sentido de neoliberalismo, nunca perdió el poder; por el contrario, mientras la figura de Salinas o de otros personajes era demonizada, la ideología neoliberal (“salinista”) fue volviéndose el nuevo “sentido común”, la ideología dominante, incuestionada y, al menos eso quisieran, incuestionable.

Entre los signos de “naturalización” del capitalismo está el hecho de que no se le nombra. El neoliberalismo se trivializó como una mala palabra para calificar al adversario y perdió, en el lenguaje común, su sentido crítico real.

Mientras el odio como pasión masiva se concentraba en chivos expiatorios como Salinas, los beneficiarios del neoliberalismo y el salinismo se volvieron invisibles para la inmensa mayoría social. Se impuso la ideología de los empresarios, con la falsa idea de que los impulsores de un pequeño changarro son iguales a ellos, pues son “emprendedores”. Así, en lugar de ser objeto de odio (merecido), reservado a los presidentes y algunos políticos, y luego a los partidos, especialmente al PAN, el PRI y el PRD, los empresarios solamente son criticados por una minoría que no tiene incidencia en el resto de la sociedad. Incluso, para algunos, llegaron a ser referente de “honestidad” o de “austeridad” y aún de “filantropía”, véanse las alabanzas de AMLO a Carlos Slim o la defensa de algunos simpatizantes de Morena a la figura de Alfonso Romo.

La crítica se volvió hipócrita y tremendamente inconsecuente: se critica a los priistas y panistas, excepto cuando se pasan al bando “bueno”. Se critica al salinismo, pero se asume la ideología neoliberal. A pesar de ser prácticamente una botarga contra la cual escupir los resentimientos, Salinas ganó: su ideología y modelo de país se impuso, ahora es sentido común: neoliberalismo, desarrollo (aceptando como “sacrificio” el daño ecológico), megaproyectos. Hoy son defendidos por sectores que creen ser antisalinistas, antipanistas y antipriistas, pero que defienden esos mismos megaproyectos ahora enarbolados como programa de gobierno de AMLO- Romo y Morena.

Tienen en común ser proyectos del capital internacional, planes de colonización del territorio mexicano, explotación de los recursos naturales, expulsión y desplazamiento de poblaciones y comunidades, todo ello: violaciones sistemáticas de los derechos humanos, individuales y colectivos, de muchos mexicanos. Tienen en común venir desde el siglo XIX, como los frustrados tratados McLane Ocampo, o al menos del siglo XX, con los tratados de libre comercio y con el avance parcial de planes como el Plan Puebla Panamá o el Plan Mérida. Muchos de ellos, como el Aeropuerto en Texcoco, han sido iniciados por viejos gobiernos priistas, y han sido derrotados, en el sexenio del panista Fox, con el alzamiento popular de Atenco y comunidades cercanas.

Han sido resistidos con luchas como el alzamiento zapatista en 1994, la formación de autonomías y de policías comunitarias, especialmente en el sur y el sureste del país.

La burguesía mexicana impulsó violentamente estos megaproyectos u otros parecidos durante dos sexenios de violencia inaudita contra la población, que dejaron una estela sangrienta, con un número ignoto de miles de muertos y desaparecidos, además de miles de viudas, huérfanos, y víctimas cuyo dolor no alcanza siquiera a nombrarse.

Esta violencia, cuyo desprestigio hizo inviable seguir con el plan neoliberal mediante los partidos que lo operaron anteriormente (PAN; PRI, PRD), abrió camino al debilitamiento de la resistencia social a costa de destruir la imagen de esos partidos.

Con el triunfo de AMLO y Morena, la burguesía ganó un gobierno operador de lo que ya sus viejos administradores no podían seguir impulsando, los grandes proyectos colonialistas neoliberales. Los más destacados son:

Las Zonas Económicas Especiales (la primera ya opera en la Península de Yucatán).

El corredor del Istmo de Tehuantepec para conectar los puertos de Coatzacoalcos y Salina Cruz.

El Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México en Texcoco, que ya está en construcción, al menos ya están destruyendo el sitio.

El tren “Maya” de Cancún a Palenque, que pasa por la reserva de la biosfera de Calakmul.

El millón de hectáreas de explotación forestal (árboles maderables y frutales, no endémicos) en la Selva Lacandona, cuyo principal beneficiario probablemente será una empresa de Alfonso Romo.

La minería tóxica, especialmente canadiense, defendida por AMLO como “estrategia” para limitar el comercio con Estados Unidos y “resistir” a Trump.

Asimismo, asociado con ellos, y con las reformas neoliberales, que ya se ha ido anunciando que no serán revertidas: explotación petrolera, presas y represas, carreteras y caminos. Una colonización de territorios indígenas y penetración de capitales, empresas, operadores de gobierno y seguramente fuerzas armadas que vuelven totalmente retórica e hipócrita cualquier invocación a los “Acuerdos de San Andrés” o a los “derechos humanos”.

Ya he escuchado a defensoras de AMLO en radio cuestionar “cuál razón, no se puede apelar a la razón, porque no hay una razón absoluta”, para defender el “argumento” de que AMLO ya había anunciado a cartas abiertas casi todo su gabinete y su plan económico, por lo tanto puede hacerlo, imponerlo, por razón institucional, razón de Estado, y contra sus millones de votos (la fuerza) no se puede apelar a la razón. Me recuerda a Pilatos: ¿la verdad, qué es la verdad? Pilatos es precursor de la cacareada “posverdad”. Pero sí, hay una razón que se impone detrás de esa razón “institucional”, “democrática” (“30 millones de votos no se equivocan”) y razón de Estado: es la “razón” del Capital (razón absoluta, incuestionada), el máximo ganador en estos comicios y en esta pasma postelectoral, en la cual las víctimas mandan cartas a AMLO llamándolo “Compañero” y “Señor Presidente”.

Todavía no logran hacer que las víctimas de Calderón y Peña perdonen y olviden, pero AMLO y Romo ya tienen mapeadas y sentenciadas a sus propias víctimas.

El reparto de migajas como “ayudas a la tercera edad” será solamente un control de daños y una medida de contención de la protesta social.

1 de agosto de 2018

El zapatismo, verdadero foco de resistencia al salinismo.

Por: Javier Hernández Alpízar / Desinformémonos.
 
La historia del EZLN es larga, pero podemos retomar algunos momentos importantes que ayudan a deshacer el entuerto de la propaganda negra contra los zapatistas, propalada por el voto duro de AMLO y otros malquerientes del zapatismo: la calumnia de que son marionetas manipuladas por Salinas. (Además del racismo implícito en la idea de que son meras marionetas los miles de indígenas que se han manifestado en las semanas recientes en apoyo a la vocera del Concejo Indígena de Gobierno, Marichuy).

Lo primero es el alzamiento del 1 de enero de 1994. Fue el hecho que impidió que Salinas de Gortari terminara triunfante su sexenio, con la entrada en vigor del TLCAN (NAFTA) y la propaganda que pretendía presentarlo como un Gorbachov mexicano. Con su declaración de guerra, los zapatistas derrumbaron la imagen mediática de Salinas y permitieron que recobrara el aliento el antisalinismo e incluso se recuperó la izquierda, que había iniciado enfrentando al fraude que la marginó de la presidencia en 1998, pero se había venido desinflando ante el empuje del equipo neoliberal en Los Pinos y la complicidad panista.

Salinas de Gortari y su equipo (Colosio, asesinado por el mismo sistema, Camacho Solís, luego asesor de AMLO, Aspe Armella, alguna vez asesor de una delfín de AMLO: Marcelo Ebrard (salinista del equipo de Camacho), Ruiz Massieu, también asesinado por el mismo sistema al que sirvió), al finalizar el sexenio salinista, tenían la expectativa de gobernar por sexenios pero el alzamiento zapatista desmoronó sus esperanzas. Zedillo fue improvisado como candidato priista y se benefició del sentimiento de culpa y el miedo a la guerra que generó el asesinato de Colosio, pero no pudo mantener la hegemonía priista y ante la insistencia perredista de mantener a un candidato por siempre (Cuauhtémoc Cárdenas) los beneficiarios de la “alternancia” fueron los panistas, con Fox.

La imagen de Fox era al inicio la de un “héroe nacional” que había logrado sacar de Los Pinos al PRI, el principio de su derrumbe fue muy pronto con la Marcha del Color de la Tierra con la que los zapatistas y el CNI exigieron que se cumplieran los Acuerdos de San Andrés. Los indígenas fueron traicionados por la alianza Cevallos (PAN)- Ortega (PRD)- Bartlett (PRI), y eso llevaría a los zapatistas a tomar la ruta de la autonomía en sus comunidades y el anticapitalismo a nivel global y nacional.

La cesión del poder ejecutivo priista al PAN (y en la capital mexicana al PRD) fue resultado no sólo del descrédito del PRI (cuya cristalización fue en gran medida resultado del alzamiento zapatista) sino de una reforma electoral con la que el Estado mexicano incluyó a los partidos de oposición como parte de un sistema de partidos (hoy una partidocracia) emergente ante el desafío zapatista: se beneficiaron PAN  y PRD, el primero con la presidencia de la república(Fox y Calderón) y el segundo con el gobierno del DF (hoy Cd Mx: Cárdenas, Robles, Obrador, Encinas, Ebrard y Mancera). Las negociaciones llevadas a cabo en la calle Barcelona , en la Ciudad de México, fueron realizadas, en el caso del PRD, primero por Porfirio Muñoz Ledo y al final por López Obrador. Los partidos recogieron el fruto de la sangre zapatista, la apertura del sistema a que ellos pudieran ganar elecciones, pero luego traicionaron al zapatismo al rechazar los Acuerdos de San Andrés, primeros acuerdos en una ruta de paz con el EZLN, y para cuya negociación incluyó éste a muchos otros indígenas de México, proceso que daría origen al actual Congreso Nacional Indígena, CNI.

Los zapatistas rompieron desde entonces con la clase política y se dedicaron a construir la autonomía en sus territorios, comunidades y pueblos, haciendo válidos en los hechos los Acuerdos de San Andrés. Estos procesos de autonomía y autogobierno han sido impulsados por comunidades y pueblos indígenas en diversos territorios mexicanos: son formas de resistencia pero también de propuesta para un México postcapitalista. La autonomía de las comunidades zapatistas es muy diferente a las de otras comunidades indígenas, pero tienen lazos de hermandad, expresados en una lucha conjunta como CNI. Los indígenas mexicanos no proponen separarse de México, su forma de autonomía es diferente a la catalana o la mapuche (no decimos mejor ni peor: diferente). Además, han ido avanzando en una propuesta de poder popular autoorganizado desde abajo que no pretende quedarse como comunidad utópica local o regional sino que desafía al sistema capitalista y al Estado mexicano con una manera alternativa de producir su vida y su mundo. Este desafío lo ha mantenido siempre el EZLN, pero de todos los actores que se han mantenido cercanos, son los indígenas quienes mejor han avanzado en un proceso autoorganizativo de resistencia y de lucha. Por ello son el núcleo alrededor del cual se teje la propuesta de lucha actual.

Es irónico que calumnien a los zapatistas quienes se han beneficiado de su lucha y de sus muertos; primero con un aire de refresco a una izquierda que estaba en la lona en México tras el fraude de 1988 y el derrumbe del Muro de Berlín en 1989; luego, con la reforma electoral que les abrió el paso a gobernar la Ciudad de México, en donde los gobiernos de izquierda han sido eficientes administradores del neoliberalismo, en favor de empresarios del salinismo como Carlos Slim.

Irónico, además, que acusen de salinismo o de priismo a los zapatistas, los seguidores de AMLO, quienes han hecho sus candidatos y han llevado con su voto a una gran cantidad de priistas, muchos de ellos salinistas o zedillistas, como Cuauhtémoc Cárdenas, López Obrador, Marcelo Ebrard, Juan Sabines, Ángel Aguirre Rivero (sus manos manchadas de sangre normalista ya, cuando AMLO lo apoyó para gobernar Guerrero), Gabino Cue, Lázaro Cárdenas Batel, Narciso Agúndez y Leonel Cota Montaño, Manuel Bartlett, Dante Delgado, Ricardo Monreal. Incluso son responsables de llevar al poder a otros políticos de extracción no priista pero cuyas trayectorias han sido favorables al priismo, como Miguel Ángel Mancera y Rosario Robles.

Los calumniadores del EZLN lo cusan de complicidad en el fraude de 2006, pero es falso. En cambio, los operadores del fraude de ese año, del equipo del Elba Esther Gordillo, fueron aliados de Morena en la más reciente elección en el Estado de México y no se descarta que lo sean en la elección presidencial de 2018, pues López Obrador ha dicho respecto de Gordillo, que “no hay que hacer leña del árbol caído”. Otros calumniadores repiten la mentira de que el EZLN llamó a no votar en 2006 y 2012, lo cual es falso, el EZLN jamás ha llamado a no votar, ha hecho fuertes críticas en 2005 y 2006 (y antes y después) al PRD y a López Obrador, críticas acerca de las cuales el tiempo les ha dado la razón a los zapatistas.

Actualmente el Congreso Nacional Indígena (del cual el EZLN forma parte) ha constituido un Concejo Indígena de Gobierno (cuya vocera es María de Jesús Patricio Martínez) que propone dar un paso adelante en la organización y la lucha anticapitalista en México y el mundo. Comenzando por López Obrador mismo, los calumniadores han resucitado su manido argumento de que todo es para quitarles votos y algunos de los más fanatizados seguidores del eterno candidato se han sumado a una campaña racista, misógina y de desprecio clasista contra la vocera del CIG, una luchadora social de toda la vida, indígena nahua.

Irónicamente, el verdadero heredero del liberalismo social que preconizó Salinas de Gortari es López Obrador (por algo varios connotados salinistas han sido tan cercanos al candidato de Morena), y en recientes propuestas, so pretexto de oponerse a Trump, Obrador ha reivindicado el TLCAN (NAFTA), máxima obra de Carlos Salinas de Gortari, y ha propuesto dar más entrada a las mineras canadienses, cuya  política criminal destruye comunidades y territorios en diversas zonas geográficas mexicanas.

Es claro que para cualquier persona que se informe en fuentes verídicas y juzgue de buena fe las cosas, el zapatismo y sus aliados cuentan entre los más consistentes opositores al neoliberalismo salinista y sus proyectos de devastación social y ambiental.

En contraste, Obrador, más allá de usar la bandera nacionalista (el petróleo, por ejemplo), ha sido el impulsor de las candidaturas exitosas de muchos de los operadores de la devastación social y ambiental en México. Nada anuncia que AMLO  vaya a cambiar, y sus seguidores siguen usando la calumnia de manera sistemática.

Oponer los hechos verdaderos a esas calumnias es parte de un sano ejercicio de memoria y de capacidad crítica.

Es, entre otras cosas, porque esa izquierda neoliberal encabezada por el PRD y ahora por Morena, no representará jamás los intereses de quienes defienden el territorio de la devastación capitalista, por lo que hay una propuesta diferente con el Concejo Indígena de Gobierno y su vocera Marichuy, impulsados por el Congreso Nacional Indígena y el Concejo Indígena de Gobierno.

Toda la información resumida en este artículo puede ser investigada y verificada, si se tiene la paciencia de ir a archivos hemerográficos, algunos de antes de los archivos on line. Descubrir la verdad y no dejar que la cambien por falsedades los propagandistas es un acto necesario de conciencia.

El racismo y la genealogía de una lógica contrainsurgente.

Babel.

El racismo y la genealogía de una lógica contrainsurgente

Javier Hernández Alpízar/ Zapateando.

Cuando la sociedad civil movilizada detuvo la guerra en Chiapas en 1994 y obligó al gobierno mexicano a dialogar con los zapatistas actuales, éstos no se sentaron a dialogar solos: la primera mesa, sobre derechos y cultura indígenas, estuvo nutrida por organizaciones, comunidades y pueblos indígenas.

Los Acuerdos de San Andrés fueron el proyecto de ley más dialogado y consensado en la historia de este país.

Ernesto Zedillo los rechazó, porque eran incompatibles con el (neo)liberalismo, y orquestó una traición para intentar detener o asesinar a la comandancia zapatista, mientras fingía que dialogarían con su secretario de gobernación contrainsurgente, Esteban Moctezuma Barragán, quien presume en su semblanza ser “descendiente del emperador Moctezuma”.

En 2001, cuando Vicente Fox (llevado al poder por una cúpula empresarial de derechas entre quienes figuraba Alfonso Romo) era para masas mexicanas enajenadas un héroe nacional intocable (lo comparaban con Madero o Hidalgo), los zapatistas pusieron a prueba al sistema con la Marcha del Color de la Tierra y llegaron al Congreso de la Unión a pedir el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés, como primeros logros de un largo proceso de paz (la siguiente mesa debía ser sobre los derechos políticos no sólo indígenas sino de todos los mexicanos).

Entre quienes hablaron ante el Congreso de la Unión hubo mujeres: la oradora principal, la comandanta Esther del EZLN y una oradora del Congreso Nacional Indígena: María de Jesús Patricio Martínez, indígena nahua de Jalisco.

Los senadores panistas se salieron del recinto en protesta por la presencia de zapatistas encapuchados, y porque los panistas son una derecha racista.

Los Acuerdos de San Andrés fueron traicionados por una alianza de representantes de toda la clase política mexicana Manuel Bartlett Díaz por el PRI, Diego Fernández de Cevallos por el PAN (ambos connotadas piezas en la legitimación del fraude que llevó a Salinas de Gortari al poder en 1988) y Jesús Ortega por el PRD. Aprobaron una ley que menciona derechos indígenas pero no respeta el derecho a la autonomía y la defensa del territorio.

Ya estaban sembrando las condiciones para tratar de aislar y arrinconar al zapatismo en Chiapas y para abrir las puertas e mineras, presas, parques eólicos, carreteras, aeropuerto y otros megaproyectos que despojan y depredan territorios indígenas, rurales y campesinos mexicanos.

Los argumentos por los que primero Zedillo y luego los cabezas de fracciones (y facciones) parlamentarias de los tres partidos rechazaron la autonomía y los derechos indígenas eran equiparables a los que en el siglo XVI usó Ginés de Sepúlveda contra Fray Bartolomé de las Casas. Se decía que reconocerlos balcanizaría al país, que aumentaría la discriminación, que abría la puerta a la violación de los derechos humanos, que los indígenas oprimen a las mujeres.

Desde entonces supimos que la clase política era tan racista como en los tiempos de la Nueva España y no sólo la derecha del PRI y el PAN sino la izquierda del PRD.

La traición a los Acuerdos de San Andrés fue en los hechos un paso adelante en la guerra de despojo y exterminio contra los pueblos originarios de México. ¿En el PRD se dieron renuncias masivas por la traición? No. Al contrario, ese gesto traidor les abrió las puertas del poder porque, en los acuerdos de la calle Barcelona, la cúpula de los tres partidos traidores se repartió el pastel del poder: se consolidaban las alternancias partidarias como medida contrainsurgente. PRI, PAN y PRD sellaron la traición consolidando la partidocracia. Por el PRD, las negociaciones las encabezó inicialmente Porfirio Muñoz Ledo y finalmente Andrés Manuel López Obrador.

Los indígenas respondieron por la vía de los hechos: impulsando sus autonomías y autogobiernos, sus policías comunitarias y defendiendo sus bosques, selvas, desiertos, ríos, lagos y mares del embate de mineras canadienses, narcotráfico, talamontes, ecoturismo predador, “reservas de la biosfera” que despojan a las comunidades, aeropuerto, carreteras, transgénicos y de los partidos políticos que dividen a los pueblos y los enfrentan, como los paramilitares en Chiapas que han estado en el PRI, el PFRCRN, el PRD, las redes de AMLO y el PVEM.

El CNI había estado en un proceso más de resistencia y de sobrevivencia que de protagonismo porque acordaron se asamblea y no una organización centralizada que tome decisiones desde la cúpula.

La ruptura del EZLN y el CNI con la clase política (PRI, PAN y PRD) viene desde la traición de los Acuerdos de San Andrés en 2001. Se extremó con la autonomía por la vía de los hechos.

Los gobiernos perredistas en Chiapas, Oaxaca, Guerrero y Michoacán, (algunos de los chuchos como Zeferino Torreblanca, de los cardenistas como Lázaro Cárdenas Batel, de los lópezobradoristas como Juan Sabines y Ángel Aguirre) se dedicaron a combatir las autonomías abriendo paso a la presencia federal de ejército, marina y policía federal y al crimen organizado.

En 2005- 2006, los zapatistas lanzaron la Otra Campaña, tratando de levantar una organización de izquierda, criticaron duramente a los tres partidos políticos: en Chiapas, en masivo mitin con Xi Nich llamaron a no dar “ni un voto al PRI”, por ser un partido asesino de indígenas; en Guanajuato llamaron a un boicot al Yunque y el PAN, pero los lópezobradoristas solamente tomaron en cuenta las críticas a su candidato y comenzaron una campaña calumniosa contra los zapatistas y sus aliados los caricaturizaron como un complot contra su líder fetiche: López Obrador, el mismo que había sellado en nombre del PRD el pacto partidocrático de Barcelona y tenía como coordinador de campaña en 2005 a Jesús Ortega.

Desde el alzamiento zapatista de 1994 la derecha salinista y panista (y la primera editorial de La Jornada) urdieron el argumento de que los indígenas eran manipulados: por la iglesia de Samuel Ruiz, por mestizos o blancos profesionales de la violencia, por extranjeros; un político chiapaneco tuvo que salir a decirlo para la TV, en nombre del gobernador Elmar Setzer, cuyo fenotipo alemán y acento germano para hablar el castellano tenían que ocultar.

Desde 2005 bases lópezobradoristas, perredistas, chuchos y no chuchos, columnistas (calumnistas) de La Jornada y moneros retomaron el argumento racista de la derecha: los apodos que Diego Fernández de Cevallos le puso a Marcos (encalcetinado, subcomediante) se volvieron santo y seña de militantes lópezobradoristas (dentro y fuera del PRD) y el esquema conspiratorio que la Sedena, el Cisen y grupos de derecha como Nexos y Letras Libres habían elaborado, un líder blanco los manipula y los indígenas son meras marionetas suyas, fue ahora la teoría ilustrada de la “izquierda” en el poder y en la contrainsurgencia.

Esta visión sobre las rebeliones indígenas no es nueva, no la inventaron ellos, viene desde la Nueva España: los indígenas son mansos y pacíficos y solamente se levantan porque los manipulan y pervierten mestizos o castas.

El racismo y el clasismo contra los de abajo no es exclusivo de PRI y PAN, tampoco del PRD, de esas catacumbas de la derecha más retrógrada salió ahora en las filas del voto duro de Morena: los pejetrolls siguen reproduciendo el guión que inventara la contrainsurgencia desde la Nueva España: los indígenas son meras marionetas de blancos perversos, un complot contra su candidato y líder vitalicio. Algunos de ellos están firmando en apoyo de la candidatura a la presidencia de Margarita Zavala, la Calderona, por motivos dizque “estratégicos”.

Al parecer, Ginés de Sepúlveda no murió en el siglo XVI, sigue vivo en la clase político empresarial mexicana, en sus Bartletts, Cevallos, Ortegas, y en sus “militantes de izquierda” de Morena, la contrainsurgencia antizapatista.

Ginés de Sepúlveda seguía vivo en la primera editorial de La Jornada en 1994, la que pedía clemencia para los pobres indígenas, pero no para los profesionales de la violencia que los habían manipulado; estaba ahí el huevo de la serpiente contrainsurgente que desde 2005 muchos de sus lectores, moneros como El Fisgón, articulistas como Rodríguez Araujo, Jaime Avilés, Julio Hernández, Guillermo Almeyra o John Ackermann han reproducido.

Esa actitud racista contra los zapatistas actuales y sus aliados, y ahora contra el Concejo Indígena de Gobierno y su vocera, María de Jesús Patricio Martínez, Marichuy, es una de las muchas razones por las que no comulgamos con ellos: nosotros no somos racistas y sabemos que las y los indígenas toman sus propias decisiones.

Las y los indígenas tienen derecho a gobernarse y a proponer alternativas de gobierno democrático para México y para el mundo: y eso es precisamente lo que hoy están haciendo.

31 de julio de 2018

No venderse, no rendirse, no claudicar.

Babel.

No venderse, no rendirse, no claudicar.*

Javier Hernández Alpízar / Zapateando.

Al compañero binnizá Lukas Avendaño, con quien alzamos la voz para pedir la presentación con vida de su hermano desaparecido, Bruno Avendaño.

La vida no es justa, el mundo no es justo, la historia no es justa. Llamó Simone Weil a la justicia, “desertora del campo de los vencedores”. Y Walter Benjamin escribió que los vencedores no sólo vencieron en el pasado sino que continúan venciendo hoy, y tenemos que defender de ellos a nuestros muertos, defenderlos de los vencedores y de cómo escriben su historia. Precisamente porque la vida y el mundo no son justos, luchamos por la justicia como utopía orientadora, una brújula ético-política. Y tenemos que salvar no sólo el presente, sino el pasado, la memoria, y con ella, nuestros muertos; y salvar el futuro: ahí donde no queremos ya más ser esclavos, ni estar colonizados, ni olvidados o negados.

Actualmente los hoy vencedores están construyendo, fabricando, maquinando y reproduciendo una imagen falsa de los zapatistas del EZLN, no solamente de ellos, también de otros movimientos sociales, pero especialmente de ellos y de quienes han estado y hemos estado con ellos desde que los conocimos, cuando nos dieron la sorpresa del inicio de 1994 con su alzamiento armado, su declaración de guerra contra el Estado mexicano y, con ello, el derrumbe de la imagen del ídolo con pies de barro: Salinas de Gortari. Es especialmente injusta y calumniosa la falsa imagen de los zapatistas actuales como “fabricación del salinismo”, entre otras razones, porque ellos perdieron vidas de compañeros indígenas que murieron combatiendo al gobierno y al ejército de Salinas de Gortari en una guerra justa contra la tiranía. Desde el momento en que, obedeciendo a la presión de la movilización ciudadana que dijo “compartimos las causas, pero no la vía”, aceptaron los zapatistas del EZLN sentarse a dialogar con el Estado mexicano, hubo unos primeros pocos “decepcionados”: ¿esperaban que mataran a todos los zapatistas actuales para así garantizar su “pureza revolucionaria”? Sin embargo, los zapatistas del EZLN decidieron que no tienen vocación de mártires, decidieron vivir, cumpliendo con el pensamiento brechtiano de que el primer requisito para ser revolucionario es estar vivo. Además los zapatistas actuales, más que revolucionarios, se han declarado rebeldes: en vez de cambiar el mundo desde arriba, aspiran a transformarlo desde abajo, transformar el mundo y transformar el poder, y de transformarnos como sujetos políticos, para construirnos como sujetos autónomos, pensantes, rebeldes. De ahí lemas ético-políticos como el que da título a estas líneas: “no venderse, no rendirse, no claudicar”.

Como en el mundo no existe justicia y como los vencedores del momento están tratando de escribir una falsa historia en la que los zapatistas actuales no figuran sino para el escarnio y la burla, por su color de piel o por no ser un movimiento seguido por millones, es hora de alzar nuestra voz, en defensa de la memoria. Es hora de aplicar el apotegma que me hicieron recordar hace poco los editores de la página (hackeada como otras, como Enlace Zapatista) “Los Gastos Pendejos”, ese apotegma que dice: “soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad”, con el cual Aristóteles definió la única honestidad intelectual posible. En aras de esa honestidad intelectual a la que estamos obligados, y de la ética política que los zapatistas del EZLN nos han enseñado, tenemos que aclarar algunas cosas y refrescar la memoria a los desmemoriados; incluido el oficiante de la amnesia a conveniencia, quien viajó por Europa gracias a sus redes de apoyo, pero hoy acusa a los zapatistas del EZLN de “sectarios” o de llamarlo “tonto”.

Sin el alzamiento armado de los zapatistas, no se habría derrumbado la imagen autoconstruida de Salinas de Gortari, quien quería pasar a la historia como el Gorbachov, el modernizador mexicano. Sin la Marcha de la Dignidad, Marcha del Color de la Tierra, no habría comenzado a derrumbarse otro ídolo con pies de barro, Vicente Fox. Además, sin la crisis del sistema político mexicano que los zapatistas actuales provocaron, la cual obligó a los partidos existentes (PRI; PAN y PRD, representado este último por Muñoz Ledo y López Obrador) a pactar los acuerdos de la calle de Barcelona, en la Ciudad de México, no habrían podido gobernar algunos estados y el país los partidos antes de oposición: el PRD en la ciudad de México, el PAN en el país, y ahora Morena, en el país.
Interesadamente pretenden olvidar hoy la presencia desafiante del EZLN en el sureste mexicano para fingir su inexistencia, su pasividad o inventar teorías de la conspiración sobre ellos. Así como en la Nueva España no se creía que las rebeliones indígenas fueran otra cosa que obra de la mala influencia de mestizos o castas, así han sido la derecha y luego la derecha camuflada de izquierda (PRD y Morena) las que han intentado explicar la extraña conducta de los indígenas zapatistas: insumisión, rebeldía y negación a claudicar, como la obra de “extranjeros”, “priistas”, “mestizos” o alguna otra fuerza extraña: el racismo y colonialismo son transparentes en estas calumnias.

Sin embargo, la vocación de spoilers de los zapatistas actuales, resultado de su mirada no centrada sólo en lo inmediato, sino en el mediano y largo plazo, en las tendencias, esa vocación de aguafiestas ha acertado: como dijeron los zapatistas desde 2005, la “izquierda” del PRD y la de López Obrador dejaron de ser izquierda, son una derecha que quiere pasar por “centro”. El PRD acabó diluyéndose en sus “exitosas” alianzas con el PAN; y Morena, antes de ir a su primera elección presidencial, era ya el caballo de Troya del PES, yunquistas, políticos y empresarios salinistas, zedillistas, foxistas y calderonistas, y un pinochetista como Alfonso Romo.

En lugar de una exégesis de los textos zapatistas en los cuales han expresado con claridad asombrosa y anticipadora todo esto, intentaremos analizar, por nuestra propia cuenta y riesgo, a la comunidad carismática (que gracias al voto de castigo y hartazgo, se sueña hoy masiva) de López Obrador. Esta operación mental, intelectual, conceptual, no es mero ocio especulativo, es un intento por hallar un hilo racional que nos oriente en medio del fanatismo y el supremacismo de Morena y su retroalimentación con las porras y los posteos masivos que ahogan las voces que dicen: “el rey va desnudo”.

Nos centraremos en solo un sector del voto y apoyo a AMLO y Morena, descontando el voto que le logró quitar a Margarita Zavala, el PAN, el PRD y el PRI y los sin partido, quienes sufragaron castigando a esos partidos. Estos votantes actuaron con la racionalidad del mal menor o del voto útil de castigo contra quienes han malgobernado México. Es una apuesta racional y su decepción vendrá cuando vean que no hay diferencias radicales entre los castigados y los beneficiados con el voto de castigo. Descartamos también los votos comprados por Morena y el Partido Verde, al menos en Chiapas, como relató en La Jornada Luis Hernández Navarro. Nos ocuparemos más bien del núcleo duro del voto pro AMLO y Morena porque es también muy activo en las redes digitales y en la contrainsurgencia contra los zapatistas y otros movimientos sociales. Es un sector que está dispuesto a darle a AMLO un cheque en blanco por varios años y hasta ahora se ha mostrado hostil contra quienes no acepten su postura y su lógica como la única razonable y la única honesta, por lo que acusan a todo disidente u opositor de traición a la patria, encarnada en su líder fetichizado. Este sector será mantenido fiel, además de por convicción, por las ayudas económicas del gobierno de Obrador y Romo que irán destinadas a jóvenes urbanos, los así llamados millennials, y otros sectores focalizados, repito, muy activos en redes digitales.

Exploremos esta vía de análisis. La crítica del fetichismo viene desde los profetas del Antiguo Testamento, quienes constantemente regañaban al pueblo hebreo por su propensión a la idolatría: adorar un fetiche, una obra de sus propias manos. Haciendo una analogía, Karl Marx la trasladó al concepto del fetichismo de la mercancía y el del fetichismo del dinero: una obra de las manos de los trabajadores aparece ante sus ojos con propiedades fascinantes, deslumbrantes, ajenas a ellos, independientes de sus creadores. La mercancía, en estos tiempos, pasó a ser modelo de plenitud de ser, y con ello, los seres humanos han querido soñarse siempre jóvenes, siempre sanos, atléticos, con fenotipo caucásico, o al menos con el fenotipo más juvenil y vigoroso de su propia etnia. Después, fetichizar estrellas de cine, del deporte, del rock o del pop es apenas un sistema paralelo al de la fetichización de las mercancías: esas estrellas son los modelos que dicen cómo vestir, de qué color llevar el cabello o qué fumar o beber, promueven productos y marcas. Además de los rockstars, el sistema capitalista y aun el socialismo real han fetichizado a seres humanos haciéndolos pasar como superhombres, como hombres providenciales o genios.

Pero aquí nos referimos a un fetichismo específico. En la política opera un fetichismo con las características propias del poder, de la relación entre líder y masas: son las masas quienes empoderan al líder con su presencia en las demostraciones masivas de poderío, en las campañas, en la guerra o en las urnas. Sin embargo, la narrativa del poder invierte la relación, parece que el líder, con su carisma, su legitimidad o su providencialidad, es quien da legitimidad a las masas, quien las hace ingresar en la dimensión de la historia. Ante el líder fetiche, las masas sucumben al poder de una obra suya, a quien ven como independiente, superior a ellas y como guía.

Las masas humanas tienen, como las masas físicas, una fuerza de gravedad que atrae y hace desaparecer en ellas a colectivos más pequeños o a individualidades. Pero el problema no es meramente ese poder y energía concentrados, sino que la fetichización del líder impide todo control democrático: las masas introyectan que ellas deben obedecer al líder y no al revés, por ende, no tienen ningún control democrático sobre él ni sobre sus operadores, sus estructuras burocráticas, su partido u organización. Por algo Simone Weil identificaba esta forma política con la Gran Bestia de la Revelación de San Juan: porque la fetichización del líder, el partido y de las masas obedientes es una versión “secular” (muy precariamente secularizada) del ídolo.

Además, el carisma del líder y su movimiento de masas trata de tener el apoyo de las masas de los muertos, diría Elías Canetti, el pasado, la historia, la cual tiene que ser reescrita para legitimar la dominación presente. Esa es la historia de la que tenemos que salvar a nuestros muertos. Así como el PRI pretendía ser heredero de Zapata y Villa, lo mismo que de sus asesinos; así los propagandistas de Morena pretenden ser herederos de la historia (la “cuarta transformación”) aunque traicionen y falsifiquen los ideales y principios de las revoluciones anteriores, por ejemplo, del magonismo, al llamar “Regeneración” al diario oficial de un movimiento restaurador del neoliberalismo con estabilidad social.

Una de las consecuencias directas de ese “nosotros carismático” es que necesita un enemigo externo cuya hostilidad y amenaza lo justifique: como está prohibida, tabuada, la crítica a la burguesía y los capitalistas, con los que pacta la administración del conflicto social, la mistificación de la lucha de clases, entonces los enemigos son los extranjeros, los migrantes, los otros. En este caso: los críticos, los movimientos sociales, las resistencias contra los megaproyectos, como el Aeropuerto de Texcoco, y todos los que no aceptan la “pacificación” (por cierto, así también la llamaba el porfirismo): los insumisos, como los zapatistas del EZLN, y con ellos el CNI y el CIG.

¿Cómo llegó un movimiento que pretendía ser de izquierda a esta posición: del imaginario que les prometía Taibo II, fusilar a los conservadores, al escenario que fantasea hoy en redes digitales la contrainsurgencia antizapatista: fusilar a Galeano como “traidor al pueblo” y sobre todo como “amenaza” para el líder fetiche que vestirá la banda presidencial? Mi hipótesis es que llegó a eso por la inversión de fines y medios: el análisis aparentemente frío, racional, instrumental, pragmático y estratégico no funciona sin un núcleo de fe: la fe en el líder carismático. Pero el resultado interesante de esta operación es la inversión de fines y medios: el partido deja de ser un medio para un fin y, como dice Simone Weil, el partido se vuelve un fin en sí mismo. Si un molesto Sócrates preguntara sobre la diferencia entre la doctrina o el ideario de un partido y otro, llegaría a un fondo confuso, un río revuelto de ideas ambiguas, aunque todas neoliberales. Pero el partido tiene que crecer, tiene que ganar, tiene que avasallar, tiene que callar a las voces críticas. Y si el líder es lo esencial del partido, entonces el líder deja de ser el medio para un fin, la pascua histórica, y se vuelve un fin en sí mismo: el presidente como sustancia pura, histórica y aun transhistórica, el avatar de la cuarta transformación, es decir un ídolo y fetiche. López Obrador (como antes pasó con el PRD) dejó de ser un medio para un fin: el cambio, y se convirtió en el fin en sí mismo, al que se puede sacrificar todo: incluso el cambio. Importaba tanto que López Obrador fuera presidente, que no importó que para ser elegible se comprometiera con un programa esencialmente neoliberal.

El pragmatismo en boga, no en su sentido filosófico sino coloquial, hace como dicen los versos de una canción de Serrat: “juega las cartas que le da el momento, mañana es sólo un adverbio de tiempo”. La lógica del pragmatismo es ver y administrar los útiles que te pueden ayudar como medios para un fin, ciega razón instrumental, pero cuando estos instrumentos son otras personas (políticos priistas, perredistas, panistas, yunquistas, de Encuentro Social), entonces el uso es doble: tú los usas a ellos y ellos te usan a ti. Más allá del problema ético, usar personas como medios, hay un problema específicamente político: en la medida en que vas haciendo esas alianzas, el cambio, la supuesta meta, es también trastocado, por debajo del lenguaje aparentemente “regenerador” hay una continuidad del neoliberalismo claramente expresada: el paraíso de las inversiones y las Zonas Económicas Especiales. Y una profundización de la agresión colonial, así por ejemplo, las semillas editadas genómicamente, como llama la neolengua a los transgénicos, o el corredor Coatzacoalcos-Salina Cruz, versión siglo XXI de los tratados McLane-Ocampo, y el tren de alta velocidad de Cancún a Palenque, que proyecta su amenaza sobre territorios indígenas mayas, enclaves coloniales que AMLO prometió en su carta a Trump. Proyectos que pese a las supuestas intenciones de “respetar derechos humanos” de los pobladores, comienzan violando su derecho a decidir el tipo de desarrollo que desean al imponerles la subordinación a los intereses del capital estadunidense.

Al concepto de fetichismo de las mercancías de Marx, Walter Benjamin lo enriqueció con el análisis de la prostitución moderna: las mercancías seducen a los clientes para que las compren y hay de suyo una prostitución en la venta de las mercancías, por lo que el mundo y el sistema de las mercancías es una pornocracia, con el marketing como gran alcahuete. Por otro lado, en la figura de la prostituta encuentra Benjamin la apoteosis de la empatía con la mercancía. Llevando este concepto a la fetichización política, cuando el pragmatismo lleva a usar a las personas como medios, en el doble sentido de yo te uso-tú me usas, entonces la prostitución es prácticamente literal, y no estamos hablando sólo del intercambio de favores sexuales, que los hay, incluso en el mundo de las mafias y capillas literarias, como recientemente confirmamos los lectores: una especie de Sodoma de la película Año Uno, en donde el cargo del que acusa el funcionario Caín no es el de “sodomía”, sino el delito de “negarse a la sodomía”; estamos hablando también y sobre todo de prostituir las mentes, los corazones, las conciencias. En el caso de AMLO y Morena, vender el ideal de cambio para de volverse elegible, aunque ya no sea para la reforma y el cambio sino para perpetuar el neoliberalismo. Como decían las trabajadoras y trabajadores sexuales en la Otra Campaña: la verdadera prostitución está allá arriba. Y de esa corrupción López Obrador y sus más cercanos sí participan, de cuerpo entero.

No decimos todo esto por mero moralismo, porque de vez en cuando sacan la cabeza de su orgía para acusarnos de “puristas” o para ofrecernos participar con ellos. Lo decimos, primero, porque ellos mismos han usado el lenguaje moral-religioso (“no robar, no mentir, no traicionar”), lenguaje que rápidamente traicionan robando, desde el plagio de ideas, programas y nombres, etiquetas o banderas, hasta el uso ilícito del dinero mismo (Fideicomiso, compra de votos en Chiapas), y mintiendo, cuando dicen querer el cambio, pero ofertan la continuidad, la permanencia del neoliberalismo.
Decimos todo esto para comprender la digna oposición y resistencia de los zapatistas del EZLN. Los actuales zapatistas tienen una profunda aversión a las falsificaciones, los grandes fraudes y las imposturas, las han denunciado siempre: así denunciaron a Salinas, a Zedillo, a Fox, a Calderón, a Peña, a López Obrador.  Sin embargo, estamos en un momento en que los ídolos-fetiches y las mercancías seducen, en que la verdad y la dignidad no son sexys, no atraen a las masas. En un momento así, lo que menos necesitamos es una voz alcahueta que nos persuada de que no importa la verdad, sino estar con los triunfadores. Por el contrario, sí necesitamos de una voz disidente, rebelde, que diga: “yo no me inclinaré ante su ídolo, no iré al besamanos con ese que ustedes llaman: su pastor” (Solalinde dixit) o el hijo de un “vientre bendito”, como lo ha llegado a llamar su feligresía.
En medio de esa humilde apelación a la fuerza, el “somos millones y ustedes muy poquitos”, en medio de la invitación a la orgía de las ilusiones (el “no se aíslen”), los zapatistas actuales, con su mirada de plazos medianos y largos, nos dicen: “gobernaran sólo cinco años y diez meses, mientras nosotros seguiremos haciendo lo que llevamos más de veinticinco años haciendo: resistir”. Y sí hay algo que los pueblos indígenas y no indígenas saben hacer es resistir. La pregunta es: en este México, con este plan en marcha de nuevo colonialismo y embate contra las comunidades, ¿dónde has estado tú, dónde estás hoy y, sobre todo, dónde vas a estar? La consigna es: “No venderse, no rendirse, no claudicar”.

*Texto escrito para el foro El México de arriba frente al México de abajo y a la izquierda después del 1ro. de julio.

6 de julio de 2018

BABEL :: Democracia tutelada por el neoliberalismo.

Por: Javier Hernández Alpízar / Zapateando.


Cuando varios países del Cono Sur transitaron (para usar el lenguaje consagrado por academia y medios) de las dictaduras militares (impuestas por sus oligarquías y Washington para implementar sin trabas, por primera vez en el planeta, las políticas económicas neoliberales[1]) a las democracias (en su sentido “procedimental”, partidos y elecciones), en algunos casos, como el chileno, se hablaba de democracias “tuteladas”, porque habían dejado Constituciones y elementos estructurales del Estado que impidieran tanto juzgar a los militares y dictadores como desmantelar el neoliberalismo. Los ciudadanos de esos países han tenido que seguir luchando contra las viejas estructuras de las dictaduras y el neoliberalismo para poder acercarse a una democracia que sí tenga adjetivos (aunque le pese a Enrique Krauze) como democracia económica y democracia social.

En el caso de las transiciones o meras alternancias de partidos de derecha (neoliberales) a partidos de izquierda (normalmente ya bastante convertidos al neoliberalismo), como la alternancia a la que estamos asistiendo en México, podríamos hablar de democracias tuteladas, sobre todo, por salvaguardas que impiden desmontar el neoliberalismo y que, por el contrario, ponen como premisa del cambio de personal en el aparato estatal: no tocar los elementos esenciales del neoliberalismo. Se trata de una suerte de democracia con un claro adjetivo “neoliberal”, por más que la frase sea oxímoron: democracia neoliberal (adjetivo que sí debe gustarle a Krauze).

Para entender estos elementos, recurriremos a una conferencia de Fernando Escalante Gonzalbo, un sociólogo que no se puede etiquetar como marxista o radical de izquierda, sino un académico cuyo nombre está asociado al Colegio de México, uno de sus editores, y cuya conferencia puede ser publicada incluso por el Instituto Nacional Electoral (INE).[2]

La explicación podría titularse: De cómo la autonomía del Banco de México, los 43 tratados de libre comercio y el respeto al libre mercado financiero hicieron que perdiera sentido la oposición derecha/izquierda.

Escalante lo dice así: “Cuando desaparece prácticamente la posibilidad de plantear alternativas económicas, alternativas de política económica, pierde sentido la oposición política entre derecha e izquierda”.

Y lo explica de este modo: “Los mecanismos son los siguientes: Autonomía al Banco Central… Si tiene autonomía el Banco Central para definir política monetaria, entonces cosas tan fundamentales como devaluar o revaluar la moneda y, por lo tanto, hacer más o menos competitiva la economía, los pierde el Estado, ya no puede hacer eso. Pero no sólo, sino que todos los recursos de política monetaria industrial para incentivar la economía son neutralizados también. Porque si el Estado decide ampliar el gasto para estimular la economía, el Banco Central dice: “¡Uy, eso me va a producir inflación!, entonces restrinjo el circulante”, y puede contrarrestar las políticas.

“Si sumamos a esto, autonomía de bancos centrales para neutralizar políticas monetarias y fiscales, con tratados de libre comercio de todo tipo que amarran y que impiden políticas, por ejemplo, de subsidios, en teoría, prohíben subsidios, prohíben toda forma de protección de la industria local, etcétera… sí, y la liberalización de los mercados financieros, entonces la política pierde sentido.

“De hecho – sintetiza Escalante– el mecanismo básico es la liberalización de los mercados financieros, que hace que todos los Estados estén sometidos a los movimientos de capital: tienes que bajar los impuestos a las empresas, porque si no, los mercados se ponen nerviosos y el capital se va; no, no pongas mucha regulación ambiental, porque se ponen nerviosos y se van; no, no… pero tienes que desregular el mercado laboral… y este nerviosismo de los mercados condiciona la política de todos los Estados.

“Junten estas tres cosas: 1) tratados internacionales, empezando por la OMC, 2) autonomía de los bancos centrales y 3) liberalización del sistema financiero internacional, y la política pierde contenido. Da exactamente igual qué les ofrezcan los políticos. Pueden ofrecer que les van a regalar unas palomitas, una papitas fritas… nada fundamental, como política económica.

“Y la oposición derecha/izquierda pierde sentido –insiste el conferencista–, se vacía de contenido, y el resultado a mediano paso es una deslegitimación brutal del sistema representativo. Porque terminamos pensando que son todos iguales. Y, guárdenme el secreto: tenemos razón, porque no hay nada como alternativa.

“El descrédito –concluye el sociólogo–, la deslegitimación de la democracia, tiene que ver con la imposición del modelo económico.” (Transcripción de un fragmento de la conferencia “Neoliberalismo como proyecto cultural en América Latina”, tomada de YouTube).

En resumen, un académico mexicano, autor del libro Historia mínima del neoliberalismo, explica cómo, para evitar que la sociedad use la democracia para defenderse del “libre mercado”, los intereses del neoliberalismo quedan salvaguardados para blindar a un Estado y un país (ellos dirían “un mercado”) de cualquier viraje a la izquierda.

Entendiendo esta forma de democracia tutelada por las estructuras neoliberales blindadas e inamovibles, se pude explicar cómo el triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador, aun si fue aplastante, casi carro completo, y con mayoría en el Congreso Legislativo, es totalmente inocuo frente al tutelaje neoliberal: 1) la autonomía del Banco de México, que el virtual presidente electo ya prometió respetar en campaña y en su “discurso del triunfo”; 2) los 43 tratados de libre comercio que México ha firmado con diversas naciones y 3) la liberalización del sistema financiero garantizada por esas estructuras y otras como los mecanismos internacionales (OMC; FMI; BM), candados que garantizan que el gobierno que viene no pueda tocar el neoliberalismo.

Esto lo ha reconocido el próximo coordinador de gabinete, el empresario de derecha (pinochetista[3], foxista) Alfonso Romo, quien ha prometido en prensa hacer de México un paraíso de las inversiones, es decir, un paraíso del neoliberalismo.[4]

Todo intento de generar inversión estatal y generar empleos, puede ser contrarrestado rápidamente por el Banco de México autónomo; todo intento de subir el salario de los trabajadores puede ser contrarrestado con medidas financieras o chantajeado con el nerviosismo de los capitales, a quienes el ingenio popular mexicano ha llamado capitales “golondrinos”.

Debe ser por esa razón que AMLO ha fetichizado la “lucha contra la corrupción” como panacea. La lucha contra la corrupción era una vieja bandera de la derecha empresarial antipriista y del panismo: que los políticos no roben, no desvíen recursos, no cometan peculado, porque ese es el problema: pero no cuestionar la explotación, ni el despojo, ni la excesiva concentración de la riqueza. Bajo el lema “primero los pobres”, se silencia el axioma: “pero sin tocar los privilegios de la plutocracia”.

Dado que no se pueden tocar los intereses de la oligarquía ni el andamiaje neoliberal, entonces “la corrupción” es el caballito de batalla de una izquierda sin un programa que la distinga de la derecha. Como dice Escalante Gonzalbo, sin la capacidad de proponer alternativas económicas no neoliberales, la oposición derechas/ izquierdas se vacío de contenido y perdió sentido: eso explica que un gabinete formado por zedillistas, foxistas, representantes de empresas como Monsanto, sean la propuesta de Obrador, y que su coordinador de gabinete sea un ex Amigo de Fox, pinochetista, cercano al Opus Dei y los Legionarios de Cristo, Alfonso Romo[5]. O bien, que la postura “moral” de Obrador lo haya hecho inflar al Partido Encuentro Social (PES) que no le aportó votos importantes (no alcanzó el 3% de padrón y perderá el registro), pero gracias al arrastre electoral (avalancha) de Obrador, tendrá 53 diputados evangélicos y ultraconservadores (el PES está vinculado a los defensores de los paramilitares que perpetraron la Masacre de Acteal, [6]. como está vinculado el ex secretario de gobernación zedillista y futuro titular de educación, Moctezuma Barragán.[7])

La legítima ira del electorado contra los responsables de dos sexenios de terror y violencia inauditos contra la población mexicana (PAN, PRI y PRD) ha llevado al poder a un partido, Morena, cuyo gobierno estará tutelado por instituciones del neoliberalismo, para su permanencia y vigencia asegurada y no sujeta al escrutinio de las urnas.

Por eso el sistema puede reconocer la derrota de sus candidatos de derecha y aceptar a un nuevo operador que será mucho más eficiente, en el sentido neoliberal del término, que buscará sanear las finanzas del Estado pero dejará intacta la estructura neoliberal y oligárquica del verdadero gobierno (de facto) en México.

Los mexicanos tendremos que seguir luchando para superar no a un partido u otro, sino a la estructura neoliberal blindada que tutela a una democracia mexicana por hoy incapacitada para procesar cambios en el modelo económico, un neoliberalismo impuesto por un shock violento: los sexenios sangrientos de Calderón y Peña Nieto, que equivalen a las dictaduras del Cono Sur y confirman la asociación entre terror de Estado y neoliberalismo.

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[1] Puede verse al respecto el documental “La doctrina del shock”, basado en un libro y conferencia de Naomi Klein, disponible en español en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=yIhZjEsgsNQ

[2] Fernando Escalante Gonzalbo, “Neoliberalismo como proyecto cultural en América Latina”, conferencia que puede verse y escucharse en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=UYJIj2d3bdY Y una versión escrita del tema en “Senderos que se bifurcan. Reflexiones sobre neoliberalismo y democracia” en Conferencias Magistrales, Temas de la democracia. No 28, publicada por el INE y disponible en pdf: www.fernandoescalante.net/wp…/SENDEROS-QUE-SE-BIFUCRAN-8-11-2017.pdf

[3] La Jornada, 2005 http://www.jornada.com.mx/2005/03/28/index.php?section=economia&article=020o1eco

[4] Desinformémonos https://desinformemonos.org/mexico-tendra-que-ser-un-paraiso-para-la-inversion-privada-alfonso-romo-proximo-coordinador-de-la-presidencia-de-la-republica-de-amlo/

[5] Proceso, https://www.proceso.com.mx/171288/alfonso-romo-opus-dei-legionario-de-cristo-y-uno-de-los-supermillonarios-de-forbes

[6] Contralínea https://www.contralinea.com.mx/archivo-revista/2014/08/24/pes-ph-dos-nuevos-partidos-derechistas/

[7] Zeta Tijuana http://zetatijuana.com/2017/02/la-masacre-de-aguas-blancas-y-el-olvido-de-amlo/
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