Por: Javier Hernández Alpízar / Babel / Zapateando.
Los países colonizadores, al menos algunos de ellos, presumen que en
sus territorios están haciendo ambiciosos, y muchas veces exitosos,
programas de restauración ambiental. Los alemanes están dejando a sus
bosques crecer y haciendo descrecer sus ciudades para darle espacio al
bosque. Los canadienses han prohibido la devastación ambiental minera en
su territorio, del cual son icónicas las fotos de sus bosques. En el
Estado español han prohibido las presas, y mucho más si construirlas
implica desplazamiento forzado de poblaciones. En los Estados de Europa
occidental y en Canadá, al menos, los derechos ambientales son una
realidad en sus territorios. Sin embargo, capitales alemanes,
canadienses, españoles, no menos que capitales estadunidenses, chinos o
brasileños, en países colonizados como México, impulsan la
bioprospección para patentar genes de plantas y animales y para piratear
saberes indígenas ancestrales; siguen practicando la minería tóxica a
cielo abierto que destruye comunidades y territorios, usando métodos
criminales como grupos de choque o paramilitares e incluso complicidad
con el narco; siguen imponiendo el despojo territorial, el
desplazamiento forzado de poblaciones y la destrucción ambiental con
presas y represas, parques eólicos, extractivismo petrolero y minero,
carreteras, aeropuertos, trenes, corredores para el paso de las
mercancías, megaproyectos todos que violan derechos ambientales,
económicos, sociales, culturales de pueblos y comunidades, indígenas o
no, rurales y urbanos. Eso se llama colonización, siempre se anuncia
como desarrollo, siempre promete generar empleos y bonanza económica
(consumo), y siempre promete respetar los derechos humanos e incluso ser
amigable con el medio ambiente.
En México, la nueva vuelta de tuerca del colonialismo capitalista
neoliberal comenzó con Miguel de la Madrid y ha sido impuesta (muchas
veces violentamente) con los gobiernos priistas y panistas de Carlos
Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña.
Durante 36 años de gobiernos neoliberales, obedientes de los dictados
del FMI, el BM, la OMC, la OCDE y del Consenso de Washington, se impulsó
la reconversión de la economía (antes “mixta”) a una economía de “libre
mercado” mediante mecanismos como los tratados de libre comercio, el
primero de ellos, el TLCAN, en 1994 y luego muchos otros hasta llegar a
43 tratados de libre comercio; la autonomía del Banco de México; la
plena libertad de los mercados financieros; las privatizaciones de facto
(Telmex para Carlos Slim como ejemplo paradigmático), las llamadas
reformas estructurales, que son no solamente legales, es decir,
modificaciones en el derecho positivo, sino reales: cesión de soberanía a
la fuerza de los capitales nacionales y transnacionales.
Además se impulsó una hegemonía del neoliberalismo como ideología:
individualismo, consumismo, creencia en que el capitalismo es la forma
insuperable de vivir en sociedad, y el neoliberalismo como su manera
obvia de ser, la creencia en el “desarrollo”: llegar a ser como ellos
(como esos estadunidenses, canadienses, alemanes o españoles felices de
la propaganda consumista). Especialmente se formó al mexicano como
sujeto moderno neoliberal, individualista, consumista, creyente en la
religión del mercado, adicto al fetichismo de las mercancías y el
dinero, fanático de lo estadunidense, y sobre todo narcisista (lo cual
implica un cierto grado de infantilismo o cretinismo): porque la
mercancía y el dinero son los alcahuetes de sus necesidades y lo hacen
creerse el centro del mundo.
Esta transformación fue una contrarrevolución de derecha, la
destrucción del pacto social que lentamente se formó entre el triunfo
del juarismo y el gobierno de Lázaro Cárdenas, la formación de un Estado
mexicano liberal, en el sentido viejo de la palabra, que implicaba
cierta vocación social, la cual además coincidió con un periodo de
corporativismo mundial como el New Deal en los Estados Unidos y el
keynesianismo o Estado benefactor a nivel internacional, que en México
se llamó “economía mixta” o “Estado de bienestar” y más interesadamente
“milagro mexicano”. Un periodo de relativa bonanza que alcanzó solamente
a sectores privilegiados, de la ciudad, sobre todo, y que dejó una
impronta que, ante la falta de conciencia social o conciencia de clase,
no se recuerda tanto como derechos conquistados mediante las luchas (de
la guerra de independencia a la revolución mexicana y aún después) sino
como dádiva paternalista: el mito de Tata Lázaro o de los presidentes
“buenos” como, dicen algunos, Ruiz Cortines.
La contrarrevolución inició inmediatamente después del fin del
sexenio de Lázaro Cárdenas y tuvo momentos especialmente activos con
Miguel Alemán, pero las condiciones del triunfo planetario de las
doctrinas y políticas neoliberales, con las dictaduras del Cono Sur,
paradigmáticamente Pinochet, alabado por Milton Friedman, y luego con
Tatcher y Reagan (los tres admirados por Alfonso Romo: Pinochet,
Tatcher, Reagan), se agudizó en México con Miguel de la Madrid y quedó
troquelada con Salinas de Gortari; se le ha demonizado solamente a él,
pero fueron salinistas, es decir, neoliberales, los gobiernos de
Zedillo, Fox, Calderón y Peña. El salinismo, en el sentido de
neoliberalismo, nunca perdió el poder; por el contrario, mientras la
figura de Salinas o de otros personajes era demonizada, la ideología
neoliberal (“salinista”) fue volviéndose el nuevo “sentido común”, la
ideología dominante, incuestionada y, al menos eso quisieran,
incuestionable.
Entre los signos de “naturalización” del capitalismo está el hecho de
que no se le nombra. El neoliberalismo se trivializó como una mala
palabra para calificar al adversario y perdió, en el lenguaje común, su
sentido crítico real.
Mientras el odio como pasión masiva se concentraba en chivos
expiatorios como Salinas, los beneficiarios del neoliberalismo y el
salinismo se volvieron invisibles para la inmensa mayoría social. Se
impuso la ideología de los empresarios, con la falsa idea de que los
impulsores de un pequeño changarro son iguales a ellos, pues son
“emprendedores”. Así, en lugar de ser objeto de odio (merecido),
reservado a los presidentes y algunos políticos, y luego a los partidos,
especialmente al PAN, el PRI y el PRD, los empresarios solamente son
criticados por una minoría que no tiene incidencia en el resto de la
sociedad. Incluso, para algunos, llegaron a ser referente de
“honestidad” o de “austeridad” y aún de “filantropía”, véanse las
alabanzas de AMLO a Carlos Slim o la defensa de algunos simpatizantes de
Morena a la figura de Alfonso Romo.
La crítica se volvió hipócrita y tremendamente inconsecuente: se
critica a los priistas y panistas, excepto cuando se pasan al bando
“bueno”. Se critica al salinismo, pero se asume la ideología neoliberal.
A pesar de ser prácticamente una botarga contra la cual escupir los
resentimientos, Salinas ganó: su ideología y modelo de país se impuso,
ahora es sentido común: neoliberalismo, desarrollo (aceptando como
“sacrificio” el daño ecológico), megaproyectos. Hoy son defendidos por
sectores que creen ser antisalinistas, antipanistas y antipriistas, pero
que defienden esos mismos megaproyectos ahora enarbolados como programa
de gobierno de AMLO- Romo y Morena.
Tienen en común ser proyectos del capital internacional, planes de
colonización del territorio mexicano, explotación de los recursos
naturales, expulsión y desplazamiento de poblaciones y comunidades, todo
ello: violaciones sistemáticas de los derechos humanos, individuales y
colectivos, de muchos mexicanos. Tienen en común venir desde el siglo
XIX, como los frustrados tratados McLane Ocampo, o al menos del siglo
XX, con los tratados de libre comercio y con el avance parcial de planes
como el Plan Puebla Panamá o el Plan Mérida. Muchos de ellos, como el
Aeropuerto en Texcoco, han sido iniciados por viejos gobiernos priistas,
y han sido derrotados, en el sexenio del panista Fox, con el alzamiento
popular de Atenco y comunidades cercanas.
Han sido resistidos con luchas como el alzamiento zapatista en 1994,
la formación de autonomías y de policías comunitarias, especialmente en
el sur y el sureste del país.
La burguesía mexicana impulsó violentamente estos megaproyectos u
otros parecidos durante dos sexenios de violencia inaudita contra la
población, que dejaron una estela sangrienta, con un número ignoto de
miles de muertos y desaparecidos, además de miles de viudas, huérfanos, y
víctimas cuyo dolor no alcanza siquiera a nombrarse.
Esta violencia, cuyo desprestigio hizo inviable seguir con el plan
neoliberal mediante los partidos que lo operaron anteriormente (PAN;
PRI, PRD), abrió camino al debilitamiento de la resistencia social a
costa de destruir la imagen de esos partidos.
Con el triunfo de AMLO y Morena, la burguesía ganó un gobierno
operador de lo que ya sus viejos administradores no podían seguir
impulsando, los grandes proyectos colonialistas neoliberales. Los más
destacados son:
Las Zonas Económicas Especiales (la primera ya opera en la Península de Yucatán).
El corredor del Istmo de Tehuantepec para conectar los puertos de Coatzacoalcos y Salina Cruz.
El Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México en Texcoco, que ya está en construcción, al menos ya están destruyendo el sitio.
El tren “Maya” de Cancún a Palenque, que pasa por la reserva de la biosfera de Calakmul.
El millón de hectáreas de explotación forestal (árboles maderables y
frutales, no endémicos) en la Selva Lacandona, cuyo principal
beneficiario probablemente será una empresa de Alfonso Romo.
La minería tóxica, especialmente canadiense, defendida por AMLO como
“estrategia” para limitar el comercio con Estados Unidos y “resistir” a
Trump.
Asimismo, asociado con ellos, y con las reformas neoliberales, que ya
se ha ido anunciando que no serán revertidas: explotación petrolera,
presas y represas, carreteras y caminos. Una colonización de territorios
indígenas y penetración de capitales, empresas, operadores de gobierno y
seguramente fuerzas armadas que vuelven totalmente retórica e hipócrita
cualquier invocación a los “Acuerdos de San Andrés” o a los “derechos
humanos”.
Ya he escuchado a defensoras de AMLO en radio cuestionar “cuál razón,
no se puede apelar a la razón, porque no hay una razón absoluta”, para
defender el “argumento” de que AMLO ya había anunciado a cartas abiertas
casi todo su gabinete y su plan económico, por lo tanto puede hacerlo,
imponerlo, por razón institucional, razón de Estado, y contra sus
millones de votos (la fuerza) no se puede apelar a la razón. Me recuerda
a Pilatos: ¿la verdad, qué es la verdad? Pilatos es precursor de la
cacareada “posverdad”. Pero sí, hay una razón que se impone detrás de
esa razón “institucional”, “democrática” (“30 millones de votos no se
equivocan”) y razón de Estado: es la “razón” del Capital (razón
absoluta, incuestionada), el máximo ganador en estos comicios y en esta
pasma postelectoral, en la cual las víctimas mandan cartas a AMLO
llamándolo “Compañero” y “Señor Presidente”.
Todavía no logran hacer que las víctimas de Calderón y Peña perdonen y
olviden, pero AMLO y Romo ya tienen mapeadas y sentenciadas a sus
propias víctimas.
El reparto de migajas como “ayudas a la tercera edad” será solamente
un control de daños y una medida de contención de la protesta social.
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