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16 de octubre de 2019

En defensa de Greta Thunberg.

Por: Daniel Tanuro / VientoSur.
Traducción: VientoSur.


La joven sueca Greta Thunberg se enfrenta a una avalancha de odio que se traduce en los más viles ataques machistas, las más sórdidas insinuaciones 1 sobre su salud mental, rastreras calumnias sobre su autonomía y amenazas de muerte apenas disimuladas. No hay que ir muy lejos para encontrar el origen de esos raudales de odio que no cesan de crecer. Este origen está en la extrema derecha nacional-populista, negacionista, sexista, racista y antisemita. Se expande como un cáncer, sobre todo, desde que Trump fue elegido, el Brexit, los éxitos de la AfD alemana, del FN/RN francés y de la Liga Italiana. Los montajes de photoshop que muestran a Greta a lado del financiero Georges Soros o de un combatiente del Estado Islámico expresan a las claras las intenciones antisemitas o islamofóbicas de estos medios.

Los vínculos de esta extrema derecha con las empresas de los combustibles fósiles están confirmados, especialmente a través del Instituto Europeo para el Clima y la Energía (EIKE). En realidad, el EIKE colabora con el Heartland Institute, un think tank estadounidense negacionista del cambio climático financiado por el sector petrolero y por el grupo Koch (la empresa privada más poderosa de Estados Unidos, del sector de la energía fósil y del químico, y totalmente negacionista). Rascando un poco, encontramos en la campaña contra Greta Thunberg una nebulosa de colaboradores y colaboradoras de los think tank reaccionarios y otros institutos negacionistas financiados por Exxon y Chevron. Especialmente, el Competitive Enterprise Institue (CEI) del que salió Myron Ebell, un miembro del equipo de transición de Trump a la cabeza de la EPA, Breitbar New, etc.

Los principales temas en los ataques a Greta Thunberg son los mismos a un lado y a otro del Atlántico: que vuelva a la escuela para aprender lo que no sabe; es una marioneta en manos de Al Gore y del capitalismo verde; quienes mueven los hilos utilizan a niños y niñas con minusvalías para imponer una dictadura de la emoción; llamar a la huelga porque el mundo está acabado, es totalitarismo; esta pobre chica es una iluminada, una enferma, etc2. La mayoría de estas calificaciones ya estaban en el comentario de Jordan Bardella (FN/RN) durante la visita de Greta a la Asamblea Nacional francesa.

Pero se ve que el negacionismo no lo explica todo, lejos de ello. El odio contra Greta Thunberg es más exacerbado porque la presa es una mujer, una mujer joven. Una chica que no teme asumirse tal como es, con su personalidad diferente, como ella misma lo explica3. Una chica valiente, decidida, inteligente, sensible, que sabe de qué habla. Una chica que se expresa con claridad, en nombre de la juventud, en nombre del futuro y no duda en enfrentarse a los poderosos con una insolencia feliz. En una palabra: una bruja.

Cuando se trata de atacar a una mujer, lo que algunos llaman “la tradición del libertinaje” se convierte (en Francia a menudo por desgracia), en un emanación de hedores pestilentes. Los de Bernard Pivot superan todo lo imaginable4. Vistas las distinciones académicas del personaje, es el momento de recordar esta frase histórica: “Señor, usted solo es una mierda pinchada en un palo” (. Frase de Napoleón dirigida a Tayllerant, NdT ). Aplicado a este caso concreto: el sexismo y el machismo siempre tienden un puente hacia la extrema derecha.

Al principio, los capitalistas han apostado por la asimilación de Greta Thunberg y, a través de ella, por la neutralización de la juventud. De ahí, la invitación a Davos, al Parlamento europeo, a la Asamblea Nacional y a muchos otros sitios oficiales. Puesto que, en nombre de la ciencia, llamaba a la unidad de toda la gente contra la amenaza, los políticos se creyeron que se la meterían en el bolsillo mostrándole que hacían lo máximo, etc. Pero Greta Thunberg no se ha dejado engañar. En el Parlamento europeo, después de que Juncker le hiciera la reverencia (¡!), declaró: “¿los políticos no quieren hablarnos? Nosotras y nosotros tampoco”.

Hay que decir la verdad y toda la verdad; en este caso, una parte no desdeñable de la izquierda y de los medios ecologistas aullaron con los lobos. Bajo las excusas más variopintas: “Greta no es anticapitalista”, “Greta no está contra el crecimiento”, “Greta es una vedette”, “No es por casualidad que se la invita aquí”, “Greta hace el juego al capitalismo verde”, etc. Sin contar las valoraciones psiquiátricas de chirigota... Todo eso, en el fondo, por una única e inconfesable razón: la rabia de verse superados por una chica de quince años, salida de ninguna parte, que ha hecho en un año más para cambiar el clima (sin juego de palabras) que muchas estructuras militantes en treinta años...

Hoy no hay lugar para la menor duda: después de la presentación de Greta en la ONU, la gente poderosa va a cambiar de táctica. Les ha puesto en la picota sin dudar (“¿Cómo os atrevéis?” “Solo habláis de dinero”) y su mensaje ha tenido el máximo impacto a nivel mundial. Frente al fracaso de la cumbre, llama a la huelga una vez más. De repente, se acabaron los intentos de asimilación: no es broma.

El giro es muy visible en Francia: Macron reprocha a Greta Tunberg “dividir a nuestras sociedades” y recomienda a la juventud hacer acciones “ciudadanas” antes que hacer huelga o de ir a manifestarse en Polonia contra el negacionista Duda. En cuanto al director general del grupo de artículos de lujo LVMH, Bernard Arnault, se coloca en primera línea para amonestar a la joven sueca de “desmoralizar a la juventud” (el mismo argumento que Bardella) frente a las radiantes perspectivas del capitalismo verde. “How do yo dare?” (¿Cómo te atreves?) ¿Este individuo piensa que la fortuna que ha amasado en la industria del lujo para ricos le permite opinar sobre cualquier cosa?

Por muy increíble que pueda parecer visto el contexto, las personas poderosas están preocupadas, es decir, inquietas. Temen una ruptura abisal entre la juventud y el viejo mundo. Su mundo. El de la política al servicio de los ricos, de la competencia entre naciones, del capitalismo que destruye la naturaleza y la vida. Temen el movimiento mundial de la juventud, esperando que se extienda a otras sectores. El campesinado, la gente explotada, los pueblos indígenas cuyos bosques están siendo saqueados, las personas oprimidas en general. ¿Imposible? ¿Quién sabe? El llamamiento de la generación de Greta resuena en lo más profundo, pues al 99% no le gusta la idea de que el mundo de nuestras hijas e hijos sea peor que el nuestro... salvo al 1% que es responsable del desastre.

Puesto que rechaza entrar en vereda, cualquier medio es válido contra el símbolo de ese movimiento, Greta Thunberg. Los media que la han llevado a la cúspide van a arrastrarla hasta el barro, los políticos que han intentado utilizarla van a condenarla a la hoguera por brujería y la extrema derecha se ofrecerá para hacer el trabajo.

El odio contra esta joven es la expresión de la lucha de los poderosos por su dominio. La lucha contra la juventud y las mujeres sin duda. Pero también contra la gente asalariada, campesina, racializada, los pueblos indígenas, las personas diferentes y los seres vivos en general. La lucha de clases en la era del Antropoceno.

Sean los que sean los límites de Greta Thunberg, nuestro sitio es estar a su lado, en el combate que no ha dejado de favorecer y que ahora se trata de organizar democráticamente. Es el sitio de toda la izquierda incluso de todo ecologista digno de ese nombre. ¡Quiten sus sucias manos de Greta Thunberg!

Notas: 1/ “Es en agosto cuando se dan los accidentes de los cruceros”: así comentó el hombre de negocios británico, aliado de Trump y socio capitalista de Farage, Arron Banks, el que Greta Thumberg haya atravesado el Atlántico a vela para participar en la Cumbre contra el cambio climático de la Naciones Unidas.
2/ Para el abanico de insultos escuchados en los medias franceses leer el artículo de Samuel Gontier, “Haro sur Greta Thumberg, la demoniaque vestale hitlero-maoïste”.
3/ Recordemos que el psiquiatra austriaco Asperger, que dio nombre al síndrome, era un nazi. Responsable de asesinato de criaturas con minusvalía, Asperger actualizó un test para determinar a quienes perdonar porque sus capacidades, según él, podían ser útiles...
4/ Es el autor de este tweet: “En mi generación, los muchachos buscaban jovencitas suecas que tenían fama de ser menos estrechas que las francesas. Me imagino nuestro asombro, nuestro canguelo si nos hubiéramos acercado a Greta Thumberg".

http://www.contretemps.eu/defense-greta-thunberg/

15 de octubre de 2019

Tú sola, tú solo, no puedes salvar el planeta.

Por: Philipp Chmel / VientoSur.

La crisis climática es probablemente el mayor reto al que jamás se ha enfrentado la humanidad, y su alcance y urgencia no dejan de aumentar. Está claro que tenemos que reducir las emisiones de CO2 y que esto incumbe ante todo a los países del hemisferio norte. A partir de ahí podemos concluir fácilmente que en Occidente hemos de cambiar de estilo de vida a fin de avanzar hacia un mundo más justo y sostenible. No es extraño, entonces, que el consumo ético (o sostenible) se haya convertido en una forma cada vez más amplia de responder al desastre que se avecina. En efecto, un estudio realizado en 2018 en el Reino Unido y en EE UU reveló que el 70% de las personas creen que los consumidores individuales son los principales responsables de proteger el medio ambiente.

El consumo sostenible es atractivo tanto para los productores como para los consumidores; después de todo, brinda la posibilidad de seguir consumiendo y al mismo tiempo cuidar de otras personas y del medio ambiente. La gente tiene la opción aparente de hacer algo concreto contra el peligro abstracto y abrumador de la crisis climática… sin necesidad de operar un cambio radical. Dentro de las coordenadas de nuestro sistema económico actual, esto parece tener sentido. El consumo sostenible combina la necesidad económica de crecer y generar ganancias con los valores de la sostenibilidad ecológica y social. La pretensión –o ilusión– es que todas estas cosas pueden prosperar armoniosamente. Claudia Langer, la fundadora de la página web sobre el estilo de vida sostenible utopia.de, califica este movimiento de “la revolución más pacífica de todos los tiempos”, afirmando que las decisiones de los consumidores determinan hoy el rumbo que emprenden las empresas.

¿Es cierto esto? Parece sumamente dudoso, entre otras cosas si tenemos en cuenta que tan solo un centenar de empresas han causado el 71% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero desde 1988. ¿Somos nosotros, los consumidores, quienes decidimos el rumbo de las cosas? ¿O bien nos manipulan las grandes empresas y el movimiento del desarrollo sostenible? Más bien parece que sus soluciones –y sus intereses– no son las mismas que las de la mayoría social.

Efectos desiguales

Al pensar en el impacto que tiene la especie humana en el medio ambiente es importante señalar que los efectos nocivos de la crisis climática no son los mismos para todo el mundo, sino que están estrechamente relacionados con la desigualdad económica y otros desequilibrios de poder estructurales. La crisis climática no solo constituye una amenaza para la humanidad en general, sino que refuerza y reproduce las desigualdades existentes. Esto se debe, entre otros motivos, a que los orígenes de la crisis climática y sus consecuencias están vinculadas inextricablemente a nuestro sistema económico, el capitalismo, así como a los desequilibrios de poder sociales como el patriarcado y el racismo.

La desigualdad de las emisiones de carbono per cápita se puso de manifiesto en un estudio de Oxfam de 2015, en el que se comparaban las emisiones del consumo de las personas en función de sus ingresos y su patrimonio. Los resultados son chocantes en dos sentidos. En primer lugar, muestran que el 10 % más rico de la población es responsable de casi el 50 % de las emisiones globales de CO2, mientras que el 50 % más pobre solo emite conjuntamente el 10 %. En segundo luigar, el estudio demuestra que el grupo de personas que emiten menos CO2 es asimismo el grupo que más sufre los efectos del cambio climático. El 50 % más pobre de la población vive sobre todo en los países más vulnerables, soportando, por ejemplo, mayores riesgos de inundaciones, sequías y olas de calor. Estas desigualdades también se dan dentro de cada país.

El huracán Katrina fue un caso paradigmático: la gente pobre, la de edad avanzada y la de color fue la que se llevó la peor parte y la que tenía menos recursos para enfrentarse a la catástrofe. Además, especialmente en el hemisferio sur, las mujeres están mucho más expuestas que los hombres, lo que en parte se debe al reparto del trabajo en función del género. La carga de trabajo de las mujeres aumenta al depender más de la agricultura de secano y ser responsables en su mayoría de buscar agua, que resulta más inaccesible cuando se agotan las fuentes. Las mujeres asumen de manera desproporcionada la tarea social de cuidar a las personas ancianas y enfermas y de este modo corren un mayor riesgo en situaciones de falta de servicios sanitarios.

Estas desigualdades polarizadas resultan todavía más drásticas cuando vemos quién se beneficia del desarrollo de intereses económicos en torno a los combustibles fósiles. De 2010 a 2015, el número de personas que constan en la lista Forbes de milmillonarios y que tenían un interés directo en el aumento de la producción de combustibles fósiles aumentó de 54 a 88, mientras que su riqueza conjunta creció de 200.000 a 300.000 millones de dólares. Esta pequeña elite se beneficia directamente de las medidas y políticas nocivas para el clima y sin duda no está para nada interesada en cambiar el status quo.

Tentador, pero ineficaz

Si no todas las personas corren el mismo peligro a causa de la catástrofe climática, podemos preguntarnos qué implicaciones tiene este hecho con respecto a los medios más eficaces para prevenirla. Un problema a la hora de responder a esta cuestión es el fracaso de los intentos actuales de realizar un cambio estructural. Un ejemplo de libro de texto de ello está en el Acuerdo de París de Naciones Unidas, con el que 196 países prometieron mantener de aquí a 2050 el aumento de la temperatura por debajo de 2° C en comparación con la época preindustrial, o preferiblemente por debajo de 1,5°C, y reducir a cero las emisiones netas en el mismo plazo. El objetivo es claro, las medidas necesarias se conocen y los medios están disponibles, pero falta la acción. Los gobiernos no actúan de acuerdo con el tratado que firmaron, y EE UU se retiró del mismo enteramente.

Esta incuria por parte de las instituciones ha conferido sin duda más protagonismo a planteamientos individuales como el consumo sostenible para ayudarnos a avanzar por este camino. Numerosas páginas web nos permiten calcular nuestras huellas de carbono y continuamente nos proponen la manera de reducir nuestras emisiones de CO2, desde comer menos carne y productos lácteos hasta utilizar menos el coche, volar menos, apagar las luces o comprar productos ecológicos y de comercio justo. Estos cambios no solo parecen razonables a la vista de la crisis en ciernes, sino que el consumo sostenible proporciona a la gente la sensación de que está en el puesto de mano: cada una decide qué compra y por tanto determina qué se produce. Castigamos a las empresas no éticas boicoteándolas o premiamos a sus homólogas éticas comprando sus productos. Sin embargo, vale la pena preguntarse si este planteamiento confiere realmente poder a la gente, y sobre todo si permite afrontar la enorme magnitud de emisiones globales y otras secuelas medioambientales.

Existen tres grandes categorías de consumo sostenible: productos de comercio justo, agricultura ecológica y compensación del carbono. El movimiento del comercio justo pretende ante todo impulsar unas condiciones de trabajo y unas remuneraciones justas, no reducir los impactos medioambientales. Un estudio de revisión de 2009 sobre el efecto del comercio justo no halló ninguna referencia bibliográfica que incluyera una evaluación ambiental metódica. Esto contrasta con la agricultura ecológica, que promueve más claramente la imagen de ser mejor, desde el punto de vista medioambiental, que la producción convencional. Sin embargo, un estudio de revisión de 2017, realizado por Michael Clark y David Tilman, reveló que, contrariamente a las creencias de muchas personas, los alimentos ecológicos no son más beneficiosos para el medio ambiente que los productos convencionales. En función del tipo de producto, la producción ecológica o convencional puede ser mejor desde este punto de vista, y globalmente las diferencias se compensan más o menos recíprocamente. En conjunto, la producción ecológica consume menos energía, pero emite cantidades similares de gases de efecto invernadero, requiere mayores extensiones de terreno y causa una mayor eutrofización, es decir, una sobrecarga de nitrógeno y fósforo en las aguas superficiales debido al uso de fertilizantes.

Más que centrarnos en la compra de productos ecológicos o convencionales, sería más eficaz tener en cuenta las enormes diferencias existentes entre los distintos tipos de alimentos que consumimos. El uso de terreno por gramo de proteína en la producción de carne de vacuno es 50 veces mayor que en la de arroz, y las emisiones de carbono es 10 veces mayor. Lo que comemos es mucho más importante que el modo de producirlo.

La compensación voluntaria de carbono también ha proliferado muy rápidamente. La idea en este caso consiste en donar dinero a proyectos encaminados a compensar las emisiones de CO2, por ejemplo mediante la plantación de árboles en alguna otra parte del mundo. Esto puede sonar razonable, pero en casi todos los casos adquiere una dinámica neocolonial. Gracias a este sistema, las empresas y quienes disponen de los recursos económicos necesarios pueden exportar simplemente su responsabilidad en la reducción de las emisiones a los países más pobres, lo que les permite eludir la necesidad de introducir cambios radicales en el lugar de origen.

Sin embargo, estos planteamientos convencen a muchas personas. Michael Bilharz, un experto en ecología y economía, registró las emisiones de CO2 y el consumo de energía de 24 consumidoras sostenibles pertenecientes al grupo demográfico que expertas en márqueting denominan Estilos de Vida de Salud y Sostenibilidad (LOHAS, Lifestyles of Health and Sustainability). Todas eran miembras del BUND Naturschutz, la rama bávara de una organización alemana dedicada a la defensa de la naturaleza, y todas ellas habían adoptado diversas medidas para reducir sus emisiones de CO2, como comprar productos ecológicos y de comercio de proximidad, no dejar los aparatos eléctricos en modo de espera y adquirir energía de origen renovable. En promedio, estas personas opinaban que su huella de carbono era de alrededor de un 30 % más baja que la media alemana. No obstante, el resultado del estudio desmintió esta autovaloración: por el contrario, sus impactos ambientales eran iguales o superiores a la media nacional.

Esta discrepancia demuestra dos cosas. En primer lugar, el propósito de lo que se considera un estilo de vida sostenible está equivocado. La gente tiene la sensación de que realmente está haciendo algo cuando introduce pequeños cambios en sus rutinas cotidianas o sustituye sus electrodomésticos por otros más eficientes. Sin embargo, no tiene en cuenta posibles efectos de rebote e incluso puede verse estimulada a consumir más, ya sea gastando el dinero que ha ahorrado en la factura de la luz en alguna otra cosa ambientalmente nociva, ya sea porque se siente moralmente autorizada a consumir más en virtud de su anterior comportamiento sostenible (autolicencia). En segundo lugar, el estudio de Bilharz muestra que el principal factor determinante de las emisiones de CO2 de la gente es su renta y su patrimonio, y de hecho, la gente preocupada por el medioambiente no es una excepción al respecto. Las personas que ganan más dinero suelen consumir y viajar más y viven en casas y pisos más grandes.

En cambio, el libro de Bilharz, Going Big with Big Matters, escrito junto con Katharina Schmitt, propone centrarse en decisiones cuyo efecto es más importante, como reducir el tamaño de nuestros espacios de vivienda personales, cambiar de sistema de calefacción y de aislamiento térmico, reducir radicalmente los viajes en avión, utilizar automóviles altamente eficientes, participar en sistemas de coches compartidos e invertir en energías renovables.

Podemos reflejar en cifras la importancia relativa de estos cambios: según un estudio realizado en 2017 por Seth Wynes y Kimberly Nicholas, el reciclado completo permite ahorrar 0,2 tCO2e y el cambio de las bombillas domésticas por otras de menor consumo, 0,1 tCO2e al año. Son valores muy pequeños en comparación con las 0,8 tCO2e que pueden ahorrarse cada año si se mantiene una dieta vegetariana o se reduce el uso del automóvil. Un coche de gama media emite 190 gCO2/milla y un SUV medio, 216 gCO2/milla, lo que da unos valores anuales de 2,56 tCO2e y 2,91 tCO2e, respectivamente, si se recorren 13.467 millas al año (la distancia media que recorrieron los estadounidenses en coche en 2018). Pero si necesitamos dar pasos más grandes, ¿por qué estas decisiones de efecto tan escaso resultan tan atractivas y por qué se ha promovido tan ampliamente el consumo sostenible? ¿Acaso no se trata más que de un medio de las empresas para subcontratar su responsabilidad moral?

Ser buena gente

Como he mencionado más arriba, el consumo sostenible puede dar la sensación de tener el poder. Pero antes que nada es una cuestión de comodidad y estética. Según un estudio de tendencias publicado en 2009 por el Grupo Otto, una empresa alemana de venta por correo y comercio electrónico, la mayoría de consumidores de hoy están motivados para comprar productos de comercio justo y ecológicos por razones individuales más que por una amplia solidaridad social. El comportamiento ético se percibe como un factor de confort individual, mientras que la estética, la indulgencia y la automejora han arrinconado ideales que prevalecían en el movimiento ecológico de la década de 1980, como la renuncia al consumo y la acción concertada para cambiar el mundo. No es extraño, por tanto, que Johannes Merck, el director de responsabilidad empresarial del Grupo Otto, preconice unos “modelos de rol” que permitan convertir el consumo ético en un símbolo de condición social. Insiste en que la conducta ética viene impulsada por el deseo de consumir.

Sin embargo, el consumo sostenible también tiene un aspecto más pronunciadamente regresivo, pues supone el traslado de la responsabilidad de la producción y la empresa al consumidor. La salvación del planeta se convierte en una cuestión de decisiones personales más que de regulaciones sociales generales. En efecto, mientras que el consumo ético distingue entre productos moralmente buenos y malos, no se detiene ahí. Hoy en día, cada vez más personas se definen a sí mismas –y proclaman su superioridad sobre otras– en función de los productos que compran. La decisión a favor o en contra de determinados productos puede influir en si le consideran a una, en abstracto, una buena o mala persona y puede espolear en concreto la autocensura o la condena de otros. En efecto, no todo el mundo puede permitirse participar en el movimiento del consumo ético. No todo el mundo tiene tiempo, dinero o energía para dedicarse al consumo ético. Hasta el año 1562, un católico podía comprar el perdón del castigo por sus pecados mediante las indulgencias: dinero para la iglesia a cambio de la redención del alma. Hoy, si la responsabilidad moral sobre el impacto ambiental de los productos se traslada de la empresa a las consumidoras individuales, la gente con ingresos bajos en muchos casos no puede permitirse la buena conciencia.

Para las propias empresas, las razones para promover productos sostenibles son más económicas que éticas. El mercado de estos productos tiene un elevado potencial de crecimiento, y una imagen verde auténtica confiere a las compañías una ventaja competitiva; de acuerdo con el estudio de los Vencedores Verdes de la consultora A.T. Kearney, las compañías sostenibles alcanzaron resultados del 10 al 15 % mejores durante la crisis financiera que las empresas convencionales. Se supone que el consumo ético amplía el significado del consumo como tal al combinarlo con valores inmateriales como la autonomía, la comunidad, la honestidad, la justicia y la naturaleza. Podemos hallar paralelismos con el golpe de efecto de márqueting de Edward Bernays, considerado a menudo el fundador de las relaciones públicas. En 1929 anunció cigarrillos para mujeres llamándolos antorchas de la libertad. Pagó a mujeres para que fumaran sus antorchas de la libertad en el desfile de Pascua de Nueva York; en aquella época todavía era un tabú social que las mujeres fumaran en público. La campaña asociaba los cigarrillos a la emancipación femenina para superar ese tabú social, utilizando así la lucha feminista para acceder a un nuevo mercado.

El consumo ético es el ejemplo por excelencia del capitalismo verde. No se limita a rechazar las críticas por las consecuencias destructivas del capitalismo como tal, sino que incluso las incorpora, de modo que se presenta como parte de la solución de los problemas generados por el propio capitalismo. Sin embargo, las medidas orientadas al mercado que avanza el capitalismo verde son antidemocráticas y apolíticas. Convierten la valía medioambiental en una cuestión de renta y consumo de una manera que estabiliza el status quo. Las grandes empresas pueden conservar, por no decir aumentar, su poder actual al mismo tiempo que quedan exentas de su responsabilidad a través del mercado, que a su vez descarga en el individuo la responsabilidad moral y le priva del poder político real. El capitalismo verde estabiliza el sistema actual ofreciendo a la gente una solución dentro del mismo, una solución que no cuestiona, sino que más bien promueve, el motivo de la ganancia que le es intrínseco.

Acción colectiva

La crisis climática es el mayor reto en este siglo XXI. La respuesta científica a qué hay que hacer para combatir el calentamiento global es clara desde hace decenios: hemos de mantenernos por debajo del objetivo fijado por el PICC (Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático) de 1,5 °C de aumento de la temperatura global y reducir las emisiones netas a cero de aquí a 2050. Sin embargo, los dirigentes políticos no han actuado con la suficiente rapidez, ni mucho menos, confiando en el mercado. Pero no podemos esperar. La crisis climática es una cuestión política al 100 % que nos afecta a todas. Resolver este problema exige un cambio político real, y la acción colectiva para conseguirlo.

Muchas personas que se preocupan por la crisis climática y tratan activamente de combatirla tal vez ya sean conscientes de las cuestiones planteadas en este artículo. Sin embargo, la mayoría de las conversaciones que mantenemos con amistades y familiares en torno a lo que tú y yo podemos hacer concretamente siguen centrándose sobre todo en la acción individual y no colectiva. Es probable que estos comentarios influyan en nuestra manera de pensar y actuar en este mundo, y esto también se aplica, por supuesto, a las discusiones sobre posibles soluciones a la crisis climática. Así que ¿por qué no hablamos más de manifestarnos conjuntamente, por qué no hablamos más de organizarnos como grupo y por qué no hablamos más de medios de transformación que han resultado efectivos en el pasado, a saber, los movimientos sociales masivos y las huelgas económicas?

En los últimos meses ha surgido un movimiento mundial por el clima que tiene un ímpetu significativo y sigue creciendo. Muchos de los grupos recién formados se han inspirado en las acciones de la activista climática sueca Greta Thunberg, que desde agosto de 2018 hace huelga en su escuela todos los viernes. El 15 de marzo hubo una huelga mundial de escuelas y universidades a favor del clima en más de dos mil ciudades con más de un millón y medio de participantes (según las organizadoras). El 20 de septiembre comenzó otra huelga todavía más generalizada.

El movimiento ha sido atacado por varias fuerzas conservadoras, pero también ha sido objeto de un gran interés y muchas muestras de solidaridad. Miles de científicos han firmado cartas abiertas en señal de solidaridad y muchos sindicatos apoyan activamente al movimiento, así como maestras que respaldan a las estudiantes. Algunas educadoras incluso anuncian su participación en las huelgas por el clima.

Este es el fenómeno más prometedor que ha habido en años, tal vez incluso en decenios, en la lucha contra la crisis climática. Si continúa esta dinámica, es posible que las huelgas climáticas protagonizadas por la juventud unan sus fuerzas a las huelgas de maestras por la mejora de sus condiciones laborales, combinando las reivindicaciones ambientales con la lucha por los servicios públicos. Este es el camino hacia un cambio más fundamental, la liberación del modelo económico capitalista y del peligro que supone para nuestras vidas y nuestro medioambiente. Como desmuestran las huelgas por el clima, no tienes que salvar el planeta por ti sola, por ti sola.

https://www.jacobinmag.com/2019/09/climate-crisis-ethical-consumption-greta-thunberg-environment

29 de septiembre de 2019

El Maquillaje Verde del Capitalismo no cambia su esencia depredadora: la Fábula Greta y sus limitaciones.

Por: Cecilia Zamudio / Pensamiento crítico.



Los verdaderos ambientalistas de este mundo son los pueblos en lucha contra la depredación que perpetran las multinacionales: los que entregan sus vidas por sus comunidades, por las montañas y ríos. Cada mes, decenas de esos verdaderos ambientalistas son asesinados en sus países: las balas de los sicarios del capitalismo transnacional revientan sus cabezas llenas de honestidad y lucha, y mueren con las manos limpias, unas manos que jamás habrán estrechado las manos infames del FMI, ni las de los demás vampiros del planeta. La clase explotadora y su sistema capitalista se perpetúa en base al Exterminio y a la alienación: en base a la violencia, y también en base a la mentira que impone a través de sus medios masivos.

En sendas fotos se aprecia a Greta Thunberg, el nuevo personaje hyper-mediatizado por el aparato cultural del capitalismo, junto con la directora del FMI y candidata al BCE, Christine Lagarde (el FMI, esa institución del capitalismo transnacional que depreda la naturaleza y hambrea pueblos enteros): un apretón de manos que ilustra muy bien la felicidad de los amos del mundo al saludar a quienes bien les sirven en la importante tarea de penetrar todas las luchas con Caballos de Troya que encausen las energías hacia callejones sin salida, que manipulen a las mayorías en seudo luchas que no vayan nunca a tocar la raíz de los problemas, y por lo tanto no los solucionen. El capitalismo que está acabando con la naturaleza no es cuestionado por la fábula de Greta. El planeta se muere y siguen con su Pan y Circo. Cinismo absoluto.

La televisión, la prensa, la industria cultural, están en manos de monopolios privados en el capitalismo: esos monopolios suelen también tener capital en el complejo militar industrial, en el agroindustrial, en la industria química y farmacéutica, etc... Todo lo anterior explica el porqué los medios masivos no televisan a nadie que cuestione realmente sus intereses: nadie que cuestione la perpetuación de este sistema, que cuestione al capitalismo, recibirá tal hyper-mediatización.

La depredación de la naturaleza se debe al modo de producción capitalista: el agroindustrial intoxica la tierra, la megaminería devasta montañas y ríos, etc. El sobreconsumo es un fenómeno teledirigido por el aparato cultural del capitalismo, por el bombardeo publicitario. La Obsolescencia Programada, mecanismo perverso de envejecimiento prematuro de las cosas, implementado adrede en el modo de producción capitalista, también le garantiza a la burguesía que las masas sobreconsuman, porque así es que la burguesía llena sus arcas: en base a la explotación contra las y los trabajadores y en base a la devastación contra la naturaleza.


No hay solución a la devastación de la naturaleza dentro del capitalismo. Ante la tragedia palpable de continentes de plástico flotando en los océanos, de la deforestación vertiginosa de bosques milenarios, de los glaciares depredados, de las napas freáticas y ríos contaminados y desecados, de cordilleras rebanadas por la mega minería, del uranio empobrecido con el que el complejo militar industrial bombardea regiones enteras, de los niveles de CO2 en claro aumento, el cinismo de los amos del mundo es descomunal. Cómo si plantearan lo siguiente:

«No se puede tapar el sol con un dedo, es decir ya es inocultable la devastación del planeta que los grandes capitalistas estamos perpetrando; ahora bien, lo que sí se puede hacer para seguir depredando y capitalizando, es mentir sobre las causas profundas y sistémicas del problema. Lo importante es que no se nos señale a nosotros como los responsables, que no se nos señale a los propietarios de los medios de producción, los que decidimos qué se produce, bajo qué condiciones y a qué ritmo, los que nos enriquecemos mediante el saqueo de la naturaleza y mediante la plusvalía que le sacamos a las y los trabajadores, los que decidimos cómo debe comportarse la población, ya que la inducimos al sobreconsumo que nos enriquece a nosotros, y la inducimos a no cuestionar a este sistema que tanto nos conviene a nosotros como minoría dominante. El fingir que nos preocupa el planeta, dará muy buenos réditos, basta con una buena operación de propaganda a nivel mundial, que se nos vea escuchando a algún símbolo que habremos creado previamente, algo que no nos cuestione como clase dominante, como clase explotadora, y que no cuestione en definitiva este sistema».

Pero la gangrena no se cura con tiritas, y obviamente la depredación del planeta no se frenará con los placebos que el mismo sistema ofrece para encausar el descontento social hacia callejones sin salida.

Greta y su grupo apelan a las supuestas "cualidades morales" de los amos del mundo, apelan a su supuesta "buena voluntad"; una vez más entramos en la fábula anestesiante que finge ignorar que en el capitalismo la acumulación de riquezas la perpetran los grandes capitalistas de dos maneras fundamentales: la explotación contra las y los trabajadores y el saqueo de la naturaleza. En esta fábula del GreenWashing (lavado verde) se plantea fraudulentamente la existencia de un supuesto "capitalismo verde", algo totalmente imposible por la lógica misma del sistema. No es posible un "capitalismo verde", como no es posible un "capitalismo con rostro humano", como no es posible un león vegetariano. Y eso simplemente porque cuando hablamos de este sistema económico, social, político y cultural que es el capitalismo, hablamos de los mecanismos inherentes a su lógica: ca-pi-ta-li-zar.

Y a los que vengan con el fraude de que “los países nórdicos son grandes ejemplos de capitalismo bueno y verde”, decirles que mejor se lo pregunten a una víctima de las masacres que las grandes empresas nórdicas han fomentado en el Congo para poder saquear hasta la médula el Coltán y otros recursos. ¿Les suena de algo Ericsson, Saab, Volvo, Bofors (armas), Nammo (armas), Kongsberg (armas), Ikea, H&M, etc? Ni muy “verdes” ni muy “humanas” en lo que a explotación y devastación contra las y los trabajadores y contra la naturaleza se refiere. ¿Ah, que si se logra externalizar fuera del país toda la cloaca de las prácticas que enriquecen a una multinacional, entonces no se toma en cuenta dicha cloaca? ¿Y la faraminosa cifra de negocios de las empresas suecas, noruegas y finlandesas en base a la venta de armas, y su lucrativa participación en toda nueva invasión de la OTAN, tampoco será mostrada en la fábula, no?

No es posible un "capitalismo verde", como no es posible un "capitalismo con rostro humano", como no es posible un león vegetariano. Porque la explotación y la depredación son inherentes al capitalismo. Ahora bien, lo que sí es posible, es maquillar el mismo rostro inhumano y nada verde del capitalismo, con toneladas de maquillaje para que parezca lo que no es. Pero un león con una máscara de zebra, no será nunca vegetariano como el personaje de su máscara, así como un sistema como el capitalismo, no será nunca "verde" como las máscaras que de sí mismo mediatiza el mismo sistema. Grandes multinacionales energéticas, depredadoras por excelencia de la naturaleza, arboran logos de colibrí o de fauna marina. La BMW y un banco suizo financian el barco con el que Greta surca los mares: ¿Será entonces menos poluyente, menos infame, el proceder de la BMW o del banco suizo?

Por otra parte, en el discurso del GreenWashing se culpabiliza a todos por igual, y al final... «si todos somos culpables nadie lo es de manera específica», lo que es una manera de diluir responsabilidades, de no señalar a los principales responsables de esta barbarie: los grandes capitalistas, la burguesía transnacional.

Es verdad que el sobreconsumo no se limita a la burguesía, porque si bien esta puede consumir muchísimo más y genera un despilfarro brutal, la clase explotada también ha sido alienada por el bombardeo publicitario, para llevarla a sobreconsumir, aún a costa de contraer deudas. Pero una vez más, hay una cuestión de clase: porque es la clase explotadora, la que posee los medios de producción y propaganda, la que impone su hegemonía ideológica y cultural a todo el planeta, es la clase explotadora la que aliena a la clase explotada a través de los medios masivos de su propiedad. Es mediante la alienación que la clase explotadora dirige a la clase explotada hacia el sobreconsumismo, la dirige mediante el bombardeo publicitario y mediante los paradigmas que impone el aparato cultural del capitalismo (individualismo, consumo presentado como "compensatorio", noción de “éxito” relativa al tener y no al ser, etc). La Obsolescencia Programada (envejecimiento prematuro de las cosas) también les garantiza a los grandes capitalistas que las masas sobreconsuman, para llenar sus cuentas bancarias mientras devastan al planeta.

En el 2019, las 26 personas más enriquecidas del mundo tienen la misma riqueza con la que malviven los 3.800 millones de personas más empobrecidas, la mitad de la población mundial (Oxfam). Un puñado de multimillonarios posee los principales medios de producción y medios de propaganda y difusión. El 1% de la población mundial posee el 82% de la riqueza mundial. La base de datos de consumo de energía eléctrica per cápita, evidencia que son Europa, Estados Unidos, Canadá y demás metrópolis capitalistas, las que consumen, y de lejos, la inmensa mayoría de la energía consumida a nivel mundial.

En el discurso de la Máscara Verde, se equipara la depredación que cometen los grandes capitalistas, las gigantescas empresas que secuestran ríos enteros para la mega minería, con los pueblos que son sus víctimas. Se equipara a víctimas con victimarios en ese abyecto discurso del “todos somos culpables”, que no hace distinción alguna, ni de clases sociales, ni entre el puñado de países que consumen el 80% de los recursos del planeta (Estados Unidos, Europa, Canadá, Japón, Australia y demás metrópolis capitalistas) y todos los demás países del mundo (la inmensa mayoría) que sobreviven con el 20% restante. En el discurso de la Máscara Verde no se habla de metrópolis capitalistas que sobreconsumen, versus periferias capitalistas que son concebidas por el capitalismo transnacional como meras "bodegas de recursos" y saqueadas hasta la médula, con un impacto ecológico devastador y un impacto social de empobrecimiento, tampoco se dice que el saqueo es perpetrado asesinando a toda persona o comunidad que alce su voz contra el saqueo capitalista.

Se equipara a las multinacionales depredadoras con los pueblos que éstas exterminan. Tomemos como ejemplo lo que cometen la Anglo American, la BHP Billiton y la Glencore al desviar todo un río para usar el agua en la mina de Carbón más grande del mundo, la mina del Cerrejón en Colombia, lo que causa sequía, ecocidio, hambruna y Genocidio contra uno de los principales pueblos indígenas de Colombia: los Wayú. Más de 14.000 niños Wayú han muerto de hambre y sed por causa del saqueo capitalista que perpetran esas tres multinacionales. El carbón que se extrae por toneladas, es encaminado hacia Estados Unidos y Europa principalmente. Así que no, no somos "todos culpables por igual". No es igual de culpable una familia trabajadora que un capitalista. No es igual de culpable la multinacional Glencore que el pueblo Wayú padeciendo exterminio. No son culpables las y los miles de luchadores sociales, ecologistas verdaderos, que son asesinados a diario por las balas de los sicarios del capitalismo transnacional; pero en cambio sí son culpables los que saquean el planeta y pagan sicarios para exterminar toda oposición al saqueo capitalista.

Por nuestras muertas y muertos, ni un minuto de silencio ante la barbarie y la pantomima con la que pretenden encubrirla: más de 1500 campesinos, indígenas, afrodescendientes, ambientalistas, luchadores sociales, asesinados en Colombia por el capitalismo transnacional en cinco años, otros miles en México, otros tantos en diversos países de África, Asia y América Latina... Y nos vienen con su fábula de la niña de las trencitas, que NO cuestiona al sistema capitalista y es hyper-mediatizada, con su montaje que hiede a paternalismo eurocentrado, con su decorado que hiede a cinismo, con su teatro que hiede a fingir para que todo siga igual.

Están experimentando para ver hasta qué punto nos tragamos todos sus montajes con la sonrisa tonta, mientras que ellos, los miembros de la clase explotadora, siguen depredando montañas y ríos, océanos y bosques, siguen perpetrando ecocidios y genocidios, siguen empujando a millones de desposeídos a los caminos del éxodo, siguen transformando el planeta en un basural y a los seres humanos en alienados (y al que no se deje alienar, y pretenda luchar por fuera de los trazados de lo inútil, le asestan la bala paramilitar y militar, o la persecución política y la cárcel).


«Mientras tengamos Capitalismo, este planeta no se va a salvar; porque el capitalismo es contrario a la vida, a la ecología, al ser humano, a las mujeres», expresaba Berta Cáceres, auténtica ambientalista y luchadora social hondureña, asesinada por oponerse al saqueo capitalista. Chico Méndes, otro auténtico ambientalista, defensor de la Amazonía y luchador social asesinado para callar su voz de consciencia de clase, para intentar frenar la organización política de los desposeídos, ya señalaba, antes de ser asesinado, las imposturas del "GreenWashing" (al que por entonces no se llamaba con ese término, pero que ya existía). Contra el capitalismo y su Maquillaje Verde, también había alzado su lucha Macarena Valdés, ecologista Mapuche asesinada por defender a la naturaleza y a la comunidad, por enfrentarse a la multinacional RP Global, de capital austriaco, que promueve la energía que vende como "renovable y sustentable", tras participar del ecocidio y genocidio contra el pueblo Mapuche. Las y los luchadores contra la depredación de la naturaleza son miles, sus voces no son mediatizadas, sus vidas suelen ser cortas porque son truncadas por las herramientas represivas al servicio del capitalismo transnacional.


Y si algún país pretende nacionalizar los recursos naturales y no permitir que las multinacionales los saqueen, lo bombardean en sus guerras imperialistas, lo invaden, le introducen mercenarios fanáticos religiosos incubados desde el imperio, lo torturan, lo martirizan, le imponen regímenes sanguinarios (¿dónde están esos falsos “ecologistas” del sistema cuando el imperialismo estadounidense y europeo masacra naturaleza y pueblos en Irak, Libia, Colombia, Afganistán, Yemen, etc? Ah... Que ahí no está su seudo “protesta" ¿no?... Claro, las marionetas al teatrillo, a embaucar incautos, a hacer que las miles de personas que fueron (y son a diario) asesinadas por el capitalismo transnacional por haber verdaderamente defendido al planeta en primera línea, sean más silenciadas todavía en medio de toda la cacofonía, de la hyper-mediatización de la ficción. Pero la lucha sigue, contra el capitalismo y su barbarie; porque la cosmética con la que pretenden tapar su hedor, muchas y muchos no nos la tragamos.

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