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1 de noviembre de 2019

Teoría del valor trabajo, ¿ciencia o disparates?

Por: Rolando Astarita / Blog.

Con motivo del último post (aquí), un lector del blog me envió un mail preguntándome por qué dedico tanto tiempo a discutir el tema del trabajo potenciado. Sospecho que tal vez otros lectores del blog se hagan esta pregunta.

Pues bien, para entender por qué esta discusión, señalo que existe, en primer lugar, una cuestión de tipo político: la explicación de Marx sobre el origen de las plusvalías extraordinarias tira por tierra varias historias tercermundistas y nacionalistas que ponen el eje en la explotación de “países”, y no de la clase obrera. He tratado esta cuestión en una nota anterior (aquí). Pero por otra parte, lo que está en debate es el contenido mismo del concepto de valor. Para entender por qué, recuerdo que Marx sostiene que solo en cuanto cristalización de “gasto de fuerza de trabajo humana sin consideración a la forma en que se gastó la misma”, los productos del trabajo son valores (El Capital, t. 1, p. 47, edición Siglo XXI). Por eso dice que un valor de uso, o un bien, “solo tiene valor porque en él está objetivado o materializado trabajo abstractamente humano” (ibid.). Y precisa que la cantidad de trabajo se mide “por su duración” (p. 48).

Pero llegado a este punto se plantea la siguiente cuestión: si el valor se mide por el tiempo de trabajo empleado, ¿habrá que concluir que cuanto más perezoso o torpe fuera un productor, tanto más valiosa sería una mercancía porque necesitaría más tiempo para fabricarla? Si esto fuera así, la teoría del valor trabajo sería un verdadero disparate (y no es casual que algunos críticos de Marx hayan intentado tergiversar su teoría en este sentido).

Pero no es un disparate porque, como enseguida precisa Marx, el tiempo de trabajo que emplea el productor individual es generador de valor en tanto es tiempo de trabajo socialmente necesario. Así, luego de señalar que el conjunto de la fuerza de trabajo de la sociedad se compone de innumerables fuerzas de trabajo individuales, escribe: “Cada una de esas fuerzas de trabajo individuales es la misma fuerza de trabajo humana que las demás, en cuanto posee el carácter de fuerza de trabajo social media y opera como tal fuerza de trabajo social media, es decir, en cuanto, en la producción  de una mercancía solo utiliza el tiempo de trabajo promedialmente necesario, o tiempo de trabajo socialmente necesario. El tiempo de trabajo socialmente necesario es el requerido para producir un valor de uso cualquiera en las condiciones normales de producción vigentes en una sociedad y con el grado medio de destreza e intensidad del trabajo” (ibid., p. 48). Y agrega que es “solo la cantidad de trabajo socialmente necesario, pues, o el tiempo de trabajo socialmente necesario  para la producción de un valor de uso, lo que determina su magnitud de valor” (ibid.). O sea, si un productor emplea más del tiempo de trabajo que el empleado en las condiciones técnicas normales, y con el grado medio de destreza e intensidad, ese productor, de acuerdo a la teoría del valor de Marx, no genera por ello más valor. Remarco: a Marx no se le ocurre siquiera la posibilidad de que todo el tiempo de trabajo del productor perezoso o torpe (con relación al promedio), sea generador de valor.

Sin embargo, mis críticos, Sebastián Hernández Solorza, Alan Deytha Mones y Andrés Piqueras, dicen que sí, que genera más valor. La diferencia de enfoques es apreciable. Para verla con más claridad, supongamos que en una rama hay 10 productores que emplean en promedio 10 horas de trabajo para producir el bien X. Esto es, los tiempos de trabajo individuales oscilan en torno a las 10 horas (algún productor tardará algunos minutos más, otro algunos minutos menos). Supongamos entonces que se agrega un undécimo productor que emplea 100 horas de trabajo para producir X. Según Marx, ese productor no genera más valor que cada uno de los otros productores. Mis críticos, en cambio, dicen que sí genera más valor. Concretamente, dicen que genera 100 horas de nuevo valor. Valor “extra” que, según ellos, aparecerá en las mercancías vendidas por otros productores. De ahí el cálculo de “promedios”: las 100 horas del undécimo trabajador se promedian con las 100 horas de los restantes 10 productores. Y si el undécimo productor hubiera empleado 500 horas, pues lo mismo se hubieran “promediado”. Esto es, según este enfoque, cualquiera genera valor sin importar la relación entre su tiempo de trabajo individual y el tiempo de trabajo socialmente imperante en esa producción. Por eso toda la ciencia del asunto se reduce a promediar, sin ton ni son, horas de trabajo. Y a este pedante disparate Piqueras lo considera una explicación matemática (nada menos) “de la diferencia entre una fórmula meramente física y otra físico-social”.

De manera que al resultado al que llegan mis críticos es que cuanto más tarde una persona en producir un bien, más valor genera. Repito: la concepción de Marx es opuesta a esta. Por supuesto, se puede disentir, pero no pasen “gato por liebre”, como reza el dicho. Según Marx, solo el tiempo de trabajo socialmente necesario determina la magnitud del valor. Por eso las 90 (o 490) horas de más (con respecto al promedio social) que emplea el productor de nuestro ejemplo, no generan valor “extra”. Simplemente ocurre que en 100 (o 500) horas de trabajo ese undécimo productor genera 10 horas de valor (tiempo de trabajo socialmente necesario, objetivado). Observemos también (ad notam de Piqueras) que la concepción “física” del valor es precisamente la que sostiene que el valor es una mera creación del trabajo individualmente considerado, haciendo abstracción del carácter social -relativo- del valor.

En definitiva, estamos discutiendo las bases mismas de la teoría del valor de Marx. Tal vez nada exprese mejor el retroceso que ha sufrido la teoría marxista que el hecho de que tengamos que aclarar cuestiones tan elementales.

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25 de octubre de 2019

Origen del dinero, cuestiones históricas.

Por: Rolando Astarita / Blog.

En una nota anterior (aquí) presenté las principales diferencias teóricas sobre la génesis del dinero entre Smith, Menger y los neoclásicos, por un lado, y Marx, por el otro. En esta nota amplío el tema con los aspectos históricos del surgimiento y evolución del dinero. Una cuestión que está en el centro de las discrepancias entre la concepción marxista del dinero y los enfoques ortodoxos, por un lado, y de la Teoría Monetaria Moderna, por el otro. Empiezo con la diferencia entre la explicación “a lo Adam Smith” y el enfoque de Marx.

El marxismo sobre la “propensión a comerciar” y el origen del dinero

El primer punto a destacar es que Marx fue crítico de la naturalización de las relaciones mercantiles en que incurre la economía burguesa, sea clásica, neoclásica o “austriaca”. Tengamos presente que Adam Smith (también Ricardo) pensaba que, desde el fondo de los tiempos, los productores tuvieron la propensión “natural” a comerciar, y que esto dio lugar al surgimiento del mercado y el dinero. Una idea que se sigue sugiriendo en los manuales neoclásicos de Economía.

El enfoque de Marx, en cambio, es que no existe tal propensión “natural”. En crítica a Ricardo, dice que este “[h]ace que de inmediato el pescador y el cazador primitivos cambien la pesca y la caza como si fueran poseedores de mercancías, en proporción al tiempo de trabajo objetivado en esos valores de cambio”  (Marx, 1999, nota p. 93, t. 1; énfasis añadido). El punto central de Marx es que la posesión de mercancías no es una relación inmediata en la historia humana, sino mediada por la propiedad privada de los medios de producción. Por eso, la circulación de bienes bajo la forma social de mercancías no existía al interior de comunidades en las que el suelo era propiedad en común, y el trabajo también era en común. En esas sociedades la reglamentación de obligaciones comunitarias –por ejemplo, dotes, reparaciones por agravios, dones- era cualitativamente distinta de la que existe entre propietarios privados de mercancías. Marx destaca esta diferencia: “tal relación  de ajenidad recíproca [la del mercado]… no existe para los miembros de una entidad comunitaria de origen natural, ya tenga la forma de una familia patriarcal, de una comunidad índica antigua, de un Estado inca, etcétera” (1999, p. 107). En estas formaciones sociales el suelo era propiedad del Estado-soberano, y el comercio entre sus miembros estaba muy reducido, o era inexistente (véase Godelier, 1971, que sintetiza las ideas de Marx al respecto).

Samir Amin (1986) también observa que en “los modos de producción de comunidad primitiva” los intercambios mercantiles eran inexistentes o muy reducidos; y que la distribución del producto dentro de las colectividades se realizaba según unas reglas íntimamente relacionadas con la organización del parentesco” (p. 10). A su vez, y de manera más particularizada, Vilar (1982) señala que en las sociedades precolombinas no existía el intercambio mercantil entre sus miembros.

De todo esto se desprende que no hay razón entonces para sugerir –como parecen hacerlo algunos defensores de la TMM- que la explicación histórica de Marx y los marxistas sobre la génesis del dinero es similar a la que presenta el enfoque ortodoxo.

El comercio a distancia

Si el intercambio mercantil al interior de las comunidades antiguas era casi inexistente, ¿dónde apareció? La respuesta de Marx es que surgió a medida que las comunidades entraban en contacto. “El intercambio de mercancías comienza donde terminan las entidades comunitarias, en sus puntos de contacto con otras entidades comunitarias o con miembros de estas” (Marx, 1999, p. 107, t. 1). En este respecto, el análisis de Marx en El Capital tiene como punto de partida la que llama la forma “simple, o contingente” del valor, la cual corresponde a los intercambios ocasionales entre comunidades. Es contingente porque solo por azar los bienes se intercambian de acuerdo a los tiempos de trabajo invertidos. Luego, a esta forma le sigue la forma desplegada, que corresponde a la repetición más o menos regular de los intercambios. Es la que da lugar a que muchas mercancías puedan tener el rol de equivalentes (expresan valor, sirven de medios de intercambio). Lo cual habría preparado el terreno para el surgimiento del dinero. El dinero existe cuando una o dos mercancías –típicamente el oro y la plata- sirven de medios para expresar el valor de todas las mercancías.

Por eso, históricamente, y como destaca Amin, en el mundo antiguo el comercio a distancia jugó un rol de primer orden en la circulación y distribución del excedente del que se apropiaban las clases dominantes. Amin precisa asimismo que, si bien no se trató de un modo de producción, fue “el modo de articulación entre formaciones autónomas” (p. 12). Pero por eso también, ese comercio a distancia fue clave para el surgimiento del dinero. Lo cual ocurrió por encima o por fuera de los sistemas estatales de recaudación impositiva, o de emisión de dinero fiduciario.

En base a lo anterior, tiene interés describir las principales características del comercio “mundial” (utilizando un anacronismo) tal como existió durante el segundo milenio y la primera parte del primer milenio a. C., en Mesopotamia, Egipto y Persia. Según Aglietta y Orléan (1990), los comerciantes eran agentes intermediarios que ejercían su profesión por estatuto y estaban organizados en gremios (véase p. 215 y ss.). Sus ingresos provenían de comisiones establecidas sobre el valor de los objetos comercializables; las mercancías estaban estratificadas en categorías, y las tomaban a su cargo a cambio de una caución de igual valor. O sea, no había riesgo económico. Las evaluaciones de los objetos que se intercambiaban en ese comercio eran fijas y las cantidades por intercambiar estaban predeterminadas (véase ibid.). Los activos y pasivos, eran contabilizados por instituciones financieras que hacían operaciones de clearing y pagaban con plata u oro el comercio de larga distancia. Esas instituciones se encargaban también del intercambio de medios de pagos entre los Estados, los cuales tenían distintas tasas de conversión entre los metales (véase p. 216). Los altos dignatarios, que también eran terratenientes, adelantaban sumas del tesoro al sector comercial, por lo cual recibían intereses. Esto es, existía capital comercial y capital dinerario a interés, formas “ante-diluvianas” del capitalismo, que se beneficiaban del comercio entre las comunidades. El dinero -oro y la plata- servía como unidad de cuenta (incluso para compensar operaciones), medio de pago y medio de atesoramiento.

De conjunto, aunque todavía no se trata de una relación mercantil plenamente “desplegada” –las operaciones se realizaban bajo vigilancia del poder político- estamos ante una forma social de naturaleza muy distinta de las que regían al interior de las comunidades primitivas.

Vilar también observa, refiriéndose al reino de Hammurabi, que “aunque la plata servía quizá para los pagos interiores, se reservaban pequeñas cantidades de oro, materia más rara, para los pagos exteriores (que actualmente diríamos ‘internacionales’). De tal forma que el imperio de Hammurabi, con sus lingotes de oro en los sótanos del palacio, y este oro reservado para los pagos internacionales, anuncia ciertos fenómenos modernos: nuestros bancos estatales. En cambio, nosotros tenemos mucha moneda circulante, mientras que el sistema estatal en Egipto, en Asiria y en China, reducía a casi nada, como entre los incas, el papel de esta moneda interior” (p. 34).

Todo indicaría entonces que, por fuera de lo que podía legislar el Estado, el oro, o la plata, se impusieron como dinero “mundial” a partir del comercio a distancia. Más aún, el cobro de impuestos (que en las sociedades campesinas en realidad eran rentas de la tierra) muchas veces se realizaba en especie, en tanto el soberano intercambiaba con otras comunidades utilizando el oro como dinero (véase Godelier, pp. 77-78).

Por otra parte, el comercio “hacia afuera” parece haber socavado la cohesión de las viejas comunidades. Lo cual, si bien no generó necesariamente capitalismo (una cuestión que subraya Amin), dio lugar a la mercantilización creciente de la producción interna, y con ella, a la circulación de dinero. Citamos de nuevo a Godelier: “Los pueblos pastores fueron los primeros en transformar sus bienes en dinero y en bienes muebles fácilmente enajenables. Algunos pueblos se especializaron en el comercio, pero este comercio no modificaba el modo de producción de los pueblos bárbaros respecto a los cuales jugaban el papel de intermediarios. En todos los casos las relaciones monetarias actúan como un disolvente sobre las relaciones sociales tradicionales. Cuando el capitalismo desarrolla el comercio mundial, este en una primera fase no afecta a los modos de producción antiguos, aunque después los destruye a pesar de su resistencia” (p. 78).

Acuñación y surgimiento de la moneda

Existiendo ya dinero (oro y plata, en particular) como dinero “mundial”, la acuñación metálica estatal surgió en ciudades griegas de Jonia y en Lidia, durante el siglo VII a. C. La misma habría sido el producto de la emisión embrionaria privada, y la proliferación de piezas de moneda de contenido débil; de la libertad de detentación de esas piezas por miembros de la sociedad; y de la compra y venta de los bienes alimentarios con esas monedas (Aglietta y Orléan, p. 218). Según estos autores, la acuñación privada habría significado un impulso a la disgregación de la solidaridad social, y la acuñación estatal de moneda la forma de conjurar el peligro de la violencia recíproca. Esta explicación se inscribe en su explicación más general, que dice que el origen de todo orden social es la “rivalidad mimética”, algo así como el deseo de imitar el deseo del otro, lo que estaría en el origen de una violencia esencial. Sin compartir esta interpretación, destacamos sin embargo, el dato histórico: antes de ser estatal la acuñación fue embrionaria bajo la forma privada. Y surgió como un producto de transacciones, habiéndose ya desarrollado el dinero en las relaciones mercantiles a distancia. Sobre esta cuestión Vilar observa también que, por un lado,” la aparición de la moneda propiamente dicha fue tardía; [y] tuvo lugar en los márgenes comerciales del mundo antiguo y no en los imperios interiores: el comercio crea la moneda más que la moneda el comercio” (p. 35). El cobro de impuestos no parece haber jugado el rol en la aparición del dinero, ni de la moneda, que le asigna el cartalismo.

Por otra parte, desde el principio de la acuñación hubo desconexión entre el valor instituido de las monedas acuñadas en relación con las equivalencias establecidas entre metales no  acuñados. O sea, existía una tensión entre el valor mercantil del metal y su valor monetario instituido (véase Aglietta y Orléan, p. 222). Pero el hecho de que existiese esa tensión pone en evidencia que el valor de la moneda no pudo ser establecido simplemente por la voluntad del poder político, con independencia de alguna referencia al valor del metal. Aquí entraba en juego la calidad de la acuñación oficial, “y a partir de allí la solidez política de la ciudad” (ibid.). Por eso, el mercado de metal era la relación “por la cual se precipitaban las crisis económicas”. Salvando las distancias, estamos ante la típica “corrida” hacia una “garantía de valor”; la cual se impone a pesar de las disposiciones oficiales de convertibilidad o no al respaldo. En este punto es de notar que el propio Knapp reconoce que cuando se acuñaron las primeras piezas monetarias, la principal consideración fue que debía ser posible reconocer inmediatamente la naturaleza y cantidad del metal que antes se había utilizado por su peso. Aunque con la acuñación ya no era necesario examinar o pesar el material, durante mucho tiempo se siguió suscitando la cuestión de si las piezas eran válidas de acuerdo a su peso, o si lo eran “por proclamación” (esto es, por el acto político legislativo del Estado; véase Knapp, p. 35). Lo cual está indicando la relevancia de una referencia “material” al valor.

Volviendo ahora a Aglietta y Orléan, también señalan que el Tesoro público era una garantía del funcionamiento fiduciario de la moneda “con un carácter esencialmente simbólico” (ibid.). Otra prueba de que con la mera voluntad política del Estado no se podía sostener el valor de la moneda emitida. Cuando se acuña la moneda, de hecho, se establece una relación entre el valor que la moneda dice representar y el valor que efectivamente contiene. Y si la moneda se transforma en mero signo, su valor se establece por referencia a un respaldo. Knapp es consciente de este hecho. Por eso, se opone a llamar “símbolos” a los billetes o monedas que circulan en lugar del oro o la plata, ya que esa expresión sugiere la “idea equivocada de que tales medios de pago están allí simplemente para recordar otros mejores y más genuinos” (p. 33). Pero el carácter de signo se reafirmaba, de hecho, cuando se testeaba la convertibilidad al “material respaldo” del billete, o la moneda.

Algunos hitos de la historia monetaria

Siguiendo a Vilar, destacamos algunos hitos de la evolución monetaria a partir de la crisis y caída del Imperio romano de Occidente. Por empezar, la creación, por Constantino, del solidus-oro, que contenía 4,5 gramos de oro fino, y coexistía con monedas de cobre y de plata. El solidus fue introducido con independencia del pago de impuestos (en realidad, renta) por parte de los campesinos, ya que los mismos se pagaban en especie. Luego de la caída del imperio, los pequeños reinos bárbaros acuñaron cada vez menos, y con cada vez más aleación; y después de Carlomagno ya no se acuñó oro (Vilar, p. 40). Sin embargo, el solidus continuó siendo acuñado por Bizancio. Existió una base material para ello: el oro de Occidente había sido drenado, incluso durante el apogeo del Imperio romano, hacia Oriente, a cambio de productos preciosos (seda, especias). Por eso, el oro acumulado en las ciudades orientales y en las minas de Nubia, Alto Egipto, permitió mantener la solidez metálica del solidus. De nuevo, hubo una razón económica detrás de la aceptación y prestigio de que va a gozar el solidus, que siguió siendo acuñado hasta 1203, y se convirtió en moneda internacional, al punto que se lo ha llamado “el dólar de la Edad Media”. Su influencia iba desde Inglaterra a India (Dwyer y Lothian, 2003). Aunque a partir de finales del siglo VII compartió su posición de moneda mundial con el dinar, acuñado en varios lugares del mundo musulmán, y que también mantuvo un contenido metálico estable durante siglos. El dinar estuvo sostenido en el oro que los musulmanes habían conseguido de sus pillajes, de la producción de las minas de Nubia y del oro que salía de los ríos de Sudán y Ghana y llegaba a Egipto y la Magreb atravesando el Sahara (Vilar, p. 42). A su vez, y más en general, el oro seguía circulando de oeste a este, siempre a cambio de productos preciosos. Por eso seguía siendo “el instrumento por excelencia del comercio general”, o sea, “internacional”, para seguir con el anacronismo (p. 43).

Por lo explicado hasta aquí, parece innegable el rol que jugó la composición metálica de la moneda para su aceptación como moneda “mundial”. Pero eso no parece encajar en la historia que cuenta el cartalismo, y sí en la tesis de Marx de que, cuando se trata del dinero mundial, solo cuenta su contenido (véase 1980, p. 139). Es que en la circulación interna, y hasta cierto grado, se acepta la circulación de signos y promesas de pago del más diverso tipo. Pero en el plano mundial, es necesario que la moneda se presente como encarnación pura de valor. Y este rol no lo puede jugar un simple signo “en sí y por sí”, carente de valor. En este punto es de destacar que Knapp admite que la tesis cartalista no puede explicar el uso de la pieza monetaria más allá de los límites del territorio del Estado, esto es, donde no rige la ley “nacional” (pp. 40-1). Agrega que la forma cartal nunca puede ser efectiva “internacionalmente”, dado que cada Estado es independiente de los otros. Reconoce que esta es una limitación llamativa en comparación con el metalismo, y que no puede haber dinero común a dos Estados (véase p. 41). Pero entonces es imposible explicar cómo y por qué se instalan, de hecho, monedas que fueron internacionales, como ocurrió con el solidus o el dinar.

La explicación de Marx, en cambio, parece encajar mucho más adecuadamente en los hechos históricos. La solidez mundial del solidus y el dinar (y otras a lo largo de la historia) no se debió a la acción legislativa del Estado emisor, sino tuvo su sustento en sus valores intrínsecos. A su vez, la caída del solidus como moneda mundial estuvo vinculada tanto a la reducción de sus pesos, y a la alteración del contenido, en el final del siglo X. Era el resultado del debilitamiento económico y de las dificultades crecientes para financiar los gastos del Estado. Algo similar ocurrió con el dinar, aproximadamente para la misma época (Dwyer y Lothian, 2003). Parece imposible explicar estas monedas como los simples token debt del cartalismo.

El caso de Malí, siglo XIII

Aglietta y Orléan sostienen que el orden mercantil “no tomó verdaderamente impulso hasta el siglo XIII de nuestra era” (p. 224). Esto ocurrió en las ciudades mercantiles de Italia, en las ciudades del Mar del Norte y del Báltico. Pero antes de tratar esa cuestión, presento el caso del reino de Malí, gran productor de oro durante el siglo XIII. Según Amin, hasta el descubrimiento de América África occidental fue el principal proveedor del metal amarillo desde la Europa del Medioevo hasta el Oriente antiguo y el mundo árabe (véase Amin, p. 33). De ahí la importancia del comercio transahariano. En este contexto, entre los siglos XIII y XIV el reino de Malí llegó a la cima de su poderío económico. Malí comerciaba oro por sal (que escaseaba en el sur del país), telas, especies, perfumes, dátiles, caballos, hierro, armas, entre otros bienes. La producción de oro entonces era vital. Por disposición del poder político, las pepitas de oro pertenecían al rey y eran medio de atesoramiento. Sin embargo, el pueblo podía quedarse con el polvo de oro, que servía como medio de cambio. Aunque también la sal y ropa eran medios de cambio; y luego también sirvieron conchas marinas. En cualquier caso, los agricultores pagaban sus impuestos en especie, de lo cosechado. Tenemos aquí un ejemplo histórico de varios equivalentes, que parecen surgir de la circulación mercantil, siendo distinto el medio en que se recaudaban los impuestos del dinero que se empleaba en el comercio “internacional”.

Orden mercantil

Siguiendo a Aglietta y Orléan, hemos adelantado que hacia el siglo XIII tomó impulso en “orden mercantil”, con centro en ciudades italianas. El florín de Florencia y el genovino de Génova pasan a ser ahora las “monedas mundiales”. Tuvieron gran prestigio y fueron ampliamente aceptadas por fuera de los Estados emisores. De nuevo, el contenido metálico, oro, jugó un rol importante en esa aceptación (véase Dwyer y Lothian, 2003). Vilar señala que la acuñación de oro por Florencia y Génova es la culminación de la recuperación de Europa desde el siglo XI. La mejora económica en Europa (por caso, mejora de la productividad agrícola) genera una balanza excedentaria, que explica la afluencia del oro. Las ciudades italianas captan los frutos de ese comercio. De nuevo, la actividad económica explica más a la moneda, que la moneda a la actividad económica. A su vez, en el siglo XV el genovino y el florín fueron desplazados por el ducado veneciano.

Paralelamente al ascenso económico, se produjeron innovaciones monetarias trascendentales que fueron “invenciones privadas puestas en práctica por los comerciantes-banqueros italianos” (Aglietta y Orléan, p. 224; énfasis añadido). Los puntos de partida de estas iniciativas fue la acumulación de tesoros por parte del capital comercial. De esta manera “[u]n poder monetario privado pudo desafiar la soberanía del monarca” (ibid.). Es claro que estas transformaciones del siglo XIII tienen su motor en la acumulación de capital dinerario. La misma permitió que la iniciativa de la creación monetaria pasara a manos privadas, a pesar de que la acuñación seguía siendo un derecho real (p. 225). Es que los comerciantes banqueros comenzaron a emitir las letras de cambio, que terminarían siendo, hasta el siglo XIX, el principal medio financiero para las transacciones internacionales (véase también Dwyer y Lothian). Los florines o los genovinos servían entonces como medidas de valor para la emisión de las letras, y para saldar los pagos netos, una vez hechas las compensaciones en las cuentas bancarias. Por esta vía se reducía sustancialmente la circulación internacional de dinero metálico.

Pero con estos desarrollos aparece una nueva relación crédito deuda (Aglietta y Orléan, p. 226). Es una relación que nunca había podido desarrollarse en la Antigüedad, donde las deudas “eran compromisos personales a los ojos del derecho romano” (ibid.). Ahora la deuda que había aceptado el vendedor del comprador, podía ser transferida a un tercero por el vendedor para pagar su propia compra. Es la monetización del crédito, que estudiará largamente Marx en El Capital. A partir de este desarrollo, se planteará entonces una nueva relación jerárquica entre monedas: la que existe entre los créditos monetizados y la moneda “de alta potencia” en que se saldan definitivamente las compensaciones. Estamos en camino hacia los sistemas monetarios modernos.

Las manipulaciones monetarias y “curas económicas milagrosas”

Lo hemos sugerido, pero es necesario subrayarlo: las manipulaciones monetarias, típicamente la alteración de la aleación, o del peso, fueron utilizadas por los poderes políticos, una y otra vez, para hacerse de fondos con los cuales enfrentar sus gastos en tiempos de crisis. Refiriéndose a las manipulaciones monetarias durante la crisis del siglo XIV (pero la observación tiene alcance general), Vilar señala que las mismas “corresponden a nuestras ‘inflaciones’, seguidas de ‘devaluaciones’, que permiten pagar menos el trabajo, aunque parezca que se pague más, disminuir el peso de las deudas y competir algún tiempo con los extranjeros, exportando a precios más bajos. Pero estas ventajas son siempre momentáneas, a poco que la multiplicación de las monedas corrientes sin valor se convierta en excesiva” (p. 49). Marx también se refiere a la “falsificación de dinero por parte de los príncipes, practicada secularmente, que del peso originario de las piezas monetarias no dejó más que el nombre” (1999, p. 122). Asimismo habla de las “fantasías sobre el alza o la baja del precio de la moneda”, consistentes en creer que por medio de las operaciones de acuñación se podrían “efectuar curas milagrosas económicas” (nota, pp. 123-4). Esto es, las alteraciones del contenido metálico terminaban depreciando el valor de la moneda, al margen y por encima de lo que dictaba el gobierno de turno. Una vez más, la ley económica terminaba imponiéndose.

Termino diciendo que no encuentro la manera en que estas evoluciones históricas del dinero, y la moneda, puedan ser explicadas con el esquema cartalista.

Bibliografía citada:
Aglietta, M. y A. Orléan (1990): La violencia de la moneda, México, Siglo XXI.
Amin, S. (1986): El desarrollo desigual, Barcelona, Planeta –Agostini.
Dwyer, G. P. y J. R. Lothian (2003): “International Money and Common Currencies in Historical Perspective”, Federal Reserve Bank of Atlanta Working Paper 2002-7.
Godelier, M. (1971): Teoría marxista de las sociedades precapitalistas, Barcelona, Estela.
Knapp, G.F. (1924): The State Theory of Money, Londres, Macmillan.
Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.
Vilar, P. (1982): Oro y moneda en la historia (1450-1920), Barcelona, Ariel.

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18 de octubre de 2019

Los trabajadores del sector comercial.

Por: Rolando Astarita / Blog.

Esta nota, dedicada al análisis de la situación del trabajador comercial, complementa las entradas anteriores dedicadas al capital comercial (aquí, aquí, aquí). El supuesto entonces  es que el trabajador de comercio “realiza valores, pero no los crea” (p. 381, t. 3, El Capital, edición Siglo XXI). Por lo tanto, cabe preguntarse en qué medida, desde el punto de vista de la teoría de Marx, los trabajadores comerciales son explotados, y pertenecen a la clase obrera.

En primer lugar, Marx señala que, en tanto el trabajador de comercio recibe un salario igual al valor de su fuerza de trabajo (en condiciones normales), el ejercicio de esa fuerza de trabajo (tensión, despliegue, desgaste), igual que ocurre con cualquier otro asalariado, no está limitado por el valor de la misma (véase ibid., p. 384). Por lo tanto, “su salario no guarda relación necesaria alguna con la masa de la ganancia que ayuda a realizar al capitalista” (ibid.). Pero, ¿cómo calcular, al menos teóricamente, en qué medida el trabajador del comercio realiza el valor? Sobre este punto, el análisis de Marx no es muy claro. En la p. 384, enseguida después del pasaje que acabamos de citar, apunta que el trabajador de comercio “ayuda [al capitalista] a disminuir los costos de la realización del plusvalor, en la medida en la que efectúa trabajo, en parte impago”. Un argumento que plantea la pregunta: ¿disminuye los costos en relación a qué? Marx sugiere que en relación a los costos que tendría el capital aplicado al comercio (o el capitalista industrial, si se ocupara él mismo de la comercialización de las mercancías), si no empleara trabajadores. Este razonamiento lo encontramos en las pp. 377-8, donde Marx especula qué sucedería si cada comerciante “solo poseyese la cantidad de capital que es capaz de hacer rotar personalmente, en virtud de su propio trabajo”. Dice entonces que los costos de comercialización se ampliarían “infinitamente”, con lo que se perderían las ventajas ligadas a la intervención del capital comercial (en términos actuales, podríamos decir las ventajas asociadas a las economías de escala).


A partir de este razonamiento, podría establecerse la explotación del trabajador del comercio, determinada por la diferencia entre los costos que permite ahorrar su trabajo, y el valor de su fuerza de trabajo. Pero se trata de un argumento contrafáctico, y por lo tanto, excesivamente especulativo.

Una vía alternativa de encarar el problema

Pienso que un abordaje alternativo del que presenta Marx en los borradores del tomo 3 de El Capital, es partir del hecho de que la forma mercantil exige, necesariamente, una cierta cantidad de trabajadores abocados a la comercialización. Presento el argumento a través de un ejemplo numérico.

Supongamos una sociedad en la cual hay 100 trabajadores productivos, que reciben un salario de $50 cada uno, y que la tasa de plusvalía es el 100%. De manera que de conjunto estos trabajadores producen $5000 de plusvalía, siendo el capital variable total $5000. Supongamos asimismo que hay 20 trabajadores dedicados a la comercialización. Esto significa que los trabajadores vinculados al comercio representan el 16,7% de la fuerza laboral de esta sociedad. Es el número de trabajadores determinado por el tiempo social medio para la comercialización (por ejemplo, en muchas grandes tiendas se calculan cantidades vendidas, en promedio, por empleado). Suponemos también que la fuerza de trabajo de los trabajadores comerciales tiene el mismo valor que la de los trabajadores productivos (Marx suponía que la fuerza laboral del empleado de comercio era más calificada, en promedio, que la del trabajador productivo; hoy no parece que haya apoyo empírico para este supuesto).

En cualquier caso, y por lo que explicamos en una nota anterior, los trabajadores improductivos son pagados con una deducción de la plusvalía. Esto es, los $1000 del capital variable comercial se deducen de los $5000 de plusvalía producida. ¿Cómo podemos calcular entonces el grado de explotación de los trabajadores del comercio? Pues sencillamente considerando de qué manera se distribuirían los $10.000 de excedente de valor generado por los 100 trabajadores productivos entre los 120 trabajadores totales. Claramente, 10.000 ÷ 120 = 83,3. Un ingreso superior al 60% de lo que reciben en pago de su fuerza de trabajo (se puede pensar en una cooperativa obrera, en la cual una parte de la fuerza laboral está dedicada a la comercialización, y lo producido se reparte igualitariamente entre sus miembros; provisto lo cual, estos pueden decidir dedicar una parte a inversiones en la cooperativa, etcétera).

El trabajador del comercio pertenece a la clase obrera

Desde el enfoque marxista, el trabajador comercial –sea el dedicado a la compra y venta de mercancías, o al tráfico de dinero, como ocurre con el bancario- es parte de la clase obrera. Esta es una diferencia importante con la tesis burguesa, muy extendida, que ubica a los trabajadores comerciales en la llamada “clase media”. En este punto, recordemos que el marxismo define la posición de clase por la relación que guarda el productor con respecto a la propiedad de los medios de producción y de cambio. En El Capital Marx es claro con respecto a los trabajadores comerciales. Escribe: “La pregunta es ahora la siguiente: ¿cuál es la situación de los asalariados comerciales que ocupa el capitalista comercial, en este caso el comerciante de mercancías? (p. 375). Y responde:
“En un aspecto, tal trabajador de comercio es un asalariado como cualquier otro. En primer lugar, en la medida en que lo que compra trabajo es el capital variable del comerciante, y no dinero gastado como rédito, por lo cual se lo compra también no para adquirir un servicio privado, sino con el fin de la autovalorización del capital allí adelantado. Segundo, en la medida en que el valor de su fuerza de trabajo, y por ende su salario, está determinado, como en el caso de los restantes asalariados, por los costos de producción y reproducción de su fuerza de trabajo específica, y no por el producto de su trabajo” (ibid.).

Esto es, el trabajador comercial no genera plusvalía, pero está subsumido al capital; y en la medida en que es indispensable para la realización de la plusvalía, y recibe una remuneración determinada por el valor de su fuerza de trabajo, forma parte de la clase obrera.

Para concluir, pienso que este enfoque conserva plena vigencia para el análisis de los trabajadores comerciales. Es que a medida que se ha desarrollado la producción capitalista –esto es, la producción capitalista de mercancías- ha crecido, tendencialmente, y a nivel mundial, la masa de trabajadores explotados por el capital comercial. Es lo opuesto de lo que dice el usual discurso burgués y pequeñoburgués sobre la pretendida desaparición de la clase obrera en las “nuevas clases medias”. Pero la masa de trabajadores comerciales no solo crece cuantitativamente, sino también tiende a profundizarse su subsunción al capital. Esto es, los ritmos y formas de trabajo de los trabajadores comerciales están determinados, más y más, por la lógica de la ganancia. Con el resultado de trabajos monótonos y descalificados (para los cuales el capital dispone de mano de obra muchas veces sobrecapacidatada), esto es, completamente deshumanizados y alienantes.

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15 de octubre de 2019

Crónica y análisis de una victoria histórica del movimiento indígena.

Por: Decio Machado / VientoSur.

El final de la era correista fue dantesco respecto a la gestión realizada durante el primer período de mandato de Rafael Correa. Ese fue el momento en que la sociedad ecuatoriana comenzó a comprender la enorme distancia existente entre la realidad actual del país y la imagen que de este se había forjado a través del fuerte aparato de propaganda del régimen, tanto dentro como fuera del Ecuador.

Más allá de que el poder Ejecutivo hubiera sometido al resto de poderes del Estado bajo su control, lógica propia de cualquier gobierno de perfil autoritario, la corrupción institucional históricamente existente en el país se tecnificó y la protesta social fue brutalmente criminalizada. Diversos líderes indígenas en territorios resistentes a la presión extractivista fueron asesinados bajo la más absoluta impunidad, ejerciéndose la represión más brutal del régimen en el paro nacional convocado por el movimiento indígena y las organizaciones sindicales en agosto del año 2015. En lo económico y terminado el boom de los commodities, Rafael Correa entregó un país donde el gasto público era ampliamente superior a los ingresos permanentes necesarios para sostenerlo, lo que implicaba reformas de carácter estructural que abría la posibilidad a diferentes opciones para el nuevo gobierno de Lenín Moreno.

La investidura presidencial de Lenín Moreno se dio en mayo del 2017; sin embargo, la producción en el país se había estancado desde el año 2014, no consiguiendo reactivarse desde entonces hasta ahora. El ingreso promedio por habitante en estos seis años apenas se ha movido en una franja de 20 dólares hacia abajo, alcanzando el empleo adecuado -eufemismo inventado en la era correista para señalar a quienes al menos perciben el equivalente al salario mínimo (394 dólares)- a tan solo el 37,9% de la población económica activa.

El deterioro de la capacidad adquisitiva de la sociedad ecuatoriana tiene como grupos más afectados a los asalariados privados y trabajadores por cuenta propia, quienes en los últimos seis años han visto un crecimiento prácticamente nulo de sus salarios. Sin embargo, durante lo que va de período de la gestión morenista y en aras a reducir el volumen de un Estado al que se calificó como obeso, se eliminaron 20 ministerios y 23 mil funcionarios públicos fueron cesados. En las actuales condiciones de estancamiento económico del país y con un sector empresarial que invierte muy por debajo del promedio latinoamericano en la economía nacional, lo cual ya de por sí es irrisorio, el mercado laboral privado ha sido incapaz de absorber a los servidores públicos cesados, incorporándose estos al ejercito de reserva del mercado de trabajo ecuatoriano.

En paralelo, la banca y otros grupos del gran capital que operan en la economía ecuatoriana continuaron obteniendo utilidades millonarias -tal como ya sucedía durante el período de gestión correista- pese al estancamiento. Entre 2015 y 2018 la banca obtuvo utilidades por 1.777 millones de dólares, mientras apenas 30 compañías obtuvieron casi cinco mil millones de dólares en el mismo concepto. En contraste, la elevada desigualdad en la distribución de la propiedad de la tierra se mantuvo.

Con una economía dolarizada desde principios de siglo, lo que anula cualquier capacidad de soberanía monetaria, y a falta de ingresos permanentes pese a las soflamas propagandísticas de industrialización por sustitución de importaciones y cambio de matriz productiva enarboladas durante el régimen de Correa, la deuda comenzó a dispararse de forma desmesurada. Entre 2010 y 2019 la deuda por ecuatoriano creció 7 veces, pasando de 538,81 dólares a 3.582 dólares; el pago de intereses por ecuatoriano creció 11 veces, de 38,31 dólares a 435,29 dólares; y el gasto en deuda creció 12 veces, evolucionando de 613 millones de dólares a 7.400 millones de dólares. En términos comparativos, el gasto de deuda actual (intereses y amortizaciones por 7.400 millones de dólares) supera casi dos veces el presupuesto de educación (4.970,9 millones de dólares) y el casi tres veces del presupuesto en salud (2.882,9 millones de dólares).

Así, mientras la propaganda correista en manos de jóvenes tecnócratas de la comunicación y la publicidad -aprendices andinos de Goebbels- definía económicamente al país como el jaguar latinoamericano, la sociedad ecuatoriana terminó descubriendo que Ecuador no pasaba de ser un desdentado oso perezoso que vivió de las rentas petroleras bajo una economía rentista que funcionó adecuadamente tan solo mientras duró el boom de los commodities.

De esta forma el gasto de consumo ha ido decayendo tanto en términos públicos como privados, visualizándose claramente como los servicios públicos se han ido paulatinamente deteriorando. Terminada la gran fiesta propiciada por los excedentes petroleros, nunca hubo una redistribución de la riqueza durante el período correista sino la transferencia de los excedentes del Estado para sostener políticas de subsidios e inversión pública en infraestructura -modernización del Estado capitalista-, se apagó el motor de la economía nacional. Incluso las importaciones de maquinaria se han reducido al día de hoy, reflejándose así la limitada capacidad de sostener la tan anhelada tecnificación productiva con la que todo el establishment político y empresarial sueña en el país. Consecuencia de todo ello: desaceleración económica.

De esta manera, al aumento del déficit fiscal le siguió el incremento del endeudamiento, a lo que le siguió a su vez problemas de acceso al financiamiento, lo que hizo que comenzaran a bajar la reservas internacionales del país. Con créditos internacionales chinos a tasas de interés que recuerdan a El Avaro de Molière, el gobierno de Moreno decidió entregarse, en cuerpo y alma, al FMI.

En este contexto el Ecuador de Lenín Moreno, quien hasta mayo del 2018 -fecha de nombramiento del ministro de Economía y Finanzas actual- no tuvo claro su hoja de ruta económica, decidió adecuarse a las recetas fondomonetaristas para equilibrar la economía nacional. A cambio de 4.200 millones de dólares que el FMI debe desembolsar en el transcurso de tres años y 6.000 millones de dólares más provenientes de otros organismos multilaterales, Moreno se comprometió a emprender un fuerte ajuste económico con el objetivo de lograr equilibrios de carácter fiscal y externo a corto plazo, liberalizando y flexibilizando todo lo posible la economía nacional, mientras a medio y largo plazo se profundizaría el carácter primario-exportador que ha acompañado la historia económica del Ecuador. El discurso fue el que siempre se aplica previo a este tipo de medidas: “Nos vemos obligados a pedirle al pueblo ecuatoriano un sacrificio debido a las condiciones en las que hemos recibido el país…”.

El antecedente al Paro Nacional

Con territorios claramente olvidados en la periferia del nacional debido a la carencia de recursos por parte del Estado, estalló el paro en la provincia del Carchi. Allí, en un territorio con un PIB per cápita de casi la mitad de lo que tiene Pichincha -provincia donde está instalada la capital del país-, de los 34.853 millones de dólares del Presupuesto General del Estado en el año 2018 tan solo le correspondieron 64 millones, alcanzando su índice de necesidades básicas insatisfechas al 45% de la población. Con una tasa de empleo digno de apenas el 26% frente la 37,9% promedio del país, la población del Carchi se lanzó a las calles, cortando carreteras y con sus gobiernos municipales y provincial a la cabeza de las movilizaciones junto a gremios y movimientos sociales.

Inicialmente el gobierno se negó a negociar mientras se mantuviera el paro. Tras siete días de movilizaciones continuas y con el principal acceso fronterizo con Colombia cortado por los manifestantes -cientos de camiones quedaban varados pudriéndose los alimentos perecederos que transportaban-, Lenin Moreno se vio obligado a negociar con los huelguistas aceptando una parte importante de sus reivindicaciones. Todo ello no sin antes emprender una fuerte represión por parte de las fuerzas de orden público que tuvo como respuesta popular el asalto al edificio de la Gobernación -sede del gobierno central en el territorio- en la ciudad de Tulcán, capital de la provincia.

Sería el 30 de septiembre cuando se solucionara el paro en el Carchi, apenas dos días antes de que comenzará las jornadas de lucha a nivel nacional. Su resolución fue fruto de que los dirigentes carchenses del paro detectaron las operaciones de actores externos a la provincia vinculados al correísmo que intentaban hacer con la movilización local una estrategia ajena a las demandas de los movilizados y dividiendo al movimiento.

Cabe indicar que el gobierno nacional y especialmente su frente político demostró no haber aprendido nada de los sucesos acaecidos durante la semana de cortes de carretera y conflicto constante entre la población carchense y aparatos represivos del Estado.

Es evidente que el presidente Lenín Moreno encabeza un gobierno extremadamente débil, sin base social y sin inteligencia política. El apoyo a su gestión está por debajo del 16%, gran parte de sus ministros intencionadamente apenas tienen aparición pública y quien maneja el frente político del gobierno es María Paula Romo -ministra del Interior-, quien junto a Juan Sebastián Roldán -secretario particular del presidente y portavoz oficial del Ejecutivo- provienen de una organización llamada Ruptura de los 25, la cual se autodefinió años atrás como una “organización política moderna y contemporánea” pero que en la actualidad ejerce la vieja política a través de sus jóvenes dirigentes.

Si la gestión de la crisis del Carchi fue patética por parte de los responsables gubernamentales, que decir de lo que vendría inmediatamente después…

Y llegó el Paro Nacional

Así se llegó al día 1 de octubre, momento en el que Lenín Moreno mediante cadena gubernamental televisada anunciaría lo que las organizaciones sociales definirían como un paquetazo neoliberal con base en las exigencias de ajuste presupuestario implementadas por el FMI. El mandatario anunciaría en aquel momento que mediante Decreto Presidencial 883 se eliminaría el subsidio al combustible, a la par que la reducción del 20% de la masa salarial de todos los contratos ocasionales en la función pública que se vayan renovando, la reducción del período anual de vacaciones de los empleados públicos de 30 a 15 días, así como obligación por parte de los trabajadores de las empresas públicas de aportar obligatoriamente un día de salario mensual al erario público. En paralelo, se decretaban una serie de medidas laborales que implican la flexibilización del mercado de trabajo privado, justificándolo bajo el argumente de la necesidad de implementar un modelo acorde con los nuevos tiempos.

Al día siguiente la Confederación Nacional Indígena del Ecuador (CONAIE) junto a otras organizaciones sindicales y sociales del país anunciaban la convocatoria de un gran paro nacional contra las medidas económicas del gobierno.

Entre ese mismo miércoles 2 y el domingo 6 de octubre se sucedieron múltiples asambleas populares fundamentalmente en provincias de fuerte ascendía indígena, zonas de Sierra Centro y territorio amazónico. En paralelo comenzaban los cortes de carretera y las movilizaciones en diferentes localidades. El sábado y el domingo, los cortes de carretera tenían ya paralizado todo el Ecuador. De la misma manera, en Quito, los estudiantes universitarios salían a las calles en solidaridad al llamamiento indígena reivindicando la derogación del Decreto 883 y el resto de medidas económicas anunciadas por el presidente de la República. La respuesta gubernamental fue la represión acompañada por una sorpresiva declaración del estado de excepción (limitación de los derechos de tránsito, asociación y reunión, libertad de información, inviolabilidad de domicilio y correspondencia).

Un evidentemente nervioso presidente Lenín Moreno anunciaría dicho estado de excepción en una nueva cadena gubernamental televisiva en la cual aparecería rodeado por su vicepresidente, Otto Sonnenholzner (un joven empresario sin experiencia política y llegado de las élites costeñas que fue nombrado a dedo tras la detención por vinculación en el caso Odebrecht de su primer vicepresidente -Jorge Glass- y de la destitución de la que fuera su segunda vicepresidenta -María Alejandra Vicuña- por cobro de coimas), su ministro de Defensa y los principales mandos de los diferentes cuerpos de las Fuerzas Armadas.

Para sorpresa de la sociedad ecuatoriana la emisión de dicho espacio televisivo se hacía desde Guayaquil, segunda ciudad en importancia del país. El gobierno nacional había abandonado, con nocturnidad y alevosía, la capital del país. Lo que pretendía ser un acto de fuerza con la declaración del estado de excepción se convirtió comunicacionalmente en la visualización más palpable de debilidad gubernamental.

El gobierno había abandonado el Palacio de Carondelet porque tenía miedo de que las instalaciones presidenciales fuesen tomadas por los manifestantes. Pensar en esa posibilidad, era pensar a su vez en que sus fuerzas armadas permitieran el acceso de los manifestantes, evidenciando su desconfianza respecto a que el propio ejército ecuatoriano apostase por una cambio de mando en el país dada la incapacidad gubernamental demostrada.

Esa misma noche y durante los días siguientes, Oswaldo Jarrín, actual ministro de Defensa y quien en 2012 calificara la desvinculación del Ecuador con la Escuela de las Américas de muestra del “fundamentalismo ideológico” del Gobierno de Rafael Correa, amenazó en reiteradas ocasiones a los movilizados de usar armamento letal si es que se ocupaban sobre instalaciones que el Gobierno considerase como estratégicas. Nada importó y las movilizaciones continuaron a escala nacional.

El lunes 7 de octubre comenzaron a llegar a Quito columnas de miles de manifestantes provenientes de las provincias indígenas. Las entradas a la capital estaban fuertemente resguardas por contingentes de operativos especiales de la Policía Nacional. Pese a ello y ante el número cada vez mayor de manifestantes los indígenas entraron en Quito, no sin que previamente hubiese fuertes altercados e incluso tanquetas y patrulleros quemados. Los detenidos y heridos en las reyertas comenzaban a contabilizarse por centenares.

Pese a la fuerte campaña de miedo articulada en las redes sociales por influencers de perfil conservador, entre los barrios humildes quiteños de la periferia de la ciudad hubo multitud de gestos solidarios ante la llegada de los indígenas. Los indígenas se congregaron en El Arbolito, parque céntrico de la capital ecuatoriana donde han tenido lugar históricos episodios que terminaron derrocando diversos gobiernos durante la década de inestabilidad política que precedió a la llegada de Rafael Correa al palacio presidencial de Carondelet.

Durante el martes 8 y miércoles 9 de octubre siguieron llegando numerosos grupos indígenas a la capital, mientras en el resto del territorio nacional eran tomados diversas instalaciones gubernamentales por parte de los indígenas, se mantenían los cortes de carretera e incluso se eran ocupados pozos petroleros en la zona amazónica clausurándose su bombeo. El último grupo en llegar a la capital fue en la noche del jueves, momento en el que arribaron unos mil indigenas más llegados de territorios amazónicos.

El grito era unísono en todo el país: “La movilización es indefinida hasta que el gobierno nacional derogue el Decreto 883 y el paquetazo neoliberal”. Mientras, en Quito, las movilizaciones se daban por doquier y a todas horas, intensificándose paulatinamente la represión policial sobre los manifestantes. En territorios indígenas e incluso en la capital fueron retenidos distintos destacamentos militares y efectivos de la Policía Nacional, todos fueron entregados posteriormente a las autoridades del Estado sin daños ni lesiones, mientras en paralelo las detenciones de manifestantes se elevaban por encima de mil, se socorría a más de medio millar de heridos y se contabilizaban hasta la noche del 12 de octubre cinco víctimas mortales. Algunos de los uniformados retenidos fueron obligados a cargar sobre sus hombros los féretros de los indígenas caídos durante las jornadas de movilización bajo la consigna de que “sientan sobre sus hombres el peso de nuestros muertos”.

Dos condiciones interesantes se dieron en la capital ecuatoriana: por un lado era palpable la estrategia de twitteros, generadores de opinión pública en diversos medios de comunicación y varios periodistas descalificando al movimiento indígena en las redes sociales; mientras por otro lado, en la vida real, la solidaridad con los manifestantes era más que palpable. Mientras la redes sociales no dejan de ser aún un espacio para las élites ecuatorianas dada la aun escasa democratización digital existente en el país; estudiantes universitarios de todo tipo de disciplinas, especialmente de medicina y enfermería, practicaban la asistencia médica diaria a los heridos en los recintos universitarios. En paralelo, amplios sectores de la sociedad quiteña entregaban mantas, ropa, zapatos, víveres y agua en los recintos en los que pernoctan los recién llegados a la capital. Por último, se creó un amplio despliegue de medios alternativos para dar cobertura a las movilizaciones que estaban siendo criminalizadas en los medios de comunicación tradicionales. Se vio un Quito solidario con los históricamente olvidados frente a un Quito imperante en el mundo digital que lleno de perjuicios y con una estrategia claramente diseñada pretendía criminalizar a los más pobres de la sociedad ecuatoriana. Vale decir que no funcionó la estrategia de enfrentar a blancos urbanitas con cobrizos habitantes de las zonas rurales del país, como tampoco les funcionó atemorizar a las clases acomodadas quiteñas para enfrentarles a los pobres venidos de otras tierras. De hecho, según la encuestadora CEDATOS, nada sospechosa de ser de tendencia izquierdista, el 76% de los ecuatorianos apoya la consigna indígena de derogar el Decreto 883.

Las movilizaciones fueron sorprendidas por hordas que no respondían al llamado de los movimientos sociales y que se infiltraron en las movilizaciones. Aquí se combinaron grupos delictivos que buscaban usufructuar de bienes ajenos, grupos organizados por la sensibilidad política correista y población que llegaba de barrios urbano marginales ya no solo a reclamar el fin de las medidas económicas sino la salida del gobierno. Ambos grupos coincidieron en sembrar el caos en diferentes momentos de las movilizaciones.

La CONAIE, en varias ocasiones, se desvinculó de estas acciones vandálicas, llegando incluso a conformar una guardia indígena que puso orden en las manifestaciones que se daban en la capital. La turba no perteneciente a las movilizaciones impulsadas por los movimientos sociales se vio obligada a actuar en zonas por donde no recorrían las manifestaciones, terminando por quemar la Controlaría General del Estado, lugar donde se guardan los expedientes de investigación de tramas de corrupción institucional que tuvieron lugar durante la década correista. Sospechosamente dicho atentado se dio ante la pasividad de las fuerzas de orden público.

En la tarde del 12 de octubre, “Día de la Interculturalidad y la Plurinacionalidad” en Ecuador, el Gobierno Nacional, quien en innumerables ocasiones se reiteró en afirmar que no discutiría sobre el Decreto 883, se vio obligado a acceder a analizar su contenido con los movilizados. Horas antes, el movimiento de mujeres quiteño había salido a las calles junto a las mujeres indígenas declarando a María Paula Romo, ministra del Interior y quien se auto define como feminista, responsable de la represión y traidora al movimiento de mujeres.

Bastó el anuncio de que la CONAIE estaba reuniendo a sus dirigencias para analizar la propuesta de diálogo de Lenín Moreno, exigiendo garantías mínimas (realizar la negociación en un lugar independiente bajo el auspicio de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana y NNUU) y que dicho diálogo fuera público y retransmitido por los medios de comunicación, para que se incrementara aún más la algarabía en las calles de Quito. A partir de ese momento diversos grupos incontrolados, muchos de ellos posiblemente impulsados por actores ajenos a las convocatorias, sembrarían el caos en toda la ciudad.

Ante la incapacidad de gestión por parte del Ministerio del Interior, el aparato militar presionó al presidente Lenín Moreno para que se decretara el toque de queda. A partir de las 15:00 horas se prohibió el transito en las calles y los recintos en los que los indígenas se concentraron para desvincularse de la trama desestabilizadora fueron rodeados por los aparatos represivos del Estado. En las universidades los estudiantes se vieron obligados a armar cadenas humanas frente a militares y policía interponiendo sus cuerpos en defensa de los indígenas acogidos.

El movimiento indígena denunció inmediatamente la actividad de grupos correistas tras estos disturbios. Ya en la noche, CONAIE emitía un comunicado reconociendo la conmovedora e incansable voluntad del pueblo ecuatoriano de luchar contra el retorno de las políticas neoliberales al país, a la par que denunciaba la decisión del Estado por seguir asesinando indígenas y gente en las calles hasta derrotar la movilización. Pese a ello, la CONAIE se comprometió en sostener la movilización a nivel nacional, rechazando cualquier intención de desprestigiar la lucha histórica que se está llevando a cabo en estos momentos.

La noche quiteña cerró con un fuerte y confuso cacerolazo que se expandió por toda la ciudad. Unos reclamaban paz, otros la derogación de las medidas económicas implementadas por el Gobierno, pero en ambos casos la población capitalina le decía al presidente de la República que estaban haciendo sentir su voz crítica respecto a la gestión gubernamental.

En la tarde del domingo 12 de octubre se dio la mesa de diálogo entre diferentes dirigentes sociales con los pueblos y nacionalidad indígenas a la cabeza y el gobierno nacional. Bajo el título “mesas para un acuerdo de paz”, el gobierno nacional se vio obligado previamente a cumplir cada una de las exigencias indígenas: fue retransmitido en directo por diversas cadenas de televisión, se dio en un complejo hotelero a las afueras de la ciudad -lugar imparcial- y estuvo auspiciado con Naciones Unidas y la Conferencia Episcopal del Ecuador.

Tras tres horas de debate el pueblo ecuatoriano asistía a un episodio insólito. La CONAIE le decía al presidente Moreno que si quería de verdad la paz retirase el Decreto 883 o de lo contrario la movilización se mantendría en Quito y en todo país. El presidente Moreno y su gabinete de ministros terminarían aceptando. La noche de ayer en Quito y en todo el país se convirtió en una fiesta donde militares, policías y el pueblo se abrazaban en cada una de las barricadas de Quito, cortes de carreteras por todo el país e instalaciones públicas tomadas.

CONAIE desconvocaba en vivo y en directo en esa misma retransmisión el paro nacional.

Análisis final

En la agenda del movimiento indígena, los sindicatos y las organizaciones sociales que apoyan el paro no está derrocar al actual gobierno. La izquierda social e incluso la política no ganaría nada en estos momentos con la salida de Lenín Moreno del palacio presidencial.

Una convocatoria de elecciones anticipadas tan solo beneficiaría en estos momentos la llegada al poder de una derecha aun más reaccionaria o del correísmo. Desde los mundos más reivindicativos que conforman el tejido de los movimientos sociales ecuatorianos, fundamentalmente los indios y las mujeres, ambas opciones son consideradas como aun peores que el mantenimiento del gobierno actual pese a su paulatina derechización.

Por su lado, el correísmo, con una agenda política de urgencia que busca como sea desestabilizar al actual gobierno en aras a que se proceda con la convocatoria de elecciones anticipadas, demostró durante estas movilizaciones que su estrategia esta basada en una política de tierra quemada. Frente a un gobierno que al medio día de sábado 11 de octubre estaba a punto de ceder respecto al Decreto 883, objetivo fundamental de la movilización, optó por provocar la caotización de Quito en aras a sus interés político institucionales. Rompiendo, al igual que lo intentó hacer anteriormente en la provincia del Carchi, la estrategia de lucha de los impulsores del paro nacional. Rafael Correa desde el exterior del país intentó protagonizar la lucha de un movimiento al que él mismo había criminalizado y reprimido durante la década de gestión de su gobierno.

En el ámbito de la política institucional la derecha esta dividida. Una parte de ella apoyó a Lenín Moreno durante lo que lleva de mandato, mientras la otra se declara abiertamente opositora, pese a que durante esta crisis ambas se unieran contra el movimiento indígena. Para el sector empresarial Moreno no es más que una cabeza de puente, es el mandatario que debe aplicar las políticas impopulares para que no recaiga sobre su futuro recambio dicho costo político y social. Conscientes las corrientes conservadoras de que la debilidad gubernamental les permite aspirar en febrero del 2021 al poder, una vez restituida la normalidad marcarán de forma inmediata diferencias con el mandatario, entendiendo que nada de lo que se sienta cercano al actual gobierno nacional tiene la más mínima posibilidad de ganar las próximas elecciones.

De igual manera, una nueva generación de políticos ecuatorianos que pretendían ser el recambio de la actual vieja derecha nacional ha quedado quemada en la gestión de esta crisis. Personajes con notables aspiraciones políticas como María Paula Romo, Juan Sebastián Roldán o el propio Otto Sonnenholzner han demostrado falencias notables a la hora de administrar el Estado en una coyuntura como la actual, quedando con escasas posibilidades de reconfigurar su maltrecha imagen ante la sociedad ecuatoriana.

En paralelo, la actual crisis desnudó determinados problemas de carácter estructural que transversalizan desde la constitución de la República al Estado ecuatoriano: sigue vigente la vieja matriz colonial, el racismo y una indignante inequidad social basada en una marcada estructura de clases. En Ecuador el 42% de la población indígena viven en condiciones de pobreza, el 18% vive en pobreza extrema y solo el 3% de este target social tiene títulos universitarios.

Este triunfo del movimiento indígena desde el ámbito de las organizaciones sociales se contrapone a una cada más envejecida izquierda política e institucional que se muestra incapaz de generar el más mínimo elemento de atracción entre la sociedad ecuatoriana. Mientras en el movimiento indígena se ha hecho visible una nueva camada de dirigentes jóvenes con grandes dotes de organización para futuras luchas reivindicativas, la izquierda político institucional sigue aferrada a un discurso del pasado siglo y liderada por dirigentes con escasa voluntad de recambio.

El triunfo indígena liderado por sus nuevas estructuras dirigentes, sumado a interesantes cuadros entre las jóvenes militantes del movimiento de mujeres, permiten atisbar con optimismo cierto horizonte en las lucha por la emancipación de los pueblos en este pequeño país andino. En paralelo y a su derecha, que un gobierno débil y derrotado que tendrá serias dificultades para gestionar el país en lo que le queda de mandato hasta las elecciones de febrero de 2021.

11 de octubre de 2019

Economía clásica, excedente y economía neoclásica.

Por: Rolando Astarita / Blog del autor.

Introducción

En Teorías de la plusvalía, Marx caracteriza a los fisiócratas como “los verdaderos padres de la economía política moderna” (p. 38, t. 1), y sostiene que su logro fundamental fue determinar el valor de la fuerza de trabajo –o sea, el salario- “como algo fijo, como una magnitud dada”. ¿Por qué Marx consideró tan importante establecer el salario como “dado”? La respuesta es que a partir de aquí, los fisiócratas establecieron la noción de excedente.

El excedente es la parte de la producción por encima de la que es necesaria para sostener a la fuerza de trabajo. Dado que los fisiócratas no distinguieron la ganancia del capitalista granjero o industrial, e incluyeron sus ingresos dentro de los costos de producción, la renta de la tierra pasó a ser el único ingreso neto por encima de los costos de producción. Incapaces de explicar ese “plus” a partir de una teoría del valor general, pensaron que era generado por la productividad de la tierra. En su visión, la tierra tenía la propiedad única de generar nueva “sustancia material”, y fundamentan entonces la renta en esta propiedad de la tierra (Rubin, 1989). Identificaron así la renta con la plusvalía, y concibieron a esta última bajo una forma física. Los fisiócratas tenían una concepción del valor “física” (Marx); la naturaleza del valor consistía en cosas materiales. En su análisis, si los trabajadores consumen 100 Tn de grano; si otras 100 Tn constituyen semilla utilizada para la siembra, y se producen 250 Tn, habría un excedente de 50 Tn. O sea:
Producción en trigo – (Salarios en trigo + insumos en trigo) = Producto neto

Por otra parte, definieron que es productivo el trabajo que genera el excedente. En consecuencia, el trabajo agrícola era el único trabajo productivo. El aplicado a la industria no era productivo, ya que no agregaba “sustancia” nueva; solo cambiaba la forma de la materia.


A pesar de sus limitaciones, el avance en el análisis fue gigantesco, ya que trasladan la explicación sobre la plusvalía (la ganancia, la renta, el interés) desde el intercambio a la producción. A fin de valorar la trascendencia de este giro, tengamos presente que los mercantilistas explicaban la ganancia por el intercambio: comprar barato para vender caro. James Steuart, por ejemplo, dividía el precio de la mercancía en dos partes diferentes, su valor “real” –igual a sus costos de producción compuesto por los medios de subsistencia de los trabajadores, los implementos que utiliza y la materia prima- y el beneficio. Este último no se generaba en la producción, sino provenía de la enajenación, de la venta. James Steuart no podía explicar qué determinaba su magnitud, ni dar cuenta de su origen y naturaleza (véase Rubin).

Destacamos que esta idea se mantiene hasta el presente, no solo en los neoclásicos, sino también entre los keynesianos y otras variantes (por ejemplo, kaleckianos). En todos ellos la ganancia surge de un “recargo” (mark-up) sobre el costo. Desde el punto de vista teórico, y a igual que sucedía con Steuart, el mark-up se sigue presentando (véase los manuales  de Macro usuales) sin explicar qué determina su magnitud, ni de dónde sale.

Sin embargo, el enfoque material del valor de los fisiócratas implicaba una limitación muy grande. Por eso, Adam Smith da otro paso cuando establece que el objetivo de su estudio es el valor de cambio, y sostiene que es productivo todo trabajo que genera plusvalor. Según Smith, el trabajo de la manufactura agrega al valor de los materiales con los que trabaja, el valor de su propia manutención y el beneficio del maestro. Por lo tanto, es trabajo productivo (en oposición al trabajo de un sirviente).

Para lo que nos interesa aquí, no vamos a analizar las contradicciones de la teoría del valor de Smith. Ahora digamos que fue David Ricardo quien generalizó la teoría del valor trabajo. Luego de convencerse de las dificultades encerradas en un cálculo de la tasa de ganancia en términos físicos, en grano (en su “Ensayo sobre las utilidades”, de 1815), Ricardo avanzó a una teoría general del valor. En los Principios… el valor del producto es generado por el trabajo; de la misma manera, los salarios representan valor generado por el trabajo. La tasa de beneficio puede calcularse entonces en términos de valor:
(Valor total del producto – Valor contenido en los salarios) / Valor contenido en los salarios = Tasa de beneficio

Aunque Ricardo no logró dilucidar cómo se determinan los precios de las mercancías en la sociedad capitalista (no pueden ser directamente proporcionales a los tiempos de trabajo empleados, dada la igualación de la tasa de ganancia entre ramas, y las diferentes composiciones y tiempos de rotación de los capitales), ni explicó el origen de la plusvalía, su teoría del valor significó el punto culminante de la Economía Política Clásica. Refiriéndose a la contribución de Ricardo a la ciencia, el autor de El Capital escribió:
“La base, el punto de partida para la fisiología del sistema burgués –para la comprensión de su coherencia interna y sus procesos vitales- es la determinación del valor por el tiempo de trabajo. Ricardo parte de allí y obliga a la ciencia a salir de sus carriles, a explicar la medida en que las otras categorías… desarrolladas y descritas por ella corresponden a dicha base, a ese punto de partida o lo contradicen… Esa es, pues, la gran importancia histórica de Ricardo para la ciencia” (Marx, 1975, p. 141, t. 2).

La importancia del enfoque basado en el producto neto

En el punto anterior hemos afirmado que la Economía Política Clásica tiene su punto de arranque cuando establece que, dados los salarios, el excedente es un plus generado en la producción. La teoría económica que se configura con los escritos de Menger, Jevons, Walras y Marshall y se prolonga hasta nuestros días, en cambio, adoptará un enfoque totalmente diferente. Basada en una teoría del valor subjetiva –el valor de las mercancías está determinado por la utilidad que le asignan los consumidores- su eje pasa a ser la asignación eficiente de recursos escasos. De esta manera, el foco sale de la producción y se traslada a la esfera del mercado. Desaparece entonces la noción de excedente; la ganancia y la renta provienen de la productividad del capital (concebido como medios de producción) y de la tierra, respectivamente; el tiempo económico desaparece (en especial en los sistemas walrasianos de equilibrio general); el nivel de producción, los precios y los ingresos “de los factores” se determinan simultáneamente; la Economía deja de ser “Política” (esto es, social) y pasa a ser una ciencia “técnica”, semejante a la física; la conexión entre la plusvalía (ganancia, renta, interés) y la producción desaparece.

El edificio teórico generado a partir de la noción de excedente es entonces totalmente distinto del que se basa en la idea de la asignación óptima de recursos escasos, que domina hasta el día de hoy en Economics. A fin de ayudar a la clarificación, sintetizo alguna de las principales diferencias del enfoque del excedente con el neoclásico. Me ayudo en Sraffa (1926 y 1966), Garegnani (1981 y 1984) y Pasinetti (1984), además de la crítica de Marx a la teoría clásica. En el enfoque basado en el excedente:
  1. Los salarios están dados antes de la producción, y el excedente surge como un plus o resto, una vez efectuada la producción y deducidos los salarios. No sucede todo al mismo tiempo. Es lo opuesto a lo que ocurre en la economía walrasiana (salarios, nivel de producción, ingresos y demanda se deciden al mismo tiempo) y en la función de producción tradicional (producto, interés y salario se determinan simultáneamente). En el enfoque del excedente, desde el inicio entonces el tiempo económico es esencial.
  2. El eje está puesto en la producción y en la reproducción; el producto es a su vez insumo que sirve para generar más producto. El movimiento es circular. El intercambio, esto es, el mercado, media este movimiento. El mercado se explica en conexión con la producción y a partir de una dinámica de competencia. Por eso también en el mercado la producción no es mero “pasado”; es necesario cubrir los costos de producción más el beneficio para mantener la producción. Es un enfoque muy distinto del neoclásico, que hace eje en la asignación eficiente de recursos escasos; donde no hay interacción entre producción y mercado, la economía es axiomática y se encuentra en equilibrio teórico.
  3. Si bien en la Economía Clásica –en Smith en primer lugar, pero también en Ricardo- los “esfuerzos naturales” de cada individuo por mejorar sus situación, a través de la lucha mercantil competitiva, constituyen el principio del cual se deriva el bienestar público, el enfoque del excedente, de todas maneras, pone el foco en los agregados sociales (rentas, ganancias y salarios) y en los ingresos de las clases sociales principales (terratenientes, capitalistas y obreros). De esta manera abre el camino para una explicación social e histórica (véase Marx) del homo economicus. Una dirección opuesta a la que siguió el mainstream neoclásico, con su actual exacerbación del individualismo metodológico y los fundamentos “micro”.
  4. Los salarios promedio no están determinados por la oferta y demanda. En su determinación intervienen factores sociales y políticos, y la economía es Economía Política.
  5. El beneficio no tiene que ver con la escasez. Surge en la producción. Una visión muy distinta de la basada en el mark-up establecido en la venta; también de los enfoques que explican la renta o la ganancia por poder de mercado (monopolio, oligopolio). El mercado es competitivo. Más en general, en el enfoque del excedente, la ganancia, la renta y el interés, en tanto residuos, tienen la misma fuente que el salario. Marx dice al respecto que fue “el gran mérito de la economía clásica” presentar la circulación como “mera metamorfosis de las formas” (o sea, no se genera valor) y reducir en el proceso de producción “el valor y el plusvalor de las mercancías al trabajo”. Así, la ganancia del capital, el interés y la renta, tienen una misma fuente (Marx, p. 1056, t. 3). La Economía Clásica, en tanto mantenía un punto de vista burgués, no explicó cómo se generaba la plusvalía, a partir de la ley del valor; pero abrió el camino para su comprensión al establecer el origen único del valor.
  6. En el enfoque del excedente no hace falta hacer supuestos especiales sobre rendimientos. Los rendimientos en la producción pueden ser constantes, a escala creciente o decreciente. El salario y la ganancia no necesitan ser explicados haciendo supuestos heroicos sobre rendimientos decrecientes. Muy distinto de lo que ocurre en la economía neoclásica, donde los rendimientos no pueden no ser decrecientes. Y donde los rendimientos crecientes a escala no se admiten porque cuestionan la competencia perfecta. Es el precio que paga la economía neoclásica para resolver la cuestión de la distribución como un problema técnico: bajo condiciones de competencia perfecta, dadas las ofertas relativas de “factores”, la tecnología (función de producción) y los gustos y preferencias de los consumidores, el capital y el trabajo reciben su remuneración según sus contribuciones relativas al proceso productivo. Aquí las relaciones sociales, la lucha de clases, el conflicto social, a diferencia de lo que ocurre en el enfoque del excedente, brillan por su ausencia.
  7. Las curvas de oferta y demanda no explican los precios. No hay necesidad de establecer una relación funcional entre deseos, precios y cantidades demandadas; esto es, de determinar una función de demanda. La demanda está condicionada socialmente. Los precios de producción, vinculados a las condiciones de producción, determinan los “centros de gravedad” en torno a los cuales giran los precios de mercado. El precio “tentativo” (Marx) se determina con anterioridad a la llegada del producto al mercado. La oferta y la demanda juegan entonces un rol secundario con respecto a esos centros de gravedad.
  8. El enfoque del excedente basa sus explicaciones en los costos (laborales en el caso de Ricardo y Marx). Pero entonces puede descansar enteramente en hechos observados, tales como insumos y productos; la ley económica es objetiva. Por eso la teoría no tiene que invocar contrafácticos, esto es, no tiene que presumir qué hubiera sucedido si las cosas hubieran sido de otro modo. La teoría del valor basado en la utilidad, en cambio, al basarse en la utilidad marginal, inevitablemente implica el razonamiento contrafáctico, dado que considera cuánta utilidad extra se obtendría si alguien tuviera una unidad más del bien (el enfoque es de Sraffa, comentado por Sen, 2003; lo considero extensible a la Economía Clásica). Este razonamiento es básico para establecer la función de demanda neoclásica.
  9. Pone el acento en qué se hace con el excedente. Las cuestiones que se plantean son del tipo: ¿se utiliza para ampliar la producción en el siguiente período? ¿Para contratar más trabajadores productivos? Tratándose de la orientación económica de un Estado, la cuestión involucra entonces la política e incluso concepciones éticas (al plantearse preguntas del tipo, ¿a qué destina el Estado el ingreso que obtiene bajo la forma de impuestos?). La distinción trabajo productivo –genera plusvalía- y trabajo improductivo, pasa a ser central a la hora de discutir el desarrollo.
  10. Dado que la oferta y la demanda no explican los “centros de gravitación de los precios”, y dado que el precio “tentativo” se establece antes de la llegada al mercado de la mercancía, es necesario expresar el producto global y la suma de salarios en términos de valor. En consecuencia, el enfoque del excedente lleva a una discusión sobre la teoría del valor (sobre los requisitos para una teoría del valor, aquí).
  11. El foco en el excedente abre el camino para la idea, de Marx, de que la forma en que se lo extrae define el modo de producción: “Es solo la forma en que se expolia ese plustrabajo al productor directo, al trabajador, lo que distingue las formaciones económico sociales, por ejemplo, la sociedad esclavista de la que se funda en el trabajo asalariado” (1981, p. 261, t. 1).
  12. Al establecer la centralidad del excedente, se plantea la cuestión de la evolución a largo plazo de la tasa de ganancia, y con ella de la acumulación y el destino a largo plazo del capitalismo.
El “listado” seguramente podrá enriquecerse y ampliarse, pero estos son, con seguridad, los rasgos centrales de una concepción globalmente opuesta a la mayor parte de los contenidos que hoy se enseñan en las facultades de Economics. Por esto también el estudio de los economistas clásicos no es un mero “adorno intelectual”, como muchas veces se lo quiere presentar. Las tesis asociadas al enfoque del excedente tienen candente actualidad. Por último, el conocimiento de las cuestiones fundamentales planteadas por la economía clásica es esencial para una comprensión acabada de la crítica de Marx y de la teoría de la plusvalía.

Bibliografía citada:
Garegnani, P. (1981): El capital en la teoría de la distribución, Barcelona, Oikos.
Garegnani, P. (1984): “Value and Distribution in the Classical Economists and Marx”, Oxford Economic Papers, vol. 36, pp. 281-325.
Marx, K. (1975): Teorías de la plusvalía, Buenos Aires, Cartago.
Marx, K. (1981): El Capital, México, Siglo XXI.
Pasinetti, L. (1984): Lecciones de teoría de la producción, México, FCE.
Rubin, I. I. (1989): A History of Economic Thought, Londres, Pluto Press.
Sen, A. (2003): “Sraffa, Wittgenstein, and Gramsci”, Journal of Economic Literature, vol. 41, pp. 1240-1255.
Sraffa, P. (1926): “The Laws of Returns under Competitive Conditions”, Economic Journal, vol. 36, pp. 535-50.
Sraffa, P. (1966): Producción de mercancías por medio de mercancías, Barcelona, Oikos.
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Economía clásica, excedente y economía neoclásica

4 de octubre de 2019

Capital financiero, capital dinerario y capital comercial.

Por: Rolando Astarita / Blog del autor.


El término “capital financiero” es de uso común en la izquierda, incluido el marxismo. A grandes rasgos podemos decir que con este término se denota a una totalidad compuesta por los bancos, los fondos de inversión y similares, las compañías de seguro, los prestamistas de dinero, y los accionistas. Pero la noción también hace referencia a una relación de dominio de estos capitales sobre el capital productivo (y, eventualmente, el mercantil). Esta idea nace con los “clásicos” sobre el imperialismo (Hilferding, Hobson, Lenin) y es mantenida en la actualidad en la tesis de la financiarización (Chesnais, Samir Amin, Reinaldo Carcanholo), y otras corrientes izquierdistas. En esta nota examino la cuestión a la luz de las nociones de capital dinerario y capital comercial, de Marx, y planteo mis principales críticas a la noción usual de capital financiero.

En Marx

Tal vez una de las cuestiones más importantes es precisar la distinción, de Marx, entre capital comercial y capital dinerario. Por capital comercial el autor de El Capital entendía el capital mercantil (esto es, el que se especializa en el comercio de mercancías) y el que se especializa en el manejo del dinero. Este último engloba a los bancos, y en general a las instituciones que realizan operaciones monetarias “para toda la clase de los capitalistas industriales y comerciales” (Marx, 1999, t. 3, p. 403). Son las operaciones de pago y cobro de dinero, conservación de tesoros monetarios, saldo de balances, manejo de cuentas corrientes, movimientos internacionales de dinero, operaciones cambiarias, y similares. A ello se agrega el recibir y conceder créditos, organizar la colocación de acciones y bonos, preparar fideicomisos, actuar como fideicomisarios, etc. El capital dinerario, en cambio, comprende -siempre según Marx- el dinero que se presta, a cambio de un interés. Es en este sentido que el capital comercial se diferencia del capital dinerario: los capitales comerciales (sean mercantiles o bancarios) reciben la parte de la plusvalía que corresponde a la ganancia. Es conveniente recordar que el beneficio de un banco no proviene del interés, como muchas veces se piensa, sino de la diferencia entre las tasas activas y pasivas (esto es, las tasas a las que presta y las tasas a las que toma depósitos); más las comisiones que cobra por realizar operaciones monetarias. Su tasa de ganancia, por lo tanto, está determinada por la razón entre los beneficios y el capital propio invertido. Lo mismo sucede con un corredor de bolsa; su ganancia principal proviene de las comisiones que cobra por operar en la bolsa, y su tasa de ganancia es la razón entre el beneficio y el capital invertido. No hay, en este sentido, una diferencia sustancial con la tasa de ganancia de los capitales invertidos en cualquier otra actividad. El capital del banco participa de la igualación de la tasa de ganancia, junto al resto de los capitales. Esa igualación se produce por la competencia, que ocurre con los movimientos de los capitales entre las ramas. Si la tasa de beneficio en una rama es mayor que en el promedio de la economía, los capitales tenderán hacia ella, hasta que se iguala con el promedio. A la inversa, los capitales salen de las ramas en que la tasa de ganancia es menor al promedio. Por esta razón, Marx jamás consideró que las instituciones que operan con dinero pudieran gozar de una tasa de ganancia sistemáticamente superior a la que reciben los capitales invertidos en las ramas productivas, o comerciales.


El capital dinerario, por su parte, se basa en que el dinero puede funcionar como capital, y como mercancía-capital. Pero, a diferencia del resto de las mercancías, solo se lo enajena por un período determinado, para que funcione como capital. En palabras de Marx: “… la mercancía capital tiene la peculiaridad de que en virtud del consumo de su valor de uso, su valor y su valor de uso no sólo se conservan, sino que se incrementan. Este valor de uso del dinero como capital -la capacidad de generar la ganancia media- es lo que enajena el capitalista dinerario al capitalista industrial por el lapso durante el cual le cede a éste el poder de disponer sobre el capital prestado” (1999, t. 3 p. 449). El interés aparece entonces como el precio del capital, y expresa la valorización del capital dinero. Surgido de la relación entre dos capitalistas, el prestamista y el capitalista empresario, su sustancia es una parte de la plusvalía generada por el obrero. Este es el fundamento de la hermandad que existe entre el capital dinerario y otras formas del capital, frente al trabajo. Ambas formas del capital dependen de que la explotación del trabajo, y la realización de la plusvalía, sean exitosas. Por este motivo también, es imposible que el capital dinerario se pueda valorizar de manera independiente del capital productivo. Pero por fuera de este elemento de identidad, el capital dinerario se distingue del capital comercial, entre otras razones porque percibe interés, y no ganancia.

A partir de esto, se puede entender la diferencia que existe entre lo que se llama la ganancia empresaria, y el interés. La explicamos con un ejemplo. Supongamos que un capitalista toma $1000 a préstamo, que rinden una ganancia anual del 8%, y que el interés es del 2%. Para este capitalista, la ganancia “neta”, o empresaria, es del 6%. Los $60 que embolsa como ganancia son una retribución a su rol de explotador; en otras palabras, la ganancia empresaria retribuye al capital en funciones. El interés, en cambio, es la plusvalía que le corresponde al capitalista dinerario en tanto encarna la propiedad privada del capital. Puede verse entonces que entre el interés y la ganancia empresaria existe una relación negativa: dada la plusvalía, si aumenta el interés, disminuye la ganancia, y viceversa (suponiendo que no se modifican la renta de la tierra ni los impuestos). De ahí que exista una oposición en la unidad, entre el capitalista dinerario y el capitalista empresario. En períodos de crisis, en especial, la tasa de interés sube -aumenta el riesgo, los capitalistas son reacios a prestar en tanto aumenta la demanda de líquido para enfrentar vencimientos- y esto puede afectar muy seriamente a la ganancia. Lo cual genera la impresión de que la causa de la crisis es la suba de la tasa de interés, cuando en realidad, se trata de una consecuencia de la crisis; que a su vez actúa agravándola. Pero lo mismo ocurre con todo el capital, sea productivo o comercial. Si el banco toma dinero prestado, deberá pagar un interés al prestamista; si la tasa de interés aumenta, bajará su ganancia empresaria. Sin embargo, cuando se subsume bajo una misma totalidad indiferenciada de “capital financiero” al capital dinerario y al capital bancario, se pierde de vista esta oposición.

Por otra parte, subrayamos, la tasa de ganancia del banco está sometida a las leyes de la competencia. Pero, cuando se dice que el capital financiero está por encima del capital productivo, o mercantil, se pasa por alto que el capital comercial de conjunto (esto es, los bancos y similares incluidos) está sometido a la misma ley de igualación de la tasa de ganancia que afecta a los capitales de cualquier rama. Por este motivo también, los bancos, y similares, estarán afectados por la caída de la tasa de ganancia que lleva a las crisis.

El capital accionario y los accionistas

Una consideración especial merece el capital accionario. Precisemos que la acción es un título que da derecho a una parte de la plusvalía que ha de realizar el capital. La acción “no es otra cosa que un título de propiedad, pro rata, sobre el plusvalor que se ha de realizar por intermedio de ese capital” (Marx, 1999, t. 3, p. 601). En algunos pasajes Marx asocia al capital accionario con un tipo de capital a préstamos, y a los dividendos con el interés (ídem, p. 307). Lo hace porque el poseedor de acciones no está necesariamente involucrado en la función de capitalista, y en este sentido, se acerca al capitalista dinerario.

Sin embargo, pienso que esta circunstancia no es suficiente para considerar al capital accionario, sin más, como parte del capital dinerario. En primer lugar, porque los accionistas participan de las ganancias de las empresas a través de los dividendos, y éstos no mantienen una relación inversa con la tasa de ganancia, como ocurre con el interés. Cuando aumentan las ganancias, aumentan los dividendos, y viceversa; cuando estalla la crisis, y la tasa de interés alcanza su pico, los dividendos usualmente desaparecen. Por eso, entre dividendos y ganancias no existe la tensión que encontramos entre la tasa de ganancia y la tasa de interés. Sí existe una tensión entre las ganancias retenidas por las empresas, y los dividendos distribuidos a los accionistas. Pero es una oposición distinta de la que existe entre la ganancia y el interés; incluso no puede decirse que el no pago de dividendos perjudique siempre, o necesariamente, a los accionistas. Por ejemplo, una retención de ganancias para ampliar la empresa puede dar lugar a una suba del precio de la acción, de manera que para el accionista hay una compensación, en términos de patrimonios, por el dividendo no cobrado. El accionista, además, se beneficia siempre con la valorización de la empresa, en tanto el capitalista dinerario no obtiene ningún beneficio con ello. Aclaremos por último que la situación del accionista no siempre es la de mero propietario del capital. Superado cierto umbral de tenencia accionaria (generalmente hoy se ubica en un 5% del total del paquete accionario), el accionista comienza a tener injerencia en el directorio de la empresa, esto es, se involucra como capitalista en funciones.

Capital financiero” en el marxismo

Como ha señalado Harvey (1990), Marx casi no utilizó el término capital financiero. La noción recién adquirió vuelo, dentro del marxismo, a partir de los escritos sobre imperialismo de principios de siglo XX. Hilferding y Lenin quisieron denotar con ese término un fenómeno que consideraban novedoso, la fusión del capital bancario con el capital industrial, y el dominio del primero sobre el segundo. Hobson también pensaba que el sector financiero predominaba sobre el resto de la economía; pero entendía por capital financiero a las grandes casas financieras, que invertían en acciones y títulos, flotaban empresas y otorgaban créditos. En décadas posteriores, la visión del dominio pareció ceder lugar a una idea más matizada. Por ejemplo, Sweezy (1974) pensaba que el dominio de los bancos se acentuaba durante los períodos de crisis, y se debilitaba durante los auges. Mandel, en el Tratado de economía marxista, planteaba que había “interpenetración del capital industrial y financiero”, al menos en EEUU, Gran Bretaña y Alemania. Sin embargo, a partir de los años 1980 (ascenso del reaganismo y el neoliberalismo) volvió a tomar fuerza la tesis del dominio del “capital financiero” entre los marxistas; aunque ya pocos utilizaron el término en el sentido que lo encontramos en Hilferding (1963) y Lenin (1973), esto es, entendido como fusión del capital bancario e industrial.

En términos generales, por capital financiero se comprende ahora tanto al capital que se presta a interés, como el capital bancario y el aplicado a diversos fondos de inversión. La idea clave es que este tipo de capital domina al resto. Por ejemplo, Sweezy, Magdoff y otros participantes de la revista Monthly Review sostenían, en los años 80 y 90, que el centro de gravedad del capitalismo había pasado de la producción a las finanzas, y que esto comportaba un cambio cualitativo del sistema capitalista (Sweezy, 1994, Foster 2010). Los teóricos de la financiarización sostienen la misma idea. Por caso, Samir Amin considera que la economía moderna está dominada por el capital “oligopólico-financiero”, encabezado por 10 bancos que controlan los grandes fondos de inversión y de pensión. (Amin, 2008). Chesnais sostiene que las finanzas tienen “los mandos”: “Las finanzas y los mercados financieros están en la cima del sistema; ocupan los commanding heights… y dan el tono al capital comprometido en la producción o en los grandes negocios” (1996, p. 262). Plihon (1996), teóricamente cercano a Chesnais, afirma que la primacía del capital financiero se corporiza en la “dictadura” de los accionistas sobre los directorios de las empresas.

Observaciones críticas a la tesis del capital financiero, y la financiarización

El enfoque de Marx no apoya esa visión del capital financiero que ha prevalecido en el marxismo hasta el día de hoy. Pensamos que tampoco la evidencia empírica. Desde el punto de vista teórico, y por lo que hemos explicado más arriba, no se puede colocar al capital dinerario, y a una fracción del capital comercial, en una misma bolsa, llamada “capital financiero”, sin importantes precauciones. En todo caso, si quiere hacerse esto por economía de lenguaje, hay que tener presente que estamos hablando de formas distintas de capital. Los bancos, por ejemplo, toman dinero de los mercados de capitales y de dinero, y por lo tanto también aquí se establece una relación de oposición entre el prestatario y el prestamista. Por eso, es erróneo colocar bajo una totalidad indiferenciada al capital bancario y el capital dinerario. Y entonces parece lógica la clasificación de Marx, que ubica al capital dedicado a las operaciones monetarias junto al capital mercantil, bajo la noción de capital comercial, y como categoría distinta al capital dinerario.

También en base a lo que hemos explicado, se concluye que no hay motivo para sostener que el capital dinerario tenga algún tipo de prioridad permanente, o estructural, sobre el capital productivo, o sobre el comercial. La relación entre ambas especies de capital varía con el ciclo económico. En los años de bonanza, la tasa de interés es baja y las ganancias del capital (productivo o mercantil) son altas. Lo inverso sucede cuando estalla la crisis; además, los quebrantos y las desvalorizaciones de activos afectan tanto a los capitales productivos o comerciales, como a los acreedores. Ésta parece ser la posición de Marx, y es adecuada al capitalismo contemporáneo. Por caso, durante la crisis iniciada en 2007 colapsaron grandes instituciones bancarias y compañías de seguros; y enormes masas de activos financieros se derrumbaron, arrastrando también a los acreedores. Las leyes de la competencia no respetaron “jerarquías” ni “hegemonías”.

Tampoco se puede decir que el capital dinerario dicta el curso al resto del capital. Los bancos, por ejemplo, no están bajo la hegemonía de los capitalistas dinerarios que adquieren sus emisiones de obligaciones negociables o papeles comerciales. De la misma manera, no se advierte que los capitalistas dinerarios ejerzan alguna dominación sobre los capitales productivos o comerciales. IBM, Wall Mart, Esso o Microsoft no están, de manera permanente, o “estructural”, a merced de lo que dictan los prestamistas. La evidencia disponible tampoco parece corroborar la tesis de que los bancos controlan, en el largo plazo, a las empresas abocadas a las actividades productivas o mercantiles. Constantemente muchos capitales invertidos en las ramas productivas o en el comercio sacan fondos líquidos (por ejemplo, por amortización, o ganancias retenidas) que son colocados en los mercados financieros, o en los bancos, y vueltos luego a la producción. Las tasas a las que colocan estos fondos, adquiriendo bonos o colocándolos como depósitos, están sujetas a competencia. A su vez, muchas otras empresas están tomando fondos, ya sea a través de préstamos bancarios, o colocando títulos en los mercados. No hay razón para pensar que estas gigantescas corporaciones deban someterse a los dictados de los bancos, que después de todo, no son sino una forma del capital. La tasa de interés hoy se sigue determinando por la oferta y demanda de fondos líquidos (esto es, “a lo Marx”). Asimismo, tampoco se comprueba que la tasa de ganancia de los bancos sea sistemáticamente, y en el largo plazo, más alta que en el resto de las actividades. Los datos de que disponemos muestran que en los últimos 20 años la tasa de ganancia de los bancos ha oscilado de manera más profunda que la de otras ramas, pero no ha sido en promedio más alta (ver aquí). La idea de “interpenetración” entre estas formas de capital, que planteaba Mandel, nos parece apropiada.

Por último, parece difícil sostener que hay una oposición estructural entre el capitalista en funciones y los accionistas. Ya hemos visto que a partir de la tenencia de un cierto paquete accionario, los accionistas forman parte de los directorios de las empresas. Pero la identidad es más esencial; es que los capitalistas en funciones tienen tanto interés como los accionistas en la valorización del capital. No solo, ni principalmente, porque los directores son remunerados con acciones (y por lo tanto se enriquecen cuando éstas suben de precio), sino porque está en la naturaleza del capital la tendencia a la valorización. El capital que no tiene éxito en esta “misión”, valorizarse al máximo, está condenado a desaparecer (y en ese caso los directores perderán su trabajo). No hay forma de evitar esta ley de hierro del sistema capitalista. El director de empresa no es un apóstol de la producción por la producción, enfrentado al capitalista accionario, encarnación de la codicia sin límites. Ambos personajes solo existen en tanto encarnan al valor en proceso de valorización, y no pueden dejar de encarnarlo, sin dejar de ser capitalistas. Por eso, no existe capital en funciones sin valorización del capital, sin tendencia a su acrecentamiento sin fin.

Consecuencias políticas

En base a los argumentos presentados, nuestra crítica al concepto de capital financiero, tal como acostumbra usarse en el marxismo, y en la izquierda en general, es doble. En primer lugar, consideramos que establece una falsa divisoria “fundamental” entre una parte del capital comercial, el dedicado al tráfico y manejo de dinero, y el capital mercantil, que es la otra forma del capital comercial, a la par que diluye la divisoria entre el capital dinerario y el capital comercial, incluido el bancario. A partir de aquí, se borran las especificidades de los respectivos ingresos, ganancia para el capital comercial-bancario, e interés para los capitalistas dinerarios. La segunda crítica, y es la más importante, es que a nuestro entender no existe primacía estructural, o permanente, del llamado capital financiero (sea que se entienda por éste al capital bancario, al capital dinerario, o a la suma de ambos), por sobre el capital productivo o mercantil.

De estos enfoques derivan consecuencias políticas casi inmediatas. La afirmación de que el capital financiero domina y oprime, de alguna manera, al capital productivo, está asociada a la idea de que las crisis, o los padecimientos de las masas trabajadoras, tienen sus raíces en este dominio de las finanzas. La solución de los males pasaría por “dominar a las finanzas”, y no por acabar con la propiedad privada del capital. Por eso también, la tesis “el problema son las finanzas” es funcional a las políticas “progre-izquierdistas” de apoyo al capital y a la colaboración de clases. Los explotados deberían colaborar con sus explotadores “industrialistas y productivos”, los cuales, se pretende, enfrentarían a la oligarquía financiera, o financiera parasitaria. De ahí la aprobación de la tesis de la financiarización (o similares) por parte de muchas corrientes burguesas reformistas. El enfoque que hemos defendido, en cambio, sostiene que las crisis, la polarización social creciente, el hambre y la miseria que reinan en medio del más gigantesco desarrollo de las fuerzas productivas, no se explican por el pretendido dominio de una forma del capital, sino por la misma relación de explotación capitalista. Esta teoría es el fundamento último para avanzar en lo que fue un objetivo del marxismo, la organización de los trabajadores (de los explotados por el capital) como partido político independiente de la burguesía.

Textos citados:
Amin, S. (2008): “’Market Economy’ or Oligopoly-Finance Capitalism?”, Monthly Review, vol. 59, Nº 11, abril.
Chesnais, F. comp. (1996): La mondialisation financière. Genèse, coût et enjeux, Paris, Syros.
Foster, J. B. (2010): The Age of Monopoly-Finance Capital, http://monthlyreview.org/2010/02/01/the-age-of-monopoly-finance-capital.
Harvey, D. (1990): Los límites del capitalismo y la teoría marxista, México, FCE.
Hilferding, R. (1963): El capital financiero, Madrid, Tecnos.
Hobson, J. A. (1902); Imperialism: A Study, en www.econlib.org/library/YPDBooks /Hobson/hbsnImpCover.html.
Lenin, N. (1973): “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, Buenos Aires, Cartago, Obras escogidas, t. 3.
Mandel, E. (1969): Tratado de economía marxista, México, Era.
Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.
Plihon, D. (1996): “Déséquilibres mondiaux et instabilité financière: la responsabilité des politiques libérales”, en Chesnais (1996), pp. 97-141.
Sweezy, P. (1994): “The Triumph of Financial Capital”, http://monthlyreview.org/1994/06/01/the-triumph-of-financial-capital.
Sweezy, P. (1974): Teoría del desarrollo capitalista, México, FCE.

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Capital financiero, capital dinerario y capital mercantil
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