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1 de septiembre de 2013

Imposturas postmodernas e izquierda política.


Por: Andrés Huergo / Rebelión.

La producción filosófica de las últimas cuatro décadas se ha caracterizado, a grandes rasgos, por un tipo de discurso carente de sistematicidad, proclive a la fantasía y la elucubración, amante de los circunloquios y los retorcimientos sofísticos, en el que la ciencia apenas tiene lugar y, cuando lo tiene, no pasa de ser una amalgama de conceptos mal entendidos e interpretaciones absolutamente disparatadas.
La inanidad general de la filosofía de nuestros tiempos se comprende mejor cuando se pone en relación con ese movimiento que se dio a sí mismo el nombre de “postmodernidad”.

La gran tesis postmoderna es el rechazo de la unidad de la razón, lo que lleva implícito el relativismo.

El relativismo tiene dos vertientes: la cognitiva y la ética. El relativismo cognitivo nos dice que no hay verdades universales y -aún peor- que ni siquiera el concepto de verdad es universalmente válido; que no es posible conocer el mundo tal cual es y que todo lo que llamamos “real” es resultado de una pura construcción sociolingüística. El relativismo ético nos dice que tampoco hay valores morales comunes y que no es posible ni siquiera llegar a un acuerdo sobre principios éticos válidos para todos los seres humanos.

El relativismo cognitivo llega a negar la propia independencia epistemológica de la ciencia, a la cual presenta como una narración más entre otras. Lo que quiere decir que la ciencia no sería más que un relato indisolublemente ligado a un tipo concreto de sociedad, la sociedad occidental industrial capitalista, fuera de la cual aquélla pierde su sentido y validez. No hay razones objetivas, por tanto, para preferir la explicación de la lluvia que nos proporciona el meteorólogo a la explicación mítica del chamán que cree poder provocarla o evitarla con sus “mágicas” capacidades.

No es extraño que al amparo de las ideas postmodernas hayan proliferado de forma espectacular las pseudociencias y todo tipo de creencias supersticiosas: el creacionismo, la parapsicología, la homeopatía, la medicina holística, la cartomancia, interpretaciones espiritualistas de la física cuántica, “pensamiento new age”, etc.

Los autores postmodernos rehúyen de manera deliberada la claridad expositiva y la precisión, siguiendo en esto a Nietzsche, quien reprochaba a Stuart Mill el hecho de que fuera demasiado claro. Prefieren hacer uso de una jerigonza pedante, críptica, abstrusa, extravagante, escurridiza e impenetrable. Sostienen una concepción de la filosofía de tipo esotérico, según la cual ésta sería una especie de revelación de una verdad arcana que solamente unos pocos privilegiados pueden alcanzar y ante la cual los demás (los no iniciados) no pueden sino asentir de manera totalmente pasiva.

Es necesario aclarar, sin embargo, que cualquier filosofía que base su prestigio en argumentos de autoridad y en afirmaciones ininteligibles es todo lo contrario de lo que debe ser una filosofía comprometida con la justicia y la libertad. Si la filosofía se hace oscura, inmediatamente deja de cumplir su cometido crítico-emancipador y se convierte en una estafa, porque solamente servirá a los designios de una élite cultural determinada y no al conjunto de los ciudadanos a quienes potencialmente va destinado el producto de sus reflexiones.

Son particularmente notables las consecuencias que la postmodernidad ha tenido en la práctica política a través de la asimilación de sus ideas por parte de un considerable número de personas vinculadas a la “izquierda” política.

Noam Chomsky, refiriéndose a este fenómeno hace veinte años, dijo:
Los intelectuales de izquierda participaron activamente en la vida animada de la cultura obrera. Algunos buscaron compensar el carácter de clase de las instituciones culturales con programas de educación obreros o mediante obras de divulgación —que conocieron un éxito muy grande— sobre matemáticas, ciencias y otros temas. Es hiriente constatar que hoy en día sus pretendidos herederos a menudo privan a los trabajadores de estos instrumentos de emancipación, informándonos, de paso, de que el ‘proyecto de los Enciclopedistas’ está muerto, que hay que abandonar las ‘ilusiones’ de la ciencia y de la racionalidad. Será un mensaje que hará felices a los poderosos, satisfechos de monopolizar esos instrumentos para su propio uso” 1
La Enciclopedia ilustrada fue concebida como un proyecto grandioso de acumulación de saber con un claro objetivo político y social: la crítica al oscurantismo religioso y al sistema de privilegios del Antiguo Régimen y la defensa de una nueva sociedad basada en el “progreso” de las ciencias y las artes, el mérito y los frutos del trabajo. Voltaire, D'alembert, Diderot, D'Holbach, Helvetius, Franklin, Jefferson, Cesare Beccaria y todas las grandes figuras del siglo XVIII tenían muy claro que sin las luces de la razón la humanidad estaba condenada a permanecer para siempre en un eterno estado de minoría de edad.

Diríase que hoy, a la vista del rechazo de la ciencia y del universalismo ético por parte de gran número de filósofos, lo que se ha llamado “postmodernidad” no es más que una vuelta a la premodernidad, a la Edad Media. Estos nuevos “bárbaros” (como acertadamente los llama Mario Bunge) pretenden devolver al mundo a épocas de brumas y tenebrosidad. Pero el mundo no puede avanzar sin ciencia ni razón. La renuncia al conocimiento científico hace inviable cualquier proyecto serio de crítica a los poderes político-económico establecidos. Las personas que no se ilustran en el conocimiento de la ciencia y de la filosofía sistemática no disponen de instrumentos analíticos ni herramientas conceptuales para entender nada de lo que ocurre a su alrededor. No son capaces de identificar las causas de los hechos sociales ni los mecanismos por los cuales se producen las diferentes formas de dominación. Y si no pueden entender lo que ocurre, tampoco pueden elaborar formas de respuesta eficaces, ni por supuesto son capaces de plantear proyectos de construcción de una sociedad alternativa, puesto que no saben lo que tienen que cambiar ni cómo hacerlo.

Millones de personas están hoy huérfanas de pensamiento sólido2. Lejos quedan aquellos años de Universidades obreras y Ateneos libertarios en los que los trabajadores adquirían los conocimientos de las más diversas disciplinas y la formación humanística pertinente que les había sido negada por su condición social.

Desde luego, cabe atribuir a muchos de los “intelectuales” parte de la culpa de esta situación, por no haber estado a la altura de los tiempos para ofrecer a los ciudadanos una cosmovisión coherente con lo que los tiempos estaban demandando.

Tras el desprestigio académico del marxismo (debido en gran parte al fracaso del sistema soviético, pero también a su osificación teórica), la izquierda buscó su propio discurso en terrenos ajenos al materialismo. En realidad, la aceptación de los mantras de la postmodernidad (relativismo, subjetivismo, irracionalismo) por parte de la izquierda se empezó a producir antes de la pérdida de hegemonía intelectual del materialismo histórico y dialéctico. El viraje se comenzó a gestar en los años sesenta, a partir de la irrupción de los llamados “nuevos movimientos sociales”. Fue el momento del nacimiento de la “nueva izquierda”, insatisfecha ante una doctrina marxista cada vez más anquilosada y unos partidos políticos demasiado vinculados a formas burocratizadas del Estado que hacían inviable la verdadera revolución en todos los órdenes, tal como era el deseo de los integrantes de esos movimientos sociales (estudiantes, feministas, ecologistas, homosexuales, etc.), cuyas demandas no habían sido suficientemente atendidas hasta entonces por parte de los teóricos marxistas clásicos.

El problema es que esta nueva izquierda sustituyó muchas veces el dogmatismo de cierta escolástica marxista por un nihilismo de consecuencias igualmente desastrosas. En lugar de dar a luz un nuevo tipo de ideología, compatible con el desarrollo de la ciencia y la técnica y con los principios innegociables del humanismo ilustrado, renunció a toda Ilustración, ignorando de esa forma su propia tradición y razón de ser.

Todos los movimientos obreros de distinta índole (socialistas, comunistas y anarquistas), habían sido hasta hace algunas décadas conscientes de su deuda con los ideales de la Ilustración dieciochesca. Consideraban que el capitalismo era una traición a la Ilustración y, por consiguiente, asumían la posibilidad de la separación de la ciencia y de la técnica del discurso ideológico capitalista, con la intención de librar a la razón del afán de dominación economicista y ponerla al servicio de la emancipación del ser humano, haciendo justicia de este modo al proyecto ilustrado originario.

Sin embargo, en el seno de la “izquierda académica” se produjo una inversión de los valores éticos y epistémicos tradicionales de la “izquierda política”. Como nos cuenta Antoni Domènech, “así como las necesidades de propaganda de los bolcheviques acosados por la Entente a comienzos de los años 20 les llevaron a regalar de barato a la “burguesía”, al “liberalismo” y al “capitalismo” la “democracia” –es decir, el grueso de las luchas obreras europeas hasta 1914—, así también, pero sin necesidad perentoria alguna que pudiera venir a justificarlo, Adorno y Horkheimer obsequiaron al “capitalismo” con la “Ilustración” 3. A juicio de Domènech, el origen académico de la reacción antiilustrada estaría en Dialéctica de la Ilustración, obra en la que los autores de la Escuela de Frankfurt realizan una crítica total de la razón como mero instrumento de dominio de la naturaleza. Esta operación de desprestigio de lo racional sería posteriormente consolidada por Heidegger y sus acólitos, quienes se tragaron el antihumanismo del alemán hasta sus últimas consecuencias. “Demasiada” racionalidad (no la ausencia de ella) fue la causa de la barbarie humana, según el dictum postmoderno. Los “críticos de la razón” llegaron a la conclusión de que los campos de concentración nazis fueron un producto de la tecnociencia, no de la falta de valores éticos, ni de la insuficiencia de la democracia, ni de un sistema económico generador de miseria y servidumbre.

De ahí en adelante, de la mano de Foucault, Derrida, Deleuze, Lacan, Lyotard, Baudrillard, Feyerabend, Khun, Latour y otros muchos, la filosofía renunció a la verdadera crítica, abrazó el irracionalismo sin límites y dio cancha a la pseudociencia, el fraude y la pereza mental, como consecuencia de un ejercicio de deshonestidad intelectual solamente parangonable con su falta de fortaleza ética.

La huida hacia el relativismo de gran parte de esta autodenominada “izquierda” dinamitó todo el potencial de transformación de las capas populares al tener como consecuencia la separación de intereses entre movimientos, el individualismo y la ausencia de propuestas sustantivas y serias.

En lugar de centrar sus esfuerzos intelectuales en producir conocimiento, indagar en la búsqueda de la verdad y difundir por todos los medios esa verdad para ponerla a disposición de la gente, los filósofos se han estado divirtiendo en sus academias a costa del erario público que ha sostenido sus salarios de funcionarios conspicuos al servicio de la maquinaria del Estado. La mayoría de estos “mercenarios intelectuales” prefirieron delegar sus responsabilidades y optaron por ocupar su tiempo en menudencias: análisis espurios del discurso, trabajos antropológicos de campo basados en la reflexión del observador sobre sí mismo, divagaciones sobre el carácter falocéntrico de la mecánica de sólidos, estudios acerca del uso del dildo como práctica de sexualidad performativa socialmente transgresora y otras cosas por el estilo, tareas todas ellas, suponemos, muy “edificantes” para quienes se ejercitan en ellas, pero absolutamente fútiles desde el punto de vista del conocimiento y totalmente irrelevantes para la consecución de una sociedad más justa 4.

Y así, la sociología constructivista, la etnografía relativista, la deconstrucción, el pensamiento débil, la epistemología feminista, la teoría queer y otras tendencias de parecido pelaje consiguieron consolidarse como “paradigmas” de pensamiento crítico en las facultades de ciencias sociales y humanidades de muchas Universidades, para desgracia de éstas. Es curioso (y da que pensar) que todas estas teorías postmodernas se hayan desarrollado en los últimos años al abrigo de la subvención estatal y el cobijo administrativo, a pesar de presentarse muchas de ellas como “críticas radicales del sistema”. Los enemigos de la razón y de la ciencia no se limitan a atacarlas solamente desde fuera, sino que ahora, gracias al relativo prestigio ganado en la Academia, pueden atacarlas también desde dentro, lo que es mucho más grave.

Como apunta Mario Bunge:
Otrora los impostores intelectuales tenían que ganarse su modesto pasar en la calle, donde embaucaban a los que no podían pagarse una educación universitaria. Hoy pueden cobrar sueldos decorosos y embaucar a jóvenes incautos que asisten a cursos universitarios creyendo que van a aprender conocimientos sólidos5
Mientras el intelectual pierde el tiempo estudiando nimiedades, se aísla en su “torre de marfil” y pierde el contacto con la realidad del mundo y sus problemas. Como la objetividad no es más que una construcción del investigador, se desplaza el centro de interés desde las cuestiones en torno a hechos políticos y económicos hasta las cuestiones puramente lingüísticas. Se sustituyen las realidades sociales por los discursos sobre dichas realidades.

La postmodernidad ha propiciado una manera de hacer filosofía que consiste en atenerse única y exclusivamente al comentario de los textos de otros filósofos, normalmente con preferencia por algunos considerados “sagrados”. Así, se han creado especialistas en Foucault o Derrida que creen estar haciendo algo importante porque pueden citar de memoria fragmentos enteros de las obras de estos autores, como si dichos autores fueran depositarios de una sabiduría universal, eterna, fuente inagotable de “soluciones” para todo tiempo y lugar. De esta manera, la filosofía puede permanecer encerrada en sí misma sin preocuparse de nada de lo que acontece fuera de ella y sin tomar contacto ni por un momento con ninguno de los hechos del mundo. Es una filosofía para filósofos alejada completamente de la realidad del presente.

Si la realidad no existe y todo vale por igual, entonces a cualquiera que quiera indagar en el conocimiento de alguna cosa simplemente le basta con sentarse en el sofá de su salón y divagar y escribir todo lo que se le ocurra. Si el conocimiento es solamente un relato, un mito, el trabajo de un historiador que se ocupa de fundamentar sus opiniones en el análisis escrupuloso de los documentos tiene el mismo valor que el de alguien que extrae sus conclusiones de una obra de literatura fantástica sin haber palpado un solo archivo histórico.

Con la coartada del subjetivismo, también la explotación y la injusticia comienzan a perder su carácter real. Si la opresión del gran capital sobre los trabajadores no es más que un discurso entre otros, entonces la búsqueda de una explicación que indague en las causas objetivas, históricas, de dicha opresión está fuera de lugar y, además, la propia existencia de la opresión es puesta en duda, porque pudiera ser que la bajada de salario que yo percibo como injusta no lo sea, pues no existe un concepto universalmente válido de justicia, no hay necesidades objetivas (por ejemplo la necesidad de salud o de alimento), mi interpretación no es más válida que la de mi adversario, etc.

Finalmente, puesto que la realidad social es del todo incierta e imprevisible, es inútil que me involucre para cambiarla. Únicamente tiene sentido que me ejercite en cambiar “mi propia realidad”.

Como señalaron Alan Sokal y Jean Bricmont en su imprescindible obra Imposturas intelectuales, si la izquierda política quiere hoy ser algo más que una fantasía masturbatoria totalmente ajena a la realidad, es necesario “combatir la actual moda del discurso posmoderno/postestructuralista/socialconstructivista (y, más en general, una tendencia al subjetivismo)” 6,que en opinión de los autores, como en la mía, es “contrario a los valores de la izquierda y una hipoteca para el futuro de ésta” 7. Y como más adelante precisan: “Ninguna izquierda puede ser eficaz si no toma en serio las cuestiones relativas a hechos científicos y a los valores éticos y a intereses económicos. Lo que está en juego es demasiado importante como para dejarlo en manos de los capitalistas o los científicos (o los posmodernos)” 8.

El principio democrático-liberal de tolerancia ha dado lugar a formas abusivas de aplicación, como cuando se dice “todas las opiniones son igualmente respetables”. Pero la negación del Holocausto no es una opinión respetable, como tampoco lo es la creencia en la superioridad de los blancos sobre los negros. No son las opiniones las que merecen respeto, sino en todo caso las personas que las emiten. La tolerancia se ejerce sobre el derecho a expresión, no sobre el contenido mismo de lo expresado. Por ello la tolerancia es un valor positivo que implica tanto el respeto activo hacia las personas como la libre crítica de las ideas que dichas personas sostienen.

Debemos ser transigentes con el error, pero no con la impostura. Hemos de pelear contra esta última con todas las armas a nuestro alcance, que son las armas de la razón.

Notas:
1 Citado en Daniel Raventós, “Noam Chomsky sobre la revolución cognitiva, el postmodernismo, la libertad de expresión, la democracia y las guerras”, en Sin Permiso, nº 5
2 Traigo a colación intencionadamente la expresión “pensamiento sólido” en referencia polémica al término “modernidad líquida” acuñado por Zygmunt Bauman.
3 Antoni Domènech, “Izquierda académica, democracia republicana e Ilustración. Diálogo con un estudiante mexicano de filosofía” en http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=1255
4 Los ejemplos son verídicos, aunque cueste creerlo. Según la feminista belga Luce Irigaray, el privilegio de la mecánica de sólidos sobre la de fluidos, y las dificultades de la ciencia con el flujo turbulento, se debe a la asociación de los fluidos con lo femenino: “Mientras los hombres tienen órganos sexuales protuberantes que se ponen rígidos, las mujeres tienen aberturas que liberan sangre menstrual y fluido vaginal. Aunque los hombres en ocasiones también “fluyen” -al expeler semen- esto no se enfatiza (…) Del mismo modo que las mujeres quedan borradas en las teorías y el lenguaje masculino y existen sólo como no hombres, los fluidos han sido también borrados de la ciencia y existen sólo como no sólidos”. Citado en A. Sokal y J. Bricmont, Imposturas intelectuales, Paidós, Barcelona, 1999, p. 117
Beatriz Preciado, célebre representante en nuestro país de la teoría queer, escribe en su obra más conocida: “Sacando partido de la estrategia de Marx, esta investigación sobre el sexo toma como eje temático el análisis de algo que puede parecer marginal: un objeto de plástico que acompaña la vida sexual de ciertas bollos y ciertos gays queers, y que hasta ahora se había considerado una «simple prótesis inventada para paliar la discapacidad sexual de las lesbianas». Estoy hablando del dildo. Robert Venturi había intuido un giro conceptual semejante: la arquitectura debía aprender de Las Vegas. En filosofía es tiempo de aprender del dildo”. V. Beatriz Preciado, Manifiesto contrasexual, Anagrama, Barcelona 2011, p.12
5 Mario Bunge, “Contra el charlatanismo académico”, disponible en http://www.lainsignia.org/2007/febrero/cyt_001.htm
6 Alan Sokal y Jean Bricmont, Imposturas intelectuales, Paidós, Barcelona, 1999, p. 285
7 Ibid., p. 285
8 Ibid., p. 292

6 de noviembre de 2012

De caminos electorales y lógicas marxistas.


En el volcán, 05-11-2012

Desde la lógica de quienes siendo marxistas, hemos estado acompañando a los pueblos originarios por los caminos de las autonomías basadas en los principios de la comunalidad, la democracia participativa y el principio de mandar obedeciendo, los procesos electorales que tienen lugar en países cuyos grupos gobernantes y oligárquicos asumen una posición de acatamiento subalterno al modelo de mundialización capitalista neoliberal, representan mecanismos heterónomos a través de los cuales las clases dominantes, los aparatos coercitivos e ideológicos del Estado y los poderes fácticos imponen a los candidatos que garantizan la reproducción de sus sistemas de explotación y dominación. Esta acción impositiva se lleva a cabo aún a costa de la transgresión de sus propios marcos jurídicos constitucionales y recurriendo a la dictadura mediática y la defraudación estructural, tradicional y electrónica para lograr violentar la voluntad popular.

La enseñanza reiterada que dejan los frustrados procesos electorales mexicanos presidenciales es que mientras no exista una correlación de fuerzas políticas y sociales, movimientos y procesos autónomos que desde abajo impongan nuevas reglas del juego, resulta desgastante y contraproducente para estos movimientos continuar participando en el ámbito electoral. No se ha destacado de manera suficiente que las experiencias latinoamericanas recientes en que las izquierdas han ganado la presidencia de sus respectivos países, Venezuela, Bolivia, Ecuador, por ejemplo, se han dado en contextos de franca ruptura del sistema tradicional de partidos, ya sea por la irrupción de masivos movimientos indígenas, ciudadanos o de variada naturaleza cívico-militar.

¿Por qué entonces en México, a los repetidos y monumentales fraudes electorales, siguen las mismas rutinas de esperar otros seis años más para lograr, ahora sí, el cambio verdadero, confiando en que la naturaleza autoritaria, corrupta, impositiva y tramposa del sistema imperante cambie y reconozca el triunfo de una izquierda moderna y bien portadita? No es posible continuar delegando nuestra representación y las esperanzas de cambio en el protagonismo de una izquierda institucionalizada, divorciada de las luchas anti sistémicas y de las que tienen lugar en contra de la guerra social, por la integridad y preservación de los territorios y sus recursos, contra el saqueo y la depredación capitalista.

Tampoco se trata de renunciar a ninguna forma de lucha social, incluyendo el ámbito electoral y parlamentario, ni a la forma partido como instrumento organizativo al servicio de la transformación social, siempre y cuando elecciones y partido tengan a los trabajadores y a los pueblos su propósito y razón de ser. El reciente triunfo del comandante Hugo Chávez para un nuevo periodo de su presidencia en la Republica Bolivariana de Venezuela, muestra una experiencia de participación electoral con abiertas posiciones socialistas que es refrendado por un 55% del electorado, con un 80% de participación ciudadana en el proceso.

En el otro polo equidistante, Enrique Peña Nieto ha sido impuesto como nuevo titular del ejecutivo federal para dar continuidad a las políticas neoliberales, profundizar las “reformas estructurales”, como la grotesca reforma laboral que acaban de aprobar, seguir la privatización de PEMEX, los turbios negocios al amparo del poder público, incluyendo el narcotráfico, y asegurar la impunidad para los crímenes de lesa humanidad cometidos durante el gobierno de Felipe Calderón. El fraude estructural del sistema político mexicano conllevó el escandaloso sobregiro en los topes económicos de campaña, la coacción de la ciudadanía por sindicatos oficialistas, patrones y sicarios, la compra de sufragios con dinero en efectivo, despensas, cemento o tarjetas de prepago, las encuestas que no miden sino norman intenciones de voto, la dictadura mediática que construye y destruye candidatos y que, de paso, se embolsa exorbitantes sumas de dinero; además de las autoridades y tribunales electorales omisos a sus obligaciones y cómplices de esas prácticas de corrupción extendida y masiva. Todo ello, más los denunciados actos de defraudación directa en las casillas, con las múltiples “técnicas” que han ganado fama universal, hicieron realidad el regreso del Partido Revolucionario Institucional a la presidencia de la República, a contracorriente de una sociedad civil indignada y un movimiento de jóvenes que pese a su fecunda toma de conciencia no pudieron revertir el golpe orquestado por el grupo oligárquico el 1 de julio del 2012.

Por su parte, las izquierdas electorales mexicanas, pese a las traumáticas experiencias del 1988 y 2006, y sin que mediara una autocritica sobre su actuación pasada, no se organizaron ni organizaron a la sociedad para revertir el fraude que venía preparándose meses antes de las elecciones; entrampadas en la institucionalidad de la que forman parte, asumieron nuevamente –sin fundamento alguno-- actitudes triunfalistas, mientras sus intelectuales perdieron el sentido de la crítica hacia su candidato, sus posiciones equivocas en temas fundamentales y el contenido ambivalente y gris de una campaña salvada por la irrupción juvenil que vino a darle una impronta inesperada; sus organismos partidistas se alejaron de movimientos sociales importantes, como el de los pueblos indígenas, o el que se pronuncia en contra de la guerra social encubierta en la “lucha contra el narcotráfico”, o el que denuncia la abierta injerencia de Estados Unidos en nuestro país; así, firmando “pactos de civilidad” a sabiendas de que los operativos fraudulentos estaban en marcha, resultaron amorosamente indulgentes con grupos empresariales, clericales y con priistas recientemente conversos, entre ellos, quien en 1988 operó la “caída del sistema”y otro, subsecretario de gobernación, actual gobernador de Tabasco, dentro del “progresismo”.

Esta sería la tercera ocasión, en los últimos años, en que el pueblo mexicano experimenta la derrota en sus esfuerzos por una transición realmente democrática, de modo que habría que preguntarse por la viabilidad de procedimientos electorales impuestos por el capitalismo neoliberal y acatados dócilmente por partidos que en cada una de estas frustraciones estratégicas no pierden del todo, como pierde la democracia de manera ignominiosa, sino que, por el contrario, ganan. Ganan gobiernos estatales, municipales, delegacionales, curules en el Congreso de la Unión y en congresos locales y reciben cuantiosas prerrogativas económicas para sostener sus aparatos burocráticos. Estos organismos partidistas, más que interesados en luchar en contra de la aceitada imposición de Peña Nieto, se apresuraron a reconocerlo, antes de que cantara el gallo, como presidente “electo”.

Algunos pueden preguntarse si una eventual incorporación al voto por la izquierda institucional por parte de aquellos que han cuestionado en estas condiciones la vía electoral en nuestro país hubiese sido decisoria en los resultados a modo que nuevamente impuso el sistema. Quizás, un programa de izquierda de otra índole pudiese haber sumado más votos, pero su monto final nada tiene nada que ver con la magnitud del tercer mega fraude ni con el aparato estructural que lo hizo posible. Quienes hemos mantenido una posición crítica frente al régimen de partidos de Estado, fuimos cautos en expresarnos en contra de la opción de millones de ciudadanos que confiaron nuevamente en el posibilismo de los procesos electorales bajo un sistema esencialmente negatorio del ejercicio efectivo de la democracia representativa.

De ahí el hartazgo que se expresa en los jóvenes de #YoSoy132 y en quienes por décadas han tratado de cambiar el rumbo del país, desde muy diversas posiciones políticas e ideológicas, y algunos de ellos, a partir de todas las formas de lucha, incluyendo la armada. Es alentador que la continuidad con las luchas sociales del pueblo mexicano se exprese explícitamente desde el movimiento juvenil que irrumpió en mayo. La memoria se constituye en acervo que servirá para paliar los ataques que ya están recibiendo desde el poder.

Asimismo, desde la lógica del marxismo libertario representado en una gran pensadora y revolucionaria, como Rosa Luxemburgo, la acción autónoma de las masas es la clave para entender la lucha por la trasformación radical de la sociedad capitalista. Por ello, en un debate sobre la democracia, elecciones y socialismo en América Latina cobra una gran importancia sus planteamientos sobre la transformación socialista no como un “día decisivo”, sino como un proceso que puede comenzar aquí y ahora, por el cambio en la correlación de fuerzas, en las estructuras de poder y de propiedad, en la innovación institucional, que lleve a una ruptura, en el caso mexicano, del régimen de partidos de Estado como el que se ha impuesto por tercera ocasión a los afanes del pueblo mexicano por transitar por la vía electoral hacía una supuesta transición democrática.

El socialismo –señalaba Luxemburgo-- no puede ser realizado por decretos ni es un cambio de gobierno llevada a cabo por una minoría, sino una trasformación radical de la antigua sociedad, en todos los planos, por la acción autónoma de los trabajadores. Advirtió y critico los procesos de burocratización de la socialdemocracia partidaria y los sindicatos. En este sentido, Rosa Luxemburgo se opone a la idea del socialismo como estatización de los medios de producción sin control de los trabajadores, camino para una inevitable burocratización. Con la revolución alemana en marcha, la democracia socialista pasa a significar concretamente, para Rosa Luxemburgo, un gobierno consejista,muy similar, guardando las diferencias en tiempo y condiciones, al que se establece en la Comuna de Paris, en 1871, o en las actuales Juntas de Buen Gobierno zapatista. Los consejos, organismos de base electos por los obreros y soldados, de acuerdo al programa de la Liga Espartaco, serían la nueva forma de poder estatal para sustituir los órganos heredados de la dominación burguesa; democracia socialistasignificaba en aquel contexto el autogobierno de los productores. Isabel Maria Loureiro, en su libroRosa Luxemburgo: los dilemas de la acción revolucionaria[3]identifica una idea rectora de su pensamiento que es de gran utilidad para el tema que nos ocupa: “Para Rosa Luxemburgo, así como para los movimientos sociales de nuestra época, es la participación de los de abajo de la que proviene la esperanza de cambiar el mundo…No debemos esperar nada de hombres providenciales. Cualquier cambio radical, en el sentido de un proyecto emancipador, solo puede resultar de la presión social de abajo a arriba”.[4]

Por ello, el EZLN en su Sexta Declaración, más vigente que nunca, estableció con claridad su política de alianzas con organizaciones y movimientos no electorales que se definan, “en teoría y práctica, como de izquierda”, de acuerdo a condiciones que evidentemente no reúnen los partidos de esa izquierda institucionalizada:

“No hacer acuerdos arriba para imponer abajo, sino hacer acuerdos para ir juntos a escuchar y a organizar la indignación; no levantar movimientos que sean después negociados a espaldas de quienes los hacen, sino tomar en cuenta siempre la opinión de quienes participan; no buscar regalitos, posiciones, ventajas, puestos públicos, del Poder o de quien aspira a él, sino ir más lejos de los calendarios electorales; no tratar de resolver desde arriba los problemas de nuestra Nación, sino construir desde abajo y por abajo una alternativa a la destrucción neoliberal, una alternativa de izquierda para México.”

Esta alternativa debe tomar en cuenta para los próximos años y para la elaboración de un programa de lucha con las características que el zapatismo ha buscado durante estos años, sin lograrlo, el análisis de la cuestión nacional, en la actual fase del desarrollo capitalista, la cual se configura a partir de tres grandes ámbitos de relaciones políticas, sociales, económicas, ideológicas y culturales estrechamente relacionadas. El primero es la forma en que las clases y sus distintos sectores conforman un sistema de hegemonía nacional, ya sea como grupo dominante o subalterno en permanente conflicto. En ese marco, es importante analizar cómo se lleva a cabo la explotación de la gran mayoría de trabajadores y la obtención de la plusvalía por un grupo dominante, que en México no pasa de uno por ciento de la población. Aquí es importante analizar, por ejemplo, los cambios que tendrán lugar con la reforma laboral en el carácter de la dominación de la fuerza de trabajo.

También, dado que la guerra social seguirá con Peña Nieto, es necesario estudiar el papel del Estado en el ejercicio de la violencia sistémica por la vía directa de sus fuerzas armadas, o de la disciplinada adopción de estrategias imperiales que militarizan el país y utilizan sujetos desclasados, como criminales y paramilitares, todo lo cual ha ocasionado una guerra con cerca de 80 mil muertos, miles de desaparecidos y desplazados.

Así, no se trata de adoptar una u otra política de seguridad, combatir la pobreza, o lograr una educación de calidad, y tantas otros ofertas expuestas en el pasado proceso electoral, sin tomar en cuenta las realidades de la explotación capitalista en la transnacionalización neoliberal por la que actualmente atravesamos, en la que la polarización entre pobres y ricos, hecho inherente al sistema, alcanza niveles exponenciales, y en la que la violencia estatal-delincuencial se intensifica y masifica en países como el nuestro, donde sus grupos dominantes integran gobiernos delincuenciales que declaran una guerra interna y desmantelan el estado de derecho, colocando a la sociedad en una deriva de incertidumbre y violencia constantes. Por ello, el concepto de Estados criminales es de destacarse. El jurista italiano Liugi Ferrajoli vincula el fracaso de las democracias en todo el mundo con el triunfo de la ilegalidad, la quiebra del estado de derecho y la violación sistemática de las Constituciones nacionales, a partir de un concepto que él denomina criminalidad del poder.

El segundo ámbito de relaciones es la articulación de la nación con los sistemas mundiales de control económico, político y militar del bloque imperialista encabezado por Estados Unidos; el grado de dominio que las grandes corporaciones capitalistas ejercen sobre nuestra patria y sus recursos estratégicos y naturales; el control sobre su mano de obra, tanto aquí como del otro lado de la frontera norte. Aquí corresponde analizar los resultados desastrosos en México del Tratado de Libre Comercio (TLC), en todas las esferas de la economía, en la crisis del campo, en el fin de la autosuficiencia alimentaria, en el desmantelamiento de las pequeñas y medianas industrias, así como en la creciente pérdida de soberanía en otros rubros estratégicos, como los acuerdos militares y de seguridad, como ASPAN y la Iniciativa Mérida, que ni siquiera pasaron por el Congreso para su revisión y aprobación; o en la injerencia cada vez mayor de organismos de inteligencia estadunidenses en las fuerzas armadas y aparatos de seguridad mexicanos, con la espléndida justificación de la guerra contra el narco-terrorismo.Así, demandar tratos equitativos y relaciones de mutuo respeto, como lo hizo el candidato de la izquierda institucional, o aprovechar los 3 mil kilómetros de frontera común, sin tomar en cuenta la dependencia estructural subordinada de México a Estados Unidos, resulta, por lo menos, una quimera.

El tercer ámbito remite a la composición étnica y a las relaciones de género al interior de la nación, manifiesto en la presencia histórica y permanente de diversos pueblos indígenas, en la subsistencia del racismo, el sexismo y la discriminación de variados alcances, también intrínsecos al capitalismo; en la sobrevivencia de estructuras preferentes de explotación y dominación al interior de las clases, que González Casanova ha denominado colonialismo interno, que hace posible que los más excluidos y oprimidos sigan siendo, en pleno siglo XXI, los pueblos originarios, quienes, no obstante, resisten creativamente las políticas del capitalismo con base en autonomías de facto, en las que se ejercen formas renovadas de democracia directa que la clase política desprecia olímpicamente, observando a la alteridad sólo desde la óptica del paternalismo y los sujetos víctimas.

Estos diagnósticos de los grandes problemas nacionales que enfrentan millones de mexicanos, como la guerra y sus secuelas, la pobreza e incluso la miseria de más de la mitad de la población, en tanto que productos de la sobrexplotación capitalista, así como la violencia sin límites que pretende causar terror, la impunidad de los perpetradores de toda clase de crímenes, incluyendo de lesa humanidad, la injerencia y el dominio imperialistas, etcétera, que son negados, diluidos, fragmentados, manipulados, aislados desde la distorsión cognitiva de la izquierda institucionalizada, deben ser la base de conocimiento mínimo de cualquier programa de lucha por la transformación revolucionaria de nuestra patria y el establecimiento de un socialismo democrático y libertario.

Con estas coordenadas sobre la cuestión nacional, la izquierda anticapitalista debe encontrar los caminos para su unidad en las diferencias. No obstante, la unidad se construye en el debate de ideas. Los millones de personas que apoyaron a AMLO y a la izquierda institucionalizada deberán darse cuenta que la construcción de un nuevo partido, en este caso el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), siguiendo los mismos pasos que siguió el Partido de la Revolución Democrática, esto es, integrar estructuras de dirección desde arriba y con el propósito de nuevamente participar en elecciones, sin mediar un cambio substancial en la correlación de fuerzas, reglas del juego y una profunda autocritica sobre su desempeño en los últimos años, llevará a nuevos fracasos y decepciones. Algunos analistas han referido sobre la ambigüedad en los términos del retiro de este movimiento de la alianza progresista que apoyo a su candidato en las elecciones de 2012, nueve largos días después que el Tribunal Electoral otorgara la constancia de presidente electo a Peña Nieto, el silencio de AMLO sobre el apresurado reconocimiento al nuevo gobierno de los gobernadores electos, legisladores y dirigencia partidaria, algunos de ellos en Morena, el reforzamiento del sistema de partidos de Estado, esto es, la partidocracia, que implica la creación de uno más.

Por su parte, el movimiento social deberá pasar de la mera denuncia de las condiciones por cierto de suma gravedad por las que atraviesa el país, a una etapa de construcción de alternativas organizativas que otorguen direccionalidad, centralidad y proyección nacional a estos esfuerzos, respetando la especificidad y autonomía de cada movimiento y organización. Esto significa, incidir en la vida política nacional por sobre la dictadura mediática que tratara de invisibilizar, estigmatizar o criminalizar cualquier movimiento opositor. La convocatoria de un Congreso Nacional Constituyente, Frente Patriótico, Junta Patriótica, o alguna otra forma organizativa que agrupe las manifestaciones aisladas de numerosas organizaciones y que proponga una unidad de acción bajo consignas en las que todos y todas puedan sentirse representados, por ejemplo, una variante de la demanda histórica que se exprese en la consigna:“paz, pan, trabajo y patria”.

La incorporación de los jóvenes agrupados en el movimiento #YoSoy132 en iniciativas estratégicas como ésta, con la inventiva y persistencia que han imprimido a sus acciones contra la imposición y en contra de la reforma laboral, será fundamental para la creación de un polo opositor anticapitalista que realmente transforme nuestra realidad nacional. Aquí es importante reconocer la incapacidad de la izquierda social para encontrar formas que trasciendan los estrechos márgenes de un activismo defensivo y reactivo, sin perspectivas estratégicas, a la saga de las luchas espontaneas y sin la suficiente fuerza para contener agresiones directas como la reforma laboral.

El movimiento indígena, además de los enormes esfuerzos que dedica a fortalecer sus procesos autonómicos y a defenderse de la contrainsurgencia, el crimen organizado, la invasión de las corporaciones mineras, turísticas y de otra naturaleza, deberá reorganizar el Congreso Nacional Indígena y otras formas organizativas que permitan su participación activa en un programa nacional de lucha de los explotados mexicanos. La articulación con luchas nacionales debe lograrse, si no se corre el riesgo de ser aniquilado por las fuerzas represivas del Estado, la invasión de las corporaciones, que incluyen el narcotráfico, o el desgaste del propio movimiento que lleve a contradicciones internas insuperables.

Asimismo, el movimiento nacional anticapitalista deberá dar importancia fundamental al estudio, la preparación, lo que los antropólogos hemos llamado “fortalecimiento del sujeto autonómico”, a partir de talleres, conversatorios, intercambio de saberes, círculos de estudio, que desgraciadamente fueron abandonados por muchos sectores de los movimientos populares que, en su activismo, han renunciado a la necesaria reflexión permanente, al análisis sistemático, a la elaboración teórica de sus experiencias. Aquí tienen un papel que jugar ese sector de la academia y el ámbito de la intelectualidad, que no han sido cooptados por la zanahoria de la excelencia y el premio al productivismo, que promueven el individualismo, la competencia y el abandono del compromiso ético y social.

La izquierda actual, después de las experiencias traumáticas de la burocratización del socialismo real, se define en función de que tanto es capaz de mantener una posición de congruencia ética y coadyuvar a construir poder popular en formas de democracia participativa que impida precisamente la utilización de aparatos políticos para el encumbramiento y ascenso social de unos pocos. En cada paso que se dé, es necesario asegurar la amplia participación de las masas en los procesos políticos y en la toma de decisiones sobre su direccionalidad. En la medida en que la izquierda lucha por estos elementos fundamentales, es realmente una izquierda. Si lo que va a desarrollar son programas sociales y representaciones permanentes en nombre de las masas populares, entonces, es otra cosa: eso es reformismo en el más estricto sentido del término.

De ahí la importancia de la consigna zapatista de “para todos todo, para nosotros nada”,que no implica en circunstancia alguna una especie renovada de martirologio, sino que establece un distanciamiento de las formas de hacer política propias de las concepciones vanguardistas. De aquí la importancia de la crítica temprana de Rosa Luxemburgo al modelo soviético que se construía y el planteamiento de Raya Dunayevskaya sobre la suplantación de la clase por el partido y todas sus críticas al vanguardismo para la posibilidad de una verdadera revolución socialista, horizontal, participativa y en la que todos y todas tenemos un papel que jugar.

Catedra Carlos Marx. Mesa de debate 1. Democracia, elecciones y socialismo en América.Encuentro 2012, Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Cuernavaca, Morelos, 19 de octubre de 2102.
Gilberto López y Rivas es Doctor en Antropología. Profesor-Investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia, delegación Morelos.
[3] Isabel Maria Loureiro. Rosa Luxemburg: os dilemas da ação revolucionaria. Brasil: Unesp, Fundação Perseu Abramo, Rls, 2003.
[4] Isabel Maria Loureiro. Ob. cit., p. 37

13 de octubre de 2012

Arte, cultura y ¿lucha de clases?


A Iván Zepeda y l@s compas de la UNICACH,
en esta hora.

Diseño de Liubov Popova para la escenografía
de El cornudo magnánimo, de Crommelynck;
dirección de Meyerhold.
No habían terminado aún los tiempos electorales cuando visité la ciudad de Cuernavaca, Graco Ramírez se perfilaba como el virtual ganador de la contienda sufraguista y yo no podía entonces dejar de pensar en la tarde de aquél octubre de 1998 (¿o era el de 1999?) en que nos invitó a José Montes y a mí a ser sus colaboradores; sólo uno de los dos aceptó.

Casi 14 años después, estaba yo allí, frente a la puerta de entrada al Jardín Borda, mirando al todavía candidato de las así llamadas izquierdas en medio de una improvisada entrevista banquetera; mientras, en la Sala Manuel M. Ponce, todo estaba listo para que presentara el programa de política cultural que su administración llevaría a cabo si el electorado le obsequiaba la confianza de su voto.

La curiosidad me hizo quedarme a escuchar las exposiciones que enmarcaban la presentación. No entré a la Sala, me quedé sentado en una banca de madera al lado de unas mesas coquetonamente adornadas con banderitas de propaganda del candidato. Adentro de la Sala, un video daba cuenta grosso modo de las bondades del programa cultural del ahora gobernador.

Llamaron mi atención dos o tres cosas: la descentralización de las acciones de gobierno mediante una suerte de relación cuasi orgánica con promotores culturales de los 33 municipios del estado, lo cual saludé, y una serie de programas de “Alta Cultura” (la Kultura con “K” de la que habla Bonfil Batalla) con cierto toque aristocrático, lo cual entendí; la tercera cosa es que el teatro había quedado relegado del programa, pero eso será tema de otras improbables colaboraciones.

Lo que quiero destacar es que no había nada en aquél programa que apuntara mínimamente, en cuanto a arte y cultura toca, a transformar la relación de explotación resultante de la propiedad privada de los medios de producción y de cambio; propiedad que en México está detentada por un Estado capitalista donde la clase gobernante termina por determinar qué es y qué no es cultura.

Considero importante el que por fin ocupe la gubernatura del estado un político que parezca entender la trascendencia de involucrar en las tareas de la política cultural a los hombres y las mujeres que han llevado a cuestas la labor de defender, conservar, rescatar y promover la compleja producción artística y cultural de los pueblos de Morelos; pero, al quedar intocada la superestructura de orden capitalista en que se desarrollaría la propuesta de articular a las y los promotores culturales de los municipios con una iniciativa privada de carácter supuestamente filantrópico, se terminará por facilitar la mercantilización de la producción artística y cultural de los pueblos.

El arte y la cultura, lo saben tanto la clase política y la iniciativa privada cuanto las y los promotores y creadores, constituyen los espacios de resistencia de los pueblos y sus individuos ante el embate del capital; en la cultura y el arte, se ha dicho hasta al cansancio, están los ingredientes que dan cohesión a los más diversos y complejos sistemas de simbolización-representación del tejido social y comunitario. Por eso mismo es que buena parte de las prácticas de explotación, despojo, desprecio y represión que el capital está emprendiendo en el siglo 21 suceden en el ámbito de la producción cultural y artística.

En su nota «Izquierda y capital financiero» (Milenio-Novedades de Yucatán, 9/10/2012), José Ramón Enríquez llama la atención sobre que las izquierdas contemporáneas no han hecho frente a la expoliación del capital financiero lo que los socialismos del siglo 19 sí hicieron ante la explotación del capital industrial: analizar el modus operandi de la clase dominante para actuar de manera fructífera en su contra, entendiendo que teoría y praxis son unidad indivisible en la construcción de partido.

Su crítica se centra en el electorerismo de éstas izquierdas que «se han lanzado a una lucha […] en la cual traicionan cada vez más los intereses de las mayorías [porque] en realidad no pueden siquiera distinguir esos interés mayoritarios en un mundo de capitales volátiles [aceptando] más y más ser simples administradores de intereses minoritarios que tampoco entienden del todo», y sostiene que «es momento de discutir una teoría» que ubique estos problemas como centrales «para llevar[la] a la práctica».

En materia de capitalismo cultural ésa volatilidad es aún mayor, porque las y los creadores tenemos como materia prima los deseos, la imaginación, las ideas, el placer, y es allí donde el capital está sentando sus reales; sin embargo, quienes a causa de los procesos de proletarización neoliberal cada vez somos más trabajadoras y trabajadores del arte y la cultura que meros proveedores de servicio en la industria del entretenimiento, apenas y nos percatamos de dicha condición de clase y difícilmente articulamos espacios de organización en la defensa de nuestros derechos.

Estamos varados en el purgatorio de una pequeña burguesía donde nos sentimos más que a gusto; lo único que puede medio sacudir el confort snoben el que sobrevivimos es el retraso de un pago que de por sí ya iba a llegar mucho después de que lo necesitáramos o la cancelación de eventos de relumbrón y engordamiento de cifras que además de mantenernos calladitos y besando la mano del mandatario en turno sirven para cubrir el desvío de recursos, la malversación de fondos, el enriquecimiento ilícito y la inoperancia política. ¿Cohesión del tejido social?, ¿solidaridad con las luchas de otros sectores de la clase trabajadora? «Esas son mamadas; a mí que me pongan dónde hay», decimos.

Para muestra, dos botones: nuestro casi generalizado mutismo ante la lacerante contrarreforma en materia laboral, porque hemos asumido con carta de naturalidad el que desde hace mucho se nos contrate bajo las aberrantes condiciones que serán legales con la aprobación de esta ley neoporfirista, y nuestra casi nula resistencia ante modelos de control hegemónico como la educación por competencias, cuyo individualismo propiciará prácticas de discriminación, exclusión, traición y descalificación donde debería cultivarse la fraternidad, la solidaridad, la lealtad y la dignidad.

Yo no espero de la administración graquista, ni de ninguna otra, la transformación del modo de producción capitalista; sería como esperarlo de la clase política dominante, la iniciativa privada, la banca financiera: de hacerlo se estarían dando un tiro en la cabeza. Esa transformación debe venir de la clase trabajadora, ésa que los abanderados de los discursos de la posmodernidad dictan que ya no existe. Emprender, pues, la construcción de procesos de apropiación de los medios de producción y de cambio es sólo tarea nuestra; pero, como afirma José Ramón Enríquez, es necesario entender que estamos obligados a llevar a cabo una acción y una teoría políticas que ubiquen al capital financiero y su volatilidad en su justo lugar.

De otro modo, lo mejor que podremos hacer, al menos quienes nos dedicamos al teatro (¿ya les conté que éste oficio quedó relegado en la exposición del programa cultural graquista?), será apostar por la construcción de un mundo ficticio en el cual, como explica Bolívar Echeverría cuando habla del ethos barroco, el valor de uso, es decir, el disfrute producto de nuestro trabajo, tenga la vigencia que la valorización del valor abstracto (léase la acumulación del capital: la plusvalía) le cancela; pero no será nada más que eso: un mundo ficticio.

27 de septiembre de 2012

PALINURO :: Una propuesta práctica para la izquierda.


Por Ramón Cotarelo.

Los últimos acontecimientos en Madrid y otros lugares de España son muestra de un deterioro alarmante de la democracia. La desmesurada violencia policial en la represión de un 25S pacífico; el hecho de que los agentes fueran sin identificar, en contra de la ley y que sus mandos se jacten de ello; la brutalidad indiscriminada desatada por las provocaciones de los propios agentes disfrazados de manifestantes, contra toda norma moral; las identificaciones aleatorias e intimidatorias; las detenciones discrecionales; el hostigamiento y amedrentamiento sistemático de la población, todo ello prueba una neta involución política hacia formas políticas autoritarias, casi dictatoriales.

Y la consecuencia más evidente es la generalizada conciencia de indefensión de la ciudadanía frente a las arbitrariedades del poder, lo cual produce un estado de creciente irritación popular ante la que la autoridad solo responde intensificando la violencia.

El gobierno salido de las elecciones arrastra un déficit de legitimidad sobrevenida al haber incumplido clamorosamente todo el programa en virtud del cual se lo eligió. Por este motivo tiene tanta autoridad para gobernar como el mancebo de la botica. Sabedor de esta carencia de legitimidad, el poder no se molesta en guardar las apariencias, prescinde de todos los frenos y contrapesos propios del Estado de derecho y actúa a golpe de decreto, sin someterse a control alguno. El Parlamento, vaciado de contenido por la mayoría absolutísima del PP, no pinta literalmente nada. Las demás instituciones de fiscalización, como la Defensora del Pueblo, por ejemplo, están al servicio incondicional del gobierno. Solo los tribunales mantienen un remedo de independencia, pero es de efectos tardíos, inseguros y quizá poco eficaces. Cuando el ministro Wert mantiene la subvención a los centros educativos segregados por sexo en contra de una sentencia del Tribunal Supremo hay poca duda sobre lo que aquí se dice.

El círculo se cierra con el control del gobierno sobre los medios de comunicación, total en el caso de los públicos -que actúan como unidades de agitprop del PP- y casi total en el de los privados. Un control que, con los esfuerzos de una batería de plumillas e ideólogos, fabrica una realidad diaria tipo Potemkin, esto es, simulada, ficticia. Una realidad en la que el pueblo que protesta contra el golpe de Estado de la banca es presentado por la autoridad como golpista, en que los escasos diputados que denuncian la violencia institucional son acusados de violentos y en la que son los manifestantes pacíficos como los de las fotos los que atacan a la policía.

Y no hay mecanismos de defensa. 

Gracias a las redes sociales todo el mundo puede ver lo que ha pasado, lo que está pasando, cómo la policía va sin identificar, se extralimita de continuo, carga brutalmente y maltrata a la ciudadanía que está ejerciendo un derecho. Luego, la delegada del gobierno ocupa los medios y miente con todo descaro, reduce los manifestantes a la décima parte, los insulta tratándolos de golpistas, asegura que atacan a la policía y que esta actúa correctamente. El gobierno ampara y sostiene estas patrañas y los medios de comunicación al servicio de la autoridad, esto es, casi todos, propalan los embustes, los infundios, las calumnias y son cómplices del poder en la tarea de criminalizar la oposición extraparlamenteria y parte de la parlamentaria, en concreto el puñado de diputados que ha tenido el coraje y la honradez de sumarse a los manifestantes.

La iglesia, como siempre que la derecha actúa en defensa de sus intereses, calla, y la gente tiene que informarse en las redes sociales y los medios extranjeros, hoy al alcance de la mano gracias a internet. Pero lo hace y eso se traduce luego en una acción política práctica extraparlamentaria que, aunque la delegada Cifuentes y quienes están tan ciegos como ella la vean como un problema de orden público, tiene un alcance inmenso, cada vez más de manifiesto. El sábado vuelve el pueblo soberano a rodear el parlamento para protestar por una forma de hacer política que reputa antidemocrática, injusta e inmoral. Lo hace de modo espontáneo, sin organización jerarquizada porque los partidos no pueden ya canalizar las aspiraciones de los ciudadanos, unos porque, siendo los partidos dinásticos, están comprometidos con la situación que se impugna y los otros porque tienen perfiles ideológicos restrictivos, casi sectarios, que no invitan a seguirlos. El poder reacciona con desmesurada violencia frente a este movimiento pacífico de desobediencia civil y, en su necia locura no se da cuenta de que está alimentándolo. Las instituciones que habían de servir de contrapeso son cómplices del atropello y, aunque ya sea claro que el movimiento es imparable, lo es por el sacrificio de la gente, dispuesta a padecer la violencia del poder, indefensa.

Pero no debiera ser así. Debiéramos encontrar mecanismos de defensa de la protesta tanto colectiva como individualizadamente, que pudieran enfrentarse al poder desde una posición de altura moral y con la legalidad en la mano, para  pararlo, reducirlo y proteger el movimiento.

Por ello propongo celebrar una conferencia de organizaciones de la izquierda, de toda la izquierda, incluido el PSOE, para consensuar la constitución de un Tribunal Cívico, compuesto por media docena de personas de indudable integridad moral y altura intelectual que conozca los casos de conculcación de los derechos de los ciudadanos a manos de las autoridades. La cuestión sería ponerse de acuerdo en los nombres, cosa que no debiera ser difícil por consenso y serviría como un primer paso claro y práctico en pro de la unidad de la izquierda. Pienso en nombres como los de José Luis Sampedro o Federico Mayor Zaragoza, gente que dé la talla y goce de merecido reconocimiento.

La función del Tribunal Cívico será dictaminar sobre los casos que investigue, los abusos, las arbitrariedades, poniéndolos en conocimiento de los medios y también de los tribunales de justicia nacionales e internacionales. El Tribunal Cívico debe disponer  de un cuerpo o gabinete de letrados que recurra permanente y sistemáticamente a los órganos judiciales en defensa de los derechos de los ciudadanos para oponerse individual y colectivamente a las decisiones de un poder que no quiere límites. 

Dado que la Defensora del Pueblo defiende al gobierno que ataca al pueblo, que el Parlamento se limita a convalidar las políticas antipopulares del gobierno y que los tribunales de justicia no son operativos en el control de las desmesuras gubernativas, poner en pie un organismo de este tipo es un gran paso en la actividad de proteger un movimiento popular, espontáneo, de crítica y regeneración del sistema político y en defensa de un orden más humano y justo aquí y ahora, no en un hipotético futuro.

(Las imágen son dos fotos encontradas en Twitter que recogen momentos de la represión policial del 25S. No he visto que tuvieran derechos reservados y he asumido que están en creative commons. De no ser así, un simple aviso como comentario en esta misma entrada bastará para retirarlas).

25 de septiembre de 2012

PALINURO :: La batalla está en la izquierda.

La imagen es una foto de machacon,
bajo licencia Creative Commons
.
Por Ramón Cotarelo.

Corren malos tiempos para la izquierda en el mundo entero. Prácticamente no quedan referentes territoriales. La China ha conseguido salirse de todos los esquemas interpretativos de forma que casi nadie en la izquierda se identifica con ella como hacían antaño los partidos comunistas con la Unión Soviética. De ella puede decirse, como de la Rusia soviética hacía Churchill, que es "un secreto dentro de un misterio dentro de un enigma". Lo que se diga de la China vale para el Vietnam. Corea del Norte es casi tan innacesible y remota como Shangri-la. Solo queda la isla de Cuba, en una actitud numantina que ha encontrado alivio en la alianza con Venezuela y ha suscitado también cierto resurgimiento de la izquierda latinoamericana en el Ecuador, Nicaragua y Bolivia.

No obstante todo ello es muy poco para compensar por la pérdida de posiciones de la izquierda y la hegemonía ideológica de la derecha neoliberal que, en los últimos 30 años se ha enseñoreado del mundo. La misma crisis estructural del sistema sin duda ha reanimado la izquierda pero en mucha menor medida de lo que ella misma había previsto. De ahí que se eche a la calle en busca de los apoyos sociales que no le vienen espontáneamente.

El Partido Comunista de España está celebrando su fiesta anual en un ambiente de prudente euforia por la radicalización social que la crisis está produciendo y el discurso de unidad de la izquierda. En cuanto a radicalización, se oye a algún dirigente del PCE recordar la "gloriosa" historia del partido. Ninguna historia es "gloriosa" y la del PCE no es excepción. Esa reivindicación de la propia historia deja fuera el estalinismo que ocupa una buena porción del relato, durante y después de Stalin ella y si alguien lo encuentra "glorioso", pues, en fin.... No merece la pena seguir.

En cuanto a la unidad, solo parece lograrse mediante una reducción al absurdo. En los últimos días se han constituido dos nuevas fuerzas políticas de izquierda archiminoritarias, el Foro Cívico, de Anguita e Izquierda Abierta, de Llamazares. La declaración constitutiva de ambas señala que su función es conseguir la unidad de la izquierda. Cuanto más fraccionaria es la formación, más dice luchar por la unidad y más se evidencia su carácter de formación política estrictamente personalista. Porque el personalismo es uno de los vicios de la izquierda, quizá el peor que, en momentos de delirio, se configura como culto a la personalidad. Y ha de ser mucho delirio porque hay personalidades y personalidades.

En lo único en que esta izquierda fragmentada suele ponerse de acuerdo es en negar la condición de izquierda al socialismo democrático, la socialdemocracia, el PSOE. La acusación es que se ha convertido en un partido del propio sistema capitalista que en nada se distingue de la derecha neoliberal. Por supuesto, el punto de vista del PSOE es distinto pues se considera a sí mismo como izquierda democrática y relega a la otra izquierda al ámbito revolucionario y, en todo caso, no democrático. En lo referente al PCE es relativamente sencillo pues basta con señalar su pasado estalinista y sostener que queda bastante de él.

El bloqueo de la situación tiene difícil salida dado que el socialismo democrático es el que reúne la mayor cantidad del voto de izquierda en los países occidentales y en algunos casos el único que lo reúne pues la otra izquierda es parlamentariamente inexistente. La aceptación de las pautas democráticas implica la necesidad de obtener el respaldo mayoritario para la acción política. Y es saber acumulado que las mayorías tienden a ser moderadas y huir del radicalismo. Sustituir a la socialdemocracia, captar el voto que va a ella sin moderar el radicalismo de las posiciones propias es la particular cuadratura del círculo de la izquierda radical que ya empieza a tener problemas al definir qué entienda por "radical". Por ejemplo, Izquierda Abierta sostiene en su manifiesto fundacional ser partidaria del control democrático de la economía. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que esta fórmula vagarosa es lo que queda de lo que otrora fue la planificación centralizada de la economías.

La izquiera radical vive ahora un momento de dos ilusiones en una confusa relación causal: se ve a punto de aumentar sensiblemente su representación parlamentaria por la radicalización del voto que la crisis ha provocado y también se considera en el buen camino hacia la unidad de la diversidad sin que se sepa si es la unidad la que atraerá la mayoría o la mayoría la que impondrá la unidad. Es la doble ilusión que se simboliza bajo el nombre de syriza. Una izquierda mayoritaria no socialdemócrata y no comunista. Suena bastante inverosímil, pero es una idea. Y, mientras tanto, el capitalismo lo gobierna una derecha sin problemas de identidad.

8 de agosto de 2012

Desinformémonos #52






Reportajes México
FRANCISCO PINEDA

MARCELA SALAS CASSANI

JAIME QUINTANA GUERRERO

GABRIEL HERNÁNDEZ GARCÍA, CENTRO DE INVESTIGACIÓN Y CAPACITACIÓN RURAL (CEDICAR)

MARCELA SALAS CASSANI


Reportajes Internacional
EAMONN MCCANN
TRADUCCIÓN: ADAZAHIRA CHÁVEZ

ENTREVISTA DE ADAZAHIRA CHÁVEZ

SANTIAGO BASTOS / CENTRO DE MEDIOS INDEPENDIENTES DE GUATEMALA

SUSANA NORMAN


Los Nadies
TESTIMONIO RECOGIDO POR MARCELA SALAS CASSANI EN LA CIUDAD DE MÉXICO


Imagina en Resistencia
GLORIA MUÑOZ RAMÍREZ Y ALEJANDRO GONZÁLEZ LEDESMA
FOTO: TEATROVALLEOCCUPATO.IT

ELIANA COSTA Y SANTOS GOÑI, PRENSA Y DIFUSIÓN DE LA FLIA CAPITAL


Fotoreportaje
FOTO: ALEJANDRO RAMÍREZ ANDERSON
TEXTO: MÓNICA RIVERO
MÚSICA: “CLANDESTINOS”, DE ROBERTO FONSECA
PRODUCCIÓN: DESINFORMÉMONOS


Video
PRODUCCIÓN: FRENTE EN DEFENSA DE TEPOZTLÁN
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"...desinformémonos hermanos
hasta que el cuerpo aguante
y cuando ya no aguante
entonces decidámonos
carajo decidámonos
y revolucionémonos."
Mario Benedetti
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