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11 de septiembre de 2020

UN CHILE IGUALITARIO... LIBRE. Entrevista con Marco Sánchez Maturana, del Frente Patriótico Manuel Rodríguez.

a Valentina Palma, Marco Aguirre y su hija Esperanza... a Santiago Maldonado... al pueblo mapuche.

Por: Sebastián Liera.
Cabello largo y afectado por unas cuantas rastas, Marco llega puntual a nuestra cita en una de las esquinas de la plaza en el centro de Coyoacán. Nadie podría imaginar con sólo verlo, que sobre este joven de entonces apenas unos 29 años de edad pesaran cargos que de estar detenido lo tendrían toda su vida tras las rejas en el penal de alta seguridad de Santiago de Chile acusado de lesiones graves contra civiles y carabineros.
1999, el año en que me concediera esta entrevista, contaba entonces algunas historias de dignidad que corrían paralelas de la mano de los pobladores de Amador Hernández, Chiapas, resistiendo el acoso militar, y del movimiento estudiantil universitario en la máxima casa de estudios del país que, amén de sus contradicciones, resistía a la intentona de privatizar la educación superior.
Han transcurrido 21 años desde aquella charla bajo el sol de la capital mexicana; sin embargo, las palabras de Marco todavía resuenan vigentes trazando frente a la grabadorcita la claridad de su posición política. Sirva, pues, este revisitar de aquellas palabras hoy, 11 de septiembre de 2020, a 47 años del golpe militar que derrocara por la fuerza al gobierno socialista del compañero Salvador Allende y del inicio de una larga noche que no solo aplazara el sueño de un mundo nuevo y mejor para nuestrxs hermanxs chilenxs, sino para toda Latinoamérica.
Hace casi 15 años, el 10 de diciembre de 2006, publicamos aquí mismo esta entrevista; entonces, la naturaleza había tenido un curioso acuerdo con la celebración del día internacional de los derechos humanos llevándose al dictador Augusto Pinochet, orquestador del golpe militar que intentara acallar, sin conseguirlo, “el pensamiento y la acción de un estadista con visión de mundo y de futuro, de un hombre que vivió, amó y vio la vida en forma intensa y profunda y que por eso pudo dar forma a un proyecto para hacerla mejor, más digna, más justa para el ser humano, que fue el centro de su preocupación”(1): el compañero Salvador Allende.
La muerte de Pinochet nos daba alegría y tristeza al mismo tiempo. Alegría, porque al fin el cómplice de encarcelar a la dignidad y perseguir a la esperanza chilenas dejaría de contaminar con su sola presencia las grandes alamedas; pero, tristeza, más aún, vergüenza, porque la democracia (ése sistema que tanto alaban quienes llenan su boca de palabras como orden y legalidad) no fue capaz de enjuiciar y condenar al tirano. Me gustaría pensar que no sucederá igual con Echeverría, pero éste régimen no me da muchos motivos para abrigar la esperanzas de ver al genocida tras las rejas antes que muerto; muchos menos ahora que el actual residente en Palacio Nacional para rendirle homenajes (¿involuntarios?) con su modus operandi de gobernar.



Chileno de nacimiento, Marco Sánchez Maturana tenía escasos tres años cuando por Radio Magallanes Allende se despedía del pueblo que lo había llevado a la presidencia a través de las urnas en 1970: “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”. Ahora (1999), Marco vive en la Ciudad de México donde estudia Antropología Social en espera de que se regularice su estancia legal, ya que desde 1997, debido a una orden de detención girada en Chile y al posterior trámite de su extradición, Naciones Unidas, a través del ACNUR, le otorgó la condición de refugiado político.
Las circunstancias que me motivaron a dejar mi país son diversas —dice mientras sostiene entre las manos un libro blanco cuyo forro delata que ha sido varias veces leído y vuelto leer—. Una de estas circunstancias es que la universidad pública en Chile es una de las más caras del mundo: la carrera más barata cuesta unos 200 dólares mensuales. Por una segunda parte, la militancia que yo había tenido dentro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez me lleva a condescender en una problemática con la justicia civil y militar, y una de las alternativas que tenía era abandonar el país.
Esto se agrava una vez que aquí, a México, llega Patricio Ortiz, uno de los fugados de la cárcel de alta seguridad. Con Patricio Ortiz hay una relación muy vasta, muy amena, muy de cerca. Yo conocí a su hermano, Pedro Ortiz, asesinado en el año 92 en una fuga también. Una vez de que ocurre esto de que los cuatro compañeros fugados se encuentran acá y que son delatados por gente de la misma organización, ellos, en un acto de buena fe y más que nada de obtener un resguardo, recurren a mí como militante que, bueno, hasta ese momento estaba descolgado yo aquí, y ellos asumen una instancia de cuidado, de protección, para que los haga salir del país.
Todas estas situaciones son conocidas por el gobierno chileno así que se me acusa de ocultamiento y formación de grupos de combate y, México, la Secretaría de Gobernación a través del Instituto Nacional de Migración, llega a plantearse mi deportación porque Chile pide mi extradición. Gobernación me tiene recluido durante seis meses en la cárcel migratoria de Iztapalapa, donde la ONU, a través de ACNUR [el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados], le manifiesta al gobierno mexicano que mi vida peligra ya que pesaría sobre mí una condena de presidio perpetuo a cumplirse en la cárcel de alta seguridad de Santiago.
Marco hace una pequeña pausa como buscando las palabras. Mira el libro que trae entre las manos y del que guiado por mi propia curiosidad alcanzo a leer el título: Salvador Allende en el umbral del Siglo XXI. Voltea y me descubre mirando en la portada la fotografía de un mural donde al rostro de Allende lo limita la silueta de la geografía de Chile; alarga entonces una ligera sonrisa que yo aprovecho para preguntar acerca de la vida política de su país actualmente y si cree que la democracia ha llegado por fin a Chile o habita nada más en los discursos de la clase política.
En Chile se vive una seudo-democracia donde la mayoría de los presos son jóvenes. Hombres y mujeres que lucharon y siguen luchando, ahora desde la prisión, para reivindicar la democracia chilena golpeada en el año 73. Desde el punto de vista social se vive un fraude, conocido por lo que es la Constitución de 1980. Augusto Pinochet Ugarte y su asesor, su mentor político, Jaime Guzmán idean esta constitución para guiar al país dentro de lo que se llamaría la “doctrina de seguridad nacional”, a través del sometimiento por conducto del ejército y de los militares como gobernantes y como integrantes del área judicial.
Chile no puede tener una democracia, porque se rige por una constitución que fue hecha y aprobada a molde de lo que es el neoliberalismo chileno, de lo que es el militarismo. Esto no da paso a que una sociedad se pueda desenvolver democráticamente.
Digo esto porque, por ejemplo, uno de los artículos, el cual no me permite volver a mi tierra, el artículo 8º, que trata sobre el control de ley de armas y explosivos, y su ley reglamentaria, la Ley 17.798, la ley antiterrorista y contra grupos de combate en su modalidad de grupos subversivos con armamento de uso exclusivo del ejército, es un artículo muy fuerte dentro de la Constitución y esto tiene a gran parte de la juventud chilena en el exilio; digo gran parte porque somos varios, alrededor de cien los jóvenes que no podemos volver a nuestro territorio.
Este artículo y esta ley son legalmente aprobados en un plebiscito fraudulento que se hizo en el año 80 y son los que no permiten a la sociedad civil actuar en democracia plena, porque pasan a ser las limitantes producto de una forma agresiva aprobada de manera unánime por el régimen de Pinochet.
Esta constitución sigue vigente en Chile y es la misma que en uno de sus artículos hace a Pinochet senador vitalicio, concediéndole tener senadores designados, lo que lo convierte en senador vitalicio postmortem y, por si fuera poco, él va a ser el único senador vitalicio ya que para ello se requiere de haber gobernado más de seis años y en Chile los plazos de gobierno son de cuatro años.
No —remarca—, la transición democrática ha sido muy falsa, de una manera muy oscura, donde el factor económico ha incrementado la crisis de una forma terrible provocando más de 5 millones de pobres en donde un millón son niños y niñas; estamos hablando de que si Chile tiene alrededor de 15 millones de habitantes, un tercio de su población vive en la máxima pobreza. Una sociedad que se dice democrática no puede tener, ni debe tener, ni se le debiera permitir un tipo de aberración en su Constitución, menos ser esta la Carta Magna que rige al país.
El tráfico sobre la calle Felipe Carrillo Puerto aumenta haciendo que los claxonazos de los autos nos alcancen hasta la jardinera donde estamos sentados, llamando la atención de Marco y dándome con ello la oportunidad de hacerle una nueva pregunta acerca de la respuesta que la sociedad civil chilena o las organizaciones y partidos de izquierda tiene frente al panorama que me describe.
Una de las formas de organización que se ha mantenido fuerte en sus bases es la sociedad civil, complementada con el fenómeno de lo que es el problema étnico, el problema de los mapuches en Chile. Esta organización se ha mantenido en sus cimientos de lucha intransigente e inclaudicable de lo que es el problema étnico, provocando la confrontación entre lo que es la sociedad civil y el gobierno, reconociendo con esto el avasallamiento histórico de más de 500 años, mismo que sostienen los gobiernos neoliberales al acriminar, callar y exterminar las luchas étnicas en lo que es el genocidio que se ha dado en gran parte de América Latina.
Por su parte, la sociedad civil política ha sido muy camaleón, ha cambiado de colores muchas ocasiones. Hay una canción de Víctor Jara que dice “si usted es chicha o es limonada”, o sea, si usted es amarillo o es rojo, haciendo alusión a lo folclórico chileno; la alianza en Chile ha servido un poco para que otros países en América Latina vean en las alianzas políticas entre diferentes partidos, sean de izquierda o sean de derecha, una manera de llegar al poder sin importarles nada más, sin asumir las problemáticas de los pobres, las de la sociedad civil, la crisis económica, social y cultural.
En Chile, donde la dictadura ha sido una de las más feroces de América Latina; donde la situación se ha vuelto muy caótica porque la cultura fue avasallada, exterminada; donde tampoco se ha tratado de reinstalar esta cultura por medio del arte, la pintura, el cine, el teatro, ya que en veinte o diecisiete años no hubo nada de esto sino al contrario: represión contra todo tipo de movimiento clandestino; donde los partidos políticos entran al juego dictado por la Constitución del 80, la cual no deja el que un partido menor pueda gobernar aunque haya ganado las elecciones, por su estructura bicameral en el Poder Legislativo, los jóvenes se han vuelto escépticos y, aún así, han tenido una repercusión con respecto a lo que han sido los conflictos estudiantiles, la problemática étnica y en sí lo que es el fenómeno de ser joven y no poder divertirte en tu país, en tu territorio. Esos, creo, han sido factores muy fuertes para que la juventud chilena vaya tomando posición y no se vuelva tan escéptica con el proceso histórico y social que tiene el país...
Pero —lo interrumpo— ¿qué tanto participan las y los jóvenes y qué tanto podemos esperar que de ellas y ellos pueda surgir un nuevo movimiento que cambie al Chile heredado por Pinochet?
La juventud —explica— se compromete en la medida de su forma de vida, de su ideología, según opte por la parte social, la parte política o bien la parte militar. En Chile es muy perseguido, es uno de los castigos más severos que tiene la Constitución, el manifestarse en la forma armada. De hecho Chile es uno de los pocos países de América Latina, más bien diría el único en el mundo, donde por un mismo delito político se te juzga dos veces: te juzga la justicia civil en una instancia y después la justicia militar, por tratarse de un fenómeno del orden militar. Estas acciones armadas contraen generalmente sentencias que van de los 20 a los 35 años de prisión, así que como verás no cualquier persona lo toma a juego, sino que más bien asume jugársela en un compromiso real, histórico-social de hacer valer su instancia.
Por la parte cultural, la parte histórica. Lo que es el teatro, la gente haciendo fotografía, cine, denunciado de la manera artística y cultural lo que es la represión militar, lo que se vive cuando se tiene una cultura propia de una sociedad de la militarización, el compromiso se asume a título personal y es viable en el sentido de que cada vez más las y los jóvenes se van poco a poco inmiscuyendo dentro de sus trincheras en el desarrollo de grupos digamos marginales, grupos alternativos que han crecido mucho. Lamentablemente yo salí hace tres años de mi país y tengo un contacto leve en el sentido de que muchas cosas no se oyen, ni se pueden ver ni escuchar, por el hecho de que hay una vasta distancia; pero por lo que me he enterado de personas que han pasado por México y que han relatado lo que pasa en Chile, sí hay un movimiento social de jóvenes creciente y muy fuerte.
Viene a colación entonces la pregunta obligada: la detención de Pinochet en Londres hacia octubre de 1998.
Cuando Pinochet es apresado en Londres —me dice—, cuando se le gira la orden de aprensión, en Chile hay tal consternación que se crea tal grado de euforia por sacar esa mierda que trae la juventud chilena, ese odio, esa rebeldía intrínseca; como dijo Salvador Allende: “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”. Hay una gran euforia, repito, y la gente sale a las calles, se va al centro y jóvenes, niños y niñas, adultos, todo mundo, sale en una forma de alegría porque por fin se está haciendo justicia; por fin el mundo reconoce una de las tragedias más horribles, uno de los holocaustos más terribles que ha tenido Latinoamérica y el mundo en sí de lo que ha sido el exterminio de gente de izquierda.
Así que hay una explosión de la gente y, nuevamente el gobierno chileno, en su complicidad con Pinochet, saca a los carabineros, que es la policía armada militar chilena, a las calles, quedando un saldo de alrededor de 200 personas heridas ese día. Esto da a entender que sí hay una gran conmoción en Chile y en todas partes, que la gente sí está de acuerdo con que a Pinochet se le juzgue y sea dictada una sentencia, por lo menos que sea histórica, a nivel internacional, para que no se vuelvan a cometer estas mismas atrocidades.
En el plano de los partidos políticos y de lo que son las organizaciones políticas y el gobierno en sí, los partidos de la democracia cristiana, el partido socialista, es gente que está en el poder pero lo que a ellos les interesa es mantener su alianza. No olvidemos que la democracia cristiana fue uno de los gestores del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973; no olvidemos que la democracia cristiana fue cómplice de Pinochet guiando el derrocamiento de Allende y la intromisión militar para luego ellos retomar la democracia, lo que al final no resultó así. Por eso ahora el gobierno dice que Pinochet debe ser juzgado en Chile.
Vuelvo a recalcar: en Chile no puede haber justicia, no puede haber democracia, no puede haber una igualdad mientras exista una Constitución que protege a los asesinos con cláusulas que extienden la impunidad sobre lo que ocurrió desde 1973 hasta 1978, tiempo en el que se cometen los asesinatos más atroces y las operaciones más sanguinarias con un saldo de alrededor de 15 mil muertos, entre mujeres y hombres, militantes de izquierda. Mientras siga vigente en mi país la Constitución de 1980 no podrá haber ni habrá justicia para la gente que fue opositora al régimen militar, ni será posible el juzgamiento de Pinochet.
Pinochet de hecho viajó a Inglaterra como diplomático, como senador vitalicio en misión especial, con un pasaporte expedido por el Ministerio del Interior donde se decía que iba en misión diplomática. Él estaba en Inglaterra por una situación netamente militar haciendo un tratado, un contrato de armamento bélico entre Inglaterra y Chile.
No puedo evitar sentir cierta admiración, más bien, extrañeza ante esto que me está diciendo: ¡¿Pinochet en misión especial para la firma de un contrato militar entre Inglaterra y Chile?!. Entonces, como si mi sensación se hubiese reflejado en mi rostro, Marco retoma el asunto con algunos argumentos históricos.
No olvidemos que Pinochet fue un aliado con Inglaterra durante la Guerra de las Malvinas. Chile en ese momento era presidido por Pinochet y él prestó todos los servicios que le fueron necesarios a la ex mano dura de Inglaterra, Margaret Thatcher. Al seguir gobernando bajo la Constitución del 80 y no juzgar a la dictadura militar, Aylwin y Frei, los dos sucesores de Pinochet, han sido cómplices de los asesinatos de la gente, de militantes de izquierda, de grupos sociales, de grupos armados, después del golpe de Estado. ¡Ahora se quieren hacer responsables de juzgar a un individuo al que le permitieron ser senador vitalicio! Eso es lo que yo me pregunto y quisiera dejar como pregunta abierta a toda la gente: ¿creen que se pueda juzgar a una persona con las leyes que ha hecho él mismo?
Los ojos de Marco se fijan en los míos como esperando de mí una posible respuesta a su pregunta, yo prefiero dejársela a los chilenos que probablemente leyeran estas notas y conduzco la conversación a otro par de temas igualmente trenzados entre sí, productos de exportación chilenos a toda Latinoamérica con patrocinio estadounidense: la tristemente célebre Operación Cóndor y el neoliberalismo.
Bueno, la Operación Cóndor, que tuvo una trascendencia en Argentina, Uruguay y Paraguay, es planeada desde Chile y su gestor es Manuel Contreras, a cargo de lo que fue la DINAla Dirección Nacional de Inteligencia Chilena (sic); amparada por las Fuerzas Armadas en sus modalidades de Fuerza Aérea, Marina y Carabineros de Chile. Esta operación militar se idea, planifica y ejecuta dando exterminio a militantes de izquierda, tanto chilenos en el exilio como extranjeros, sean del MIR, del Partido Socialista, del Partido Comunista o de los aparatos militares que tenían estas respectivas organizaciones. En Argentina se hace todo lo que es la persecución de esta gente que vivía allá, que de alguna u otra forma estaba refugiada, encontrándola y asesinándola a sangre fría.
Recordemos que el gobierno de Pinochet asesinó a Carlos Prats, el último de los comandantes en jefe democráticos que tuvo el glorioso Ejército chileno; intentó matar a Eduardo Leighton en Italia; asesinó al canciller en Alemania, y también se hace cómplice de la matanza de Orlando Letelier, ex asesor de Allende, quien muere en un atentado con explosivo de un autobomba en la capital de Washington.
Probablemente no se conozca nunca la cantidad de personas que murieron en América Latina a causa de la Operación Cóndor, misma que dio cabida a que muchos gobiernos se elitizaran en la parte táctica militar, respecto a la guerra de guerrillas, la contrainsurgencia y los levantamientos armados. Gran parte de los individuos que participan en estas operaciones al interior de las Fuerzas Armadas fueron educados, sembrados, en la Escuela de las Américas, el brazo rector y militar del neoliberalismo.
Al respecto, creo que nosotros, hombres y mujeres, niños y niñas a quienes nos toca enfrentar este nuevo milenio, nos toca también enfrentar el reto del holocausto que es el neoliberalismo, este avasallamiento social, económico y político, esta degradación de lo que es el modelo capitalista que se está viendo consumado más que nada en los sectores proletarios donde hoy en día el alimento básico ni siquiera es, por ejemplo en México, de tortillas y frijol.
Creo que debemos de tomar en cuenta el ejemplo de las luchas de los sindicatos como el Mexicano de Electricistas, las luchas de los estudiantes como los de la UNAM; gente que es sociedad civil pero que pertenecen al plano de lo estatal porque se desarrollan al interior de instituciones del Estado que deberían prestar servicio a la sociedad, como corresponde a una democracia.
Creo que Chile fue el “paladín del neoliberalismo” en el sentido de que desde Chile se proyectó, a través del sometimiento, de la invasión, de la situación impuesta, de la forma obligada con fusil en mano, el que se aceptara el modelo económico neoliberal. Las Afores, graficando un poco la situación, llevan en México alrededor de cuatro veintidós años y en Chile llevan ya 25 43 años, lo que ha sido un robo hacia la sociedad trabajadora, hacia la sociedad que se esmera trabajando. Y este dinero generalmente no se queda en Chile, ni se queda en ningún país de América Latina, pues los consorcios internacionales son empresas que se llevan el dinero a invertir en otros lugares tercermundistas, por darle una clasificación concreta.
Frente a esta situación, Chile vivió un proceso de privatización en el tiempo que Pinochet es presidente interino. Se privatizan todas las empresas, lo que es agua potable, electricidad, la compañía de teléfonos; se vende el cobre como materia prima nacional y producto interno con mayor fuerza de exportación, como el petróleo para México, y se privatiza la educación con todas sus secuelas, como lo que decíamos al principio sobre los costos de las carreras en la universidad pública.
El modelo que se impone a fuerza de fusil y a costa de la sangre del pueblo chileno, se va expandiendo en América Latina y va dando resultados que a niveles macros tienen sólo buenos resultados para los consorcios internacionales que crecen y se enriquecen. Vamos pasando a sociedades con grandes estructuras de edificios, grandes centros comerciales que son las nuevas catedrales del neoliberalismo, donde la pobreza pasa a ser un submundo, una pobreza cubierta, una pobreza disfrazada.
Este modelo, en otros países también se impone, como Argentina y Uruguay, donde se introducen dictaduras militares tan fuertes y tan feroces como en Chile. En otros casos, algunos gobiernos democráticos o dizque democráticos de la parte Central y Norte de América lo fueron adoptando y ya vemos lo que pasó: las economías nacionales tienen mucho que desear y cada vez que hay cualquier problema en las bolsas éste repercute negativamente.
El sonido de un huehuetl se escucha a lo lejos como secundando lo dicho por Marco en esta plaza donde lo mismo se encuentran músicos callejeros de jazz, mimos, hiphoperos o mexikatiauis. Marco hace una breve pausa esperando la siguiente pregunta mientras a mi memoria viene aquello del artículo 33 constitucional (2) y la reciente detención de Marco Ugarte, reportero gráfico de la Afp y chileno también, en Chiapas. Lo pienso una, dos veces. Finalmente, intentando no caer en una imprudencia comienzo a articular la posible pregunta y hablo otra vez de neoliberalismo, pero también de luchas que le resisten con la esperanza y la dignidad como banderas, hasta que me animo a preguntarle, consciente del riesgo en el que lo coloco, si cree que el zapatismo pueda ser una vertiente de esperanza para América Latina o incluso internacionalmente. Marco no puede entonces evitar que a los labios le brote una ligera sonrisa y, tras mirarme por un corto momento como queriendo descubrir en mis ojos alguna intención perversa, se anima a responder.
Una pregunta bastante interesante —dice sin dejar de sonreír— y comprometedora también... Pero, valga el compromiso... Creo que la lucha zapatista está siendo viable desde el momento en que se alza como fuerza político-militar dándole un sueño a todo lo que es la lucha étnica, indígena de este país. Este sueño que representa el Ejército Zapatista para los pueblos de Chiapas en específico, viene a ser el amanecer, el sol, el reaparecer la vida y los colores después de 500 años en que se ha venido avasallando a un continente.
Creo que ha sido viable porque se ha mantenido y se ha reconocido como sociedad distinta a la mexicana a los pueblos étnicos, a las culturas, a la diversidad cultural étnico-lingüística, a través de las armas, ¿irónico, no? Pero el EZLN ha logrado imponer un reconocimiento histórico, social, no sólo a través de sus incursiones armadas, sino también a través de sus redes sociales de trabajo, de las redes sociales civiles y de organismos de derechos humanos y de las comunidades zapatistas.
El hecho de identificarse y asumir el compromiso de rebeldía, de desatar esas amarras y esa sujeción al Estado político, creo que ha hecho que el Ejército Zapatista sea fuente de inspiración de muchas guerrillas latinoamericanas, de muchos grupos armados en América Latina donde el “mandar obedeciendo” ha pasado de ser un acto de simbolismo a ser lo que realmente se puede tomar como una nueva forma de hacer política.
Claro que por otro lado está(ba) el caso de las FARC, en Colombia, donde la guerra civil está(ba) declarándose, donde países fronterizos están actuando en contra de lo que es la insurgencia, en contra del grupo armado de las FARC; donde Estados Unidos está haciendo un bloqueo y está(ba) enviando marines a detener este alzamiento armado.
Creo que un poco en América Latina se está dando lo que fue el llamado Ejército de Liberación Nacional, en el cual pensaba Bolívar y después muchas personas más como el Che, Miguel Enríquez, Lucio Cabañas, por nombrar algunos que han seguido en esta lucha inclaudicable. Uno de estos personajes dice que “en esta lucha se nos puede ir la vida, pero la continuaremos hasta la victoria”. Creo que estas palabras son muy ciertas y hay que tomarlas en cuenta.
El zapatismo ha sido y seguirá siendo un ejemplo, no nada más en América sino también en Europa. Tuve la suerte de recorrer varios países en Europa y nos encontramos con gente que se empapó de misticismo, de idiosincrasia, de energía cuando visitó zonas chiapanecas, y ha concretado redes sociales de todo el mundo en pro de una lucha tan noble, tan justa y tan obvia como es la lucha étnica.
Marco regresa la mirada al libro que trae. Pareciera que busca con una suerte de mirada de rayos x las palabras aquellas de Allende cuando pedía a los jóvenes universitarios que fueran con premura, con cariño, con ternura humana, a trabajar durante uno o dos meses a las comunidades mapuches (3). Aprovecho, pensando, como decimos por acá, que “ya encarrerado el burro” puedo preguntarle ahora al hombre de armas si cree que la lucha armada haya cumplido su función y no tenga ya razón de ser o, si por el contrario, la lucha noviolenta representa una esperanza real para terminar con la explotación del neoliberalismo que hemos identificado con la miseria mundial que vivimos.
Retomando un poco lo que es el zapatismo y uno de sus personajes ya míticos, como es el Subcomandante Marcos, bonito nombre por cierto -jejeje-, él hace mucha referencia a lo que es “mandar obedeciendo” pero también a lo que es luchar desde las trincheras donde uno está. Creo que en este sentido todos tenemos que cumplir nuestros objetivos, nuestras luchas, desde el lugar donde nos encontremos. Si en algunas partes las armas han sido viables, en otros lugares han sido decadentes. Las armas siempre están cargadas de muerte. Tal vez sea una de las formas que se ha representado como forma de lucha, pero creo en las manifestaciones pacíficas, la sociedad civil, el tomar conciencia de que tenemos que vivir en una sociedad más justa, más igualitaria, donde todos y todas quepamos, el respetar todos los mundos.
Pero lo que sí es que las distintas formas de lucha que se han dado tienen que tomar cada vez más fuerza y seguir como una manera viable de complementación, orientándose siempre en el compromiso para con la reivindicación social. Junto con esto creo que el dogmatismo no conduce a nada, que siempre tenemos que estar autocuestionándonos, tanto a nosotros mismos como a la gente con la que estamos, es una forma más coherente y más transparente de ser conscientes.
Tenemos que seguir esta lucha, ya sea desde la clandestinidad o desde el lugar donde nos encontremos, desde nuestro trabajo, desde nuestro lugar de estudios, etcétera, y asumir un compromiso histórico-político referente a lo que han sido nuestras raíces. Recordemos que un pueblo que no tiene pasado no puede proyectarse a un futuro con esperanza. El problema étnico, tanto en Chiapas como en América Latina, se ha dado muy fuerte, se ha representado de tal forma que hoy vemos a mucha sociedad civil movilizada. Ojalá fueran más y más las personas que se sumaran a esta lucha por una sociedad distinta, igualitaria. Una sociedad nueva en un mundo nuevo.
Todas las formas de lucha son válidas, lo digo porque en mi país se dio una forma de lucha democrática, se llegó al socialismo a través de las urnas. Es el único país del mundo que ha conseguido el socialismo a través de las urnas, del voto popular. Y ¿cómo terminó esto? Con el avasallamiento por medio de las armas, de los militares. Donde todo ese sueño, esa dulzura se aniquiló. No hay que subestimar al enemigo, es fuerte y sabe golpear de las formas más terribles, más trágicas, con matanzas, expulsiones, deportaciones.
Creo que tenemos que ser inteligentes y unirnos en esta lucha social, política y militar. Hay que solidarizarse con el Ejército Zapatista, con la huelga en la UNAM, con los grupos que apoyan la no-privatización de las empresas. Esa es una de las luchas y ha sido pacífica, y creo además que la sociedad civil responde a eso. Pero no olvidar. Descartar las distintas formas de lucha es negarse a sí mismo.
Claro que sería mejor una salida pacífica, pero no olvidemos las matanzas de México en el 68, el 71. Todas esas irrupciones con armas debemos tenerlas muy presentes, no olvidar. El gran remedio que tenemos para la memoria es no olvidar. No olvidar nunca y hacer conciencia crítica y constante de que todas las formas de lucha son válidas y viables, desde nuestras trincheras.
Hemos llegado al final de la entrevista. Para este momento, los ojos de Marco brillan con más fuerza que al principio de nuestra conversación. Es evidente que hablar de Chile y de la posibilidad de una América y un mundo mejores y nuevos le reanima muy especialmente. A esta altura de la charla he llegado a la conclusión de que Marco no es, como pudiéramos creer a simple vista, sólo un hombre más de los muchos que apostaron por el camino de las armas para ver libre a su país, su continente, su planeta; sino que, valga la redundancia, es un soñador. Cuando en septiembre de 1970 el pueblo chileno, su pueblo, acudió a las urnas para hacer del compañero Salvador el presidente Allende, Marco no hacía mucho que había llegado al mundo. Tres años después, los militares y carabineros de su patria pasarían a la historia como los grandes traidores de la voluntad de democracia verdadera en Chile, tendiendo el manto que significó la larga noche de la dictadura militar chilena. Bajo ese manto creció Marco. Pero ¿cómo sería de grande el sueño soñado por Chile de la mano de Allende que, todavía, a pesar de los años y de la pólvora y de la sangre, a Marco le siguen brillando los ojos? Quizás por eso mismo, le pregunté ¿cómo soñaba este planeta, cómo soñaba este continente, cómo soñaba a Chile?
Sueño —contesta tomando su libro, pero sin dejar de mirarme— un Chile en el que, como dijo Salvador Allende, podamos caminar libres por las alamedas. Donde pase el hombre libre y la mujer soberana.
Marco deja el libro entre él y yo mientras las imágenes pueblan su memoria: Me gustaría ver a mi país sin presos políticos, sin esos cinco millones de pobres, sin una miseria cultural... No más muertos, que no existan las castas militares como existen hoy.
De pronto, la voz abandona ese tono discursivo en el que más de una vez ha sonado a lo largo de la entrevista y, conforme va hablando, se va oyendo cada vez más personal, más íntima. Lo mismo sucede con su mirada, y pareciera que ya no mira hacia fuera sino que, como los topos de los que habla(ba) el Sup, hacia adentro se mira: Me sueño caminando en Chile sintiéndome libre, distinto, nuevo... En un Chile lleno de esperanza, con una juventud concreta, una juventud idónea, transparente, amplia y coherente... Sueño en un país creciendo en colores, en olores, en una diversidad social, cultural, lingüística. Veo un Chile caminando junto a los mapuches, esa raza indómita, ese pueblo que en (más de) 500 años no ha sido sometido... Veo un Chile igualitario... Veo un Chile libre...

“Cuando la tristeza nos inunda —dice Rodrigo Solís— nos gotea por los ojos. Escurre por el cauce seco de la nariz hasta la boca. Cae en cascadas por labios afilados y sin que nos demos cuenta nos tiñe de un color invisible que de algún modo brilla y atrae a los otros tristes”. Quizás eso fue lo que pasó con Marco, porque al terminar la entrevista sus ojos goteaban discretamente mientras de la librería frente a la que estábamos sentados la voz de Pablo Milanés salía flotando con aquello de “hoy pisaré las calles nuevamente...”. Luego, una mujer ahogada de borracha o de orfandad o de ambas, se acercó para hacernos plática e invitarnos unas cervezas.
Han pasado casi 20 años. Desde entonces no he vuelto a toparme con Marco, y también desde entonces aquél libro blanco con el rostro de Allende pintado en la geografía de Chile me acompaña cual si fuese una especie de biblia laica, en espera de que la profecía de Solís se vuelva realidad: “Tarde o temprano los tristes se encuentran, se toman de las manos y bailan un ritmo que al mismo tiempo es feroz, y es lento. Una danza de ahogados en el fondo del mar más muerto. Los tristes danzan tomados de las manos y a través de sus ojos trastocados la libertad lleva una máscara macabra, el amor es el abismo que se abraza a los pies del equilibrista que tropieza y la muerte es un gran alivio”.


(1) Modak, Frida. Salvador Allende en el umbral del Siglo XXI. Plaza & Janés Editores, 1998.
(2) El Artículo 33 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, el único relativo al Capitulo III, De los Extranjeros, establece que “el Ejecutivo de la Unión tendrá la facultad exclusiva de hacer abandonar el territorio nacional, inmediatamente y sin necesidad de juicio previo, a todo extranjero cuya permanencia juzgue inconveniente”; para luego determinar que “los extranjeros no podrán de ninguna manera inmiscuirse en los asuntos políticos del país”.
(3) Modak, Frida. Opus cit. p. 256.

11 de septiembre de 2018

Las caras de La Moneda.

Alejandro Fernández Allende es nieto de Salvador Allende e hijo de Tati Allende, revolucionaria chilena y aliada del Che. La presentación de la biografía que rescata la figura insurrecta y olvidada de su madre fue el disparador para conversar sobre su niñez marica en la opresiva Cuba de los 80, su presente como loca suelta en Nueva Zelanda y el entramado de la historia de su familia, con el que mantiene una relación de develamiento lleno de espectros, legados y secretos.
Cuando llegó al Hospital de La Habana a saludar a la parturienta, Fidel Castro miró al bebé en su cuna y exclamó: “Este niño ha conocido las balas antes de nacer”. El hablar galante, ingenioso y florido del líder, y el Caribe entero, se colaron ese día en el cuarto que imagino ascético, donde se recuperaba de los pujos la chilena exiliada Beatriz “Tati” Allende, la hija de don Salvador Allende y Hortensia Bussi. Un vientre lleno en viaje entre dos latitudes, entre dos destellos de la historia de Occidente. No hubo hipérbole ni metáfora en la observación de Fidel, sino revista de un acontecimiento de fama mundial, porque el bebé, Alejandro, que fue arrojado al mundo ese 5 de noviembre de 1973 en Cuba, había estado a punto de no nacer el 11 de septiembre previo en Santiago de Chile, cuando el dictador Pinochet ordenó el bombardeó de La Moneda y Allende obligó a su hija y secretaria, la Tati, a huir de ahí por donde fuera. La panza casi estallada de bronca más que de preñez. La historia le deba la razón a la revolucionaria que, como el Che Guevara, estaba convencida de que la oligarquía latinoamericana no se rendiría jamás ante las instituciones en una democracia sin su tutela, como pretendió sin éxito Salvador en Chile (el Che se lo advirtió en el único encuentro), sino mediante la violencia planificada.

Así es que la Tati salió de La Moneda pistola en mano, confundiendo el territorio con el cuerpo del enemigo, que estaba ya por el cielo con sus bombas. Salió con idéntica desesperación que cinco años antes, cuando supo de la muerte en Bolivia de su compañero de lucha el Che, y tuvo enseguida que ayudar a toda la avanzada guerrillera a escapar del sur del continente por el Pacífico. Cuando 1977 se suicidó en La Habana dejó una carta a Fidel, en la que explicaba que su espíritu insurrecto había quedado echado en las calles de Santiago de Chile, y que el exilio cubano le impedía rescatarlo. Como en el samurai, la vida encontraba en ella su sentido ético y estético en la muerte bajo la acción. Es por eso que el suicidio meditado, en el universo revolucionario, está visto como una decisión mezquina. Se muere en combate y antes de ser capturado por el enemigo. En Cuba nunca se admitió que Salvador Allende se disparó en La Moneda antes de ser rematado por la horda militar (la segunda exhumación del cadáver, en 2011, reveló la verdad de esa secuencia a forenses de varios países: “Fue la única vez que vi a mi abuelo”, dice Alejandro).

Hace unas semanas se presentó en Santiago, a través de editorial Pehuén, la biografía Beatriz “Tati” Allende, la revolucionaria olvidada, escrita por el historiador Marco Álvarez. Alejandro colaboró con fervor a través de su testimonio y las lecturas, y estuvo como presentador del libro en Santiago. De por sí el atributo “olvidada” del título asigna a la segunda hija del expresidente socialista una categoría subalterna, que la separa del resto de la familia superviviente, desde hace tiempo incorporada a la clase política chilena (la hija menor, Isabel, es Senadora y la hermana de Alejandro, Maya, preside la Cámara de Diputados). Alejandro Fernández Allende, el hijo varón que viene conversando con el espectro materno desde el suicidio –un espectro que pudo ver en vivo bajo el efecto de la ayahuasca– mantiene con su propia historia una relación de develamiento. Debió interpretar el legado del abuelo y de la hija inseparable, su madre, bajo sus propias condiciones de existencia: ser homosexual en Cuba en los años ochenta y noventa –y a la vez nieto de un héroe socialista– era un calvario, en Chile una sobreexposición permanente, y en Nueva Zelanda, donde vive desde hace casi veinte años, trabajando en una empresa de seguros de viaje, con el alivio de pareja incluida. Ramón Carney (Ramón por un actor mexicano que su madre, neozelandesa, admiraba), su compañero en ese país desde hace quince años, nos observa sin entender la lengua de nuestra tertulia en la casa de Don Salvador.

Sos como un Hamlet en desvío, debatís con el fantasma de tu madre en lugar del paterno, y tu Ofelia tiene nombre de varón.

Cuando mamá se suicida yo tenía poco menos de cuatro años. Y recién a los quince pude leer la carta en la que explicaba su decisión. Nos había dejado a mi hermana Maya y a mí porque ya no podía soportar la tristeza de estar lejos de su país para liberarlo de Pinochet. Jamás se perdonó haberle hecho caso a Allende en La Moneda y escapar. Y creo que, además de liberarlo, quería volver a su país para vengar al padre. Siempre digo que era una Electra en ese vínculo tan intenso. Como estricta revolucionaria, la muerte para ella era un don si uno muere en el campo de batalla. Imaginate lo que había sido su convencimiento guerrillero, ya a los veinte: fue una de las fundadoras del Ejército de Liberación Nacional, recibió entrenamiento militar en Cuba, donde conoció al Che, con quien tuvo un amor platónico, y se intercambiaban más tarde información de Chile a Bolivia en código morse. El Che era el sentido de la revolución, su héroe. Cuando llega la noticia del asesinato se encierra en el baño a llorar y gritar. Pero de inmediato se pone a planificar la huida de los compañeros que estaban en Bolivia, ella misma desde la frontera. Mi padre, que fue servicio de inteligencia cubano en Chile, me dijo una vez “tu madre era demasiado radical, no he visto nadie tan apasionado por la revolución”. Creo que en cierta manera lo asustaba.

¿Qué reacción tuvo tu padre cuando le dijiste a los dieciséis que eras homosexual? 

Me dijo “si en este país no te gustan las mujeres estás jodido”. En Cuba la homosexualidad era tabú, perseguida, aunque se cogiera a diestra y siniestra, y entre locas y padres de familia. Como suele pasar en las sociedades latinoamericanas represivas. Pero guay de que pretendieras llevar una vida como maricón. De todos modos, mi padre era un actor secundario en mi vida. Cuando Fidel lee en la carta de mi madre el pedido de que mi hermana y yo no quedásemos bajo custodia suya, porque era un hombre alcohólico y mujeriego, enseguida cumple. Así, nos cría Mizti, la hermana de la Payita (Miria Contreras), la secretaria y pareja real de mi abuelo, también exiliada en Cuba. Porque la abuela Tencha (Hortensia Bussi de Allende), que se refugió en México con sus otras dos hijas, en realidad había mantenido a lo último con el Chicho (Allende) solo un vínculo institucional. Nunca dejaron de vivir juntos, se tenían cariño, pero el matrimonio había terminado.

¿Sentís que Cuba te escamoteó la revolución, al no admitir tu diferencia, como le pasó a Pedro Lemebel?

En ese entonces era imposible estar en paz con uno mismo siendo homosexual en Cuba. Mantenerse en el secreto era la manera de subsistir. Pero en esas sociedades de vigilancia extrema, el ojo omnipresente, aunque no nos mire, nos mira. Cuando era muy niño me gustaba vestirme con ropa de mi mamá y de Mitzi –me gusta decir que tuve una niñez de cross dresser– pero a medida que crecía se me hizo intolerable ir descubriendo que era marica, y que eso era permanente. De adolescente probé con novias, pero el deseo original seguía. Además, con la conciencia del legado de Allende; todo se complicaba. A los doce pensé en matarme. Pero sentí que Tati, muerta, me detenía. La última vez que vi a Mitzi, cuando ella decide regresar a Chile porque estaba muriendo de cáncer, me preguntó si me gustaban los hombres. Y yo le respondí que no. Ella insistió en que me iba a querer de todas maneras. Me estaba dando permiso, y yo no lo tomaba. Tanto era mi terror.

Hubo una alianza entre tu madre y vos, entre una mujer indomable y un chico que se enojaba por tener que crecer en el secreto...

Veo hoy a mi madre como una feminista que no supo que lo era. Que, como yo, tuvo que lidiar con el machismo cubano. En Chile había cargado sobre su espalda una misión histórica que no era precisamente común en una mujer, y tan joven. Cuando llegó a Cuba los líderes la nombraban como “la hija de Allende”. Y ella se ponía de culo: “Perdonen, pero yo soy Beatriz”. Y sí, entre padre e hija había un amor inmenso pero también autonomía y desacuerdo. No veían el proceso histórico de la misma manera. Chicho creía en cambios radicales pero dentro de las instituciones de la democracia tradicional, y Tati era una profeta de la revolución armada. Cuando salió el proyecto de la biografía, y conversamos con Marco Álvarez sobre su vida, fui tomando junto con él conciencia de la verdadera magnitud de mi madre. Cómo había sido dejada de lado en el relato de la historia, un silencio saturado de ideología e intencionalidad porque fue una personalidad demasiado radical y además suicida, y asumí su rescate como deber amoroso. Ahí ves como la alianza simbólica se devela en lo concreto. Como cuando en Cuba el gobierno decidió que Maya y yo nos llamaríamos Allende Fernández, invirtiendo el orden de los apellidos, y nosotros volvimos a darlo vuelta en 1992,  ya en Chile. ¿Qué pretendían? ¿Crear una dinastía patriarcal revolucionaria a partir del apellido de mi abuelo? Además el apellido Fernández tiene un origen falso. Como mi padre era servicio de inteligencia, le cambiaron el nombre. El de nacimiento era Gallart Grau, pero un servicio tiene que asumir de por vida otra identidad. Mi vida también fue una fuga de identidades y de territorios. Un exilio permanente, en etapas.

En ese diálogo continuo que entablaste con tu madre, ¿le reprochás la obcecación en quedarse en La Moneda durante el ataque, con vos en la panza, y después el suicidio? Es una pregunta jodida, ya lo sé. 

Mirá, no tengo nada que demandarle a mi madre. Su corazón era revolucionario. Para mí es un orgullo su manera de entregarse a lo que creía una misión histórica, por la que valía la pena el sacrificio. Ella era muy extrema, y a la vez muy sensible y humana. No soportó el exilio. Si el Che habló del Hombre Nuevo, hay que decir que la Tati era la Mujer Nueva, en una Cuba que era misógina y homofóbica. Yo amo a mi madre con desacuerdo en su visión del mundo. No soy un revolucionario, me siento cómodo en Auckland. Quizá porque crecí en una Cuba tan rígida, donde la felicidad para el que no encuadra es un trabajo demasiado duro. Buena parte de mi generación tiene hoy una mirada crítica y muchos reclamos. Sé que las cosas se han modificado, que las locas viven con mucha más libertad –vi a chicos besándose en el malecón de La Habana– sobre todo gracias a la militancia lgtbi de Mariela Castro, la hija de Raúl. La Tati hoy estaría contenta de que, a pesar de no coincidir en lo ideológico, volví a Santiago a presentar su biografía de revolucionaria. Su vida sale por fin del confinamiento y del olvido. Y me imagino que debe ver huellas de sus rebeldías en todo el proceso que me llevó a asumir mi sexualidad y hacerla pública, siendo el nieto de Salvador Allende, y nacido en Cuba.

¿Cómo fue tu proceso de coming out cuando regresaste a Chile, en una década menos favorable a ese gesto como los noventa?

Con Tencha, mi abuela, teníamos unan relación muy cercana cuando volví a Chile. De hecho me fui a vivir con ella cuando me puse a estudiar periodismo. Cuando estaba terminando la carrera y ya le había contado a muchos de mis compañeros y a todos mis amigos, entré a la casa y fui directo a ver a mi abuela: “Tencha, tengo que hablar contigo”. Mi abuela estaba viendo una película y me dijo que si no era importante habláramos más tarde. “Tencha, soy homosexual”. Ella ni se pasmó, se quedó unos segundos en silencio y me dijo “Ya lo sabía”. Entonces me hizo gracia y le pregunté si le parecía yo muy maricón: “Es que solo te veo con amigos varones, y ni una novia”. En fin, si eso fue por primera vez en el ámbito de la familia, más tarde se hizo público cuando el diario La Tercera publicó una entrevista de varias páginas que tituló algo así como el nieto gay de Salvador Allende. El autor me persiguió meses online cuando yo ya vivía en Auckland. Finalmente acepté. Las cartas al director publicadas luego, y la reacción de la derecha fueron tremendas, pero me dieron la posibilidad de defenderme en el diario, respondiendo los ataques. Además, el Movilh (Movimiento de Integración  y Liberación Homosexual) y otras organizaciones fuera de Chile. El escándalo duró como un mes, y por suerte yo estaba viviendo ya en Nueva Zelanda. Creo que fue un gran aporte al movimiento lgtbi.

¿Pensaste en contraer matrimonio con Ramón? ¿Cómo te llevás con los nuevos derechos lgtbi?

Con Ramón tenemos una pareja abierta desde hace mucho. Lo conocí en un website, y después de mucho sexo nos fuimos a vivir juntos. Y sí, ya te imaginarás que tengo muchos amantes, en una sociedad tan diversa como la de Auckland. Maoríes, árabes kiwis. Realmente nunca he creído en el matrimonio y menos en la monogamia, pues me parecen construcciones sociales añejas, alejadas de la naturaleza humana. Pero celebro que las personas lgtbi puedan casarse, si es que lo desean.

En Alejandro, como en todas las locas, la solemnidad es un vestido fino de ocasión. Nuestras vidas están hechas de identidades aéreas, y tuvimos que aprender a bailar hasta sobre un volcán. Como nadie, sabemos que los roles a los que uno se apega por momentos son máscaras. Esa tarde en la casa de Salvador Allende, donde a la mesa del almuerzo está todavía sentada la familia del prócer socialista, mi entrevistado y amigo  me hace levantar de la silla para llevarme a  recorrer los espacios preferidos del abuelo: la biblioteca, donde me hace sentar para el mariconeo (“mi abuelo, de haber sido un tema de debate público en la época en que vivió, hubiera apoyado el movimiento de liberación nuestro. Era muy progresista en todos los aspectos, y muy sensible. Tenía excelente buen vínculo con artistas que sabía que eran gays”); el jardín trasero, en cuya medianera había una puerta secreta por donde– me cuenta en registro de chisme– entraba la Payita a encontrarse con el presidente; el pequeño balcón del segundo piso donde saludaba a los vecinos o militantes cuando se despertaba, y donde ahora yo saludo a la nada. Lo único verdadero en este instante es el espectro de Salvador Allende y el de la Tati subiendo y bajando las escaleras.


Tati Allende en Cuba con Fidel Castro


Tati, la revolucionaria , con su padre, Salvador Allende

8 de septiembre de 2018

Allende, Chile en su corazón.

Por: Marcos Roitman Rosenmann / La Jornada.

Salvador Allende ha marcado la historia mundial. Su figura queda asociada a la dignidad, los principios y la entrega a un proyecto vital de superación de las injusticias sociales y, sobre todo, a una vida ejemplar, sin dobleces. Amaba Chile, a su gente. Fue el único político que recorrió el país de norte a sur, pueblo a pueblo. Conocedor de esperanzas, luchas, temores, desafecciones. Escuchaba, atento a todo. No se le escapaba nada. Era refractario a los largos discursos demagógicos, a la adulación y a la palabrería. Sus enemigos le temían, pero sobre todo lo respetaban. Por ello la traición es más canalla. Respetuoso de sus adversarios, creía en el diálogo y la negociación. No cejó de intentarlo, incluso mientras bombardeaban La Moneda. Por su casa pasaron dirigentes de derecha, militares golpistas y generales constitucionalistas. Fue un estratega. Calculaba el riesgo, no era temerario. Valiente, se le reconocía capacidad de liderazgo.

Su gobierno fue: mil días de esperanzas, tiempo de propuestas, voluntad política. La palabra desánimo no estaba en su léxico. A pesar del proceso desestabilizador de la derecha, Allende confió en el constitucionalismo de la oposición. La dotó de dignidad, la que no tuvieron los Aylwin, ni los Frei, ni su partido: la Democracia Cristiana. Tampoco la derecha cerril, que no perdió el tiempo para abrazar el golpismo militante. Allende tendió puentes, pero la derecha los dinamitó. No dieron tregua. Aun así, el proyecto de la Unidad Popular salió indemne del golpe de Estado. ¿La prueba? Hoy se reivindica sin nostalgia ni triunfalismo.

Allende llevaba Chile en el corazón. Los políticos de hoy no pueden decir lo mismo. En su lugar llevan vísceras malolientes y corrupción. Mientras ejerció de ministro de sanidad, en el gobierno de Pedro Aguirre Cerda (1938-42), comprobó los límites del sistema sanitario e hizo lo indecible por mejorar las condiciones de salud de las clases trabajadoras, ampliar los derechos, la cobertura hospitalaria. Su libro: La realidad médico-social de Chile (1939) es un llamado a la reforma sanitaria.

Realizar un sueño. Allende unificaba. Sobre su liderazgo confluían comunistas, socialistas, cristianos, laicos, progresistas, socialdemócratas. Todos tenían cabida y, desde luego, trabajo. Mucho que hacer para transformar las estructuras sociales de poder fundadas en el caciquismo y el paternalismo. El poder cuasi feudal de los terratenientes y las plutocracias. Había que abrir las alamedas, respirar nuevos aires. La reforma agraria, las nacionalizaciones, la incorporación de la mujer, más derechos, más conciencia. Una visión de género en pañales, sí, pero presente. Un cambio en las conductas machistas, sí, también en ciernes. Mujeres en el gobierno, con cargos de responsabilidad, una verdadera revolución.

Una juventud comprometida, entrega desinteresada, trabajo voluntario. Miles de estudiantes participando en la construcción de viviendas populares, campañas de alfabetización, educación popular. También frenando el golpismo. El valor del compromiso político y ético realizado en el bien común, el interés general. Una ciudadanía que bregaba por ampliar sus espacios de participación, negociación y mediación. Profesionales, académicos, intelectuales. Fue un reverdecer de la cultura. En un Chile elitista, oligárquico, se levantó una propuesta cultural. En 1971 se puso en marcha el tren popular de la cultura. Concertistas, poetas, cantantes de ópera, literatos, periodistas, actrices, cantautores, 60 artistas, recorrieron el sur dando conciertos en plazas, recitando poesía, música clásica. Por vez primera campesinos, trabajadores y amas de casa escucharon a divas de la ópera en solos de Verdi con vestidos de gala, trajes de cola. Fue un instante de felicidad que perduró en quienes bregaron por hacer de Chile un país sin tutelas, soberano.

Los asesinos de Salvador Allende, de miles de chilenos, de decenas de miles de torturados y detenidos pasaron a la historia como traidores. No hay otro nombre para ellos. Tampoco para sus cómplices necesarios, reivindicados por gobiernos desmemoriados y acomodaticios. La dictadura cívico-militar sigue teniendo representantes en el Senado, la Cámara de Diputados y las municipalidades. Los partidos Renovación Nacional, Democracia Cristiana y Unión Demócrata Independiente son sus herederos naturales. No menos quienes prefieren dizque de izquierda hacer borrón y cuenta nueva. Soltar amarras, deshacerse de la nobleza que inculcó un comportamiento recto y sin ambages como el de Salvador Allende. Muchos lo reivindican cada 11 de septiembre, pocos siguen sus pasos. Es la hipocresía de las meretrices de la política adictas al neoliberalismo.

16 de septiembre de 2013

Chile: del golpe militar al país de las maravillas / III y última.

Por: Marcos Roitman Rosenmann / La Jornada.
La respuesta de Salvador Allende no se hizo esperar: ... los diputados de oposición han exhortado a fuerzas armadas y carabineros a adoptar una posición deliberativa frente al Poder Ejecutivo, a que quebranten su deber de obediencia al supremo gobierno, a que se indisciplinen contra la autoridad civil del Estado a la que están subordinadas (...) Cada ataque, cada peldaño que franquea la reacción en su afán de destruir las vidas, los bienes materiales, las instituciones cívicas y las militares, obra esforzada de décadas de historia, fortalecen mi ánimo, multiplican mi voluntad de luchar por el presente de tantos millones de chilenos que buscan paz, bienestar y amor para ellos y la patria.
El 11 de septiembre de 1973 las fuerzas armadas y de carabineros echaron mano de todo ese aparato conceptual proporcionado por quienes urdieron la trama civil del golpe. Sería el contralmirante Ismael Huerta, el 9 de octubre de 1973, como ministro de Relaciones Exteriores de Pinochet, quien lo hiciera explícito en su discurso ante la Asamblea General de la ONU. Utilizando todos los argumentos ya citados, concluye:Después de las elecciones de marzo del año en curso y en cumplimiento de nuestro sagrado deber de preservar el régimen democrático, en múltiples oportunidades hicimos saber a quienes dirigían la marcha del país el peligrosísimo camino por el cual se estaba conduciendo a Chile. Se nos respondía con promesas que nunca se cumplieron (...) mientras entraban al país agitadores profesionales, armas y otros elementos de alto poder destructivo, con el fin de preparar el golpe de gracia a nuestro sistema democrático.
Así aparece el tercer elemento: el plan Zeta y el autogolpe. Bajo ese principio se justifica la violación de los derechos humanos y el Estado de guerra interno. Ellos o nosotros. Había que actuar primero impidiendo la masacre orquestada por los dirigentes de la Unidad Popular. Chile, plagado de terroristas internacionales, adiestrados por los cubanos, en un número, según Pinochet, de 15 mil y 30 mil, con armas de grueso calibre, tenían la orden de actuar. Existía, dicen, un plan concebido para deshacerse de la oposición y miembros de las fuerzas armadas contrarios a la Unidad Popular. El autogolpe tendría lugar los días 18 y 19 de septiembre de 1973. Hubo que adelantarse. Era necesario actuar. De lo contrario Chile caería en manos del comunismo internacional. La junta militar encargaría al historiador conservador Gonzalo Vial la fabricación de las pruebas apócrifas, con el fin de dar a conocer dicho plan Zeta y el autogolpe. A finales de 1974 aparecerá el Libro Blanco del cambio de gobierno en Chile. Su objetivo: dar credibilidad a la existencia del plan Zeta, el autogolpe y la decisión de matar a los miembros relevantes de la oposición política. Por sus servicios, Vial Correa ocupó entre 1978 y 1979 el cargo de ministro de Educación. Durante la redacción de la Comisión Rettig de la Verdad, en 1990, donde participó Vial Correa, se reconocerá que fue una acción de propaganda, en la cual se montaron las pruebas y se alteraron los hechos.
3.- Chile 1973-2013
Tras 40 años del golpe de Estado, los objetivos que se propusieron sus ejecutores, tanto las fuerzas armadas como los civiles que participaron en su elaboración, se han cumplido. Nada del viejo sistema republicano, democrático y participativo vigente en Chile, por más de medio siglo, quedó en pie. Como sucediese con los imperios coloniales, los conquistadores imponen su proyecto cultural de dominación política y explotación económica a sangre y fuego y arramplan con todo. Baste recordar el genocidio y exterminio de los pueblos originarios de nuestra América. Sus tierras fueron expropiadas, sus mujeres violadas y su cultura arrinconada, menospreciada bajo el mito de la superioridad étnico-racial. Las luchas de resistencia del pueblo Mapuche se homologan y suman al grito de dignidad, sentido ético y restitución de la verdad de lo ocurrido el 11 de septiembre de 1973.
Uno de los pilares del Chile actual, orgullo de la élite política de la derecha y la concertación, lo constituyen los mil 556 centros de tortura, detención y muerte diseminados por todo el territorio, según consta en el informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura de 2004, así como el asesinato político y violencia de Estado sobre 2 mi 279 personas reconocidas en el informe Rettig. A los cuales hay que agregar los detenidos, exonerados y torturados del informe Valech. Pocos quieren señalar los estrechos vínculos entre el Chile actual, tan neoliberal, con la dictadura. Hay un pacto de traición. Sirva de ejemplo el comportamiento espurio de los dos ministros de Exteriores que actuaron de manera abierta en defensa del dictador, mientras se encontraba detenido en Londres por crímenes contra la humanidad. José Miguel Insulza, hoy secretario general de la OEA, espetó: Defiendo al senador Pinochet, no al ex dictador. ¿Esquizofrenia? No. Juan Gabriel Valdés, su homólogo, precisó: Si Pinochet se aleja de la vida política y los exámenes médicos confirman lo que han dicho los británicos, es muy probable que no tenga que afrontar juicios.
Era una forma de tranquilizar a las fuerzas armadas. No olvidemos que entre otros actos de ignominia está la nominación como candidato a diputado de la Concertación de Federico Willoughby, primer portavoz de la junta militar, coautor del plan Zeta. Patricio Aylwin, a las pocas semanas del golpe, pedía comprensión y entender a las fuerzas armadas en su labor de erradicar el cáncer marxista de raíz. Estas fueron sus palabras: Nosotros tenemos el convencimiento de que la llamada vía chilena al socialismo, que empujó y enarboló como bandera la Unidad Popular y exhibió mucho en el extranjero, estaba rotundamente fracasada, y eso lo sabían los militantes de la Unidad Popular y lo sabía Salvador Allende, y por eso ellos se aprestaban, a través de la organización de milicias armadas, muy fuertemente equipadas que constituían un verdadero ejemplo paralelo, para dar un autogolpe y asumir por la violencia la totalidad del poder, en esas circunstancias, pensamos que la acción de las fuerzas armadas simplemente se anticipó a ese riesgo para salvar al país de caer en una guerra civil o una tiranía comunista. Aylwin, nada más electo presidente, devolvió el favor a Willoughby: lo nombró su asesor personal. ¿Casualidad?
Otro pilar básico del actual régimen es la Constitución de 1980, engendro político y vergüenza para cualquier ciudadano que se considere demócrata. Chile se rige por un aparato legal nacido de las entrañas de la dictadura. Su élite política parece sentirse cómoda. La remoza, creyendo que al borrar la firma de Pinochet y sustituirla por la de Ricardo Lagos es suficiente para olvidar su origen. Tras ella se esconden la ley binominal vigente y, sobre todo, el carácter ideológico que le dio vida en 1980. Un referéndum espurio la aupó como corazón del régimen, facilitando su institucionalización y borrando el carácter ilegítimo de sus padres fundadores. Su mantenimiento condensa el sentido antidemocrático del actual sistema político que impera en Chile.
Imposible de soslayar la falta de libertad de prensa, mecanismo básico para hablar de un régimen democrático. La crítica al modelo se convierte en acción osada y temeraria, supone la marginalidad. Poco a poco las revistas y publicaciones diarias que poblaban Chile a finales de los años 80 fueron estranguladas en los años de laConcertación. Baste recordar dos casos: la revista Análisis, pilar de la lucha democrática durante la dictadura, dirigida por Juan Pablo Cárdenas, y el escándalo que pervive, silenciado por todos: el secuestro del diario Clarín desde el 11 de septiembre de 1973. Hoy existe una sentencia condenatoria contra el Estado chileno, dictada por el Ciade, organismo del BM, obligando a pagar el costo del juicio a su legítimo propietario Víctor Pey y negociar una indemnización con sus abogados. Chile se niega a pagar y devolver las instalaciones del viejo periódico a sus legítimos dueños. Hoy sigue en manos de las fuerzas de carabineros, lo cual muestra el acuerdo y compromiso de todos los partidos, avalados por los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, así como por la Contraloría General, con los dos grupos monopólicos que controlan la prensa en Chile, pertenecientes a los empresarios Agustín Edwards (grupoMercurio) y Alvaro Saich, (Copesa).
¿Y qué hay de las fuerzas armadas? Salvo casos excepcionales, todos los encausados lo han sido por querellas particulares. La fiscalía no actúa o se inhibe. No hay posibilidad de avanzar hacia una sociedad democrática si los responsables de crímenes de lesa humanidad transitan por las calles de las ciudades, sabedores de una ley de amnistía que les protege y les hace inmunes. Así mantiene sus prerrogativas y permite que el actual comandante en jefe del ejército, Juan Miguel Fuente-Alba, diga sin ruborizarse que se debe tener una mirada humanitaria con los miembros de las fuerzas armadas condenados por violación a los derechos humanos, dado su avanzada edad. No hay vergüenza.
La dictadura sigue vigente, porque la Concertación en sus cuatro mandatos y la derecha pinochetista con uno han dado continuidad al proyecto. A 40 años la traición se consuma. Chile vive una farsa y una borrachera de poder, donde la amnesia y la infamia construyen un relato épico e idílico que justifica el asesinato y la tortura bajo el eslogan Chile, modelo de democracia, libre mercado y éxito neoliberal. Se hace necesario liberar la conciencia secuestrada por una clase política que prefiere la deshonra a la dignidad. Ese es el dilema a 40 años del golpe de Estado.

11 de septiembre de 2013

Últimas palabras del compañero Salvador Allende.

Elocuciones radiales
durante el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973.


 Pulse AQUÍ para oír audio de la última elocución.


7:55 A.M. RADIO CORPORACIÓN
Habla el Presidente de la República desde el Palacio de La Moneda. Informaciones confirmadas señalan que un sector de la marinería habría aislado Valparaíso y que la ciudad estaría ocupada, lo que significa un levantamiento contra el gobierno, del gobierno legítimamente constituido, del gobierno que está amparado por la ley y la voluntad del ciudadano.
En estas circunstancias, llamo a todos los trabajadores. Que ocupen sus puestos de trabajo, que concurran a sus fábricas, que mantengan la calma y serenidad. Hasta este momento en Santiago no se ha producido ningún movimiento extraordinario de tropas y, según me ha informado el jefe de la Guarnición, Santiago estaría acuartelado y normal.
En todo caso yo estoy aquí, en el Palacio de Gobierno, y me quedaré aquí defendiendo al gobierno que represento por voluntad del pueblo.
Lo que deseo, esencialmente, es que los trabajadores estén atentos, vigilantes y que eviten provocaciones. Como primera etapa tenemos que ver la respuesta, que espero sea positiva, de los soldados de la patria, que han jurado defender el régimen establecido que es la expresión de la voluntad ciudadana, y que cumplirán con la doctrina que prestigió a Chile y le prestigia el profesionalismo de las Fuerzas Armadas. En estas circunstancias, tengo la certeza de que los soldados sabrán cumplir con su obligación. De todas maneras, el pueblo y los trabajadores, fundamentalmente, deben estar movilizados activamente, pero en sus sitios de trabajo, escuchando el llamado que pueda hacerle y las instrucciones que les dé el compañero Presidente de la República.

8:15 A.M. 
Trabajadores de Chile:
Les habla el Presidente de la República. Las noticias que tenemos hasta estos instantes nos revelan la existencia de una insurrección de la Marina en la provincia de Valparaíso. He ordenado que las tropas del ejército se dirijan a Valparaíso para sofocar este intento golpista. Deben esperar la instrucciones que emanan de la Presidencia. Tengan la seguridad de que el Presidente permanecerá en el Palacio de La Moneda defendiendo el gobierno de los trabajadores. Tengan la certeza que haré respetar la voluntad del pueblo que me entregara el mando de la nación hasta el 4 de noviembre de 1976.
Deben permanecer atentos en sus sitios de trabajo a la espera de mis informaciones. Las fuerzas leales respetando el juramento hecho a las autoridades, junto a los trabajadores organizados, aplastarán el golpe fascista que amenaza a la patria.


8:45 A.M. 
Compañeros que me escuchan:
La situación es crítica, hacemos frente a un golpe de estado en que participan la mayoría de las Fuerzas Armadas.
En esta hora aciaga quiero recordarles algunas de mis palabras dichas el año 1971, se las digo con calma, con absoluta tranquilidad, yo no tengo pasta de apóstol ni de mesías. No tengo condiciones de mártir, soy un luchador social que cumple una tarea que el pueblo me ha dado. Pero que lo entiendan aquellos que quieren retrotraer la historia y desconocer la voluntad mayoritaria de Chile; sin tener carne de mártir, no daré un paso atrás. Que lo sepan, que lo oigan, que se lo graben profundamente: dejaré La Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera, defenderé esta revolución chilena y defenderé el gobierno porque es el mandato que el pueblo me ha entregado. No tengo otra alternativa. Sólo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad que es hacer cumplir el programa del pueblo. Si me asesinan, el pueblo seguirá su ruta, seguirá el camino con la diferencia quizás que las cosas serán mucho más duras, mucho más violentas, porque será una lección objetiva muy clara para las masas de que esta gente no se detiene ante nada.
Yo tenía contabilizada esta posibilidad, no la ofrezco ni la facilito.
El proceso social no va a desaparecer porque desaparece un dirigente. Podrá demorarse, podrá prolongarse, pero a la postre no podrá detenerse.
Compañeros, permanezcan atentos a las informaciones en sus sitios de trabajo, que el compañero Presidente no abandonará a su pueblo ni su sitio de trabajo. Permaneceré aquí en La Moneda inclusive a costa de mi propia vida.

9:03 A.M. RADIO MAGALLANES
En estos momentos pasan los aviones. Es posible que nos acribillen. Pero que sepan que aquí estamos, por lo menos con nuestro ejemplo, que en este país hay hombres que saben cumplir con la obligación que tienen. Yo lo haré por mandato del pueblo y por mandato conciente de un Presidente que tiene la dignidad del cargo entregado por su pueblo en elecciones libres y democráticas.
En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor.
Pagaré con mi vida la defensa de los principios que son caros a esta patria. Caerá un baldón sobre aquellos que han vulnerado sus compromisos, faltando a su palabra ... roto la doctrina de las Fuerzas Armadas.
El pueblo debe estar alerta y vigilante. No debe dejarse provocar, ni debe dejarse masacrar, pero también debe defender sus conquistas. Debe defender el derecho a construir con su esfuerzo una vida digna y mejor.

9:10 A.M. 
Seguramente, ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción y serán ellas el castigo moral para quienes han traicionado el juramento que hicieron: soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino, que se ha autodesignado, más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al Gobierno, también se ha autodenominado Director General de Carabineros. Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡No voy a renunciar!
Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad al pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.
Trabajadores de mi patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra de que aceptaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara el Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena, reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.
Me dirijo sobre todo a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la obrera que trabajó mas, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la patria, a los profesionales patriotas, a los que hace días siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clase para defender también las ventajas que una sociedad capitalista le da a unos pocos..
Me dirijo a la juventud, aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las líneas férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de pro[inaudible].
Estaban comprometidos. La historia los juzgará.
Seguramente Radio Magallanes será callada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal [inaudible] los trabajadores.
El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.
Trabajadores de mi patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.
¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!
Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

Santiago de Chile, 11 de septiembre de 1973 .

Pronunciado: El 11 de setiembre de 1973 en momentos en que las fuerzas armadas de Chile, subvencionadas por el gobierno de los Estados Unidos, se sublevaban contra el régimen democrático constitucional. Al mediodía, con cuatro aviones de guerra, se inició el bombardeo aéreo al Palacio de la Moneda. Salvador Allende, quien fiel a sus palabras, reiteradamente rehusó la opción de renunciar y acogerse al exilio, no sobrevivió el ataque.
Esta edición: Marxists Internet Archive, 2001. Audio añadido y texto corregido en mayo de 2003.

LA BATALLA DE CHILE. La lucha de un pueblo sin armas. | Parte 3. El poder popular.

“La Batalla de Chile” es un documental histórico que en las décadas de los 70 y 80 fue distribuido en 35 países del mundo. No es un filme de archivo: es un documento filmado en el momento mismo de producirse los hechos. Su autor y director trabajó con un equipo en medio de los acontecimientos. El material virgen (película de l6 MM en blanco y negro) fue una contribución del documentalista francés Chris Marker y el montaje se realizó gracias a la colaboración del Instituto de Cinematografía Cubano (ICAIC). Jorge Müller Silva (el cámara del filme) fue secuestrado por la policía militar de Pinochet en noviembre de 1974. Hasta hoy se desconoce su paradero. Es uno de los 3.000 desaparecidos que todavía hay en Chile. “La Batalla de Chile” ha sido objeto de la censura en Chile y nunca ha sido emitida por la televisión pública.
FICHA TÉCNICA REDUCIDA:
Dirección, producción, guión: Patricio Guzmán.
Director de fotografía y cámara: Jorge Müller Silva.
Montaje: Pedro Chaskel.
Sonido directo: Bernardo Menz.
Casa de producción: Equipo Tercer Año (Patricio Guzmán).
Soporte de rodaje: 16 MM. Blanco y negro. Soporte definitivo: 35 MM (1.85), DVD y Beta Pal.
PREMIOS:
GRAND PRIX, Festival de Grenoble, Francia 1975. PREMIO DEL JURADO, Festival de Leipzig, Alemania 1976. GRAND PRIX, Festival de Grenoble, Francia 1976. GRAND PRIX, Festival de Bruselas, Bélgica 1977. GRAND PRIX, Festival de Benalmádena, España 1977. GRAND PRIX, Festival de La Habana, Cuba 1979.
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