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11 de mayo de 2020

Virus, crisis económica, materialismo.

Por: Rolando Astarita / Blog.

En la nota sobre la posibilidad de que la economía global se sumerja en una depresión (aquí), dediqué unas líneas a reivindicar la validez del enfoque materialista. Posiblemente a algunos lectores les haya llamado la atención esa digresión, pero lo cierto es que al escribir la nota tenía presente varios mensajes que había recibido, de personas progresistas o de izquierda, que afirmaban que todo era un invento del imperialismo, del neoliberalismo, o incluso del capitalismo a secas. De entre esos mensajes, el que más me impactó rezaba: “El coronavirus es lo propio de la globalización; se fundamenta en la incertidumbre y en el potencial carácter peligroso del otro. Es el individualismo global inventando catástrofes” Tweet que venía con la firma de UBA.Sociales. Traducido, el virus es un invento “del individualismo global”; y de naturaleza psicológica (se fundamenta en la incertidumbre y el miedo paranoico al otro). Me llamó la atención, también, que nadie dijera palabra sobre el mensaje (al menos, hasta donde conozco).

Pero, como es conocido, la tesis de que todo es producto de una campaña también fue asumida por cabezas de Estado. Entre ellas, López Obrador, Bolsonaro y Trump. Así, ya en marzo, López Obrador decía que “hay que abrazarse, no pasa nada”, y su subsecretario de Salud, López Gatell, agregaba que “la fuerza del presidente es moral, no es contagiosa”. En la misma veta Bolsonaro afirmó que la preocupación “es una histeria”, y saludó y se tomó selfies con cientos de simpatizantes. En sus últimas declaraciones dijo que los que alarman a la población buscan “paralizar a la economía para acabar con su gobierno”. En cuanto a Trump, se burló del “virus extranjero” y sentenció que no era un problema grave. Naturalmente, se preocupó cuando se derrumbó Wall Street. Sin embargo, con el virus expandiéndose en EEUU a mucha velocidad, acaba de anunciar que, en un corto plazo, levantará toda medida de aislamiento.

Idealismo reaccionario y reivindicaciones obreras.

El punto en común de todas estas posturas es que el virus no representa un peligro objetivo, material. Según este enfoque, que abarca de progres a completos reaccionarios, todo sería construcción política, o político-discursiva.

Pienso que estamos ante posturas reaccionarias, incluso cuando se expresan con palabrerío “anti-neoliberal”, o “anti-globalización”. Para ver por qué, repasemos las demandas que por estos días hacen muchos sectores del trabajo: que se paren las actividades no esenciales; que se mantengan los ingresos de los trabajadores; que se aseguren los ingresos a los precarizados o desempleados; que se adopten medidas de seguridad para los trabajadores de la salud, limpieza, transportes esenciales. Pero si el peligro del virus es solo paranoia individualista, o histeria, creadas por el imperialismo, el capital financiero, los medios o los políticos opositores, ¿qué fundamento le queda a las reivindicaciones de las masas trabajadoras? Sencillamente, ninguno. Como también pierde sentido alertar sobre los peligros que anidan en la entrada del virus a las decenas de miles de suburbios carenciados del Tercer Mundo, con sus miles de millones de personas privadas de lo más elemental. En otros términos, si todo es “histeria mediática neoliberal”, ¿para qué preocuparse por las condiciones materiales, objetivas, en que viven o trabajan las masas y enfrentan el virus?

Lo más grave es que estas concepciones idealistas han arraigado en sectores del progresismo y la izquierda. Aunque a veces se expresan de manera más atenuada. En este último respecto, me ha llamado la atención que alguna gente de izquierda haya planteado que la irrupción del virus solo “disparó” la crisis económica. Un disparador en el mismo sentido en que el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria encendió la Primera Guerra. De ahí que me viera obligado a explicar –en Comentarios del blog- la diferencia entre “disparar” y “agravar” (el asesinato del archiduque disparó, pero no agravó la guerra; la aparición del virus dispara y agrava la crisis económica).

Materialismo,  naturaleza y relativismo epistemológico.

En contra de las concepciones idealistas, vuelvo a destacar el enfoque materialista del marxismo. Su punto de partida: somos parte de la naturaleza, y estamos sometidos a sus leyes. En consecuencia, estas no se pueden desconocer impunemente. En 1846 Marx y Engels escribían:
“Un hombre listo dio una vez en pensar que los hombres se hundían en el agua y se ahogaban simplemente porque se dejaban llevar por la idea de la gravedad [hoy algunos dirán “la idea del virus”]. Tan pronto como se quitasen esta idea de la cabeza, considerándola por ejemplo como una idea nacida de la superstición, como una idea religiosa, quedarían sustraídos al peligro de ahogarse [actualidad del consejo: el virus no te ahoga si te sacas la idea del virus]. Ese hombre se pasó la vida luchando contra la ilusión de la gravedad, de cuyas nocivas consecuencias le aportaban nuevas y abundantes pruebas todas las estadísticas”. (La ideología alemana, p. 12).

Dos años antes, en los Manuscritos económico-filosóficos Marx decía:
“La vida genérica, tanto en el hombre como en el animal, consiste físicamente, de una parte, en que el hombre (como el animal) viva de la naturaleza inorgánica, y cuando más universal es el hombre como animal, tanto más universal es el campo de la naturaleza inorgánica en que vive”. Más adelante: “la naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre” (…) Decir que el hombre vive de la naturaleza significa que la naturaleza es su cuerpo, con el que debe mantenerse en proceso constante, para no morir” (pp. 599-600 Escritos de juventud de Marx, FCE).

También Engels:
“Mas si se sigue preguntando qué son el pensamiento y la conciencia y de dónde vienen, se halla que son productos del cerebro humano y que el hombre mismo es un producto de la naturaleza, que se ha desarrollado junto con su medio; con lo que  se entiende sin más que los productos del cerebro humano, que son en última instancia precisamente productos de la naturaleza no contradigan, sino correspondan al resto de la conexión natural” (p. 85, Anti-Dühring, ed. Fundación Federico Engels).

Lo central es que el pensamiento humano no está por fuera y por encima de la naturaleza. Una cuestión que, entre otras cosas, es el fundamento de la crítica materialista al relativismo epistemológico. Esto es, a la idea de que la verdad o falsedad de una afirmación es relativa a un individuo o grupo social. Es el criterio que guía a gente para la cual la existencia, o no, del virus parece depender de quién dice que el virus existe, o no existe. Como no puede ser de otra manera, el idealismo, la superstición y la negación de que existen hechos y circunstancias que son externas a nuestra mente, y ocurren por fuera de ella, se dan la mano para conformar un indigesto guiso sumamente reaccionario. El marxismo, en oposición a estas corrientes oscurantistas, defiende las tradiciones científicas, esto es, la validez del razonamiento lógico y de la evidencia empírica (más sobre esto, aquí).

Materialismo y socialismo.

Por último, sostengo que una futura sociedad socialista, o una sociedad que pretenda construir el socialismo, tampoco podrán desconocer que formamos parte de la naturaleza, y que sus leyes no dependen de nuestras construcciones mentales, sino al revés. Una cuestión que parecieron pasar por alto los líderes de los “socialismos reales”, imponiendo a los trabajadores objetivos irrealizables, que llevaron al agotamiento de la propia fuerza laboral, y de los recursos naturales. Piénsese, por  ejemplo, lo que significaron la colectivización forzosa en la URSS; el Gran Salto Adelante, en China; o la zafra de los 10 millones de toneladas, en Cuba. En todos esos episodios se pretendió avanzar desconociendo las restricciones productivas objetivas, e incluso las leyes de la naturaleza. Más en general, el programa de construir el socialismo en un solo país estuvo teñido de un voluntarismo idealista que terminó siendo muy perjudicial para las masas trabajadoras.

Lo dicho no niega, por supuesto, que el socialismo podrá acabar con el imperio de la lógica de la ganancia capitalista; poner el acento en el desarrollo productivo, eliminando incontables gastos improductivos (por caso, lo que gastan las potencias capitalistas solo en gasto armamentista); incorporar a las masas a la toma de decisiones en beneficio de todos; revertir la abismal desigualdad social; y organizar el trabajo en función de los intereses colectivos. Medidas que, con toda seguridad, mejorarán las condiciones para que la humanidad enfrente catástrofes naturales como la desatada en estos tiempos. Pero eso no significa que las mismas dejarán de ocurrir, dado el actual grado de desarrollo de las fuerzas productivas y la ciencia. En otros términos, la restricción natural no se eliminará, al menos en un horizonte de tiempo previsible. Por eso no hay que vender humo, ni espejitos de colores. Necesitamos desarrollar la crítica del capitalismo, evitando empero toda forma de idealismo y subjetivismo voluntarista, que solo favorecen a la reacción.

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25 de octubre de 2019

Origen del dinero, cuestiones históricas.

Por: Rolando Astarita / Blog.

En una nota anterior (aquí) presenté las principales diferencias teóricas sobre la génesis del dinero entre Smith, Menger y los neoclásicos, por un lado, y Marx, por el otro. En esta nota amplío el tema con los aspectos históricos del surgimiento y evolución del dinero. Una cuestión que está en el centro de las discrepancias entre la concepción marxista del dinero y los enfoques ortodoxos, por un lado, y de la Teoría Monetaria Moderna, por el otro. Empiezo con la diferencia entre la explicación “a lo Adam Smith” y el enfoque de Marx.

El marxismo sobre la “propensión a comerciar” y el origen del dinero

El primer punto a destacar es que Marx fue crítico de la naturalización de las relaciones mercantiles en que incurre la economía burguesa, sea clásica, neoclásica o “austriaca”. Tengamos presente que Adam Smith (también Ricardo) pensaba que, desde el fondo de los tiempos, los productores tuvieron la propensión “natural” a comerciar, y que esto dio lugar al surgimiento del mercado y el dinero. Una idea que se sigue sugiriendo en los manuales neoclásicos de Economía.

El enfoque de Marx, en cambio, es que no existe tal propensión “natural”. En crítica a Ricardo, dice que este “[h]ace que de inmediato el pescador y el cazador primitivos cambien la pesca y la caza como si fueran poseedores de mercancías, en proporción al tiempo de trabajo objetivado en esos valores de cambio”  (Marx, 1999, nota p. 93, t. 1; énfasis añadido). El punto central de Marx es que la posesión de mercancías no es una relación inmediata en la historia humana, sino mediada por la propiedad privada de los medios de producción. Por eso, la circulación de bienes bajo la forma social de mercancías no existía al interior de comunidades en las que el suelo era propiedad en común, y el trabajo también era en común. En esas sociedades la reglamentación de obligaciones comunitarias –por ejemplo, dotes, reparaciones por agravios, dones- era cualitativamente distinta de la que existe entre propietarios privados de mercancías. Marx destaca esta diferencia: “tal relación  de ajenidad recíproca [la del mercado]… no existe para los miembros de una entidad comunitaria de origen natural, ya tenga la forma de una familia patriarcal, de una comunidad índica antigua, de un Estado inca, etcétera” (1999, p. 107). En estas formaciones sociales el suelo era propiedad del Estado-soberano, y el comercio entre sus miembros estaba muy reducido, o era inexistente (véase Godelier, 1971, que sintetiza las ideas de Marx al respecto).

Samir Amin (1986) también observa que en “los modos de producción de comunidad primitiva” los intercambios mercantiles eran inexistentes o muy reducidos; y que la distribución del producto dentro de las colectividades se realizaba según unas reglas íntimamente relacionadas con la organización del parentesco” (p. 10). A su vez, y de manera más particularizada, Vilar (1982) señala que en las sociedades precolombinas no existía el intercambio mercantil entre sus miembros.

De todo esto se desprende que no hay razón entonces para sugerir –como parecen hacerlo algunos defensores de la TMM- que la explicación histórica de Marx y los marxistas sobre la génesis del dinero es similar a la que presenta el enfoque ortodoxo.

El comercio a distancia

Si el intercambio mercantil al interior de las comunidades antiguas era casi inexistente, ¿dónde apareció? La respuesta de Marx es que surgió a medida que las comunidades entraban en contacto. “El intercambio de mercancías comienza donde terminan las entidades comunitarias, en sus puntos de contacto con otras entidades comunitarias o con miembros de estas” (Marx, 1999, p. 107, t. 1). En este respecto, el análisis de Marx en El Capital tiene como punto de partida la que llama la forma “simple, o contingente” del valor, la cual corresponde a los intercambios ocasionales entre comunidades. Es contingente porque solo por azar los bienes se intercambian de acuerdo a los tiempos de trabajo invertidos. Luego, a esta forma le sigue la forma desplegada, que corresponde a la repetición más o menos regular de los intercambios. Es la que da lugar a que muchas mercancías puedan tener el rol de equivalentes (expresan valor, sirven de medios de intercambio). Lo cual habría preparado el terreno para el surgimiento del dinero. El dinero existe cuando una o dos mercancías –típicamente el oro y la plata- sirven de medios para expresar el valor de todas las mercancías.

Por eso, históricamente, y como destaca Amin, en el mundo antiguo el comercio a distancia jugó un rol de primer orden en la circulación y distribución del excedente del que se apropiaban las clases dominantes. Amin precisa asimismo que, si bien no se trató de un modo de producción, fue “el modo de articulación entre formaciones autónomas” (p. 12). Pero por eso también, ese comercio a distancia fue clave para el surgimiento del dinero. Lo cual ocurrió por encima o por fuera de los sistemas estatales de recaudación impositiva, o de emisión de dinero fiduciario.

En base a lo anterior, tiene interés describir las principales características del comercio “mundial” (utilizando un anacronismo) tal como existió durante el segundo milenio y la primera parte del primer milenio a. C., en Mesopotamia, Egipto y Persia. Según Aglietta y Orléan (1990), los comerciantes eran agentes intermediarios que ejercían su profesión por estatuto y estaban organizados en gremios (véase p. 215 y ss.). Sus ingresos provenían de comisiones establecidas sobre el valor de los objetos comercializables; las mercancías estaban estratificadas en categorías, y las tomaban a su cargo a cambio de una caución de igual valor. O sea, no había riesgo económico. Las evaluaciones de los objetos que se intercambiaban en ese comercio eran fijas y las cantidades por intercambiar estaban predeterminadas (véase ibid.). Los activos y pasivos, eran contabilizados por instituciones financieras que hacían operaciones de clearing y pagaban con plata u oro el comercio de larga distancia. Esas instituciones se encargaban también del intercambio de medios de pagos entre los Estados, los cuales tenían distintas tasas de conversión entre los metales (véase p. 216). Los altos dignatarios, que también eran terratenientes, adelantaban sumas del tesoro al sector comercial, por lo cual recibían intereses. Esto es, existía capital comercial y capital dinerario a interés, formas “ante-diluvianas” del capitalismo, que se beneficiaban del comercio entre las comunidades. El dinero -oro y la plata- servía como unidad de cuenta (incluso para compensar operaciones), medio de pago y medio de atesoramiento.

De conjunto, aunque todavía no se trata de una relación mercantil plenamente “desplegada” –las operaciones se realizaban bajo vigilancia del poder político- estamos ante una forma social de naturaleza muy distinta de las que regían al interior de las comunidades primitivas.

Vilar también observa, refiriéndose al reino de Hammurabi, que “aunque la plata servía quizá para los pagos interiores, se reservaban pequeñas cantidades de oro, materia más rara, para los pagos exteriores (que actualmente diríamos ‘internacionales’). De tal forma que el imperio de Hammurabi, con sus lingotes de oro en los sótanos del palacio, y este oro reservado para los pagos internacionales, anuncia ciertos fenómenos modernos: nuestros bancos estatales. En cambio, nosotros tenemos mucha moneda circulante, mientras que el sistema estatal en Egipto, en Asiria y en China, reducía a casi nada, como entre los incas, el papel de esta moneda interior” (p. 34).

Todo indicaría entonces que, por fuera de lo que podía legislar el Estado, el oro, o la plata, se impusieron como dinero “mundial” a partir del comercio a distancia. Más aún, el cobro de impuestos (que en las sociedades campesinas en realidad eran rentas de la tierra) muchas veces se realizaba en especie, en tanto el soberano intercambiaba con otras comunidades utilizando el oro como dinero (véase Godelier, pp. 77-78).

Por otra parte, el comercio “hacia afuera” parece haber socavado la cohesión de las viejas comunidades. Lo cual, si bien no generó necesariamente capitalismo (una cuestión que subraya Amin), dio lugar a la mercantilización creciente de la producción interna, y con ella, a la circulación de dinero. Citamos de nuevo a Godelier: “Los pueblos pastores fueron los primeros en transformar sus bienes en dinero y en bienes muebles fácilmente enajenables. Algunos pueblos se especializaron en el comercio, pero este comercio no modificaba el modo de producción de los pueblos bárbaros respecto a los cuales jugaban el papel de intermediarios. En todos los casos las relaciones monetarias actúan como un disolvente sobre las relaciones sociales tradicionales. Cuando el capitalismo desarrolla el comercio mundial, este en una primera fase no afecta a los modos de producción antiguos, aunque después los destruye a pesar de su resistencia” (p. 78).

Acuñación y surgimiento de la moneda

Existiendo ya dinero (oro y plata, en particular) como dinero “mundial”, la acuñación metálica estatal surgió en ciudades griegas de Jonia y en Lidia, durante el siglo VII a. C. La misma habría sido el producto de la emisión embrionaria privada, y la proliferación de piezas de moneda de contenido débil; de la libertad de detentación de esas piezas por miembros de la sociedad; y de la compra y venta de los bienes alimentarios con esas monedas (Aglietta y Orléan, p. 218). Según estos autores, la acuñación privada habría significado un impulso a la disgregación de la solidaridad social, y la acuñación estatal de moneda la forma de conjurar el peligro de la violencia recíproca. Esta explicación se inscribe en su explicación más general, que dice que el origen de todo orden social es la “rivalidad mimética”, algo así como el deseo de imitar el deseo del otro, lo que estaría en el origen de una violencia esencial. Sin compartir esta interpretación, destacamos sin embargo, el dato histórico: antes de ser estatal la acuñación fue embrionaria bajo la forma privada. Y surgió como un producto de transacciones, habiéndose ya desarrollado el dinero en las relaciones mercantiles a distancia. Sobre esta cuestión Vilar observa también que, por un lado,” la aparición de la moneda propiamente dicha fue tardía; [y] tuvo lugar en los márgenes comerciales del mundo antiguo y no en los imperios interiores: el comercio crea la moneda más que la moneda el comercio” (p. 35). El cobro de impuestos no parece haber jugado el rol en la aparición del dinero, ni de la moneda, que le asigna el cartalismo.

Por otra parte, desde el principio de la acuñación hubo desconexión entre el valor instituido de las monedas acuñadas en relación con las equivalencias establecidas entre metales no  acuñados. O sea, existía una tensión entre el valor mercantil del metal y su valor monetario instituido (véase Aglietta y Orléan, p. 222). Pero el hecho de que existiese esa tensión pone en evidencia que el valor de la moneda no pudo ser establecido simplemente por la voluntad del poder político, con independencia de alguna referencia al valor del metal. Aquí entraba en juego la calidad de la acuñación oficial, “y a partir de allí la solidez política de la ciudad” (ibid.). Por eso, el mercado de metal era la relación “por la cual se precipitaban las crisis económicas”. Salvando las distancias, estamos ante la típica “corrida” hacia una “garantía de valor”; la cual se impone a pesar de las disposiciones oficiales de convertibilidad o no al respaldo. En este punto es de notar que el propio Knapp reconoce que cuando se acuñaron las primeras piezas monetarias, la principal consideración fue que debía ser posible reconocer inmediatamente la naturaleza y cantidad del metal que antes se había utilizado por su peso. Aunque con la acuñación ya no era necesario examinar o pesar el material, durante mucho tiempo se siguió suscitando la cuestión de si las piezas eran válidas de acuerdo a su peso, o si lo eran “por proclamación” (esto es, por el acto político legislativo del Estado; véase Knapp, p. 35). Lo cual está indicando la relevancia de una referencia “material” al valor.

Volviendo ahora a Aglietta y Orléan, también señalan que el Tesoro público era una garantía del funcionamiento fiduciario de la moneda “con un carácter esencialmente simbólico” (ibid.). Otra prueba de que con la mera voluntad política del Estado no se podía sostener el valor de la moneda emitida. Cuando se acuña la moneda, de hecho, se establece una relación entre el valor que la moneda dice representar y el valor que efectivamente contiene. Y si la moneda se transforma en mero signo, su valor se establece por referencia a un respaldo. Knapp es consciente de este hecho. Por eso, se opone a llamar “símbolos” a los billetes o monedas que circulan en lugar del oro o la plata, ya que esa expresión sugiere la “idea equivocada de que tales medios de pago están allí simplemente para recordar otros mejores y más genuinos” (p. 33). Pero el carácter de signo se reafirmaba, de hecho, cuando se testeaba la convertibilidad al “material respaldo” del billete, o la moneda.

Algunos hitos de la historia monetaria

Siguiendo a Vilar, destacamos algunos hitos de la evolución monetaria a partir de la crisis y caída del Imperio romano de Occidente. Por empezar, la creación, por Constantino, del solidus-oro, que contenía 4,5 gramos de oro fino, y coexistía con monedas de cobre y de plata. El solidus fue introducido con independencia del pago de impuestos (en realidad, renta) por parte de los campesinos, ya que los mismos se pagaban en especie. Luego de la caída del imperio, los pequeños reinos bárbaros acuñaron cada vez menos, y con cada vez más aleación; y después de Carlomagno ya no se acuñó oro (Vilar, p. 40). Sin embargo, el solidus continuó siendo acuñado por Bizancio. Existió una base material para ello: el oro de Occidente había sido drenado, incluso durante el apogeo del Imperio romano, hacia Oriente, a cambio de productos preciosos (seda, especias). Por eso, el oro acumulado en las ciudades orientales y en las minas de Nubia, Alto Egipto, permitió mantener la solidez metálica del solidus. De nuevo, hubo una razón económica detrás de la aceptación y prestigio de que va a gozar el solidus, que siguió siendo acuñado hasta 1203, y se convirtió en moneda internacional, al punto que se lo ha llamado “el dólar de la Edad Media”. Su influencia iba desde Inglaterra a India (Dwyer y Lothian, 2003). Aunque a partir de finales del siglo VII compartió su posición de moneda mundial con el dinar, acuñado en varios lugares del mundo musulmán, y que también mantuvo un contenido metálico estable durante siglos. El dinar estuvo sostenido en el oro que los musulmanes habían conseguido de sus pillajes, de la producción de las minas de Nubia y del oro que salía de los ríos de Sudán y Ghana y llegaba a Egipto y la Magreb atravesando el Sahara (Vilar, p. 42). A su vez, y más en general, el oro seguía circulando de oeste a este, siempre a cambio de productos preciosos. Por eso seguía siendo “el instrumento por excelencia del comercio general”, o sea, “internacional”, para seguir con el anacronismo (p. 43).

Por lo explicado hasta aquí, parece innegable el rol que jugó la composición metálica de la moneda para su aceptación como moneda “mundial”. Pero eso no parece encajar en la historia que cuenta el cartalismo, y sí en la tesis de Marx de que, cuando se trata del dinero mundial, solo cuenta su contenido (véase 1980, p. 139). Es que en la circulación interna, y hasta cierto grado, se acepta la circulación de signos y promesas de pago del más diverso tipo. Pero en el plano mundial, es necesario que la moneda se presente como encarnación pura de valor. Y este rol no lo puede jugar un simple signo “en sí y por sí”, carente de valor. En este punto es de destacar que Knapp admite que la tesis cartalista no puede explicar el uso de la pieza monetaria más allá de los límites del territorio del Estado, esto es, donde no rige la ley “nacional” (pp. 40-1). Agrega que la forma cartal nunca puede ser efectiva “internacionalmente”, dado que cada Estado es independiente de los otros. Reconoce que esta es una limitación llamativa en comparación con el metalismo, y que no puede haber dinero común a dos Estados (véase p. 41). Pero entonces es imposible explicar cómo y por qué se instalan, de hecho, monedas que fueron internacionales, como ocurrió con el solidus o el dinar.

La explicación de Marx, en cambio, parece encajar mucho más adecuadamente en los hechos históricos. La solidez mundial del solidus y el dinar (y otras a lo largo de la historia) no se debió a la acción legislativa del Estado emisor, sino tuvo su sustento en sus valores intrínsecos. A su vez, la caída del solidus como moneda mundial estuvo vinculada tanto a la reducción de sus pesos, y a la alteración del contenido, en el final del siglo X. Era el resultado del debilitamiento económico y de las dificultades crecientes para financiar los gastos del Estado. Algo similar ocurrió con el dinar, aproximadamente para la misma época (Dwyer y Lothian, 2003). Parece imposible explicar estas monedas como los simples token debt del cartalismo.

El caso de Malí, siglo XIII

Aglietta y Orléan sostienen que el orden mercantil “no tomó verdaderamente impulso hasta el siglo XIII de nuestra era” (p. 224). Esto ocurrió en las ciudades mercantiles de Italia, en las ciudades del Mar del Norte y del Báltico. Pero antes de tratar esa cuestión, presento el caso del reino de Malí, gran productor de oro durante el siglo XIII. Según Amin, hasta el descubrimiento de América África occidental fue el principal proveedor del metal amarillo desde la Europa del Medioevo hasta el Oriente antiguo y el mundo árabe (véase Amin, p. 33). De ahí la importancia del comercio transahariano. En este contexto, entre los siglos XIII y XIV el reino de Malí llegó a la cima de su poderío económico. Malí comerciaba oro por sal (que escaseaba en el sur del país), telas, especies, perfumes, dátiles, caballos, hierro, armas, entre otros bienes. La producción de oro entonces era vital. Por disposición del poder político, las pepitas de oro pertenecían al rey y eran medio de atesoramiento. Sin embargo, el pueblo podía quedarse con el polvo de oro, que servía como medio de cambio. Aunque también la sal y ropa eran medios de cambio; y luego también sirvieron conchas marinas. En cualquier caso, los agricultores pagaban sus impuestos en especie, de lo cosechado. Tenemos aquí un ejemplo histórico de varios equivalentes, que parecen surgir de la circulación mercantil, siendo distinto el medio en que se recaudaban los impuestos del dinero que se empleaba en el comercio “internacional”.

Orden mercantil

Siguiendo a Aglietta y Orléan, hemos adelantado que hacia el siglo XIII tomó impulso en “orden mercantil”, con centro en ciudades italianas. El florín de Florencia y el genovino de Génova pasan a ser ahora las “monedas mundiales”. Tuvieron gran prestigio y fueron ampliamente aceptadas por fuera de los Estados emisores. De nuevo, el contenido metálico, oro, jugó un rol importante en esa aceptación (véase Dwyer y Lothian, 2003). Vilar señala que la acuñación de oro por Florencia y Génova es la culminación de la recuperación de Europa desde el siglo XI. La mejora económica en Europa (por caso, mejora de la productividad agrícola) genera una balanza excedentaria, que explica la afluencia del oro. Las ciudades italianas captan los frutos de ese comercio. De nuevo, la actividad económica explica más a la moneda, que la moneda a la actividad económica. A su vez, en el siglo XV el genovino y el florín fueron desplazados por el ducado veneciano.

Paralelamente al ascenso económico, se produjeron innovaciones monetarias trascendentales que fueron “invenciones privadas puestas en práctica por los comerciantes-banqueros italianos” (Aglietta y Orléan, p. 224; énfasis añadido). Los puntos de partida de estas iniciativas fue la acumulación de tesoros por parte del capital comercial. De esta manera “[u]n poder monetario privado pudo desafiar la soberanía del monarca” (ibid.). Es claro que estas transformaciones del siglo XIII tienen su motor en la acumulación de capital dinerario. La misma permitió que la iniciativa de la creación monetaria pasara a manos privadas, a pesar de que la acuñación seguía siendo un derecho real (p. 225). Es que los comerciantes banqueros comenzaron a emitir las letras de cambio, que terminarían siendo, hasta el siglo XIX, el principal medio financiero para las transacciones internacionales (véase también Dwyer y Lothian). Los florines o los genovinos servían entonces como medidas de valor para la emisión de las letras, y para saldar los pagos netos, una vez hechas las compensaciones en las cuentas bancarias. Por esta vía se reducía sustancialmente la circulación internacional de dinero metálico.

Pero con estos desarrollos aparece una nueva relación crédito deuda (Aglietta y Orléan, p. 226). Es una relación que nunca había podido desarrollarse en la Antigüedad, donde las deudas “eran compromisos personales a los ojos del derecho romano” (ibid.). Ahora la deuda que había aceptado el vendedor del comprador, podía ser transferida a un tercero por el vendedor para pagar su propia compra. Es la monetización del crédito, que estudiará largamente Marx en El Capital. A partir de este desarrollo, se planteará entonces una nueva relación jerárquica entre monedas: la que existe entre los créditos monetizados y la moneda “de alta potencia” en que se saldan definitivamente las compensaciones. Estamos en camino hacia los sistemas monetarios modernos.

Las manipulaciones monetarias y “curas económicas milagrosas”

Lo hemos sugerido, pero es necesario subrayarlo: las manipulaciones monetarias, típicamente la alteración de la aleación, o del peso, fueron utilizadas por los poderes políticos, una y otra vez, para hacerse de fondos con los cuales enfrentar sus gastos en tiempos de crisis. Refiriéndose a las manipulaciones monetarias durante la crisis del siglo XIV (pero la observación tiene alcance general), Vilar señala que las mismas “corresponden a nuestras ‘inflaciones’, seguidas de ‘devaluaciones’, que permiten pagar menos el trabajo, aunque parezca que se pague más, disminuir el peso de las deudas y competir algún tiempo con los extranjeros, exportando a precios más bajos. Pero estas ventajas son siempre momentáneas, a poco que la multiplicación de las monedas corrientes sin valor se convierta en excesiva” (p. 49). Marx también se refiere a la “falsificación de dinero por parte de los príncipes, practicada secularmente, que del peso originario de las piezas monetarias no dejó más que el nombre” (1999, p. 122). Asimismo habla de las “fantasías sobre el alza o la baja del precio de la moneda”, consistentes en creer que por medio de las operaciones de acuñación se podrían “efectuar curas milagrosas económicas” (nota, pp. 123-4). Esto es, las alteraciones del contenido metálico terminaban depreciando el valor de la moneda, al margen y por encima de lo que dictaba el gobierno de turno. Una vez más, la ley económica terminaba imponiéndose.

Termino diciendo que no encuentro la manera en que estas evoluciones históricas del dinero, y la moneda, puedan ser explicadas con el esquema cartalista.

Bibliografía citada:
Aglietta, M. y A. Orléan (1990): La violencia de la moneda, México, Siglo XXI.
Amin, S. (1986): El desarrollo desigual, Barcelona, Planeta –Agostini.
Dwyer, G. P. y J. R. Lothian (2003): “International Money and Common Currencies in Historical Perspective”, Federal Reserve Bank of Atlanta Working Paper 2002-7.
Godelier, M. (1971): Teoría marxista de las sociedades precapitalistas, Barcelona, Estela.
Knapp, G.F. (1924): The State Theory of Money, Londres, Macmillan.
Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.
Vilar, P. (1982): Oro y moneda en la historia (1450-1920), Barcelona, Ariel.

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24 de octubre de 2019

Análisis de Coyuntura Latinoamericana – FAU, CAB, FAR, FAS, Vía Libre.

Tomado de: Antihistoria.

América latina, tierra indómita y rebelde, heredera de siglos de luchas y resistencias, en donde la magia invade el realismo, lugar en donde estamos pasando por una situación crítica en términos ecológicos, humanitarios y sociales. Hoy asistimos a un punto de inflexión, en donde las amenazas sobre nuestros cuerpos y territorios son cada vez más concretas, es por eso que la indecisión y las medias tintas deben ser combatidas con posiciones y propuestas. Es nuestro deber histórico, como anarquistas, el generar espacios de debate y crítica, en donde prefiguremos los días de lucha que se nos avecinan. A su vez, se hace necesario plantear nuevas categorías de análisis para así apuntar de manera mucho más certera a quienes hoy nos someten.

Durante las últimas décadas, nuestros territorios han servido de espacio para las luchas geopolíticas de los imperialismos; China, Estados Unidos, Rusia, Turquía, entre otros, trazan sus intereses sobres los espacios que habitamos, debido a esto, es necesario romper con el análisis añejo en clave de guerra fría, en donde los intereses de EEUU se desplegaban sobre el continente sin ningún contrapeso. Hoy son muchos los actores en esta lucha geopolítica. No podemos caer en la miopía y dirigir todas nuestras críticas solo a EEUU, que claro está, hoy en esa lucha geopolítica trata de asegurar esta área como su «patio trasero» que siempre pretendió que fuera, pero pese a que tiene altos niveles de responsabilidad en la miseria en vastos territorios, no son los únicos que llevan adelante una política imperial.

Nos encontramos ante un fuerte avance de la derecha y extrema derecha a lo largo y ancho de América Latina. Fenómeno de escala mundial, ya que diversos partidos de estas orientaciones vienen creciendo electoralmente en Europa desde hace ya tres décadas, en países del ex bloque del Este ha renacido con inusitado vigor, y en el resto del continente diversas expresiones de este signo ganan espacio. En EEUU, Donald Trump es una muestra del mismo fenómeno, con la particularidad que tiene ello efectos en su política imperial para el área latinoamericana y el mundo.

Ya bajo el gobierno de Obama, EEUU apoyó y organizó el golpe de Estado en Honduras en 2009, iniciando este giro paulatino a un mayor control sobre lo que ellos llaman su «patio trasero». Este golpe tuvo su continuidad en el golpe en Paraguay en 2012 y el «golpe blando» en Brasil en 2016. Este ambiente facilitó el ascenso electoral en Argentina de Macri en 2015 y de Duque en Colombia en 2017. En el único país donde avanzó el «progresismo» fue en México, y ello es muy relativo.

La derecha ha organizado su «retorno» al frente de los gobiernos. En cada país han desarrollado campaña fuerte contra los «progresismos», han hecho eje en la corrupción -en la cual están metidos todos los sectores políticos como ha quedado claro en Brasil con el Lava Jato-, pero además se han organizado a nivel latinoamericano, siempre contando con el apoyo imperial.

Estos gobiernos -Macri y Bolsonaro- han sumado apoyos al Grupo de Lima, a ese conjunto de gobiernos recalcitrantes que vociferan «democracia» hacia afuera pero aplican políticas antipopulares y represivas puertas adentro. Y particularmente en el caso de Bolsonaro ya hablando directamente contra la democracia burguesa, instalando la idea de gobiernos de corte dictatorial directamente. Es este grupo de países el que ha servido de cobertura latinoamericana a los intentos golpistas de la derecha venezolana apoyada por EEUU. Manejan abiertamente la posibilidad de una invasión norteamericana sin tapujos, como en vieja época, recurriendo los mecanismos de la OEA y el TIAR.

Este giro continental a la derecha no es menor. El sistema capitalista, luego de una feroz aplicación del neoliberalismo, permitió ante embates populares ciertos «cambios», algunas mejoras, cierto «afloje» para perfeccionar la dominación y el saqueo constante a los de abajo. En el período llamado «progresista» hubo ciertas políticas sociales de contención de la pobreza, de distinto grado según cada país. Tenían como común denominador permitir cierta mejoría en la vida de los sectores más pobres de la sociedad, pero gestionando la pobreza, no se generaron políticas de trabajo real, se dejó a los pobres en el lugar del asistencialismo, o a lo sumo, de mano de obra tercerizada y precaria, donde es el propio Estado el que terceriza tareas, enriqueciendo empresas  u Ong’s y generando una clase trabajadora mucho más precaria y sin derechos, amputada en sus instituciones y procesos de lucha.

El Extractivismo, tanto de los gobiernos progresistas de diverso signo como de los liberales, como régimen y dinámica neocolonial imperante en toda América Latina, sólo ha profundizado el intercambio desigual entre territorios y la división internacional del trabajo como expresiones históricas de la lucha de clases, intensificando la explotación de grandes volúmenes de naturaleza (commodities) hacia la exportación. Los reacomodos geopolíticos, han trazado nuevas estrategias para aumentar la circulación de mercancías hacia los centros industriales, abriendo rutas en lugares nunca antes pensados, como lo es la serie de proyectos de IIRSA-COSIPLAN; nuevos diseños de tratados de libre comercio como el TPP-11 (que incluye a México, Perú y Chile como países latinoamericanos); disputando los últimos bienes naturales-comunitarios del planeta. Sus consecuencias, han traído cuestiones inherentes a esta dinámica de explotación de la naturaleza, abriendo importantes procesos de desterritorialización a través de migraciones locales y globales; la pérdida de biodiversidad; el aumento de la violencia contra los cuerpos feminizados y racializados (mujeres y otras sexualidades -no binarias y trans-), incluyendo el sicariato, y finalmente los casos de corrupción que hemos visto con el Caso Odebrecht, que involucra una red entre distintos Estados.

Cabe mencionar, que la hegemonía de los progresismos en la década de los 2000, intensificó el saqueo y expoliación de nuestros territorios, ya que sus programas «con énfasis social» se basaba en la extracción de bienes naturales y su venta hacia los países industrializados, en este sentido los gobiernos progresistas redistribuyeron migajas de una época de bonanza, de crecimiento del precio internacional de los commodities. Gestaron algunas mejoras salariales y políticas sociales, pero no se tocó lo fundamental del sistema. Estas políticas tenían como común denominador elevar las condiciones de vida de los sectores más pobres de la sociedad, que jugaba simultáneamente como elemento de contención social, a la vez que se construyeron aparatajes estatales plagados de una casta política acomodada y parasitaria, y sin cuestionar la renta de la tierra y el extractivismo como pilares económicos del mal llamado «Progreso».

Al mismo tiempo, las clases dominantes latinoamericanas multiplicaron sus ganancias y la brecha entre ricos y pobres aumentó. Pero los ricos, no querían perder el control administrativo del Estado. Es su Estado, parte de su poder de clase radica allí y se condensa en sus instituciones. No estaban dispuestos a permitir que por mucho tiempo unos «advenedizos» les quitaran el control del mismo. Unos años podían soportar, mientas arreglaban la casa luego del saqueo de los ’90. Pero ya se estaban impacientando.

¿Ello significa que los gobiernos «progresistas» son la salida necesaria y que son la antítesis de la derecha? NO. En primer lugar, además de permitir un enriquecimiento histórico de la burguesías locales y multinacional, los gobiernos progresistas redistribuyeron pocos recursos en un momento de crecimiento del precio internacional de las materias primas. Terminado ese «boom» volvieron las dificultades económicas y la crisis. Pero no utilizaron ese «período de bonanza» para invertir en generación de trabajo a nivel industrial, tampoco se desarrolló ninguna Reforma Agraria ni transformación radical de los servicios a la población, etc. Los gobiernos progresistas permitieron un desembarco de proyectos de extracción de bienes naturales en el continente a gran escala: grandes proyectos mineros, petroleros, de plantaciones de soja y forestales, hidroeléctricas… todo en beneficio del capital multinacional, especialmente chino en el último tiempo. Todo ello en el marco del Plan IIRSA, plan de saqueo diseñado desde EEUU. Las líneas generales del sistema no se modificaron, simplemente se adecuaron a la nueva etapa, que ahora contando con cierto consenso popular, era más fácil de implementar a fondo la política de saqueo.

La redistribución de la riqueza fue escueta. Pero como decíamos, no se tocó lo fundamental del sistema: la propiedad privada, ni la redistribución de la riqueza ni las relaciones de poder. Así y todo, la burguesía y los sectores más conservadores, no estaban dispuestos a tolerar más a Lula, los Kirchner o quien sea que no venga de su riñón. Un claro odio de clase recorre el continente y destila su veneno sobre los pueblos.

Pero también en este período se han producido dos procesos que tienen sus peculiaridades en este marco: el venezolano y el boliviano. En Venezuela, impulsadas en su momento por Chávez, se han desarrollado múltiples «comunas», que según dicen algunas notas de prensa, tienen hoy en día un volumen nada desdeñable de pueblo involucrado y cierto desarrollo en actividades económicas, culturales y sociales, sin vinculación alguna con el Estado. Se ha dado una ruptura allí comparando con el período anterior, donde incluso los militares, burócratas y bolirricos querían controlar este proceso y tomar a manos llenas el dinero que se había invertido en esta experiencia.

En Bolivia, un «Estado plurinacional» a medias pero donde cuenta con influencia el movimiento indígena y campesino, ese mismo que protagonizó en 2000 y 2003 las insurrecciones de la «guerra del gas» y «la guerra del agua», tirando abajo gobiernos y poniendo freno al neoliberalismo. Es esa movilización la que imprime un carácter diferente a los procesos históricos que viven los pueblos. Recordemos que en el período anterior, el continente estuvo sacudido por amplias movilizaciones populares que hicieron caer a más de un gobierno.

Merecería un especial capítulo la situación de Colombia, donde luego de firmados los «acuerdos de paz» han sido asesinados más de 570 militantes sociales. Un sector de las FARC ha vuelto a la lucha armada, lo cual demuestra que no hay garantías ni posibilidad de pacificación en el país. Los paramilitares, grupos de narcotraficantes y el Ejército continúan articulados incrementando la violencia hacia los de abajo. Colombia vive en guerra constante; sin embargo, los medios muestran a su gobierno como «democrático», siendo el país latinoamericano que más apoyo militar recibe de EEUU, y que es vital para sus intereses. Incluso en la posibilidad de una escalada o conflicto en la frontera con Venezuela.

En los últimos años el movimiento popular colombiano ha venido protagonizando importantes luchas, especialmente las organizaciones campesinas e indígenas, donde los procesos de tomas y recuperación de tierras han sido más que relevantes junto a los paros agrarios.

Hoy la derecha arremete con todo directamente contra la vida. Prueba de ello, son los incendios en la Amazonia, donde gobiernos como el de Bolsonaro dan «carta blanca» para depredar la naturaleza y promover el genocidio indígena en beneficio del gran capital agrario. Es una expresión de un proto-fascismo agresivo en grado extremo, que no repara en medios para ampliar el despliegue del sistema capitalista. Es el neoliberalismo impuesto con total agresividad y  aplicando la máxima del imperio Británico ,»cagándose en todas las consecuencias».

Un ajuste de tuercas fuerte

La burguesía latinoamericana necesita retomar el timón del gobierno en todo el continente. Lo necesita para imponer un ajuste mayor, un ajuste duro como el que ha impuesto Macri desde 2015. Pero pensemos que esa derecha ya contaba con fuertes bases de apoyo: en Perú no han perdido el gobierno en ningún momento, incluyendo todos los escándalos de corrupción posibles; en Colombia la ultra derecha controla el gobierno con Iván Duque (gobierna el uribismo) y en Chile la ya disuelta «Concertación» ha gobernado bajo la lógica pinochetista y neoliberal. Plataforma de lanzamiento nada desdeñable.

Muchos de los giros vinieron desde el propio progresismo o sus aliados. Lenin Moreno en Ecuador era el sucesor de Rafael Correa y dio un giro importante a nivel político tanto interno como en la región. Michel Temer dio un «golpe blando» parlamentario siendo el Vicepresidente del gobierno de Dilma Roussef.

En Uruguay diversos referentes del Frente Amplio se desmarcan ahora de Venezuela y califican al gobierno de ese país de «dictadura», en sintonía con el Grupo de Lima y con la OEA. Algunos de ellos como José Mujica, que hasta ayer recibía dinero a manos llenas de Venezuela, hoy se muestra como lo que es: un oportunista que cambia de posición según como venga el viento. Ahora Venezuela no envía más dinero debido al bloqueo económico y la crisis que vive el país, generada y profundizada entre otros organismos por la OEA, cuyo Secretario General Luis Almagro, fue colocado allí con gran ayuda del propio Mujica. Se puede decir que entre los «progresismos» se encuentran personajes de toda laya, dignos de una crónica de las mayores infamias de la humanidad.

En Uruguay hay elecciones en octubre-noviembre, como en Argentina. La disputa es el grado de ajuste y garrote: si el Frente Amplio logra su cuarto gobierno habrá un ajuste y giro a la derecha de menor grado que si gana la oposición, pero la discusión es el grado del ajuste. Y va a ir acompañado de represión; ello ya se está viendo en las movilizaciones contra la instalación de la tercer pastera en el país, donde la policía sale a defender los intereses del capital multinacional bajo un gobierno progresista. La derecha lisa y llanamente, viene con el libreto neoliberal duro y puro.

Las alianzas tejidas en muchos casos por dichos «partidos progresistas» son propias de una película de terror: el PT se alió hasta con la derecha más rancia y reaccionaria con tal de tener los votos en el parlamento… comprando los mismos con dinero también, como se ha demostrado en las dos tramas tanto del Mensalao como del Lava Jato.

Pero es aquí donde la derecha pone a funcionar a pleno mecanismos del sistema que en otros momentos no cobraban esta relevancia: el sistema judicial ha sido utilizado como un dispositivo de poder señalador per se de corruptos, y varios jueces son los nuevos «cruzados» por la austeridad y la justicia. Justo en estos momentos se viene demostrando que la trama de corrupción es más amplia de lo que podemos imaginar y que el juego de la derecha para quitar a cualquiera del camino no repara en los mecanismos a utilizar.

La derecha quiere el control político total. Y retomar los negociados que permite la conducción del Estado: licitaciones, coimas, compras, negocios varios, de los cuales nunca estuvo ausente, pero su voracidad no tiene límites. Hay una especie de «genética» que le indica que por más que los «gobiernos progresistas» gobiernen para ellos, protejan sus negocios y sus intereses de clase, que le contengan al pobrerío y refuercen el aparato represivo, esos «progres» no provienen de su cuna, no son burgueses de pura cepa. Para la burguesía, no son confiables en el fondo, aunque hayan hecho muy bien los deberes. Hay un instinto de clase que esta burguesía industrial- rural – financiera- comercial latinoamericana expresa allí; un claro odio de clase han lanzado en las calles con inusitada fuerza.  No quieren perder ni pizca de su poder. No están dispuestas siquiera a tolerar medidas paliativas, ya ni hablemos de reformas de cierto calado como ocurrió en décadas pasadas con los populismos o los gobiernos desarrollistas o liberal – reformistas. Son neoliberales de pura cepa; en su sangre circula el odio a los de abajo y la constante sed de convertir al mundo en un negocio.

Y para que ese negocio funcione para ellos, es necesario más y más terror de Estado. Los ataques vienen de todos lados, con reformas laborales y de pensiones, cortes de presupuestos en educación, vista gorda para quemadas, deforestación y asesinatos de indígenas y pobres. De otra parte, la izquierda electoral sigue con su discurso institucionalista y desmovilizador de las bases. En Brasil, las centrales sindicales llaman paros de un día de «huelga general» y no parecen conseguir disociarse del llamado «Lula libre». Sin embargo, nuestros esfuerzos siguen siendo fomentar la organización desde la base y apoyar luchas con acción directa, como las sentadas de indígenas en la Secretaría Especial de Salud Indígena (SESAI), contra los despidos en masa en ese órgano de salud pública y las sentadas en universidades, como el ejemplo de la Universidad Federal de la Frontera Sur (UFFS) contra la intervención federal que colocó ahí a un rector bolsonarista en vez del rector electo por la comunidad académica.

Mientras los palacios están formulando leyes y proyectos de crisis, más liberalización económica, menos derechos para la gente y más ganancias para los explotadores, la represión en las calles de las ciudades reprime a los descontentos y trata de mantener a la gente en el silencio de la bala.

En el campo y los bosques, la raíz de una América Latina que no ha disfrutado de la bonanza de la «izquierda» en el gobierno, no solo la quema y el avance ecocida de los terratenientes hacen víctimas, sino también el genocidio sistemático de los pueblos rurales y poblaciones nativas, cuyos cuerpos continúan acumulándose como resultado directo del avance de la ultraderecha en el continente.

Argentina: Cuidarles la gobernabilidad o defender nuestro salario

Los números arrojados en las últimas elecciones no evidenciaron otra cosa que lo que se viene viviendo en la calle, en los barrios, en los lugares de trabajo. Hasta en esta instancia legitimadora del sistema –como es la democracia representativa- se ha expresado la desesperación de las masas populares ante el desguace del país. Podemos comenzar argumentando que el mal cálculo –tanto de las consultoras como de la clase política- del resultado electoral, guarda relación con el poco nivel de conocimiento de éstos de lo que se vive en el abajo, del rechazo de los sectores populares a las escalofriantes políticas de hambre, desocupación y exclusión de Macri y el FMI. El panorama social, económico y político, que venimos viviendo los oprimidos, es cada vez más complejo y acuciante. En un contexto recesivo, en medio de una espiral inflacionaria y un endeudamiento sin precedentes, el peso se devaluó inmediatamente después de los comicios en un 25%. Esto se trasladó inmediatamente al precio de la canasta básica y los combustibles, en un deliberado lapso de tiempo otorgado por el Gobierno nacional, antes de lanzar 10 medidas como aliciente, en un intento de engrupir nuevamente a las clases populares. El resultado: una estrepitosa reducción salarial. Pero, no es nuestra intención extendernos demasiado en los números, para describir la proporción del daño hecho en la última jugada especulativa de los sectores financieros y el Gobierno.

Pero este período de ajuste que ya lleva casi una década, profundizado por el macrismo a niveles descomunales, sabemos va a exceder al propio “fin de ciclo” de Cambiemos. Entre los candidatos, en el fondo, se discuten modalidades de ajuste. Es por esto que es coherente el aval de Alberto Fernández a llevar el dólar a $60. Tampoco debemos desconocer que nos encontramos ya en un contexto de cruda avanzada neoliberal en toda la región, en un continente donde el imperialismo norteamericano intenta retomar el control hegemónico.

En este dramático escenario, debemos analizar que a las claras se explicitan dos salidas institucionales concretas en lo inmediato. Una es la que proponen los dirigentes del Frente de Todos, que consiste concretamente en no hacer nada, esperar sentados hasta diciembre, cuidar el caudal de votos y resguardar la gobernabilidad (así implique esto bancar las medidas antipopulares de Macri). Como venimos sosteniendo, la crisis social provocada por la avanzada neoliberal, fue directamente proporcional a la crisis de falta de participación política de la clase oprimida durante un largo período. Recordemos que venimos de décadas de restricción por arriba a la participación popular, a través de mecanismos de cooptación, clientelismo y burocratización, cuando no deslegitimación y represión de la protesta social. Este “paradigma de la No participación”, pudo evidenciarse allá a inicios de 2016, cuando en pleno conflicto por despidos en el sector público y en Cresta Roja, la cúpula kirchnerista llamaba a matear en las plazas (el “resistiendo con aguante”). En definitiva, este exacerbado llamado a “no cacerolear” –intentando incluso el freno de medidas de fuerza desde los gremios- no esconde otra cosa que el cuidado del porcentaje electoral, en detrimento de impedir mayores niveles de pobreza y desocupación para el pueblo.

La otra salida a este golpe contra el bolsillo de los de abajo, tiene que ver con lo que se propone desde los sectores combativos del movimiento obrero y las organizaciones populares, como la posibilidad de una resistencia organizada desde la calle. Apenas sucedida la devaluación, pudimos ver la respuesta de algunos de estos sectores, como fue la movilización de ATE Capital y el paro de los Metrodelegados en CABA, así como los cortes de Empleados de Comercio en Rosario. El plan de lucha extendido de los estatales en Chubut, sin dudas, es un ejemplo de resistencia organizada al guadañazo del Gobierno. Los movimientos sociales, urgidos por el hambre en los barrios, también salieron con ollas populares en todo el país, en el marco de un operativo policial de gran envergadura.

Desde el anarquismo organizado somos conscientes que no hay un clima generalizado de efervescencia popular, y mucho menos de rebeldía profunda. Hay lucha, descontento y expresiones altas de rechazo a la situación social, pero sabemos bien que estamos lejos de un “que se vayan todos”, y que los sindicatos y movimientos sociales carecemos de un programa de clase representativo. Sin embargo, se hace evidente que el humor social no tiene los mismos tiempos que el calendario electoral. Está claro que a la clase política en su conjunto, le asusta más la idea de un estallido social que la de un 10% más de pobres. Incluso, ante el inminente triunfo de Alberto Fernández, la dirigencia kirchnerista prefiere un triunfo con poco margen y descreimiento social a un desborde popular con la presión en las calles. En este punto debemos ser cautelosos. Sabiendo que hay sectores populares que han depositado esperanzas en el voto y en propuestas electorales progresistas–y que anhelan al igual que nosotros una sociedad sin explotación- es necesario interpelarlos e instar a la resistencia inmediata a través de la movilización popular. Desbordar y trascender el planteo de «solución por arriba», es una cuestión vital para devolver la confianza en la propia fuerza y organización de los/as de abajo, para que se exprese con vigor esa resistencia que da muestra de estar allí. La respuesta popular al saqueo del Gobierno y el capital financiero no puede hacerse esperar. Ante la disyuntiva de cuidarles la gobernabilidad o defender nuestro salario siempre iremos por la segunda y procurando que estén presentes los métodos que fortalecen a los de abajo.

Chile: el «modelo» neoliberal funciona… para los de arriba

En la región chilena el sistema de dominación gestionado por el bloque dominante  ha recrudecido y profundizado su política neoliberal. En estos dos años de gobierno de Piñera se ha desmantelado lo poco y nada de derechos sociales que poseía la clase dominada, y a su vez ha recrudecido su represión en contra de los sectores en lucha.

En el mundo del trabajo asalariado, los instrumentos de flexibilización laboral se han fortalecido, expresión de ello: el Estatuto Laboral Juvenil, y la Iniciativa de Ley que ha buscado aumentar la precarización del trabajo bajo el falso discurso de reducción de horas de explotación, anulando la posibilidad de negociación colectiva con la patronal y flexibilizando aún más las condiciones del trabajo. Por otro lado, la Reforma Tributaria, asegura el resguardo de las tasas de ganancias para el empresariado local y las transnacionales, en un contexto de crisis y desaceleración de la economía, perjudicando considerablemente a las clases dominadas.

En los territorios, la Ley de Integración Social ha consolidado el monopolio de acceso del suelo al mundo inmobiliario, erradicando a las comunidades de la producción y gestión de la ciudad y sus territorios, imposibilitando la concreción de proyectos autogestionados y participativos. El extractivismo y la mercantilización de la tierra y el agua, hoy tienen nuestros territorios con una grave situación ecológica, con una crisis hídrica cada día más compleja, expandiendo las zonas de sacrificio y la alteración de los ecosistemas, como lo acontecido con la contaminación del agua potable en Osorno, donde se visibiliza la mercantilización de las fuentes hídricas a través de las empresas sanitarias; la situación de Puchuncaví-Quintero que no ha sido resuelta; la muerte de la vida campesina, la flora y la fauna en las zonas devastadas por la sequía, y las falsas salidas que plantea el bloque dominante a través de la COP 25, y los tratados económicos como el TPP-11 y la APEC, que vienen a reforzar el saqueo de los cuerpos y territorios.

Actualmente asistimos a un recrudecimiento del aparato represivo y la criminalización de la protesta social. Ley aula segura, Agenda Corta Antiterrorista, Ley Migrante, son muestras claras de que el aparato estatal actualiza y profundiza su herramienta de control y disciplinamiento. Golpeando fuertemente a la clase oprimida: ambulantes, hortaliceras, migrantes, comunidades mapuche en resistencia y estudiantes secundarios. Sumado a lo anterior, el asesinato de luchadoras y luchadores sociales tales como: Macarena Valdés, Camilo Catrillanca, Alejandro Castro, y los feminicidios cada día más frecuentes en espacios públicos, la homo-lesbo-transfobia y el racismo,  nos evidencia el Estado de Excepción permanente en el que habitamos.

Se abre un nuevo período de lucha y resistencia

A los pueblos nadie les ha regalado nada. Todos los tiempos son de lucha, todos los períodos revisten sus complejidades. Ahora que la derecha y ultraderecha viene retomando el control de los gobiernos y los «progresismos» giren en esa dirección en mayor o menor grado (caso de la rearticulación peronista en Argentina o un eventual triunfo del FA con minoría parlamentaria en Uruguay, por ejemplo), se abre una nueva etapa de luchas, de Resistencias variadas y complejas. Porque todos los gobiernos vendrán por el recorte de derechos, por algún grado o plan de ajuste. Ya no hay crecimiento para repartir, solo miseria y garrote. Por lo tanto, los gobiernos y las clases dominantes graduarán los niveles de ajuste y represión: los habrá más intensos, otros más suaves, y otros descaradamente de extrema violencia de clase.  Todos estos regímenes tienen y tendrán en común la defensa del interés de las clases dominantes latinoamericanas y extranjeras.

Es por eso mismo que se intensificarán los niveles de lucha popular. El neoliberalismo trae resistencia. Lo saben, por ello apuestan con fuerza a la milicada. Pero los pueblos también saben, intuyen y anhelan una sociedad diferente. Los pueblos saben que un freno debe tener tanto despojo, que hay frenar tanta arbitrariedad. Ahí está toda una historia de luchas de nuestros pueblos indígenas, negros quilombolas, los trabajadores de la ciudad y el campo, los estudiantes, las diferentes expresiones y niveles de acción directa que se han dado en el continente. Gestas heroicas que marcan un camino; luchas actuales, recientes, que convocan a amplios sectores de pueblo, a seguir bajando a las calles, a ocupar y recuperar tierras, a defender la vida.

Estos tiempos que vienen nos exigen a los militantes anarquistas organizados políticamente intensificar el esfuerzo militante y tratar de brindar las herramientas necesarias al campo popular para resistir y avanzar en una perspectiva de largo plazo.

Un largo proceso de lucha nos convoca. Un largo camino de anhelos y esperanzas, de experiencias compartidas, de dolores pero también de victorias, de avances. El Anarquismo Especifista tiene mucho para decir y un papel que jugar en la construcción de esa sociedad diferente. En nuestras organizaciones y espacios militantes hay lugar y espacio para todos aquellos que busquen mayores niveles de militancia y compromiso, para todos aquellos que pongan lo mejor de sí al servicio de la causa de los de abajo.

Es en ese abajo que el Socialismo encontrará sus militantes y constructores. Podemos decir que la única alternativa a este mundo de barbarie es el Socialismo, y que el Socialismo será Libertario o no será!!!

POR LA CONSTRUCCIÓN DE PODER POPULAR!!!
FORTALECER LA RESISTENCIA!!
ARRIBA LOS QUE LUCHAN!!
FEDERACIÓN ANARQUISTA URUGUAYA (FAU)
COORDINACIÓN ANARQUISTA BRASILERA (CAB)
FEDERACIÓN ANARQUISTA DE ROSARIO (FAR) -ARGENTINA
FEDERACIÓN ANARQUISTA DE SANTIAGO (FAS)- CHILE
GRUPO LIBERTARIO VÍA LIBRE -COLOMBIA   
ROJA Y NEGRA ORGANIZACIÓN POLÍTICA ANARQUISTA (RYN OPA) -BUENOS AIRES, ARGENTINA

18 de octubre de 2019

Los trabajadores del sector comercial.

Por: Rolando Astarita / Blog.

Esta nota, dedicada al análisis de la situación del trabajador comercial, complementa las entradas anteriores dedicadas al capital comercial (aquí, aquí, aquí). El supuesto entonces  es que el trabajador de comercio “realiza valores, pero no los crea” (p. 381, t. 3, El Capital, edición Siglo XXI). Por lo tanto, cabe preguntarse en qué medida, desde el punto de vista de la teoría de Marx, los trabajadores comerciales son explotados, y pertenecen a la clase obrera.

En primer lugar, Marx señala que, en tanto el trabajador de comercio recibe un salario igual al valor de su fuerza de trabajo (en condiciones normales), el ejercicio de esa fuerza de trabajo (tensión, despliegue, desgaste), igual que ocurre con cualquier otro asalariado, no está limitado por el valor de la misma (véase ibid., p. 384). Por lo tanto, “su salario no guarda relación necesaria alguna con la masa de la ganancia que ayuda a realizar al capitalista” (ibid.). Pero, ¿cómo calcular, al menos teóricamente, en qué medida el trabajador del comercio realiza el valor? Sobre este punto, el análisis de Marx no es muy claro. En la p. 384, enseguida después del pasaje que acabamos de citar, apunta que el trabajador de comercio “ayuda [al capitalista] a disminuir los costos de la realización del plusvalor, en la medida en la que efectúa trabajo, en parte impago”. Un argumento que plantea la pregunta: ¿disminuye los costos en relación a qué? Marx sugiere que en relación a los costos que tendría el capital aplicado al comercio (o el capitalista industrial, si se ocupara él mismo de la comercialización de las mercancías), si no empleara trabajadores. Este razonamiento lo encontramos en las pp. 377-8, donde Marx especula qué sucedería si cada comerciante “solo poseyese la cantidad de capital que es capaz de hacer rotar personalmente, en virtud de su propio trabajo”. Dice entonces que los costos de comercialización se ampliarían “infinitamente”, con lo que se perderían las ventajas ligadas a la intervención del capital comercial (en términos actuales, podríamos decir las ventajas asociadas a las economías de escala).


A partir de este razonamiento, podría establecerse la explotación del trabajador del comercio, determinada por la diferencia entre los costos que permite ahorrar su trabajo, y el valor de su fuerza de trabajo. Pero se trata de un argumento contrafáctico, y por lo tanto, excesivamente especulativo.

Una vía alternativa de encarar el problema

Pienso que un abordaje alternativo del que presenta Marx en los borradores del tomo 3 de El Capital, es partir del hecho de que la forma mercantil exige, necesariamente, una cierta cantidad de trabajadores abocados a la comercialización. Presento el argumento a través de un ejemplo numérico.

Supongamos una sociedad en la cual hay 100 trabajadores productivos, que reciben un salario de $50 cada uno, y que la tasa de plusvalía es el 100%. De manera que de conjunto estos trabajadores producen $5000 de plusvalía, siendo el capital variable total $5000. Supongamos asimismo que hay 20 trabajadores dedicados a la comercialización. Esto significa que los trabajadores vinculados al comercio representan el 16,7% de la fuerza laboral de esta sociedad. Es el número de trabajadores determinado por el tiempo social medio para la comercialización (por ejemplo, en muchas grandes tiendas se calculan cantidades vendidas, en promedio, por empleado). Suponemos también que la fuerza de trabajo de los trabajadores comerciales tiene el mismo valor que la de los trabajadores productivos (Marx suponía que la fuerza laboral del empleado de comercio era más calificada, en promedio, que la del trabajador productivo; hoy no parece que haya apoyo empírico para este supuesto).

En cualquier caso, y por lo que explicamos en una nota anterior, los trabajadores improductivos son pagados con una deducción de la plusvalía. Esto es, los $1000 del capital variable comercial se deducen de los $5000 de plusvalía producida. ¿Cómo podemos calcular entonces el grado de explotación de los trabajadores del comercio? Pues sencillamente considerando de qué manera se distribuirían los $10.000 de excedente de valor generado por los 100 trabajadores productivos entre los 120 trabajadores totales. Claramente, 10.000 ÷ 120 = 83,3. Un ingreso superior al 60% de lo que reciben en pago de su fuerza de trabajo (se puede pensar en una cooperativa obrera, en la cual una parte de la fuerza laboral está dedicada a la comercialización, y lo producido se reparte igualitariamente entre sus miembros; provisto lo cual, estos pueden decidir dedicar una parte a inversiones en la cooperativa, etcétera).

El trabajador del comercio pertenece a la clase obrera

Desde el enfoque marxista, el trabajador comercial –sea el dedicado a la compra y venta de mercancías, o al tráfico de dinero, como ocurre con el bancario- es parte de la clase obrera. Esta es una diferencia importante con la tesis burguesa, muy extendida, que ubica a los trabajadores comerciales en la llamada “clase media”. En este punto, recordemos que el marxismo define la posición de clase por la relación que guarda el productor con respecto a la propiedad de los medios de producción y de cambio. En El Capital Marx es claro con respecto a los trabajadores comerciales. Escribe: “La pregunta es ahora la siguiente: ¿cuál es la situación de los asalariados comerciales que ocupa el capitalista comercial, en este caso el comerciante de mercancías? (p. 375). Y responde:
“En un aspecto, tal trabajador de comercio es un asalariado como cualquier otro. En primer lugar, en la medida en que lo que compra trabajo es el capital variable del comerciante, y no dinero gastado como rédito, por lo cual se lo compra también no para adquirir un servicio privado, sino con el fin de la autovalorización del capital allí adelantado. Segundo, en la medida en que el valor de su fuerza de trabajo, y por ende su salario, está determinado, como en el caso de los restantes asalariados, por los costos de producción y reproducción de su fuerza de trabajo específica, y no por el producto de su trabajo” (ibid.).

Esto es, el trabajador comercial no genera plusvalía, pero está subsumido al capital; y en la medida en que es indispensable para la realización de la plusvalía, y recibe una remuneración determinada por el valor de su fuerza de trabajo, forma parte de la clase obrera.

Para concluir, pienso que este enfoque conserva plena vigencia para el análisis de los trabajadores comerciales. Es que a medida que se ha desarrollado la producción capitalista –esto es, la producción capitalista de mercancías- ha crecido, tendencialmente, y a nivel mundial, la masa de trabajadores explotados por el capital comercial. Es lo opuesto de lo que dice el usual discurso burgués y pequeñoburgués sobre la pretendida desaparición de la clase obrera en las “nuevas clases medias”. Pero la masa de trabajadores comerciales no solo crece cuantitativamente, sino también tiende a profundizarse su subsunción al capital. Esto es, los ritmos y formas de trabajo de los trabajadores comerciales están determinados, más y más, por la lógica de la ganancia. Con el resultado de trabajos monótonos y descalificados (para los cuales el capital dispone de mano de obra muchas veces sobrecapacidatada), esto es, completamente deshumanizados y alienantes.

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16 de octubre de 2019

Una crisis sin precedentes.

Por: François Bonnet / VientoSur.
Traducción: VientoSur.
 

Los manifestantes piden la renuncia del actual presidente Jovenel Moise y la celebración de juicios a los malversadores. | Foto: EFE.


“Haití ha conocido muchas dificultades, muchas crisis, pero esta sobrepasa todo lo que hemos conocido. Esta es mucho más grave”, afirma Pierre Espérance, contactado por Mediapart en Puerto Príncipe. Es uno de los responsables de una asociación respetada, la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos (RNDDH). “Este poder organiza la inseguridad, se burla de la democracia y viola sistemáticamente las leyes, los derechos políticos y sociales”, añade Pierre Espérance.

La RNDDH publicó el jueves, 3 de octubre, un balance de los motines y manifestaciones que han paralizado completamente el país desde el 16 de septiembre. Del 16 al 30 de septiembre, “al menos han matado a 17 personas […] y al menos otras 189 han resultado heridas”, señala la asociación, que denuncia la violencia de la policía nacional haitiana, “los disparos con fuego real, las brutalidades policiales, el empleo abusivo de gases lacrimógenos y todos los demás actos represivos”.

Ahora que se acerca el décimo aniversario del terremoto de enero de 2010, que causó la muerte de más de 250.000 personas y redujo el país a escombros, Haití vive una crisis política que lo aboca al caos. El viernes, 4 de octubre, después de dos días de calma, se produjeron nuevas manifestaciones en todo el país. Desde comienzos de año, esta crisis contabiliza decenas de muertos y centenares de heridos.

Haïti lok”, Haití bloqueado. “Ya no funciona nada, en vez de reforzar las instituciones, el poder prefiere reforzar a las bandas y opta por la violencia”, asegura Pierre Espérance. “Tenemos un presidente fantoche y un Estado fallido”, añade el famoso novelista Gary Victor. Este último forma parte de la decena de escritores (Yanick Lahens, Lyonel Trouillot, Kettly Mars, James Noël…) que acaban de lanzar un llamamiento “a la ciudadanía del mundo para que apoye la causa haitiana”.

Elegido en noviembre de 2016, el presidente Jovenel Moïse ya perdió toda su credibilidad pocos meses después de ocupar el cargo en febrero de 2017. Este desconocido de 51 años, alzado a la presidencia por su predecesor Michel Martelly y sostenido por EE UU, fue elegido ya en la primera vuelta, aunque con una participación oficial del 21 % al término de un escrutinio muy controvertido. El año anterior, unos comicios presidenciales que ganó fueron anulados debido a las irregularidades detectadas.

Este hombre de negocios, productor y exportador de bananas, no ha conseguido nunca que le aprobaran un presupuesto. El país vive hoy con un parlamento paralizado, un gobierno en funciones, un primer ministro en funciones y un presidente virtualmente desaparecido. El jueves, 3 de octubre, Jovenel Moïse hizo su primera aparición sobre el terreno desde hacía unos dos meses: un alto de 55 segundos de duración en una calle de Petion-Ville, el barrio elegante en la parte alta de Puerto Príncipe, para dar algunos apretones de manos, rodeado de una guardia personal armada hasta los dientes.

El 25 de septiembre, después de diez días de disturbios y violencias, decidió intervenir en directo en la televisión nacional para llamar a la constitución de “un gobierno de unión nacional”. Pero lo hizo a las 2 de la madrugada, cuando el país duerme y la electricidad está cortada en numerosos barrios, sin hablar ya del mundo rural. En lo esencial, el presidente se manifiesta a través de su cuenta de Facebook, que por cierto es esquelética. Su repentino llamamiento a la unión resultó totalmente irreal, habida cuenta de que quienes le apoyan y los responsables del partido presidencial, el PHTK, están acusados de cometer las peores violencias. Dos días antes de su discurso nocturno, un senador de su partido desenfundó su pistola y disparó contra los manifestantes que se apelotonaban delante de su automóvil dentro del recinto del parlamento. Dos hombres resultaron heridos, uno de ellos un fotógrafo de la agencia AP. “La legítima defensa es un derecho sagrado”, se defendió después Jean-Marie Ralph Fethière.

El suceso podría ser un episodio rápidamente olvidado si no reforzara las acusaciones formuladas por numerosos observadores, periodistas y asociaciones. Además de la policía, que puede violentar a los manifestantes sin temor a ser inquietada, al parecer determinados círculos del poder financian y arman a bandas criminales, cuya presencia siempre ha sido una constante en Haití. La red RNDDH señala que “individuos armados, partidarios del poder, participan activamente en las operaciones policiales. Los utilizan para atacar violentamente las manifestaciones antigubernamentales”. Como prueba de esta afirmación, la asociación publica una fotografía de la asunción del cargo de un delegado del partido en el norte de la isla, el pasado 30 de septiembre: el hombre aparece rodeado de una milicia armada.

Asimismo, crecen las sospechas sobre la implicación de personas cercanas al poder en la masacre de La Saline que se produjo hace un año. El 10 de noviembre de 2018, pocos días antes de una nueva manifestación, una banda criminal ejecutó a 73 personas por lo menos y cometió violaciones en La Saline. Mucha gente vio en ello una estrategia del terror para “quebrar el ímpetu de la movilización contra el poder en este barrio conocido por su hostilidad al presidente Jovenel Moïse”, según el novelista. Una investigación patrocinada por Naciones Unidas todavía no ha concluido a fecha de hoy.

En este clima insurreccional, los partidos de oposición rechazan toda negociación y exigen la dimisión del presidente y la disolución del Parlamento. No son los únicos. Después de haber reclamado durante un tiempo un diálogo, un buen número de iglesias exigen a su vez la retirada de Jovenel Moïse, al igual que muchos músicos, artistas y escritores que multiplican los llamamientos.

El programa PetroCaribe o el robo del siglo

“Hoy todas las instancias de la vida nacional, los representantes de todos los cultos, las entidades de defensa de los derechos humanos, los profesores de universidad, colectivos de artistas y de intelectuales, los partidos de oposición de todas las tendencias, los sindicatos y asociaciones del sector empresarial reclaman la dimisión del presidente y de lo que queda del parlamento”, afirman los escritores en el llamamiento antes citado.

“El ejecutivo, y quienes le apoyan, resisten mientras numerosas comisarías de policía son atacadas, empresas privadas se ven saqueadas, instituciones públicas están siendo devastadas y manifestantes son recibidos con balas”, señala el periodista Frantz Duval en el mayor diario de la isla, Le Nouvelliste. La crisis actual ha estallado a raíz de las penurias reiteradas de carburante en agosto y de la revelación de nuevos escándalos de corrupción. Por ejemplo, el caso de cinco diputados que explicaban que los habían comprado por 100.000 dólares a cambio de un voto favorable al primer ministro…

Sin embargo, en realidad el origen de esta crisis se remonta a julio de 2018, cuando el poder anunció que dejaría de subvencionar el carburante, provocando aumentos del precio de cerca del 50 %. En el país más pobre de América, donde “más de la mitad de la población sufre inseguridad alimentaria crónica”, según el Programa Alimentario Mundial, y donde la clase media embrionaria se ve golpeada de lleno por una inflación del 20 %, el anuncio sirvió de detonador.

Porque al mismo tiempo la población salía a manifestarse para denunciar el robo del siglo, es decir, el escándalo de PetroCaribe. Este programa de ayuda masiva, lanzado por la Venezuela de Hugo Chávez, llegó a representar hasta el 25 % del Producto Nacional Bruto de Haití, según un informe del Banco Mundial. Consistía en el suministro de petróleo a precios de saldo y permitió a la hacienda pública haitiana ingresar más de 2.500 millones de dólares de 2008 a 2016. La mayor parte de estos recursos, que debían destinarse a financiar proyectos humanitarios y la reconstrucción del país después de 2010, se la embolsaron diversos ministros, responsables políticos y empresarios amigos.

Después de numerosas auditorías e investigaciones del senado haitiano e internacionales, la publicación, en enero de 2019, de un largo informe del Tribunal de Cuentas dio una nueva dimensión al escándalo. Dicho informe es todo un manual de instrucciones detallado de la corrupción y de la violación de todos los procedimientos administrativos. Y los autores de estos desvíos de fondos masivos se citan nominalmente: una decena de ministros, diversos diputados, alcaldes, etc., así como los empresarios que controlan una parte de la economía de la isla.

Entre ellos figura nada menos que el presidente Juvenel Moïse. Su empresa agrícola y de importación-exportación se hizo con dos contratos (al igual que los demás, al margen de cualquier formalidad): uno relativo a la instalación de farolas solares (de las que se han suministrado menos de la mitad) y otro sobre la rehabilitación de una carretera, facturada dos veces y nunca realizada… El 31 de mayo se publicó una segunda parte del informe.

Hoy es un país entero el que se alza contra la corrupción. A partir de un simple tuit que decía “¿Dónde está el dinero de PetroCaribe?”, publicado por un cineasta de 35 años, Gilbert Mirambeau, desde hace un año ha venido desarrollándose un vasto movimiento que exige que se inicie el proceso de PetroCaribe. Los PetroCaribe Challengers se han convertido en una poderosa fuerza que obliga a los partidos de oposición a ocuparse de una corrupción que pone de rodillas al país y alimenta la violencia.

PetroCaribe había reforzado la popularidad de Chávez y de Venezuela en Haití. Al desvío de fondos de la ayuda se añade lo que se considera una puñalada trapera: en enero y más recientemente, el 11 de septiembre, el presidente Jovenel Moïse votó en contra del régimen de Maduro en la Organización de Estados Americanos (OEA). Dicho voto es el resultado de una petición directa del gobierno estadounidense y John Bolton, entonces consejero de Donald Trump, lo reconoció abiertamente.

Para los actores de la sociedad civil, las activistas, los responsables de la oposición, Jovenel Moïse solo se sostiene actualmente gracias al apoyo de los EE UU de Trump y del Brasil de Bolsonaro. La ONU llama “a la calma y al diálogo”, Europa y Francia hacen lo mismo, pero su opinión apenas pesa nada en este país que EE UU siempre ha considerado su patio trasero después de haberlo ocupado de 1915 a 1934.

http://alter.quebec/haiti-une-crise-sans-precedent/

Haití al borde de la guerra civil.

Por: Lautaro Rivara / Todos los puentes.

La crítica situación haitiana hace tiempo que está madura para un cambio. Pero la maduro comienza a pudrirse. La crisis parece no tener fin, y la situación social, política y económica alcanza una gravedad sin precedentes, aún para la habitualmente convulsionada nación caribeña. Ya son cuatro las semanas del último ciclo de intensa conflictividad social, seis las semanas de crisis energética, y el plazo supera el año y medio si consideramos la inestabilidad política y social generalizada.

Tres perspectivas se desprenden de la situación actual: la posibilidad de una cada vez más  improbable estabilización conservadora con la continuidad presidencial o con un recambio controlado de figuras; el inicio de una transición política de ruptura que expresaría la disputa entre los diferentes sectores, clases e intereses que componen una oposición por demás diversa y contradictoria; o el fatal desenlace de una guerra civil, conforme los niveles de violencia social y la represión policial y parapolicial comienzan a desbocarse.

Las tentativas imposible de estabilizar el país

Los intentos de estabilización conservadora del país tienen dos grandes promotores. Por un lado el propio presidente Jovenel Moïse junto con su mentor y ex presidente Michel Martelly. En un movimiento coordinado, el presidente de la Asamblea Nacional, Carl Murat Cantave, se posicionó por un diálogo en el país, poco antes de que el gobierno anuncie la enésima Comisión montada para facilitar un diálogo rechazado de forma unánime por todos los sectores de la vida nacional. La Comisión nació muerta, dado que todos y cada uno de sus miembros son parte del actual o bien del anterior gobierno: Evans Paul, ex Primer Ministro; Rodolphe Joazil, antiguo presidente de la Asamblea Nacional; Liné Balthazar, presidente del partido oficialista, etc.
El sistema político construido tras la caída de la dictadura de Jean-Claude Duvalier, y las décadas prácticamente ininterrumpidas de políticas económicas neoliberales dictadas por el Fondo Monetario Internacional y el Departamento de Estado norteamericano, han tocado fondo.
Por otro lado, la oposición conservadora aglutinada en la llamada Alternativa Consensual, respondió rápidamente poniendo en pie un espacio paralelo, llamado Comisión de Apoyo para el Traspaso del Poder. La misma afirma que sólo negociará las condiciones de una salida «pronta y ordenada» del actual presidente Jovenel Moïse, y se propone elegir en su reemplazo a un juez de la Corte de Casación. La otra figura ejecutiva, que se estima tendrá aún más poder que dicho juez, sería un Primer Ministro surgido de las filas del Sector Democrático y Popular, el sector más poderoso y dinámico de la mencionada Alternativa Consensual. Esta salida implica, virtualmente, un mero recambio presidencial que dejaría intactos los principales resortes del sistema económico y político que ha conducido al país hacia el abismo. Esta la estrategia que ya suscriben algunas naciones influyentes como Francia y Canadá, las cámaras de comercio nucleadas en el Foro Económico Privado, y diferentes familias de la oligarquía tradicional como la que expresa Reginald Boulos, dueño de importantes cadenas de supermercados y concesionarios de autos.

Una transición de ruptura

Sin embargo, todo parece indicar que las motivaciones profundas de las protestas que sacuden al país ya han superado la perspectiva única de forzar la dimisión del presidente, e incluyen otras reivindicaciones. El sistema político construido tras la caída de la dictadura de Jean-Claude Duvalier, y las décadas prácticamente ininterrumpidas de políticas económicas neoliberales dictadas por el Fondo Monetario Internacional y el Departamento de Estado norteamericano, han tocado fondo. Las últimas movilizaciones tuvieron en los diez departamentos del país un notorio carácter anti-imperialista. Se trató de protestas de rechazo a la injerencia internacional, dado que los países y los organismos supranacionales nucleados en el Core Group venían de ratificar su apoyo a Jovenel Moïse. Por eso diferentes columnas de manifestantes se dirigieron directamente hacia la sede de la Misión de las Naciones Unidas para la Justicia en Haití (MINUJUSTH) y a la embajada estadounidense.

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El otro gran espacio opositor construido al calor de la crisis, el Foro Patriótico, propone lo que sus principales dirigentes llaman una «transición de ruptura». Este espacio sesionó en la localidad rural de Papaye a fines del pasado agosto, y ha conformado un Comité de Seguimiento Nacional para ejecutar y monitorear las principales resoluciones adoptadas. En ese sentido, Camille Chalmers, economista y uno de los referentes del espacio, destacó la organización de Comités departamentales para centralizar y potenciar las movilizaciones, la propuesta de un gobierno de transición formado por un Consejo de Gobierno de tres miembros en lugar de un presidente, y la construcción de un órgano de control con representantes de los departamentos. De esta forma, afirmó Chalmers, «se tendrá la garantía de una transición controlada por los actores nacionales, y el comienzo de una reforma profunda del sistema político y económico». Del Foro Patriótico hacen parte más de 60 organizaciones, entre movimientos sociales campesinos y urbanos, partidos políticos de izquierda, sindicatos y centrales sindicales, organizaciones juveniles y de mujeres, coaliciones democráticas y progresistas, etc.

La represión policial y la guerra de baja intensidad

Lo que sucede en Haití comienza a asemejarse a una guerra civil de baja intensidad en la que sin embargo no se enfrentan dos ejércitos, sino un gobierno y la maquinaria estatal contra la inmensa mayoría de la población. El día de ayer fue asesinado otro periodista, quien fue encontrado en el baúl de su auto con dos impactos de bala en la cabeza en la localidad de Bayas. Se trata de Nehémié Joseph, periodista de Panik FM y corresponsal de Radio Méga en la región central del país. Joseph había sido ya amenazado por miembros del partido de gobierno. Sus análisis de la actualidad nacional y su incisivo trabajo como corresponsal irritaban a las autoridades. Incluso habían sido organizadas protestas para evitar su nombramiento en la sede regional de la Oficina Nacional de Seguros de la Vejez (ONA, por su sigla en francés).
77 personas fueron asesinadas ya en lo que va del año en el contexto de las protestas, la mayoría por represión policial o de grupos irregulares
Según la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos de Haití, 77 personas fueron asesinadas ya en lo que va del año en el contexto de las protestas, la mayoría por represión policial o de grupos irregulares. Al momento de escribir esta nota, otro joven acaba de ser asesinado en Saint Marc, en el departamento Artibonite, por un disparo en la cabeza de la Policía Nacional. Incluso hay quiénes alertan que de nuevo han comenzado a ser introducidos en el país mercenarios norteamericanos para operativizar una represión selectiva en las comunidades y barrios más movilizados. Pese a la dificultad de confirmar dicha información, cabe destacar que eso mismo sucedió en febrero de este año, cuando un grupo de ex militares estadounidenses fueron detenidos en Haití en portación de armas de alto calibre y tecnología militar de punta.

También el día de ayer, bandas criminales atacaron un vehículo y secuestraron un autobús que se dirigía hacia Jérémie, capital de Grand-Anse, dejando un saldo de cuatro heridos. Como sucedió en octubre y noviembre del año pasado en los momentos de alza de la movilización, el crimen organizado directamente ligado al poder político es estimulado para sembrar terror en la población y obstaculizar el desarrollo de las protestas. Pese al incremento de la represión escasos organismos internacionales de derechos humanos se han posicionado sobre la crisis. Los actores locales temen, a su vez, que la violencia desatada sirva para justificar nuevas intervenciones internacionales violatorias de la soberanía nacional.
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