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3 de septiembre de 2013

La fiesta brava de una contrarreforma educativa aprobada de panzazo.

Por: Sebastián Liera.

Hacia finales del siglo pasado, en mitad de una charla con las y los integrantes del grupo de teatro Ser Undocumented de la Universidad de California (UCLA), quienes habían visitado el estado de Morelos para tener una residencia artística con quienes entonces éramos parte del Grupo Cultural Zero dirigido por Eduardo López Martínez, salió a colación que ambos colectivos habíamos llevado a cabo sendas prácticas escénicas con un detalle en común: el uso de la corrida de toros como metáfora de la relación de dominación entre las clases dominantes y dominadas. En la performance de Ser Undocumented, el torero era la Estatua de la Libertad y el toro un migrante; en nuestro sketch de carpa callejera, el torero era un patrón y el toro un trabajador.

Quince años después, no puedo evitar pensar en la misma metáfora después del linchamiento mediático de que han sido diana las y los maestros que se manifiestan en contra de las llamadas “reformas estructurales”, especialmente las que significan una contrarreforma en términos educativos y laborales, y, sobre todo, después de la represión orquestada entre los desgobiernos federal y de la ciudad de México el pasado 1 de septiembre: el #1Smx. Sin embargo, lejos de suponer que el toro son las y los profes que una vez más salen a la calle para, como ellas y ellos dicen, dar lección de dignidad, el toro es la así llamada sociedad civil o, en su defecto, la ciudadanía.

En cuanto a la así nombrada fiesta brava, soy oriundo de Villamelón; no obstante, creo entender que cuando el torero cita al toro para que éste lo embista se dice que echa mano del engaño; el engaño, según entiendo, suele ser el capote o, posteriormente, la muleta y con éste se consigue que el astado entre a la jurisdicción del diestro las más de las veces humillado. A principios de 2012, Mexicanos Primero, cofundada y presidida por uno de los también cofundadores de Fundación Televisa, Claudio X. González Guajardo, citó a la sociedad civil para que ésta entrara en su jurisdicción y como engaño empleó un largometraje documental dirigido por Juan Carlos Rulfo y Carlos Loret de Mola: ¡De panzazo!

La película, con guión del mismo Loret de Mola, se erigía paladín a favor de una educación de excelencia y, por ende, lanzaba luz sobre una verdad incuestionable: la deficiencia de nuestro modelo educativo; solo que enfocaba sus baterías aparentemente críticas y supuestamente objetivas en contra de las y los maestros y se cuidaba de no decir absolutamente nada del papel de alienación y sujeción que Televisa, empresa de la que González Guajardo fue vicepresidente  corporativo, ha jugado a favor de ésa misma deficiencia desde que “El Tigre” Azcárraga Milmo reconoció ser “un soldado del PRI”.

Para que ¡De panzazo! calara hondo en el ánimo ciudadano aprovechó el caldo de cultivo que prevalecía por la justa indignación tras la proyección, tres años atrás, de Presunto culpable, segundo documental del abogado Roberto Hernández con producción suya y de su esposa, la también abogada Layda Negrete, desvelando para quienes no suelen ver las uñas sucias de la miseria (Benedetti dixit) la podredumbre del aparato de justicia en México. Hoy por hoy, el linchamiento que iniciara con ¡De panzazo! el virtual secretario de educación de facto peñanietista, mientras el titular de jure debe estar echándose unos chincholes como cuando la firma de los Acuerdos de San Andrés, ya rindió sus frutos.

Para decirlo con Gramsci, esto se llama hegemonía cultural de la clase dominante: cuando “los propios intereses corporativos (…) superan los límites de la corporación de un grupo puramente económico y [se convierten] en los intereses de otros grupos subordinados”, se alcanza la fase más estrictamente política de la hegemonía; hegemonía que “no puede dejar de ser también económica [pues] no puede no tener su fundamento en la función decisiva que el grupo dirigente ejerce en el núcleo decisivo de la actividad económica”.

¡De panzazo! fue para Mexicanos Primero el capote con el cual la clase dominante de este país metió a la informe sociedad civil, vuelta toro, al engaño de los intereses corporativos de sus productores, los mismos que desde los medios de “información” capitalista se aliaron con lo peor de la clase política para ocupar la Presidencia de la República, hasta hacer que su hipócrita discurso por una calidad educativa, bajo las directrices neoliberales de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), sirviera de ariete en la descalificación a ultranza de las y los trabajadores de la educación articulados en la CNTE y se volviera hegemónico.

La faena continúa y las y los cómplices de González Guajardo en el poder Legislativo hacen lo propio cual obediente y leal cuadrilla, aprobando las “reformas estructurales” en materia laboral y de educación que, abrigado por las Fuerzas Armadas, su cómplice (acaso su títere) en el Ejecutivo defendió de nuevo el pasado 1 de septiembre; claro que, como se dice desde unas escuelitas muy otras, zapatistas para mayor muina de algunos González y no pocos Guajardo, falta lo que falta.

A favor de los profesores, a favor de la desobediencia civil.

Por: Tryno Maldonado / emeequis.

En los últimos días se ha desatado una enconada campaña mediática que pretende diseminar entre la opinión pública falacias y prejuicios reduccionistas contra el magisterio sindicalizado. El más promovido de estos mitos asegura que los profesores se oponen a la iniciativa de reforma educativa de Enrique Peña Nieto porque “no quieren evaluarse” (en concreto, a la Ley General de Servicio Profesional Docente, aprobada por los diputados federales la noche del 1 de septiembre).

Para dar sólo un ejemplo, aquí una broma de mal gusto de esta estrategia contra movimiento magisterial: la fundación Mexicanos Primero, presidida por Claudio X. González, por medio de la cuenta de Twitter de un conductor de Foro TV emprendió una convocatoria para regalar ¡100 boletos de avión y gastos pagados! a los tuiteros que quisieran venir como voluntarios a pasar unos días en Oaxaca, dar clases y reventar la huelga de profesores. Todo esto sin ser evaluados por institución alguna.
Esta estrategia es un ejemplo de los que acompañan de la mano a la campaña de desinformación y desprestigio mediático contra la CNTE realizada por Televisa. Una ironía y una burla. Un profesor zapoteco del CNTE, como uno de mis mejores amigos de la Sierra Sur, muy difícilmente podría pagarse un vuelo de esos 100 con su salario. Los que pretende traernos Televisa no son otra cosa que esquiroles de lujo.

Desde que tengo memoria, he visto a mi madre sacarle horas extra por las noches y madrugadas a su doble jornada laboral (ama de casa y profesora) para estudiar antes de los exámenes de la llamada Carrera Magisterial. La Carrera Magisterial es un programa permanente de evaluación y promoción horizontal para “incentivar y actualizar a los profesores de educación básica”. Y lo tengo muy presente porque esos días eran especialmente tensos en mi casa. Había, entre mis hermanos y yo, un silencio absoluto para que nuestra madre pudiera concentrarse en sus estudios: del resultado de sus exámenes dependería directamente el nivel de su salario. Y hablar de eso es hablar de uno de los 10 peores salarios en México.

Mi madre es profesora sindicalizada. Varios de mis tíos paternos y maternos también. Fue una de mis tías quien, de hecho, me enseñó a leer y a escribir años antes de que entrara en la primaria. Los pocos libros a los que tuve acceso en mi infancia eran los que ella mandaba a pedir por correo a un club de lectura del DF y que ni por asomo se conseguían en la única biblioteca de mi pueblo de 120 mil habitantes. En su casa conocí el Tesoro de la Juventud con clásicos abreviados, la legendaria serie El Volador de Joaquín Mortiz o la colección de los Premios Nobel de Aguilar, por ejemplo. Los maestros en México, contrario a lo que dice la campaña de desprestigio de los medios en su contra, no son unos ignorantes ni unos bárbaros.

En más de un sentido, soy producto de la educación pública de este país. Para bien y para mal. Sin los profesores sindicalizados de mi familia y todos y todas de aquellos quienes recibí clases en cada escuela pública que pisé, sencillamente yo no hubiera podido escribir uno solo de mis libros. Los maestros sindicalizados de México, como también me consta, no son unos holgazanes.

Uno de mis mejores amigos en Oaxaca es profesor del CNTE en la sierra zapoteca de Loxicha, donde nació el EPR. Loxicha es uno de los lugares más marginados y pobres del país, además de haber sido castigado severamente por el ejército en los años noventa por ser cuna de la guerrilla. He acompañado a mi amigo durante las extenuantes caminatas entre veredas lodosas en medio del boscaje del corazón de la sierra, a lo largo de horas, sólo para llegar de su casa a su escuela: un cubo endeble de láminas de aluminio de escasos metros cuadrados apostado en un barranco donde imparte clases a unos 50 niños zapotecos de las rancherías cercanas. Sus alumnos van desde el preescolar hasta el sexto grado de primaria. Todos en el mismo salón. Muchos de ellos llegan caminando descalzos y sin hablar español. Por sus méritos académicos, mi amigo recibió hace poco la prestigiosa beca Ford para cursar una maestría en cualquier universidad del mundo de su elección. Los maestros en México no son unos vándalos.

Los profesores no tienen miedo de ser evaluados. De hecho, a los profesores hace mucho que se les evalúa. El partido hegemónico en el poder durante décadas acondicionó y utilizó al corporativismo sindical de profesores como músculo político, pero jamás se preocupó por prepararlos tan bien para sus labores. Es el mismo PRI que creó a los corporativos sindicales como capital político el que hoy les exige lo que jamás les procuró. Sonará a lugar común, pero es una verdad dura como el basalto: cada profesor en este inmenso país —como mi madre en un municipio de Zacatecas o mi amigo en la sierra de Oaxaca— hace verdaderos milagros para ir al día con los precarios recursos y herramientas que le fueron dados. No es extraño, por tanto, que decidan irse a huelga. Lo extraño es que aún no haya estallado una revolución.

Al contrario de la manera en que las han querido presentar los medios informativos cercanos al poder, las acciones de desobediencia civil llevadas a efecto por los profesores de la CNTE en últimos días en la capital, no son actos vandálicos sin sentido. Las acciones de desobediencia civil no son actos de forajidos que rechazan y niegan pertenecer al Estado. Al contrario. Son actos de ciudadanos que se afirman como tal y se manifiestan como parte de ese mismo Estado para aspirar a mejorarlo en beneficio de un amplio sector de la sociedad, y no sólo en beneficio de una cúpula de poderosos como pretenden las recientes iniciativas de reformas neoliberales.

La población del DF debería abrir los ojos y entender que los problemas de tráfico ocasionados por las manifestaciones del CNTE son, sinceramente, el menor de los problemas e injusticias de este país. La gran lección que nos están dejando los profesores fuera de las aulas es ésta: no acostumbrarnos a la obediencia irreflexiva hacia las instituciones y a las leyes cuando se proponen reformas que atentan contra los intereses del resto de los ciudadanos. Al obedecer a las instituciones como ciudadanos pasivos y sin un ejercicio crítico, estamos en peligro de que —según Sebastián Pilovsky en su prólogo a Desobediencia civil— incluso el hombre o mujer más justos corran el riesgo de convertirse en agentes de la injusticia.

Por la inestabilidad del tejido social y el contexto polarizado del país, se hablaba de que Oaxaca 2006 —el plantón de la CNTE y el posterior surgimiento de la APPO— era el laboratorio de algo que estaba por ocurrir a nivel nacional. Y tal como le sucedió al todavía impune Ulises Ruiz en Oaxaca durante ese año, las protestas realizadas por los profesores de la CNTE se están volviendo el examen más arduo para Peña Nieto en su primer año: el examen del grado de democratización de su gobierno y sus instituciones; no sólo por la opción al uso de la fuerza pública, sino por su capacidad y disposición al diálogo y a la negociación, pues se ha visto que las acciones de desobediencia civil no germinan en contextos de gobiernos despóticos; son acalladas antes de que tengan un eco efectivo en la población, tal como han pretendido varios de los grandes medios informativos cercanos al poder.

El 2006 demostró a los oaxaqueños y al país entero que aquel gobierno del PRI de turno no era precisamente de vocación democrática al emplear la fuerza indiscriminada y la guerra sucia para sofocar el plantón de la CNTE de aquel año. Es la misma Sección 22 de la CNTE la que pone hoy a prueba a Peña Nieto. Esperemos que esta vez no termine en un baño de sangre como aquel.
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