Mostrando las entradas con la etiqueta Dictadura Militar. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Dictadura Militar. Mostrar todas las entradas

16 de septiembre de 2013

Chile: del golpe militar al país de las maravillas / III y última.

Por: Marcos Roitman Rosenmann / La Jornada.
La respuesta de Salvador Allende no se hizo esperar: ... los diputados de oposición han exhortado a fuerzas armadas y carabineros a adoptar una posición deliberativa frente al Poder Ejecutivo, a que quebranten su deber de obediencia al supremo gobierno, a que se indisciplinen contra la autoridad civil del Estado a la que están subordinadas (...) Cada ataque, cada peldaño que franquea la reacción en su afán de destruir las vidas, los bienes materiales, las instituciones cívicas y las militares, obra esforzada de décadas de historia, fortalecen mi ánimo, multiplican mi voluntad de luchar por el presente de tantos millones de chilenos que buscan paz, bienestar y amor para ellos y la patria.
El 11 de septiembre de 1973 las fuerzas armadas y de carabineros echaron mano de todo ese aparato conceptual proporcionado por quienes urdieron la trama civil del golpe. Sería el contralmirante Ismael Huerta, el 9 de octubre de 1973, como ministro de Relaciones Exteriores de Pinochet, quien lo hiciera explícito en su discurso ante la Asamblea General de la ONU. Utilizando todos los argumentos ya citados, concluye:Después de las elecciones de marzo del año en curso y en cumplimiento de nuestro sagrado deber de preservar el régimen democrático, en múltiples oportunidades hicimos saber a quienes dirigían la marcha del país el peligrosísimo camino por el cual se estaba conduciendo a Chile. Se nos respondía con promesas que nunca se cumplieron (...) mientras entraban al país agitadores profesionales, armas y otros elementos de alto poder destructivo, con el fin de preparar el golpe de gracia a nuestro sistema democrático.
Así aparece el tercer elemento: el plan Zeta y el autogolpe. Bajo ese principio se justifica la violación de los derechos humanos y el Estado de guerra interno. Ellos o nosotros. Había que actuar primero impidiendo la masacre orquestada por los dirigentes de la Unidad Popular. Chile, plagado de terroristas internacionales, adiestrados por los cubanos, en un número, según Pinochet, de 15 mil y 30 mil, con armas de grueso calibre, tenían la orden de actuar. Existía, dicen, un plan concebido para deshacerse de la oposición y miembros de las fuerzas armadas contrarios a la Unidad Popular. El autogolpe tendría lugar los días 18 y 19 de septiembre de 1973. Hubo que adelantarse. Era necesario actuar. De lo contrario Chile caería en manos del comunismo internacional. La junta militar encargaría al historiador conservador Gonzalo Vial la fabricación de las pruebas apócrifas, con el fin de dar a conocer dicho plan Zeta y el autogolpe. A finales de 1974 aparecerá el Libro Blanco del cambio de gobierno en Chile. Su objetivo: dar credibilidad a la existencia del plan Zeta, el autogolpe y la decisión de matar a los miembros relevantes de la oposición política. Por sus servicios, Vial Correa ocupó entre 1978 y 1979 el cargo de ministro de Educación. Durante la redacción de la Comisión Rettig de la Verdad, en 1990, donde participó Vial Correa, se reconocerá que fue una acción de propaganda, en la cual se montaron las pruebas y se alteraron los hechos.
3.- Chile 1973-2013
Tras 40 años del golpe de Estado, los objetivos que se propusieron sus ejecutores, tanto las fuerzas armadas como los civiles que participaron en su elaboración, se han cumplido. Nada del viejo sistema republicano, democrático y participativo vigente en Chile, por más de medio siglo, quedó en pie. Como sucediese con los imperios coloniales, los conquistadores imponen su proyecto cultural de dominación política y explotación económica a sangre y fuego y arramplan con todo. Baste recordar el genocidio y exterminio de los pueblos originarios de nuestra América. Sus tierras fueron expropiadas, sus mujeres violadas y su cultura arrinconada, menospreciada bajo el mito de la superioridad étnico-racial. Las luchas de resistencia del pueblo Mapuche se homologan y suman al grito de dignidad, sentido ético y restitución de la verdad de lo ocurrido el 11 de septiembre de 1973.
Uno de los pilares del Chile actual, orgullo de la élite política de la derecha y la concertación, lo constituyen los mil 556 centros de tortura, detención y muerte diseminados por todo el territorio, según consta en el informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura de 2004, así como el asesinato político y violencia de Estado sobre 2 mi 279 personas reconocidas en el informe Rettig. A los cuales hay que agregar los detenidos, exonerados y torturados del informe Valech. Pocos quieren señalar los estrechos vínculos entre el Chile actual, tan neoliberal, con la dictadura. Hay un pacto de traición. Sirva de ejemplo el comportamiento espurio de los dos ministros de Exteriores que actuaron de manera abierta en defensa del dictador, mientras se encontraba detenido en Londres por crímenes contra la humanidad. José Miguel Insulza, hoy secretario general de la OEA, espetó: Defiendo al senador Pinochet, no al ex dictador. ¿Esquizofrenia? No. Juan Gabriel Valdés, su homólogo, precisó: Si Pinochet se aleja de la vida política y los exámenes médicos confirman lo que han dicho los británicos, es muy probable que no tenga que afrontar juicios.
Era una forma de tranquilizar a las fuerzas armadas. No olvidemos que entre otros actos de ignominia está la nominación como candidato a diputado de la Concertación de Federico Willoughby, primer portavoz de la junta militar, coautor del plan Zeta. Patricio Aylwin, a las pocas semanas del golpe, pedía comprensión y entender a las fuerzas armadas en su labor de erradicar el cáncer marxista de raíz. Estas fueron sus palabras: Nosotros tenemos el convencimiento de que la llamada vía chilena al socialismo, que empujó y enarboló como bandera la Unidad Popular y exhibió mucho en el extranjero, estaba rotundamente fracasada, y eso lo sabían los militantes de la Unidad Popular y lo sabía Salvador Allende, y por eso ellos se aprestaban, a través de la organización de milicias armadas, muy fuertemente equipadas que constituían un verdadero ejemplo paralelo, para dar un autogolpe y asumir por la violencia la totalidad del poder, en esas circunstancias, pensamos que la acción de las fuerzas armadas simplemente se anticipó a ese riesgo para salvar al país de caer en una guerra civil o una tiranía comunista. Aylwin, nada más electo presidente, devolvió el favor a Willoughby: lo nombró su asesor personal. ¿Casualidad?
Otro pilar básico del actual régimen es la Constitución de 1980, engendro político y vergüenza para cualquier ciudadano que se considere demócrata. Chile se rige por un aparato legal nacido de las entrañas de la dictadura. Su élite política parece sentirse cómoda. La remoza, creyendo que al borrar la firma de Pinochet y sustituirla por la de Ricardo Lagos es suficiente para olvidar su origen. Tras ella se esconden la ley binominal vigente y, sobre todo, el carácter ideológico que le dio vida en 1980. Un referéndum espurio la aupó como corazón del régimen, facilitando su institucionalización y borrando el carácter ilegítimo de sus padres fundadores. Su mantenimiento condensa el sentido antidemocrático del actual sistema político que impera en Chile.
Imposible de soslayar la falta de libertad de prensa, mecanismo básico para hablar de un régimen democrático. La crítica al modelo se convierte en acción osada y temeraria, supone la marginalidad. Poco a poco las revistas y publicaciones diarias que poblaban Chile a finales de los años 80 fueron estranguladas en los años de laConcertación. Baste recordar dos casos: la revista Análisis, pilar de la lucha democrática durante la dictadura, dirigida por Juan Pablo Cárdenas, y el escándalo que pervive, silenciado por todos: el secuestro del diario Clarín desde el 11 de septiembre de 1973. Hoy existe una sentencia condenatoria contra el Estado chileno, dictada por el Ciade, organismo del BM, obligando a pagar el costo del juicio a su legítimo propietario Víctor Pey y negociar una indemnización con sus abogados. Chile se niega a pagar y devolver las instalaciones del viejo periódico a sus legítimos dueños. Hoy sigue en manos de las fuerzas de carabineros, lo cual muestra el acuerdo y compromiso de todos los partidos, avalados por los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, así como por la Contraloría General, con los dos grupos monopólicos que controlan la prensa en Chile, pertenecientes a los empresarios Agustín Edwards (grupoMercurio) y Alvaro Saich, (Copesa).
¿Y qué hay de las fuerzas armadas? Salvo casos excepcionales, todos los encausados lo han sido por querellas particulares. La fiscalía no actúa o se inhibe. No hay posibilidad de avanzar hacia una sociedad democrática si los responsables de crímenes de lesa humanidad transitan por las calles de las ciudades, sabedores de una ley de amnistía que les protege y les hace inmunes. Así mantiene sus prerrogativas y permite que el actual comandante en jefe del ejército, Juan Miguel Fuente-Alba, diga sin ruborizarse que se debe tener una mirada humanitaria con los miembros de las fuerzas armadas condenados por violación a los derechos humanos, dado su avanzada edad. No hay vergüenza.
La dictadura sigue vigente, porque la Concertación en sus cuatro mandatos y la derecha pinochetista con uno han dado continuidad al proyecto. A 40 años la traición se consuma. Chile vive una farsa y una borrachera de poder, donde la amnesia y la infamia construyen un relato épico e idílico que justifica el asesinato y la tortura bajo el eslogan Chile, modelo de democracia, libre mercado y éxito neoliberal. Se hace necesario liberar la conciencia secuestrada por una clase política que prefiere la deshonra a la dignidad. Ese es el dilema a 40 años del golpe de Estado.

22 de diciembre de 2011

PALINURO :: Caballería roja. El arte y el comunismo.

Por: Ramón Cotarelo.

La Casa Encendida alberga una portentosa exposición de arte soviético titulada Caballería roja. Arte y poder en la Rusia soviética, 1917-1945 con tal abundancia de material, magníficamente organizado por la comisaria, Rosa Ferré, que si se pretende contemplarla con cierto detenimiento, da para más de un día. Se ha hecho con un enorme esfuerzo de coordinación y colaboración con muchos museos de Rusia que debe aplaudirse porque el resultado es impresionante. En los cuatro espacios de exposición de la planta baja y sótano de la Casa Encendida se exhibe la mejor muestra del arte soviético, de todo él y en todas sus manifestaciones, que pueda imaginarse.

Hay cuadros de Kandinsky, Chagall, Malevich (uno suyo da nombre a la exposición), Deyneka, Brodsky, etc; carteles de El-Lissitsky, Dmitri Moor, Gustav Klutsis, Maiakosky; fotomontajes de Rodchenko y otros; música de Shostakovich y Prokofiev; libros y poemas de Ana Ajmatova u Ossip Mandelstam; novelas y relatos de Babel, Gorki, Pasternak, Pilnyak; bocetos y diseños de Meyerhold, Maiakovsky de nuevo; artefactos de Tatlin o Theremin; películas de Dziga Vertov, Eisenstein o Pudovkin; esculturas de Vera Mujina e Ivan Shadr. Treinta años de creatividad muy bien expuestos, que dan una idea de la evolución del arte soviético desde la revolución bolchevique hasta 1945, el fin de la Gran Guerra Patria, que no del estalinismo.

Sin embargo, esa idea puede resultar engañosa si el visitante no sitúa en el debido contexto la enorme afluencia de obras de arte que lo asaltan. Para hacerlo, lo aconsejable es comprar el catálogo de la exposición, una obra muy apreciable con aportaciones de especialistas en la materia. Las de Rosa Ferré, las más abundantes, son con mucho las mejores. De este modo, armado con las claves que en el catálogo se encuentran el espectador ya no corre peligro de caer en la trampa de una visión convencional del arte comunista que, de darse, vendría a ser como el triunfo póstumo de la única habilidad en la que el comunismo ha destacado con auténtica maestría: la propaganda.

En efecto, el visitante de buena fe recorrerá las salas y su primera impresión (que, muchas veces, la mayoría, es la única que se obtiene) será coincidente con la interpretación al uso de la evolución del arte soviético y que, más o menos, dice lo siguiente: con la revolución bolchevique, en vida de Lenin y durante los primeros años de la joven república soviética (hasta el ascenso de Stalin en 1927) hubo un tremendo florecimiento del arte, en medio de la libertad de creación más absoluta, un montón de genios en todas las ramas estéticas asombraron al mundo con la fuerza, la originalidad y la belleza del arte revolucionario. Es cierto que, en muchos casos, la creación procedía de las vanguardias prerrevolucionarias pero, a partir de 1917, el comunismo revolucionó no solo la política y la economía sino la literatura y el arte en general, haciendo aportaciones que todavía se imponen con fuerza. A partir de 1927, sin embargo, con el ascenso de Stalin y, sobre todo, al comienzo de los años treinta hay un giro de radical de la política artística del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), el mismo Stalin se mete en cuestiones estéticas, el más rígido dogmatismo ahoga toda creatividad artística, se instalan elrealismo socialista y el culto a la personalidad, los artistas se convierten en acobardados servidores y propagandistas de la ideología pseudomarxista del estalinismo y las obras de arte son falsas, bombásticas o puro kitsch.

Esta interpretación al uso es parcialmente cierta y parcialmente no. Es cierta la segunda parte: el estalinismo significó la sumisión del arte a las obtusas directrices del PCUS, administradas por Jdanov, consuegro de Stalin y que tenía tanto sentido estético como un boniato; significó asimismo el soborno de los intelectuales y artistas que se sometieron y la persecución, la tortura, el destierro o la muerte para los que no lo hicieron. Este triste destino afectó a miles de creadores. De los seiscientos asistentes al congreso de escritores en Moscú en 1934, unos años después doscientos habían sido fusilados.

En cuanto a la primera parte, es cierto que en los primeros años de la revolución hubo una verdadera explosión de creatividad artística, pero es falso, como suele darse a entender (ya que nadie se atreve a decirlo claramente por ser claramente mentira) que tal explosión estuviera animada por las autoridades comunistas o que Lenin fomentara la creatividad artística que no estuviera estrictamente ligada a la propaganda. Más abajo volveré sobre este asunto que no es sino el enésimo intento de cargar todas las monstruosidades del comunismo sobre Stalin, salvando la figura de Lenin, cuando es claro que lo único que diferencia a Lenin de Stalin, en esto como en todo, es que el primero murió prematuramente y no le dio tiempo a llevar a cabo todos los crímenes que cometió el segundo. No obstante hizo lo suficiente para justificar este juicio que, insisto, expondré al final de la entrada.

Antes unas palabras sobre el régimen de terror de Stalin que literalmente revuelve las tripas. En 1932, el ex-seminarista pone fin a la multiplicidad de escuelas, corrientes e ismos artísticos y crea una Unión de Escritores Soviéticos. El congreso de 1934 impone la doctrina del realismo socialista y ésta se expande a todas las ramas del arte a partir de la creación en 1936 de un Comité de Asuntos Artísticos de la Unión. Los artistas y creadores que querían prosperar tenían que pertenecer a estas organizaciones; los que no lo hacían ya sabían que les esperaba el ostracismo, la persecución o algo peor. Stalin fue especialmente duro con los escritores y, en concreto, con los poetas: Maiakovsky, Yesenin y Marina Tsvetaeva fueron empujados al suicidio, Mandelstam murió en el gulag, como Shyleiko y Nicolai Punin, segundo y tercer maridos de la poetisa Ana Ajmatova, cuyo hijo, Lev Guvilev también fue deportado y murió en consecuencia. Todo esto lo encontramos en la exposición.

Es Ajmatova, precisamente, la que cuenta en su introducción al primer poema de su obra Requiem que sólo pudo publicarse en Rusia en 1987 la famosa y estremecedora historia que mejor describe el terror stalinista. Estaba la poetisa en una de aquellas colas de familiares de presos y desaparecidos que todos los días tenían que ir a la puerta de la cárcel de Leningrado a esperar durante horas con temperaturas bajo cero por ver si conseguían alguna noticia de sus allegados y que tan bien describe Grossman en alguna de sus obras, cuando una mujer que estaba detrás le susurró al oído (nadie podía hablar en voz alta): "¿puede usted contar esto?" "Sí", respondió Ajmatova, "puedo". El resultado es el poemario Requiem, que pone los pelos de punta.

Pero no fueron únicamente los poetas los perseguidos. En los años del Gran Terror (de 1934 a 1940), Stalin hizo fusilar pintores (Pavel Filonov, 1937), cartelistas fieles hasta la muerte (Klutsis, 1938), novelistas (Boris Pilnyak, 1938; Isaak Babel, 1940), cineastas (Boris Shumiatsky, 1938), dramaturgos (Vsevolod Meyerhold, 1939) o periodistas (Mijail Koltsov, 1940). La exposición contiene obra de todos, mucha de ella, paradójicamente, alabando a su asesino. Por supuesto, al ser la exposición de arte, nada se dice de la masacre estalinista de políticos, militares, médicos, científicos y gente de la calle. Aun hoy es imposible calcular cuánta gente asesinó este tirano.

¡Ah, pero es que el estalinismo fue una degeneración del comunismo, del leninismo! Lenin era otra cosa. ¿Acaso no previno en su testamento de lo que se venía encima con el georgiano al que él mismo había nombrado secretario general? Es posible que tuviera segundos pensamientos pero, en realidad, Stalin no es sino la continuación de los métodos de Lenin. Fue Lenin quien cerró la asamblea constituyente y ahogó la democracia en la cuna; fue él quien ordenó reprimir a sangre y fuego la sublevación de Kronstadt, él quien hizo fusilar al Zar y su familia, incluido el zarevich, un niño, sin juicio alguno (y mantener oculto este crimen durante años) y él quien puso en marcha los primeros campos de concentración. En realidad no es Stalin ni tampoco Lenin, es el comunismo. Con él comienza el terror y la única diferencia entre Stalin y Lenin es que éste fallece muy pronto, está muy ocupado con la supervivencia del poder bolchevique (guerra civil, comunismo de guerra, NEP) y, desde su muerte (en 1924) hasta el triunfo de Stalin en la lucha interna por sucederle (1927), los comunistas tienen poco tiempo de ocuparse de los artistas.

Es decir, el grandioso florecimiento del arte revolucionario que se abre en 1917 es posible no gracias a los bolcheviques y Lenin, sino, al contrario, gracias a que los bolcheviques y Lenin estaban ocupados tratando de sobrevivir. Así se desarrollaron las vanguardias, o los grupos de artistas, como el Proletkult o Lef, por cierto, todos ellos sinceramente bolcheviques y revolucionarios. De todo esto hay magníficos ejemplos que suspenden el ánimo en la exposición. En punto a producción artística, la Rusia bolchevique no tenía nada que envidiar a la Alemania de Weimar. Y si en ésta hubo expresionismo o la neue Sachlichkeit, en Rusia hubo futurismo, constructivismo, acmeísmo, suprematismo o productivismo. Otro curioso parecido que se daría unos años después entre Alemania (ahora la nazi) y la URSS fue la persecución de las formas artísticas que disgustaban a las respectivas tiranías y ambas bajo el mismo nombre: "arte degenerado".

Pero todo ello no gracias a Lenin, sino a pesar de él. El fundador del bolchevismo no tenía inquietudes artísticas y sus gustos eran conservadores, por no decir del montón. Odiaba las vanguardias (para vanguardia ya estaba él) y los ismos. Su único interés en el arte residía en su faceta propagandística y por eso apoyó el cine, puso al dramaturgo Anatoli Lunacharski al frente del comisariado de arte y facilitó que se crearan aquellos trenes que llevaban los documentales de Dziga Vertov por los pueblos de la estepa. Pero ahí se acababa su preocupación y en el resto fue tan arbitrario y censor como Stalin sólo que mucho menos eficaz. Si Nadia Krupskaia iba al teatro y no le gustaba la obra, el dramaturgo recibía un aviso, igual que cuando Stalin iba al estreno de, por ejemplo, la Lady Macbeth de Shostakovich, no le gustaba y, al día siguiente, la Pravda cargaba contra una música que no era tal, sino un caos burgués, asunto peligroso que podía llevar al creador al gulag. Fue Lenin quien mandó al exilio a docenas de intelectuales y creadores, desde el novelista Evgenii Zamiatyn hasta el filósofo Nicolai Berdiaev, pasando por el sociólogo Pitirim A. Sorokin. Y fue igualmente Lenin quien hizo fusilar en 1921 a Nicolai Gumilev, primer marido (divorciado) de Ana Ajmatova, bajo la acusación de conspiración monárquica. Aún no se había descubierto la práctica de torturar y fusilar gente bajo la acusación de trostkistas. Es el estalinismo, es el leninismo, es el comunismo en definitiva, el que ahoga toda libertad creadora y, cuando puede, termina con los mismos creadores.

Una última noticia respecto a otro episodio siniestro de abyección de los intelectuales y artistas en la Unión Soviética que se encuentra documentado en la exposición y del que da cumplida cuenta el catálogo. En 1934, Maxim Gorki pone en práctica su teoría de que los escritores deben trabajar en brigadas como los proletarios y escoge a ciento veinte autores para escribir un libro glorificando la construcción del canal de Bolomor, que unió el mar Báltico con el el mar Blanco con una longitud de 227 kms. Era una de las grandes obras emblemáticas del estalinismo y no sólo por la proeza de ingeniería. Lo que Gorki y los demás escritores al servicio de Stalin celebraban era el hecho de que la obra fuera, además, una comprobación de las doctrinas comunistas sobre la regeneración de los presos mediante el trabajo forzado. Porque el canal -que los ciento veinte autores visitaron mientras se construía- fue obra de presos que lo hicieron picando el granito casi con las manos. Es decir Gorki y los autores estalinistas no tuvieron inconveniente en glorificar el gulag.

Relación de imágenes:

Primera: Kasimir Malevich, Caballería roja (h. 1930).

Segunda: El Lissitsky, Derrotad a los blancos con la insignia roja. (1920).

Tercera: Kuzma Petrov-Vodkin, Retrato de Ana Ajmatova (1922).

Cuarta: Isaak Brodsky, Stalin (1933).

Quinta: Stepan Karpov, La amistad de los pueblos (1922-24).

Sexta: Vera Mujina, El trabajador y la koljosiana (s.d.).

Séptima: Gustav Klutsis, Viva la URSS (s.d.)

24 de febrero de 2010

Francisco Madariaga Quintala: El nieto 101.


La noticia ha comenzado a rebotar entre los medios de comunicación. En medio de tantas chingaderas el reencuentro entre Abel Madariaga y su hijo Francisco, nacido en cautivario tras el arresto de Silva Quintala, es un vaso de agua sin contaminantes, un milímetro de aire sin gases sin plomo, un brillo de luz natural en el firmamento.

Bienvenida a tu casa grande, hermano Francisco.
H.I.J.O.S. Somos Tod@s

5 de abril de 2009

La Noche De Los Lápices

Fuera gobiernos Asesinos



¡¡¡PRESXS POLÍTICOS LIBERTAD Y JUSTICIA!!!

¡¡¡APARICIÓN CON VIDA DE TODXS LXS DESAPARECIDXS!!!
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...