Por: Decio Machado / VientoSur.
El final de la era correista fue dantesco respecto a la gestión
realizada durante el primer período de mandato de Rafael Correa. Ese fue
el momento en que la sociedad ecuatoriana comenzó a comprender la
enorme distancia existente entre la realidad actual del país y la imagen
que de este se había forjado a través del fuerte aparato de propaganda
del régimen, tanto dentro como fuera del Ecuador.
Más allá de que el poder Ejecutivo hubiera sometido al resto de
poderes del Estado bajo su control, lógica propia de cualquier gobierno
de perfil autoritario, la corrupción institucional históricamente
existente en el país se tecnificó y la protesta social fue brutalmente
criminalizada. Diversos líderes indígenas en territorios resistentes a
la presión extractivista fueron asesinados bajo la más absoluta
impunidad, ejerciéndose la represión más brutal del régimen en el paro
nacional convocado por el movimiento indígena y las organizaciones
sindicales en agosto del año 2015. En lo económico y terminado el boom de los commodities,
Rafael Correa entregó un país donde el gasto público era ampliamente
superior a los ingresos permanentes necesarios para sostenerlo, lo que
implicaba reformas de carácter estructural que abría la posibilidad a
diferentes opciones para el nuevo gobierno de Lenín Moreno.
La investidura presidencial de Lenín Moreno se dio en mayo del 2017;
sin embargo, la producción en el país se había estancado desde el año
2014, no consiguiendo reactivarse desde entonces hasta ahora. El ingreso
promedio por habitante en estos seis años apenas se ha movido en una
franja de 20 dólares hacia abajo, alcanzando el empleo adecuado
-eufemismo inventado en la era correista para señalar a quienes al menos
perciben el equivalente al salario mínimo (394 dólares)- a tan solo el
37,9% de la población económica activa.
El deterioro de la capacidad adquisitiva de la sociedad ecuatoriana
tiene como grupos más afectados a los asalariados privados y
trabajadores por cuenta propia, quienes en los últimos seis años han
visto un crecimiento prácticamente nulo de sus salarios. Sin embargo,
durante lo que va de período de la gestión morenista y en aras a reducir
el volumen de un Estado al que se calificó como obeso, se eliminaron 20
ministerios y 23 mil funcionarios públicos fueron cesados. En las
actuales condiciones de estancamiento económico del país y con un sector
empresarial que invierte muy por debajo del promedio latinoamericano en
la economía nacional, lo cual ya de por sí es irrisorio, el mercado
laboral privado ha sido incapaz de absorber a los servidores públicos
cesados, incorporándose estos al ejercito de reserva del mercado de
trabajo ecuatoriano.
En paralelo, la banca y otros grupos del gran capital que operan en
la economía ecuatoriana continuaron obteniendo utilidades millonarias
-tal como ya sucedía durante el período de gestión correista- pese al
estancamiento. Entre 2015 y 2018 la banca obtuvo utilidades por 1.777
millones de dólares, mientras apenas 30 compañías obtuvieron casi cinco
mil millones de dólares en el mismo concepto. En contraste, la elevada
desigualdad en la distribución de la propiedad de la tierra se mantuvo.
Con una economía dolarizada desde principios de siglo, lo que anula
cualquier capacidad de soberanía monetaria, y a falta de ingresos
permanentes pese a las soflamas propagandísticas de industrialización
por sustitución de importaciones y cambio de matriz productiva
enarboladas durante el régimen de Correa, la deuda comenzó a dispararse
de forma desmesurada. Entre 2010 y 2019 la deuda por ecuatoriano creció 7
veces, pasando de 538,81 dólares a 3.582 dólares; el pago de intereses
por ecuatoriano creció 11 veces, de 38,31 dólares a 435,29 dólares; y el
gasto en deuda creció 12 veces, evolucionando de 613 millones de
dólares a 7.400 millones de dólares. En términos comparativos, el gasto
de deuda actual (intereses y amortizaciones por 7.400 millones de
dólares) supera casi dos veces el presupuesto de educación (4.970,9
millones de dólares) y el casi tres veces del presupuesto en salud
(2.882,9 millones de dólares).
Así, mientras la propaganda correista en manos de jóvenes tecnócratas
de la comunicación y la publicidad -aprendices andinos de Goebbels-
definía económicamente al país como el jaguar latinoamericano, la sociedad ecuatoriana terminó descubriendo que Ecuador no pasaba de ser un desdentado oso perezoso que vivió de las rentas petroleras bajo una economía rentista que funcionó adecuadamente tan solo mientras duró el boom de los commodities.
De esta forma el gasto de consumo ha ido decayendo tanto en términos
públicos como privados, visualizándose claramente como los servicios
públicos se han ido paulatinamente deteriorando. Terminada la gran
fiesta propiciada por los excedentes petroleros, nunca hubo una
redistribución de la riqueza durante el período correista sino la
transferencia de los excedentes del Estado para sostener políticas de
subsidios e inversión pública en infraestructura -modernización del
Estado capitalista-, se apagó el motor de la economía nacional. Incluso
las importaciones de maquinaria se han reducido al día de hoy,
reflejándose así la limitada capacidad de sostener la tan anhelada
tecnificación productiva con la que todo el establishment político y
empresarial sueña en el país. Consecuencia de todo ello: desaceleración
económica.
De esta manera, al aumento del déficit fiscal le siguió el incremento
del endeudamiento, a lo que le siguió a su vez problemas de acceso al
financiamiento, lo que hizo que comenzaran a bajar la reservas
internacionales del país. Con créditos internacionales chinos a tasas de
interés que recuerdan a El Avaro de Molière, el gobierno de Moreno decidió entregarse, en cuerpo y alma, al FMI.
En este contexto el Ecuador de Lenín Moreno, quien hasta mayo del
2018 -fecha de nombramiento del ministro de Economía y Finanzas actual-
no tuvo claro su hoja de ruta económica, decidió adecuarse a las recetas
fondomonetaristas para equilibrar la economía nacional. A cambio de
4.200 millones de dólares que el FMI debe desembolsar en el transcurso
de tres años y 6.000 millones de dólares más provenientes de otros
organismos multilaterales, Moreno se comprometió a emprender un fuerte
ajuste económico con el objetivo de lograr equilibrios de carácter
fiscal y externo a corto plazo, liberalizando y flexibilizando todo lo
posible la economía nacional, mientras a medio y largo plazo se
profundizaría el carácter primario-exportador que ha acompañado la
historia económica del Ecuador. El discurso fue el que siempre se aplica
previo a este tipo de medidas: “Nos vemos obligados a pedirle al pueblo
ecuatoriano un sacrificio debido a las condiciones en las que hemos
recibido el país…”.
El antecedente al Paro Nacional
Con territorios claramente olvidados en la periferia del nacional
debido a la carencia de recursos por parte del Estado, estalló el paro
en la provincia del Carchi. Allí, en un territorio con un PIB per cápita
de casi la mitad de lo que tiene Pichincha -provincia donde está
instalada la capital del país-, de los 34.853 millones de dólares del
Presupuesto General del Estado en el año 2018 tan solo le
correspondieron 64 millones, alcanzando su índice de necesidades básicas
insatisfechas al 45% de la población. Con una tasa de empleo digno
de apenas el 26% frente la 37,9% promedio del país, la población del
Carchi se lanzó a las calles, cortando carreteras y con sus gobiernos
municipales y provincial a la cabeza de las movilizaciones junto a
gremios y movimientos sociales.
Inicialmente el gobierno se negó a negociar mientras se mantuviera el
paro. Tras siete días de movilizaciones continuas y con el principal
acceso fronterizo con Colombia cortado por los manifestantes -cientos de
camiones quedaban varados pudriéndose los alimentos perecederos que
transportaban-, Lenin Moreno se vio obligado a negociar con los
huelguistas aceptando una parte importante de sus reivindicaciones. Todo
ello no sin antes emprender una fuerte represión por parte de las
fuerzas de orden público que tuvo como respuesta popular el asalto al
edificio de la Gobernación -sede del gobierno central en el territorio-
en la ciudad de Tulcán, capital de la provincia.
Sería el 30 de septiembre cuando se solucionara el paro en el Carchi,
apenas dos días antes de que comenzará las jornadas de lucha a nivel
nacional. Su resolución fue fruto de que los dirigentes carchenses del
paro detectaron las operaciones de actores externos a la provincia
vinculados al correísmo que intentaban hacer con la movilización local
una estrategia ajena a las demandas de los movilizados y dividiendo al
movimiento.
Cabe indicar que el gobierno nacional y especialmente su frente
político demostró no haber aprendido nada de los sucesos acaecidos
durante la semana de cortes de carretera y conflicto constante entre la
población carchense y aparatos represivos del Estado.
Es evidente que el presidente Lenín Moreno encabeza un gobierno
extremadamente débil, sin base social y sin inteligencia política. El
apoyo a su gestión está por debajo del 16%, gran parte de sus ministros
intencionadamente apenas tienen aparición pública y quien maneja el
frente político del gobierno es María Paula Romo -ministra del
Interior-, quien junto a Juan Sebastián Roldán -secretario particular
del presidente y portavoz oficial del Ejecutivo- provienen de una
organización llamada Ruptura de los 25, la cual se autodefinió años
atrás como una “organización política moderna y contemporánea” pero que
en la actualidad ejerce la vieja política a través de sus jóvenes
dirigentes.
Si la gestión de la crisis del Carchi fue patética por parte de los
responsables gubernamentales, que decir de lo que vendría inmediatamente
después…
Y llegó el Paro Nacional
Así se llegó al día 1 de octubre, momento en el que Lenín Moreno
mediante cadena gubernamental televisada anunciaría lo que las
organizaciones sociales definirían como un paquetazo neoliberal
con base en las exigencias de ajuste presupuestario implementadas por el
FMI. El mandatario anunciaría en aquel momento que mediante Decreto
Presidencial 883 se eliminaría el subsidio al combustible, a la par que
la reducción del 20% de la masa salarial de todos los contratos
ocasionales en la función pública que se vayan renovando, la reducción
del período anual de vacaciones de los empleados públicos de 30 a 15
días, así como obligación por parte de los trabajadores de las empresas
públicas de aportar obligatoriamente un día de salario mensual al erario
público. En paralelo, se decretaban una serie de medidas laborales que
implican la flexibilización del mercado de trabajo privado,
justificándolo bajo el argumente de la necesidad de implementar un
modelo acorde con los nuevos tiempos.
Al día siguiente la Confederación Nacional Indígena del Ecuador
(CONAIE) junto a otras organizaciones sindicales y sociales del país
anunciaban la convocatoria de un gran paro nacional contra las medidas
económicas del gobierno.
Entre ese mismo miércoles 2 y el domingo 6 de octubre se sucedieron
múltiples asambleas populares fundamentalmente en provincias de fuerte
ascendía indígena, zonas de Sierra Centro y territorio amazónico. En
paralelo comenzaban los cortes de carretera y las movilizaciones en
diferentes localidades. El sábado y el domingo, los cortes de carretera
tenían ya paralizado todo el Ecuador. De la misma manera, en Quito, los
estudiantes universitarios salían a las calles en solidaridad al
llamamiento indígena reivindicando la derogación del Decreto 883 y el
resto de medidas económicas anunciadas por el presidente de la
República. La respuesta gubernamental fue la represión acompañada por
una sorpresiva declaración del estado de excepción (limitación de los
derechos de tránsito, asociación y reunión, libertad de información,
inviolabilidad de domicilio y correspondencia).
Un evidentemente nervioso presidente Lenín Moreno anunciaría dicho
estado de excepción en una nueva cadena gubernamental televisiva en la
cual aparecería rodeado por su vicepresidente, Otto Sonnenholzner (un
joven empresario sin experiencia política y llegado de las élites
costeñas que fue nombrado a dedo tras la detención por vinculación en el
caso Odebrecht de su primer vicepresidente -Jorge Glass- y de la
destitución de la que fuera su segunda vicepresidenta -María Alejandra
Vicuña- por cobro de coimas), su ministro de Defensa y los principales
mandos de los diferentes cuerpos de las Fuerzas Armadas.
Para sorpresa de la sociedad ecuatoriana la emisión de dicho espacio
televisivo se hacía desde Guayaquil, segunda ciudad en importancia del
país. El gobierno nacional había abandonado, con nocturnidad y alevosía,
la capital del país. Lo que pretendía ser un acto de fuerza con la
declaración del estado de excepción se convirtió comunicacionalmente en
la visualización más palpable de debilidad gubernamental.
El gobierno había abandonado el Palacio de Carondelet porque tenía
miedo de que las instalaciones presidenciales fuesen tomadas por los
manifestantes. Pensar en esa posibilidad, era pensar a su vez en que sus
fuerzas armadas permitieran el acceso de los manifestantes,
evidenciando su desconfianza respecto a que el propio ejército
ecuatoriano apostase por una cambio de mando en el país dada la
incapacidad gubernamental demostrada.
Esa misma noche y durante los días siguientes, Oswaldo Jarrín, actual
ministro de Defensa y quien en 2012 calificara la desvinculación del
Ecuador con la Escuela de las Américas de muestra del “fundamentalismo
ideológico” del Gobierno de Rafael Correa, amenazó en reiteradas
ocasiones a los movilizados de usar armamento letal si es que se
ocupaban sobre instalaciones que el Gobierno considerase como
estratégicas. Nada importó y las movilizaciones continuaron a escala
nacional.
El lunes 7 de octubre comenzaron a llegar a Quito columnas de miles
de manifestantes provenientes de las provincias indígenas. Las entradas a
la capital estaban fuertemente resguardas por contingentes de
operativos especiales de la Policía Nacional. Pese a ello y ante el
número cada vez mayor de manifestantes los indígenas entraron en Quito,
no sin que previamente hubiese fuertes altercados e incluso tanquetas y
patrulleros quemados. Los detenidos y heridos en las reyertas comenzaban
a contabilizarse por centenares.
Pese a la fuerte campaña de miedo articulada en las redes sociales por influencers
de perfil conservador, entre los barrios humildes quiteños de la
periferia de la ciudad hubo multitud de gestos solidarios ante la
llegada de los indígenas. Los indígenas se congregaron en El Arbolito,
parque céntrico de la capital ecuatoriana donde han tenido lugar
históricos episodios que terminaron derrocando diversos gobiernos
durante la década de inestabilidad política que precedió a la llegada de
Rafael Correa al palacio presidencial de Carondelet.
Durante el martes 8 y miércoles 9 de octubre siguieron llegando
numerosos grupos indígenas a la capital, mientras en el resto del
territorio nacional eran tomados diversas instalaciones gubernamentales
por parte de los indígenas, se mantenían los cortes de carretera e
incluso se eran ocupados pozos petroleros en la zona amazónica
clausurándose su bombeo. El último grupo en llegar a la capital fue en
la noche del jueves, momento en el que arribaron unos mil indigenas más
llegados de territorios amazónicos.
El grito era unísono en todo el país: “La movilización es indefinida
hasta que el gobierno nacional derogue el Decreto 883 y el paquetazo
neoliberal”. Mientras, en Quito, las movilizaciones se daban por doquier
y a todas horas, intensificándose paulatinamente la represión policial
sobre los manifestantes. En territorios indígenas e incluso en la
capital fueron retenidos distintos destacamentos militares y efectivos
de la Policía Nacional, todos fueron entregados posteriormente a las
autoridades del Estado sin daños ni lesiones, mientras en paralelo las
detenciones de manifestantes se elevaban por encima de mil, se socorría a
más de medio millar de heridos y se contabilizaban hasta la noche del
12 de octubre cinco víctimas mortales. Algunos de los uniformados
retenidos fueron obligados a cargar sobre sus hombros los féretros de
los indígenas caídos durante las jornadas de movilización bajo la
consigna de que “sientan sobre sus hombres el peso de nuestros muertos”.
Dos condiciones interesantes se dieron en la capital ecuatoriana: por
un lado era palpable la estrategia de twitteros, generadores de opinión
pública en diversos medios de comunicación y varios periodistas
descalificando al movimiento indígena en las redes sociales; mientras
por otro lado, en la vida real, la solidaridad con los manifestantes era
más que palpable. Mientras la redes sociales no dejan de ser aún un
espacio para las élites ecuatorianas dada la aun escasa democratización
digital existente en el país; estudiantes universitarios de todo tipo de
disciplinas, especialmente de medicina y enfermería, practicaban la
asistencia médica diaria a los heridos en los recintos universitarios.
En paralelo, amplios sectores de la sociedad quiteña entregaban mantas,
ropa, zapatos, víveres y agua en los recintos en los que pernoctan los
recién llegados a la capital. Por último, se creó un amplio despliegue
de medios alternativos para dar cobertura a las movilizaciones que
estaban siendo criminalizadas en los medios de comunicación
tradicionales. Se vio un Quito solidario con los históricamente
olvidados frente a un Quito imperante en el mundo digital que lleno de
perjuicios y con una estrategia claramente diseñada pretendía
criminalizar a los más pobres de la sociedad ecuatoriana. Vale decir que
no funcionó la estrategia de enfrentar a blancos urbanitas con cobrizos
habitantes de las zonas rurales del país, como tampoco les funcionó
atemorizar a las clases acomodadas quiteñas para enfrentarles a los
pobres venidos de otras tierras. De hecho, según la encuestadora
CEDATOS, nada sospechosa de ser de tendencia izquierdista, el 76% de los
ecuatorianos apoya la consigna indígena de derogar el Decreto 883.
Las movilizaciones fueron sorprendidas por hordas que no respondían
al llamado de los movimientos sociales y que se infiltraron en las
movilizaciones. Aquí se combinaron grupos delictivos que buscaban
usufructuar de bienes ajenos, grupos organizados por la sensibilidad
política correista y población que llegaba de barrios urbano marginales
ya no solo a reclamar el fin de las medidas económicas sino la salida
del gobierno. Ambos grupos coincidieron en sembrar el caos en diferentes
momentos de las movilizaciones.
La CONAIE, en varias ocasiones, se desvinculó de estas acciones
vandálicas, llegando incluso a conformar una guardia indígena que puso
orden en las manifestaciones que se daban en la capital. La turba no
perteneciente a las movilizaciones impulsadas por los movimientos
sociales se vio obligada a actuar en zonas por donde no recorrían las
manifestaciones, terminando por quemar la Controlaría General del
Estado, lugar donde se guardan los expedientes de investigación de
tramas de corrupción institucional que tuvieron lugar durante la década
correista. Sospechosamente dicho atentado se dio ante la pasividad de
las fuerzas de orden público.
En la tarde del 12 de octubre, “Día de la Interculturalidad y la
Plurinacionalidad” en Ecuador, el Gobierno Nacional, quien en
innumerables ocasiones se reiteró en afirmar que no discutiría sobre el
Decreto 883, se vio obligado a acceder a analizar su contenido con los
movilizados. Horas antes, el movimiento de mujeres quiteño había salido a
las calles junto a las mujeres indígenas declarando a María Paula Romo,
ministra del Interior y quien se auto define como feminista,
responsable de la represión y traidora al movimiento de mujeres.
Bastó el anuncio de que la CONAIE estaba reuniendo a sus dirigencias
para analizar la propuesta de diálogo de Lenín Moreno, exigiendo
garantías mínimas (realizar la negociación en un lugar independiente
bajo el auspicio de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana y NNUU) y que
dicho diálogo fuera público y retransmitido por los medios de
comunicación, para que se incrementara aún más la algarabía en las
calles de Quito. A partir de ese momento diversos grupos incontrolados,
muchos de ellos posiblemente impulsados por actores ajenos a las
convocatorias, sembrarían el caos en toda la ciudad.
Ante la incapacidad de gestión por parte del Ministerio del Interior,
el aparato militar presionó al presidente Lenín Moreno para que se
decretara el toque de queda. A partir de las 15:00 horas se prohibió el
transito en las calles y los recintos en los que los indígenas se
concentraron para desvincularse de la trama desestabilizadora fueron
rodeados por los aparatos represivos del Estado. En las universidades
los estudiantes se vieron obligados a armar cadenas humanas frente a
militares y policía interponiendo sus cuerpos en defensa de los
indígenas acogidos.
El movimiento indígena denunció inmediatamente la actividad de grupos
correistas tras estos disturbios. Ya en la noche, CONAIE emitía un
comunicado reconociendo la conmovedora e incansable voluntad del pueblo
ecuatoriano de luchar contra el retorno de las políticas neoliberales al
país, a la par que denunciaba la decisión del Estado por seguir
asesinando indígenas y gente en las calles hasta derrotar la
movilización. Pese a ello, la CONAIE se comprometió en sostener la
movilización a nivel nacional, rechazando cualquier intención de
desprestigiar la lucha histórica que se está llevando a cabo en estos
momentos.
La noche quiteña cerró con un fuerte y confuso cacerolazo que se
expandió por toda la ciudad. Unos reclamaban paz, otros la derogación de
las medidas económicas implementadas por el Gobierno, pero en ambos
casos la población capitalina le decía al presidente de la República que
estaban haciendo sentir su voz crítica respecto a la gestión
gubernamental.
En la tarde del domingo 12 de octubre se dio la mesa de diálogo entre
diferentes dirigentes sociales con los pueblos y nacionalidad indígenas
a la cabeza y el gobierno nacional. Bajo el título “mesas para un
acuerdo de paz”, el gobierno nacional se vio obligado previamente a
cumplir cada una de las exigencias indígenas: fue retransmitido en
directo por diversas cadenas de televisión, se dio en un complejo
hotelero a las afueras de la ciudad -lugar imparcial- y estuvo
auspiciado con Naciones Unidas y la Conferencia Episcopal del Ecuador.
Tras tres horas de debate el pueblo ecuatoriano asistía a un episodio
insólito. La CONAIE le decía al presidente Moreno que si quería de
verdad la paz retirase el Decreto 883 o de lo contrario la movilización
se mantendría en Quito y en todo país. El presidente Moreno y su
gabinete de ministros terminarían aceptando. La noche de ayer en Quito y
en todo el país se convirtió en una fiesta donde militares, policías y
el pueblo se abrazaban en cada una de las barricadas de Quito, cortes de
carreteras por todo el país e instalaciones públicas tomadas.
CONAIE desconvocaba en vivo y en directo en esa misma retransmisión el paro nacional.
Análisis final
En la agenda del movimiento indígena, los sindicatos y las
organizaciones sociales que apoyan el paro no está derrocar al actual
gobierno. La izquierda social e incluso la política no ganaría nada en
estos momentos con la salida de Lenín Moreno del palacio presidencial.
Una convocatoria de elecciones anticipadas tan solo beneficiaría en
estos momentos la llegada al poder de una derecha aun más reaccionaria o
del correísmo. Desde los mundos más reivindicativos que conforman el
tejido de los movimientos sociales ecuatorianos, fundamentalmente los
indios y las mujeres, ambas opciones son consideradas como aun peores
que el mantenimiento del gobierno actual pese a su paulatina
derechización.
Por su lado, el correísmo, con una agenda política de urgencia que
busca como sea desestabilizar al actual gobierno en aras a que se
proceda con la convocatoria de elecciones anticipadas, demostró durante
estas movilizaciones que su estrategia esta basada en una política de tierra quemada.
Frente a un gobierno que al medio día de sábado 11 de octubre estaba a
punto de ceder respecto al Decreto 883, objetivo fundamental de la
movilización, optó por provocar la caotización de Quito en aras a sus
interés político institucionales. Rompiendo, al igual que lo intentó
hacer anteriormente en la provincia del Carchi, la estrategia de lucha
de los impulsores del paro nacional. Rafael Correa desde el exterior del
país intentó protagonizar la lucha de un movimiento al que él mismo
había criminalizado y reprimido durante la década de gestión de su
gobierno.
En el ámbito de la política institucional la derecha esta dividida.
Una parte de ella apoyó a Lenín Moreno durante lo que lleva de mandato,
mientras la otra se declara abiertamente opositora, pese a que durante
esta crisis ambas se unieran contra el movimiento indígena. Para el
sector empresarial Moreno no es más que una cabeza de puente, es
el mandatario que debe aplicar las políticas impopulares para que no
recaiga sobre su futuro recambio dicho costo político y social.
Conscientes las corrientes conservadoras de que la debilidad
gubernamental les permite aspirar en febrero del 2021 al poder, una vez
restituida la normalidad marcarán de forma inmediata diferencias con el
mandatario, entendiendo que nada de lo que se sienta cercano al actual
gobierno nacional tiene la más mínima posibilidad de ganar las próximas
elecciones.
De igual manera, una nueva generación de políticos ecuatorianos que
pretendían ser el recambio de la actual vieja derecha nacional ha
quedado quemada en la gestión de esta crisis. Personajes con notables
aspiraciones políticas como María Paula Romo, Juan Sebastián Roldán o el
propio Otto Sonnenholzner han demostrado falencias notables a la hora
de administrar el Estado en una coyuntura como la actual, quedando con
escasas posibilidades de reconfigurar su maltrecha imagen ante la
sociedad ecuatoriana.
En paralelo, la actual crisis desnudó determinados problemas de
carácter estructural que transversalizan desde la constitución de la
República al Estado ecuatoriano: sigue vigente la vieja matriz colonial,
el racismo y una indignante inequidad social basada en una marcada
estructura de clases. En Ecuador el 42% de la población indígena viven
en condiciones de pobreza, el 18% vive en pobreza extrema y solo el 3%
de este target social tiene títulos universitarios.
Este triunfo del movimiento indígena desde el ámbito de las
organizaciones sociales se contrapone a una cada más envejecida
izquierda política e institucional que se muestra incapaz de generar el
más mínimo elemento de atracción entre la sociedad ecuatoriana. Mientras
en el movimiento indígena se ha hecho visible una nueva camada de
dirigentes jóvenes con grandes dotes de organización para futuras luchas
reivindicativas, la izquierda político institucional sigue aferrada a
un discurso del pasado siglo y liderada por dirigentes con escasa
voluntad de recambio.
El triunfo indígena liderado por sus nuevas estructuras dirigentes,
sumado a interesantes cuadros entre las jóvenes militantes del
movimiento de mujeres, permiten atisbar con optimismo cierto horizonte
en las lucha por la emancipación de los pueblos en este pequeño país
andino. En paralelo y a su derecha, que un gobierno débil y derrotado
que tendrá serias dificultades para gestionar el país en lo que le queda
de mandato hasta las elecciones de febrero de 2021.
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15 de octubre de 2019
19 de agosto de 2018
Argentina, 8A: El día después.
Por: Claudia Korol / Imagen desde Revista Cítrica – Cobertura Colaborativa #8A.
Crónicas desde el barro de un día histórico.
Pusimos todo en el barro. No sólo nuestros pies chapoteando bajo la lluvia. No sólo nuestros cuerpos apretados unos a otros porque no entrábamos en el centro de la ciudad.
Pusimos nuestra energía, nuestro deseo, nuestras ganas de cambiar la historia. Pusimos nuestra alegría, nuestra rabia, nuestra capacidad de hilar juntas la rebeldía.
¿Fuimos ingenuas creyendo que el Estado nos regalaría una ley que garantizara nuestro derecho a decidir, nuestra capacidad de autonomía?
No. No fuimos ingenuas. Sabíamos –sabemos- que el camino no comienza ni termina en el Congreso, en el poder del Estado, ni en una ley. Sabíamos –sabemos- que la autonomía se ejerce cotidianamente. Pero no creemos en el individualismo liberal que hace de la autonomía el camino de la fragmentación. Creemos en la fuerza de la lucha colectiva y comunitaria.
Ahora, el día después, algunas compañeras que estuvieron muy poco en las calles acompañando la pueblada feminista, sacan la voz con palabras que tenían atragantadas que nos recuerdan la necesidad de prescindir del Estado para hacer nuestros propios caminos de vida y libertad. Las feministas populares respetamos esta opción, pero no fue la que elegimos. Decidimos caminar y saltar y correr junto a las miles y miles que salimos a las calles a gritar ¡qué sea ley!
Porque al tiempo que cultivamos la autonomía individual y de los pequeños grupos y colectivos, queremos asegurar que la revolución sea para todas. Entonces nuestra apelación a la ley no refiere a una confianza en la institucionalidad patriarcal, sino a un modo más que encontramos de ejercicio de la autodefensa feminista. No queremos mujeres presas o muertas por abortar, porque nuestro mensaje feminista y nuestras colectivas no llegaron a tiempo para evitarlo.
Descreemos de la ley patriarcal. Por eso como Feministas del Abya Yala hemos realizado un Juicio a la Justicia Patriarcal y a sus leyes. Pero vamos a luchar para lograr con nuestra movilización, lo máximo que podamos sacarle a las instituciones machistas, burguesas y coloniales, porque así hemos aprendido en el camino de lucha contra la impunidad de los genocidas.
Para que haya más de 200 milicos presos, para recuperar a cada uno de los nietos, tuvimos que exprimir las leyes, retorcerlas, y lograr que la presión popular abriera espacios de Nunca Más.
Pero lo importante, sin embargo, no es cuántas veces más tengamos que salir a las calles. Nuestros cuerpos, aun los que están más cansados, tienen entrenamiento de movilización y ocupación del espacio público. Lo genial de estas jornadas es, precisamente, lo que logramos colectivamente, afinando nuestras energías para crear una fuerza que hace temblar el territorio de los dinosaurios.
Esa marea verde no es un error. Es una de las caras de nuestra revolución feminista. Es lo que hay que cuidar, para ir por más. Y cuando digo, ir por más, no me refiero a tantas nuevas leyes, sino a hacer irreversible este modo de estar antipatriarcal, esta descolonización de saberes y prácticas, esta ruptura del ghetto individualista que se escuda en el “yo te dije que no se puede”.
Las revoluciones que estamos viviendo, sintiendo, que nos transforman en nuestras vidas cotidianas y en nuestras relaciones, tienen la fuerza y la energía, la alegría y la indignación, que nacen del diálogo intergeneracional, de mujeres, lesbianas, travestis, trans, que nos vamos reconociendo cuando andamos de a miles, de a millones.
A los antiderechos les decimos que se cuiden. Que a la clandestinidad no volvemos nunca más, aunque ya sus voceros andan pidiendo nuestras cabezas.
A los compañeros de otras luchas que no pueden disimular la incomodidad que les genera esta ola verde y violeta, entrando con fuerza de tsunami en las casas y en las camas, les decimos que no nos tranquiliza ni nos atemoriza un resultado adverso, sino que nos desafía a hacer más profunda y radical nuestra revolución.
A las compañeras que nos dan consejos sin caminar codo a codo, sin sentir el agotamiento en las voces, en los cuerpos, en las manos, les decimos que así no vale. Las invitamos amorosamente a que respiren un poco del oxígeno que estamos fabricando con nuestros modos de caminar cruzando fronteras, y tal vez después los consejos puedan tener más fuerza, más claridad, y resultarán más audibles.
A las compañeras que anduvieron con el alma en la boca frente a los consulados y embajadas argentinas en todo el mundo, las abrazamos apretaditas a nuestros corazones, y temblamos con ustedes los dolores y esperanzas del andar.
A nosotras, a nosotrxs, que nos venimos abrazando y llorando, pensando siempre qué más hacer para cambiarlo todo, que nos miramos unas a otras como enamoradas y nos decimos gracias, que lloramos y reímos como locas, que nos mojamos y nos enfriamos y nos sentimos arder, no tenemos nada que decirnos. Ya nos estamos encontrando de nuevo en las calles. Y sabemos… porque aprendimos de otras brujas mayores, que “lo imposible sólo tarda un poco más”. Y que lo imposible no es una ley. Que es la trampa en la que el poder queda atrapado, cada vez que cree que nos tienen acorraladas.
Somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar, y de las Madres de Plaza de Mayo que nos enseñaron que “la única lucha que se pierde, es la que se abandona”.
Tomado de: http://www.marcha.org.ar/8a-el-dia-despues/
30 de agosto de 2013
Crónica de una semana en la Escuelita Zapatista.
Texto y fotografías: María Álvarez Malvido* / Nexos.
El pasado 12 de agosto de 2013, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) abrió las puertas de las comunidades autónomas indígenas para iniciar el curso “La Escuelita Zapatista. La libertad según l@s zapatistas” que duraría hasta el día 16. Invitaron a 1700 alumnos de todas nacionalidades, profesiones y edades, desde los 11 meses hasta los 90 años. Las comunidades de los cinco Caracoles autónomos nos invitaron, por cinco días, a escuchar.
Llegó la invitación por correo electrónico “desde las montañas del sureste mexicano”, firmada por el Subcomandantes Moisés y el Sup Marcos. Contenía las fechas del curso y los cuatro temas a abordar: Gobierno Autónomo I, Gobierno Autónomo II, Participación de las mujeres en el gobierno autónomo y Resistencia autónoma. La Escuelita Zapatista, explicó Marcos a través de varios comunicados publicados en La Jornada, no sería tradicional: no tendría bancas ni pizarrón, tampoco un profesor al frente dictando definiciones de libertad, autonomía y resistencia. Este curso se aprendería en la cotidianidad de una comunidad autónoma, recibiendo a cada alumno en una familia indígena zapatista. Además, informó que tendríamos un Votán, definido por los zapatistas como “guardián y corazón del pueblo” o “guardián y corazón de la tierra” o “guardián y corazón del mundo”. Éste guardián sería nuestro tutor, nuestro maestro, plan de estudios y compañero, también sería nuestro traductor e intérprete, pues las familias nos hablarían en su lengua indígena.
Con los comunicados guardados en mi mochila (como única información de la Escuelita a la que me dirigía) llegué el sábado 12 de agosto al Centro Indígena de Capacitación (CIDECI) en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, que también funciona como la Universidad de la Tierra. En la entrada me encontré con varios compañeros que compartían mi expresión de incertidumbre y emoción, como la que tiene un niño en su primer día de clases. Después de una larga fila me registré (depositando en un botecito el donativo solicitado de 100 pesos) y recibí cuatro libros de texto con los respectivos temas del curso, así como un gafete que indicaba en cuál de los cinco Caracoles autónomos nos tocaría: La Realidad, Oventik, La Garrucha, Morelia o Roberto Barrios.
Una vez registrados todos los compas, nos llamaron a formarnos según nuestro Caracol de destino. Me integré a la fila de gafetes amarillos para abordar una de las camionetas y camiones de redilas que ya nos esperaban para transportarnos en caravana al “Caracol Morelia: Torbellino de nuestras palabras”.Mis compañeros de pick-up fueron solo una introducción a la diversidad de personalidades que encontraría en la Escuelita: Una mujer italiana de unos 50 años, comprometida con el EZLN desde el levantamiento de 1994; otra compa fotoperiodista de Estados Unidos, un Profesor de Sociología de la Universidad de Chapingo, un joven dedicado a la realización de páginas web para movimientos sociales, otra compañera periodista del Distrito Federal y un par con Asociaciones Civiles contra la violencia en Guerrero y Colima, y yo, estudiante de Antropología Social. Convivimos por 6 horas moviéndonos al ritmo de la terracería y de las curvas de la carretera hacia Altamirano, localidad en donde se encuentra el Ejido de Morelia.
Seis horas después, ya a media noche, un colorido letrero nos indicaba que habíamos llegado a Morelia: “ESTA USTED ENTRANDO A TERRITORIO ZAPATISTA EN REBELDIA. AQUÍ MANDA EL PUEBLO Y EL GOBIERNO OBEDECE”. De fondo, un mural de Zapata junto a un caracol y en grandes letras rojas, el lema del caudillo revolucionario “TIERRA Y LIBERTAD”. Descendimos de los vehículos para hacer dos filas paralelas, una de compañeros y otra de compañeras. Del otro lado, como espejo, nos esperaban dos filas iguales de hombres y mujeres, nos miraban con el rostro cubierto tras un pasamontañas o un paliacate rojo. Pasaron minutos de completo silencio, de esos que no se olvidan. Así, avanzando, nos asignaron uno a uno a nuestro Votán, del mismo género pero de manera aleatoria.
Mi Votán fue Maribel, una joven tzeltal de 17 años vestida con jeans y playera de colores (a diferencia de otras mujeres que visten sus trajes tradicionales). Maribel es del Municipio de Olga Isabel, uno de los siete que conforman el Caracol Morelia. Le gusta escuchar la radio comunitaria “porque ponen música zapatista” y hace bordados para trajes tradicionales, además del trabajo colectivo. Me cuenta que terminó la secundaria y le gustaría ser Promotora de Educación (maestra). Me guió, con la cara aún cubierta por un paliacate rojo, al galerón en el que dormiríamos todas las alumnas por una noche, sobre tablones de madera y bolsas de dormir. Después nos reunimos con el resto de los alumnos y sus respectivos guardianes al auditorio en donde se llevan a cabo las Juntas del Buen Gobierno, tapizado de coloridos murales de diversos artistas internacionales.
Nos recibieron con una ceremonia que finalizó con gritos de “¡Viva el EZLN! ¡Vivan los pueblos autónomos! ¡Vivan las mujeres zapatistas! ¡Viva el Subcomandante Insurgente Moisés! ¡Viva el Subcomandante Insurgente Marcos! ¡Viva!” y nos sacudimos el cansancio del viaje para continuar con el baile que nos esperaba en la cancha de basquetbol.
Al día siguiente nos despertaron nuestras respectivas guardianas. Ahora si podíamos ver sus rostros. Desayunamos frijol, arroz y tostadas, y comenzó nuestro día de clases que nos introduciría a la vida autónoma y colectiva de los pueblos zapatistas a los que llegaríamos más tarde. En cada clase se presentaban unos veinte miembros del Caracol Morelia al frente del auditorio. Con el pasamontañas bien puesto y micrófono en mano, nos compartieron su testimonio de lucha y resistencia. Escuchamos sobre sus logros, errores y aprendizajes del camino que hoy conmemoran con el décimo aniversario de los Caracoles. Hablaron, con el corazón en la garganta, de su pasado de represión y dominación al que hoy se resisten con la libertad que les brinda tener un gobierno autónomo, donde el pueblo manda y el gobierno obedece, donde la tierra que trabajan es suya y el fruto su alimento, donde el tzeltal, tzotzil o tojolabal son lenguas oficiales y no dialectos olvidados.
“No sabíamos cómo gobernar, cómo organizarnos. Con el tiempo hemos aprendido y formado 3 poderes” cuenta Rosa Isabel, mujer indígena zapatista del municipio 17 de septiembre “Está el Gobierno Local, el Municipal y la Junta del Buen Gobierno. El que se elige como gobernador no debe de estar muy preparado ni debe de haber estudiado ciencias políticas, él no sabe que le va a tocar. No hay campañas de por medio”.
Los y las compañeras hablaron del trabajo colectivo en la milpa, el ganado, la hortaliza, las gallinas y el pan. Se abordó también el tema de salud, el papel de las parteras, hueseras y herbolarias. Después, mujeres y hombres hablaron de uno de los temas centrales del movimiento zapatista: el papel de la mujer y el reconocimiento de sus derechos para opinar, organizarse, trabajar y ser parte de las Juntas del Buen Gobierno, abordando los avances (como la prohibición del alcohol que disminuyó la violencia intrafamiliar) pero también lo mucho que falta por cambiar. La educación, autónoma desde 1999, funciona a través de “promotores de educación” que elige la Junta del Buen Gobierno cada tres años, son jóvenes que reciben capacitación para enseñar los tres niveles en que dividen la primaria, no reciben ningún pago. Todo se basa en la colectividad, en el compromiso a partir de la conciencia comunitaria.
Concluyeron las palabras solemnes de los compas, se entonó el Himno Zapatista y partimos hacia las comunidades acompañados de un diluvio que parecía interminable. Ahora nos tocaba vivir el zapatismo, aquello de lo que habíamos leído, escuchado e imaginado. Así, junto con 15 compañeros, emprendí el camino de dos horas que nos llevaría al pueblo 10 de Mayo.
Llegamos de noche, se vislumbraban unos foquitos entre las montañas chiapanecas. Caminamos por media hora en un camino que se esconde entre el espesor de la Selva Lacandona y llegamos a la comunidad de 40 familias que nos acogería como un gran Votán colectivo. Nos recibieron en la escuela, un techo de madera con algunas bancas en donde nos esperaban de un lado los niños y de otro las señoras, en el fondo los hombres de pie. Pasaron minutos que transcurrieron con el mismo silencio que sentimos al llegar al Caracol, acompañado de miradas que observan atentas a través de un pasamontañas o un paliacate.
Nos presentamos y nos dieron un caluroso aplauso de bienvenida. Cada alumno partió con su familia, siguiendo los pasos de alguien que conoce su camino entre la montaña. Grabiela de 24 años, me indicó con una sonrisa y palabras en tzeltal, el lugar donde dormiría: un cuarto, con un foco colgando en el centro, una cama de tablas de madera cubierta por cobijas, junto a una similar para mi guardiana. Al fondo una escritorio, “por que ahí vas a estudiar tus libros”, me tradujo Maribel. Raquel, su esposo de 25 años, me dio un vaso de agua y me dio la bienvenida junto con Lupe y Jimmy, sus hijos de 9 y 8 años. Mari, de un año, dormía profunda en el reboso de su madre.
La Escuelita transcurrió con la cotidianidad de la familia de Grabiela y Raquel, comenzando el día a las 4.30 de la mañana, hora en que los grillos cantan y la luna brilla. Grabiela me enseñó a moler el maíz, preparar las tortillas y hervir los frijoles. En ocasiones me daba largas indicaciones (entre risas, por mi torpeza) que Maribel me traducía en dos palabras. Así, mis conversaciones con Grabiela, Raquel y los niños, se convirtieron en un juego de interpretaciones que mediaba mi Votán. Bien advirtió el Sup Marcos en uno de sus comunicados “no sólo le traducirá palabras, sino colores, sabores, sonidos, mundos enteros, es decir, una cultura”.
Después del desayuno de tortillas y frijol comenzaba el trabajo, siempre colectivo. Un día trabajamos la hortaliza que las compañeras zapatistas cuidan una vez a la semana para plantar, recolectar y abonar diversidad de verduras: rábanos, zanahorias, acelgas y lechugas libres de químicos y fertilizantes que cultivan y venden en comunidad. El dinero se va a un fondo común “por si algún compa necesita para el pasaje”. El frijol y las cinco hectáreas de maíz que cultivan también en colectivo, son para el autoconsumo del pueblo, su alimento de cada día, por el que trabajan la tierra, su tierra. Otro día trabajamos en el colectivo de pan, del que cada mujer sale con una bolsita para su casa. Así funciona también el de gallina y el de caña de azúcar.
Los hombres generalmente trabajan otros colectivos, como el del maíz y el ganado, pero se juntan de vez en cuando. Se les ve con machete en mano caminando hacia la milpa, para cosechar y cuidar el colectivo de maíz. Cada quince días caminan o cabalgan hacia el potrero, donde juntan al ganado que tienen en colectivo para limpiar a las vacas de garrapatas y tenerlas listas para la venta, o en ocasiones especiales, cocinar una para eventos o festejos del pueblo, como fue nuestra despedida.
Los niños van a la escuela durante la mañana. Hay tres salones, uno para cada nivel de primaria, que a diferencia del mal gobierno que son anuales, estos duran según la capacidad del alumno y el tiempo que requiera. Cuando se terminan los tres niveles de primaria, entonces se va al otro grado de estudio que llaman “nivelación de conocimiento”. Los promotores que conocimos en 10 de Mayo son jóvenes de no más de 25 años, capacitados y comprometidos con la educación y alfabetización de los niños, tanto en tzeltal como en español.
Las once de la mañana es la hora del pozol. Las familias regresan a casa a sumergir una bola de masa de maíz en agua, diluirla con las manos, y tomarlo frío o caliente, al gusto. Se toma en silencio, las gallinas (que también tienen de manera individual) entran y salen de la casa, al igual que los perros, o chuchos, como les llaman. El humo del fogón está siempre presente en la cocina, dejando un olor a leña que reconozco en el sabor del agua hervida.
Se continúa con el trabajo para la hora de la comida: Grabiela desgrana las mazorcas con el machete que mueve con fuerza y precisión, a mí me enseña a hacerlo con las manos. Mari nos observa por detrás del hombro de su madre, sentada en el reboso que lleva en la espalda. Raquel camina con una cubeta hacia la llave del agua que está en la entrada del pueblo, para regresarla llena. Jimmy y Lupe regresan de la escuela con lápiz y cuaderno en mano.
Entonces llega la hora de la comida y en la mesa se encuentran siempre presente las tortillas, el frijol y el café; a veces elotes, o tamales de elotes, o pan de elote. También en ocasiones se prepara un caldo de pollo, con verduras de la hortaliza y plátanos de los alrededores. Se encuentra también la resistencia y la autonomía, el resultado de trabajar una tierra propia que brinde los elementos básicos para una vida digna: comida, agua, techo, educación y salud, esos elementos que no les dio el mal gobierno, ni sus partidos políticos, ni las miles de promesas que tapizan las calles de los pueblos cada que vez se acercan las elecciones.
Los pueblos zapatistas resisten ante los supuestos programas de desarrollo como Oportunidades y Progresa, resisten ante las clínicas del IMSS que se construyen en los pueblos pero resultan ser cascarones sin funcionamiento, resisten ante las becas sin seguimiento que otorgan los partidos en permanente campaña política y mediática. Resisten ante los modelos educativos que difieren de sus costumbres y conocimientos indígenas. Resisten ante un sistema que no los contempla en su engranaje. Los pueblos zapatistas, autónomos, resisten con organización, trabajo y colectividad.Esta es , si aprendí bien en la Escuelita, la libertad según los zapatistas.
El pasado 12 de agosto de 2013, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) abrió las puertas de las comunidades autónomas indígenas para iniciar el curso “La Escuelita Zapatista. La libertad según l@s zapatistas” que duraría hasta el día 16. Invitaron a 1700 alumnos de todas nacionalidades, profesiones y edades, desde los 11 meses hasta los 90 años. Las comunidades de los cinco Caracoles autónomos nos invitaron, por cinco días, a escuchar.
Llegó la invitación por correo electrónico “desde las montañas del sureste mexicano”, firmada por el Subcomandantes Moisés y el Sup Marcos. Contenía las fechas del curso y los cuatro temas a abordar: Gobierno Autónomo I, Gobierno Autónomo II, Participación de las mujeres en el gobierno autónomo y Resistencia autónoma. La Escuelita Zapatista, explicó Marcos a través de varios comunicados publicados en La Jornada, no sería tradicional: no tendría bancas ni pizarrón, tampoco un profesor al frente dictando definiciones de libertad, autonomía y resistencia. Este curso se aprendería en la cotidianidad de una comunidad autónoma, recibiendo a cada alumno en una familia indígena zapatista. Además, informó que tendríamos un Votán, definido por los zapatistas como “guardián y corazón del pueblo” o “guardián y corazón de la tierra” o “guardián y corazón del mundo”. Éste guardián sería nuestro tutor, nuestro maestro, plan de estudios y compañero, también sería nuestro traductor e intérprete, pues las familias nos hablarían en su lengua indígena.
Con los comunicados guardados en mi mochila (como única información de la Escuelita a la que me dirigía) llegué el sábado 12 de agosto al Centro Indígena de Capacitación (CIDECI) en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, que también funciona como la Universidad de la Tierra. En la entrada me encontré con varios compañeros que compartían mi expresión de incertidumbre y emoción, como la que tiene un niño en su primer día de clases. Después de una larga fila me registré (depositando en un botecito el donativo solicitado de 100 pesos) y recibí cuatro libros de texto con los respectivos temas del curso, así como un gafete que indicaba en cuál de los cinco Caracoles autónomos nos tocaría: La Realidad, Oventik, La Garrucha, Morelia o Roberto Barrios.
Una vez registrados todos los compas, nos llamaron a formarnos según nuestro Caracol de destino. Me integré a la fila de gafetes amarillos para abordar una de las camionetas y camiones de redilas que ya nos esperaban para transportarnos en caravana al “Caracol Morelia: Torbellino de nuestras palabras”.Mis compañeros de pick-up fueron solo una introducción a la diversidad de personalidades que encontraría en la Escuelita: Una mujer italiana de unos 50 años, comprometida con el EZLN desde el levantamiento de 1994; otra compa fotoperiodista de Estados Unidos, un Profesor de Sociología de la Universidad de Chapingo, un joven dedicado a la realización de páginas web para movimientos sociales, otra compañera periodista del Distrito Federal y un par con Asociaciones Civiles contra la violencia en Guerrero y Colima, y yo, estudiante de Antropología Social. Convivimos por 6 horas moviéndonos al ritmo de la terracería y de las curvas de la carretera hacia Altamirano, localidad en donde se encuentra el Ejido de Morelia.
Seis horas después, ya a media noche, un colorido letrero nos indicaba que habíamos llegado a Morelia: “ESTA USTED ENTRANDO A TERRITORIO ZAPATISTA EN REBELDIA. AQUÍ MANDA EL PUEBLO Y EL GOBIERNO OBEDECE”. De fondo, un mural de Zapata junto a un caracol y en grandes letras rojas, el lema del caudillo revolucionario “TIERRA Y LIBERTAD”. Descendimos de los vehículos para hacer dos filas paralelas, una de compañeros y otra de compañeras. Del otro lado, como espejo, nos esperaban dos filas iguales de hombres y mujeres, nos miraban con el rostro cubierto tras un pasamontañas o un paliacate rojo. Pasaron minutos de completo silencio, de esos que no se olvidan. Así, avanzando, nos asignaron uno a uno a nuestro Votán, del mismo género pero de manera aleatoria.
Mi Votán fue Maribel, una joven tzeltal de 17 años vestida con jeans y playera de colores (a diferencia de otras mujeres que visten sus trajes tradicionales). Maribel es del Municipio de Olga Isabel, uno de los siete que conforman el Caracol Morelia. Le gusta escuchar la radio comunitaria “porque ponen música zapatista” y hace bordados para trajes tradicionales, además del trabajo colectivo. Me cuenta que terminó la secundaria y le gustaría ser Promotora de Educación (maestra). Me guió, con la cara aún cubierta por un paliacate rojo, al galerón en el que dormiríamos todas las alumnas por una noche, sobre tablones de madera y bolsas de dormir. Después nos reunimos con el resto de los alumnos y sus respectivos guardianes al auditorio en donde se llevan a cabo las Juntas del Buen Gobierno, tapizado de coloridos murales de diversos artistas internacionales.
Nos recibieron con una ceremonia que finalizó con gritos de “¡Viva el EZLN! ¡Vivan los pueblos autónomos! ¡Vivan las mujeres zapatistas! ¡Viva el Subcomandante Insurgente Moisés! ¡Viva el Subcomandante Insurgente Marcos! ¡Viva!” y nos sacudimos el cansancio del viaje para continuar con el baile que nos esperaba en la cancha de basquetbol.
Al día siguiente nos despertaron nuestras respectivas guardianas. Ahora si podíamos ver sus rostros. Desayunamos frijol, arroz y tostadas, y comenzó nuestro día de clases que nos introduciría a la vida autónoma y colectiva de los pueblos zapatistas a los que llegaríamos más tarde. En cada clase se presentaban unos veinte miembros del Caracol Morelia al frente del auditorio. Con el pasamontañas bien puesto y micrófono en mano, nos compartieron su testimonio de lucha y resistencia. Escuchamos sobre sus logros, errores y aprendizajes del camino que hoy conmemoran con el décimo aniversario de los Caracoles. Hablaron, con el corazón en la garganta, de su pasado de represión y dominación al que hoy se resisten con la libertad que les brinda tener un gobierno autónomo, donde el pueblo manda y el gobierno obedece, donde la tierra que trabajan es suya y el fruto su alimento, donde el tzeltal, tzotzil o tojolabal son lenguas oficiales y no dialectos olvidados.
“No sabíamos cómo gobernar, cómo organizarnos. Con el tiempo hemos aprendido y formado 3 poderes” cuenta Rosa Isabel, mujer indígena zapatista del municipio 17 de septiembre “Está el Gobierno Local, el Municipal y la Junta del Buen Gobierno. El que se elige como gobernador no debe de estar muy preparado ni debe de haber estudiado ciencias políticas, él no sabe que le va a tocar. No hay campañas de por medio”.
Los y las compañeras hablaron del trabajo colectivo en la milpa, el ganado, la hortaliza, las gallinas y el pan. Se abordó también el tema de salud, el papel de las parteras, hueseras y herbolarias. Después, mujeres y hombres hablaron de uno de los temas centrales del movimiento zapatista: el papel de la mujer y el reconocimiento de sus derechos para opinar, organizarse, trabajar y ser parte de las Juntas del Buen Gobierno, abordando los avances (como la prohibición del alcohol que disminuyó la violencia intrafamiliar) pero también lo mucho que falta por cambiar. La educación, autónoma desde 1999, funciona a través de “promotores de educación” que elige la Junta del Buen Gobierno cada tres años, son jóvenes que reciben capacitación para enseñar los tres niveles en que dividen la primaria, no reciben ningún pago. Todo se basa en la colectividad, en el compromiso a partir de la conciencia comunitaria.
Concluyeron las palabras solemnes de los compas, se entonó el Himno Zapatista y partimos hacia las comunidades acompañados de un diluvio que parecía interminable. Ahora nos tocaba vivir el zapatismo, aquello de lo que habíamos leído, escuchado e imaginado. Así, junto con 15 compañeros, emprendí el camino de dos horas que nos llevaría al pueblo 10 de Mayo.
Llegamos de noche, se vislumbraban unos foquitos entre las montañas chiapanecas. Caminamos por media hora en un camino que se esconde entre el espesor de la Selva Lacandona y llegamos a la comunidad de 40 familias que nos acogería como un gran Votán colectivo. Nos recibieron en la escuela, un techo de madera con algunas bancas en donde nos esperaban de un lado los niños y de otro las señoras, en el fondo los hombres de pie. Pasaron minutos que transcurrieron con el mismo silencio que sentimos al llegar al Caracol, acompañado de miradas que observan atentas a través de un pasamontañas o un paliacate.
Nos presentamos y nos dieron un caluroso aplauso de bienvenida. Cada alumno partió con su familia, siguiendo los pasos de alguien que conoce su camino entre la montaña. Grabiela de 24 años, me indicó con una sonrisa y palabras en tzeltal, el lugar donde dormiría: un cuarto, con un foco colgando en el centro, una cama de tablas de madera cubierta por cobijas, junto a una similar para mi guardiana. Al fondo una escritorio, “por que ahí vas a estudiar tus libros”, me tradujo Maribel. Raquel, su esposo de 25 años, me dio un vaso de agua y me dio la bienvenida junto con Lupe y Jimmy, sus hijos de 9 y 8 años. Mari, de un año, dormía profunda en el reboso de su madre.
La Escuelita transcurrió con la cotidianidad de la familia de Grabiela y Raquel, comenzando el día a las 4.30 de la mañana, hora en que los grillos cantan y la luna brilla. Grabiela me enseñó a moler el maíz, preparar las tortillas y hervir los frijoles. En ocasiones me daba largas indicaciones (entre risas, por mi torpeza) que Maribel me traducía en dos palabras. Así, mis conversaciones con Grabiela, Raquel y los niños, se convirtieron en un juego de interpretaciones que mediaba mi Votán. Bien advirtió el Sup Marcos en uno de sus comunicados “no sólo le traducirá palabras, sino colores, sabores, sonidos, mundos enteros, es decir, una cultura”.
Después del desayuno de tortillas y frijol comenzaba el trabajo, siempre colectivo. Un día trabajamos la hortaliza que las compañeras zapatistas cuidan una vez a la semana para plantar, recolectar y abonar diversidad de verduras: rábanos, zanahorias, acelgas y lechugas libres de químicos y fertilizantes que cultivan y venden en comunidad. El dinero se va a un fondo común “por si algún compa necesita para el pasaje”. El frijol y las cinco hectáreas de maíz que cultivan también en colectivo, son para el autoconsumo del pueblo, su alimento de cada día, por el que trabajan la tierra, su tierra. Otro día trabajamos en el colectivo de pan, del que cada mujer sale con una bolsita para su casa. Así funciona también el de gallina y el de caña de azúcar.
Los hombres generalmente trabajan otros colectivos, como el del maíz y el ganado, pero se juntan de vez en cuando. Se les ve con machete en mano caminando hacia la milpa, para cosechar y cuidar el colectivo de maíz. Cada quince días caminan o cabalgan hacia el potrero, donde juntan al ganado que tienen en colectivo para limpiar a las vacas de garrapatas y tenerlas listas para la venta, o en ocasiones especiales, cocinar una para eventos o festejos del pueblo, como fue nuestra despedida.
Los niños van a la escuela durante la mañana. Hay tres salones, uno para cada nivel de primaria, que a diferencia del mal gobierno que son anuales, estos duran según la capacidad del alumno y el tiempo que requiera. Cuando se terminan los tres niveles de primaria, entonces se va al otro grado de estudio que llaman “nivelación de conocimiento”. Los promotores que conocimos en 10 de Mayo son jóvenes de no más de 25 años, capacitados y comprometidos con la educación y alfabetización de los niños, tanto en tzeltal como en español.
Las once de la mañana es la hora del pozol. Las familias regresan a casa a sumergir una bola de masa de maíz en agua, diluirla con las manos, y tomarlo frío o caliente, al gusto. Se toma en silencio, las gallinas (que también tienen de manera individual) entran y salen de la casa, al igual que los perros, o chuchos, como les llaman. El humo del fogón está siempre presente en la cocina, dejando un olor a leña que reconozco en el sabor del agua hervida.
Se continúa con el trabajo para la hora de la comida: Grabiela desgrana las mazorcas con el machete que mueve con fuerza y precisión, a mí me enseña a hacerlo con las manos. Mari nos observa por detrás del hombro de su madre, sentada en el reboso que lleva en la espalda. Raquel camina con una cubeta hacia la llave del agua que está en la entrada del pueblo, para regresarla llena. Jimmy y Lupe regresan de la escuela con lápiz y cuaderno en mano.
Entonces llega la hora de la comida y en la mesa se encuentran siempre presente las tortillas, el frijol y el café; a veces elotes, o tamales de elotes, o pan de elote. También en ocasiones se prepara un caldo de pollo, con verduras de la hortaliza y plátanos de los alrededores. Se encuentra también la resistencia y la autonomía, el resultado de trabajar una tierra propia que brinde los elementos básicos para una vida digna: comida, agua, techo, educación y salud, esos elementos que no les dio el mal gobierno, ni sus partidos políticos, ni las miles de promesas que tapizan las calles de los pueblos cada que vez se acercan las elecciones.
Los pueblos zapatistas resisten ante los supuestos programas de desarrollo como Oportunidades y Progresa, resisten ante las clínicas del IMSS que se construyen en los pueblos pero resultan ser cascarones sin funcionamiento, resisten ante las becas sin seguimiento que otorgan los partidos en permanente campaña política y mediática. Resisten ante los modelos educativos que difieren de sus costumbres y conocimientos indígenas. Resisten ante un sistema que no los contempla en su engranaje. Los pueblos zapatistas, autónomos, resisten con organización, trabajo y colectividad.Esta es , si aprendí bien en la Escuelita, la libertad según los zapatistas.
*Estudiante de Antropología en la UAM.
18 de agosto de 2013
Libres, fuertes como el caracol en libertad, en tempestad.
Por: Diana Marina Neri Arriaga / libertariayfeminista.blogspot.com.
Breve recorrido de un viaje que me dotó de hartas vitaminas…
El abajo es la raíz…
La insurgencia del caracol
Miré a las cabras comiendo de las montañas tierra mojada, de ahí brotaban pequeñísimas hierbas y parece que entre rocas y humedad también nacía la esperanza. Entiendo que las grietas dan alimento para construir otro tipo de fisuras y colectivamente dotar al poder caracol de fuerza creativa que germina no sólo en la resistencia sino en los mundos posibles.
Veintidós horas de viaje (desde el Distrito Federal, México) para llegar a uno de los múltiples corazones zapatistas que, desde hace diez años se llaman caracoles, en el 2013 tocó a la comunidad de Oventic la fiesta grande y recibir a los miles de celebrantes (resistencia y rebeldía por la humanidad) en los altos de Chiapas; en los altos de la dignidad y con la claridad de que los hombres y mujeres de maíz nos enseñan desde la humildad, tanto, tanto…
Teníamos hambre, muchísima y no nos sonrieron ni las naranjas exprimidas o las jícamas picantes ni nuestros cuerpos molidos. Cuatro niños participan en el autobús. ¡Qué maravilla de energía! Jugaron, se compartieron, hicieron migas infantiles y sus madres y padres sin decirlo también nos enseñaron que otra educación es posible (2).
Una brisa chillona que después se convirtió en torrente nos recibió. Algunos fuimos a un auditorio (el Emiliano Zapata) decorado con pedacitos de pino y techo acogedor, y otrxs sin más tuvieron al bosque abierto como su guarida, el espacio abrazador para alrededor de tres mil personas que acompañaron ese latir de la tierra, de por sí poderoso, pero ahora también solidario.
Y sin más abrimos los brazos y pies, no solo para los reencuentros, sorpresas y abrazos sino para no caer, el camino era amplio y con muchísimas piedras, los tropezones no faltaron, el lodo se transpiraba entre todo este tiempo distinto, de caminar no rápido, sino fuerte y claro, conciso y macizo, tal y como el zapatismo lo hace desde 1994 (y desde muchísimo antes), pues quienes creyeron que el silencio es desaparición, ahora no sabrán que decir desde las otras palabras dichas del 21 de diciembre con la marcha precisamente silenciosa de miles de insurgentes y bases de apoyo por las calles de San Cristóbal y todas las iniciativas para celebrar los diez años de autonomía y toda la democracia directa y radical a través de los caracoles y con el trabajo de la escuelita que está ahora muy en activo con 1.700 compas que andan de día y noche, de arriba y abajo con pozol y cafecito aprehendiendo de una nueva lógica de organización, que nos enseñan que se trata de un paso y aliento largo y que para vivir, la memoria y las proclamas no bastan, sino la acción concreta que se traduce en democracia, libertad y justicia, que ellos ya construyen, sin necesidad de salir en la tele, las redes sociales o el quedar bien con tal o cual izquierda, sino con un accionar político que es cotidiano, como dice el Nicolás Falcoff cuando “…ya no tenemos nada que perder y todo por cambiar” ellos cambian, y nosotrxs este 9 y 10 de agosto miramos, participamos y ojala siempre ojala no nos quedemos ahí, sino desde los mares de asfalto también luchemos nuestras batallas diarias, organizadas desde la singularidad y por supuesto la complejidad de lo colectivo.
La lluvia y las cooperativas hicieron su “agosto” en ambos casos, fue una solidaridad sin fronteras. El agua marcó el ritmo de la caminata con plásticos al viento. Después de un arduo camino se nos compartió pozol, arroz con leche, chalupas, hasta churros y plátanos con lechera. Y ¡Qué decir del preparado especial de pizzas con epazote y hongos, el platillo especial insurgente (ni modo, especista) de conejo en mole; a muchxs vi disfrutarlo con fervor revolucionario!
El viernes 9 de agosto en la noche el micrófono fue un bastón compartido por presentadores, insurgentes, la palabra del comandante David, los compas de “los originales de San Andrés” y muchísimos grupos nacionales e internacionales. El compa desafinado, pero con mucho entusiasmo. Se hicieron presentes: raperos, hip hop disidente, y hasta poemas de lágrima abierta para que después, a las 7 de la mañana del día siguiente el baile siguiera. El meneo va para largo, y con alegría se dice que así se hace gobierno autónomo. Aún retumba con ojos mojados el himno zapatista, uno de los momentos icónicos de la noche.
Para el sábado la mayoría tenían mucho frío y la reuma juvenil (inusitado para muchos de los asistentes, para otrxs dicho síndrome de dolor regional nos afecta ya bien seguido) que hizo su aparición entre el desvelo, la plática y más lluvia. Pero eso no mermó ningún entusiasmo, un café zapatista bien calientito todo lo alivia. Los ojos sonrientes que sobresalen de los pasamontañas y muchos partidos de básquet y vólibol nos recibieron. Mientras los equipos disputaban la pelota con las entre líneas la voz de Galeano retumbaba con aquello de… “Ganamos, perdimos, igual nos divertimos” (3), mientras tanto, la música seguía, el chipi chipi también. Los niñxs jugando a las correteadas nos hablaron de otras resistencias. Recuerdo con claridad una lección grandota: Venían de las letrinas dos mujeres tomadas de la mano entre chistes y rezongos, hablaban de las dificultades para caminar, del clima, los baños, del frío, del bosque hosco, la lejanía, la lentitud, mientras tanto a su lado corrían otras dos mujeres, niñas e indígenas, sin zapatos y con vestidos ligeros, que decían –después me lo tradujeron- sobre lo divertido de la lluvia y del correr.
No faltó la denuncia, la voces varias en tzotzil, tzeltal y poquito de castilla (castellano) hablaron contra la falacia esa de la Cruzada Nacional Contra el Hambre que es un claro puñetazo de contrainsurgencia. Se habló también de las traiciones, las paradojas del Internet y hasta en los bailables donde hubo ská y corridos se sonaron otros modos de hacer un trabajo de ya basta. Y por cierto, el baile siguió, siguió…
Despertamos y correteados ya que a las seis de la mañana los autobuses vuelan para San Cristóbal y de ahí, muchos regresan a su destino de origen, pero otros, los más (¡Ohh suertudotes!) se acomodan y esperan su turno para ya comenzar la escuelita. ¡Ah! eso sí, de nuevo la música no faltó y un maratón de nueve horas lo dejaron claro. Hubo muchas participaciones pero no sólo en el auditorio del Cideci, sino en toda la labor autogestiva de los medios libres, las manos cooperativas de aquí y de allá, que hacían piruetas de logística, que tomaban otra vez café, que construían manifiestos no de lucha, sino de semillas y otras geografías.
No cabe duda, abajo y a la izquierda. Con esto me alimento, con esto mi ternura se renueva de risas, crítica y reflexión.
Regresé con mucha información sobre las juntas de buen gobierno, entendí el desafío en Veracruz del tumín como nueva moneda autogestiva y que desnuda el hiperrealismo de la economía, escuché muchas voces conscientes, muchos sonideros contra la represión, educación autónoma en Latinoamérica y poder caracol. Hasta compartí ideas feministas sobre el cuerpo libre y el poliamor.
Yo no escuché el grito de zapata pero sí el de las montañas que con humildad nos cuestionan, nos preguntan: Y ustedes que hablan del silencio del zapatismo de su aparente desaparición les preguntamos ¿Dónde están cuando los presxs políticos siguen poblando esos lugares horribles que al gobierno le encanta convertir en destino de rebeldía? ¿Dónde estamos mientras privatizan Pemex, los políticos se congracian repartiéndose favores, multiplicando miserias, injusticias? ¿Dónde estamos ante tantas asesinadas en Juárez, Chiapas, Estado de México, Morelos, moradoras de un cuerpo de mujer que parece el botín de guerra del poderoso? ¿Dónde están con las acciones concretas, pequeñas pero cotidianas de exigir y apropiarte de la palabra y la libertad? ¿Dónde está tu resistencia, tu transgresión ante la intolerancia, la discriminación, la exclusión toda? ¿Dónde pues tu voz y camino propio? ¿Esperamos otra vez a que los zapatistas nos convoquen, Marcos hable y una nueva declaración nos dote de camino, de fondo con forma? ¿Qué hacemos para contra informar, informarnos y desde otros lugares construir? En medio del desencanto, la fatiga, el sin sentido que esta sociedad nos quiere colocar desde todos sus medios, es momento de responderlas.
Rebeldía en espiral.
NOTAS
1) Tomo el título de este documento de una canción de Nicolás Falcoff y la Insurgencia del Caracol llamada Takiukum.
2) Así llegamos al caracol, un chileno muy platicador me compartió de los trabajos en sus lares, parvadas de muchachas jóvenes que ansiosas querían vivir lo que tanto gritan en las calles, y el rostro del EZLN no tiene sólo pasamontañas sino acción creativa y estamos por vivirla.
3) Eduardo Galeano en el libro “El Fútbol, a sol y sombra”.
Fotografías de Javier Islas y Diana Neri.
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