Mostrando las entradas con la etiqueta África. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta África. Mostrar todas las entradas

7 de noviembre de 2019

Teatro antifascista y antirracista en el Temporada Alta .

Por:

El Festival Temporada Alta de Girona y Salt ha vuelto a abrir las plateas con el mejor teatro internacional y del país. Desde el pasado 6 de octubre y hasta el próximo 9 de diciembre, cerca de un centenar de obras reivindican la contemporaneidad de los grandes clásicos a la vez que reflexionan sobre la condición humana en uno de los mayores eventos culturales de este otoño, que hogaño, apunta hacia el descontento de la clase trabajadora y visibiliza la Europa de los y las afrodescendientes con una propuesta de tintes antirracistas y antifascistas.

En su 28ª edición, el festival Temporada Alta apuesta “por espectáculos que invitan a la reflexión y a repensar de dónde venimos, dónde estamos y cuáles son los retos de futuro que nos debemos plantear como sociedad”, apuntaba su director, Salvador Sunyer, en una entrevista reciente para EL PAÍS. Por ello, no es de extrañar que el certamen, con réplicas en otras ciudades como Buenos Aires, Montevideo y Lima, haya querido contar con una obra punzante, crítica y que nos hace plantear la situación política en la que vivimos hoy como es Retorno a Reims, del director Thomas Ostermeier, una estrena en primicia en todo el Estado español.

Protagonizada por el rapero, slammer y actor franco-senegalés Blade MC Alimbaye junto a Cédric Eeckhout e Irène Jacob, la de Thomas Ostermeier — director del destacado Teatro Schubühne de Berlín— es una obra de teatro documental basada en un libro autobiográfico de 2009 del historiador cultural y filósofo francés Didier Eribon. Se trata de un análisis crítico sobre las razones por las que la clase trabajadora, tradicionalmente de izquierdas, desarrolla una inclinación por la extrema derecha; y ahonda en cómo se puede pasar del voto comunista hacia el voto al Frente Nacional. Además, la obra habla de las luchas obreras en la Europa del siglo XXI y se ponen sobre la palestra asuntos de tanta actualidad como el movimiento social de los chalecos amarillos o los chalecos negros, a la vez que se visibiliza y se ahonda en la herida colonial de Europa en África.

Sunyer, que tiene un gusto exquisito a la hora de detectar las pulsiones teatrales más interesantes del momento, ha querido contar con el alemán Ostermeier —uno de los directores que más ha hecho por politizar el teatro—, para mostrar lo que la crítica ha descrito como una radiografía de la Francia de las ciudades medianas, regiones industriales diezmadas y olvidadas por la clase política. Y es que Retorno a Reims es una fotografía veraz e hiriente de la fractura social que actualmente está sacudiendo a la sociedad francesa.

Un fragmento de Retorno a Reims, del director alemán Thomas Ostermeier.

Una de las particularidades y mayores aciertos de Retorno a Reims, ha sido la incorporación al elenco de actores del franco-senegalés Blade MC Alimbaye para hablar de una Francia invisible en el teatro. La Francia de las “minorías” —básicamente, de las personas racializadas—, que este verano ha salido a reivindicar papeles con la marcha de los Chalecos Negros, es reivindicada en el medio artístico con el testimonio de Blade MC Alimbaye. El rapero, cuenta al final del espectáculo, como su abuelo, nacido en Senegal, fue reclutado a la fuerza entre los “tirailleurs sénégalais” —un grupo de 140.000 hombres de África Occidental que fueron obligados a luchar en la Primera Guerra Mundial por una causa que les era absolutamente ajena—. Y denuncia asuntos como la silenciada masacre de Thiaroye, otro vergonzoso capítulo del pasado colonial francés, abofeteando al espectador a golpe de memoria histórica.

La esencia del espectáculo, que señala el punto muerto en el que se encuentra Francia en 2019, cuestiona de la misma forma la Europa contemporánea en la que nos encontramos, polemizando sobre el por qué y el cómo las clases populares están dando el voto a la extrema derecha y evidenciando la necesidad de neutralizar las tendencias fascistas. En definitiva, el Temporada Alta nos trae una propuesta de teatro político, antifascista y antirracista como píldora cultural necesaria en un otoño políticamente decisivo.


#cesteuxquienparlentlemieux "Retour à Reims" de Thomas OSTERMEIER par Blade Mc Alimbaye de Théâtre Vidy-Lausanne, en Vimeo.

La obra se podrá ver los próximos jueves 5 de diciembre a las 20:30h. y viernes 6 de diciembre a las 18:00h. en el Teatre Municipal de Girona, con entradas de 10 a 40€.

31 de octubre de 2019

Teatro social en Mali.

Por: Laia Pedrola / Wiriko.

“Ya no se trata de conocer el mundo, sino de transformarlo.”
Franz Fanon.
 

Son la una del mediodía en el Hippodrome, barrio de clase media alta de Bamako. Es un febrero inusualmente benévolo en la capital maliense en el que se disfrutan los moderados 30 grados durante el día, regalo que ha dejado el Harmattan, el viento del Norte, que refresca el Sahel los meses de diciembre y enero.

Entro en casa de Assitan Tangara, miembro del colectivo artístico Anw Jigi Art. La estancia es oscura, fresca,  y el woussoulan(1) flota en el aire. Assitan acaba de casarse y guarda los 15 días de rigor sin salir de casa. Tiene una voz suave y pausada que contrasta con su físico rotundo, y su sonrisa nos acomoda en la conversación como si nos conociéramos desde siempre. Me acerca un vaso lleno de agua fresca del canari(2) como dictan los códigos de bienvenida del oeste africano, y empieza a contar.

2013. Un grupo de estudiantes que salen del Conservatoire des Arts et Métiers Multimédia de Bamako se juntan para poner sus conocimientos teatrales hasta entonces académicos al servicio de un teatro de y para la gente. Su objetivo es recuperar las técnicas del “koteba”, el teatro tradicional bambara maliense, y mezclarlo con dinámicas y recursos académicos para acercar el teatro a la sociedad, utilizarlo como herramienta de sensibilización, y mostrar cómo a través de él se pueden vehicular dinámicas con las que trabajar opresiones y empoderarse. En 2015 oficializan la asociación y la nombran Anw Jigi Art —“Nuestra base es el Arte” en bambara—.


Localizan dinamizadores teatrales en Burkina Faso y otros países colindantes con larga tradición teatral con los que hacer intercambios y seguir formándose;  dinamizan talleres en colectivos en riesgo social (grupos con diversidad funcional psíquica y física…) y escuelas (talleres para niñas y niños y formación al profesorado). Buscan financiación para hacer real un teatro social cercano y gratuito para todos,  y la encuentran en la cooperación suiza, la embajada de Francia, el Centre Culturel Français de Bamako, etc.

Son las ocho de la noche en el amplio patio de una casa particular en Faladié Sokoro, un barrio tranquilo lejos del bullicio del centro de la capital maliense. Hoy empieza la gira ”Théatre des Maisons”, en la que Anw Jigi Art llevará durante el mes de marzo y de manera gratuita su obra “Filles de la Honte”(3) a seis casas particulares de diferentes barrios de Bamako. En la pieza narran una dramática situación familiar de secretos, violencia sexual y muerte. Objetivo:  mostrar la vulnerable situación de las “bonne” (4) en la escala social maliense y su exposición permanente a violencias de diferente tipo.

Al cabo de un par de horas de la cita fijada, empieza la obra. En el patio no cabe un alfiler, y sigue llegando gente del barrio que se apiña como puede para lograr percibir alguna cosa. A partir de ahí, las risas, los gritos y los comentarios en voz alta entre el público se sucederán durante toda la obra, y en algún momento de clímax hasta se verá a algún niño salir corriendo asustado por creer que lo que está viendo es real.

Al acabar, Gaussou, miembro de la compañía que hace las veces de dinamizador, invitará al público a compartir su opinión sobre lo que han visto; no costará nada que varios, uno por uno, vayan saliendo a coger el micrófono,  haciendo gala de esa desinhibición maliense y el gusto por la palabra y el discurso.


Tras el debate, y mientras el patio se va quedando vacío, algunas mujeres se acercarán a miembros de Anw Jigi Art para contarles en privado sus propios relatos vitales y la manera como se han sentido representadas en la obra. Se atreverán cuando las luces ya se hayan apagado, y sus historias entrarán a formar parte del tesoro privado e intangible de la compañía.

Cada sesión en cada casa, cada noche de “Filles de la Honte”, estará plagada de anécdotas y matices distintos que irán nutriendo la gira. El público, siempre abarrotado. En una de ellas, en casa de los Samanké, en el barrio de Badialan, Awa, una de las actrices principales, coge el micrófono en el debate posterior a la obra y expone su malestar ante las risas que oye desde el escenario en escenas que, según ella, muestran situaciones de opresión y sufrimiento. Se dice incómoda e invita al público a intentar leer un mensaje más allá del mero entretenimiento.

En casa de Assitan , a nuestra charla se ha añadido un bebé que andurrea por el salón pidiendo atención. Mientras lo distraemos entre las dos, Assitan me avanzará que hay una segunda fase prevista dentro del ciclo del “Théatre des Maisons”. La idea es ir al mercado en hora punta y hacer una especie de teatro invisible, mostrar una situación  y observar la reacción de las mujeres para luego interactuar con ellas ya fuera del plano teatral, y así poder extraer embriones para futuras obras de teatro en las casas donde se muestren las inquietudes reales de esas mujeres.

Y tantos otros proyectos que llenan la agenda de Anw Jigi Art.. albergan un objetivo a medio plazo de trabajar en red con otra gente del plano escénico maliense, flexibilizando el funcionamiento interno de la compañía de manera que en las obras puedan participar actores y actrices de otros colectivos, y a la inversa…

Llegado el momento Assitan me acompañará a la parada de sotrama, los minibuses de transporte público, para seguir mi ruta. En breve llegará a Bamako el gran calor de abril que espesará cada brizna de aire, pero no parece que ni eso, ni nada, vaya a aminorar la determinación, el empeño y la capacidad de trabajo de Anw Jigi Art.

  1. Incienso tradicional de los países del Oeste africanos.
  2. Vasija grande de barro donde se almacena agua para beber, habitualmente ubicada en el rincón más fresco de la casa
  3. “Hijas de la vergüenza”
  4. En el contexto maliense, muchas chicas jóvenes emigran del pueblo a la ciudad empleándose como “bonnes” a cambio de alojamiento y un salario mínimo (o a veces, inexistente).

24 de octubre de 2019

Sarakasi: el pulso del baile y el circo en Kenia.

Por:



“Soy de Kisumu, pero vine a Nairobi buscando cumplir mi sueño: hacerme bailarín” dice Óscar, de veinticinco años. “Desde muy pequeño el baile fue mi pasión, pero nunca había tenido la oportunidad de aprender a bailar profesionalmente hasta que apareció Sarakasi”.

La coreógrafa Renee, de treintaidós años y residente en Pangani, uno de los suburbios de la capital keniana, nos explica que durante su adolescencia sólo tuvo oportunidad de bailar en la iglesia, y que sus primeros pasos importantes fueron junto al grupo de hip hop Kalamashaka. Pero con los ojos a punto de estallar nos confiesa: “Es Sarakasi lo que me ha dado la oportunidad de mantener a mi familia, a mi abuela y a mi hija de trece años”.

Sarakasi Trust es una organización que tiene como objetivo el desarrollo, empoderamiento, apoyo y promoción de las personas con pocos recursos, para fomentar sus capacidades a través de la creatividad y la cultura. ‘Sarakasi’, o ‘Circo’ en kisuajili, tiene diferentes programas de formación que se desarrollan en Sarakasi Dom, un gran edificio situado en la céntrica calle de Ngara Road, y la primera escuela de danza y acrobacias que existió en el África del Este.

Bailarines de Sarakasi Trust. Foto: Sebastián Ruiz / Wiriko.

Erigida en el corazón de Nairobi gracias al empeño de su directora, Marion Van Dijck, hoy en día es una factoría de profesionales y de jóvenes comprometidos con su entorno, tanto en el campo de la danza, de la música, como de las acrobacias. En Sarakasi Dom unos dieciséis profesores entrenan a un total de cien estudiantes, que provienen de diferentes puntos del estado y que, tras pasar unas duras pruebas de selección, son formados gratuitamente para formar parte de una nueva generación de profesionales. Sarakasi está formado actualmente por cien apasionados y adictos al baile o la música, que gracias a la fundación, han encontrado una forma de mejorar sus vidas. Pero los valores transmitidos por esta escuela de danza van mucho más allá de instruir a los mejores profesionales y darles oportunidades de trabajo.

Detrás de todos estos jóvenes talentosos se encuentra un gran elenco de artistas, pero también de personas cuyo objetivo es contribuir a crear una nueva generación de ciudadanos comprometidos socialmente. “De 8.00h. a 17.00h., aquí se trabaja duro”, sentencia Edwin Odhiambo, director creativo y coreógrafo de Sarakasi Trust. “Aunque en Sarakasi no sólo se baila -confiesa-, los alumnos son nuestra familia, así que lo que pretendemos es enseñarles a ser mejor personas. Es inútil enseñar a cómo moverte sin enseñar a pensar o a sobrevivir. Les enseñamos a comportarse con los demás, cómo conseguir contratos, cómo comunicarse con los clientes. A ser más honestos y a tener objetivos en la vida. Les ayudamos a saber lo que quieren ser, los guiamos para que se respeten y que los demás los respeten. Les ayudamos a focalizarse en la vida y a construir una sociedad mejor”, dice con orgullo Edwin. “Los bailarines que formamos en Sarakasi se convierten en modelos a seguir para otras personas fuera de la escuela”.

Gregory, un joven de veintitrés años que proveniente de Gara, nos dice que su expectativa es aprender más para inspirar a otras personas. “He estado aquí cinco años, y ahora creo que me toca inspirar a otras personas”, dice. Del mismo modo, Agnés, de veinticinco años, manifiesta con entusiasmo: “Me gustaría poder llegar a montar mi propia escuela de danza, y ayudar a la gente a que crezca, darles herramientas a aquéllos que creen que no pueden hacer nada o que se sienten menospreciados; sea una mujer oprimida por su marido o una chiquilla que cree que no puede más que vivir del dinero de su novio… Quiero ser la armadura de la gente que tiene pasión por el baile pero por el motivo que sea, no tiene el coraje para dedicarse a ello”. La joven suspira cuando le preguntamos “¿qué es la danza para ti?”, traga saliva y nos dice: “¡La danza es mi vida! Es lo que me hace feliz. ¡Es lo que me anima a levantarme de la cama cada mañana!”.

El Festival Sawa Sawa y Sarakasi fuera de la escuela.

Las bailarinas de Sarakasi Trust. Foto: Sebastián Ruiz / Wiriko.

Hace un mes, Sarakasi celebró su séptimo festival urbano anual, centrado en el tema de los cincuenta años de independencia del país. Una plataforma multidisciplinar donde se reúne talento del mundo de la danza, de la música y de las acrobacias de Kenia y de todo el África del Este. Wiriko no faltó a la cita del Sawa Sawa en la capital keniana, que demostró que cada vez hay más audiencia para las artes escénicas en la ciudad. A pesar de que “los kenianos no somos muy callejeros; en Sarakasi intentamos motivar a que la gente salga fuera, es un desafío para nosotros, pero no dejamos de intentarlo” nos cuenta Odhiambo acerca de la cada vez más amplia audiencia en los festivales organizados por la asociación.

Edwin, coreógrafo de Safari Park Hotel durante más de ocho años, en la actualidad es uno de los profesores del famoso show televisivo Tusker Project Fame o de Niko na Safaricom – donde participan muchos de los bailarines de Sarakasi-, y uno de los más comprometidos docentes de la organización, de la que forma parte desde que arrancó, en 2001. “También trabajamos con muchos músicos y con festivales organizados por Safaricom, con muchos eventos culturales de todo el África del Este, con programas de televisión…”

Y bien cierto es que su persistencia y constancia los ha llevado a tener partenariados internacionales de alto voltaje. Su vinculación con festivales como el Festival Mundial de Holanda o el Umoja Cultural Festival de Maputo, ha consolidado la presencia de sus bailarines en cada edición. Pero también han podido pisar escenarios de Estados Unidos durante tres años y han actuado en Gran Bretaña, donde volverán en Junio. Con Noruega tienen un programa de intercambios y también reciben estudiantes de otros lados del continente, sosteniendo programas como el Umoja Exchange Carpet. “Kenia es el centro neurálgico de las artes escénicas en el África del Este, y creo que Sarakasi es un gran centro de capital artístico”, dice Edwin.

A parte de sus programas de intercambio, Sarakasi ha ido ampliando poco a poco su presencia y tejiendo red con otros proyectos como el Africa Yoga Project, abrazando, así, cualquier iniciativa que pretenda fortalecer las capacidades de los jóvenes en el campo artístico y escénico.

El Circo de Sarakasi Trust.

Acróbatas de Sarakasi Trust. Foto: Sebastián Ruiz / Wiriko.

Pero no sólo el baile inunda las salas de Sarakasi Dom. En la planta baja del edificio se escuchan chirridos de gomas de zapatillas. Asomamos la cabeza y comprobamos como cinco jóvenes construyen una estructura humana. Dos chicas se contorsionan una encima de la otra. Nos dejamos llevar por los sueños del circo keniano y nos maravillamos como niños chicos ante cualquiera de los números que están ensayando. Rápidamente, el profesor John Washika los organiza para mostrarnos sus virtudes. Malabares con fuego, acrobacias en el aire…

Washika tiene 40 años y su vida como acróbata cambió completamente desde que “fichara” para Sarakasi. “Empecé con la acrobacia en los 90 -nos dice- aunque por aquél entonces no teníamos un lugar donde entrenar. No teníamos un lugar común, así que se hacía difícil aprender los unos de los otros”. A pesar de que el gobierno no apoyaba mucho las iniciativas del mundo escénico, pasaron de tener la acrobacia como un simple hobby a convertirlo en un campo del que vivir. “Empezamos a ir a hoteles, escuelas y eventos a actuar, e incluso pudimos viajar por Holanda” reconoce Washika. Sin embargo, en los 90, el salario de un acróbata en Kenia, con suerte, era de unos 20 euros por show. “Desde que estamos con Sarakasi, los acróbatas podemos sacarnos entre 50 y 100 euros por persona” manifiesta sonriendo. “Sarakasi nos dio la oportunidad de formarnos en China durante un año”, nos explica John. Durante ese tiempo, los acróbatas aprendieron técnicas nuevas y se posicionaron con un estilo nuevo dentro de las artes escénicas del país. “La acrobacia keniana se parece mucho de un lugar a otro del país, pero en Sarakasi aportamos ideas nuevas gracias a nuestros intercambios internacionales. Eso nos da un plus”, dice el veterano.

“Los chavales a los que entreno tienen muchas más oportunidades de las que tuvo mi generación. Ahora los chicos tienen un lugar con buen equipamiento, que además es absolutamente gratuito, donde aprender con profesorado internacional… ”.

Sarakasi: un milagro sanador.

Sarakasi Trust: Foto: Sebastián Ruiz / Wiriko.
Y si la danza o las acrobacias pueden convertirse en “el desayuno, la comida y la cena” de los estudiantes de Sarakasi, como bien confiesa uno de ellos, su proyecto en el hospital convierte el baile en un milagro sanador. “La presencia de bailarines y músicos en el hospital motiva a los niños enfermos a levantarse de la cama. Muchos médicos alucinan de los procesos de recuperación de algunos chiquillos”, nos dice el director creativo de Sarakasi Trust.

El proyecto de Sarakasi Hospital se inició en 2006 con una visión holística de la sanación: curar a través del arte, la creatividad y la sonrisa. Desde entonces, se han beneficiado niños y jóvenes en proceso de rehabilitación de hospitales como el Kenyatta National Hospital o el hospital del distrito de Mbagathi; pero también se ha alargado fuera de los hospitales, ya que muchos niños con desventajas sociales no pueden hacer frente a las facturas de la sanidad en Kenia. Actualmente, este programa llega a unos seiscientos niños y adolescentes kenianos, no solo curando, sino también, inspirando a los jóvenes a que salgan de la situación de desventaja y quizás, algún día, puedan también vivir de cantar, bailar o hacer acrobacias; y por encima de todo, que puedan formar parte de una transformación social más amplia.

17 de octubre de 2019

La Tchame, la danza urbana de Gabón.

Por: Lídia Martos / Wiriko.

En Gabón, los ritmos más bailados son el hip hop o el afrobeats, la música nigeriana que ejerce una gran influencia dentro y fuera del continente africano. Esto explica que después de haber quemado las pistas con el Bôlô, el Jazzée, el Ndem, el Affro Mabe y la Zyeute dance los escenarios dejen paso a la Tchame o también conocida como Ntcham. Esta es la danza urbana que los últimos años se ha extendido desde los bares y calles del barrio de Akébé de Libreville, a los distintos espacios cotidianos y festivos del resto del país. Y a ella le dedicamos la pieza de hoy.

Crazy Designe Danse Gabon, los referentes gaboneses de la Tchame en internet. Fuente: YouTube.
La Tchame se crea en 2013, en un escenario político que confronta a diversos sectores de la población:
  • A nivel económico, el 20% de la población gabonesa está en paro, cuyo 35% representa los/as jóvenes. Esto lleva a la población a cuestionar la distribución de las ganancias en la venta del petróleo.
  • A nivel social, la censura hacia artistas de hip-hop se multiplica y las prometidas reformas en la educación no hacen más que aplazarse.
  • Por último, a nivel artístico y cultural, el presidente Ali Bongo, ignorando las danzas urbanas creadas por los y las jóvenes gabonesas durante los últimos años, priorizó apoyar durante el primer Festival Internacional de Libreville danzas extranjeras como la samba brasileña. Dicha elección fue promovida por intereses políticos del gobierno y costó más de 5 mil millones de CFA (7,5 millones de euros) a los/as gabonesas.
La Tchame nace pues, en un contexto crispado sobre todo entre la población juvenil. Así, puede entenderse que en sus orígenes tchame significara “enfrentamiento” o “pelea” en argot juvenil. Es por ello que se trata de una danza que simula gestos de combate, como por ejemplo: patadas, puñetazos, posiciones de defensa y amenazas al ritmo de músicas generalmente lentas. Giggaboy, bailarín gabonés residente en Accra (Ghana), nos explica que en Gabón: “En el proceso de creación, elevar los puños y simular golpear algo fueron los movimientos esenciales para la inspiración del nombre de Tchame”.

No obstante, en cuanto a las influencias de los movimientos, el bailarín gabonés nos comenta que: “De hecho, la Tchame teje enlaces y mantiene movimientos enérgicos de base que antes de ser desarrollados, están más cerca de la salsa cubana y del deporte de combate Kick boxing japonés que de otras danzas gabonesas”. Lo cual cobra sentido por las relaciones del gobierno gabonés en términos de salud con Cuba que es evidente por la presencia de médicos/as cubanas en el país, y las relaciones de cooperación económica entre Japón y Gabón así como el cada vez más presente cine japonés.

Giggaboy: “Todo el mundo siempre me ha conocido como bailarín de Bôlô, que fue mi primera pasión, de Krump y de Hip-hop Ballet Coreografiado”.

A partir de estas influencias exteriores pero con la elaboración local: “La originalidad se encuentra en los ghettos de las ciudades, en manos de jóvenes sin recursos que no conocemos. Después, artistas que tienen el poder de mediatizarlo se aprenden los pasos y se apoderan de ellos, muchas veces ignorando los nombres originales”, nos cuenta Giggaboy expresando su decepción en los procesos de descontextualización. Él defiende que los pasos y las danzas nacidas con una intención concreta en Gabón deben de mantenerse siempre vivas.

Por esta falta de medios, dicho proceso de construcción es silenciado durante un año desde su creación. No es hasta el 2014 que la Tchame se populariza a través del artista gabonés J-Rio llevándola a las pantallas. Se trata de un proceso que repite, pues él también asumió la divulgación del Ndem. El cantante visibiliza los movimientos en el videoclip de “La Mini-Nga” con la actuación de un niño con una expresión muy seria y, pocos meses más tarde, mediante el desafío viral “Ntcham Video Challenge” dónde gaboneses y gabonesas de distintos rincones del mundo bailaban la Tchame.



No obstante, “El movimiento de la Tchame no es demasiado conocido alrededor del mundo. Cabe decir que además está aún en desarrollo, es una danza que puedo afirmar que cada dos o tres meses cambia y evoluciona muy rápidamente por la simple razón que los gaboneses crean movimientos y pasos cada instante. La inspiración es muy fuerte”, relata el bailarín residente en Accra mostrando una sonrisa de orgullo.

Esta situación se debe a que, por una parte, muchos/as gaboneses/as de la diáspora, especialmente los/as bailarines/as, no acostumbran a practicar la Tchame como danza completa y variada, sino como un único paso a pegar en coreografías hibridas. Así, la diáspora es cómplice a menudo de la corta vida de las danzas urbanas gabonesas. Por otra parte, esto les lleva a olvidar la constante regeneración de los bailes urbanos, ya que: “las modificaciones se comparten en los bares y las discotecas. De hecho los bares en Gabón han sido siempre los espacios de encuentro de los jóvenes de las calles” declara el bailarín.

Al corriente de las nuevas creaciones, Giggaboy, en representación de una parte de la diáspora gabonesa dedicada a la danza, expresa: “Es cierto que los gaboneses ponen el peso de la promoción de las danzas en la diáspora, y personalmente es por ello que actualmente trabajamos en ello. En Ghana estoy teniendo el placer de compartir con algunos profesionales de la danza la riqueza artística de mi país, y es así como me gustaría seguir para hacer notar la identidad gabonesa entre la efervescencia del Azonto”.

Asimismo, con ejemplos como Giggaboy en Ghana y demás profesionales de la danza en otros continentes, los bailes y la identidad artística gabonesa encontrarán un lugar entre las pistas.

10 de octubre de 2019

Sahel, la tormenta infinita.

Por: Guadi Calvo / ALAI.

Desde el complejo proceso de violencia que se inició en 2012 en el norte de Mali, tras un nuevo intento del pueblo Tuareg, por lograr la independencia de Azawad, su ancestral territorio, hoy ocupada por Argelia, Burkina Faso, Libia, Mali, Mauritania y Níger, extraordinariamente rico en minerales fundamentalmente uranio, todo el Sahel central se ha convertido en escenario de operaciones de múltiples organizaciones terroristas, que no alcanzan a ser contenidas a pesar de la presencia de ejércitos africanos y de varias naciones occidentales, particularmente Francia que en 2012 desplegó una importante dotación militar para asistir, al entonces gobierno militar de Mali, que acaba de dar un confuso golpe contra el presidente Amadou Touré.

Mientras la insurgencia tuareg se replegaba, y se instalaban las fuerzas enviadas por París, para vigilar los yacimientos de uranio explotados por empresas francesa, surgieron algunas bandas militarizadas, que del contrabando había pasado a conformarse como organizaciones fundamentalistas, vinculadas a al-Qaeda y en la actualidad también al Daesh, generando el fenómeno que ya se estudia comoyihadización del bandolerismo”.

Aquellas bandas desde entonces no han dejado de crecer y expandirse por el Sahel (borde o costa en árabe) una franja de 5 mil kilómetros de largo que corre al sur del Sahara, desde el Mar Rojo al Océano Atlántico y en cuyo sector central, se han derramado desde el norte de Malí a Burkina Faso, Níger, Togo, Benin, Costa de Marfil y Ghana. Lo que obligó al Secretario General de Naciones Unidas, el portugués Antonio Guterres, durante la última Asamblea General a referirse a este fenómeno de violencia instalado en las entrañas de África: “Sé que todos estamos muy preocupados por la continua escalada de violencia en el Sahel y su expansión a los países del Golfo de Guinea”.

Los ataques de las organizaciones fundamentalistas se han duplicado cada año desde 2016, llegando en 2018 a causar 465 muertos, a pesar de los miles de efectivos militares que combaten en el terreno, por lo que en septiembre, varias naciones de África Occidental, implementaron un plan de mil millones de dólares, para los próximos cuatros años, para impedir que el terrorismo continúe filtrándose hacia el sur.

Desde 2017, el grupo conocido como S-5 (Sahel5), compuesto por Burkina Faso, Níger, Chad, Malí y Mauritania, fue creado con la intención de reemplazar a la operación francesa Barkhane, pero hasta ahora los resultados han sido muy pobres.  Pero sus resultados son muy escasos. Sahel5 ha aportado 5 mil hombres, a los 4500, de la Barkhane establecida por Francia, 2013, junto a un número desconocido de tropas norteamericanas y los 15 mil efectivos aportados por Naciones Unidas, no han conseguido estabilizar la región, mientras los insurgentes continúan sirviéndose de la porosidad de las fronteras, para pasar de un país a otro y operar sin consecuencias, esa misma porosidad fue la condición por lo que la que múltiples bandas de traficantes han operado por décadas en ese sector, convirtiéndolo en el sitio donde más rutas de tráfico ilegal existen en el mundo.

Este último domingo, un vehículo de MINUSMA (Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de Naciones Unidas en Malí) que circulaba cerca de la ciudad de Aguelhok, en Kidal, al este de país, pisó un dispositivo explosivo improvisado (IED), provocando la muerte de un Casco Azul y dejando otros cuatro heridos. En la misma área, en enero último, once soldados del Chad fueron asesinados tras un ataque que se adjudicó la organización más poderosa que opera en el Sahel, Jama'at Nasr al-Islam wal Muslimin (Grupo Apoyo al Islam y los musulmanes o GSIM) tributaria de al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI).

Diferentes campamentos han sido objetivos de los terroristas desde el mes de marzo pasado, el más importante de esos ataques fue en Dioura (Ver: Mali, un nuevo Vietnam para occidente) que dejó un saldo de treinta soldados muertos.

En la última semana de septiembre y los primeros días de octubre, en diferentes acciones fueron asesinadas 17 personas en Burkina, mientras que en Mali el ejército tuvo veinticinco bajas, al tiempo que otros sesenta soldados se encuentran desaparecidos, después de los intensos combates que se produjeron en dos campamentos malienses cercanos a la frontera con Burkina Faso.

En la noche del 30 de septiembre al primero de octubre, fue atacado el destacamento militar de Mondoro por un grupo indeterminado de terroristas, que, tras ser rechazados, volvieron atacar el martes por la mañana, provocando que los combates se extendieran durante el resto del día. En el campamento de Boulkessy, a cien kilómetros de distancia de Mondoro, los ataques de los muyahidines, quienes perdieron a 15 hombres, provocaron la mayor cantidad de bajas en las tropas del ejército y la desaparición de sesenta efectivos. Durante la mañana del lunes fuerzas especiales malienses fueron desplegadas hacia el Boulkessy, apoyadas por ataques aéreos de la operación Barkhane.

En Mondoro, los terroristas secuestraron una gran cantidad de equipo militar y unos veinte vehículos militares, algunos equipados con ametralladoras. Mientras que en Boulkessy, dos helicópteros del ejército y una docena de vehículos fueron destruidos.

Este nuevo ataque contra el batallón de Boulkessy, que se ubica en una zona estratégica de tráfico e influencia de los grupos fundamentalistas por su proximidad a las fronteras de Malí, Níger y Burkina es la evidencia de la incapacidad de Bamako y sus aliados para controlar el centro y norte del país. La dotación militar instalada en Boulkessy integra la Fuerza Conjunta G5 Sahel y este ataque ha sido hasta ahora el más letal sufrido por esta fuerza desde su creación en 2017.  Ninguna de las organizaciones terroristas que operan en ese sector se ha adjudicado esos ataques.

Burkina Faso fuera de control

Burkina Faso, desde 2015, más de 500 personas fueron asesinadas en más de 450 ataques especialmente en el norte y el este del país, aunque también en la capital, Uagadugú, se han producido dos atentados y un ataque contra el cuartel general del ejército que dejó ocho muertos en marzo de 2018.

El gobierno burkinés, que durante años negó la presencia de extremistas en su país, sin observar tampoco las actividades del predicador radical Ibrahim Malam Dicko, propalador del mensaje wahabita a los sectores más desamparados por el poder central. Hoy el presidente Roch Kaboré, ha perdido el control de un tercio del territorio. De oeste a este, ha perdido la mitad de la región administrativa de Boucle du Mouhoun, dos tercios del centro-norte, toda el área del Sahel y la mitad de las regiones del este. Mientras que las fronteras con Mali, Níger, Benin y Togo y Costa de Marfil, están en disputa.

Prácticamente desde fines de agosto, cuando se produjo el ataque contra una base militar en la provincia de Soum, en el norte del país, cerca de la frontera con Malí, donde al menos murieron veinticuatro soldados, tras lo que se conoció que los oficiales habían abandonado el lugar días antes, no ha pasado un solo día en el que, en algún sector del país, se haya producido un acto de violencia fundamentalista.

En el norte del país operan cerca de nueve organizaciones terroristas, que a veces pueden actuar orgánicamente, entre las más poderosas se encuentran Jama'at Nasr al-Islam y el Daesh del Gran Sahara (EIGS), mientras los militares, desmoralizados, permanentemente acosados y mal equipados, hace meses que dejaron de patrullar por temor a las emboscadas y los IED y han comenzado a desertar en las regiones más conflictivas. Mientras los caminos están en manos de las organizaciones armadas, controlan las áreas rurales y se infiltran cada vez con más frecuencia en las zonas urbanas. A ello se suma la violencia ejercida por el ejército y la policía contra la población civil en las regiones en conflicto, que precipitó los desplazamientos internos que en febrero se estimaban en cerca de 90 mil, mientras que en la última medición de septiembre la cifra alcanza casi a los 300 mil.

Mientras la imprevisión gubernamental y de los organismos internacionales no supieron evaluar la peligrosidad de los grupos terroristas, a millones de personas le es negada la posibilidad de desarrollo mínimo, la tormenta sobre el Sahel será infinita.

Orquesta Lemma, las mujeres del desierto que suman su energía femenina a sonidos de trance para sanar el alma.

Por:

El guembri, un laúd tradicional originario del norte de África, estaba prohibido para las mujeres, y empuñar uno significaba desafiar la tradición y la familia. Sin embargo, existen contiendas en las que por valentía de la parte más brava ganan todos. En el caso de Argelia, estas fueron libradas por las saharauis argelinas Souad Asla y Hasna El Becharia —la rockera del Sahara—, que decidieron revolucionar el mundo de la música Gnawa y sumar su energía femenina a sonidos de trance que sanan el alma. Ahora, Souad Asla vuelve al ataque con la Orquesta Lemma, en la que junto a otras doce mujeres del desértico sur argelino, conquistan escenarios de todo el mundo con una labor tanto revolucionaria como sanadora.
La banda transgeneracional de mujeres reclutadas en las fronteras del Atlas y el Sahara, en el sur de Argelia, recoge el bagaje de Souad, que ha llevado su música a hospitales psiquiátricos, a talleres para mujeres y diferentes terapias artísticas en Francia, y vuelve al origen de su arte para darlo a conocer al mundo. El grupo, formado exclusivamente por mujeres de entre 23 y 74 años, eran celebridades en bodas y ceremonias populares, pero nunca habían estado en un escenario profesional y nunca habían tocado juntas. Lejos de esposos e hijos, en el desierto, realizaron una residencia para preparar su viaje y adaptar su alegre trance a las escenas occidentales sin traicionar la mística sahariana. Así, llevan meses ganándose el respeto no solo del público occidental, sino también de sus padres, maridos y hermanos.
Souad Asla y Hasna El Becharia
“Me di cuenta de cuánto esta herencia es parte de mi identidad y cuánto extraño esta energía femenina”, explica Souad Asla en una entrevista. “Quería mostrar a estas mujeres argelinas tan libres, tan serenas y orgullosas de nuestra cultura en el escenario. Es paradójico, porque viven en una región conservadora, pero en ellas hay una libertad que no he visto en ningún otro lugar. Después de la música, hablan de su vida, sexualidad, política. Y en el escenario, son libres! Por otra parte, quería reunirlas también porque, lamentablemente, esta música ancestral está desapareciendo, lo veo en cada viaje a Argelia”.
En octubre del año pasado Souad Asla y la orquesta Lemma publicaron un álbum debut (editado por Buda Musique), y desde entonces, la banda de chicas del desierto ha hecho alarde de sus habilidades nómadas y de su cultura paseando sus canciones por algunos de los escenarios con mejor paladar de la escena musical occidental. Cuanto tardarán en pisar escenarios españoles es solo cuestión del apetito de programadores y de público. Desde Wiriko, esperamos abonar tanto como sea posible el terreno para alimentar bien las apetencias.

3 de octubre de 2019

Chale Wote, la reivindicación del espacio público para el arte en Accra.

Por: Vanessa Anaya / Wiriko.

“El Chale Wote es el poder de transformarte a ti mismo”, aseguraba Hakeem Adam, el coordinador de producción de Chale Wote, mientras tomábamos un zumo de piña con extra de jengibre picante. No es para menos. El Festival de Arte Urbano Chale Wote está ya a punto de cumplir diez años, y se nota. El arte toma el espacio público de las calles de Jamestown, un barrio pesquero que es simbólico porque allí nacía la ciudad de Accra, para llegar a otros rincones de la ciudad como Teatro Nacional o el Museo de Ciencia y Tecnología, a través de paneles y exposiciones.

Jamestown es un barrio relevante por muchas cuestiones. Es el punto de partida de la ciudad de Accra por sus relaciones con el exterior: los británicos construyeron James Fort, los holandeses Usher Fort y tiene muchas posibilidades de desarrollo y de historia, nos contaba Hakeem. Pero durante la época colonial este barrio dejó de ser zona neurálgica de la ciudad, lo que provocó que el desarrollo de la ciudad se diera fuera. Hasta hace muy pocos años, Jamestown era un barrio al que no ir. ¿Por qué hacer un festival allí entonces? Había muchos artistas que provenían del barrio y mucho espacio público que no estaba siendo utilizado (construcciones que datan de la colonización que habían quedado abandonadas). “En Jamestown tienes espacio y tienes historia, así que funcionó”.



El Chale Wote está cambiando la configuración del barrio: “está abriendo la ciudad a muchas más oportunidades: hoy muchos vídeos musicales y películas se graban allí, los artistas van y quieren hacer grafittis. A la vez está dando la oportunidad a los vecinos y vecinas de participar”, nos cuenta Hakeem.

Chale Wote, que significa en Gha “¡Vamos amigo!”, cuenta con un extenso equipo de quince personas —voluntarias— que trabaja todo el año para hacer esta cita anual posible. Durante los 15 días que dura el festival, otros 27 voluntarias y voluntarios apoyan el trabajo del equipo motor y acogen a los 75 artistas de performance, instalación, fotografía, audiovisual y graffiti y a los más de 50 músicos que participan. La procedencia de estos artistas es tan variada que cuesta plasmarla en este artículo, pero lo más interesante sea quizá la participación panafricana de artistas de todo el continente. “Es como gobernar un pequeño país” —afirma Haakeem—“esta creciendo exponencialmente, cada vez hay menos espacio en el barrio así que queremos descentralizar el festival por toda la ciudad”.



Quizá uno de los desafíos más claros de cualquier tipo de intervención social sea el trabajo con la comunidad; hacer que población partícipe de ese proceso, que se comprenda el objetivo de esa intervención y sobre todo que beneficie a las vecinas y vecinos del barrio: “Es un reto enganchar a las comunidades porque tiene sus propias dinámicas, y eso es sobre todo por las condiciones económicas. Para ellos Chale Wote es una manera de hacer dinero. Más allá de la cuestión del arte, ellos entienden que en Chale Wote la gente va a ir al barrio y será una oportunidad para hacer dinero vendiendo comida y bebida. Si hablas con ellos, el dinero que hacen en esos dos días, no lo hacen en todo el año. Ahí es donde viene el desafío. Tú como productor esperas tener el festival de arte perfecto, que las cosas vayan bien, que nadie rompa nada. Pero la gente no ve nada de eso, lo que ven es dinero y poder arreglarse y venir a divertirse, porque es un espacio de libertad”.

 


Sin duda un desafío, ya que muchas obras de arte se quedan en plena calle a pasar el fin de semana. Y muchas de ellas no sobreviven a las fiestas nocturnas donde las calles del barrio se convierten en un trajín de gente yendo y viniendo, de puestos de brochetas picantes, de licor local que recuerda al jarabe de hierbas y de jóvenes bailando debajo de los Sound Systems a ritmo de coupé decalé aceleradísimo y cantando al unisono los últimos hits de afrobeatz. Personas que interactúan de otra manera con las instalaciones artísticas creadas en la calle. “¿Cómo puedes evitar que durante el festival, en las fiestas nocturnas, la gente rompa las instalaciones? ¿Habría que poner a alguien que vigile las 24h? ¿Habría que evitar las fiestas de las vecinas y vecinos? ¿Habría que quitar del espacio público las obras de arte? Son cosas que se escapan de nuestro control y que son muy difíciles de resolver.”, se pregunta Hakeem.

Graffiti de Amina @put.studio

“Así todo, antes del festival tenemos varios encuentros con los jefes y la comunidad, para contarles nuestros planes. Es positivo, hay muchas comunidades en Ghana como Jamestown que no se benefician de Chale Wote, así que por lo menos hay una comunidad que una semana al año puede beneficiarse”, asegura. Pero no solo la gente de la comunidad se beneficia ya que no existen muchos espacios en los que artistas de Ghana puedan mostrar su arte. Hay algunas galerías y fundaciones donde se pueden visitar exposiciones pero su programación no cubre todo lo que se produce. Sin hablar de otras disciplinas que no sean artes plásticas o fotografías. Esto hace que la gente tenga más dificultades para acostumbrarse a convivir con el arte. “Cuando empecé a trabajar en el Chale Wote en 2013, había más o menos unas dos galerías en Accra. No veías arte performático, ni graffiti… Esto toma tiempo y la población, no solo de Jamestown sino de Accra en general, tiene que ir poco a poco conociendo. Un ejemplo es la música de Gaffaci (productor de música electrónica que ha colaborado con la organización del espacio de música electrónica Asokpor Corner en esta edición), que está enraizada en el sonido de Jamestown y Labadi, de donde él procede. Pero cuando suena su música, suena incluso un poco extraño a pesar de que tenga una base local. Lleva tiempo hacer estos experimentos. En Jamestown hay niños que desde que existe el Festival empezaron haciendo fotografía y hoy están haciendo su propio trabajo. Los niños en el barrio o juegan a fútbol, o hacen boxeo o simplemente se quedan allí, así que nos tenemos que quedar con esas pequeñas victorias”, asegura.



Sin duda el objetivo principal por el que el Festival naciera hace casi una década se está cumpliendo: dar espacio al arte y reclamar el espacio público. Esto último es importante en una ciudad en la que los peatones tienen que sortear los coches y los canales abiertos de drenaje que toman las escasas aceras que hay, y donde el espacio público es sobre todo para publicidad. “Una vez reclamado el espacio, el objetivo es transformar la comunidad. ¿Cómo podemos mejorar la comunidad? ¿cómo puede la gente hacer dinero? Intentamos incentivar la participación sobre todo de artistas de Ghana y de África, a pesar de que recibimos solicitudes de otros países, ya que hay muy pocos espacios para los artistas ghaneses. Ahora Jamestown es uno de los puntos calientes de Accra, todo el mundo quiere estar en Jamestown.”



La caminata no es fácil. La autogestión y la precariedad aparecen de nuevo en escena. “Hasta el momento el festival ha sido autogestionado con nuestros recursos y esfuerzos, no esperamos dinero ni nada. El año pasado recibimos un poco de apoyo del gobierno por primera vez y fue increíble. Esperamos que vuelva a ocurrir, no necesariamente en forma de dinero, sino en especies (alojamiento, por ejemplo)”. Para Hakeem es un logro que el Ayuntamiento de la ciudad les apoye con el cierre de las calles para los dos días principales del Festival ya que el tráfico, sobre todo en hora punta, es feroz y complica mucho la movilidad de la ciudadanía. Las empresas privadas tampoco ven beneficios en apoyar este tipo de actividades.

A pesar de ello, Hakeem es positivo y se queda de nuevo con las victorias conseguidas: “Para mi lo más importante son las conexiones para luego poder trabajar al margen del Festival. No es tan importante cuántas personas vienen, qué material se ha estropeado, etc… mientras hayas podido construir sobre esa experiencia”.



De cara al décimo aniversario del festival que se celebrará en 2020 el equipo organizador tiene grandes desafíos: “nuestro objetivo para el décimo aniversario es repensar como hacer de Jamestown un espacio para trabajar porque cada año hay un problema que crea otros tres problemas (ríe). Cómo poder apoyar a los artistas en más sentidos, más allá de patrocinio y movilidad, encontrar más voluntarios para ayudarles a preparar su trabajo, para protegerles, etc. También mejorar la promoción y la cobertura con todos los artistas que van pasando por el festival: publicar entrevistas, vídeos de un minuto, compartir contenido. En definitiva, mantener la conversación activa durante todo el año”. Grandes retos por delante de un Festival que se va convirtiendo en un referente y que sin duda, como dice Hakeem, es mucho más que una persona, que un lugar:  “Chale Wote es el poder de transformarte a ti mismo. No es un festival, no es la gente, no es una persona, no es un lugar. Es el poder; el poder de juntar a la gente para hacer algo mejor”.

11 de septiembre de 2019

‘Liberté’, demandan migrantes de África y Haití.

Texto y fotos: Ángeles Mariscal / Pie de Página.

Migrantes provenientes de África y Haití han permanecido (...) semanas afuera de la estación migratoria Siglo XXI en una protesta pacífica para exigir libre tránsito y oficios de salida para poder llegar a Estados Unidos. Han resistido cuatro intentos de desalojo por parte de autoridades mexicanas
TAPACHULA, CHIAPAS. Son más de 7 mil migrantes de África y Haití que han entrado a México, en su ruta hacia Estados Unidos, un viaje que a algunos les ha llevado más de dos meses. Al llegar a la frontera sur de este país encontraron un muro de contención compuesto por un aparato burocrático que intenta inmovilizarlos; y cuerpos de seguridad militarizada, antes impensables.  

Para el Consejo Ciudadano del Instituto Nacional de Migración (INM), centros humanitarios y comités de las Naciones Unidas, lo que enfrenta en México este grupo de migrantes es una emergencia humanitaria con componentes de violencia institucionalizada y discriminación racial.

***

Con botes, cubetas, trozos de madera y algunas piedras, los migrantes improvisaron instrumentos musicales, a los que sumaron sus propios cuerpos, elásticos, armoniosos y rítmicos, con los que realizaron danzas, a veces frenéticas, a veces melancólicas.

El escenario no era un teatro, tampoco una plaza ni un centro ceremonial. Es la Estación Migratoria Siglo XXI, ubicada en la ciudad fronteriza llamada Tapachula. El público, decenas de agentes migratorios, policías antimotines y militares que componen la Guardia Nacional.

Danzas y cánticos es su forma de protesta pacífica para exigir el libre tránsito por México. Son africanos y haitianos quienes componen este nuevo rostro de la migración que transita por México, y que encontró un país-frontera, contradictorio en su esencia y sus principios, contradictorio en sus dichos y su práctica.

“Free the migrants. We are here to transit. Not asutum in Mexico”, “Libérennos, Africa llora”, “Liberez nous l´Afrique pleure”, señalan las pancartas que colocaron en las vallas con las que autoridades intentan contenerlos. 

Jean Lamartine es uno de las 3 mil 712 personas migrantes de África que llegaron a México en el primer semestre de 2019, una tercera parte de ellos menores de edad, algunos recién nacidos. Él arribó en abril, cuando ya sus connacionales habían montado un campamento afuera de la Estación Migratoria Siglo XXI. En ese momento esperaban “entregarse” a las autoridades migratorias para iniciar procesos de solicitudes de refugio, visas humanitarias, o lo que se conoce como oficios de salida.

Pasó una semana, dos, tres y el tiempo se hizo eterno bajo un sol de casi 40 grados y trámites burocráticos imposibles al que se acumularon las solicitudes de 2 mil 413 haitianos entraron a México en el primer semestre del año. 
El lugar se fue convirtiendo en un campo de refugio al que las autoridades mexicanas salieron al paso con la promesa de atenderlos de manera más ágil, si a cambio se trasladaban a una extensión de la estación migratoria que en ese momento llamaron “albergue”.

Sin alimentos, sin agua suficiente, sin siquiera un lugar donde taparse del sol, en el mes de mayo aceptaron trasladarse al “albergue” ubicado en las galeras que componen las instalaciones de la Feria Mesoamericana. En los hechos, a cambio de un poco de alimento y una colchoneta para colocar en el piso, fueron recluidos en una especie de campo de refugiados.  

De ese lugar salían cada día de entre 10 y 20 personas para realizar los tramites “de regulación migratoria”. El tiempo de volvió nuevamente eterno, y Lamartine y más de mil migrantes africanos y haitianos tuvieron que amotinarse para lograr que les abrieran las puertas, apenas en julio pasado. 
Al salir encontraron que a los agentes migratorios y policías, se sumaron cientos de militares que les fueron cerrando el paso. Mientras algunos buscaron albergarse en cuartos de paredes corroídas, en patios de casas, o en calles públicas, otros decidieron nuevamente instalarse afuera de la Estación Migratoria.

En este lugar han permanecido desde hace dos semanas, realizando danzas y cánticos como forma de protesta pacífica.  Han enfrentado cuatro intentos de desalojo, el más violento ocurrió la mañana del martes 27 de agosto, cuando policías federales les lanzaron gases lacrimógenos, y elementos de la Guardia Nacional los sacaban de la zona cercana a la estación.

“Non violence, non violence”, han repetido en cada intento de desalojo, mientras levantan las manos. “Lárguense, lárguense a sus países” se alcanza a escuchar las voces de los uniformados. “Raciste, raciste, raciste”, responden algunas mujeres que aún con la diferencia de idiomas alcanzan a distinguir la discriminación de las palabras de quienes les impelen a dejar el lugar.

Empujones, gritos, cánticos; niños, hombres y mujeres cada vez más delgados. Las semanas ya suman meses solicitando libre tránsito, oficios de salida que les permitan llegar a la frontera con Estados Unidos.

No han obtenido una respuesta positiva porque el gobierno de Estado Unidos mantiene la exigencia al gobierno mexicano de contener a los migrantes en esta frontera sur.
Sobre esta situación se han pronunciado diversas organizaciones. El Consejo Ciudadano del mismo Instituto Nacional de Migración (INM) consideró que es una “emergencia humanitaria” la que viven migrantes de África y Haití. El organismo sostuvo que es urgente que autoridades definan mecanismos de atención humanitaria y posible regularización. Y, sobre todo, que es inaceptable el papel que los cuerpos de seguridad están teniendo en estos procesos en donde “hemos visto un uso desproporcionado de la fuerza contra personas migrantes”.

Días antes del más reciente intento de desalojo, el Comité Contra la Discriminación Racial de la ONU había solicitado retirar a la Guardia Nacional de las operaciones migratorias. Y había señalado la necesidad de que se llevaran a cabo investigaciones exhaustivas de todos los actos de discriminación cometidos, y por el uso excesivo de la fuerza cometidos contra migrantes. El Comité de la ONU recordó al gobierno mexicano que debe garantizar el respeto a los derechos de las personas migrantes, entre ellas el principio de no devolución.

Para salir al paso, la delegada en Chiapas del INM, Yadira de los Santos, salió por primera vez a hablar con los migrantes, y les dijo que iban a ser atendidos, pero en oficinas alternas, y uno por uno.
Los africanos anunciaron este jueves la creación de una asamblea de migrantes de ese continente. En una conferencia de prensa que dieron en el centro de derechos humanos Fray Matías de Córdova, explicaron que tuvieron que huir y abandonar sus países de origen como única vía posible para sobrevivir. Con ayuda de un traductor, porque la mayoría no hablan español, explicaron que son personas desplazadas forzadamente y con necesidades de protección internacional, y que desde que dejaron sus países su vida ha sido una huida permanente, en medio, dicen, de la desesperación, desesperanza, miedo, desmoralización, soledad y abandono. 

Lamartine, su esposa y cuatro hijos se han sumado cada día a las protestas. “No México, no. ¡Liberté, liberté!”, gritan en su décimo día de protesta, cuando recorren las calles de Tapachula. Al regresar al cuarto que rentan, cansados, ella saca una olla y en un resquicio de la calle, coloca unos leños para cocer un poco de arroz que les regalaron. Arroz y un poco de agua hervida es su alimento de este día.

19 de agosto de 2018

Y las ugandesas dijeron basta.

Por: @Celia Murias / Pikara Magazine.

Una marcha sin precedentes en la capital, Kampala, marca un hito de las activistas feministas por la justicia y la depuración de responsabilidades, tras un año de feminicidios sin resolver. Hablamos con Godiva Akullo, abogada ugandesa y una de las organizadoras de esta Marcha de Mujeres Ugandesas.

Manifestantes contra el feminicidio el pasado 30 de junio en Kampala./ Foto tomada del Facebook de Women’s Protest Working Group
Manifestantes contra el feminicidio el pasado 30 de junio en Kampala./ Foto tomada del Facebook de WPWG
Teddy Nakacwa. Regina Zawedde. Beatrice Mudondo. Nansubuca Patricia Alias. Desire Mirembe. Nampijja Juliet. Rehema Nassali. Allen Ampumuza. Birungi Maria. Josephine Nakazibwe.

Los nombres se amontonan hasta al menos cuarenta y tres. Cuarenta y tres mujeres secuestradas y asesinadas desde finales de mayo de 2017, cuyos cuerpos fueron encontrados en la capital ugandesa y alrededores, en muchos casos, con signos de asfixia, tortura física y sexual. No había detenciones, no había culpables, no parecía haber urgencia por hacer justicia a estos asesinatos. Un buen número de estos asesinatos se enmarcan en una oleada de secuestros por rescate creciente en el país, pero ni todos los casos responden a este patrón (muchas otras víctimas sufrieron las agresiones sin petición de rescate alguno), ni hay un perfil constante de las víctimas o los asesinos, y hasta el momento, aunque se han llevado a cabo algunos arrestos, en la mayoría de los casos no se han dado condenas contra los agresores.

Y las ugandesas dijeron basta. El pasado sábado 30 de junio cientos de personas recorrieron las calles de Kampala y bajo las consignas #WomensLivesMatterUg (la vida de las mujeres importa) o #WomensMarchUg (marcha de mujeres) exigieron al gobierno, las fuerzas de seguridad y a la sociedad en general el fin de la violencia contra las mujeres y la impunidad rampante. Exigieron justicia, al fin y al cabo, en una manifestación sin precedentes en el país.

Las que hemos seguido los acontecimientos estas últimas semanas hemos asistido expectantes a un crescendo particular. El 5 de junio las activistas se desplazaron hasta la comisaría donde en principio debían reunirse con el investigador general de la policía para transmitirle su preocupación y exigir responsabilidades. Las recibieron los antidisturbios y algunas de las integrantes, fueron arrestadas (la reacción gubernamental habitual frente a las protestas). Tan solo 10 días después tuvo lugar esa reunión, y parece que se abrieron vías de comunicación para trabajar conjuntamente. Sin embargo, a cuatro días de la convocatoria, el mismo inspector general denegó el permiso para su realización. Tan solo en la víspera las organizadoras recibieron, finalmente, luz verde y protección policial asegurada para la marcha. El éxito de esta convocatoria no se mide tan solo por la asistencia de centenares de personas (entre ellas activistas de otros países de la región, o las embajadoras de Francia y EEUU), sino por la ausencia de altercados y de represión policial, así como por la representatividad de colectivos duramente castigados en el país, como las comunidades LGBTIQ y las trabajadores sexuales.

Lo que comenzó como una petición de responsabilidad ante la inacción de la policía y justicia para estas víctimas, tiene potencial para convertirse en una marea que con el tiempo pueda vertebrar otras reivindicaciones más amplias de la sociedad civil del país.

Hemos hablado con Godiva Akullo, activista, profesora de derecho y abogada feminista ugandesa especializada en derechos humanos, derechos de los colectivos LGTBIQ, y una de las mujeres detrás del Women’s Protest Working Group, organizador de las movilizaciones.

"Godiva Akullo en una acción anterior a la marcha" Crédito: Michael O'Hagan (@micoh)
Godiva Akullo en una acción anterior a la marcha./ Michael O’Hagan 

Más de 40 mujeres secuestradas y asesinadas en un año. ¿Cuál fue la gota que colmó el vaso y motivó este movimiento? ¿Se estaban realizando ya acciones de bajo perfil para lidiar con estos asesinatos?

Las feministas ugandesas se han estado organizando contra estos secuestros a lo largo del año bajo diferentes paraguas. De hecho, un grupo de mujeres fueron arrestadas el año pasado mientras protestaban en Entebbe [ciudad próxima a la capital, y aeropuerto internacional del país], y es por estos esfuerzos que incluso el [antiguo] Inspector General de la Policía Kale Kayihura y el propio presidente Museveni fueron a Entebbe a intentar lanzar una investigación.

Pero la gota que colmó el vaso fue la reacción tras el asesinato de Susan Magara, hija de un hombre adinerado, que de repente consiguió que hasta los militares intervinieran, se ofrecieran recompensas por información sobre los secuestradores… El hecho es que había sido asesinada de una manera muy similar a otras víctimas, la única diferencia es que aquellos casos se desestimaron porque se trataba de trabajadoras sexuales, mujeres que andaban solas por la noche… pero cuando se trata de la hija de un hombre adinerado de repente es un asunto de importancia nacional. Así que nuestra lógica fue: si es un tema tan importante, ¿por qué no nos tratáis a todas como si nuestras vidas importaran? Para nosotras fue importante presionar organizando esto, aunque por supuesto ya se estaban haciendo esfuerzos en este sentido; por ejemplo, el reclamo #NotAthotherWoman (ni una más) que era utilizado por mujeres de organizaciones de base y feministas ugandesas exigiendo un fin a estos asesinatos. Así que cuando se convocó la manifestación ya se había llevado a cabo un montón de trabajo de concienciación y visibilización sobre los feminicidios y las maneras en las que las vidas de las mujeres son ignoradas.

Algunas de vosotras tenéis experiencia trabajando en organizaciones o instituciones de derechos humanos así como en diversos activismos. ¿Cómo decidisteis crear el Women’s Protest Working Group como tal? ¿Había un vacío para canalizar la indignación de la gente sobre este tema?

El WPWG es una agrupación heterogénea de mujeres provenientes de diferentes contextos laborales y vitales, aunque inicialmente la convocante fue la Dra. Stella Nyanzi [arrestada en diversas ocasiones, es una prominente académica y activista política y social feminista, conocida por su confrontación con los estamentos académicos de la Universidad de Makerere, así como por su liderazgo en una campaña que reclamaba medios materiales para las niñas con la menstruación para evitar su absentismo escolar, y los insultos que le dedicó al mismísimo presidente Museveni]. Ella fue quien nos contactó instándonos a organizar algo formal, incluida la manifestación, y así decidimos constituirnos como grupo dedicado específicamente a este tema. Así que la involucración ha venido dictada por la disponibilidad, pero también por lo que podías aportar al movimiento, qué habilidades tienes que podamos utilizar a estas alturas. Así que sí, puede ser que hubiera un vacío en cómo canalizar la indignación de la gente en este tema, sobre todo debido a las reputaciones de las activistas implicadas por su trabajo individual. Por ejemplo, la Dra. Nyanzi provocaba mucha resistencia, especialmente por parte de la policía y personal gubernamental, porque no querían trabajar con alguien que había protestado desnudándose (lo hizo hace dos años en la Universidad Makerere), y esto afectó al trato que dio la policía. También afectaba, por supuesto, la reacción general de la población ugandesa ante el feminismo, y estaba claro que estas iniciativas eran lideradas por feministas. Pero al final logramos una movilización que transversalizó clase, género, orientación sexual, a través de todo tipo de identidades diversas.

¿Cuáles son los principales obstáculos a los que se enfrentan las activistas en Uganda cuando se trata de generar conciencia sobre temas vinculados a la equidad y la violencia contra las mujeres?

El mayor obstáculo es la respuesta gubernamental. Vivimos bajo un régimen de 32 años que está más preocupado por su autopreservación y la protección de sus intereses que por permitir cualquier clase de disidencia que lo cuestione, y por supuesto, el activismo feminista necesariamente lo pone en cuestión y lo desafía para mejorarlo, por las mujeres pero también por el bien de la sociedad en general. Así que la respuesta del gobierno enviando policía y antidisturbios, lanzando gas lacrimógeno contra los protestantes… es un gran impedimento a la hora de animar a la gente a protestar. “Ven, este es un tema importante” y la primera pregunta es “¿estaré segura?”; cuando la gente no sabe si su integridad física está asegurada… y por eso ha impactado tanto cómo ha salido la movilización, “¿cómo, no han lanzado gases lacrimógenos?”

Otro obstáculo es la intención del gobierno de controlar las redes sociales y los medios. Hemos vivido en los últimos años el cierre de medios, ahora han impuesto una nueva tasa al uso de las redes sociales… y todo mientras las RRSS son un espacio en el que la población ugandesa expresa su disidencia, sus “sueños” para Uganda. [Mientras escribo, los y las activistas ugandesas vuelven a estar en las calles, esta vez por este motivo. Echa un vistazo al hashtag #ThisTaxMustGo]

Otro gran escollo es por supuesto la propaganda antifeminista, basada en la ignorancia. Vivimos en una sociedad patriarcal, y cuando hablamos de violencia contra la mujer o de relaciones patriarcales que otorgan poder al hombre sobre la mujer, son temas imbricados en teoría en feminismo, pero la gente que quiere desprestigiar nuestro mensaje lo reduce a “esas tan solo son lesbianas, odian a los hombres…” y es un gran problema porque la gente lo convierte en oportunidades para atacar a feministas particulares, en lugar de centrarse en los temas que estamos tratando de visibilizar y solucionar. Por ejemplo, después de la manifestación, debido a que había una fuerte presencia de colectivos LGBTIQ -que son además miembros muy activos del WPWG- han tratado de desprestigiar la manifestación diciendo que era un engaño y una excusa para apoyar a estos colectivos en lugar de a las mujeres. Esto se debe a la ignorancia, la homofobia y la estrechez de miras de la población ugandesa, que suponen a unas personas más derechos que a otras, y por lo tanto estas últimas no tienen derecho a participar en acciones contra el gobierno, protestar, etc.

¿Cómo evalúas el apoyo popular al movimiento por parte de la población? Llamarlo abiertamente feminista ¿puede haber representado un problema?

Por supuesto que llamarlo feminista ha sido un obstáculo, porque la gente quiere malinterpretar lo que significa. Pero creo que las feministas ugandesas han hecho mucho trabajo a lo largo de los años en términos de concienciación, así que a pesar de ello, o quizás precisamente por el hecho de que esta era una manifestación feminista, la gente vino en gran número. Hay esa percepción pública de que el trabajo de defensa de los derechos de las mujeres es dominio de las organizaciones que trabajan estos temas, así que creo que llamándolo “causa feminista” realmente democratiza el espacio, la gente sabe que puede participar aunque no tenga credenciales como activista o miembro de una ONG o CBO [community-based organizations, organizaciones comunitarias de base]. Evidenció que cualquiera que apoye esos ideales feministas y perciba a las mujeres como seres humanos es más que bienvenido. Por un lado representó un obstáculo, pero creo que también fue una de nuestras mayores fortalezas, su identificación como una movilización feminista y no como algo convocado por una organización de derechos humanos u ONG.

Habéis llevado a cabo durante semanas una intensa campaña en las redes sociales, por lo que el ciberactivismo es un pilar importante de esta movilización. ¿Dirías que por ahora es un movimiento inminentemente urbano? ¿Cómo se vinculó la gente de zonas más rurales o desconectadas?

Una de las críticas que se le suele hacer a una supuesta “élite urbana” es que es apática, que está desmovilizada, que son individuos acomodados que no participan en acciones de justicia social… Sin embargo, hemos logrado movilizar a centenares de estas personas que supuestamente son apáticas. Así que creo que hay mucho que aprender de cómo las feministas ugandesas, del este de África y del continente han movilizado a la gente para esta protesta. Esto demuestra que la próxima vez que convoquemos seremos capaces de movilizar a más gente, es un proceso de aprendizaje, todo es una oportunidad para aprender.

También, la palabra “urbano” se está convirtiendo en algo bastante despectivo, algo utilizado para atacarnos. Cuando en realidad, cualquiera que asistiera pudo ver que había trabajadoras sexuales, miembros de la comunidad LGBTIQ, jóvenes que no provenían de áreas urbanas… Pero de alguna manera, esa imagen de urbanidad se ha reforzado por el trato recibido por la policía, por el hecho de que pudiéramos llegar a asegurar una especie de relación “profesional” con los cuerpos de seguridad, y está siendo utilizada para hacer valoraciones negativas sobre el movimiento.

A lo largo de la campaña habéis pasado de ser arrestadas por la policía a trabajar codo con codo, e incluso producir documentos conjuntos sobre cómo abordar los secuestros y asesinatos. ¿Cuáles eran vuestras demandas principales? ¿Qué se tiene que hacer aún?

Nuestras exigencias se mantienen, y continuamos haciendo seguimiento de su evolución, porque una de nuestras principales demandas es que queremos una investigación profunda sobre los asesinatos, porque es información importante para que las ugandesas puedan protegerse. También estamos presionando para que la policía establezca una unidad especial dedicada a estos casos, que incluya a miembros del WPWG en él.

Pero nuestras exigencias no eran solo hacia la policía, sino a la sociedad ugandesa, e hicimos demandas muy específicas para acabar con la cultura de la violación, con la culpabilización de las víctimas, que se entienda que esto es el motivo por el que los asesinatos de mujeres pueden ignorarse hasta que tienes a las mujeres gritando en la calle y ya has contado 43 cadáveres. Y seguimos intentando crear vínculos con parlamentarias y en general con el Parlamento para asegurarnos de que se cumplen estas demandas, y que la seguridad de las mujeres se pone en el centro de la acción de las diferentes agencias gubernamentales.

Por supuesto, la relación con la Policía no ha sido siempre fácil. Cuando al principio nos detenían y agredían no eran nada cooperativos, incluso la luz verde a la manifestación se debió a que la decisión del inspector general de la policía fue supervisada por el ministro de Asuntos Internos. Así que yo no enfatizaría tanto nuestra buena relación con la policía, aún es muy frágil, y queremos seguir fortaleciéndola para poder hacer este tipo de acciones en el futuro sin que nadie resulte herido.

Unos días antes de la manifestación algunas de vosotras asististeis en Kenia a un encuentro de feministas del este de África. ¿Se están forjando alianzas regionales? ¿Cómo esperas que estas se materialicen?

En esa reunión de feministas del este y el cuerno de África hablamos mucho sobre cooperación internacional, y se hizo evidente que si queremos que el feminismo trabaje en pos de los procesos democráticos es muy necesario que trabajemos juntas, porque nuestros temas se entrecruzan, son muy similares. Por ejemplo, los feminicidios. Las feministas de Sudáfrica, Botsuana, etc. están preparando acciones directas para llamar la atención sobre los feminicidos y su mala gestión por parte de la policía y otros servicios públicos de seguridad; los múltiples casos de brutalidad policial en Kenia son similares a los que ocurren en Uganda… así que está claro que tratamos con problemas muy similares y que es necesario que trabajemos juntas para amplificar nuestras voces, crear estrategias conjuntas y poder presionar suficientemente a nuestros gobiernos. Como viste, algunas feministas kenianas y etíopes estuvieron presentes acompañándonos en la manifestación, y estuvieron bastante involucradas en la propia organización, así que esperamos que esta cooperación continúe. Seguimos en contacto para contar las unas con las otras y establecer cómo podemos apoyarnos estratégicamente más allá de la acción directa que fue la Manifestación de Mujeres en Kampala.

¿Cuáles son los próximos pasos y retos?

Creo que el principal reto es ver cómo continuamos trabajando con la policía y las instituciones gubernamentales para asegurarnos de que nuestras exigencias se materialicen. Asegurarnos de que las historias de estas mujeres se cuentan y se hace justicia, que alguien es llevado a la justicia por estos brutales asesinatos, pero también que nuestra sociedad empieza a tomarse la vida de las mujeres en serio, que nuestra sociedad sienta esas muertes en lugar de echarnos la culpa por nuestros propios asesinatos… Así que sí, el reto es cambiar la sociedad ugandesa, convertirla en una que valore a las mujeres, en una que reaccione en el momento en el que la vida de una mujer está en peligro, y que atienda y piense en maneras para que las mujeres puedan sentirse seguras.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...