Mostrando las entradas con la etiqueta homofobia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta homofobia. Mostrar todas las entradas

11 de septiembre de 2018

Las caras de La Moneda.

Alejandro Fernández Allende es nieto de Salvador Allende e hijo de Tati Allende, revolucionaria chilena y aliada del Che. La presentación de la biografía que rescata la figura insurrecta y olvidada de su madre fue el disparador para conversar sobre su niñez marica en la opresiva Cuba de los 80, su presente como loca suelta en Nueva Zelanda y el entramado de la historia de su familia, con el que mantiene una relación de develamiento lleno de espectros, legados y secretos.
Cuando llegó al Hospital de La Habana a saludar a la parturienta, Fidel Castro miró al bebé en su cuna y exclamó: “Este niño ha conocido las balas antes de nacer”. El hablar galante, ingenioso y florido del líder, y el Caribe entero, se colaron ese día en el cuarto que imagino ascético, donde se recuperaba de los pujos la chilena exiliada Beatriz “Tati” Allende, la hija de don Salvador Allende y Hortensia Bussi. Un vientre lleno en viaje entre dos latitudes, entre dos destellos de la historia de Occidente. No hubo hipérbole ni metáfora en la observación de Fidel, sino revista de un acontecimiento de fama mundial, porque el bebé, Alejandro, que fue arrojado al mundo ese 5 de noviembre de 1973 en Cuba, había estado a punto de no nacer el 11 de septiembre previo en Santiago de Chile, cuando el dictador Pinochet ordenó el bombardeó de La Moneda y Allende obligó a su hija y secretaria, la Tati, a huir de ahí por donde fuera. La panza casi estallada de bronca más que de preñez. La historia le deba la razón a la revolucionaria que, como el Che Guevara, estaba convencida de que la oligarquía latinoamericana no se rendiría jamás ante las instituciones en una democracia sin su tutela, como pretendió sin éxito Salvador en Chile (el Che se lo advirtió en el único encuentro), sino mediante la violencia planificada.

Así es que la Tati salió de La Moneda pistola en mano, confundiendo el territorio con el cuerpo del enemigo, que estaba ya por el cielo con sus bombas. Salió con idéntica desesperación que cinco años antes, cuando supo de la muerte en Bolivia de su compañero de lucha el Che, y tuvo enseguida que ayudar a toda la avanzada guerrillera a escapar del sur del continente por el Pacífico. Cuando 1977 se suicidó en La Habana dejó una carta a Fidel, en la que explicaba que su espíritu insurrecto había quedado echado en las calles de Santiago de Chile, y que el exilio cubano le impedía rescatarlo. Como en el samurai, la vida encontraba en ella su sentido ético y estético en la muerte bajo la acción. Es por eso que el suicidio meditado, en el universo revolucionario, está visto como una decisión mezquina. Se muere en combate y antes de ser capturado por el enemigo. En Cuba nunca se admitió que Salvador Allende se disparó en La Moneda antes de ser rematado por la horda militar (la segunda exhumación del cadáver, en 2011, reveló la verdad de esa secuencia a forenses de varios países: “Fue la única vez que vi a mi abuelo”, dice Alejandro).

Hace unas semanas se presentó en Santiago, a través de editorial Pehuén, la biografía Beatriz “Tati” Allende, la revolucionaria olvidada, escrita por el historiador Marco Álvarez. Alejandro colaboró con fervor a través de su testimonio y las lecturas, y estuvo como presentador del libro en Santiago. De por sí el atributo “olvidada” del título asigna a la segunda hija del expresidente socialista una categoría subalterna, que la separa del resto de la familia superviviente, desde hace tiempo incorporada a la clase política chilena (la hija menor, Isabel, es Senadora y la hermana de Alejandro, Maya, preside la Cámara de Diputados). Alejandro Fernández Allende, el hijo varón que viene conversando con el espectro materno desde el suicidio –un espectro que pudo ver en vivo bajo el efecto de la ayahuasca– mantiene con su propia historia una relación de develamiento. Debió interpretar el legado del abuelo y de la hija inseparable, su madre, bajo sus propias condiciones de existencia: ser homosexual en Cuba en los años ochenta y noventa –y a la vez nieto de un héroe socialista– era un calvario, en Chile una sobreexposición permanente, y en Nueva Zelanda, donde vive desde hace casi veinte años, trabajando en una empresa de seguros de viaje, con el alivio de pareja incluida. Ramón Carney (Ramón por un actor mexicano que su madre, neozelandesa, admiraba), su compañero en ese país desde hace quince años, nos observa sin entender la lengua de nuestra tertulia en la casa de Don Salvador.

Sos como un Hamlet en desvío, debatís con el fantasma de tu madre en lugar del paterno, y tu Ofelia tiene nombre de varón.

Cuando mamá se suicida yo tenía poco menos de cuatro años. Y recién a los quince pude leer la carta en la que explicaba su decisión. Nos había dejado a mi hermana Maya y a mí porque ya no podía soportar la tristeza de estar lejos de su país para liberarlo de Pinochet. Jamás se perdonó haberle hecho caso a Allende en La Moneda y escapar. Y creo que, además de liberarlo, quería volver a su país para vengar al padre. Siempre digo que era una Electra en ese vínculo tan intenso. Como estricta revolucionaria, la muerte para ella era un don si uno muere en el campo de batalla. Imaginate lo que había sido su convencimiento guerrillero, ya a los veinte: fue una de las fundadoras del Ejército de Liberación Nacional, recibió entrenamiento militar en Cuba, donde conoció al Che, con quien tuvo un amor platónico, y se intercambiaban más tarde información de Chile a Bolivia en código morse. El Che era el sentido de la revolución, su héroe. Cuando llega la noticia del asesinato se encierra en el baño a llorar y gritar. Pero de inmediato se pone a planificar la huida de los compañeros que estaban en Bolivia, ella misma desde la frontera. Mi padre, que fue servicio de inteligencia cubano en Chile, me dijo una vez “tu madre era demasiado radical, no he visto nadie tan apasionado por la revolución”. Creo que en cierta manera lo asustaba.

¿Qué reacción tuvo tu padre cuando le dijiste a los dieciséis que eras homosexual? 

Me dijo “si en este país no te gustan las mujeres estás jodido”. En Cuba la homosexualidad era tabú, perseguida, aunque se cogiera a diestra y siniestra, y entre locas y padres de familia. Como suele pasar en las sociedades latinoamericanas represivas. Pero guay de que pretendieras llevar una vida como maricón. De todos modos, mi padre era un actor secundario en mi vida. Cuando Fidel lee en la carta de mi madre el pedido de que mi hermana y yo no quedásemos bajo custodia suya, porque era un hombre alcohólico y mujeriego, enseguida cumple. Así, nos cría Mizti, la hermana de la Payita (Miria Contreras), la secretaria y pareja real de mi abuelo, también exiliada en Cuba. Porque la abuela Tencha (Hortensia Bussi de Allende), que se refugió en México con sus otras dos hijas, en realidad había mantenido a lo último con el Chicho (Allende) solo un vínculo institucional. Nunca dejaron de vivir juntos, se tenían cariño, pero el matrimonio había terminado.

¿Sentís que Cuba te escamoteó la revolución, al no admitir tu diferencia, como le pasó a Pedro Lemebel?

En ese entonces era imposible estar en paz con uno mismo siendo homosexual en Cuba. Mantenerse en el secreto era la manera de subsistir. Pero en esas sociedades de vigilancia extrema, el ojo omnipresente, aunque no nos mire, nos mira. Cuando era muy niño me gustaba vestirme con ropa de mi mamá y de Mitzi –me gusta decir que tuve una niñez de cross dresser– pero a medida que crecía se me hizo intolerable ir descubriendo que era marica, y que eso era permanente. De adolescente probé con novias, pero el deseo original seguía. Además, con la conciencia del legado de Allende; todo se complicaba. A los doce pensé en matarme. Pero sentí que Tati, muerta, me detenía. La última vez que vi a Mitzi, cuando ella decide regresar a Chile porque estaba muriendo de cáncer, me preguntó si me gustaban los hombres. Y yo le respondí que no. Ella insistió en que me iba a querer de todas maneras. Me estaba dando permiso, y yo no lo tomaba. Tanto era mi terror.

Hubo una alianza entre tu madre y vos, entre una mujer indomable y un chico que se enojaba por tener que crecer en el secreto...

Veo hoy a mi madre como una feminista que no supo que lo era. Que, como yo, tuvo que lidiar con el machismo cubano. En Chile había cargado sobre su espalda una misión histórica que no era precisamente común en una mujer, y tan joven. Cuando llegó a Cuba los líderes la nombraban como “la hija de Allende”. Y ella se ponía de culo: “Perdonen, pero yo soy Beatriz”. Y sí, entre padre e hija había un amor inmenso pero también autonomía y desacuerdo. No veían el proceso histórico de la misma manera. Chicho creía en cambios radicales pero dentro de las instituciones de la democracia tradicional, y Tati era una profeta de la revolución armada. Cuando salió el proyecto de la biografía, y conversamos con Marco Álvarez sobre su vida, fui tomando junto con él conciencia de la verdadera magnitud de mi madre. Cómo había sido dejada de lado en el relato de la historia, un silencio saturado de ideología e intencionalidad porque fue una personalidad demasiado radical y además suicida, y asumí su rescate como deber amoroso. Ahí ves como la alianza simbólica se devela en lo concreto. Como cuando en Cuba el gobierno decidió que Maya y yo nos llamaríamos Allende Fernández, invirtiendo el orden de los apellidos, y nosotros volvimos a darlo vuelta en 1992,  ya en Chile. ¿Qué pretendían? ¿Crear una dinastía patriarcal revolucionaria a partir del apellido de mi abuelo? Además el apellido Fernández tiene un origen falso. Como mi padre era servicio de inteligencia, le cambiaron el nombre. El de nacimiento era Gallart Grau, pero un servicio tiene que asumir de por vida otra identidad. Mi vida también fue una fuga de identidades y de territorios. Un exilio permanente, en etapas.

En ese diálogo continuo que entablaste con tu madre, ¿le reprochás la obcecación en quedarse en La Moneda durante el ataque, con vos en la panza, y después el suicidio? Es una pregunta jodida, ya lo sé. 

Mirá, no tengo nada que demandarle a mi madre. Su corazón era revolucionario. Para mí es un orgullo su manera de entregarse a lo que creía una misión histórica, por la que valía la pena el sacrificio. Ella era muy extrema, y a la vez muy sensible y humana. No soportó el exilio. Si el Che habló del Hombre Nuevo, hay que decir que la Tati era la Mujer Nueva, en una Cuba que era misógina y homofóbica. Yo amo a mi madre con desacuerdo en su visión del mundo. No soy un revolucionario, me siento cómodo en Auckland. Quizá porque crecí en una Cuba tan rígida, donde la felicidad para el que no encuadra es un trabajo demasiado duro. Buena parte de mi generación tiene hoy una mirada crítica y muchos reclamos. Sé que las cosas se han modificado, que las locas viven con mucha más libertad –vi a chicos besándose en el malecón de La Habana– sobre todo gracias a la militancia lgtbi de Mariela Castro, la hija de Raúl. La Tati hoy estaría contenta de que, a pesar de no coincidir en lo ideológico, volví a Santiago a presentar su biografía de revolucionaria. Su vida sale por fin del confinamiento y del olvido. Y me imagino que debe ver huellas de sus rebeldías en todo el proceso que me llevó a asumir mi sexualidad y hacerla pública, siendo el nieto de Salvador Allende, y nacido en Cuba.

¿Cómo fue tu proceso de coming out cuando regresaste a Chile, en una década menos favorable a ese gesto como los noventa?

Con Tencha, mi abuela, teníamos unan relación muy cercana cuando volví a Chile. De hecho me fui a vivir con ella cuando me puse a estudiar periodismo. Cuando estaba terminando la carrera y ya le había contado a muchos de mis compañeros y a todos mis amigos, entré a la casa y fui directo a ver a mi abuela: “Tencha, tengo que hablar contigo”. Mi abuela estaba viendo una película y me dijo que si no era importante habláramos más tarde. “Tencha, soy homosexual”. Ella ni se pasmó, se quedó unos segundos en silencio y me dijo “Ya lo sabía”. Entonces me hizo gracia y le pregunté si le parecía yo muy maricón: “Es que solo te veo con amigos varones, y ni una novia”. En fin, si eso fue por primera vez en el ámbito de la familia, más tarde se hizo público cuando el diario La Tercera publicó una entrevista de varias páginas que tituló algo así como el nieto gay de Salvador Allende. El autor me persiguió meses online cuando yo ya vivía en Auckland. Finalmente acepté. Las cartas al director publicadas luego, y la reacción de la derecha fueron tremendas, pero me dieron la posibilidad de defenderme en el diario, respondiendo los ataques. Además, el Movilh (Movimiento de Integración  y Liberación Homosexual) y otras organizaciones fuera de Chile. El escándalo duró como un mes, y por suerte yo estaba viviendo ya en Nueva Zelanda. Creo que fue un gran aporte al movimiento lgtbi.

¿Pensaste en contraer matrimonio con Ramón? ¿Cómo te llevás con los nuevos derechos lgtbi?

Con Ramón tenemos una pareja abierta desde hace mucho. Lo conocí en un website, y después de mucho sexo nos fuimos a vivir juntos. Y sí, ya te imaginarás que tengo muchos amantes, en una sociedad tan diversa como la de Auckland. Maoríes, árabes kiwis. Realmente nunca he creído en el matrimonio y menos en la monogamia, pues me parecen construcciones sociales añejas, alejadas de la naturaleza humana. Pero celebro que las personas lgtbi puedan casarse, si es que lo desean.

En Alejandro, como en todas las locas, la solemnidad es un vestido fino de ocasión. Nuestras vidas están hechas de identidades aéreas, y tuvimos que aprender a bailar hasta sobre un volcán. Como nadie, sabemos que los roles a los que uno se apega por momentos son máscaras. Esa tarde en la casa de Salvador Allende, donde a la mesa del almuerzo está todavía sentada la familia del prócer socialista, mi entrevistado y amigo  me hace levantar de la silla para llevarme a  recorrer los espacios preferidos del abuelo: la biblioteca, donde me hace sentar para el mariconeo (“mi abuelo, de haber sido un tema de debate público en la época en que vivió, hubiera apoyado el movimiento de liberación nuestro. Era muy progresista en todos los aspectos, y muy sensible. Tenía excelente buen vínculo con artistas que sabía que eran gays”); el jardín trasero, en cuya medianera había una puerta secreta por donde– me cuenta en registro de chisme– entraba la Payita a encontrarse con el presidente; el pequeño balcón del segundo piso donde saludaba a los vecinos o militantes cuando se despertaba, y donde ahora yo saludo a la nada. Lo único verdadero en este instante es el espectro de Salvador Allende y el de la Tati subiendo y bajando las escaleras.


Tati Allende en Cuba con Fidel Castro


Tati, la revolucionaria , con su padre, Salvador Allende

24 de junio de 2014

Mexicanos al grito de: "¡Puto!"


Charles Itandje nació en Bobigny, Francia, mide 1.93 metros de altura y actualmente es el portero de la selección nacional de un país que al término de la Primera Guerra Mundial y luego de haber sido una colonia alemana se lo repartieron Francia y Gran Bretaña hasta 1960, año en el que alcanzó su independencia. En la Copa Mundial de la FIFA en Brasil recibió ocho goles, cuando escribí la primera versión de estas notas llevaba cinco y yo pensé que a lo sumo sólo recibiría dos o tres más. El 13 de junio de 2014, cada que hacía un despeje de balón, las y los hinchas mexicanos, con una inteligencia neandertal que hubiera sido una delicia para Elias Canetti, le gritaban a una sola voz: “¡Puto!”

La FIFA, asociación cuya voracidad está siendo probada en carne propia por quienes en Brasil aman el futbol pero no al costo que está significando el Mundial en sus tierras, se erigió en la Iglesia que tan lúcidamente desveló John Oliver en su programa “Last Week Tonight” y blandió una sanción económica a la Federación Mexicana de Futbol para dizque prohibir el grito que el grupo Molotov elevó a himno nacional. Existían otras sanciones, como partidos a puerta cerrada o expulsión del seleccionado, pero hubieran significado pérdidas millonarias para quienes aprobaron que los estados homofóbicos de Rusia y Qatar sean las sedes de la fiesta mundial del futbol en 2018 y 2022.

La prohibición de la cual FIFA terminó desistiéndose era, pues, además de insulsa, hipócrita; pero eso no significa una patente de corso para justificar lo injustificable: el cretinismo nacional que, parafraseando a Calderón, corre parejas con la más variada dotación de actos y expresiones de discriminación en México y responde a la doble moral de la FIFA con decenas de “memes” desatando la homofobia nuestra de cada día a manera de chistes a cual más estúpidos, de justificaciones infantiles como la de Héctor González Iñárritu diciendo que los brasileños le gritaron igual a San Paco Memo Ochoa o de historiografía de la infamia al afirmar que decir “puto” es una tradición tan añeja como la corrupción de nuestra clase política.

Dicen los que saben que el grito de marras se vinculó al futbol en un partido de las Chivas, yo creía que contra el América y, la verdad, no estaba tan alejado: fue el recibimiento que la porra del Guadalajara hiciera al guardameta Oswaldo Sánchez luego de haberse ido a jugar una temporada con su Némesis (ahora se entiende el porqué de su amor al Santos Laguna). Desde 1995, la Comisión Ciudadana Contra Crímenes de Odio por Homofobia ha llevado un registro de los homicidios cometidos en contra de personas homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales, travestis y transgénero; su registro arroja que Jalisco, cuya ciudad capital es Guadalajara, es la entidad federativa que se disputa con Michoacán y Yucatán el nada honroso cuarto lugar nacional en crímenes de odio por homofobia.

Para quienes siguen afirmando que el vocablo “puto” es inofensivo y no expresa discriminación, amantes de la idea de que México esté a la altura de las grandes potencias futbolísticas, pueden estar satisfechos: nuestra suave patria es subcampeona en crímenes de odio por homofobia, con alrededor de 900 casos; sólo le gana Brasil. Pueden agradecérselo prácticamente a todas las entidades del país cuyos hinchas, hombres y mujeres, gritaron a voz en cuello “¡puto!” durante el juego contra Croacia; especialmente al Distrito Federal, el Estado de México, Nuevo León, Jalisco, Michoacán, Yucatán, Veracruz, Tabasco, Chihuahua, Baja California Norte, Puebla, Colima, Guerrero, Tamaulipas, Chiapas y Quintana Roo, el top ten nacional (con varios empates) de la infamia que justifican.

Ríos de tinta y bytes han corrido por las planas y portales web de los medios impresos y digitales mexicanos escribiendo a favor y en contra del conato de prohibición con que la FIFA amagó a la FMF por el grito de marras; ante el desistimiento del organismo presidido por Joseph Blatter hay quien cree que el debate está zanjado y no es así. Si bien la prohibición, además de hipócrita era perniciosa, como todas las prohibiciones, la homofobia que se desveló y que está adquiriendo cartilla de naturalización en cada nuevo “¡puto!” que gritamos debería preocuparnos tanto o más cuando nos rasgamos las vestiduras por cada “Lady de Polanco” o “Gentleman de Las Lomas”.

No se trata de corrección política, ni de velada censura como hacen algunos congresos locales frente a los así llamados narcocorridos; se trata de discutir, señalar y dejar en evidencia a quienes hacen de la burla y el desprecio a la diferencia su modus operandi, pues, ello se traduce en vidas destruidas; además, bien mirado, como dijeran las y los zapatistas, todos somos iguales porque somos diferentes: en cada “puto” que gritamos hoy, gritamos también “indio”, “vieja”, “negro”, “chaparro”, “gordo”, “naco”, “retrasado”; y, detrás de cada uno de esos gritos, hay miles de insultos, golpizas y asesinatos de los que, al justificarlos, nos volvemos cómplices. Ahí lo dejo pa' que lo piensen.

19 de febrero de 2014

“Hoy estoy aquí porque soy gay”

Por: Sebastián Liera.

El pasado 5 de febrero, Patricia Guadalupe Poot May se estaba duchando cuando su padre, el agente de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) José Abelardo Poot Keb, entró ebrio al cuarto de baño y al grito de “Te voy a enseñar a ser mujer” le dio un puñetazo en el rostro que le fracturó el tabique de la nariz; el gesto pedagógico del oficial de la SSP se debió a que su hija de 22 años sostenía, al parecer, un romance con alguien de su mismo sexo.

Nueve días después, el 14 de febrero, la actriz canadiense Ellen Page diría en su discurso inaugural de Time to Thrive, para la Fundación Human Rights Campaign, algo así como que “este mundo sería mejor si tomáramos 5 minutos en reconocer la belleza del otro en vez de atacarnos por nuestras diferencias; es una mejor manera de vivir y, a la larga, salva vidas… pero –agregaría–, puede ser de lo más difícil, porque amar a los demás comienza con amarse a uno mismo, con aceptarse a uno mismo”.

No sabremos exactamente a qué se refería Abelardo Poot con eso de enseñarle a su hija a “ser mujer”, aunque podemos inferirlo del hecho de haberla golpeado y de haber entrado al baño cuando ella se duchaba; no lo sabremos, porque Guadalupe se defendió de la agresión empujándolo y, tras hacerlo perder el equilibrio, dándole una nutrida dotación de puntapiés que, según la necropsia, le causaron la muerte por estallarle un hígado seguramente dañado por cirrosis.

José Abelardo está muerto, precisamente, por lo que la protagonista de Hard Candy y Juno expresaría el día de san Valentín: por atacar la diferencia del otro; al papá de Guadalupe lo mataron el machismo y la lesbofobia, antes que las supuestas patadas de su hija. Claro, eso no importa: la prensa local prefirió enfatizar que Abelardo tenía alrededor de 60 años de edad, dar coba a la burla y el desprecio de quienes tachan a Guadalupe de “nini” y casquivana y sostener como verdadera una versión de hechos difícil de comprobar.

Un día antes de que Page dijera: "I'm here today because I' am gay" y con ello diera una nueva frase-bandera a la comunidad LGBTTTI, el juez Luis Edwin Mugarte Guerrero, titular del Juzgado de Control con sede en Kanasín donde se dictamina el caso de Guadalupe, determinó la no vinculación a proceso y ordenó su inmediata liberación, luego de que su principal acusadora: su propia madre, se retractara de las imputaciones iniciales tras reconocer que nunca vio a su hija golpear a Abelardo; sin embargo, la liberación dictada por el juez se hizo bajo las reservas de Ley.

Así, en Tehmak, Yucatán, una muchacha para quien la Fiscalía General del Estado está pidiendo 40 años de prisión por homicidio en razón de parentesco, está en espera de que transcurran los seis meses que tiene de plazo el Ministerio Público para comprobar su culpabilidad en la muerte de su padre, un policía que en su día libre bebió hasta alcanzar los 480 grados de intoxicación etílica aflorándole lo machín y, por ende, lo homófobo, provocando que su hija pueda darle un nuevo significado a la frase central del discurso de Ellen Page y, tras las rejas, decir: “hoy estoy aquí porque soy gay”.

25 de septiembre de 2012

Ahmadineyad compara homosexualidad con robar.

Tomado de: http://www.dosmanzanas.com/


Entrevistado en el programa de la CNNPiers Morgan Tonight, el presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, no ha dudado en comparar la homosexualidad con un delito como el robo, añadiendo que ser homosexual es algo “feo”.

Cuando el presentador del programa, el propio Piers Morgan, preguntó a Ahmadineyad si podría aceptar en público que algunas personas nacen con una orientación homosexual, el presidente de Irán procedió a devolverle la pregunta a Morgan, que a su vez se declaró absolutamente convencido de ese hecho (cabe recordar que Morgan ya confrontó a Kirk Cameron por sus opiniones homofóbicas).

A lo cual Ahmadineyad respondió: “Lo siento. Déjame preguntarte esto: ¿Crees que alguien puede procrear a través de la homosexualidad? La homosexualidad acaba con la procreación. ¿Quién dice que si te gusta o si crees en hacer algo feo, que otros no aceptan, entonces están coartando tu libertad? Quizá en un país donde quisieran legitimar el robo”. Declaraciones que se comentan solas, por parte de un personaje que en 2007 declaró sin sonrojarse que en Irán no había homosexuales, y cuyo gobierno, a través de una agencia de noticias estatal iraní, ha impulsado probablemente la difusión de una historia esperpéntica sobre un contubernio judío para expandir la homosexualidad por el mundo.

Una situación muy difícil

La situación de las personas homosexuales en Irán, cuya existencia el Presidente Mahmud Ahmadineyad empezó a reconocer solo recientemente, es terriblemente difícil, como ejemplifica el ahorcamiento en abril de un joven por cometer “actos despreciables”, la ejecución en septiembre del año pasado de tres hombres acusados de mantener relaciones, o los casos anteriores de Ayun y MoslehEbrahim Hamidi,Reza, Alireza, Hamid y Amir Hossein o Nemat Safavi, entre otros de los que ni siquiera nos llega noticia.

En diciembre de 2010 nos hacíamos precisamente eco del extenso informe que la organización de defensa de los derechos humanos Human Rights Watch presentó entonces al respecto: acoso policial, arrestos indiscriminados, malos tratos, tortura, condenas judiciales que llegan a la muerte, etc. Además, el gobierno de Irán ha defendido las denominadas “terapias reparadoras”.

26 de mayo de 2011

PÁNICO E-SCÉNICO :: Linchar jotos.

Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 20 de mayo de 2011.

por José Ramón Enríquez.


Va uno de maricones. Uno muy antiguo entre la enorme cantidad de chistes homófobos que llevo escuchando desde mi niñez:

“Ve el maricón una multitud arremolinada y le gana el chisme ‘Compermisito, compermisito’, se ve abriendo paso para enterarse bien de qué pasó. Se encuentra con un tipo linchado por de esa multitud y pregunta, melifluo y consternado: ‘Ay, ¿y por qué por lo mataron?’ ‘¡Por joto!’, se escucha un vozarrón. Y el maricón muy asustado desanda su camino apretando el paso: ‘Compermisote, compermisote’. (Risas.)”

Chistes como ese forman parte de la educación sentimental de quienes buscan víctimas para sentirse machines a plenitud. Y linchar jotos no es sólo un deporte nacional secular en México, lo es en el mundo entero. En tiempos no tan remotos (y aún hoy en varios países) ha sido legal, se ha impuesto la pena máxima y se ha pretendido apoyar un linchamiento en la Palabra de Dios así como en leyes inamovibles de la naturaleza.

En Wyoming, cuando en 1998 fue martirizado Mat Shepard, el defensor de McKinney y Henderson, los asesinos de apenas 21 años, argumentó a su favor que la víctima les había dado asco y trajo a Dios y a la Naturaleza como testigos. El argumentó encontró eco en la opinión pública: se educa para que el joto dé asco (“asquito”, definió el panista y presidenciable gobernador de Jalisco).

No hay que ir muy lejos para encontrar ejemplos y motivos de luto para quienes somos homosexuales. Hace dos semanas fue asesinado uno de nosotros en Chilpancingo. Amigo cercanísimo de amigos cercanísimos y defensor de los derechos humanos.

Letra S condenó de inmediato: “Letra S condena el asesinato del activista gay Quetzalcóatl Leija Herrera, ocurrido en las primeras horas de este 4 de mayo en la ciudad de Chilpancingo, Guerrero. Exigimos a las autoridades la pertinente investigación y el esclarecimiento del crimen, que se suma al de Francisco Estrada Valle, Octavio Acuña y tantos otros líderes del movimiento lésbico-gay cuyas muertes han quedado impunes”.

Creo que en torno al día mundial contra la Homofobia basta con documentar la muerte de Quetzalcóatl. Así narra una agencia noticiosa:

“A unos metros del Palacio Municipal y de la Cultura, donde hay guardias de seguridad pública de forma constante, fue asesinado la madrugada de ayer, Quetzalcóatl Leija Herrera, quien presidía una agrupación que luchaba por el respeto a la diversidad sexual y el reconocimiento de los derechos de homosexuales y lesbianas.

“Leija Herrera, presidía el Centro de Estudios y Proyectos para el Desarrollo Humano Integral (Ceprodehi) y fue asesinado a pedradas ayer a las cuatro de la madrugada a un costado del Palacio de la Cultura y a unos metros del ayuntamiento.

“El cuerpo de este activista, fue localizado tirado afuera de una zapatería que se localiza en un pasillo que comunica a la avenida Juárez del centro de esta ciudad y fue levantado por el Servicio Médico Forense (Semefo), en tanto el Ministerio Público inició una averiguación previa por ese crimen.

“Ayer por la mañana el director de la Policía Ministerial, Fernando Monreal Leyva, explicó que una de las versiones que tiene es que al parecer Leija Herrera, se opuso a ser asaltado y por eso lo mataron, ‘pero todavía no tenemos ninguna pista, seguimos investigando’, aseveró.”

Que las autoridades pretendan convertir en simpe asalto o crimen pasional lo que es un linchamiento ha sido constante a lo largo de la historia.

Pero ya es hora de que nuestros niños y jóvenes entiendan que linchar jotos es un crimen vergonzoso y no un chiste de cantina. Ya es hora de que la sociedad entienda que reírlo o taparlo abre las puertas a mucha más violencia. Esa que hoy todos sufrimos.



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...