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24 de octubre de 2019

Sarakasi: el pulso del baile y el circo en Kenia.

Por:



“Soy de Kisumu, pero vine a Nairobi buscando cumplir mi sueño: hacerme bailarín” dice Óscar, de veinticinco años. “Desde muy pequeño el baile fue mi pasión, pero nunca había tenido la oportunidad de aprender a bailar profesionalmente hasta que apareció Sarakasi”.

La coreógrafa Renee, de treintaidós años y residente en Pangani, uno de los suburbios de la capital keniana, nos explica que durante su adolescencia sólo tuvo oportunidad de bailar en la iglesia, y que sus primeros pasos importantes fueron junto al grupo de hip hop Kalamashaka. Pero con los ojos a punto de estallar nos confiesa: “Es Sarakasi lo que me ha dado la oportunidad de mantener a mi familia, a mi abuela y a mi hija de trece años”.

Sarakasi Trust es una organización que tiene como objetivo el desarrollo, empoderamiento, apoyo y promoción de las personas con pocos recursos, para fomentar sus capacidades a través de la creatividad y la cultura. ‘Sarakasi’, o ‘Circo’ en kisuajili, tiene diferentes programas de formación que se desarrollan en Sarakasi Dom, un gran edificio situado en la céntrica calle de Ngara Road, y la primera escuela de danza y acrobacias que existió en el África del Este.

Bailarines de Sarakasi Trust. Foto: Sebastián Ruiz / Wiriko.

Erigida en el corazón de Nairobi gracias al empeño de su directora, Marion Van Dijck, hoy en día es una factoría de profesionales y de jóvenes comprometidos con su entorno, tanto en el campo de la danza, de la música, como de las acrobacias. En Sarakasi Dom unos dieciséis profesores entrenan a un total de cien estudiantes, que provienen de diferentes puntos del estado y que, tras pasar unas duras pruebas de selección, son formados gratuitamente para formar parte de una nueva generación de profesionales. Sarakasi está formado actualmente por cien apasionados y adictos al baile o la música, que gracias a la fundación, han encontrado una forma de mejorar sus vidas. Pero los valores transmitidos por esta escuela de danza van mucho más allá de instruir a los mejores profesionales y darles oportunidades de trabajo.

Detrás de todos estos jóvenes talentosos se encuentra un gran elenco de artistas, pero también de personas cuyo objetivo es contribuir a crear una nueva generación de ciudadanos comprometidos socialmente. “De 8.00h. a 17.00h., aquí se trabaja duro”, sentencia Edwin Odhiambo, director creativo y coreógrafo de Sarakasi Trust. “Aunque en Sarakasi no sólo se baila -confiesa-, los alumnos son nuestra familia, así que lo que pretendemos es enseñarles a ser mejor personas. Es inútil enseñar a cómo moverte sin enseñar a pensar o a sobrevivir. Les enseñamos a comportarse con los demás, cómo conseguir contratos, cómo comunicarse con los clientes. A ser más honestos y a tener objetivos en la vida. Les ayudamos a saber lo que quieren ser, los guiamos para que se respeten y que los demás los respeten. Les ayudamos a focalizarse en la vida y a construir una sociedad mejor”, dice con orgullo Edwin. “Los bailarines que formamos en Sarakasi se convierten en modelos a seguir para otras personas fuera de la escuela”.

Gregory, un joven de veintitrés años que proveniente de Gara, nos dice que su expectativa es aprender más para inspirar a otras personas. “He estado aquí cinco años, y ahora creo que me toca inspirar a otras personas”, dice. Del mismo modo, Agnés, de veinticinco años, manifiesta con entusiasmo: “Me gustaría poder llegar a montar mi propia escuela de danza, y ayudar a la gente a que crezca, darles herramientas a aquéllos que creen que no pueden hacer nada o que se sienten menospreciados; sea una mujer oprimida por su marido o una chiquilla que cree que no puede más que vivir del dinero de su novio… Quiero ser la armadura de la gente que tiene pasión por el baile pero por el motivo que sea, no tiene el coraje para dedicarse a ello”. La joven suspira cuando le preguntamos “¿qué es la danza para ti?”, traga saliva y nos dice: “¡La danza es mi vida! Es lo que me hace feliz. ¡Es lo que me anima a levantarme de la cama cada mañana!”.

El Festival Sawa Sawa y Sarakasi fuera de la escuela.

Las bailarinas de Sarakasi Trust. Foto: Sebastián Ruiz / Wiriko.

Hace un mes, Sarakasi celebró su séptimo festival urbano anual, centrado en el tema de los cincuenta años de independencia del país. Una plataforma multidisciplinar donde se reúne talento del mundo de la danza, de la música y de las acrobacias de Kenia y de todo el África del Este. Wiriko no faltó a la cita del Sawa Sawa en la capital keniana, que demostró que cada vez hay más audiencia para las artes escénicas en la ciudad. A pesar de que “los kenianos no somos muy callejeros; en Sarakasi intentamos motivar a que la gente salga fuera, es un desafío para nosotros, pero no dejamos de intentarlo” nos cuenta Odhiambo acerca de la cada vez más amplia audiencia en los festivales organizados por la asociación.

Edwin, coreógrafo de Safari Park Hotel durante más de ocho años, en la actualidad es uno de los profesores del famoso show televisivo Tusker Project Fame o de Niko na Safaricom – donde participan muchos de los bailarines de Sarakasi-, y uno de los más comprometidos docentes de la organización, de la que forma parte desde que arrancó, en 2001. “También trabajamos con muchos músicos y con festivales organizados por Safaricom, con muchos eventos culturales de todo el África del Este, con programas de televisión…”

Y bien cierto es que su persistencia y constancia los ha llevado a tener partenariados internacionales de alto voltaje. Su vinculación con festivales como el Festival Mundial de Holanda o el Umoja Cultural Festival de Maputo, ha consolidado la presencia de sus bailarines en cada edición. Pero también han podido pisar escenarios de Estados Unidos durante tres años y han actuado en Gran Bretaña, donde volverán en Junio. Con Noruega tienen un programa de intercambios y también reciben estudiantes de otros lados del continente, sosteniendo programas como el Umoja Exchange Carpet. “Kenia es el centro neurálgico de las artes escénicas en el África del Este, y creo que Sarakasi es un gran centro de capital artístico”, dice Edwin.

A parte de sus programas de intercambio, Sarakasi ha ido ampliando poco a poco su presencia y tejiendo red con otros proyectos como el Africa Yoga Project, abrazando, así, cualquier iniciativa que pretenda fortalecer las capacidades de los jóvenes en el campo artístico y escénico.

El Circo de Sarakasi Trust.

Acróbatas de Sarakasi Trust. Foto: Sebastián Ruiz / Wiriko.

Pero no sólo el baile inunda las salas de Sarakasi Dom. En la planta baja del edificio se escuchan chirridos de gomas de zapatillas. Asomamos la cabeza y comprobamos como cinco jóvenes construyen una estructura humana. Dos chicas se contorsionan una encima de la otra. Nos dejamos llevar por los sueños del circo keniano y nos maravillamos como niños chicos ante cualquiera de los números que están ensayando. Rápidamente, el profesor John Washika los organiza para mostrarnos sus virtudes. Malabares con fuego, acrobacias en el aire…

Washika tiene 40 años y su vida como acróbata cambió completamente desde que “fichara” para Sarakasi. “Empecé con la acrobacia en los 90 -nos dice- aunque por aquél entonces no teníamos un lugar donde entrenar. No teníamos un lugar común, así que se hacía difícil aprender los unos de los otros”. A pesar de que el gobierno no apoyaba mucho las iniciativas del mundo escénico, pasaron de tener la acrobacia como un simple hobby a convertirlo en un campo del que vivir. “Empezamos a ir a hoteles, escuelas y eventos a actuar, e incluso pudimos viajar por Holanda” reconoce Washika. Sin embargo, en los 90, el salario de un acróbata en Kenia, con suerte, era de unos 20 euros por show. “Desde que estamos con Sarakasi, los acróbatas podemos sacarnos entre 50 y 100 euros por persona” manifiesta sonriendo. “Sarakasi nos dio la oportunidad de formarnos en China durante un año”, nos explica John. Durante ese tiempo, los acróbatas aprendieron técnicas nuevas y se posicionaron con un estilo nuevo dentro de las artes escénicas del país. “La acrobacia keniana se parece mucho de un lugar a otro del país, pero en Sarakasi aportamos ideas nuevas gracias a nuestros intercambios internacionales. Eso nos da un plus”, dice el veterano.

“Los chavales a los que entreno tienen muchas más oportunidades de las que tuvo mi generación. Ahora los chicos tienen un lugar con buen equipamiento, que además es absolutamente gratuito, donde aprender con profesorado internacional… ”.

Sarakasi: un milagro sanador.

Sarakasi Trust: Foto: Sebastián Ruiz / Wiriko.
Y si la danza o las acrobacias pueden convertirse en “el desayuno, la comida y la cena” de los estudiantes de Sarakasi, como bien confiesa uno de ellos, su proyecto en el hospital convierte el baile en un milagro sanador. “La presencia de bailarines y músicos en el hospital motiva a los niños enfermos a levantarse de la cama. Muchos médicos alucinan de los procesos de recuperación de algunos chiquillos”, nos dice el director creativo de Sarakasi Trust.

El proyecto de Sarakasi Hospital se inició en 2006 con una visión holística de la sanación: curar a través del arte, la creatividad y la sonrisa. Desde entonces, se han beneficiado niños y jóvenes en proceso de rehabilitación de hospitales como el Kenyatta National Hospital o el hospital del distrito de Mbagathi; pero también se ha alargado fuera de los hospitales, ya que muchos niños con desventajas sociales no pueden hacer frente a las facturas de la sanidad en Kenia. Actualmente, este programa llega a unos seiscientos niños y adolescentes kenianos, no solo curando, sino también, inspirando a los jóvenes a que salgan de la situación de desventaja y quizás, algún día, puedan también vivir de cantar, bailar o hacer acrobacias; y por encima de todo, que puedan formar parte de una transformación social más amplia.

17 de octubre de 2019

La Tchame, la danza urbana de Gabón.

Por: Lídia Martos / Wiriko.

En Gabón, los ritmos más bailados son el hip hop o el afrobeats, la música nigeriana que ejerce una gran influencia dentro y fuera del continente africano. Esto explica que después de haber quemado las pistas con el Bôlô, el Jazzée, el Ndem, el Affro Mabe y la Zyeute dance los escenarios dejen paso a la Tchame o también conocida como Ntcham. Esta es la danza urbana que los últimos años se ha extendido desde los bares y calles del barrio de Akébé de Libreville, a los distintos espacios cotidianos y festivos del resto del país. Y a ella le dedicamos la pieza de hoy.

Crazy Designe Danse Gabon, los referentes gaboneses de la Tchame en internet. Fuente: YouTube.
La Tchame se crea en 2013, en un escenario político que confronta a diversos sectores de la población:
  • A nivel económico, el 20% de la población gabonesa está en paro, cuyo 35% representa los/as jóvenes. Esto lleva a la población a cuestionar la distribución de las ganancias en la venta del petróleo.
  • A nivel social, la censura hacia artistas de hip-hop se multiplica y las prometidas reformas en la educación no hacen más que aplazarse.
  • Por último, a nivel artístico y cultural, el presidente Ali Bongo, ignorando las danzas urbanas creadas por los y las jóvenes gabonesas durante los últimos años, priorizó apoyar durante el primer Festival Internacional de Libreville danzas extranjeras como la samba brasileña. Dicha elección fue promovida por intereses políticos del gobierno y costó más de 5 mil millones de CFA (7,5 millones de euros) a los/as gabonesas.
La Tchame nace pues, en un contexto crispado sobre todo entre la población juvenil. Así, puede entenderse que en sus orígenes tchame significara “enfrentamiento” o “pelea” en argot juvenil. Es por ello que se trata de una danza que simula gestos de combate, como por ejemplo: patadas, puñetazos, posiciones de defensa y amenazas al ritmo de músicas generalmente lentas. Giggaboy, bailarín gabonés residente en Accra (Ghana), nos explica que en Gabón: “En el proceso de creación, elevar los puños y simular golpear algo fueron los movimientos esenciales para la inspiración del nombre de Tchame”.

No obstante, en cuanto a las influencias de los movimientos, el bailarín gabonés nos comenta que: “De hecho, la Tchame teje enlaces y mantiene movimientos enérgicos de base que antes de ser desarrollados, están más cerca de la salsa cubana y del deporte de combate Kick boxing japonés que de otras danzas gabonesas”. Lo cual cobra sentido por las relaciones del gobierno gabonés en términos de salud con Cuba que es evidente por la presencia de médicos/as cubanas en el país, y las relaciones de cooperación económica entre Japón y Gabón así como el cada vez más presente cine japonés.

Giggaboy: “Todo el mundo siempre me ha conocido como bailarín de Bôlô, que fue mi primera pasión, de Krump y de Hip-hop Ballet Coreografiado”.

A partir de estas influencias exteriores pero con la elaboración local: “La originalidad se encuentra en los ghettos de las ciudades, en manos de jóvenes sin recursos que no conocemos. Después, artistas que tienen el poder de mediatizarlo se aprenden los pasos y se apoderan de ellos, muchas veces ignorando los nombres originales”, nos cuenta Giggaboy expresando su decepción en los procesos de descontextualización. Él defiende que los pasos y las danzas nacidas con una intención concreta en Gabón deben de mantenerse siempre vivas.

Por esta falta de medios, dicho proceso de construcción es silenciado durante un año desde su creación. No es hasta el 2014 que la Tchame se populariza a través del artista gabonés J-Rio llevándola a las pantallas. Se trata de un proceso que repite, pues él también asumió la divulgación del Ndem. El cantante visibiliza los movimientos en el videoclip de “La Mini-Nga” con la actuación de un niño con una expresión muy seria y, pocos meses más tarde, mediante el desafío viral “Ntcham Video Challenge” dónde gaboneses y gabonesas de distintos rincones del mundo bailaban la Tchame.



No obstante, “El movimiento de la Tchame no es demasiado conocido alrededor del mundo. Cabe decir que además está aún en desarrollo, es una danza que puedo afirmar que cada dos o tres meses cambia y evoluciona muy rápidamente por la simple razón que los gaboneses crean movimientos y pasos cada instante. La inspiración es muy fuerte”, relata el bailarín residente en Accra mostrando una sonrisa de orgullo.

Esta situación se debe a que, por una parte, muchos/as gaboneses/as de la diáspora, especialmente los/as bailarines/as, no acostumbran a practicar la Tchame como danza completa y variada, sino como un único paso a pegar en coreografías hibridas. Así, la diáspora es cómplice a menudo de la corta vida de las danzas urbanas gabonesas. Por otra parte, esto les lleva a olvidar la constante regeneración de los bailes urbanos, ya que: “las modificaciones se comparten en los bares y las discotecas. De hecho los bares en Gabón han sido siempre los espacios de encuentro de los jóvenes de las calles” declara el bailarín.

Al corriente de las nuevas creaciones, Giggaboy, en representación de una parte de la diáspora gabonesa dedicada a la danza, expresa: “Es cierto que los gaboneses ponen el peso de la promoción de las danzas en la diáspora, y personalmente es por ello que actualmente trabajamos en ello. En Ghana estoy teniendo el placer de compartir con algunos profesionales de la danza la riqueza artística de mi país, y es así como me gustaría seguir para hacer notar la identidad gabonesa entre la efervescencia del Azonto”.

Asimismo, con ejemplos como Giggaboy en Ghana y demás profesionales de la danza en otros continentes, los bailes y la identidad artística gabonesa encontrarán un lugar entre las pistas.

10 de octubre de 2019

Orquesta Lemma, las mujeres del desierto que suman su energía femenina a sonidos de trance para sanar el alma.

Por:

El guembri, un laúd tradicional originario del norte de África, estaba prohibido para las mujeres, y empuñar uno significaba desafiar la tradición y la familia. Sin embargo, existen contiendas en las que por valentía de la parte más brava ganan todos. En el caso de Argelia, estas fueron libradas por las saharauis argelinas Souad Asla y Hasna El Becharia —la rockera del Sahara—, que decidieron revolucionar el mundo de la música Gnawa y sumar su energía femenina a sonidos de trance que sanan el alma. Ahora, Souad Asla vuelve al ataque con la Orquesta Lemma, en la que junto a otras doce mujeres del desértico sur argelino, conquistan escenarios de todo el mundo con una labor tanto revolucionaria como sanadora.
La banda transgeneracional de mujeres reclutadas en las fronteras del Atlas y el Sahara, en el sur de Argelia, recoge el bagaje de Souad, que ha llevado su música a hospitales psiquiátricos, a talleres para mujeres y diferentes terapias artísticas en Francia, y vuelve al origen de su arte para darlo a conocer al mundo. El grupo, formado exclusivamente por mujeres de entre 23 y 74 años, eran celebridades en bodas y ceremonias populares, pero nunca habían estado en un escenario profesional y nunca habían tocado juntas. Lejos de esposos e hijos, en el desierto, realizaron una residencia para preparar su viaje y adaptar su alegre trance a las escenas occidentales sin traicionar la mística sahariana. Así, llevan meses ganándose el respeto no solo del público occidental, sino también de sus padres, maridos y hermanos.
Souad Asla y Hasna El Becharia
“Me di cuenta de cuánto esta herencia es parte de mi identidad y cuánto extraño esta energía femenina”, explica Souad Asla en una entrevista. “Quería mostrar a estas mujeres argelinas tan libres, tan serenas y orgullosas de nuestra cultura en el escenario. Es paradójico, porque viven en una región conservadora, pero en ellas hay una libertad que no he visto en ningún otro lugar. Después de la música, hablan de su vida, sexualidad, política. Y en el escenario, son libres! Por otra parte, quería reunirlas también porque, lamentablemente, esta música ancestral está desapareciendo, lo veo en cada viaje a Argelia”.
En octubre del año pasado Souad Asla y la orquesta Lemma publicaron un álbum debut (editado por Buda Musique), y desde entonces, la banda de chicas del desierto ha hecho alarde de sus habilidades nómadas y de su cultura paseando sus canciones por algunos de los escenarios con mejor paladar de la escena musical occidental. Cuanto tardarán en pisar escenarios españoles es solo cuestión del apetito de programadores y de público. Desde Wiriko, esperamos abonar tanto como sea posible el terreno para alimentar bien las apetencias.

3 de octubre de 2019

Chale Wote, la reivindicación del espacio público para el arte en Accra.

Por: Vanessa Anaya / Wiriko.

“El Chale Wote es el poder de transformarte a ti mismo”, aseguraba Hakeem Adam, el coordinador de producción de Chale Wote, mientras tomábamos un zumo de piña con extra de jengibre picante. No es para menos. El Festival de Arte Urbano Chale Wote está ya a punto de cumplir diez años, y se nota. El arte toma el espacio público de las calles de Jamestown, un barrio pesquero que es simbólico porque allí nacía la ciudad de Accra, para llegar a otros rincones de la ciudad como Teatro Nacional o el Museo de Ciencia y Tecnología, a través de paneles y exposiciones.

Jamestown es un barrio relevante por muchas cuestiones. Es el punto de partida de la ciudad de Accra por sus relaciones con el exterior: los británicos construyeron James Fort, los holandeses Usher Fort y tiene muchas posibilidades de desarrollo y de historia, nos contaba Hakeem. Pero durante la época colonial este barrio dejó de ser zona neurálgica de la ciudad, lo que provocó que el desarrollo de la ciudad se diera fuera. Hasta hace muy pocos años, Jamestown era un barrio al que no ir. ¿Por qué hacer un festival allí entonces? Había muchos artistas que provenían del barrio y mucho espacio público que no estaba siendo utilizado (construcciones que datan de la colonización que habían quedado abandonadas). “En Jamestown tienes espacio y tienes historia, así que funcionó”.



El Chale Wote está cambiando la configuración del barrio: “está abriendo la ciudad a muchas más oportunidades: hoy muchos vídeos musicales y películas se graban allí, los artistas van y quieren hacer grafittis. A la vez está dando la oportunidad a los vecinos y vecinas de participar”, nos cuenta Hakeem.

Chale Wote, que significa en Gha “¡Vamos amigo!”, cuenta con un extenso equipo de quince personas —voluntarias— que trabaja todo el año para hacer esta cita anual posible. Durante los 15 días que dura el festival, otros 27 voluntarias y voluntarios apoyan el trabajo del equipo motor y acogen a los 75 artistas de performance, instalación, fotografía, audiovisual y graffiti y a los más de 50 músicos que participan. La procedencia de estos artistas es tan variada que cuesta plasmarla en este artículo, pero lo más interesante sea quizá la participación panafricana de artistas de todo el continente. “Es como gobernar un pequeño país” —afirma Haakeem—“esta creciendo exponencialmente, cada vez hay menos espacio en el barrio así que queremos descentralizar el festival por toda la ciudad”.



Quizá uno de los desafíos más claros de cualquier tipo de intervención social sea el trabajo con la comunidad; hacer que población partícipe de ese proceso, que se comprenda el objetivo de esa intervención y sobre todo que beneficie a las vecinas y vecinos del barrio: “Es un reto enganchar a las comunidades porque tiene sus propias dinámicas, y eso es sobre todo por las condiciones económicas. Para ellos Chale Wote es una manera de hacer dinero. Más allá de la cuestión del arte, ellos entienden que en Chale Wote la gente va a ir al barrio y será una oportunidad para hacer dinero vendiendo comida y bebida. Si hablas con ellos, el dinero que hacen en esos dos días, no lo hacen en todo el año. Ahí es donde viene el desafío. Tú como productor esperas tener el festival de arte perfecto, que las cosas vayan bien, que nadie rompa nada. Pero la gente no ve nada de eso, lo que ven es dinero y poder arreglarse y venir a divertirse, porque es un espacio de libertad”.

 


Sin duda un desafío, ya que muchas obras de arte se quedan en plena calle a pasar el fin de semana. Y muchas de ellas no sobreviven a las fiestas nocturnas donde las calles del barrio se convierten en un trajín de gente yendo y viniendo, de puestos de brochetas picantes, de licor local que recuerda al jarabe de hierbas y de jóvenes bailando debajo de los Sound Systems a ritmo de coupé decalé aceleradísimo y cantando al unisono los últimos hits de afrobeatz. Personas que interactúan de otra manera con las instalaciones artísticas creadas en la calle. “¿Cómo puedes evitar que durante el festival, en las fiestas nocturnas, la gente rompa las instalaciones? ¿Habría que poner a alguien que vigile las 24h? ¿Habría que evitar las fiestas de las vecinas y vecinos? ¿Habría que quitar del espacio público las obras de arte? Son cosas que se escapan de nuestro control y que son muy difíciles de resolver.”, se pregunta Hakeem.

Graffiti de Amina @put.studio

“Así todo, antes del festival tenemos varios encuentros con los jefes y la comunidad, para contarles nuestros planes. Es positivo, hay muchas comunidades en Ghana como Jamestown que no se benefician de Chale Wote, así que por lo menos hay una comunidad que una semana al año puede beneficiarse”, asegura. Pero no solo la gente de la comunidad se beneficia ya que no existen muchos espacios en los que artistas de Ghana puedan mostrar su arte. Hay algunas galerías y fundaciones donde se pueden visitar exposiciones pero su programación no cubre todo lo que se produce. Sin hablar de otras disciplinas que no sean artes plásticas o fotografías. Esto hace que la gente tenga más dificultades para acostumbrarse a convivir con el arte. “Cuando empecé a trabajar en el Chale Wote en 2013, había más o menos unas dos galerías en Accra. No veías arte performático, ni graffiti… Esto toma tiempo y la población, no solo de Jamestown sino de Accra en general, tiene que ir poco a poco conociendo. Un ejemplo es la música de Gaffaci (productor de música electrónica que ha colaborado con la organización del espacio de música electrónica Asokpor Corner en esta edición), que está enraizada en el sonido de Jamestown y Labadi, de donde él procede. Pero cuando suena su música, suena incluso un poco extraño a pesar de que tenga una base local. Lleva tiempo hacer estos experimentos. En Jamestown hay niños que desde que existe el Festival empezaron haciendo fotografía y hoy están haciendo su propio trabajo. Los niños en el barrio o juegan a fútbol, o hacen boxeo o simplemente se quedan allí, así que nos tenemos que quedar con esas pequeñas victorias”, asegura.



Sin duda el objetivo principal por el que el Festival naciera hace casi una década se está cumpliendo: dar espacio al arte y reclamar el espacio público. Esto último es importante en una ciudad en la que los peatones tienen que sortear los coches y los canales abiertos de drenaje que toman las escasas aceras que hay, y donde el espacio público es sobre todo para publicidad. “Una vez reclamado el espacio, el objetivo es transformar la comunidad. ¿Cómo podemos mejorar la comunidad? ¿cómo puede la gente hacer dinero? Intentamos incentivar la participación sobre todo de artistas de Ghana y de África, a pesar de que recibimos solicitudes de otros países, ya que hay muy pocos espacios para los artistas ghaneses. Ahora Jamestown es uno de los puntos calientes de Accra, todo el mundo quiere estar en Jamestown.”



La caminata no es fácil. La autogestión y la precariedad aparecen de nuevo en escena. “Hasta el momento el festival ha sido autogestionado con nuestros recursos y esfuerzos, no esperamos dinero ni nada. El año pasado recibimos un poco de apoyo del gobierno por primera vez y fue increíble. Esperamos que vuelva a ocurrir, no necesariamente en forma de dinero, sino en especies (alojamiento, por ejemplo)”. Para Hakeem es un logro que el Ayuntamiento de la ciudad les apoye con el cierre de las calles para los dos días principales del Festival ya que el tráfico, sobre todo en hora punta, es feroz y complica mucho la movilidad de la ciudadanía. Las empresas privadas tampoco ven beneficios en apoyar este tipo de actividades.

A pesar de ello, Hakeem es positivo y se queda de nuevo con las victorias conseguidas: “Para mi lo más importante son las conexiones para luego poder trabajar al margen del Festival. No es tan importante cuántas personas vienen, qué material se ha estropeado, etc… mientras hayas podido construir sobre esa experiencia”.



De cara al décimo aniversario del festival que se celebrará en 2020 el equipo organizador tiene grandes desafíos: “nuestro objetivo para el décimo aniversario es repensar como hacer de Jamestown un espacio para trabajar porque cada año hay un problema que crea otros tres problemas (ríe). Cómo poder apoyar a los artistas en más sentidos, más allá de patrocinio y movilidad, encontrar más voluntarios para ayudarles a preparar su trabajo, para protegerles, etc. También mejorar la promoción y la cobertura con todos los artistas que van pasando por el festival: publicar entrevistas, vídeos de un minuto, compartir contenido. En definitiva, mantener la conversación activa durante todo el año”. Grandes retos por delante de un Festival que se va convirtiendo en un referente y que sin duda, como dice Hakeem, es mucho más que una persona, que un lugar:  “Chale Wote es el poder de transformarte a ti mismo. No es un festival, no es la gente, no es una persona, no es un lugar. Es el poder; el poder de juntar a la gente para hacer algo mejor”.

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