Por: Raúl Lugo.
(Artículo publicado también en El Varejón 150, revista de derechos humanos del Equipo Indignación AC)
Leonardo Boff, estudioso y profeta del deterioro del ecosistema, ha
señalado que nunca antes el mundo había enfrentado, al mismo tiempo,
tres posibilidades de destrucción masiva: el sobrepasamiento de los
límites del planeta, el armamento nuclear de las grandes potencias y el
cambio climático.
La primera posibilidad describe el momento, alcanzado en abril de
2016, en que el planeta, con todos sus recursos disponibles, ya no es
suficiente para satisfacer las necesidades de la humanidad, entendidas
bajo el esquema de producción del capitalismo extractivista y el modelo
de consumo dominante.
La segunda posibilidad hace referencia a la cantidad de armamento
nuclear que alberga las entrañas de la tierra: armas que, de ponerse en
acción, serían capaces –con solo activar la tercera parte de ellas– de
destruir totalmente a la humanidad dejando atrás solamente los escombros
de nuestras civilizaciones.
Finalmente, la tercera posibilidad, es el cambio climático, producido
por la altísima cantidad de emisiones de gas invernadero producto de la
quema de combustibles fósiles, principalmente el petróleo.
Contra cada una de estas amenazas se yergue una posibilidad de
solución. Para el sobrepasamiento, la promoción de la cultura de la
austeridad, del consumo responsable, del cuidado del medio ambiente.
Para el armamento nuclear, los acuerdos multilaterales de paz y la
promoción del diálogo entre las naciones. Para el calentamiento global,
el abandono de las energías fósiles y la opción por las energías
limpias, renovables. Las tres amenazas en su conjunto, sin embargo,
solamente serán conjuradas con la derrota del sistema capitalista que,
no contento con la explotación de las personas y los pueblos, dirige su
ambición y ansia de lucro a los recursos naturales, los bienes de la
naturaleza, para convertirlos en mercancías, privatizarlos y no parar
sino hasta dejar tras de sí un gigantesco desierto árido.
La energía eólica es, pues, una de las respuestas al problema del
cambio climático, junto con la energía solar y otras energías limpias.
Quedan muy pocas personas (aunque algunas de ellas con mucho poder) que
nieguen el cambio climático y nos sonaría estúpido a estas alturas que
alguien se opusiera a las energías limpias. ¿Por qué entonces hay
resistencia en las comunidades mayas y en muchas organizaciones civiles
que las acompañan, a los proyectos de producción de energía eólica
recientemente aprobados en nuestro país?
El problema estriba, me parece, en el modelo de producción que se
presenta como el único posible: compañías internacionales, sin rostro ni
nombre, que tomarán rentados los territorios mayas para sembrarlos de
abanicos grandotes. La producción dejará para las compañías pingües
ganancias y una pocas migajas serán repartidas entre los dueños de los
territorios, que no podrán usarlos más en un arco de 50 o 100 años.
Producción de energías limpias, pues, pero por un método de explotación
bastante sucio. Lo malo es que de historias de explotación y despojo los
pueblos indígenas tienen para llenar muchas enciclopedias. No es que no
quieran la producción de energías limpias: solamente se preguntan si la
única manera de hacerlo es a través de políticas de despojo.
Así que las grandes compañías transnacionales, acostumbradas a
manejarse como dueñas de vidas y territorios y frotándose ya las manos
por las ganancias que obtendrán, chocan ahora con la resistencia de las
comunidades indígenas que no quieren verse sometidas a nuevos actos de
despojo. Y acusan a los pueblos de retrógradas, de ignorantes, de
opuestos al progreso y a la salvación del ecosistema.
Pero los grandes capitales, como siempre, mienten. Su afán de lucro
silencia la verdad. Son las mismas compañías las que construyen abanicos
gigantes, pero siguen produciendo agrotóxicos; hacen y venden paneles
solares, pero siguen practicando el fracking. El medio ambiente para
ellos sólo tiene importancia en cuanto les reporta nuevas ganancias.
Sólo les interesa el dinero, y por él están dispuestos a arrasar con
pueblos y recursos naturales.
Pero su mentira mayor no es solamente su doble discurso. Su mentira
mayor es presentar ESTE esquema de producción de energía limpia como el
único posible. La alternativa planteada por el título de este artículo
es falsa, engañosa, perversa. Hay otra posibilidad: el manejo
comunitario de las energías limpias.
¿Por qué no puede una comunidad maya recibir el apoyo necesario para
colocar en su territorio un abanicote, que provea de corriente a toda la
región, cuidar esa producción y administrarla autónomamente? ¿Por qué
tienen que ser parques gigantescos, con cientos de abanicos? ¿No es ese
un modelo que lo único que persigue es el lucro? ¿No ocurre lo mismo con
los monocultivos de producción masiva, interesados, no en mitigar el
hambre de los pueblos, sino en aumentar la cuenta bancaria de los
productores?
Pero la producción autónoma comunitaria de energías limpias
requeriría que empresas y gobiernos renunciasen a ver dicha producción
como negocio, y al aire como mercancía. Y no están dispuestos, desde
luego, a hacerlo. Ellos solo viven para despojar y acumular. Pero los
pueblos han aprendido ya a no creer en sus cantos de sirenas. Por eso se
preparan para resistir a este nuevo despojo. Quieren, sí, energías
limpias, pero manejadas de manera autónoma por las comunidades, para que
los beneficios lleguen a todos y no solamente a los poderosos de este
mundo.
(Puede verse los otros artículos de El Varejón 150, dedicados a
los proyectos de energía eólicas en territorios mayas, en
www.indignacion.org)
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10 de marzo de 2017
9 de junio de 2015
Urnas embrujadas.
Por: Raúl Lugo.
www.raulugo.indignacion.org.mx
El proceso electoral está en su última etapa. Si a las campañas y su propaganda nos atuviéramos, casi todo el país respondería de manera unánime: ¡Gracias a Dios! El hartazgo de la gente de a pie debido a la sobreexposición de la partidocracia en carteles, espectaculares, lonas, papelería, gorras, camisetas, vasos, plumas, tazas y, por si fuera poco, en los medios de comunicación social, ha sido un común denominador. El dinero público que en eso se invierte rinde magros resultados, salvo, claro, el enriquecimiento de los dueños de los medios.
www.raulugo.indignacion.org.mx
El proceso electoral está en su última etapa. Si a las campañas y su propaganda nos atuviéramos, casi todo el país respondería de manera unánime: ¡Gracias a Dios! El hartazgo de la gente de a pie debido a la sobreexposición de la partidocracia en carteles, espectaculares, lonas, papelería, gorras, camisetas, vasos, plumas, tazas y, por si fuera poco, en los medios de comunicación social, ha sido un común denominador. El dinero público que en eso se invierte rinde magros resultados, salvo, claro, el enriquecimiento de los dueños de los medios.
Pienso que hay buenas y malas noticias
en el proceso que está concluyendo. La primera mala noticia es que está todavía
lejana la fecha en que el proceso electoral alcance aquella sublime descripción
de Ángeles Mastretta: “Acudir a unas elecciones pacíficas, votar por
quien mejor nos parezca y ser capaces de creer que ganó el que gane, no puede
ser eternamente un imposible. Sin embargo, cuántas veces tal simpleza ha
cruzado por nosotros como una fantasía que de seguro colinda con la magia”.
No sé cuántos años más nos
lleve superar la oferta de regalos a mansalva, las hordas partidistas
presionando a los votantes fuera de las casillas, la desconfianza en los
funcionarios electorales (‘segurito que ya los compraron’), la adhesión
partidista vista como seguro contra el empleo… Y eso para no hablar de los
obstáculos mayores: la imposición partidista de consejeros electorales a nivel
local y nacional, la impunidad del ‘partido’ verde… en fin, los agobios de esta
forma de democracia tan nuestra y tan necesitada de reconstrucción.
Otra mala noticia, sin duda, es la
presencia de elementos de violencia en la jornada electoral. No me refiero
solamente a las amenazas del crimen organizado que, según parece, quita y pone
candidatos de todos los partidos a su gusto. Me refiero, al menos en Yucatán, a
la aparición de fenómenos de violencia que, en Temax, han dejado dos personas
muertas y casas incendiadas. Puede ser que el encono político sea llevado hasta
extremos de linden con la amenaza de violencia; ya había sucedido… pero
¿personas portando pistolas de 9 milímetros y disparándolas contra sus
adversarios políticos? Ese me parece un dato nuevo y grave, al menos en
Yucatán.
Cualquier discusión sobre las elecciones
no puede dejar de notar el desamparo en el que se encuentran muchos ciudadanos
y ciudadanas en algunas regiones del país: expuestos a elegir entre
delincuentes y corruptos. Ninguna elección así merece el nombre de democrática.
Y tiene razón el centro de derechos humanos guerrerense ‘Tlachinollan’ al
advertir que no puede esperarse gran cosa de unas elecciones realizadas en
medio de una guerra. Y algunas regiones del país están en guerra.
Un rasgo positivo, no obstante, es la
copiosa votación que todavía se recibe en las urnas. Como empeñados en darle
una oportunidad a la democracia, miles de ciudadanos y ciudadanas van a votar a
pesar de todos estos pesares enlistados arriba. La democracia, esa señora tan mencionada
en los últimos meses, parece no servirles de gran cosa: los políticos se sirven
solamente a sí mismos, responden solamente a las órdenes de sus amos, venden el
país a pedazos, convierten todo el proceso electoral –comenzando por la
constitución de los órganos electorales ‘ciudadanos’– en un singular mercado… y
las personas siguen haciendo filas para votar. Acaso sea el signo de su
aferramiento a encontrar una salida pacífica a sus agobios, su terco deseo de conjurar
la violencia, su seguro de vida contra el caos… pero resulta que la democracia
electoral ya no parece capaz de garantizar ni siquiera eso. De cualquier
manera, no soy de los que piensan que votar sea una equivocación y celebro como
cosa positiva que haya tantos votantes (y votantas, que al menos en mi casilla,
eran abrumadora mayoría) y que, a pesar de las presiones, haya personas que sin
recibir pago alguno cuiden el actuar de los funcionarios y resguarden la
casilla mientras hacen el conteo final. Hay entre estas personas historias de
heroica resistencia y gracias a su empeño han quedado conjurados decenas de
tramposos a quienes se les ha frustrado su numerito.
Otra buena noticia, desde mi
perspectiva, es la creciente cantidad de votantes que deciden nulificar su
voto. No porque éste sea un medio de conseguir nada, sino como una simple manifestación
de protesta. No existe la obligación de votar por el ‘menos peor’. No sé mucho
de estrategias, pero me parece que la dignidad del voto nulo no es menor a la
dignidad del voto útil. Cuestión de elecciones. A pesar de todas las
discusiones abiertas sobre la conveniencia o no de anular el voto, concedo que
no termina de despejarse en todos la cuestión de si el voto nulo no habría
podido ser mejor utilizado. Pero si algún día encontráramos la manera de que la
votación nulificada tuviera un significado pragmático en los resultados, ese
día, estoy seguro, los anulistas podrían impedir el triunfo de uno que otro
desvergonzado de esos que compiten impunemente.El voto útil solo termina cambiando a unos desvergonzados por otros.
Y finalmente, Kumamoto y El Bronco, dos
sorpresas de distinto calibre, pero ambas botones de muestra de por dónde podría
caminar la superación del factor más desencantador de la democracia mexicana:
su secuestro a manos de los partidos políticos. Podrá Kumamoto ser un ‘yo soy 132’
en el poder y El Bronco un ex priísta converso gracias a su tragedia familiar,
pero ambos, sin juzgar ahora sus virtudes o defectos personales, que conozco
muy poco, son signo de que –como nos enseñan los mexicanos que cruzan la
frontera norte– siempre es posible encontrarle un hueco al muro, en este caso,
al muro del dominio de los partidos que ha sofocado los alientos de todas las
recientes reformas electorales.
Las y los zapatistas, expertos en el
trato con el poder porque lo han sufrido en carne propia, redujeron las
elecciones a su legítima dimensión cuando aconsejaron: voten o no voten, no
dejen de organizarse. Por el momento, las elecciones no son otra cosa que la
disputa del botín entre los de arriba. Sean del color que sean, ellos están
arriba, y para continuar ahí obedecen a los que de veras mandan, a los que están
todavía más arriba y no sujetan su poder a urna ninguna. Pero abajo hay vida fuera
y más allá de las elecciones. Y algún día, la vida que crece desde abajo,
terminará por darle otro significado al voto, a la urna, a la participación; el
significado que las y los zapatistas han sellado con su sangre y se proponen hacer
realidad en las Juntas de Buen Gobierno: “Aquí el pueblo manda y el gobierno
obedece”. Nunca se ha dicho algo tan alto de la democracia.
Ah. Se me olvidaba. El título. Dice un
medio de comunicación de esos de paga, que hubo brujería en Suma de Hidalgo antes
de la votación. Que en la puerta del Tendejón ‘La Flor’, frente a la clínica
del IMSS, apareció un vaso con flores amarillas y tierra colorada. No sé qué
augurios trataría de convocar ese sortilegio o qué pediría a cambio de esa ofrenda
el demandante. Pero el ingenioso comentario que la nota provocó en el whatsapp sería
de carcajada si no fuera porque apunta a
nuestra tragedia nacional: “No sé cómo clasificar esto en la compra, coacción y
brujería del voto. Pero es verídico, son urnas embrujadas: votas por cualquier
candidato y te gobiernan monstruos”.
Así que a organizarnos y a resistir. Que
para eso no se necesitan tiempos electorales.
4 de febrero de 2015
Encuentro de la Pastoral Indígena
Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx
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Miro sus rostros. Los repaso uno a uno y
siento que el aliento se me escapa. Son hombres y mujeres de los pueblos
originarios que conforman México: yaquis, tzeltales, ch’oles, zapotecos, mayas
peninsulares, p’urhépechas, zoques, tzotziles, rarámuris, amuzgos, nahuas,
otomíes, miztecos… vienen de todos los puntos cardinales; agita cada uno su
bandera de sueños multicolores y promisorios. Se reúnen en torno a un altar
otomí, compuesto por una asombrosa variedad de semillas y flores dispuesta en
los tres niveles de la concepción indígena del universo. Son hombres y mujeres,
miembros de los equipos que acompañan los procesos de pastoral indígena de la
iglesia católica en las distintas diócesis del país. Han venido al XI Encuentro
Nacional de Pastoral Indígena, promovido por la Dimensión Indígena de la
Comisión Episcopal para la Pastoral Social.
A los rostros, curtidos por los años y
por los trabajos del campo, se unen caras nuevas, brotes de juvenil
resistencia, muchachas y muchachos indios, orgullosos de su procedencia y
herederos de la sabiduría de sus abuelos y abuelas. La reunión duró tres días,
cada uno de ellos dedicado a un paso del método consagrado ya en América Latina
como instrumento para la reflexión pastoral: Ver, pensar y actuar. En el VER
desfilan, junto a la mención del despojo y la voracidad del capital dominante y
sus proyectos extractivos en los territorios indígenas, la narración entusiasta
de los esfuerzos autonómicos y de la búsqueda de una democracia comunitaria que
se desarrolla al margen del corrupto marco de la política de partidos. Ningún
partido recibe palabra alguna de aprobación de parte de estos representantes de
los pueblos indios.
En el PENSAR se escucha la sabiduría
antigua, la palabra sabia de los abuelos y las abuelas, la consonancia cada vez
más clara entre proyecto evangélico y culturas originarias, el pensamiento
indígena, que sigue un camino distinto al de la racionalidad occidental y que
se dirige a un objetivo, acaso superior: no sólo la comprensión del mundo
circundante, sino la realización aquí y ahora de la utopía del buen vivir
(Sumak Kawsay, le llaman en la tradición andina). Y el pensamiento fluye, no
como impetuosa cascada, sino como manojo de riachuelos que, desde un apacible
lago de tradición se desbordan al mar donde todas las sabidurías encuentran
cabida. El pensamiento indígena se confronta, en este momento de la asamblea,
con el proyecto de Reino anunciado por Jesús de Nazaret y vivido
conflictivamente por las comunidades cristianas del primer siglo, según nos
cuentan los textos que componen el Nuevo Testamento. La urgencia de hacer que
la matriz judía del cristianismo se abriera a las nuevas culturas en los
inicios de la iglesia, ilumina el quehacer de la pastoral indígena de nuestros
días. El panorama se completa con una reflexión sobre el magisterio católico y
la atención pastoral de los pueblos originarios, conducida por el Obispo de
Teotihuacán, Guillermo Francisco Escobar Galicia, responsable de la dimensión
indígena, presente durante todo el Encuentro.
En el ACTUAR se comparten las luchas de
los pueblos, sus esfuerzos –invisibles para una buena parte de los habitantes
de este país, pero efectivos para el bienestar de los pueblos y sus luchas– en
la construcción de las autonomías y de un modelo de país en el que, por fin, se
pueda ser dignamente maya y mexicano, rarámuri y mexicano, amuzgo y mexicano…
Una esperanza que encontró una formulación inicial adecuada en los Acuerdos de
san Andrés, y que se va realizando, a despecho de una oficialidad de partidos e
instituciones que niegan a los pueblos indígenas su derecho, y se concreta en
territorios en los que la palabra de las comunidades es la que decide. La
reflexión viene acompañada de la exposición de la Lic. Carmen Herrera, acompañante
de procesos de reivindicación de derechos de los pueblos originarios.
Miro los rostros, distribuidos en las
mesas que llenan el auditorio municipal de la comunidad de Temoaya, estado de
México, territorio otomí. Los adultos escriben y escriben en los cuadernos que
la coordinación del encuentro ha repartido entre los participantes. En una
mesa, en cambio, veo a Felipe, un joven tzotzil, escribiendo en su computadora
portátil. En un momento de la reflexión, Felipe sube al estrado. Comparte con
todos los asistentes la experiencia de autonomía de las comunidades indígenas
en Chiapas, la mayor parte de ellas ligada al proyecto de resistencia
zapatista. Menciona la sublevación de 1994 como punto de partida de su
reflexión. Y yo me imagino a Felipe el 1 de enero de 1994, cuando tendría quizá
dos o tres años. Pero él cuenta la historia como si hubiera sido uno de los que
se levantaron en armas. No puedo evitar pensar en los judíos actuales, que cada
noche de pascua, comienzan su cena familiar con las palabras “Nosotros éramos
esclavos en Egipto…”, aunque esa celebración pascual tenga lugar en el siglo XXI
y en ciudades tan disímiles como Jerusalén o Nueva York. Cuando, al terminar la
misa de clausura, me acerco a despedirme de Felipe y a felicitarlo por sus palabras,
un diácono tzotzil, sombrero de cintas multicolores, me dice con el rostro
sonriente de padre orgulloso: ¡es mi hijo! Y yo me siento indigno testigo de la
transmigración generacional de la resistencia.
La asamblea vota a favor de un
pronunciamiento que será compartido con todos los pueblos que se encuentran representados
en el Encuentro. En dicho texto, los pueblos logran expresar lo que el discurso
occidental no alcanza: la voz de la Madre Tierra se queja con el lamento
isaiano: “Pueblo mío ¿qué te he hecho o en qué te he ofendido? Respóndeme”. Y
el elenco de las acciones depredadoras se desgrana desde la voz de una madre
humillada y ofendida. Y el lamento es recogido por estos pueblos originarios,
acaso el bastión último por el que la humanidad encontrará el camino de su
supervivencia. Como bien dijo el teólogo indígena, Eleazar Hernández, en su
exposición: “los pueblos indios éramos considerados antes como un problema. Hoy
nos damos cuenta, cada vez más, que somos la solución”.
El encuentro termina con la celebración
de la Eucaristía en el templo principal de Temoaya. Una decena de presbíteros
indígenas preside la celebración. Los signos procedentes de las distintas
culturas expresan con sus colores la fe de los pueblos originarios: flores, incienso,
lecturas en otomí, ofrendas… En el marco de la celebración se hace la entrega
del bastón de mando a quienes serán los anfitriones en el Encuentro del próximo
año, el pueblo p’urhépecha que habita en el territorio de la arquidiócesis de
Morelia. Salen todos con el compromiso de crecer en la articulación entre la
acción pastoral de la iglesia, las experiencias de los pueblos y la acción de
las organizaciones civiles que caminan junto a los pueblos originarios. Yo
termino con el corazón recargado de energía y renovando mi decisión de vivir y
morir al lado del pueblo maya, testigo insomne de su despertar y de sus
esfuerzos de autonomía y vida digna.
13 de mayo de 2014
Noticias de última ira... y dolor
Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx
Andrés Carrasco. In memóriam
www.raulugo.indignacion.org.mx
Andrés Carrasco. In memóriam
Hay ocasiones en que la vida se parece a
esas olas que te arrastran y parecen no querer dejarte ir. Como cuando de niño,
en Progreso vespertino, te metías al mar y, a pesar de las recomendaciones de
la tía en cuya casa pernoctabas en fin de semana, porque ni tú ni tu familia
nuclear tuvieron nunca una casa de playa donde pasar la temporada veraniega…
(que
ahora resulta, al decir de algún articulista a destajo, que “la temporada” es
un fenómeno, patrimonio de todos los yucatecos y yucatecas y, por si fuera
poco, costumbre constructora de la paz social… ¡sí! No muestra del clasismo y
la desigualdad que nos agobian, no, sino encomiable tradición a la mano de los
habitantes de, supongo, Xoy y Chacsinkín, por mencionar dos comunidades que el
articulista seguramente recuerda… ¡cosas veredes, añorado seminario
interdiocesano de Tehuacán!)
… la ola te arrastraba y tú, viendo a la
Parca a un tiro de piedra –o de alga–, jurabas que nunca más te portarías mal y
que si Dios te concedía salir con vida de ese marítimo trance ayunarías todos
los viernes y renunciarías a los pecaminosos libros que absorbían las tardes de
tu infancia: los Tres Mosqueteros, Los relatos de Sherlock Holmes, el viejo
libro de cuentos que tu abuela te regaló y hasta la Biblia Nácar – Colunga de
pasta caqui.
Hay ocasiones, como la semana pasada,
que las olas te arrastraron y no pudiste ni siquiera visitar este espacio para
dejar la acostumbrada columna semanal, porque a la carga de trabajo, producto
de tu incorregible manía de decir sí a todo lo que te pidan, sea encuentros de
diversidad sexual, charlas con desconocidos angustiados o visitas a hospitales,
se le juntó pérdidas sensibles y ataques del mal gobierno… y a los ya mencionados
agobios se añadió la perspectiva de la ausencia temporal de tus dos pilares de
confianza sólida, siempre ahí, firmes en la batalla…
(es
curioso como el desasosiego no acude de la misma manera cuando el que deja la
patria eres tú, que ves parar un avión y te subes, pero que te sabes y
reconoces siempre anclado, porque ellas están ahí… pero cuando ellas se van, no
eres sino un huérfano necesitado de amarres que, siguiendo la metáfora marina,
puedes ser zarandeado por las olas, Dios no lo permita, sin tener de donde
asirte…)
Así que no quieres que pase otra semana
más sin escribir en tu espacio y exorcizar en él tus congojas. Y escoges, entre
ellas, las que te causan más desazón.
1.
Es
noviembre de 2013 y es la preaudiencia del Tribunal Permanente de los Pueblos
en la Escuela de Agricultura Ecológica de Maní, Yucatán. Por inmerecido honor
he sido invitado a ser dictaminador. El trabajo es arduo porque, a más de
escuchar los casos presentados, habrá que redactar el dictamen y todo ello en
un tiempo muy medido. Pero el trabajo se hace menos pesado porque la compañía
es excelente: las y los demás dictaminadores nombrados tienen el oído y el
corazón abiertos. Entre ellos, hombre cargado de sabiduría, está Andrés
Carrasco. Viene con su esposa. Uno no se imaginaría, al verlo, que está frente
a unos de los científicos más comprometidos con la causa de los pueblos y la
defensa de las semillas nativas. Su muerte duele. Sus descubrimientos sobre los
daños irreversibles que causa a la salud de personas y pueblos el uso del
glifosato han sido de indudable ayuda para impulsar la conservación de las
semillas criollas y para descubrir el mundo de codicia neoliberal que se
esconde detrás de las compañías que, como Monsanto, viven de sembrar muerte.
Descanse en Paz.
2.
Lo
que pasó en La Realidad no tiene nombre. O bueno, sí lo tiene: se llama
traición y alevosía, se llama provocación y muerte. El deceso de Galeano,
maestro de la “Escuelita de la Libertad según los/as zapatistas” no es una
muerte más. Es un ominoso signo de guerra. La descripción del Sup en el
comunicado del ezetaelene es estremecedora:
Lo
que sucedió con el compañero Galeano es estremecedor: él no cayó en la
emboscada, lo rodearon 15 o 20 paramilitares (sí, lo son, sus tácticas son de
paramilitares); el compa Galeano los retó a luchar mano a mano, sin armas de
fuego; lo garrotearon y él brincaba de un lado a otro esquivando los golpes y
desarmando a sus oponentes.
Al
ver que no podían con él, le dispararon y una bala en la pierna lo derribó.
Después de eso fue la barbarie: se fueron sobre de él, lo golpearon y lo
machetearon. Otra bala en el pecho lo puso moribundo. Siguieron golpeándolo. Y
al ver que aún respiraba, un cobarde le dio un tiro en la cabeza.
Tres
tiros a mansalva recibió. Y los 3 cuando estaba rodeado, desarmado y sin
rendirse. Su cuerpo fue arrastrado por sus asesinos como unos 80 metros y lo
dejaron botado.
Quedó
solo el compañero Galeano. Su cuerpo tirado en mitad de lo que antes fue
territorio de los campamentistas, hombres y mujeres de todo el mundo que
llegaban al llamado “campamento de paz” en La Realidad. Y fueron las
compañeras, las mujeres zapatistas de La Realidad quienes desafiaron el miedo y
fueron a levantar el cuerpo.
3.
Quienes
valoramos la dignidad zapatista y nos sentimos honrados de que las y los
zapatistas nos permitan caminar a su lado, nos hemos comprometido a no dejarlos
solos. La postdata del Sup es clara: “Si me piden que resuma nuestro trabajoso
andar en pocas palabras serían: nuestros esfuerzos son por la paz, los
esfuerzos de ellos son por la guerra”. Las y los zapatistas han apostado por la
paz. Lo han demostrado a lo largo de los años y está a la vista de todos lo que
han logrado en los municipios autónomos a través de las Juntas de Buen
Gobierno, que nos enseñan que mandar obedeciendo es mucho más que una consigna.
Los que gobiernan y sus secuaces (autonombrados, estos últimos, gobernantes)
han apostado por la guerra. Que olvide quien quiera y pueda. Yo ni quiero, ni
puedo. He deseado siempre ser constructor de paz. A eso me llama el evangelio. Y
eso puede hacerse, para asombro de muchos, aún en medio de una guerra. Las
sombras de la tierna furia saben de qué lado late mi corazón en esta lucha.
Es cuanto.
25 de marzo de 2014
En Yucatán se tortura
Raúl Lugo Rodriguez
www.raulugo.indignacion.org.mx
La tortura ha acompañado el ejercicio
del poder desde tiempos inmemoriales. En la construcción lenta de Estados democráticos,
la tortura se ha convertido en el fiel de la balanza, la piedra de toque: un
solo acto de tortura permitido, alentado, solapado por el Estado obra en
descrédito de su calidad de Estado democrático. No es casual que la prohibición
de la tortura encabece la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Hay
suficientes referentes históricos, que sería aquí prolijo mencionar, que
corroboran la calificación de crimen de lesa humanidad al ejercicio de la
tortura.
Pues bien, si de calificaciones se
trata, el Estado mexicano no es para nada democrático. Y no me refiero a la
reinstauración de la presidencia imperial, aplaudida hoy por tantos; tampoco me
refiero al berenjenal en el que nos meterá la reforma política y la
des-federalización de los órganos electorales. Vaya, ni siquiera me refiero a
la desnacionalización del petróleo. Me refiero a algo mucho más elemental: la
persistencia de la tortura.
Yucatán tiene la fama de ser uno de los
estados más tranquilos de la república. Es cierto que la calidad de vida que está
a la vista en este rincón del sureste mexicano no se compara con las trágicas
condiciones de otros estados, como Michoacán, Guerrero o Morelos. Hace muchos
años, el excelente caricaturista yucateco, Tony Peraza, hizo un cartón
memorable poco después del paso del huracán Isidoro: en la imagen se mostraba a
una mujer indígena maya representando a Yucatán, con su típico traje regional.
El huracán le levantaba el colorido terno y lo que se veía debajo era un
armazón hecho de palitos. Eso mismo puede aplicarse a la proverbial tranquilidad
a la que continuamente se alude cuando se menciona a Yucatán: basta levantarle un
poco la falda para ver que es una construcción levantada sobre graves
violaciones a los derechos humanos.
El equipo Indignación ha presentado
ayer, 24 de marzo, Día Internacional del derecho a la verdad sobre las
violaciones a los derechos humanos y la dignidad de las víctimas y aniversario
del martirio de Monseñor Romero, el informe titulado: La celda de la amargura.
Informe sobre tortura y otros tratos crueles en Yucatán. En él se hace
un recuento de las obligaciones que ha adquirido el Estado mexicano al firmar y
ratificar numerosos convenios y declaraciones internacionales sobre la tortura,
para después contrastar ese dato con los casos de tortura que han ocurrido
recientemente en el estado de Yucatán.
En la introducción al informe se establece:
“La tortura es un crimen inaceptable, que agravia a
quien la padece, a quien la comete y a toda la sociedad. Ejecutada desde el
ejercicio de la autoridad, corrompe la función misma del Estado. La tortura es
una deleznable práctica extendida y tolerada en Yucatán. Tan ignominiosa como
la tortura, es la tolerancia hacia ese crimen,
su aceptación, su encubrimiento.
Resulta deplorable, inaceptable, que a más de 27 años de haber
contraído México las obligaciones internacionales que lo comprometen a combatir
este crimen y a 10 años de la expedición estatal de la ley contra la tortura,
ley que tanta reticencia encontró y que tantos obstáculos tuvo que sortear para
emitirse, no sólo continúe, sino que sea una práctica sistemática, extendida,
recurrente en el estado.
Yucatán ha sido catalogado como una de las entidades federativas más seguras del país en los últimos años. Sin embargo, detrás de esta aparente situación de seguridad, se encuentra oculta una práctica sistemática por parte de los cuerpos policiacos, sean ministeriales o preventivos, estatales o municipales: la comisión de actos brutales, crueles, inhumanos y degradantes, abusos policiacos de toda índole y casos que constituyen tortura.
La práctica de la tortura o la comisión de actos crueles, inhumanos o
degradantes por parte de los cuerpos policiacos han adquirido carta de
naturalización en la entidad. Bajo el argumento de mantener el orden y el
estatus de estado limpio de crimen, se justifica cualquier actuación, por parte
de elementos policíacos, se ésta lícita o ilícita.
A la práctica de tortura sigue, generalmente, la abulia, el
encubrimiento, la inacción de las autoridades ministeriales que omiten realizar
investigaciones efectivas, eficientes e imparciales, así como la complicidad de
una Comisión Pública de Derechos Humanos que, a pesar de la gran cantidad de
casos denunciados, emite recomendaciones tardías e inocuas, que en los hechos
son insuficientes para hacer frente a esta deleznable práctica, esta grave violación
a los derechos humanos, encubierta y tolerada por las autoridades y por el
propio Ombudsman estatal”.
Después de la descripción de algunos casos de tortura que el equipo
Indignación ha seguido de cerca y de un capítulo que detalla las acciones
erráticas y las graves omisiones por parte de la institución pública de defensa
de los derechos humanos, tan complaciente con el gobierno, el informe concluye
planteando las siguientes recomendaciones:
Exigencias
a)
Hacer cumplir la prohibición de la tortura en todas
las instituciones del estado de Yucatán, en todas las cárceles y centros de
detención, y hacer de inmediato explícita esta prohibición, conminando a todos
los funcionarios, autoridades o agentes de policía a desterrar esta práctica y
a denunciar cualquier caso del que se haya tenido conocimiento.
b)
Investigar todos aquellos casos
en los que se alegue la comisión del delito de tortura. La impunidad para los
torturadores fomenta la práctica continuada de la tortura, niega
a las víctimas sus derechos y socava el Estado de derecho. Dicha investigación
debe realizarse en forma inmediata, imparcial, independiente y exhaustiva.
c)
Investigar y sancionar a todos aquellos agentes o
funcionarios que han encubierto casos de tortura o han omitido actuar frente
tratos crueles, inhumanos y degradantes.
d)
Garantizar la reparación integral del daño para las
víctimas de tortura, misma que debe incluir la rehabilitación, la compensación,
la restitución, la satisfacción y garantías de que el delito no se repetirá.
e)
Para lo anterior, es indispensable establecer
mecanismos efectivos e independientes para supervisar la actuación de los
funcionarios encargados de hacer cumplir la ley, con el fin de que puedan
investigarse adecuadamente las denuncias de tortura, malos tratos y
discriminación dentro del sistema de justicia penal y de que puedan proporcionarse
los remedios necesarios.
f) Dar
cumplimiento a las recomendaciones derivadas del informe sobre la visita a México del Subcomité para la Prevención de la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o
Degradantes
El informe puede consultarse y descargarse en el portal electrónico de
Indignación (www.indignacion.org.mx).
El informe viene acompañado de una carta dirigida por Indignación al titular
del Ejecutivo estatal, a la fiscal y al jefe de la policía. Las personas que
quieran unirse a esta acción y exigirle al gobierno del estado de Yucatán la
erradicación de la tortura, pueden hacerlo en: http://indignacion.org.mx/torturayucatan
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