Por: Raúl Lugo.
(Artículo publicado también en El Varejón 150, revista de derechos humanos del Equipo Indignación AC)
Leonardo Boff, estudioso y profeta del deterioro del ecosistema, ha
señalado que nunca antes el mundo había enfrentado, al mismo tiempo,
tres posibilidades de destrucción masiva: el sobrepasamiento de los
límites del planeta, el armamento nuclear de las grandes potencias y el
cambio climático.
La primera posibilidad describe el momento, alcanzado en abril de
2016, en que el planeta, con todos sus recursos disponibles, ya no es
suficiente para satisfacer las necesidades de la humanidad, entendidas
bajo el esquema de producción del capitalismo extractivista y el modelo
de consumo dominante.
La segunda posibilidad hace referencia a la cantidad de armamento
nuclear que alberga las entrañas de la tierra: armas que, de ponerse en
acción, serían capaces –con solo activar la tercera parte de ellas– de
destruir totalmente a la humanidad dejando atrás solamente los escombros
de nuestras civilizaciones.
Finalmente, la tercera posibilidad, es el cambio climático, producido
por la altísima cantidad de emisiones de gas invernadero producto de la
quema de combustibles fósiles, principalmente el petróleo.
Contra cada una de estas amenazas se yergue una posibilidad de
solución. Para el sobrepasamiento, la promoción de la cultura de la
austeridad, del consumo responsable, del cuidado del medio ambiente.
Para el armamento nuclear, los acuerdos multilaterales de paz y la
promoción del diálogo entre las naciones. Para el calentamiento global,
el abandono de las energías fósiles y la opción por las energías
limpias, renovables. Las tres amenazas en su conjunto, sin embargo,
solamente serán conjuradas con la derrota del sistema capitalista que,
no contento con la explotación de las personas y los pueblos, dirige su
ambición y ansia de lucro a los recursos naturales, los bienes de la
naturaleza, para convertirlos en mercancías, privatizarlos y no parar
sino hasta dejar tras de sí un gigantesco desierto árido.
La energía eólica es, pues, una de las respuestas al problema del
cambio climático, junto con la energía solar y otras energías limpias.
Quedan muy pocas personas (aunque algunas de ellas con mucho poder) que
nieguen el cambio climático y nos sonaría estúpido a estas alturas que
alguien se opusiera a las energías limpias. ¿Por qué entonces hay
resistencia en las comunidades mayas y en muchas organizaciones civiles
que las acompañan, a los proyectos de producción de energía eólica
recientemente aprobados en nuestro país?
El problema estriba, me parece, en el modelo de producción que se
presenta como el único posible: compañías internacionales, sin rostro ni
nombre, que tomarán rentados los territorios mayas para sembrarlos de
abanicos grandotes. La producción dejará para las compañías pingües
ganancias y una pocas migajas serán repartidas entre los dueños de los
territorios, que no podrán usarlos más en un arco de 50 o 100 años.
Producción de energías limpias, pues, pero por un método de explotación
bastante sucio. Lo malo es que de historias de explotación y despojo los
pueblos indígenas tienen para llenar muchas enciclopedias. No es que no
quieran la producción de energías limpias: solamente se preguntan si la
única manera de hacerlo es a través de políticas de despojo.
Así que las grandes compañías transnacionales, acostumbradas a
manejarse como dueñas de vidas y territorios y frotándose ya las manos
por las ganancias que obtendrán, chocan ahora con la resistencia de las
comunidades indígenas que no quieren verse sometidas a nuevos actos de
despojo. Y acusan a los pueblos de retrógradas, de ignorantes, de
opuestos al progreso y a la salvación del ecosistema.
Pero los grandes capitales, como siempre, mienten. Su afán de lucro
silencia la verdad. Son las mismas compañías las que construyen abanicos
gigantes, pero siguen produciendo agrotóxicos; hacen y venden paneles
solares, pero siguen practicando el fracking. El medio ambiente para
ellos sólo tiene importancia en cuanto les reporta nuevas ganancias.
Sólo les interesa el dinero, y por él están dispuestos a arrasar con
pueblos y recursos naturales.
Pero su mentira mayor no es solamente su doble discurso. Su mentira
mayor es presentar ESTE esquema de producción de energía limpia como el
único posible. La alternativa planteada por el título de este artículo
es falsa, engañosa, perversa. Hay otra posibilidad: el manejo
comunitario de las energías limpias.
¿Por qué no puede una comunidad maya recibir el apoyo necesario para
colocar en su territorio un abanicote, que provea de corriente a toda la
región, cuidar esa producción y administrarla autónomamente? ¿Por qué
tienen que ser parques gigantescos, con cientos de abanicos? ¿No es ese
un modelo que lo único que persigue es el lucro? ¿No ocurre lo mismo con
los monocultivos de producción masiva, interesados, no en mitigar el
hambre de los pueblos, sino en aumentar la cuenta bancaria de los
productores?
Pero la producción autónoma comunitaria de energías limpias
requeriría que empresas y gobiernos renunciasen a ver dicha producción
como negocio, y al aire como mercancía. Y no están dispuestos, desde
luego, a hacerlo. Ellos solo viven para despojar y acumular. Pero los
pueblos han aprendido ya a no creer en sus cantos de sirenas. Por eso se
preparan para resistir a este nuevo despojo. Quieren, sí, energías
limpias, pero manejadas de manera autónoma por las comunidades, para que
los beneficios lleguen a todos y no solamente a los poderosos de este
mundo.
(Puede verse los otros artículos de El Varejón 150, dedicados a
los proyectos de energía eólicas en territorios mayas, en
www.indignacion.org)
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