Babel
La
lucha política, el EZLN, las elecciones y otras cosas
Javier
Hernández Alpízar
Tendemos a olvidar el origen de las cosas, solamente
vemos lo presente o el presente inmediato y lo vemos incompleto, con ese
recorte, esa edición simplificada de lo que pasa, tendemos a juzgar, incluso a
poner nuestros prejuicios por delante, sin cuestionarnos de dónde viene todo
esto. En las reflexiones zapatistas del Seminario Anticapitalista, han
subrayado la necesidad de hacer la genealogía de las cosas, buscar sus orígenes
y raíces para comprenderlas y poder decidir no frente a la inmediatez sino
frente a una reflexión cabal, integral.
Sin embargo no podemos regresar al infinito en nuestras
reflexiones genealógicas, remontarnos al Big Bang o al inicio de nuestra narración
favorita. Yo comenzaré esta reflexión desde 1994 para tratar de entender el
momento presente, pero no quiere decir que esto no tenga raíces aún más
antiguas. En 1994 la imagen de Salinas de Gortari era la de un priismo
neoliberal moderno triunfador e irresistible para muchos (pueden ver algo de
este clima en la película El Bulto). La izquierda que apenas en 1988 había
ganado por primera vez en su historia la elección presidencial había sido
derrotada con un fraude (Manuel Bartlett anunció por TV el triunfo “legítimo de
Salinas”) y ante su pusilanimidad (apellidada Cárdenas), Salinas se “legitimó
en el ejercicio del poder” con el apoyo del PAN (Fernández de Cevallos). Cooptó
voluntades, se fabricó una imagen nacional e internacional de un prócer de la
modernidad y cerraba su sexenio con la firma del TLACAN (en inglés Nafta). Un
tratado de libre comercio con Canadá y USA, el principio de la nueva era de
acumulación por desposesión, despojo, que padece México, hoy con 43 TLCs
firmados. La izquierda se había achicado y achicopalado. En 1985 la había
movilizado desde abajo la sociedad civil solidaria frente al temblor, en 1988
no se movilizó hasta la desobediencia civil por el fraude (eso quedaría como
marca para próximos fraudes), en 1989 cayó el muro de Berlín y USA bombardeó e
invadió Panamá.
Campeaban el desánimo y el sentimiento de derrota, los
profetas agoreros anunciaban el fin de la historia, el fin de las ideologías,
el fin de los alzamientos armados, la derecha en México y el mundo no parecía tener
rival: en Centroamérica la contrainsurgencia reaganiana derrotó con su dinero,
trasiego de drogas, armas, guerra y elecciones controladas a los frentes
sandinista y Farabundo Martí. Algunos líderes de estos frentes eran amigos de
Salinas de Gortari. El panorama le aseguraba a Salinas dejar un delfín a modo,
los tecnócratas anunciaban que estarían en Los Pinos por varios sexenios. El
tapado priista (próximo candidato) podía estar entre Colosio, Camacho Solís
(que tenía a alguien muy cercano de apellido Ebrard), Ruiz Massieu, Aspe
Armella, Zedillo y alguien que había sido muy cercano a Salinas: Joseph Marie
Córdoba Montoya, militante del PRI desde antes de haberse nacionalizado mexicano.
Además estaban muy fortalecidos los empresarios beneficiados por el salinismo,
el mayor de todos, quien llegaría a ser el más rico del mundo, o eso parece,
Carlos Slim Helú (a quien muchos consideraban, pero nadie lo ha podido probar,
un mero prestanombres de Salinas).
En el mundo y en México, la derecha cosechaba triunfos y
se aprestaba a disfrutar de una hegemonía indisputada en un mundo unipolar. Muchos
académicos ex marxistas se aggiornaban leyendo a Nietzsche, a Ciorán, a
Savater, a Vattimo, Lipovetsky, Heidegger, Sade, Baudrillard, Bobbio, Bovero,
Sartori, Rawls, y algunos de plano abrazaban el (neo) liberalismo de los Hayek.
Friedman, Popper y adláteres. Paz era ya una estrella de Televisa y se enfilaba
para el Nóbel.
En 1994, la voz crítica que dio nuevo aliento a esa
izquierda con la cola entre las patas no fue Roger Waters (él había festejado
la caída del muro haciendo una lectura unilateral de The Wall en un concierto
con rockstars como Scorpions y Cyndi Lauper). En 1994, contra toda sensatez y
cordura, contra todo pronóstico, se alzaron en armas los indígenas del EZLN.
La primera editorial de La Jornada distinguía entre
indígenas de verdad y “profesionales de la violencia”. Luego la realidad los
desmintió: era una auténtica rebelión indígena. Solamente lo entendió desde el
principio gente como Carlos Montemayor,
que tenía los antecedentes por su estudio de los movimientos armados en México
y de las lenguas indígenas, realidades negadas, escondidas, marginadas o
minimizadas en un México racista. Pero la legitimidad de la rebelión se reveló incuestionable,
la movilización social y el escándalo mundial obligaron a Salinas a ordenar un
alto al fuego. Los zapatistas también entendieron que la vía armada no era
aceptada y desde entonces sus iniciativas han sido civiles y pacíficas.
La izquierda mexicana y mundial recibió una bocanada de
aire fresco. Muchos fueron a las montañas del sureste mexicano a tomarse la
foto. Los zapatistas dialogaron con el representante del gobierno Camacho
Solís. Pero lo que ambos proponían era diametralmente opuesto: los zapatistas
pedían reconocimiento como sujeto social y el gobierno les ofrecía el trato
indigenista de objeto de políticas públicas (leche Liconsa y ese tipo de
dádivas).
Los zapatistas rechazaron las limosnas e iniciaron
diálogos con la sociedad civil. La izquierda había tomado nuevo aliento
electoral, el derribamiento de la efigie mediática salinista por el EZLN era
una de las causas más importantes para ello. El gobierno priista, que se había
negado a aceptar alternancias en el poder, abrió la puerta a ella con reformas
electorales que permitieron al PAN y al PRD obtener gobiernos estatales y a la
postre, al PAN ir a Los Pinos y al PRD gobernar la Ciudad de México (DF).
(También en los setenta, una oleada de guerrillas urbanas y los guerrilleros de
Lucio Cabañas en Guerrero abrieron camino a reformas electorales, se legalizó
al PC antes clandestino e ilegal) Las reformas electorales en México han tenido
un cariz ambiguo del que la contrainsurgencia no está del todo ausente. El EZLN
no confiaba mucho en esa izquierda partidaria pero les dio el beneficio de la
duda. Recibieron y criticaron a Cárdenas, entonces líder fetiche del PRD,
recibieron a AMLO e hicieron un pacto de no agresión en 1997. Apenas en 1996 la
contrainsurgencia priista había escalado hasta la masacre de Acteal.
Se firmaron los Acuerdos de San Andrés y se redactó la
Ley Cocopa. Zedillo los boicoteó, porque “violaban derechos humanos” u otro
argumento así de peregrino. Fox ganó las elecciones y un sector amplio de la
población lo veía como un nuevo Miguel Hidalgo. La izquierda había agotado el
gas con su apuesta a un solo candidato siempre (Cárdenas). Así como habían
derrumbado la imagen de Salinas, los zapatistas derrumbaron la de Fox con la marcha
del color de la tierra. La izquierda recuperaba aliento frente al aplastón de
la derecha y su “voto útil”.
La comandanta Esther habló, junto con otros indígenas del
CNI y el EZLN en el Congreso, los panistas se salieron para no presenciar tal
blasfemia. Los Acuerdos de San Andrés fueron traicionados por los tres partidos
PRI (Manuel Bartlett), PAN (Fernández de Cevallos), PRD (Jesús Ortega). Los
zapatistas hicieron el fin de año en Chiapas una marcha nocturna con antorchas.
Ante la decisión de no aprobar los Acuerdos de San Andrés se habían visto
obligados, junto con otros pueblos indios como los del CNI a asumirlos por su cuenta
y comenzar a construir sus autonomías. En el mitin de esa marcha con antorchas
criticaron a todos los partidos políticos por sinvergüenzas y traidores. Se
replegaron a construir su autonomía: municipios (que habían iniciado desde
1994), caracoles y juntas de buen gobierno.
Leyeron el mensaje: derecha e izquierda en el poder (que
se habían beneficiado de una reforma electoral imposible sin el impacto de su
alzamiento armado) habían decretado encerrarlos en el sureste y atacarlos con
la continuidad de la contrainsurgencia. Los acuerdos de San Andrés eran los de
una primera mesa de diálogo, faltaban varias más, la siguiente era una mesa
política donde se proponían formas de asociación política que impidieran el
monopolio de la cosa pública por una partidocracia: no solamente candidaturas
independientes, sino la formación de todo tipo de asociaciones políticas.
locales, regionales y nacionales, indígenas y ciudadanas. Los mismos acuerdos de
San Andrés iban contra el monopolio de los poderes ya establecidos, alentaban
una cada vez mejor organizada autonomía indígena sin romper con el pacto constitucional
nacional, daban a los pueblos un instrumento para defender de sus territorios,
ya en la mira de empresas de todo el mundo (incluso las de Slim) tras el TLC.
En 2003 las comunidades zapatistas denunciaron una
agresión armada paramilitar contra una marcha pacífica que llevaba agua a unos
compañeros suyos en Zinacantán: los paramilitares agresores eran del PRD. La
izquierda paga al sistema su apertura con su apoyo contra el EZLN. Los
proyectos contrainsurgentes en Chiapas eran aprobados en los Congresos y en el
terreno los operaba gente como Dante Delgado, apoyado después dos veces por
AMLO para intentar gobernar Veracruz.
Los zapatistas ya habían decidido romper con todos los
partidos y la clase política. Tratarían de formar un polo de izquierda anticapitalista
con otros y otras que padecían bajo gobiernos de izquierdas y derechas. La
construcción de sus caracoles y juntas de buen gobierno los hicieron en
silencio durante años. Para la sociedad civil mediatizada, habían desaparecido.
En ese lapso, AMLO pasó de gobernar el DF a ser el líder
que desplazó a Cárdenas como el candidato natural del PRD. Tenía apoyo no sólo
del PRD, chuchos y no chuchos (Jesús Ortega sería coordinador de su campaña en
2006), y de Carlos Slim, enfrentado con el bloque empresarial que le disputa la
hegemonía en medios (Televisa, TV Azteca), Los zapatistas pensaron que si se
movilizaban en medio de la división entre izquierdas y derechas por las
elecciones, podrían recorrer el país y juntar a las organizaciones, colectivos
pequeños e individuos que querían hacer otra izquierda. Su movilización unió a
derechas e izquierdas contra ellos.
Con la Sexta Declaración de la Selva Lacandona dieron la convocatoria
hacia esa movilización. Cruzaron el país bajo el silencio de los medios nacionales
y la guerra sucia de los medios locales por dondequiera que pasaban, por no
formarse en la fila detrás del nuevo líder fetiche del PRD, recibieron una
campaña de calumnias que los ponían como “maniobra de la derecha”. En Atenco,
la derecha de Atlacomulco le tendió a la Otra Campaña una celada mortal.
Asesinaron a un joven, Alexis Benhumea, violaron mujeres, torturaron e
invadieron a un pueblo y dieron caza a sus acompañantes de la Otra Campaña. Columnistas
y caricaturistas del staff de AMLO culparon a “Marcos” de la represión y
callaron sobre el silencio de AMLO y la complicidad del PRD mexiquense con Peña
Nieto… Al atacar a las víctimas, se estaban poniendo del lado del represor:
Peña Nieto. Carmen Aristegui pidió retirar su firma de una carta a La Jornada apoyando
a las mujeres denunciantes de violación en Atenco.
Tras una suspensión en la que la Otra Campaña se movilizó
bajo la represión del gobierno de Ebrard para liberar a sus presos, salieron
poco a poco casi todos, excepto los tres rehenes que se habían llevado a
Almoloya, uno de ellos, Ignacio del Valle, los tres salieron años después. La
Otra Campaña finalizó sus recorridos por el país y descubrió a un México
ignorado e invisibilizado, que no se ha sentido representado por los partidos y
cuyas luchas son desconocidas, ignoradas, solamente aparecen a veces cuando son
víctimas de la represión, y aun entonces aparecen demonizados. Y si se
movilizan pero no se subordinan a AMLO son criticados y puestos bajo la
sospecha de complot como el Movimiento por la Paz y los padres de los 43
normalistas desaparecidos en Ayotzinapa.
En 2006 y 2012, AMLO ha ganado dos veces las elecciones
presidenciales, tras las primeras realizó un golpe de teatro nombrando un gobierno
legítimo con un gabinete y dio con ello continuidad a la formación de un bloque
que lo apoyara en 2012. En 2012, los zapatistas decidieron no decir nada. Su palabra
había sido totalmente tergiversada en 2006, incluso por La Jornada. Maximizaron
sus críticas a la izquierda electoral y prácticamente desaparecieron sus críticas
a la derecha. Se construyeron una caricatura fácilmente refutable. La inmensa
mayoría nunca dialogó con los argumentos del EZLN ni de las demás
organizaciones de la Otra Campaña, se hicieron la ficción de un rival fácil de
refutar, una caricatura dibujada por El Fisgón, Helguera, Hernández (¿alguien
les ha visto criticar a Slim?). En 2012 ganó, al parecer, AMLO. Pero esta vez
la protesta no fue frontal y la descalificación de Peña por “espurio” brilló
por su ausencia, AMLO construía su candidatura para 2018, esperaba la
aprobación del registro de su nuevo partido, y no hacía olas, en lugar de fraude,
hablaba de imposición.
Los jóvenes de la Ibero iniciaron las movilizaciones del
YoSoy132 contra Peña, pero quienes llegaron al final, a intentar impedir la
toma de posesión de EPN, fueron personas de organizaciones pequeñas o aun “no organizadas".
El último día de gobierno de Ebrard (delfín de AMLO) y primero de Mancera (delfín de Ebrard) la
policía reprimió a esas personas matando e hiriendo a algunos. Kuykendall,
teatrista, de la Otra Campaña, fue herido, quedó en coma para morir tiempo
después.
Para estas alturas del partido, un buen sector de las
población ya creció con las difamaciones al zapatismo que la derecha difundió
desde 1995 hasta los años del foxismo, ha crecido con las difamaciones que
caricaturistas y columnistas del staff de AMLO han difundido desde 2005 hasta
la fecha. No tienen acceso, ni la suelen consultar, a la palabra directa de los
zapatistas. Las denuncias de las comunidades zapatistas y de otros pueblos
indios son invisibilizadas por los mismos que los acusan de aparecer solamente
cada sexenio.
Para la izquierda electoral la irrupción zapatista les
abrió el camino al poder, a la alternancia, les aseguró el gobierno del DF y
otros, pues antes del alzamiento no le reconocía el sistema el triunfo a la
oposición a veces ni a nivel de un municipio. Para los zapatistas la colusión
de derecha e izquierda en el poder significó contrainsurgencia, muertes,
paramilitarización, asedio constante y una campaña de difamaciones por derechas
e izquierda.
Aun así hay los Armando Bartras y las Sanjuanas Martínez que suponen que toda la izquierda debería apoyar a AMLO, y que los zapatistas al no
hacerlo le hacen el juego a la derecha. A esa derecha con la que ellos han
cogobernado y a la que le dieron valiosos instrumentos de contrainsurgencia y
represión como Juan Sabines, Gabino Cue, Aguirre Rivero, Marcelo Ebrard y
Mancera.
Es fácil patear a la caricatura que la izquierda y la
derecha electorales han hecho del EZLN y sus aliados. Sin que el EZLN haya
llamado a no votar ni boicoteado elecciones ningunas, han repetido como
propaganda negra la mentira de que los boicotearon. Jamás aceptaron un debate
serio y se limitaron a la calumnia. Sin embargo, cuando se les responde con una
caricatura gráfica o escrita se indignan y se rasgan las vestiduras. Se han
formado una moral doble, como Las Poquianchis de la película de Cazals: ellos
son honestidad valiente, nada los liga a los represores y asesinos que llevaron
al poder con los votos que el arrastre electoral de AMLO les consiguió. En cambio,
para justificar su aceptación tácita de dos fraudes electorales (y algunos, de
tres contando desde 1988) le echan la culpa a otros. Incluso AMLO lo ha hecho
personalmente esta vez.
Hacer una genealogía crítica de esta izquierda que se
jacta de honesta y valiente nos llevaría a encontrar una maquinaria electoral
al servicio de una clase política priista metapartidaria: del PRI se desprenden
las cúpulas dirigentes. Sin embargo, cualquiera que no se les subordina es
acusado de ser una maniobra del PRI para cerrar el paso al poder de los
expriistas.
Como en Rashomon, las historias tienen más de una
versión, pero la hegemónica es la que cuentan los que tienen dinero del INE y
espacios en medios, incluso medios propios o casi, como La Jornada. Sin
embargo, desde que el CNI y el EZLN anunciaron que están analizando y consultando
en sus pueblos la propuesta de lanzar una candidata que represente un Concejo Nacional
Indígena para contender en 2018 para la presidencia, han vuelto a silenciar la
palabra indígena y se han dedicado a criticar a una caricatura de su propia
autoría. Han sido incapaces de ver a las otras izquierdas. Para qué verlos si
tienen su propio tótem de honestidad valiente, candidato por siempre.