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7 de septiembre de 2018

El 1918 “Brumario” de Andrés Manuel Bonaparte.

Por: Javier Hernández Alpízar | Babel | Zapateando.

“Es opinión muy extendida en algunos ambientes (y esta difusión es un signo de la estatura política y cultural de dichos ambientes) que en el arte político es esencial mentir, saber ocultar astutamente las propias opiniones, los verdaderos fines a que se tiende, saber hacer creer lo contrario de lo que se requiere realmente, etcétera. La opinión está tan arraigada y extendida que nadie cree que se diga la verdad. […] En política se podrá hablar de reserva, no de mentira en el sentido mezquino que muchos piensan, en la política de masas decir la verdad es una necesidad política precisamente.”
Antonio Gramsci.


Parece que en México todo se conjunta para hacer vigente la idea de Karl Marx de que la historia se repite pero en clave de farsa. El poder en México se formó de manera autoritaria, monárquica, en el virreinato de la Nueva España, y caudillista, en el siglo XIX y principios del XX hasta construir el presidencialismo priista: esta estructura ha sido descrita por Rhina Roux como “El príncipe mexicano”, apoyada en la lectura de Adolfo Gilly, Antonio Gramsci, Karl Marx y Maquiavelo. El príncipe, que el florentino trataba de invocar para unificar a Italia, es leído por Antonio Gramsci como colectivo: el partido como príncipe moderno; pero en el caso mexicano, por su pasado colonial y las características de su fragmentación y la enconada guerra intestina de sus elites criollas y mestizas (decantadas en liberales y conservadores), división que ocasionó guerras e incluso la debilidad ante invasiones extranjeras, la pérdida de territorio ante los Estados Unidos, esta fragmentación y casi balcanización se resolvió con un Estado –príncipe que unificó a las elites, y en buena medida las generó, con iniciativas como la Reforma (destinadas a generar un burguesía mexicana), bajo el mando de un solo hombre: el presidente (y su partido), en un proceso largo que inicia con Juárez y se consolida hasta Lázaro Cárdenas, dando origen a una especie de “monarquía sexenal” no hereditaria pero sí transferible entre los elegibles de un único partido. (Sintomático que dos de los líderes carismáticos que desafiaron esa sucesión hayan salido del mismo partido: PRI).

En el siglo XX y lo que va del siglo XXI, el embate del neoliberalismo (ese oscuro y variopinto proceso que va de Hayek y Friedman a Pinochet, las dictaduras militares del Cono Sur y a Reagan y Tatcher) que obligó a cambios como las reformas estructurales, el TLCAN (hoy mero TLC), la autonomía del Banco de México y las libertades al capital financiero, llevó al poder a los tecnócratas priistas: Salinas, Colosio, Zedillo, Ruiz Massieu, Pedro Aspe, Camacho Solís y Marcelo Ebrard… ese desmantelamiento del estado de bienestar a la mexicana desestabilizó al Príncipe en sus bases (acuerdos de equilibrio como la no reelección, el ejido, el petróleo nacionalizado, separación Iglesia-Estado), se necesitaba un relevo y lo dieron desde arriba con dos sexenios panistas, el de Vicente Fox, llevado al poder por el voto masivo y equivocado de un electorado que lo confundió con el cambio democrático, y el impuesto, incluso mediante la militarización, de Felipe Calderón. Parecía que el PRI se recuperaba con Peña Nieto, pero su legitimidad fue nula desde su llegada al poder. Y el regreso del PRI fue en clave de farsa: no se cumplió la expectativa (de algunos) de pacificación y ni siquiera una caricatura del “estado de bienestar”.

Tras dos sexenios de terror de Estado represivo, con más de 37 mil desaparecidos, según cifra oficial, más las dos o tres centenas de miles de asesinados y las centenas de miles de víctimas más que son sus deudos o quienes buscan a sus desaparecidos, los partidos que operaron las reformas y el terror de Estado estaban totalmente inutilizados para gobernar: las fallidas candidaturas de la Calderona, Anaya, Meade y el Bronco no fueron sino el reflejo del desgaste.

El México de abajo, que ha padecido la represión siempre, pero que particularmente estos sexenios de terror puso los muertos, los desaparecidos, los presos, los desplazados, las mujeres víctimas de feminicidio, no tenía ni la organización (propia, autónoma, de clase, con proyecto no neoliberal). Así que, con más de 30 millones de votos, apostó al voto de castigo contra sus verdugos y, en un sector, a la esperanza de un respiro.

Había un empate negativo entre la burguesía, que había vaciado sus recursos políticos en la contrarrevolución de dos sexenios (o más si se cuentan desde 1982) y un proletariado y un México de abajo desarticulados por la represión y la carencia de un proyecto de clase.

El proyecto de AMLO parece una parodia o caricatura del estado de bienestar, a pesar de usar a Juárez, Madero y Lázaro Cárdenas como promesa de regreso a las “glorias pasadas”, no puede ofrecer derechos y garantías sociales como el estado de bienestar sino dádivas y becas o “apoyos” a los “vulnerables”; no impulsará tanto el laicismo como la consulta popular sobre los derechos de las mujeres (interrupción legal de embarazo, entre ellos); no ha llamado a deponer al régimen, sino que le ofrece una salida conciliada e impune, no re-expropiará ni el petróleo ni ningún otro bien ni echará abajo las reformas estructurales económicas, solamente revisará contratos para “evitar corrupción”: la caricatura de las transformaciones impulsada por un gobierno restaurador (del paraíso de las inversiones, según el jefe de… gabinete, Alfonso Romo). La historia se repite, pero en clave de farsa.

En circunstancias como éstas, descritas y narradas por Karl Marx en el 18 Brumario de Luis Bonaparte, donde explica cómo una situación semejante: burguesía dividida e impotente para ejercer el poder político, proletariado en reflujo por represiones y derrotas pasadas, elecciones con un líder carismático (sobrino de Napoleón Bonaparte, quien abandera las esperanzas de revivir “glorias pasadas”) llevan al encumbramiento de Luis Bonaparte primero por un golpe de estado “legítimo” (los legisladores acababan de abolir el sufragio universal, para evitar la reelección de Luis Napoleón, que había llegado al poder por los sufragios) y luego refrendado por el arrastre del líder carismático en un plebiscito, para llegar a ser el líder, hombre providencial, a cuyos brazos terminó arrojándose la burguesía (que originalmente no lo quería). Luis Bonaparte terminó siendo un gobierno de restauración, despótico, represivo, protector de los intereses de la burguesía y el capital.

Engels resumió el concepto que sintetiza la explicación de Marx con el término “bonapartismo” y otros autores, como el mismo Engels, Lenin y Trotsky, lo usaron para explicar eventos históricos análogos en Alemania y Rusia (Bismarck y Kerensky). En nuestro contexto, algunos autores lo han usado para explicar fenómenos latinoamericanos.

El equilibrio entre burguesía y clases subalternas no es positivo, no es que ambas tengan gran fuerza y empaten, sino negativo: ni una ni otra puede gobernar, ese vacío lo llena un líder carismático (o un grupo, pero normalmente con la presencia de un líder carismático).

Así describe Antonio Gramsci el bonapartismo: «Demagogia» quiere decir muchas cosas: en sentido peyorativo significa utilizar a las masas populares, sus pasiones sabiamente excitadas y alimentadas, para los propios fines particulares, para las pequeñas ambiciones propias (el parlamentarismo y el eleccionismo ofrecen terreno propicio para esta forma particular de demagogia, que culmina en el cesarismo y el bonapartismo con sus regímenes plebiscitarios). […] El «demagogo» en sentido peyorativo se presenta como insustituible, crea el desierto a su alrededor, destruye y elimina sistemáticamente los posibles concurrentes, quiere entrar en relación con las masas directamente (plebiscito, etc.), gran oratoria, efectos teatrales, aparato coreográfico fantasmagórico, se trata de lo que Michels ha llamado el «jefe carismático».)” (Gramsci, La política y el Estado moderno).

Me parece que a la idea de un equilibrio negativo de fuerzas entre una burguesía o elite opresora dividida y desgastada y deslegitimada y un pueblo que ha padecido la represión y está desarticulado para actuar como clase, hay que añadir la capacidad del capital (tanto “nacional” como internacional) de homeostasis: su habilidad para asimilar al demagogo y volverlo inocuo para todo cambio que afecte al sistema, recuperando el equilibrio favorable al capital (explotación, despojo, represión) y permitiéndole al hombre providencial desplantes demagógicos cosméticos (humildad teatral, “combate a la corrupción”). El vacío de la clase política tradicional es llenado por un elemento que se presenta como “externo”. En México hubo un primer intento fallido con Fox. Me parece que hoy enfrentamos un intento más exitoso y resistente al desgaste que el de Fox, el de López Obrador. Incluso, probablemente, hay un caso similar en Estados Unidos con Donald Trump. La burguesía prefiere soportar incluso a un tirano que enfrentar la ira popular directamente. Además, Trump surge ante el desgaste de la clase tradicional que llegó al extremo con la desilusión provocada por Barak Obama.

En el caso mexicano, hay más elementos quizá para entender como bonapartismo el ascenso espectacular del líder carismático. En todo caso, no parece tratarse de un bonapartismo progresivo: la continuidad del modelo económico neoliberal y aun su profundización con megaproyectos que ya eran parte de los planes de los anteriores gobiernos del PRI y el PAN, le dan un carácter regresivo y restaurador.

Es semejante al rápido cambio de manos descrito así por Antonio Gramsci: “En el mundo moderno, sólo una acción histórico política inmediata e inminente, caracterizada por la necesidad de un procedimiento rápido y fulminante, puede encarnarse en un individuo concreto; la rapidez sólo puede llegar a ser necesaria ante un gran peligro inminente, un gran peligro que caldea de modo fulminante las pasiones y el fanatismo, aniquilando el sentido crítico y la corrosividad irónica que pueden llegar a destruir el carácter «carismático» del condottiero (…). Pero una acción inmediata de este tipo, por su misma naturaleza, no puede tener un vasto alcance y un carácter orgánico, será casi siempre del tipo de la restauración y de la reorganización y no del tipo de la fundación de nuevos estados y de nuevas estructuras nacionales y sociales (…)”.

El peligro que temía el electorado era la continuidad del régimen del terror; el peligro para la burguesía era ver fracasar la continuidad de su proyecto neoliberal ante un pueblo airado y una clase política deslegitimada: el líder carismático ofreció a ambos una salida inmediata no cruenta, pero también sin compromisos de cambios de fondo.

Además de Gramsci (La política y el Estado Moderno), es pertinente leer desde luego directamente e Karl Marx en su 18 Brumario de Luis Bonaparte. Igualmente puede verse el texto de David Torres Mejía, Notas sobre el bonapartismo, disponible en pdf gratuito. Para entender cómo se pueden usar los mecanismos de la república para un gobierno autoritario (en un espectro que puede ir de Echeverría a Franco) es muy atinente la lectura del Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu. Y desde luego, de Rhina Roux, El príncipe mexicano.

6 de septiembre de 2018

"Pluriverso": hacia horizontes postcapitalistas.

Por: Alberto Acosta* / Rebelión.

“Hablar del pluriverso significa: revelar un espacio de pensamiento y de práctica en el que el dominio de una modernidad única haya quedado suspendido a nivel epistémico y ontológico; donde esta modernidad haya sido provincializada, es decir, desplazada del centro de la imaginación histórica y epistémica; y donde el análisis de proyectos descoloniales y pluriversales concretos pueda hacerse honestamente desde una perspectiva des-esencializada”. (Arturo Escobar (2012) )

La actual crisis mundial es sistémica, múltiple y asimétrica, con claros alcances civilizatorios. Nunca antes tantos aspectos cruciales de la vida fallaron simultáneamente, y las expectativas sobre el futuro son tan inciertas. Los problemas ambientales ya no pueden ocultarse por más poderosos -y torpes- que sean los negacionistas. Tampoco pueden ocultarse las abismales desigualdades, que van en aumento a medida que la sombra del “desarrollo” cubre todas las partes de la Tierra. Cual virus mutante, las manifestaciones de la crisis se perciben en todos los espacios: ambientales, económicos, sociales, políticos, éticos, culturales, espirituales...

Dejar de buscar al fantasma del “desarrollo” es difícil . Su retórica seductora, a veces llamada “mentalidad de desarrollo” o “desarrollismo”, se ha internalizado en prácticamente todos los países. Sobre todo en aquellos que sufren las consecuencias del crecimiento industrial en el Norte Global. Norte Global que, por cierto, fue el primero en aceptar un camino único de progreso, sin aceptar su responsabilidad en la grave crisis socio-ambiental global . De hecho, hasta parte del Sur no asume el reto ambiental al acusar al Norte de impedirle alcanzar el “desarrollo” (inspirado en el mismo estilo de vida del Norte).

Casi siete décadas después de que la noción de “desarrollo” [1] se extendiera por todo el mundo, la verdad más bien parece indicar que el mundo vive un “mal desarrollo” . Dentro de ese “mal desarrollo” están inclusive los países llamados industrializados o “desarrollados”. Es paradójico, pero el discurso del “desarrollo” en términos vitales solo lleva a la consolidación de la crisis sistémica actual.

Dicha crisis no es coyuntural ni manejable desde la institucionaliad existente. Es histórica y estructural, y exige una profunda reorganización de las relaciones tanto dentro, como entre las sociedades de todo el mundo, como también entre la Humanidad y el resto de la “Naturaleza”, de la cual formamos parte. Y eso implica, evidentemente, una reconstrucción institucional a escala mundial, algo inviable desde las actuales instituciones de alcance planetario e inclusive desde los estrechos márgenes estatales.

Tal como sintetiza el libro Pluriverso – Diccionaro del Postdesarrollo [2], nuestra lección más importante como Humanidad es reencontrarnos con la Madre Tierra para garantizar una vida digna para todos los seres (humanos y no humanos). En todas partes, cada vez más personas buscan satisfacer sus necesidades afirmando los derechos y la dignidad de la Tierra . Esas búsquedas responden al colapso ecológico, al acaparamiento de tierras, a las guerras destadas para controlar las reservas petroleras y mineras, así como a otros extractivismos (agroindustria, plantaciones agroexportadoras, incluso con cultivos genéticamente modificados) que casi siempre destruyen los medios de vida rurales y generan pobreza urbana. A veces, el “progreso” occidental se vuelve el principal causante de que nuestro mundo esté enfermo de opulencia, alienación y desarraigo. Ante ello, los movimientos de resistencia popular se encuentran extendidos en todos los continentes.

A medida que la globalización del capital desestabiliza las economías regionales y nacionales, dejando a su paso poblaciones enteras de refugiados -incluso dentro de sus propios países-, algunos sectores de la población afrontan la situación identificándose con el poder machista de la derecha política, con su promesa de “quitar empleo” a los migrantes, artificialmente señalados muchas veces como causantes de las crisis... A menudo, las clases trabajadoras inseguras también adoptan tal postura. El resultado es una peligrosa derivación global hacia el autoritarismo.

Por su parte, la -privilegiada- tecnocracia promueve el neoliberalismo con ilusiones de democracia representativa y trayectoria de innovación para el crecimiento perpetuo. Algo perverso, pues denota que hasta la diferencia derecha-izquierda ortodoxa es difusa en cuanto a modernización y progreso. Además, cada una se basa en valores eurocéntricos y machistas.

Karl Marx nos recordó que, cuando una nueva sociedad nace desde adentro de la vieja, esta arrastra muchos defectos del sistema antiguo. Más tarde, Antonio Gramsci observaría: “La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer; en este interregno aparece una gran variedad de síntomas morbosos.” Lo notable es que ahora -algo no anticipado por estos intelectuales europeos- las alternativas emergen sobre todo desde los márgenes políticos de ambas periferias del capitalismo, tanto desde su periferia colonial como de su periferia doméstica . Basta anotar los esfuerzos de los grupos decrecentistas que avanzan desde la academia a la configuración de un vigoroso movimiento social .

Por cierto, el análisis desde Marx es necesario, pero no basta; debe complementarse por otras propuestas, incluidas las que emana del Sur global como las perspectivas del sumak kawsay o Buen Vivir, del eco-svarag, del ubuntu, del comunitarismo; incluyendo las versiones críticamente reflexivas de las principales religiones y, por supuesto, los aportes de la convivialidad de Ivan Illich para construir una sociedad que permita a todos sus miembros la acción más autónoma y creativa posible, usando herramientas controlables por ellos mismos. En una transición como ésta, crítica y acción requieren nuevas narrativas imaginativas, combinadas con soluciones materiales prácticas. Tejer resistencias y sumar proyectos alternativas potenciará el tránsito por senderos pluriversales.

Ya no podemos hacer lo mismo, aunque lo hagamos mejor. Ya no podemos confiar en crear “corporaciones más responsables” o “burocracias reguladoras eficientes”; ni siquiera basta con reconocer la ciudadanía plena para los “de color”, “viejos”, “discapacitados”, “mujeres” o “queer” dentro del pluralismo liberal. Del mismo modo, no bastan los parches “prístinos” de la Naturaleza, de poco efecto sobre el colapso de la biodiversidad. Ninguna opción basta si no se ataca el corazón de la crisis sistémica mundial: el capitalismo y sus ansías infinitas de poder expresadas en una acumulación depredadora tanto de la vida humana como de las demás formas de vida.

En aquellos esfuerzos parciales que no cuestionan al capital, el fantasma del “desarrollo” se reencarna de infinitas maneras, pues los remedios de corto plazo desde el poder solo sostienen el statu quo Norte-Sur, el patriarcado, la colonialidad y el divorcio Humanidad-Naturaleza. Por supuesto, incluso las mejores intenciones –carentes de horizontes postcapitalistas- pueden llevar, sin quererlo, a soluciones superficiales, falsas y hasta agravantes de los problemas globales. Eso sí, es difícil distinguir las iniciativas “convencionales”, “falsas” o “superficiales” de aquellas “transformadoras radicales”. Además, en el proceso de transición muchas propuestas hoy innovadoras irán perdiendo su vigencia en el camino. Pero justamente tendremos que aceptar esta dialéctica en donde hasta las propuestas más potentes deberán reemplazarse por propuestas superiores, aunque la superación no provenga desde nuestra cosmovisión.

Aquí caben las palabras del notable sociólogo alicantino José María Tortosa en su libro “Maldesarrollo y malvivir – pobreza y violencia a escala mundial” (2011):
“La tarea es enorme y, precisamente por ello, no hay por qué hacerle ascos a compañeros de viaje, compañeros de marcha que no compartan otras variables. Los ateos podrían trabajar con los agnósticos y los creyentes, los budistas con los cristianos, los católicos con los protestantes. Los que pueden tener motivaciones para alterar el funcionamiento del sistema las tienen originadas en religiones o en ideologías bien concretas y comparten una cierta idea de la justicia aunque no compartan la cosmovisión. No importa. De lo que se trata desde esta perspectiva es ponerse a marcar el paso en una misma dirección: la de una sociedad más justa y, por tanto, menos empobrecida y violenta. La acumulación de pequeñas reformas podría ser, entonces, revolucionaria. Por eso ninguna de éstas tiene que ser despreciada si, unidas a las demás, puede producir el salto cualitativo: aislada puede tener sentido, ligada a las demás lo puede tener con mucha más razón ya que ya no sólo se tratará de afrontar necesidades locales sino que puede coadyuvar en el cambio de las reglas del juego.”

Impulsando el cambio del juego mismo, cabría anotar.

Las alternativas transformadoras -como sinetizan más de cien aportes en el libro mencionado- difieren de las “soluciones convencionales” de varias maneras. Como se resume en la introducción de dicho libro, primero, idealmente van a las raíces de al menos un problema. Segundo, cuestionan las características centrales del discurso del “desarrollo”: crecimiento económico, retórica del progreso, racionalidad instrumental, mercados, universalidad, antropocentrismo, sexismo, etcétera. Tercero, abarcan una ética radicalmente diferente a la del sistema actual, reflejando valores basados en una lógica relacional; un mundo donde todo está interconectado; y con sociedades que abarcan valores como: diversidad y pluriversalidad; autonomía y autosuficiencia; solidaridad y reciprocidad; bienes comunes y ética colectiva; unidad con la Naturaleza y sus derechos; interdependencia; simplicidad y suficiencia; inclusión y dignidad; justicia y equidad; sin jerarquía; dignidad del trabajo; derechos y responsabilidades; sostenibilidad ecológica; no violencia y paz. Cuarto, a medida que avanzamos, la agencia política pertenecerá a los marginados, explotados y oprimidos. Y, quinto, la transformación debe integrar y movilizar múltiples dimensiones: política, económica, social, cultural, ética, espirituales, aunque no necesariamente de golpe. Hay varios caminos hacia una socio-bio-civilización, donde el único centro sea la vida misma.

Muchas cosmovisiones y prácticas radicales hacen ya visible al pluriverso. La noción de pluriverso cuestiona a la “universalidad” propia de la modernidad eurocéntrica. Como dirían los zapatistas de Chiapas, el pluriverso representa “un mundo donde caben muchos mundos”: un mundo en donde todos los mundos conviven con respeto y dignidad, sin que ninguno viva a costa de otros. Esta es la definición más sucinta y adecuada del pluriverso.

El camino es largo para que la multiplicidad de mundos se vuelva totalmente complementaria, pero ya hemos tomado rumbo: los movimientos por la justicia y la ecología encuentran cada vez más puntos comunes. Igualmente, las luchas políticas de mujeres, indígenas, campesinos, así como de pobladores urbanos a lo largo y ancho del planeta, están convergiendo.

Si bien las transiciones son complejas y no completamente radicales, son “alternativas” si al menos tienen potencial para la transformación sistémica. Dada la diversidad de visiones imaginativas, permanece abierta la creación de sinergias entre ellas. Habrá reveses; unas estrategias se desvanecerán otras será cooptadas por el poder del capital, y otras surgirán. Las diferencias, tensiones e incluso contradicciones existirán, pero esa es la esencia misma de un intercambio constructivo. Intercambio en donde todas las visiones tienen un espacio para expresarse e intercambiar experiencias, críticas y sobre todo sueños.

Los caminos hacia el pluriverso –sustentados en las reflexiones del post-desarrollo y la post-economía - son múltiples, abiertos y están en continua evolución. Una evolución que demanda siempre más democracia, nunca menos; más libertad, nunca menos; más vida, nunca menos.

Notas:
[1] Para comprender este proceso de discusiones múltiples se recomienda el libro de Koldo Unceta: “Desarrollo, postcrecimiento y Buen Vivir”, Abya-Yala, 2014 .
[2] Editado por Ashish Kothari, Ariel Salleh, Arturo Escobar, Federico Demaria, Alberto Acosta; con su primera edición en la India (estará publicado en octubre del 2018). Este artìculo se inspira en la introducción de ese libro, que sirvió de base para el texto publicado en la Revista Ecuador Debate 103 del CAAP (2018): “Encontrando senderos pluriversales”, de los mismos autores . La idea de armar tal compilación fue discutida por primera vez por Alberto Acosta, Ashish Kothari y Federico Demaria, en la Cuarta Conferencia Internacional sobre el Decrecimiento en Leipzig, 2014. Un año después, Ariel Salleh y Arturo Escobar se unieron al proyecto y la planificación comenzó en serio. El libro cuenta con 110 entradas, de diferentes temáticas, como aportes de 120 autores y autoras de todos los continentes.

*Alberto Acosta, economista ecuatoriano. Profesor universitario. Exministro de Energía y Minas. Expresidente de la Asamblea Constituyente. Excandidato a la Presidencia de la República.
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