“Es opinión muy extendida en algunos ambientes (y esta difusión es un signo de la estatura política y cultural de dichos ambientes) que en el arte político es esencial mentir, saber ocultar astutamente las propias opiniones, los verdaderos fines a que se tiende, saber hacer creer lo contrario de lo que se requiere realmente, etcétera. La opinión está tan arraigada y extendida que nadie cree que se diga la verdad. […] En política se podrá hablar de reserva, no de mentira en el sentido mezquino que muchos piensan, en la política de masas decir la verdad es una necesidad política precisamente.”
Antonio Gramsci.
Parece que en México todo se conjunta para hacer vigente la idea de Karl Marx de que la historia se repite pero en clave de farsa. El poder en México se formó de manera autoritaria, monárquica, en el virreinato de la Nueva España, y caudillista, en el siglo XIX y principios del XX hasta construir el presidencialismo priista: esta estructura ha sido descrita por Rhina Roux como “El príncipe mexicano”, apoyada en la lectura de Adolfo Gilly, Antonio Gramsci, Karl Marx y Maquiavelo. El príncipe, que el florentino trataba de invocar para unificar a Italia, es leído por Antonio Gramsci como colectivo: el partido como príncipe moderno; pero en el caso mexicano, por su pasado colonial y las características de su fragmentación y la enconada guerra intestina de sus elites criollas y mestizas (decantadas en liberales y conservadores), división que ocasionó guerras e incluso la debilidad ante invasiones extranjeras, la pérdida de territorio ante los Estados Unidos, esta fragmentación y casi balcanización se resolvió con un Estado –príncipe que unificó a las elites, y en buena medida las generó, con iniciativas como la Reforma (destinadas a generar un burguesía mexicana), bajo el mando de un solo hombre: el presidente (y su partido), en un proceso largo que inicia con Juárez y se consolida hasta Lázaro Cárdenas, dando origen a una especie de “monarquía sexenal” no hereditaria pero sí transferible entre los elegibles de un único partido. (Sintomático que dos de los líderes carismáticos que desafiaron esa sucesión hayan salido del mismo partido: PRI).
En el siglo XX y lo que va del siglo XXI, el embate del neoliberalismo (ese oscuro y variopinto proceso que va de Hayek y Friedman a Pinochet, las dictaduras militares del Cono Sur y a Reagan y Tatcher) que obligó a cambios como las reformas estructurales, el TLCAN (hoy mero TLC), la autonomía del Banco de México y las libertades al capital financiero, llevó al poder a los tecnócratas priistas: Salinas, Colosio, Zedillo, Ruiz Massieu, Pedro Aspe, Camacho Solís y Marcelo Ebrard… ese desmantelamiento del estado de bienestar a la mexicana desestabilizó al Príncipe en sus bases (acuerdos de equilibrio como la no reelección, el ejido, el petróleo nacionalizado, separación Iglesia-Estado), se necesitaba un relevo y lo dieron desde arriba con dos sexenios panistas, el de Vicente Fox, llevado al poder por el voto masivo y equivocado de un electorado que lo confundió con el cambio democrático, y el impuesto, incluso mediante la militarización, de Felipe Calderón. Parecía que el PRI se recuperaba con Peña Nieto, pero su legitimidad fue nula desde su llegada al poder. Y el regreso del PRI fue en clave de farsa: no se cumplió la expectativa (de algunos) de pacificación y ni siquiera una caricatura del “estado de bienestar”.
Tras dos sexenios de terror de Estado represivo, con más de 37 mil desaparecidos, según cifra oficial, más las dos o tres centenas de miles de asesinados y las centenas de miles de víctimas más que son sus deudos o quienes buscan a sus desaparecidos, los partidos que operaron las reformas y el terror de Estado estaban totalmente inutilizados para gobernar: las fallidas candidaturas de la Calderona, Anaya, Meade y el Bronco no fueron sino el reflejo del desgaste.
El México de abajo, que ha padecido la represión siempre, pero que particularmente estos sexenios de terror puso los muertos, los desaparecidos, los presos, los desplazados, las mujeres víctimas de feminicidio, no tenía ni la organización (propia, autónoma, de clase, con proyecto no neoliberal). Así que, con más de 30 millones de votos, apostó al voto de castigo contra sus verdugos y, en un sector, a la esperanza de un respiro.
Había un empate negativo entre la burguesía, que había vaciado sus recursos políticos en la contrarrevolución de dos sexenios (o más si se cuentan desde 1982) y un proletariado y un México de abajo desarticulados por la represión y la carencia de un proyecto de clase.
El proyecto de AMLO parece una parodia o caricatura del estado de bienestar, a pesar de usar a Juárez, Madero y Lázaro Cárdenas como promesa de regreso a las “glorias pasadas”, no puede ofrecer derechos y garantías sociales como el estado de bienestar sino dádivas y becas o “apoyos” a los “vulnerables”; no impulsará tanto el laicismo como la consulta popular sobre los derechos de las mujeres (interrupción legal de embarazo, entre ellos); no ha llamado a deponer al régimen, sino que le ofrece una salida conciliada e impune, no re-expropiará ni el petróleo ni ningún otro bien ni echará abajo las reformas estructurales económicas, solamente revisará contratos para “evitar corrupción”: la caricatura de las transformaciones impulsada por un gobierno restaurador (del paraíso de las inversiones, según el jefe de… gabinete, Alfonso Romo). La historia se repite, pero en clave de farsa.
En circunstancias como éstas, descritas y narradas por Karl Marx en el 18 Brumario de Luis Bonaparte, donde explica cómo una situación semejante: burguesía dividida e impotente para ejercer el poder político, proletariado en reflujo por represiones y derrotas pasadas, elecciones con un líder carismático (sobrino de Napoleón Bonaparte, quien abandera las esperanzas de revivir “glorias pasadas”) llevan al encumbramiento de Luis Bonaparte primero por un golpe de estado “legítimo” (los legisladores acababan de abolir el sufragio universal, para evitar la reelección de Luis Napoleón, que había llegado al poder por los sufragios) y luego refrendado por el arrastre del líder carismático en un plebiscito, para llegar a ser el líder, hombre providencial, a cuyos brazos terminó arrojándose la burguesía (que originalmente no lo quería). Luis Bonaparte terminó siendo un gobierno de restauración, despótico, represivo, protector de los intereses de la burguesía y el capital.
Engels resumió el concepto que sintetiza la explicación de Marx con el término “bonapartismo” y otros autores, como el mismo Engels, Lenin y Trotsky, lo usaron para explicar eventos históricos análogos en Alemania y Rusia (Bismarck y Kerensky). En nuestro contexto, algunos autores lo han usado para explicar fenómenos latinoamericanos.
El equilibrio entre burguesía y clases subalternas no es positivo, no es que ambas tengan gran fuerza y empaten, sino negativo: ni una ni otra puede gobernar, ese vacío lo llena un líder carismático (o un grupo, pero normalmente con la presencia de un líder carismático).
Así describe Antonio Gramsci el bonapartismo: «Demagogia» quiere decir muchas cosas: en sentido peyorativo significa utilizar a las masas populares, sus pasiones sabiamente excitadas y alimentadas, para los propios fines particulares, para las pequeñas ambiciones propias (el parlamentarismo y el eleccionismo ofrecen terreno propicio para esta forma particular de demagogia, que culmina en el cesarismo y el bonapartismo con sus regímenes plebiscitarios). […] El «demagogo» en sentido peyorativo se presenta como insustituible, crea el desierto a su alrededor, destruye y elimina sistemáticamente los posibles concurrentes, quiere entrar en relación con las masas directamente (plebiscito, etc.), gran oratoria, efectos teatrales, aparato coreográfico fantasmagórico, se trata de lo que Michels ha llamado el «jefe carismático».)” (Gramsci, La política y el Estado moderno).
Me parece que a la idea de un equilibrio negativo de fuerzas entre una burguesía o elite opresora dividida y desgastada y deslegitimada y un pueblo que ha padecido la represión y está desarticulado para actuar como clase, hay que añadir la capacidad del capital (tanto “nacional” como internacional) de homeostasis: su habilidad para asimilar al demagogo y volverlo inocuo para todo cambio que afecte al sistema, recuperando el equilibrio favorable al capital (explotación, despojo, represión) y permitiéndole al hombre providencial desplantes demagógicos cosméticos (humildad teatral, “combate a la corrupción”). El vacío de la clase política tradicional es llenado por un elemento que se presenta como “externo”. En México hubo un primer intento fallido con Fox. Me parece que hoy enfrentamos un intento más exitoso y resistente al desgaste que el de Fox, el de López Obrador. Incluso, probablemente, hay un caso similar en Estados Unidos con Donald Trump. La burguesía prefiere soportar incluso a un tirano que enfrentar la ira popular directamente. Además, Trump surge ante el desgaste de la clase tradicional que llegó al extremo con la desilusión provocada por Barak Obama.
En el caso mexicano, hay más elementos quizá para entender como bonapartismo el ascenso espectacular del líder carismático. En todo caso, no parece tratarse de un bonapartismo progresivo: la continuidad del modelo económico neoliberal y aun su profundización con megaproyectos que ya eran parte de los planes de los anteriores gobiernos del PRI y el PAN, le dan un carácter regresivo y restaurador.
Es semejante al rápido cambio de manos descrito así por Antonio Gramsci: “En el mundo moderno, sólo una acción histórico política inmediata e inminente, caracterizada por la necesidad de un procedimiento rápido y fulminante, puede encarnarse en un individuo concreto; la rapidez sólo puede llegar a ser necesaria ante un gran peligro inminente, un gran peligro que caldea de modo fulminante las pasiones y el fanatismo, aniquilando el sentido crítico y la corrosividad irónica que pueden llegar a destruir el carácter «carismático» del condottiero (…). Pero una acción inmediata de este tipo, por su misma naturaleza, no puede tener un vasto alcance y un carácter orgánico, será casi siempre del tipo de la restauración y de la reorganización y no del tipo de la fundación de nuevos estados y de nuevas estructuras nacionales y sociales (…)”.
El peligro que temía el electorado era la continuidad del régimen del terror; el peligro para la burguesía era ver fracasar la continuidad de su proyecto neoliberal ante un pueblo airado y una clase política deslegitimada: el líder carismático ofreció a ambos una salida inmediata no cruenta, pero también sin compromisos de cambios de fondo.
Además de Gramsci (La política y el Estado Moderno), es pertinente leer desde luego directamente e Karl Marx en su 18 Brumario de Luis Bonaparte. Igualmente puede verse el texto de David Torres Mejía, Notas sobre el bonapartismo, disponible en pdf gratuito. Para entender cómo se pueden usar los mecanismos de la república para un gobierno autoritario (en un espectro que puede ir de Echeverría a Franco) es muy atinente la lectura del Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu. Y desde luego, de Rhina Roux, El príncipe mexicano.
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