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26 de octubre de 2016

Ghetto librettos: un análisis del cómic populachero mexicano.

Por: Ricardo Vigueras Fernández (El Pobresor Gafapasta) / Tras las turquesas cortinas.


Cualquiera que haya buscado en México cómics autóctonos sabe que los más vendidos son estos pequeños tebeos de alrededor de cien páginas. Son cómics de calidad variable, una calidad que oscila entre lo absolutamente despreciable (malos dibujos, peores guiones) hasta lo relativamente apreciable (dibujos resueltos con velocidad, talento y fuerza; guiones llenos de chispa y de sátira social). En general, son despreciados por puritanos e intelectuales, pero son el maná cultural del “naco” (en México, ignorante de clase baja) y venden millones de ejemplares a la semana.


Yo los llamo “sensacionales” porque las series que he leído y que más gracia me han hecho eran las llamadas Sensacional: Sensacional de Mercados, Sensacional de Traileros, etc. En Estados Unidos, Daniel K. Raeburn propone el apelativo de “ghetto librettos”: los libritos del ghetto. El ghetto, todo hay que decirlo, es hoy día cerca de la mitad de los más de cien millones de mexicanos que, supuestamente, continúan viviendo en México.


Hubo un tiempo, ya lejano y olvidado por las nuevas generaciones, en que México era, después de Estados Unidos, el gran país productor de una cultura popular de América que exportaba cine y cómics al resto del continente. La historia del cómic mexicano es apasionante, pero ardua y prolija, y lo que es peor de todo: difícil de documentar. Hoy, gracias a los blogs, es posible comentar Adelita y Juan sin Miedo, Rolando Rabioso, Los Pardaillán o Chanoc. Gente de todas partes de América comparte digitalmente estos viejos tesoros de una cultura pintoresca y gentil hoy desaparecida. Si los tebeos representan el inconsciente colectivo de los pueblos, los ghetto librettos alumbran un inconsciente verdaderamente turbio.


Sexo, machismo, suciedad, violencia, albur (juegos de palabras), los sensacionales no respetan jerarquías ni ideología ninguna: todo es destruido en ellos, porque para el pueblo todo es absolutamente despreciable en un país secuestrado donde políticos y narcotraficantes juegan a la destrucción de la nación: los primeros con dados cargados sobre una población impotente; los segundos, jugando al juego del boliche humano con cabezas cortadas. Un ejemplo del éxito de estos cómics: el famoso Libro vaquero vende 800,000 ejemplares a la semana. Ochocientos mil. Las exportaciones a Estados Unidos son masivas, y entre los fans de esta clase de productos se cuenta, por ejemplo, el ajedrecista loco y genial Bobbie Fischer. Artistas de longeva tradición y prestigio como Sixto Valencia (Memín Pinguín) o Ángel Mora (Chanoc) no tienen más remedio que entrarle a la chamba a destajo (dibujando a veces 240 páginas semanales) para sobrevivir en un mercado autóctono tan popular e incomprensible para el resto del planeta como puede serlo el cine de Bollywood fuera de La India.


Desdeñados por todos, estos tebeos han sido recientemente estudiados y ¿reivindicados? en el último número de la revista norteamericana The Imp, que dedica a estos ghetto librettos un ejemplar de más de cien páginas que a estas alturas ya resulta imprescindible para comprender el fenómeno. Daniel K. Raeburn se ha lanzado como un poseso a comprar cientos, miles de estos cómics para llevar a cabo un estudio que, por su complejidad y calidad, trasciende el puro interés sociológico que podrían tener estos sensacionales para convertirlo en el testimonio de la presencia bárbara entre las ruinas de un imperio artístico y cultural como lo fue el cómic mexicano.


En sus muy documentadas páginas, Raeburn se burla de esos extranjeros que visten al estilo de Oaxaca, bailan salsa o viajan hasta Chiapas para tomarse una foto con los zapatistas. Para ellos es una forma de honrar la cultura pretérita e indígena. Para él, estos cursis romantizan México de una forma que debería avergonzarles, pero al pasar mucho tiempo en los mercados comprando estos tebeos, también Raeburn confiesa romantizar México de alguna manera. Oh, pero esos cursis nunca leerán estas historietas porque no son “mágicas”. Se burla de estos turistas que piensan que México es mágico y místico, cuando la realidad tan compleja de México es terriblemente real y poco tiene de mágico, mucho menos de místico. Para él estos sensacionales reflejan de modo hiperbólico lo que badulaques encorbatados no quieren ver ni reconocer de México, pero conducido hasta extremos delirantes.


Me gustan estos sensacionales, aunque sólo cuento con cuatro o cinco docenas de ellos. ¿Dónde está el problema? También en Italia existieron los pornofumetti en los años 70 (Lucifera, Hessa, Biancaneve y Maghella; el delicioso dibujante Leone Frollo...). Las portadas suelen ser magníficas a veces, esto resulta innegable. Los contenidos, muchas veces burbujeantes y pícaros, pero también a veces muy macabros como en la colección Presidio. Los invito a descubrir este subconsciente colectivo descargándose completamente gratis y de forma legal este estudio de la revista The Imp desde su página web. Y háganse un favor: no sólo miren los dibujitos, lean en inglés las más de cien páginas como he hecho yo. La experiencia merece la pena.

2 de octubre de 2014

NICANOR PARRA: 100 AÑOS Y SIGO CHINGANDO

(N. Parra por Ray Genis)
2014 ha sido un año de celebrar a escritores centenarios. En 1914 nacieron Efraín Huerta, Adolfo Bioy Casares (Al cual le debo una entrada, pues es mi escritor argentino favorito, creo, y sólo he subido a mi blog pasado-de-moda-para-los-pendejos-borregos-de-siempre-por-no-ser-twiter-ni-facebook, una foto que tomé de su tumba), José Revueltas, Octavio Paz, Julio Cortazar, entre otros, por mencionar sólo a los habitantes de esta lengua.
Pero entre tanto muertito que estaría cumpliendo 100 años de estar vivo, hay un viejito cabrón que se niega a morirse y está más vivo que nunca: Señoras y señores, vacas y caballos güeros, con ustedes, el rey mendigo de la antipoesía, el candidato eterno y desdeñado al Nobel, el alumno infiel de Huidobro, el chileno Nicanor Parra.
En las últimas fechas, cansado del mundanal ruido, Nicanor se ha escondido de la burocracia literaria -a la que nunca tragó- y de la prensa, y se ha dedicado sobre todo a ponerse hasta el pito con vino, pero también a realizar antipoemas, collages y artefactos visuales:

1 de septiembre de 2013

Para una novela del movimiento social. Crónica oaxaqueña.

Por: Daniel Noemí / El Desconcierto.
Para la Vero, porque sí.
Entre la exuberante vegetación de Oaxaca y el olor a mar de Zipolite, con sus turistas calatos y fumados, las ganas de comer un pescado fresco y unos camarones a la diabla inigualables, me encontré leyendo la última novela de Tryno Maldonado. Así, sin esperarlo, se me ocurrieron algunas ideas que son como de crítica literaria pero que tienen más sueño y más viaje. Lo que sigue son mis notas sobre la novela Teoría de las catástrofes del Tryno y por qué, creo, nos pueden ayudar a pensar sobre un tipo de narrativa y de novela que reflexiona sobre los movimientos sociales y, además, se constituye en parte de ellos.
Todos tenemos nuestras obsesiones. Algunos no podemos vivir sin avisar en Facebook que fuimos al baño o twittear que acabo de ver a fulana con zutano; otros se preocupan de la cantidad exacta de lípidos y calorías que consumen; y hay quienes luchan—esto ya se parece a Brecht— incesantemente por una causa, a tal punto que esta deja de tener sentido en sí y se convierte en otra cosa (en una metáfora dirán algunos). Yo estoy obsesionado con las crónicas. Tryno Maldonado está obsesionado con leones. Y esa es una buena obsesión, al menos en su caso. Porque los leones son un modo de escribir otra obsesión que late todo el tiempo en su escritura: la de la posibilidad de una revolución estética y política (y, digamos desde ya, que ninguna de las dos puede tener éxito total; solo logros parciales y esporádicos).
La primera novela de Maldonado fue un intento por acercarse a y reírse de los escritores del Crack. ¿Qué ellos escriben esas novelas no latinoamericanas situadas en el corazón de Europa en tiempos duros? Viena roja lo hacía liviana (que no es lo mismo que light) y entretenidamente. Como un partido de fútbol que se juega con gracia y con un par de habilidosas jugadas; aunque sin tener en la cancha a Messi o a la selección española.
Temporada de caza para el león negro fue otra cosa. Fue el escritor que de pronto se dio cuenta que su literatura sí era posible y que había un sentido (que es siempre una búsqueda) en ella. Un sentido en la forma, en romperla, en revolucionarla aún sabiendo demasiado bien que no había nada de original en ello, pues se parte de la certeza  que todo ya ha sido hecho. Así y todo, con su boutade neo-vanguardista, su exceso coprolálico y velocidad postmo, Temporada fue un fresco de frescura en y de la realidad literatura latinoamericana.
Pero estábamos hablando de las obsesiones de Maldonado. Los leones. Teoría de las catástrofes está asediado por leones: los de origami de Davendra, el niño con Asperger, un genio; los leones que luchan en el movimiento social oaxaqueño, los leones internos de Anselmo y Mariana; y los más terribles de todos los leones, los que pertenecen a los militares—el personaje del Comandante está a la altura (o a la bajeza debiéramos decir) de otros grande (o bajos) de la literatura: el Marlow de la selva, el abogado a cargo de Lisbeth Salander… Sí, la novela ruge de varios modos; a ratos flaquea y pareciera que se va a quebrar, pero no, como Charly, aguanta.
Teoría  de las catástrofes se inserta en una incipiente corriente de narrativa que no es solo mexicana o latinoamericana, sino que es auténticamente global—lo cual no hace ni más ni menos de ella, pero da cuenta de una realidad de procesos económicos y culturales y sociales de los últimos años. Teoría es una novela de movimiento social. Prefiero el uso del singular, a pesar que la categoría no se refiera a un movimiento en particular (aunque evidentemente la novela, cada novela, suela hacerlo); pues el carácter abstracto nos permite lograr un mayor alcance, una mayor apertura.. Así como en la historia latinoamericana se ha hablado de la novela de la Revolución (mexicana); de la novela del Dictador (latinoamericano con algunas concesiones españolas); nos corresponde ahora declarar y describir esta imaginación que está adquiriendo literal (y virtual) textualidad de Oaxaca a Freirina, de Algeciras a Estambul, y de Cochabamba a Donde-el-diablo-perdió el poncho; la novela de movimiento social no se afilia (ni afila) a una posición política determinada ni profesa una línea estética única (aunque sus armas suelen tender al realismo). No es, para nada, apologética de este (repito: cuando digo uno quiero decir múltiples); pero, quizás sin pretenderlo, pasa a conformar parte del mismo; con todas sus contradicciones y aporías contribuye a él.  No me corresponde aquí trazar una genealogía de la novela de movimiento social o intentar una caracterización  más detallada o advertir qué novelas ya forman parte de esta velocidad de nuestros tiempos). Teoría de las catástrofes es la historia de un levantamiento de maestros en la ciudad de Oaxaca quienes apoyados por diversos sectores sociales y grupos de variadas posturas políticas, pone por un momento en jaque el funcionamiento normal del Estado. Como graffitean unos de los personajes: Aquí comienza la revolución. Es la narración de ese momento, de sus triunfos parciales y sus derrotas momentáneas. Toda relación y correspondencia con la realidad no es una casualidad; la novela está dedicada a quienes lo vivieron. Y es también la historia de Anselmo y Mariana; profesores no sindicalizados, de su paulatino (en un caso), involuntario (en el otro) involucramiento con el movimiento. Y de los personajes que los rodean.  Guerrilleros que han devenido cocineros pero siguen cocinando con el revólver; chicos fresas que reniegan de sus familias y pagan el precio que toda apuesta radical conlleva… Sí, es verdad que hay algo de estereotipos en estos personajes. El pasaje en que Anselmo se convierte en un Casanova de ocasión, es risible y poco verosímil. El narrador, como jugador bueno para la pelota, se engolosina en las escenas de acción. Demasiada acción mata la acción.  Pero hay mucho que contrarresta esas faltas. Como dicho el Comandante resulta sobrecogedor y aterrador: breve mínimo, preciso, sus movimientos y palabras parecen dirigirse al mismo lugar pero en realidad están yendo en direcciones opuestas, apuntando a universos distintos. Y los leones. Devendra construye obsesivamente leones de origami y se rodea de todo lo que tenga que ver con leones. ¿Metáfora de la revolución fracasando? ¿De la incapacidad de comunicarse? ¿de la fuerza solo aparente del movimiento, que parece león pero que en realidad no es más que papel…? ¿O más bien una reflexión sobre los literales dobleces y quiebres que tiene la palabra para hablar del presente y contribuir a construir, así, el futuro?
La lucha, escribe Maldonado sin escribirlo, continúa. Los leones están ahí, los leones somos nosotros.
Miro el mar de Oaxaca. Miro las olas. Sí, se escucha clarito: rugen.

13 de marzo de 2013

Ovejas negras




Presentación del libro “Ovejas Negras. Rebeldes de la iglesia mexicana del siglo XXI”
de Emiliano Ruiz Parra (Océano, México DF, 2012)

Christopher Sykes, en su libro “Black Sheeps” (Viking Press, 1983) señala que en Inglaterra, durante los siglos XVIII y XIX, las ovejas color negro eran consideradas como ovejas marcadas por el diablo. Lo cierto es que la oveja negra, que ocasionalmente nacía en un hato de ovejas blancas por predominio de los llamados genes recesivos, tenía el problema de que su cotización en el mercado era mucho más baja que aquella de las ovejas blancas. La denominación “ovejas negras”, pues, tiene ya desde su origen una cierta connotación negativa. Es a partir de este origen que se ha derivado el modismo que califica con este nombre a miembros de un grupo que se caracterizan por su singularidad o diferencia con el resto. Esta diferencia suele ser vista con recelo, como bien afirma la Wikipedia: “(El término) deriva de la presencia indeseable y poco común de individuos de lana negra en rebaños de ovejas blancas, lo cual no era bueno para el criador ya que la lana de dichas ovejas no era cotizada en el mercado”. Cuando el término se aplica a grupos humanos, regularmente, como es el caso de la obra que ahora comentamos, el modismo “ovejas negras” tiene connotaciones de disidencia, de rebeldía.

Emiliano Ruiz Parra optó por este término para titular el libro en el que nos comparte las semblanzas de algunos de los varones católicos más emblemáticos de nuestros tiempos, sea por su posición disidente frente al tratamiento que la iglesia jerárquica da a algunos temas, sea por el riesgo, para su prestigio y para su vida, que ha conllevado dicha posición disidente.

A mí me gusta la disidencia. Me parece un signo de buena salud. Una de las discusiones más candentes entre las personas que aspiran a construir sociedades más democráticas, es la discusión acerca del pensamiento único o, como es llamado en otras partes, pensamiento fuerte. James Scott define el pensamiento único y su contraparte, la insubordinación o disidencia, cuando afirma: “Las instituciones cuya identidad depende de una doctrina necesitan que la unanimidad se exprese públicamente, aunque la sinceridad de estas expresiones les preocupa poco. La duda personal o el cinismo introvertido son importantes, pero representan algo muy distinto de la duda pública y el rechazo abierto a una institución. La negativa abierta a cumplir con una puesta en escena hegemónica es, por tanto, una forma especialmente peligrosa de insubordinación... y un acto único de insubordinación pública exitosa perfora la superficie uniforme del aparente consenso...”

De ahí que el rescate de las figuras de estos disidentes que pueblan el libro de Emiliano sea tan importante. Se trata, ni más ni menos, de mostrar con estos testimonios que la iglesia católica es una casa muy amplia, donde caben pensamientos muy diversos, y que mal haríamos con identificar a la pluralidad de la iglesia con el modelo de pensamiento único propugnado por algunas de sus autoridades. Se trata de disidentes públicos, de esos que, al decir de James Scott, “perforan la superficie uniforme del aparente consenso”.

La disidencia en la iglesia tiene mucho de amor y de resistencia. Brota, sí, de la constatación cada vez más palpable de un modelo de organización que ha terminado por alejarse de su origen. Jesús de Nazaret, el rabino itinerante de pies descalzos que, en la Palestina del siglo I apareció anunciando la irrupción del Reino de Dios y que construyó un movimiento alternativo que se distinguió por la igualdad y la fraternidad horizontal entre todos sus miembros y miembras, no parece tener gran cosa que ver con una iglesia en la que su autoridad máxima es un Jefe de Estado, los asuntos vitales para todos son decididos por una gerontocracia masculina y célibe y las mujeres son ciudadanas de tercera clase.

Pero la disidencia no se autoexcluye. Se siente parte de una familia de siglos que la sobrepasa. La disidencia de hoy es pariente de aquella del siglo XIII con Francisco de Asís, de la disidencia del siglo XVI con Giordano Bruno, o aquella, por femenina aún más audaz, de Teresa de Jesús. Por eso la disidencia católica se asemeja mucho a una fotografía que, en tiempo de las pasadas elecciones, circuló profusamente por la red: se trata de la foto de una casa de clase media que tiene en su fachada una lona grande de propaganda del PRI. La lona reza: “En esta familia, todos somos del PRI y estamos con Peña Nieto”. Junto a la lona, en una cartulina hecha a mano, aparece la leyenda del disidente de la familia. La cartulina contiene la frase simple, pero revolucionaria: “No todos”. Hay en la frase disidente un reconocimiento implícito: efectivamente, yo también soy parte de esta familia, pero no por ello tengo que pensar todo como lo piensa el resto. Siempre he sostenido que una de las mayores victorias de la civilización puede palparse cuando un ciudadano o ciudadana de a pie, común y corriente, sin pretender representar a ‘las mayorías’ y sin ostentar más autoridad que la de su propia palabra, se levanta y dice la frase clave: ‘no estoy de acuerdo’ y argumenta su disenso.

Son cuatro los capítulos en que Emiliano Ruiz Parra presenta a sus ovejas negras: Los Precursores, que incluye a Don Sergio y a J-Tatic Samuel; Los Dolientes, donde se enlista a Javier Sicilia, el Padre Solalinde y Pedro Pantoja; Los Defensores, capítulo en el que se presenta al obispo Raúl Vera y al cura obrero Carlos Rodríguez, y, finalmente, Los Disidentes Sexuales, que presenta al tenaz Dr. José Barba y una somera recolección de personas y posiciones titulada “Sacerdotes Casados y Mujeres en el Púlpito”, la sección más floja del libro, puesta, me parece, más bajo la presión de no soslayar esta temática en el libro, pero que resulta poco representativa de las discusiones y testimonios que se dan actualmente en la iglesia en este conflictivo ámbito y que tendría que haber contemplado a personajes como James Alison, el teólogo dominico, Roberto Coogan, el capellán de la pastoral de la diversidad sexual saltillense o a las siempre combativas Católicas por el Derecho a Decidir.

El libro me ha gustado. Me ha gustado su incorrección política. En un tiempo en que lo que vende es la descarnada exhibición de las bajezas cometidas por algunos ministros ordenados, un libro que rescata para la memoria colectiva las apasionantes vidas de cristianos y cristianas comprometidos con causas concordantes con el evangelio de Jesús no puede menos que agradecerse. Por muchas razones este libro es una buena noticia. Lo es, sí, por el prisma plural desde el cual se retrata la disidencia (tres obispos, tres presbíteros y dos laicos, de distintas procedencias y ámbitos diversos de testimonio e influencia), pero lo es también porque los personajes retratados aparecen todos como fascinados por la figura de Jesús de Nazaret. Si uno se pregunta si, en el marco de esta iglesia absolutista, desigual y patriarcal en la que vivimos, persiste como realidad viviente la utopía del evangelio, este libro le dará una respuesta positiva. El impacto de Jesús y de su testimonio, dos milenios después, sigue fascinando personas, alimentando vidas e impulsando proyectos de humanización. Y sobrevive a despecho de una institución que, más preocupada por sí misma y por sus privilegios que por el anuncio del Reino de Dios y la consecuente transformación del mundo, se ha convertido para muchos en un obstáculo para la aceptación del evangelio. Es quizá esta oscuridad generalizada la que hace que estos testimonios luminosos brillen de especial manera.

No se piense, sin embargo, que el libro de Ruiz Parra pertenece al género de las hagiografías. No se trata de una edición actualizada de aquella literatura que llenó nuestra infancia y que llevaba el nombre de “Vidas Ejemplares”. Las Ovejas Negras de Emiliano Ruiz Parra no son objeto de culto ni pretende el autor, como sí se hiciera de manera vergonzosa con el pederasta fundador de la Legión de Cristo, proponerlos como “colmados de los dones del Espíritu Santo” o “guías eficaces de la juventud”. No. Los personajes del libro son de carne y hueso, cruzados por un sinnúmero de contradicciones, sumergidos en esta vorágine de acontecimientos que llamamos historia, tan plena de ambigüedades. Las personas retratadas en este ensayo son, desde mi perspectiva, discípulos de Jesús. Hacen honor a una de las relaciones dialécticas que el autor esboza en su introducción: “entre el pasado (la interpretación de los evangelios) y el presente (la militancia por la justicia social y la libertad) de los protagonistas de este libro: el evangelio se lee a la luz de las urgencias políticas y morales de nuestra hora y con las herramientas científicas de nuestro tiempo; la narrativa revisada de ese pasado, a su vez, se convierte en inspiración de la acción militante en el presente concreto”. Es eso lo que los hace religiosa y políticamente peligrosos. Discípulos de Jesús: nada más, pero nada menos.

Alguna vez, el subcomandante Marcos, mientras peregrinaba por la geografía nacional, dijo lo siguiente con su peculiar prosa: “Hay de iglesias a iglesias… Hay, es cierto, la Iglesia que heredó la soberbia, la estupidez y la crueldad del conquistador hispano. El alto clero que elige estar del lado del poderoso y encima de los que abajo son el color de la tierra, sin importar el tiempo que marque el calendario. El Onésimo Cepeda que se reproduce en todo el territorio mexicano, con otros nombres, repartiendo bendiciones en los campos de golf, en los restaurantes de lujo, en las soberbias mesas en las que todo abunda, menos la dignidad y la vergüenza… La Iglesia de la opresión y la soberbia. La que, hereje, adora a los dioses del poder y del dinero. La que ora porque la conquista continúe y no se detenga hasta eliminar a los habitantes más primeros de estos cielos. La que es indulgente con el crimen hecho gobierno y empresa, y condena al fuego infernal y terrestre la rebeldía de quienes piden justicia y paz.
Pero también hay, es cierto, otra Iglesia. La que heredó la humildad, la honestidad y la nobleza. El bajo clero que está en la opción por los pobres. La Iglesia que elige estar del lado de los marginados sin importar la festividad religiosa. Los párrocos, monjas, seglares y creyentes que no imponen ni se imponen, que trabajan abajo, hombro con hombro, con quienes hacen parir la tierra, andar las máquinas, caminar los productos. Esta otra Iglesia la forman los equivocados. Porque donde dice “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, ellos leen “amarás a tu prójimo más que a ti mismo”. Y donde dice “bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”, ellos leen “bienaventurados los que se acercan a los pobres, porque con ellos será el reino de justicia en la tierra”. Y donde dice “no robarás”, ellos leen eso: “no robarás”. Y donde dice “no mentirás”, ellos leen “no predicarás la resignación y el conformismo”. En Puebla, y en toda la República Mexicana, esta otra Iglesia camina de la mano de los pueblos indios y con ellos resiste y lucha”.

Esa es la iglesia que queda retratada en Ovejas Negras. Con un talante utópico de tal envergadura, no es extraño que los movimientos de resistencia estén plagados de este tipo de discípulos y discípulas. No serán la mayoría ni ocuparán puestos de relumbre o escaños relevantes en la geografía de las jerarquías de arriba. No pidamos peras al olmo. Tampoco se suele encontrar auténticos revolucionarios en las curules de los diputados y senadores. ¿Cuántos cristianos y cristianas, en cambio, encontramos en trabajos que tienen que ver con el respeto a los derechos humanos de diversos grupos sociales en nuestro país? Miles. Sólo en la Red Nacional de Organismos Civiles “Todos los Derechos para Todas y Todos”, que cuenta con cerca de ochenta organizaciones en el territorio nacional, cerca del 70% son organizaciones con raíces cristianas.

Una cosa nada más tendría que reclamarle al autor: la casi total ausencia de mujeres. Puede comprenderse que en la institución occidental más empapada del espíritu patriarcal no sobresalgan per se mujeres. Pero Cristina Auerbach, Jackie Campbell y Janet Collin-Smith, mencionadas en el libro, hubieran merecido cada una su propio capítulo. Si me preguntaran ahora si en Yucatán existen personas que habrían dignamente ocupado las páginas de este libro, como testimonio de resistencia y rebeldía al interior de la iglesia católica, mi boca y mi corazón se llenarían de nombres de mujeres. Ellas lo saben, porque varias de ellas están aquí presentes. Pero nadie sabe si Ruiz Parra nos entregará, en algún futuro posible, algún libro sobre la presencia rebelde de las mujeres católicas en la iglesia mexicana.

Hay algo de lucha contra el olvido en este libro, porque rescata para la historia el testimonio de personas que, de otra manera, sería difícil que conociéramos. Aunque, hay que reconocerlo, la historia parece a veces no ser otra cosa sino el registro de las mayores disidencias. Quizá una de las pocas alegrías de los estudiosos de las disidencias sea precisamente esa: todo mundo sabe quién fue Giordano Bruno. Muy pocos recuerdan quién era el inquisidor que se le acercó al pie de la hoguera para reconvenirlo y llamarlo al arrepentimiento. A los que ejercen de inquisidores la historia los trata como lo que son, marionetas del poder, sucumbidos al olvido, conocidos únicamente gracias a sus víctimas.

A propósito de Giordano Bruno: Cuentan que el anónimo inquisidor le dijo a Giordano, antes de encender la hoguera: ¿reniegas de las proposiciones heréticas que has sostenido? A lo que Bruno respondió: No. Entonces, le dijo el inquisidor, quedas expulsado de la iglesia militante y de la iglesia triunfante. Giordano Bruno lo enfrentó diciéndole: “¡Espera! De la iglesia militante puedes expulsarme, pero no de la triunfante. No tienes en ello competencia”. Como una vez me dijera María Sarquiz, una mujer íntegra, luchadora contra los prejuicios que circundan al VIH/SIDA: “Yo, con Dios, no tengo ningún problema. Mis problemas son con el personal de tierra”.

Quede pues la invitación a la lectura de Ovejas Negras. Un libro que se disfruta. Lean ustedes el testimonio de estos disidentes. Les aseguro que documentarán su esperanza y fortalecerán su espíritu de resistencia.

17 de julio de 2012

Maximiliano Kolbe y las elecciones

Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx


Sumido todavía en mis reflexiones sobre lo ocurrido a lo largo del proceso electoral que llegó a uno de sus puntos culminantes con la jornada del domingo pasado, emprendí un viaje a Acatzingo, Puebla, para visitar a una entrañable familia amiga y participar con ellos en la celebración de un bautismo. Llevé conmigo, de compañera de viaje, la más reciente novela de Javier Sicilia titulada El fondo de la noche, que me regalara Marthita en la pasada Feria Internacional de la Lectura de Yucatán (FILEY 2012).

Emparentada por el tema con El Diario de Ana Frank y con El hombre en busca de sentido, quizá los libros más conocidos sobre la Shoa, la novela de Sicilia asume en su discurso narrativo los extremos del horror que marcaron el siglo pasado y lo exhibieron como el fracaso civilizatorio que fue. No parte en esta ocasión de la mirada infantil de una niña judía o del discurso reflexivo del psiquiatra iniciador de la logoterapia, sino de la experiencia de Franciszek Gajowniczek, el sargento polaco al que Maximiliano Kolbe salvó de la muerte entregándose para morir en su lugar.

La novela es un acercamiento al dolor y al horror que despierta el misterio del mal. Es, sí, una novela sobre Auschwitz, pero es mucho más que eso. Cuando el poeta morelense revisó la penúltima versión del manuscrito antes de viajar a Filipinas en marzo de 2011, ignoraba que el asesinato de su hijo lo enfrentaría a él mismo con el misterio de iniquidad, el mismo que el novelista describía presente en el campo de concentración y que ahora tocaba a su puerta para arrancarle la vida de su hijo Juanelo.

Esta es quizá la virtud mayor que admiro en una novela y que pone a prueba, desde mi humilde perspectiva de empedernido lector, su calidad y su posibilidad de trascendencia: que sea cual sea el tema de la trama, la hondura de los personajes sirva de reflejo de realidades que podemos constatar en nuestra propia experiencia. Esta cualidad crea una especie de connaturalidad entre la obra y el lector y convierte la narración en algo relevante para quien la lee. Nada peor en una novela que la irrelevancia.

En la novela de Sicilia desfilan los diferentes rostros del mal, desde el cabo Krott, renegado polaco al servicio de las fuerzas nazis, que llevaba el corazón lleno de “un odio natural, como de perro a perro”, hasta el coronel Fritsch, que con crueldad inusitada, decretó que el precio por un intento de escapatoria del Lager era la muerte por inanición de diez detenidos, pasando por el kapo Jan Claussner, sacerdote polaco que asumiera el trabajo sucio de los nazis para sobrevivir y que espetara al rostro de Kolbe: “he tomado el partido de la traición”.

No es una narración en blanco y negro. El misterio del mal, en todos los tiempos, está lleno de grises. No se trata de dividir el mundo en buenos y malos, sino de apreciar cómo podemos ser sobrepasados por la iniquidad y, en medio de su profunda oscuridad, descubrir el rayo de luz que arroja, inútilmente según los criterios de este mundo pero con efectos salvadores si se ve desde la mirada de quien, aferrado al pequeño trozo de fe que puede conservarse en medio de un mal que alcanza a corroer desde dentro todas las estructuras de la convivencia y de la personalidad misma de los convivientes, el rayo de luz que arroja, repito, la convicción de concebir la vida como un don para entregarse en favor de otras personas. Es quizá la más genuina enseñanza del cristianismo.

Me alegra haber llegado a la novela de Sicilia en el marco del proceso electoral que hemos vivido recientemente. No es, desde luego, la más honda experiencia de iniquidad que se da en nuestra patria, pero es la que está a flor de piel en estos días. El sistema capitalista tiene armas mucho más sofisticadas para hacer sufrir: explotación, desigualdad, violencia, muerte. Pero estas elecciones nos han dado la oportunidad de distinguir los matices de mal que se esconden detrás del ejercicio de elegir gobernantes de la manera como lo hemos hecho en México a lo largo de toda nuestra historia. De manera sorprendente, y a pesar de que hemos logrado blindar el proceso electoral de forma tal que en cualquier otro país se antojaría excesiva, el simple conteo de los votos no ha significado mayor calidad en nuestra tan cacareada transición democrática.

Quiero, por eso, compartirles uno de los estremecedores diálogos entre Maximiliano Kolbe y Jan Claussner que me ha arrojado mucha luz para comprender (y asumir) el proceso electoral pasado y sus inevitables consecuencias. A punto de dejar el corrillo de prisioneros reunido en torno a Kolbe, Claussner escucha de voz de Maximiliano diciéndole: “La noche es el sitio donde debemos irrumpir para existir. Siempre olvidamos que lo esencial, la luz, solo aparece si vivimos resistiendo a la más profunda de las sombras. Hay que arrebatarle el bien al mal; hay que resistir la noche y recuperarse de nuevo para el día; hay que ser luz en la muerte”.

Claussner, que había sido un mal sacerdote, confrontado con la fe que antes había profesado, le dice: “¿Qué cree que hacemos? La diferencia es que usted cree en el martirio como la forma de iluminar la noche. Un hermoso sueño en el que desde que llegué aquí dejé de creer. Auschwitz no es una noche, es la noche sin Dios, el retorno al caos, el mal originario en donde Cristo, al menos el Cristo que usted quiere hacer vivir, está sepultado. En casi dos mil años de cruz, no es la luz la que brilla, sino la más profunda de las noches… Creo, padre, que hemos llegado a una época en la que, ausente Dios o muerto, qué importa, sólo traicionando se puede amar y salvar el honor, la patria y la vida de otros. Este tiempo, por desgracia, es el del fracaso del hombre racional: el fracaso del registro ético y de la integridad privada; una época en la que debemos pagar la responsabilidad de asumir el mal y su noche para salvar a otros y, cuando sea posible, tomar la revancha. De lo contrario, la noche será absoluta”.

La siguiente, estrujante intervención de Maximiliano en el diálogo, reza como sigue: “No puedo decir que esté equivocado. Cuando se ha perdido la fe cualquier forma de resistencia es mejor que nada. Estos tiempos no nos preparan para otra cosa. Yo mismo, de estar en otras condiciones, quizá, en medio de esta noche, tomaría otro camino. Sin embargo, mi condición me permite ver algo más: no es la noche lo que está antes, después y en medio, sino Dios. No puedo traicionar lo que creo… Sólo… me pregunto si al final… cuando hayamos triunfado por esos caminos no terminaremos inoculados por el mismo virus con el que está infectado el nazismo y, lejos de haber salvado a la civilización, llevemos a ella la técnica nazi maquillada de humanismo. Entonces, ellos habrán tenido la razón contra nosotros… Aunque admiro su decisión, Claussner, nunca podría pasar como un traidor. Resistiré hasta el final desde este lado de mi fe… Tengo una ventaja sobre ustedes. Estoy enfermo, muy enfermo, y aunque me cuidara no duraré mucho en el Lager. Pronto seré parte de la chimenea.”

¿No contiene este emotivo diálogo, sugerencias más que actuales sobre el proceso electoral en el que aún estamos metidos? ¿No se esconden aquí y allá en estas reflexiones, estímulos para repensar lo que significó el voto nulo, la compra (¡y la venta!) de votos, los desgastados mesianismos, la maquinaria del fraude, la apuesta zapatista, la mediocridad de los partidos? Me alegra, sí, haber llegado a la novela de Sicilia en el marco del proceso electoral que hemos vivido recientemente. Me ha ayudado a plantearme muchas preguntas y a atisbar una que otra respuesta.

22 de diciembre de 2011

PALINURO :: Caballería roja. El arte y el comunismo.

Por: Ramón Cotarelo.

La Casa Encendida alberga una portentosa exposición de arte soviético titulada Caballería roja. Arte y poder en la Rusia soviética, 1917-1945 con tal abundancia de material, magníficamente organizado por la comisaria, Rosa Ferré, que si se pretende contemplarla con cierto detenimiento, da para más de un día. Se ha hecho con un enorme esfuerzo de coordinación y colaboración con muchos museos de Rusia que debe aplaudirse porque el resultado es impresionante. En los cuatro espacios de exposición de la planta baja y sótano de la Casa Encendida se exhibe la mejor muestra del arte soviético, de todo él y en todas sus manifestaciones, que pueda imaginarse.

Hay cuadros de Kandinsky, Chagall, Malevich (uno suyo da nombre a la exposición), Deyneka, Brodsky, etc; carteles de El-Lissitsky, Dmitri Moor, Gustav Klutsis, Maiakosky; fotomontajes de Rodchenko y otros; música de Shostakovich y Prokofiev; libros y poemas de Ana Ajmatova u Ossip Mandelstam; novelas y relatos de Babel, Gorki, Pasternak, Pilnyak; bocetos y diseños de Meyerhold, Maiakovsky de nuevo; artefactos de Tatlin o Theremin; películas de Dziga Vertov, Eisenstein o Pudovkin; esculturas de Vera Mujina e Ivan Shadr. Treinta años de creatividad muy bien expuestos, que dan una idea de la evolución del arte soviético desde la revolución bolchevique hasta 1945, el fin de la Gran Guerra Patria, que no del estalinismo.

Sin embargo, esa idea puede resultar engañosa si el visitante no sitúa en el debido contexto la enorme afluencia de obras de arte que lo asaltan. Para hacerlo, lo aconsejable es comprar el catálogo de la exposición, una obra muy apreciable con aportaciones de especialistas en la materia. Las de Rosa Ferré, las más abundantes, son con mucho las mejores. De este modo, armado con las claves que en el catálogo se encuentran el espectador ya no corre peligro de caer en la trampa de una visión convencional del arte comunista que, de darse, vendría a ser como el triunfo póstumo de la única habilidad en la que el comunismo ha destacado con auténtica maestría: la propaganda.

En efecto, el visitante de buena fe recorrerá las salas y su primera impresión (que, muchas veces, la mayoría, es la única que se obtiene) será coincidente con la interpretación al uso de la evolución del arte soviético y que, más o menos, dice lo siguiente: con la revolución bolchevique, en vida de Lenin y durante los primeros años de la joven república soviética (hasta el ascenso de Stalin en 1927) hubo un tremendo florecimiento del arte, en medio de la libertad de creación más absoluta, un montón de genios en todas las ramas estéticas asombraron al mundo con la fuerza, la originalidad y la belleza del arte revolucionario. Es cierto que, en muchos casos, la creación procedía de las vanguardias prerrevolucionarias pero, a partir de 1917, el comunismo revolucionó no solo la política y la economía sino la literatura y el arte en general, haciendo aportaciones que todavía se imponen con fuerza. A partir de 1927, sin embargo, con el ascenso de Stalin y, sobre todo, al comienzo de los años treinta hay un giro de radical de la política artística del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), el mismo Stalin se mete en cuestiones estéticas, el más rígido dogmatismo ahoga toda creatividad artística, se instalan elrealismo socialista y el culto a la personalidad, los artistas se convierten en acobardados servidores y propagandistas de la ideología pseudomarxista del estalinismo y las obras de arte son falsas, bombásticas o puro kitsch.

Esta interpretación al uso es parcialmente cierta y parcialmente no. Es cierta la segunda parte: el estalinismo significó la sumisión del arte a las obtusas directrices del PCUS, administradas por Jdanov, consuegro de Stalin y que tenía tanto sentido estético como un boniato; significó asimismo el soborno de los intelectuales y artistas que se sometieron y la persecución, la tortura, el destierro o la muerte para los que no lo hicieron. Este triste destino afectó a miles de creadores. De los seiscientos asistentes al congreso de escritores en Moscú en 1934, unos años después doscientos habían sido fusilados.

En cuanto a la primera parte, es cierto que en los primeros años de la revolución hubo una verdadera explosión de creatividad artística, pero es falso, como suele darse a entender (ya que nadie se atreve a decirlo claramente por ser claramente mentira) que tal explosión estuviera animada por las autoridades comunistas o que Lenin fomentara la creatividad artística que no estuviera estrictamente ligada a la propaganda. Más abajo volveré sobre este asunto que no es sino el enésimo intento de cargar todas las monstruosidades del comunismo sobre Stalin, salvando la figura de Lenin, cuando es claro que lo único que diferencia a Lenin de Stalin, en esto como en todo, es que el primero murió prematuramente y no le dio tiempo a llevar a cabo todos los crímenes que cometió el segundo. No obstante hizo lo suficiente para justificar este juicio que, insisto, expondré al final de la entrada.

Antes unas palabras sobre el régimen de terror de Stalin que literalmente revuelve las tripas. En 1932, el ex-seminarista pone fin a la multiplicidad de escuelas, corrientes e ismos artísticos y crea una Unión de Escritores Soviéticos. El congreso de 1934 impone la doctrina del realismo socialista y ésta se expande a todas las ramas del arte a partir de la creación en 1936 de un Comité de Asuntos Artísticos de la Unión. Los artistas y creadores que querían prosperar tenían que pertenecer a estas organizaciones; los que no lo hacían ya sabían que les esperaba el ostracismo, la persecución o algo peor. Stalin fue especialmente duro con los escritores y, en concreto, con los poetas: Maiakovsky, Yesenin y Marina Tsvetaeva fueron empujados al suicidio, Mandelstam murió en el gulag, como Shyleiko y Nicolai Punin, segundo y tercer maridos de la poetisa Ana Ajmatova, cuyo hijo, Lev Guvilev también fue deportado y murió en consecuencia. Todo esto lo encontramos en la exposición.

Es Ajmatova, precisamente, la que cuenta en su introducción al primer poema de su obra Requiem que sólo pudo publicarse en Rusia en 1987 la famosa y estremecedora historia que mejor describe el terror stalinista. Estaba la poetisa en una de aquellas colas de familiares de presos y desaparecidos que todos los días tenían que ir a la puerta de la cárcel de Leningrado a esperar durante horas con temperaturas bajo cero por ver si conseguían alguna noticia de sus allegados y que tan bien describe Grossman en alguna de sus obras, cuando una mujer que estaba detrás le susurró al oído (nadie podía hablar en voz alta): "¿puede usted contar esto?" "Sí", respondió Ajmatova, "puedo". El resultado es el poemario Requiem, que pone los pelos de punta.

Pero no fueron únicamente los poetas los perseguidos. En los años del Gran Terror (de 1934 a 1940), Stalin hizo fusilar pintores (Pavel Filonov, 1937), cartelistas fieles hasta la muerte (Klutsis, 1938), novelistas (Boris Pilnyak, 1938; Isaak Babel, 1940), cineastas (Boris Shumiatsky, 1938), dramaturgos (Vsevolod Meyerhold, 1939) o periodistas (Mijail Koltsov, 1940). La exposición contiene obra de todos, mucha de ella, paradójicamente, alabando a su asesino. Por supuesto, al ser la exposición de arte, nada se dice de la masacre estalinista de políticos, militares, médicos, científicos y gente de la calle. Aun hoy es imposible calcular cuánta gente asesinó este tirano.

¡Ah, pero es que el estalinismo fue una degeneración del comunismo, del leninismo! Lenin era otra cosa. ¿Acaso no previno en su testamento de lo que se venía encima con el georgiano al que él mismo había nombrado secretario general? Es posible que tuviera segundos pensamientos pero, en realidad, Stalin no es sino la continuación de los métodos de Lenin. Fue Lenin quien cerró la asamblea constituyente y ahogó la democracia en la cuna; fue él quien ordenó reprimir a sangre y fuego la sublevación de Kronstadt, él quien hizo fusilar al Zar y su familia, incluido el zarevich, un niño, sin juicio alguno (y mantener oculto este crimen durante años) y él quien puso en marcha los primeros campos de concentración. En realidad no es Stalin ni tampoco Lenin, es el comunismo. Con él comienza el terror y la única diferencia entre Stalin y Lenin es que éste fallece muy pronto, está muy ocupado con la supervivencia del poder bolchevique (guerra civil, comunismo de guerra, NEP) y, desde su muerte (en 1924) hasta el triunfo de Stalin en la lucha interna por sucederle (1927), los comunistas tienen poco tiempo de ocuparse de los artistas.

Es decir, el grandioso florecimiento del arte revolucionario que se abre en 1917 es posible no gracias a los bolcheviques y Lenin, sino, al contrario, gracias a que los bolcheviques y Lenin estaban ocupados tratando de sobrevivir. Así se desarrollaron las vanguardias, o los grupos de artistas, como el Proletkult o Lef, por cierto, todos ellos sinceramente bolcheviques y revolucionarios. De todo esto hay magníficos ejemplos que suspenden el ánimo en la exposición. En punto a producción artística, la Rusia bolchevique no tenía nada que envidiar a la Alemania de Weimar. Y si en ésta hubo expresionismo o la neue Sachlichkeit, en Rusia hubo futurismo, constructivismo, acmeísmo, suprematismo o productivismo. Otro curioso parecido que se daría unos años después entre Alemania (ahora la nazi) y la URSS fue la persecución de las formas artísticas que disgustaban a las respectivas tiranías y ambas bajo el mismo nombre: "arte degenerado".

Pero todo ello no gracias a Lenin, sino a pesar de él. El fundador del bolchevismo no tenía inquietudes artísticas y sus gustos eran conservadores, por no decir del montón. Odiaba las vanguardias (para vanguardia ya estaba él) y los ismos. Su único interés en el arte residía en su faceta propagandística y por eso apoyó el cine, puso al dramaturgo Anatoli Lunacharski al frente del comisariado de arte y facilitó que se crearan aquellos trenes que llevaban los documentales de Dziga Vertov por los pueblos de la estepa. Pero ahí se acababa su preocupación y en el resto fue tan arbitrario y censor como Stalin sólo que mucho menos eficaz. Si Nadia Krupskaia iba al teatro y no le gustaba la obra, el dramaturgo recibía un aviso, igual que cuando Stalin iba al estreno de, por ejemplo, la Lady Macbeth de Shostakovich, no le gustaba y, al día siguiente, la Pravda cargaba contra una música que no era tal, sino un caos burgués, asunto peligroso que podía llevar al creador al gulag. Fue Lenin quien mandó al exilio a docenas de intelectuales y creadores, desde el novelista Evgenii Zamiatyn hasta el filósofo Nicolai Berdiaev, pasando por el sociólogo Pitirim A. Sorokin. Y fue igualmente Lenin quien hizo fusilar en 1921 a Nicolai Gumilev, primer marido (divorciado) de Ana Ajmatova, bajo la acusación de conspiración monárquica. Aún no se había descubierto la práctica de torturar y fusilar gente bajo la acusación de trostkistas. Es el estalinismo, es el leninismo, es el comunismo en definitiva, el que ahoga toda libertad creadora y, cuando puede, termina con los mismos creadores.

Una última noticia respecto a otro episodio siniestro de abyección de los intelectuales y artistas en la Unión Soviética que se encuentra documentado en la exposición y del que da cumplida cuenta el catálogo. En 1934, Maxim Gorki pone en práctica su teoría de que los escritores deben trabajar en brigadas como los proletarios y escoge a ciento veinte autores para escribir un libro glorificando la construcción del canal de Bolomor, que unió el mar Báltico con el el mar Blanco con una longitud de 227 kms. Era una de las grandes obras emblemáticas del estalinismo y no sólo por la proeza de ingeniería. Lo que Gorki y los demás escritores al servicio de Stalin celebraban era el hecho de que la obra fuera, además, una comprobación de las doctrinas comunistas sobre la regeneración de los presos mediante el trabajo forzado. Porque el canal -que los ciento veinte autores visitaron mientras se construía- fue obra de presos que lo hicieron picando el granito casi con las manos. Es decir Gorki y los autores estalinistas no tuvieron inconveniente en glorificar el gulag.

Relación de imágenes:

Primera: Kasimir Malevich, Caballería roja (h. 1930).

Segunda: El Lissitsky, Derrotad a los blancos con la insignia roja. (1920).

Tercera: Kuzma Petrov-Vodkin, Retrato de Ana Ajmatova (1922).

Cuarta: Isaak Brodsky, Stalin (1933).

Quinta: Stepan Karpov, La amistad de los pueblos (1922-24).

Sexta: Vera Mujina, El trabajador y la koljosiana (s.d.).

Séptima: Gustav Klutsis, Viva la URSS (s.d.)

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