Raúl Lugo Rodríguez
www.raulugo.indignacion.org.mx
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Sumido todavía en mis reflexiones sobre
lo ocurrido a lo largo del proceso electoral que llegó a uno de sus puntos
culminantes con la jornada del domingo pasado, emprendí un viaje a Acatzingo,
Puebla, para visitar a una entrañable familia amiga y participar con ellos en
la celebración de un bautismo. Llevé conmigo, de compañera de viaje, la más
reciente novela de Javier Sicilia titulada El
fondo de la noche, que me regalara Marthita en la pasada Feria
Internacional de la Lectura de Yucatán (FILEY 2012).
Emparentada por el tema con El Diario de Ana Frank y con El hombre en busca de sentido, quizá los
libros más conocidos sobre la Shoa,
la novela de Sicilia asume en su discurso narrativo los extremos del horror que
marcaron el siglo pasado y lo exhibieron como el fracaso civilizatorio que fue.
No parte en esta ocasión de la mirada infantil de una niña judía o del discurso
reflexivo del psiquiatra iniciador de la logoterapia, sino de la experiencia de
Franciszek Gajowniczek, el sargento polaco al que Maximiliano Kolbe salvó de la
muerte entregándose para morir en su lugar.
La novela es un acercamiento al dolor y
al horror que despierta el misterio del mal. Es, sí, una novela sobre
Auschwitz, pero es mucho más que eso. Cuando el poeta morelense revisó la
penúltima versión del manuscrito antes de viajar a Filipinas en marzo de 2011,
ignoraba que el asesinato de su hijo lo enfrentaría a él mismo con el misterio
de iniquidad, el mismo que el novelista describía presente en el campo de
concentración y que ahora tocaba a su puerta para arrancarle la vida de su hijo
Juanelo.
Esta es quizá la virtud mayor que admiro
en una novela y que pone a prueba, desde mi humilde perspectiva de empedernido
lector, su calidad y su posibilidad de trascendencia: que sea cual sea el tema
de la trama, la hondura de los personajes sirva de reflejo de realidades que
podemos constatar en nuestra propia experiencia. Esta cualidad crea una especie
de connaturalidad entre la obra y el lector y convierte la narración en algo relevante
para quien la lee. Nada peor en una novela que la irrelevancia.
En la novela de Sicilia desfilan los
diferentes rostros del mal, desde el cabo Krott, renegado polaco al servicio de
las fuerzas nazis, que llevaba el corazón lleno de “un odio natural, como de
perro a perro”, hasta el coronel Fritsch, que con crueldad inusitada, decretó
que el precio por un intento de escapatoria del Lager era la muerte por
inanición de diez detenidos, pasando por el kapo
Jan Claussner, sacerdote polaco que asumiera el trabajo sucio de los nazis para
sobrevivir y que espetara al rostro de Kolbe: “he tomado el partido de la
traición”.
No es una narración en blanco y negro.
El misterio del mal, en todos los tiempos, está lleno de grises. No se trata de
dividir el mundo en buenos y malos, sino de apreciar cómo podemos ser
sobrepasados por la iniquidad y, en medio de su profunda oscuridad, descubrir
el rayo de luz que arroja, inútilmente según los criterios de este mundo pero
con efectos salvadores si se ve desde la mirada de quien, aferrado al pequeño
trozo de fe que puede conservarse en medio de un mal que alcanza a corroer
desde dentro todas las estructuras de la convivencia y de la personalidad misma
de los convivientes, el rayo de luz que arroja, repito, la convicción de
concebir la vida como un don para entregarse en favor de otras personas. Es
quizá la más genuina enseñanza del cristianismo.
Me alegra haber llegado a la novela de
Sicilia en el marco del proceso electoral que hemos vivido recientemente. No
es, desde luego, la más honda experiencia de iniquidad que se da en nuestra
patria, pero es la que está a flor de piel en estos días. El sistema
capitalista tiene armas mucho más sofisticadas para hacer sufrir: explotación,
desigualdad, violencia, muerte. Pero estas elecciones nos han dado la
oportunidad de distinguir los matices de mal que se esconden detrás del
ejercicio de elegir gobernantes de la manera como lo hemos hecho en México a lo
largo de toda nuestra historia. De manera sorprendente, y a pesar de que hemos
logrado blindar el proceso electoral de forma tal que en cualquier otro país se
antojaría excesiva, el simple conteo de los votos no ha significado mayor
calidad en nuestra tan cacareada transición democrática.
Quiero, por eso, compartirles uno de los
estremecedores diálogos entre Maximiliano Kolbe y Jan Claussner que me ha
arrojado mucha luz para comprender (y asumir) el proceso electoral pasado y sus
inevitables consecuencias. A punto de dejar el corrillo de prisioneros reunido
en torno a Kolbe, Claussner escucha de voz de Maximiliano diciéndole: “La noche
es el sitio donde debemos irrumpir para existir. Siempre olvidamos que lo
esencial, la luz, solo aparece si vivimos resistiendo a la más profunda de las
sombras. Hay que arrebatarle el bien al mal; hay que resistir la noche y
recuperarse de nuevo para el día; hay que ser luz en la muerte”.
Claussner, que había sido un mal
sacerdote, confrontado con la fe que antes había profesado, le dice: “¿Qué cree
que hacemos? La diferencia es que usted cree en el martirio como la forma de
iluminar la noche. Un hermoso sueño en el que desde que llegué aquí dejé de
creer. Auschwitz no es una noche, es la noche sin Dios, el retorno al caos, el
mal originario en donde Cristo, al menos el Cristo que usted quiere hacer
vivir, está sepultado. En casi dos mil años de cruz, no es la luz la que
brilla, sino la más profunda de las noches… Creo, padre, que hemos llegado a
una época en la que, ausente Dios o muerto, qué importa, sólo traicionando se puede
amar y salvar el honor, la patria y la vida de otros. Este tiempo, por
desgracia, es el del fracaso del hombre racional: el fracaso del registro ético
y de la integridad privada; una época en la que debemos pagar la
responsabilidad de asumir el mal y su noche para salvar a otros y, cuando sea
posible, tomar la revancha. De lo contrario, la noche será absoluta”.
La siguiente, estrujante intervención de
Maximiliano en el diálogo, reza como sigue: “No puedo decir que esté equivocado.
Cuando se ha perdido la fe cualquier forma de resistencia es mejor que nada.
Estos tiempos no nos preparan para otra cosa. Yo mismo, de estar en otras
condiciones, quizá, en medio de esta noche, tomaría otro camino. Sin embargo,
mi condición me permite ver algo más: no es la noche lo que está antes, después
y en medio, sino Dios. No puedo traicionar lo que creo… Sólo… me pregunto si al
final… cuando hayamos triunfado por esos caminos no terminaremos inoculados por
el mismo virus con el que está infectado el nazismo y, lejos de haber salvado a
la civilización, llevemos a ella la técnica nazi maquillada de humanismo.
Entonces, ellos habrán tenido la razón contra nosotros… Aunque admiro su
decisión, Claussner, nunca podría pasar como un traidor. Resistiré hasta el
final desde este lado de mi fe… Tengo una ventaja sobre ustedes. Estoy enfermo,
muy enfermo, y aunque me cuidara no duraré mucho en el Lager. Pronto seré parte
de la chimenea.”
¿No contiene este emotivo diálogo,
sugerencias más que actuales sobre el proceso electoral en el que aún estamos
metidos? ¿No se esconden aquí y allá en estas reflexiones, estímulos para
repensar lo que significó el voto nulo, la compra (¡y la venta!) de votos, los
desgastados mesianismos, la maquinaria del fraude, la apuesta zapatista, la
mediocridad de los partidos? Me alegra, sí, haber llegado a la novela de
Sicilia en el marco del proceso electoral que hemos vivido recientemente. Me ha
ayudado a plantearme muchas preguntas y a atisbar una que otra respuesta.
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