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7 de noviembre de 2019

Teatro antifascista y antirracista en el Temporada Alta .

Por:

El Festival Temporada Alta de Girona y Salt ha vuelto a abrir las plateas con el mejor teatro internacional y del país. Desde el pasado 6 de octubre y hasta el próximo 9 de diciembre, cerca de un centenar de obras reivindican la contemporaneidad de los grandes clásicos a la vez que reflexionan sobre la condición humana en uno de los mayores eventos culturales de este otoño, que hogaño, apunta hacia el descontento de la clase trabajadora y visibiliza la Europa de los y las afrodescendientes con una propuesta de tintes antirracistas y antifascistas.

En su 28ª edición, el festival Temporada Alta apuesta “por espectáculos que invitan a la reflexión y a repensar de dónde venimos, dónde estamos y cuáles son los retos de futuro que nos debemos plantear como sociedad”, apuntaba su director, Salvador Sunyer, en una entrevista reciente para EL PAÍS. Por ello, no es de extrañar que el certamen, con réplicas en otras ciudades como Buenos Aires, Montevideo y Lima, haya querido contar con una obra punzante, crítica y que nos hace plantear la situación política en la que vivimos hoy como es Retorno a Reims, del director Thomas Ostermeier, una estrena en primicia en todo el Estado español.

Protagonizada por el rapero, slammer y actor franco-senegalés Blade MC Alimbaye junto a Cédric Eeckhout e Irène Jacob, la de Thomas Ostermeier — director del destacado Teatro Schubühne de Berlín— es una obra de teatro documental basada en un libro autobiográfico de 2009 del historiador cultural y filósofo francés Didier Eribon. Se trata de un análisis crítico sobre las razones por las que la clase trabajadora, tradicionalmente de izquierdas, desarrolla una inclinación por la extrema derecha; y ahonda en cómo se puede pasar del voto comunista hacia el voto al Frente Nacional. Además, la obra habla de las luchas obreras en la Europa del siglo XXI y se ponen sobre la palestra asuntos de tanta actualidad como el movimiento social de los chalecos amarillos o los chalecos negros, a la vez que se visibiliza y se ahonda en la herida colonial de Europa en África.

Sunyer, que tiene un gusto exquisito a la hora de detectar las pulsiones teatrales más interesantes del momento, ha querido contar con el alemán Ostermeier —uno de los directores que más ha hecho por politizar el teatro—, para mostrar lo que la crítica ha descrito como una radiografía de la Francia de las ciudades medianas, regiones industriales diezmadas y olvidadas por la clase política. Y es que Retorno a Reims es una fotografía veraz e hiriente de la fractura social que actualmente está sacudiendo a la sociedad francesa.

Un fragmento de Retorno a Reims, del director alemán Thomas Ostermeier.

Una de las particularidades y mayores aciertos de Retorno a Reims, ha sido la incorporación al elenco de actores del franco-senegalés Blade MC Alimbaye para hablar de una Francia invisible en el teatro. La Francia de las “minorías” —básicamente, de las personas racializadas—, que este verano ha salido a reivindicar papeles con la marcha de los Chalecos Negros, es reivindicada en el medio artístico con el testimonio de Blade MC Alimbaye. El rapero, cuenta al final del espectáculo, como su abuelo, nacido en Senegal, fue reclutado a la fuerza entre los “tirailleurs sénégalais” —un grupo de 140.000 hombres de África Occidental que fueron obligados a luchar en la Primera Guerra Mundial por una causa que les era absolutamente ajena—. Y denuncia asuntos como la silenciada masacre de Thiaroye, otro vergonzoso capítulo del pasado colonial francés, abofeteando al espectador a golpe de memoria histórica.

La esencia del espectáculo, que señala el punto muerto en el que se encuentra Francia en 2019, cuestiona de la misma forma la Europa contemporánea en la que nos encontramos, polemizando sobre el por qué y el cómo las clases populares están dando el voto a la extrema derecha y evidenciando la necesidad de neutralizar las tendencias fascistas. En definitiva, el Temporada Alta nos trae una propuesta de teatro político, antifascista y antirracista como píldora cultural necesaria en un otoño políticamente decisivo.


#cesteuxquienparlentlemieux "Retour à Reims" de Thomas OSTERMEIER par Blade Mc Alimbaye de Théâtre Vidy-Lausanne, en Vimeo.

La obra se podrá ver los próximos jueves 5 de diciembre a las 20:30h. y viernes 6 de diciembre a las 18:00h. en el Teatre Municipal de Girona, con entradas de 10 a 40€.

18 de octubre de 2019

Los trabajadores del sector comercial.

Por: Rolando Astarita / Blog.

Esta nota, dedicada al análisis de la situación del trabajador comercial, complementa las entradas anteriores dedicadas al capital comercial (aquí, aquí, aquí). El supuesto entonces  es que el trabajador de comercio “realiza valores, pero no los crea” (p. 381, t. 3, El Capital, edición Siglo XXI). Por lo tanto, cabe preguntarse en qué medida, desde el punto de vista de la teoría de Marx, los trabajadores comerciales son explotados, y pertenecen a la clase obrera.

En primer lugar, Marx señala que, en tanto el trabajador de comercio recibe un salario igual al valor de su fuerza de trabajo (en condiciones normales), el ejercicio de esa fuerza de trabajo (tensión, despliegue, desgaste), igual que ocurre con cualquier otro asalariado, no está limitado por el valor de la misma (véase ibid., p. 384). Por lo tanto, “su salario no guarda relación necesaria alguna con la masa de la ganancia que ayuda a realizar al capitalista” (ibid.). Pero, ¿cómo calcular, al menos teóricamente, en qué medida el trabajador del comercio realiza el valor? Sobre este punto, el análisis de Marx no es muy claro. En la p. 384, enseguida después del pasaje que acabamos de citar, apunta que el trabajador de comercio “ayuda [al capitalista] a disminuir los costos de la realización del plusvalor, en la medida en la que efectúa trabajo, en parte impago”. Un argumento que plantea la pregunta: ¿disminuye los costos en relación a qué? Marx sugiere que en relación a los costos que tendría el capital aplicado al comercio (o el capitalista industrial, si se ocupara él mismo de la comercialización de las mercancías), si no empleara trabajadores. Este razonamiento lo encontramos en las pp. 377-8, donde Marx especula qué sucedería si cada comerciante “solo poseyese la cantidad de capital que es capaz de hacer rotar personalmente, en virtud de su propio trabajo”. Dice entonces que los costos de comercialización se ampliarían “infinitamente”, con lo que se perderían las ventajas ligadas a la intervención del capital comercial (en términos actuales, podríamos decir las ventajas asociadas a las economías de escala).


A partir de este razonamiento, podría establecerse la explotación del trabajador del comercio, determinada por la diferencia entre los costos que permite ahorrar su trabajo, y el valor de su fuerza de trabajo. Pero se trata de un argumento contrafáctico, y por lo tanto, excesivamente especulativo.

Una vía alternativa de encarar el problema

Pienso que un abordaje alternativo del que presenta Marx en los borradores del tomo 3 de El Capital, es partir del hecho de que la forma mercantil exige, necesariamente, una cierta cantidad de trabajadores abocados a la comercialización. Presento el argumento a través de un ejemplo numérico.

Supongamos una sociedad en la cual hay 100 trabajadores productivos, que reciben un salario de $50 cada uno, y que la tasa de plusvalía es el 100%. De manera que de conjunto estos trabajadores producen $5000 de plusvalía, siendo el capital variable total $5000. Supongamos asimismo que hay 20 trabajadores dedicados a la comercialización. Esto significa que los trabajadores vinculados al comercio representan el 16,7% de la fuerza laboral de esta sociedad. Es el número de trabajadores determinado por el tiempo social medio para la comercialización (por ejemplo, en muchas grandes tiendas se calculan cantidades vendidas, en promedio, por empleado). Suponemos también que la fuerza de trabajo de los trabajadores comerciales tiene el mismo valor que la de los trabajadores productivos (Marx suponía que la fuerza laboral del empleado de comercio era más calificada, en promedio, que la del trabajador productivo; hoy no parece que haya apoyo empírico para este supuesto).

En cualquier caso, y por lo que explicamos en una nota anterior, los trabajadores improductivos son pagados con una deducción de la plusvalía. Esto es, los $1000 del capital variable comercial se deducen de los $5000 de plusvalía producida. ¿Cómo podemos calcular entonces el grado de explotación de los trabajadores del comercio? Pues sencillamente considerando de qué manera se distribuirían los $10.000 de excedente de valor generado por los 100 trabajadores productivos entre los 120 trabajadores totales. Claramente, 10.000 ÷ 120 = 83,3. Un ingreso superior al 60% de lo que reciben en pago de su fuerza de trabajo (se puede pensar en una cooperativa obrera, en la cual una parte de la fuerza laboral está dedicada a la comercialización, y lo producido se reparte igualitariamente entre sus miembros; provisto lo cual, estos pueden decidir dedicar una parte a inversiones en la cooperativa, etcétera).

El trabajador del comercio pertenece a la clase obrera

Desde el enfoque marxista, el trabajador comercial –sea el dedicado a la compra y venta de mercancías, o al tráfico de dinero, como ocurre con el bancario- es parte de la clase obrera. Esta es una diferencia importante con la tesis burguesa, muy extendida, que ubica a los trabajadores comerciales en la llamada “clase media”. En este punto, recordemos que el marxismo define la posición de clase por la relación que guarda el productor con respecto a la propiedad de los medios de producción y de cambio. En El Capital Marx es claro con respecto a los trabajadores comerciales. Escribe: “La pregunta es ahora la siguiente: ¿cuál es la situación de los asalariados comerciales que ocupa el capitalista comercial, en este caso el comerciante de mercancías? (p. 375). Y responde:
“En un aspecto, tal trabajador de comercio es un asalariado como cualquier otro. En primer lugar, en la medida en que lo que compra trabajo es el capital variable del comerciante, y no dinero gastado como rédito, por lo cual se lo compra también no para adquirir un servicio privado, sino con el fin de la autovalorización del capital allí adelantado. Segundo, en la medida en que el valor de su fuerza de trabajo, y por ende su salario, está determinado, como en el caso de los restantes asalariados, por los costos de producción y reproducción de su fuerza de trabajo específica, y no por el producto de su trabajo” (ibid.).

Esto es, el trabajador comercial no genera plusvalía, pero está subsumido al capital; y en la medida en que es indispensable para la realización de la plusvalía, y recibe una remuneración determinada por el valor de su fuerza de trabajo, forma parte de la clase obrera.

Para concluir, pienso que este enfoque conserva plena vigencia para el análisis de los trabajadores comerciales. Es que a medida que se ha desarrollado la producción capitalista –esto es, la producción capitalista de mercancías- ha crecido, tendencialmente, y a nivel mundial, la masa de trabajadores explotados por el capital comercial. Es lo opuesto de lo que dice el usual discurso burgués y pequeñoburgués sobre la pretendida desaparición de la clase obrera en las “nuevas clases medias”. Pero la masa de trabajadores comerciales no solo crece cuantitativamente, sino también tiende a profundizarse su subsunción al capital. Esto es, los ritmos y formas de trabajo de los trabajadores comerciales están determinados, más y más, por la lógica de la ganancia. Con el resultado de trabajos monótonos y descalificados (para los cuales el capital dispone de mano de obra muchas veces sobrecapacidatada), esto es, completamente deshumanizados y alienantes.

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