Por: Guadi Calvo / ALAI.
Desde el complejo proceso de violencia que se inició en 2012 en el norte de Mali, tras un nuevo intento del pueblo Tuareg,
por lograr la independencia de Azawad, su ancestral territorio, hoy
ocupada por Argelia, Burkina Faso, Libia, Mali, Mauritania y Níger,
extraordinariamente rico en minerales fundamentalmente uranio, todo el
Sahel central se ha convertido en escenario de operaciones de múltiples
organizaciones terroristas, que no alcanzan a ser contenidas a pesar de
la presencia de ejércitos africanos y de varias naciones occidentales,
particularmente Francia que en 2012 desplegó una importante dotación
militar para asistir, al entonces gobierno militar de Mali, que acaba de
dar un confuso golpe contra el presidente Amadou Touré.
Mientras la insurgencia tuareg
se replegaba, y se instalaban las fuerzas enviadas por París, para
vigilar los yacimientos de uranio explotados por empresas francesa,
surgieron algunas bandas militarizadas, que del contrabando había pasado
a conformarse como organizaciones fundamentalistas, vinculadas a al-Qaeda y en la actualidad también al Daesh, generando el fenómeno que ya se estudia como “yihadización del bandolerismo”.
Aquellas
bandas desde entonces no han dejado de crecer y expandirse por el Sahel
(borde o costa en árabe) una franja de 5 mil kilómetros de largo que
corre al sur del Sahara, desde el Mar Rojo al Océano Atlántico y en cuyo
sector central, se han derramado desde el norte de Malí a Burkina Faso,
Níger, Togo, Benin, Costa de Marfil y Ghana. Lo que obligó al
Secretario General de Naciones Unidas, el portugués Antonio Guterres,
durante la última Asamblea General a referirse a este fenómeno de
violencia instalado en las entrañas de África: “Sé que todos estamos muy
preocupados por la continua escalada de violencia en el Sahel y su
expansión a los países del Golfo de Guinea”.
Los ataques
de las organizaciones fundamentalistas se han duplicado cada año desde
2016, llegando en 2018 a causar 465 muertos, a pesar de los miles de
efectivos militares que combaten en el terreno, por lo que en
septiembre, varias naciones de África Occidental, implementaron un plan
de mil millones de dólares, para los próximos cuatros años, para impedir
que el terrorismo continúe filtrándose hacia el sur.
Desde 2017, el grupo conocido como S-5 (Sahel5),
compuesto por Burkina Faso, Níger, Chad, Malí y Mauritania, fue creado
con la intención de reemplazar a la operación francesa Barkhane, pero hasta ahora los resultados han sido muy pobres. Pero sus resultados son muy escasos. Sahel5 ha aportado 5 mil hombres, a los 4500, de la Barkhane
establecida por Francia, 2013, junto a un número desconocido de tropas
norteamericanas y los 15 mil efectivos aportados por Naciones Unidas, no
han conseguido estabilizar la región, mientras los insurgentes
continúan sirviéndose de la porosidad de las fronteras, para pasar de un
país a otro y operar sin consecuencias, esa misma porosidad fue la
condición por lo que la que múltiples bandas de traficantes han operado
por décadas en ese sector, convirtiéndolo en el sitio donde más rutas de
tráfico ilegal existen en el mundo.
Este último domingo,
un vehículo de MINUSMA (Misión Multidimensional Integrada de
Estabilización de Naciones Unidas en Malí) que circulaba cerca de la
ciudad de Aguelhok, en Kidal, al este de país, pisó un dispositivo
explosivo improvisado (IED), provocando la muerte de un Casco Azul y
dejando otros cuatro heridos. En la misma área, en enero último, once
soldados del Chad fueron asesinados tras un ataque que se adjudicó la
organización más poderosa que opera en el Sahel, Jama'at Nasr al-Islam wal Muslimin (Grupo Apoyo al Islam y los musulmanes o GSIM) tributaria de al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI).
Diferentes
campamentos han sido objetivos de los terroristas desde el mes de marzo
pasado, el más importante de esos ataques fue en Dioura (Ver: Mali, un
nuevo Vietnam para occidente) que dejó un saldo de treinta soldados
muertos.
En la última semana de septiembre y los primeros
días de octubre, en diferentes acciones fueron asesinadas 17 personas en
Burkina, mientras que en Mali el ejército tuvo veinticinco bajas, al
tiempo que otros sesenta soldados se encuentran desaparecidos, después
de los intensos combates que se produjeron en dos campamentos malienses
cercanos a la frontera con Burkina Faso.
En la noche del
30 de septiembre al primero de octubre, fue atacado el destacamento
militar de Mondoro por un grupo indeterminado de terroristas, que, tras
ser rechazados, volvieron atacar el martes por la mañana, provocando que
los combates se extendieran durante el resto del día. En el campamento
de Boulkessy, a cien kilómetros de distancia de Mondoro, los ataques de
los muyahidines, quienes perdieron a 15 hombres, provocaron la
mayor cantidad de bajas en las tropas del ejército y la desaparición de
sesenta efectivos. Durante la mañana del lunes fuerzas especiales
malienses fueron desplegadas hacia el Boulkessy, apoyadas por ataques
aéreos de la operación Barkhane.
En Mondoro, los
terroristas secuestraron una gran cantidad de equipo militar y unos
veinte vehículos militares, algunos equipados con ametralladoras.
Mientras que en Boulkessy, dos helicópteros del ejército y una docena de
vehículos fueron destruidos.
Este nuevo ataque contra el
batallón de Boulkessy, que se ubica en una zona estratégica de tráfico e
influencia de los grupos fundamentalistas por su proximidad a las
fronteras de Malí, Níger y Burkina es la evidencia de la incapacidad de
Bamako y sus aliados para controlar el centro y norte del país. La
dotación militar instalada en Boulkessy integra la Fuerza Conjunta G5 Sahel
y este ataque ha sido hasta ahora el más letal sufrido por esta fuerza
desde su creación en 2017. Ninguna de las organizaciones terroristas
que operan en ese sector se ha adjudicado esos ataques.
Burkina Faso fuera de control
Burkina
Faso, desde 2015, más de 500 personas fueron asesinadas en más de 450
ataques especialmente en el norte y el este del país, aunque también en
la capital, Uagadugú, se han producido dos atentados y un ataque contra
el cuartel general del ejército que dejó ocho muertos en marzo de 2018.
El
gobierno burkinés, que durante años negó la presencia de extremistas en
su país, sin observar tampoco las actividades del predicador radical
Ibrahim Malam Dicko, propalador del mensaje wahabita a los
sectores más desamparados por el poder central. Hoy el presidente Roch
Kaboré, ha perdido el control de un tercio del territorio. De oeste a
este, ha perdido la mitad de la región administrativa de Boucle du
Mouhoun, dos tercios del centro-norte, toda el área del Sahel y la mitad
de las regiones del este. Mientras que las fronteras con Mali, Níger,
Benin y Togo y Costa de Marfil, están en disputa.
Prácticamente
desde fines de agosto, cuando se produjo el ataque contra una base
militar en la provincia de Soum, en el norte del país, cerca de la
frontera con Malí, donde al menos murieron veinticuatro soldados, tras
lo que se conoció que los oficiales habían abandonado el lugar días
antes, no ha pasado un solo día en el que, en algún sector del país, se
haya producido un acto de violencia fundamentalista.
En el
norte del país operan cerca de nueve organizaciones terroristas, que a
veces pueden actuar orgánicamente, entre las más poderosas se encuentran
Jama'at Nasr al-Islam y el Daesh del Gran Sahara
(EIGS), mientras los militares, desmoralizados, permanentemente acosados
y mal equipados, hace meses que dejaron de patrullar por temor a las
emboscadas y los IED y han comenzado a desertar en las regiones más
conflictivas. Mientras los caminos están en manos de las organizaciones
armadas, controlan las áreas rurales y se infiltran cada vez con más
frecuencia en las zonas urbanas. A ello se suma la violencia ejercida
por el ejército y la policía contra la población civil en las regiones
en conflicto, que precipitó los desplazamientos internos que en febrero
se estimaban en cerca de 90 mil, mientras que en la última medición de
septiembre la cifra alcanza casi a los 300 mil.
Mientras
la imprevisión gubernamental y de los organismos internacionales no
supieron evaluar la peligrosidad de los grupos terroristas, a millones
de personas le es negada la posibilidad de desarrollo mínimo, la
tormenta sobre el Sahel será infinita.
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10 de octubre de 2019
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