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6 de octubre de 2019

Público NO es común.

Por: Jorge León Casero / El Salto.

Desde que Elinor Ostrom —primera mujer en ganar el Premio Nobel de Economía en 2009— publicó el libro Governing the Commons en 1990, las luchas y debates en torno a “los comunes” o “lo común” no han hecho más que crecer, tanto en el ámbito académico como en el social. En el ámbito intelectual, una ingente cantidad de autores han continuado y extendido las primeras reflexiones y defensas sobre los comunes hechas por la politóloga estadounidense hasta desarrollar un completo proyecto de reestructuración sociopolítica que, al menos en teoría, tendría la capacidad de agrupar en un nuevo frente global el múltiple y heterogéneo panorama de luchas más o menos dispersas que surgieron a partir de la década de los noventa.

Por su parte, desde el ámbito social cada vez son más los movimientos, grupos, asociaciones o simplemente emplazamientos urbanos abiertos a cualquier persona sin ánimo de lucro —los famosos comunes urbanos— que rechazan abiertamente la colaboración con unas administraciones públicas que aun en el caso de que intenten sinceramente apoyar a este tipo de agrupaciones, no pueden eludir ciertos modos de gestión propios del derecho administrativo que conllevan graves dificultades para el tipo de filosofía organizativa con la que dichos grupos pretenden funcionar.

Público y Común

El término “común” deriva de la unión del prefijo indoeuropeo “kom-” (junto, cerca de) y del sustantivo “munus” (tarea, actividad), que viene de la raíz “mei” (cambiar y/o mover). De dicha unión derivaron términos como comunión, comuna o comunismo. Originalmente, en todos ellos siempre existió una idea de actividad colectiva orientada hacia el futuro que permanecía ajena a cualquier consideración jurídica de un sujeto —individual o colectivo— titular de unos derechos adquiridos en el pasado y transmisibles de unos a otros. O lo que es lo mismo, el significado etimológico de lo común no apela tanto a un horizonte de sentido propiamente jurídico como a uno pro-ductivo, donde el prefijo pro- indica una orientación hacia un “algo” futuro generado colectivamente.

Por su parte, el término “público” viene de publicus, término este derivado de populus, que es de donde proviene el vocablo “pueblo”. Populus fue uno de los términos empleados para traducir al latín el griego demos. Ahora bien, para poder conocer con precisión el significado originario del término “público” es preciso indicar que populus no fue el único término con el que se podía traducir demos, pues también existía plebs. De plebs derivan palabras como plebe y plebeyo, que siempre tuvieron una connotación de “lo vulgar”, y por tanto “común”. Es en este sentido que en el siglo VII, San Isidoro de Sevilla ya afirmaba que “el pueblo (populus) es toda la ciudadanía, mientras que la gente común (vulgus) en verdad es la plebe (plebs). La plebe se llama así por su pluralidad [plebs y pluralitas provienen de la misma raíz indoeuropea “pel”, que indica magnitud], pues los menores son más numerosos”.

Lo común es un tipo de producción colectiva que garantiza la participación de los afectados en la toma de decisiones. Lo público es la monopolización del régimen jurídico de la propiedad privada por parte del Estado.

En otras palabras: mientras que populus se refería al pueblo en tanto que ciudadanos con derechos reconocidos y transmisibles, plebs se refería a aquella parte de la población residente en un territorio que no tenía derechos de ciudadanía reconocidos, como por ejemplo eran los esclavos, los extranjeros, las mujeres y, en última instancia, cualquier otro tipo de no-propietario. Es en este sentido que Jacques Rancière solía recordar que la democracia (demos + kratos), más allá de las mistificaciones liberales que terminaron por confundirla con el parlamentarismo, siempre había significado la fuerza (kratos) que hace la plebs para lograr acceder al estatuto jurídico de un populus con derechos de ciudadanía reconocidos.

Derecho y Propiedad

Este antagonismo entre populus y plebs encuentra un curioso paralelismo en nuestra actual articulación jurídica de lo público y lo común, pues tal y como afirman Laval y Dardot, lo común no puede ser concebido como “una categoría plenamente jurídica, sino como un recinto pre-jurídico”. Es decir, lo común no es un concepto plenamente válido para la lógica jurídica. Básicamente, y al igual que la plebs, apela a una realidad que, siendo estrictos, no existe jurídicamente. La razón de ello estriba en que todos nuestros actuales sistemas jurídicos se han construido fundamentalmente desde el modelo de un derecho romano asentado sobre una profunda alianza de fondo entre el concepto de propiedad y el concepto mismo de derecho (ius). Es en este sentido que ya Ulpiano definió la Justicia como la acción de “dar a cada uno lo suyo”, en el sentido de dar a cada uno su “ius” o su derecho. Lo que dicha definición conlleva es que los derechos siempre son propiedad de alguien, hasta el punto de que el concepto de propiedad se postula como ontológicamente anterior al concepto mismo de derecho.

El problema radica en que los distintos modos de lo común no son compatibles con esta lógica romana del derecho como propiedad. Para poder enfrentarse a lo común, el derecho romano lo reconfiguró mediante un simple cálculo que coordinase los distintos derechos individuales implicados. Es por ello que a diferencia de la antigua comunidad de bienes germánica en la que ningún miembro del colectivo podía solicitar la división de lo común para disponer de su parte individualmente, la comunidad de bienes romana en cambio concibió el régimen jurídico de la mancomunidad de bienes mediante una cuota individual de participación que podía ser transmitida a terceros con plena libertad. Mientras que la comunidad de bienes germánica era algo indivisible e inconmensurable completamente incompatible con el concepto de propiedad, la comunidad de bienes romana no era más que la simple suma aritmética de los derechos individuales de los co-propietarios. En la actualidad, todo el derecho de sociedades –poco importa si se trata de sociedades de capital o de sociedades de trabajo– es heredero directo de esta lógica romana de las cuotas de participación.

La propiedad pública no es una protección de lo común, sino una especie de forma ‘colectiva’ de propiedad privada, reservada a la clase dominante, que puede disponer de ella.

Dominio público y Propiedad privada

Del mismo modo, la actual concepción del derecho por el que se rigen las administraciones públicas parte de la idea romana de propiedad privada y únicamente añade ciertos límites a las actuaciones del poder ejecutivo. Concretamente, la lógica del dominio público en Occidente —de los bienes que gestiona directamente una Administración Pública— nació a lo largo del siglo XVII con la intención de limitar las facultades de disposición del monarca en relación a los bienes de la Corona tales como ríos, puertos o equipamientos, que posteriormente pasarían a ser descritos como bienes de la Nación.

Concretamente, el art. 132.1 de la actual Constitución Española establece que el régimen jurídico de los bienes de dominio público se inspirará en “los principios de inalienabilidad, inembargabilidad e imprescriptibilidad”. Es decir, que están excluidos del tráfico jurídico privado (no pueden venderse), que los tribunales no pueden adjudicarlos como pago por deudas que haya adquirido el Estado y que su propiedad no puede perderse por “usucapión”, esto es, por su posesión continuada en el tiempo por parte de un tercero. Al margen de estas limitaciones, las administraciones públicas disponen de ellos con la misma lógica propietaria del derecho privado. Una lógica que les capacita para ser las únicas entidades que pueden conceder “derechos de uso” exclusivos y excluyentes sobre los bienes de dominio público a empresas privadas y particulares.

Si tenemos en cuenta que estas concesiones no están excluidas del tráfico jurídico privado sino que pueden venderse libremente entre particulares, resulta que el modo de gestión de los bienes de dominio público no es más que un modo de propiedad privada en régimen de monopolio estatal. Es por ello que Laval y Dardot no dudan en afirmar que “la propiedad pública no es una protección de lo común, sino una especie de forma ‘colectiva’ de propiedad privada, reservada a la clase dominante, que puede disponer de ella”.

Gestión colectiva y Proyecto común

En abierta oposición a la lógica jurídica de lo público y lo privado, existen dos concepciones diferentes, pero no necesariamente antagónicas, de lo común. La primera de ellas, mantenida por Ostrom, se centra en el estudio de distintas formas de gestión colectiva de bienes comunes que no encajan ni con la lógica privada de las cuotas de participación ni con el régimen soberano de lo público, ya que emplean una gran variedad de estrategias híbridas que, si bien en su conjunto y dependiendo de los casos pueden estar más cerca del régimen privado o del público, siempre aseguran que “la mayoría de los individuos afectados por las reglas operativas pueden participar en su modificación”.

La segunda, desarrollada por Hardt y Negri entre otros, incide en la absoluta inadecuación de la lógica jurídica de la propiedad en todas aquellas sociedades altamente colaborativas en las que el valor de lo producido colectivamente no puede ser medido como la simple suma aritmética de los valores producidos de manera individual. Debido a ello, y aceptando sin miedo la crisis definitiva de la ley del valor definida por Marx, según la cual el valor de lo producido colectivamente equivalía a la suma de las horas de trabajo aportadas por cada individuo, Hardt y Negri desarrollan todo un programa de nuevas instituciones comunes de producción, redistribución y consumo que exceden en mucho la simple gestión colectiva de unos bienes determinados, y de entre las cuales la Renta Básica Universal es solamente una más.

En cualquiera de los casos, ya sea en el régimen local de Ostrom o en el régimen global de Hardt y Negri, lo que está claro es que cada vez son más las voces que comienzan a darse cuenta de que los comunes no son únicamente un simple modo de gestión colectiva más o menos minoritaria y aislada, sino un nuevo proyecto civilizatorio completamente ajeno a la lógica propietaria que ha regido Occidente durante los últimos dos mil años.

23 de agosto de 2018

La historia a contrapelo y el manual de lavado de cerebro de una distopía.

Por: Javier Biardeau R. / Alainet.

Como en toda historia previa, quienquiera que resulte triunfador seguirá participando de ese triunfo en el que los gobernantes de hoy marchan sobre los cuerpos postrados de sus víctimas. Como de costumbre, los despojos se llevan en alto en ese desfile triunfal. A éstos se les llama generalmente la herencia cultural. Esta última encuentra un observador bastante distante en el materialista histórico. Pues tales riquezas culturales, cuando él las repasa, delatan un origen que él no puede contemplar sin horror. Deben su existencia no sólo a los afanes de los grandes creadores que las han producido, sino asimismo a la fuerza de trabajo anónima de los contemporáneos de estos últimos. No ha habido nunca un documento de cultura que no fuera a la vez un documento de barbarie.” Walter Benjamin, «Tesis sobre la filosofía de la historia», VII

La moda husmea lo actual dondequiera que lo actual se mueva en la jungla de otrora. Es un salto de tigre al pasado. Sólo tiene lugar en una arena en la que manda la clase dominante. El mismo salto bajo el cielo despejado de la historia es el salto dialéctico, que así es como Marx entendió la revolución. Walter Benjamin, «Tesis sobre la filosofía de la historia», XIV

El mayor mérito de El Espíritu de la Utopía de Bloch es haber negado con toda intensidad la significación política de la teocracia. Walter Benjamin, FRAGMENTO POLITICO-TEOLOGICO

Esta labor de destrucción del viejo Poder estatal y de su reemplazo por otro nuevo y verdaderamente democrático es descrita con todo detalle en el capítulo tercero de La Guerra Civil. Sin embargo, era necesario detenerse a examinar aquí brevemente algunos de los rasgos de este reemplazo por ser precisamente en Alemania donde la fe supersticiosa en el Estado se ha trasladado del campo filosófico a la conciencia general de la burguesía e incluso a la de muchos obreros. Según la concepción filosófica, el Estado es la "realización de la idea", o traducido al lenguaje filosófico, el reino de Dios en la tierra, el campo en que se hacen o deben hacerse realidad la verdad y la justicia eternas. De aquí nace una veneración supersticiosa hacia el Estado y hacia todo lo que con él se relaciona, veneración que va arraigando más fácilmente en la medida en que la gente se acostumbra desde la infancia a pensar que los asuntos e intereses comunes a toda la sociedad no pueden ser mirados de manera distinta a como han sido mirados hasta aquí, es decir, a través del Estado y de sus bien retribuidos funcionarios. Y la gente cree haber dado un paso enormemente audaz con librarse de la fe en la monarquía hereditaria y jurar por la República democrática. En realidad, el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra, lo mismo en la República democrática que bajo la monarquía; y en el mejor de los casos, un mal que el proletariado hereda luego que triunfa en su lucha por la dominación de clase. El proletariado victorioso, tal como hizo la Comuna, no podrá por menos de amputar inmediatamente los peores lados de este mal, hasta que una generación futura, educada en condiciones sociales nuevas y libres, pueda deshacerse de todo ese trasto viejo del Estado. F. Engels. 1891

Decía Frederic Jameson en un texto de inspiración programáticai para el campo de la izquierda que la política radical ha oscilado entre dos opciones: a) una visión saint-simoniana de la ingeniería social y colectiva y b) una Utopía fourieriana de gratificación libidinal; es decir, entre la formulación leninista de 1920 del comunismo como «los soviets más la electrificación» (una idea de compatibilizar el poder popular con una tesis de modernización vía tránsito desde el capitalismo de estado) y alguna celebración más propiamente marcusiana de los años 1960 que celebraría una «política del cuerpo» erótico (una liberación del cuerpo y la palabra más cercana al pensamiento 1968 y contracultural).

El problema, ciertamente, no es meramente el de las respectivas prioridades de esos dos «niveles» (desarrollo de las fuerzas productivas junto a cambios en las correlaciones de fuerzas, por una parte, o emancipación subjetiva desde la microfísica de las relaciones de poder), tampoco es meramente interpretativo y hermenéutico, sino también práctico y político, como lo demuestra el destino del movimiento contracultural de los años 1960, o si se prefiere en una onda de “revoluciones desde el tercer mundo” el destino de la revolución cultural china, de la revolución argelina o de la revolución cubana en sus procesos de institucionalización de sus propios regímenes políticos y sus estilos-modelos de desarrollo.

Decía Daniel Bensaidii que "La izquierda debe elegir entre la resignación y el rechazo del chantaje liberal según el cual toda perspectiva de cambio radical debería conducir a un nuevo desastre totalitario".

Algunos citan la frase de Walter Benjamíniii acerca de la tarea del historiador que se oriente por el materialismo histórico, la de “pasarle a la historia el cepillo a contrapelo” (die Geschichte gegen den Strich zu bürsten) Se trata de una de las más citadas frases de las tesis sobre la historia, epígrafe de un sinnúmero de escritos de diversos autores que se afirman en ella para dar cuenta de su punto de vista, convocando por su medio a escribir otra historia. Incluso algunos llegan a proponer una inversión especular de la historiografía hegemónica, de modo que escribir la historia de los vencidos es simplemente narrar sus historias ejemplares de modo de construir figuras que promuevan o se presten a otras identificaciones imaginarias o simbólicas.

Tal como ha cuestionado Roberto Pittalugaiv, se trataría versiones especulares de la historiografía dominante, construyendo otros tantos relatos épicos, por lo que escribir la historia de los vencidos:

“… son por tanto empeños que tienden a erigir un nuevo panteón de héroes, y que incluso, disimuladamente o no, conservan la idea de progreso al interpretar las luchas del pasado como etapas de una historia acumulativa.

De este modo, pasarle el cepillo a contrapelo fue entendido en su primera capa de sentido, como, acotadamente, contar otra historia, la de los subalternos, la que no forma parte de las narraciones de los vencedores. Pero al detenerse en ese nivel de significación, los pilares de la concepción de la historia de la cual Benjamin nos insta a apartarnos, quedan así incólumes, mientras se hacen romas las puntas de las afiladas lanzas epistemológico-críticas de las tesis”.

Sin embargo, como ha planteado Löwy cepillar la historia a contrapelo es ir a contracorriente de la versión oficial, oponiéndole a ésta la tradición de los oprimidos. La revolución o la redención no serán el resultado del curso natural de los acontecimientos, del “sentido de la historia”, del progreso inevitable, habrá que “luchar contra la corriente”.

Como ha planteado Michel Löwy hay tres temáticas interrelacionadas en la formulación de Benjamin: la cuestión de la empatía con los vencidos; la problemática cultura/barbarie y, finalmente, la sentencia de cepillar la historia a contrapelo.

La empatía con los vencedores implica una actitud conformista y servicial para con los vencedores, del mismo modo que se comportaban los cortesanos de antaño o con los historiadores historicistas del presente, quienes hacen historia sometidos a la facticidad y por ello, a la metáfora del “cortejo triunfal”.

Como ha afirmado Pittaluga:

El materialismo histórico que Benjamin propone debe entonces reformular la relación entre pasado y presente, esto es, debe postular un régimen de temporalidad tal que permita la plena construcción de lo histórico, un régimen en el cual el presente abra determinado pretérito y éste mute su estatuto en relación a lo actual.”

Que el presente abra determinado pretérito implica dar cuenta de las posibilidades que se abren en la operación historiográfica, ya sea de legitimación/apología del presente o de construcción de nuevas líneas de fuerza y sentido. También la historia a contrapelo significa la doble posibilidad de lectura de todo documento de cultura, pues allí hay que registrar no solo un patrimonio acumulado sino la barbarie que lo hizo posible.

Este enlace hasta ahora inescindible de cultura y barbarie se prolonga en la transmisión entre generaciones del acervo documental, de la cualificación y construcción de los archivos legítimos, al vertebrarse en una hermenéutica de la transmisión de los vencedores que garantiza la reproducción de la dominación. La barbarie no reside solamente en el documento de cultura sino también en su transmisión, en la tradición por la cual nos llega como “historia”.

De modo que los tipos de transmisión se vinculan también con la problemática de los legados, patrimonios y las herencias culturales, con sus modos de interpretarlas para justificar determinadas orientaciones políticas. El peligro de esa transmisión dominante es que es un medio —un médium tal como lo plantea la mediología de Regis Debray— en el que se modelan los sujetos de la recepción, un terreno político-cultural del que emergen el conformismo y la complacencia con el statu quo, la disposición servicial “como herramienta de la clase dominante”.

Así, cepillar a contrapelo la historia es también la figura de una escritura que implica romper esa unidad significativa de los hechos en torno a su continuidad y direccionalidad, es decir, lo que también desde otra coordenadas Michel Foucault evocaba en sus crítica a la teleología y el origen en la historia, revalorizando la singularidad de cada acontecimiento, sin someterlo a su empalme perfecto con los demás, es decir, como continuidad de un proceso histórico.

Lo que emerge como narración histórica si se “cepilla a contrapelo” ya no es una dirección y una continuidad de la historia sino un enmarañamiento donde emergen los acontecimientos. Se trata de menos temporalidad vacía, homogénea y continua, y mucho más de multi-temporalidad y poli-ritmos de lo histórico. Al pasar el cepillo a contrapelo no se obtiene una historia épica de héroes proletarios u oprimidos. Su resultado no es Uno sino múltiple. No se trata de hacer historia de los subalternos bajo la misma lógica o perspectiva de la historiografía hegemónica, descartando la historia crítica a favor de la historia monumental o a la historia de anticuario, tal como las describieron tanto Nietzsche como Foucault.

Benjamin piensa que la inteligibilidad y la constitución de lo propiamente histórico emergen de una colisión entre las huellas del pasado y la situación del presente. Es en ese choque entre los tiempos (que es a la par encuentro) que aflora lo histórico, y la tarea del historiador materialista consiste en “hacer saltar la época de la «cósica continuidad de la historia»”, cargándola “de material explosivo”, es decir, [de] presente”.

La historia no es cosificación ni objetivación clausurada sino apertura al acontecimiento. El contrapelo benjaminiano exige una lectura de los signos (las marcas y documentos) del pasado en el presente, que es como el pasado nos llega. El pasado es construido, creado a partir de esa lectura de las huellas en el presente como si éste fuera un texto, pero esas huellas son improntas que exigen ser leídas entrelineas y como huellas invertidas.

La relación pasado-presente deja de ser mera instancia cronológica, y la historia crítica instaura una capacidad anacrónica para valorar el presente como irrupción, como instancia política de conflicto y peligro, abierta a potenciales cambios de rumbo, es decir, albergando, también, su propio chance revolucionaria. Se trata del desplazamiento de Cronos por Kairos:

El nuevo método dialéctico de la historiografía se presenta como el arte de experimentar el presente como el mundo de la vigilia al que en verdad se refiere ese sueño que llamamos pasado. ¡Pasar por el pasado en el recuerdo del sueño! —Por tanto: recordar y despertar son íntimamente afines. Pues despertar es el giro dialéctico, copernicano, de la rememoración” (Benjamin)

De este modo, el pasado en cuestión, aquél cuyo recinto ha abierto el presente, es el que interrumpe la tradición (y la transmisión) dominante: aquél que no tuvo continuidad, que no tuvo futuro. “Sólo para ella [la clase oprimida que lucha] y únicamente para ella hay conocimiento histórico en el instante histórico, es una dimensión de la lucha de los oprimidos, que no puede escindirse completamente de ese conflicto; es también momento de ese conflicto.

Sin embargo, aquí cabe contrastar a Benjamín con Foucaultv, pues para este último la tarea genealógica arroja por la borda cualquier consideración a la utopía. A pesar del interés de Foucault por los acontecimientos, por las luchas, azares y fuerzas enfrentadas, su historia está condenada a una meta-narrativa encubierta:

La humanidad no progresa lentamente, de combate en combate, hasta una reciprocidad universal en la que las reglas sustituirán para siempre a la guerra; instala cada una de estas violencias en un sistema de reglas y va así de dominación en dominación.”

El eterno retorno de lo mismo: de dominación en dominación, pareciera convertirse en un círculo vicioso: la vieja tesis Paretiana y de Gaetano Mosca de la circulación de las elites o de una clase política, hasta llegar finalmente al dictum de las revoluciones como “cementerio de las elites”

En cambio, para Benjamín hay que incrustar tres momentos en los fundamentos de la concepción materialista de la historia: la discontinuidad del tiempo histórico; la fuerza destructiva de la clase trabajadora y la tradición de los oprimidos. No se trata sólo de “apoderarse de la tradición de los oprimidos, sino también de fundarla”.

Semejante distinción nos permite distinguir la prioridad, dentro de la tradición marxista, de una «hermenéutica positiva» basada en la clase social, frente a las que siguen limitadas tanto por las categorías anarquistas del sujeto individual y la experiencia individual, o por el descentramiento radical de cualquier categoría de sujeto tan cara al pensamiento post-estructuralista, incluyendo la oscilaciones de Foucault entre la desaparición del sujeto, las tecnologías del yo y una estética de la existencia.

Sin embargo, la función demoledora de la historia crítica de Foucault puede ser articulada a la función de anticipación utópica propuesta por Benjamin, siempre que la utopía se la lleve de la mano de los peligros de su sombra; es decir de las distopías.

Si el término utopía pudo designar aquel proyecto o doctrina que se consideraba idóneo, pero inviable por sus métodos o de difícil puesta en práctica en las circunstancias históricas del presente, la utopía no dejo de asociarse a la esperanza.

Debido a su importante carga idealista y de fantasía constructiva, la utopía ofrece el suelo para formular y diseñar sistemas de vida en sociedad alternativos. Tomás Moro, impresionado por las narraciones extraordinarias de Américo Vespucio sobre la isla de Fernando de Noronha, que fue avistada por los europeos en 1503, consideró que en esa misma isla se podría construir una civilización perfecta.

La utopía era una sociedad comunal, racionalmente organizada, donde las casas y los bienes serían propiedad colectiva y no individual, y las personas pasarían su tiempo libre en la lectura y en el arte, pues no serían enviadas a la guerra, excepto en situaciones extremas; por lo tanto, esta sociedad viviría en paz, felicidad, justicia y en plena armonía de intereses.

Por otra parte, la distopía es la cara opuesta, negativa, de la utopía, y su pasión dominante es la desilusión y el miedo; es decir, apelar a la distopía es una forma de disuasión que puede contener elementos reaccionarios para justificar que lo existente es mucho mejor que cualquier sueño utópico.

En este sentido, la distopía explora las realidades fantaseadas para anticipar cómo ciertos métodos de conducción de la sociedad podrían derivar en sistemas totalitarios, injustos y espantosos. Como tal, la distopía designa un tipo de mundo imaginario, recreado en la literatura o el cine, que se considera indeseable.

La palabra distopía se forma con las raíces griegas δυσ (dys), que significa ‘malo’, y τόπος (tópos), que puede traducirse como ‘lugar’.

La distopía plantea un mundo donde las contradicciones de los discursos ideológicos con la experiencia y las prácticas efectivas son llevadas a sus consecuencias más extremas.

De allí que la distopía advierta sobre los peligros potenciales de las ideologías y de las utopías. No es casual que se cite tanto a 1984 de Orwell o al Mundo Feliz de Huxley para recrear el mundo de vida del totalitarismo, los regímenes dictatoriales, despóticos o autoritarios.

Vale la pena llevar de la mano las llaves de la esperanza junto con el “realismo” de las experiencias enlazadas a las energías de una “utopística” concreta, cuyas contradicciones efectivas en sus intentos de realización, sobremanera las experiencias derivadas del imaginario del socialismo revolucionario soviético, han llevado al grado cero de anticipación utópica, es decir, a condenar el futuro en nombre del fin de las ideologías (Bell) o del fin de la historia (Fukuyama).

Vale la pena detenerse en un ficcionado “Manual de lavado de cerebro para operadores psico-políticos de una sociedad distópica” para encontrar los riesgos y peligros de una utopía que condene a la basura o a la hoguera a cualquier filosofía de la libertad, o que sacrifique en el altar de un colectivismo despótico las energías singulares por ampliar los espacios de libertad.

No hay que olvidar nunca que la violencia puede dar a luz un poder de hecho, pero no puede ni suscitar ni perpetuar por sí sola el consentimiento. Este último supone una "dominación simbólica" (Weber), mediante la cual los sometidos incorporan los principios de su propia sujeción.

La tragedia del experimento bolchevique, con Lenin a la cabeza, fue hablar de un semi-estado en la transición (El Estado y la Revolución) para terminar denunciado al llamado Estado con deformaciones burocráticas en su visible y palpable burocratización.

Peor aún, las apelaciones a los mandatos de una "vanguardia política" con una ética completamente licuada (la metástasis de la corrupción) y con una investigación científica inexistente (el culto a la ignorancia y la incompetencia) conducen directamente a las distopías.

Si el término “Distópico” fue usado por primera vez por John Stuart Mill en 1868 y es definido por El Oxford English Dictionary como “un sitio o una situación imaginaria en donde todo lo que es malo es posible”, vale la pena detenerse a cuestionar también a toda realidad existente en el presente en la cual lo que se realiza o actualiza es injustamente la tesis: “todo lo que es malo es posible”.

Deleuze y Guattari plantearon: “Es muy fácil ser antifascista al nivel molar, sin ver al fascista que uno mismo es, que uno mismo cultiva y alimenta, mima, con moléculas personales y colectivas.”

De allí la función crítica de Foucault cuando escribió: Introducción a la vida no fascista, justamente como prólogo al anti-Edipo. Allí dedica unas frases a los burócratas de la revolución y a los funcionarios de la Verdad, en una época donde no se hablaba el lenguaje de varapalo de la post-verdad. Y allí también Foucault identificó al peor enemigo: el fascismo:

“…el mayor enemigo, el adversario estratégico (mientras que la oposición de El Anti-Edipo a sus otros enemigos constituye más bien un compromiso táctico): el fascismo. Y no solamente el fascismo histórico de Hitler y Mussolini –que supo movilizar y utilizar muy bien el deseo de las masas- sino también el fascismo que reside en cada uno de nosotros, que invade nuestros espíritus y nuestras conductas cotidianas, el fascismo que nos hace amar el poder, y desear a quienes nos dominan y explotan”.

Para no amar el poder y desear a quienes nos dominan y nos explotan, sirvan estas pequeñas líneas del Manual que deben ser leídas a contrapelo:

1) Los individuos y el Estado están enfermos donde los objetivos no son codificados e alineados rigurosamente. Sin lealtad a la organización dirigente entonces hay traición y desafección...

2) Todas las metas derivan de la coacción. Sin el castigo y la amenaza no puede haber ningún esfuerzo. Sin el dolor no puede haber ningún deseo de escaparse del dolor. Sin la amenaza del castigo no puede haber ninguna ganancia.

3) Sin la coacción y el mando no puede haber ninguna alineación de las funciones corporales. Sin el control directo o indirecto, no puede haber ninguna meta cumplida para el Estado.

4) "Donde la obediencia o el conformismo fallan, las masas sufren".

5) Los objetivos de Estado dependen de la lealtad y la obediencia de cada individuo para su logro. Un objetivo de Estado no debe ser interpretado sino obedecido. Cuando se interpone la iniciativa egocéntrica se interrumpen los objetivos.

6) Los objetivos del Estado son interrumpidos cuando una persona o grupo muestran deslealtad y desobediencia como resultado directo de su propia desalineación con la vida.

7) No siempre es necesario eliminar al individuo. Se trata de eliminar sus tendencias autónomas en función de la mejora de los objetivos y ganancias de la organización dirigente.

8) Se deben administrar castigos, cuando los individuos egocéntricos muestran falta de cooperación con la organización dirigente.

9) En el campo de la Psico-política, la lealtad significa "ajuste" y "alineación" a las metas de la organización dirigente.

10) La cura o correctivos de la deslealtad está enteramente contenida en los principios del "ajuste", "pertenencia al anillo" y la "alineación"

11) Hay que convencer a los individuos en que hay fuentes negativas y fuentes positivas de lealtad, las negativas deben ser asociadas a sufrimientos y privaciones, las positivas a esperanzas y beneficios.

12) A los individuos egocéntricos, no alineados y desobedientes hay que mostrarles que su deslealtad provoca circunstancias físicas peligrosas: encarcelamiento, falta del reconocimiento y privaciones.

13) Un individuo no alineado debe ser convencido mediante la coacción para abandonar y difamar lealtades previas y aceptar la nueva lealtad implantada por la organización dirigente.

14) La persona a ser destruida debe estar involucrada en el estigma de la locura, y debe haber sido puesta como blanco por operadores de acción psicológica, con una cantidad máxima de tumulto, difamación y publicidad negativa.

15) Donde algún liderazgo no es susceptible a nuestros mandatos, donde resiste todas las persuasiones y podría volverse peligroso para la causa de la organización dirigente, ningún dolor o sufrimiento debe ahorrarse hasta lograr su rendición.

16) Las lealtades, su ajuste y su re-alineación es el tema de la conquista no armada de un enemigo, adversario u oponente.

17) El uso más bárbaro, desenfrenado, brutal de la fuerza, si es llevado suficientemente lejos, invoca la obediencia.

18) Cualquier organización que tiene el valor de exhibir inhumanidad, salvajismo y brutalidad, será obedecida. Tal uso de la fuerza es, por sí mismo, el ingrediente esencial de su grandeza.

19) La obediencia es un tema de creencia, para obedecer hay que implantar la fuerza de creer, y para creer hay que pensar con fuerza de manera ajustada y alineada.

20) La obediencia más óptima es la obediencia irreflexiva. El mandato dado debe obedecerse sin ninguna racionalización, implantarse debajo de los procesos de alerta y lograr reacciones de modo automático.

21) “El militante-soldado no piensa, el militante-soldado obedece"

22) Un estímulo suficientemente instalado permanecerá como un mecanismo de policía dentro del individuo para causar que él siga los mandatos e instrucciones. Si él fallara, un nuevo mecanismo del estímulo debe entrar en acción, asociado en todo momento a la amenaza o al castigo.

23) El cuerpo es menos capaz de resistir a un mandato si tiene comida insuficiente y está cansado. Los mandatos deben ser administrados a los individuos cuando su capacidad de resistir ha sido reducida por privación y agotamiento.

24) Drogar al individuo causa un agotamiento artificial, y si es drogado, o shockeado y golpeado, y se le da una cadena de órdenes, sus lealtadespueden reorganizarse a nuestro favor. Esto es P.D.H. (Pain-Drug Hypnosis).

25) Los cambios de lealtades, obediencias, y fuentes del mando pueden ser ocasionados fácilmente por tecnologías psico-políticas.

26) La degradación del enemigo puede lograrse mucho más insidiosamente y mucho más eficazmente por la difamación consistente y constante.

27) Hay una curva de la degradación que lleva hacia abajo hasta un punto donde la resistencia de un individuo está casi al final, y cualquier acción súbita hacia él lo pondrá en un estado de conmoción (shock) y derrumbe.

28) Cualquier desobediente o amenaza a las normas de la moral del Estado debe ser sometido a "tratamiento mental".

29) Cualquiera que presente indicios mentales o fantasías sobre actos preparatorios de un plan, adquisición o adaptación de instrumentos, o asociación o actividad dirigida a afectar la moral del Estado debe ser castigado.

30) Las mayores penas y castigos debe ser ejecutadas a cualquiera que exprese por cualquier medio o soporte una fantasía que quebrante las normas de la moral estatal.

31) Ninguna gratificación para los desafectos de la organización dirigente.

Tomar la historia a contrapelo es precisamente iluminar el instante donde la tradición de los oprimidos, como sujetos de clase, grupo o como singularidades, se bifurca con tiempo irreversible de cualquier composición con los estratos y estados del fascismo o del colectivismo despótico.

Nunca estará de más recordar al viejo Engelsvi:

“El proletariado victorioso, tal como hizo la Comuna, no podrá por menos de amputar inmediatamente los peores lados de este mal, hasta que una generación futura, educada en condiciones sociales nuevas y libres, pueda deshacerse de todo ese trasto viejo del Estado.”

Y los peores lados de este mal son la violencia y la represión no consentidas por los ciudadanos y el derecho de parte de los órganos del Estado.

Requerimos de menos distopías y muchas más utopías, de forjar una generación futura, educada en condiciones sociales nuevas y libres, que pueda deshacerse de todo ese trasto viejo del Estado.

ii Daniel Bensaïd. Teoremas de la resistencia a los tiempos que corren:


27 de abril de 2015

Debate sobre el devenir de la cultura.

Debate entre profxs del Colegio de Bachilleres, en el marco del taller de la planeación del curso: Cultura Mexicana y Sociedad del Conocimiento II, Bloque 2 Filosofía Mexicana, entre lo abstracto y lo concreto.

Fecha del vídeo: 03 de febrero de 2012. Tomados del Canal de Pedro Montalvo Piedra en TuTubo, luego de que compartiera los enlaces 



Los Valores. 1 de 4.



Los Valores. 2 de 4.



Los Valores. 3 de 4.



Los Valores. 4 de 4.

14 de febrero de 2015

Lenkersdorf en clave tojolabal




Babel

Lenkersdorf en clave tojolabal

Javier Hernández Alpízar

En las Crónicas marcianas de Ray Bradbury hay una que se llama “El marciano”. Un grupo de terrícolas llegan a las ruinas de una civilización marciana, uno de esos exploradores- invasores se enamora de esa civilización porque le parece que en ella el arte no estuvo separado de la vida diaria de los marcianos. Uno de los terrícolas se pierde. Todos se ponen alerta. De vez en vez son hostilizados por los disparos de alguien oculto. Cuando logran cercarlo y descubren quién es, se dan cuenta de que es el terrícola enamorado de la civilización marciana. Era para él tan hermosa, tan superior a la terrícola, que decidió ser un marciano y resistir. Todas las crónicas están llenas de ese tipo de melancólico lamento, de esa incurable otredad que padece lo uno, como diría por boca de Juan de Mairena Antonio Machado.

Carlos Lenkersdorf daba una conferencia inmediatamente después de que acababa una mesa redonda en la cual habían debatido varios académicos marxistas, entre ellos solamente recuerdo el nombre de Atilio Borón. Habían discutido sobre la gran conveniencia para las organizaciones revolucionarias de que gobernaran las izquierdas reformistas, porque, según ellos, bajo esos gobiernos reformistas las organizaciones revolucionarias podrían crecer más, ya se sabe que la revolución está siempre en el largo plazo. Lenkersdorf, antes de abordar su tema: la antropología lingüística y especialmente cómo le ha servido para poder ser alumno de los indios mayas chiapanecos tojolabales, quienes lo han educado en su lengua, cultura, cosmovisión y filosofía, en su sabiduría pues, comentó: Estuve escuchando la discusión de la mesa anterior y sí, entendí: “queremos la revolución, pero no la queremos ahora”. Con solamente un comentario barrió con esos discursos académicos que elaboran un análisis nacional, internacional, mundial, diacrónico, sincrónico, y luego de hacer temblar la montaña, como en el parto de los montes, dan a luz a un ratoncito: “vamos a votar por el centro izquierda, porque el verdadero cambio social no tiene hoy una correlación de fuerzas favorable”.

Yo solamente había visto el video una conferencia de Lenkersdorf (¡en VHS!), y la recuerdo un poco más que la conferencia de ese día. Acaso pude después escuchar en Xalapa a la experta en mayas clásicos rusa Galina Ershova platicando cómo los estudiosos rusos lograron descifrar la escritura maya clásica y ya leen y estudian a los mayas, especialmente su cosmología. De los mayas clásicos no sabemos, pero podemos comenzar a aprender lo que están leyendo quienes saben hacerlo; sin embargo, de los mayas contemporáneos, ¿qué sabemos?

Por suerte, Lenkersdorf tuvo la humildad intelectual y científica de hacerse alumno, discípulo de los tojolabales y aprender su lengua, estudiar su cultura, para poder asomarse a su sabiduría y algo de ello nos ha dejado en varios libros, de los cuales recientemente pude leer Filosofar en clave tojolabal. El autor no le exige a sus lectores aprender tojolabal, sino que va traduciendo, explicando, introduciendo al lector en una comprensión y un entendimiento general de la sabiduría tojolabal.

Hace un libro de sencilla lectura, contando cómo conoció primero a los indígenas tzeltales y los escuchó en una asamblea de la que solamente pudo retener el tik- tik con el que terminaban muchas de sus expresiones. Supo que el tik era el “nosotros” y después lo volvió a encontrar al estudiar y aprender el tojolabal. De ahí, la reflexión de años para comprender la lengua- cultura tojolabal (que en esto se parece a las otras lenguas- culturas mayas) lo llevó a comprender que la palabra clave para entenderlos es el “nosotros”.

Así va explorando algunos de los aspectos de la cosmovisión y la sabiduría tojolabal, de la cual defiende que sí existe una filosofía, una sabiduría que ayuda a forjar más que un cerebro un corazón (como en los nahuas clásicos había encontrado Miguel León Portilla: “tener un rostro y un corazón”), un pensar- sentir- actuar cordial. De esa manera de pensar con un corazón colectivo, nosótrico, no monista sino pluralista, además no puramente antropocéntrico sino donde (desde la estructura lingüística) no hay un sujeto frente a otros objetos sino relaciones entre sujetos, intersubjetivas, donde hay sujetos, además de los humanos, como la lengua misma, los seres animados (animales, plantas, la milpa) e incluso los que para nosotros son inanimados, y una muy otra compresión del tiempo, donde el tiempo no es nuestro sino nosotros de él e incluso nosotros podemos ser un tiempo (una época, una apertura temporal), otra forma de relacionarse con el mundo todo, otra forma de entender la relación política nosótrica (de donde viene el mandar obedeciendo, es decir que las autoridades son trabajadores comisionados o delegados para hacer algo bajo el mandato de la comunidad), otra forma de entender la humanidad (con una apertura no etnocéntrica sino a un nosotros en conformación que abarca a la humanidad, que no puede dar lugar a un sectarismo racista o a un “choque de civilizaciones” porque no hay monismo sino pluralidad: un mundo donde quepan muchos mundos).

Desde luego, Lenkersdorf no es un académico mojigato y “apolítico”, sabe que hablar de los indígenas tojolabales y mayas hoy es hablar de organizaciones suyas como el EZLN y de otras donde se forma un nosotros más amplio como el CNI. Y muestra cómo el paso organizativo de ese nosotros viene de lo profundo de sus filosofías, al menos por lo que podemos alcanzar a comprender de los tojolabales. Sabe que además un no indígena puede hacerse alumno, discípulo de los indios mayas, y así como lo hizo el Marciano de las crónicas de Bradbury, así como lo hizo el difunto Marcos y lo hace actualmente Galeano, así lo hizo Lenkersdorf, quien se apropió también de una sabiduría, un rostro y un corazón, traduciendo con los tojolabales, aprendiendo con ellos, entrando en el proceso de ser un nosotros humano y cósmico.

Cuando los zapatistas llegaron a la ENAH en 2001, decía un amigo marxista, a los antropólogos se les rebeló el objeto de estudio: porque no son un objeto, son un sujeto colectivo, un nosotros, y no están para ser estudiados mediante métodos etnológicos: están para ser maestros de su cultura y sabiduría. Sin embargo, para tratar de entenderlos hay que aprender algo muy importante: aprender a escuchar, a poner atención. Contrario a todos los colonizadores que pretenden llegar a las comunidades indias, campesinas, rurales y aun urbanas a “enseñar”, “educar” o “dar línea”, Lenkersdorf llegó a escuchar, a pedir ser educado, a aprender. Pocos han tenido esa capacidad, de no pensar que “nuestros pueblos son ignorantes y hay que enseñarles muchas cosas” sino de decir: “estos pueblos indios son mis maestros”. Por ello Lenkersdorf puede en libros como Filosofar en clave tojolabal decirnos cosas tan subversivas, en el corto y el largo plazo, y no en el nihilismo del futuro que nunca llega, como: “Grecia no ha sido la una de toda clase de filosofía, ni tampoco el manantial de la cultura universal. El filosofar a la griega, que de maneras diferentes a conformado el filosofar occidental, tiene que reconocer que hay muchas maneras de ser “amigos de la sabiduría”, que se traduce al tojolabal como “tener corazón ya” (´ayxa sk´ujol).”

Mucho hemos buscado en la filosofía occidental a los disidentes que se paran en el umbral de lo otro y lo señalan sin atreverse a salir de su piel y caminar hacia el lugar a donde señalan, temerosos de perder la herencia que saben ya caduca pero es todo lo que tienen. Sin embargo con los mayas y los pueblos indios, contemporáneos y clásicos, podemos tener maestros que nos enseñen, como diría Lenkersdorf: “una filosofía corazonada, tal vez mejor dicho cordial, y no tan intelectualizada, sin que se rechace el pensar.” La cual curiosamente coincide con muchas de las propuestas de las teorías cognitivistas del último siglo: conocemos no sólo con la mente sino con nuestra mente- cuerpo, afectivamente, con los “objetos” en cuya red nos movemos y producimos y, dirían los tojolabales, además conocemos, sabemos, actuamos, como un nosotros. Aunque, según occidente (lo que Boaventura de Sousa Santos ha llamado epistemicido: producirnos como no existentes), no somos, no existimos, no sabemos, no filosofamos, sin embargo, sí hacemos todo eso y también resistimos y nos rebelamos. O al menos, con ellos, los indígenas, estamos invitados a hacerlo, a formar parte de su humano y corazonado nosotros.

Carlos Lenkersdorf, Filosofar en clave tojolabal, Porrúa, México, 2005, 273 págs. Disponible en pdf en: http://www.olimon.org/uan/lenkensdorf.pdf
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