“Como en toda historia previa, quienquiera que
resulte triunfador seguirá participando de ese triunfo en el que los
gobernantes de hoy marchan sobre los cuerpos postrados de sus víctimas.
Como de costumbre, los despojos se llevan en alto en ese desfile
triunfal. A éstos se les llama generalmente la herencia cultural. Esta
última encuentra un observador bastante distante en el materialista
histórico. Pues tales riquezas culturales, cuando él las repasa, delatan
un origen que él no puede contemplar sin horror. Deben su existencia no
sólo a los afanes de los grandes creadores que las han producido, sino
asimismo a la fuerza de trabajo anónima de los contemporáneos de estos
últimos. No ha habido nunca un documento de cultura que no fuera a la
vez un documento de barbarie.” Walter Benjamin, «Tesis sobre la filosofía de la historia», VII
La
moda husmea lo actual dondequiera que lo actual se mueva en la jungla
de otrora. Es un salto de tigre al pasado. Sólo tiene lugar en una arena
en la que manda la clase dominante. El mismo salto bajo el cielo
despejado de la historia es el salto dialéctico, que así es como Marx
entendió la revolución. Walter Benjamin, «Tesis sobre la filosofía de la historia», XIV
El
mayor mérito de El Espíritu de la Utopía de Bloch es haber negado con
toda intensidad la significación política de la teocracia. Walter Benjamin, FRAGMENTO POLITICO-TEOLOGICO
Esta
labor de destrucción del viejo Poder estatal y de su reemplazo por otro
nuevo y verdaderamente democrático es descrita con todo detalle en el
capítulo tercero de La Guerra Civil. Sin embargo, era necesario
detenerse a examinar aquí brevemente algunos de los rasgos de este
reemplazo por ser precisamente en Alemania donde la fe supersticiosa en
el Estado se ha trasladado del campo filosófico a la conciencia general
de la burguesía e incluso a la de muchos obreros. Según la concepción
filosófica, el Estado es la "realización de la idea", o traducido al
lenguaje filosófico, el reino de Dios en la tierra, el campo en que se
hacen o deben hacerse realidad la verdad y la justicia eternas. De aquí
nace una veneración supersticiosa hacia el Estado y hacia todo lo que
con él se relaciona, veneración que va arraigando más fácilmente en la
medida en que la gente se acostumbra desde la infancia a pensar que los
asuntos e intereses comunes a toda la sociedad no pueden ser mirados de
manera distinta a como han sido mirados hasta aquí, es decir, a través
del Estado y de sus bien retribuidos funcionarios. Y la gente cree haber
dado un paso enormemente audaz con librarse de la fe en la monarquía
hereditaria y jurar por la República democrática. En realidad, el Estado
no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra, lo
mismo en la República democrática que bajo la monarquía; y en el mejor
de los casos, un mal que el proletariado hereda luego que triunfa en su
lucha por la dominación de clase. El proletariado victorioso, tal como
hizo la Comuna, no podrá por menos de amputar inmediatamente los peores
lados de este mal, hasta que una generación futura, educada en
condiciones sociales nuevas y libres, pueda deshacerse de todo ese
trasto viejo del Estado. F. Engels. 1891
Decía Frederic Jameson en un texto de inspiración programáticai
para el campo de la izquierda que la política radical ha oscilado entre
dos opciones: a) una visión saint-simoniana de la ingeniería social y
colectiva y b) una Utopía fourieriana de gratificación libidinal; es
decir, entre la formulación leninista de 1920 del comunismo como «los
soviets más la electrificación» (una idea de compatibilizar el poder
popular con una tesis de modernización vía tránsito desde el capitalismo
de estado) y alguna celebración más propiamente marcusiana de los años
1960 que celebraría una «política del cuerpo» erótico (una liberación
del cuerpo y la palabra más cercana al pensamiento 1968 y
contracultural).
El problema, ciertamente, no es
meramente el de las respectivas prioridades de esos dos «niveles»
(desarrollo de las fuerzas productivas junto a cambios en las
correlaciones de fuerzas, por una parte, o emancipación subjetiva desde
la microfísica de las relaciones de poder), tampoco es meramente
interpretativo y hermenéutico, sino también práctico y político, como lo
demuestra el destino del movimiento contracultural de los años 1960, o
si se prefiere en una onda de “revoluciones desde el tercer mundo” el
destino de la revolución cultural china, de la revolución argelina o de
la revolución cubana en sus procesos de institucionalización de sus
propios regímenes políticos y sus estilos-modelos de desarrollo.
Decía Daniel Bensaidii
que "La izquierda debe elegir entre la resignación y el rechazo del
chantaje liberal según el cual toda perspectiva de cambio radical
debería conducir a un nuevo desastre totalitario".
Algunos citan la frase de Walter Benjamíniii
acerca de la tarea del historiador que se oriente por el materialismo
histórico, la de “pasarle a la historia el cepillo a contrapelo” (die
Geschichte gegen den Strich zu bürsten) Se trata de una de las más
citadas frases de las tesis sobre la historia, epígrafe de un sinnúmero
de escritos de diversos autores que se afirman en ella para dar cuenta
de su punto de vista, convocando por su medio a escribir otra historia.
Incluso algunos llegan a proponer una inversión especular de la
historiografía hegemónica, de modo que escribir la historia de los
vencidos es simplemente narrar sus historias ejemplares de modo de
construir figuras que promuevan o se presten a otras identificaciones
imaginarias o simbólicas.
Tal como ha cuestionado Roberto Pittalugaiv,
se trataría versiones especulares de la historiografía dominante,
construyendo otros tantos relatos épicos, por lo que escribir la
historia de los vencidos:
“… son por tanto
empeños que tienden a erigir un nuevo panteón de héroes, y que incluso,
disimuladamente o no, conservan la idea de progreso al interpretar las
luchas del pasado como etapas de una historia acumulativa.
De
este modo, pasarle el cepillo a contrapelo fue entendido en su primera
capa de sentido, como, acotadamente, contar otra historia, la de los
subalternos, la que no forma parte de las narraciones de los vencedores.
Pero al detenerse en ese nivel de significación, los pilares de la
concepción de la historia de la cual Benjamin nos insta a apartarnos,
quedan así incólumes, mientras se hacen romas las puntas de las afiladas
lanzas epistemológico-críticas de las tesis”.
Sin
embargo, como ha planteado Löwy cepillar la historia a contrapelo es ir
a contracorriente de la versión oficial, oponiéndole a ésta la
tradición de los oprimidos. La revolución o la redención no serán el
resultado del curso natural de los acontecimientos, del “sentido de la
historia”, del progreso inevitable, habrá que “luchar contra la
corriente”.
Como ha planteado Michel Löwy hay tres
temáticas interrelacionadas en la formulación de Benjamin: la cuestión
de la empatía con los vencidos; la problemática cultura/barbarie y,
finalmente, la sentencia de cepillar la historia a contrapelo.
La
empatía con los vencedores implica una actitud conformista y servicial
para con los vencedores, del mismo modo que se comportaban los
cortesanos de antaño o con los historiadores historicistas del presente,
quienes hacen historia sometidos a la facticidad y por ello, a la
metáfora del “cortejo triunfal”.
Como ha afirmado Pittaluga:
“El
materialismo histórico que Benjamin propone debe entonces reformular la
relación entre pasado y presente, esto es, debe postular un régimen de
temporalidad tal que permita la plena construcción de lo histórico, un
régimen en el cual el presente abra determinado pretérito y éste mute su
estatuto en relación a lo actual.”
Que el
presente abra determinado pretérito implica dar cuenta de las
posibilidades que se abren en la operación historiográfica, ya sea de
legitimación/apología del presente o de construcción de nuevas líneas de
fuerza y sentido. También la historia a contrapelo significa la doble
posibilidad de lectura de todo documento de cultura, pues allí hay que
registrar no solo un patrimonio acumulado sino la barbarie que lo hizo
posible.
Este enlace hasta ahora inescindible de
cultura y barbarie se prolonga en la transmisión entre generaciones del
acervo documental, de la cualificación y construcción de los archivos
legítimos, al vertebrarse en una hermenéutica de la transmisión de los
vencedores que garantiza la reproducción de la dominación. La barbarie
no reside solamente en el documento de cultura sino también en su
transmisión, en la tradición por la cual nos llega como “historia”.
De
modo que los tipos de transmisión se vinculan también con la
problemática de los legados, patrimonios y las herencias culturales, con
sus modos de interpretarlas para justificar determinadas orientaciones
políticas. El peligro de esa transmisión dominante es que es un medio
—un médium tal como lo plantea la mediología de Regis Debray— en el que
se modelan los sujetos de la recepción, un terreno político-cultural del
que emergen el conformismo y la complacencia con el statu quo, la
disposición servicial “como herramienta de la clase dominante”.
Así,
cepillar a contrapelo la historia es también la figura de una escritura
que implica romper esa unidad significativa de los hechos en torno a su
continuidad y direccionalidad, es decir, lo que también desde otra
coordenadas Michel Foucault evocaba en sus crítica a la teleología y el
origen en la historia, revalorizando la singularidad de cada
acontecimiento, sin someterlo a su empalme perfecto con los demás, es
decir, como continuidad de un proceso histórico.
Lo
que emerge como narración histórica si se “cepilla a contrapelo” ya no
es una dirección y una continuidad de la historia sino un enmarañamiento
donde emergen los acontecimientos. Se trata de menos temporalidad
vacía, homogénea y continua, y mucho más de multi-temporalidad y
poli-ritmos de lo histórico. Al pasar el cepillo a contrapelo no se
obtiene una historia épica de héroes proletarios u oprimidos. Su
resultado no es Uno sino múltiple. No se trata de hacer historia de los
subalternos bajo la misma lógica o perspectiva de la historiografía
hegemónica, descartando la historia crítica a favor de la historia
monumental o a la historia de anticuario, tal como las describieron
tanto Nietzsche como Foucault.
Benjamin piensa que
la inteligibilidad y la constitución de lo propiamente histórico
emergen de una colisión entre las huellas del pasado y la situación del
presente. Es en ese choque entre los tiempos (que es a la par encuentro)
que aflora lo histórico, y la tarea del historiador materialista
consiste en “hacer saltar la época de la «cósica continuidad de la
historia»”, cargándola “de material explosivo”, es decir, [de]
presente”.
La historia no es cosificación ni
objetivación clausurada sino apertura al acontecimiento. El contrapelo
benjaminiano exige una lectura de los signos (las marcas y documentos)
del pasado en el presente, que es como el pasado nos llega. El pasado es
construido, creado a partir de esa lectura de las huellas en el
presente como si éste fuera un texto, pero esas huellas son improntas
que exigen ser leídas entrelineas y como huellas invertidas.
La
relación pasado-presente deja de ser mera instancia cronológica, y la
historia crítica instaura una capacidad anacrónica para valorar el
presente como irrupción, como instancia política de conflicto y peligro,
abierta a potenciales cambios de rumbo, es decir, albergando, también,
su propio chance revolucionaria. Se trata del desplazamiento de Cronos
por Kairos:
El nuevo método dialéctico de la
historiografía se presenta como el arte de experimentar el presente como
el mundo de la vigilia al que en verdad se refiere ese sueño que
llamamos pasado. ¡Pasar por el pasado en el recuerdo del sueño! —Por
tanto: recordar y despertar son íntimamente afines. Pues despertar es el
giro dialéctico, copernicano, de la rememoración” (Benjamin)
De
este modo, el pasado en cuestión, aquél cuyo recinto ha abierto el
presente, es el que interrumpe la tradición (y la transmisión)
dominante: aquél que no tuvo continuidad, que no tuvo futuro. “Sólo para
ella [la clase oprimida que lucha] y únicamente para ella hay
conocimiento histórico en el instante histórico, es una dimensión de la
lucha de los oprimidos, que no puede escindirse completamente de ese
conflicto; es también momento de ese conflicto.
Sin embargo, aquí cabe contrastar a Benjamín con Foucaultv,
pues para este último la tarea genealógica arroja por la borda
cualquier consideración a la utopía. A pesar del interés de Foucault por
los acontecimientos, por las luchas, azares y fuerzas enfrentadas, su
historia está condenada a una meta-narrativa encubierta:
“La
humanidad no progresa lentamente, de combate en combate, hasta una
reciprocidad universal en la que las reglas sustituirán para siempre a
la guerra; instala cada una de estas violencias en un sistema de reglas y
va así de dominación en dominación.”
El
eterno retorno de lo mismo: de dominación en dominación, pareciera
convertirse en un círculo vicioso: la vieja tesis Paretiana y de Gaetano
Mosca de la circulación de las elites o de una clase política, hasta
llegar finalmente al dictum de las revoluciones como “cementerio de las
elites”
En cambio, para Benjamín hay que incrustar
tres momentos en los fundamentos de la concepción materialista de la
historia: la discontinuidad del tiempo histórico; la fuerza destructiva
de la clase trabajadora y la tradición de los oprimidos. No se trata
sólo de “apoderarse de la tradición de los oprimidos, sino también de
fundarla”.
Semejante distinción nos permite
distinguir la prioridad, dentro de la tradición marxista, de una
«hermenéutica positiva» basada en la clase social, frente a las que
siguen limitadas tanto por las categorías anarquistas del sujeto
individual y la experiencia individual, o por el descentramiento radical
de cualquier categoría de sujeto tan cara al pensamiento
post-estructuralista, incluyendo la oscilaciones de Foucault entre la
desaparición del sujeto, las tecnologías del yo y una estética de la
existencia.
Sin embargo, la función demoledora de
la historia crítica de Foucault puede ser articulada a la función de
anticipación utópica propuesta por Benjamin, siempre que la utopía se la
lleve de la mano de los peligros de su sombra; es decir de las
distopías.
Si el término utopía pudo designar
aquel proyecto o doctrina que se consideraba idóneo, pero inviable por
sus métodos o de difícil puesta en práctica en las circunstancias
históricas del presente, la utopía no dejo de asociarse a la esperanza.
Debido
a su importante carga idealista y de fantasía constructiva, la utopía
ofrece el suelo para formular y diseñar sistemas de vida en sociedad
alternativos. Tomás Moro, impresionado por las narraciones
extraordinarias de Américo Vespucio sobre la isla de Fernando de
Noronha, que fue avistada por los europeos en 1503, consideró que en esa
misma isla se podría construir una civilización perfecta.
La
utopía era una sociedad comunal, racionalmente organizada, donde las
casas y los bienes serían propiedad colectiva y no individual, y las
personas pasarían su tiempo libre en la lectura y en el arte, pues no
serían enviadas a la guerra, excepto en situaciones extremas; por lo
tanto, esta sociedad viviría en paz, felicidad, justicia y en plena
armonía de intereses.
Por otra parte, la distopía
es la cara opuesta, negativa, de la utopía, y su pasión dominante es la
desilusión y el miedo; es decir, apelar a la distopía es una forma de
disuasión que puede contener elementos reaccionarios para justificar que
lo existente es mucho mejor que cualquier sueño utópico.
En
este sentido, la distopía explora las realidades fantaseadas para
anticipar cómo ciertos métodos de conducción de la sociedad podrían
derivar en sistemas totalitarios, injustos y espantosos. Como tal, la
distopía designa un tipo de mundo imaginario, recreado en la literatura o
el cine, que se considera indeseable.
La palabra
distopía se forma con las raíces griegas δυσ (dys), que significa
‘malo’, y τόπος (tópos), que puede traducirse como ‘lugar’.
La
distopía plantea un mundo donde las contradicciones de los discursos
ideológicos con la experiencia y las prácticas efectivas son llevadas a
sus consecuencias más extremas.
De allí que la
distopía advierta sobre los peligros potenciales de las ideologías y de
las utopías. No es casual que se cite tanto a 1984 de Orwell o al Mundo
Feliz de Huxley para recrear el mundo de vida del totalitarismo, los
regímenes dictatoriales, despóticos o autoritarios.
Vale
la pena llevar de la mano las llaves de la esperanza junto con el
“realismo” de las experiencias enlazadas a las energías de una
“utopística” concreta, cuyas contradicciones efectivas en sus intentos
de realización, sobremanera las experiencias derivadas del imaginario
del socialismo revolucionario soviético, han llevado al grado cero de
anticipación utópica, es decir, a condenar el futuro en nombre del fin
de las ideologías (Bell) o del fin de la historia (Fukuyama).
Vale
la pena detenerse en un ficcionado “Manual de lavado de cerebro para
operadores psico-políticos de una sociedad distópica” para encontrar los
riesgos y peligros de una utopía que condene a la basura o a la hoguera
a cualquier filosofía de la libertad, o que sacrifique en el altar de
un colectivismo despótico las energías singulares por ampliar los
espacios de libertad.
No hay que olvidar nunca que
la violencia puede dar a luz un poder de hecho, pero no puede ni
suscitar ni perpetuar por sí sola el consentimiento. Este último supone
una "dominación simbólica" (Weber), mediante la cual los sometidos
incorporan los principios de su propia sujeción.
La
tragedia del experimento bolchevique, con Lenin a la cabeza, fue hablar
de un semi-estado en la transición (El Estado y la Revolución) para
terminar denunciado al llamado Estado con deformaciones burocráticas en
su visible y palpable burocratización.
Peor aún,
las apelaciones a los mandatos de una "vanguardia política" con una
ética completamente licuada (la metástasis de la corrupción) y con una
investigación científica inexistente (el culto a la ignorancia y la
incompetencia) conducen directamente a las distopías.
Si
el término “Distópico” fue usado por primera vez por John Stuart Mill
en 1868 y es definido por El Oxford English Dictionary como “un sitio o
una situación imaginaria en donde todo lo que es malo es posible”, vale
la pena detenerse a cuestionar también a toda realidad existente en el
presente en la cual lo que se realiza o actualiza es injustamente la
tesis: “todo lo que es malo es posible”.
Deleuze y
Guattari plantearon: “Es muy fácil ser antifascista al nivel molar, sin
ver al fascista que uno mismo es, que uno mismo cultiva y alimenta,
mima, con moléculas personales y colectivas.”
De
allí la función crítica de Foucault cuando escribió: Introducción a la
vida no fascista, justamente como prólogo al anti-Edipo. Allí dedica
unas frases a los burócratas de la revolución y a los funcionarios de la
Verdad, en una época donde no se hablaba el lenguaje de varapalo de la
post-verdad. Y allí también Foucault identificó al peor enemigo: el
fascismo:
“…el mayor enemigo, el adversario
estratégico (mientras que la oposición de El Anti-Edipo a sus otros
enemigos constituye más bien un compromiso táctico): el fascismo. Y no
solamente el fascismo histórico de Hitler y Mussolini –que supo
movilizar y utilizar muy bien el deseo de las masas- sino también el
fascismo que reside en cada uno de nosotros, que invade nuestros
espíritus y nuestras conductas cotidianas, el fascismo que nos hace amar
el poder, y desear a quienes nos dominan y explotan”.
Para
no amar el poder y desear a quienes nos dominan y nos explotan, sirvan
estas pequeñas líneas del Manual que deben ser leídas a contrapelo:
1)
Los individuos y el Estado están enfermos donde los objetivos no son
codificados e alineados rigurosamente. Sin lealtad a la organización
dirigente entonces hay traición y desafección...
2)
Todas las metas derivan de la coacción. Sin el castigo y la amenaza no
puede haber ningún esfuerzo. Sin el dolor no puede haber ningún deseo de
escaparse del dolor. Sin la amenaza del castigo no puede haber ninguna
ganancia.
3) Sin la coacción y el mando no puede
haber ninguna alineación de las funciones corporales. Sin el control
directo o indirecto, no puede haber ninguna meta cumplida para el
Estado.
4) "Donde la obediencia o el conformismo fallan, las masas sufren".
5)
Los objetivos de Estado dependen de la lealtad y la obediencia de cada
individuo para su logro. Un objetivo de Estado no debe ser interpretado
sino obedecido. Cuando se interpone la iniciativa egocéntrica se
interrumpen los objetivos.
6) Los objetivos del
Estado son interrumpidos cuando una persona o grupo muestran deslealtad y
desobediencia como resultado directo de su propia desalineación con la
vida.
7) No siempre es necesario eliminar al
individuo. Se trata de eliminar sus tendencias autónomas en función de
la mejora de los objetivos y ganancias de la organización dirigente.
8)
Se deben administrar castigos, cuando los individuos egocéntricos
muestran falta de cooperación con la organización dirigente.
9) En el campo de la Psico-política, la lealtad significa "ajuste" y "alineación" a las metas de la organización dirigente.
10)
La cura o correctivos de la deslealtad está enteramente contenida en
los principios del "ajuste", "pertenencia al anillo" y la "alineación"
11)
Hay que convencer a los individuos en que hay fuentes negativas y
fuentes positivas de lealtad, las negativas deben ser asociadas a
sufrimientos y privaciones, las positivas a esperanzas y beneficios.
12)
A los individuos egocéntricos, no alineados y desobedientes hay que
mostrarles que su deslealtad provoca circunstancias físicas peligrosas:
encarcelamiento, falta del reconocimiento y privaciones.
13)
Un individuo no alineado debe ser convencido mediante la coacción para
abandonar y difamar lealtades previas y aceptar la nueva lealtad
implantada por la organización dirigente.
14) La
persona a ser destruida debe estar involucrada en el estigma de la
locura, y debe haber sido puesta como blanco por operadores de acción
psicológica, con una cantidad máxima de tumulto, difamación y publicidad
negativa.
15) Donde algún liderazgo no es
susceptible a nuestros mandatos, donde resiste todas las persuasiones y
podría volverse peligroso para la causa de la organización dirigente,
ningún dolor o sufrimiento debe ahorrarse hasta lograr su rendición.
16) Las lealtades, su ajuste y su re-alineación es el tema de la conquista no armada de un enemigo, adversario u oponente.
17) El uso más bárbaro, desenfrenado, brutal de la fuerza, si es llevado suficientemente lejos, invoca la obediencia.
18)
Cualquier organización que tiene el valor de exhibir inhumanidad,
salvajismo y brutalidad, será obedecida. Tal uso de la fuerza es, por sí
mismo, el ingrediente esencial de su grandeza.
19)
La obediencia es un tema de creencia, para obedecer hay que implantar
la fuerza de creer, y para creer hay que pensar con fuerza de manera
ajustada y alineada.
20) La obediencia más óptima
es la obediencia irreflexiva. El mandato dado debe obedecerse sin
ninguna racionalización, implantarse debajo de los procesos de alerta y
lograr reacciones de modo automático.
21) “El militante-soldado no piensa, el militante-soldado obedece"
22)
Un estímulo suficientemente instalado permanecerá como un mecanismo de
policía dentro del individuo para causar que él siga los mandatos e
instrucciones. Si él fallara, un nuevo mecanismo del estímulo debe
entrar en acción, asociado en todo momento a la amenaza o al castigo.
23)
El cuerpo es menos capaz de resistir a un mandato si tiene comida
insuficiente y está cansado. Los mandatos deben ser administrados a los
individuos cuando su capacidad de resistir ha sido reducida por
privación y agotamiento.
24) Drogar al individuo
causa un agotamiento artificial, y si es drogado, o shockeado y
golpeado, y se le da una cadena de órdenes, sus lealtadespueden
reorganizarse a nuestro favor. Esto es P.D.H. (Pain-Drug Hypnosis).
25)
Los cambios de lealtades, obediencias, y fuentes del mando pueden ser
ocasionados fácilmente por tecnologías psico-políticas.
26)
La degradación del enemigo puede lograrse mucho más insidiosamente y
mucho más eficazmente por la difamación consistente y constante.
27)
Hay una curva de la degradación que lleva hacia abajo hasta un punto
donde la resistencia de un individuo está casi al final, y cualquier
acción súbita hacia él lo pondrá en un estado de conmoción (shock) y
derrumbe.
28) Cualquier desobediente o amenaza a las normas de la moral del Estado debe ser sometido a "tratamiento mental".
29)
Cualquiera que presente indicios mentales o fantasías sobre actos
preparatorios de un plan, adquisición o adaptación de instrumentos, o
asociación o actividad dirigida a afectar la moral del Estado debe ser
castigado.
30) Las mayores penas y castigos debe
ser ejecutadas a cualquiera que exprese por cualquier medio o soporte
una fantasía que quebrante las normas de la moral estatal.
31) Ninguna gratificación para los desafectos de la organización dirigente.
Tomar
la historia a contrapelo es precisamente iluminar el instante donde la
tradición de los oprimidos, como sujetos de clase, grupo o como
singularidades, se bifurca con tiempo irreversible de cualquier
composición con los estratos y estados del fascismo o del colectivismo
despótico.
Nunca estará de más recordar al viejo Engelsvi:
“El
proletariado victorioso, tal como hizo la Comuna, no podrá por menos de
amputar inmediatamente los peores lados de este mal, hasta que una
generación futura, educada en condiciones sociales nuevas y libres,
pueda deshacerse de todo ese trasto viejo del Estado.”
Y
los peores lados de este mal son la violencia y la represión no
consentidas por los ciudadanos y el derecho de parte de los órganos del
Estado.
Requerimos de menos distopías y muchas más
utopías, de forjar una generación futura, educada en condiciones
sociales nuevas y libres, que pueda deshacerse de todo ese trasto viejo
del Estado.
ii Daniel Bensaïd. Teoremas de la resistencia a los tiempos que corren:
iii Walter Benjamín:
vMichel Foucault:
vi Federico Engels: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gcfran/intro.htm
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