¿Y qué decir de los intelectuales? / 2

Buena parte de los intelectuales que, proviniendo del establecimiento económico, social y cultural, se vinculan con el nuevo sujeto histórico no lo hacen sólo por un hecho de conciencia ante el desorden o fealdad del orden capitalista o por su crueldad ensañada sobre clases y pueblos dependientes […] El compromiso del intelectual puede tener el carácter dialéctico de compartir la necesidad de un nuevo sentido de la historia; es decir, a partir de una visión posthegeliana que fuera más allá de ese primer decreto final de historia del propio Hegel, los intelectuales consideran que lo que podría favorecer el salto histórico, el acceso a un sentido progresivo de la historia que estimulase su capacidad creadora dirigida hacia un nuevo destinatario social, sería sumarse a la causa de la antítesis, de ese proletariado que estaba tratando de pugnar con lo establecido para acceder a un nuevo orden […] Buena parte de los mejores intelectuales y artistas del siglo XX soñaron que una clase de vanguardia como el proletariado iba a ser el destinatario natural de su vanguardismo, pero a no muy tardar se toparon con la reacción del neoclasicismo socialista, así en política como en estética. Ni lo nuevo ni lo viejo. Lo inevitable.
Y ese apuntarse a la racionalidad dialéctica de la historia bien pudo ser, y es todavía hoy, un motivo importante de compromiso de los intelectuales con un proyecto de emancipación. No se trata, por lo tanto, de que un profesional del intelecto o un artista presten su arte y su lenguaje a una clase explotada sólo porque carece de sus propios intelectuales orgánicos, movidos por un impulso a la vez ético y estético benefactor. Sino también porque piensan que esa alianza fuerza los proceso de transformación de los códigos que les son específicos como intelectuales, escritores o artistas.
A finales del siglo XX el problema se complica. En la primera revolución industrial el sujeto histórico de cambio era obvio, la clase obrera, pero hoy delimitar quién o quiénes componen ese sujeto histórico de cambio es uno de los problemas previos para la reconstrucción de cualquier filosofía transformadora.
[…]
Ante este cuadro que en el fondo afecta a diferentes sacerdocios y diferentes liturgias, pero sacerdotes y liturgias al fin y al cabo, la sociedad civil está cada vez más instalada en el fatalismo: las cosas son como son y es inútil cuestionarlas. Se conforman con las sombras de la realidad inmutable, en poder de los brujos del espíritu de la conducta política y de los intelectuales profetas de lo ya ocurrido. [Pero] los brujos ni siquiera consideran que la ciudadanía tenga intereses diferentes a los ya codificados en todas las tablas de la ley que manejan con sus ordenadores centrales o con esos ordenadores y teléfonos portátiles exhibidos obscenamente como prótesis sexuales de poder.
Tanto el político como el intelectual alienado y alienante tienden a favorecer esa instalación en el determinismo, incontrolada y controladamente […] Hobsbawm, entrevistado por Peter Glotz, entrevista recogida en Política para una izquierda racional, evitaba la demonización de los agentes implicados en la progresiva distancia entre los políticos y los ciudadanos:
“Pienso que esto ha sucedido porque el partido ha dejado de ser un movimiento; es decir, ha dejado de tener unas bases de masas en la vida cotidiana y, por tanto, se ha convertido en una organización en la cual la iniciativa queda en manos de los funcionarios del partido, que ya no están controlados por la base… –y añade– esto ha ido más lejos sencillamente porque la base de masas del partido ya no existe y bastantes activistas se han convertido en funcionarios sin tener mucho en común, socialmente hablando, con la persona media…”
[…]
Y así vamos. Los políticos pragmáticos hacen política, los intelectuales pragmáticos la contemplan y, a lo sumo, oponen matices. Se ha dejado de lado cualquier posible aportación venida del subespecialista crítico político o intelectual. Y no está la sociedad civil, ese magma abstracto, en condiciones de vertebrarse para ejercer como fiscal de las chapuzas de los especialistas o de su falta de esperanza histórica. Democracia profesionalizada versus democracia participativa, esta es, si no la cuestión, sí una de las cuestiones fundamentales. Desde la perspectiva del político profesional, el final feliz de su crispada relación con el intelectual crítico o con la sociedad civil levantisca está a punto de conseguirse. Ese intelectual simio domesticado, mensajero de la gestión del político, una vez consumado el descrédito de la teoría y de la función crítica, intolerable chuchería del espíritu, considera indignante que el Estado liberal tenga que dedicar parte del presupuesto a la manutención social de una conciencia externa opuesta a las reglas del pragmatismo y del posibilismo […] Y puestos a mutilar a fondo, no interesa salvar la Memoria ni la Historia (presencia obscena de los referentes causales del desorden actual del mundo) ni repensar la realidad para acceder a un futuro diferente. Ni Memoria ni Utopía. Presente.
[…]
Para acabar de matar al mensajero ruidoso, se acusa a todo intelectual crítico de mesianismo trasnochado en tiempos en que cualquier ciudadano libre puede decir qué adquiere, qué oferta legitima entre las que le presenta el supermercado de los detergentes, las ideas y las conductas prêt-à-porter. Es decir, ¿por qué en una sociedad libre, madura y democrática, una sociedad de clientes, puede haber formaciones políticas o personas individualizadas bajo la etiqueta de intelectual, cuyo juego consiste en decir que el orden establecido es una estafa? ¿Cómo es posible desestabilizar lo realmente existente en nombre de proyectos de sociedades transformadas que van más allá de lo que dictan las leyes de un mercado de acción política, en definitiva, la razón electoral de las democracias privatizadas y profesionalizadas?
El descrédito de “ese” mesianismo no ha conllevado la erradicación de otro mesianismo, porque se ha inculcado otro de carácter neopositivista y pragmático. El Gran Circo de Intelectuales Neoliberales Químicamente Puros o Ex Marxistas Arrepentidos o la Trilateral pueden ser mesiánicos cuando prefiguran la fatalidad de un universo basado en la verdad única, el mercado único y el ejército gendarme único vigilando el fogonazo de flash que acompaña la foto final de la Historia […] Una foto fija en la que evidentemente cada uno de los miembros de esa fotografía tendrán por los siglos de los siglos un imaginario determinado, puesto que la historia ha terminado y hemos entrado en la Eternidad Limbo Gran Liquidación Fin de Temporada. Aquel al que la foto lo haya pillado rigiendo Wall Street, por toda la eternidad regirá Wall Street, y aquel al que lo haya pillado siendo etíope y muriéndose de hambre en Etiopía, toda la vida será etíope y se morirá de hambre en Etiopía.
Sobre el intelectual que podría ser calificado de utópico, de inútilmente empeñado en una voluntarista transformación de la sociedad, se vierten toneladas de descréditos directos o de silencios que lo convierten en un don nadie invisible […] El intelectual crítico ante la evidencia de que el político profesional simio inculca la inutilidad de toda conciencia externa, de todo proyecto social que vaya más allá de la gestión y de una interpretación armónica de lo que nos es dado… ¿hasta qué punto puede hacer todavía un esfuerzo de reflexión y de autolegitimación de su función? ¿Qué le legitima, aparte de un cierto narcisismo disculpable todavía en todo humanoide rodeado de simios? Creo que le legitima la evidencia de que aún existe la división del trabajo, de la que se aprovechan los nuevos escribas sentados al servicio del determinismo histórico. Hay unos poseedores del saber y, sobre todo, de los mecanismos de transmisión de ese saber […] en condiciones de difundir ideas, de que estas ideas creen estados de opinión y, por lo tanto, se alineen en procesos de transformación o de paralización de lo histórico.
A esta afirmación hay que adjuntar inmediatamente su contraindicación, su vacuna […] El intelectual debe, por un elemental sentido del ridículo, comprender que no se le otorga un papel de brujo del espíritu entorno al cual va a girar el ser o no ser de lo histórico, pero que evidentemente él tiene saberes (desde el saber del economista, del abogado, del organizador social, del comunicólogo hasta el saber del arquitecto, el del politólogo o el del sabio en ciencias naturales) que lo pueden alinear en un sentido o en otro de lo histórico. Lo pueden alinear en la búsqueda de la clarificación de las injusticias presentes en el mundo actual o en la complicidad con la paralización e instalación en el Limbo.
El intelectual tiene que aceptar que su actividad interviene históricamente. Al intervenir históricamente tiene que plantearse si controla esa intervención. Esa capacidad de control se le escapa, ya que no suele ser propietario del medio de intervención, sea un medio de comunicación, un sistema de enseñanza, la industria cultural en general, sea la investigación científica o la tecnológica. Es entonces cuando debe plantearse, no ya una pureza desclasada difícil de soportar sin falsa conciencia, sino el riguroso posibilismo de que una parte de su saber y su práctica debe reservarla para una función crítica, ayudando a la vertebración de una sociedad civil fiscalizadora, dando a los movimientos sociales un carácter de avanzadilla científico-técnica necesitada de saberes específicos, la única posibilidad de enfrentar al antagonista a saberes reales y no simple ideología del recelo.
[…] Sin conciencias externas cuestionadoras, la historia no habría evolucionado y probablemente tampoco la de aquellas personas que en función de estatus posteriores de evolución de su propia clase hoy pueden llegar a ostentar poder económico y social […] Es decir, que muchos conservadores de hoy tienen agradecer su prosperidad al largo izquierdismo dialéctico del pasado.
[…] No se cuestionan por ello los mecanismos democráticos ni el papel determinante de las instituciones elegidas por la vía electoral. Se trata de impedir su tendencia a la instalación en la anquilosis, en la paralización cuando no en la corrupción avalada por la doble verdad, la doble moral y la doble contabilidad. Para ello sólo se cuenta con la articulación crítica de la sociedad civil, bien sea a través de movimientos sociales tradicionales […] o bien a través de los que respondan a nuevos hechos de conciencia condicionados por nuevas facetas del desorden establecido, y sería sumamente pragmático, en el mejor sentido de la palabra, que cundieran las sociedades de consumidores críticos. Puesto que estamos en una economía y en una realidad cultural de mercado no sólo somos consumidores de detergentes o de latas de cerveza con o sin alcohol, sino también de mensajes, de verdades, de ideología, de información.
[…] Sólo mediante el constante forcejeo de la razón contra las limitaciones podemos renovar un proyecto histórico de cambio. La historia se perpetúa y se renueva dialécticamente en función de adquirir cotas superiores de progreso dándole un sentido diferente al que tuvo para el optimismo burgués o el marxista. Si no se consigue una nueva tensión dialéctica, entonces fatalmente el sentido de la historia volverá a ser providencialista, y no es por azar que cuando se produce la oferta general del final de la historia como instalación en el mesianismo de lo ya conseguido y de la inutilidad de cuestionarlo, se reaviven providencialismos de carácter religioso ofrecidos a las masas, a los clientes, como ofertas de creación de un más allá de posibilidades frente a las penurias de este mundo que pese al triunfalismo neocapitalista sigue siendo un Valle de Lágrimas […] Para encontrarle un sentido desde la perspectiva de auténtica democracia participativa, el evitar que la mayoría sea silenciosa o sea silenciada sigue siendo uno de los objetivos más importantes para una lectura democrática que dé por definitivamente muertos a los dioses mayores y menores, siempre que sean innecesarios. Porque aunque se tema que Dios ha muerto, el Hombre ha muerto, Marx ha muerto, que yo no me encuentre muy bien y ni siquiera los profetas de lo ya ocurrido saben a ciencia cierta qué ha ocurrido, en algo hay que creer, más allá de la existencia del colesterol.
Panfleto desde el planeta de los simios
Manuel Vázquez Montalbán
Edit. Crítica (Grijalbo Mandodari). Barcelona, 1995.
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