Presentación del libro “Ovejas
Negras. Rebeldes de la iglesia mexicana del siglo XXI”
de Emiliano Ruiz Parra (Océano,
México DF, 2012)
Christopher
Sykes, en su libro “Black Sheeps” (Viking Press, 1983) señala que en
Inglaterra, durante los siglos XVIII y XIX, las ovejas color negro eran
consideradas como ovejas marcadas por el diablo. Lo cierto es que la oveja
negra, que ocasionalmente nacía en un hato de ovejas blancas por predominio de
los llamados genes recesivos, tenía el problema de que su cotización en el
mercado era mucho más baja que aquella de las ovejas blancas. La denominación
“ovejas negras”, pues, tiene ya desde su origen una cierta connotación
negativa. Es a partir de este origen que se ha derivado el modismo que califica
con este nombre a miembros de un grupo que se caracterizan por su singularidad
o diferencia con el resto. Esta diferencia suele ser vista con recelo, como
bien afirma la Wikipedia: “(El término) deriva de la presencia indeseable y
poco común de individuos de lana negra en rebaños de ovejas blancas, lo cual no
era bueno para el criador ya que la lana de dichas ovejas no era cotizada en el
mercado”. Cuando el término se aplica a grupos humanos, regularmente, como es
el caso de la obra que ahora comentamos, el modismo “ovejas negras” tiene
connotaciones de disidencia, de rebeldía.
Emiliano
Ruiz Parra optó por este término para titular el libro en el que nos comparte
las semblanzas de algunos de los varones católicos más emblemáticos de nuestros
tiempos, sea por su posición disidente frente al tratamiento que la iglesia
jerárquica da a algunos temas, sea por el riesgo, para su prestigio y para su
vida, que ha conllevado dicha posición disidente.
A
mí me gusta la disidencia. Me parece un signo de buena salud. Una de las discusiones más candentes entre las personas
que aspiran a construir sociedades más democráticas, es la discusión acerca del
pensamiento único o, como es llamado en otras partes, pensamiento fuerte. James
Scott define el pensamiento único y su contraparte, la insubordinación o
disidencia, cuando afirma: “Las instituciones cuya identidad depende de una
doctrina necesitan que la unanimidad se exprese públicamente, aunque la
sinceridad de estas expresiones les preocupa poco. La duda personal o el cinismo
introvertido son importantes, pero representan algo muy distinto de la duda
pública y el rechazo abierto a una institución. La negativa abierta a cumplir
con una puesta en escena hegemónica es, por tanto, una forma especialmente
peligrosa de insubordinación... y un acto único de insubordinación pública
exitosa perfora la superficie uniforme del aparente consenso...”
De
ahí que el rescate de las figuras de estos disidentes que pueblan el libro de
Emiliano sea tan importante. Se trata, ni más ni menos, de mostrar con estos
testimonios que la iglesia católica es una casa muy amplia, donde caben
pensamientos muy diversos, y que mal haríamos con identificar a la pluralidad
de la iglesia con el modelo de pensamiento único propugnado por algunas de sus
autoridades. Se trata de disidentes públicos, de esos que, al decir de James
Scott, “perforan la superficie uniforme del aparente consenso”.
La
disidencia en la iglesia tiene mucho de amor y de resistencia. Brota, sí, de la
constatación cada vez más palpable de un modelo de organización que ha
terminado por alejarse de su origen. Jesús de Nazaret, el rabino itinerante de
pies descalzos que, en la Palestina del siglo I apareció anunciando la
irrupción del Reino de Dios y que construyó un movimiento alternativo que se
distinguió por la igualdad y la fraternidad horizontal entre todos sus miembros
y miembras, no parece tener gran cosa que ver con una iglesia en la que su
autoridad máxima es un Jefe de Estado, los asuntos vitales para todos son
decididos por una gerontocracia masculina y célibe y las mujeres son ciudadanas
de tercera clase.
Pero
la disidencia no se autoexcluye. Se siente parte de una familia de siglos que
la sobrepasa. La disidencia de hoy es pariente de aquella del siglo XIII con
Francisco de Asís, de la disidencia del siglo XVI con Giordano Bruno, o
aquella, por femenina aún más audaz, de Teresa de Jesús. Por eso la disidencia
católica se asemeja mucho a una fotografía que, en tiempo de las pasadas
elecciones, circuló profusamente por la red: se trata de la foto de una casa de
clase media que tiene en su fachada una lona grande de propaganda del PRI. La
lona reza: “En esta familia, todos somos del PRI y estamos con Peña Nieto”.
Junto a la lona, en una cartulina hecha a mano, aparece la leyenda del disidente
de la familia. La cartulina contiene la frase simple, pero revolucionaria: “No
todos”. Hay en la frase disidente un reconocimiento implícito: efectivamente,
yo también soy parte de esta familia, pero no por ello tengo que pensar todo
como lo piensa el resto. Siempre he sostenido que
una de las mayores victorias de la civilización puede palparse cuando un
ciudadano o ciudadana de a pie, común y corriente, sin pretender representar a
‘las mayorías’ y sin ostentar más autoridad que la de su propia palabra, se
levanta y dice la frase clave: ‘no estoy de acuerdo’ y argumenta su disenso.
Son
cuatro los capítulos en que Emiliano Ruiz Parra presenta a sus ovejas negras: Los Precursores, que incluye a Don
Sergio y a J-Tatic Samuel; Los Dolientes,
donde se enlista a Javier Sicilia, el Padre Solalinde y Pedro Pantoja; Los Defensores, capítulo en el que se
presenta al obispo Raúl Vera y al cura obrero Carlos Rodríguez, y, finalmente, Los Disidentes Sexuales, que presenta al
tenaz Dr. José Barba y una somera recolección de personas y posiciones titulada
“Sacerdotes Casados y Mujeres en el Púlpito”, la sección más floja del libro,
puesta, me parece, más bajo la presión de no soslayar esta temática en el
libro, pero que resulta poco representativa de las discusiones y testimonios
que se dan actualmente en la iglesia en este conflictivo ámbito y que tendría
que haber contemplado a personajes como James Alison, el teólogo dominico,
Roberto Coogan, el capellán de la pastoral de la diversidad sexual saltillense
o a las siempre combativas Católicas por el Derecho a Decidir.
El
libro me ha gustado. Me ha gustado su incorrección política. En un tiempo en
que lo que vende es la descarnada exhibición de las bajezas cometidas por
algunos ministros ordenados, un libro que rescata para la memoria colectiva las
apasionantes vidas de cristianos y cristianas comprometidos con causas
concordantes con el evangelio de Jesús no puede menos que agradecerse. Por
muchas razones este libro es una buena noticia. Lo es, sí, por el prisma plural
desde el cual se retrata la disidencia (tres obispos, tres presbíteros y dos
laicos, de distintas procedencias y ámbitos diversos de testimonio e
influencia), pero lo es también porque los personajes retratados aparecen todos
como fascinados por la figura de Jesús de Nazaret. Si uno se pregunta si, en el
marco de esta iglesia absolutista, desigual y patriarcal en la que vivimos,
persiste como realidad viviente la utopía del evangelio, este libro le dará una
respuesta positiva. El impacto de Jesús y de su testimonio, dos milenios
después, sigue fascinando personas, alimentando vidas e impulsando proyectos de
humanización. Y sobrevive a despecho de una institución que, más preocupada por
sí misma y por sus privilegios que por el anuncio del Reino de Dios y la
consecuente transformación del mundo, se ha convertido para muchos en un
obstáculo para la aceptación del evangelio. Es quizá esta oscuridad
generalizada la que hace que estos testimonios luminosos brillen de especial
manera.
No
se piense, sin embargo, que el libro de Ruiz Parra pertenece al género de las
hagiografías. No se trata de una edición actualizada de aquella literatura que
llenó nuestra infancia y que llevaba el nombre de “Vidas Ejemplares”. Las Ovejas Negras de Emiliano Ruiz Parra no
son objeto de culto ni pretende el autor, como sí se hiciera de manera
vergonzosa con el pederasta fundador de la Legión de Cristo, proponerlos como
“colmados de los dones del Espíritu Santo” o “guías eficaces de la juventud”. No.
Los personajes del libro son de carne y hueso, cruzados por un sinnúmero de
contradicciones, sumergidos en esta vorágine de acontecimientos que llamamos
historia, tan plena de ambigüedades. Las personas retratadas en este ensayo
son, desde mi perspectiva, discípulos de Jesús. Hacen honor a una de las
relaciones dialécticas que el autor esboza en su introducción: “entre el pasado (la
interpretación de los evangelios) y el presente (la militancia por la justicia
social y la libertad) de los protagonistas de este libro: el evangelio se lee a
la luz de las urgencias políticas y morales de nuestra hora y con las
herramientas científicas de nuestro tiempo; la narrativa revisada de ese
pasado, a su vez, se convierte en inspiración de la acción militante en el
presente concreto”. Es eso lo que los hace
religiosa y políticamente peligrosos. Discípulos de Jesús: nada más, pero nada
menos.
Alguna
vez, el subcomandante Marcos, mientras peregrinaba por la geografía nacional,
dijo lo siguiente con su peculiar prosa: “Hay
de iglesias a iglesias… Hay, es cierto, la Iglesia que heredó la soberbia, la
estupidez y la crueldad del conquistador hispano. El alto clero que elige estar
del lado del poderoso y encima de los que abajo son el color de la tierra, sin
importar el tiempo que marque el calendario. El Onésimo Cepeda que se reproduce
en todo el territorio mexicano, con otros nombres, repartiendo bendiciones en
los campos de golf, en los restaurantes de lujo, en las soberbias mesas en las
que todo abunda, menos la dignidad y la vergüenza… La Iglesia de la opresión y
la soberbia. La que, hereje, adora a los dioses del poder y del dinero. La que
ora porque la conquista continúe y no se detenga hasta eliminar a los
habitantes más primeros de estos cielos. La que es indulgente con el crimen
hecho gobierno y empresa, y condena al fuego infernal y terrestre la rebeldía
de quienes piden justicia y paz.
Pero también hay, es cierto,
otra Iglesia. La que heredó la humildad, la honestidad y la nobleza. El bajo
clero que está en la opción por los pobres. La Iglesia que elige estar del lado
de los marginados sin importar la festividad religiosa. Los párrocos, monjas,
seglares y creyentes que no imponen ni se imponen, que trabajan abajo, hombro
con hombro, con quienes hacen parir la tierra, andar las máquinas, caminar los
productos. Esta otra Iglesia la forman los equivocados. Porque donde dice “amarás
a tu prójimo como a ti mismo”, ellos leen “amarás a tu prójimo más que a ti
mismo”. Y donde dice “bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es
el reino de los cielos”, ellos leen “bienaventurados los que se acercan a los
pobres, porque con ellos será el reino de justicia en la tierra”. Y donde dice “no
robarás”, ellos leen eso: “no robarás”. Y donde dice “no mentirás”, ellos leen
“no predicarás la resignación y el conformismo”. En Puebla, y en toda la República
Mexicana, esta otra Iglesia camina de la mano de los pueblos indios y con ellos
resiste y lucha”.
Esa
es la iglesia que queda retratada en Ovejas
Negras. Con un talante utópico de tal envergadura, no es extraño que los
movimientos de resistencia estén plagados de este tipo de discípulos y
discípulas. No serán la mayoría ni ocuparán puestos de relumbre o escaños
relevantes en la geografía de las jerarquías de arriba. No pidamos peras al
olmo. Tampoco se suele encontrar auténticos revolucionarios en las curules de
los diputados y senadores. ¿Cuántos cristianos y cristianas, en cambio,
encontramos en trabajos que tienen que ver con el respeto a los derechos
humanos de diversos grupos sociales en nuestro país? Miles. Sólo en la Red Nacional de Organismos Civiles “Todos
los Derechos para Todas y Todos”, que cuenta con cerca de ochenta
organizaciones en el territorio nacional, cerca del 70% son organizaciones con
raíces cristianas.
Una
cosa nada más tendría que reclamarle al autor: la casi total ausencia de
mujeres. Puede comprenderse que en la institución occidental más empapada del
espíritu patriarcal no sobresalgan per se
mujeres. Pero Cristina Auerbach, Jackie Campbell y Janet Collin-Smith,
mencionadas en el libro, hubieran merecido cada una su propio capítulo. Si me
preguntaran ahora si en Yucatán existen personas que habrían dignamente ocupado
las páginas de este libro, como testimonio de resistencia y rebeldía al
interior de la iglesia católica, mi boca y mi corazón se llenarían de nombres
de mujeres. Ellas lo saben, porque varias de ellas están aquí presentes. Pero
nadie sabe si Ruiz Parra nos entregará, en algún futuro posible, algún libro
sobre la presencia rebelde de las mujeres católicas en la iglesia mexicana.
Hay
algo de lucha contra el olvido en este libro, porque rescata para la historia
el testimonio de personas que, de otra manera, sería difícil que conociéramos.
Aunque, hay que reconocerlo, la historia parece a veces no ser otra cosa sino
el registro de las mayores disidencias. Quizá una de las pocas alegrías de los
estudiosos de las disidencias sea precisamente esa: todo mundo sabe quién fue
Giordano Bruno. Muy pocos recuerdan quién era el inquisidor que se le acercó al
pie de la hoguera para reconvenirlo y llamarlo al arrepentimiento. A los que ejercen de inquisidores la historia los trata
como lo que son, marionetas del poder, sucumbidos al olvido, conocidos
únicamente gracias a sus víctimas.
A propósito de Giordano Bruno: Cuentan
que el anónimo inquisidor le dijo a Giordano, antes de encender la hoguera:
¿reniegas de las proposiciones heréticas que has sostenido? A lo que Bruno
respondió: No. Entonces, le dijo el inquisidor, quedas expulsado de la iglesia
militante y de la iglesia triunfante. Giordano Bruno lo enfrentó diciéndole:
“¡Espera! De la iglesia militante puedes expulsarme, pero no de la triunfante.
No tienes en ello competencia”. Como una vez me dijera María Sarquiz, una mujer
íntegra, luchadora contra los prejuicios que circundan al VIH/SIDA: “Yo, con
Dios, no tengo ningún problema. Mis problemas son con el personal de tierra”.
Quede
pues la invitación a la lectura de Ovejas
Negras. Un libro que se disfruta. Lean ustedes el testimonio de estos
disidentes. Les aseguro que documentarán su esperanza y fortalecerán su
espíritu de resistencia.
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