Por: Philipp Chmel / VientoSur.
La crisis climática es probablemente el mayor reto al que jamás se ha
enfrentado la humanidad, y su alcance y urgencia no dejan de aumentar. Está claro que tenemos que reducir las emisiones de CO2 y que
esto incumbe ante todo a los países del hemisferio norte. A partir de
ahí podemos concluir fácilmente que en Occidente hemos de cambiar de
estilo de vida a fin de avanzar hacia un mundo más justo y sostenible.
No es extraño, entonces, que el consumo ético (o sostenible) se
haya convertido en una forma cada vez más amplia de responder al
desastre que se avecina. En efecto, un estudio realizado en 2018 en el
Reino Unido y en EE UU reveló que el 70% de las personas creen que los
consumidores individuales son los principales responsables de proteger
el medio ambiente.
El consumo sostenible es atractivo tanto para los productores como
para los consumidores; después de todo, brinda la posibilidad de seguir
consumiendo y al mismo tiempo cuidar de otras personas y del medio
ambiente. La gente tiene la opción aparente de hacer algo
concreto contra el peligro abstracto y abrumador de la crisis climática…
sin necesidad de operar un cambio radical. Dentro de las coordenadas de
nuestro sistema económico actual, esto parece tener sentido. El consumo
sostenible combina la necesidad económica de crecer y generar ganancias
con los valores de la sostenibilidad ecológica y social. La pretensión
–o ilusión– es que todas estas cosas pueden prosperar armoniosamente.
Claudia Langer, la fundadora de la página web sobre el estilo de vida
sostenible utopia.de, califica este movimiento de “la
revolución más pacífica de todos los tiempos”, afirmando que las
decisiones de los consumidores determinan hoy el rumbo que emprenden las
empresas.
¿Es cierto esto? Parece sumamente dudoso, entre otras cosas si
tenemos en cuenta que tan solo un centenar de empresas han causado el
71% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero desde
1988. ¿Somos nosotros, los consumidores, quienes decidimos el rumbo de
las cosas? ¿O bien nos manipulan las grandes empresas y el movimiento
del desarrollo sostenible? Más bien parece que sus soluciones –y sus intereses– no son las mismas que las de la mayoría social.
Efectos desiguales
Al pensar en el impacto que tiene la especie humana en el medio
ambiente es importante señalar que los efectos nocivos de la crisis
climática no son los mismos para todo el mundo, sino que están
estrechamente relacionados con la desigualdad económica y otros
desequilibrios de poder estructurales. La crisis climática no solo
constituye una amenaza para la humanidad en general, sino que refuerza y
reproduce las desigualdades existentes. Esto se debe, entre otros
motivos, a que los orígenes de la crisis climática y sus consecuencias
están vinculadas inextricablemente a nuestro sistema económico, el
capitalismo, así como a los desequilibrios de poder sociales como el
patriarcado y el racismo.
La desigualdad de las emisiones de carbono per cápita se puso de
manifiesto en un estudio de Oxfam de 2015, en el que se comparaban las
emisiones del consumo de las personas en función de sus ingresos y su
patrimonio. Los resultados son chocantes en dos sentidos. En primer
lugar, muestran que el 10 % más rico de la población es responsable de
casi el 50 % de las emisiones globales de CO2, mientras que
el 50 % más pobre solo emite conjuntamente el 10 %. En segundo luigar,
el estudio demuestra que el grupo de personas que emiten menos CO2
es asimismo el grupo que más sufre los efectos del cambio climático. El
50 % más pobre de la población vive sobre todo en los países más
vulnerables, soportando, por ejemplo, mayores riesgos de inundaciones,
sequías y olas de calor. Estas desigualdades también se dan dentro de
cada país.
El huracán Katrina fue un caso paradigmático: la gente pobre, la de
edad avanzada y la de color fue la que se llevó la peor parte y la que
tenía menos recursos para enfrentarse a la catástrofe. Además,
especialmente en el hemisferio sur, las mujeres están mucho más
expuestas que los hombres, lo que en parte se debe al reparto del
trabajo en función del género. La carga de trabajo de las mujeres
aumenta al depender más de la agricultura de secano y ser responsables
en su mayoría de buscar agua, que resulta más inaccesible cuando se
agotan las fuentes. Las mujeres asumen de manera desproporcionada la
tarea social de cuidar a las personas ancianas y enfermas y de este modo
corren un mayor riesgo en situaciones de falta de servicios sanitarios.
Estas desigualdades polarizadas resultan todavía más drásticas cuando
vemos quién se beneficia del desarrollo de intereses económicos en
torno a los combustibles fósiles. De 2010 a 2015, el número de personas
que constan en la lista Forbes de milmillonarios y que tenían un interés
directo en el aumento de la producción de combustibles fósiles aumentó
de 54 a 88, mientras que su riqueza conjunta creció de 200.000 a 300.000
millones de dólares. Esta pequeña elite se beneficia directamente de
las medidas y políticas nocivas para el clima y sin duda no está para
nada interesada en cambiar el status quo.
Tentador, pero ineficaz
Si no todas las personas corren el mismo peligro a causa de la
catástrofe climática, podemos preguntarnos qué implicaciones tiene este
hecho con respecto a los medios más eficaces para prevenirla. Un
problema a la hora de responder a esta cuestión es el fracaso de los
intentos actuales de realizar un cambio estructural. Un ejemplo de libro
de texto de ello está en el Acuerdo de París de Naciones Unidas, con el
que 196 países prometieron mantener de aquí a 2050 el aumento de la
temperatura por debajo de 2° C en comparación con la época
preindustrial, o preferiblemente por debajo de 1,5°C, y reducir a cero
las emisiones netas en el mismo plazo. El objetivo es claro, las medidas
necesarias se conocen y los medios están disponibles, pero falta la
acción. Los gobiernos no actúan de acuerdo con el tratado que firmaron, y
EE UU se retiró del mismo enteramente.
Esta incuria por parte de las instituciones ha conferido sin duda más
protagonismo a planteamientos individuales como el consumo sostenible
para ayudarnos a avanzar por este camino. Numerosas páginas web nos
permiten calcular nuestras huellas de carbono y continuamente nos
proponen la manera de reducir nuestras emisiones de CO2,
desde comer menos carne y productos lácteos hasta utilizar menos el
coche, volar menos, apagar las luces o comprar productos ecológicos y de
comercio justo. Estos cambios no solo parecen razonables a la vista de
la crisis en ciernes, sino que el consumo sostenible proporciona a la
gente la sensación de que está en el puesto de mano: cada una decide qué
compra y por tanto determina qué se produce. Castigamos a las empresas
no éticas boicoteándolas o premiamos a sus homólogas éticas comprando
sus productos. Sin embargo, vale la pena preguntarse si este
planteamiento confiere realmente poder a la gente, y sobre todo si
permite afrontar la enorme magnitud de emisiones globales y otras
secuelas medioambientales.
Existen tres grandes categorías de consumo sostenible: productos de
comercio justo, agricultura ecológica y compensación del carbono. El
movimiento del comercio justo pretende ante todo impulsar unas
condiciones de trabajo y unas remuneraciones justas, no reducir
los impactos medioambientales. Un estudio de revisión de 2009 sobre el
efecto del comercio justo no halló ninguna referencia bibliográfica que
incluyera una evaluación ambiental metódica. Esto contrasta con la
agricultura ecológica, que promueve más claramente la imagen de ser
mejor, desde el punto de vista medioambiental, que la producción
convencional. Sin embargo, un estudio de revisión de 2017, realizado por
Michael Clark y David Tilman, reveló que, contrariamente a las
creencias de muchas personas, los alimentos ecológicos no son más
beneficiosos para el medio ambiente que los productos convencionales. En
función del tipo de producto, la producción ecológica o convencional
puede ser mejor desde este punto de vista, y globalmente las diferencias
se compensan más o menos recíprocamente. En conjunto, la producción
ecológica consume menos energía, pero emite cantidades similares de
gases de efecto invernadero, requiere mayores extensiones de terreno y
causa una mayor eutrofización, es decir, una sobrecarga de nitrógeno y
fósforo en las aguas superficiales debido al uso de fertilizantes.
Más que centrarnos en la compra de productos ecológicos o
convencionales, sería más eficaz tener en cuenta las enormes diferencias
existentes entre los distintos tipos de alimentos que consumimos. El
uso de terreno por gramo de proteína en la producción de carne de vacuno
es 50 veces mayor que en la de arroz, y las emisiones de carbono es 10
veces mayor. Lo que comemos es mucho más importante que el modo de
producirlo.
La compensación voluntaria de carbono también ha proliferado muy
rápidamente. La idea en este caso consiste en donar dinero a proyectos
encaminados a compensar las emisiones de CO2, por ejemplo
mediante la plantación de árboles en alguna otra parte del mundo. Esto
puede sonar razonable, pero en casi todos los casos adquiere una
dinámica neocolonial. Gracias a este sistema, las empresas y quienes
disponen de los recursos económicos necesarios pueden exportar
simplemente su responsabilidad en la reducción de las emisiones a los
países más pobres, lo que les permite eludir la necesidad de introducir
cambios radicales en el lugar de origen.
Sin embargo, estos planteamientos convencen a muchas personas.
Michael Bilharz, un experto en ecología y economía, registró las
emisiones de CO2 y el consumo de energía de 24 consumidoras
sostenibles pertenecientes al grupo demográfico que expertas en
márqueting denominan Estilos de Vida de Salud y Sostenibilidad (LOHAS,
Lifestyles of Health and Sustainability). Todas eran miembras del BUND
Naturschutz, la rama bávara de una organización alemana dedicada a la
defensa de la naturaleza, y todas ellas habían adoptado diversas medidas
para reducir sus emisiones de CO2, como comprar productos
ecológicos y de comercio de proximidad, no dejar los aparatos eléctricos
en modo de espera y adquirir energía de origen renovable. En promedio,
estas personas opinaban que su huella de carbono era de alrededor de un
30 % más baja que la media alemana. No obstante, el resultado del
estudio desmintió esta autovaloración: por el contrario, sus impactos
ambientales eran iguales o superiores a la media nacional.
Esta discrepancia demuestra dos cosas. En primer lugar, el propósito
de lo que se considera un estilo de vida sostenible está equivocado. La
gente tiene la sensación de que realmente está haciendo algo
cuando introduce pequeños cambios en sus rutinas cotidianas o sustituye
sus electrodomésticos por otros más eficientes. Sin embargo, no tiene en
cuenta posibles efectos de rebote e incluso puede verse estimulada a
consumir más, ya sea gastando el dinero que ha ahorrado en la factura de
la luz en alguna otra cosa ambientalmente nociva, ya sea porque se
siente moralmente autorizada a consumir más en virtud de su anterior
comportamiento sostenible (autolicencia). En segundo lugar, el estudio de Bilharz muestra que el principal factor determinante de las emisiones de CO2
de la gente es su renta y su patrimonio, y de hecho, la gente
preocupada por el medioambiente no es una excepción al respecto. Las
personas que ganan más dinero suelen consumir y viajar más y viven en
casas y pisos más grandes.
En cambio, el libro de Bilharz, Going Big with Big Matters,
escrito junto con Katharina Schmitt, propone centrarse en decisiones
cuyo efecto es más importante, como reducir el tamaño de nuestros
espacios de vivienda personales, cambiar de sistema de calefacción y de
aislamiento térmico, reducir radicalmente los viajes en avión, utilizar
automóviles altamente eficientes, participar en sistemas de coches
compartidos e invertir en energías renovables.
Podemos reflejar en cifras la importancia relativa de estos cambios:
según un estudio realizado en 2017 por Seth Wynes y Kimberly Nicholas,
el reciclado completo permite ahorrar 0,2 tCO2e y el cambio de las bombillas domésticas por otras de menor consumo, 0,1 tCO2e al año. Son valores muy pequeños en comparación con las 0,8 tCO2e
que pueden ahorrarse cada año si se mantiene una dieta vegetariana o se
reduce el uso del automóvil. Un coche de gama media emite 190 gCO2/milla y un SUV medio, 216 gCO2/milla, lo que da unos valores anuales de 2,56 tCO2e y 2,91 tCO2e,
respectivamente, si se recorren 13.467 millas al año (la distancia
media que recorrieron los estadounidenses en coche en 2018). Pero si
necesitamos dar pasos más grandes, ¿por qué estas decisiones de efecto
tan escaso resultan tan atractivas y por qué se ha promovido tan
ampliamente el consumo sostenible? ¿Acaso no se trata más que de un
medio de las empresas para subcontratar su responsabilidad moral?
Ser buena gente
Como he mencionado más arriba, el consumo sostenible puede dar la
sensación de tener el poder. Pero antes que nada es una cuestión de
comodidad y estética. Según un estudio de tendencias publicado en 2009
por el Grupo Otto, una empresa alemana de venta por correo y comercio
electrónico, la mayoría de consumidores de hoy están motivados para
comprar productos de comercio justo y ecológicos por razones
individuales más que por una amplia solidaridad social. El
comportamiento ético se percibe como un factor de confort individual,
mientras que la estética, la indulgencia y la automejora han arrinconado
ideales que prevalecían en el movimiento ecológico de la década de
1980, como la renuncia al consumo y la acción concertada para cambiar el
mundo. No es extraño, por tanto, que Johannes Merck, el director de
responsabilidad empresarial del Grupo Otto, preconice unos “modelos de
rol” que permitan convertir el consumo ético en un símbolo de condición
social. Insiste en que la conducta ética viene impulsada por el deseo de
consumir.
Sin embargo, el consumo sostenible también tiene un aspecto más
pronunciadamente regresivo, pues supone el traslado de la
responsabilidad de la producción y la empresa al consumidor. La
salvación del planeta se convierte en una cuestión de decisiones
personales más que de regulaciones sociales generales. En efecto,
mientras que el consumo ético distingue entre productos moralmente
buenos y malos, no se detiene ahí. Hoy en día, cada vez más personas se
definen a sí mismas –y proclaman su superioridad sobre otras– en función
de los productos que compran. La decisión a favor o en contra de
determinados productos puede influir en si le consideran a una, en
abstracto, una buena o mala persona y puede espolear en concreto la
autocensura o la condena de otros. En efecto, no todo el mundo puede
permitirse participar en el movimiento del consumo ético. No todo
el mundo tiene tiempo, dinero o energía para dedicarse al consumo
ético. Hasta el año 1562, un católico podía comprar el perdón del
castigo por sus pecados mediante las indulgencias: dinero para la
iglesia a cambio de la redención del alma. Hoy, si la responsabilidad
moral sobre el impacto ambiental de los productos se traslada de la
empresa a las consumidoras individuales, la gente con ingresos bajos en
muchos casos no puede permitirse la buena conciencia.
Para las propias empresas, las razones para promover productos
sostenibles son más económicas que éticas. El mercado de estos productos
tiene un elevado potencial de crecimiento, y una imagen verde auténtica confiere a las compañías una ventaja competitiva; de acuerdo con el estudio de los Vencedores Verdes
de la consultora A.T. Kearney, las compañías sostenibles alcanzaron
resultados del 10 al 15 % mejores durante la crisis financiera que las
empresas convencionales. Se supone que el consumo ético amplía el
significado del consumo como tal al combinarlo con valores inmateriales
como la autonomía, la comunidad, la honestidad, la justicia y la
naturaleza. Podemos hallar paralelismos con el golpe de efecto de
márqueting de Edward Bernays, considerado a menudo el fundador de las
relaciones públicas. En 1929 anunció cigarrillos para mujeres
llamándolos antorchas de la libertad. Pagó a mujeres para que fumaran sus antorchas de la libertad
en el desfile de Pascua de Nueva York; en aquella época todavía era un
tabú social que las mujeres fumaran en público. La campaña asociaba los
cigarrillos a la emancipación femenina para superar ese tabú social,
utilizando así la lucha feminista para acceder a un nuevo mercado.
El consumo ético es el ejemplo por excelencia del capitalismo verde.
No se limita a rechazar las críticas por las consecuencias destructivas
del capitalismo como tal, sino que incluso las incorpora, de modo que
se presenta como parte de la solución de los problemas generados por el
propio capitalismo. Sin embargo, las medidas orientadas al mercado que
avanza el capitalismo verde son antidemocráticas y apolíticas.
Convierten la valía medioambiental en una cuestión de renta y consumo de
una manera que estabiliza el status quo. Las grandes empresas
pueden conservar, por no decir aumentar, su poder actual al mismo tiempo
que quedan exentas de su responsabilidad a través del mercado, que a su
vez descarga en el individuo la responsabilidad moral y le priva del
poder político real. El capitalismo verde estabiliza el sistema actual
ofreciendo a la gente una solución dentro del mismo, una solución que no cuestiona, sino que más bien promueve, el motivo de la ganancia que le es intrínseco.
Acción colectiva
La crisis climática es el mayor reto en este siglo XXI. La respuesta
científica a qué hay que hacer para combatir el calentamiento global es
clara desde hace decenios: hemos de mantenernos por debajo del objetivo
fijado por el PICC (Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático)
de 1,5 °C de aumento de la temperatura global y reducir las emisiones
netas a cero de aquí a 2050. Sin embargo, los dirigentes políticos no
han actuado con la suficiente rapidez, ni mucho menos, confiando en el mercado.
Pero no podemos esperar. La crisis climática es una cuestión política
al 100 % que nos afecta a todas. Resolver este problema exige un cambio
político real, y la acción colectiva para conseguirlo.
Muchas personas que se preocupan por la crisis climática y tratan
activamente de combatirla tal vez ya sean conscientes de las cuestiones
planteadas en este artículo. Sin embargo, la mayoría de las
conversaciones que mantenemos con amistades y familiares en torno a lo
que tú y yo podemos hacer concretamente siguen centrándose sobre
todo en la acción individual y no colectiva. Es probable que estos
comentarios influyan en nuestra manera de pensar y actuar en este mundo,
y esto también se aplica, por supuesto, a las discusiones sobre
posibles soluciones a la crisis climática. Así que ¿por qué no hablamos
más de manifestarnos conjuntamente, por qué no hablamos más de
organizarnos como grupo y por qué no hablamos más de medios de
transformación que han resultado efectivos en el pasado, a saber, los
movimientos sociales masivos y las huelgas económicas?
En los últimos meses ha surgido un movimiento mundial por el clima
que tiene un ímpetu significativo y sigue creciendo. Muchos de los
grupos recién formados se han inspirado en las acciones de la activista
climática sueca Greta Thunberg, que desde agosto de 2018 hace huelga en
su escuela todos los viernes. El 15 de marzo hubo una huelga mundial de
escuelas y universidades a favor del clima en más de dos mil ciudades
con más de un millón y medio de participantes (según las organizadoras).
El 20 de septiembre comenzó otra huelga todavía más generalizada.
El movimiento ha sido atacado por varias fuerzas conservadoras, pero
también ha sido objeto de un gran interés y muchas muestras de
solidaridad. Miles de científicos han firmado cartas abiertas en señal
de solidaridad y muchos sindicatos apoyan activamente al movimiento, así
como maestras que respaldan a las estudiantes. Algunas educadoras
incluso anuncian su participación en las huelgas por el clima.
Este es el fenómeno más prometedor que ha habido en años, tal vez
incluso en decenios, en la lucha contra la crisis climática. Si continúa
esta dinámica, es posible que las huelgas climáticas protagonizadas por
la juventud unan sus fuerzas a las huelgas de maestras por la mejora de
sus condiciones laborales, combinando las reivindicaciones ambientales
con la lucha por los servicios públicos. Este es el camino hacia un
cambio más fundamental, la liberación del modelo económico capitalista y
del peligro que supone para nuestras vidas y nuestro medioambiente.
Como desmuestran las huelgas por el clima, no tienes que salvar el
planeta por ti sola, por ti sola.
https://www.jacobinmag.com/2019/09/climate-crisis-ethical-consumption-greta-thunberg-environment

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