Por: Javier Hernández Alpízar / Zapatenado.
Cuando parecía que la mayoría de la sociedad mexicana estaba
fascinada, mesmerizada, domesticada por un líder fetiche carismático,
como del cielo nos cae la refrescante energía de la rebeldía estudiantil
que se moviliza autoconvocándose, derribando el tabú de los que piden
la inmovilidad, la paciencia y la fe resignada.
Deberíamos evitar juzgarlos desde una cátedra de autoridad, que no
tenemos, las generaciones que fetichizamos a los mártires del 68,
mientras dejamos podrir los proyectos de democracia nacionales en
caudillismos, hasta llegar al bonapartismo del 2018 “Brumario”.
Deberíamos evitar la tentación de hacer el ridículo dándoles consejos en lugar de, al menos, no estorbarles.
Deberíamos tratar de escucharlos y verlos a ellos directamente y no
juzgarlos por la mirada, casi en todos los casos esclerotizada, de los
medios progres como Proceso y La Jornada, que demonizaron al movimiento
de 1999 y pueden repetir la hazaña, porque les sobra talento para
linchar a lo diferente.
Deberíamos no temerles, no temer su rebeldía, no temer su
irreverencia, porque sería más temible que regresaran al redil, que
volvieran a ser el pueblo de ovejas que cierto sacerdote locuaz decía
que ya había hallado su “pastor”.
Deberíamos no dividirlos, ni siquiera imaginariamente, en buenos y
malos, moderados y ultras, sensatos y radicales o pacifistas y
“violentos” (en el país de los miles de asesinados, de los feminicidios,
de los miles de desaparecidos, de los ecocidios cometidos y los ya
programados, tildar de violento un cierre de calle o una pinta es una
soberana hipocresía).
Deberíamos defenderlos, no dejarlos solos ante la posible y muy
probable represión, ni mucho menos alentar a las fuerzas represivas
haciendo propaganda negra contra sus movilizaciones, sus modos, sus
fachas y lenguajes.
Deberíamos aprovechar su grito para tratar de abrir el proceso
democrático que se ha encerrado en el núcleo duro de una clase político
empresarial neoliberal: lograr que caigan definitivamente las herencias
nefastas del priismo y el panismo que se han venido reciclando en sus
partidos clones como PRD y Morena.
Deberíamos aceptar el cuestionamiento que su sola presencia
representa: nada está bien, si hubiéramos hecho lo que debíamos no
serían necesarias de nuevo demandas de democracia, contra la represión,
contra la violencia de género, e incluso demandas tan elementales como
maestros y salones de clases.
Deberíamos cesar de defender a priori el status quo ante cualquier
peligro de “subversión”, como si el estado de cosas de una sociedad
impotente para reinventarse y muy “creativa” para reeditar caudillismos y
bonapartismo tuviera mucho que defender.
Debemos, sobre todo, atajar cualquier tentación de reducción violenta
de su movimiento de digna rebeldía y protesta: ya tenemos en la
conciencia de una sociedad con bastante mala fe las represiones de 1968,
de 1971, de 1999 (la PFP tomando CU) y tantas otras, como la noche
infernal de Iguala: no necesitamos más mártires, necesitamos jóvenes
vivas y vivos, y rebeldes, si pueden seguirlo siendo, porque ejemplos de
claudicantes, algunos que incluso con apenas semanas de diferencia
cambian de opinión, ya hay demasiados.
La responsabilidad de todos es mucha, no volvamos a tirar al caño de
nuevo a los jóvenes rebeldes junto con el agua sucia. Después de todo
hay un escenario peor: que se conformen, que se reduzcan, que se
resignen y que acaben retomando el camino de las generaciones incapaces
de imaginar un gobierno que no haya echado raíces en el priismo.
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