Así como para mirar la guerra civil que llamamos “Revolución Mexicana” podemos hacerlo a través de dos lupas: la una, la de las pugnas entre las fuerzas de la burguesía, que fueron quienes convocaron de la mano de Francisco I. Madero a la insurrección contra Porfirio Díaz (que es la generalmente nos cuenta la historia oficial para que veamos como héroes a Madero, Carranza, Obregón y Calles; en la misma estatura moral que colocamos a Flores Magón, Zapata y Villa); la otra, la de la lucha de clases, para observar cómo la conflagración iniciada por la burguesía se vio trastocada, al punto de casi lograr ser una verdadera revolución, con la participación de las trabajadoras y los trabajadores del campo y la ciudad, representadxs casi siempre por el magonismo, el zapatismo y el villismo (aunque los trabajadores de la ciudad se aliaron, más bien, al obregonismo… lo que nos llevaría a pensar el papel que la clase que bajo supuestos marxistas sería la “vanguardia de la revolución” jugó en detrimento de sus propios intereses, en una clara muestra de lo que conocemos como falsa conciencia de clase… algo muy parecido a lo que pasa ahora con el conservadurismo y las posturas cuasi fascistoides de no pocos obreros del mundo… pero, ésa es otra historia); así como podemos mirar la “Revolución Mexicana” con dos lupas, decíamos; así, la genealogía del normalismo rural en México la podemos observar con dos lentes: la que mira a los personajes históricos que desde el poder de arriba le dieron su propio significado (que es un poco lo que hemos estado haciendo al hablar de Vasconcelos, primero, y de Cárdenas, después) o la de los pueblos y colectividades del poder de abajo que le dotaron de un significado y una experiencia de lucha propias a cada proceso histórico, en cada escuela normal rural del país.
Sí, como dice Ricardo Pérez Montfort, la relación entre Cárdenas y Zapata es una dada a destiempo; la relación entre Vasconcelos y Cárdenas es otra muy a tiempo y tienen un punto de confluencia fundamental: mientras el jefe de la campaña como candidato presidencial de Vasconcelos fue un joven Adolfo López Mateos al que los esbirros de Gonzalo N. Santos casi matan a golpes; el jefe de campaña de su oponente, el mediocre Pascual Ortiz Rubio, fue un Lázaro Cárdenas que tuvo que pedir licencia como gobernador de Michoacán para dirigir el Partido Nacional Revolucionario fundado por su maestro en política: Plutarco Elías Calles, y así dirigir el fraude electoral que le arrebatara el triunfo al “Apóstol de la Educación”.
Las lecciones de Calles a Cárdenas le sirvieron al de Jiquilpan para conocer de cerca y muy a fondo dos realidades: la explotación y el despojo de las empresas petroleras extranjeras asentadas en México y el modus operandi del sistema de partido de Estado. Además, si bien en su caminar por los distintos episodios de la “Revolución” Cárdenas se fue aliando con las fuerzas de la burguesía, pasando del zapatismo al carrancismo, de éste al obregonismo y de éste al callismo, en su historia personal Lázaro provenía, a diferencia de su padrino político, de las clases trabajadoras. Por ello, no sería extraño que aun no dejando de ser un hombre del sistema, mientras gobernaba su estado natal y pidiera permiso a su Congreso para ir a reprimir a sangre y fuego la rebelión escobarista o dirigir el fraude electoral que puso a Ortiz Rubio (quien lo nombró secretario de Gobernación) en la Silla del Águila; supiera cómo debilitar la rebelión cristera, fundar una confederación regional de trabajadores que agrupó a obreros y campesinos, fortalecer legalmente a las comunidades para encarar a los terratenientes que seguían despojándoles de sus tierras, cancelar contratos a empresas forestales extranjeras que despojaban de los bosques a las comunidades y pueblos originarios, dotar de tierras y créditos agrarios a los campesino y apoyar la educación rural de una manera tan destacada que más del 50% de su presupuesto lo destinó a dicho rubro.
Maider Elortegui Uriarte nos cuenta que el mismo día que Lázaro Cárdenas asumió el cargo de presidente de la República: el 1 de diciembre de 1934, fue aprobado el cambio al artículo 3º Constitucional que postulaba que la educación en México debía ser una «educación socialista sostenida por la Revolución Mexicana». Así, la escuela y la formación del maestro rural se centraron en el compromiso por la justicia social de las y los oprimidos, la laicidad frente al fanatismo religioso y un pensamiento científico basado en el materialismo histórico; sus formas organizacionales serían la cooperativa y el gobierno escolar en el internado y la educación, como en los años anteriores, tendría un sentido vital y práctico vinculado al trabajo productivo de la tierra.
Pero demos unos pasos atrás, porque a estas alturas de nuestro ejercicio dramaturgista en torno de la puesta en escena de Esta noche juntos, amándonos tanto, de Maruxa Vilalta, bajo la dirección escénica de la maestra Jessica Cortés, uno de los personajes centrales de la misma: la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, ya ha hecho su entrada en escena. (Recuerden que en la dramaturgia escénica de Cortés, la escena se habitará con vídeos que asomen la mirada a la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y el asesinato de Samir Flores Soberanes, cuyo ejemplo de lucha estará poniéndose en alto en una Jornada Global de Lucha en Defensa de Nuestra Vida y Nuestros Territorios ¡SAMIR FLORES VIVE!, convocada por el EZLN y el CNI para el próximo 12 de octubre). Hagamos una visita, pues, al ensayo El internado como familia: las escuelas normales rurales en la década de 1920, de Alicia Civera, para recordar que hasta inicios del Maximato las primeras escuelas trabajaron con un plan de estudios de dos años en el que combinaban materias académicas con el aprendizaje de labores agrícolas y oficios rurales, permitiendo la SEP a los directores que trabajaran con diferentes planes y programas de estudio, actividades y formas de organizar las escuelas. No fue sino hasta finales de 1926, año en el que se fundaron las escuelas normales rurales de Tixtla (más tarde, Ayotzinapa), en Guerrero; Xocuyucan, en Tlaxcala, y San Juan del Río, en Querétaro, que los programas comenzaron a ser coordinados por el Departamento de Misiones Culturales y, recogiendo la experiencia de los primeros años, la SEP marcaría un plan de estudios, también de dos años, que seguiría vigente hasta 1931.
Para ese momento existían diez escuelas normales rurales: la de Tacámbaro, Michoacán, que se había trasladado a Erongarícuaro y era la primera de todas en haberse fundado (1922); la de Molango, Hidalgo, segunda en ser fundada (1923) y que para entonces ya había sido trasladada a Actopan (más tarde tendría su sede en la ex hacienda de San Antonio, en El Mexe); la de Acámbaro, Guanajuato (que muchos autores confunden con la de Tacámbaro y la señalan como la primera fundada, pero que sería fundada hasta 1924); la de Izúcar de Matamoros, Puebla (1925); la de San Antonio de la Cal, Oaxaca (1925), y trasladada más tarde a Cuilápam de Guerrero; la de Tixtla, Guerrero, que pronto se trasladaría a la ex hacienda de Ayotzinapa (1926); la de Xocoyucan, Tlaxcala (1926); la de San Juan del Río, Querétaro (1926), trasladada en 1930 a Río Grande, Zacatecas, y en 1933 a San Marcos, Aguascalientes; la de Río Verde, San Luis Potosí (1927); la de Cuernavaca, Morelos (1928), y la de Todos Santos, Baja California Sur, que fue inicialmente una escuela normal regional con sede en La Paz y ése año: 1931, se trasladó a Todos Santos.
Todas ellas lo hacían a contracorriente de una Secretaría de Educación Pública que prácticamente había dejado de darles financiamiento. Esto, que sin duda era un escollo, significó la puesta en práctica de una amplia autonomía por parte de las escuelas normales rurales, pues, así como Obregón permitía a sus secretarios hacer de sus ministerios lo que cada uno quisiera, dándole a José Vasconcelos el espacio que necesitó para fundar una SEP a su medida y no a la del general sonorense; de la misma manera, los directores y maestros de cada escuela normal rural adquirieron un papel protagónico que, por un lado, los llevó a buscar el apoyo tanto de las autoridades locales y estatales, como de sus vecinos, propiciando que las escuelas tuvieran mayor vinculación con su propias comunidades, y, por otro lado, dio paso a una vida-estructura escolar que, a decir de Civera, mucho tenía de familiar: el director era el padre; su esposa, la madre; los maestros, los hermanos mayores, y todos ellos cuidaban de los estudiantes, los hermanos menores.
En 1927, durante una junta de directores de las escuelas normales rurales con el entonces secretario de Educación Pública de Calles, José Manuel Puig Casauranc, casi todos los directores, nos dice Civera, declararon que los internados estaban organizados “a base de hogar”:
«Desde luego, se dirigían a sus autoridades y debían demostrar que realizaban sus trabajos con base en las reglamentaciones vigentes, pero éstas dejaban cancha libre para que la organización del hogar se diera de diferentes formas. Así como hubo algunos padres más liberales que otros, hubo hijos cooperadores y rebeldes. En todas las escuelas se acordaban horarios (en muchas se anunciaban por toque de campana) y los alumnos se distribuían en comisiones para atender el aseo, la comida, los jardines, el cuidado de animales y la vigilancia del orden. Pero la forma de designar y distribuir los trabajos, de marcar reglamentaciones y vigilar la disciplina era distinta.»
Entre los “padres” menos liberales de la junta de 1927 estaba el profesor Rodolfo A. Bonilla, director fundador de la escuela de Tixtla, Guerrero, apenas un año atrás. Bonilla (padre del actor Héctor Bonilla) adoptó el discurso gubernamental diciendo en la junta que los estudiantes se gobernaban solos y vivían en un ambiente de libertad, pero agregaría una amplia explicación de su fuerte campaña moralizadora para corregir la impuntualidad, el desorden, el desaseo, la pereza, la perversión y el uso del alcohol. Para Civera, el director Bonilla, profesor con una gran iniciativa, innovador en el papel que debían tener los estudiantes dentro del salón de clases y entusiasta del trabajo social, esperaba de sus alumnos “obediencia” más que responsabilidad:
«No he menguado esfuerzo para oponerme con todas mis fuerzas en contra de la perversión y a fuerza de constancia he logrado arrancar a los jóvenes de los centros de vicio… como en toda agrupación no escasean los elementos rebeldes, he tenido que auxiliarme hasta de los policías…»
Ello no impedía, desde luego, que los alentara a debatir en clase y permitiera sus iniciativas, pues, la escuela de Tixtla, como las demás, contaba con muy pocos recursos y sobrevivía por el empeño de maestros y alumnos, quienes, como cuenta Civera, no solo participaban en construir y reparar lo que fuera necesario, sino que aportaban recursos para las cooperativas o participaban en obras de teatro y fiestas para recaudar fondos. Y, aun así, el modelo de “la escuela como familia” propio del normalismo rural, significó un planteamiento muy distinto del de los internados y escuelas normales urbanas fundadas durante el Porfiriato; en éstas, marcadas por dictados abiertamente capitalistas, el énfasis se ponía en el orden y la disciplina; en las normales rurales, más que en la obediencia y el orden, se ponía en la responsabilidad, en el interés y el trabajo colectivo, y en la democracia, y la escuela que en 1933 se mudaría a la ex hacienda de Ayotzinapa no sería la excepción.

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