Por: Sebastián Liera / Tlatulteketke.
José Vasconcelos, el llamado “Apóstol de la Educación”, es un personaje bastante interesante que en la doble trama que estamos desmadejando para contar qué fue la “Revolución Mexicana” como introducción a la historia del normalismo rural que nos convoca, perteneció, por un lado, a la clase media aliada de la burguesía que se opuso a Zapata, el magonismo y Villa (como quedó claro en el papel que jugó durante el gobierno de la Convención de Aguascalientes), y, por otro lado, en el seno de la burguesía, estuvo con los bandos socialdemócratas de la “Revolución” que se opusieron, primero, a Díaz, después a Huerta y luego a Carranza. Finalmente, más adelante, se opondrá al Maximato de Calles, pero no adelantemos vísperas: estamos apenas en el arranque de los años 20’s.
Vasconcelos viene de una historia personal en la que se había aliado a la campaña presidencial de Madero, época en la que usó como ariete contra el viejo Díaz una frase esgrimida por el joven Díaz contra el viejo Juárez: «Sufragio efectivo, No reelección». Más tarde, a raíz del golpe de Estado contra Madero, Vasconcelos se exilió en Estados Unidos sin que sus encargos políticos por órdenes de Carranza le significaran ningún arresto bajo la acusación de infringir la leyes estadounidenses de neutralidad, pretexto legaloide que mantuvo preso hasta la muerte a otro intelectual: Ricardo Flores Magón. Por el contrario, luego de la derrota de Huerta y bajo la presidencia de facto de Carranza, el viejo hacendado coahuilense lo nombró director de la Escuela Nacional Preparatoria; aventura que terminó cuando sus discrepancias con el autonombrado “Primer Jefe del Ejército Constitucionalista” lo enviaron de nuevo al autoexilio.
Vasconcelos regresaría a México durante la breve gestión convencionista de Eulalio Gutiérrez Ortiz, siendo nombrado responsable de Instrucción Pública y Bellas Artes por la misma Convención de Aguascalientes que designó a Gutiérrez Ortiz presidente de la República en sustitución de Carranza. Por ahí, en algún lugar, quizás Wikipedia, se lee que Vasconcelos no pudo desarrollar sus ideas en materia de educación pública durante los gobiernos convencionistas debido a pugnas al interior de la Convención misma. Ello, sin duda, es verdad; sin embargo, dicho así, sin explicación del contexto, caracterizado por un constante boicot de las fuerzas de la burguesía a la Convención, las verdades a medias terminan siendo mentiras.
Uno de los episodios más importantes en la historia de eso que llamamos “Revolución Mexicana” es, sin duda, el de la Convención de Aguascalientes, y, sin embargo, en los libros de texto gratuitos para educación básica y media de esa Secretaría de Educación Pública que “fundara” Vasconcelos se habla muy poco o nada de ella. La razón de que sea así está en la lucha de clases al interior de la “Revolución”. ¿Cómo se les va a hablar a las niñas, niños, adolescentes y jóvenes de este país del capítulo de la “Revolución” en el que la burguesía se muestra con toda su podredumbre y ambición, dando al traste con eso que les han enseñado son los valores de la misma “Revolución”? Si cuando se piensa en la “Revolución Mexicana” se piensa en los ideales de libertad, democracia y justicia, la Convención de Aguascalientes significa el más bello capítulo de ésta, pues se trata del momento más determinante en el que las clases trabajadoras habrían podido darle un giro de 180 grados a su favor a la guerra civil iniciada por la burguesía en 1910; guerra civil que, “se olvida”, inició la burguesía en nombre de esos mismos ideales para terminar traicionándola. La guerra civil que llamamos “Revolución Mexicana” lo hubiera sido en verdad si la Convención de Aguascalientes no hubiera sido dinamitada por la burguesía.
Así, pues, a quienes nos han contado la historia oficial de nuestra “Revolución” se les “olvida”, por ejemplo, que la llamada Convención de Aguascalientes, cuyo objetivo era sentar a las fuerzas revolucionarias tras la huida de Huerta para ponerse de acuerdo en la reorganización del país, fue convocada inicialmente por Carranza para reafirmarse como “Jefe Supremo de la Revolución” en un contexto caracterizado por su desprecio hacia la figura de una de sus principales jefes militares: Francisco Villa, y que cuando las cosas no salieron como supuso (léase: cuando la Convención no se plegó a sus ambiciones), Carranza terminó por enfrentarse a la Convención. El desprecio de Carranza para con Villa, coinciden diversos historiadores, también responde a una cuestión de clase: Villa, a diferencia de los demás generales divisionarios bajo las órdenes de Carranza, no provenía de las clases medias o medias altas aliadas a la burguesía, sino de las clases trabajadoras, particularmente las del campo, desposeídas por ésas mismas clases medias. Así, la animadversión de Carranza para con Villa pronto encontró igual correspondencia por parte del jefe de la División del Norte y, para cuando la Convención, inicialmente convocada por Carranza en la Ciudad de México como una Junta de jefes militares y gobernadores a su mando estaba por celebrarse, Villa lo había desconocido ya como “Primer Jefe, Encargado del Poder Ejecutivo de la Nación”.
De esta suerte, cuando la Convención se trasladó a Aguascalientes en busca de un territorio neutral, llevaba de suyo la pugna entre villistas y carrancistas en su seno; pero, hablar solo de “pugnas internas” hace olvidar que mientras las fuerzas villistas se plegaron a los mandatos de la Convención, las carrancistas la confrontaron hasta hacerla naufragar. Así, la verdadera razón por la cual a Vasconcelos le fue imposible siquiera echar a andar el proyecto de federalización de educación básica que planteó en su toma de protesta como ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes de la Convención, radicó en que al tener que tomar partido entre las fuerzas de la burguesía y las de las clases desposeídas lo hizo por las de la burguesía, mostrando su desprecio para con los villistas y los zapatistas; su odio, su despecho, su vanidad herida, registradas en diversos documentos de la época, así lo dejaron de manifiesto.
La Convención tuvo el enorme reto de hacerse valer ante Carranza, quién convocándola, la desconoció casi inmediatamente; ante Villa, quién casi desde un inicio se puso a sus órdenes significando con ello el mayor apoyo militar que tuvieron los presidentes convencionistas frente aquellos jefes militares que, como Obregón, regresaron a la égida carrancista después de traicionar su juramento de servir a la Convención misma; ante Obregón, quién luego del giro que diera la Convención contra su entonces jefe: Carranza, se dedicó a minarla y finalmente la abandonó para enfrentarla militarmente, y ante Zapata, quien al no ser invitado inicialmente a la misma terminó enviando una delegación harto desconfiada, conocedora del desprecio de clase que el ala carrancista le profesaba. En ese escenario, Vasconcelos no fue un elemento que ayudara a fortalecer a la Convención, todo lo contrario: fue uno de sus boicoteadores.
Si las pugnas en la Convención no le permitieron desarrollar sus ideas en materia de educación pública, fue porque él mismo, desde su posición de clase, desconoció los mandatos de la Convención; se alió con los jefes carrancistas que veían a Villa y a Zapata como bandidos, sucios e ignorantes, y, en lugar de llevar a cabo las tareas de su ministerio, se dedicó a sembrar la animadversión de Eulalio Gutiérrez contra los jefes de la División del Norte y del Ejército Libertador del Sur. Lo hizo de tal suerte que en el momento en que la Convención por fin parecía asentarse y avanzar con buen paso hacia la reconstrucción del país, de la mano de reformas políticas que apuntaban hacia un régimen parlamentario que terminaría por acotar el protagonismo individualista de quien quisiera encabezar la Convención para ponerla a sus pies (léase, Carranza), Vasconcelos terminó abandonándola en franca huida junto con el mismo Eulalio Gutiérrez y el general José Isabel Robles, quienes a espaldas de la Convención habían estado haciendo tratos con Obregón, el jefe militar más fuerte contra la Convención, para llevarla al naufragio... y lo consiguieron.
En nuestra siguiente entrega continuaremos jalando el hilo de la madeja en torno a Vasconcelos que nos llevará a nuestro tema de investigación para la puesta en escena de Esta noche juntos, amándonos tanto, de Maruxa Vilalta, bajo la dirección de Jessica Cortés. Hablaremos de Vasconcelos, rector de la Universidad Nacional durante el interinato de Adolfo De la Huerta y, posteriormente, secretario de Educación Pública de Obregón; etapa en la que se gana el mote de “Apóstol de la Educación”. Pero, era importante hablar de sus antecedentes contrarrevolucionarios antes de bordear su enorme y valiosa labor como educador, más que para pintarlo de cuerpo completo, para entender que la historia del normalismo rural en México, atada a la historia de quien se considera su fundador, es, sobre todo, una historia de lucha de clases que recoge los postulados más caros de nuestra raptada (Muñoz Cota), interrumpida (Gilly), siempre inconclusa “Revolución Mexicana”. La lucha de nuestro compañero Samir Flores, asesinado el 20 de febrero de 2019, y la de los estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos el 26 y 27 de septiembre de 2014, recogidas en el montaje de Cortés, merecen mirarse así.
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4 de octubre de 2019
"Esta noche juntos..." | Dramaturgismo entre Samir Flores y Ayotzinapa | Tres.
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